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miércoles, 18 de febrero de 2026

Reseña de "Memoria de las mujeres", de Sol Gómez Arteaga

 

                                                          


 

    Sol Gómez Arteaga es una escritora leonesa que ha publicado  libros de relatos como  Los cinco de Trasrey y otros relatos y El sol a la tinaja y otros relatos, vinculados con la memoria histórica, y Trazos de sombra, en que aborda los desórdenes mentales, una novela breve, El vuelo de Martín,  y el poemario Viento de vilano.     

    La autora de Memoria de las mujeres es una persona comprometida con la memoria histórica, por su propia experiencia familiar  (nieta y biznieta de represaliados), por la historia de su pueblo, Valderas, muy castigado por la represión,  y por su propio talante de persona que manifiesta empatía hacia los más desvalidos, como se ve en sus obras previas.

    El libro Memoria de las mujeres  (Marciano Sonoro, 2025) recoge veinticinco entrevistas realizadas por Sol Gómez Arteaga a otras tantas mujeres vinculadas con la memoria histórica, entrevistas que fueron publicadas en su día en el periódico digital Nueva Revolución.  En la introducción de la obra nos encontramos con tres poemas,  escritos también  por mujeres. Uno de ellos de la propia autora, titulado  Mujeres rojas,  que es una completa y emotiva semblanza de esas mujeres, que tenían la firma convicción de que la memoria no es sino amor, / un amor que dura más que dura la vida. Le sigue un preámbulo titulado  Desde la raíz, en el que Sol Gómez Arteaga asegura  que sin memoria no hay futuro y  habla de la importancia de que los jóvenes conozcan la historia. También asegura que  la memoria no abre heridas, sino que las cierra. Le siguen las entrevistas a las veinticinco mujeres  y un regalo final, maravilloso, a modo de epílogo (a través de un QR): la canción Mujeres de negro, de la cantautora leonesa Isamil9.

    Leí en su día casi   todas las entrevistas  en el momento en que   estas se iban publicando  regularmente en el medio digital citado  y adquirí el libro el pasado verano cuando tuve oportunidad de asistir  al  emotivo y bello acto,  auspiciado   por el Ayuntamiento de  Murias de Paredes (León), sobre la  memoria de las mujeres silenciadas y  las víctimas de la violencia de género, en el que intervinieron   Sol Gómez Arteaga y otras personas, entre ellas la cantautora Isamil9, también comprometida con la memoria y que acompaña de forma habitual a la autora y tiene presencia en este libro.   

    Las protagonistas de las entrevistas recogidas en el libro   son  las mujeres entrevistadas, pero, si bien se mira, la auténtica protagonista del libro es  la historia de España,  la “otra” historia de España, la silenciada,  que está aquí presente no solo como telón de fondo, sino con sus protagonistas en primer plano, y con especial mirada a las protagonistas femeninas. Están presentes, pues, la  Historia (con mayúscula) y la historia con minúscula: la intrahistoria.   Esa que Unamuno definía como "la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol  y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana".

  La historia, según nos la presentan los libros de Historia,  ha sido protagonizada aparentemente por hombres, pero  la autora  y sus entrevistadas nos sacan en este libro  a la luz otra parte de esa historia, la  que fue   protagonizada por las  mujeres represaliadas, y también  la intrahistoria  sufrida por muchas más: mujeres silenciadas y  silenciosas. Una historia que es necesario contar,  porque,  como dice una entrevistada, las mujeres son las olvidadas de los olvidados.

    Sol Gómez Arteaga se suma así a la nómina de las escritoras que hacen memoria, con este libro y otros libros de relatos. Y   seguramente tenemos presentes a muchas más.  Por ser leonesa y por conmemorar este año su centenario, quiero recordar aquí a la gran escritora Josefina Aldecoa, que en su novela   Mujeres de negro  nos presenta a una mujer, viuda de represaliado, que le dice a su hija, huérfana: Escribe, para recordar y para conjurar los fantasmas. Eso hacen las mujeres cuyos sentimientos y pensamientos transcribe la autora de este libro: conjurar los fantasmas. El compromiso de Sol aparece expresado  también en  estos versos de su poemario Tiempo de vilano: He buscado los huesos de mis muertos / allá donde mis pasos me llevaban… Y con tesón y compromiso, humano y político, se ha puesto a ello, acompañada de otras muchas personas, las que aparecen en el libro y muchas más. Las entrevistadas tienen perfiles muy variados: familiares, historiadoras, arqueólogas, abogadas, periodistas, escritoras, políticas…, pero todas persiguen acercarse a la verdad. Así lo dice Susanna Toral, nieta de un represaliado (pág. 32): “Para sanar una herida (del alma) hay que reconocerla, aceptarla, mirarla de frente, hablar de ella, llorarla, compartirla, reparar lo que sea reparable y seguir el camino”.

     Memoria de las mujeres  dice el título y, sí, su interior nos habla de mujeres que tienen memoria y de mujeres y hombres a los que les debemos memoria. Esa palabra memoria tiene   un significado polisémico, con  catorce acepciones en el DLE. 1. "Capacidad de recordar". 2. "Recuerdo que se hace o aviso que da de algo pasado". Ciertamente, estas mujeres  nos traen al recuerdo  hechos trágicos del pasado  para darlos a conocer, desde su propia memoria: experiencias, emociones, conocimientos... 6. "Monumento para recuerdo o gloria de algo". Y este libro es un monumento  a la memoria que han erigido  estas veintiséis mujeres, si contamos a la entrevistadoraY lo erigen, porque se implican en el recuerdo de esos seres perseguidos  y trágicamente desaparecidos por pensar o ser diferentes y, con ello,   contribuyen a la memoria histórica y democrática.

    A través del   testimonio de las entrevistadas se trata  de recuperar  la historia total, esa historia en que necesariamente tienen que estar también las vencidas y vencidos, por ello  su testimonio evoca   la vida de estos: su pensamiento, sus aspiraciones, sus afectos… Y  su muerte.  Y hacen esa  memoria, en muchos casos, desde los huesos, reflejados en la portada del libro, que tratan de recuperar.  Esas personas represaliadas en muchos casos aparecen en algún registro con su nombre propio, pero en  la historia de España  del siglo  XX han sido  solo  un número: de fusilados,  de exiliados, de encarcelados, de huidos o escondidos como guerrilleros (como Bernardo Álvarez Trabajo, el Gasta, ajusticiado en 1949)…   Esos números esconden en su  gran mayoría a hombres, pero también hubo mujeres condenadas a muerte, encarceladas, exiliadas, violadas, torturadas, mujeres a las que sustrajeron sus hijos al nacer… Ellos y ellas: todos perseguidos, todas silenciadas. En España y fuera de ella: en la dictadura franquista, en la dictadura argentina, en los campos de concentración nazis… Y en tantos otros lugares… Porque la intolerancia y la crueldad son también “patrimonio” universal.

    Además de esas mujeres y hombres que  pagaron la persecución con su propia vida, están también las mujeres  de la espera,  esas mujeres innominadas y no contadas, esas a las  que cubrió el velo negro de la desesperanza: las mujeres  madres, esposas, hijas o hermanas  de los  desaparecidos.   Mujeres condenadas  al exilio del hogar: al exilio del silencio. Exilio habitado por  ultrajes: del desprecio,  de la sospecha, de  la soledad,  de las dificultades  económicas. Y, siempre, del miedo. 

    Pepa Miranda (una de las entrevistadas, familiar de desaparecido) nos dice algo sobrecogedor referido a varios miembros de su familia: “Los privaron hasta de llorar a sus muertos”. Otra frase suya, referida a una  mujer  que se queda viuda a los 35 años, también resulta impactante, pues  asegura  que se queda “con solo la profesión de  madre de cinco hijos”. Las madres con hijos huérfanos (algunos póstumos) a su cargo fueron las que arrastraron más el sufrimiento de la impotencia. Vuelvo a  los versos de Sol: ¿Qué puedo hacer con esta evocación de vencedores chuscos / y viudas en vitalicio luto /  que arrastran tras de sí una recua de críos…? (…) ¿Qué puedo hacer, di? (De Tiempo de vilano). Y también vuelvo a Josefina Aldecoa, que, en su novela Mujeres de negro (1994), decía: “Las mujeres de negro, las viudas, las madres,  las hijas todas vestidas de liza, todas con el mismo color. ¿Qué era lo que nos unía? ¿El dolor? ¿La memoria? La ausencia? No había palabras para decirlo…”.

    En el año  2020 coincidí con Sol,  con Isamil9  (y la recordada Paz Martínez) en un acto que me impactó mucho: el “reentierro” de  Genara Fernández, la llamada Pasionaria omañesa, en Cirujales, un pueblo de Omaña, de donde era natural y del que fue maestra.  Se la acusó de distribución de pasquines  en la plaza de san Marcelo de León, en 1941. Fue condenada a pena de muerte y ejecutada en Puente Castro,  a los 38 años.  Sus restos fueron recuperados por la  ARMH  y  devuelta a sus familiares para  poder ser enterrada dignamente en su pueblo. De ella se decía en la acusación, entre otras cosas: “Mujer peligrosa y con una mala conducta religiosa por no comenzar sus clases rezando”. Curiosamente, en el proceso de recuperación del cuerpo, junto con los restos de la maestra y algunas partes de su vestido, apareció una medalla de la Virgen de la Milagrosa en perfecto estado.  Fue asesinada por sus ideas, por ser maestra y por ser mujer. Sol leyó un texto muy emotivo en aquel acto. Allí estaba también la periodista Ana Gaitero, una de las entrevistadas en el libro, muy comprometida también con la memoria histórica, quien escribió un reportaje sobre Genara   que ayudó a encontrar sus restos, hecho que recuerda en el libro.  Otra de las entrevistadas, Laura Fernández  Garrido, antropóloga, participó en la identificación de Genara, hecho que le impresionó mucho, porque tenía su edad cuando murió. Cuenta que la familia le dio la llave del féretro como agradecimiento.  Esta antropóloga reflexiona sobre cómo vive una científica el proceso de identificación, que debe ser lo más aséptico posible,  cosa difícil, porque tienen que compartir las emociones encontradas de los familiares y es difícil conjugar  ambas experiencias.

    Las personas que vivimos varias décadas de dictadura  tenemos memoria directa de lo que pesaba el miedo y la desconfianza, y del silencio que la gente se autoimponía.  Pero en ese silencio general poco  se hablaba de forma abierta   de fosas comunes ni de fusilamientos masivos en la posguerra. Alguna vez, de niña,  recuerdo  vagamente que se mencionaban las cunetas, sin saber yo muy bien a qué se referían los adultos u oí comentar   que en casa de mi abuelo paterno había estado un tiempo una persona escondida. Se recordaba, eso sí, el hambre de la inmediata posguerra. Esa  especie  de pacto de silencio lo  opacaba todo, porque  los  protagonistas de la intrahistoria solo eran dueños de su  miedo y de su silencio.

    El libro muestra  un gran trabajo de la autora   para conocer previamente la vinculación de cada entrevistada con la memoria histórica  y  una certera habilidad para adaptar a cada caso  el cuestionario, para permitir que la memoria de la entrevistada fluya de forma natural.        Es un libro con cuerpo  y con alma, porque evoca  la historia viva de España, contada de una forma muy emotiva y desde varias perspectivas.  Consigue, además, que resulte una lectura   amena que nos ayuda a conocer y a comprender.  Y, por supuesto, a conmovernos. Nos hiere la crueldad de los hechos y también nos  hiere recordar  su lenguaje, esas palabras que siguen hiriendo: “las sacas” o  “pasear” a una persona.

     Con este libro viajamos  con la palabra  y la memoria a distintos lugares de España y de fuera de ella. Las personas que  hemos viajado por lugares de memoria (basta hacerlo en Madrid)   vemos que las atrocidades se diferencian poco de un lugar a otro. Cuando las sentimos cerca, siempre  hacen que se nos encoja el alma. Eso me ocurrió  a mí al visitar  los campos de concentración de Auschwitz (2013): allí el silencio  era memoria, y   en mi viaje a Argentina (2019), al visitar   la plaza de Mayo  y andar sobre los símbolos de los pañuelos blancos: allí la memoria era  emoción y empatía.   

    La pregunta final que dirige  Sol G. Arteaga a las entrevistadas versa sobre qué dirían a los jóvenes en materia de memoria. Todas aseguran que hay que procurar que conozcan la historia de esta España trágica. Pero creo que queda una pregunta  sin  responder para todos nosotros ¿cómo? Porque en el cómo creo que hemos fallado y habría que replantearlo.  A ello deben contribuir los currículos escolares, pero, insisto, hay que profundizar en el cómo.

    Todo lo que refleja Memoria de las mujeres  es  consecuencia de lo que expresaba  Ángel González en aquellos impresionantes versos, llenos de dramatismo e ironía crítica, del poema  Elegido por aclamación, un alegato contra todos los tiranos que son y han sido.

 Sí, fue un malentendido. / Gritaron: ¡a las urnas! / y él entendió: ¡a las armas! ─dijo luego. / Era pundonoroso y mató mucho.  / Con pistolas, con rifles, con decretos. (…). A partir de esta hora soy ─silencio─ / el Jefe, si queréis. / Los disconformes que levanten el dedo. / Inmóvil mayoría de cadáveres / le dio el mando total del cementerio”. 

    Sobre  la  "inmóvil mayoría de cadáveres" silenciosos de los represaliados se levanta hoy la voz de Sol Gómez Arteaga y la Memoria de las mujeres. Se levanta la historia real y la vida.

Gracias, Sol, por invitarme a participar en la presentación de este libro en la Casa de León en Madrid.

Febrero de 2026

©Margarita  Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura


Galería de fotos de la presentación  de Memoria de las mujeres en la Casa de León en Madrid, el 26/02/2026.

Fotos de Miguel Ángel Paramio 

Interviene Sol Gómez Arteaga, la autora

Canta Isamil9


Interviene Margarita Álvarez Rodríguez




domingo, 12 de noviembre de 2023

Reseña de TIEMPO DE VILANO, de Sol Gómez Arteaga

 

Tiempo de vilano, de Sol Gómez Arteaga

Editorial Marciano Sonoro

Poemario

115 págs.

 


Sol Gómez Arteaga es una escritora leonesa, autora de varios libros de relatos, el más reciente Trazos de sombra, que trata sobre los desórdenes de la mente, y una novela, El vuelo de Martín. Tiempo de vilano es su primera publicación poética.

Aunque  este es su primer poemario, es cierto que lleva tiempo escribiendo y publicando poemas en las redes sociales, en su blog  (Sol a  la tinaja) y en otras publicaciones, y también que su literatura narrativa posee una gran dosis de lirismo.

Leer este poemario de  Sol Gómez Arteaga es reconciliarse con la memoria, con la suya, que deja plasmada en los versos de sus poemas, y con la nuestra, pues indirectamente nos induce a traerla también al presente.  

El poemario está dividido en tres apartados: Tiempo de vilano, es la más extensa  y la  que da título al libro.   La palabra tiempo, en el título,  y  ese complemento añadido ya nos da una idea del contenido de los poemas: la del tiempo inestable, la del tiempo que huye  y se lleva con él parte de nuestro vivir,  como lo hacen  esos filamentos blancos, los vilanos, que protegen las semillas del diente de león y las esparcen por el aire.  Es en  ese apartado donde se desarrollan los temas nucleares de poemario y  donde se refleja mejor la forma  de ser  y de vivir de la autora.  Hay dos partes más tituladas Manuel de ausencias, cada una con un subtítulo: Escribo un prólogo de letras ciegas, la primera, y  Voy pasando las hojas y no apareces, la segunda. Desde la nostalgia que recorre todo el poemario, los versos giran   ahora  alrededor de  la ausencia  del padre que la autora evoca con amor y admiración. Y completa el poemario un apartado  final de textos en prosa poética titulado Nubes. Ahí aparecen las   nubes que podemos contemplar y  aquellas otras invisibles que pasan por nuestra mente y son instantes de vida, incluidas las nubes de palabras.

La  poesía  de  Sol Gómez Arteaga está muy próxima a lo que se llamó en los años 80  la “poesía de la experiencia”,  una poesía de lo cotidiano, de la que uno  de sus representantes más notables fue el poeta Luis García Montero.  Es una poesía en la que no hay que entender, sino sentir, y con la que cualquier lector sensible puede sentirse identificado. Una poesía  de lo cercano e inmediato que integra la memoria personal en la memoria colectiva. Poesía intimista que sabe ir  del yo al nosotros.

Si quisiéramos  compararla con alguna corriente pictórica,  creo que estaría próxima al Impresionismo. La autora trata  siempre de captar el instante, la vivencia: un sonido, un rayo de luz, una maceta, ropa tendida, una hoja perdida   de otoño, la contemplación de una nube, la lluvia… se convierten a través de su sensibilidad y su mirada poética en arte de la palabra y algo mágico que mueve el sentimiento de lector.  Ella misma asegura: Yo aprendí que la belleza está en lo simple. De esos instantes fugaces  dice en otro poema que son trocitos bien compactos de belleza.  La palabra instante la repite con frecuencia en el poemario: Un instante de abandono. En ocasiones necesito / de un instante así. Dentro de los instantes que capta, con más frecuencia,   en sus versos, están los que le sugieren refugio, inspiración, armonía…  Una especie de caricia física y afectiva.  Se podría decir también que su  poesía  es  contemplativa: la contemplación del instante.

A primera  vista podría parecer una tarea  fácil escribir como  lo hace Sol Gómez Arteaga, pero buscar la emoción y la belleza en lo  aparentemente intrascendente, suele resultar   difícil. Sentir gozo estético ante una catedral gótica es algo  fácil de percibir para  cualquiera, en cambio  no lo es tanto convertir en un instante poético, por ejemplo,  la inquietud que vive un paciente en la sala de espera de una consulta. Esta es “la poesía de los poetas”, que diría   Bécquer. Y Sol Gómez Arteaga no solo escribe poesía,  es poeta.

La poesía de Sol es deudora de las vivencias de infancia de una niña que se crio en el pueblo de Valderas (León), en contacto con la naturaleza y en el seno de una familia humilde que le enseñó el valor de lo auténtico, la dignidad, la sobriedad…  Hasta donde me llegan los recuerdos /    siempre fui / una niña ensimismada / en la luz, dice de sí misma. Fue una niña que sufrió el rechazo de otras niñas de su edad y supo lo que era la soledad. Aquella niña  de carácter retraído, imaginativo  y solitario  que actuaba en comedias sin público, / que ideaba club de fans sin fans… quizá estaba descubriendo su vocación literaria.  Seguramente ella veía una belleza a su alrededor que aquellas otras compañeras no veían. Ese tiempo de infancia está muy presente en el poemario, con sus vivencias, unas veces, amargas  y, otras, amables.  Y se sigue sintiendo esa niña que fue, aunque ya se encuentre en su madurez. La nostalgia la ha acompañado siempre, nostalgia del pasado y hasta de un tiempo no vivido.

La autora   procede  del mundo rural leonés. Y ese mundo rural  es parte importante de la esencia de su poesía. La nostalgia de infancia se funde con la de los paisajes y el paisanaje, la familia…  Vengo de un mundo de sonrisas quedas, / de palabra parcas, / de campos mutilados, /  de ofrecimientos sencillos… En sus versos  están  los campos y caminos de su pueblo: Vengo de un mundo de cebadas mecidas por el aire…  Son los  paisajes  de horizontes infinitos de las llanuras de  la Tierra de Campos leonesa. Son paisajes que le aportan serenidad, caminos diáfanos que  traen la luz a los intrincados laberintos en que nos perdemos. Esos campos, aparentemente  poco literarios, son transformados en  poesía por la autora: campos / tendidos al cielo como una plegaria / esperan misericordia.  

En su poesía aparecen paisajes exteriores y  paisajes interiores  y  se funden con mucha frecuencia: Busco en el paisaje  / una luz / que no está fuera / que es interior / propia. Y esos paisajes siempre han permanecido con ella: Me traje conmigo / a la ciudad inhóspita / todo el verde  / de las cebadas de mayo.  Esa fusión del yo con un  paisaje de escasa vegetación, que se eleva al rango literario,   nos recuerda  la  visión de Castilla que tenía la Generación  del 98. Unamuno decía del paisaje castellano que era “un mar petrificado y lleno de cielo”.  El de Sol es un mar de terrenales olas, un mar  de tierra y horizonte. Este mar de tierra árida  la lleva también  añorar  otro mar, el real, que también tiene una importante presencia en el poemario, porque  su paisaje natal es un paisaje de presencias, pero también de ausencias.  Y  me sigue recordando  a los noventayochistas. Decía Azorín: “No puede ver el mar  la solitaria y melancólica  Castilla. Está muy lejos el mar  de estas campiñas llanas, rasas, polvorientas…”.  Sol Gómez Arteaga necesita el mar, el mar eterno,  la contemplación de sus olas:   Y el mar /  siempre el mar / al fondo. Y  nos confiesa: Cuando quiero saber de mí le preguntó a las olas.

Otro elemento importante  de un paisaje  que la ayuda a conocerse, para caminar hacia el interior de ella misma, es el bosque. Dejemos que hablen  otra vez sus versos: También me dijo el bosque que aquel que ven mis ojos /  es idéntico a otro / más pequeñito / que llevo dentro. / Oscilante / lleno de terraplenes / subidas y bajadas / riachuelos/ sujeto a la intemperie / al paso del tiempo. Está clara la fusión del paisaje vital con el paisaje contemplado.

En ese mundo de añoranza también  tiene un papel fundamental la familia. Es el núcleo de los afectos y del cobijo. Es la cercanía primigenia de los míos.  Es importante la presencia  de las mujeres  a lo largo del poemario. Son mujeres que tienen la certeza / de resistir / sin pretensiones. Dedica un poema a su  hermana  mayor, que  significa para ella  complicidad, apoyo y protección  y seguirá protegiéndote  de las inclemencias de la vida… Creerá en ti con fe ciega.  Pero es la madre la que tiene una presencia más destacada, una madre  que tranquiliza, / sosiega, / espanta monstruos / y siempre está. Una madre que es prototipo de lo que ha sido la mujer  rural leonesa: esforzada, resignada, silenciosa, una de tantas penélopes domésticas en actitud permanente de esperas  y esperanzas. Todas son  mujeres que cultivan en calderos la paciencia.  Una madre que está en la presencia física y también   en las cosas que tienen relación con ella. Es como si el espacio afectivo de la madre  se proyectara al espacio externo en que se mueve. Un rincón del patio  es para  su hija Sol  cavidad uterina. Y llega a afirmar que  la poesía es el ritmo originado / en el latido primigenio  de la madre.

Pero  dentro de la familia es el padre desaparecido  el que ocupa un lugar preeminente en el recuerdo.  Se  alude a él en algunos versos del apartado Tiempo de vilano y, especialmente, en los dos titulados Manual de ausencias: Escribo un prólogo de letras ciegas y En voy pasando las hojas y no apareces.  El padre está presente en la evocación de diversos instantes vividos con él: los paseos por el campo, el color de su traje, las manos, una felicitación navideña… los balidos  las ovejas…   Y es que su  padre era un humilde pastor de ovejas / hijo de una mujer de negro y un padre fusilado. También evoca  sus enseñanzas: la dignidad, la fuerza, el tesón...  Es el homenaje de una hija hacia el padre desde los  afectos  y la nostalgia.

En el marco de las relaciones familiares aparece  también el tema de la Recuperación de  la Memoria Histórica de los represaliados por el franquismo.  Es sabida la implicación de la autora  en este asunto, que la afecta de forma familiar. El abuelo fusilado ha marcado  a su familia y no podía quedar fuera de su poesía. En sus versos están representados todos los que murieron en similares circunstancias. Evoca el dolor  de su familiares, que vivieron un duelo sin sepelio y sin flores, / sin plañideras / sin beso de despedida… que pudieran hacer la ausencia más llevadera, y el de los fusilados que murieron en soledad estricta. La   recuperación de sus restos reaviva el dolor, pero también genera consuelo, porque ahora son muertos con  nombre y, al fin,    mandíbulas sedientas / de luz y de Memoria descansan en paz.

En la poesía de Sol Gómez Arteaga también cobra gran presencia la casa, como morada que reconforta, como lugar de acogida, de silencio: la habito / me habita… Un lugar de encuentro consigo misma donde transitan las horas / los amaneceres / los sueños. Y que se convierte en su bastión de soledad  y el epicentro el mundo.

La soledad es  otro sentimiento que recorre todo el poemario. Unas veces aparece la soledad de la incomprensión, de aquella niña “no juntada” en la infancia o la soledad del ser humano ante sus miedos y problemas y otras, la soledad querida, la soledad sonora y creativa, esencial para los artistas. En cualquier caso la soledad va unida en sus versos siempre a la nostalgia.

Entre tantos sentires y quereres aparecen también los vivires de la autora: la concepción de la vida. La vida  es para ella la conjunción de pérdida y encuentro, como ocurre con ese vilano del diente de león del que habla el título. Se lo lleva el viento, pero en su vida etérea algunas de sus semillas de aire / fructifican / así es la vida. Para no  enfrentarnos al futuro incierto, que nos produce desazón,  llenamos nuestra vida de proyectos, de haceres y quehaceres. La clave, según la poeta, está en darnos cuenta de que lo esencial  no es llegar / sino el trayecto.  Y, aunque  en algunos momentos  aparece una visión desolada del vivir humano, sin embargo, en otros,  se alza sobre ese pesimismo y de repente surge la luz: Siempre que anochece en la ciudad / que habita en cada uno de nosotros / amanece / con luz propia.

Llama  la tención también la presencia constante de lluvia, una lluvia que lava,  una lluvia de luz, sanadora. Una lluvia con la que siente que se funde. De todo lo vivido / confieso  que me quedo con la lluvia / que además  de sanadora / es música celestial para mis oídos. La lluvia le permite aislarse a veces bajo un toldo o paraguas y sentirse isla. Otra vez la soledad. Y al lado de la lluvia las nubes, las reales y las metafóricas, de las que habla en algún poema y en varios de  los textos finales que están escritos en prosa. A ellas les dedica un texto bellísimo: ¿Con qué sueñan las nubes? Un texto lleno de interrogaciones retóricas dirigidas a  esas nubes que contempla. Entre esas preguntas aparecen estas: ¿a quién aman, si es que aman? ¿Tal vez al que les habla bajito al atardecer para que, soñolientas, dejen paso a la noche y a sus rivales, las estrellas?

La  autora escribe en versos libres, adaptados en el ritmo a la emoción que trata de transmitir en cada momento, con frecuentes paralelismos sintácticos que contribuyen a la musicalidad. El estilo está basando  en la búsqueda de la esencia de la palabra, sin demasiados adornos formales.  Las imágenes son claras, pero muy evocadoras. Como esta comparación: Ese silencio tan callado / como un pozo. O estas metáforas: Lágrimas de lluvia. Sueños de pedernal. Puede unir la imagen a otros recursos: Amapolas que tejen silencios.  También  utiliza la sinestesia que  nos hace percibir la mezcla de sensaciones: El aire huele a amarillo o  La memoria olfativa / pobló el aire / de resonancias. No faltan algunas notables antítesis: Letras ciegas.

Podríamos decir que la poesía de Sol Gómez Arteaga es íntima, transparente, tierna, inocente. Es la poesía del instante que se  eterniza en su mirada poética. Su poesía es la vida, porque la vida casi siempre es eso: una sucesión de instantes que nos hacen estar alerta,  sufrir… Pero también disfrutar de la belleza contenida en esos instantes y  de los afectos que los pueblan. Quizá el secreto del vivir (felices) sea mirar la vida con  limpia mirada infantil y  ojos de poeta. Verso a verso Sol se desnuda en este poemario con voz muy íntima y personal: Nadie impedirá que despoje, / unas veces de harapos,  / otras veces de tules, /  mi corazón. Y lo hace desde la mirada de una  niña corriendo con un vestido amarillo de soles y desde sus paisajes de infancia:  en las eras de mi infancia está contenido mi universo todo.

Cualquier persona que se adentre en el poemario Tiempo de vilano descubrirá que, detrás de cada uno de  sus poemas, está   siempre  el carácter contemplativo de la autora, el asombro y la sensibilidad de la niña  y  la poeta que lleva dentro. Y  dentro de   sus versos, de alguna forma, nos sentiremos acogidos  cada uno de los lectores, especialmente los que nos criamos en el mundo rural. Leer estos poemas de Sol Gómez Arteaga es una delicia para el espíritu, porque ella sabe hacernos   llegar  sus vivencias envueltas en nubes de palabras: en palabras emotivas, en  palabras sinceras, en palabras claras… En palabras  poéticas.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora





sábado, 18 de diciembre de 2021

Trazos de sombra, de Sol Gómez Artega

 

Género: narrativa (relato)

Marciano Sonoro Ediciones, 2021

Págs. 224


Trazos de sombra traspasados de luz


Ha sido para mí un regalo conocer a Sol Gómez Arteaga: conocerla como escritora y, posteriormente, como persona. Una persona en que destacan: su tenacidad para defender aquello en lo que cree (rebelde con causa), su entrega, su equilibrio, su serenidad… Sol es una persona que observa, con mirada incisiva, pero serena, el mundo que la rodea. Es una persona que escucha. Escucha los problemas que tiene la gente, escucha el español conversacional… Y de ello hace literatura.  Decía en un artículo reciente que el escritor tiene que  estar atento, como un cazador de mariposas, a lo que pasa fuera y lanzar la red, cuando algo, como un aleteo, brilla en el aire. Y desde ahí, desde ese aleteo,  lanza la red y consigue  crear belleza, la belleza de lo sencillo, de lo cotidiano, y  consigue arrastrarnos en pos de su mirada.

Despacio, sin hacer ruido, pero con todo merecimiento, Sol Gómez Arteaga, se está ganando un puesto destacado entre los escritores leoneses. Su forma de aproximarse a la vida de la gente sencilla o diferente  nos recuerda a otros escritores de la tierra como  Julio Llamazares,  que hablan  con frecuencia de soledad y desarraigo. Son escritores que consiguen  la belleza más difícil: la de la sencillez. Y, además,  Sol es siempre una escritora y una persona de luz, aunque  hable de sombras, porque es capaz de iluminarlas a través de la narración. Todas sus obras destilan verdad (sea historia real o inventada) y visión crítica de la realidad. Así lo vemos en sus anteriores libros de relatos  Los cinco de Trasrey y otros relatos y  Del sol a la tinaja y en su novela breve El Vuelo de Martín.  Y también en sus artículos y poesía.

Su última obra, de reciente publicación, es Trazos de sombra, un libro formado por cuarenta de relatos. Tuve el privilegio de ser lectora anticipada de esta obra cuando era aún un manuscrito sin pulir  y ya supe, desde ese momento, que en él había literatura: buena  literatura. También tuve el honor de participar en su presentación pública en Madrid.  Los relatos de Trazos de sombra están inspirados en hechos y personajes que se han entrecruzado en su vida, por su dedicación profesional. Son personajes de sombra, de sombra porque algo hay en su mente escondido tras un tupido velo, que no es fácil  sacar a la luz, aunque Sol ha conseguido hacerlo patente  magistralmente. Y es que ella narra desde la luz (es como aquella "señora de rojo sobre fondo gris", de Delibes) y ha sabido de manera certera, y a la vez delicada, ponernos delante de las enfermedades mentales, de situaciones  que, a veces, no están muy lejos de nuestra propia realidad. Y lo hace desde la verdad y desde la literatura. 

Sol Gómez Arteaga, con su nueva publicación
"Señora de rojo sobre fondo gris". Foto: Luis Luisiten

Todo lo que escribe la autora está pegado siempre al día a día. Consigue con su cercanía que reflexionemos con ella, que nos pongamos de su parte. Nos convence. Son textos que con frecuencia reflejan situaciones  problemáticas, incluso dramáticas, tomadas casi siempre de la realidad, relatos que tienen vida en su interior. Y a pesar de que a veces presentan situaciones duras o personajes que nos producen inquietud, casi siempre aparece la ternura o el bien, como un contrapunto. Domina a la perfección la técnica del relato, y consigue atrapar al lector desde las primeras líneas y, casi siempre, rematarlos con broche de oro, unas veces con finales intuidos por el lector y otras con   unos finales sorprendentes, por lo inesperados.

El libro tiene un sugerente título: Trazos: dibujos, rayas, bosquejos, (de) sombra: algo escondido que la mente consciente no puede ver del todo o quizá comprender. Hermosa e inquietante metáfora. Son personajes diferentes  a los ordinarios,  y la autora nos sumerge en la profundidad de los trastornos mentales de sus mentes y  saca al exterior esas obsesiones que los atenazan. Son relatos breves, de 3 o 4 págs., pero de gran intensidad dramática: relatos con fuerza.  Esa  brevedad condensa el problema que vive el personaje, nos hace enfocar nuestra visión lectora más intensamente sobre él y así consigue que la situación planteada produzca un mayor impacto emocional en el lector.

Por estos relatos pululan seres humanos que se creen perseguidos, adolescentes con rebeldía causada por falta de  afecto, trastornos obsesivos, miedo al deterioro cognitivo, problemas de autoestima, bulimia y anorexia, celos, miedo a envejecer, violencia de género… Son “trazos de sombra”, historias diferentes a las vividas por cada uno de nosotros, pero que, en realidad, no son  tan extrañas como pueda parecer: la incomunicación, el sentirse en un mundo hostil con lo que les rodea, une a la mayoría de los personajes. Con pinceladas rápidas y con distintos procedimientos narrativos se nos presenta la personalidad de unos seres humanos desvalidos, incomprendidos, débiles… que, con frecuencia,  nos inspiran ternura.

Ternura nos inspira esa mujer que contrata un viaje en taxi solo para poder mantener una conversación con el taxista, ese chico abandonado  por el padre en un bosque al cuidado de una abuela que no conoce o ese otro discapacitado que se convierte en asesino de palomas porque no sabe canalizar la agresividad que siente, a causa de los  celos. O esos dos Pececitos, ancianos con demencia, que en un descuido de su hija provocan una inundación mientras se bañan. Y otros varios.

Los títulos de  los  relatos ya merecen por sí mismos una observación.  Algunos quedan reducidos a un adjetivo o a un solo nombre  acompañado por un determinante: Atrincherada, Desfondada, Mi caja, La gotera, Una maleta… Una palabra nos da a conocer ya el tema del relato y fija la atención en ese elemento que se convierte en sombra en la mente del personaje.

Trazos de sombra nos atrae   también por la forma de contar, que se corresponde con  las inquietudes y nubes que nublan esas mentes alucinadas. La autora usa distintas técnicas narrativas. Es poco frecuente la técnica   omnisciente del narrador que sabe todo y narra en tercera persona, más bien aparece la narradora observadora que, cuando usa  la tercera persona,  no sabe todo  del personaje, solo conoce lo que observa. Eso se ve muy bien en el relato El hombre que tocaba las esculturas, uno de los más bellos  y conmovedores,  y que, además, condensa el estilo y la visión crítica de la autora.  

Sol Gómez Arteaga  quiere bucear en la mente convulsa de esos personajes diferentes, captar sus desequilibrios, sus vaivenes emocionales, y para ello maneja con mucha soltura el monólogo interior, el estilo libre indirecto, la narración en primera y en segunda persona, con frecuencia mezclados en el mismo texto. En A través del espejo, que trata el tema de la  anorexia y bulimia, utiliza la primera persona para  introducirnos con mayor intensidad en el problema que vive la narradora: Tenía dieciséis años cuando empezó todo. Me miraba en el espejo, me veía gorda, entonces empecé a no comer. Hay textos en que narra en segunda persona con una especie de diálogos de interlocutor “mudo” que interpelan al propio lector con la verdad que desprende el personaje. Eso ocurre en Desfondada, que termina con estas palabras:   ¡Qué más le puedo contar yo, señor juez! Que creo que la mente es el mayor de los misterios, y que mi señora —Dios sabrá por qué, eso no le toca juzgarlo a una ignorante criada— se dejó ir sin enfermedad, pero también sin alicientes, exhausta de vida, desfondada, desfondada.

A veces cuenta  “sin contar”. En Adelfa,  se presenta una  particular técnica narrativa, pues la autora juega con varios tiempos: pasado lejano que se narra, presente que no se narra, pero se intuye, pasado cercano que no recuerda la enferma…  Pero el diagnóstico final nos revela de forma clara y escueta el pasado no narrado: amnesia psicógena compatible con asfixia erótica tras supuesta y desafortunada y brutal… práctica sadomasoquista.

Es una obra  innovadora también en la estructura interna. Hay textos que adoptan forma de carta (Carta al rey); otros, de diario, incluso aparece  la visión caleidoscópica, con narración a varias voces, como en  Hermanos de leche. Algún relato tiene estructura dramática: Señorita Corazón Solitario. En general, son puntos de vista muy originales, en los que un  humor tierno e inteligente tamiza las situaciones duras o dramáticas… Ese tipo de humor tierno que recuerda a veces al de Miguel Mihura está presente, por ejemplo, en  De dinosaurios y elefantes. Al humor hay que añadirle una fina ironía con la que consigue la autora en ocasiones  la ridiculización del mundo de los cuerdos (El hombre que tocaba las esculturas).

La autora escribe con  un estilo claro, limpio: pocos adjetivos, pero  muy certeros, unidos, a veces, a comparaciones: diestra sagaz, escurridiza como un anfibio (la sombra de una persona). Maneja muy bien el registro  coloquial,  con toda la riqueza, el dinamismo, la expresividad  y la creatividad de este, rasgos que reflejan el desequilibrio mental de los personajes, como ocurre en   el relato La maleta.

En cuanto a los personajes, la obra es un mosaico del género humano, pues hay  variedad de protagonistas: niños,  adolescentes, personas maduras, ancianos, hombres, mujeres… En algunos relatos aparece más de un personaje, pero el eje de la narración pivota sobre uno solo, en el que se manifiesta ese trastorno  que lo aparta de la lucidez. Con descripciones muy breves,  conocemos en muchos casos el aspecto externo de los personajes  y apenas se muestran, en cambio,  otros rasgos de su personalidad que no sean aquellos relacionados con el tema que se plantea en cada relato. La brevedad de los relatos y el hecho de que cada uno se centre en un desequilibrio mental concreto  nos hace hablar de   personajes planos. Son personajes débiles, inquietantes, sin alicientes, que parecen esconderse en ese trastorno mental.  Tal vez esa locura es su escudo protector ante el  mundo hostil que los rodea. Decía un personaje de su obra anterior (un sintecho de El vuelo de Martín): No solo no te dejan morir como quieras, sino que tampoco te dejan vivir. Por eso elegir la locura no me parece la peor opción.

También es interesante la intertextualidad en Trazos de sombra. Añade la autora citas al principio de cada relato, de autores clásicos y contemporáneos que nos ponen en la pista de lo que luego nos va a presentar.  El libro  incluye, asimismo, sugerentes fotografías de Óscar García Bárcena. Ponen un contrapunto de color, añaden plasticidad  a esos trazos de sombra y les van abriendo puertas de luz. La obra está prologada por José Jaime Melendo, psiquiatra, con el que la autora ha trabajado en los servicios de salud mental de un gran hospital madrileño.  "La lectura repetida de estos relatos constituye un tratado del alma, un discurso de las entretelas de nuestro psiquismo", asegura el prologuista. Y Marciano Sonoro Ediciones ha realizado una cuidada edición de la obra.

En conclusión,  Sol Gómez Arteaga nos hace avanzar por los relatos sin respiro, porque nos sorprende con cada personaje, con cada situación,  con cada problema que plantea. Porque nos hace entrar en la mente de los personajes, en sus zozobras, en sus miedos, en sus soledades. Porque nos hace sentir cercanos a esos personajes. Porque nos descubre otra realidad que está ahí y que a veces permanece oculta a nuestros ojos. Estos Trazos de sombra son pequeñas pinceladas de gran literatura  con las que consigue sorprendernos, conmovernos,  distraernos…. ¿Qué más podemos pedir a un libro? Solamente que caiga en nuestras manos y lo leamos despacio y  con fruición.

        Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora.


Presentación de Trazos de sombra en Madrid, Casa de León en Madrid, el 17/XII/2021
Foto: Luis Luisiten

Sol Gómez Arteaga con la autora de esta reseña.
Madrid, 17/XII/2021. Foto: Luis Luisiten


El libro Trazos de sombra se presentará en León el día 30 de diciembre, en el salón de Actos del Ayuntamiento, calle Alfonso V, 1.



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