martes, 2 de junio de 2026

Reseña de "Si algo todavía queda", de Marian Martínez

 



       Género: Novela

        Editorial: Marciano Sonoro

        Páginas: 197

      Marian Martínez, la autora de Si algo todavía queda, es madrileña, pero sus raíces están vinculadas a un pequeño pueblo de la comarca leonesa de Omaña. Trabaja en cooperación al desarrollo, aunque su formación  académica fue  técnica (ingeniería industrial).  Esta es su primera novela publicada, aunque ha publicado previamente algunos relatos sueltos.  Siempre ha sentido amor por la palabra escrita y se ha formado como escritora realizando el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores La novela Si algo todavía queda  se desarrolla en varios espacios diferentes: un lugar de Omaña (León), donde se crio su protagonista, Micaela. Un lugar innominado, pero que podría ser perfectamente el pueblo de Murias de Ponjos del que desciende la autora. También se mencionan  otros lugares de la comarca: un lugar inconcreto del valle Gordo, valle con el que linda el pueblo de la autora, Riello, lugar donde tenía lugar  una conocida feria de ganado, un pueblo del Bierzo Alto… Una geografía reconocible para las personas que conocemos aquella zona.

     Otro escenario  es la ciudad de León en la que Mica  regenta una tienda de aperos de labranza, que adquirió al morir la dueña (trabajaba en ella)  y en la que se desarrolla  su etapa de madurez. De esa ciudad de León  también refleja fielmente la geografía urbana. Seguimos los pasos de Micaela por  el barrio Húmedo, la calle Ancha, la calle de Ordoño II, la plaza Mayor…  Con menos detalles descriptivos aparecen otros lugares, como Astorga, ciudad a la que la autora viaja varias veces.

      Como lectora, lo que más me ha llamado la atención de la novela es el realismo con el que Marian  refleja aspectos de tipo social y antropológico del mundo y la época en que viven los personajes. Nos introduce de tal manera en el ambiente que parece que vivimos allí entre esos personajes.

    Aparecen en la narración  muchos  aspectos sociológicos, algunos,  de tipo general, eran comunes tanto al mundo rural y como al urbano, pero, sobre todo, refleja,  como un perfecto espejo,  cómo se desarrolla la vida  en el mundo rural. A lo largo de las páginas de la novela,  la autora nos adentra plenamente en el pensar, el vivir y el sentir de las gentes que pululan por ella.  Es un acercamiento certero y emotivo a la intrahistoria de la España de la primera mitad del siglo XX.

   La novela refleja, por ejemplo,  los trabajos específicos que realizaban habitualmente las mujeres, además del cuidado de la casa y la familia: se ocupaban de  los animales domésticos, el “ganado menudo” (gallinas, conejos, ovejas, cerdos…) y ordeñaban las vacas y guardaban la nata para después mazarla  en los odres de hojalata,  y conseguir la manteca. En el momento de ordeñar, sentadas en un tajuelo,   nos daban a beber a los rapaces algún sorbo de  la leche  templada recién ordeñada, leche templada y espumosa, desde la propia zapica. Hago referencia a la  primera  persona de plural,  porque yo misma degusté esa leche recién ordeñada en torno a  1960.   Las mujeres amasaban, pues el pan se hacía en casa,   para ello  realizaban todos lo preparativos relacionados con el proceso de amasado y  encendido del horno. Marian aprovecha para resucitar  nombres de  instrumentos que tenían que ver con el amasado (cachaviello).

       Las mujeres llevaban el mayor peso del trabajo doméstico, incluidas las rapazas jóvenes y las mozas (no así los mozos), trabajos que requerían a veces un especial esfuerzo: lavar la ropa, en algún manantial o en el río, fregar los suelos de las viviendas, que eran generalmente de madera, poniéndose de rodillas y restregando con estropajo y arena… Y tantas labores más.

Además, las mujeres leonesas trabajaban en el campo  y hacían  un esfuerzo  similar al de  los hombres. A mí me gusta decir que si los campesinos trabajaban de sol a  sol, las campesinas lo hacían “de luna a luna”.  Y eso se refleja claramente en esta novela.

Nos habla también de la forma de vestirse de esas mujeres: mujeres de negro, con pañuelos, refajos… La alusión a las madreñas también aparece de forma reiterativa. La propia protagonista las talla, para la venta, en la trastienda de su negocio.  Las madreñas tenían una utilidad concreta (preservar los pies de la humedad) y múltiples significados connotativos, según el  aspecto, el tamaño… Y unas madreñas simbólicas simbólicas aparecen en la  contraportada  del libro.  

          Aparecen también las distintas faenas que se realizaban en el mundo rural en distintas épocas, por ejemplo, la matanza del gocho, con todo el proceso que la matanza exigía. También aparecen elementos relacionados con la forma de vida y el equipamiento de las casas. Las viviendas solían estar en el piso de arriba y en el inferior estaba la corte  de los animales (cabras, ovejas..) o la cuadra (vacas y caballerías). Era la manera de que los animales aportaran calor natural. Vemos cómo no existía aún el agua corriente y el baño, que no llegaría a la zona hasta los  años 60/70. Otras referencias a la cultura leonesa aparecen en los  filandones  o veladas de invierno, que eran  un momento de esparcimiento: juegos, narración de leyendas…. pero también horas  para seguir trabajando, especialmente las mujeres: hilar, coser, exbotar los fréjoles secos…  

Con carácter más general, se refleja la emigración a América, especialmente a  Argentina (mi abuelo se fue en 1911), el analfabetismo, especialmente de las mujeres,  cuyo papel social estaba muy acotado a lo doméstico.

Nos presenta también la forma de ser  y de sentir de las gentes del mundo rural. Eran personas, trabajadoras, honradas, leales...  Bastaba dar la mano para que un trato no se rompiera. Describe bien el carácter contenido en la expresión de los afectos de los leoneses: el carácter leonés guarda los sentimientos muy dentro, tan profundo que no encuentran el camino para ser nombrados. Los padres de la protagonista son personas  muy austeras y trabajadoras,  pero son parcos en manifestaciones de afecto y a veces demasiado severos en la educación de los hijos, pues les infligían malos tratos físicos.

Sorprende la dureza con la que reacciona la familia ante un hijo concebido de soltera  por Mica, la protagonista, en una sociedad en que la mujer debía preservar la honra a toda costa.  Por ello,  sufre incomprensión, anulación de su personalidad e incluso malos tratos. Tratan de casarla, en contra de su voluntad, para esconder la deshonra y cuando fracasa la boda, la obligan a abandonar a su hija, fruto del pecado. La consideran moralmente una descarriada. Las mujeres que pasaban por esa situación  son recluidas en una casa de maternidad para no ser vistas y limpiar su honra. Allí pierden su identidad y se las despersonaliza, pues  se les asigna un  número y son llamadas por ese número. Es un lugar cuya descripción  nos impresiona, pues se parece  mucho a una cárcel.

Si extendemos la mirada con la autora  al mundo urbano,  vemos   cómo refleja el espinoso tema de  los abusos sexuales que vivían las criadas que iban a la ciudad a servir y cómo el entorno callaba.  Se refleja el hambre de la posguerra,  más  presente  en las ciudades, la muerte por enfermedades víricas como el sarampión (no llegaría  la vacuna hasta lo años 60) y muchos más aspectos de la realidad de la época.

Y toda esta intrahistoria que refleja la novela  incorpora también  un vocabulario típicamente leonés, con palabras que nos identifican y con las que ponemos nombre al mundo que nos rodea, especialmente los leoneses de la montaña: tayuelo, manteca, trancar, guaje, jijas, jato, gocho, tanque, corte, dar una rabiscada… Y muchas más… Y esos diminutivos en -ín/-ina que nos acarician el alma: culebrina, añines, cerquina… Aquí he de decir que también yo estoy un poco presente en la novela, pues la propia autora que ha confesado que mi libro El habla tradicional de la Omaña  Baja (Lobo Sapiens, 2010) le sirvió, al menos en parte, de fuente lingüística.

La protagonista, como se ha dicho, se llama Micaela (Mica), una mujer que atrae la atención y mueve la simpatía del lector hacia ella, una mujer a la que los límites físicos y culturales del pueblo le quedan pequeños: se siente ahogada. Su madre, a la que la autora llama siempre  Madre (con mayúscula), es una mujer recia que no es capaz de manifestar el cariño hacia su hija (cosa que si hace después hacia su nieto). Mica, desde pequeña, se rebelaba contra el papel social  de la mujer rural.  Deseaba salir de su sendero marcado y no encuentra otra forma que yéndose a servir a la ciudad. Es una persona decidida, soñadora, apasionada , entusiasta, rebelde, obstinada…  Y necesita volar. Por ello se rebela contra su madre, persona que vive condicionada por el dolor de la muerte de una hija mayor y  es incapaz de  manifestar gestos de afecto. Mica siente que  Madre aplasta sus sueños.  

La vida  de Mica también está marcada por desgracias: por la pérdida de su hermana Ángela, con la que tenía mucha complicidad, que la deja en una orfandad  fraterna;  por la pérdida de la hija que ha tenido que dejar en un orfanato de Astorga;  por la pérdida de su marido en la guerra, por la “pérdida” (lejanía) de su hijo que se va a estudiar a Madrid y no la comprende. A pesar de todo, ella lucha con tesón contra todos los obstáculos.

Otro personaje decisivo   en la vida  de Mica  es Camino Expósito, una muchacha   que un día aparece en su tienda y que le trae a la memoria a la hija perdida.  Su nombre también tiene tintes leoneses y su apellido nos habla de su origen hospiciano. En ella vuelca su afecto y de ella recibe   apoyo moral  en la búsqueda de la hija perdida, veintitrés años antes,  cuyo   recuerdo quedó escondido en el desván de la memoria.  Mica quiere redimirse moralmente de ese pasado, para ella tortuoso, aunque  no fuese responsable de lo sucedido.  Y al final lo consigue, aunque para ello tenga que volver a vivir una segunda pérdida de la hija, después de haberla encontrado y de plantearse un dilema moral. ¿Tiene derecho ella a inmiscuirse en vida de esa hija que ha criado otra madre? La resolución de ese conflicto moral le permite también volver a visitar a su madre en el pueblo con Camino y su hijo.  Ese hecho le permite obtener la redención, porque se perdona a sí misma y a la madre.

En esta novela se hace un gran homenaje a las mujeres, a esas mujeres silenciadas y silenciosas del siglo pasado, que hacían la historia, pero apenas entraban en los libros de historia.  A esas mujeres sumisas que no pudieron o  no supieron levantar su voz  y  a las  que  tuvieron  que hacer un esfuerzo titánico por ser ellas mismas.  La autora consigue realizar una hábil introspección psicológica y una amplia y acertada descripción ambiental, y eso lleva a que los personajes, especialmente  los femeninos,  de esta novela rezumen verdad.

La historia se desarrolla en dos tiempos.  Comienza cuando  Mica tiene 43 años (1951) y está en la estación despidiendo a su hijo que se va a estudiar a Madrid. La otra parte está ligada al nacimiento de su hija, 23 años atrás (1928). La trama se inicia en el presente, pero a partir del segundo  capítulo la autora  usa la técnica del flash back y salta a la adolescencia de Mica. A partir de ahí, va intercalando capítulos que hablan del presente y del pasado, y ambos avanzan linealmente, con algunas miradas retrospectivas.  En el último capítulo incorpora  pasado y presente.  Avanzan, respectivamente, desde su adolescencia hasta que abandona el pueblo, y desde la despedida en la estación hasta el momento en que encuentra a su hija.

        Desde el punto de vista estilístico,  llama la atención el dominio de la palabra literaria, que sorprende muy gratamente, especialmente viniendo de una autora que se estrena en la novela. Hay abundancia de imágenes, sobre todo, símiles, muy literarios: las palabras subieron hasta su boca como   el  fuego por la garganta de un dragón. También manifiesta  habilidad narrativa a la hora de conjugar narración y descripción en un mismo párrafo  y en el manejo del monólogo interior  y el estilo libre indirecto: ¡No pueden obligarme!... Yo no quiero casarme, ¡no quiero! Piensa, tonta, piensa. ¿Cómo puedo evitarlo? ¿Y si huyo? (...)

       Estamos, pues, ante una novela muy hermosa y, sobre  todo, una novela, que es capaz de conmover a los lectores por  ofrecernos una narración realista que remueve nuestros sentimientos  al evocar un mundo que es parte de nuestro pasado colectivo, pasado al que se acerca  la autora con especial mimo.  A mí, como lectora,  me ha gustado e interesado de forma especial, porque lo que refleja es parte de mi propia memoria.  Y, como lingüista, he disfrutado con tantas palabras leonesas que cobran de nuevo vida en su contexto original y, en general, con la  forma de narrar de la autora,  que convierte   en arte de la palabra.

        Una novela, en fin, que es presagio de un futuro literario prometedor para su autora, Marian Martínez.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora





lunes, 25 de mayo de 2026

Reseña de "El banco del instituto", de Daniel Gómez Ibáñez

 


Género: novela

Editorial:  Letrame

Páginas: 254

    En fecha reciente recibí un grato regalo: la novela que ahora voy a comentar. Conocí al autor, Daniel Gómez Ibáñez, cuando él transitaba por la adolescencia y cursaba Bachillerato. Yo entonces era su profesora de Lengua y Literatura. Unos veinte años separaban nuestras edades. Yo trataba de despertar en mis alumnos el interés por adquirir   unos mínimos conocimientos de historia de la   literatura y, sobre todo, por el disfrute del arte de la palabra. Parece que aquella semilla no solo no cayó en mala tierra, sino que, en algunos casos, fructificó de forma extraordinaria.  Hoy es para mí una alegría tener constancia de que unos cuantos de aquellos alumnos míos     cultivan el arte literario en distintos géneros. Uno de ellos es Daniel, el autor de la novela El banco del instituto.  Las redes sociales han hecho que se hayan vuelto a cruzar nuestros caminos vitales y que nos hayamos reencontrado en torno a  la palabra, precisamente, en la presentación de un libro mío.

    Daniel Gómez Ibáñez, de formación técnica en lo académico, fue precoz en el ámbito de las letras, en las que es  autor de relatos breves y de novelas.  Su última novela es esta que termino de leer con mucha atención: El banco del instituto. No sé si ese instituto tiene que ver algo con aquel centro educativo en el que coincidimos, próximo al barrio madrileño de san Blas, que se reconoce en el marco geográfico de la novela, pero  se parece mucho.

    El título de la novela es ya de por sí muy atractivo y también lo son las cubiertas del libro: la anterior con un personaje que refleja a un indigente meditabundo, sentado en un banco, sobre fondo oscuro, y la posterior, en la que, sobre fondo negro, refulge el vestido azul de una mujer joven y hermosa. La anterior tiene que ver con el presente de la trama, la posterior, con un pasado que en realidad es un presente continuo y luminoso en la memoria del protagonista. A lo largo de la novela iremos descubriendo el secreto de ese simbolismo.

    El libro se abre con una presentación del propio autor. En ella afirma: Todos tuvimos un banco del instituto.  Curiosamente una frase similar aparece, también en su boca, al final la novela: Todo instituto necesita un banco. Ese banco, ligado a sus recuerdos de época estudiantil es, pues, un símbolo de vida, porque la vida ha dejado un poso sobre él, ha dejado  los ardores y sueños de juventud.    Un banco puede ser lugar de compañía y de soledad. Es lugar de espera, de confidencias, de encuentros y desencuentros, de reflexiones, de descanso, de morada… Es una bella introducción en la que el autor apostrofa al lector y lo invita a viajar al pasado recordar es viajar en el tiempo, dice y a bucear en sus propios recuerdos, apoyándose en la vida de los personajes de la novela. Para él, también es una manera de reconocer sus propios fantasmas, los cuales  menciona en la dedicatoria.

    La novela está protagonizada por tres personajes fundamentales, amigos entre sí. Tres personas para las que aquel banco fue algo más que un lugar para sentarse: Javi, Patri y Silvia. Javi es el personaje esencial de la trama, un cincuentón que trabaja en una empresa informática y que hace del trabajo el eje de su vida, porque en el presente no encuentra mayores alicientes.  Es un ser solitario, un tanto egocéntrico, que en realidad vive anclado a los fantasmas del pasado y pasa más tiempo evocando ese pasado que siendo consciente de los alicientes del presente.

    Desde su adolescencia está enamorado de Patri, pero su indecisión, cobardía y miedo a poder perderla han impedido poder disfrutar de ese amor a lo largo de su vida. Patri, a su vez, está enamorada de Javi, con el que ha compartido muchos momentos felices, pero existe una incomunicación entre ambos que hace que su relación sea solo la de un “amor amistoso”.  Tiene que ocurrir un hecho dramático en la vida de Patri para que Javi despierte de su indolencia y se apresure a manifestar ese sentimiento, que siempre ha sentido por Patri y siempre ha querido silenciar.

    Silvia, persona superdotada y experta en inteligencia artificial, comparte trabajo con Javi. Son propietarios con otras personas de la empresa informática en  la que trabajan en el campo de los ordenadores cuánticos y la IA.   Es buena amiga de ambos, pero tiene una visión más realista y práctica de la vida y es la persona que espolea a Javi para que cambie de actitud respecto  a su actitud ante Patri.

    Javi es un personaje excesivamente anclado en el pasado, en el que se regodea, hecho que le sirve para huir de un presente que no quiere asumir. Está convencido de poseer una facilidad excepcional para evocar ese pasado (hipermnesia), aunque en realidad esa constante evocación puede manifestar un signo de depresión y no aceptación de su propia realidad.  Vive en el mismo barrio donde se crio, trabaja en el mismo barrio y hace el mismo recorrido que hacía décadas atrás para ir al instituto.  Un cambio en su vida laboral, por la venta “obligada” de la empresa al  ejército, lleva a que muchos  de sus compañeros decidan jubilarse y disfrutar de la vida, cosa que él no sabe hacer y  esto  lo lleva a sentirse aún más  solo.

    En la novela, de trama aparentemente desenfadada, se plantean, sin embargo, varios temas profundos. Uno de ellos es ese tema universal de la percepción del paso del tiempo, que inquieta al ser humano. Somos conscientes de que no podemos detener el tempus fugit, pero debemos enfrentarnos al reto de aprender a disfrutar al máximo de ese breve tiempo  del que disponemos. No es buena idea vivir anclados al pasado y no percibir lo que de bueno nos ofrece el presente. El pasado ha dejado huella en nuestra mente, pero ya no existe, por tanto, no debe inmovilizarnos.  Eso le ocurre al protagonista. Esa sensación del tempus fugit se acentúa cuando nos hacemos mayores, pero también devora a la juventud, que a veces realiza acciones que son huidas temporales del presente que está viviendo.

    Hay algo que produce desesperanza e, incluso, desolación   en la trama de la novela  es la no consecución del amor soñado, del amor sentido entre Javi y Patri, pero no verbalizado: nunca declarado abiertamente. Y así estos   personajes se van consumiendo en la soledad de esa espera, porque el amor ideal, al que aspira Javi, imposibilita vivir el amor real que siente Patri.

    Un día, al tener noticia de que Patri está enferma, Javi decide dar un paso al frente y entregarse en cuerpo y alma a acompañarla y a cuidarla para resarcirse de la mala conciencia que ha arrastrado toda su vida. Este amor, que cobra   presencia cierta en una situación dramática y que el autor nos presenta con mucha emotividad y delicadeza y hasta con belleza, pone de manifiesto la simbiosis   entre la manifestación de ese sentimiento, siempre a la espera,  y el paso del  tiempo. La vida ha  ido engullendo  una relación amorosa que pudo ser hermosa, pero que solo logra florecer ante una situación dramática. El tiempo nos ha engullido a los dos, dice Patri. Esto nos hace reflexionar sobre el hecho de que hay que aprovechar el tiempo presente y disfrutar de los afectos y de todo lo placentero que la vida nos ofrece. Se hace realidad otro tópico literario que se repite en la literatura universal: carpe diem.  Javi, en sus fantasmas mentales del  quiero y no  hago lo posible por poder, se ha pasado toda su vida queriendo ver a Patricia como amiga, mientras se engañaba a sí mismo. En definitiva, el mensaje que nos deja el autor y la vida es que hay que arriesgar para ser feliz, porque, de lo contrario, nos sentiremos culpables y  no hay nada peor que no saber perdonarse a uno mismo. Por idealizar algo en demasía y no querer perderlo, no arriesgamos, y así no lo perderemos, pero tampoco seremos felices. Además, como dice Daniel Gómez, los recuerdos tienen la capacidad de poder ver como tú quieras cualquier cosa que tuvieras recogida en la memoria.

    Así, Javi, ante la muerte inesperada de Patri, se siente culpable por no haber sabido dirigir su vida y entra en un proceso de degradación personal y social que le lleva a la pérdida de la cordura, porque vuelve, una vez más, a cometer el error de convertirse en yonqui de los recuerdos. Y, deteriorado física y psíquicamente, convierte el banco del instituto en su morada imagen de la portada, un lugar en que el pasado es fuente que  brota de forma permanente.  Desde allí contempla los fantasmas que vagan a su alrededor, que son, en realidad, los que él lleva dentro. Un tema relacionado con este fracaso amoroso del protagonista persona inteligente y profesional de éxito y el sufrimiento que ello produce es cómo se puede degradar la vida de una persona después de sufrir un trauma, hasta llegar   al borde de la locura, porque, según Silvia,    la línea entre la excelencia mental y la locura es más fina de lo que creemos.

    Se nos presentan de una forma muy hermosa esos momentos en que el amor entre Javi y Patri, finalmente, florece a través de la ternura y la delicadeza de los gestos y que el autor nos transmite con las palabras. Con la palabra literaria logra convertir el momento dramático en algo hermoso. Y los lectores conseguimos ver a los amantes sentados eternamente en el “banco” del instituto. Aparece también un canto a la amistad,  sentimiento que convierte a los auténticos amigos en personas de nuestra propia familia.

    Otro de los temas importantes que aborda la novela es la reflexión sobre los límites de la IA, en lo tecnológico y en lo moral. En la novela se plantea en un mundo distópico en este momento, pero perfectamente posible. Se plantea la posibilidad  de que se pueda entrar en el cerebro de una persona mientras esta duerme y modificar sus recuerdos. La IA podría recrear una vida  distinta en nuestro cerebro y dar realidad a lo deseado o soñado, si le proporcionamos datos. Bastaría implantar un nanobot para controlarlo. En la novela se debate ese tema entre los propietarios de la empresa, especialmente cuando esta es comprada por el ejército para hacer experimentos. En ese contexto, la IA   podría convertirse en un arma muy potente. Silvia es partidaria de usarla en todo su potencial, pues considera que el avance científico no debe estar lastrado por los límites éticos: La moralidad llega hasta donde uno no la necesita o puede pagarla; hay momentos en la vida más importantes que una moralidad, asegura.  Además,  piensa que la moralidad depende del momento de la vida. Es un hecho cierto que nadie duda de los usos muy beneficiosos que puede tener la IA, en algunos campos, por ejemplo, en medicina, pero su poder nos resulta inquietante. Cuando escribo esto termina de presentarse la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV.  Su subtítulo dice: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El papa nos advierte de sus peligros y asegura que “quien controla la IA impondrá su propia visión moral”.

 En la empresa en que trabajan Javi y Silvia se plantean realizar el experimento de introducir un nanobot en la mente de una persona para modificar sus recuerdos. ¿Nos podrá la IA controlar hasta ese límite? ¿Hay que avanzar cueste lo que cueste? El protagonista se opone a ello, frente a su compañera, pero, curiosamente, en un giro inesperado y muy hábil de la narración, será el propio Javi el que será usado como conejillo de indias para  modificar su cerebro y evitarle el sufrimiento que ha deteriorado su vida en lo físico y en lo mental, después de perder a Patricia. De la reflexión que nos plantea la novela nos surgen otros interrogantes: ¿Puede ser bendecida la IA moralmente por contribuir a evitar el dolor psicológico de un ser humano? ¿Es ético utilizar cualquier procedimiento científico o tecnológico para que alguien  sea feliz, aunque haya que modificar lo que se almacena en su cerebro? ¿Puede una persona decidir sobre la felicidad de otra? ¿Sigue siendo la misma persona aquella a la que le han alterado los recuerdos? Hoy no tenemos una respuesta general, aunque cada cual pueda tener la suya. Seguramente el futuro cercano nos contestará.

    Relacionado con esto, está la reflexión colateral que plantea el autor sobre la realidad y la ficción. La persona cuyo cerebro se manipula creerá al despertar que las sensaciones experimentadas han sido un sueño. Nos recuerda el debate filosófico planteado  en La vida es sueño, de Calderón de la Barca,  cuando Segismundo duda sobre si lo real es lo vivido mientras es llevado a palacio narcotizado o lo que se encuentra al ser devuelto a su prisión: “¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión / una sombra, una ficción…”. El autor, en ese hábil giro narrativo del final de la novela, consigue hacer dudar al lector si todo el drama vivido al lado de Patricia ha sido solo el sueño de una mente modificada y si esa ha sido la cruda realidad y, en cambio, es un sueño la tranquilidad inducida al borrar los malos recuerdos de ese drama en espera de  su propia muerte. Nos deja otra pregunta: ¿Cuáles son los límites de la realidad?

    Desde el punto de vista de la técnica narrativa, la novela está narrada en primera persona por el personaje fundamental, Javi, aunque de manera muy puntual Patri y Silvia comparten el papel de narradoras.  El uso de la técnica autobiográfica contribuye a dar más veracidad. La novela sigue una estructura interna lineal, pues avanza en el tiempo, pero este avance se mezcla con constantes flash back para, a través de la evocación, dar saltos constantes al pasado para situarnos especialmente en el periodo de su adolescencia y juventud. Y lo hace de forma muy acertada, mezclando presente y pasado sin solución de continuidad. Con ello reproduce mejor la  confusión mental  en que se debate el personaje. La narración es muy viva y dinámica, a ello contribuye el diálogo abundante.  En medio de la narración y el diálogo se cuela con frecuencia la técnica del monólogo interior que nos hace sentir la zozobra permanente en que vive el personaje. Los monólogos se realizan con frecuencia en segunda persona. En ellos el autor se apostrofa a sí mismo, lo cual supone un desdoblamiento de su personalidad, aunque, a veces, podría dar la sensación de que el interpelado es el lector: Vámonos para el trabajo, Javiercito. Es un buen ejercicio de introspección psicológica por parte del autor. Patri y Silvia son más bien personajes de acción, los conocemos por lo que hacen y dicen o por lo que se dice de ellas.

    A la viveza de la narración contribuye el lenguaje coloquial utilizado por los personajes, especialmente en los diálogos que nos presentan  situaciones de la vida cotidiana: sintaxis  de frase breve y frases hechas propias de la lengua coloquial, como calentar la cabeza, no tienes huevos, ni tan mal, manda narices… También aparecen muchas interrogaciones que buscan respuesta y otras muchas retóricas, diminutivos, tacos variados, apócopes de vocablos… A veces introduce juegos de palabras usando el calambur:  Midas talleres de coches  y “medas” me das, petición de dinero en casa.  No falta la presencia de lenguaje técnico: interfaz, ordenadores cuánticos, algoritmo, nanobot…  

    La novela finaliza con un epílogo en que el narrador-personaje (Javier Martí), quiere hacerse notar como auténtico protagonista y despedirse de lector antes de iniciar ese sueño inducido que le llevará a la felicidad junto a su amada. También toma la palabra el autor-narrador, o sea, Daniel Gómez Ibáñez, para confesarnos las dificultades que encontró para contar esta historia, especialmente para reproducir los sentimientos adolescentes de Patri  y  para expresar  el dolor de Javi y su proceso hacia la locura. También confiesa su gusto por las historias románticas y dramáticas. Parece que Daniel Gómez también tuvo su banco del instituto y tal vez ese Javi no sea solo un personaje literario para él.  

    Desde luego, los lectores no apreciamos esas dificultades, pues parece que toda la narración fluye de forma natural y que no hay forma más adecuada y emotiva de narrarla. Ese es uno de los grandes méritos de la novela. Si la leemos desde la presentación al epílogo, dos textos en que el autor se hace presente, la novela tendría una estructura circular. Comenzaba interpelando al lector y a él se dirige también en el epílogo final para advertirnos sobre el peligro de que los recuerdos no nos dejen ver el presente.

    Siguiendo paso a paso la historia de sus personajes, ha conseguido que vibremos con ellos, que reflexionemos sobre el papel de los recuerdos, sobre los grandes temas filosóficos y morales que se ha planteado siempre la humanidad y sobre los problemas morales  que, en el presente,  presentan las nuevas tecnologías. Y también consigue que reflexionemos sobre la importancia de los recuerdos y sobre el papel equilibrado que tienen que representar en nuestra vida.  Y es que en la vida todos hemos tenido nuestro “banco”, un lugar que ha acogido esas vivencias vitales en las que nos refugiamos. Un banco que ha podido desaparecer en lo físico, pero que será inmortal para cada lector que se adentre en las páginas de esta novela.

© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora de Lengua y Literatura y escritora







martes, 28 de abril de 2026

Reseña del poemario "Respiraciones", de Andrés Pinar Godoy


 



        Este poemario es el tercero del escritor Andrés Pinar Godoy, quien, además de este género literario, cultiva la narrativa. Andrés es una persona que participa activamente en foros poéticos y actos literarios de todo tipo. Precisamente en el Ágora de la Poesía de Madrid, organizada por mí, nos conocimos y,  desde entonces, hemos entablado  una relación muy cordial. 


        Esta reseña se corresponde con el prólogo del libro, que el autor me pidió que escribiese, cosa que hice con mucho gusto.


        El poemario Respiraciones se inicia con una introducción en que el autor habla de su concepción de la poesía. Según Andrés Pinar, la poesía es el cauce para la expresión de las vivencias que guardamos acumuladas en nuestra memoria o nuestro subconsciente y  sirve al poeta para aproximarse al misterio y lo invisible. Es un acto creativo casi espontáneo; algo, con frecuencia, meramente intuitivo y  no sometido al análisis del intelecto.


        Respiraciones está dividido en cuatro apartados. El primero se titula Aprehensión y  nos sugiere la idea de captura, de discernimiento, de percepción.   Se abre con un poema  en el que el autor habla de la aprehensión de lo poético, que se inicia con este verso: Deslizada la pluma, mi poema, poema  que le sirve para entenderse y sentir su yo. En ese deseo de aprehensión que le llevará al amor, eje temático del poemario, se siente, en ocasiones, desorientado,  pero trata de  extraer el néctar de cada día / y con esa esencia / nuevo aire en la escalada /  eludir el tropiezo predecible.  

        El segundo apartado  se titula Crecimiento. Se inicia con el poema Sal de la vida. En  ese sentir que el cuerpo vibra / y el  alma encuentra su  misterio / está la sal de la vida. La sal de la vida consiste en conseguir la plenitud infinita, basada en el amor.


        El tercer apartado  se titula Anhelos del corazón.  Dos poemas, uno titulado Sustancia, que abre el apartado, y otro  Palpar la esencia  de lo que nos rodea,  nos hablan de sus aspiraciones poéticas. En este bloque aparecen temas más metafísicos. El poeta busca la esencia de la realidad, que tal vez sea gozar en la revelada  poesía de la vida, entre las Angustias del deseo, como  refleja el título de un poema.  El poema Intuir la ausencia  podría ser la esencia de esta tercera parte y, tal vez, del poemario: Ir más allá de lo real /  para ver lo real, utilizando la poesía como instrumento. Y así alcanzar la esencia… Intuir, conocer, vivir... Son significativos los títulos de algunos poemas: Intuir la ausencia, Angustias del deseo, Aprehensión, Emerger del alma, Algo de luz,  Deseos vacíos, Amor frustrado. Vida perdida… Pero, a pesar de todos los sinsabores vitales,  mi corazón se siente fuerte, asegura el poeta. Y en esa búsqueda de la sustancia y la perfección, siempre aparece  el amor como tabla de salvación. Es lo que  da sentido a la vida, aunque también produce sufrimiento: Rehuimos la esencia /  diluida en tantos egoísmos. / Así vino la muerte, no se murió  el amor; nosotros lo matamos.             

        El cuarto  apartado se titula  Sortilegios. La palabra sortilegio nos habla de  adivinación,  de embrujo, aquí seguramente relacionada con el embeleso que produce el amor,  que es el tema  absoluto de este bloque: Amor es vida, como  el título de uno de sus poemas. Y es que  pensar en la persona amada hace evadirse al poeta, escapar de la cárcel en que está inmerso y huir de la rutina y la vulgaridad.


        Sin duda,  el tema esencial  del poemario es el amor,  amor en el sentido amplio de la palabra, pues hace referencia al amor familiar a través de la presencia de la madre,   del padre y de la evocación de reuniones familiares.  La madre es sangre de amor.  El padre es referencia de vida para  el hijo.  En algunos poemas también nos presenta el amor entendido como solidaridad  que  le hace  clamar contra la injusticia, la guerra, el egoísmo, la envidia… siguiendo aquel lema de Celaya de que la poesía “es un arma cargada de futuro” que tiene una finalidad transformadora. Pero, sin duda, es el amor de pareja entre hombre y mujer el que inspira la mayoría de los poemas. El amor es  fuerza / sangre de vida, “el motor del mundo”, que diría Dante. 


        El amor del que habla  Andrés Pinar, que es vitalidad sumida en el universo, no se queda solo en la relación entre los amantes, sino que parece tener un efecto cósmico; es una fuerza expandida,  que desborda    a los amantes y se extiende  a su entorno:   Desborda nuestro amor  /  no olvida a nadie. Esta visión del amor nos recuerda la que expresaba  Bécquer en la  Rima X: "Los invisibles átomos del aire / en derredor palpitan  y se inflaman, / el cielo  se deshace en rayos de oro, / la tierra se estremece alborozada".  Algo similar nos dice el autor de este poemario: Los amantes  elaboramos otro mundo /  no ilusión /  no incierta /  para que irradie. Y un elemento esencial relacionado con la expansión del amor es el aire (éter, brisa, viento…): Estás en esta brisa que me acaricia… Tu estilo armonioso / conforma / el aire que ocupas, dice de la amada.


        La mujer que ama y es amada una mujer elegante y leve,    irradia belleza y lleva al poeta a lo sublime: estiliza el alma del poeta. También en eso nos  recuerda otros versos becquerianos: “Mientras haya una mujer hermosa, /  habrá poesía”. Belleza, amor y poesía, aparecen fundidos en el poemario. La amada  encandila al amado, lo “embruja”,  le ofrece algo espiritual: místico secreto de tu mirada.   El amor  libera y aleja  al poeta de un mundo marcado por la envidia, el egoísmo y el odio.   


    Pero el amor, con frecuencia, estalla de forma sensual como una gran pasión, como  un  delirio de cuerpos y almas que se fusionan. El contacto de cuerpos  se convierte en   lujuria que asienta y perfila  y la fusión de los cuerpos lleva a la fusión de los destinos. El punto de partida de esa pasión puede ser un beso: Te beso tiernamente /   poco a poco se despierta mi pasión. La pasión amorosa, a veces, se manifiesta con evocaciones de la amada ligadas a lugares o tiempos concretos, con un poso de eternidad, como ocurre en el poema Amor queda en Toledo. En otras ocasiones, lo evocador es  el mar o el océano o  un momento del día o del año. No faltan los ambientes  refinados o galantes relacionados con la música  o con determinados lugares: Viena, Aranjuez, fiesta renacentista, teatro de ópera… El amor, paradójicamente, es  pasión y  es armonía: La paz del amor sosegado / atempera el espíritu /  y lo hace estallar de indomable pasión /  al tener que expresarse.


        Además del aire que expande el amor, el poeta utiliza otros símbolos. El más significativo de la pasión amorosa es el fuego, símbolo que se ha repetido en la poesía,  y que, en el poemario, es calor, ardor, incendio, rescoldo, color rojo…     Se puede decir que el estilo de Andrés Pinar Godoy es un estilo muy plástico  que refleja constantemente sensaciones captadas por distintos sentidos: vista, oído, gusto… Por  ese motivo, la sinestesia es un rasgo de estilo frecuente  en su poesía. Ahí aparece la dulzura: dulce clamor, dulce aliento, dulzura de amor…Y, especialmente, las sensaciones táctiles: palpar tus gemidos, risas cálidas… Las metáforas, asimismo,  inciden en lo sensual: aceradas puntas de dolor, el frío de la incertidumbre, la sal de la vida… Aunque las imágenes presentes en el poemario son metáforas universales, en la métrica  el poeta, en cambio, huye del encorsetamiento y prefiere el verso libre   y  a veces  prescinde, de forma deliberada, de signos de puntuación, lo que hace que algunos de sus versos tengan un significado abierto para los lectores.


        En conclusión, estamos ante un poeta del amor, belleza cincelada /  en un jardín de deseos… Sus versos parten de elementos narrativos relacionados con la vida cotidiana,  que son transformados en elementos líricos, siempre con una especial finura.  Invito a los lectores a  adentrarse  en este  poemario de esencias y armonías y a disfrutar  de la expresión poética de un amor que glorifica y genera plenitud de ánimo, porque, según  Andrés Pinar Godoy, sentir el sonido interior, / cada uno el del otro, /  es la cima de la vida. Dejemos que nos lleve a esa cima el embrujo poético de estas Respiraciones.

 

        ©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y poeta      



       

 

 

       

viernes, 10 de abril de 2026

Reseña de "Espejo canalla", de Margarita Campos


 

Género: poesía / apotegmas

Editorial Notting Hill

Páginas: 151

Margarita Campos Sánchez (Mar Cam San) es una poeta madrileña de vocación tardía que se prodiga en muchos encuentros poéticos, entre ellos, el Ágora de la poesía de León, a la que envía de forma regular sus poemas para que los lea otra persona. Después de  Sendero de sentimientos y Las caras de la sal (sobre este poemario escribí en su día una reseña: Las caras de la sal), ahora nos sorprende con un poemario diferente: Espejo canalla. Toda su poesía nos refleja su forma de vivir y de encarar la realidad de una forma sincera. Es una poesía que tiene mucho de verdad.

He leído  con atención este libro que su autora generosamente puso hace tiempo  en mis manos. Lo primero que llama la atención del mismo es  su edición,  en tapa dura y muy cuidada. Pero este libro, que parece un poemario,  en realidad, es más que un poemario. Su título resulta atrayente, pues  parece hablarnos  de un espejo donde nos miramos y que  nos responde con una imagen de nosotros mismos que, con frecuencia, no nos gusta. Un espejo que tal vez se burla de nosotros, nos recrimina nuestra forma de ser o nuestro comportamiento. De algo de eso nos advierte la autora  en un breve texto introductorio en el que dice: "El espejo nos cuenta emociones. A veces como un canalla nos devuelve lo que no entregamos". O tal vez lo que entregamos, pero  cuyo reflejo nos sorprende.

Cuando nos adentramos en el libro nos vemos sorprendidos por las imágenes, por la disposición de los versos y los distintos tamaños de letra con los que juega la autora, por  el uso de la negrita y la cursiva…  Y por la introducción de textos manuscritos  que añaden una sensación de verdad y  de mayor cercanía con el lector y, también,  de pensamiento fugaz, escrito de forma apresurada, pero  no por ello menos profundo.

A primera vista tenemos la sensación de que estamos ante aquellos caligramas con los que nos sorprendía  el poeta francés Guillaume Apollinaire  y sus seguidores entre los poetas de  las vanguardias españolas, a principios del siglo XX. Visto superficialmente, podríamos pensar que lo más importante de esta obra está en lo formal, sin embargo, estaríamos equivocados, pues, en realidad, esos experimentos formales están al servicio del contenido, que es profundo desde el punto de vista de lo emocional y de lo racional. Se podría decir que estamos ante poemas que son más que eso:  son colecciones  de apotegmas, aforismos, axiomas, greguerías… El hecho de que no lleven título hace que el sentimiento o el pensamiento que brota de ese espejo  aparezca de manera límpida y con toda su potencia emocional  y  reflexiva.  

En los poemas que incluye  Espejo canalla  se nos habla de los grandes temas de la literatura universal:  del amor,  del sentido de la vida y  de la palabra como cauce esencial para hablar de los temas anteriores. Se podría decir que  son poemas interiorizados  que nos hablan  a (de)  nosotros mismos. El amor, o mejor la ausencia de amor,  es uno de los temas más importantes del poemario: Abre el amor  / los sentidos dormidos… Y es que el amor nos hace superar los sinsabores de la vida. Requiere fortaleza anímica, pues es un sentimiento que desgasta al ser humano. 

Pero el amor que anhela  Margarita Campos no es algo abstracto, exige una respuesta física, por eso, el beso y el abrazo son manifestaciones necesarias del deseo de fundirse con la persona amada. Este sentimiento  es una  necesidad de todo ser humano, aunque luego cada amante lo sienta de  forma diferente: , todo fuera / Yo, toda adentro. / Tú, todo risas / Yo, mis silencios El juego de contrastes entre los pronombres, remarcados por el uso de la mayúscula y la negrita acentúa esa diferente concepción del amor que confluye en una necesidad única al final del poema: iguales y diferentes / aun así / deseamos lo mismo: querer y que nos quieran.  Este sentimiento simbolizado y concentrado en el tú y el yo, recuerda aquello que decía  Pedro Salinas en La voz a ti debida: ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!   En todo el poemario aparece con frecuencia esa segunda persona, ese amante ausente al que apostrofa. Pero en ese intercambio amoroso parece más importante para la autora el deseo de querer que el de ser querida: Yo, regalo cariño, aunque la ausencia de respuesta amorosa también está muy presente y provoca desencanto.

El amor es parte esencial de la vida, pero la vida es más que amor. La vida es el proceso de encontrarnos a nosotros mismos, de ver nuestro exterior  e interior reflejados en ese  “espejo canalla”.  Tenemos que descubrir quiénes somos y aprender a querernos. La vida, para la autora, es el difícil equilibrio entre el sufrir y el gozar. En ese análisis vital, a veces,  nos presenta pensamientos desiderativos que nos hablan del hálito vital: querer ser amanecer o ser como fiebre,  o sea, aspirar a  una vida vivida con pasión, pero sin necesidad de perseguir el éxito, porque  el éxito / es un envenenador, / el fracaso, / un Maestro Paciente. Por tanto, la vida es un deambular constante  buscando el sentido de ese vivir, pero el sentirse, con frecuencia, con las manos vacías genera zozobra. Para mitigarla el ser humano necesita presencias alrededor. La vida debería ser simple, pero, desgraciadamente, la enredamos  de forma innecesaria.

No falta la alusión al tempus fugit, tema que tan  bien reflejaron nuestros poetas del Siglo de Oro. Aparece claramente la idea quevediana de que vivir es ir muriendo: Vivo sin sentir que muero, dice la autora. Otro tema universal que se plantea en el poemario es la relación vida-sueño, no tanto del sueño entendido como engaño, sino más bien como ilusión, como un  acicate vital. Sin sueño no se puede vivir y sin vivir no se puede soñar. Con ese retruécano nos presenta nuestra  paradoja vital. Lo ideal y difíciles buscar la verdad que esconden los sueños y soñar que lo que cada persona vive es su verdad.

El tercer gran tema es el valor de la palabra. Y, también,  el valor del silencio, o sea, la ausencia de palabras pronunciadas,   un silencio  que puede hablar sin palabras. De las palabras y de  la necesidad de comunicar  con ellas habla en varios textos, porque lo que no se trasmite no existe, aunque las palabras  no siempre  encuentran respuesta en el tú, más bien, en algunos momentos, solo encuentran la nada.   Muchas veces   son incapaces  de contener y expresar el sentimiento amoroso. Pero, contradiciendo al dicho popular, las palabras no se las lleva el viento, asegura Margarita Campos, sino que llevan vientos tras ellas: llevan quereres, saberes, sentires…  que en ocasiones no encuentran receptor adecuado y al caer   en el mar / ahogadas quedaron. En su “espejo canalla”, pues,  habitan palabras y silencios, pero sus silencios son sonoros, expresivos: son silencios elocuentes.

Algunos poemas son muy musicales, como uno  muy hermoso en que juega con los paralelismos sintácticos, las aliteraciones y onomatopeyas: Resuenan las paredes… /  Resuenan los tambores… / Resuenan…  El paralelismo, junto con otros tipos de repetición como la anáfora, el retruécano  o el uso de parónimos, como en pensares… pesares…  acentúan la musicalidad de muchos textos. La palabra poética se embellece también con imágenes muy acertadas: repican campanas de hielo, dejó sangrar el corazón… Con antítesis: ojos cerrados, corazón abierto. Otro recurso expresivo que usa para acentuar la expresión de un sentimiento es la interrogación retórica. Son interrogaciones que no buscan respuesta, sino  que nos hacen reflexionar y que, de alguna forma, llevan dentro la respuesta. La mayoría están relacionadas con lo metafísico, con  la búsqueda del sentido de la vida: ¿Es posible estar sin querer, / ser sin saber, / sentir sin tocar,  / o morir viviendo? Y en otro texto: ¿Quién no se encuentra alguna vez  con su propia sombra? /  ¿Quién no desearía  que el sol no naciera, para tener reposo de sí mismo?

A pesar de las sombras que el ser humano se encuentra en el camino y que se reflejan en los sentimientos y reflexiones de Margarita Campos, creo que estamos ante un poemario luminoso.  Logramos atisbar con la autora el secreto que esconde de nosotros ese Espejo canalla. Aprendemos a mirarnos en él, sin miedo. Y ese espejo  nos invita a hacer otra vez realidad aquella traducción latina del  aforismo griego repetido por Sócrates: Nosce te ipsum (conócete a ti mismo).

La poesía de este poemario es una poesía concentrada, esencial. Como  aquella que preconizaba León Felipe cuando aseguraba que, si después de quitar todos los adornos de un poema quedaba algo, eso era la poesía.  Es una poesía que funde el vanguardismo formal con la  temática  más profunda  de la poesía española y universal. Estamos ante versos  que sorprenden y atraen al lector.  La poeta  se acerca visualmente a los “ismos” de principios del siglo XX, pero bebe de los clásicos en cuanto a los temas y al uso de la palabra poética: de la metafísica quevediana, de la agudeza de la greguería…

En conclusión, estamos ante una poesía de la esencia: reflexiones breves  cargadas de  pensamientos metafísicos, éticos... Poesía que nos conmina a mirar hacia dentro: Mirar dentro de nosotros mismos es un reto. Cuando doblamos la última página los lectores  quedamos convencidos de que el “espejo canalla”, enmarcado en negro,  quizá no lo sea tanto y nos sentimos dispuestos  a darle las gracias y a encarar el mañana viviendo (y  viendo) de lleno el hoy: Mañana. /  Mañana es un / verbo que  / no  / sé  / conjugar… / Hoy vivo.


© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora




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