Sol Gómez Arteaga es una escritora
leonesa que ha publicado libros de
relatos como Los cinco de Trasrey y otros
relatos y El sol a la tinaja y otros relatos, vinculados con la memoria histórica, y Trazos de sombra, en que aborda los
desórdenes mentales, una novela breve, El
vuelo de Martín, y el poemario Viento de vilano.
La
autora de Memoria de las mujeres es una
persona comprometida con la memoria histórica, por su propia experiencia
familiar (nieta y biznieta de
represaliados), por la historia de su pueblo, Valderas, muy castigado por la
represión, y por su propio talante de
persona que manifiesta empatía hacia los más desvalidos, como se ve en sus
obras previas.
El
libro Memoria de las mujeres (Marciano Sonoro, 2025) recoge veinticinco entrevistas realizadas
por Sol Gómez Arteaga a otras tantas mujeres vinculadas con la memoria
histórica, entrevistas que fueron publicadas en su día en el periódico digital Nueva Revolución. En la introducción de la obra nos encontramos
con tres poemas, escritos también por mujeres. Uno de ellos de la propia autora,
titulado Mujeres rojas, que es una
completa y emotiva semblanza de esas mujeres, que tenían la firma convicción de que la memoria no es sino amor, / un amor
que dura más que dura la vida. Le sigue un preámbulo titulado Desde
la raíz, en el que Sol Gómez Arteaga asegura que sin
memoria no hay futuro y habla de la
importancia de que los jóvenes conozcan la historia. También asegura que la
memoria no abre heridas, sino que las cierra. Le siguen las entrevistas a
las veinticinco mujeres y un regalo
final, maravilloso, a modo de epílogo (a través de un QR): la canción Mujeres de negro, de la cantautora
leonesa Isamil9.
Leí
en su día casi todas las entrevistas en el momento en que estas
se iban publicando regularmente en el medio
digital citado y adquirí el libro el
pasado verano cuando tuve oportunidad de asistir al
emotivo y bello acto,
auspiciado por el Ayuntamiento
de Murias de Paredes (León), sobre la memoria de las mujeres silenciadas y las víctimas de la violencia de género, en el
que intervinieron Sol Gómez Arteaga y otras
personas, entre ellas la cantautora Isamil9, también comprometida con la
memoria y que acompaña de forma habitual a la autora y tiene presencia en este
libro.
Las protagonistas de las entrevistas recogidas
en el libro son las mujeres entrevistadas, pero, si bien se
mira, la auténtica protagonista del libro es
la historia de España, la “otra”
historia de España, la silenciada, que
está aquí presente no solo como telón de fondo, sino con sus protagonistas en
primer plano, y con especial mirada a las protagonistas femeninas. Están
presentes, pues, la Historia (con
mayúscula) y la historia con minúscula: la intrahistoria. Esa que Unamuno definía como "la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana".
La historia, según nos la presentan los libros
de Historia, ha sido protagonizada
aparentemente por hombres, pero la autora y sus entrevistadas nos sacan en
este libro a la luz otra parte de esa
historia, la que fue protagonizada por las mujeres represaliadas, y también la intrahistoria sufrida por muchas más: mujeres silenciadas
y silenciosas. Una historia que es necesario
contar, porque, como dice una entrevistada, las mujeres son las olvidadas de los olvidados.
Sol
Gómez Arteaga se suma así a la nómina de las escritoras que hacen memoria, con
este libro y otros libros de relatos. Y seguramente tenemos presentes a muchas
más. Por ser leonesa y por conmemorar
este año su centenario, quiero recordar aquí a la gran escritora Josefina Aldecoa, que
en su novela Mujeres de negro nos
presenta a una mujer, viuda de represaliado, que le dice a su hija, huérfana: Escribe, para recordar y para conjurar los
fantasmas. Eso hacen las mujeres cuyos sentimientos y pensamientos transcribe
la autora de este libro: conjurar los fantasmas. El compromiso de Sol aparece expresado también en estos versos de su poemario Tiempo de vilano: He buscado los huesos de mis muertos / allá donde mis pasos me
llevaban… Y con tesón y compromiso, humano y político, se ha puesto a ello,
acompañada de otras muchas personas, las que aparecen en el libro y muchas más.
Las entrevistadas tienen perfiles muy variados: familiares, historiadoras,
arqueólogas, abogadas, periodistas, escritoras, políticas…, pero todas
persiguen acercarse a la verdad. Así lo dice Susanna Toral, nieta de un
represaliado (pág. 32): “Para sanar una herida
(del alma) hay que reconocerla, aceptarla, mirarla de frente, hablar de ella,
llorarla, compartirla, reparar lo que sea reparable y seguir el camino”.
Memoria de las mujeres dice el título y, sí, su interior nos habla
de mujeres que tienen memoria y de mujeres y hombres a los que les debemos
memoria. Esa palabra memoria tiene un significado polisémico, con catorce acepciones en el DLE. 1. "Capacidad de recordar". 2. "Recuerdo que se hace o aviso que da de algo pasado". Ciertamente, estas mujeres nos traen al recuerdo hechos trágicos del pasado para darlos a conocer, desde su propia memoria: experiencias, emociones, conocimientos... 6. "Monumento para recuerdo o gloria de algo". Y este libro es un monumento a la memoria que han erigido estas veintiséis mujeres, si contamos a la entrevistadora. Y lo erigen, porque se implican en el
recuerdo de esos seres perseguidos y trágicamente
desaparecidos por pensar o ser diferentes y, con ello, contribuyen a la memoria histórica y
democrática.
A través del
testimonio de las entrevistadas
se trata de recuperar la historia total, esa historia en que
necesariamente tienen que estar también las vencidas y vencidos, por ello su testimonio evoca la vida de estos: su pensamiento, sus aspiraciones,
sus afectos… Y su muerte. Y hacen esa memoria, en muchos casos, desde los huesos,
reflejados en la portada del libro, que tratan de recuperar. Esas personas represaliadas en muchos casos
aparecen en algún registro con su nombre propio, pero en la historia de España del siglo
XX han sido solo un número: de fusilados, de exiliados, de encarcelados, de huidos o
escondidos como guerrilleros (como Bernardo Álvarez Trabajo, el Gasta,
ajusticiado en 1949)… Esos números
esconden en su gran mayoría a hombres,
pero también hubo mujeres condenadas a muerte, encarceladas, exiliadas,
violadas, torturadas, mujeres a las que sustrajeron sus hijos al nacer… Ellos y
ellas: todos perseguidos, todas silenciadas. En España y fuera de ella: en la
dictadura franquista, en la dictadura argentina, en los campos de concentración
nazis… Y en tantos otros lugares… Porque la intolerancia y la crueldad son
también “patrimonio” universal.
Además
de esas mujeres y hombres que pagaron la
persecución con su propia vida, están también las mujeres de la espera,
esas mujeres innominadas y no contadas, esas a las que cubrió el velo negro de la desesperanza:
las mujeres madres, esposas, hijas o hermanas de los
desaparecidos. Mujeres
condenadas al exilio del hogar: al exilio
del silencio. Exilio habitado por
ultrajes: del desprecio, de la
sospecha, de la soledad, de las dificultades económicas. Y, siempre, del miedo.
Pepa
Miranda (una de las entrevistadas, familiar de desaparecido) nos dice algo
sobrecogedor referido a varios miembros de su familia: “Los privaron hasta de
llorar a sus muertos”. Otra frase suya, referida a una mujer
que se queda viuda a los 35 años, también resulta impactante, pues asegura
que se queda “con solo la profesión de
madre de cinco hijos”. Las madres con hijos huérfanos (algunos póstumos)
a su cargo fueron las que arrastraron más el sufrimiento de la impotencia. Vuelvo
a los versos de Sol: ¿Qué puedo hacer con esta evocación de
vencedores chuscos / y viudas en vitalicio luto / que arrastran tras de sí una recua de críos…?
(…) ¿Qué puedo hacer, di? (De Tiempo de vilano). Y también vuelvo a
Josefina Aldecoa, que, en su novela Mujeres
de negro (1994), decía: “Las mujeres de negro, las viudas, las madres, las hijas todas vestidas de liza, todas con
el mismo color. ¿Qué era lo que nos unía? ¿El dolor? ¿La memoria? La ausencia?
No había palabras para decirlo…”.
En
el año 2020 coincidí con Sol, con Isamil9 (y la recordada Paz Martínez) en un acto que
me impactó mucho: el “reentierro” de
Genara Fernández, la llamada Pasionaria
omañesa, en Cirujales, un pueblo de Omaña, de donde era natural y del que
fue maestra. Se la acusó de distribución
de pasquines en la plaza de san Marcelo
de León, en 1941. Fue condenada a pena de muerte y ejecutada en Puente
Castro, a los 38 años. Sus restos fueron recuperados por la ARMH y devuelta a sus familiares para poder ser enterrada dignamente en su pueblo.
De ella se decía en la acusación, entre otras cosas: “Mujer peligrosa y con una
mala conducta religiosa por no comenzar sus clases rezando”. Curiosamente, en
el proceso de recuperación del cuerpo, junto con los restos de la maestra y
algunas partes de su vestido, apareció una medalla de la Virgen de la Milagrosa
en perfecto estado. Fue asesinada por
sus ideas, por ser maestra y por ser mujer. Sol leyó un texto muy emotivo en
aquel acto. Allí estaba también la periodista Ana Gaitero, una de las
entrevistadas en el libro, muy comprometida también con la memoria histórica,
quien escribió un reportaje sobre Genara
que ayudó a encontrar sus restos, hecho que recuerda en el libro. Otra de las entrevistadas, Laura Fernández Garrido, antropóloga, participó en la identificación
de Genara, hecho que le impresionó mucho, porque tenía su edad cuando murió.
Cuenta que la familia le dio la llave del féretro como agradecimiento. Esta antropóloga reflexiona sobre cómo vive
una científica el proceso de identificación, que debe ser lo más aséptico
posible, cosa difícil, porque tienen que
compartir las emociones encontradas de los familiares y es difícil
conjugar ambas experiencias.
Las personas que vivimos varias
décadas de dictadura tenemos memoria
directa de lo que pesaba el miedo y la desconfianza, y del silencio que la
gente se autoimponía. Pero en ese
silencio general poco se hablaba de
forma abierta de fosas comunes ni de
fusilamientos masivos en la posguerra. Alguna vez, de niña, recuerdo
vagamente que se mencionaban las cunetas, sin saber yo muy bien a qué se
referían los adultos u oí comentar que en casa de mi abuelo paterno había estado
un tiempo una persona escondida. Se recordaba, eso sí, el hambre de la
inmediata posguerra. Esa especie de pacto de silencio lo opacaba todo, porque los
protagonistas de la intrahistoria solo eran dueños de su miedo y de su silencio.
El
libro muestra un gran trabajo de la
autora para conocer previamente la
vinculación de cada entrevistada con la memoria histórica y una
certera habilidad para adaptar a cada caso
el cuestionario, para permitir que la memoria de la entrevistada fluya
de forma natural. Es un libro con
cuerpo y con alma, porque evoca la historia viva de España, contada de una
forma muy emotiva y desde varias perspectivas.
Consigue, además, que resulte una lectura amena
que nos ayuda a conocer y a comprender. Y,
por supuesto, a conmovernos. Nos hiere la crueldad de los hechos y también
nos hiere recordar su lenguaje, esas palabras que siguen hiriendo: “las sacas” o
“pasear” a una persona.
Con este libro viajamos con la palabra y la memoria a distintos lugares de España y
de fuera de ella. Las personas que hemos
viajado por lugares de memoria (basta hacerlo en Madrid) vemos que las atrocidades se diferencian
poco de un lugar a otro. Cuando las sentimos cerca, siempre hacen que se nos encoja el alma. Eso me
ocurrió a mí al visitar los campos de concentración de Auschwitz
(2013): allí el silencio era memoria, y en mi viaje a Argentina (2019), al visitar la plaza
de Mayo y andar sobre los símbolos de
los pañuelos blancos: allí la memoria era
emoción y empatía.
La
pregunta final que dirige Sol G. Arteaga
a las entrevistadas versa sobre qué dirían a los jóvenes en materia de memoria.
Todas aseguran que hay que procurar que conozcan la historia de esta España
trágica. Pero creo que queda una pregunta
sin responder para todos nosotros
¿cómo? Porque en el cómo creo que hemos fallado y habría que replantearlo. A ello deben contribuir los currículos
escolares, pero, insisto, hay que profundizar en el cómo.
Todo
lo que refleja Memoria de las mujeres es
consecuencia de lo que expresaba
Ángel González en aquellos impresionantes versos, llenos de dramatismo e
ironía crítica, del poema Elegido por aclamación, un alegato
contra todos los tiranos que son y han sido.
“Sí, fue un malentendido. / Gritaron: ¡a las urnas! / y él entendió: ¡a las
armas! ─dijo luego. / Era pundonoroso y mató mucho. / Con pistolas, con rifles, con decretos. (…).
A partir de esta hora soy ─silencio─ / el Jefe, si queréis. / Los disconformes que
levanten el dedo. / Inmóvil mayoría de cadáveres / le dio el mando total del
cementerio”.
Sobre la "inmóvil mayoría de cadáveres" silenciosos de los represaliados se levanta hoy la voz de Sol Gómez Arteaga y la Memoria de las mujeres. Se levanta la historia real y la vida.
Gracias, Sol, por invitarme a participar en la presentación de este libro en la Casa de León en Madrid.
Febrero de 2026
©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura
Galería de fotos de la presentación de Memoria de las mujeres en la Casa de León en Madrid, el 26/02/2026.
Fotos de Miguel Ángel Paramio
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| Interviene Sol Gómez Arteaga, la autora |
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| Canta Isamil9 |
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| Interviene Margarita Álvarez Rodríguez |