"La verdadera patria del hombre es la infancia". R. M. Rilke
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| En ese dorado paisaje otoñal, desde Marcogolla, se vislumbra la casa donde nací, en Paladín (León) |
Por los caminos de la vida
Nací en una tierra de gentes
austeras,
en un lugar, Paladín,
con nombre de resonancias guerreras,
al pie de una vallina de agua fina
y nombre sonoro
(Marcogolla),
en un día de enero,
mientras se oían
las huecas pisadas de las
madreñas,
el ronco sonido del río,
el gemir de las ramas,
el mugir de las vacas…
Crecí mirando a la tierra
y esperando las gracias del cielo.
Paisajes de primavera
gozosa
amamantaron mi alma,
veranos de hierba y centeno,
fortalecieron mi cuerpo,
otoños de parcas cosechas
doraron mi vista
e inviernos de lumbre
y palabras aladas
poblaron las
nubes de mi fantasía.
Mesas sobrias saciaron mi hambre,
contados libros alumbraron mi mente,
deberes sin tregua
forjaron mi espíritu...
Mi infancia fue una canción
con estrofas
de diminutivos frugales:
un poquitín de azúcar,
un puñadín
de arroz,
una gotina de
mimos,
una perrina…
Y un estribillo que sabía
a pan y manzanas.
Una enciclopedia,
unos mapas,
una maestra,
un cura,
una beca
me abrieron los ojos al mundo.
Colores, olores, sabores, trabajo,
respeto y humildad
me trazaron caminos de vida.
Los años mozos
me robaron los verdes
y pintaron de gris mi mirada…
Días de esfuerzo y tesón
me llevaron a sueños
cumplidos,
mientras arrebataban
vidas
y desgarraban afectos.
En la madurez me vi
conduciendo la vida de otros.
Años de vocación,
de ilusiones,
de entrega, de compromiso,
de lealtad, de amor:
años de sementera.
Siembra de conocimientos.
Siembra de afectos.
Siembra de vida.
Y germinaron los días,
como los trozos de patata
o los fréjoles
que veía enterrar de niña,
y crecieron, y se
multiplicaron,
y produjeron excelente cosecha.
Y heme aquí,
con un largo camino a la
espalda,
sintiendo que sigo siendo
de pueblo
y regresando a mis
raíces primeras:
a mi casa, a mi río, a mis
árboles,
a mis verdores, a mi gente
y a la expresividad de mi
lengua.
¡Un recorrido tan largo
para volver al inicio!
Ahora vuelvo, una y otra vez,
a las vivencias de infancia.
De aquella infancia, mi
infancia,
que, para una niña de pueblo,
casi empezaba a inventarse.
Y ahora comprendo
que allí
ha estado mi patria:
en el lugar de los
miedos,
de los descubrimientos,
de la inocencia,
de los sueños.
En el de la magia de las
palabras.
De aquellas palabras, sonoras,
amorosas, relucientes,
con las que poseía
y comprendía el mundo
que me rodeaba:
afalagar, ajagüeiro, cabrallouca,
esperriar, requisconcio,
tortollo, tulipanda,
zurriburri…
¡Oh, sí!
Por aquellas sendas de
infancia
aprendí a sentir,
a aprender, a respetar,
a agradecer…
Y por los caminos de la vida
a saber estar y a ser.
Existir, sentir, pensar, ser…
Caminar con empeño:
¡VIVIR!
©Margarita Álvarez Rodríguez
16 de enero de 2026
Este poema está incluido en mi libro Omaña, la voz del agua.
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| Exterior de escuela en que aprendía a leer y de la que salí los diez años |




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