viernes, 9 de junio de 2017

Entre puentes, pontones, zancas y pasaderas... Por la cuenca del río Omaña.


A todos los omañeses,  que  han sabido ingeniárselas para cruzar los ríos. 

Puente colgante.  Paladín (Omaña-León). Foto: MAR


Aguas que pasan...

Río Omaña, río Omaña,
discurres por esta tierra,
y riegan  tus aguas claras
los valles y las riberas. 

Árboles, campos y flores
se reflejan en tu faz
y tú sonríes contento
y te dejas contemplar.


Foto: MAR













Desde el alto Tambarón,
en torrentes y cascadas,
bajas raudo y saleroso
hasta  la Omaña más baja.

En tus tabladas serenas
el silencio te acompaña,
pero, cuando coges bríos,
tus aguas cantan y bailan.



Río Omaña entre el puente viejo  de La Garandilla  y el nuevo.
Foto: MAR

Tú recorres nuestros pagos
por presas y por regueros,
fértil haces nuestra tierra:
nuestras veigas, nuestros huertos.


Puentes tienden sobre ti
que como ataduras son,
pero tú sigues sereno:
los prestas de mirador.




Puentes antiguos, modernos,
de madera o de hormigón,
permiten pasar enjutos
disfrutando tu frescor.


Montrondo. Foto: Paco Álvarez













Lucen puentes medievales,
otros ríos que a ti llegan,
hermosos puentes de piedra
que en el agua se reflejan.



Por debajo  pasan aguas
que los quieren abrazar,
yo me paro a escucharlas
y  las oigo susurrar.

Cantan penas y alegrías
de las gentes del lugar
y con ritmo cadencioso
las alejan hacia el mar.



Aguas que hay que pasar...


Los puentes


Bajo los puentes corren las aguas, sobre los puentes pasan las personas. Personas que cruzan en ambas direcciones, por eso los puentes son símbolos de encuentro, de intercambio. De hecho, la expresión tender puentes  se usa con ese significado figurado. Y cuando se quieren  aislar  poblaciones o personas se rompen los puentes, por eso, son siempre un objetivo estratégico que se quiere  destruir en el caso de  guerra.

Los puentes acercan a las personas; en cambio, el agua que corre bajo ellos las separa. Los ríos siempre han sido fronteras, divisiones naturales entre pueblos, comarcas o ayuntamientos, por más que ahora algunos se empeñen en modificar esas fronteras naturales. Desde el punto de vista cultural  y  lingüístico, se sabe que los ríos separan, en cambio, las montañas unen. Así ha ocurrido con pueblos del Valle Gordo que se han relacionado desde tiempo antiguo con pueblos del Bierzo  o con otros de la comarca de Omaña, a través de la montaña, o  con el pueblo de Paladín, hoy del ayuntamiento de Valdesamario, que perteneció durante años al ayuntamiento de las Omañas, porque esa era la agrupación natural de los pueblos: pueblos unidos por senderos de montaña y separados por ríos,  que eran la línea  geográfica infranqueable si no existía un puente. 

Los puentes han cambiado, sin duda, la vida de la gente. Por los puentes han cruzado caminantes que se dirigían a otras poblaciones para celebrar fiestas, realizar trabajos, asistir a entierros, recibir  o prestar asistencia sanitaria, docente o religiosa, visitar a conocidos… Los puentes han llevado también las palabras  y las formas peculiares del habla de un lugar a otro. 

Los puentes unen los pueblos,
pues  sus gentes, al pasar,
intercambian las vivencias
la cultura y el hablar.

Los omañeses han buscado durante siglos la forma de cruzar el río Omaña y sus afluentes. ¡Si el río hablara, podría contar la historia de esta tierra!  El río la fertiliza y le da vida. Pero el río también ha producido daños con sus desbordamientos y ha mantenido aislados algunos de estos pueblos durante los inviernos y primaveras. Pero los habitantes de estas montañas no han cejado en su esfuerzo de buscar formas de pasar a pie enjuto los ríos y arroyos, que en esta tierra son numerosos.

Cuando los puentes y carreteras  eran escasos en el mundo rural, estaban en mal estado y aún no había vehículos a motor, a lomos de caballerías: burros, caballos, mulas… se transportaban las quilmas de trigo, cebada o centeno  para llevarlas a moler a otros pueblos que sí tenían río y, por tanto, disponían  de molinos privados o comunales.  Estos animales cruzaban los ríos con la carga y el dueño sobre su lomo. En algunas ocasiones el dueño cruzaba por un puente rudimentario   y la acémila cruzaba por el río agarrada del ronzal, porque era reacia a pasar por el puente, dada su inestabilidad. Así debían cruzar también los ríos los médicos o veterinarios que atendían a personas y animales de los pueblos de  la montaña leonesa.


Don José María Hidalgo Chapado, veterinario de Riello,
cruzando el río Omaña, en la década de los 50.
Foto: cortesía de José María Hidalgo Guerrero


Poco a poco  los puentes facilitaron el transporte de alimentos y otros productos, sobre caballerías, en los serones, cuévanos o alforjas, a los pueblos que estaban al otro lado. También permitían el paso de los carros  que   transportaban patatas, cereales, hierba, estiércol... En la mayoría de las casas  en que viven o vivieron agricultores se conservan los carros, con sus complementos, y también  los aparejos de las caballerías:  la albarda con su cincha, las alforjas… En los años 50, ya cruzaban los puentes las bicicletas que hacían posibles desplazamientos de varios kilómetros, para poder ir a trabajar a  otros lugares, haciendo oficios de canteros, mineros, hojalateros, afiladores, carteros…

A medida que mejoraban los caminos y carreteras, ya no solo  se oían sobre los  "espinazos"   de los puentes los sonidos  de las pisadas de los animales, las ruedas de los carros  y los "arre" sus dueños (sonidos que, casi siempre, se podían confundir con los sonidos de la naturaleza), sino que la “nueva música”  de los vehículos motorizados,  va a impedir oír los sonidos de la contorna y hasta el canto  armonioso del agua que corre bajo ellos.

En la Omaña Alta, se conservan hermosos puentes  de clara factura medieval, aunque modificados en épocas posteriores. Son puentes construidos con piedra del propio río, de arcos apuntados. Estos puentes aparecen en afluentes del río que da nombre a la comarca, el “río grande” o río Omaña. Unían localidades próximas entre sí o partes de un mismo pueblo. Como estos ríos tienen un cauce y caudal menor, fue más fácil construirlos  y que pervivieran durante siglos. 


Barrio de la Puente. Foto: cortesía de Paco Álvarez

La verdad es que las gentes tenían más necesidad de relacionarse con los pueblos próximos que con lugares más lejanos. Algunos de ellos seguramente están vinculados con las explotaciones auríferas romanas.  En unos cuantos pueblos omañeses podemos contemplar estos puentes, que nos devuelven a un  pasado lejano: Murias de Paredes, Barrio de la Puente, Posada de  Omaña, Montrondo, Salce, Vegapujín… Cada uno de ellos merecería un artículo aparte por su interés y su belleza. (Invito a ver el vídeo de Paco Álvarez en que se refleja la belleza de unos cuantos puentes omñeses. Al final del post aparece el enlace).




Murias de Paredes. Foto: cortesía de  Paco  Álvarez

Uno de los puentes modernos más antiguos,  ya centenario (1914), es el puente de Aguasmestas. Antes de ese año existían en el lugar puentes de madera que, año tras año, eran arrastrados por las riadas. Los vecinos del Valle Gordo debían pasar el río en caballerías o en el carro  o, en su caso, con zancas o por pasaderas. Pero el cruce del río era impracticable en invierno. Era el puente necesario para dar salida a los habitantes de todo el Valle Gordo hacía el sur, pues no era posible salir del valle  en invierno cuando las aguas venían crecidas. 

Su construcción fue sufragada por la colonia de Murias de Paredes en Madrid. El puente está dedicado a la memoria de Manuel Rodríguez y Rodríguez, lacianiego, que había obtenido fortuna en la capital del reino. Posiblemente fue la persona que costeó directamente la construcción. En el puente se puede apreciar una  una placa blanca con su nombre y el año de construcción.


Puente  viejo de Aguasmestas. Foto: MAR

Este puente hizo posible que los vecinos de los nueve pueblos  del  Valle Gordo pudieran acceder a Aguasmestas ("aguas mezcladas") donde se unían el río Vallegordo y el Omaña. Era este un lugar de paso del camino  que iba de Asturias  a Astúrica Augusta (Astorga) y a Madrid, y donde había una venta frecuentada por los viajeros. Por tanto, era un lugar de relevancia comercial y política.  En 1716, Felipe V la legalizó como venta de postas. 

En su libro, Villamor de Riello. Un antiguo concejo leonés en la comarca de Omaña, José María Hidalgo Guerrero habla de la actividad que tenía la venta a finales del siglo XIX: "A sus puertas se detuvo toda clase de medios de transporte. Trajineros con la carga al hombro, carros chillones con las ruedas fijas al eje, reatas  o recuas de caballerías en viaje entre Cangas de Tineo y Madrid, diligencias con largos troncos de caballos, y desde finales de la centuria camionetas y ómnibus de línea regular para transporte de viajeros, mercaderías y correo". En Aguasmestas se reunían  también todos los concejos omañeses cada lunes de Pascua. 

Unas cuantas décadas después, cuando el puente viejo se quedó pequeño para los nuevos medios de transporte, se construyó otro puente más ancho, que es el que se utiliza actualmente. En el lugar existe también un puente colgante peatonal. 


Foto: cortesía de  Rafael Cid y Rosa Fadón.
 ( Del blog: Excursiones de Rafa y Rosi)

En la Omaña Baja los puentes eran imprescindibles para poder pasar el río camino de Riello, que era el pueblo comercial de  la comarca, o para dirigirse a la ciudad. El primer puente por el que pasaron coches y camiones fue el de La Garandilla, que unía los pueblos del valle de Samario con Paladín y  los pueblos de los altos de Omaña, y también   con la comarca de Ordás y  la capital. Se construyó al inicio de los años cuarenta. Un puente rudimentario, de tablones de madera, aunque con unos sólidos pilares que han aguantado las riadas  hasta hoy. 



D. José María Hidalgo Chapado, veterinario de Riello, cruza el puente en los años 50.
Foto: cortesía de JM Hidalgo Guerrero.

Cruzarlo tenía sus dificultades, especialmente para los animales a los que, a veces, les quedaban aprisionadas las patas entre los tablones. Décadas después  se   transformó en un puente de cemento, poco resistente,  que  permitía el paso de vehículos   con un peso muy limitado, aunque  la limitación nunca se cumplió por parte de los camiones  de las empresas  mineras  de la zona. En el año 78 se asfaltó la carretera y se mejoró el puente, hoy prácticamente fuera de servicio para vehículos a motor, pues se han construido otros dos muy próximos. Desde este puente hay hermosas vistas del río Omaña.



Puente viejo de la Garandilla. Foto: MAR

Con estos puentes,  que resistían las riadas, convivían   otros que se construían  con una estructura menos consistente, a base de maderas, ramas, tapines Estos puentes, con frecuencia, eran puentes “de quita y pon”. Los construían o reparaban  los lugareños y el río, con alguna de sus crecidas, se encargaba de quitarlos y llevárselos consigo.   Eso ocurría con frecuencia con el puente de Trascastro  de Luna sobre el río Omaña. Algo parecido ocurría con el puente antiguo de La Omañuela y con otros de la comarca. No corría mejor suerte con las crecidas el puente del arroyo de Miravalles que era necesario para comunicar la Omaña Baja con Riello, por el sendero del Sardón. Nuestro fiel acompañante, el burro, nos sacaba a veces de esa situación comprometida. 



Puente actual de La Omañuela. Foto: MAR


Y los pontones...

Además de estos puentes, que se construían sobre los ríos, existen, desde antiguo, otros puentes más sencillos  que se usaban para pasar sobre las presas de los molinos, las presas de riego, los arroyos y  los regachos (pequeña derivaciones de ríos), todas ellas corrientes de agua que tenían un cauce más estrecho  y menos   caudal que los ríos: eran los pontones o pontonas.


Pontón en Paladín. Foto: MAR

Los puentes, construidos sobre carreteras –con asfalto o sin él- comunicaban con   lugares más o menos lejanos; los pontones, más humildes en su tamaño y construcción, llevaban a un pueblo próximo o, más frecuentemente, del pueblo a las fincas. Poner un pontón consistía en poner sobre el cauce del agua un madero o un par de ellos juntos, o unas tablas  o tablones unidos. A veces una piedra grande y chapleta podía ser suficiente para este cometido. Aunque no tenían mucha consistencia, solían durar algunos años, pues estaban construidos sobre cauces que tenían un caudal más escaso y más estable. Pero, el deterioro producido por  el tiempo o una crecida  no calculada terminaban acabando con ellos, por puro desgaste o por  el arrastre del agua. Los pontones a veces eran muy inestables y peligrosos,  sobre todo, cuando tenían cierta altura. 


Foto: MAR

Recuerdo que cuando era niña, allá por un mes de noviembre, pasaba por uno de estos pontones (simplemente dos troncos adosados) detrás de mi padre. El movimiento que producían sus pisadas desequilibró las mías y caí a la presa, de bastante caudal,  sobre la que pasábamos. Con un frío invernal, cogí una trucha (y no de las de comer) y salí de allí totalmente calada y haciendo tachuelas. La cara de mi padre oscilaba entre  la risa y  la pena. Y yo sentía, además, una gran vergüenza, porque me consideraba torpe y tenía que volver a casa para cambiarme de ropa ante posibles miradas  y sonrisas de los lugareños, que luego contarían la “hazaña". 

Los pontones han visto la vida del campo y del trabajo. La imagen de alguien cruzando un pontón sería la de una persona que llevara al hombro alguna herramienta: zadas, gadaños, forcas, hoces, fozorias, machetas O acompañando a las vacas que cruzaban por el agua.  Puentes y pontones  permitían pasar enjutos y no tener que pasar a bayo, especialmente cuando el caudal estaba crecido y el agua muy fría. Aunque siempre quedaba la opción de ir acompañados por una persona fornida que  pasara por el agua con nosotros arrujas. También esta es una estampa que se veía en nuestros ríos, presas y arroyos con cierta frecuencia.

Y las pasaderas...



Pasaderas. Foto: MAR


Cuando el cauce que había que pasar era de escaso caudal, especialmente en verano, se resolvía el problema poniendo unas pasaderas. Eran una serie de piedras, preferentemente planas, más o menos en fila, para ir situando los pies de forma alternativa, al avanzar sobre cada una de ellas. A veces, porque  alguna no estaba bien asentada y se giraba, o no calculábamos bien la zancada, terminábamos con algún pie a remojo. Pero, con frecuencia, los omañeses optaban simplemente por despojarse de sus alparagatas y cruzar el río con estas en la mano y un palo en la otra para tratar de no ser arrastrados por la corriente o  no resbalar sobre el lecho de piedras,  y caerse al agua.

 Y las zancas…

Estructura de las zancas
Había aún otra manera de vadear los ríos, una forma original y muy propia de Omaña:  las zancas

Se buscaba una buena rama de árbol que tuviera horquilla, preferentemente de fresno o negrillo, que eran maderas  resistentes. Entre el gajo de la horquilla y  la parte más gruesa se entretejían unas ramas de palera, especie de mimbre, sobre las que se apoyaban los pies. Se les ponía un clavo en la parte que se apoyaba en el suelo para que no resbalaran. Pero, aun así, había que tener una gran pericia para atravesar el río sobre zancas, máxime teniendo en cuenta que en época de desnevio llegaba a tener metro y medio   de profundidad y que el lecho del río estaba lleno de piedras resbaladizas.

Pocas serían las casas de los pueblos que lindaban con un río en que no hubiera un par de zancas. Generalmente las usaban los hombres, pero también alguna mujer tenía habilidad para usarlas. Todos los niños nos subimos alguna vez en unas zancas y tratábamos de mantener  el equilibrio sobre ellas. Eso sí, casi siempre, en dique seco. También a veces los mayores ensayaban antes de decidirse a cruzar el río.



Arsenio García. Bardón. La Garandilla.
Foto: cortesía de Arsenio García García

Es probable que, llevados por la necesidad, los más expertos en el uso de las zancas hayan sido los vecinos  de Trascastro de Luna. 


Trascastro. Río Omaña desde el castillo.
Foto: Teresa Álvarez

Se les  veía usarlas de forma regular porque las crecidas del río,  con frecuencia, se llevaban el puente  construido sobre el río Omaña y tenían que usar las zancas para poder acceder a las fincas que tenían al otro lado del río. En otros pueblos de la contorna también el uso de zancas era algo habitual.



Germán cruzando el río. Trascastro.
Aportación de Luis Arias.
A veces se usaban para acudir a mercados, ferias o, simplemente, para "ir a mozas" a los pueblos de la Omaña más baja. Con un solo par de zancas pasaban el río una cuadrilla de mozos, pues, una vez que había pasado uno,  las tiraba al otro lado del río para que fueran pasando los demás. 

Las zancas fueron cayendo en desuso a partir de la aparición de las botas de goma, aunque a veces convivían en armonía, porque se calzaban las botas para evitar que los pies  se mojaran con el movimiento de las zancas. Los más diestros eran capaces también de usar las zancas calzados con madreñas, con la dificultad que ello entrañaba para asentar bien el pie. Había que pasar el río con tiento, pues no solo pasaba la persona, sino que esta llevaba además alguna herramienta al hombro. Y con frecuencia iban acompañando a las vacas y debían atender  al ganado, mientras  estaban cruzando el río. Algunos eran tan expertos que incluso eran capaces de hacer  auténticos malabarismos sobre las zancas.


Isidro   Mínguez. La Garandilla.
Foto: cortesía de Arsenio  García García

Este ingenioso artilugio  ha ido desapareciendo, sobre todo,    partir del año 1998, en que se construyó la carretera de la Garandilla a Riello, con proliferación de puentes. Desde  La Utrera hasta Trascastro,  en unos seis kilómetros, hay, actualmente, siete puentes, dominando ese río que fue indómito durante siglos.  Algunos muy próximos   entre sí. 

Uno de  ellos ha dejado bajo sí un hermoso recodo del río, zona de baño y lugar de leyenda: El Piélago.  Si nuestros antepasados  vieran esto pensarían que es un auténtico despilfarro. Y  seguramente lo ha sido, pues tal vez con menos puentes se podría haber dado el mismo servicio. 



Puente del Piélago. Foto: MAR

El puente colgante sobre el Pozo Lloncín.



Entre esa abundancia de puentes, hay uno muy especial. Se trata del puente colgante, sobre el Pozo Lloncín, entre Paladín y la Utrera. Se trata de una obra artesanal que siempre tuvo un atractivo especial por el puente mismo y por la belleza del entorno donde está situado. A este puente se llega por una pintoresca senda desde Paladín y por un camino, desde La Utrera.


Puente colgante, entre La Utrera y Paladín. Foto: MAR

La historia de este puente es muy curiosa. A finales de la década de los 20 del siglo pasado había un párroco que atendía a la vez las parroquias de La Utrera y Paladín. Se llamaba  Jerónimo Martínez  y era apodado “Treinta libras”, por su escasa envergadura. Según cuentan las personas más ancianas, este cura tenía habilidades de carpintero y decidió construir un puente colgante para pasar el río, porque atender a estos pueblos situados o poco más de un kilómetro, pero separados por el río Omaña, era un gran problema durante el invierno. 

El puente colgante construido era  de madera  y estaba colgado con cayadas metálicas sobre unos cables que se sujetaban a una roca por el lado de Paladín y a un chopo, por la parte  de La Utrera. Unas cuantas décadas después el chopo sucumbió a los embates de la riada y hubo de construirse un armazón para sujetar los cables y  una escalera de cemento, que  sustituyó a la escalera de mano por la que se ascendía hasta entonces.

Estado del puente en 1969. Foto: MAR: álbum familiar
(Teresa, Margarita, Sunita y Marisol)


Con frecuencia,  pasar por el puente era algo  temerario  por el estado de las tablas y de su propia estructura. Aun estando en razonable  buen estado, el temblor y el balanceo que se producían al pisar sobre él  generaban  un cierto miedo  a los foráneos y no todo el mundo se atrevía a pasar. Con todo y con eso, los lugareños lo cruzaban sin inmutarse. Hubo alguna vez en que había desaparecido una parte de esas tablas  (hecho motivado, con frecuencia, por usarlo como trampolín  de baño) y vi  a mi propio padre, Ireneo, que era muy hábil, cómo cruzaba el “no puente” rescolgándose de los cables, ante mi miedo  y el horror de mi hermana, más pequeña. Los que no éramos tan osados, optábamos por cruzar el río descalzos, aunque fuese de noche. 

Estado del puente en 1977. Foto:MAR.  álbum familiar.
(Ireneo, Felipe, Margarita, Amparo)

Si fue curiosa su construcción, no lo fue menos su propiedad, que perteneció  al sacerdote hasta después de su muerte.  De tal manera que en el año 1936, muerto el  propietario, Jacinto Martínez, que  era el “testameritorio”  (¿su heredero?), vendió el puente y fue adquirido a partes iguales por las juntas vecinales  de  La Utrera y Paladín, que pagaron, en conjunto,  125 pesetas por él. (Adjunto el recibo que conserva el pueblo de Paladín de ese pago).


Recibo de pago del puente colgante (Junta Vecinal de Paladín). Foto: MAR

Desde entonces el puente fue propiedad de ambos pueblos y cada uno de ellos reparaba la mitad del mismo, dándose la circunstancia de que  en ocasiones estaba bien conservado medio puente y en pésimas condiciones el otro medio. Aunque, solían ponerse de acuerdo para hacer hacenderas comunes. En el año 2002, una riada levantó los cimientos de la estructura que sujetaba los cables y esta se inclinó, por lo que el puente descendió  formando un arco cóncavo en su parte central, y la riada lo arrastró. 

Años después, con subvenciones públicas, se construyó el puente actual de estructura y aspecto mucho más sólido.  A partir de ese momento la propiedad y la conservación del puente  son de incumbencia pública. El lugar es muy hermoso  y frecuentemente visitado. 



 Paladín.  Puentes que unen familias y pueblos... Foto: MAR: álbum familiar.


Los puentes han unido a los omañeses entre sí y los han hecho salir a conocer mundo. Como sus ríos, muchos de ellos llegaron un día al Atlántico y lo cruzaron.  A otros los puentes los llevaron a otras zonas de España o de Europa… Todos ellos seguro que recuerdan y añoran la belleza que esta comarca encierra. Los ríos  y arroyos omañeses, nacidos en las altas  y  hermosas  cumbres que rodean la comarca,  la riegan y la llenan de vida. 

El propio origen del nombre de la comarca tiene que ver con el agua, pues, a pesar de otras teorías, la etimología más probable de Omaña es aqua mania, la primera palabra relacionada con agua y la segunda con río. De ahí se pasaría a Omania, luego Omaña. Se pasaría, pues, de nombre del río al nombre de la comarca por la que discurre. Eso explicaría, por ejemplo, la presencia repetida de este étimo: Omañón, La Omañuela y, especialmente, Las Omañas (lugar de confluencia de dos ríos). (Del libro: El habla tradicional de la Omaña Baja, de Margarita Álvarez Rodríguez).


La comarca de Omaña es, junto con la de Luna, desde 2005, Reserva Mundial de la Biosfera.

Omaña es agua: Omaña es vida.


                   El río corre abundante,
                   los prados están viciosos,
                   por  las vallinas descienden
                   los arroyos caudalosos.



Río Omaña. Foto: MAR

                    
         Por su flora y por su fauna
         por el respeto a la tierra,
         Omaña ha sido nombrada
         Reserva de la Biosfera.

         Para conocer su encanto,
         encontrarás ocasión,
         piérdete por estos lares,
         son del Reino de León.
        


La Utrera (inicio de Omaña por el sur). Foto: MAR


Pincha en el siguiente enlace para ver el vídeo de Paco Álvarez que refleja la belleza de algunos puentes de Omaña:


Vídeo de Paco Álvarez sobre puentes omañeses




Quiero  mostrar mi agradecimiento a Rafael  Cid y Rosa Fadón por mostrar la belleza del Viejo Camino en la comarca de Omaña y por ceder, de forma desinteresada,  el material de su blog: Excursiones de Rafa y Rosi.

Muy interesante esta entrada de su blog:




domingo, 4 de junio de 2017

Las iglesias de Omaña (León): un espejo de vida



A  Paco Álvarez, "omañés peregrino", que ha acercado su cámara a todas las iglesias omañesas.



Iglesia de Paladín
         

Este hermoso vídeo, realizado por Paco Álvarez,  me ha llevado a escribir esta evocación del significado de las iglesias en la vida omañesa. Al final incluyo también unas coplas que me han inspirado estas imágenes.



        La
 iglesia: el espejo de la vida de los omañeses



Hablar de las iglesias de Omaña es algo grato para cualquier omañés. Omaña es  una comarca formada por unos  setenta núcleos de población, la mayoría de ellos pequeñas aldeas, en torno a una iglesia. Se pueden contar más de ochenta, si incluimos las ermitas y el santuario de Nuestra Señora de las Angustias, en La Garandilla.   Iglesia,   cementerio y concejo son los tres pilares  sobre los que se sustenta el concepto de pueblo  en la montaña leonesa.


Santuario de La Garandilla, la catedral de Omaña


Las iglesias de Omaña son construcciones sencillas, austeras, de sola una nave. La mayoría son  rectangulares o en forma de cruz latina, edificadas con  piedra de la zona.  Sus torres tienen casi todas  forma de espadaña.  Sus atrios  de acceso están cerrados formando un pequeño portal que  servía  para guarecerse de las inclemencias  del tiempo.  Entre otros usos, era el lugar en que se  dejaban las madreñas alineadas y a resguardo durante el invierno, mientras se asistía a las ceremonias religiosas. En los portales, se realizaban también actos religiosos. A modo de ejemplo: allí se hacía el rito de la purificación de las mujeres cuando volvían a la iglesia después de haber dado a luz, allí se hacían ofrendas  de productos  derivados del cerdo a san Antón (san Antonio Abad). Lo obtenido  se subastaba para obtener un dinero con que pagar misas al santo para rogarle por  la protección de los animales. 

Estos portales han servido  también de cobijo y de lugar de trabajo para los hojalateros,   que de vez en cuando llegaban a los pueblos, en un  burro en el que cargaban los elementos necesarios para reparar  con mucha maña (lañar y estañar) las potas y otros recipientes. También   realizaban diversos objetos  de hojalata, unas veces con material nuevo, y otras, la mayoría, a partir del reciclaje de botes o latas  que habían contenido otro producto. 

Aceitera realizada a partir de una lata
del queso de la ayuda  amaricana

Hacían faroles, mazaderas, zapicas, aceiteras…  Por su oficio, eran llamados estañadores y hojalateros. Su estancia solía ser de uno o dos días, hasta que terminaran el trabajo que les habían encomendado. 

En el portal de la iglesia se instalaban habitualmente los gitanos y los quinquilleros. Los gitanos llegaban en familia y se quedaban en el lugar varios días.  Su forma de vida era ambulante. Solían dedicarse a la mendicidad  y a la compraventa de caballerías y, en general se desconfiaba de ellos  y se tenía miedo de que robaran gallinas, hierba en los pajares u otros objetos. Los vecinos contribuían a darles algo de comida, generalmente patatas, para que pudieran subsistir. Asimismo se desconfiaba de los quincalleros.

En los portales tomaban también asiento  los cacharreros. Estos  eran bien recibidos, pues su llegada permitía que la gente pudiera comprar el menaje necesario para el hogar: cazuelas, cazuelos, tarteras de perigüela (pereruela), barrilas, nateras...

En algunos casos se refugiaban en los portales de las iglesias los redoblantes, que acompañaban con su música los bailes de la jota y el baile chano. Rememorando su presencia en las fiestas omañesas, en el verano de 2016 se aprovechó el portal de la iglesia de Villaceid  para una actuación musical del IX Omafolk, organizado por el Instituto de Estudios Omañeses.

Omafolk 2016. Gritsanda pandereteras. Villaceid


Las iglesias  siguen siendo el edificio más representativo de cada pueblo y a su alrededor se sitúan el resto de las edificaciones. Pero en Omaña no es raro verlas en sitios más apartados, a veces, en   lugares más altos que el resto del pueblo y, con frecuencia, mimetizándose con el paisaje. 


Iglesia de Lago
En algún caso  el cuerpo de la iglesia está entre las casas y la espadaña separada, en un lugar elevado, para facilitar que se pudieran oír mejor los mensajes de las campanas (La Velilla, Vegarienza, Omañón...).

Espadaña de Vegarienza
Espadaña de La Velilla: Foto: Teresa Álvarez

La historia de nuestras iglesias es, sin duda,  la evocación de nuestra propia vida: el espejo de la vida de los omañeses. En torno a la iglesia, ha discurrido la vida religiosa y la vida social de toda la comarca. Y también la muerte, pues en algunos pueblos los enterramientos se realizaban alrededor de la iglesia. En alguna de ellas aún se mantiene un  cementerio adosado.


Iglesia de Salce. Gentileza de Paco Álvarez

Nuestras  iglesias han visto cómo se rezaba con devoción el calvario en Semana Santa, cómo se vivían con expectación las llamadas misiones, con la   llegada de predicadores  de otros lugares…  También han acogido,   durante siglos,  los  ramos  engalanados (generalmente en Navidad) y  los cánticos con que  las mozas  los acompañaban.  Han escuchado cómo se le dedicaban preces a la Virgen: las  flores  del mes de mayo, los rosarios y novenas.  Han sido testigos de la fe y del sentido de la fiesta con que se veneraba al santo patrón o patrona del lugar. Han vivido  la alegría de los bautizos y bodas de los vivos  y se han condolido de los llantos en la   despedida de los muertos.  Han visto lucir -y consumirse- , en los hacheros, sencillas  velas  o  gruesas hachas,  con las que se alumbraba a aquellos que  habían perdido para siempre la luz de sus ojos (ellos eran nuestras obligaciones, por las que  de vez en cuando se encargaba una misa). Han contemplado el fervor de las omañesas que, con la cabeza cubierta por velos negros, se arrodillaban en los reclinatorios para rezar diversas  letanías.  Han albergado los pendones que ondean  en la fiesta de cada pueblo  y que presiden las procesiones y las  llenan de colorido.




Iglesia de Valdesamario. Romería de Pascua


Las iglesias de Omaña han prestado muchas veces a sus vecinos    el portal o atrio,  a la salida de misa,   para  participar  en el concejo (“el domingo a la salida de misa, concejo”), la  forma más   genuina  -y más leonesa- de ejercer la democracia, con la participación  y el  voto directo de cada vecino.

Nuestras  iglesias tuvieron siempre el “privilegio”  de poder ver la mejor cara de sus feligreses. A ellas acudían mudados, con su ropa de domingo, porque era día de guardar. Ese día no se trabajaba en el campo, pues había que santificar las fiestas, por imperativo religioso y civil, pues, durante el franquismo, la Guardia Civil multaba a aquellos que, infringiendo el precepto, trabajaban en el campo.  Dejando aparte lo arbitrario de esta actuación, este hecho permitía a los omañeses  “descansar” del laboreo agrícola los días festivos, no así del cuidado de los animales.


De las estilizadas  espadañas  de las iglesias penden  las campanas, generalmente dos, una más grande y otra más pequeña, para conseguir distintos tipos de toques, según el aviso que se quisiera transmitir.  



Espadaña de la iglesia de La Utrera


Los tipos de toques eran similares en todos los pueblos: toque a misa, novena, rosario, flores… Era un toque no demasiado rápido que se distinguía de otros más rápidos que convocaban a concejo, hacendera o facendera, a echar el ganado  a la vecera de los  pastos comunes… Había un  toque especial para los días de fiesta en que, además de tañer las campanas,   se volteaban para llamar a misa y  para acompañar la procesión. También se hacía  el toque de Ángelus, a mediodía.


Había otros toques más temidos, como  el toque a arrebato, cuando se producía una emergencia, casi siempre fuego, y había que llamar a los vecinos del pueblo y de otros próximos para colaborar en su extinción. Era  este un toque rápido y continuado en el tiempo. Otro toque no deseado era el  toque a muerto, que era lento, espaciado y muy siniestro. Se remataba  al final con  unos toques más seguidos: dos toques, si la fallecida era mujer, y tres, si era hombre. Cuando el muerto era un niño, se decía  que se tocaba  a párvulos.

En muchos pueblos omañeses, como de otras zonas de la provincia, existía también otro toque misterioso que hundía sus raíces en las leyendas de los reñuberos o renuberos, los genios de las nubes y de otros fenómenos atmosféricos dañinos para el campo. Se realizaba  siempre que la tormenta amenazaba con arruinar las cosechas.  Se  conjuraba a estos seres con el toque especial del tente nube, al que se acompañaba con esta imprecación:

                Tente nube, tente tú,
                que Dios puede más que tú.
                Tente nube, tente palo,
                que Dios puede
                más que el diablo.

A veces se añadían jaculatorias a santa Bárbara.

                Santa Bárbara bendita,
                que en el cielo estás escrita,
                con papel y agua bendita;
                santa Bárbara doncella,
                líbranos de aquella centella, 
                de aquel rayo malairado,
                Jesucristo sacramentado,
                en el ara de la cruz,
                pater noster, amén Jesús.


Iglesia de Barrio de la Puente

Los vecinos de los  pueblos han mirado siempre por sus iglesias y han contribuido a su mantenimiento. Siempre han tenido claro que forman parte de su patrimonio cultural. En los últimos años, ante la carencia de sacerdotes, en muchas iglesias ya no hay misa ni domingos ni festivos. Como mucho, el día de la fiesta patronal… Así, las iglesias apenas celebran alegrías, solo ven pasar por su interior las lágrimas que acompañan a los entierros. Con todo y con eso, en muchos pueblos, los habitantes y sus juntas vecinales siguen haciendo ímprobos esfuerzos para mantener, e incluso mejorar, el estado de las iglesias.


Iglesia de Murias de Paredes. Gentileza de Paco Álvarez

Pero, por la despoblación de los pueblos y sus pocos recursos, y por el poco uso que se hace de ellas,  las iglesias de Omaña corren el peligro de  ir quedando, poco a poco, cerradas para siempre.  Si eso es así, se irán deteriorando de forma irremediable, no solo las construcciones, sino también los valores artísticos que muchas de ellas atesoran. Valores arquitectónicos y valores estéticos de sus   retablos y su imaginería religiosa. Si no se actúa en ellas para conservarlas, lo más probable es que sus recias espadañas seculares, que han soportado las nubes, nevadas, ventoleras, bastios y turbones (turbiones)… sucumban por el paso del tiempo y el  abandono. Y es que el tiempo ya va pesando demasiado…

Visitarlas, valorarlas  o, simplemente, hablar de ellas es prestarles  ayuda para  sostener las piedras con las que apuntan al cielo y señalan la eternidad.  



 Tañendo a vida y  a muerte...


Campanario de Paladín


















Espadañas sigilosas
que vigiláis nuestros pueblos,
con campanas silenciosas
y tan cargadas de sueños.

Campanas que en el pasado
llamaban a la oración
expresando con tañidos
de Omaña la devoción.

Tañían llamando a fuego,
a concejo  y facendera
y de nubes peligrosas
espantaban las centellas.

Sonaban a vida o muerte,
a alegría o a tristeza:
ellas marcaban la vida
de las gentes omañesas.

Campanas mudas que esperan
una mano que las toque,
llamemos a campaneros
que les devuelvan sus sones.

Porque ahí siguen colgadas,
luciendo al aire melenas,
que ni bastio mi turbón
han acabado con ellas.


Iglesia de Ponjos. Gentileza de Paco Álvarez






Esas torres tan austeras
con esfuerzo las sustentan,
pues aún siguen tan recias,
levantadas piedra a piedra.

En otoñada o invierno,
en verano o primavera,
los árboles las abrazan
y sigilosos las besan.


Iglesia de Rodicol



Sobre testeros y campos
se dibuja su silueta
se incorporan al paisaje
como parte de su esencia.

Los portales solitarios:
pocas misas y concejos...
No se hospedan ya a cubierto
los viejos hojalateros.

Portales que en otro tiempo
acogían las madreñas, 
puertas de iglesias cerradas,
en una Omaña desierta.

Algunas ya   solo abren
para oficiar los entierros...
La población envejece
y languidecen los pueblos.


Espadañas seculares,
no fenezcáis de desidia:
esperamos un milagro
que os mantenga con vida.


Villaverde de Omaña. Foto tomada del blog: Excursiones de Rafa y Rosi,
de Rafael Cid y  Rosa Fadón.  Gracias.
















Un omañés peregrino,
con ilusión y porfía,
rescata vuestra belleza
vuestra esbeltez y armonía.

Con cámara siempre atenta
dibuja vuestra presencia
y a los mundos digitales
eleva vuestras siluetas.

Gracias, Paco, por tu empeño,
en visitar nuestros pueblos, 
Omaña te entrega, a cambio,
su cariño más sincero.



Iglesia de Riello. Gentileza de Paco Álvarez



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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.