Género: Novela
Editorial: Marciano Sonoro
Páginas: 197
Marian Martínez, la autora de Si algo todavía queda, es madrileña, pero sus raíces están vinculadas a un pequeño pueblo de la comarca leonesa de Omaña. Trabaja en cooperación al desarrollo, aunque su formación académica fue técnica (ingeniería industrial). Esta es su primera novela publicada, aunque ha publicado previamente algunos relatos sueltos. Siempre ha sentido amor por la palabra escrita y se ha formado como escritora realizando el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores La novela Si algo todavía queda se desarrolla en varios espacios diferentes: un lugar de Omaña (León), donde se crio su protagonista, Micaela. Un lugar innominado, pero que podría ser perfectamente el pueblo de Murias de Ponjos del que desciende la autora. También se mencionan otros lugares de la comarca: un lugar inconcreto del valle Gordo, valle con el que linda el pueblo de la autora, Riello, lugar donde tenía lugar una conocida feria de ganado, un pueblo del Bierzo Alto… Una geografía reconocible para las personas que conocemos aquella zona.
Otro escenario es la ciudad de León en la que Mica regenta una tienda de aperos de labranza, que adquirió al morir la dueña (trabajaba en ella) y en la que se desarrolla su etapa de madurez. De esa ciudad de León también refleja fielmente la geografía urbana. Seguimos los pasos de Micaela por el barrio Húmedo, la calle Ancha, la calle de Ordoño II, la plaza Mayor… Con menos detalles descriptivos aparecen otros lugares, como Astorga, ciudad a la que la autora viaja varias veces.
Como lectora, lo que más me ha llamado la
atención de la novela es el realismo con el que Marian refleja aspectos de tipo social y
antropológico del mundo y la época en que viven los personajes. Nos introduce
de tal manera en el ambiente que parece que vivimos allí entre esos personajes.
Aparecen en la narración muchos aspectos sociológicos, algunos, de tipo general, eran comunes tanto al mundo
rural y como al urbano, pero, sobre todo, refleja, como un perfecto espejo, cómo se desarrolla la vida en el mundo rural. A lo largo de las páginas
de la novela, la autora nos adentra plenamente
en el pensar, el vivir y el sentir de las gentes que pululan por ella. Es un acercamiento certero y emotivo a la
intrahistoria de la España de la primera mitad del siglo XX.
La novela refleja, por ejemplo, los trabajos específicos que realizaban habitualmente las mujeres, además del cuidado de la casa y la familia: se ocupaban de los animales domésticos, el “ganado menudo” (gallinas, conejos, ovejas, cerdos…) y ordeñaban las vacas y guardaban la nata para después mazarla en los odres de hojalata, y conseguir la manteca. En el momento de ordeñar, sentadas en un tajuelo, nos daban a beber a los rapaces algún sorbo de la leche templada recién ordeñada, leche templada y espumosa, desde la propia zapica. Hago referencia a la primera persona de plural, porque yo misma degusté esa leche recién ordeñada en torno a 1960. Las mujeres amasaban, pues el pan se hacía en casa, para ello realizaban todos lo preparativos relacionados con el proceso de amasado y encendido del horno. Marian aprovecha para resucitar nombres de instrumentos que tenían que ver con el amasado (cachaviello).
Las mujeres llevaban el mayor peso del trabajo doméstico, incluidas las rapazas jóvenes y las mozas (no así los mozos), trabajos que requerían a veces un especial esfuerzo: lavar la ropa, en algún manantial o en el río, fregar los suelos de las viviendas, que eran generalmente de madera, poniéndose de rodillas y restregando con estropajo y arena… Y tantas labores más.
Además, las mujeres leonesas trabajaban en el
campo y hacían un esfuerzo similar al de los hombres. A mí me gusta decir que si los
campesinos trabajaban de sol a sol, las
campesinas lo hacían “de luna a luna”. Y
eso se refleja claramente en esta novela.
Nos habla también de la forma de vestirse de
esas mujeres: mujeres de negro, con pañuelos, refajos… La alusión a las
madreñas también aparece de forma reiterativa. La propia protagonista las talla,
para la venta, en la trastienda de su negocio. Las madreñas tenían una utilidad concreta (preservar
los pies de la humedad) y múltiples
significados connotativos, según el aspecto, el
tamaño… Y unas madreñas simbólicas simbólicas aparecen en la contraportada del libro.
Aparecen también las distintas faenas
que se realizaban en el mundo rural en distintas épocas, por ejemplo, la
matanza del gocho, con todo el proceso que la matanza exigía. También
aparecen elementos relacionados con la forma de vida y el equipamiento de las
casas. Las viviendas solían estar en el piso de arriba y en el inferior estaba
la corte de los animales (cabras,
ovejas..) o la cuadra (vacas y caballerías). Era la manera de que los
animales aportaran calor natural. Vemos cómo no existía aún el agua corriente y
el baño, que no llegaría a la zona hasta los años 60/70. Otras referencias a la cultura
leonesa aparecen en los filandones o veladas de invierno, que eran un momento de esparcimiento: juegos, narración
de leyendas…. pero también horas para
seguir trabajando, especialmente las mujeres: hilar, coser, exbotar los fréjoles
secos…
Con carácter más general, se refleja la emigración
a América, especialmente a Argentina (mi
abuelo se fue en 1911), el analfabetismo, especialmente de las mujeres, cuyo papel social estaba muy acotado a lo
doméstico.
Nos presenta también la forma de ser y de sentir de las gentes del mundo rural. Eran
personas, trabajadoras, honradas, leales... Bastaba dar la mano para que un trato no se
rompiera. Describe bien el carácter contenido en la expresión de los afectos de
los leoneses: el carácter leonés guarda los sentimientos muy dentro, tan
profundo que no encuentran el camino para ser nombrados. Los padres de la
protagonista son personas muy austeras y
trabajadoras, pero son parcos en
manifestaciones de afecto y a veces demasiado severos en la educación de los
hijos, pues les infligían malos tratos físicos.
Sorprende la dureza con la que reacciona la
familia ante un hijo concebido de soltera
por Mica, la protagonista, en una sociedad en que la mujer debía
preservar la honra a toda costa. Por
ello, sufre incomprensión, anulación de
su personalidad e incluso malos tratos. Tratan de casarla, en contra de su voluntad,
para esconder la deshonra y cuando fracasa la boda, la obligan a abandonar a su
hija, fruto del pecado. La consideran moralmente una descarriada. Las
mujeres que pasaban por esa situación son
recluidas en una casa de maternidad para no ser vistas y limpiar su honra. Allí
pierden su identidad y se las despersonaliza, pues se les asigna un número y son llamadas por ese número. Es un
lugar cuya descripción nos impresiona,
pues se parece mucho a una cárcel.
Si extendemos la mirada con la autora al mundo urbano, vemos cómo refleja el espinoso tema de los abusos sexuales que vivían las criadas que
iban a la ciudad a servir y cómo el entorno callaba. Se refleja el hambre de la posguerra, más presente en las ciudades, la muerte por enfermedades
víricas como el sarampión (no llegaría
la vacuna hasta lo años 60) y muchos más aspectos de la realidad de la
época.
Y toda esta intrahistoria que refleja la
novela incorpora también un vocabulario típicamente leonés, con
palabras que nos identifican y con las que ponemos nombre al mundo que nos
rodea, especialmente los leoneses de la montaña: tayuelo, manteca, trancar, guaje,
jijas, jato, gocho, tanque, corte, dar una rabiscada… Y muchas más… Y esos
diminutivos en -ín/-ina que nos acarician el alma: culebrina, añines,
cerquina… Aquí he de decir que también yo estoy un poco presente en la
novela, pues la propia autora que ha confesado que mi libro El habla tradicional
de la Omaña Baja (Lobo Sapiens,
2010) le sirvió, al menos en parte, de fuente lingüística.
La protagonista, como se ha dicho, se llama
Micaela (Mica), una mujer que atrae la atención y mueve la simpatía del lector
hacia ella, una mujer a la que los límites físicos y culturales del pueblo le
quedan pequeños: se siente ahogada. Su madre, a la que la autora llama siempre Madre (con mayúscula), es una mujer
recia que no es capaz de manifestar el cariño hacia su hija (cosa que si hace
después hacia su nieto). Mica, desde pequeña, se rebelaba contra el papel social
de la mujer rural. Deseaba salir de su sendero marcado y
no encuentra otra forma que yéndose a servir a la ciudad. Es una persona decidida,
soñadora, apasionada , entusiasta, rebelde, obstinada… Y necesita volar. Por ello se rebela
contra su madre, persona que vive condicionada por el dolor de la muerte de una
hija mayor y es incapaz de manifestar gestos de afecto. Mica siente
que Madre aplasta sus sueños.
La vida de Mica también está marcada por desgracias: por
la pérdida de su hermana Ángela, con la que tenía mucha complicidad, que la
deja en una orfandad fraterna; por la pérdida de la hija que ha tenido que
dejar en un orfanato de Astorga; por la
pérdida de su marido en la guerra, por la “pérdida” (lejanía) de su hijo que se
va a estudiar a Madrid y no la comprende. A pesar de todo, ella lucha con tesón
contra todos los obstáculos.
Otro personaje decisivo en la vida de Mica
es Camino Expósito, una muchacha que
un día aparece en su tienda y que le trae a la memoria a la hija perdida. Su nombre también tiene tintes leoneses y su
apellido nos habla de su origen hospiciano. En ella vuelca su afecto y de
ella recibe apoyo moral en la búsqueda de la hija perdida, veintitrés
años antes, cuyo recuerdo quedó escondido en el desván de la
memoria. Mica quiere redimirse
moralmente de ese pasado, para ella tortuoso, aunque no fuese responsable de lo sucedido. Y al final lo consigue, aunque para ello tenga
que volver a vivir una segunda pérdida de la hija, después de haberla
encontrado y de plantearse un dilema moral. ¿Tiene derecho ella a inmiscuirse en
vida de esa hija que ha criado otra madre? La resolución de ese conflicto moral
le permite también volver a visitar a su madre en el pueblo con Camino y su
hijo. Ese hecho le permite obtener la
redención, porque se perdona a sí misma y a la madre.
En esta novela se hace un gran homenaje a las
mujeres, a esas mujeres silenciadas y silenciosas del siglo pasado, que hacían
la historia, pero apenas entraban en los libros de historia. A esas mujeres sumisas que no pudieron o no supieron levantar su voz y a las
que tuvieron que hacer un esfuerzo titánico por ser ellas
mismas. La autora consigue realizar una
hábil introspección psicológica y una amplia y acertada descripción ambiental, y
eso lleva a que los personajes, especialmente los femeninos, de esta novela rezumen verdad.
La historia se desarrolla en dos tiempos. Comienza cuando Mica tiene 43 años (1951) y está en la
estación despidiendo a su hijo que se va a estudiar a Madrid. La otra parte
está ligada al nacimiento de su hija, 23 años atrás (1928). La trama se inicia
en el presente, pero a partir del segundo capítulo la autora usa la técnica del flash back y salta a la
adolescencia de Mica. A partir de ahí, va intercalando capítulos que hablan del
presente y del pasado, y ambos avanzan linealmente, con algunas miradas
retrospectivas. En el último capítulo
incorpora pasado y presente. Avanzan, respectivamente, desde su
adolescencia hasta que abandona el pueblo, y desde la despedida en la estación
hasta el momento en que encuentra a su hija.
Desde el punto de vista estilístico, llama la atención el dominio de la palabra literaria,
que sorprende muy gratamente, especialmente viniendo de una autora que se
estrena en la novela. Hay abundancia de imágenes, sobre todo, símiles, muy
literarios: las palabras subieron hasta su boca como el fuego por la garganta de un dragón. También
manifiesta habilidad narrativa a la hora
de conjugar narración y descripción en un mismo párrafo y en el manejo del monólogo interior y el estilo libre indirecto: ¡No pueden
obligarme!... Yo no quiero casarme, ¡no quiero! Piensa, tonta, piensa. ¿Cómo
puedo evitarlo? ¿Y si huyo? (...)
Estamos, pues, ante una novela muy hermosa y, sobre todo, una novela, que es capaz de conmover a los lectores por ofrecernos una narración realista que remueve nuestros sentimientos al evocar un mundo que es parte de nuestro pasado colectivo, pasado al que se acerca la autora con especial mimo. A mí, como lectora, me ha gustado e interesado de forma especial, porque lo que refleja es parte de mi propia memoria. Y, como lingüista, he disfrutado con tantas palabras leonesas que cobran de nuevo vida en su contexto original y, en general, con la forma de narrar de la autora, que convierte en arte de la palabra.
Una
novela, en fin, que es presagio de un futuro literario prometedor para su autora, Marian
Martínez.
©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora









