viernes, 16 de enero de 2026

Por los caminos de la vida

 


"La verdadera patria del hombre es la infancia". R. M. Rilke

En ese dorado paisaje otoñal, desde Marcogolla, se vislumbra la casa donde nací, en Paladín (León)

Por los caminos de la vida

 

Nací en una tierra de  gentes austeras,

en un lugar,  Paladín,

con nombre de resonancias guerreras,

al pie de una vallina de agua fina 

y  nombre  sonoro (Marcogolla),

en un día  de enero,

mientras se oían

las  huecas pisadas de las madreñas,

el  ronco sonido del río,

el gemir de las ramas,

el mugir   de las vacas…

Crecí mirando a la tierra

y esperando las gracias del cielo.

Paisajes   de primavera gozosa

amamantaron mi alma,

veranos de hierba y centeno,

fortalecieron mi cuerpo,

otoños de parcas cosechas

doraron mi vista

e  inviernos de lumbre 

y  palabras aladas

poblaron  las nubes  de mi fantasía.

Mesas sobrias  saciaron mi hambre,

contados libros alumbraron mi mente,

deberes sin tregua 

forjaron mi espíritu...

Mi infancia fue  una canción

con estrofas de   diminutivos frugales:

un poquitín de azúcar,

un puñadín de arroz,

una gotina  de mimos, 

una perrina

Y un  estribillo que sabía 

a  pan  y manzanas.

Una enciclopedia, 

unos mapas, 

una maestra,

un cura,  

una beca

me abrieron los ojos al mundo.

Colores, olores, sabores, trabajo,

respeto y humildad

me trazaron  caminos de vida.

Los  años mozos me  robaron  los verdes

y pintaron de gris mi mirada…

Días   de esfuerzo y tesón

me llevaron  a  sueños cumplidos,

mientras   arrebataban vidas

y   desgarraban afectos.

En la madurez me vi  

conduciendo la vida de otros.

Años  de  vocación, de  ilusiones,

de entrega, de  compromiso, 

de lealtad, de amor:

años de sementera.

Siembra de conocimientos. 

Siembra de afectos. 

Siembra de vida.

Y germinaron los días,

como los trozos de patata 

o  los fréjoles

que veía enterrar de niña,

y crecieron, y se multiplicaron, 

y produjeron  excelente cosecha.

Y heme aquí, 

con un  largo camino a la espalda,

sintiendo que  sigo siendo de pueblo

y regresando a mis raíces  primeras:

a mi casa, a mi  río, a mis árboles, 

a mis verdores, a mi gente

 y a la expresividad  de mi lengua.

¡Un recorrido tan largo 

para volver al inicio!

Ahora vuelvo, una y otra vez,  

a las vivencias de infancia. 

De aquella infancia, mi infancia,  

que, para una niña de pueblo,

casi  empezaba a inventarse.

Y ahora comprendo que  allí 

ha estado  mi  patria:

en el  lugar  de los miedos,

de los  descubrimientos,

de la inocencia,

de los sueños.

En el de la magia de  las palabras.

De aquellas palabras, sonoras, 

amorosas, relucientes,

con las que  poseía

y comprendía el mundo 

que me rodeaba:

afalagar, ajagüeiro, cabrallouca,

esperriar, requisconcio,

tortollo, tulipanda,

 zurriburri… 

¡Oh, sí! 

Por aquellas   sendas de infancia 

aprendí a sentir,

a aprender,  a respetar, 

a agradecer…


Y por  los caminos de la vida 

a  saber estar y  a ser.


Existir, sentir,  pensar, ser…


Caminar con empeño: 


¡VIVIR!



©Margarita Álvarez Rodríguez


16 de enero de 2026


Este poema está  incluido en mi libro Omaña, la voz del agua.



¡Ay... aquellos mapas que extendieron los límites de mi mundo y me llevaron hasta Rusia y Pernanbuco!
En mi escuela... En la mesa de mi maestra,  el día de la presentación de mi libro Palabras hilvanadas


Exterior de escuela en que aprendía a leer y de la que salí los diez años



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