Un acercamiento al lenguaje del insulto en
política
En el año 2021 publiqué mi libro Palabras
hilvanadas. El lenguaje del menosprecio. Excluí de él el lenguaje de la política, por ser un tema ya tratado por
otras personas, por ser un asunto siempre espinoso, porque es un lenguaje sujeto a personajes y circunstancias puntuales y porque yo misma ya había publicado artículos
sobre el tema. Lo había hecho desde el análisis
de ese lenguaje, que se
caracteriza, entre otros aspectos, por el uso y abuso de eufemismos,
circunloquios, neologismos, metáforas, hipérboles, lítotes y
otros recursos expresivos, que, con frecuencia, desembocan en la manipulación y
la mentira.
Vuelvo a acercarme a ese
lenguaje para reflexionar, exclusivamente desde un punto de vista sociolingüístico,
sobre la presencia constante de los
vocablos insultantes dentro de él. Un fenómeno preocupante y en aumento. De un
tiempo a esta parte, y, lamentablemente,
el lenguaje del menosprecio y/o el insulto parece querer escalar tanto en la forma de comunicación de los
políticos y las gentes de su mundo como para convertirse en otro “poder” del Estado, por ello, de forma
irónica, titulo este artículo Insultocracia.
El lenguaje despectivo dirigido hacia
los rivales de otras formaciones políticas se utiliza como un arma verbal, porque
se considera que esos rivales se transforman en enemigos, y hay que abatirlos. Menosprecio, insulto, infamia… sobrevuelan ese
lenguaje que utilizan los políticos, con absoluta desfachatez, en las
instituciones y fuera de ellas. También lo utilizan algunos profesionales de la
comunicación que tienen una clara adscripción política y personas más o menos anónimas (los hooligans de turno) a través de las redes sociales
(RRSS), en ocasiones para responder a la publicación de un político. Es en las
RRSS donde este lenguaje del insulto se vuelve más feroz e, incluso, en algunos casos, se difunde desde
las cuentas oficiales de un partido o de un político concreto. Este hecho contribuye a crear la desafección de la
ciudadanía hacia la política y envalentona a las personas que lo usan, como si hablar
así fuera el argumento supremo de verdad política o moral.
Del
argumento al argumentario
Hace ya décadas que echamos de menos el lenguaje
de los grandes parlamentarios de otras épocas que, con el don de la oratoria, usando el ingenio y con respeto al
contrincante, basaban sus intervenciones en argumentos. ¿Dónde quedaron
aquellos parlamentarios del siglo XIX como
Cánovas y Sagasta? ¿Dónde están Clara Campoamor, Indalecio Prieto, Antonio
Maura, Manuel Azaña, Santiago Carrillo o Miguel Roca, notables parlamentarios
del siglo XX? Es difícil encontrar en el
Parlamento español actual alguna diputada o diputado de esa talla. El lenguaje de aquellos, como decía, se basaba
en argumentos. Un argumento, según la RAE, es “un razonamiento para probar o demostrar una proposición, o para convencer de lo que
se afirma o se niega”. Hoy, en el rifirrafe político, no abundan los
argumentos, pues los partidos políticos
han sustituido estos por los argumentarios.
En el diccionario académico se define
así argumentario: “Conjunto de los
argumentos destinados principalmente a defender una opinión política
determinada”. No se trata de dar una respuesta argumentada
para convencer al ciudadano de la bondad de un proyecto o una decisión, se
trata de defender una “opinión política determinada”. El argumentario se convierte en una especie
de pasquín difundido entre los afines para que todos defiendan la
misma postura y casi de la misma forma: tirar
de argumentario, lo llaman. Y si hay
que insultar, para que el argumentario tenga más fuerza de convicción, se
insulta al rival sin miramiento. Y los ciudadanos, aunque con frecuencia nos
repugne, nos vemos obligados a normalizar ese lenguaje y de alguna forma
también a usarlo.
Tradicionalmente, a la hora de
argumentar, existían varios tipos de argumentos. Comienzo recordando el “argumento
de autoridad”, que se funda en recurrir al prestigio o crédito de otra
persona para justificar el argumento
propio sin tener que exponer las razones.
Los argumentos de autoridad, propiamente dichos, están poco presentes en
el lenguaje de nuestros políticos. Para utilizaros, y hacerlo bien, hay que ser una persona leída y bien informada, para conocer con
exactitud por qué es “autoridad” en su campo la persona citada, para conocer el contexto en que se realizó algo o
se dijo la cita textual que se
toma prestada y para usarlos correctamente, es decir, para no citar
el nombre de una persona sabia “en vano”. Para que no ocurra lo que le ocurrió,
por ejemplo, al señor Feijóo en 2022 cuando creyó que 1984, título de la conocida obra de Orwel, era la fecha de su
publicación (que fue, en realidad, 1949). Pedro Sánchez, en su libro Manual de resistencia, atribuye el
“decíamos ayer” a san Juan de la Cruz, cuando quien lo dijo fue Fray Luis de
León. Con frecuencia oímos supuestas citas textuales inexistentes o mal traídas
al caso (muy frecuentes cuando se alude al Quijote). Otras veces, como supuestos argumentos de
autoridad, se citan de forma
sesgada los nombres de expertos en otro campo para
justificar una decisión política concreta o se citan unos supuestos expertos que
nadie sabe quiénes son.
Últimamente también se convierte al
pueblo en “autoridad” (argumento ad populum) asegurando que es este
el que apoya una decisión tomada (sin tener constancia de ello) o que esa
decisión o propuesta es lo mejor para el
pueblo, lo que nos recuerda aquella máxima dieciochesca del despotismo
ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Y ocurre en cualquier
nivel de la Administración. Curiosamente, con frecuencia, hay políticos que acuden al pueblo como
argumento de autoridad en casos en que
el pueblo les ha negado ese argumento con los votos. Ese
erigirse en “salvadores” del pueblo que este no
pide ─ni entiende, a veces─ se llama demagogia.
Además del argumento de autoridad se
puede hablar de otros dos tipos de argumentos: ad hominem y ad personam.
El primero trata de desacreditar un argumento atacando a la persona que lo defiende
sin desmontar lógicamente ese argumento con otro contrario. Atacan las opiniones del oponente a priori,
basándose en sus ideas o filiación política previas, sin ceñirse al
tema del que se trata. La clave está en atacar las motivaciones de una persona más que el argumento que hay que rebatir. Se
da en el Parlamento y también en las
respuestas que dan los políticos en las entrevistas. Así el argumento va dirigido contra la persona (o partido)
contrario, no contra sus tesis. Sería,
por ejemplo, decir que una persona o partido no tiene autoridad moral, para
criticar, por ejemplo, la corrupción, porque antes la ha practicado. Es una de
las falacias lógicas más conocidas, basada en la acusación de hipocresía al rival. Se puede hacer
mediante un ataque directo o indirecto, dirigido a un grupo político o de forma
individual a la persona que lo representa, con un lenguaje que trata de
desacreditar e, incluso, de herir. Es
el llamado tu quoque (“tú, también”), que en el lenguaje político actual conocemos
por y tú más. Y así podemos entrar ya de lleno en
el lenguaje del insulto.
Pero aún se puede bajar más
moralmente en el rango de los argumentos y llegar hasta el argumento ad personam, situación en que se obvia totalmente el tratamiento
del tema sobre el que se discute y se cae en la ofensa a la dignidad de
la otra persona atacando su moral, su
inteligencia u otras características de su aspecto o personalidad. Este “argumento” ni
siquiera exige conocimiento del tema sobre el que se trata de argumentar. Si mal está el uso sistemático del argumento ad hominem en la política española, resulta ya insoportable y un signo de bajeza moral o poca altura política el uso del insulto
personalizado, que trata de degradar al rival político como persona, llegando incluso a ridiculizar su aspecto físico. Cada uno de los grupos parlamentarios
considera que es otro el que insulta o que lo hace en mayor medida, pero
si midiéramos su actuación con un “insultómetro” veríamos que los insultos viajan por todo el
arco parlamentario. Unos, en forma de exabruptos, aparentemente más chuscos y
degradantes, por lo que nos
sorprenden más, y otros, creados de
forma más sibilina, pero que
pueden ser lo mismo de degradantes. Hace unas décadas hablábamos en la sociedad
española de crispación política,
pero, al menos desde 2023, hablamos de polarización (esa fue considerada la
palabra del año por la FundéuRAE en 2023). Oímos al presidente del Gobierno
hablar de polarización asimétrica,
queriendo decir que su partido es sujeto paciente y que los agentes del insulto hay que buscarlos en otros
partidos de la oposición parlamentaria. Es verdad que quien gobierna decide, que
eso es gobernar, y está más expuesto a
las críticas de su gestión, pero estas críticas
se producen, con frecuencia, de forma desaforada e insultante,
lingüísticamente hablando. Pero
todos los grupos políticos, también el que está en el Gobierno, recurren al lenguaje del menosprecio como
podemos ver con los muchos ejemplos que citaré a
continuación todos recogidos puntualmente de la voz (o escritura) de
políticos de distintos partidos en sus intervenciones en el Parlamento y en otros foros
o medios. De esa “insultocracia” no se libra ningún partido, aunque es
verdad que determinados representantes de ellos, que tienen un carácter más
ácido, son las/los más propensos a “echar la lengua a pacer”, como se decía en
mi pueblo.
Del
argumentario al insulto
Antes de seguir, quiero dejar claro
que este artículo pretende ser solamente un análisis sociolingüístico
de la situación, sin partidismos de ningún tipo, en el que necesariamente tengo
que citar algunos ejemplos concretos y hacer alusión a los protagonistas implicados para que se
entienda mejor en cada caso el sentido de la crítica. Solo cito algunos nombres
concretos, porque el artículo pasaría a largo ensayo si tuviera que recoger
todos los nombres de insultadores y de insultados. Todos los términos citados
han sido recogidos en intervenciones políticas concretas, que omito para no hacer el texto tedioso.
Comienzo hablando del presidente del
Gobierno, por su rango político. El insulto más difundido en esta legislatura lo recibió el propio presidente
de la señora Ayuso, presidenta de la CAM, desde la tribuna de invitados del
Congreso. Cuando el presidente estaba utilizando un argumento ad personam aludiendo a la familia de la invitada esta pronunció de manera casi imperceptible la expresión hijo de puta. Este insulto, que es frecuente en la lengua coloquial
ordinaria, no solo degrada a la persona
a quien va dirigido, sino que alude y
descalifica a la madre de esa persona que no tiene parte en el asunto ni, a
buen seguro, ha ejercido la prostitución. Aunque no seamos conscientes de ello
es un insulto totalmente machista: se insulta a un hombre insultando a una
mujer. La expresión, deformada, primero de forma exculpatoria, y luego, ya de forma humorística, se convirtió en el
popular “me gusta la fruta”, que ha utilizado reiteradamente el PP, repitiendo indirectamente el insulto. Y se ha llegado a la desfachatez de convertir
la expresión hasta en una coreografía. Este insulto es seguramente el más
dirigido al presidente del Gobierno, pues lo han utilizado representantes de
más partidos y se le ha gritado muchas
veces por ciudadanos en la calle, de manera espontánea o por
personas auspiciadas por
determinados grupos políticos y
sociales.
Los insultos dirigidos a Pedro Sánchez y a su partido podrían formar una larga enumeración. Los partidos del espectro político de la derecha y la ultraderecha lo han acusado de amigo de terroristas (a veces de forma indirecta con el que te vote Txapote), comunista, felón, traidor, okupa (del poder), dictador, corrupto, ladrón trilero, filibustero, facineroso… Y, en algún caso, se le ha llamado psicópata, calificativo que nos habla de falta de salud mental e que, como insulto, supera todas las barreras de respeto a la dignidad. Y hasta, asesino, que sería el nivel más alto del insulto. Ningún representante público, en el ejercicio de su cargo, es un asesino si no está condenada/o como tal. Y, reiteradamente, mentiroso o mentiroso compulsivo. Este es uno de los calificativos que utilizan todos los partidos contra otros y tal vez no haya que llamarlo insulto, pues quien falta a la verdad, aunque la mentira se justifique eufemísticamente como cambio de opinión, no deja por ello de ser en su resultado una falta a la verdad, como prefieren decir. Y esto vale para los políticos de todo signo. Reiteradamente se ha calificado la personalidad del presidente como ególatra e incluso se ha llegado a decir que tiene el síndrome de hybris o hubris. La palabra viene del griego y significa “desmesura” o “arrogancia”. Alude a la transformación psicológica que produce en un líder el ejercicio desmedido del poder. No sabría decir si en este caso es un insulto o una descripción de una personalidad, en cualquier caso, si se utiliza con intención de insultar, insulto es. Llama la atención que dos personas de su propio partido lo hayan calificado como el puto amo (el ministro Puente y el expresidente González). El primero, de forma elogiosa, destacando con ese calificativo a la persona que tiene la autoridad política y moral en el partido (el mando férreo), y el segundo, de forma crítica, aludiendo a la persona que ejerce el poder de forma autocrática y con arrogancia. En contra del expresidente González han arrecido las críticas últimamente, desde las que en tono cruel lo menosprecian por ser viejo y le dicen cosas como que se vaya a tomar la pastilla o que hay “jarrones chinos” que ya no quedan bien en las estanterías (en boca de una ministra del propio partido), hasta aquellas que lo degradan como político y como persona. En las RRSS hemos podido leer calificativos tan desaforados como bazofia humana, piltrafa política, mal nacido, gentuza… Y muchos más.
En las dos legislaturas que lleva gobernando Pedro Sánchez, sus adversarios han creado un término que es como el compendio de todos los males y contra lo que hay que terminar por imperativo patriótico: el sanchismo. No es un nombre popular, más o menos jocoso, para denominar un periodo, sino que tras él está, para los que lo utilizan: la falta de libertad, la infiltración en otros poderes del Estado, la ruptura de España… Y una larga lista de desgracias más. Hay que acabar con el sanchismo parece que es la consigna del quehacer político de la derecha parlamentaria. Algunos han llegado a calificar su gobierno de ilegítimo. No puede ser ilegítimo un gobierno que no se ha formado al margen de la ley.
Después del presidente del Gobierno,
en el ámbito del PSOE, es el ministro Puente uno de los que más insultos ha
recibido en los últimos años, la mayoría
a través de las RRSS, unas veces auspiciadas por personas vinculadas a otros
partidos y otras por gente anónima. Por
su exposición mediática excesiva y su temperamento ácido, es uno de los que lanza más insultos y críticas hirientes o frívolas a los demás, disfrazados en muchos casos de agrio
humor e ironía y, recíprocamente, él
también se hace acreedor de insultos muy crueles. Y ha tenido la curiosa
idea de
encargar a su equipo, desde 2023, la recopilación de los insultos contra su persona
vertidos en las RRSS y nos ha ofrecido una lista,
en la que aparecen, entre otros:
bocachanclas, gañán, cagalindes, Tramp de Valladolid con estilo torrentista,
macarra, sectario, chabacano, dictadorzuelo, bocazas, bufón, matón,
atrabiliario,… También se le ha
llamado hooligan del sanchismo, mamporrero del régimen sanchista, cuantachistes,
machirulo, neandertal… Se le ha acusado también de matonismo político. Su máxima es que “en las RRSS se juega duro
y si no
juegas duro, pasas desapercibido”. Por ello, la lengua acerada del insultado no se queda atrás y se disculpa de su lenguaje inapropiado
diciendo que “expresa lo que siente”, como si eso fuera un argumento en el
ámbito de lo público. Ese mismo argumento, a
contrario sensu, valdría para los que lo insultan a él, pero eso nunca se
puede aceptar como un argumento moral ni siquiera político. Con
frecuencia ha ridiculizado supuestos
defectos fisonómicos de otros contrincantes. Sobre la barba de Abascal ha dicho, por ejemplo, que la lleva para que nadie se dé cuenta de que no tiene barbilla y también
ridiculizó el cambio de imagen sin gafas del señor Feijóo escribiendo: Hay retoques que te dejan peor de lo que estabas. Es sabido que el
interpelado no se había hecho ningún retoque, sino una intervención en la vista
por motivos de salud. A la frase se añadía una foto del señor Sánchez con unas
gafas de Dior y con un mensaje: Superioridad
política, ética y estética. La reacción del PP no se hizo esperar y su
burla fue todavía más cruel publicando una foto del ministro comparándola con
un mono y con un pie de foto en que aparecían
las palabras: primate y poco evolucionado. Esto es un ejemplo
del lenguaje degradado de la política que no se puede soportar. ¿Hay quién dé
más? Veremos más adelante que sí.
Dentro del espectro del PP la
persona más polémica en cuanto a ser difusora y receptora de insultos es la
señora Ayuso. Varios de los insultos ya citados, son utilizados por ella con
frecuencia contra sus adversarios políticos de la izquierda. Usar de forma
gratuita términos como comunistas, bolcheviques, mafiosos, filoetarras,
dictadores… forma parte de ese lenguaje del insulto. En ocasiones aparecen
expresiones aparentemente menos agresivas, pero que llevan dentro una crítica muy agria e irrespetuosa, como
llamar plataforma de frustrados a los
que tratan de pedir responsabilidades por sus familiares muertos en las
residencias durante la pandemia o formar un coro “infantil” con
sus diputados autonómicos para cantar
son unos tristes, con el fin
de ridiculizar y empequeñecer a la
oposición, que criticaba su gestión.
Ella, por su parte, también ha recibido insultos muy degradantes. Ahí van
algunos: asesina, genocida, nazi, loca,
tarada, zorra, vendepatrias… Muy frecuentemente hija de… Con presencia a veces de expresiones totalmente machistas,
como ponte más tetas… Respecto a asesina, vale el comentario que he
realizado más arriba para el presidente.
El señor Feijóo y otros miembros de su partido utilizan con
frecuencia ese lenguaje del insulto, generalmente contra el presidente del
Gobierno, como ya he dicho, pero también reciben a menudo largas sartas de
insultos. Es verdad que en la mayoría de los casos, por no percibirlos el oyente como exabruptos puede parecer
menor el nivel de agresión contra
el rival, pero, ciertamente, no lo es. Las palabras tienen un significado
objetivo o denotativo y otro connotativo, en que les añadimos valores
subjetivos que se acentúan con la entonación y los gestos que las acompañan Y
además las palabras con frecuencia se dicen con una determinada intención. Valga
el ejemplo de triste, adjetivo que en
en sí mismo no es un insulto, pero se convierte en tal cuando se le añade esa
intención.
A veces palabras de sentido negativo
no se perciben como insultos, sino como supuesta definición o descripción de alguien, acertada o no, pero tienen
intención de insultar, porque, en la mayoría de los casos, pretenden
socavar los valores intelectuales y/o
morales de la persona, de ningunearlo y
convertirlo en un donnadie, en un mindundi, un chiquilicuatre…En lo referido
al líder del PP, en alguien que ni pincha ni corta en el partido, porque
está supeditado a su baronesa. Así, tirando de argumentario, y mucho más que
a otros políticos, se utiliza contra él la técnica de dedicarle calificativos que comienzan
por in-, prefijo negativo que
minusvalora y trata de rebajar la dignidad de su persona. El glosario de improperios es bastante
florido: incompetente, insolvente,
inepto, incoherente, irrelevante, inmaduro, irresponsable, indeciso, iletrado,
inútil, cateto, tiene que estudiar
o leer un poco más, no da la talla, entre sus virtudes no está el ser
buen arlamentario… Estos aluden a la falta de capacidad política o intelectual.
Otros tratan de denigrar los valores morales: indigno, indecente, sinvergüenza, vago, cínico, egoísta, tramposo,
mezquino, marrullero, sectario… Mentiroso
(para él sirve el mismo comentario que hice más arriba: mentiroso es el que
miente, en cualquier ámbito). También se ridiculizan sus cambios de opinión
llamándole: veleta, giraldillo,
catavientos… Desde el punto de vista político, se le ha llamado trumpista,
pócima de odio… Se dice que forma parte de la fachosfera,
que usa la máquina del fango, que
hace política sucia. La intención es
clara: ningunear al personaje para rebajar su talla política.
Uno de los políticos que más insultan en el Parlamento
es el líder del partido Vox y sus correligionaraios. Muchos de los insultos ya
mencionados al hablar del presidente están en su vocabulario un día sí y otro también,
y no solo contra P. Sánchez, sino contra
los partidos más minoritarios e, incluso,
el PP. No tiene inconveniente en calificar a los partidos de izquierda de frente popular, de socialcomunismo, de pertenecer a la mafia internacional… Y al
presidente de chulo de putas, terrorista, traidor… Un lenguaje áspero y con
frecuencia machista y racista. Contra el diputado Pisarello (Sumar), de origen
hispanoargentino, lanzó: sudaca, tonto,
tucumano, vendido… Sus comentarios machistas se cebaron contra la ministra
Irene Montero de la que llegó a decir que su
único mérito era haber estudiado en profundidad a Pablo Iglesias. Él y los
suyos la llamaron corruptora de menores,
libertadora de violadores… Y
también, llorona, caprichosa, histérica,
bruja, puta, pederasta, inútil…, términos denigratorios desde el punto de
vista político y personal. Y muchas veces ese partido ha utilizado el término feminazis, para las feministas más combativas. Un político de este
partido le preguntó a una diputada de Podemos: ¿Te has tomado la pastilla? El
contenido machista de este comentario es repugnante. También es verdad que el
señor Abascal y su partido merecen a
diario una gran cantidad de
descalificaciones, desde franquista,
facha, fascista, nazi, golpista, homófobo, antisistema… en el sentido
político, hasta cretino, en el ámbito
personal. Se me puede decir que son
calificativos reales, no insultos. Sí, pero un calificativo también puede ser insultante,
si se usa con esa intención. Y también se
pueden sentir descalificados sus
votantes, porque los diputados y los senadores son tales por el voto de la
ciudadanía y, especialmente, los llamados
ahora obreros fachas.
Tampoco los partidos que se sitúan
en el espectro de “más a la izquierda
del PSOE” se dejan en el tintero descalificaciones hacia otros que en muchos casos tienen intención muy peyorativa, por más que se nos pueda
decir que son términos definitorios. Valga
un término de uso frecuente, en el contexto de la crisis de vivienda y referido
a algunos ciudadanos: el uso de la palabra rentista,
que está descalificando moralmente a personas que tienen alguna vivienda
arrendada, seguramente, en la mayoría de los casos, adquirida con el esfuerzo
de su trabajo o por herencia de sus antepasados (aproximadamente un 82% de los
caseros tienen solo una vivienda alquilada). Pasar de la denominación de casero a la de rentista, evidentemente tiene un sentido muy peyorativo: los rentistas son la causa de todos los
males. Las generalizaciones son injustas y, a veces inciertas, y esas
descalificaciones pueden molestar. También dirige insultos a los empresarios, a
algunos periodistas… Y usa con frecuencia el término corrupto dirigido a políticos muy variados. Pablo Iglesias, ya
fuera de la política, también usaba su lengua afilada para descalificar a otros.
Comenzó con aquello de la casta, que
aplicaba a los partidos tradicionales o
la expresión despectiva régimen
del 78. Él mismo fue objeto también de crueles insultos:
asqueroso, miserable,
vendeobreros, vendepatrias, vallecano de mierda, acosador, sinvergüenza… Y
en ámbito más personal: el coletas,
chepas… Es verdad que muchos de estos insultos les llegaban de forma
callejera, pero responden también a la polarización ambiental. Se le reprochó, desde el punto de vista del
lenguaje, el hecho de haber defendido el uso de un lenguaje áspero: lo que
llamó dar jarabe democrático. Y esto, después, se volvió, injustamente,
contra él y su familia. La señora Díaz, más comedida, en general, no ha ahorrado
tampoco el lenguaje bronco, en ciertas ocasiones. Ha calificado la política del
PP de brutalidad descarnada y al
partido de defender el odio en las calles…
Y el señor Rufián, también de lengua
afilada, en su afán por “llamar a las cosas por su nombre”, con frecuencia
califica a sus contrincantes como miserables, canallas, imbéciles, gilipollas…
Últimamente ha incorporado a su bagaje
lingüístico el término cuñao (persona
que aparenta saber de todo), como una forma de llamar ignorantes a los demás.
Así, con calificativos, con frecuencia, irrespetuosos lanza toda su artillería
lingüística contra la derecha y a veces también contra el PSOE. Y, sin ambages, no ha dudado en mandar a un
diputado a tomar por el… Ya fue muy
llamativo su enfrentamiento en el Congreso con el ministro Borrel en 2018,
cuando lo calificó como el ministro más
indigno de la democracia española, y aquel asunto del supuesto escupitajo contra el
ministro que lo llevó a ser expulsado de la sesión parlamentaria. Tiempo antes hablaba
de PSOEiscariote, para llamarlo
traidor. Terminología suya reciente es
la de corruptos cutres (PSOE) y corruptos
premium (PP).
El
lenguaje de la indignidad
Hay tal nivel de degradación en el
lenguaje de los políticos y sus corifeos que los insultos utilizados son en ocasiones nombres de animales, que degradan
más al personaje, porque lo animalizan.
El insulto más conocido de este
tipo es el de llamar al presidente del
Gobierno Perro Sánchez. Se ha tratado
de jugar con el parecido fonético entre Pedro
y perro y, además, usar la connotación más negativa de la palabra
perro (acepción 2 del DLE: “persona despreciable”). El aludido ha tratado de
quitarle hierro dándole a veces un uso jocoso, aunque esto no le resta la
consideración de insulto degradante. Abundando en lo de perro, en la dana de
Valencia fue llamado por la señora Ayuso el galgo
de Paiporta, por verse obligado a abandonar el lugar de forma precipitada. Como caniche y ratonera han sido calificadas las señoras Morant y Bernabé por un político
del PP. El mismo presidente tiene en su haber llamado pájara a la ministra Robles. A
Óscar Puente se le ha llamado jabalí
del gobierno, doberman… Y el
propio ministro ha recogido las ridiculizaciones más duras referidas a su
fisonomía: neandertal, oscargután, mono,
simio, antripoide, engorilado… El aludido ha respondido a veces de forma
jocosa llamándose a sí mismo “este mono”. Al PP lo acusan de engordar a la bestia (Vox). En algunos casos no se alude a un animal, pero se
ridiculiza a un político con un
calificativo grotesco, como carapolla
(calificación dada al alcalde de Madrid por un concejal de Zaragoza en un pleno).
No obstante, hay que recordar que esto de la animalización en política lo creó
el PSOE allá por 1996, con aquella campaña del doberman en que identificaba a líderes del PP con imágenes agresivas de un perro ladrando,
con el fin de apelar al voto del miedo.
Con motivo de las recientes elecciones en Aragón, una representante del
PSOE decía que el PP es el pagafantas
de Vox y que lo engordaba y le ayudaba a
crecer y a multiplicarse como los
gremlins. Es sabido de todos que los gremlins son seres fantásticos de la
mitología reciente de los países de
habla inglesa. Según la leyenda, estos seres pueden sabotear cualquier tipo de
maquinaria. Pues parece que aquí han saboteado la “maquinaria” electoral de algunos partidos y pueden seguir saboteando la el aparato político de todos.
De este glosario de insultos no está fuera lo escatológico. Varias veces
hemos escuchado en el Parlamento la expresión a la mierda, desde aquella conocida reacción de José
Antonio Labordeta de 2003. Varias veces en boca del ministro que más usa las RRSS. Y una de las últimas ha
sido la de la vicepresidenta segunda desde su escaño del Congreso. El ministro citado llamó a un controvertido comunicador saco de mierda y volvió sobre su calificativo
para decir que solo era una “descripción
cruel”. De él se ha dicho también que es detritus,
que brilla como un minguitorio… La máquina del fango, que gusta usar el
Gobierno como calificativo, es otra manera de aludir a la mierda, lo mismo que política sucia o política basura. A Felipe González le han dedicado en las RRSS por parte de
militantes y simpatizantes del PSOE calificativos como farsante de mierda, estiércol con patas, ponzoña asquerosa, basura
humana… y varios más de este jaez, calificativos que deberían al menos
repugnarnos y no porque hablen de excremento, sino porque denigran al ser
humano.
El abuso de descalificaciones
genéricas alusivas a corrientes políticas, como marxista, comunista, bolchevique, con una connotación tan negativa que se hace equivaler poco menos que a estalinistas o,
en el otro espectro, facha o fascista, que con frecuencia se usa para generalizar sobre un pensamiento político que se aplica a
toda la derecha española de forma no siempre propia ni justa. Lo mismo ocurre
con el neologismo fachosfera, término
que surgió en Francia hace unos cinco años para describir el entorno de la extrema derecha en internet. En España fue introducido a principios de 2024 por Pedro Sánchez y
algunos políticos de su confianza y
desde entonces lo hemos oído cientos de veces. En España se le ha dado un
sentido más amplio, pues se refiere a lo relativo a webs y RRSS, pero
también a los medios de comunicación tradicionales e incluso a grupos políticos y personas concretas. Es un
término utilizado con un sentido muy
despectivo y excesivamente
generalizador lo cual lo convierte en un insulto más.
Otro término político que oímos a
diario y que puede entrar en algunos casos en el lenguaje del menosprecio es la
palabra progresista: ideas progresistas, políticas progresistas…,
si se utiliza con la intención
primordial de zaherir al contrario “apropiándose” de la palabra progreso y
considerando a todos los que no se definen así como conservadores o reaccionarios.
La palabra progreso nos suena bien, tiene connotaciones positivas, aunque a
veces el progreso puede generar consecuencias negativas: cambio climático, mal
uso de las RRSS… Nadie puede poner en duda el hecho de que las llamadas ahora políticas progresistas han sido
determinantes en los grandes avances en
conquistas sociales, derechos individuales y libertades desde finales del s. XIX, pero
también es verdad que el concepto de progreso es más amplio. Cualquier persona o grupo que contribuya a
mejorar el bienestar de la población, en los ámbitos más diversos, puede
contribuir al progreso, y no tiene por qué ser necesariamente un involucionista, por no llamarse a sí
misma/o progresista. ¿Qué hay grupos reaccionarios?, por supuesto, pero no conviene
generalizar. Descubrir la penicilina, por ejemplo, ha sido
un gran hito del progreso, que hoy es patrimonio de la humanidad. Pero dejo
este asunto del progreso para que lo
analicen los expertos. Yo soy simplemente pretendo ser una observadora de las
palabras y su uso.
Concluyendo
Decía otro ministro actual que hay otros (ningún político dirá que son los
propios) que dicen miles de falsedades y de
insultos. Si sumamos todas las
palabras que indican menosprecio de unos contra otros, sean insultos,
descalificaciones, palabras soeces o de mal gusto, calumnias, injurias…
seguramente tenga razón y sean miles a
lo largo de los últimos años. Pero que nadie piense que su grupo está ajeno a
ese lenguaje.
Todo lo dicho es una mínima muestra de ese lenguaje de la política que es muy poco edificante. Son todos los insultos que están, pero faltan otras muchas faltas de respeto no a las ideas, sino a las personas que las defienden, que también son. Pero lo dicho ya nos puede hacer reflexionar. No es lo mismo utilizar algunas de esas expresiones en la lengua coloquial usada entre gente de confianza que el hecho de que sean utilizadas en la vida pública y por representantes del pueblo. No es lo mismo criticar desde la barra de un bar que desde la tribuna del Congreso o Senado.
Para terminar, viene bien recordar el conocido refrán de que lo cortés no quita lo valiente y, por tanto, que se puede desarmar el argumento del rival con un contraargumento, sin necesidad de utilizar este lenguaje descarnado y cargado de mala intención y, con frecuencia de demagogia. Decía yo en mi libro Palabras Hilvanadas. El elnguaje del menosprecio: “Las palabras que elegimos pueden crear o destruir, sanar o herir, respetar o despreciar, amar u odiar… La elección no es indiferente. Pero los vocablos no son culpables de nada. Lo serán acaso nuestros pensamientos o el uso que hacemos del lenguaje”, especialmente cuando se convierten las palabras en armas arrojadizas.
La
palabra parlamento procede del
francés parlement y esa de parler, hablar. Y tiene su origen en la
palabra latina parabolare, hablar,
conversar. De esa raíz viene también palabra
y parábola. Lugar donde se habla, se
debate y se legisla. Pues, señorías y cargos públicos en general, practiquen el
decoro en todo lugar, porque son
nuestros representantes, y que sea nuestro Parlamento el templo de la palabra.
De la palabra respetuosa, por favor.
©Margarita
Álvarez Rodríguez, filóloga
Febrero
de 2026
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