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lunes, 17 de febrero de 2020

¿Oír o escuchar?


      Pinceladas gramaticales

Escuchamos... Imagen: Pixabay. com

Son dos verbos que en español tienen que ver con el sentido del oído y  que nos pueden parecer sinónimos, pero que reflejan matices diferentes  en su significado. 

Escuchar es  poner atención o aplicar el oído para oír algo o a alguien. La acción de escuchar es voluntaria e implica atención por parte de la persona que realiza la acción: Escuché con atención las explicaciones del profesor. Escuchar es prestar atención  y dar sentido a lo que se oye.

Oír,   en cambio, es percibir por el oído algo sin una atención o intención expresa, de una forma pasiva: A lo lejos oí un petardo. En el uso del español los hablantes teníamos claro, hasta no hace mucho tiempo, la diferencia de uso entre ambos verbos. Pero  en  uso actual del idioma se está dando una tendencia cada vez más generalizada al uso de escuchaen lugar de oír, y no solo entre los hablantes de la calle, sino  también en los medios de comunicación.

Resulta chocante este cambio, porque las lenguas siempre han evolucionado de acuerdo con un “principio de economía lingüística” y es raro que una palabra más larga sustituya a una más breve, salvo en los casos en que se busca  ampulosidad en el  idioma. Pero  quizá esté ocurriendo con escuchar lo mismo que con climatología (clima), analítica (análisis), argumentar (argüir)  y tantas otras palabras  con la que se busca utilizar un idioma menos natural. 

Se sorprende uno cuando oye o ve, en un programa de radio o televisión,  cómo, al tratar de conectar con un informador exterior y existir dificultades de conexión, el que  está en el estudio dice cosas como esta: No te escucho bien. Si escuchar, como hemos dicho, es algo que requiere atención, parecería que la persona  no “escuchada” debería decir: ¡Cómo me vas a oír si no me escuchas! Y el que no escucha, cuando alguien le habla, parece un  maleducado, ¿no? Pero resulta que no es un problema de mala educación lo que se da en esa situación, sino el del uso de un verbo inadecuado.  

En algunos casos podrían producirse confusiones en la interpretación al decir unas frases como estas: Por la ventana oí la discusión de los vecinos. El significado parece claro: se entiende  que  mi oído estaba cerca de la ventana y oí sin querer. En cambio, si dijéramos  escuché discutir por la ventana no sabemos si estábamos  espiando por esa ventana o si oímos por casualidad.  De no ser  espías los oyentes,  resultaría más claro lo que queremos decir con el uso de oír.

En realidad,  entre oír y escuchar hay la misma relación semántica que entre ver y mirar. El verbo mirar y sus derivados a veces se usan con sentido figurado, en el sentido de  ver con el entendimiento: Mira a ver siAndarse con miramientos… El primero nos habla solo de la acción de captar con la vista y en el caso de mirar presupone ver con atención. Vi que se había producido un accidente y me paré a mirar. Lo primero es involuntario; lo segundo, no.

Volviendo al oír/escuchar, son posibles dos situaciones en la comunicación: Te oigo, pero no te escucho, es decir, oigo, como quien  oye llover, un sonido monótono y ajeno a mí. También sería posible te escucho, pero no te oigo, es decir, pongo mi interés en oírte,  pero hay un obstáculo que lo impide.

Según el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), como oír tiene un significado más general que escuchar, podría utilizarse en lugar de escuchar, como ya se hacía en español clásico: Óyeme ahora, por Dios te lo ruego. (Égloga, J. del Enzina).

En los dichos populares en que aparece el verbo oír, corroborando lo que dice el DPD,  se puede percibir que en muchos casos el significado está más próximo al de escuchar. A los que oyen y escuchan  una emisora de radio les llamamos oyentes, aunque no falta algún locutor que, buscando un guiño a los  oyentes,  los  llama escuchantes.

Cuando nos envían o nos entregan algo que no podemos escuchar en el momento, solemos decir: Luego lo oigo, o sea,  lo escucho, porque lo voy a hacer con intención. Aquí ambos verbos se usan de forma intercambiable y se ve cómo oír tiene un significado más amplio.  Cuando al oyente  le contamos algo que le sorprende lo solemos avalar con las expresiones: ¡Lo que oye! ¡Lo que le cuento! Para manifestar enojo, amenazamos con que me van a oír, quizá, más bien, a escuchar por “imperativo legal” y, si se aburren,  al menos nos van a oír largo rato, porque la perorata va a ser larga.

Los imperativos oye y oiga pierden su valor verbal  y  funcionan como  vocativos para llamar la atención, cuando desconocemos el nombre de la  persona advertida o no lo queremos decir, o para mostrar extrañeza. En este caso estamos reclamando que nos escuchen para comunicar algo de interés. En situaciones como esta está claro que las expresiones verbales se  nominalizan, y sustituyen a nombres de persona. Recuerdo el chiste que contaba  el caso de aquel que, al ser preguntado  sobre cómo llamaba a su suegra, si por el nombre propio  o por su condición de suegra, respondió que la llamaba Oiga. En la repetida expresión oír, ver  y callar, parece que está más presente el significado de oír, puesto que hemos oído algo accidentalmente y nos debemos hacer los sordos.

Menos justificable es el uso de escuchar en lugar de oír, para referirse a la acción de percibir un sonido  a través del oído sin intencionalidad…  Eso dice el DPD. Y este es el uso que  no se entiende bien, desde el punto de vista semántico, como venimos diciendo. Sin embargo, añade  que fue usado por algunos autores clásicos, y actualmente por   algunos contemporáneos, sobre todo hispanoamericanos.

Gramaticalmente ambos usos son posibles e intercambiables, porque no afectan a la construcción de la frase, pero, aunque los dos verbos los  podemos considerar sinónimos, eso no significa que los sinónimos tengan idéntico  significado. Por tanto,  si dejamos oír para el oído y escuchar para la atención y el entendimiento, seguramente nos entenderemos mejor y no pecaremos de  aparente descortesía con esos no te escucho bien, porque, si queremos  oírnos,  antes debemos escucharnos. En caso contrario,  es muy difícil la comunicación. Por eso, con escuchar en su sitio y oír en el suyo, todo es mucho más claro y cortés.

Imagen: Freeimages. com 



© Margarita Álvarez Rodríguez

lunes, 13 de enero de 2020

¿Reyes que traen regalos o que los echan?



Pinceladas gramaticales



La lengua está en  un proceso de evolución permanente.  Los cambios van modificando los idiomas y creando variaciones que, a  la larga, derivan en dialectos o en otras lenguas. Un uso  que se generaliza en un momento determinado puede terminar convirtiéndose en algo permanente o  ser una moda pasajera que más tarde desaparece. Eso ocurrió hace años con el anglicismo blue jeans, para referirse  a los pantalones vaqueros. Incluso la RAE lo introdujo en el Diccionario en la forma jean. Cuando parecía que esa palabra se iba a incorporar al idioma de manera generalizada fue sustituida por el término pantalones vaqueros y, posteriormente, por el adjetivo nominalizado vaqueros, que ha sido, finalmente, la forma  que ganó la batalla.

Eso no significa que cuando estamos observando los primeros pasos de  algunos de esos cambios lingüísticos  las formas resultantes no nos resulten chocantes. Este hecho me lleva a comentar  aquí la sustitución de verbos que se está produciendo en  una expresión  que, desde hace mucho tiempo, tenía su forma consolidada en el idioma: traer(me) algo los Reyes. En el mundo urbano la expresión “me lo han traído los Reyes”, se sustituye. de forma cada vez más frecuente, por me lo han echado los Reyes. Y no tienen  el mismo significado denotativo ni connotativo uno y otro verbo.

Traer es conducir algo al lugar donde se habla. Echar es  despedir de sí algo,  hacer que algo vaya a parar a alguna parte dándole impulso. Los Reyes nos traían un regalo, porque venían con el presente hacia nosotros, haciendo un largo camino desde Oriente. Y desde el punto de vista subjetivo, el que alguien nos traiga algo, cuando va a un lugar, tiene un valor afectivo. Los Reyes  nos traen regalos porque son seres que piensan en nosotros y se esfuerzan por agradarnos. Por otro lado, si nosotros pedimos regalos parece la respuesta lógica a pedir es dar o traerAhora solo nos echan el regalo (¿en el zapato?). Nos lo  arrojan,  no sabemos si desde cerca o desde lejos, como si fuera un movimiento rápido y mecánico, como si fueran meros repartidores de paquetería.  Quizá como un comportamiento propio de una sociedad de consumo y de prisas. Tal vez sea porque estos  reyes modernos también compran en Amazon.

El verbo echar siempre ha tenido  amplio uso  en nuestro idioma: echar agua a una planta, echar gasolina al coche, echar sal en la comida, echar jabón en la lavadora, echar de comer a un animal, echar a un alumno de clase… Echar de comer aparte... Ya va bien servido,  no es necesario  que ampliemos más su significado.

Pero  parece que este verbo puede, efectivamente,  terminar echando al verbo traer, de esa costumbre tan arraigada en España de regalar algo por Reyes, pues en el mundo urbano y entre la juventud la preferencia por la forma moderna echar algo los Reyes es clara. A mí, personalmente, me gusta mucho más la idea de que alguien, (un familiar, un amigo, los Reyes…) me traiga algo de un lugar,  que me lo entregue  y que, a ser posible, lo deposite en mis manos…  Que le pueda dar las gracias. Me parece que tiene un componente más humano.

Una, que es tradicional, tiene sus preferencias… Y, en cualquier caso, para echar regalos primero hay que traerlos, ¿o no?


(La tarjeta que ilustra el artículo es diseño de mi antiguo alumno, hoy amigo, Raúl de Diego).

domingo, 24 de marzo de 2019

De flor en flor

     Las flores que nos definen...





El refranero español es generoso a la hora de incluir a las flores dentro del mundo de los refranes. No son todos ruiseñores  los que cantan entre las flores. No vamos a   tratar de recoger esos refranes, aunque hagamos referencia  a alguno. Trataremos  de ceñirnos a las frases hechas que hablan de las flores y su mundo, que también son abundantes.

Las flores  sirven para describir los defectos de los seres humanos. Por eso, en este artículo, nos vamos  a meter en ese jardín. 

        Tendremos que tener cuidado para disfrutar del él sin ir de flor en flor ni ser unos picaflores (el picaflor es un pájaro que va de flor en flor buscando alimento y contribuye a la polinización), porque  la vida no es un camino de rosas, sino que   es más bien un camino de incertidumbres,  y nos pasamos parte del tiempo deshojando la margarita.

A veces nuestro jardín es abierto porque  somos más de campo que las amapolas. Y, por eso, podemos  actuar como unos  lilas o lilailas, por fatuos o por insulsos. Otros se las dan de listos, pero tienen solo la sabiduría a flor de piel y son unos auténticos eruditos a la violeta (la frase se corresponde con el título de un libro publicado por José Cadalso en 1772, en el que satirizaba la erudición excesiva y superficial). Conviene dejarlos en evidencia para que se queden tranquilos como malvas y no se vayan de rositas. 

      Es evidente que no se pueden echar margaritas a los cerdos,  porque los cerdos no sueñan con rosas (o margaritas),  sino con bellotas. Y,  a buen seguro, nos responderán con un gruñido. Tampoco  rosas a los burros, porque nos pagarán con un rebuzno.  (En realidad la palabra margarita procede del griego “margaron”  y no significa margarita, sino perla, por eso se usa también la variante: echar perlas a los cerdos). 

Aunque siempre  hay  algunos que andan a la flor del berro y  la vida es para ellos pura  diversión,  pero algún día se darán cuenta de que no hay rosas sin espinas. Porque eso es la vida: rosas y espinas, sonrisas y lágrimas. Ya nos lo recuerda el refranero: Bien oliera la rosa, si no fuera espinosa  o junto a la rosa acecha escondida la espina alevosa.


Desde luego las rosas son las flores preferidas de nuestro jardín, por eso la rosa es imagen literaria  e imagen popular.  Lo importante es saber separarlas, pues  quien a su pro bien atina, sabe coger la rosa y dejar la espina y si recibe algún pinchazo debe asumirlo con una sonrisa, porque  quien quiere la rosa, aunque le punce, no se enoja. También nos recuerdan cuál es el destino de la vida humana: Como la rosa es la dicha humana: luce hoy, muere mañana. Pompa vana: hoy hojas marchitas lo que ayer rosa galana. Góngora   y otros poetas del siglo de Oro utilizan, con frecuencia, la imagen de la rosa para recordarnos que la vida es engañosa. 

Las flores siempre se han asociado más a lo femenino y se han usado para hablar de amores: Doncella sin amores, jardín sin flores. Y  para hablar de la honra de la mujer y de su virginidad: Doncella manoseada, flor ajada. Rosa que muchos huelen, su fragancia pierde.  El refranero considera que el amar las flores es un valioso atributo femenino: De mujer que no ame las flores no te enamores. 

Hay que ser buen jardinero y cuidar adecuadamente el jardín,  porque quien siembra espinas no espere recoger clavelinas, pero quien rosales plantó, en buenos olores la renta cobró.

Este jardín está abierto a todos, pero no podemos permitir que se vayan de rositas los jugadores tramposos que son descubiertos cuando otros descuernan la flor. Los hay  que se andan en flores o con florituras y rehúsan entrar en lo esencial de un asunto, los que tienen por flor hacer gala o costumbre de un defecto y los que dan excesiva importancia a cosas que son como la flor del cantueso. Además están los floreros que hacen gala de usar palabras chistosas  o lisonjeras.  Y las mujeres florero consideradas por muchos un puro elemento decorativo en su función social.



Las flores  sirven, por tanto, para describir los defectos humanos. Hay muchas personas que tienen por flor algún hábito negativo. Cuando entendemos la intención de alguien decimos que  le entendemos la flor y quizá lleguemos a la conclusión de que esa persona es  un capullo  y, al mencionar  esa rosa incipiente, no estamos precisamente echándole una  flor. Y  si se trata de alguien que difiere la contestación a algo de forma intencionada,  decimos que  se anda en flores, salvo que sea un indeciso  y se pase el tiempo dilucidando si son flores o no son flores.

Con las flores también se relaciona la salud, pues pueden definir el buen aspecto. Estar como una rosa, estar como mil flores es mostrar nuestro mejor aspecto que será aún mejor si se está en la flor de la juventud. Y el buen aspecto no es flor de un día. Si esta ha quedado maltrecha, seremos como la flor de la maravilla, como una flor ajada o flores de un solo día. O peor:   un jardín sin flores.

Las flores también nos hablan del aspecto físico. Nos gustaría estar siempre hechos una rosa y, sin llegar a ser  narcisos, el que nos echen flores siempre resulta muy agradable. El que  no está en flores por necesidad,  sino que está bien comido y satisfecho,  se siente como mil flores, especialmente si su flor  es algún buen hábito. 

Pero, desgraciadamente, también se relacionan con la muerte. Estar  criando malvas, sobre todo, si alguien  las empieza a criar  en la flor de la vida,  no es síntoma de haber tenido buena salud.  Y, lo peor, es que no podemos contemplar las malvas de ese jardín ni aunque seamos enterrados a  flor de tierra.



En este mundo florido también aparecen los simbolismos sociales que pueden describir un buen estatus social. Todos preferiríamos estar entre la flor y nata de la sociedad y ser como la flor de la canela o canela en rama que oír que digan de nosotros que  somos tan pobres que parece  que hemos nacido entre malvas.

Si además se tiene una buena situación económica nos lo pasaremos en flores, descansaremos placenteramente  en un lecho de rosas y llevaremos una vida de campanillas. Pero la palabra flor adquiere significado despectivo cuando hablamos de un adorno floral  exagerado o de mal gusto. En ese caso las flores se convierten en floripondios.

Las pobres flores están adquiriendo en la lengua actual simbolismos que antes no tuvieron, como ese afán de negar invocándolas: ¡Ni flores! Y algunos añaden “de colores”, como si pudiera haber flores sin color. ¡Qué “moderneces” nos depara el idioma!

La rosa se ha convertido también en símbolo de un partido político, el del puño y la rosa.  El clavel ha dado nombre a un hecho histórico: la Revolución de los Claveles que se produjo en Portugal el 25 de abril de 1974. Y hay  un adjetivo que define un tipo de arte: gótico florido



Aunque el tema tratado en este artículo es  como el rosal de  pitiminí por su poca importancia o por tratar solo mínimamente el tema que nos ocupa,  puede verse que las flores contribuyen a crear una gran riqueza expresiva y literaria, por lo que merece la pena andarse en florituras o de floreo, aunque alguien piense que estamos como una regadera o que meamos  o salimos fuera del tiesto.

En cualquier caso, lo dicho antes será incompleto, pero es algo verdadero, por lo que nadie lo puede tachar   de falta de verdad y calificarlo de floraina. 

       Y cerramos el artículo para dejar la mano libre por si tuviéramos que deshojar la margarita...











domingo, 22 de abril de 2018

El legado de los libros (I). Sentires y decires

          23 de abril, Día del Libro

El que lee mucho y anda mucho  ve mucho y sabe mucho. 
Cervantes


El contenido de los libros está hecho de palabras. Palabras sencillas, complejas, cultas, populares, científicas, poéticas, inventadas… Los libros incorporan también, en la voz de sus personajes, frases hechas de la vida cotidiana, proverbios… Pero los libros también nos devuelven sus palabras  llenas  de sentimientos, de ideas, de conocimientos. Y a veces nos regalan  palabras o frases  para que las incorporemos a nuestra lengua. Eso lleva a que muchos dichos del idioma, de uso común, procedan de los libros, especialmente de las obras literarias, pues en ellas luce la lengua en todo su esplendor. 

Trataré de recoger en este artículo, y en otros posteriores que lo completarán, unos cuantos de esos dichos populares introducidos en los contextos que los hacen posibles. Voy a hablar del uso figurado de la propia palabra libro y de expresiones tomadas de los libros.



Nuestra deuda con los libros 

Que los  libros hablan es de libro, y no solo nos cuentan cosas, sino que los nombres de los  personajes o de sus autores pueden convertirse en nombres comunes para calificar a personas que tienen características parecidas a las de los personajes ficticios: son los llamados epónimos. 

Según la RAE, un epónimo es la persona o cosa que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, una época… El nombre de Alejandría procede de Alejandro Magno; América, de Américo Vespucio, cenicienta del cuento homónimo; alzheimer de Alois Alzheimer; romano de Rómulo; guillotina, del médico francés Guillotin…

Nosotros, imitando a los libros, también queremos hablar como un libro abierto. Como el libro gordo de Petete y tantos otros que conocen bien los ratones de biblioteca, que no se asustan ante los tochos.

Aunque algunos no saben elegir bien o simplemente no eligen, porque no leen, y se meten en libros de caballerías, porque  no está una materia en sus libros.

Pero no todos los libros hablan por igual, y  así, a vuelta de hoja, nos podemos encontrar desde que nacemos con el libro de familia, que da fe de que existimos, pero, aunque la familia sea larga, el tal libro no   ha pasado nunca de folleto. Luego nos vemos calificados en los libros de escolaridad, cuyo tamaño es inversamente proporcional a nuestras calificaciones. Y de adultos, en algunas ocasiones, tenemos que escribir o firmar  en libros de actas, textos que no suelen ser  la mejor “literatura”. Luego nos adjudicamos  un libro de cabecera, un libro de verdad que acompaña nuestros sueños, pero que debemos leer despiertos si queremos que la lectura sea productiva. 

Los medios de comunicación nos hablan, a veces,  de libros “de colores”: el libro rojo (recoge citas y discursos del dirigente chino Mao), libro azul (estudio sobre ovnis realizado por el ejército de EEU), o los famosos libros blancos que tratan de ser la panacea para presentar proyectos y  tomar luego decisiones acertadas. Nombres curiosos  en que parece que nos fijamos en el color de su papel, cuando en realidad debemos fijarnos en su contenido. ¿Y cuántas veces hemos tenido que pasar página de algún “libro” descolorido o incoloro con el que nos hemos encontrado en la vida?

No está en manos de cualquier persona  escribir un libro, a pesar de que, según el dicho popular, para realizarse en la vida, además de tener un hijo y plantar un árbol, debemos escribir un libro. Cosa que no es fácil, ni aun echando mano de un libro de estilo… Pero si escribimos, y llegamos a ser reconocidos en la labor, quizá acabemos  firmando, algún día, en un libro de oro o libro de honor.

En la literatura universal hay auténticos  libros de oro que también han dejado huella en el idioma: en palabras y en  dichos populares. A la cabeza de todos, el libro más importante de la literatura universal: La Biblia

De lo que es muy importante o valioso decimos que es la Biblia en verso. La paciencia tiene como máximo referente al santo Job. La pureza, a la Virgen. La catástrofe y destrucción son un apocalipsis.  En los momentos de apuro pasamos las de Caín, vivimos un viacrucis o un calvario, lloramos como una magdalena, llevamos una pesada  cruz… Somos malos como Caín, Judas,  Herodes o Barrabás. A la envidia que implica maldad la llamamos cainismo. Nos lavamos las manos como Pilatos, incluso algunos se venden por un plato de lentejas. Hemos tenido lazaretos… Y cuando llueve mucho parece  que vuelve el diluvio universal. La lista de referencias, ¡Jesús, María, José!, sería muy larga. Se abordará en otro artículo específico.





Otras grandes obras también han incorporado expresiones e epónimos al idioma: ser una celestina, una trotaconventos, un lazarillo... Y es el Quijote la obra que más ha incorporado. Palabras como quijote y, su variante en femenino, quijotesa, se usan para denominar a personas que anteponen sus ideales a su conveniencia; quijotesco, para definir lo idealizado; quijotada, para  hablar de la actitud de alguien que lucha de forma inútil contra la realidad, quijotescamente

Plaza de España. Madrid

De la misma obra tomamos la expresión ser el bálsamo de Fierabrás, el bálsamo que lo cura todo. A los jamelgos de mal aspecto les llamamos rocinantesPancista o sachopancista llaman algunos a las personas que carecen de ideales y son conformistas. Estas y otras muchas surgen a partir de las obras  cervantinas.

Pero también hay ejemplos tomados de obras de otros autores. A los solitarios les llamamos robinsones. A las personas necias, cacasenos (de la obra Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, de J. C. della Croce). A los que escritores que usan un estilo muy retorcido, gerundios (de la obra Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes).  A los que tienen facilidad de palabra, cicerones (en alusión a Cicerón, el mayor orador de Roma).

Citas de textos también se han convertido en dichos populares: Ladran, señal que  cabalgamos, para conjurar a los que ponen inconvenientes a nuestras acciones. La frase se atribuye a Cervantes, (Ladran, Sancho, señal…) pero es una atribución falsa, procede del poema Ladrador de Goethe. Con la iglesia hemos topado, "quiere" estar tomada del Quijote,  aunque hay un doble error en el uso de la frase, ya que lo que se dice en la obra cervantina es: "con la iglesia hemos dado, Sancho" y  se refiere a la iglesia solamente como edificio, no como institución. 


Ilustración de Mingote, en la edición de Martín de Riquer


En la Oda a la vida solitaria de Fray Luis de León aparece un verso que se ha convertido en dicho: (huir del) mundanal ruido. Los sueños, sueños son, nos llevan  a   la famosa obra calderoniana. La España de charanga y pandereta, que define una España tosca y conservadora, es un verso de Antonio Machado. Todo es según el color / del cristal con que se mira, son versos de un poema de Campoamor. Ándeme yo caliente y ríase  la gente fue una expresión popular hecha famosa por Góngora.  Lope de Vega convirtió en símbolo de unidad a Fuente Ovejuna: todos a una, como Fuenteovejuna. Y los citados son solamente unos pocos ejemplos.

Seguramente, más de uno, a la hora de bautizar a su perro ha elegido el nombre de algún famoso perro literario. Desde el Milu de Tintín, pasando por Argos, el perro de Ulises; Toto, el compañero de Dhoroty en El Mago de Oz; Jip, de David Coopperfield; Buck, el protagonista de la Llamada de la selva de J. London; la famosa Lassie, de Lassi vuelve a casa, protagonista también de varias películas; Tock, protagonista del Fantasma Tolbooth;   Fiel amigo, de Old Yeller.



Otros perros famosos son Cerbero, un perro de la mitología clásica que aparece en la Divina Comedia, los inolvidables Reina y Golfo, protagonistas de La Dama y el vagabundo de W. Greene. Y Niebla, el perro del abuelo de  Heidi. Y perros de otras obras: Lucas, Pluto, Flush, Enzo… y muchos más.

Y si volvemos los ojos a la literatura española tenemos los famosos perros Cipión y Berganza, del Coloquio de los perros cervantino, perros   protagonistas que tienen la facultad de hablar. Canelo es el perro que acompañaba siempre al entrañable Luisito en Miau de Galdós. Barcino y Butrón aparecen en El Quijote. Muchos recordamos también a Troylo,  ese perro que sabía escuchar  las reflexiones sobre  lo divino y lo humano que comparte con él su amo, Antonio Gala.

También hemos tomado a veces nombres de gatos de animales literarios: el Gato de Cheshire, de Alicia en el país de las maravillas, Morriña de  El Bosque que animado...

Asimismo recordamos al entrañable burro Platero… Otro asno, en cambio,  el  de Buridán, nos sirve de ejemplo para criticar la situación absurda a la que puede llevar el no decidirse. Es un asno que muere de hambre por no resolver la duda  sobre  qué montón de hierba tenía que elegir para comer.

Con nombres de protagonistas de libros definimos a veces  defectos de personas, que tienen unos rasgos similares a esos personajes. Los hipócritas  son  tartufos. Los que odian el género humano, misántropos. Los poco agraciados son patitos feos. El que es grande y fanfarrón es un Fierabrás. El que actúa de alcahuete es un galeoto (personaje citado por Dante).  Robot es un nombre que aparece en la obra teatral Rossum´s Universal Robots del dramaturgo checo Karel Capek, que se estrenó en 1921. 



El hombre de cualidades extraordinarias es un superman, como el personaje de J. Siegel. 

Llamamos fígaros a los barberos, basándonos en el personaje de  Beaumarchais. Trotaconventos, a las alcahuetas como la que aparece en el Libro del Buen Amor. A las personas que se parecen mucho a otras las llamamos sosias, personaje  de la comedia Anfitrión de Plauto. La propia palabra anfitrión también ha entrado en nuestro idioma a través de la literatura (con el significado actual, a  partir de la obra de Molière del mismo título). La palabra pantalón procede del personaje Pantaleón de la comedia del arte, personaje que se vestía con esa prenda. Y lindo  don Diego es un buen apelativo para el hombre muy presumido. 

De  los que no hacen algo ni dejan hacerlo decimos que son como el perro del hortelano (que no come ni deja comer). La expresión procede de una fábula de Esopo, perro que guardaba un huerto del que no comía la verdura ni la dejaba comer.  Lope de Vega le dio ya un valor simbólico en su obra  El perro del hortelano.

De celebraciones con comidas muy copiosas decimos que son como las bodas  de Camacho (El Quijote), o pantagruélicas (de Pantagruel, personaje de Rabelais). Puestos a ser invitados, es mejor aprovechar para comer opíparamente que ser convidados de piedra, pues en ese caso, no tendríamos ni voz ni voto, ni boca para comer. La expresión surge de El burlador de Sevilla y convidado de piedra. Claro que mejor pasar desapercibido que acabar tras cornudo, apaleado, expresión que procede del Decamerón.

De situaciones complicadas  decimos que son rocambolescas, surrealistas, kafkianas… A las situaciones dramáticas las calificamos como dantescas.  De actuaciones astutas  o malvadas decimos que son maquiavélivas o mefistofélicas. A un tipo de gafas similar a las que usaba Quevedo les llamamos quevedos.

Monumento a Kafka, Praga

En el mundo de las relaciones amorosas hablamos de amores platónicos o temperamentos románticos, quijotescosLolita, la novela de Nabokov, ha dado origen a que se califica como lolita a la niña o joven que resulta seductora para hombres mayores. Se usa este término en el mundo de la pornografía infantil. Otros términos son   amores sáficos  o amores lésbicos. Los adjetivos  proceden de la poeta griega Safo que, en su poesía, hablaba de relaciones amorosas con mujeres. Safo vivía en Lesbos y de ahí procede le término lesbiana y lésbico.

Si se trata de grandes amores, amamos como Romeo y Julieta o los amantes de Teruel (tonta ella, tonto él) o nos convertimos en macías (trovador medieval).  A los mujeriegos los llamamos burladores,  donjuanes, tenorios o casanovas.

De las obras homéricas también nos han llegado varias  expresiones populares. Cuando alguien tiene un punto débil en su salud o personalidad decimos que ese es  su talón de Aquiles. El uso de una estratagema para conseguir un fin se compara con el caballo de TroyaDe La Ilíada, procede también la expresión arde Troya o allí fue Troya para hablar de algún conflicto. 



Y hoy nos preocupan los programas maliciosos llamados troyanos. Muchas veces hemos oído una  frase, relacionada con un personaje de La Ilíada: La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. La expresión (aunque no se suele hacer  la cita completa, algo necesario para entender bien su significado) está en Juan de Mairena de Antonio Machado. De la disputa entre Hera, Atenea y Afrodita, por su belleza, dio origen a la Guerra de Troya y a lo de ser manzana de la discordia. 

También La Odisea ha hecho sus aportaciones a la lengua coloquial. Si nos vemos inmersos en un viaje aventurero y peligroso hemos vivido una odisea. Y de la misma obra viene la expresión ser algo inacabable como la tela de Penépole. El que es maestro o guía es llamado mentor, palabra que procede del compañero de Ulises y criado de Telémaco.


Del mundo clásico también proceden otras frases. César nos legó las famosas: veni, vidi, vici  y alea, iacta, est (llegué, vi, vencí / la suerte está echada). Son frases que Suetonio atribuye a Julio César. Relacionada también con la Guerra de las Galias usamos  la expresión: cruzar el río Rubicón, para referirnos a algo que ya no admite vuelta atrás, aunque provoque consecuencias negativas. Y Demóstenes y Cicerón nos legaron la frase: soltar una filípica o una catilinaria a alguien (Demóstenes las dirigió contra Filipo II de Macedonia y Cicerón contra Marco Aurelio). El pensamiento es libre (cuando es libre de obedecer a la verdad)  era frase de Cicerón. Hay personas que no conocen ninguna de estas expresiones, aunque sean de los que saben  latín, sin nunca haberlo estudiado.

Para calificar estilos, también a veces usamos epónimos. Así  hablamos de  azoriniano, quevedesco, valleinclanesco, unamuniano, dickensiano, orvelliano (actitudes opresoras que se imponen por la propaganda), tolkiano… para referirnos a temas o estilos similares a los de estos autores.

Frase de Cervantes.  Ilustración de Mingote
En nuestra época clásica, de  las cosas que  tenían valor, se decía: Es de Lope, por la gran fama alcanzada por el famoso dramaturgo. Los libros nos hacen aprender, soñar, disfrutar… 

Por eso, como al buen callar llaman Sancho, es hora de callar y ponerme a leer… Os invito a hacer lo mismo.



Me están esperando...


    ¡Días de libros, años de libros, vidas de libros! 









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