martes, 2 de junio de 2026

Reseña de "Si algo todavía queda", de Marian Martínez

 



       Género: Novela

        Editorial: Marciano Sonoro

        Páginas: 197

      Marian Martínez, la autora de Si algo todavía queda, es madrileña, pero sus raíces están vinculadas a un pequeño pueblo de la comarca leonesa de Omaña. Trabaja en cooperación al desarrollo, aunque su formación  académica fue  técnica (ingeniería industrial).  Esta es su primera novela publicada, aunque ha publicado previamente algunos relatos sueltos.  Siempre ha sentido amor por la palabra escrita y se ha formado como escritora realizando el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores La novela Si algo todavía queda  se desarrolla en varios espacios diferentes: un lugar de Omaña (León), donde se crio su protagonista, Micaela. Un lugar innominado, pero que podría ser perfectamente el pueblo de Murias de Ponjos del que desciende la autora. También se mencionan  otros lugares de la comarca: un lugar inconcreto del valle Gordo, valle con el que linda el pueblo de la autora, Riello, lugar donde tenía lugar  una conocida feria de ganado, un pueblo del Bierzo Alto… Una geografía reconocible para las personas que conocemos aquella zona.

     Otro escenario  es la ciudad de León en la que Mica  regenta una tienda de aperos de labranza, que adquirió al morir la dueña (trabajaba en ella)  y en la que se desarrolla  su etapa de madurez. De esa ciudad de León  también refleja fielmente la geografía urbana. Seguimos los pasos de Micaela por  el barrio Húmedo, la calle Ancha, la calle de Ordoño II, la plaza Mayor…  Con menos detalles descriptivos aparecen otros lugares, como Astorga, ciudad a la que la autora viaja varias veces.

      Como lectora, lo que más me ha llamado la atención de la novela es el realismo con el que Marian  refleja aspectos de tipo social y antropológico del mundo y la época en que viven los personajes. Nos introduce de tal manera en el ambiente que parece que vivimos allí entre esos personajes.

    Aparecen en la narración  muchos  aspectos sociológicos, algunos,  de tipo general, eran comunes tanto al mundo rural y como al urbano, pero, sobre todo, refleja,  como un perfecto espejo,  cómo se desarrolla la vida  en el mundo rural. A lo largo de las páginas de la novela,  la autora nos adentra plenamente en el pensar, el vivir y el sentir de las gentes que pululan por ella.  Es un acercamiento certero y emotivo a la intrahistoria de la España de la primera mitad del siglo XX.

   La novela refleja, por ejemplo,  los trabajos específicos que realizaban habitualmente las mujeres, además del cuidado de la casa y la familia: se ocupaban de  los animales domésticos, el “ganado menudo” (gallinas, conejos, ovejas, cerdos…) y ordeñaban las vacas y guardaban la nata para después mazarla  en los odres de hojalata,  y conseguir la manteca. En el momento de ordeñar, sentadas en un tajuelo,   nos daban a beber a los rapaces algún sorbo de  la leche  templada recién ordeñada, leche templada y espumosa, desde la propia zapica. Hago referencia a la  primera  persona de plural,  porque yo misma degusté esa leche recién ordeñada en torno a  1960.   Las mujeres amasaban, pues el pan se hacía en casa,   para ello  realizaban todos lo preparativos relacionados con el proceso de amasado y  encendido del horno. Marian aprovecha para resucitar  nombres de  instrumentos que tenían que ver con el amasado (cachaviello).

       Las mujeres llevaban el mayor peso del trabajo doméstico, incluidas las rapazas jóvenes y las mozas (no así los mozos), trabajos que requerían a veces un especial esfuerzo: lavar la ropa, en algún manantial o en el río, fregar los suelos de las viviendas, que eran generalmente de madera, poniéndose de rodillas y restregando con estropajo y arena… Y tantas labores más.

Además, las mujeres leonesas trabajaban en el campo  y hacían  un esfuerzo  similar al de  los hombres. A mí me gusta decir que si los campesinos trabajaban de sol a  sol, las campesinas lo hacían “de luna a luna”.  Y eso se refleja claramente en esta novela.

Nos habla también de la forma de vestirse de esas mujeres: mujeres de negro, con pañuelos, refajos… La alusión a las madreñas también aparece de forma reiterativa. La propia protagonista las talla, para la venta, en la trastienda de su negocio.  Las madreñas tenían una utilidad concreta (preservar los pies de la humedad) y múltiples significados connotativos, según el  aspecto, el tamaño… Y unas madreñas simbólicas simbólicas aparecen en la  contraportada  del libro.  

          Aparecen también las distintas faenas que se realizaban en el mundo rural en distintas épocas, por ejemplo, la matanza del gocho, con todo el proceso que la matanza exigía. También aparecen elementos relacionados con la forma de vida y el equipamiento de las casas. Las viviendas solían estar en el piso de arriba y en el inferior estaba la corte  de los animales (cabras, ovejas..) o la cuadra (vacas y caballerías). Era la manera de que los animales aportaran calor natural. Vemos cómo no existía aún el agua corriente y el baño, que no llegaría a la zona hasta los  años 60/70. Otras referencias a la cultura leonesa aparecen en los  filandones  o veladas de invierno, que eran  un momento de esparcimiento: juegos, narración de leyendas…. pero también horas  para seguir trabajando, especialmente las mujeres: hilar, coser, exbotar los fréjoles secos…  

Con carácter más general, se refleja la emigración a América, especialmente a  Argentina (mi abuelo se fue en 1911), el analfabetismo, especialmente de las mujeres,  cuyo papel social estaba muy acotado a lo doméstico.

Nos presenta también la forma de ser  y de sentir de las gentes del mundo rural. Eran personas, trabajadoras, honradas, leales...  Bastaba dar la mano para que un trato no se rompiera. Describe bien el carácter contenido en la expresión de los afectos de los leoneses: el carácter leonés guarda los sentimientos muy dentro, tan profundo que no encuentran el camino para ser nombrados. Los padres de la protagonista son personas  muy austeras y trabajadoras,  pero son parcos en manifestaciones de afecto y a veces demasiado severos en la educación de los hijos, pues les infligían malos tratos físicos.

Sorprende la dureza con la que reacciona la familia ante un hijo concebido de soltera  por Mica, la protagonista, en una sociedad en que la mujer debía preservar la honra a toda costa.  Por ello,  sufre incomprensión, anulación de su personalidad e incluso malos tratos. Tratan de casarla, en contra de su voluntad, para esconder la deshonra y cuando fracasa la boda, la obligan a abandonar a su hija, fruto del pecado. La consideran moralmente una descarriada. Las mujeres que pasaban por esa situación  son recluidas en una casa de maternidad para no ser vistas y limpiar su honra. Allí pierden su identidad y se las despersonaliza, pues  se les asigna un  número y son llamadas por ese número. Es un lugar cuya descripción  nos impresiona, pues se parece  mucho a una cárcel.

Si extendemos la mirada con la autora  al mundo urbano,  vemos   cómo refleja el espinoso tema de  los abusos sexuales que vivían las criadas que iban a la ciudad a servir y cómo el entorno callaba.  Se refleja el hambre de la posguerra,  más  presente  en las ciudades, la muerte por enfermedades víricas como el sarampión (no llegaría  la vacuna hasta lo años 60) y muchos más aspectos de la realidad de la época.

Y toda esta intrahistoria que refleja la novela  incorpora también  un vocabulario típicamente leonés, con palabras que nos identifican y con las que ponemos nombre al mundo que nos rodea, especialmente los leoneses de la montaña: tayuelo, manteca, trancar, guaje, jijas, jato, gocho, tanque, corte, dar una rabiscada… Y muchas más… Y esos diminutivos en -ín/-ina que nos acarician el alma: culebrina, añines, cerquina… Aquí he de decir que también yo estoy un poco presente en la novela, pues la propia autora que ha confesado que mi libro El habla tradicional de la Omaña  Baja (Lobo Sapiens, 2010) le sirvió, al menos en parte, de fuente lingüística.

La protagonista, como se ha dicho, se llama Micaela (Mica), una mujer que atrae la atención y mueve la simpatía del lector hacia ella, una mujer a la que los límites físicos y culturales del pueblo le quedan pequeños: se siente ahogada. Su madre, a la que la autora llama siempre  Madre (con mayúscula), es una mujer recia que no es capaz de manifestar el cariño hacia su hija (cosa que si hace después hacia su nieto). Mica, desde pequeña, se rebelaba contra el papel social  de la mujer rural.  Deseaba salir de su sendero marcado y no encuentra otra forma que yéndose a servir a la ciudad. Es una persona decidida, soñadora, apasionada , entusiasta, rebelde, obstinada…  Y necesita volar. Por ello se rebela contra su madre, persona que vive condicionada por el dolor de la muerte de una hija mayor y  es incapaz de  manifestar gestos de afecto. Mica siente que  Madre aplasta sus sueños.  

La vida  de Mica también está marcada por desgracias: por la pérdida de su hermana Ángela, con la que tenía mucha complicidad, que la deja en una orfandad  fraterna;  por la pérdida de la hija que ha tenido que dejar en un orfanato de Astorga;  por la pérdida de su marido en la guerra, por la “pérdida” (lejanía) de su hijo que se va a estudiar a Madrid y no la comprende. A pesar de todo, ella lucha con tesón contra todos los obstáculos.

Otro personaje decisivo   en la vida  de Mica  es Camino Expósito, una muchacha   que un día aparece en su tienda y que le trae a la memoria a la hija perdida.  Su nombre también tiene tintes leoneses y su apellido nos habla de su origen hospiciano. En ella vuelca su afecto y de ella recibe   apoyo moral  en la búsqueda de la hija perdida, veintitrés años antes,  cuyo   recuerdo quedó escondido en el desván de la memoria.  Mica quiere redimirse moralmente de ese pasado, para ella tortuoso, aunque  no fuese responsable de lo sucedido.  Y al final lo consigue, aunque para ello tenga que volver a vivir una segunda pérdida de la hija, después de haberla encontrado y de plantearse un dilema moral. ¿Tiene derecho ella a inmiscuirse en vida de esa hija que ha criado otra madre? La resolución de ese conflicto moral le permite también volver a visitar a su madre en el pueblo con Camino y su hijo.  Ese hecho le permite obtener la redención, porque se perdona a sí misma y a la madre.

En esta novela se hace un gran homenaje a las mujeres, a esas mujeres silenciadas y silenciosas del siglo pasado, que hacían la historia, pero apenas entraban en los libros de historia.  A esas mujeres sumisas que no pudieron o  no supieron levantar su voz  y  a las  que  tuvieron  que hacer un esfuerzo titánico por ser ellas mismas.  La autora consigue realizar una hábil introspección psicológica y una amplia y acertada descripción ambiental, y eso lleva a que los personajes, especialmente  los femeninos,  de esta novela rezumen verdad.

La historia se desarrolla en dos tiempos.  Comienza cuando  Mica tiene 43 años (1951) y está en la estación despidiendo a su hijo que se va a estudiar a Madrid. La otra parte está ligada al nacimiento de su hija, 23 años atrás (1928). La trama se inicia en el presente, pero a partir del segundo  capítulo la autora  usa la técnica del flash back y salta a la adolescencia de Mica. A partir de ahí, va intercalando capítulos que hablan del presente y del pasado, y ambos avanzan linealmente, con algunas miradas retrospectivas.  En el último capítulo incorpora  pasado y presente.  Avanzan, respectivamente, desde su adolescencia hasta que abandona el pueblo, y desde la despedida en la estación hasta el momento en que encuentra a su hija.

        Desde el punto de vista estilístico,  llama la atención el dominio de la palabra literaria, que sorprende muy gratamente, especialmente viniendo de una autora que se estrena en la novela. Hay abundancia de imágenes, sobre todo, símiles, muy literarios: las palabras subieron hasta su boca como   el  fuego por la garganta de un dragón. También manifiesta  habilidad narrativa a la hora de conjugar narración y descripción en un mismo párrafo  y en el manejo del monólogo interior  y el estilo libre indirecto: ¡No pueden obligarme!... Yo no quiero casarme, ¡no quiero! Piensa, tonta, piensa. ¿Cómo puedo evitarlo? ¿Y si huyo? (...)

       Estamos, pues, ante una novela muy hermosa y, sobre  todo, una novela, que es capaz de conmover a los lectores por  ofrecernos una narración realista que remueve nuestros sentimientos  al evocar un mundo que es parte de nuestro pasado colectivo, pasado al que se acerca  la autora con especial mimo.  A mí, como lectora,  me ha gustado e interesado de forma especial, porque lo que refleja es parte de mi propia memoria.  Y, como lingüista, he disfrutado con tantas palabras leonesas que cobran de nuevo vida en su contexto original y, en general, con la  forma de narrar de la autora,  que convierte   en arte de la palabra.

        Una novela, en fin, que es presagio de un futuro literario prometedor para su autora, Marian Martínez.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora





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