miércoles, 18 de febrero de 2026

Reseña de "Memoria de las mujeres", de Sol Gómez Arteaga

 

                                                          


 

    Sol Gómez Arteaga es una escritora leonesa que ha publicado  libros de relatos como  Los cinco de Trasrey y otros relatos y El sol a la tinaja y otros relatos, vinculados con la memoria histórica, y Trazos de sombra, en que aborda los desórdenes mentales, una novela breve, El vuelo de Martín,  y el poemario Viento de vilano.     

    La autora de Memoria de las mujeres es una persona comprometida con la memoria histórica, por su propia experiencia familiar  (nieta y biznieta de represaliados), por la historia de su pueblo, Valderas, muy castigado por la represión,  y por su propio talante de persona que manifiesta empatía hacia los más desvalidos, como se ve en sus obras previas.

    El libro Memoria de las mujeres  (Marciano Sonoro, 2025) recoge veinticinco entrevistas realizadas por Sol Gómez Arteaga a otras tantas mujeres vinculadas con la memoria histórica, entrevistas que fueron publicadas en su día en el periódico digital Nueva Revolución.  En la introducción de la obra nos encontramos con tres poemas,  escritos también  por mujeres. Uno de ellos de la propia autora, titulado  Mujeres rojas,  que es una completa y emotiva semblanza de esas mujeres, que tenían la firma convicción de que la memoria no es sino amor, / un amor que dura más que dura la vida. Le sigue un preámbulo titulado  Desde la raíz, en el que Sol Gómez Arteaga asegura  que sin memoria no hay futuro y  habla de la importancia de que los jóvenes conozcan la historia. También asegura que  la memoria no abre heridas, sino que las cierra. Le siguen las entrevistas a las veinticinco mujeres  y un regalo final, maravilloso, a modo de epílogo (a través de un QR): la canción Mujeres de negro, de la cantautora leonesa Isamil9.

    Leí en su día casi   todas las entrevistas  en el momento en que   estas se publicaron  regularmente en el medio digital citado  y adquirí el libro el pasado verano cuando tuve oportunidad de asistir  al  emotivo y bello acto,  auspiciado   por el Ayuntamiento de  Murias de Paredes (León), sobre la  memoria de las mujeres silenciadas y  las víctimas de la violencia de género, en el que intervino  Sol Gómez Arteaga y otras personas, entre ellas la cantautora Isamil9, también comprometida con la memoria y que acompaña de forma habitual a la autora y tiene presencia en este libro.   

    Las protagonistas de las entrevistas recogidas en el libro   son  las mujeres entrevistadas, pero, si bien se mira, la auténtica protagonista del libro es  la historia de España,  la “otra” historia de España, la silenciada,  que está aquí presente no solo como telón de fondo, sino con sus protagonistas en primer plano, y con especial mirada a las protagonistas femeninas. Están presentes, pues, la  Historia (con mayúscula) y la historia con minúscula: la intrahistoria.   Esa que Unamuno definía como "la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol  y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana".

  La historia, según nos la presentan los libros de Historia,  ha sido protagonizada aparentemente por hombres, pero  la autora  y sus entrevistadas nos sacan en este libro  a la luz otra parte de esa historia, la  que fue   protagonizada por las  mujeres represaliadas, y también  la intrahistoria  sufrida por muchas más: mujeres silenciadas y  silenciosas. Una historia que es necesario contar,  porque,  como dice una entrevistada, las mujeres son las olvidadas de los olvidados.

    Sol Gómez Arteaga se suma así a la nómina de las escritoras que hacen memoria, con este libro y otros libros de relatos. Y   seguramente tenemos presentes a muchas más.  Por ser leonesa y por conmemorar este año su centenario, quiero recordar  aquí a la gran escritora Josefina Aldecoa, que en su novela   Mujeres de negro  nos presenta a una mujer, viuda de represaliado, que le dice a su hija, huérfana: Escribe, para recordar y para conjurar los fantasmas. Eso hacen las mujeres cuyos sentimientos y pensamientos transcribe la autora de este libro: conjurar los fantasmas. El compromiso de Sol aparece expresado  también en  estos versos de su poemario Tiempo de vilano: He buscado los huesos de mis muertos / allá donde mis pasos me llevaban… Y con tesón y compromiso, humano y político, se ha puesto a ello, acompañada de otras muchas personas, las que aparecen en el libro y muchas más. Las entrevistadas tienen perfiles muy variados: familiares, historiadoras, arqueólogas, abogadas, periodistas, escritoras, políticas…, pero todas persiguen acercarse a la verdad. Así lo dice Susanna Toral, nieta de un represaliado (pág. 32): “Para sanar una herida (del alma) hay que reconocerla, aceptarla, mirarla de frente, hablar de ella, llorarla, compartirla, reparar lo que sea reparable y seguir el camino”.

     Memoria de las mujeres  dice el título y, sí, su interior nos habla de mujeres que tienen memoria y de mujeres y hombres a los que les debemos memoria. Esa palabra memoria tiene   un significado polisémico, con  catorce acepciones en el DLE. 1. "Capacidad de recordar". 2. "Recuerdo que se hace o aviso que da de algo pasado". Ciertamente, estas mujeres  nos traen al recuerdo  hechos trágicos del pasado  para darlos a conocer, desde su propia memoria: experiencias, emociones, conocimientos... 6. "Monumento para recuerdo o gloria de algo". Y este libro es un monumento  a la memoria que han erigido  estas veintiséis mujeres, si contamos a la entrevistadoraY lo erigen, porque se implican en el recuerdo de esos seres perseguidos  y trágicamente desaparecidos por pensar o ser diferentes y, con ello,   contribuyen a la memoria histórica y democrática.

    A través del   testimonio de las entrevistadas se trata  de recuperar  la historia total, esa historia en que necesariamente tienen que estar también las vencidas y vencidos, por ello  su testimonio evoca   la vida de estos: su pensamiento, sus aspiraciones, sus afectos… Y  su muerte.  Y hacen esa  memoria, en muchos casos, desde los huesos, reflejados en la portada del libro, que tratan de recuperar.  Esas personas represaliadas en muchos casos aparecen en algún registro con su nombre propio, pero en  la historia de España  del siglo  XX han sido  solo  un número: de fusilados,  de exiliados, de encarcelados, de huidos o escondidos como guerrilleros (como Bernardo Álvarez Trabajo, el Gasta, ajusticiado en 1949)…   Esos números esconden en su  gran mayoría a hombres, pero también hubo mujeres condenadas a muerte, encarceladas, exiliadas, violadas, torturadas, mujeres a las que sustrajeron sus hijos al nacer… Ellos y ellas: todos perseguidos, todas silenciadas. En España y fuera de ella: en la dictadura franquista, en la dictadura argentina, en los campos de concentración nazis… Y en tantos otros lugares… Porque la intolerancia y la crueldad son también “patrimonio” universal.

    Además de esas mujeres y hombres que  pagaron la persecución con su propia vida, están también las mujeres  de la espera,  esas mujeres innominadas y no contadas, esas a las  que cubrió el velo negro de la desesperanza: las mujeres  madres, esposas, hijas o hermanas  de los  desaparecidos.   Mujeres condenadas  al exilio del hogar: al exilio del silencio. Exilio habitado por  ultrajes: del desprecio,  de la sospecha, de  la soledad,  de las dificultades  económicas. Y, siempre, del miedo. 

    Pepa Miranda (una de las entrevistadas, familiar de desaparecido) nos dice algo sobrecogedor referido a varios miembros de su familia: “Los privaron hasta de llorar a sus muertos”. Otra frase suya, referida a una  mujer  que se queda viuda a los 35 años, también resulta impactante, pues  asegura  que se queda “con solo la profesión de  madre de cinco hijos”. Las madres con hijos huérfanos (algunos póstumos) a su cargo fueron las que arrastraron más el sufrimiento de la impotencia. Vuelvo a  los versos de Sol: ¿Qué puedo hacer con esta evocación de vencedores chuscos / y viudas en vitalicio luto /  que arrastran tras de sí una recua de críos…? (…) ¿Qué puedo hacer, di? (De Tiempo de vilano). Y también vuelvo a Josefina Aldecoa, que, en su novela Mujeres de negro (1994), decía: “Las mujeres de negro, las viudas, las madres,  las hijas todas vestidas de liza, todas con el mismo color. ¿Qué era lo que nos unía? ¿El dolor? ¿La memoria? La ausencia? No había palabras para decirlo…”.

    En el año  2020 coincidí con Sol,  con Isamil9  (y la recordada Paz Martínez) en un acto que me impactó mucho: el “reentierro” de  Genara Fernández, la llamada Pasionaria omañesa, en Cirujales, un pueblo de Omaña, de donde era natural y del que fue maestra.  Se la acusó de distribución de pasquines  en la plaza de san Marcelo de León, en 1941. Fue condenada a pena de muerte y ejecutada en Puente Castro,  a los 38 años.  Sus restos fueron recuperados por la  ARMH  y  devuelta a sus familiares para  poder ser enterrada dignamente en su pueblo. De ella se decía en la acusación, entre otras cosas: “Mujer peligrosa y con una mala conducta religiosa por no comenzar sus clases rezando”. Curiosamente, en el proceso de recuperación del cuerpo, junto con los restos de la maestra y algunas partes de su vestido, apareció una medalla de la Virgen de la Milagrosa en perfecto estado.  Fue asesinada por sus ideas, por ser maestra y por ser mujer. Sol leyó un texto muy emotivo en aquel acto. Allí estaba también la periodista Ana Gaitero, una de las entrevistadas en el libro, muy comprometida también con la memoria histórica, quien escribió un reportaje sobre Genara   que ayudó a encontrar sus restos, hecho que recuerda en el libro.  Otra de las entrevistadas, Laura Fernández  Garrido, antropóloga, participó en la identificación de Genara, hecho que le impresionó mucho, porque tenía su edad cuando murió. Cuenta que la familia le dio la llave del féretro como agradecimiento.  Esta antropóloga reflexiona sobre cómo vive una científica el proceso de identificación, que debe ser lo más aséptico posible,  cosa difícil, porque tienen que compartir las emociones encontradas de los familiares y es difícil conjugar  ambas experiencias.

    Las personas que vivimos varias décadas de dictadura  tenemos memoria directa de lo que pesaba el miedo y la desconfianza, y del silencio que la gente se autoimponía.  Pero en ese silencio general poco  se hablaba de forma abierta   de fosas comunes ni de fusilamientos masivos en la posguerra. Alguna vez, de niña,  recuerdo  vagamente que se mencionaban las cunetas, sin saber yo muy bien a qué se referían los adultos u oí comentar   que en casa de mi abuelo paterno había estado un tiempo una persona escondida. Se recordaba, eso sí, el hambre de la inmediata posguerra. Esa  especie  de pacto de silencio lo  opacaba todo, porque  los  protagonistas de la intrahistoria solo eran dueños de su  miedo y de su silencio.

    El libro muestra  un gran trabajo de la autora   para conocer previamente la vinculación de cada entrevistada con la memoria histórica  y  una certera habilidad para adaptar a cada caso  el cuestionario, para permitir que la memoria de la entrevistada fluya de forma natural.        Es un libro con cuerpo  y con alma, porque evoca  la historia viva de España, contada de una forma muy emotiva y desde varias perspectivas.  Consigue, además, que resulte una lectura   amena que nos ayuda a conocer y a comprender.  Y, por supuesto, a conmovernos. Nos hiere la crueldad de los hechos y también nos  hiere recordar  su lenguaje, esas palabras como  “sacas” o  “pasear” a una persona.

     Con este libro viajamos  con la palabra  y la memoria a distintos lugares de España y de fuera de ella. Las personas que  hemos viajado por lugares de memoria (basta hacerlo en Madrid)   vemos que las atrocidades se diferencian poco de un lugar a otro. Cuando las sentimos cerca, siempre  hacen que se nos encoja el alma. Eso me ocurrió  a mí al visitar  los campos de concentración de Auschwitz (2013), allí el silencio  era memoria, y   en mi viaje a Argentina (2019), al visitar   la plaza de Mayo  y andar sobre los símbolos de los pañuelos blancos: allí la memoria era  emoción y empatía.   

    La pregunta final que dirige  Sol G. Arteaga a las entrevistadas versa sobre qué dirían a los jóvenes en materia de memoria. Todas aseguran que hay que procurar que conozcan la historia de esta España trágica. Pero creo que queda una pregunta  sin  responder para todos nosotros ¿cómo? Porque en el cómo creo que hemos fallado y habría que replantearlo.  A ello deben contribuir los currículos escolares, pero, insisto, hay que profundizar en el cómo.

    Todo lo que refleja Memoria de las mujeres  es  consecuencia de lo que expresaba  Ángel González en aquellos impresionantes versos, llenos de dramatismo e ironía crítica, del poema  Elegido por aclamación, un alegato contra todos los tiranos que son y han sido.

 Sí, fue un malentendido. / Gritaron: ¡a las urnas! / y él entendió: ¡a las armas! ─dijo luego. / Era pundonoroso y mató mucho.  / Con pistolas, con rifles, con decretos. (…). A partir de esta hora soy ─silencio─ / el Jefe, si queréis. / Los disconformes que levanten el dedo. / Inmóvil mayoría de cadáveres / le dio el mando total del cementerio”. 

    Sobre  la  "inmóvil mayoría de cadáveres" silenciosos de los represaliados se levanta hoy la voz de Sol Gómez Arteaga y la Memoria de las mujeres. Se levanta la historia real y la vida.


Gracias, Sol, por invitarme a participar en la presentación de este libro en la Casa de León en Madrid.

Febrero de 2026


©Margarita  Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura







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