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lunes, 6 de julio de 2026

Los nombres antiguos de lugar. Paladín de Valdesamario (Omaña). Conferencia del P. Martino

Algunas obras del P. Martino

En agosto de 2013 el padre Eutimio Martino fue  invitado por el  Instituto de Estudios Omañeses (IEO) a dar una conferencia a Paladín para explicar varios topónimos, entre ellos Omaña y  Paladín.

Este es el resumen de su conferencia, que tuvo  bien entregarme, y que hoy publico como homenaje in memoriam a este sabio y hombre bueno fallecido  el 5 de julio de 2026, a la edad de 101 años.

 

Conferencia del padre Eutimio Martino: 



L O S   N O M B R E S    A N T I G U O S   D E   L U G A R :    

 

                         P A L A D Í N    D E   V A L D E S A M A R I O    (OMAÑA)

 

 

En varias ocasiones hemos presentado nuestra teoría sobre un origen frecuente de los nombres de lugar,  por ejemplo en Paladín, que responde precisamente al tema. 


Todo nombre propio, también los de lugar, encierran un concepto común, el correspondiente a cierto elemento de la realidad nombrada.


Pero en un lugar determinado pueden concurrir muchos elementos, físicos o históricos, evidentemente no inventariados, acaso desconocidos. La primera fase del estudio, lógicamente hablando, ha de responder a esta cuestión: ¿Cuál de los posibles elementos, antaño incluidos en el lugar, ha sido captado y expresado en el nombre del lugar?


No se puede negar que la cuestión resulta en extremo tenebrosa. Porque en todo lugar concreto cabe distinguir el perfil de la tierra, su composición, la flora, fauna, quizás elementos desaparecidos, algún hecho de ocupación humana. Situándonos en un plano sobriamente realista, la empresa parece desesperada, sobre todo si tenemos en cuenta que tratamos de una ciencia y de la certeza que la caracteriza.


La segunda fase de la tarea no se presenta menos problemática: ¿En qué idioma de los protohistóricos, tan imperfectamente conocidos por nosotros, halló expresión aquel elemento de suyo problemático? 


Todavía se añade una tercera fase de problemas que se han de resolver: ¿Qué tipo  de transformaciones ha sufrido el vocablo inicial a través de los hablantes posteriores hasta llegar a nosotros?


Bastará un minimum de realismo científico para sugerirnos que se trata de una empresa utópica,  semejante a la de buscar en la estancia oscura el gato negro que no está allí, como alguien dijo a propósito de la metafísica.


Y, sin embargo, tras una larga  porfía con estas materias, apostaríamos  a que ha surgido como un rayo de luz, que nos apresuramos a compartir. Porque, a través del conocimiento de muchos factores, desde los geográficos y físicos, a los históricos y lingüísticos, en el marco de una región que titulamos  “En torno a los Picos de Europa”, nos atrevemos a presentar una vía singular.


Acogemos por lema universal orientador el de que la historia del vocabulario coincide con la historia de las actividades humanas. Nos parece haber llevado esta sentencia a la confirmación acaso más extraordinaria que pueda imaginarse, porque no se trata de reconstruir una cierta actividad humana del pasado a base del vocabulario correspondiente sino de vislumbrar un dato esencial de la vida del hombre primitivo a través de los nombres antiguos de lugar.


Una comparación al respecto: así como de la  fotografía de un objeto deducimos la perspectiva  que se ha tomado, así, de modo semejante, de los conceptos implicados en los  nombres de lugar, deducimos el punto de vista que adoptó el hablante con respecto a la misma naturaleza.


Y, recurriendo nuevamente a la comparación, fue por la conjunción de dos polos por lo que surgió la chispa de la intuición inicial. El uno consiste en el conocimiento inmediato por nuestra parte de la preeminencia del agua en un valle de alta montaña, el otro en la frecuencia del empleo de léxico relativo al agua que observamos en los nombres antiguos de lugar. Así fue como se nos manifestó la posible preeminencia del agua en la vida del hombre primitivo, pastor y cazador, apenas agricultor.


Siquiera como hipótesis directiva,  pensamos en esa preeminencia del agua en una vida inmersa en el seno de la naturaleza, que acaso haya quedado reflejada en los nombres  de lugar. Valga como hipótesis fundamental de toda la investigación.


Se trata de un principio material-conceptual, que, sin caer en exclusivismo, podría despejar de golpe la primera y más problemática fase de nuestra indagación: la de cuál de los elementos de la realidad habría sido elegido por el hablante para dar nombre al lugar.


Aun la segunda fase, la de qué idioma suministró los nombres en cuestión,  resulta sustancialmente aligerada. Porque ya no se trata de enfrentarse al cúmulo de los vocablos posibles, inabarcable como tal e indeterminado, aunque se trate solamente de los idiomas protohistóricos de la región, sino de atender específicamente al vocabulario perteneciente al agua.

La tercera fase comprendida en la tarea, la de las mutaciones experimentadas por los nombres hasta llegar a nosotros, no presenta una dificultad insuperable. Además,  también se beneficia de la fase precedente. Porque la misma frecuencia de los nombres, en su variedad y riqueza, debe contribuir a iluminar su evolución lingüística.


En conclusión, nos concentramos en la segunda y tercera fase, la del análisis de los nombres antiguos de lugar y su posible relación con los nombres del agua, considerados en sí mismos y en su evolución histórico-lingüística. Tal es la perspectiva de la tarea. 


Tal ha sido la tarea durante muchos años hasta que surgió el hallazgo que, a su vez, habrá de funcionar en adelante como un eje principal y triple de la investigación:

 

  1. En el relevo de las hablas en un territorio, el nuevo hablante suele recurrir a  su  apelativo común de agua para interpretar el nombre propio recibido, que no comprende.

 

   2. La reiterada yuxtaposición de ambos términos puede cristalizar en un nombre compuesto, que dice “agua” por duplicado.

 

3. En todo nombre se ha de atender principalmente al “radical” estricto en cuanto  vehículo  esencial del significado, en este caso del concepto “agua”.

 

 

Con satisfacción anotamos aquí una observación que nos alienta en la dirección tomada, confirmándonos. El hecho de que el hablante segundo manifieste la tendencia de “traducir”, por decirlo así, el nombre propio recibido que le resulta opaco, y que de hecho expresa “agua”, demuestra que actúa bajo el impulso de la preeminencia del agua, por lo cual  “traduce” para saber de qué se trata.


Nosotros empleamos constantemente los nombres de lugar sin pensar ni saber lo que propiamente significan sino simplemente lo que designan. El hablante segundo primitivo no es que traduzca en todo rigor sino que su atención y observación vienen a converger con la del hablante precedente sobre la presencia vital del agua.


No negamos que acaso haya tenido el vislumbre de lo que significa el término heredado pero, en ese caso, no se contenta con ello sino que implanta su nombre de agua. En fin, la conducta del hablante segundo viene a confirmar la que suponíamos en el hablante precedente, más primitivo, la cual queda establecida y con mayor razón,  la que nosotros también podremos confirmar deductivamente. 

 

  

   GUADIANA, AGUASALIO, OSEJA,  OMAÑA.

 

Es bien conocido el proceso que llevó a la formación del compuesto Guadiana, nombre de río,  que se articula wad-i-ana. Al  primitivo Anas,  prerromano (MELA, 2, 6, 21, ed. Frick)  que originariamente no hubo de significar sino “agua, río”,  pero que resultaba opaco para el hablante árabe, se le antepone wad-i-, apelativo árabe de agua.


Al decir nosotros: “el río Guadiana”,  decimos “río” por triplicado pero no es fácil que llegue a formarse un compuesto así como “Roguadiana” porque nosotros contemplamos el Guadiana de una forma distante y por escrito.


Naturalmente no era forzoso que se formase un Guadiana, como no se formó compuesto con el latino fluvius, pues la cristalización del compuesto dependerá de factores varios en concurrencia.


En torno a los Picos de Europa (mal así llamados, porque son de Uropa y éste es un compuesto de los que vamos indagando) se registra una docena de veces Aguasalio como nombre de arroyos o de parajes, como Pico Aguasalio, en Crémenes. Evidentemente se trata de un compuesto del latín aqua y el hidrónimo  Salia,  que significa “agua corriente” y es río de la región,  tanto el Sella como el Saja,  por lo que Aguasalio dice “agua” por duplicado. 


No deja de ser sorprendente que, al par de Aguasalio, registremos Oseja como Aqua Selia, con profunda transformación  frente al conservado Aguasalio. Sin embargo se trata de fenómenos vecinos y paralelos, que se imponen como hechos a la espera de su explicación. Y acaso por la vía de los hechos podamos acercarnos a la luz.


Mientras que Aguasalio designa un simple arroyo de tantos en la montaña o el paraje regado por él,  realidades que muy pocas veces  habrían de aflorar en la conversación y aun dentro de un ámbito estrictamente reducido, el núcleo de población de Oseja  reviste una importancia capital en todos los ámbitos de la región. Es el nombre inesquivable para todo el valle de Sajambre desde su fundación romana, el más reiterado.


Ahora bien, admitido que la entidad fonética del vocablo, puede ser más o menos estable, parece que ha de ser la frecuencia del uso la fuerza transformadora que impulsa la evolución. La observación,  por su misma inmediatez al hablante, puede pasar inadvertida. Es la misma que dicta que los nombres más irregulares también son los más empleados,  porque la intensidad en el uso necesariamente conduce a la transformación del vocablo.


La transformación más importante, que observamos en  Aqua Selia >Oseja, es la de aqua>o, y es la misma que observamos en Omaña (*Aqua Mania). Omaña nos consta primeramente como nombre del río, lo cual responde perfectamente a nuestra concepción acerca del origen de los nombres de lugar a partir del nombre de la corriente, ya sea toda una región la denominada, como aquí, ya se trate de un topónimo menor y puntual.


Hacia el año 876 consta  el río con la forma Humania ( S. Gª. LARRAGUETA, Colección de documentos de la Catedral de Oviedo)  bien que se trate de la región, y en 993   Omania puede referirse tanto a la región como al río (J. A. FDZ. FLÓREZ – M. HERRERO, Colección de documentos de Otero de las Dueñas). La forma Humania, entre  “humanos y manes” desató las interpretaciones más pintorescas y solo de oído.


Para nosotros, la O- inicial proviene del latín aqua- mientras que –Mania  se reduce a Minia, femenino de Minio  (Miño) del cual es alternancia vocálica, puesto que existe Miña como nombre de arroyos, por ejemplo, en Liébana y en Cabuérniga (Cantabria). El mismo río Luna, que confluye con el Omaña nos ofrece un ejemplo inmediato porque su cabecera más alta Peña Ubiña  se documenta Obinna en el año 891 (LARRAGUETA)  que remitimos a un inicial Aqua Minia. En la margen del Luna el topónimo Mi-ñera se conforma con lo dicho. Hasta el mismo Sil ha sido llamado Miño.


Sobraría decir que en francés, una lengua también romance como la nuestra, el aqua latino termina en el fonema  o,  como en español ocurre con topónimos y con la ignorada Virgen de la O, que, mantenemos, deriva de la Virgen de illa aqua, sin duda alguna, un caso eminente de la cristianización del culto prerromano al agua.


Aquí hacemos una división marcada, que viene a corresponder a la  división fundamental de muestra historia  en  la era  prerromana y la era latina.


Los ejemplos aducidos  -Aguasalio, Oseja, Omaña-  pertenecen al relevo de lenguas prerromanas, que son interpretadas por el latín, es decir Salia  y *Mania prerromanos, por el latino aqua. Pero la misma dinámica del relevo, actuando en la esfera prerromana, pudo y debió producir semejantes compuestos reduplicativos a base de términos exclusivamente prerromanos en la medida en que sea válido el principio formulado anteriormente.


Valdesamario. En 1162  figura Samario  juntamente con Inicio, ambos como topónimos puntuales, y en 1257 como Valdesamario, también puntual, pero en 1262 aparece Sa-mario como territorio  (Colec. Otero de las Dueñas).


Para nosotros cuenta el arroyo Valdesamario con varias aldeas en su cuenca y el lugar Valdesamario hacia su confluencia con el Omaña. En el término Valdesamario aislamos dos radicales de agua:  val- y –sam-, que son familiares para nosotros, en particular el primero,  que propiamente sería bal-  como evolución del prerromano pal-. 


Éste interviene en Pal-antia, río en Sagunto, documentado en Tolomeo, que no ha de sonarnos lejano puesto que en el entorno de Mansilla de las Mulas existió una ciudad Palancia testimoniada por los Itinerarios romanos, que debería su nombre al Esla, como se lo debe Pal-anquinos,  por no hablar de la capital Palencia,  que sin duda lo tomó del Carrión, bajo nombre de Palancia. Por cierto que en Man-silla, reconocemos el man- de O-mania y el –Selia del citado O-seja.


La célebre Virgen Blanca de la Catedral de León no es blanca por la piedra sino por el agua (pal-anca) tal y como la Presa Blanca, tan próxima. En el emplazamiento de la Catedral, con ocasión de las termas romanas,  probablemente se desarrolló un culto al agua. En 1073 el obispo recoge que, según algunos, allí había existido un fanum, o templo, gentil. 


Acaso no sea exagerado escribir que el radical pal- con sus alternancias vocálicas –pel-pil-,  pol- es el que más nombres de agua y de lugar ha fundado en la península. Ello se comprenderá sin dificultad si asumimos que muchos de los val- no son del latino valle sino de bal-, antes  pal-, el  agua que configura el valle y es lo primordial. Y muchos pola, pol,  no son de populo, como no lo es Valdepolo, sino de pal-de-pol. Y muchos villa no corresponden al latino villa sino a un *pelia, el cual pudo pasar a villa y vieja, como en  el repetido Villa-vieja.


El segundo radical en Val-de-samario, es  decir, -sam-, es  también hidronímico, aunque no fácil de analizar. Pero existe el río Samo, afluente del Tambre (La Coruña) y los topónimos correspondientes como Sama, Samos, etc.  


Pero lo que no nos ha de sorprender es que en la misma confluencia en donde vemos a  Valdesamario vemos también a Pala-d-ín, el cual guarda en pal- la primitiva forma del radical después evolucionado a bal-. De pal- deriva el latino palus, paludis, “laguna”, de donde el español paludismo. Y el final –in, también radical, lo hallamos en Vegapujín y en Villabandín, fácilmente analizables en nuestro sistema.


Y lo hallamos en In-i-cio, en compuesto con el radical ki-kei-, de donde viene Cea, uno los radicales más difundidos en Hispania. Como si nos invitase a re-iniciar y proseguir.


lunes, 4 de julio de 2022

Ser en la vida casa

 A Irineo y Ricardo, mi padre y mi abuelo, que fueron canteros.

 

"Ser en la vida casa", en Paladín, León

"¿Qué quieres ser en la vida?". De niños nos  han preguntado a la mayoría qué queríamos ser de mayores, pero yo no he tenido que responder a esa pregunta, porque  desde mi nacimiento siempre he sido lo mismo y lo que quería ser: casa. Sí, soy casa, una gran función de la que me siento muy orgullosa.

Me presento. Soy una casa asentada en un pueblo de la montaña leonesa, en la comarca de Omaña: una casa sólida, con gruesos muros de piedra. Soy ya mayor,  creo que nací antes de 1950. Con mi experiencia de vida os puedo contar muchas cosas que han sucedido en mi interior… Pero vamos a comenzar por el principio.

Un día, ya lejano, mis primeros propietarios y moradores decidieron que debían construirme. Y lo tuvieron que hacer de forma rápida, pues una quema en la casa de techo de cuelmo en que vivían los dejó sin vivienda. La solidaridad vecinal pronto se puso de manifiesto. Muchos vecinos prestaron su carro y su ayuda  para acarrear piedras del río y poder levantar mis muros. Las piedras del río  Omaña son el material fundamental de mis paredes, unos cantos rodados que tienen diversas formas y colores que me dan una belleza especial. Con las piedras también llegaron carros de barro. Pues  eso soy: piedras y barro. Con esos dos materiales esenciales hicieron este milagro los  canteros… Sin ellos yo no existiría. ¡Qué noble profesión la de los canteros! Con el plomo, la llana, la caldereta, la paleta, el pisón y, sobre todo, con sus potentes martillos para romper piedras para escuadrarlas. ¡Cómo sonaban los golpes de aquellos martillos con los que rompían las piedras de mis paredes!

Una vez preparadas con su mejor cara, las fueron colocando una sobre otra, a partir de los cimientos. Con los canteros trabajaba algún barrero  que preparaba el barro y en una cabra (un cajón de madera), espurriéndose lo necesario, se lo acercaba a los canteros, que, a medida que aumentaba la pared,  subían en andamios formados por unos tablones sobre las burras o sobre unas maderos sujetados en los michinales. Los más pudientes usaban para construir sus casas, en lugar del barro, la cal mezclada con arena, material más resistente que el barro, pero yo llevo en mis entrañas solo piedra y barro. ¡Y mucho arte! Basta mirar las esquinas.

Poco a poco, a lo largo de meses, mis muros fueron subiendo hasta que  llegaron al tejado. A mí me cubren tejas, pero si miro a mi alrededor veo tejados diversos. Cuando yo nací  la cubierta de las casas era de tres tipos. Las más antiguas estaban cubiertas de teito o techo de paja de cuelmo de centeno, convenientemente techada. Había profesionales, los techadores, que hacían bien ese trabajo.

Otras casas tenían la cubierta de losa, forma de llamar por aquí a la  pizarra. Estos tejados eran muy resistentes y resultaba más difícil que se produjeran goteras, pues, por ellos, escurre muy bien el agua y la nieve, pero son más fríos en invierno. Y otras, como yo, estamos cubiertas de teja, cubierta más confortables en cuanto a la temperatura por el relleno de barro  y paja que se colocaba entre las tablas y la teja.

Si recuerdo ahora cómo se llaman las piezas que forman el armante de mi tejado, a muchos omañeses les sonarán a palabras extrañas. Ese armante parte  de una viga larga de madera que va de  peña a peña, apoyada en los caballetes y que forma el cumbre.  Luego se colocaban las tercias, vigas horizontales paralelas al cumbre.  En vertical  se ponían los cabrios o cantiaos, apoyados por una parte en el cumbre y por otra en la pared.  Las maderas largas y finas se llamaban ripias o llatas.  A ellas se clavaban directamente las losas. Las casas por aquí solemos tener forma rectangular con   tejados a dos o tres aguas. Mi tejado es a  tres aguas, lo mismo que los tejados que veo a mi alrededor.

La fisonomía del caserío de los pueblos ha ido cambiando a medida que yo he ido cumpliendo años. Ya han desaparecido casi en su totalidad las casas de techo, porque se han caído o han sido sustituidas por otra cubierta, la mayoría, por uralita, un material que se consideró una gran innovación en su día,   pues parecía que iba a ser casi eterno, y que ahora hay que retirar con sumo cuidado por su carácter tóxico.  Se han construido casas y pajares de ladrillo y han aparecido nuevas construcciones, que no son viviendas, con techos de  chapa. Yo no tengo corredor de madera, pero veo enfrente a otra casa que sí lo tiene y era frecuente en las casas más antiguas. Los corredores, especialmente si estaban orientados a la solana, servían de lugar de convivencia o calecho en las tardes soleadas de invierno.

Mi aspecto exterior, con las piedras rejuntadas con cal,  se mantuvo de la misma forma durante muchos años. Pero en los 70 del siglo XX  mi cara de piedra parecía asociarse a algo pobre o falto de cuidado, por lo que a mí y a otras hermanas decidieron ponernos un vestido gris,  un revoque de cemento que luego se pintó. En mi caso me pintaron de blanco con bordes de  color granate en los  cercos  de  las ventanas.  El siglo XXI me ha traído otra  vez  un  aspecto más parecido al original, pues, después de haber picado los revoques de cemento, “me han sacado la piedra”, que sigue luciendo espléndida. Así, en este aspecto actual me siento feliz, porque he vuelto a lo que siempre fui. Es verdad que  han aparecido nuevos huecos  en mi fachada y las ventanas ya no son las mismas. Aquellas de madera, con sus contraventanas, sufrieron las inclemencias del tiempo y empezaron a cerrar con dificultad o se pudrieron. Ya he estrenado las terceras ventanas desde mi construcción. Ahora son  de aluminio marrón y con rotura de puente térmico -¿qué será eso?-,  así que no me quejo, porque aunque soy vieja estoy muy bien acicalada. Sufro al ver esas otras casas de mi generación que se encuentran en estado ruinoso o ya han desaparecido.

Distintas etapas de mi vida

En realidad cuando  digo que soy una casa soy varias casas en una, pues, además de la vivienda, hay otras construcciones a mi alrededor que conmigo forman la casa: cuadras, pajar, cuarto bajo, cocina de curar y de horno, cubil, etc.  Os voy a mostrar en primer lugar la vivienda. Os invito, pues, a entrar en  mi interior. Vamos directos a   la cocina. Una cocina austera: alguna alacena, una mesa rodeada de escaños o escañiles  alrededor y poco mobiliario más. Nunca tuve recibidores ni salones, aunque ahora los escaños conviven con algún sofá.

La cocina ha sido en Omaña  el centro de la vida doméstica, el  lugar de convivencia de la familia y a veces de los vecinos que acudían en las noches de invierno a la velada o filandón.  La cocina era el lugar en que se elaboraba la comida sobre una cocina bilbaína (yo no conocí ya la cocina llar, de las casas más antiguas), una cocina de hierro, con depósito para el agua caliente, que servía también para calentar la casa. El suelo original de mi cocina era de madera y exigía un gran esfuerzo de  las mujeres para fregarlo de rodillas restregando con arena para  que luciera limpio. Faltaban décadas para que llegara el gran invento español, la fregona, o fuera sustituido por otro tipo de suelo o  escondido bajo sintasol.

Yo ya no he tenido un único cuarto de dormitorio, como mis hermanas más antiguas, sino varias habitaciones,  amuebladas de forma sencilla. La cama era el mueble esencial,  con camas de madera o hierro  y con somieres metálicos y  colchones de lana que se rehacían cada cierto tiempo después de varear la lana y luego escarpenarla con las manos, para que no estuviera apelmazada. Luego se volvía a colocar  bien distribuida sobre la tela  y se metían las cintas con la aguja colchonera. Las cintas  se ataban con un lazo  para que la lana siguiera bien distribuida y no se moviera. Cuando la tela estaba vieja se cambiaba por una nueva, pero se aprovechaba  la lana. Pero ya hace muchas décadas que prescindí de los colchones de lana  y los somieres metálicos y los sustituí por otros más modernos. Los “colchoneros” que llegaban a los pueblos anunciaban que cambiaban colchones de lana por otros de goma o muelles. Evidentemente el precio del de lana que se entregaba suponía una porción mínima del coste del que lo  iba a sustituir.

En aquellos colchones de lana se protegían los que me habitaban cuando había nubes malas, pues se decía que eran aislantes. Sobre aquellos colchones de lana nacimos la mayoría de los omañeses de más edad. Encima de los colchones  se colocaban las sábanas de lienzo, con frecuencia lienzo negro que iba blanqueando con el tiempo, y  las mantas del Val (de san Lorenzo), famosas mantas de lana que se heredaban en las hijuelas, a veces con las iniciales del dueño tejidas en la propia manta. Para cubrir la cama una cocha de algodón o las conocidas  colchas morunas… Como mueble complementario, además de la mesita, solía haber un baúl. Décadas más tarde se generalizaron  los armarios, aquellos brillantes de chapa, acompañados de las camas niqueladas.  Todavía me acompañan algunos de aquellos baúles, arcas y armarios. Las camas han pasado a mejor -o peor- vida. En el pasillo había un hueco para el palancanero, algo esencial en aquella época en que no existía el lavabo. El mío era sencillo, una simple estructura metálica para sujetar la palancana de porcelana metálica y la toalla.

Manta "del Val"  heredada de mi abuelo 

Las otras construcciones levantadas alrededor del corral también forman parte de mí misma. Todas juntas somos  la casa de Celia y Cirilo (y aquí podemos poner el nombre de cualquier vecino o vecina del pueblo). Esas construcciones también son de piedra (en algunas más modernas aparece el ladrillo), a veces combinada con el adobe en la parte superior de la pared o en divisiones interiores, junto con   el cañizo o el ladrillo. Antiguamente algunas tenían   techo (de paja) que fue sustituido por otras cubiertas a medida que el centeno dejó de cultivarse y al desparecer los techadores de oficio y  también  por su peligro ante posibles incendios.  El pajar y la cuadra son las edificaciones fundamentales en una casa de pueblo de la montaña leonesa. En el pajar se guardaba la hierba  bien apisonada para que cupiese más, la paja desgranada, llamada bálago, y la paja trillada, llamada paja menuda.

Un antiguo techo de paja

En la cuadra se veían las vacas atadas con una cadena al peselbe, cuando no estaban pastando en los praos. Con ellas podía convivir también un burro o un caballo.  En otro apartancio se guardaban las ovejas. En mi caso, en el piso que está debajo de la vivienda, que ocupaba inicialmente solo el primer piso, estaba la corte de las ovejas y cabras. Esto de que debajo la vivienda se cobijaran los animales era una forma de conseguir calor natural y servía para preservarse del frío de los duros inviernos. En alguna otra casa se encontraba la cuadra de  las vacas bajo la vivienda, incluso en una casa amiga hay una trampilla por la que se podían arrojar restos, como barreduras, directamente a la cuadra. Estos animales daban color, pero también nos "regalaban" los efluvios de su olor y a veces pulgas u otros amigos “no gratos”. En ese piso bajo, cuando la vivienda estaba arriba (para evitar la humedad), estaba el cuarto bajo, lugar en que se guardaban  las patatas, la remolacha, las manzanas… o estaban las paneras o los tinos para el grano. También existía la corte de los gochos, con apartados para los grandes y para  las crías que se compraban antes de matar a los del año anterior. Y podía haber también otros apartancios para conejos y, por supuesto,   un gallinero.

Un tino

Tampoco faltaba en ninguna casa una cocina del horno, cocina vieja o cocina de curar.  Era ese lugar en que se hacía lumbre en el suelo o sobre el llar para poder ahumar la matanza que se colgaba en varales. Allí está  aún el horno de barro de amasar y todos lo útiles relacionados con el amasado: la masera, el cachabiello, la pala de horno… El horno lleva muchos años inactivo en cuanto al amasado, pero a veces ha tenido otro uso y se ha impregnado de olor a cordero asado destinado a comidas de confraternización entre los vecinos.

Todas las construcciones mencionadas estaban situadas en torno al corral. En Omaña, las personas y los animales domésticos éramos seres bien avenidos. En el corral solía estar también el montón de estiércol o abono que, cuando era grande, era  sacado a otro lugar o extendido en alguna linar. Era el  lugar preferido de las gallinas que se pasaban el tiempo escarbando en él. Ni que decir tiene que a veces lucían en sus patas los restos de ese fango. El abono o estiércol era fuente de mal olor y de insectos, pero formaba parte de la forma de ser casa en Omaña, hace décadas. Hoy la mayoría de los corrales lucen limpios, porque no hay animales domésticos o no están estabulados o la casa tiene otros usos, pues los propietarios no son agricultores.  El corral ha perdido su esencia y ha pasado a ser patio, en muchos casos engalanado con flores.



E
n ese corral también hay una parte cubierta que aquí se llama portal. En él están situadas las puertas carretales,  lugar de entrada común para personas y animales, tanto para   la vivienda y como para  el resto de dependencias. El portal era el lugar para dejar el carro y los distintos aperos y herramientas. Y la tenada se  usaba para recoger lo fiacos o fuyacos (ramas de hoja seca con las que se alimentaba a las cabras y ovejas en invierno). En la puerta de madera de entrada a la vivienda muchas de mis compañeras tenían un agujero circular en la parte de abajo para permitir que el gato saliera y entrara a su gusto. De ahí su nombre: gatera. Hoy ya soy una casa de vacación y recreo y tengo acceso desde la calle, pero lo habitual,  en las casas de mi pueblo y de los próximos, como os he dicho, es que se entrara a la vivienda y resto de dependencias por esas puertas carretales del corral.

Puertas carretales


El corral era un lugar en que transcurría parte de la vida de una casa de campo omañesa. Por él he visto muchas veces a hombres con una mañiza de hierba, un feje de paja, con una forca para limpiar las cuadras, con los caburnios (bigornia y martillo) picando el gadaño… Era frecuente ver también a  las mujeres, ocupadas en el cuidado del ganado menudo, o que pasaban con un caldero de leche recién ordeñada, con un lambido para los corderos, con un mandilao de huevos o unas rachas para atizar el fuego de la cocina. También era el lugar por  el que paseaban tranquilamente los gatos y las gallinas.

Tanto el  corral  como la vivienda han sido lugar de ecos, de ecos de tantas voces de animales que berraban o bramaban o iñaban, en el caso de las vacas; balaban, en el caso de las ovejas,  cacareaban las gallinas; maullaban los gatos… En las paredes de la vivienda siguen estando presentes tantas  palabras y conversaciones que he escuchado en esta larga vida.  Conversaciones que hablaban de la buena o mala cosecha, de cómo hacer pequeñas inversiones para seguir viviendo del campo, de los hijos, de los ancianos.  Del tiempo. ¡Cuánto he oído hablar del tiempo! Para unas gentes que estaban muy acostumbradas a mirar el cielo del que dependía su sustento y el de sus animales, la conversación sobre el tiempo era algo habitual. Y hablaban de que llovía demasiado o de que faltaba lluvia y todo se agostaba, de la tormenta amenazante, de las pelonas que arrecían mis muros en  invierno o de las de primavera o  verano que arruinaban la cosecha. He oído las voces de cinco generaciones de una misma familia, y he tenido mucha suerte, porque esta familia me ha conservado en su propiedad y no he cambiado de dueños. Hace años oía más conversaciones en invierno. Ahora ocurre lo contrario, en invierno estoy silenciosa. Solo oigo el crepitar de mis costillas de madera, pero cuando llega el verano aparecen las voces juveniles que son inconfundibles y que parecen darme vida.

Soy también lugar de olores, de olores  al pan recién  amasado,  a las manzanas almacenadas, a la matanza, a  las rosas de ese rosal  que quizá creciera en alguna esquina, un rosal del país con un potente aroma que contrarrestaba un poco los malos tufos del estiércol. Las personas que me han habitado estaban acostumbradas a esa amalgama de olores… También recuerdo con frecuencia los sabores: a patatas con bacalao, a berza, a sopas de ajo...

Como vivienda he tenido suerte porque me han curado los rotos  y cosido las heridas, y a pesar de los males propios de mi edad, sigo con vida y con una salud aceptable. También me han vestido de una manera más moderna, aunque a mí me gusta ponerme algunas veces ropajes heredados de los antepasados, esos que son antiguos pero que no desentonan en ninguna circunstancia. Esa esportilla o esa alforja que hoy están llenas de flores secas hacen presente el pasado y lo unen  al presente. Ese escaño que estaba abandonado y ha sido  recuperado, esa máquina de coser que tanto ayudó a la mujer omañesa a la hora de confeccionar ropa de cama y vestimenta, ese pote en que se cocinaba directamente en la lumbre del llar, esa marmita que nos recuerda tantas comidas que llegaron   a la siega o la era. Un pasado que se hace presente en la evocación.

Con ropajes heredados y cambiados de uso

He podido ver cómo lo que en una época era moderno, después estaba pasado de moda. Mis paredes interiores empezaron siendo de color blanco, encaladas. Luego llegó la moda de pintar de colorines y tuve habitaciones de color azul, amarillo… En los 60 llegó la moda de los papeles pintados y el sintasol, a pesar de ser una casa de pueblo, también seguí la moda. Después he vuelto a la pintura o incluso a ver cómo picaban las paredes interiores para dejar la piedra vista como en el exterior. Eso no se les hubiera ocurrido a los moradores originales  que las revocaron  con yeso o cal y pusieron techos de caña fina.  Pero hoy, muchas décadas después, aunque no tengo por dentro el mismo  aspecto  que tenía en los años 50, me sigo reconociendo en lo fundamental. Aunque es verdad que la vivienda se ha ampliado mucho, porque actualmente se puede prescindir del cuarto bajo  y de dependencias antes dedicadas a otros usos y se han modernizado elementos de  su interior.

Tuve la suerte de contar siempre con luz eléctrica. Me han hablado de cómo se alumbraba con aguzos, pero yo no lo he conocido. La primera luz, tenue y oscilante, era la que daban dos bombillas que estaban colocadas en pasillo y cocina. No había más y se pagaba de acuerdo a las bombillas que lucían en cada casa. Luego he ido viendo cómo mejoraban los tendidos eléctricos y las instalaciones hasta el momento actual en que es raro que me quede   sin suministro. A finales de los cincuenta llegó a mi cocina una radio. Y  desde entonces me sentí mucho más acompañada. Ese aparato que hablaba me hizo volar por el mundo y conocer a otras gentes y  lugares. A principios de los 70, además de voces, me llegaron las imágenes. En la cocina se hablaba menos, porque se veía y escuchaba a los que hablaban por  las ondas. Entonces entraron en mi cocina  el mar, los rascacielos, las tiendas… El mundo urbano dejó de serme ajeno.

También vi llegar el agua corriente. Fue para mí una de las mayores sorpresas y alegrías. A mi cocina llegó en el año 1966. Qué misterioso era aquel artilugio llamado grifo que traía el agua al fregadero. Con el grifo desaparecieron los calderos que estaban siempre llenos de agua para la cocina, el aseo y la limpieza, y que exigían un notable esfuerzo de transporte por parte de las mujeres, especialmente en las casas donde había que subir escaleras.  En algunas casas se contaba con pozo  en el corral, no fue  este mi caso. Con el agua llegó el cuarto de baño, que era solo un pequeño aseo. Hasta entonces, para hacer las necesidades ya estaba la cuadra y para lavarse, un balde o el río. Luego llegó al pueblo el teléfono y el alumbrado público que hacía que mi imagen se viera también por la noche.

Desde mis ventanas, que no han tenido rejas por estar la vivienda en el piso de arriba,   contemplo y dejo contemplar una naturaleza exuberante, por la arboleda y el verdor. Y si me fijo llego a ver el río y oigo su rumor.  Estoy muy orgullosa de ser casa. Una  casa es  un lugar de acogida, un lugar en que uno se siente seguro, cuidado, comprendido, querido… Una casa es un mundo de sensaciones y vivencias. El humo de mi chimenea, las persianas subidas, la puerta abierta o sin trancar –porque aquí la puerta sigue abierta- han sido un símbolo externo de que estoy aquí, de que hay gente, de que hay vida. Ojalá los que me cuidan lo sigan haciendo en las próximas generaciones. Yo no quiero dar trabajo, pero como anciana que soy, todos los años sufro algún achaque. Pero mis recios muros me mantienen aún erguida mientras han desaparecido ya dos generaciones de mis moradores.

Y termino mi plática, que ya es demasiado larga. Aquí sigo. Mi puerta está abierta, porque soy lugar de acogida. Protegiendo a mis moradores amorosamente de la intemperie, de la del cuerpo y de la del alma, soy  parte de las raíces que hacen que el ser humano se sienta arraigado, por eso me siento feliz. 

 ¡Gran destino el mío: ser casa!



Texto e imágenes: Margarita Álvarez Rodríguez


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