miércoles, 18 de febrero de 2026

Reseña de "Memoria de las mujeres", de Sol Gómez Arteaga

 

                                                          


 

    Sol Gómez Arteaga es una escritora leonesa que ha publicado  libros de relatos como  Los cinco de Trasrey y otros relatos y El sol a la tinaja y otros relatos, vinculados con la memoria histórica, y Trazos de sombra, en que aborda los desórdenes mentales, una novela breve, El vuelo de Martín,  y el poemario Viento de vilano.     

    La autora de Memoria de las mujeres es una persona comprometida con la memoria histórica, por su propia experiencia familiar  (nieta y biznieta de represaliados), por la historia de su pueblo, Valderas, muy castigado por la represión,  y por su propio talante de persona que manifiesta empatía hacia los más desvalidos, como se ve en sus obras previas.

    El libro Memoria de las mujeres  (Marciano Sonoro, 2025) recoge veinticinco entrevistas realizadas por Sol Gómez Arteaga a otras tantas mujeres vinculadas con la memoria histórica, entrevistas que fueron publicadas en su día en el periódico digital Nueva Revolución.  En la introducción de la obra nos encontramos con tres poemas,  escritos también  por mujeres. Uno de ellos de la propia autora, titulado  Mujeres rojas,  que es una completa y emotiva semblanza de esas mujeres, que tenían la firma convicción de que la memoria no es sino amor, / un amor que dura más que dura la vida. Le sigue un preámbulo titulado  Desde la raíz, en el que Sol Gómez Arteaga asegura  que sin memoria no hay futuro y  habla de la importancia de que los jóvenes conozcan la historia. También asegura que  la memoria no abre heridas, sino que las cierra. Le siguen las entrevistas a las veinticinco mujeres  y un regalo final, maravilloso, a modo de epílogo (a través de un QR): la canción Mujeres de negro, de la cantautora leonesa Isamil9.

    Leí en su día casi   todas las entrevistas  en el momento en que   estas se publicaron  regularmente en el medio digital citado  y adquirí el libro el pasado verano cuando tuve oportunidad de asistir  al  emotivo y bello acto,  auspiciado   por el Ayuntamiento de  Murias de Paredes (León), sobre la  memoria de las mujeres silenciadas y  las víctimas de la violencia de género, en el que intervino  Sol Gómez Arteaga y otras personas, entre ellas la cantautora Isamil9, también comprometida con la memoria y que acompaña de forma habitual a la autora y tiene presencia en este libro.   

    Las protagonistas de las entrevistas recogidas en el libro   son  las mujeres entrevistadas, pero, si bien se mira, la auténtica protagonista del libro es  la historia de España,  la “otra” historia de España, la silenciada,  que está aquí presente no solo como telón de fondo, sino con sus protagonistas en primer plano, y con especial mirada a las protagonistas femeninas. Están presentes, pues, la  Historia (con mayúscula) y la historia con minúscula: la intrahistoria.   Esa que Unamuno definía como "la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol  y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana".

  La historia, según nos la presentan los libros de Historia,  ha sido protagonizada aparentemente por hombres, pero  la autora  y sus entrevistadas nos sacan en este libro  a la luz otra parte de esa historia, la  que fue   protagonizada por las  mujeres represaliadas, y también  la intrahistoria  sufrida por muchas más: mujeres silenciadas y  silenciosas. Una historia que es necesario contar,  porque,  como dice una entrevistada, las mujeres son las olvidadas de los olvidados.

    Sol Gómez Arteaga se suma así a la nómina de las escritoras que hacen memoria, con este libro y otros libros de relatos. Y   seguramente tenemos presentes a muchas más.  Por ser leonesa y por conmemorar este año su centenario, quiero recordar  aquí a la gran escritora Josefina Aldecoa, que en su novela   Mujeres de negro  nos presenta a una mujer, viuda de represaliado, que le dice a su hija, huérfana: Escribe, para recordar y para conjurar los fantasmas. Eso hacen las mujeres cuyos sentimientos y pensamientos transcribe la autora de este libro: conjurar los fantasmas. El compromiso de Sol aparece expresado  también en  estos versos de su poemario Tiempo de vilano: He buscado los huesos de mis muertos / allá donde mis pasos me llevaban… Y con tesón y compromiso, humano y político, se ha puesto a ello, acompañada de otras muchas personas, las que aparecen en el libro y muchas más. Las entrevistadas tienen perfiles muy variados: familiares, historiadoras, arqueólogas, abogadas, periodistas, escritoras, políticas…, pero todas persiguen acercarse a la verdad. Así lo dice Susanna Toral, nieta de un represaliado (pág. 32): “Para sanar una herida (del alma) hay que reconocerla, aceptarla, mirarla de frente, hablar de ella, llorarla, compartirla, reparar lo que sea reparable y seguir el camino”.

     Memoria de las mujeres  dice el título y, sí, su interior nos habla de mujeres que tienen memoria y de mujeres y hombres a los que les debemos memoria. Esa palabra memoria tiene   un significado polisémico, con  catorce acepciones en el DLE. 1. "Capacidad de recordar". 2. "Recuerdo que se hace o aviso que da de algo pasado". Ciertamente, estas mujeres  nos traen al recuerdo  hechos trágicos del pasado  para darlos a conocer, desde su propia memoria: experiencias, emociones, conocimientos... 6. "Monumento para recuerdo o gloria de algo". Y este libro es un monumento  a la memoria que han erigido  estas veintiséis mujeres, si contamos a la entrevistadoraY lo erigen, porque se implican en el recuerdo de esos seres perseguidos  y trágicamente desaparecidos por pensar o ser diferentes y, con ello,   contribuyen a la memoria histórica y democrática.

    A través del   testimonio de las entrevistadas se trata  de recuperar  la historia total, esa historia en que necesariamente tienen que estar también las vencidas y vencidos, por ello  su testimonio evoca   la vida de estos: su pensamiento, sus aspiraciones, sus afectos… Y  su muerte.  Y hacen esa  memoria, en muchos casos, desde los huesos, reflejados en la portada del libro, que tratan de recuperar.  Esas personas represaliadas en muchos casos aparecen en algún registro con su nombre propio, pero en  la historia de España  del siglo  XX han sido  solo  un número: de fusilados,  de exiliados, de encarcelados, de huidos o escondidos como guerrilleros (como Bernardo Álvarez Trabajo, el Gasta, ajusticiado en 1949)…   Esos números esconden en su  gran mayoría a hombres, pero también hubo mujeres condenadas a muerte, encarceladas, exiliadas, violadas, torturadas, mujeres a las que sustrajeron sus hijos al nacer… Ellos y ellas: todos perseguidos, todas silenciadas. En España y fuera de ella: en la dictadura franquista, en la dictadura argentina, en los campos de concentración nazis… Y en tantos otros lugares… Porque la intolerancia y la crueldad son también “patrimonio” universal.

    Además de esas mujeres y hombres que  pagaron la persecución con su propia vida, están también las mujeres  de la espera,  esas mujeres innominadas y no contadas, esas a las  que cubrió el velo negro de la desesperanza: las mujeres  madres, esposas, hijas o hermanas  de los  desaparecidos.   Mujeres condenadas  al exilio del hogar: al exilio del silencio. Exilio habitado por  ultrajes: del desprecio,  de la sospecha, de  la soledad,  de las dificultades  económicas. Y, siempre, del miedo. 

    Pepa Miranda (una de las entrevistadas, familiar de desaparecido) nos dice algo sobrecogedor referido a varios miembros de su familia: “Los privaron hasta de llorar a sus muertos”. Otra frase suya, referida a una  mujer  que se queda viuda a los 35 años, también resulta impactante, pues  asegura  que se queda “con solo la profesión de  madre de cinco hijos”. Las madres con hijos huérfanos (algunos póstumos) a su cargo fueron las que arrastraron más el sufrimiento de la impotencia. Vuelvo a  los versos de Sol: ¿Qué puedo hacer con esta evocación de vencedores chuscos / y viudas en vitalicio luto /  que arrastran tras de sí una recua de críos…? (…) ¿Qué puedo hacer, di? (De Tiempo de vilano). Y también vuelvo a Josefina Aldecoa, que, en su novela Mujeres de negro (1994), decía: “Las mujeres de negro, las viudas, las madres,  las hijas todas vestidas de liza, todas con el mismo color. ¿Qué era lo que nos unía? ¿El dolor? ¿La memoria? La ausencia? No había palabras para decirlo…”.

    En el año  2020 coincidí con Sol,  con Isamil9  (y la recordada Paz Martínez) en un acto que me impactó mucho: el “reentierro” de  Genara Fernández, la llamada Pasionaria omañesa, en Cirujales, un pueblo de Omaña, de donde era natural y del que fue maestra.  Se la acusó de distribución de pasquines  en la plaza de san Marcelo de León, en 1941. Fue condenada a pena de muerte y ejecutada en Puente Castro,  a los 38 años.  Sus restos fueron recuperados por la  ARMH  y  devuelta a sus familiares para  poder ser enterrada dignamente en su pueblo. De ella se decía en la acusación, entre otras cosas: “Mujer peligrosa y con una mala conducta religiosa por no comenzar sus clases rezando”. Curiosamente, en el proceso de recuperación del cuerpo, junto con los restos de la maestra y algunas partes de su vestido, apareció una medalla de la Virgen de la Milagrosa en perfecto estado.  Fue asesinada por sus ideas, por ser maestra y por ser mujer. Sol leyó un texto muy emotivo en aquel acto. Allí estaba también la periodista Ana Gaitero, una de las entrevistadas en el libro, muy comprometida también con la memoria histórica, quien escribió un reportaje sobre Genara   que ayudó a encontrar sus restos, hecho que recuerda en el libro.  Otra de las entrevistadas, Laura Fernández  Garrido, antropóloga, participó en la identificación de Genara, hecho que le impresionó mucho, porque tenía su edad cuando murió. Cuenta que la familia le dio la llave del féretro como agradecimiento.  Esta antropóloga reflexiona sobre cómo vive una científica el proceso de identificación, que debe ser lo más aséptico posible,  cosa difícil, porque tienen que compartir las emociones encontradas de los familiares y es difícil conjugar  ambas experiencias.

    Las personas que vivimos varias décadas de dictadura  tenemos memoria directa de lo que pesaba el miedo y la desconfianza, y del silencio que la gente se autoimponía.  Pero en ese silencio general poco  se hablaba de forma abierta   de fosas comunes ni de fusilamientos masivos en la posguerra. Alguna vez, de niña,  recuerdo  vagamente que se mencionaban las cunetas, sin saber yo muy bien a qué se referían los adultos u oí comentar   que en casa de mi abuelo paterno había estado un tiempo una persona escondida. Se recordaba, eso sí, el hambre de la inmediata posguerra. Esa  especie  de pacto de silencio lo  opacaba todo, porque  los  protagonistas de la intrahistoria solo eran dueños de su  miedo y de su silencio.

    El libro muestra  un gran trabajo de la autora   para conocer previamente la vinculación de cada entrevistada con la memoria histórica  y  una certera habilidad para adaptar a cada caso  el cuestionario, para permitir que la memoria de la entrevistada fluya de forma natural.        Es un libro con cuerpo  y con alma, porque evoca  la historia viva de España, contada de una forma muy emotiva y desde varias perspectivas.  Consigue, además, que resulte una lectura   amena que nos ayuda a conocer y a comprender.  Y, por supuesto, a conmovernos. Nos hiere la crueldad de los hechos y también nos  hiere recordar  su lenguaje, esas palabras como  “sacas” o  “pasear” a una persona.

     Con este libro viajamos  con la palabra  y la memoria a distintos lugares de España y de fuera de ella. Las personas que  hemos viajado por lugares de memoria (basta hacerlo en Madrid)   vemos que las atrocidades se diferencian poco de un lugar a otro. Cuando las sentimos cerca, siempre  hacen que se nos encoja el alma. Eso me ocurrió  a mí al visitar  los campos de concentración de Auschwitz (2013), allí el silencio  era memoria, y   en mi viaje a Argentina (2019), al visitar   la plaza de Mayo  y andar sobre los símbolos de los pañuelos blancos: allí la memoria era  emoción y empatía.   

    La pregunta final que dirige  Sol G. Arteaga a las entrevistadas versa sobre qué dirían a los jóvenes en materia de memoria. Todas aseguran que hay que procurar que conozcan la historia de esta España trágica. Pero creo que queda una pregunta  sin  responder para todos nosotros ¿cómo? Porque en el cómo creo que hemos fallado y habría que replantearlo.  A ello deben contribuir los currículos escolares, pero, insisto, hay que profundizar en el cómo.

    Todo lo que refleja Memoria de las mujeres  es  consecuencia de lo que expresaba  Ángel González en aquellos impresionantes versos, llenos de dramatismo e ironía crítica, del poema  Elegido por aclamación, un alegato contra todos los tiranos que son y han sido.

 Sí, fue un malentendido. / Gritaron: ¡a las urnas! / y él entendió: ¡a las armas! ─dijo luego. / Era pundonoroso y mató mucho.  / Con pistolas, con rifles, con decretos. (…). A partir de esta hora soy ─silencio─ / el Jefe, si queréis. / Los disconformes que levanten el dedo. / Inmóvil mayoría de cadáveres / le dio el mando total del cementerio”. 

    Sobre  la  "inmóvil mayoría de cadáveres" silenciosos de los represaliados se levanta hoy la voz de Sol Gómez Arteaga y la Memoria de las mujeres. Se levanta la historia real y la vida.


Gracias, Sol, por invitarme a participar en la presentación de este libro en la Casa de León en Madrid.

Febrero de 2026


©Margarita  Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura







sábado, 14 de febrero de 2026

Insultocracia

 

                                              

                     



                   Un acercamiento al lenguaje del insulto en política

      En el año 2021 publiqué mi  libro Palabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio. Excluí de él el lenguaje de  la política, por ser un tema ya tratado por otras personas, por ser un asunto siempre espinoso, porque es un lenguaje sujeto a personajes y circunstancias  puntuales  y  porque yo misma ya había publicado artículos sobre el tema. Lo había hecho desde el análisis  de ese lenguaje, que  se caracteriza, entre otros aspectos, por el uso y abuso de eufemismos, circunloquios,  neologismos, metáforas, hipérboles, lítotes y otros recursos expresivos, que, con frecuencia, desembocan en la manipulación y la mentira.  

            Vuelvo a acercarme a ese lenguaje para reflexionar, exclusivamente desde un punto de vista sociolingüístico, sobre  la presencia constante de los vocablos insultantes dentro de él. Un fenómeno preocupante y en aumento. De un tiempo a esta parte, y, lamentablemente,  el lenguaje del  menosprecio  y/o el insulto parece querer escalar  tanto en la forma de comunicación de los políticos y las gentes de su mundo como para convertirse en  otro “poder” del Estado, por ello, de forma irónica, titulo este artículo Insultocracia. El lenguaje despectivo dirigido  hacia los rivales de otras formaciones políticas se utiliza como un arma verbal, porque se considera que esos rivales se transforman en enemigos, y hay que abatirlos.  Menosprecio, insulto, infamia… sobrevuelan ese lenguaje que utilizan los políticos, con absoluta desfachatez, en las instituciones y fuera de ellas. También  lo utilizan algunos profesionales de la comunicación que tienen una clara adscripción política y personas más o menos anónimas (los hooligans  de turno) a través de las redes sociales (RRSS), en ocasiones para responder a la publicación de un político. Es en las RRSS donde este lenguaje del insulto se vuelve más feroz  e, incluso, en algunos casos, se difunde desde las cuentas oficiales de un partido o de un político concreto.  Este hecho  contribuye a crear la desafección de la ciudadanía hacia la política y envalentona a las personas que lo usan, como si hablar así fuera el argumento  supremo  de verdad política o moral.

           Del argumento al argumentario

     Hace ya décadas  que echamos de menos el  lenguaje  de los grandes parlamentarios de otras épocas que, con el  don de la oratoria,  usando el ingenio y con respeto al contrincante, basaban sus intervenciones en argumentos. ¿Dónde quedaron aquellos parlamentarios  del siglo XIX como Cánovas y Sagasta? ¿Dónde están Clara Campoamor, Indalecio Prieto, Antonio Maura, Manuel Azaña, Santiago Carrillo o Miguel Roca, notables parlamentarios del siglo XX?  Es difícil encontrar en el Parlamento español actual alguna diputada o diputado de esa talla. El  lenguaje de aquellos, como decía, se basaba en argumentos.   Un argumento, según la RAE, es “un  razonamiento para probar o demostrar  una proposición, o para convencer de lo que se afirma o se niega”. Hoy, en el rifirrafe político, no abundan los argumentos, pues  los partidos políticos han sustituido estos por los argumentarios. En el diccionario académico se  define así argumentario: “Conjunto de los argumentos destinados principalmente a defender una opinión política determinada”. 

     No se trata, pues, de dar una respuesta argumentada para convencer al ciudadano de la bondad de un proyecto o una decisión, se trata de defender una “opinión política determinada”.  El  argumentario se convierte en una especie  de pasquín difundido  entre los afines para que todos defiendan la misma postura y casi de la misma forma: tirar de argumentario, lo llaman.  Y si hay que insultar, para que el argumentario tenga más fuerza de convicción, se insulta al rival sin miramiento. Y los ciudadanos, aunque con frecuencia nos repugne, nos vemos obligados a normalizar ese lenguaje y de alguna forma también a usarlo.

      Tradicionalmente, a la hora de argumentar, existían varios tipos de argumentos. Comienzo recordando el “argumento de autoridad”,  que  se funda en  recurrir al prestigio o crédito de otra persona  para justificar el argumento propio sin tener que exponer las razones.  Los argumentos de autoridad, propiamente dichos, están poco presentes en el lenguaje de nuestros políticos. Para utilizaros, y hacerlo bien,  hay que ser una persona  leída y bien informada, para conocer con exactitud por qué es “autoridad” en su campo la persona citada,  para conocer el contexto en que  se realizó algo  o  se  dijo la cita textual que se toma  prestada y para  usarlos correctamente, es decir, para no citar el nombre de una persona sabia “en vano”. Para que no ocurra lo que le ocurrió, por ejemplo, al señor Feijóo en 2022 cuando creyó que 1984, título de la conocida obra de Orwel, era la fecha de su publicación (que fue, en realidad,  1949). Pedro Sánchez, en su libro Manual de resistencia, atribuye el “decíamos ayer” a san Juan de la Cruz, cuando quien lo dijo fue Fray Luis de León. Con frecuencia oímos supuestas citas textuales inexistentes o mal traídas al caso (muy frecuentes cuando se alude al Quijote).  Otras veces, como supuestos argumentos de autoridad,  se citan de forma sesgada   los nombres de expertos en otro campo para justificar una decisión política concreta o se citan unos supuestos expertos que nadie sabe quiénes son.

      Últimamente también se convierte al pueblo en “autoridad”  (argumento ad populum) asegurando que  es este  el que apoya una decisión tomada (sin tener constancia de ello) o que esa decisión o propuesta es  lo mejor para el pueblo, lo que nos recuerda aquella máxima dieciochesca del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Y ocurre en cualquier nivel de la Administración. Curiosamente, con frecuencia,  hay políticos que acuden al pueblo como argumento de autoridad  en casos en que el pueblo les ha negado ese argumento con los votos. Ese erigirse en “salvadores” del pueblo que este no  pide ─ni entiende, a veces─ se llama demagogia.

    Además del argumento de autoridad se puede hablar de otros dos tipos de argumentos: ad hominem y ad personam. El primero trata de desacreditar un argumento atacando a la persona que lo defiende sin desmontar lógicamente ese argumento con otro contrario.  Atacan las opiniones del oponente a priori, basándose   en sus ideas  o filiación política previas, sin ceñirse al tema del que se trata. La clave está en  atacar las motivaciones de una persona  más que el argumento que hay que rebatir. Se da en el Parlamento  y también en las respuestas que dan los políticos en las entrevistas. Así el argumento  va dirigido contra la persona (o partido) contrario, no contra sus tesis.     Sería, por ejemplo, decir que una persona o partido no tiene autoridad moral, para criticar, por ejemplo, la corrupción, porque antes la ha practicado. Es una de las falacias lógicas más conocidas, basada en la acusación de hipocresía al rival. Se puede hacer mediante un ataque directo o indirecto, dirigido a un grupo político o de forma individual a la persona que lo representa, con un lenguaje que trata de desacreditar  e, incluso, de  herir. Es  el llamado  tu quoque (“tú, también”), que en el lenguaje político actual conocemos por y tú más.  Y así podemos entrar  ya de lleno en  el lenguaje del insulto.

      Pero aún se puede bajar más moralmente en el rango de los argumentos y llegar  hasta el argumento ad personam,  situación  en que se obvia totalmente  el tratamiento  del tema sobre el que se discute y se cae en la ofensa a la dignidad de la otra persona  atacando su moral, su inteligencia u otras características  de  su aspecto o personalidad. Este “argumento” ni siquiera exige conocimiento del tema sobre el que se trata de argumentar.  Si mal está el uso sistemático del argumento ad hominem en  la política española,  resulta  ya insoportable y un signo de bajeza moral o  poca altura política el uso del insulto personalizado, que trata de degradar al rival político  como persona, llegando  incluso a ridiculizar su aspecto físico.  Cada uno de los grupos parlamentarios considera que es otro el que insulta o que lo hace en mayor medida, pero si   midiéramos su actuación con  un “insultómetro”   veríamos que los insultos viajan por todo el arco parlamentario. Unos, en forma de exabruptos, aparentemente  más chuscos y  degradantes,  por lo que nos sorprenden más, y otros, creados de  forma más sibilina,  pero que pueden ser lo mismo de degradantes. 

    Hace unas décadas hablábamos en la sociedad española de crispación política, pero,  al menos desde 2023, hablamos de polarización (esa fue considerada la palabra del año por la FundéuRAE en 2023). Oímos al presidente del Gobierno hablar de polarización asimétrica, queriendo decir que su partido es sujeto paciente y que los  agentes   del insulto hay que buscarlos en otros partidos de la oposición parlamentaria. Es verdad que quien gobierna decide, que eso es gobernar, y  está más expuesto a las críticas de su gestión, pero   estas críticas se producen, con frecuencia,  de  forma desaforada e insultante, lingüísticamente  hablando.  Pero  todos los grupos políticos, también el que está en el Gobierno,  recurren al lenguaje del menosprecio como podemos ver con los  muchos ejemplos  que citaré a  continuación todos recogidos puntualmente de la voz (o escritura) de políticos de distintos partidos en sus   intervenciones en el Parlamento y en  otros foros  o medios. De esa “insultocracia” no se libra ningún partido, aunque es verdad que determinados representantes de ellos, que tienen un carácter más ácido, son las/los más propensos a “echar la lengua a pacer”, como se decía en mi pueblo.

          Del argumentario al insulto

        Antes de seguir, quiero dejar claro que este  artículo  pretende ser solamente un análisis sociolingüístico de la situación, sin partidismos de ningún tipo, en el que necesariamente tengo que citar algunos ejemplos concretos y hacer alusión a  los protagonistas implicados para que se entienda mejor en cada caso el sentido de la crítica. Solo cito algunos nombres concretos, porque el artículo pasaría a largo ensayo si tuviera que recoger todos los nombres de insultadores y de insultados. Todos los términos citados han sido recogidos en intervenciones políticas concretas, que omito  para no hacer el texto tedioso.

      Comienzo hablando del presidente del Gobierno, por su rango político. El insulto más difundido en esta  legislatura lo recibió el propio presidente de la señora Ayuso, presidenta de la CAM, desde la tribuna de invitados del Congreso. Cuando el presidente estaba utilizando un argumento ad personam  aludiendo a la familia  de la invitada esta pronunció  de manera casi imperceptible  la expresión hijo de puta. Este insulto, que es frecuente en la lengua coloquial ordinaria, no   solo degrada a la persona a quien va dirigido, sino que alude  y descalifica a la madre de esa persona que no tiene parte en el asunto ni, a buen seguro, ha ejercido la prostitución. Aunque no seamos conscientes de ello es un insulto totalmente machista: se insulta a un hombre insultando a una mujer. La expresión, deformada, primero de forma exculpatoria, y luego, ya  de forma humorística, se convirtió en el popular “me gusta la fruta”, que ha utilizado reiteradamente el  PP, repitiendo indirectamente el insulto.  Y se ha llegado a la desfachatez de convertir la expresión hasta en una coreografía. Este insulto es seguramente el más dirigido al presidente del Gobierno, pues lo han utilizado representantes de más partidos y  se le ha gritado muchas veces por ciudadanos en la calle, de manera espontánea  o  por personas auspiciadas  por determinados  grupos políticos y sociales.

        Los insultos dirigidos a Pedro Sánchez y a su partido podrían  formar  una larga enumeración.  Los  partidos del espectro político de la derecha y la ultraderecha lo han acusado de  amigo de terroristas (a veces de forma indirecta  con el que te vote Txapote), comunista, felón, traidor, okupa (del poder), dictador,  corrupto, ladrón trilero, filibustero, facineroso… Y, en algún caso, se le ha llamado psicópata, calificativo que nos habla  de falta de salud mental  e que, como  insulto,   supera todas las barreras de respeto a la dignidad.  Y hasta, asesino, que sería el nivel más alto del insulto. Ningún representante público, en el ejercicio de su cargo, es un asesino si no está condenada/o como tal.  Y, reiteradamente, mentiroso o mentiroso compulsivo.  Este es uno de los calificativos que utilizan todos los partidos contra otros y tal vez no haya que llamarlo insulto,  pues quien falta a la verdad, aunque  la mentira se justifique eufemísticamente  como cambio de opinión,  no deja por ello de ser  en su resultado una falta a la verdad, como prefieren decir. Y esto vale para  los políticos de todo signo.         

    Reiteradamente se  ha calificado la personalidad del presidente  como ególatra e incluso se ha llegado a decir que tiene el síndrome de hybris  o hubris.  La palabra viene del griego y significa “desmesura” o “arrogancia”.  Alude a la transformación psicológica que produce en un líder el ejercicio  desmedido del poder. No sabría decir si en este caso es un insulto o una descripción de una personalidad, en cualquier caso, si se utiliza con intención de insultar, insulto es. Llama la atención que dos personas de su propio partido lo hayan calificado como el puto amo (el ministro Puente y el expresidente González). El primero, de forma elogiosa,  destacando con ese calificativo a la persona que tiene la autoridad  política y moral en el partido (el mando férreo), y el segundo, de forma crítica, aludiendo a  la persona que ejerce el poder de forma autocrática y con arrogancia. En contra del expresidente González han arrecido las críticas últimamente, desde las que en tono cruel lo menosprecian por ser viejo y le dicen cosas como que se vaya a tomar la pastilla o que hay “jarrones chinos” que ya no quedan bien en las estanterías (en boca de una ministra del propio partido), hasta  aquellas que  lo degradan  como político y como persona. En las RRSS hemos podido leer calificativos tan desaforados  como bazofia humana, piltrafa política, mal nacido, gentuza… Y muchos más.

    En las dos legislaturas que lleva gobernando Pedro Sánchez, sus adversarios han creado un término que es como el compendio de todos los males y contra lo que hay que terminar por imperativo patriótico: el sanchismo. No es un nombre popular, más o menos jocoso, para denominar un periodo, sino que tras él está,  para los que lo utilizan: la falta de libertad, la infiltración en otros poderes del Estado,  la ruptura de España… Y una larga lista de desgracias  más. Hay que acabar con el sanchismo parece que es la consigna del quehacer político de la derecha parlamentaria. Algunos han llegado a calificar su gobierno de ilegítimo. No puede ser ilegítimo un gobierno que no se ha formado al margen de la ley.

        Después del presidente del Gobierno, en el ámbito del PSOE, es el ministro Puente uno de los que más insultos ha recibido en los últimos  años, la mayoría a través de las RRSS, unas veces auspiciadas por personas vinculadas a otros partidos y otras por gente anónima.  Por su exposición mediática excesiva y su temperamento ácido,  es uno de los que lanza más insultos   y críticas hirientes  o frívolas   a los  demás, disfrazados en muchos casos de agrio humor e ironía y, recíprocamente, él  también se hace acreedor de insultos muy crueles. Y ha tenido la curiosa idea  de  encargar a su equipo, desde 2023, la recopilación de los insultos contra  su persona  vertidos en las RRSS y nos ha ofrecido  una lista, en la que aparecen, entre otros: bocachanclas,  gañán,  cagalindes, Tramp de Valladolid con estilo torrentista, macarra, sectario, chabacano, dictadorzuelo, bocazas, bufón, matón, atrabiliario, También se le ha llamado hooligan del sanchismo, mamporrero del régimen sanchista,  cuantachistes, machirulo, neandertal Se le ha acusado  también de matonismo político. Su máxima es que “en las RRSS se juega duro y  si no  juegas duro, pasas desapercibido”. Por ello,  la lengua acerada  del insultado no se queda atrás  y se disculpa de su lenguaje inapropiado diciendo que “expresa lo que siente”, como si eso fuera un argumento en el ámbito de lo público. Ese mismo argumento,  a contrario sensu, valdría para los que lo insultan a él, pero eso nunca  se  puede aceptar como un argumento moral ni siquiera político. 

        Este ministro, con frecuencia, ha ridiculizado   supuestos defectos fisonómicos de otros contrincantes. Sobre la barba de Abascal  ha dicho, por ejemplo,  que la lleva para que nadie se dé cuenta de que no tiene barbilla y también ridiculizó el cambio de imagen sin gafas del señor Feijóo  escribiendo: Hay retoques que te dejan peor de lo que estabas. Es sabido que el interpelado no se había hecho ningún retoque, sino una intervención en la vista por motivos de salud. A la frase se añadía una foto del señor Sánchez con unas gafas de Dior y con un mensaje: Superioridad política, ética y estética. La reacción del PP no se hizo esperar y su burla fue todavía más cruel publicando una foto del ministro comparándola con un mono y con un pie de foto en que aparecían  las palabras: primate y poco evolucionado. Esto es un ejemplo del lenguaje degradado de la política que no se puede soportar. ¿Hay quién dé más? Veremos más adelante que sí.

        Dentro del espectro del PP la persona más polémica en cuanto a ser difusora y receptora de insultos es la señora Ayuso. Varios de los insultos ya citados, son utilizados por ella con frecuencia contra sus adversarios políticos de la izquierda. Usar de forma gratuita términos  como comunistas, bolcheviques, mafiosos, filoetarras, dictadores… forma parte de ese lenguaje del insulto. En ocasiones aparecen expresiones aparentemente menos agresivas, pero que llevan dentro  una crítica muy agria e irrespetuosa, como llamar plataforma de frustrados a los que tratan de pedir responsabilidades por sus familiares muertos en las residencias durante la pandemia o formar un coro “infantil”  con  sus diputados autonómicos para cantar  son unos tristes, con el fin de ridiculizar y empequeñecer  a la oposición, que criticaba  su gestión. Ella, por su parte, también ha recibido insultos muy degradantes. Ahí van algunos: asesina, genocida, nazi, loca, tarada, zorra, vendepatrias… Muy frecuentemente hija de… Con presencia a veces de expresiones totalmente machistas, como ponte más tetas… Respecto a asesina, vale el comentario que he realizado más arriba para el presidente.

       El señor Feijóo y  otros miembros de su partido utilizan con frecuencia ese lenguaje del insulto, generalmente contra el presidente del Gobierno, como ya he dicho, pero   también reciben a menudo largas sartas de insultos. Es verdad que en la mayoría de los casos, por no percibirlos  el oyente como exabruptos  puede parecer  menor  el nivel de agresión contra el rival,  pero, ciertamente,  no lo es. Las palabras tienen un significado objetivo o denotativo y otro connotativo, en que les añadimos valores subjetivos que se acentúan con la entonación y los gestos que las acompañan Y además las palabras con frecuencia se dicen con una determinada intención. Valga el ejemplo de triste, adjetivo que en en sí mismo no es un insulto, pero se convierte en tal cuando se le añade esa intención.

        A veces palabras de sentido negativo no se perciben como insultos, sino como supuesta definición o descripción  de alguien, acertada o no, pero tienen intención de insultar, porque, en la mayoría de los casos, pretenden socavar  los valores intelectuales y/o morales de la persona, de ningunearlo  y convertirlo en un donnadie, en un mindundi, un chiquilicuatre…En lo referido al  líder del PP, en alguien que ni pincha ni corta en el partido, porque está supeditado a su baronesa.  Así, tirando de argumentario, y mucho más que a otros políticos, se utiliza contra él la técnica de dedicarle calificativos  que comienzan  por in-, prefijo negativo que minusvalora y trata de rebajar la dignidad de su persona.   El glosario de improperios es bastante florido: incompetente, insolvente, inepto, incoherente, irrelevante, inmaduro, irresponsable, indeciso, iletrado, inútil, cateto, tiene que estudiar o leer un poco más, no da  la talla, entre sus virtudes no está el ser buen parlamentario… Estos aluden a la falta de capacidad política o intelectual. Otros tratan de denigrar los valores morales: indigno, indecente, sinvergüenza, vago, cínico, egoísta, tramposo, mezquino, marrullero, sectarioMentiroso (para él sirve el mismo comentario que hice más arriba: mentiroso es el que miente, en cualquier ámbito). También se ridiculizan sus cambios de opinión llamándole: veleta, giraldillo, catavientos… Desde el punto de vista político, se le ha llamado  trumpista,  pócima de odio… Se dice que forma parte de la fachosfera, que usa la máquina del fango, que hace política sucia. La intención es clara: ningunear al personaje para rebajar su talla política.

        Uno de los  políticos que más insultan en el Parlamento es el líder del partido Vox y sus correligionaraios. Muchos de los insultos ya mencionados al hablar del presidente están en su vocabulario un día sí y otro también, y no solo  contra P. Sánchez, sino contra los partidos más minoritarios  e, incluso, el PP. No tiene inconveniente en calificar a los partidos de izquierda de frente popular, de socialcomunismo, de pertenecer a la  mafia internacional… Y al presidente del Gobierno de chulo de putas, terrorista, traidor… Un lenguaje áspero y con frecuencia machista y racista. Contra el diputado Pisarello (Sumar), de origen hispanoargentino, lanzó: sudaca, tonto, tucumano, vendido… Sus comentarios machistas se cebaron contra la ministra Irene Montero de la que llegó a decir que su único mérito  era haber estudiado  en profundidad a Pablo Iglesias. Él y los suyos la llamaron corruptora de menores, libertadora de violadores…  Y también, llorona, caprichosa, histérica, bruja, puta, pederasta, inútil…, términos denigratorios desde el punto de vista político y personal. 

    Muchas veces ese partido ha utilizado el término feminazis, para las  feministas más combativas. Un político de este partido le   preguntó a una diputada de Podemos: ¿Te has tomado la pastilla? El contenido machista de este comentario es repugnante. También es verdad que el señor Abascal y su partido merecen a diario una gran  cantidad de descalificaciones, desde franquista, facha, fascista, nazi, golpista, homófobo, antisistema… en el sentido político, hasta cretino, en el ámbito personal. Se me puede decir que son   calificativos reales, no insultos. Sí, pero  un calificativo también puede ser insultante, si se usa con esa intención. Y también se  pueden sentir  descalificados sus votantes, porque los diputados y los senadores son tales por el voto de la ciudadanía y, especialmente, los  llamados ahora  obreros fachas.

    Tampoco los partidos que se sitúan en el espectro de “más a  la izquierda del PSOE”  se dejan en el tintero  descalificaciones hacia otros  que en muchos casos tienen intención  muy peyorativa, por más que se nos pueda decir que son términos definitorios.   Valga un término de uso frecuente, en el contexto de la crisis de vivienda y referido a algunos ciudadanos: el uso de la palabra rentista, que está descalificando moralmente a personas que tienen alguna vivienda arrendada, seguramente, en la mayoría de los casos, adquirida con el esfuerzo de su trabajo o por herencia de sus antepasados (aproximadamente un 82% de los caseros tienen solo una vivienda alquilada). Pasar de la denominación de casero a la de rentista, evidentemente tiene un sentido muy peyorativo: los rentistas son la causa de todos los males. Las generalizaciones son injustas y, a veces inciertas, y esas descalificaciones pueden molestar. También dirige insultos a los empresarios, a algunos periodistas… Y usa con frecuencia el término corrupto dirigido a políticos muy variados. Pablo Iglesias, ya fuera de la política, también usaba su lengua afilada para descalificar a otros. Comenzó con aquello de la casta, que aplicaba a los partidos tradicionales o  la expresión despectiva régimen del 78. Él mismo fue objeto también de crueles  insultos:     asqueroso, miserable, vendeobreros, vendepatrias, vallecano de mierda, acosador, sinvergüenza… Y en ámbito más personal: el coletas, chepas… Es verdad que muchos de estos insultos les llegaban de forma callejera, pero responden también a la polarización ambiental.  Se le reprochó, desde el punto de vista del lenguaje, el hecho de haber defendido el uso de un lenguaje áspero: lo que llamó dar jarabe democrático. Y esto, después, se volvió, injustamente, contra él y su familia. 

    La señora Díaz, más comedida, en general, no ha ahorrado tampoco el lenguaje bronco, en ciertas ocasiones. Ha calificado la política del PP de brutalidad descarnada y al partido de defender el odio en las calles… Y el señor Rufián,  también de lengua afilada, en su afán por “llamar a las cosas por su nombre”, con frecuencia califica  a sus contrincantes como miserables, canallas, imbéciles, gilipollas Últimamente ha incorporado a su bagaje lingüístico el término cuñao (persona que aparenta saber de todo), como una forma de llamar ignorantes a los demás. Así, con calificativos, con frecuencia, irrespetuosos lanza toda su artillería lingüística contra la derecha y a veces también contra el PSOE.  Y, sin ambages, no ha dudado en mandar a un diputado a tomar por el… Ya fue muy llamativo su enfrentamiento en el Congreso con el ministro Borrel en 2018, cuando lo calificó como el ministro más indigno de la democracia española, y  aquel asunto del supuesto escupitajo contra el ministro que lo llevó a ser expulsado de la sesión parlamentaria. Tiempo antes hablaba de PSOEiscariote, para llamarlo traidor. Terminología suya reciente es  la de  corruptos cutres (PSOE) y corruptos premium (PP).

    El lenguaje de la indignidad

    Hay tal nivel de degradación en el lenguaje  de los políticos  y sus corifeos que los insultos utilizados  son en  ocasiones nombres de animales, que degradan más al personaje, porque lo animalizan.  El insulto más  conocido de este tipo  es el de llamar al presidente del Gobierno Perro Sánchez. Se ha tratado de jugar con el parecido fonético entre Pedro y perro y, además, usar  la connotación más negativa de la palabra perro (acepción 2 del DLE: “persona despreciable”). El aludido ha tratado de quitarle hierro dándole a veces un uso jocoso, aunque esto no le resta la consideración de insulto degradante. Abundando en lo de perro, en la dana de Valencia fue llamado por la señora Ayuso  el galgo de Paiporta, por verse obligado a abandonar el lugar de forma precipitada.    Como caniche y ratonera han sido calificadas  las señoras Morant y Bernabé por un político del PP. El mismo presidente tiene en su haber llamado pájara a la ministra Robles. A  Óscar Puente se le ha llamado jabalí del gobierno, doberman… Y el propio ministro ha recogido las ridiculizaciones más duras referidas a su fisonomía: neandertal, oscargután, mono, simio, antripoide, engorilado… El aludido ha respondido a veces de forma jocosa llamándose a sí mismo “este mono”. Al PP lo acusan de engordar a la bestia (Vox). En algunos casos  no se alude a un animal, pero se ridiculiza  a un político con un calificativo grotesco, como carapolla (calificación dada al alcalde de Madrid por un concejal de Zaragoza en un pleno). No obstante, hay que recordar que esto de la animalización en política lo creó el PSOE allá por 1996, con aquella campaña del doberman en que identificaba a líderes del PP  con imágenes agresivas de un perro ladrando, con el fin de apelar al voto del miedo.

        Con motivo de las recientes  elecciones en Aragón, una representante del PSOE decía que el PP es el pagafantas de Vox y que lo engordaba y le ayudaba a crecer  y a multiplicarse como los gremlins. Es sabido de todos que los gremlins son seres fantásticos de la mitología  reciente de los países de habla inglesa. Según la leyenda, estos seres pueden sabotear cualquier tipo de maquinaria. Pues parece que aquí han saboteado la “maquinaria” electoral  de algunos partidos  y pueden seguir saboteando la el aparato político de todos.

        De este glosario de insultos  no está fuera lo escatológico. Varias veces hemos escuchado en el Parlamento la expresión a la mierda, desde aquella conocida reacción  de  José Antonio Labordeta de 2003. Varias veces en boca del ministro  que más usa las RRSS. Y una de las últimas ha sido la de la vicepresidenta segunda desde su escaño del Congreso.  El ministro citado llamó a  un controvertido comunicador saco de mierda y volvió sobre su calificativo para decir que  solo era una “descripción cruel”. De él se ha dicho también que es detritus, que brilla como un minguitorio… La máquina del fango, que gusta usar el Gobierno como calificativo, es otra manera de aludir a la mierda, lo mismo que política sucia o política basura. A Felipe González  le han dedicado en las RRSS por parte de militantes y simpatizantes del PSOE calificativos como farsante de mierda, estiércol con patas, ponzoña asquerosa, basura humana… y varios más de este jaez, calificativos que deberían al menos repugnarnos y no porque hablen de excremento, sino porque denigran al ser humano.

   El abuso de descalificaciones genéricas alusivas a corrientes políticas, como marxista, comunista, bolchevique,  con una connotación tan negativa que se  hace equivaler poco menos que a estalinistas o, en el otro espectro, facha o fascista, que con frecuencia se usa  para generalizar  sobre un pensamiento político que se aplica a toda la derecha española de forma no siempre propia ni justa. Lo mismo ocurre con el neologismo fachosfera, término que surgió en Francia hace unos cinco años para describir  el entorno de la  extrema derecha  en internet. En España fue introducido  a principios de 2024 por Pedro Sánchez y algunos políticos de su confianza  y desde entonces lo hemos oído cientos de veces. En España se le ha dado un sentido más amplio, pues se refiere a lo relativo a webs y RRSS, pero también  a  los medios de comunicación tradicionales  e incluso a  grupos políticos y personas concretas. Es un término utilizado con un sentido  muy despectivo   y excesivamente generalizador lo cual lo convierte en un insulto más.

        Otro término político que oímos a diario y que puede entrar en algunos casos en el lenguaje del menosprecio es la palabra progresista: ideas progresistas, políticas progresistas…, si se utiliza con  la intención primordial de zaherir al contrario “apropiándose” de la palabra progreso y considerando a todos los que no se definen así como conservadores o reaccionarios. La palabra progreso nos suena bien, tiene connotaciones positivas, aunque a veces el progreso puede generar consecuencias negativas: cambio climático, mal uso de las RRSS… Nadie puede poner en duda el hecho de que las llamadas ahora políticas progresistas han sido determinantes en los grandes avances en conquistas sociales, derechos individuales y  libertades desde finales del s. XIX, pero también es verdad que el concepto de progreso es más amplio.  Cualquier persona o grupo que contribuya a mejorar el bienestar de la población, en los ámbitos más diversos, puede contribuir al progreso, y no tiene por qué ser necesariamente un involucionista, por no llamarse a sí misma/o progresista. ¿Qué hay grupos  reaccionarios?, por supuesto, pero no conviene generalizar.   Descubrir la penicilina, por ejemplo, ha sido un  gran hito del progreso, que  hoy es patrimonio de la humanidad. Pero dejo este asunto del progreso para que  lo analicen los expertos. Yo soy simplemente pretendo ser una observadora de las palabras y su uso.

        Concluyendo

      Decía otro ministro actual  que hay   otros (ningún político dirá que son los propios) que dicen  miles de falsedades  y de insultos.  Si sumamos todas las palabras que indican menosprecio de unos contra otros, sean insultos, descalificaciones, palabras soeces o de mal gusto, calumnias, injurias… seguramente tenga razón y  sean miles a lo largo de los últimos años. Pero que nadie piense que su grupo está ajeno a ese lenguaje.

        Todo lo dicho es una mínima muestra de ese lenguaje de la política que es muy poco edificante. Y he omitido todo lo referido a los insultos referidos a familiares de los políticos, que, en algunos casos, son especialmente injustos y degradantes.  Son todos los insultos que están, pero faltan otras muchas faltas de respeto, no a las ideas, sino a las personas que las defienden, que también son. Pero lo dicho ya nos puede hacer reflexionar. No es lo mismo utilizar algunas de esas expresiones en la lengua coloquial usada entre gente de confianza que el hecho de que sean utilizadas en la vida pública  y por representantes del pueblo. No es lo mismo utilizarlas ante la barra de un bar que desde la tribuna del Congreso o Senado.

        Para terminar, viene bien recordar el conocido refrán de que lo cortés no quita lo valiente y, por tanto, que se puede  desarmar el argumento del  rival con un contraargumento, sin necesidad de utilizar  este lenguaje descarnado y cargado de mala intención y, con frecuencia de demagogia.  Decía yo en mi libro Palabras Hilvanadas. El Lenguaje del menosprecio: “Las palabras que elegimos pueden crear o destruir, sanar o herir, respetar o despreciar, amar u odiar… La elección no es indiferente. Pero los vocablos no son culpables de nada. Lo serán acaso nuestros pensamientos o el uso que hacemos del lenguaje”, especialmente cuando se convierten las palabras en armas arrojadizas.

       La palabra parlamento procede del francés parlement y esta, de parler, hablar. Y tiene su origen en la palabra latina parabolare, hablar, conversar. De esa raíz vienen también palabra y parábola. Por lo que  un parlamento  es el lugar donde se habla, se debate y se legisla. Pues, señorías y cargos públicos en general, practiquen el decoro en todo lugar, porque son nuestros representantes, y que sea nuestro Parlamento el templo de la palabra. De la palabra respetuosa, por favor.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga

Febrero de 2026


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