sábado, 22 de mayo de 2021

Omaña: historia de un puente

 Sobre el origen y la propiedad del puente colgante situado sobre el río Omaña entre Paladín y La Utrera (provincia de León).


Puente colgante  actual en primavera. Foto MAR

Puente antiguo

La historia de este  puente colgante es curiosa y comienza a finales de los años 20 del siglo pasado. Paladín y La Utrera  son los dos pueblos más bajos de la comarca de Omaña, si situamos el límite en la Piñona de La Utrera; Paladín, en la margen izquierda, y La Utrera, en la derecha (aunque hay geógrafos que incluyen algunos  pueblos del municipio de Las Omañas en la cuenca del río Omaña). Están a poco más de un km. de distancia, pero hace un siglo estaban incomunicados por no existir entre ellos un puente, especialmente en las épocas en que el río  llevaba mucho caudal. Este hecho obligaba a tener que rodear un par de kilómetros y pasar por La Garandilla para ir de un pueblo  al otro.  

Para salvar este obstáculo una persona tuvo la idea genial de construir un puente colgante. En la época de la que hablamos había un cura que ejercía de párroco de Paladín y La Utrera.  El sacerdote se llamaba Jerónimo Martínez, (apodado Treinta Libras, por su poca envergadura física), y parece que tenía habilidades de carpintero lo que lo llevó a construir el puente colgante, probablemente con ayuda de otras personas. Ese puente, que no es el actual, pasó a ser de su propiedad.

Puente antiguo. Foto gentileza de Asun Carrera.

Fallecido este cura, un tal Jacinto Martínez, su testamentario, decide venderlo y lo compran a medias  los pueblos de Paladín y La Utrera (no imaginamos  lo que podrían haber hecho con el puente de no haber llegado a ese acuerdo). El tal Jacinto   vende en el mismo lote  el puente y el chopo al que se agarraban los cables que lo sujetaban  por la parte de La Utrera. La venta se produce el 31 de marzo de 1936. El precio de la venta fue la cantidad de 125  pesetas, que pagan los dos pueblos, el 50% cada uno, a razón de 62,50 pesetas. Firman el contrato de compraventa los presidentes de las  Juntas Vecinales de ambos pueblos. Por la de Paladín, Frutos Cuesta, y por la de La Utrera, Constantino Yebra. Según me contó Manuel Cuesta, hijo de Frutos, el tal Jerónimo Martínez que vendía el puente era un sobrino del cura  y su heredero. (Adjunto el documento del pago de la  compra que se conserva en el archivo de   Paladín).

Documento de compraventa. Archivo de la Junta Vecinal de Paladín

Durante muchas  décadas los dos pueblos se encargaban de conservarlo. Reparaban el puente, cuando era necesario, mediante hacenderas y tenían estipulado que cada pueblo arreglaba la mitad que le correspondía. Conocí muchas de esas hacenderas. A veces se rivalizaba para ver qué pueblo tenía mejor cuidado su tramo y se notaba el estado de conservación de uno y otro. Las tablas se rompían con frecuencia y en algunos  casos era peligroso pasar por él. Había una fecha en que el puente sufría un gran deterioro: era el día de Santa Marina (18 de julio), fiesta de La Utrera. La causa del deterioro era que algunos jóvenes que asistían a la fiesta aprovechaban para pasar la tarde y bañarse en el lugar. Y muchos de ellos se lanzaban al agua desde el puente en el que previamente daban saltos. Este hecho provocaba que cuando íbamos a esa   fiesta desde Paladín podíamos pasarlo por la tarde con más o menos dificultad, pero a la vuelta, por la noche, nunca sabíamos en qué estado se encontraría, por lo que había que examinarlo previamente con una linterna y, si no estaba muy deterirado, cruzarlo con mucha precaución. En más de una ocasión teníamos que pasar a bayo por el río, salvo algún intrépido como mi padre (Irineo), que era capaz de cruzarlo recolgándose de los cables, a pesar de haber tenido  una  mala experiencia cercana, pues  un hermano suyo (Elicio) había caído del puente por la  rotura de algunas tablas  y también alguna persona de La Utrera.  Asimismo se deterioraba en algunas ocasiones (aunque menos, por no ser todavía época de baño)  en la fiesta de San Pedro de Paladín, en este caso por el trato que le daban los "riberanos" para asistir a la mencionada festividad. O al menos ellos pagaban la culpa.

Una persona se tira desde el puente antiguo al pozo Lloncín.
 Princicipos años 80. Foto gentileza de P. L. Benítez.

Con el paso del tiempo se fueron poniendo forroñosos los cables que lo sujetaban y el chopo amenazaba también con caerse, pues estaba muy inclinado, por lo que  se decidió hacer una escalera de cemento por la parte de La Utrera, que se remataba  con una estructura más elevada a la que  se sujetaban los cables. Mi padre fue uno de los que construyeron esa estructura de hormigón. Podría ser por finales de los 60 o inicio de los 70. En ese momento se cambiaron los cables gruesos de acero que lo sujetaban, porque  estaban corroídos y  dañaban las manos al apoyarse en ellos,  por unos traídos de las minas de Valdesamario (las de J. Blanco). También se cambiaron muchas de las  cayadas que sujetaban las tablas. Los nuevos cables se sujetaron por unas argollas a la roca por el lado de Paladín y con otras a la estructura de hormigón citada por el lado de La Utrera, y se mantuvo el común acuerdo para el  mantenimiento compartido.

 Todo esto  quiere decir que el puente no se lo podía adjudicar ni un pueblo ni el otro. A pesar de ello, en las últimas décadas, algunas personas han asegurado   que el puente era propiedad de La Utrera. Evidentemente solo se puede asegurar esto,  y con una cierta osadía,  si  se desconoce el origen del puente y su historia.

Foto  tomada del Siglo de León. Sobre el puente  vecinos de La Utrera.  Gentileza de A. Rodríguez


De camino a la fiesta de La Utrera. Sobre el puente, chicas y niñas de Paladín
Estado del puente el 18 de julio de 1969. Foto: MAR

El pozo Lloncín a principios de los 80 y en 2019. 
Foto antigua gentileza de  P. L. Benítez. Foto actual:  MAR
    
    El puente colgante actual


    La situación se mantuvo así hasta que, en el año 2001, una gran
llena del río socavó los cimientos de la estructura que sujetaba los cables por el lado de La Utrera y esta se inclinó. A consecuencia de ello bajó la altura del puente y la fuerte riada lo arrastró y  lo destruyó. Quedaron colgando los cables como signo de escarnio, como dirían por la tierra. Creo que este hecho provocó gran desolación  en los dos pueblos, que se habían comunicado, en buena relación de hermandad,  por ese puente durante más de 70 años. En los dos años siguientes no existió  puente colgante en el lugar, hasta que se pudo construir uno nuevo con subvenciones públicas. El puente actual, de madera como el antiguo, pero construido con materiales más robustos y de una forma más segura, dejó de pertenecer a los pueblos, porque  el que inicialmente se había comprado desapareció para siempre, porque la inversión para su construcción  fue pública y porque la legislación actual no  permite que nadie se adjudique un puente sobre el río.

Todavía hubo una pequeña hacendera de colaboración entre los pueblos después de construido el puente nuevo, pero esta fue de algunas personas voluntarias de Paladín, La Utrera y Valdesamario. El objetivo era revestir de piedra la estructura de hierro donde se sujetaban los cables, que quedaba a la vista por el lado de Paladín, para que no desdijera con la roca que tenía detrás. De esta manera, como se puede ver en alguna foto,  esa estructua hoy no se aprecía y el puente está más integrado en el paisaje. Una hermosa iniciativa que debemos agradecerles.



Por el acesso desde Paladín. Foto: MAR



Puente por la cara norte. Foto: MAR

Al puente, llamado siempre el Puente Colgante o el Colgante,  se accede por un camino en buen estado por la parte de la Utrera, pero por el que no deben circular los vehículos de motor no destinados a labores agrícolas, para preservar  la naturaleza circundante. Por ello, los vehículos deberían  aparcarse en el pueblo y realizar andando el corto trayecto hasta el puente . El camino conduce al pozo Lloncín,  lugar muy guapo  y adecuado para el baño y el esparcimiento. Para acceder por   Paladín, parte del trayecto se hace por un camino y los metros finales     por un sendero muy pintoresco que discurre más alto que el cauce del río y desde el que se contempla este. Este sendero tradicionalmente lo acondicionaba cada año por hacendera el pueblo de Paladín, pues  se arroyaba y se enturaba  por el agua que caía por los carcavones que desembocan en él  y por  la tierra y las piedras que  se esbarraban, lo que hacía  que  el sendero desapareciera en algún tramo. Actualmente los obreros municipales se encargan de su limpieza y reparación. Con subvenciones públicas hace unas décadas se le puso una hermosa  barandilla de madera que evita el peligro de precipitarse al río y al mismo tiempo sujeta el terreno para evitar desprendimientos.  Desde cualquiera de los dos pueblos se llega el puente andando en 10 o 15 minutos.


Acceso al puente por Paladín. Fotos MAR

Acceso al puente por La Utrera. Fotos: MAR

Por ser un lugar pintoresco, agradable  y accesible, con  un   hermoso pozo  (el Lloncín),  y  por estar a solo  38 kilómetros de León,  es uno de los  lugares  más visitados de Omaña, comarca que,  desde 2005, es Reserva Mundial de la Biosfera. Desde el lugar se pueden emprender otras excursiones andando  por la ribera del Omaña (desde Paladín, remontando el río, o, desde La Utrera, siguiendo su curso)  o del río Valdesamario (remontando el río desde La Garandilla). Y, por supuesto, de uno a otro pueblo, cruzando el puente colgante, que de eso se trata.


El puente al compás de las estaciones. Foto: MAR.



 Texto: Margarita  Álvarez Rodríguez

lunes, 10 de mayo de 2021

Insomnio, de Daniel Martín Serrano

 Reseña literaria


Título: Insomnio

Autor: Daniel Martín Serrano

Género: novela negra

Editorial: Destino

Páginas: 545

 

Insomnio es la primera novela en solitario de Daniel Martín Serrano, escritor nacido en Madrid en 1973.  Anteriormente ha sido coautor de la novela Galerías Velvet, el origen. En su brillante  trabajo como guionista ha participado en más de quince series de televisión, entre ellas, Hospital Central, Velvet, El Príncipe… Además de guionista y escritor, es profesor en la Escuela de Cine de Madrid.

Estamos ante una novela negra, una novela de acción y misterio que atrapa al lector desde las primeras páginas. Cuenta la historia de un expolicía que, por una actuación irregular en una investigación por asesinato de varias mujeres en que está implicado un familiar suyo, es expulsado del cuerpo y tiene que iniciar una nueva vida como guardia de seguridad. Este oficio  lo llevará  a trabajar en el  cementerio de La Almudena de Madrid.  Todos estos hechos desencadenan en Tomás Abad, el protagonista, un insomnio persistente que arruina su vida personal y familiar y le hace descender a los infiernos.

La novela es una narración en tercera persona que avanza linealmente, pero en dos tiempos diferentes. En el presente, se presenta la vida actual de Tomás mientras trabaja como guardia de seguridad y lucha contra los fantasmas del pasado. En el pasado, se cuenta de forma ágil su participación en la investigación de  unos asesinatos, en cuyo cierre   actuará de forma indebida. Dos años después de los hechos y de su expulsión del cuerpo, las consecuencias de  lo sucedido  están destruyendo su salud y su vida familiar. Los dos tiempos se van intercalando de forma alternativa y lo que parece, en un primer momento, que puede producir monotonía en la lectura, se convierte en un acertado procedimiento narrativo. Entre ambos, uniendo el presente con el pasado, se usa con frecuencia la técnica retrospectiva para recordar hechos anteriores que nos hacen comprender mejor la angustia que vive el protagonista y que  generan  un  cierto sentimiento  de misericordia hacia él por su sufrimiento.

En los primeros capítulos Daniel Martín Serrano parece que nos adelanta el final de la novela, pues  sugiere  quién ha podido ser el asesino. A pesar de ello, a medida que seguimos leyendo, el interés no solo no  decae, sino que se incrementa al ir ampliando los círculos narrativos, en torno a ese final.  Nos recuerda el procedimiento utilizado por García Márquez en Crónica de una muerte anunciada.  Pero, de manera sorprendente, en los  últimos capítulos  de la novela, la narración da un giro inesperado, aumenta  la intriga y nos conduce hacia un final inesperado y trágico, tal vez  el único final  posible  cuando conocemos al auténtico culpable de las muertes y el secreto que guardaba el protagonista.

Siendo una novela de policías y delincuentes, es esperable que aparezca en ella la lucha maniquea entre el  bien  y  el mal. Pero hay un contraste entre  el tiempo pasado y el presente. En el pasado, el protagonista es el “bueno” que persigue a los “malos” y trata de desenmascararlos y ponerlos en manos de la justicia; en cambio, en el presente, se presenta una situación ambivalente, pues unas veces Tomás se siente perseguido por un malvado invisible que trata de destruir su salud  mental  y su integridad física y  otras actúa como un perseguidor siguiendo su instinto de policía para “acabar con esa cacería de meses, de noches interminables, de ser por momentos el cazador y por momentos la pieza a cobrar”. (Pág. 476). Poco a poco vamos conociendo que su papel de bueno durante la investigación no lo fue tanto cuando esta terminó. Al final Tomás y su perseguidor  se encuentran, y en el encuentro el bien y el mal se confunden y ya  parece  que solo Dios podrá juzgarlos, según las últimas palabras de la novela,  mientras empieza  a oírse “el sonido de la trompeta que anuncia el Juicio Final”.  (Pág. 544).

Cada uno  de los dos tiempos  de la novela presenta un ritmo diferente.  La  parte que se refiere al pasado es más dinámica, con mayor presencia del diálogo  y párrafos más breves, y está en relación con los hechos que se cuentan, que se suceden de forma rápida. Además, se narra en pasado lo que acentúa ese ritmo rápido de acción acabada. La parte referida al presente es más lenta, con párrafos más largos, con mayor presencia de  la  descripción, y la narración se hace en  presente histórico. El uso del presente  nos acerca de forma más plástica y cercana a los hechos que ocurren y  parece que los contemplamos ante nuestros ojos.  Estas características de estructura y técnica narrativa  son usadas con maestría para presentar con  mayor profundidad  la psicología del personaje, porque estamos ante una novela de acción  que nos seduce con la intriga, pero también estamos ante una  gran novela de introspección psicológica., en la que  el autor es capaz de transmitir al lector con   mucho acierto  las vivencias que acongojan al protagonista.

 Insomnio, palabra aislada y rotunda que da título a la novela, nos habla del tema central de la misma, una falta persistente de sueño que lleva la vida al límite y   que va destruyendo al protagonista. El insomnio se inicia cuando Tomás apenas dormía mientras realizaba investigaciones policiales y se olvidaba hasta de comer, obsesionado por su trabajo. Y, dos años después,   duerme menos aún  por los remordimientos y el miedo,  y así su vida se convierte en una atroz pesadilla, que le lleva a la incomunicación.  

Es magistral la descripción que hace del insomnio  en un capítulo inicial que hace las veces de proemio. “Lo malo de no dormir, lo terrible del insomnio, es que llega un momento en el que no se sabe  si se está despierto o dormido”. (Pág. 12). Es un insomnio que destruya a la persona que lo sufre y que destruye también la relación con las personas que lo rodean. En las nebulosas de ese insomnio se mezclan lo real y lo irreal, a la manera del realismo mágico de García Márquez, Rulfo....  Las consecuencias de ese insomnio persistente y agobiante producen también una cierta angustia en el lector.  Ansía dormir, pero al mismo tiempo teme hacerlo, “porque en sueños no es capaz de controlar los pensamientos, porque allí reina el subconsciente, al que no se le puede ocultar nunca la verdad”. (Pág. 544). Quizá por ello cuando se enfrenta a la verdad que le atenaza y que ha mantenido escondida durante dos años, solo el sueño eterno lo puede liberar de la angustia.

Otros temas importantes se tratan también en la novela. Uno de ellos es  la hipocresía moral de personas públicas y adineradas que organizan fiestas y orgías sexuales, aprovechándose de la situación de desamparo que viven muchas mujeres (varias extranjeras), para someterlas a prácticas crueles y absolutamente condenables. Esos individuos poderosos en lo político o en lo económico son capaces también  de condicionar las  actuaciones policiales.  Otro tema es el enorme daño social que producen  unas interpretaciones absolutamente erradas de  creencias religiosas o ideologías que pueden  llevar a algunas personas a justificar moralmente la violencia que realizan  sobre  otros seres humanos. En  el caso del asesino le lleva a decapitar a varias mujeres, porque se cree un enviado de Dios para salvarlas. Son creencias que destruyen al que las profesa y a las personas que se encuentran en su camino.

Daniel Martín maneja también muy acertadamente la descripción en la novela, especialmente el paisaje y paisanaje urbanos del entorno de la Gran Vía Madrileña, en distintos momentos del día.  Y son especialmente sugerentes las descripciones nocturnas del cementerio de La Almudena, de la ciudad de los muertos: las tumbas, el silencio, los sonidos, la niebla,   las luces espectrales… Son muy plásticas las sensaciones que nos trasmite y muy en consonancia con ese insomnio que lo atenaza:  “ O quizá fue el oído, que presiente lo que el ojo no ve todavía, un sonido que no se identifica, un golpe impaciente, seco y continuado, un resoplido, unos pasos”. (Pág. 223). También describe de forma precisa  el aspecto físico y moral  de algunas personas: “Un hombre de unos cincuenta años se acercó a la puerta del local. Una redonda barriga le precede, el rostro encarnado, los ojos vidriosos” (pág. 39). Para las descripciones usa con gran soltura y eficacia la comparación y la variedad de la adjetivación. “El aire frío de la noche le atraviesa como agujas de hielo”. (pág. 330). “Las noches sin dormir comenzaban a colgarle del cuello como las cadenas de un esclavo”. (Pág. 393).

En conclusión, una novela de intriga y misterio, en un Madrid espectral,  que arrastra al lector sin tregua y le hace leer la historia de forma ávida mientras persigue el desenlace en compañía del protagonista. Una lectura que no da cabida al aburrimiento y  que nos permite augurar a  Daniel Martín  Serrano un prometedor futuro literario.

 

Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora.

Madrid, mayo de 2021


 Nota:  Daniel Martín Serrano fue alumno mío durante sus estudios de Bachillerato, en Santo Domingo Savio. Ha sido un placer para mí realizar esta reseña,  por conocer al autor y por la calidad literaria de la obra.

jueves, 22 de abril de 2021

Acercamiento ético y poético al Quijote

 

Un clásico es un libro que nunca termina de decir todo lo que tiene que decir. Italo Calvino.


Silencio.

Odisea, Comedia, Hamlet, Fausto.

Y Quijote, Quijote…        

Jorge Guillén.


Cervantes. Universidad RJC, Madrid. Foto: MAR

 Y Quijote, Quijote... ¡Qué mejor forma de conmemorar el Día del Libro que volver al Quijote!, a fin de cuentas conmemoramos en este día la fecha de la muerte de su autor! Vamos a volver, una vez más,  a esa obra inconmensurable para hacer un acercamiento ético y poético al texto: a las grandes enseñanzas de la novela, a través de las palabras cervantinas ,y a algunos de los  versos de distintos autores inspirados en el Quijote.

Con las andanzas quijotescas demostró Cervantes tener un dominio absoluto de la lengua española, pues creó en esta novela un modelo lingüístico que aún no ha sido superado, en cuanto a riqueza de léxico y variedad de registros lingüísticos. Se considera que una persona culta maneja un vocabulario de unas 5000 o 6000 palabras. Este dato no resiste comparación con la riqueza idiomática cervantina. Vayan algunos datos: en el Quijote hay, una tras otra, 370721 palabras. De ese número, 22318 son palabras diferentes. Y una curiosidad: la palabra más larga que aparece en la novela es bienintencionadamente, que tiene veintiuna letras. No solo hay muchas palabras y muy variadas, sino que además el autor refleja todos los niveles del idioma. Es un espejo perfecto en que se ve plasmada toda la lengua española y toda la personalidad de un autor que afirmaba que la pluma es la lengua del alma. Desde entonces la lengua española ha sido para siempre  la lengua de Cervantes, esa lengua que elogia  el poeta portorriqueño  José Mercado:


Lengua inmortal, idioma de Cervantes.

Eres raudo torrente. Te despeñas

y caes en deslumbrante catarata

llenando de sonidos el espacio,

y de notas de fuego, que se apagan

con ese ritmo vago y misterioso

de un suspiro de amor. Sonora y clara,

expresas la pasión; y el pensamiento

por ti se viste con brillantes galas.

Siempre es  buen momento para  recordar ese legado cervantino, el legado lingüístico  y el legado ético de una aventura que comenzó hace más de cuatrocientos años. La aventura de   alguien que desfaciendo entuertos y ayudando a menesterosos incorporó a nuestra lengua y a nuestra forma de ser españoles el quijotismo.

Han transcurrido cuatro siglos…

y viene muy cansado Rocinante.

Años y años a oscuras y sangrientas aventuras.

Y andar y andar por los ásperos caminos de la historia.

 

Son versos de León Felipe.

Quien haya defendido alguna vez la justicia o la libertad no puede no sentirse hijo espiritual de los personajes cervantinos, pues don Quijote, siempre del lado de los desamparados, no estaba del todo loco y Sancho, siempre fiel a don Quijote, no era tan tonto o materialista como en un primer momento pudiera parecer.

Esta vez queremos acercarnos   a la magia de sus aventuras y a algunos de los valores que se desprenden  de  las páginas de la novela a través de la poesía, esa  poesía de la que decía en La Gitanilla: Usar la poesía como de una joya preciosísima, cuyo dueño no la trae cada día, ni la muestra a todas las gentes, y a cada paso, sino cuando convenga y sea razón. Otra hermosa loa a la poesía, esa “gracia que no quiso darme el cielo”, aparece en  el Quijote:

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio. (I, 16)

Nos vamos a acercar al legado moral de los personajes cervantinos, cuyos protagonistas, al final de la novela, son definidos    por el autor. De apacible condición y agradable trato, dice de don Quijote, y Sancho es definido por la sencillez de su condición y la fidelidad de su trato. Personajes que se dejan arrastrar por la locura, por la utopía. Esa locura incomprendida de la que, sin embargo, el mundo anda siempre muy necesitado. Y volvemos a los versos de León Felipe que habló reiteradamente del idealismo quijotesco:


Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos...  

Se murió aquel manchego,

aquel estrafalario fantasma del desierto y ...

ni en España hay locos.

Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.


La historia demuestra que las utopías de hoy son las realidades del mañana, pero con frecuencia sentimos que la antorcha utópica se apaga. Entonces buscamos un asidero: “Hazme un sitio en tu montura / y llévame a tu lugar”, clamaba León Felipe en el famoso poema Vencidos.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá quedó su ventura
en la playa de Barcino, frente al mar (…).

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado;
hazme un sitio en tu montura,
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar! (…).


Y Rubén Darío recurre  a Cervantes para que endulce sus instantes ásperos, en  Un soneto a Cervantes.


Horas de pesadumbre y de tristeza

paso en mi soledad. Pero Cervantes

es buen amigo. Endulza mis instantes

ásperos y endulza mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza

regala un yelmo de oros y diamantes

a mis sueños errantes

Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero

la tristeza inmortal de ser divino!


El Quijote es la historia de unos personajes  a los  que hemos admirado, con los  que nos hemos divertido y quizá, muchas veces, identificado: la historia de un loco genial y de un escudero al que le arrastra la locura del amo.  Un loco además especial, pues sus desatinos  fueron producto de una actividad, la lectura, infrecuente en su época, y que suele ser un buen signo de salud y clarividencia mental.

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido. (…) En resolución, el se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio.(I, 1).


Algunos de los Quijotes de mi biblioteca


Aquella biblioteca de que hablaba Borges.

De aquel hidalgo de cetrina y seca

tez y de heroico afán se conjetura

que, en víspera perpetua de aventura,

no salió nunca de su biblioteca.


La lectura es el inicio de un extraño género de locura. Locura que solo afecta a las parcelas de su personalidad que tienen que ver con la caballería andante, pues en otras situaciones don Quijote actúa como alguien perfectamente cuerdo. Cuerdo es también su propósito de desear hacer bien a todos y mal a ninguno, aunque tal vez la defensa de este ideal necesite de una pequeña gran locura.

Alguien dijo que “las grandes obras las sueñan los genios locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos”. El colombiano Ricardo Arango Franco decía  de él en un soneto (del que tomamos este cuarteto):

Ser en los desafíos el primero

tener un verbo claro y arrogante,

aspirar a ser probo gobernante

y ser gloria y amor del mundo entero.


Su locura le lleva a una aventura disparatada y, paradójicamente, seria; una locura que quería traer al mundo la paz, la justicia y la libertad; el orden y la armonía, ¿es acaso eso locura? Don Quijote quería hacer bien a su república, es decir, a los necesitados; repartir solidaridad y conseguir la fama, no desde la riqueza o el poder, sino desde la ayuda a sus semejantes. Esta aventura quijotesca nos trae a la mente la terrible cordura del idiota, de la que hablaba Antonio Machado. Pero el legado ético de la obra cervantina no solo  se desprende de la actuación de don Quijote, sino también de la figura de su fiel e inseparable amigo Sancho. Dos personajes que se complementan  necesariamente en la novela.

En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (…) pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. (I, 7).


Así  lo presenta Gloria Fuertes  con esta tierna adivinanza:


Adivina, adivinanza:
va montado en un borrico
es bajo, gordo y con panza,
amigo de un caballero
de escudo y lanza,
sabe refranes, es listo.
Adivina, adivinanza...

¿Quién es?


Decía Unamuno que Cervantes se vio obligado a crear a Sancho para que don Quijote tuviera con quien hablar. La aparición de Sancho hace que Cervantes vaya desapareciendo progresivamente de la novela e introduce el perspectivismo.  Gracias al diálogo entre ambos conocemos más a fondo el alma del protagonista y nos damos cuenta de que Sancho tiene más “sal en la mollera” de lo sospechaba su propio creador. Sancho será el amigo fiel que nunca abandona a su amo, aunque no llegue a comprender del todo su ideal y aunque participe de los sinsabores de este. Nace entre ambos una sorprendente y leal amistad. Amistad nunca mudable / por el tiempo o la distancia / no sujeta a la inconstancia / del capricho o del azar,/ sino afecto siempre lleno/ de tiernísimo cariño/ tan puro como el de un niño,/ tan inmenso como el mar, como la definía Zorrilla. Los amigos de importancia / que se precian de leales/ en los bienes y en los males/ van a pérdida o ganancia.


En Alcalá de Henares

Este donquijotesco  / don  Miguel de Unamuno, que diría Antonio Machado, hace alusión a los  personajes cervantinos en muchos poemas.

Ensíllame a Clavileño,

tierna sombra de Cervantes,

voy a buscar los gigantes

de las ínsulas del sueño.

Juntos en él cabalgaron

don Quijote y Sancho Panza,

sobre la misma esperanza

 juntos los dos se abrazaron.


A partir de la aparición de Sancho, la novela cobra una nueva dimensión. Ambos personajes se influyen mutuamente. Se produce paulatinamente algo tan curioso como la quijotización de Sancho y la sanchización de don Quijote.

En Sancho también se han fijado los poetas. Gabriel Celaya  dedica A Sancho Panza este hermoso poema:


Sancho-bueno, Sancho-arcilla, Sancho-pueblo,
tu lealtad se supone,
tu aguante parece fácil,
tu valor tan obligado como en la Mancha lo eterno.

Sancho-vulgar, Sancho-hermano,
Sancho, raigón de mi patria que aún con dolores perduras,
y, entre cínico y sagrado, pones tu pecho a los hechos,
buena cara a malos tiempos.

Sancho que damos por nada,
mas presupones milenios de humildad bien aceptada,
no eres historia, te tengo
como se tiene la tierra patria y matria macerada. (…)

Vivimos como vivimos porque tenemos aún tripas,
Sancho Panza, Sancho terco.
Vivimos de tus trabajos, de tus hambres y sudores,
de la constancia del pueblo, de los humildes motores. (…)

Sancho-Quijote y a un tiempo Sancho de basta de cuentos,

Sancho amén de tiempo al tiempo,

Sancho que aún hecho y derecho, ya de vuelta del Imperio,

al señorito Quijano le tratas de caballero. (…)

Tu libertad es instinto. Tus verdades son sencillas:

al pan, pan y al vino, vino,

a cada cual lo debido:

lo que le cumple por hombre con un único camino.

Sancho-firme,

Sancho-obrero,

ajustador, carpintero, labrador, electricista (…)

En ti pongo mi esperanza

porque no fueron los hombres que se nombran los que hicieron

más acá de toda historia –polvo y paja- nuestra patria,

sino tú como si nada.

Sancho-tierra, Sancho-santo, Sancho pueblo,

tomo tu pulso constante,

miro tus ojos que brillan aun después de los desastres.

Tú eres quien es. ¡Adelante!


Cira Andrés, poeta cubana, escribe el poema No eran de viento:


No eran de viento los molinos, Sancho,

sino de tiempo.
Ha sido desigual la pelea, tan difícil.
Las aspas giraban hacia arriba, indiferentes,
y yo minúsculo abajo, en su sombra.
Eran de tiempo, Sancho, grandes
conos erguidos y en la cima un remolino indescifrable.
Hubiera podido ganar la batalla
pero equivoqué las armas
y ahora me hundo.
Déjame ver tu cara
que perderé también, y arriba
busca sólo el sol,
porque no hay molinos de viento,
Sancho.


          Los ideales quijotescos

Tres grandes ideales movían el actuar del caballero andante: ideales morales, ideales religiosos y, especialmente, un ideal que inspiraba los demás: el amor. Por ello, entre los preparativos de su andadura caballeresca estaba necesariamente buscar la dama de sus sueños., pues el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. (I, 1). Dulcinea aparece en este poema de Blas de Otero:


Por más que el aspa le voltee
y España le derrote
y cornee,

poderoso caballero
es Don Quijote

Por más que el aire se lo cuente

al viento, y no lo crea

y la aviente,

muy airosa criatura

es Dulcinea.


A las mujeres manchegas, simbolizadas  en  Dulcinea, se dirige Antonio Machado:


Mujeres de la Mancha con el sagrado mote

 de Dulcinea, os salve la gloria de Quijote.


Otro de los ideales del caballero andante exigía ser un hombre temeroso de Dios, es decir, buen cristiano. Cuando le da a Sancho sabios consejos para gobernar la ínsula Barataria el primero que le propone es este:

Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada. (II, 42). También le habla de la virtud y de la compasión: La sangre se hereda y la virtud se adquiere, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. (…) Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. (II, 42)

Su actuación  también estaba guiada por la ayuda a los necesitados a algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.(I, 4). Necesitados como aquel niño, Andrés, que le hace pronunciar estas palabras, o como este niño de Vallecas del que habla León Felipe en el conocido  poema Pie para el niño de Vallecas de Velázquez.


          Bacía, Yelmo. Halo.

         Este es el orden, Sancho.

De aquí no se va nadie. Mientras esta cabeza rota

del niño de Vallecas exista, 

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida. 

Antes hay que deshacer este entuerto, 

antes hay que resolver este enigma.

Y hay que resolverlo entre todos, 

y hay que resolverlo sin cobardías,

sin huir 

con unas alas de percalina 

o haciendo un agujero 

en la tarima. 

De aquí no se va nadie. Nadie. 

Ni el místico, ni el suicida.

Y es inútil, 

inútil toda huida 

(ni por abajo 

ni por arriba). 

Se vuelve siempre. Siempre. 

Hasta que un día (¡un buen día!)

el yelmo de Mambrino 

-halo ya, no yelmo ni bacía- 

se acomode a las sienes de Sancho 

y a las tuyas y a las mías 

como pintiparado, 

como hecho a la medida. 

Entonces nos iremos todos

por las bambalinas:

Tú y yo y Sancho y el niño de Vallecas

y el místico y el suicida.


Otro de los  grandes valores éticos de la obra  es la primacía de la ética del esfuerzo sobre la del éxito. Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible, asegura don Quijote.

Y, curiosamente, podemos encontrar en la novela  el primer alegato feminista de nuestra literatura. Un pastor, Crisóstomo, se ha quitado la vida porque ha sido rechazado por la bella pastora Marcela de la que se había enamorado. Otros pastores hacen a Marcela responsable de esa muerte por su supuesta crueldad. Es entonces cuando esta realiza una defensa apasionada de la libertad femenina, en una época en que hablar de la libertad de la mujer era algo auténticamente novedoso.

Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa y, de tal manera que (…) a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. (…) Según yo he oído decir el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. (…) Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado la naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa. (…) Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y mi hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, en fin, a ninguno de ellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. (…) Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡ mirad si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! (I, 14)..

Aparece asimismo  una clara defensa de la libertad y la justicia.

Me parece dura caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres, asegura don Quijote cuando da libertad a unos delincuentes que iban condenados a galeras. (I, 22). Y  en otro momento de la novela asegura: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida. (II, 58).


Ilustración de Mingote para la aventura de los galeotes.
 en la edición del Quijote de Martín de Riquer 

    Don Quijote no entiende que nadie sea condenado si previamente no se ha hecho justicia con él: ¡Oh libertad, gran tesoro, / porque no hay buena prisión / aunque sea en grillos de oro!, decía Lope de Vega. La libertad, para don Quijote es la soberanía de un individuo para decidir sobre su vida sin presiones de ningún tipo. Va, por tanto, necesariamente unida a la justicia. Las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo. (II, 58)

Uno de los grandes consejos que recibe Sancho de don Quijote tiene relación con la humildad. Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que pueda imaginarse. (II, 42). Trata de hacerle ver que se puede ser importante aun siendo de baja estirpe: Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te avergüenzas, ninguno se pondrá a avergonzarte (…) porque la sangre se hereda y la virtud se adquiere. (II, 42)

La humildad es algo tan frágil que no se debe presumir ni de la humildad misma. Decía Pemán: No exaltes tu nadería/ que entre verdad y falsía,/ apenas hay una tilde… / y el ufanarse de humilde/ modo es también de ufanía. Y R. Tagore escribía: Cuanto más grandes somos en humildad / tanto más cerca estamos de la grandeza.

Cervantes  llama a la paz  joya, que sin ella, en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. A pesar de que no podemos pedir a Cervantes un pensamiento moderno que vincule la paz a la justicia social, hay, en cambio, algo moderno en su obra, pues reniega de la invención de la pólvora que creaba víctimas indiscriminadas y acababa con el honor y el valor que el soldado podía demostrar en la lucha cuerpo a cuerpo de otra época. Asegura: Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención. (I, 38).

Antonio Machado también lo trae al recuerdo en relación con la guerra y la paz.


…El mundo en guerra y en paz España sola.

¡Salud, oh buen Quijano! Por si ese gesto es tuyo,

yo te saludo.¡ Salve! Salud, paz española

si no eres paz cobarde, desdén y orgullo.


Don Quijote vive en una época que no comprende. Él, que aspiraba a una sociedad en que no hubiera injusticias, se encuentra con una sociedad precapitalista en que se valora el dinero, en que no basta ayudar a otros para recibir una recompensa social. Así lo expresa en el famoso discurso a los cabreros:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de “tuyo” y “mío”. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarlo de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. (…) No había fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y la llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar u ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen (…) Andando los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros…. (I, 11).

Su ideal es tan fuerte que arrastra a Sancho que se va quijotizando a lo largo de la novela: en lenguaje, en aspiraciones, en ideales. Nunca Sancho es un antiquijote. No entiende a su amo pero, de una primera actitud ingenua e interesada, va pasando al respeto, a la admiración, al cariño, e incluso, al final de la novela, con un don Quijote ya cuerdo, es Sancho quien le plantea nuevas salidas en busca de aventuras.

En su casa, en su cama, reposa, apenas seis horas, y la oscuridad de la noche devuelve la claridad a sus días turbios. Recobra el juicio y muere renegando de la caballería andante. Muere Alonso Quijano para que viva para siempre don Quijote. Así funde  Jorge Luis Borges el final del autor y el personaje:


Nada. Apenas el frío. Apenas una 

 dolencia de sus años postrimeros.

El hidalgo fue un sueño de Cervantes

y Don Quijote un sueño del hidalgo.

Quijano duerme y sueña.


Recordemos el epitafio que le dedica su amigo el Bachiller Sansón Carrasco, el mismo que, disfrazado de caballero, antes le había vencido: Yace aquí el hidalgo fuerte / que a tanto extremó llegó / de valiente, que se advierte / que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte. / Tuvo a todo el mundo en poco, fue el espantajo y el coco / del mundo. En tal coyuntura, / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco. (II, 74).

Y es que el Caballero de la Blanca Luna derriba a don Quijote y le hace volver al pueblo, pero en realidad no lo vence, pues no vence su ideal.  Así lo refleja el poema La más hermosa del poeta cubano  Enrique Hernández Miyares.

Que siga el caballero su camino

agravios deshaciendo con su lanza:

todo noble tesón al cabo alcanza

fijar las justas leyes del destino.

Cálate el roto yelmo de Mambrino

Y en tu flaco rocín altivo avanza:

desoye al refranero Sancho Panza,

y en tu brazo confía y en tu sino.

No temas la esquivez de la fortuna

si el caballero de la Blanca Luna

medir sus armas con las tuyas osa,

y te derriba por contraria suerte,

de Dulcinea en ansias de la muerte

di que siempre será la más hermosa.


Fue un lujo haber vivido loco y  una miseria morir cuerdo dice en el poema Miserable acabó   de Pablo Mora. 


Miserable acabó, murió desnudo.

Mas qué gloria vistió mientras vivía:

para el sin ojos, puertas fue del día;

boca y orejas, para el sordo y mudo.

Quiso el amor y la victoria, y pudo

vencer y amar, en armas y armonía.

Y concilió vejez y valentía,

y con la espada ennobleció el escudo.

Hoy, opaco y desnudo, aquí reposa.

Pasión, batallas; todo queda en poco: 

una cama de enfermo, un mal recuerdo.

Es, pero no es él mismo. Triste cosa. 

Perdió el lujo de haber vivido loco,

en la miseria de morirse cuerdo.


Don Quijote, definitivamente, creó el quijotismo. Ante un mundo inhóspito, don Quijote decide pasar a la acción, no se resigna a decir sí, decide enfrentarse a la injusticia, al materialismo; decide creer que otro mundo ilusorio de caballeros andantes es posible. Para ello, tiene que luchar contra la sensatez del Quijano que lleva dentro, contra los antiquijotes: curas, barberos, estudiantes, venteros, nobles, delincuentes… Y así se inmortalizó el caballero y así arrastró a su ideal al escudero.  Murió don Quijote derrotado, en su cama,  pero no murió su ideal… Así nos lo presenta Pedro Salinas:


Ahí lo tenéis bien muerto, en su cama: bien muerto y con todos

 alrededor llorándole: mansas mujeres, los vecinos.

No murió cara el cielo sobe la tierra plana.

No murió de lanzada el que tanto lo quiso.

El que buscó la muerte por todos los caminos (…).


        Y así Gerardo Diego:


    Nada podrán gigantes, nada endriagos,

    Burladores del ser: visto y no visto.

    Mi brazo tronza y mi pasión flamea (…).


Rubén Darío, con el que terminamos  este acercamiento poético, parece deificar al personaje de don Quijote. Y hasta es capaz de rogarle de forma apasionada  en la larga Letanía a nuestro señor don Quijote, de la que reproducimos algunos versos:


Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...

¡Caballero errante de los caballeros,
varón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!

Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegaso relincha hacia ti;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español! (…)

¡ Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
ruega casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin piel y sin alas, sin Sancho y sin Dios. (…)

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, Señor! (…)

¡Ora por nosotros, señor de los tristes
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión!
¡que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!


 Y solo queda decir AMÉN.


Cervantes. Avda,  de Arcentales, Madrid. Foto: MAR


En la plaza de las Cortes. Madrid. Foto MAR


Parte de este trabajo está tomado del guion del recital   Hazme un sitio en tu montura, que organicé en 2005, con los alumnos de Bachillerato de mi centro  (Santo Domingo Savio de Madrid) con motivo del IV Centenario de la publicación del Quijote. 

Margarita Álvarez Rodríguez.

 23 de abril de 2021

 


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