sábado, 14 de febrero de 2026

Insultocracia

 

                                              

                     



                   Un acercamiento al lenguaje del insulto en política

      En el año 2021 publiqué mi  libro Palabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio. Excluí de él el lenguaje de  la política, por ser un tema ya tratado por otras personas, por ser un asunto siempre espinoso, porque es un lenguaje sujeto a personajes y circunstancias  puntuales  y  porque yo misma ya había publicado artículos sobre el tema. Lo había hecho desde el análisis  de ese lenguaje, que  se caracteriza, entre otros aspectos, por el uso y abuso de eufemismos, circunloquios,  neologismos, metáforas, hipérboles, lítotes y otros recursos expresivos, que, con frecuencia, desembocan en la manipulación y la mentira.  

            Vuelvo a acercarme a ese lenguaje para reflexionar, exclusivamente desde un punto de vista sociolingüístico, sobre  la presencia constante de los vocablos insultantes dentro de él. Un fenómeno preocupante y en aumento. De un tiempo a esta parte, y, lamentablemente,  el lenguaje del  menosprecio  y/o el insulto parece querer escalar  tanto en la forma de comunicación de los políticos y las gentes de su mundo como para convertirse en  otro “poder” del Estado, por ello, de forma irónica, titulo este artículo Insultocracia. El lenguaje despectivo dirigido  hacia los rivales de otras formaciones políticas se utiliza como un arma verbal, porque se considera que esos rivales se transforman en enemigos, y hay que abatirlos.  Menosprecio, insulto, infamia… sobrevuelan ese lenguaje que utilizan los políticos, con absoluta desfachatez, en las instituciones y fuera de ellas. También  lo utilizan algunos profesionales de la comunicación que tienen una clara adscripción política y personas más o menos anónimas (los hooligans  de turno) a través de las redes sociales (RRSS), en ocasiones para responder a la publicación de un político. Es en las RRSS donde este lenguaje del insulto se vuelve más feroz  e, incluso, en algunos casos, se difunde desde las cuentas oficiales de un partido o de un político concreto.  Este hecho  contribuye a crear la desafección de la ciudadanía hacia la política y envalentona a las personas que lo usan, como si hablar así fuera el argumento  supremo  de verdad política o moral.

           Del argumento al argumentario

     Hace ya décadas  que echamos de menos el  lenguaje  de los grandes parlamentarios de otras épocas que, con el  don de la oratoria,  usando el ingenio y con respeto al contrincante, basaban sus intervenciones en argumentos. ¿Dónde quedaron aquellos parlamentarios  del siglo XIX como Cánovas y Sagasta? ¿Dónde están Clara Campoamor, Indalecio Prieto, Antonio Maura, Manuel Azaña, Santiago Carrillo o Miguel Roca, notables parlamentarios del siglo XX?  Es difícil encontrar en el Parlamento español actual alguna diputada o diputado de esa talla. El  lenguaje de aquellos, como decía, se basaba en argumentos.   Un argumento, según la RAE, es “un  razonamiento para probar o demostrar  una proposición, o para convencer de lo que se afirma o se niega”. Hoy, en el rifirrafe político, no abundan los argumentos, pues  los partidos políticos han sustituido estos por los argumentarios. En el diccionario académico se  define así argumentario: “Conjunto de los argumentos destinados principalmente a defender una opinión política determinada”.  No se trata de dar una respuesta argumentada para convencer al ciudadano de la bondad de un proyecto o una decisión, se trata de defender una “opinión política determinada”.  El  argumentario se convierte en una especie  de pasquín difundido  entre los afines para que todos defiendan la misma postura y casi de la misma forma: tirar de argumentario, lo llaman.  Y si hay que insultar, para que el argumentario tenga más fuerza de convicción, se insulta al rival sin miramiento. Y los ciudadanos, aunque con frecuencia nos repugne, nos vemos obligados a normalizar ese lenguaje y de alguna forma también a usarlo.

      Tradicionalmente, a la hora de argumentar, existían varios tipos de argumentos. Comienzo recordando el “argumento de autoridad”,  que  se funda en  recurrir al prestigio o crédito de otra persona  para justificar el argumento propio sin tener que exponer las razones.  Los argumentos de autoridad, propiamente dichos, están poco presentes en el lenguaje de nuestros políticos. Para utilizaros, y hacerlo bien,  hay que ser una persona  leída y bien informada, para conocer con exactitud por qué es “autoridad” en su campo la persona citada,  para conocer el contexto en que  se realizó algo  o  se  dijo la cita textual que se toma  prestada y para  usarlos correctamente, es decir, para no citar el nombre de una persona sabia “en vano”. Para que no ocurra lo que le ocurrió, por ejemplo, al señor Feijóo en 2022 cuando creyó que 1984, título de la conocida obra de Orwel, era la fecha de su publicación (que fue, en realidad,  1949). Pedro Sánchez, en su libro Manual de resistencia, atribuye el “decíamos ayer” a san Juan de la Cruz, cuando quien lo dijo fue Fray Luis de León. Con frecuencia oímos supuestas citas textuales inexistentes o mal traídas al caso (muy frecuentes cuando se alude al Quijote).  Otras veces, como supuestos argumentos de autoridad,  se citan de forma sesgada   los nombres de expertos en otro campo para justificar una decisión política concreta o se citan unos supuestos expertos que nadie sabe quiénes son.

      Últimamente también se convierte al pueblo en “autoridad”  (argumento ad populum) asegurando que  es este  el que apoya una decisión tomada (sin tener constancia de ello) o que esa decisión o propuesta es  lo mejor para el pueblo, lo que nos recuerda aquella máxima dieciochesca del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Y ocurre en cualquier nivel de la Administración. Curiosamente, con frecuencia,  hay políticos que acuden al pueblo como argumento de autoridad  en casos en que el pueblo les ha negado ese argumento con los votos. Ese erigirse en “salvadores” del pueblo que este no  pide ─ni entiende, a veces─ se llama demagogia.

    Además del argumento de autoridad se puede hablar de otros dos tipos de argumentos: ad hominem y ad personam. El primero trata de desacreditar un argumento atacando a la persona que lo defiende sin desmontar lógicamente ese argumento con otro contrario.  Atacan las opiniones del oponente a priori, basándose   en sus ideas  o filiación política previas, sin ceñirse al tema del que se trata. La clave está en  atacar las motivaciones de una persona  más que el argumento que hay que rebatir. Se da en el Parlamento  y también en las respuestas que dan los políticos en las entrevistas. Así el argumento  va dirigido contra la persona (o partido) contrario, no contra sus tesis.             Sería, por ejemplo, decir que una persona o partido no tiene autoridad moral, para criticar, por ejemplo, la corrupción, porque antes la ha practicado. Es una de las falacias lógicas más conocidas, basada en la acusación de hipocresía al rival. Se puede hacer mediante un ataque directo o indirecto, dirigido a un grupo político o de forma individual a la persona que lo representa, con un lenguaje que trata de desacreditar  e, incluso, de  herir. Es  el llamado  tu quoque (“tú, también”), que en el lenguaje político actual conocemos por y tú más.  Y así podemos entrar  ya de lleno en  el lenguaje del insulto.

      Pero aún se puede bajar más moralmente en el rango de los argumentos y llegar  hasta el argumento ad personam,  situación  en que se obvia totalmente  el tratamiento  del tema sobre el que se discute y se cae en la ofensa a la dignidad de la otra persona  atacando su moral, su inteligencia u otras características  de  su aspecto o personalidad. Este “argumento” ni siquiera exige conocimiento del tema sobre el que se trata de argumentar.  Si mal está el uso sistemático del argumento ad hominem en  la política española,  resulta  ya insoportable y un signo de bajeza moral o  poca altura política el uso del insulto personalizado, que trata de degradar al rival político  como persona, llegando  incluso a ridiculizar su aspecto físico.  Cada uno de los grupos parlamentarios considera que es otro el que insulta o que lo hace en mayor medida, pero si   midiéramos su actuación con  un “insultómetro”   veríamos que los insultos viajan por todo el arco parlamentario. Unos, en forma de exabruptos, aparentemente  más chuscos y  degradantes,  por lo que nos sorprenden más, y otros, creados de  forma más sibilina,  pero que pueden ser lo mismo de degradantes. Hace unas décadas hablábamos en la sociedad española de crispación política, pero,  al menos desde 2023, hablamos de polarización (esa fue considerada la palabra del año por la FundéuRAE en 2023). Oímos al presidente del Gobierno hablar de polarización asimétrica, queriendo decir que su partido es sujeto paciente y que los  agentes   del insulto hay que buscarlos en otros partidos de la oposición parlamentaria. Es verdad que quien gobierna decide, que eso es gobernar, y  está más expuesto a las críticas de su gestión, pero   estas críticas se producen, con frecuencia,  de  forma desaforada e insultante, lingüísticamente  hablando.  Pero  todos los grupos políticos, también el que está en el Gobierno,  recurren al lenguaje del menosprecio como podemos ver con los  muchos ejemplos  que citaré a  continuación todos recogidos puntualmente de la voz (o escritura) de políticos de distintos partidos en sus   intervenciones en el Parlamento y en  otros foros  o medios. De esa “insultocracia” no se libra ningún partido, aunque es verdad que determinados representantes de ellos, que tienen un carácter más ácido, son las/los más propensos a “echar la lengua a pacer”, como se decía en mi pueblo.

          Del argumentario al insulto

        Antes de seguir, quiero dejar claro que este  artículo  pretende ser solamente un análisis sociolingüístico de la situación, sin partidismos de ningún tipo, en el que necesariamente tengo que citar algunos ejemplos concretos y hacer alusión a  los protagonistas implicados para que se entienda mejor en cada caso el sentido de la crítica. Solo cito algunos nombres concretos, porque el artículo pasaría a largo ensayo si tuviera que recoger todos los nombres de insultadores y de insultados. Todos los términos citados han sido recogidos en intervenciones políticas concretas, que omito  para no hacer el texto tedioso.

      Comienzo hablando del presidente del Gobierno, por su rango político. El insulto más difundido en esta  legislatura lo recibió el propio presidente de la señora Ayuso, presidenta de la CAM, desde la tribuna de invitados del Congreso. Cuando el presidente estaba utilizando un argumento ad personam  aludiendo a la familia  de la invitada esta pronunció  de manera casi imperceptible  la expresión hijo de puta. Este insulto, que es frecuente en la lengua coloquial ordinaria, no   solo degrada a la persona a quien va dirigido, sino que alude  y descalifica a la madre de esa persona que no tiene parte en el asunto ni, a buen seguro, ha ejercido la prostitución. Aunque no seamos conscientes de ello es un insulto totalmente machista: se insulta a un hombre insultando a una mujer. La expresión, deformada, primero de forma exculpatoria, y luego, ya  de forma humorística, se convirtió en el popular “me gusta la fruta”, que ha utilizado reiteradamente el  PP, repitiendo indirectamente el insulto.  Y se ha llegado a la desfachatez de convertir la expresión hasta en una coreografía. Este insulto es seguramente el más dirigido al presidente del Gobierno, pues lo han utilizado representantes de más partidos y  se le ha gritado muchas veces por ciudadanos en la calle, de manera espontánea  o  por personas auspiciadas  por determinados  grupos políticos y sociales.

        Los insultos dirigidos a Pedro Sánchez y a su partido podrían  formar  una larga enumeración.  Los  partidos del espectro político de la derecha y la ultraderecha lo han acusado de  amigo de terroristas (a veces de forma indirecta  con el que te vote Txapote), comunista, felón, traidor, okupa (del poder), dictador,  corrupto, ladrón trilero, filibustero, facineroso… Y, en algún caso, se le ha llamado psicópata, calificativo que nos habla  de falta de salud mental  e que, como  insulto,   supera todas las barreras de respeto a la dignidad.  Y hasta, asesino, que sería el nivel más alto del insulto. Ningún representante público, en el ejercicio de su cargo, es un asesino si no está condenada/o como tal.  Y, reiteradamente, mentiroso o mentiroso compulsivo.  Este es uno de los calificativos que utilizan todos los partidos contra otros y tal vez no haya que llamarlo insulto,  pues quien falta a la verdad, aunque  la mentira se justifique eufemísticamente  como cambio de opinión,  no deja por ello de ser  en su resultado una falta a la verdad, como prefieren decir. Y esto vale para  los políticos de todo signo.          Reiteradamente se  ha calificado la personalidad del presidente  como ególatra e incluso se ha llegado a decir que tiene el síndrome de hybris  o hubris.  La palabra viene del griego y significa “desmesura” o “arrogancia”.  Alude a la transformación psicológica que produce en un líder el ejercicio  desmedido del poder. No sabría decir si en este caso es un insulto o una descripción de una personalidad, en cualquier caso, si se utiliza con intención de insultar, insulto es. Llama la atención que dos personas de su propio partido lo hayan calificado como el puto amo (el ministro Puente y el expresidente González). El primero, de forma elogiosa,  destacando con ese calificativo a la persona que tiene la autoridad  política y moral en el partido (el mando férreo), y el segundo, de forma crítica, aludiendo a  la persona que ejerce el poder de forma autocrática y con arrogancia. En contra del expresidente González han arrecido las críticas últimamente, desde las que en tono cruel lo menosprecian por ser viejo y le dicen cosas como que se vaya a tomar la pastilla o que hay “jarrones chinos” que ya no quedan bien en las estanterías (en boca de una ministra del propio partido), hasta  aquellas que  lo degradan  como político y como persona. En las RRSS hemos podido leer calificativos tan desaforados  como bazofia humana, piltrafa política, mal nacido, gentuza… Y muchos más.

        En las dos legislaturas que lleva gobernando Pedro Sánchez, sus adversarios han creado un término que es como el compendio de todos los males y contra lo que hay que terminar por imperativo patriótico: el sanchismo. No es un nombre popular, más o menos jocoso, para denominar un periodo, sino que tras él está,  para los que lo utilizan: la falta de libertad, la infiltración en otros poderes del Estado,  la ruptura de España… Y una larga lista de desgracias  más. Hay que acabar con el sanchismo parece que es la consigna del quehacer político de la derecha parlamentaria. Algunos han llegado a calificar su gobierno de ilegítimo. No puede ser ilegítimo un gobierno que no se ha formado al margen de la ley.

        Después del presidente del Gobierno, en el ámbito del PSOE, es el ministro Puente uno de los que más insultos ha recibido en los últimos  años, la mayoría a través de las RRSS, unas veces auspiciadas por personas vinculadas a otros partidos y otras por gente anónima.  Por su exposición mediática excesiva y su temperamento ácido,  es uno de los que lanza más insultos   y críticas hirientes  o frívolas   a los  demás, disfrazados en muchos casos de agrio humor e ironía y, recíprocamente, él  también se hace acreedor de insultos muy crueles. Y ha tenido la curiosa idea  de  encargar a su equipo, desde 2023, la recopilación de los insultos contra  su persona  vertidos en las RRSS y nos ha ofrecido  una lista, en la que aparecen, entre otros: bocachanclas,  gañán,  cagalindes, Tramp de Valladolid con estilo torrentista, macarra, sectario, chabacano, dictadorzuelo, bocazas, bufón, matón, atrabiliario, También se le ha llamado hooligan del sanchismo, mamporrero del régimen sanchista,  cuantachistes, machirulo, neandertal Se le ha acusado  también de matonismo político. Su máxima es que “en las RRSS se juega duro y  si no  juegas duro, pasas desapercibido”. Por ello,  la lengua acerada  del insultado no se queda atrás  y se disculpa de su lenguaje inapropiado diciendo que “expresa lo que siente”, como si eso fuera un argumento en el ámbito de lo público. Ese mismo argumento,  a contrario sensu, valdría para los que lo insultan a él, pero eso nunca  se  puede aceptar como un argumento moral ni siquiera político. Con frecuencia ha ridiculizado   supuestos defectos fisonómicos de otros contrincantes. Sobre la barba de Abascal  ha dicho, por ejemplo,  que la lleva para que nadie se dé cuenta de que no tiene barbilla y también ridiculizó el cambio de imagen sin gafas del señor Feijóo  escribiendo: Hay retoques que te dejan peor de lo que estabas. Es sabido que el interpelado no se había hecho ningún retoque, sino una intervención en la vista por motivos de salud. A la frase se añadía una foto del señor Sánchez con unas gafas de Dior y con un mensaje: Superioridad política, ética y estética. La reacción del PP no se hizo esperar y su burla fue todavía más cruel publicando una foto del ministro comparándola con un mono y con un pie de foto en que aparecían  las palabras: primate y poco evolucionado. Esto es un ejemplo del lenguaje degradado de la política que no se puede soportar. ¿Hay quién dé más? Veremos más adelante que sí.

        Dentro del espectro del PP la persona más polémica en cuanto a ser difusora y receptora de insultos es la señora Ayuso. Varios de los insultos ya citados, son utilizados por ella con frecuencia contra sus adversarios políticos de la izquierda. Usar de forma gratuita términos  como comunistas, bolcheviques, mafiosos, filoetarras, dictadores… forma parte de ese lenguaje del insulto. En ocasiones aparecen expresiones aparentemente menos agresivas, pero que llevan dentro  una crítica muy agria e irrespetuosa, como llamar plataforma de frustrados a los que tratan de pedir responsabilidades por sus familiares muertos en las residencias durante la pandemia o formar un coro “infantil”  con  sus diputados autonómicos para cantar  son unos tristes, con el fin de ridiculizar y empequeñecer  a la oposición, que criticaba  su gestión. Ella, por su parte, también ha recibido insultos muy degradantes. Ahí van algunos: asesina, genocida, nazi, loca, tarada, zorra, vendepatrias… Muy frecuentemente hija de… Con presencia a veces de expresiones totalmente machistas, como ponte más tetas… Respecto a asesina, vale el comentario que he realizado más arriba para el presidente.

       El señor Feijóo y  otros miembros de su partido utilizan con frecuencia ese lenguaje del insulto, generalmente contra el presidente del Gobierno, como ya he dicho, pero   también reciben a menudo largas sartas de insultos. Es verdad que en la mayoría de los casos, por no percibirlos  el oyente como exabruptos  puede parecer  menor  el nivel de agresión contra el rival,  pero, ciertamente,  no lo es. Las palabras tienen un significado objetivo o denotativo y otro connotativo, en que les añadimos valores subjetivos que se acentúan con la entonación y los gestos que las acompañan Y además las palabras con frecuencia se dicen con una determinada intención. Valga el ejemplo de triste, adjetivo que en en sí mismo no es un insulto, pero se convierte en tal cuando se le añade esa intención.

        A veces palabras de sentido negativo no se perciben como insultos, sino como supuesta definición o descripción  de alguien, acertada o no, pero tienen intención de insultar, porque, en la mayoría de los casos, pretenden socavar  los valores intelectuales y/o morales de la persona, de ningunearlo  y convertirlo en un donnadie, en un mindundi, un chiquilicuatre…En lo referido al  líder del PP, en alguien que ni pincha ni corta en el partido, porque está supeditado a su baronesa.  Así, tirando de argumentario, y mucho más que a otros políticos, se utiliza contra él la técnica de dedicarle calificativos  que comienzan  por in-, prefijo negativo que minusvalora y trata de rebajar la dignidad de su persona.   El glosario de improperios es bastante florido: incompetente, insolvente, inepto, incoherente, irrelevante, inmaduro, irresponsable, indeciso, iletrado, inútil, cateto, tiene que estudiar o leer un poco más, no da  la talla, entre sus virtudes no está el ser buen arlamentario… Estos aluden a la falta de capacidad política o intelectual. Otros tratan de denigrar los valores morales: indigno, indecente, sinvergüenza, vago, cínico, egoísta, tramposo, mezquino, marrullero, sectarioMentiroso (para él sirve el mismo comentario que hice más arriba: mentiroso es el que miente, en cualquier ámbito). También se ridiculizan sus cambios de opinión llamándole: veleta, giraldillo, catavientos… Desde el punto de vista político, se le ha llamado  trumpista,  pócima de odio… Se dice que forma parte de la fachosfera, que usa la máquina del fango, que hace política sucia. La intención es clara: ningunear al personaje para rebajar su talla política.

        Uno de los  políticos que más insultan en el Parlamento es el líder del partido Vox y sus correligionaraios. Muchos de los insultos ya mencionados al hablar del presidente están en su vocabulario un día sí y otro también, y no solo  contra P. Sánchez, sino contra los partidos más minoritarios  e, incluso, el PP. No tiene inconveniente en calificar a los partidos de izquierda de frente popular, de socialcomunismo, de pertenecer a la  mafia internacional… Y al presidente  de chulo de putas, terrorista, traidor… Un lenguaje áspero y con frecuencia machista y racista. Contra el diputado Pisarello (Sumar), de origen hispanoargentino, lanzó: sudaca, tonto, tucumano, vendido… Sus comentarios machistas se cebaron contra la ministra Irene Montero de la que llegó a decir que su único mérito  era haber estudiado  en profundidad a Pablo Iglesias. Él y los suyos la llamaron corruptora de menores, libertadora de violadores…  Y también, llorona, caprichosa, histérica, bruja, puta, pederasta, inútil…, términos denigratorios desde el punto de vista político y personal. Y muchas veces ese partido ha utilizado el término feminazis, para las  feministas más combativas. Un político de este partido le   preguntó a una diputada de Podemos: ¿Te has tomado la pastilla? El contenido machista de este comentario es repugnante. También es verdad que el señor Abascal y su partido merecen a diario una gran  cantidad de descalificaciones, desde franquista, facha, fascista, nazi, golpista, homófobo, antisistema… en el sentido político, hasta cretino, en el ámbito personal. Se me puede decir que son   calificativos reales, no insultos. Sí, pero  un calificativo también puede ser insultante, si se usa con esa intención. Y también se  pueden sentir  descalificados sus votantes, porque los diputados y los senadores son tales por el voto de la ciudadanía y, especialmente, los  llamados ahora  obreros fachas.

        Tampoco los partidos que se sitúan en el espectro de “más a  la izquierda del PSOE”  se dejan en el tintero  descalificaciones hacia otros  que en muchos casos tienen intención  muy peyorativa, por más que se nos pueda decir que son términos definitorios.   Valga un término de uso frecuente, en el contexto de la crisis de vivienda y referido a algunos ciudadanos: el uso de la palabra rentista, que está descalificando moralmente a personas que tienen alguna vivienda arrendada, seguramente, en la mayoría de los casos, adquirida con el esfuerzo de su trabajo o por herencia de sus antepasados (aproximadamente un 82% de los caseros tienen solo una vivienda alquilada). Pasar de la denominación de casero a la de rentista, evidentemente tiene un sentido muy peyorativo: los rentistas son la causa de todos los males. Las generalizaciones son injustas y, a veces inciertas, y esas descalificaciones pueden molestar. También dirige insultos a los empresarios, a algunos periodistas… Y usa con frecuencia el término corrupto dirigido a políticos muy variados. Pablo Iglesias, ya fuera de la política, también usaba su lengua afilada para descalificar a otros. Comenzó con aquello de la casta, que aplicaba a los partidos tradicionales o  la expresión despectiva régimen del 78. Él mismo fue objeto también de crueles  insultos:     asqueroso, miserable, vendeobreros, vendepatrias, vallecano de mierda, acosador, sinvergüenza… Y en ámbito más personal: el coletas, chepas… Es verdad que muchos de estos insultos les llegaban de forma callejera, pero responden también a la polarización ambiental.  Se le reprochó, desde el punto de vista del lenguaje, el hecho de haber defendido el uso de un lenguaje áspero: lo que llamó dar jarabe democrático. Y esto, después, se volvió, injustamente, contra él y su familia. La señora Díaz, más comedida, en general, no ha ahorrado tampoco el lenguaje bronco, en ciertas ocasiones. Ha calificado la política del PP de brutalidad descarnada y al partido de defender el odio en las calles… Y el señor Rufián,  también de lengua afilada, en su afán por “llamar a las cosas por su nombre”, con frecuencia califica  a sus contrincantes como miserables, canallas, imbéciles, gilipollas Últimamente ha incorporado a su bagaje lingüístico el término cuñao (persona que aparenta saber de todo), como una forma de llamar ignorantes a los demás. Así, con calificativos, con frecuencia, irrespetuosos lanza toda su artillería lingüística contra la derecha y a veces también contra el PSOE.  Y, sin ambages, no ha dudado en mandar a un diputado a tomar por el… Ya fue muy llamativo su enfrentamiento en el Congreso con el ministro Borrel en 2018, cuando lo calificó como el ministro más indigno de la democracia española, y  aquel asunto del supuesto escupitajo contra el ministro que lo llevó a ser expulsado de la sesión parlamentaria. Tiempo antes hablaba de PSOEiscariote, para llamarlo traidor. Terminología suya reciente es  la de  corruptos cutres (PSOE) y corruptos premium (PP).

    El lenguaje de la indignidad

    Hay tal nivel de degradación en el lenguaje  de los políticos  y sus corifeos que los insultos utilizados  son en  ocasiones nombres de animales, que degradan más al personaje, porque lo animalizan.  El insulto más  conocido de este tipo  es el de llamar al presidente del Gobierno Perro Sánchez. Se ha tratado de jugar con el parecido fonético entre Pedro y perro y, además, usar  la connotación más negativa de la palabra perro (acepción 2 del DLE: “persona despreciable”). El aludido ha tratado de quitarle hierro dándole a veces un uso jocoso, aunque esto no le resta la consideración de insulto degradante. Abundando en lo de perro, en la dana de Valencia fue llamado por la señora Ayuso  el galgo de Paiporta, por verse obligado a abandonar el lugar de forma precipitada.    Como caniche y ratonera han sido calificadas  las señoras Morant y Bernabé por un político del PP. El mismo presidente tiene en su haber llamado pájara a la ministra Robles. A  Óscar Puente se le ha llamado jabalí del gobierno, doberman… Y el propio ministro ha recogido las ridiculizaciones más duras referidas a su fisonomía: neandertal, oscargután, mono, simio, antripoide, engorilado… El aludido ha respondido a veces de forma jocosa llamándose a sí mismo “este mono”. Al PP lo acusan de engordar a la bestia (Vox). En algunos casos  no se alude a un animal, pero se ridiculiza  a un político con un calificativo grotesco, como carapolla (calificación dada al alcalde de Madrid por un concejal de Zaragoza en un pleno). No obstante, hay que recordar que esto de la animalización en política lo creó el PSOE allá por 1996, con aquella campaña del doberman en que identificaba a líderes del PP  con imágenes agresivas de un perro ladrando, con el fin de apelar al voto del miedo.

        Con motivo de las recientes  elecciones en Aragón, una representante del PSOE decía que el PP es el pagafantas de Vox y que lo engordaba y le ayudaba a crecer  y a multiplicarse como los gremlins. Es sabido de todos que los gremlins son seres fantásticos de la mitología  reciente de los países de habla inglesa. Según la leyenda, estos seres pueden sabotear cualquier tipo de maquinaria. Pues parece que aquí han saboteado la “maquinaria” electoral  de algunos partidos  y pueden seguir saboteando la el aparato político de todos.

        De este glosario de insultos  no está fuera lo escatológico. Varias veces hemos escuchado en el Parlamento la expresión a la mierda, desde aquella conocida reacción  de  José Antonio Labordeta de 2003. Varias veces en boca del ministro  que más usa las RRSS. Y una de las últimas ha sido la de la vicepresidenta segunda desde su escaño del Congreso.  El ministro citado llamó a  un controvertido comunicador saco de mierda y volvió sobre su calificativo para decir que  solo era una “descripción cruel”. De él se ha dicho también que es detritus, que brilla como un minguitorio… La máquina del fango, que gusta usar el Gobierno como calificativo, es otra manera de aludir a la mierda, lo mismo que política sucia o política basura. A Felipe González  le han dedicado en las RRSS por parte de militantes y simpatizantes del PSOE calificativos como farsante de mierda, estiércol con patas, ponzoña asquerosa, basura humana… y varios más de este jaez, calificativos que deberían al menos repugnarnos y no porque hablen de excremento, sino porque denigran al ser humano.

   El abuso de descalificaciones genéricas alusivas a corrientes políticas, como marxista, comunista, bolchevique,  con una connotación tan negativa que se  hace equivaler poco menos que a estalinistas o, en el otro espectro, facha o fascista, que con frecuencia se usa  para generalizar  sobre un pensamiento político que se aplica a toda la derecha española de forma no siempre propia ni justa. Lo mismo ocurre con el neologismo fachosfera, término que surgió en Francia hace unos cinco años para describir  el entorno de la  extrema derecha  en internet. En España fue introducido  a principios de 2024 por Pedro Sánchez y algunos políticos de su confianza  y desde entonces lo hemos oído cientos de veces. En España se le ha dado un sentido más amplio, pues se refiere a lo relativo a webs y RRSS, pero también  a  los medios de comunicación tradicionales  e incluso a  grupos políticos y personas concretas. Es un término utilizado con un sentido  muy despectivo   y excesivamente generalizador lo cual lo convierte en un insulto más.

        Otro término político que oímos a diario y que puede entrar en algunos casos en el lenguaje del menosprecio es la palabra progresista: ideas progresistas, políticas progresistas…, si se utiliza con  la intención primordial de zaherir al contrario “apropiándose” de la palabra progreso y considerando a todos los que no se definen así como conservadores o reaccionarios. La palabra progreso nos suena bien, tiene connotaciones positivas, aunque a veces el progreso puede generar consecuencias negativas: cambio climático, mal uso de las RRSS… Nadie puede poner en duda el hecho de que las llamadas ahora políticas progresistas han sido determinantes en los grandes avances en conquistas sociales, derechos individuales y  libertades desde finales del s. XIX, pero también es verdad que el concepto de progreso es más amplio.  Cualquier persona o grupo que contribuya a mejorar el bienestar de la población, en los ámbitos más diversos, puede contribuir al progreso, y no tiene por qué ser necesariamente un involucionista, por no llamarse a sí misma/o progresista. ¿Qué hay grupos  reaccionarios?, por supuesto, pero no conviene generalizar.   Descubrir la penicilina, por ejemplo, ha sido un  gran hito del progreso, que  hoy es patrimonio de la humanidad. Pero dejo este asunto del progreso para que  lo analicen los expertos. Yo soy simplemente pretendo ser una observadora de las palabras y su uso.

        Concluyendo

      Decía otro ministro actual  que hay   otros (ningún político dirá que son los propios) que dicen  miles de falsedades  y de insultos.  Si sumamos todas las palabras que indican menosprecio de unos contra otros, sean insultos, descalificaciones, palabras soeces o de mal gusto, calumnias, injurias… seguramente tenga razón y  sean miles a lo largo de los últimos años. Pero que nadie piense que su grupo está ajeno a ese lenguaje.

        Todo lo dicho es una mínima muestra de ese lenguaje de la política que es muy poco edificante. Son todos los insultos que están, pero faltan otras muchas faltas de respeto no a las ideas, sino a las personas que las defienden, que también son. Pero lo dicho ya nos puede hacer reflexionar. No es lo mismo utilizar algunas de esas expresiones en la lengua coloquial usada entre gente de confianza que el hecho de que sean utilizadas en la vida pública  y por representantes del pueblo. No es lo mismo criticar desde la barra de un bar que desde la tribuna del Congreso o Senado.

        Para terminar, viene bien recordar el conocido refrán de que lo cortés no quita lo valiente y, por tanto, que se puede  desarmar el argumento del  rival con un contraargumento, sin necesidad de utilizar  este lenguaje descarnado y cargado de mala intención y, con frecuencia de demagogia.  Decía yo en mi libro Palabras Hilvanadas. El elnguaje del menosprecio: “Las palabras que elegimos pueden crear o destruir, sanar o herir, respetar o despreciar, amar u odiar… La elección no es indiferente. Pero los vocablos no son culpables de nada. Lo serán acaso nuestros pensamientos o el uso que hacemos del lenguaje”, especialmente cuando se convierten las palabras en armas arrojadizas.

       La palabra parlamento procede del francés parlement y esa de parler, hablar. Y tiene su origen en la palabra latina parabolare, hablar, conversar. De esa raíz viene también palabra y parábola. Lugar donde se habla, se debate y se legisla. Pues, señorías y cargos públicos en general, practiquen el decoro en todo lugar, porque son nuestros representantes, y que sea nuestro Parlamento el templo de la palabra. De la palabra respetuosa, por favor.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga

Febrero de 2026



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Los vericuetos del lenguaje político

Politiqueando





 

domingo, 1 de febrero de 2026

Reseña del poemario Ante el estío, de Catalina Bello

 


Poemario: Ante el estío

Autora: Catalina Bello

Editorial: Olélibros

Págs. 69

Catalina Bello es leonesa, nacida al lado del río Sil, en la comarca de El Bierzo. La conocí en la Casa de León en Madrid y allí surgió entre ambas afinidad literaria y personal. Leí con gusto su bella obra de relatos Tormenta y palomar,  publicada en 2023, y recientemente me invitó a participar, el pasado 29 de enero, en la presentación de su segundo libro, Ante el  estío (2025), con el que realiza su primera incursión en el mundo de la lírica. Voy a dejar aquí algunas de mis impresiones sobre la lectura de este  poemario que  recoge treinta y un poemas, distribuidos en siete apartados.

El primer apartado se titula Huracán en la colina (cinco poemas). Se inicia con un primer texto en que la autora evoca el mundo rural en que nació. El primer verso del mismo, muy hermoso, tiene resonancias rurales, pero también machadianas: Mi infancia es un carro de paja / teñida por el rojo de sandías… En este y otros poemas resuenan los símbolos  de  su pasado en el mundo rural, pasados por el tamiz de la literatura: sangre de las guadañas, susurros antiguos, surcos del olvido, tierra yerma, estrías yertas… En estos poemas la autora recuerda ese pasado, pero tal vez rinda cuentas también con  ese pasado en que no todo fue maravilloso.

El segundo apartado se titula Desnudez sagrada (cuatro poemas). Aquí aparecen varios poemas  que reflejan un  compromiso social. Son textos  en que mezcla  el compromiso social con la mirada feminista,  desde aquel en que un mendigo pide pan al Dios del granero hasta los poemas que  claman contra la violencia de género y reclaman la dignidad de la mujer desde su desnudez sagrada. Son textos que contienen mucha fuerza expresiva, que la poeta consigue con la exhortación a la mujer en primera persona del plural, en la que  la autora se incluye, y con la potencia de los paralelismos sintácticos: Cantemos… Caminemos… Y alcemos nuestra copa para brindar con cáliz de mujer. En otros poemas se identifica, en primera persona, con esas mujeres que son vistas  por la sociedad como locas: la usencia total de mi cordura.

El tercer apartado se titula Arcos de luz (seis poemas). Son versos de dolor, de ausencias…, especialmente la ausencia de un ser querido por su muerte. Tienen gran intensidad emotiva y aparecen  muchos símbolos de la muerte: crisantemos, playa oscura de tu ser, pupilas ciegas… El frío es un símbolo claro de la muerte en el poema Ultimo retazo de ti: Cada gélida mañana de aquella interminable noche / cada gélida noche de aquel interminable último día / con tu gélida e inapelable última ausencia. El paralelismo sintáctico acentúa la intensidad emotiva. El intenso  dolor expresado en este poema en que nos habla de las últimas horas de vida de un ser amado lo hace uno de los emotivos de todo el poemario. En algunos de esos poemas establece un diálogo lírico con la persona desaparecida, presente aún en su memoria y en sus cenizas contenidas en  ese cofre donde no amanece: poderosa metáfora.

El cuarto apartado titulado Querencia de barro es el que contiene más poemas (ocho). En ellos vuelve a las vivencias de la niñez y nos presenta la mutación del ser humano a lo largo de la vida.  Pero lo que más destaca en ellos es la presencia del erotismo, especialmente en el poema Escenas de dragón. Por este motivo, las imágenes sexuales aparecen en varios versos: en la lámpara de cérvix,  eréctiles tiempos de placer, caderas de brisa,  lujuria de escamas… Y también en el léxico referido a la anatomía: caderas, pezones, inglés… Tal vez el recuerdo y la añoranza  de esas experiencias   le sirven a la autora para  refugiarse del dolor presente de las ausencias.

Bruma añil en el sueño es el título del cuarto apartado. La sinestesia del título que mezcla varias sensaciones nos introduce de lleno en la naturaleza, que será el eje de los dos poemas contenidos en este apartado. Aparece la bruma y la lluvia y también alusiones a animales. Es el despertar ante lo  natural que rodea a la poeta y que la hace situarse en el musgo de los sueños, en un mundo que está entre lo real y lo mágico. Es una naturaleza que atrae por su belleza y es motivo de disfrute, pero al mismo tiempo no es una naturaleza idílica, no es locus amoenus del que hablaban los clásicos, sino un entorno que también representa amenazas. Tal vez es la visión de la naturaleza berciana que contempló de niña.

El sexto apartado se titula Juegos de alpaca (tres poemas). Aquí aparecen niñas como protagonistas, por  ejemplo, una niña del Sáhara, presente  en un hermoso poema que comienza con esta interrogación dirigida a ella: ¿De dónde vienes, niña de piel dorada? En otro evoca  la infancia de  Brovina, médica y poeta albanokosovar.

El último apartado se titula Pergaminos de crin (tres poemas). Aquí aparece la reflexión sobre la muerte, muerte que la devuelve al inicio del poemario: a recordar su casa  y  su entorno en el mundo rural de su niñez para decirnos que la muerte  es la última casa  que abrirá las puertas para acogernos  y las cerrará tras nuestra entrada.  El poema El último cobertizo, que cierra el poemario, es el símbolo del final de la vida.

De esta manera, el poemario  Ante el estío, de Catalina Bello, va de la niñez a la muerte. En medio  transcurre la vida. Nosotros caminamos por ella y  ella pasa sobre nosotros y nos arrastra. Y en ese camino van quedando añoranzas de la niñez, amores y desamores, la enfermedad y la muerte, la relación con la naturaleza y la sociedad, la memoria de la cultura de los antepasados,   las  presencias y ausencias…

Y siempre está muy presente la idea del tempus fugit. Frente a ese tiempo, que nos arrebata la vida,  la literatura  nos pude ayudar a conseguir la inmortalidad: que nuestra vida permanezca en la memoria de otros. También  los espacios son importantes en este poemario y,  con frecuencia, generan contrastes: dentro / fuera, lo rural / lo urbano…  A veces los contrastes son a la vez espacio-temporales: cultura del pasado /cultura del presente. Catalina es deudora de su formación literaria  e introduce en algunos textos referencias a otras escritoras, la metaliteratrura,  y también usa  la intertextualidad. Habla de  poetas de otras épocas: Safo, Rosalía de Castro… E introduce citas significativas  de E. Dickinson y de  A. Gamoneda, que están relacionadas con su  mirada poética.

La poesía de Catalina Bello está escrita en versos libres, pero  muy elaborada desde el punto de vista formal.  Es una poesía con poderosas imágenes que nos trasladan de la realidad conocida y observable a la estética literaria y a un cierto realismo mágico. Las imágenes casi siempre son insólitas, captadas desde el subconsciente, lo cual genera un cierto hermetismo, que  la sitúa próxima al surrealismo. Además  de las imágenes (algunas ya señaladas) la presencia de la antítesis también produce un gran juego literario: en la aurora de la noche… La sinestesia es otro elemento estilístico esencial: canto añil de algún mirlo, luz de alpaca… Utiliza con frecuencia  el  paralelismo sintáctico  para conseguir el ritmo poético, al que contribuye también la selección de léxico: su sonoridad / rasgada por el eco, ahora, indómito

El uso de las personas gramaticales  es también muy importante en su poesía, porque crea una notable sensación de perspectivismo. Hay poemas escritos en primera persona en que el yo lírico  de la poeta acentúa el  sentimiento. En otros juega con la primera y la segunda persona, a la que apostrofa, generando  bellos diálogos líricos: Ayer, / fue ayer cuando te fuiste… No falta la primera persona de plural (el yo+otros=nosotros) cuando la autora se introduce en el poema para compartir y hacer suyos con mayor intensidad los sentimientos de los demás. Los hay también escritos en tercera persona, con el tono más descriptivo de la poeta que observa: desnudan la mañana / nanas de llovizna A veces los versos están formados por una sola palabra que, al quedar entre dos pausas, acentúa su intensidad lírica:   Tú / dentro / sobre la piel de un suelo negro, / vuelves…

Catalina Bello nos regala en este poemario  una treintena de poemas  entre cuyos versos asoman los tres componentes esenciales de la poesía: sentimiento, ritmo y arte de la palabra  En ellos  nos deja su corazón abierto: Abro la hora zurda del verso abierto / con el corazón profanado…

Y nada mejor que cerrar esta reseña con los  versos  iniciales  del poema A contraluz,  que pueden resumir la esencia del poemario. Hay letras  / íntimas  y efímeras / en soleados linderos, / en oquedades antiguas, / que hablan con dolorosa verdad. La dolorosa verdad de la poesía de Catalina Bello.


© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora



Presentación de Ante el estío, en la Casa de León en Madrid (29 de enero de 2026)
Paloma Albarracín (editorial), Margarita Álvarez (autora de la reseña), Catalina Bello (autora del libro)
y Alfredo Álvarez (prologuista)




viernes, 16 de enero de 2026

Por los caminos de la vida

 


"La verdadera patria del hombre es la infancia". R. M. Rilke

En ese dorado paisaje otoñal, desde Marcogolla, se vislumbra la casa donde nací, en Paladín (León)

Por los caminos de la vida

 

Nací en una tierra de  gentes austeras,

en un lugar,  Paladín,

con nombre de resonancias guerreras,

al pie de una vallina de agua fina 

y  nombre  sonoro (Marcogolla),

en un día  de enero,

mientras se oían

las  huecas pisadas de las madreñas,

el  ronco sonido del río,

el gemir de las ramas,

el mugir   de las vacas…

Crecí mirando a la tierra

y esperando las gracias del cielo.

Paisajes   de primavera gozosa

amamantaron mi alma,

veranos de hierba y centeno,

fortalecieron mi cuerpo,

otoños de parcas cosechas

doraron mi vista

e  inviernos de lumbre 

y  palabras aladas

poblaron  las nubes  de mi fantasía.

Mesas sobrias  saciaron mi hambre,

contados libros alumbraron mi mente,

deberes sin tregua 

forjaron mi espíritu...

Mi infancia fue  una canción

con estrofas de   diminutivos frugales:

un poquitín de azúcar,

un puñadín de arroz,

una gotina  de mimos, 

una perrina

Y un  estribillo que sabía 

a  pan  y manzanas.

Una enciclopedia, 

unos mapas, 

una maestra,

un cura,  

una beca

me abrieron los ojos al mundo.

Colores, olores, sabores, trabajo,

respeto y humildad

me trazaron  caminos de vida.

Los  años mozos me  robaron  los verdes

y pintaron de gris mi mirada…

Días   de esfuerzo y tesón

me llevaron  a  sueños cumplidos,

mientras   arrebataban vidas

y   desgarraban afectos.

En la madurez me vi  

conduciendo la vida de otros.

Años  de  vocación, de  ilusiones,

de entrega, de  compromiso, 

de lealtad, de amor:

años de sementera.

Siembra de conocimientos. 

Siembra de afectos. 

Siembra de vida.

Y germinaron los días,

como los trozos de patata 

o  los fréjoles

que veía enterrar de niña,

y crecieron, y se multiplicaron, 

y produjeron  excelente cosecha.

Y heme aquí, 

con un  largo camino a la espalda,

sintiendo que  sigo siendo de pueblo

y regresando a mis raíces  primeras:

a mi casa, a mi  río, a mis árboles, 

a mis verdores, a mi gente

 y a la expresividad  de mi lengua.

¡Un recorrido tan largo 

para volver al inicio!

Ahora vuelvo, una y otra vez,  

a las vivencias de infancia. 

De aquella infancia, mi infancia,  

que, para una niña de pueblo,

casi  empezaba a inventarse.

Y ahora comprendo que  allí 

ha estado  mi  patria:

en el  lugar  de los miedos,

de los  descubrimientos,

de la inocencia,

de los sueños.

En el de la magia de  las palabras.

De aquellas palabras, sonoras, 

amorosas, relucientes,

con las que  poseía

y comprendía el mundo 

que me rodeaba:

afalagar, ajagüeiro, cabrallouca,

esperriar, requisconcio,

tortollo, tulipanda,

 zurriburri… 

¡Oh, sí! 

Por aquellas   sendas de infancia 

aprendí a sentir,

a aprender,  a respetar, 

a agradecer…


Y por  los caminos de la vida 

a  saber estar y  a ser.


Existir, sentir,  pensar, ser…


Caminar con empeño: 


¡VIVIR!



©Margarita Álvarez Rodríguez


16 de enero de 2026


Este poema está  incluido en mi libro Omaña, la voz del agua.



¡Ay... aquellos mapas que extendieron los límites de mi mundo y me llevaron hasta Rusia y Pernanbuco!
En mi escuela... En la mesa de mi maestra,  el día de la presentación de mi libro Palabras hilvanadas


Exterior de escuela en que aprendía a leer y de la que salí los diez años



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