martes, 6 de octubre de 2026

Poemario "La mirada de las hojas", de Victoria Olaya


 

            Victoria Olaya, hojas poéticas

 

            Conocí a Victoria Olaya Magadán en la Casa de León en Madrid, adonde acudió para leer un poema con el que había ganado un premio en el Certamen Nacional Mecenas Legionensis 2023. Posteriormente, he coincidió con ella en ese mismo lugar, como participante en el Ágora de la Poesía, y  también en otros foros poéticos.  Victoria tuvo a bien regalarme su tercer poemario, Los susurros del jardín (2023), que leí con gusto y sobre el que escribí una reseña. También acompañé a la autora  en una de las presentaciones de esa obra, precisamente en ese centro leonés. Ahora ha puesto en mis manos su cuarto poemario, La mirada de las hojas, para que yo lo prologue, y aquí estoy dispuesta a hacerlo  sumando a las suyas otras hojas preliminares.

            Los títulos de estos dos poemarios ya nos dicen mucho de su contenido y de su autora.  Victoria Olaya se define como “la poeta jardinera”. Y, sí, es jardinera de  profesión y es jardinera  en el jardín poético de  sus  versos.  Desde el título,  este poemario nos habla de naturaleza, de una naturaleza personificada, que nos mira y que interactúa con la poeta y con los lectores.   Los poemas están agrupados en dos bloques, alusivos ambos a las hojas: Haz y Envés.  En Haz se recogen los poemas más coloristas y luminosos. En Envés aparece la otra cara de la vida, la que produce  en  la poeta inquietud y amargura, y la que es más frecuente en su poesía. Los dos últimos versos del poemario son bien ilustrativos: Una vez tuve risas, / pero apenas las recuerdo.

            La mirada de las hojas gira alrededor de  dos ejes temáticos fundamentales: la interacción de la poeta con el entorno, tanto con el entorno natural, que es una pasión para ella, como con el  entorno urbano, y  el amor  eterno que siente Victoria  por la madre ausente,  pero siempre presente en sus evocaciones. Ya en la dedicatoria hace  una declaración de amor a su madre y a su hijo: “Lo más amado”.  Y en varios poemas está presente la figura  materna: la madre amada, la madre admirada, la madre protectora, la madre compañera, la madre sabia… Solo las madres tienen el regazo caliente / para aliviar a sus hijos, dice en uno de sus poemas. Su recuerdo es  una primavera perpetua. Otro de los poemas concluye con un epifonema rotundo: SIEMPRE JUNTAS, SIEMPRE CONECTADAS: escrito  así, con mayúsculas.

            El otro tema esencial es  la relación que establece la poeta  con la naturaleza. Victoria Olaya habla  de la  naturaleza que la rodea, especialmente, de los árboles, y habla con ella: la personifica. Así, entabla un diálogo lírico  con el ginkgo biloba, en su amarillo otoñal, para  describirnos cómo es ese árbol potente y sagrado. Lo mismo hace con el icónico olmo que trata de sobrevivir a los males que lo aquejan. Y los manzanos, alisos  y  cipreses también  son   protagonistas de sus poemas, porque en su poemario los árboles  hablan y las estaciones suenan,  por este motivo,  sus árboles se enmarcan en la primavera y en el otoño, con sus  bellos colores estacionales. El poemario está sembrado de léxico científico  relacionado con la Botánica, que denota los conocimientos de la autora por su profesión: cloroplastos, estomas, hifas, taxonomía, sámara…

            Asturias, tierra de su madre, tiene también presencia en algunos poemas, en su paisaje de mar y de montaña y en su   paisanaje, que se refleja en los guiños léxicos al asturleonés: oveyas, fame, güelo, raposa, garatín… También hace un hueco para loar la belleza de la geografía urbana de ciudades como Alcalá de Henares o Atenas.

            En sus poemas está presente  una denuncia y un compromiso expreso con la naturaleza. Hay que escuchar el aullido de la tierra, asegura Victoria, y  ella  nos permite escucharlo en sus versos  haciendo referencia a los incendios que fueron extremadamente  devastadores en el  verano de 2025.  En el poema Nuestra ofrenda: la palabra se lamenta amargamente de que la armonía duró el suspiro que tarda en hincharse la egolatría. ¿Acaso ya nadie ama a su prójimo?,  se pregunta en otro lugar. Esta falta de armonía lleva también a las masacres bélicas, ante las que  expresa su impotencia de poeta: Ojalá pudiera arreglar todo / con remiendos de versos.  Adopta también una postura comprometida en defensa de mujeres, como María Moliner, cuya valía no le fue reconocida en vida,  o las Trece Rosas, cuya vida les fue arrebatada por persecución política. 

            Además de estos dos grandes temas, otro elemento sustancial en la poesía de la autora, como ya ocurría en el poemario anterior, es la música. Dedica poemas a instrumentos musicales como  la guitarra o  la gaita asturiana, que  gotea morrina en ella, porque esos  sonidos de mi tierra verde son el  recuerdo de los ancestros.  Referencias musicales aparecen en otros muchos poemas: campanas, timbales, orquestas, melodía, trompeta, tambores, tuna, zapateos, tarantos, música zen… Y, además, tiene a bien proponernos escuchar una pieza  musical determinada  para leer cada uno de sus poemas. Poesía y música: maravilloso encuentro.

            No faltan en los versos de Victoria Olaya las alusiones al desamor; la decepción por el amor que fue y dejó de ser, pero cuyo recuerdo  sigue presente en su vida en  amaneceres rotos o en  bodas de luto.   También incluye poemas de corte más metafísico en los que se  inquieta ante el tempus fugit  y se pregunta sobre el sentido de la vida. Refleja, con frecuencia, una pérdida de fe en sí misma y en la humanidad: Casada estoy con la pena negra;  / mis poemas son aciagos y oscuros, / las palabras de mis versos me delatan.  En general, su visión es pesimista y amarga: llantos zurcidos traigo,  asegura.  En los poemas de Envés el léxico  elegido va en consonancia con los sentimientos expresados: lucha, dolor, desilusión, miedo, incertidumbre, hiel, cicatrices, barro, cuerpo tullido… En algún poema, incluso, parece desear la muerte: Pido la barca de Caronte…

            La poesía de Victoria Olaya se transmite en un estilo claro que la acerca a cualquier lector. Es una persona sensible que capta la poesía de las pequeñas cosas y  que posa la mirada de forma pausada sobre lo que la rodea, especialmente, el mundo natural.  Su  poesía es  muy plástica y seduce nuestros  sentidos. El olfato está lleno de fragancias: Huelo a romero y a eucalipto…  El tacto  aparece recreado constantemente. Uno de sus poemas, por ejemplo, se titula La brisa  interior.  Aparecen también muchas referencias  a los colores: en los poemas de Haz, colores de primavera y otoño; en los de Envés, colores grisáceos y oscuros. En conjunto, aparece  en su poesía toda la gama cromática: naranjas, rojos, amarillos, morados, dorados, verdes, esmeraldas, ocres, plomizos… La poeta  crea, además, bellas sinestesias que mezclan varias sensaciones o sensaciones y sentimientos: melodías dulces, huelo a lágrimas, mares de mieles…  Llega a decirnos, incluso, que anda buscando sinestesias de azahar y limón.

            Llama la atención el uso frecuente de la interrogación retórica,  que le sirve para ahondar en las reflexiones o en los sentimientos  y para  apelar también al lector. De vez en cuando,  nos sorprende  con potentes paradojas: silencios sonoros, hacer del infierno cielo, mudos mis latidos, fósil viviente…  Y, con frecuencia, usa el apóstrofe para dialogar con elementos de  su entorno, a los que personifica, por lo que  abundan   los vocativos y los pronombres  personales y determinantes posesivos de segunda persona.

            Es un poemario escrito en versos libres, con algunas rimas asonantadas. La autora consigue mantener el ritmo fundamentalmente con el uso de abundantes paralelismos sintácticos y  con palabras onomatopéyicas y aliteraciones de sonidos: crujiendo,  borbotear, susurros, repiquetea…  Hace un uso frecuente de la adjetivación,  a veces, en enumeraciones de tres o más términos: esbelto, flaco, cenceño, dice del ciprés.  Varios poemas  se cierran con epifonemas  muy acertados, como este, con quiasmo: negro luto, luto negro.

            En resumen, estamos ante los versos de  una mujer que es poeta y  que, además, escribe poesía, porque Victoria, primero, es y,  después, escribe. Y lo hace  con sensibilidad, con verdad, con garra. Los paisajes exteriores están el servicio del  paisaje interior,  del de su alma: Hablo de interiores, de travesías personales. Es esa “poesía de los poetas” de la que decía Bécquer que  “es un acorde que se arranca de un arpa y que se quedan las cuerdas vibrando con un sonido armonioso”.

            Estas hojas, a modo de prólogo, son  una aproximación a la poesía de Victoria Olaya, pero  nadie mejor que ella para definirla: El cuenco de mis palmas  es más bien pequeño, / pero  (que) es grande lo que contiene mi corazón. Su corazón es grande y deja a su alrededor un “sonido armonioso”. Desde aquí invito a los lectores a descubrir  toda la grandeza que contiene ese corazón, que se plasma en los versos de este poemario, y que, a pesar de los sinsabores vitales,  pretende  quemar los harapos del camino / y florecer cual libre mariposa.


 Este texto figura como   prólogo del poemario del que soy autora

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y escritora



 

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

IX Centenario Urraca I de León, ofrenda floral



 

    Paseo de las Estatuas del parque madrileño del Retiro

    Acto organizado por la Casa de León en Madrid, con presencia de autoridades leonesas 

    24 de septiembre de 2026








Buenas tardes, a ti, reina Urraca I de León,  y a todo este acompañamiento.

Totius  Yspanie regina, imperatrix totius Hispaniae, reina Temeraria, hoy, a 900 años de tu muerte, estamos aquí, en este parque madrileño del Retiro, a los pies de tu señera figura, para rendirte homenaje, haciendo  corte con  la realeza goda, leonesa, castellana, aragonesa y de la España de los Austrias. Desde aquí manifestamos públicamente que las leonesas y leoneses nos sentimos muy orgullosos de que allá por 1109 te convirtieras en la primera mujer que gobernó  un reino en Europa, por derecho propio. Reinaste diecisiete años en aquel Reino de León que fue reino de libertades, en relación con otros reinos hispanos.

Esta estatua que te representa formó parte del conjunto de las 114 que se esculpieron para ornamentar las cornisas del Palacio Real, entre 1743-48. Pero, de aquella atalaya para la que fuisteis concebidas, bajasteis pronto a la calle para salir al encuentro de la vecindad y reinar en sus corazones. En el entorno del Palacio Real se asientan otros reyes del Reino de León: Ordoño II, Ramiro II, Alfonso V, Bermudo III, Fernando I y Sancha I, la única figura femenina de la plaza. Allí está también tu padre, Alfonso VI,  el rey que reconquistó Madrid para los reinos cristianos. Tú llegaste a este paseo de las Estatuas en 1847 y aquí compartías “reinado en femenino” solo con doña Berenguela de Castilla, también reina consorte de León, hasta que en  2022 llegó a este lugar una tercera reina:  Juana I de Castilla.  Y aquí, a tu vera, tienes al que fue nuestro  primer rey leonés, García I. ¡Gran plantel de reyes leoneses en Madrid!

Pero hoy estamos aquí para hablar de ti, reina Urraca. Queremos realizar una ofrenda floral y regalarte un ramillete  de palabras  con una semblanza de tu persona. Fuiste víctima de la misoginia social de la época. Dijeron de ti  que habías gobernado tiránica y mujerilmente (Cronicón Compostelano), desconfiaron  de tu capacidad, censuraron tu moral… Te impusieron tus dos matrimonios. 

Por eso, queremos contribuir con este acto a reivindicar tu dignidad y honrar tu memoria. Fuiste una mujer con poder y empoderada, cuando ni el concepto ni el adjetivo se habían inventado. Y curiosa coincidencia: falleciste de parto,   con 45 años, un 8M. Mujer inteligente, sagaz, valiente, fuerte, enérgica… Lograste gobernar sin tutela masculina…  Y quisiste ser dueña de tu propio cuerpo y dignidad ante las humillaciones y malos tratos infligidos por tu segundo esposo, Alfonso I, el Batallador. Dirigiste ejércitos, tomaste decisiones de Estado, acudiste  in situ a los lugares donde tu autoridad era cuestionada, hiciste una manifestación clara de tu ejercicio del poder y  capacidad diplomática… En definitiva, trataste  de imponer tu criterio con aquel “yo soy el rey”, para que no te confundieran con una reina regente.

Tu estatua también es singular, como lo eres tú: es una y sois dos, pues el escudo en que te apoyas tiene esculpida la figura de tu primer marido, Ramón de Borgoña. Y aquí estás, levantando la vista, con majestuoso orgullo, ante el Batallador, quien, desde la fila opuesta,  no osa mirarte a los ojos.

Y, como no tenemos noticia de que en  el siglo XII te cantaran los juglares, desde el  siglo XXI,  te agasajamos con este  breve cantar de gesta.

 

Cantar de la reina Urraca I de León (a 900 años de su muerte)

 

Reina Urraca, reina Urraca, de León gobernadora,

totius Yspanie regina, primera reina de Europa,

hija fuiste del rey Alfonso (VI),  de él heredaste corona,  

con   dignidad gobernaste, que las crónicas mencionan,

sorteando los problemas derivados de tu boda

con Alfonso el Batallador, un rey que de ti hizo mofa…

¡Ay, Dios qué buena reina si la historia fuera otra!

Entre el clero y la nobleza   menospreciaron tu honra  

enfrentaste desafíos y, en actitud retadora,

resolviste los conflictos y saliste victoriosa.

Llamada la Temeraria, por valentía notoria,

dejaste tras ti en   herencia   unas tierras anchurosas

y un reino fortalecido que tu hijo Alfonso (VII) atesora.

 Y un funesto   ocho de marzo (1126) llegó   la muerte afrentosa

y te arrebató la vida, mas quedó viva memoria…

 ¡Urraca, mujer valiente, y, en tu siglo, gran señora,

en noveno centenario rememoramos tu historia:

tu corazón de leona merece eterna gloria!

 

 © Margarita Álvarez Rodríguez 


Parque del Retiro. Paseo de las Estatuas
Antes y después de la ofrenda

 


lunes, 24 de agosto de 2026

Chorros de estrellas



 


Te sacaron de las aulas,

envenenaron  tu escuela,

no quieren ver cómo brillas

entre los granos de arena.


Cubren tu cara con velos

y tu dignidad laceran,

quieren esconder tu imagen

y tus derechos  secuestran.


Pero tus ojos son soles

que traspasan las fronteras

y tu boca, eco del viento,

que derriba las barreras.


Y  yo levanto mis versos,

y los izo cual bandera,

que son palabras de sueño

y, en el mundo, sementera.


Y te presto mi palabra,

que vuele clara y sincera,

y preñada de  esperanza,

en la voz de los poetas.


Ese burka que te encierra

en tus noches de  tinieblas

no puede hurtar tu mirada,

ansiosa de lunas llenas.


Levanta aún más tu voz,

que lance chorros de estrellas,

que llenen el firmamento

en noches de lunas ciegas.


Que crezcan flores aladas

y  brillen las primaveras,

que  los colores de vida

tiñan de verde tus penas.


Mujeres del mundo unidas,

formemos una cadena,

con las manos encendidas

que luzcan  como las velas…


Que iluminen vuestros pasos

nuestra voz y vuestra fuerza,

y  teñidas de morado

revistan toda la tierra.


8M 2023

 

sábado, 22 de agosto de 2026

"Los ayes de la memoria", de Versos a Oliegos 2026

Portada de la antología de este año, en la que se recoge este poema

 

Los ayes de la memoria                 

 

Vengo de una tierra de urces y escobas

que engalanan los montes con mantos de magia.

Vengo de una tierra de árboles recios

que arrastran tras ellos miradas de cielo.

Vengo de una tierra de verdes de luna

que pueblan las noches de vida y misterio.


Vengo de Omaña, cercana, amiga,

y llego a ti hoy, tierra cepedana,

para compartir contigo los ayes de la   memoria,

lo mismo que en Villameca compartimos las aguas.


¡Ay de aquellos sentires y decires

con los que nuestras gentes hilvanaban la vida!

¡Ay de aquellas vacas de nombres sonoros

que abrían los surcos con el sudor de los yugos!

¡Ay de aquellos hombres de manos curtidas

que apuñaron manadas de pan de centeno!

¡Ay de aquellas mujeres de aguja y de fuego

 que alumbraron festones y hogazas

 y cocieron   patatas que burlaban al hambre!

¡Ay de aquellas gentes que escuchaban los ayes

del cantar de las fuentes, del susurrar de las ramas

y del quejido nocturno de la cabrallouca!

¡Ay de aquellas veladas de filandones de huso,

y leyendas de moras al borde del agua!


¡Ay de nuestros silencios!

 ¡Ay de nuestras soledades!


Los de unas tierras holladas por pisadas serenas

que han arrastado la intrahistoria de siglos...

Y siempre esperando las gracias del cielo:

¡Será lo que Dios quiera!

Y lo que Dios quiso ha sido…

Nuestros pueblos son espejo de puertas trancadas

y de tejas, que muertas, se van a la nada…


Pero, ¡ay!, 

aún hablamos, 

aún nos quejamos…

¡Aún vivimos!

¡Y regamos nuestras tierras de agua y   poesía!


Y a ti, Oliegos, llegamos otra vez los poetas,

con cuartales de versos de luz y de vida.

 

© Margarita Álvarez Rodríguez

 

Monumento en el lugar donde están los restos de Oliegos. que quedaron bajo las aguas del pantano de Villameca en 1945. Foncastín (Valladolid) es el pueblo castellano adonde llevaron a la población.
 Foto: MAR, 2025

 

Sombreros que nos regalaron en el XXV aniversario del recital. 2025.

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

Los nombres antiguos de lugar. Paladín de Valdesamario (Omaña). Conferencia del P. Martino

Algunas obras del P. Martino

En agosto de 2013 el padre Eutimio Martino fue  invitado por el  Instituto de Estudios Omañeses (IEO) a dar una conferencia a Paladín para explicar varios topónimos, entre ellos Omaña y  Paladín.

Este es el resumen de su conferencia, que tuvo  bien entregarme, y que hoy publico como homenaje in memoriam a este sabio y hombre bueno fallecido  el 5 de julio de 2026, a la edad de 101 años.

 

Conferencia del padre Eutimio Martino: 



L O S   N O M B R E S    A N T I G U O S   D E   L U G A R :    

 

                         P A L A D Í N    D E   V A L D E S A M A R I O    (OMAÑA)

 

 

En varias ocasiones hemos presentado nuestra teoría sobre un origen frecuente de los nombres de lugar,  por ejemplo en Paladín, que responde precisamente al tema. 


Todo nombre propio, también los de lugar, encierran un concepto común, el correspondiente a cierto elemento de la realidad nombrada.


Pero en un lugar determinado pueden concurrir muchos elementos, físicos o históricos, evidentemente no inventariados, acaso desconocidos. La primera fase del estudio, lógicamente hablando, ha de responder a esta cuestión: ¿Cuál de los posibles elementos, antaño incluidos en el lugar, ha sido captado y expresado en el nombre del lugar?


No se puede negar que la cuestión resulta en extremo tenebrosa. Porque en todo lugar concreto cabe distinguir el perfil de la tierra, su composición, la flora, fauna, quizás elementos desaparecidos, algún hecho de ocupación humana. Situándonos en un plano sobriamente realista, la empresa parece desesperada, sobre todo si tenemos en cuenta que tratamos de una ciencia y de la certeza que la caracteriza.


La segunda fase de la tarea no se presenta menos problemática: ¿En qué idioma de los protohistóricos, tan imperfectamente conocidos por nosotros, halló expresión aquel elemento de suyo problemático? 


Todavía se añade una tercera fase de problemas que se han de resolver: ¿Qué tipo  de transformaciones ha sufrido el vocablo inicial a través de los hablantes posteriores hasta llegar a nosotros?


Bastará un minimum de realismo científico para sugerirnos que se trata de una empresa utópica,  semejante a la de buscar en la estancia oscura el gato negro que no está allí, como alguien dijo a propósito de la metafísica.


Y, sin embargo, tras una larga  porfía con estas materias, apostaríamos  a que ha surgido como un rayo de luz, que nos apresuramos a compartir. Porque, a través del conocimiento de muchos factores, desde los geográficos y físicos, a los históricos y lingüísticos, en el marco de una región que titulamos  “En torno a los Picos de Europa”, nos atrevemos a presentar una vía singular.


Acogemos por lema universal orientador el de que la historia del vocabulario coincide con la historia de las actividades humanas. Nos parece haber llevado esta sentencia a la confirmación acaso más extraordinaria que pueda imaginarse, porque no se trata de reconstruir una cierta actividad humana del pasado a base del vocabulario correspondiente sino de vislumbrar un dato esencial de la vida del hombre primitivo a través de los nombres antiguos de lugar.


Una comparación al respecto: así como de la  fotografía de un objeto deducimos la perspectiva  que se ha tomado, así, de modo semejante, de los conceptos implicados en los  nombres de lugar, deducimos el punto de vista que adoptó el hablante con respecto a la misma naturaleza.


Y, recurriendo nuevamente a la comparación, fue por la conjunción de dos polos por lo que surgió la chispa de la intuición inicial. El uno consiste en el conocimiento inmediato por nuestra parte de la preeminencia del agua en un valle de alta montaña, el otro en la frecuencia del empleo de léxico relativo al agua que observamos en los nombres antiguos de lugar. Así fue como se nos manifestó la posible preeminencia del agua en la vida del hombre primitivo, pastor y cazador, apenas agricultor.


Siquiera como hipótesis directiva,  pensamos en esa preeminencia del agua en una vida inmersa en el seno de la naturaleza, que acaso haya quedado reflejada en los nombres  de lugar. Valga como hipótesis fundamental de toda la investigación.


Se trata de un principio material-conceptual, que, sin caer en exclusivismo, podría despejar de golpe la primera y más problemática fase de nuestra indagación: la de cuál de los elementos de la realidad habría sido elegido por el hablante para dar nombre al lugar.


Aun la segunda fase, la de qué idioma suministró los nombres en cuestión,  resulta sustancialmente aligerada. Porque ya no se trata de enfrentarse al cúmulo de los vocablos posibles, inabarcable como tal e indeterminado, aunque se trate solamente de los idiomas protohistóricos de la región, sino de atender específicamente al vocabulario perteneciente al agua.

La tercera fase comprendida en la tarea, la de las mutaciones experimentadas por los nombres hasta llegar a nosotros, no presenta una dificultad insuperable. Además,  también se beneficia de la fase precedente. Porque la misma frecuencia de los nombres, en su variedad y riqueza, debe contribuir a iluminar su evolución lingüística.


En conclusión, nos concentramos en la segunda y tercera fase, la del análisis de los nombres antiguos de lugar y su posible relación con los nombres del agua, considerados en sí mismos y en su evolución histórico-lingüística. Tal es la perspectiva de la tarea. 


Tal ha sido la tarea durante muchos años hasta que surgió el hallazgo que, a su vez, habrá de funcionar en adelante como un eje principal y triple de la investigación:

 

  1. En el relevo de las hablas en un territorio, el nuevo hablante suele recurrir a  su  apelativo común de agua para interpretar el nombre propio recibido, que no comprende.

 

   2. La reiterada yuxtaposición de ambos términos puede cristalizar en un nombre compuesto, que dice “agua” por duplicado.

 

3. En todo nombre se ha de atender principalmente al “radical” estricto en cuanto  vehículo  esencial del significado, en este caso del concepto “agua”.

 

 

Con satisfacción anotamos aquí una observación que nos alienta en la dirección tomada, confirmándonos. El hecho de que el hablante segundo manifieste la tendencia de “traducir”, por decirlo así, el nombre propio recibido que le resulta opaco, y que de hecho expresa “agua”, demuestra que actúa bajo el impulso de la preeminencia del agua, por lo cual  “traduce” para saber de qué se trata.


Nosotros empleamos constantemente los nombres de lugar sin pensar ni saber lo que propiamente significan sino simplemente lo que designan. El hablante segundo primitivo no es que traduzca en todo rigor sino que su atención y observación vienen a converger con la del hablante precedente sobre la presencia vital del agua.


No negamos que acaso haya tenido el vislumbre de lo que significa el término heredado pero, en ese caso, no se contenta con ello sino que implanta su nombre de agua. En fin, la conducta del hablante segundo viene a confirmar la que suponíamos en el hablante precedente, más primitivo, la cual queda establecida y con mayor razón,  la que nosotros también podremos confirmar deductivamente. 

 

  

   GUADIANA, AGUASALIO, OSEJA,  OMAÑA.

 

Es bien conocido el proceso que llevó a la formación del compuesto Guadiana, nombre de río,  que se articula wad-i-ana. Al  primitivo Anas,  prerromano (MELA, 2, 6, 21, ed. Frick)  que originariamente no hubo de significar sino “agua, río”,  pero que resultaba opaco para el hablante árabe, se le antepone wad-i-, apelativo árabe de agua.


Al decir nosotros: “el río Guadiana”,  decimos “río” por triplicado pero no es fácil que llegue a formarse un compuesto así como “Roguadiana” porque nosotros contemplamos el Guadiana de una forma distante y por escrito.


Naturalmente no era forzoso que se formase un Guadiana, como no se formó compuesto con el latino fluvius, pues la cristalización del compuesto dependerá de factores varios en concurrencia.


En torno a los Picos de Europa (mal así llamados, porque son de Uropa y éste es un compuesto de los que vamos indagando) se registra una docena de veces Aguasalio como nombre de arroyos o de parajes, como Pico Aguasalio, en Crémenes. Evidentemente se trata de un compuesto del latín aqua y el hidrónimo  Salia,  que significa “agua corriente” y es río de la región,  tanto el Sella como el Saja,  por lo que Aguasalio dice “agua” por duplicado. 


No deja de ser sorprendente que, al par de Aguasalio, registremos Oseja como Aqua Selia, con profunda transformación  frente al conservado Aguasalio. Sin embargo se trata de fenómenos vecinos y paralelos, que se imponen como hechos a la espera de su explicación. Y acaso por la vía de los hechos podamos acercarnos a la luz.


Mientras que Aguasalio designa un simple arroyo de tantos en la montaña o el paraje regado por él,  realidades que muy pocas veces  habrían de aflorar en la conversación y aun dentro de un ámbito estrictamente reducido, el núcleo de población de Oseja  reviste una importancia capital en todos los ámbitos de la región. Es el nombre inesquivable para todo el valle de Sajambre desde su fundación romana, el más reiterado.


Ahora bien, admitido que la entidad fonética del vocablo, puede ser más o menos estable, parece que ha de ser la frecuencia del uso la fuerza transformadora que impulsa la evolución. La observación,  por su misma inmediatez al hablante, puede pasar inadvertida. Es la misma que dicta que los nombres más irregulares también son los más empleados,  porque la intensidad en el uso necesariamente conduce a la transformación del vocablo.


La transformación más importante, que observamos en  Aqua Selia >Oseja, es la de aqua>o, y es la misma que observamos en Omaña (*Aqua Mania). Omaña nos consta primeramente como nombre del río, lo cual responde perfectamente a nuestra concepción acerca del origen de los nombres de lugar a partir del nombre de la corriente, ya sea toda una región la denominada, como aquí, ya se trate de un topónimo menor y puntual.


Hacia el año 876 consta  el río con la forma Humania ( S. Gª. LARRAGUETA, Colección de documentos de la Catedral de Oviedo)  bien que se trate de la región, y en 993   Omania puede referirse tanto a la región como al río (J. A. FDZ. FLÓREZ – M. HERRERO, Colección de documentos de Otero de las Dueñas). La forma Humania, entre  “humanos y manes” desató las interpretaciones más pintorescas y solo de oído.


Para nosotros, la O- inicial proviene del latín aqua- mientras que –Mania  se reduce a Minia, femenino de Minio  (Miño) del cual es alternancia vocálica, puesto que existe Miña como nombre de arroyos, por ejemplo, en Liébana y en Cabuérniga (Cantabria). El mismo río Luna, que confluye con el Omaña nos ofrece un ejemplo inmediato porque su cabecera más alta Peña Ubiña  se documenta Obinna en el año 891 (LARRAGUETA)  que remitimos a un inicial Aqua Minia. En la margen del Luna el topónimo Mi-ñera se conforma con lo dicho. Hasta el mismo Sil ha sido llamado Miño.


Sobraría decir que en francés, una lengua también romance como la nuestra, el aqua latino termina en el fonema  o,  como en español ocurre con topónimos y con la ignorada Virgen de la O, que, mantenemos, deriva de la Virgen de illa aqua, sin duda alguna, un caso eminente de la cristianización del culto prerromano al agua.


Aquí hacemos una división marcada, que viene a corresponder a la  división fundamental de muestra historia  en  la era  prerromana y la era latina.


Los ejemplos aducidos  -Aguasalio, Oseja, Omaña-  pertenecen al relevo de lenguas prerromanas, que son interpretadas por el latín, es decir Salia  y *Mania prerromanos, por el latino aqua. Pero la misma dinámica del relevo, actuando en la esfera prerromana, pudo y debió producir semejantes compuestos reduplicativos a base de términos exclusivamente prerromanos en la medida en que sea válido el principio formulado anteriormente.


Valdesamario. En 1162  figura Samario  juntamente con Inicio, ambos como topónimos puntuales, y en 1257 como Valdesamario, también puntual, pero en 1262 aparece Sa-mario como territorio  (Colec. Otero de las Dueñas).


Para nosotros cuenta el arroyo Valdesamario con varias aldeas en su cuenca y el lugar Valdesamario hacia su confluencia con el Omaña. En el término Valdesamario aislamos dos radicales de agua:  val- y –sam-, que son familiares para nosotros, en particular el primero,  que propiamente sería bal-  como evolución del prerromano pal-. 


Éste interviene en Pal-antia, río en Sagunto, documentado en Tolomeo, que no ha de sonarnos lejano puesto que en el entorno de Mansilla de las Mulas existió una ciudad Palancia testimoniada por los Itinerarios romanos, que debería su nombre al Esla, como se lo debe Pal-anquinos,  por no hablar de la capital Palencia,  que sin duda lo tomó del Carrión, bajo nombre de Palancia. Por cierto que en Man-silla, reconocemos el man- de O-mania y el –Selia del citado O-seja.


La célebre Virgen Blanca de la Catedral de León no es blanca por la piedra sino por el agua (pal-anca) tal y como la Presa Blanca, tan próxima. En el emplazamiento de la Catedral, con ocasión de las termas romanas,  probablemente se desarrolló un culto al agua. En 1073 el obispo recoge que, según algunos, allí había existido un fanum, o templo, gentil. 


Acaso no sea exagerado escribir que el radical pal- con sus alternancias vocálicas –pel-,  pil-,  pol- es el que más nombres de agua y de lugar ha fundado en la península. Ello se comprenderá sin dificultad si asumimos que muchos de los val- no son del latino valle sino de bal-, antes  pal-, el  agua que configura el valle y es lo primordial. Y muchos pola, pol,  no son de populo, como no lo es Valdepolo, sino de pal-de-pol. Y muchos villa no corresponden al latino villa sino a un *pelia, el cual pudo pasar a villa y vieja, como en  el repetido Villa-vieja.


El segundo radical en Val-de-samario, es  decir, -sam-, es  también hidronímico, aunque no fácil de analizar. Pero existe el río Samo, afluente del Tambre (La Coruña) y los topónimos correspondientes como Sama, Samos, etc.  


Pero lo que no nos ha de sorprender es que en la misma confluencia en donde vemos a  Valdesamario vemos también a Pala-d-ín, el cual guarda en pal- la primitiva forma del radical después evolucionado a bal-. De pal- deriva el latino palus, paludis, “laguna”, de donde el español paludismo. Y el final –in, también radical, lo hallamos en Vegapujín y en Villabandín, fácilmente analizables en nuestro sistema.


Y lo hallamos en In-i-cio, en compuesto con el radical ki-kei-, de donde viene Cea, uno los radicales más difundidos en Hispania. Como si nos invitase a re-iniciar y proseguir.


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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.