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jueves, 18 de junio de 2020

Despistados... En Babia, en la luna, en la inopia...


EXPRESIONES RELACIONADAS CON EL DESPISTE

Cartel que, situado en una carretera leonesa, anuncia la llegada a la  comarca de Babia.

  
El español tiene muchos registros para indicar el concepto de estar  despistado. Al lado de estar  ensimismado, ausente, embelesado,  abstraído, distraído..., existen una serie de dichos muy usuales, que, en algunos casos,  son curiosos por su procedencia.

Si nos despistamos mucho podemos hacer un vuelo sideral y  llegar a las nubes  e instalarnos en ellas. Desde allí, estando en las nubes, vemos muy a distancia todo lo que ocurre sobre la faz de la tierra, y podemos no enterarnos demasiado.  En las nubes parece que se está bien, son un sillón  algodonoso, mullido y cómodo. Pero no es lo mismo que estar por las nubes, pues  lo que está por las nubes está cerca de ellas por su precio elevado, pero no dentro de ellas.  



Cerca de las nubes deben de estar también los que están en el limbo.  Según la religión católica, el limbo es el lugar donde irían las almas de los justos que no tienen esa fe  o  las de los niños  pequeños  que mueren sin haber sido bautizados.  Hoy la religión católica no  considera el limbo  una verdad dogmática. Limbo viene del latín limbus, orla de un vestido y, por extensión, se llama así  a la  franja celeste de las constelaciones del zodíaco.  A partir de ese significado, la iglesia lo consideró un espacio en el borde de los infiernos. Parece que los que estaba en el limbo estaban fuera de la realidad y no podían enterarse de lo que ocurría en ella.

Cerca de las nubes y del limbo, se puede optar por  estar en la luna. Seguramente la expresión perdió un poco su significado cuando el 20 de julio de  1969 pudimos contemplar que un astronauta ponía un pie en el satélite. Pero como el satélite  luna está lejos, podemos quedarnos más cerca y estar  a (en) la luna de Valencia. Probablemente esta expresión surgiera en la Edad Media cuando la ciudad estaba amurallada y se cerraban las puertas por la noche. Quien llegaba tarde  se quedaba fuera, a la luna de Valencia. Pero Vicente Vidal Codella, en el libro “La Valencia de otros tiempos”, propone otro origen. Lo vincula a la expulsión de los moriscos, ya que estos tenían que esperar varios días en las playas de Valencia hasta que los barcos vinieran a recogerlos para llevarlos al norte de África.

Quedarse o estar in albis es una expresión latina que significa que alguien  está en blanco, sin comprender de qué  trata un asunto. Eso nos pasaba mucho en época escolar cuando nos poníamos muy nerviosos ante un examen.

Más por la tierra andan los que están en la inopia.  La palabra inopia significa pobreza (del latín, inopia)  e inope, pobre, que  viene  del latín in- ops, no (sin) riqueza, o  en la más completa ignorancia de algo.  Puede estar relacionada con el hecho de que los  mendigos  eran apartados de la sociedad por ello no se enteraban  de lo que ocurría.

Los hay que andan por los árboles  y les gusta estar en la higuera, y no enterarse de nada. Pero de donde se caen es del guindo. Y, cuando se caen,  de repente,  el golpe les hace volver  a la realidad. El guindo tiene unas ramas bajas y flexibles a las que es fácil subirse, pero también de las que es  fácil caerse, por eso,  los que subían  al guindo a coger las guindas se podían caer con facilidad, por eso eran considerados ingenuos y crédulos.  Los que están en la higuera, en cambio, parecen más seguros y felices. En Hispanoamérica eligen un árbol más alto  porque hablar de vivir en la palmera, y los que se caen lo hacen  de un coco,  de una mata, del zarzo (desván), del catre, del nido…

Guindo  (guindal en leonés) cargado de guindas.

Hay otros que están fuera de onda.  Son los que están desfasados de las últimas tendencias, Desde luego esos no pillan la onda, pues su despiste no les deja captar lo sutil.

Y están aquellos que para estar despistados se tienen que ubicar en un lugar determinado. Les gustan especialmente dos lugares: Babia y  Las Batuecas, además de Valencia.

Los que están en Babia eligen para vivir despistados  esta comarca de la montaña del noroeste de León. Es una zona de gran belleza a la que, según la leyenda,  se retiraban a descansar  y cazar los reyes de León. Mientras los reyes estaban en Babia otros podían aprovechar para tener comportamientos desleales y organizar  intrigas, pues el rey, al estar en Babia, no se enteraba de lo que ocurría en la corte.  Esa es  teoría más conocida sobre  el  origen de la expresión. 

Sin embargo, Manuel Rabanal, catedrático de historia de la Universidad de León, da  otra explicación relacionada  con la trashumancia. (Esta misma explicación aparece recogida en el Museo Etnográfico y de la Trashumancia de Torre de Babia).  Los pastores babianos abandonaban su tierra para ir a Extremadura en invierno y con frecuencia  se quedaban ensimismados  por la nostalgia de  sus montañas  y sus amores,  y así, aunque lejos, estaban en Babia.  Hay un romance popular de “El pastor que estaba en Babia” que podría avalar esta teoría. De él están sacados estos versos finales:



Todo se aduerme careado
en su paz y en su medida
únicamente  el pastor
no duerme, que suena, herida
 la rosa de sus recuerdos
de la su aldea querida.
Ay, pastor, que estás en Babia,
ay, noche que mal abrigas,
los decires sin palabras,
las añoranzas no escritas.
Del pastor que está en su chozo
como un puño en su pelliza
siempre clavado en su Babia
tan bien llevada y traída.



Existen también hermosas canciones ligadas a la trashumancia que nos hablan de la nostalgia que  produce la marcha de esos pastores:


Ya se van los pastores
a la Extremadura,
ya se queda la sierra
triste y oscura…
Ya se van los pastores,
ya se van marchando,
más de cuatro zagalas
quedan llorando.


Aunque no se tiene la certeza de que sea una canción leonesa, pues  es una canción ligada a la trashumancia, es muy probable que lo sea. La recoge como tal  Eduardo González Pastrana, en 1935 (“La montaña de León. Cien canciones leonesas”). También está recogida  en el  “Cancionero popular musical español de Rodolfo Halffter”. La sierra de Camero de la Rioja también se atribuye su origen. La expresión  estar en Babia es antigua, pues ya fue utilizada por nuestros clásicos,  entre ellos Quevedo.

Las dos teorías anteriores son muy hermosas, pero hay investigadores que hablan de que la expresión puede no tener que ver con la comarca leonesa. Parece que  ya se usaba en el siglo XVI y los romances pastoriles fueron posteriores.  Por otro lado, no hay constancia de esas estancias veraniegas de los reyes leoneses en Babia. Algún lingüista propone el origen del antiguo verbo  “embabir” y de su participio  femenino “embabia”. Este verbo  tendría que ver con el significado de embelesado, absorto.  Xosé Lluis García Arias propone esta teoría  en el “Boletín del Instituto de Estudios Asturianos”. Este verbo se fue perdiendo y “embabia” empezó a relacionarse,  a través de una  etimología  popular, con la comarca leonesa.  El escritor salmantino Lucas Fernández, en varios  textos de sus Farsas y églogas de 1514, recoge esta palabra: “Haz al hombre andar perdido /  embauído/ por los cerros y carrascales / medio muerto y desbalido / y aflegido/  con tercería mortales”. 

 En castellano existe el verbo próximo embaír, procedente del latín  invadĕre, con el significado de ofuscar, embaucar. El “Diccionariu  de la Llingua Asturiana” (DALLA) lo recoge en su variante asturleonesa: “Embaíu,-ida: distrayiu, colla atención  fixa nos propios pensamientos”. Parece, pues, una palabra de la lengua asturleonesa. La RAE, a pesar de que uno de los significados del verbo embaír (entretenerse en alguna diversión) lo vincula a Salamanca, considera que la expresión estar en Babia tiene relación con el nombre de la comarca leonesa. Y, desde luego, puestos a estar en Babia, como en la comarca leonesa, en ningún sitio.

 José María Sbarbi, en suFlorilegio de refranes”,  identifica  la expresión con estar en el país de los tontos, aunque no lo identifica específicamente con la comarca leonesa. Según su pintoresca teoría, Babia vendría de baba, y el que está en Babia estaría con la baba caída, imagen repetida como un  estereotipo de los tontos. Milá y Fontanals recoge, en una obra de teatro menor del siglo XVI,  de Velázquez de Velasco, titulada “La Lena”,  lo que se dice  de cierto individuo muy tonto: “Este es sin duda de aquellos que cuentan de la tierra de Babia, donde los trigos se siegan con escalera”. 

No parece tampoco que Babieca, el caballo del Cid, tenga nada que ver con Babia, parece más bien el producto de una leyenda, ni tampoco que el  adjetivo babieca con el significado de tonto y procedente de baba (RAE), tenga que ver con la región babiana. Porque babiano es el gentilicio de Babia, no babieca. Además es probable que babieca sea de origen árabe,  bab-beká, que significa boca abierta, pasmo. Babia procede de las variantes latinas Vadapia, Uadabia o Vadabia (que aparecen en  documentos de la Alta Edad Media. A partir del siglo  XII se recogen las formas Vahabia y Bahabia que dan origen al topónimo actual. Seguramente  el nombre  proceda de algún hidrónimo de origen prerromano. 

Babia es la comarca (aunque sin reconocimiento administrativo)  y   Luna el río que en ella nace y que  la riega, por tanto. nos podemos perder en los dos lugares a la vez. Esta comarca se dividía desde la Edad Media en dos concejos: Babia de Suso (de arriba) y Babia de Yuso (de abajo),  denominación muy sugerente que hoy no se utiliza.   Ambos son lugares adecuados, en estos tiempos que corren, para poder quitarse la mascarilla, aunque, si la queremos lucir, también podemos hacerlo con un diseño ad hoc.




Dentro del Viejo Reino de León también podemos elegir estar en Las Batuecas. Las Batuecas  es un valle  de la Sierra de Francia, colindante con las Hurdes cacereñas, por donde discurre el río Batuecas. Su territorio fue repoblado por orden del   rey Alfonso IX de León, tras ser expulsados los musulmanes. Muchos de los repobladores fueron de origen francés, lo que dejó rastro en la toponimia y en los apellidos. Es un lugar ajeno al “mundanal ruido” donde uno se puede quedar embelesado. Durante el siglo XVI se presentaba a sus habitantes como personas alejadas de la civilización. Lope de Vega escribió una obra de teatro  sobre este  lugar, “Las Batuecas del Duque de Alba”, y Hartzenbusch, “Las Batuecas, comedia de magia en siete actos”. Sus paisajes también fascinaron a Sorolla y a Buñuel. 

Y relacionada también con  las provincias del antiguo Reino de León existe la expresión mirar a las a(l)pabardas. Las apabardas parece que es   uno de los nombres de la palometa, que tiene unos ojos muy abiertos que dan la sensación de asombro. En Galicia también se usa andar aparvado. (En otro artículo expliqué en su día esta expresión).

Hay otras expresiones relacionadas con los animales, como estar papando moscas, que es quedarse despistado, mirando sin mirar, y  con la boca abierta. Papar es masticar algo blando. Todos sabemos que Papamoscas se llama también a un autómata de la catedral de Burgos, que marca las horas. Es una figura humana de rostro grotesco, que hace sonar la campana que marca las horas, abriendo y cerrando la boca. Y los que lo contemplan también se quedan en actitud de papar moscas. De parecida manera están los que miran a las musarañas. Las musarañas son unos mamíferos muy pequeños, parecidos al ratón, con un hocico que es una especie de trompa. Son  unos animales que habitan debajo de la tierra, de la que a veces salen, y que no realizan una actividad importante. Por ello, los que se quedan contemplando a estos animales cuando aparecen, están perdiendo el tiempo.

Si estamos muy despistados, apamplados,  con una empanada mental, es posible que no demos  pie con bola. Originariamente la expresión no tenía relación con ninguna pelota. Se refería a llegar justo a tiempo a un lugar. Gonzalo Correas, en 1627, en su “Vocabulario de refranes y frases proverbiales”,  le daba ese significado. En “La Regenta” de Clarín (1884) aparece ya con el significado actual.  Quizá la popularización del fútbol tenga que ver con ese cambio semántico. Y muy despistados o carentes de sentido común son los que mean fuera de tiesto. Es evidente que tiesto no se refiere específicamente a la maceta, sino a cualquier vasija de barro, que incluía a los orinales antiguos.

Y volvemos a la realidad sacando de nuestra cabeza,   esa empanada mental para ponerla encima de un plato,  que es donde debe estar. Y de esa manera nuestra mente quedará despejada para volver a pensar  en las musarañas, para descansar en Babia o en Las Batuecas, o para  sentirse en el limbo. ¿Dónde mejor?


Vistas desde la Peña de Francia. Salamanca. MAR


Artículo relacionado: 

Mirar a las a(l)pabardas

jueves, 23 de abril de 2020

El legado los libros (III): síndromes médicos


23 de abril de 2020. Día del Libro

Estado de alarma. Día 40



Este es el tercer artículo dedicado al legado de los libros, a todo eso que nos han regalado a los lectores  a lo largo de la historia de la humanidad, y se dedicará a los epónimos médicos relacionados con la literatura. (Al final de este artículo  se incluyen los enlaces a los artículos anteriores).

Un epónimo es un nombre referido a una persona o  a una cosa con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad o una enfermedad. En este artículo vamos a hablar de los epónimos médicos, pues la medicina no ha quedado al margen del uso de nombres  de síndromes tomados de la literatura.



Muchos nombres de síndromes o  problemas de personalidad llevan nombres de personajes literarios: Pollyanna  representa el optimismo enfermizo o idealización de la realidad y es un personaje de la obra de Elanor H. Porter; Dorian Grey, la obsesión por el envejecimiento. El síndrome de Alicia, personaje tomado de la obra de Lewis Carroll, define  a las personas que  ven las cosas más grandes o pequeñas de lo normal o tienen distorsionada la percepción del tiempo. El síndrome de Otelo o celotipia está tomado del famoso personaje shakesperiano.

También hablamos de síndrome de Sthendal, que produce emociones extremas ante la belleza de una pieza artística. El de arlequín, que lleva a  la sudoración y enrojecimiento que solo afecta a una parte del cuerpo. El síndrome de Pickwick, que procede de la obra de Dickens y que tiene que ver  con  el bajo nivel de oxígeno en personas obesas. El síndrome de Huckleberry Finn, procedente de la obra de Mark Twain, con que se califica la actitud de los que eluden responsabilidades como si fueran niños. El síndrome Munchausen, barón fabulador, parodiado en un libro por R. E.  Raspe,  se refiere  a personas que supuestamente han realizado muchos viajes y muy dramáticos.

Algunos síndromes están relacionados con personajes de cuento. El de Cenicienta, se aplica a  las personas que  se inventan malos tratos de los padres y procede del personaje de  Perrault. El enanismo de Walt Disney, lo sufren personas que presentan una apariencia muy envejecida, similar a  los siete enanitos que acompañaban a Blancanieves. Y en relación con la misma obra, la crisis compulsiva de Dopey, el séptimo enano (síndrome de Angelman). El síndrome de Peter Pan define una  apariencia de menor edad que la cronológica. Y el extraño síndrome de Rapunzel que lleva a comerse el cabello que se ha arrancado está basado en el cuento de los hermanos Grimm.

Hay dos síndromes que llevan nombre de mujeres protagonistas de novelas muy famosas: Síndrome de Madame Bovary o bovarismo, inspirado en el personaje de Flaubert, que define la insatisfacción crónica y el no distinguir fantasía y realidad. Y el síndrome de Anna Karenina con que se alude a las mujeres que aman tan ciegamente  que no ven más allá de sus sensaciones. El personaje procede de la obra homónima de Tolstoi.

En otros casos se habla de “complejo”. Complejo  de Casandra, que significa la marginación de lo femenino. El mito aparece en La Ilíada. El  complejo de Edipo, que refleja el amor patológico que siente un niño por su madre. El caso contrario sería el complejo de Electra, el enamoramiento del padre por parte de una hija. Ambos basados en las obras de Sófocles Edipo rey y  Electra, respectivamente.

El complejo de Narciso o narcisismo surge del mito del mismo nombre, es la admiración extrema por uno mismo. Las alucinaciones liliputienses son las que sufren aquellos que ven a  las personas reducidas de tamaño. El nombre se toma del lugar ficticio donde se desarrolla parte de la obra Los viajes de Gulliver. La medicina habla también del panglosismo, como el optimismo exagerado de Pangloss, el preceptor del Cándido de Voltaire.

En el mundo actual, presidido por la acción de las máquinas, también está presente el síndrome de Frankestein. Tiene relación con  el temor  a que   la inteligencia artificial se pueda volver en contra de sus creadores. 

Y no podemos olvidarnos del sadismo y del masoquismo. El término  sadismo procede del nombre del marqués de Sade y define a los que disfrutan produciendo dolor a las personas que poseen. El masoquismo habla de personas a las que les gusta ser dominadas y torturadas,  y ello les produce placer. Procede de la obra de L. van Sacher Masoch, escritor austriaco del siglo XIX, en que aparecen rasgos masoquistas.

Hay una enfermedad venérea, la sífilis, cuyo nombre procede de un personaje literario, Syphilis, que aparece en una obra italiana del siglo XVI, de G. Frascastoro. A este personaje lo castigan los dioses con ese mal. Y la palabra venérea surge a partir del nombre de Venus, la diosa del amor.


Botticceli: El nacimiento de Venus. Galería Los Ufizzi. Florencia

La Biblia también ha prestado epónimos relacionados con la medicina. Se habla síndrome de Job, caracterizado por infecciones cutáneas crónicas; síndrome de la mujer de Lot, el deseo de volver atrás; el síndrome del Mesías o de Jerusalén, relacionado a veces con la esquizofrenia y que  sufren los que se creen elegidos por Dios para convertirse en salvadores.

Los epónimos acercan los conocimientos médicos y la comprensión de determinadas enfermedades. Son un buen ejemplo de la relación que se establece entre disciplinas científicas y literatura. Al mismo tiempo estimulan la curiosidad de la gente para interesarse por el origen y rasgos de ese personaje literario.

Y todo lo expuesto es solo una presentación somera e incompleta de la gran deuda que tiene el lenguaje, el común y el especializado, con la literatura. Y es un tema abierto que seguirá incorporando epónimos de nombres de personajes que ahora mismo están solo en la mente del autor… Habrá que esperar a que tengan nombre y personalidad… Pero no tanto que nos veamos obligados a usar  aquella expresión del burlador de Sevilla: ¡Cuán larga me la fiáis!

¡Felices libros!


Sigamos abriendo ventanas y buscando la sonrisa de las nubes...



Artículos relacionados:

El legado de los libros I: sentires y decires

El legado de los libros II: fantasías infantiles


viernes, 31 de enero de 2020

¿Decir misa o dar misa?



Pinceladas gramaticales


En un artículo anterior me preguntaba si los reyes nos traían regalos o nos echaban regalos, y  de las diferencias de matiz que hay entre ambas expresiones.

Otra expresión verbal, acuñada desde época lejana en nuestro idioma,  y estable en su forma durante siglos, está cambiando en el español actual. Se trata de    decir misa.  Cada vez con más frecuencia, sobre todo  entre la juventud, se oye la expresión dar misa.   



El verbo decir ha sido el usual  en esta expresión coloquial. En niveles más cultos, se deben usar otros verbos, como  celebrar, oficiar… Hasta época reciente, el que asistía a la celebración de la misa, se  decía que iba a misa, que iba a oír misa. El sacerdote decía y el feligrés oía. Todo con su propia lógica.

Misa procede del latín vulgar missa y esta de mittere, que significaba enviar. La misa es un envío hacia Dios, porque recuerda su propia celebración. El DLE (RAE) la define así: Celebración  en que el sacerdote renueva en el altar el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo bajo las especies del pan y el vino.

Consultado  de nuevo el diccionario académico, se ve que de las más de treinta variedades de misas o frases hechas que contienen la palabra misa ninguna de ellas va unida al verbo  dar, sí, en cambio, a decir y celebrar. Si se hace la misma consulta con el verbo dar, el número de expresiones es mucho más larga y en ninguna este verbo  va unido al acto de celebrar misa.

La palabra misa ha dado origen a varias expresiones coloquiales. Una de ellas recoge el verbo decir.  Cuando queremos  desestimar con rotundidad lo que otra persona quiere decir, surge la frase: (Por mí) que diga misa. Hay otra expresión que, aunque no recoge el verbo decir, lo lleva ímplicito de forma indirecta, pues cuando se requiere estar en un lugar en silencio y con atención, se recuerda a la gente que hay que estar como en misa.  Para dar algo no se requiere necesariamente silencio, pero sí es necesario  cuando tenemos que oír lo que otra persona nos dice. Y parece que esto que estamos diciendo son argumentos que van a misa, aunque no convenzan a algunas personas. Se dan órdenes, pero se dice misa. Por otro lado, cuando un sacerdote recién ordenado celebra su primera misa, aunque sea solo rezada, se dice que canta misa y al acto se le llama  el cantamisa. Y cantar, evidentemente, tiene más que ver con decir que con dar.


Si  miramos al refranero, vemos que hay muchos refranes que hacen alusión a la misa, algunos en tono jocoso. Todos los que menciono a continuación  aluden al hecho de que la misa se oye o se dice.  Unos visten el altar para que otros digan misa. El que sabe  dice misa. La misa, dígala el cura. Con tanto decir amén la misa no sale bien. Lo primero y principal, oír misa y almorzar. Oye misa y no cuides si el otro tiene camisa. El domingo, oír misa y almorzar y, si hay prisa, deja la misa. El que se levanta tarde ni oye misa ni come carne. Da limosna, oye misa y lo demás tómatelo a risa. En todos estos refranes se alude al hecho de decir misa por parte del sacerdote y a oírla por parte del feligrés. Parece, pues, que la misa nos llega a los oídos, pero no a la bolsa o las manos. 

Es posible que el cambio del verbo decir por el verbo dar sea una contaminación lingüística relacionada   con expresiones repetidas durante la misa: se da la paz, se da la comunión, se da la bendición, se dan las gracias… En Hispanoamérica la expresión “dar la misa” está  mucho más extendida que en España.

Si vamos a misa, preferimos que el oficiante nos la diga, y conviene estar atentos, y no solo oír, sino también escuchar, porque, si no atendemos, solo entenderemos media misa,  y así  no podremos  saber más que de la misa la media. 

¿Decir misa, dar misa? El tiempo dirá si el cambio de verbo va a misa. Mientras tanto, al que le  den la misa, que se la lleve a casa...


lunes, 13 de enero de 2020

¿Reyes que traen regalos o que los echan?



Pinceladas gramaticales



La lengua está en  un proceso de evolución permanente.  Los cambios van modificando los idiomas y creando variaciones que, a  la larga, derivan en dialectos o en otras lenguas. Un uso  que se generaliza en un momento determinado puede terminar convirtiéndose en algo permanente o  ser una moda pasajera que más tarde desaparece. Eso ocurrió hace años con el anglicismo blue jeans, para referirse  a los pantalones vaqueros. Incluso la RAE lo introdujo en el Diccionario en la forma jean. Cuando parecía que esa palabra se iba a incorporar al idioma de manera generalizada fue sustituida por el término pantalones vaqueros y, posteriormente, por el adjetivo nominalizado vaqueros, que ha sido, finalmente, la forma  que ganó la batalla.

Eso no significa que cuando estamos observando los primeros pasos de  algunos de esos cambios lingüísticos  las formas resultantes no nos resulten chocantes. Este hecho me lleva a comentar  aquí la sustitución de verbos que se está produciendo en  una expresión  que, desde hace mucho tiempo, tenía su forma consolidada en el idioma: traer(me) algo los Reyes. En el mundo urbano la expresión “me lo han traído los Reyes”, se sustituye. de forma cada vez más frecuente, por me lo han echado los Reyes. Y no tienen  el mismo significado denotativo ni connotativo uno y otro verbo.

Traer es conducir algo al lugar donde se habla. Echar es  despedir de sí algo,  hacer que algo vaya a parar a alguna parte dándole impulso. Los Reyes nos traían un regalo, porque venían con el presente hacia nosotros, haciendo un largo camino desde Oriente. Y desde el punto de vista subjetivo, el que alguien nos traiga algo, cuando va a un lugar, tiene un valor afectivo. Los Reyes  nos traen regalos porque son seres que piensan en nosotros y se esfuerzan por agradarnos. Por otro lado, si nosotros pedimos regalos parece la respuesta lógica a pedir es dar o traerAhora solo nos echan el regalo (¿en el zapato?). Nos lo  arrojan,  no sabemos si desde cerca o desde lejos, como si fuera un movimiento rápido y mecánico, como si fueran meros repartidores de paquetería.  Quizá como un comportamiento propio de una sociedad de consumo y de prisas. Tal vez sea porque estos  reyes modernos también compran en Amazon.

El verbo echar siempre ha tenido  amplio uso  en nuestro idioma: echar agua a una planta, echar gasolina al coche, echar sal en la comida, echar jabón en la lavadora, echar de comer a un animal, echar a un alumno de clase… Echar de comer aparte... Ya va bien servido,  no es necesario  que ampliemos más su significado.

Pero  parece que este verbo puede, efectivamente,  terminar echando al verbo traer, de esa costumbre tan arraigada en España de regalar algo por Reyes, pues en el mundo urbano y entre la juventud la preferencia por la forma moderna echar algo los Reyes es clara. A mí, personalmente, me gusta mucho más la idea de que alguien, (un familiar, un amigo, los Reyes…) me traiga algo de un lugar,  que me lo entregue  y que, a ser posible, lo deposite en mis manos…  Que le pueda dar las gracias. Me parece que tiene un componente más humano.

Una, que es tradicional, tiene sus preferencias… Y, en cualquier caso, para echar regalos primero hay que traerlos, ¿o no?


(La tarjeta que ilustra el artículo es diseño de mi antiguo alumno, hoy amigo, Raúl de Diego).

miércoles, 11 de diciembre de 2019

¡Mucha mierda! Con perdón…


  Expresiones relacionadas con lo escatológico



  

     Este artículo  se va a mover entre lo escatológico y lo coprófilo. Aclaramos, pues, desde el comienzo, el significado de los sustantivos de los que proceden estos términos. La escatología es uso de expresiones soeces relacionadas con los excrementos. La coprofilia es la atracción fetichista por los excrementos.

    Caca, culo, pedo, pis.  A los niños pequeños les hacen gracia estas palabras  relacionadas con la coprofilia  y las usan, a modo de retahíla, para provocar la atención de los  adultos, especialmente cuando ven que estos se encuentran incómodos al oírles  repetirlas  en público. 

       Pero no solo  a los niños. A los hablantes adultos también nos gusta movernos en lo mundo de lo escatológico. De lo contrario,  no se entendería  por qué la palabra mierda, y lo que tiene que ver con ella, está tan presente en el habla coloquial española.

  Como una forma de mostrar nuestro disgusto o  contrariedad (aunque a veces también estas expresiones solo reflejan  afectividad), usamos muchas veces la expresión “me cago en”, que suele  quedar convertida en me cagüen Y nos cagamos en las cosas más diversas.

      Con frecuencia recurrimos a la madre o al padre: cagüen tu madre, tu padre. A la madre, dudando de su moralidad sexual, se le añade a veces, sin miramientos, un epíteto: tu puta madre. Pero no solo  nos cagamos en los padres de los demás, a veces también  en los nuestros. Y lo curioso es que cuando un hijo consigue enojar a sus padres pueden ser estos los que digan cagüen tu madre o padre, como si los aludidos por el insulto no fueran ellos, sino otras personas.

       Y poco importa si están vivos o muertos, o si los muertos son recientes o no, pues también tenemos la variante me cagüen tus muertos. Y en ese cagarnos en las cosas más diversas, aparece también la referencia a nuestros primeros meses de vida, a la cuna, a la leche: cagüen la cuna que te arrulló  o la leche (que mamaste). Uno de los más frecuentes es, sin duda, cagüen la puta, que se puede convertir  en la puta madre o simplemente en el naipe de la puta  de oros o de bastos. No es menos frecuente la alusión a la mar salada. Y algunos se remontan a tiempos y  personajes muy lejanos y traen a Diógenes a la actualidad. Otros disfemismos  menos bastos sirven para suavizar la expresión anterior, tal es el caso de mecachis.

      Tampoco nos sentimos extrañados cuando oímos decir que alguien se caga en diez (Diez). No parece que haga referencia al número, ni al apellido Díez, que es frecuente en la provincia de León, tal vez sea una suavización de la palabra Dios. No falta quien considera que es una etimología popular que procede del apellido de un general francés (D´Huez) que los españoles del sureste de España recordaban con odio por su crueldad.

     Los elementos religiosos no quedan fuera de la escatología. Se oyen con frecuencia expresiones blasfemas como me cagüen Dios (o san Dios),   la hostia o la hostia puta,  el copón,  la Virgen,  los clavos de Cristo, todos los santos… En algunos casos, con ligeras modificaciones  que alteran la referencia a  Dios, no nos importa crear otra divinidad y aparece la forma: me cagüen diosla. También se puede aludir al demonio con nuestros “cagamentos”: me cagüen el demonio. Y no faltan las tres Marías que en este contexto son: la caca, la mierda y la porquería.

  Aunque estas expresiones pueden ser consideradas blasfemias y, en cualquier caso, son expresiones irrespetuosas,  en muchos ocasiones no tienen componente injurioso, porque se han desposeído del sentido religioso y  son usadas  de la misma forma por personas que creen en Dios  y  por otras  que no creen. Y no solo hay expresiones relacionadas con la divinidad para el Dios cristiano, pues Buda también aparece con frecuencia en expresiones de este tipo. Y hasta nos podemos inventar algún santo original: cagüen san pito pato.

    Hay otras expresiones ligadas a partes  o aspectos de nuestro cuerpo. Se puede alguien cagar en nuestras muelas –de momento los dientes están a salvo-  o  elegir el cuerpo entero y cagarse en  nuestra (mi) estampa o en algo más etéreo como nuestra sombra. Y cuando no se encuentra el lugar o la persona oportuna para regalarle nuestros excrementos lingüísticos o queremos mostrar un desagrado genérico la frase se transforma en me cago en todo (lo que se menea). Personas, animales y plantas serían los objetivos de esta lindeza. Si se mueven, claro está. Y hay unos extraños animales que parecen especialmente inquietos, son los ratones colora(d)os, a los que convertimos en receptores preferidos de nuestros excrementos.

   El hecho de defecar no se queda en las expresiones anteriores. Con frecuencia, cuando cometemos un error difícil de enmendar, nos sale espontánea la expresión: ¡La he cagado!  En ocasiones, cuando son otros los responsables de la metedura de pata, les dedicamos la expresión la cagaste Burt Lancaster (pronunciado aproximadamente: Bur Lancáste). ¿Y qué tiene que ver el actor estadounidense con este asunto? Parece que nada que vaya más allá de la  gracia o la musicalidad de la propia frase que dio título  a un disco muy popular, del grupo Hombres G,  publicado en 1986. En cualquier caso, seamos nosotros los responsables de la cagada o él,  la mancha puede ser indeleble.



Si salimos precipitadamente de un lugar, lo hacemos cagando leches. Como parecía que lo hacían los animales que transportaban la leche en tinajas, cuando este reparto se hacía a domicilio y la precipitación iba dejando pequeños regueros de leche donde se había repartido.

Algo de resultado muy insatisfactorio es una cagada, quizá porque la persona que lo ha hecho lo ha realizado atropelladamente. Está claro: no conviene ser un cagaprisas. 

A los que actúan de forma cobarde o pusilánime les llamamos caguetas,  cagados, cagones… Y sin ser especialmente cobardes todos hemos sentido alguna vez el   cague, ese miedo intenso que paraliza.  Es bien conocido el hecho de que ante una situación de miedo extremo es difícil controlar los esfínteres. Dejó buen testimonio de ello Cervantes en El  Quijote, cuando, en la  famosa aventura  de los batanes, Sancho siente un miedo extremo ante unos misteriosos sonidos nocturnos, y este miedo  le impide controlar lo que ocurre en su cuerpo, por lo que don Quijote lo reprende:

̶ Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

̶ Sí tengo –respondió Sancho ̶ , mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

 ̶ En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar –respondió don Quijote. (Capítulo 20, I).

"El Quijote" (20, I),  edición  de  Martín de Riquer
con ilustraciones de Mingote


      El mismo fragmento del Quijote traducido al macedonio,  en la edición del "Quijote universal del siglo XXI"

Algunos vocablos  que designan  a las personas aluden a su poca categoría laboral, como el cagatintas (chupatintas), un oficinista de poca categoría, o el cagarrache, operario de una almazara que depende del maestro. Y la palabra caganidos que, con el mismo sentido que el último pájaro de una pollada, se aplica al último hijo de una familia. Y con el significado de desecho se usa la palabra cagafierro para la escoria del hierro. Algunos nombres de  animales también derivan del verbo cagar: cagaaceites se llama al pájaro zorzal. El cagachín o cagarropa es un tipo de mosquito.

En el lenguaje juvenil actual encontramos, sin embargo, una expresión que llama poderosamente la atención, porque trata de destacar algo de forma positiva. Así, oímos decir ¡huele que te cagas! para un perfume u otra cosa que huele bien. Expresión curiosa y contradictoria, pues hay que evitar hacer lo que sugiere, de lo contrario, el olor sería bien diferente. 


     ¡Y una mierda! 


    Con lo de cagar y cagada viene en consonancia la palabra mierda que también adorna el lenguaje coloquial. 

    Para mostrar el enojo y despachar de un lugar a la persona que nos resulta inoportuna podemos optar por enviarla a distintos lugares, algunos bastantes escatológicos: a cagar, a cagar al vía, a buscar la cagada  de un lagarto, al guano  (excrementos de aves marinas) o, llana y simplemente, le decimos: ¡Vete a la mierda! Cuando la sensación se hace ya insoportable actuamos contra nuestro abanico: ¡A la mierda, abanico, que se acabó el verano! O simplemente elevamos el tono, lo acompañamos del movimiento de algún dedo de la mano y lanzamos una expresión con componente cuantitativo: ¡Y una mierda!

    ¡Mierda o a  la mierda!, es la interjección que usamos más frecuentemente para indicar contrariedad: ¡Mierda, no me di cuenta!  A veces lo comunicamos con cierta calma: lo mando todo a la mierda  y, otras, mostramos nuestra rabia con una expresión de mayor  intensidad: ¡a la puta mierda! O repetimos la palabra haciendo un dúo o trío: ¡Mierda, mierda, mierda!  Y  si somos políglotas podemos sustituirla por la conocida palabra francesa  y  gritar:  ¡Merde!

    Como sustantivo, la palabra mierda sirve para calificar algo malo o muy malo: un trabajo de mierda,  una vida de mierda…  O sirve para calificar la poca valía de una persona: es un mierda, es un jefe de mierda… A veces adquiere valor pronominal y equivale a nada: me importa una mierda o ¿a mí qué mierda me importa?  Pero la mierda puede ser un poco más visible si la convertimos en una especie de estandarte,  en una mierda pinchada en un palo y salimos con ella a pasear o desfilar. Podremos hacerlo si antes no nos hemos cogido una mierda (castaña, cogorza, pedo…), porque en caso contrario perderíamos nuestro estandarte en el paseo.

    En ocasiones, adopta un  significado más claramente metafórico. Eso ocurre en expresiones como revolver la mierda, que aluden al hecho de  buscar más problemas donde ya los hay, o  estar de mierda hasta el cuello, para describir a alguien al que se le puede criticar por su actitud moral o social, o me tocó comerme la mierda, cuando alguien debe responsabilizarse de los errores ajenos. Lo que huele a mierda, sin serlo, es algo reprochable dentro de una actuación poco clara. Y si no levantamos las alfombras con frecuencia, es posible que estemos ocultando la mierda desde épocas lejanas.

      Una de las expresiones más conocidas para desear éxito de público dentro del mundo del espectáculo  es la famosa  ¡mucha mierda! Parece que viene de siglos atrás cuando la gente elegante acudía al teatro en coches de caballos.  Los animales dejaban sus excrementos camino del teatro, por tanto,  a mayor cantidad  de excrementos,  más público, y más éxito de la representación.
    
     Hay muchos refranes populares que  recogen la palabra mierda  y le dan un  sentido figurado. Vayan unos pocos ejemplos: A quien con mierda trasiega, algún olor se le queda; gaviota hacia tierra, marinero a la mierda; la mierda cuanto más se revuelve, más huele; ni mierda sin pedo, ni boda sin tamborilero… Y todos hemos oído alguna versión de este  microcuento: Este era el cuento de María Sarmiento que fue a cagar y cagó en el asiento.

   En la lengua catalana hay muchos dichos populares y refranes que usan este lenguaje escatológico  sin ningún reparo: Pluja a la muntanya, merda al pla (los problemas de los de arriba afectan más a los de abajo). Las gallinas de arriba cagan a las de abajo, se dice en castellano.  Són cul i merda (son culo y mierda), para hablar de personas que son inseparables. Hay que recordar también la presencia en los belenes  de un personaje  que está defecando y que es típicamente catalán, el caganer.  Esta figura está  aceptada por la iglesia y  puede representar a cualquier personaje famoso de la actualidad, aunque en su origen representaba a un campesino catalán.

    Y al lado de la mierda la caca, que es una forma más  familiar y personal, y que a veces adquiere un tono afectivo, por lo que parece que podemos hablar de ella de  una forma menos malsonante. La  expresión hacer caca (parece que es algo que depende de nuestra propia decisión) es la preferida para niños y adultos. Y para los más modernos la palabra se ha quedado en dos escuálidas letras: KK (caca).

     También el habla cotidiana usa expresiones relacionadas con el verbo mear: al que mea (o escupe) para arriba le cae encima, es una frase que critica la jactancia. Cuando queremos mostrar máxima extrañeza ante un hecho decimos que es para mear y no echar gota. Y cuando alguien tiene una actuación inadecuada o inoportuna, que mea fuera de tiesto. De la  niebla que desprende mucha humedad se dice que es una niebla meona y de la lluvia que es solo un calabobos,  lluvia meona. Y meón  o meona se llama también a los niños  recién nacidos.  Sin olvidarnos de esos beatos santurrones que llamamos meapilas.

     El español también es original a la hora de referirse a ir a orinar o a defecar. El número de expresiones es ingente. Unas finas, como ir al baño, al inodoro, al excusado, a hacer aguas mayores…, y otras menos finas, pero más originales. Ahí van unas pocas: a hacer popó, a plantar un pino, a sentarse en el trono, a descomer, a poner un mojón, al confesionario, a quitarse un peso de encima, a visitar al señor Roca, a ver chi cago, a rescindir el contrato a KK, a hacer lo que nadie puede hacer por mí, a soltar lastre… Y tantas más que se oyen, sobre todo, en el lenguaje juvenil.

     Los excrementos  han  tenido en ocasiones usos prácticos que les han dado un valor social reconocido. Parece que algunos pueblos prerromanos de la península Ibérica, de forma profiláctica,  se enjuagaban la boca con orina. También es conocido que  algunas damas romanas se embadurnaban el rostro con las heces para conseguir mayor tersura. En algunas culturas se han usado también con fines médicos para curar heridas.

    Hoy casi todos  reconocemos   la caca sonriente del WhatsApp, uno de los emoticonos más conocidos del mundo. Una evolución del señor Mojón de la serie South Park,   que apareció en diciembre de 1997.



        Y  no hay que olvidarse  del culo.  Aunque esta palabra, es más aceptable en el lenguaje formal que las anteriores, siempre que nos refiramos únicamente al conjunto de las nalgas.  A pesar de ello, con frecuencia, en la lengua más finolis, esta palabra se evita con otros términos  como trasero, pompis, culete  Sin embargo, hay  muchas expresiones malsonantes y vulgares, seguramente por sus connotaciones sexuales, como la dirigida a quien se le manda ¡a  tomar por el culo! o a quien le deseamos  ¡que te den por el culo!, expresión de rechazo hacia alguien. También podemos dar por el culo a los demás, cuando nos empeñamos en molestar.

   Otras expresiones sirven para expresar defectos o situaciones. Tenemos  el culo apretado, si somos personas presuntuosas;  apretamos el culo contra el taburete,  si tratamos de afrontar un peligro; nos  caemos de culo, cuando  nos quedamos atónitos ante una situación sorprendente; nos quedamos con el culo al aire, cuando nos encontramos en una situación comprometida; perdemos el culo, cuando nos damos mucha prisa, o vamos de culo cuando algo nos va muy mal.

   Para intensificar algo podemos añadir también esta palabra, bien para definir a alguien, como en es tonto del culo,  o para quejarnos: estoy hasta el culo de todos, especialmente de los los lameculos del jefe.  Y cuando queremos rechazar contundentemente algo que antes se había pedido,  le decimos a la persona que nos lo proporciona  que se lo meta por el culo, (si tiene el tamaño adecuado, claro está).

     Si queremos que  alguien se comprometa,  le exigimos que se moje el culo y que no se equivoque y  confunda el culo con las témporas. Otras expresiones con la palabra culo nos presentan también aspectos peyorativos como la excesiva lejanía de algo que está en el culo del mundo, la deficiencia visual de la persona que lleva gafas de culo de vaso o la excesiva inquietud del que es un culo inquieto o culo de mal asiento. Quizá de tanto moverse  termine desgastando el pantalón y dejando sus posaderas a culo pajareroPero siempre es mejor que el desgaste se produzca por ese motivo que  por el hecho de que le hayan dado una patada en el culo. Y esto de dar patadas en semejante lugar está demasiado de moda en algunos ámbitos, especialmente en el laboral, aunque hay personas que tienen siempre buena suerte, porque nacen con una flor en el culo.


   Hay un culo, sin embargo, que tiene connotaciones positivas. Es el culo de rana. Todos hemos oído o reproducido aquello de sana (cura), sana, culito (rabito) de rana, que si no sanas hoy, sanarás mañana. Parece que estas palabras se convierten en un bálsamo curativo para conseguir que un niño se calme cuando ha sufrido un daño físico.

     Y concluimos con el  pedo, que ha dado origen a muchos refranes, alusivos a su significado real, con frecuencia relacionados con la alimentación o los buenos modales o con sentido más figurado: Ni en parte pública ni en secreta hagas del culo trompeta.  También se ha incorporado al idioma la expresión metafórica cogerse un pedo, para hablar de la situación de ebriedad.

      La literatura no ha sido reacia a incorporar en sus textos algunas referencias a lo escatológico. El escritor clásico que tiene mayor obsesión por  lo relacionado con la  coprofilia es Quevedo. Aparentemente trata el tema de forma humorística, pero en muchos casos, tras el humor y la burla, se esconde un componente simbólico o   moral. 

     Uno de sus famosos sonetos comienza: La vida empieza en lágrimas y caca… Y para defenderse de las críticas de su  enemigo Góngora le escribe estos  versos: (…que nunca que yo sepa  / se le cayó la mierda de la boca. Escribe también la ingeniosa y humorística obra breve, en prosa,  Gracias y desgracias del ojo del culo. Y en muchos otros textos también está presente esta temática.

      Recogemos un fragmento de su famoso Poema al pedo:

(…) El pedo es como la nube que va volando

y por donde pasa va fumigando,

el pedo es vida, el pedo es muerte,

y tiene algo que nos divierte:

el pedo gime, el pedo llora,

el pedo es aire, el pedo es ruido

y a veces sale por un descuido,

el pedo es fuerte, es imponente,

pues se los tira toda la gente. (…)

Quevedo decía que el pedo es cosa alegre, porque dondequiera que se suelta anda la risa y la chacota. 

Pues así,  poniendo una sonrisa en el lector, cerramos este artículo tan merdoso. Y si te has asombrado de que este tema dé tanto de sí, solo te queda decir: ¡Cágate, lorito!

Manneken pis, famosa estatua de Bruselas
Jeanneke pis,  Bruselas



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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.