jueves, 26 de marzo de 2026

Reseña del poemario "Surcando el viento", de María Fernández Fernández

 Surcando el viento

Poemario

Editorial Granada Club Selección

87 págs.

María Fernández Fernández  es diplomada en Enfermería y licenciada en Antropología Social y Cultural y, en ambos ámbitos,  ha publicado trabajos profesionales. Ávida lectora de poesía, frecuenta los círculos literarios de Madrid y es socia del proyecto de  Cultura Granada Costa, donde comparte sus poemas mensualmente. Textos poéticos suyos aparecen publicados en varias antologías. Obtuvo el primer premio  con  el poema místico Camino en el Certamen de Poesía Mística que organiza Granada Costa. Este poema forma parte esencial del poemario A propósito de vida, su primer poemario publicado, al que, en su día dediqué otra reseña (Reseña de A propósito de vida) .

 Los dos poemarios de María Fernández  hablan de la vida, de la vida humana (A propósito de vida)  y nos la  presentan como camino (Surcando el viento: acción, rapidez), al modo como lo hacían los grandes clásicos como Jorge Manrique:  Este mundo  es el camino / para el otro que es morada / sin pesar (…) /Partimos cuando nacemos / andamos  mientras vivimos / y llegamos / al tiempo que fenecemos, / así que cuando morimos / descansamos.  Esta idea de vida y camino es una metáfora recurrente en la literatura española, en prosa (Baroja, Desde la última vuelta del camino; Delibes, El camino… ¿Y qué hace don Quijote?: caminar.).  Y de la poesía: los místicos concebían la vida como camino a través de las vías místicas… Así iniciaba el camino san Juan de la Cruz: En una noche oscura /con ansias en amores inflamada. Y esa concepción del camino de la vida aparece claramente en A Propósito de vida, donde el poema nuclear se titula Camino.

Y los poetas de todas las épocas se han sentido caminantes:  Vivir es caminar breve jornada, decía Quevedo; ser en la vida romero, decía León Felipe… Y Lorca y Hierro  y tantos otros. El que más A. Machado: Amargo caminar, porque el camino /pesa en el corazón… O los conocidos versos:  Caminante  no hay camino, /se hace camino al andar… Y un poemilla, en hexasílabos, menos conocido: Me dijo una tarde / de la primavera / si buscas caminos / en flor en la tierra / mata tus palabras / y oye tu alma vieja

Siguiendo esa estela, los poemarios de María nos presentan  el vivir  como un proceso en que con frecuencia está presente el deseo de trascendencia (sobre todo en el primero) y en el que aparecen diferentes vivencias humanas: el sentido de la vida, el deseo de justicia, el amor, el dolor, la fusión con la naturaleza,  la nostalgia, la memoria de los seres desaparecidos… La esperanza. Sobre todas ellas la poeta tiende su mirada atenta y sensible  y observa con atención el mundo que la rodea y lo transforma en palabra poética. Hace real aquello que dijera Lorca: “La poesía es algo que anda por las calles, que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio  y  la poesía es el misterio que tienen todas las cosas.  En A propósito de vida camina, en Surcando el viento, parece que se eleva sobre el camino terreste y vuela. Un acierto  ese título, por el uso del verbo surcar que nos lleva al aire, pero que al tiempo nos fija en la tierra (surcar: avanzar cortando aire o agua como si se hicieran surcos en la tierra) y  por ese gerundio del título que acentúa la acción y el movimiento,

Surcando el viento está dividido en seis partes, cada una de ellas, a modo de preludio, está introducida por una frase poética que podría servir también de título. La primera de esas frases: Y en el camino, siempre, amigos, allegados, que tocan con sus aladas nuestras almas. Camina y llegarás, dice uno de sus versos referidos a un personaje, y en otro poema:…lanza al viento tus alas / no te expongas al sol, por si las quemas / déjate acariciar por  la esperanza.

La  mayoría  de los poemas de esta primera parte están dedicados a personas concretas: su tío, Antonio, Nagore, A. Machado, a quien evoca a las orillas del Duero, a Ofelia, el personaje shakesperiano…  Son poemas que tienen un componente narrativo pues reflejan la vida de esas personas, si bien la mayoría de los textos tienen forma de diálogo lírico,  por lo que utiliza la segunda persona para  apostrofar a alguien. Por ejemplo, a  un músico callejero que canta en la plaza y espera el sonido de una moneda: ¿Qué sientes cuando salen de tu alma / esos versos en bella melodía? /¿Qué te indujo a adoptar aquella esquina  / para sembrar tu voz en las estrellas? (11). En muchos de ellos usa la interrogación retórica para realizar ese apóstrofe. En uno de los poemas aparece también el tema de la memoria histórica: la historia de un chico que se quedó en una cuneta y nunca apareció.

En la segunda parte los poemas hablan más de  los porqués de la vida.  Tiene mayor contenido ético, filosófico y social. Sus versos hablan del daño social y personal   que generan  la hipocresía y  la calumnia y  de la necesidad de  la búsqueda de la virtud, de  la importancia  de  saber borrar el odio (título de un poema) y  pedir perdón. La poeta quiere  encontrar los porqués, los cuándos y los cómos. Buscar un Qué, que dé sentido a la vida… y seguir caminando. Sin sosiego… y  persiguiendo la esperanza.  En la apertura nos dice: Escuchamos las voces que susurran  Tiene que confiar en la virtud del ser humano para que eso le sirva de estrella para seguir el camino, en medio de la una naturaleza amiga. Ese caminante se pregunta a veces por su propia esencia: ¿Qué hay en mí de verdadero? Es preciso conocerse y reconocerse, labor difícil. En ese camino  de incertidumbre siente  a veces la presencia espiritual de los seres que la han querido. No falta la referencia al paso del tiempo, que pasa y nos deja arrugas, pero que nos regala los días para que nosotros seamos los dueños de nuestro vivir, en ese camino que a veces se hace intransitable. En esta parte  están presentes todas las personas gramaticales.  Abundan  los paralelismos sintácticos, como elementos rítmicos…  Juega también con disposición especial de los versos, para destacar determinadas ideas.

La tercera parte nos llevará  al humor,  que tomará la palabra y nos  aliviará el camino… El juego con la disposición de los versos es aquí  muy llamativo y aparecen poemas con rimas a modo de ripio para conseguir ese tono de humor. Una forma de decirnos que no todo en la vida hay que tomarlo en serio: La vida es canuta… Disfruta, disfruta. Eso no significa que desaparezca la  crítica y compromiso en estos poemas. Habla de la relación con el mundo que la rodea, de su deseo de ayudar y la incomprensión que recibe, que la lleva a increpar a sus interlocutores. En estos poemas está presente la ironía, con la que se refleja también la decepción y los sobresaltos  que sufrimos en pos de nuestras aspiraciones. A pesar de ello María nos recomienda: sigamos nuestra senda.

La cuarta parte comienza con un lamento: Quién no lamenta algunas emociones, algunos hechos. Quién no cambiaría días y palabras, dice.   Aparece el compromiso social (“no a la guerra”) y se  nos advierte sobre el vivir y el comportamiento. A veces también se interroga a sí misma. En este apartado se incrementan las imágenes  y el ritmo de los poemas, con versos tan bellos como estos:  las ventanas cerraron sus pupilas… Resbalaba el dolor por el cristal  / como hielo fundido tras la noche… Aparece el sentimiento de tristeza, la monotonía de lo cotidiano que se refleja también en el paso de las estaciones. Hoy, como ayer, sangra mi pensamiento… Se hace preguntas sobre la vida, la postura del ser humano  que se esconde bajo el ala para no enfrentar la realidad. Pero, siempre, aunque el camino sea duro y provoque decepciones, hay que seguir caminando. El tiempo fluye y es corto.  No pares la esperanza con este muro frío / que rodea la belleza que no dejas entrar.  Hay que sobreponerse y seguir surcando el viento: Tendré que, hilando el viento /  con los husos de la melancolía /  tejer a vida nueva  con las hebras de hiedra / que verdean los sueños.

La quinta parte nos invita a lanzar  al viento votos de optimismo… En el poema Manifiesto asegura que el viaje es el camino, no el destino. Hay que aceptar lo que nos hiere: Cual penitente acepto mi destino / aspiro a libertad, y así camino… Y empaparnos de las sensaciones agradables que podemos sentir alrededor: sabores, aromas, sedas... para disfrutar de la belleza del entorno y  compartir a través de la palabra. Hay  que caminar juntos y juntos  captar la belleza de la naturaleza. Desde esa belleza del mundo sensorial se eleva el mundo espiritual, a la fe. Nos recuerda a la Oda a Francisco Salinas de Fray Luis de León.  María escribe: No quiero ser el pájaro que trina / ni tierna mariposa. / Me conformo si el alma que me anima / con la inmortalidad está adornada.  Es significativo el poema  Un consejo.

La sexta parte refleja, en palabras de la autora, el caminar atento y agradecido  por la naturaleza. Estos poemas están llenos de sensaciones: de la brisa, del susurro del viento, de cantos,  de la luz, del árbol amigo… De la presencia  repetida del mar, en cuyo   vientre acuna vidas y tesoros… La naturaleza acompaña  al mundo en su girar eterno. María se lamenta de las agresiones que sufre  la naturaleza. Con la referencia a las sensaciones aparecen las sinestesias: aroma de sal. Abunda el  léxico relacionado con las sensaciones lo mismo que en el apartado anterior: salado, amargo, aroma, susurro, caricia, estrellas, luna, luz, canto, quietud, grito, llanto…

La perfección de la naturaleza y su belleza  nos permiten disfrutar de ella y aligerar los pesares de la vida y al mismo tiempo esa naturaleza  despierta nuestra fe  y nos lleva a Dios (un cierto misticismo).

En lo que llama Posfacio nos invita a seguir la ruta y dejarnos llevar por los acontecimientos, aceptando la dicha y la desgracia y surcar el viento que nos lleva con voluntad de vida y esperanza.

María escribe en versos libres,  pero sus poemas  están llenos de ritmo poético, que consigue fundamentalmente con el uso del paralelismo y la selección del léxico.  Juega acertadamente con el uso de todas las personas gramaticales, presentando así un perspectivismo lírico: habla de ella, habla de los otros y con los otros y habla de ellos, ellas y  de ello, lo que la rodea. En varios poemas realiza una  disposición especial de los versos, para destacar determinadas ideas.

En conclusión, la poesía de María nos hace reflexionar sobre la vida y nos permite  caminar con ella por  bellas rutas poéticas, pero que no dejan al margen la función social de la poesía. María parece decirnos, como Gloria Fuertes: Me manifiesto en poesía / para tardar menos / en deciros más. Y nos dice que  la vida nos la dan  y, al mismo tiempo,  nos la van quitando, minuto a minuto y  sin pausa… Tempus fugit.  ¿Qué nos queda entonces a los seres  humanos? Decidir sobre nuestra forma de vivir… Eso es cosa nuestra. Hay que decidir si surcamos el viento o nos paramos y nos  dejamos abatir por él.  Y María nos orienta hacia el camino de la fe y la esperanza.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora


Presentación de los poemarios de  María Fernández en la Casa de León en Madrid, el 26/marzo /2026
La acompañan: Margarita Álvarez Rodríguez y Andrés Pinar Godoy

sábado, 21 de marzo de 2026

Cantar de la reina Urraca I, a 900 años de su muerte

 




    

Un pequeño homenaje a la reina Urraca I de León, a 900 años de su muerte, siguiendo 

el estilo de los cantares de gesta. El texto no busca el rigor histórico ni el 

valor  literario,  es simplemente un acto de  gloria y memoria.   Fue leído el 20 de marzo 

de 2026 en el Ágora de la Casa de León en Madrid. Al final del texto se incluye la 

grabación.



Cantar de la reina Urraca I de León (a 900 años de su muerte)


Reina Urraca, reina Urraca, de León gobernadora,

*totius Yspanie regina, primera reina de Europa,

hija fuiste del rey  Alfonso  (VI),  de él heredaste  corona,  

con   dignidad gobernaste, que las  crónicas mencionan,

sorteando los problemas derivados de tu boda

con Alfonso el Batallador, un  rey que de ti hizo mofa…

¡Ay Dios qué buena reina si la historia fuera otra!

Entre el clero y la nobleza   menospreciaron tu honra  

enfrentaste desafíos y,  en actitud retadora,

resolviste  los  conflictos  y saliste victoriosa.

Llamada  “la Temeraria”, por  valentía notoria,

dejaste  tras ti en   herencia   unas tierras anchurosas

y un reino fortalecido que tu hijo  Alfonso (VII)  atesora.

 

Y un funesto   ocho de marzo (1126) llegó   la muerte  afrentosa

y te arrebató la vida, mas  quedó viva  memoria…

 

¡Urraca, mujer valiente,    y, en tu siglo, gran señora,

en  noveno centenario  rememoramos tu historia:

tu corazón de leona merece eterna gloria!

(*Así se denominó  a sí  misma en el primer documento que firmó).

 © Margarita Álvarez Rodríguez 

     Marzo de 2026 


 



jueves, 12 de marzo de 2026

Reseña de "La jaula de oro (apotegmas)", de Carlos d´Ors



 

Poemario

Editorial: Cuadernos del Laberinto

Páginas: 120

Carlos d´Ors es doctor en Historia del Arte y profesor de la UNED. También es pintor y ha sido conservador de Dibujo del MNCARS. Es crítico literario y, como escritor,  cultiva la narración  y la poesía, en  distintos  subgéneros. Tiene publicadas varias obras literarias.

Este  libro, de edición muy cuidada,   está formado por una extensa colección de apotegmas. Un apotegma es un dicho breve,  sentencioso y feliz, según   la definición del diccionario de la RAE. En una nota previa del autor este  nos habla de  que sus apotegmas son “breves sabidurías”. Asegura que no son aforismos porque “no  intentan ser normas de conducta (…) ni aspiran a tener un carácter ético”. Aunque bien mirado,  no siempre es fácil   distinguir entre apotegma,  aforismo, máxima, proverbio, sentencia…

El texto está prologado por el gran poeta leonés Juan Carlos Mestre quien, bajo el título Los bienaventurados de Carlos d´Ors, escribe  un prólogo que  ya  es en sí mismo un texto poético, como nos tiene acostumbrados este  escritor. En  él  elogia la categoría humana de Carlos con estas palabras: “Es un hombre que ha hecho del compañerismo en la palabra, de la camaradería poética,  una fidelidad intransable”  y asegura que en este libro hay “ética y apología de la honradez”.

En la portada de La jaula de oro aparece, efectivamente, una jaula  con una persona encerrada en su interior, mejor dicho, no una persona, sino una cabeza  femenina  aparentemente suspendida y encerrada en su interior. Quizá de esa cabeza, de ese cerebro, salgan los apotegmas que forman esta publicación. Precisamente, en uno de ellos, titulado Jaula, asegura: La libertad es pura farsa / en que aleteamos desesperadamente / dentro de la jaula. Creerse libre no es ser libre, viene a decirnos el autor, sino que  el ser humano está condenado a vivir “enjaulado”. En una jaula de oro, pero jaula, al fin y al cabo.

Los textos de La jaula de oro son muy breves, pues van de dos a once versos.  La disposición  de las líneas que forman estos apotegmas  nos habla, ciertamente, de versos  y, además, esos versos  están cuajados de emoción y de palabra poética. Y poeta es el autor  tanto en este libro como  en otras  publicaciones suyas,  en prosa y en verso, y los poetas somos magos de las palabras, asegura.   La palabra poética emana  claramente de todos los poemas contenidos en el libro.  Con las palabras y los recursos expresivos  utilizados Carlos d´Ors  convierte la palabra en   arte de la palabra. Con paralelismos sintácticos, aliteraciones de sonidos, polisíndeton con la repetición enumerativa de la conjunción y, juegos sintácticos, como los retruécanos… consigue algo fundamental  que es esencia de la poesía, además del arte de la palabra,  el ritmo: La rosa es / la rosa más rosa de todas las rosas: / es la rosa. O con simples  enumeraciones: nombres, nombres, nombres

Muestra además una gran  habilidad en el uso de una fina ironía   un acierto expresivo,  que, unida a la agudeza en la forma de expresar la idea que contiene el apotegma, da al conjunto de los textos gran belleza  y profundidad filosófica. En algunas ocasiones es capaz de partir de una frase hecha popular para, con ingenio, hacérsela ver al lector desde otra perspectiva y con un significado nuevo y más profundo. Así ocurre, por ejemplo, con la expresión “matar el tiempo” o “ahogarse en un vaso de agua”: Matas el tiempo  / y el tiempo te lo agradece… / El tiempo no quiere ser eterno…  A veces esa perspectiva nueva se basa en la paradoja con la que genera gran sorpresa en el lector.

Los poemas presentan ideas profundas, que son  pequeñas píldoras concentradas, expresadas de forma concisa y precisa. Este hecho se percibe ya en los títulos presentados en una sola palabra, casi en su totalidad, un sustantivo,  que inciden en lo esencial, en la sustancia: Niebla, Ojos, Poeta. Agua, Prisas, Reloj, Tristeza, Arterias, Belleza… Y así muchos más. Poesía desnuda, pues,  sin retórica superficial.  Esta forma nos recuerda un poco lo que quería León Felipe que fuera la poesía  y que definía en aquel conocido  poema titulado Deshaced este verso. La poesía, según él,  sería lo que queda después de quitar   todo lo decorativo y de aventar, incluso,  las propias palabras.

En La jaula de oro  el autor nos hace reflexionar sobre la vida con pequeñas píldoras de tipo filosófico o moral. Aparece la idea del tempus fugit,  la angustia que nos produce  ser esclavos del reloj, medidor  que no puede detener el tiempo ni inmortalizarlo. Lo vemos en  esa rosa de la que habla un apotegma, flor símbolo de color, aroma y belleza,  que es menos tiempo rosa que pétalos derramados por el suelo. Con el paso del tiempo, con la soledad, con el amor  se relaciona también la nostalgia que rezuman algunos poemas y que les da un tono romántico.  Y con el tiempo también aparece relacionado el  espacio, esos dos conceptos tan filosóficos y tan inaprensibles.

Los poemas nos hablan de la experiencia vital del ser humano.  De una vida en que   nos sentimos nadadores  que no llegamos nunca a la orilla, a pesar de nuestro ímprobo esfuerzo. En ese caminar (nadar) el precipicio de la muerte nos  amenaza siempre y   nos sorprende en cada recodo de ese camino  que nos conduce hacia  nuestro  destino: la muerte. Por él caminamos  rodeados de dolor y desencanto. Se repite en varios textos la idea de que  la vida es un camino, tópico literario presente en muchos poetas, de todas las épocas, desde Jorge Manrique a Antonio Machado. Pero la vida hay que vivirla, disfrutarla, por ello, nos invita al carpe diem, ya que  es la mejor    forma de sobreponernos a todas las nieblas  que oscurecen nuestro caminar, las que existen y las que nos inventamos. Hay que hacer el camino  llevando dentro del alma el dios del entusiasmo (etimológicamente, en theos: tener dentro un dios) y manteniendo siempre la capacidad de asombro, la conciencia de existir, que mitigará el miedo a la muerte.

 Sin embargo, creo que el tema central del libro es la poesía misma, no en vano en muchos poemas habla de  los poetas y de su visión de la realidad. En el camino de la vida el poeta tiene la función de dar cuenta de las injusticias y las penas que lo rodean. En algunos momentos puede ser considerado un ser “peligroso” que   encarna lo humano: cielos de humanidad son los poetas. Su destino es mejorar el mundo.  Dos temas inspiran de forma constante a los poetas: amor y muerte, ellos  son las arterias de la poesía. El poeta tiende a reflejar más  la desgracia que  la felicidad. Carlos d´Ors llega a decir que el poeta es masoquista. Y en otro apotegma: El poeta es como un faquir  / destinado a dormir sobre camas de pinchos.  

En esta colección de poemas-apotegmas aparecen muchos símbolos. Ahí está el ángel protector que nos invita a pararnos y a buscar caminos en medio de la niebla. Símbolos son también la idea del camino o la del reloj, que refleja el paso del tiempo. O esa muela que simboliza la vida: Vivir es muela sana / que mastica y mastica.  O el poeta presentado con la imagen del náufrago que nadie rescata. En el poema que abre el poemario aparece ya ese náufrago que se hundirá en el más profundo de los abismos.

Además de todas estas reflexiones, en algunos poemas sí  aparece una cierta exhortación o desiderátum similar a la de un aforismo. Por ejemplo, en algunos versos  nos previene contra  la soberbia.  Para ello utiliza  la clásica imagen de la torre que puede caer. También censura  el exceso de halago, porque ahoga.  Nos invita a amar: el amor es el camino. Nos exhorta a no tener miedo a la muerte: No tengamos miedo a la muerte. Nos recomienda cantar y bailar para disfrutar de la vida. Son consejos o pautas morales que nos pueden resultar de utilidad  para seguir nadando por el proceloso río de la vida. Y es que es difícil separar la reflexión filosófica de la valoración ética.

En conclusión, estamos ante una colección de apotegmas, pero estamos también ante un hermoso poemario. Un poemario que, en muchas de sus reflexiones, convierte en protagonistas a los poetas. Esos poetas que, como él mismo, buscan la inmortalidad  y mientras lo hacen adelantan su mortalidad (otra de las grandes paradojas). Pero los poetas son necesarios para  transmitir todas las incertidumbres, angustias, aspiraciones… del ser humano. Por ello, como decía Miguel Hernández, “el pueblo espera a los poetas con la oreja  y el alma tendidas al pie de cada siglo”.

 Y  es que los poetas son capaces de captar  y de  presentar en sus versos lo invisible, que es realmente lo esencial. Ya decía  El principito que “lo esencial es invisible a los ojos”.  Y  Carlos  d´Ors dice algo similar: El poeta es más consciente   / de lo invisible a los ojos / que de lo visible

 Los poetas  escriben desde su humanidad,  su deseo de justicia,   su sencillez, su espiritualidad.  La espiritualidad es   también un componente esencial de este poemario: Hay que tener alas para volar…  Y los poetas las tienen. De ellos dice Carlos d´Ors algo tan bello y tierno como esto: Los poetas se alimentan / de panecillos de luna llena. Que la luz de esa luna llena guíe a los poetas  y ellos vayan  derramando estrellas y  desprendiendo   luz,  estrellas como cada uno de los apotegmas de este libro tan  profundo y hermoso.


©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y escritora





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