miércoles, 2 de septiembre de 2015

VERDE, ENCARNADO, NEGRO...



 
                 Lo que va de las galanas a los estaracos:

                                     
                                                         UNA QUEMA



Entre el asombro y la desolación, y contemplando los incendios que, en los meses de julio y agosto,  año tras año, asolan  la provincia de León y otras zonas de España, vienen a mi mente muchas palabras  y vivencias relacionadas con los montes y las quemas, que quemas o quemadas, no incendios, se llamaban por estas tierras.

Galanas cabriteñas

Una negra columna asoma sobre las montañas. Huele a humo. Desde varios kilómetros nos llegan las povisas desprendidas por la quema de los piornos, rebollos, robles, urces, argomas, carqueisas… y de la yerba agostada que arde como yesca.  Se ven llamaradas impresionantes. La humacera invade todo y en algunos lugares dificulta la respiración. El sol se esconde tras un impresionante velo negro. 



Se consuma el desastre. Frentes de fuego  de varios kilómetros. Muchas hectáreas quemadas. Vecinos que se mantienen temerosos y expectantes: otra quema más… Y van... ¿cuántas? ¿Cuándo será la próxima?


No vamos a negar que siempre ha habido incendios forestales. Incluso a veces se quemaba de  forma intencionada la maleza y las urces de alguna parte del monte para roturarlo con más facilidad o conseguir pasto. En algunas zonas se conserva en la toponimia la palabra bouza, que significa, precisamente, lugar quemado para obtener pasto. Otro topónimo, Las Quemadas, alude a lo mismo. 

Lo que ocurre es que, aunque hubiera incendios, aquella naturaleza era sostenible. Pero la cantidad  y  las proporciones de los incendios que en las últimas décadas queman los llanos y  los tesos de nuestros montes, valles y vallinas tienen unas consecuencias devastadoras. 

Cuando hace varias décadas  se  producían quemas en los pueblos o sus alrededores, lo primero que se hacía era tocar las campanas con un toque especial:  se llamaba tocar  a rebato, distinto del repicar para concejo o facendera o para llamar a misa. Los toques se oían de pueblo en pueblo, pues los habitantes de las poblaciones vecinas también tocaban las suyas para acudir en ayuda. Se vivía una situación de una solidaridad encomiable. Pronto se reunía toda la población para hacer una hila e ir pasándose los calderos de agua. Calderao a calderao, cuando no existían bocas de riego ni mangueras, solo agua apozada en alguna pequeña balsa, se intentaba acabar con la lumbre. 

Si el fuego estaba en una zona de monte, se cortaban  ramas de escobas o de otros arbustos llamadas jamascos, y así, a jamascazos, dando golpes sobre el fuego y con la ayuda de los calderos, se conseguía ir apagando la quema.

Quema en San Martín de la Falamosa

Cuando el fuego destruía alguna vivienda o pajar, la solidaridad también afloraba de forma espontánea. Se iba a pedir una ayuda  para los afectados a los pueblos vecinos (para casa quemada) con vistas a  remediar  la catástrofe que había producido la quema. Con yerba y cereales para los animales, aperos de labranza, dinero… se ayudaba a aquellos labradores que habían perdido casas y cosechas.

Hoy,  apenas hay aprovechamiento vecinal de nuestros montes, pues la población rural es escasa y ha abandonado las labores agrícolas, por edad u otros motivos, y eso hace que los montes estén llenos de fusca. Existen pocas  vacas, ovejas o cabras que  pasten los llamargos y vallinas. Por este motivo crece por cualquier lugar la yerba que en verano se seca y arde con facilidad.


Ya  no se escotan las urces para encender la candela, ni se sacan la raíces de estas, por la comarca de Omaña llamadas cepas, para atizar al fuego. No se podan los robles o rebollos para conseguir los fiacos o fuyacos con que se alimentaba a los animales estabulados en el invierno. Tampoco se cortan escobas ni codojos para usos domésticos o agrícolas. Muchas de las tierras centeneras que antes se cultivaban en las laderas de los montes, en las vallinas y en nuestras chanas y chanos se dejaron de baco  o de adil hace años y hoy están irreconocibles por estar totalmente tomadas por la vegetación. Las roderas, caminos y senderos están impracticables. La vegetación llega hasta las mismas casas… 

Además, se han hecho repoblaciones con  pinos, que es un tipo de árbol que arde de manera fácil y que no es autóctono de los lugares donde se ha plantado.  En fin, un peligro constante, ante cualquier accidente o la malvada intención de algún desaprensivo.

Las riberas de los ríos y sus cauces no se limpian, como sí hacían en otras épocas los lugareños, porque lo prohíben las confederaciones hidrográficas competentes u otros organismos, y eso impide a veces que los medios aéreos de extinción tengan el agua muy cerca y no la puedan utilizar por la imposibilidad de  acceso a los ríos, hecho que ha ocurrido en algunas de las quemas más recientes.



Medios aéreos de extinción de incendios

Es preciso hacer una llamada a las autoridades competentes, en todos los niveles de la Administración, para que trabajen  para evitar los incendios. Y los incendios se evitan en invierno, antes de que se produzcan.  Es necesario limpiar caminos (que son cortafuegos naturales), desbrozar las zonas peligrosas cercanas a las viviendas, no impedir o dificultar la labor de los vecinos en esa limpieza, permitir la tala de robles, urces…  Los ganados  deberían aprovechar libremente los pastos de los montes públicos.  Hay que limpiar las riberas y cauces de los ríos. Se deberían realizar cortafuegos en lugares en que hay mucha vegetación  y mantener limpios  los que se realizan cuando se produce un incendio, que en muchos casos quedan abandonados.

No se tiene una mayor conciencia  ecológica por impedir que se actúe sobre  los montes o los ríos. Lo que se necesita es una naturaleza sostenible, como lo fue durante siglos, cuando aprovechamiento y sostenibilidad tenían una importancia similar.

Cualquier inversión en estos trabajos  sería rentable, pues evitaría gastos mucho mayores en la extinción de incendios,  sufrimiento en las poblaciones más directamente  afectadas y desastres ecológicos. Y, por supuesto, además de lo dicho, hay que castigar de forma rotunda  a   los responsables de estos incendios, a esos que se “entretienen”  achismando  a nuestros montes o provocando quemadas  por negligencia.  

Mantigones que crecen bajo las argomas
No podemos permitir que la vegetación se reduzca a ceniza, que las ramas de las escobas y  de las urces -las más crecidas y las gándaras-  se conviertan en estaracos, que nos arañan y nos entisnan, si tratamos de andar por los montes tras una quema, ni que esos robles marfuellos, de madera apreciada, que tardan tantos años en crecer, queden convertidos en negros fincones clavados en montes y vallinas.


¿Cuántos años tardarán en crecer las urces y alfombrar con sus galanas albares y cabriteñas las laderas  de los montes en primavera? ¿Cuándo volveremos a recoger a principios del verano los sabrosos mantigones que crecen bajo las argomas? ¿Cuántas décadas serán necesarias para volver a ver matas de robles?


Tarda muchos años en regenerarse un monte, la erosión hace estragos, desparecen los manantiales y se contaminan las aguas, la fauna salvaje ve muy alterado su hábitat.  Basta ver con horror cómo los animales van saliendo a las carreteras cuando arden los montes  y cómo vagan desorientados…


Tras la quema: estaracos.  Quintana del Castillo (León)


Estos desastres ecológicos no solo afectan a la población rural que sufre el impacto de forma directa, nos afecta a todos, porque afecta a la Tierra, y nada de lo que afecte a nuestro planeta nos puede ser indiferente. Es nuestra vida y  la que dejaremos en herencia a las generaciones venideras.    

Queremos seguir viendo cubiertos nuestros montes de esos bellos mosaicos que forman las luminosas galanas albares, mezcladas con los tonos rosáceos las cabriteñas y el amarillo de las escobas que la  inoperancia de algunos y la negligencia o mala fe de otros quieren convertir en estaracos.


Galanas albares
Galanas: flor de la urce.
Estaracos: palo o rama seco o quemado  de urces y otros arbustos.

Vocabulario recogido en el libro: El habla tradicional de la Omaña Baja de Margarita Álvarez Rodríguez

sábado, 22 de agosto de 2015

DE OMAÑA A ORDÁS



                                                                 Entre la historia y la leyenda


                                Dedico estas copillas a Miguel Ángel Martínez, Omañés 2015, creador de la desaparecida asociación Ares de Omaña.

Torre de Ordás, s. XV

Torre oronda y elegante,
que exaltas tierras de Ordás,
allí Don Ares de Omaña
mala suerte fue a encontrar.

Su tío, el Adelantado,
que de Luna era señor,
con engaños y agasajos
lo conduce a su mansión.

Don Ares va receloso
pues teme final aciago,
por eso de muchos hombres
acude allí acompañado.

Sus hombres se quedan fuera,
Don Ares adentro va,
sin saber que para él
preparan sueño y puñal.

Y mientras confiado duerme,
se consuma la traición
cortándole la cabeza
aquel Quiñones felón.

Su cabeza es arrojada
por ventana al exterior
para que sus fieles cuenten
a su madre aquel horror.

Tragedias y señoríos
unen a Omaña y Ordás
aquel que muere en la torre
era el señor de Benal.


Castillo de Benal, El Castillo (Omaña)

Corren las aguas del Luna
ya muy tristes y encarnadas;
crecen las del río Omaña:
lágrimas de Doña Sancha.


Pero los ríos arrastran
toda ofensa y deshonor
y en un abrazo se funden:
Órbigo forman los dos.







                                                                                                     










Aguas que lavan agravios
de Omaña, Luna y Ordás,
aguas que corren tranquilas
vierten sus penas al mar. 


Estas tierras leonesas
han superado el rencor
ya fundidas para siempre
en las aguas del perdón.


      




                                        




                                                                                     

jueves, 28 de mayo de 2015

VIDAS, VIVENCIAS, PALABRAS MAYORES...

El objetivo de este blog es hablar de las palabras: de su forma, de su significado, de su uso... Y de cómo las palabras son la esencia y, al mismo tiempo, el cauce del pensamiento. De cómo se pueden manipular... 


Hace algunas semanas llegó a mis manos un libro titulado Palabras Mayores, del periodista y escritor leonés Emilio Gancedo (editorial Pepitas de Calabaza).  

Su título me atrajo  de forma especial y, conociendo al autor, suponía que la obra prometía un gran goce de palabras y vivencias. Y lo que prometía lo ha cumplido con creces. 



El autor recorrió durante meses todas las comunidades autónomas y, en cada una de ellas, entabló conversación con personas de larga vida, y de ricas y variadas experiencias. Y eso es la esencia del libro: una historia viva y vivida, expresada con palabras mayores.



A partir de mi lectura he escrito una valoración crítica, que incluyo a continuación:

El libro Palabras mayores es una perfecta fusión de paisaje y paisanaje, a la manera  de la  intrahistoria de Unamuno y Azorín… El narrador recuerda también a aquel forastero de La Alcarria de Cela. Un narrador que sabe escuchar y sirve de cauce para las palabras mayores.

La obra refleja la historia individual y colectiva de España contada por las personas que la han protagonizado, por esos españoles que no aparecen como protagonistas de la historia oficial; por esas personas que en los libros de historia apenas ocupan  unas líneas o que se esconden tras una alusión genérica. Pequeñas historias, gran historia.

Palabras mayores es un libro de viajes, de múltiples y variados viajes. Un viaje en el tiempo, un tiempo pasado que consigue hacerse presente. Un viaje en el espacio, que consigue acercarnos a esa España de vivencias comunes y al mismo tiempo diversas. Un viaje al interior de las personas que aparecen en la obra que dejan fluir al exterior la evocación de sus experiencias vitales a través de la narración y el diálogo. Y también un viaje al interior del lector actual desde el que surge el respeto, la admiración y el asombro.

Es un libro de palabras mayores, porque son de personas mayores y porque son palabras que nos transmiten verdad, sabiduría, vida. Son gentes que han vivido   en armonía con la naturaleza, aunque esta, con frecuencia, les haya presentado una cara poco amable. Gentes, con poca escolarización, pero con muchas ganas de aprender, que conocen los remedios a muchos males,   desde  la imaginación, la observación y el sentido común…

Muchos lugares distintos, muchas profesiones, muchos mundos diferentes, distintas lenguas y dialectos  y,  en cambio, ¡tantos aspectos similares: niños sin infancia, mucho esfuerzo, mucho miedo, muchas privaciones…! Y en esas palabras mayores, unas cuantas palabras menores características de cada lugar, de cada oficio… que le dan más verdad a la obra (un gran acierto). Al lado de ese realismo, a veces dramático, aparece otro realismo que envuelve a los protagonistas y al propio lector: el realismo mágico de la leyenda, de los miedos, de las supersticiones, de los sueños…, porque la realidad plena de cada persona también es eso: alguna dosis  de  irrealidad.

Entrañables los personajes. Imposible olvidar a esa Ángeles asturiana, o ese Quico hurdano, a ese Progreso… A todos esos hombres que hablan y esas mujeres, casi siempre silenciosas, pero de silencios elocuentes…

Me parece un gran acierto que en cada capítulo se presenten las  historias individuales, después de una ambientación general o después de una anécdota inicial que atrapa al lector. También creo que está muy trabajado desde el punto de vista literario, con una sintaxis compleja, léxico variado y abundancia  de imágenes muy creativas.

En resumen, es una relación de experiencias individuales, pero de historia colectiva; un libro que nos hace viajar de norte a sur y de este a oeste, por llanuras y montañas, por tierras interiores y tierra costera, que provoca una experiencia  triste  y, al mismo tiempo  gozosa para el lector... En fin, una lectura muy recomendable, pues son Palabras mayores.




martes, 28 de abril de 2015

LENGUAJE POLÍTICO Y EUFEMISMO


                                            
                                                                                              
                           Lo políticamente (in)correcto                  
                                                                

                


En artículos anteriores he escrito sobre el uso general del eufemismo en nuestra lengua. Hoy  me voy a ceñir al uso del eufemismo  en el lenguaje político, más bien al abuso, porque en  el ámbito político el uso desmesurado del eufemismo lo impregna  todo.  Se busca con ello lo  políticamente correcto ¡Si hasta los enfrentamientos dentro de los partidos se llaman ahora, con lenguaje casi poético,  distintas sensibilidades

Bastaría escuchar con atención el lenguaje de nuestros políticos, y la reproducción del mismo que hacen los MCS, para encontrar fácilmente una auténtica mina de eufemismos que tratan de transformar la percepción de la realidad que tienen los  ciudadanos. Las guerras son ahora conflictos bélicos o intervenciones militares, o incluso guerras preventivas o ataques selectivos; los bombardeos mal dirigidos  no causan muertos entre la población civil, sino daños colaterales. Y los soldados muertos en combate son simplemente bajas. Algunos ya evitan usar el nombre de  militares y les llaman ciudadanos uniformados, como si el uniforme fuera exclusivo de los militares y los colegiales y los que ejercen otras muchas profesiones no fueran también ciudadanos uniformados. En ocasiones nos encontramos con expresiones que nos dejan perplejos por  su contradicción: fuego amigo, ejército pacificador. Hasta el espionaje se ha puesto la careta de servicio de información.  


Ya no  hay matanzas racistas, sino limpiezas étnicas. En este eufemismo está bien claro que no es lo mismo hablar de “matanza racista”, expresión  en que ambas palabras tienen sentido peyorativo  que hablar de “limpieza étnica”, en que la primera tiene sentido positivo y la segunda un significado neutro.


También abunda esta técnica del disfraz en términos relacionados con lo económico: revisar o reajustar las tarifas, y más modernamente actualizar, se convierte siempre en una subida de precios. Y para otras subidas, se ha hablado de un recargo temporal de solidaridad, en el caso del IRPF y, de un gravamen adicional, en el caso del IVAO se crean nuevos impuestos como la tasa por la recogida de residuos sólidos urbanos, o sea, tasa  por recoger al basura.

No hace mucho tiempo  se buscaban términos "políticamente correctos" para evitar  hablar del rescate a la economía española, y se discutía si se debería  hablar de préstamo en condiciones extremadamente favorables, apoyo financierolínea de crédito o crédito europeo para recapitalizar el sistema financiero. Si los contribuyentes no expertos en este asunto desconocían con exactitud lo que era el rescate, mal iban a averiguar lo que escondían estas alambicadas expresiones.


En ese lenguaje político referido a asuntos económicos, hemos oído cosas como crecimiento negativo, expresión paradójica y estrambótica, donde las haya.  Como muchas otras con que se ha disfrazado la crisis económica (desaceleración económica, ralentización de la economía, aterrizaje suave, brotes verdes), hasta que el disfraz ya no podía ocultar más lo que se escondía debajo. También los recortes de inversión en muchos servicios públicos se han ocultado bajo las expresiones: políticas de austeridad, medidas de ahorro o de ajuste, o racionalización del gasto, utilizando las palabras austeridad, ahorro o racionalización  en lugar de "recortes", porque esos términos tienen un sentido positivo, cuando realmente ocultan unas medidas perjudiciales para la población.

El lenguaje del eufemismo también ha cambiado las relaciones sociolaborales. Los despidos masivos son ahora expedientes de regulación de empleo o ERES; el paro, desempleo; las reformas laborales no abaratan el despido de los trabajadores, son reformas estructurales que necesita el país para salir de la crisis  y con las que conseguirá flexibilizarreestructurar u optimizar el mercado laboral, pero que en realidad  lo que consiguen es precarizar el empleo y convertirlo en  “empleo basura”. Y todo ello  si es que los trabajadores mantienen su trabajo y no sufren un reajuste laboralEso sí, no serán despedidos, pues “educadamente” se prescindirá de sus servicios o se les desvinculará de la empresa.  Aunque el despido sea masivo, será solamente un ajuste o reajuste de plantilla.  Y si cierra la empresa puede aparecer  también el concurso de acreedores, que era lo que anteriormente, de forma más cruda, se llamaba suspensión de pagos. Los parados, población desempleada, con suerte,  cobrarán un subsidio de desempleo; de lo contrario, serán parados, sin paro, o sea, sin ningún tipo de prestación. A los funcionarios también se les practicó una minoración retributiva  porque había  que ajustar la administración.

Cuando  la empresa tiene beneficios se habla de excedentes empresariales, pero el salario de los trabajadores es siempre un coste laboral. Si nos fijamos bien, la palabra "excedentes "tiene sentido positivo, en cambio, la palabra "coste" tiene un sentido negativo. Sin embargo, rebajando los costes se aumentan los excedentes, porque cada una es recíproca de la otra, pero de sentido bien distinto.

Desgraciadamente parece que la crisis ha arrastrado, en España,  a la pobreza severa a millones de personas, en muchos casos  niños,  pero la palabra pobre trata también de esquivarse en ese “lenguaje políticamente correcto”  y prefiere hablarse, en los informes  que se hacen públicos, de    personas desfavorecidas o  en riesgo de exclusión social severa (según datos INE, de febrero de 2015, afecta a 13 millones de españoles y al 32% de los niños del país). Y mientras para otros países hablamos sin eufemismos del hambre infantil, en este primer mundo, en que vivimos, también se soslaya la palabra hambre y se prefiere el término malnutrición.


Ese  impacto asimétrico de la crisis ha provocado también muchos desahucios, que se han presentado como procedimientos de ejecución hipotecaria, y mientras se buscan soluciones habitacionales nos llegan imágenes de los sufridores con sus familias y enseres en la calle. Y en la calle, manifestándose, están también  los llamados preferentistas, pequeños ahorradores que en su día compraron acciones preferentes, algo que, por su nombre, parecía halagador para los inversores, pero que ha resultado un notable fiasco.

Frente a esa  pobreza escandalosa que afecta a tantos millones de  españoles, unos cuantos privilegiados se reparten sobresueldos por hacer el trabajo por el que ya reciben una adecuada remuneración, sobresueldo que justifican como retribuciones de carácter complementario  o reciben como regalo una amnistía fiscal disfrazada de regularización fiscal o  medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas. Esta última denominación deja perplejo al ciudadano medio que paga religiosamente sus impuestos, y cuando reacciona, y se da cuenta de lo que se esconde tras este artificio lingüístico, casi no le quedan fuerzas para manifestar su indignación. Algunos dirigentes políticos, con bastante cinismo, “olvidan” los nombres de los implicados y esconden  esos nombres, otrora de postín, bajo el calificativo de esa persona o ese señor, como si de repente se refirieran a alguien  que pasaba por allí casualmente y que les es desconocido.

 Y mientras unos reciben amnistías fiscales y  usan puertas giratorias,  nuestros jóvenes, muy bien “pre-parados”, buscan trabajo fuera de España, en un nuevo proceso de emigración  forzada por la falta de perspectivas laborales.  La ministra del ramo llama a eso, sin rubor,   movilidad exterior provocada por  el impulso aventurero de la juventud.  Los jóvenes saben muy bien lo que es tener un  espíritu aventurero, que, desde luego, no tiene nada que ver con sus ansias por sobrevivir.

Desgraciadamente, oímos hablar con frecuencia de corrupción o nepotismo   en el desempeño de los cargos públicos, pero  donde la gente común habla de enchufados en el lenguaje eufemístico de la política se habla de cargos de confianza. Ese lenguaje retorcido y altisonante es capaz de abrumar al sencillo ciudadano al que antes se multaba por alguna infracción y que ahora oye que   se inicia contra él  un procedimiento administrativo sancionador. En el mundo penal se intenta restaurar la presión perpetua, pero bajo el nombre de prisión permanente revisable. Si es permanente, es perpetua, con revisión o sin ella.

Un claro ejemplo de ese lenguaje que disfraza la realidad con torcidas intenciones, aparece en esta frase de una responsable política: una indemnización en diferido, en forma efectivamente de simulación o de lo que hubiera sido en diferido. Una frase para la historia de la demagogia… Términos complejos, incoherencia… No hay que molestarse ni en explicarla ni en entenderla: está hecha para que no se entienda, aunque, paradójicamente, por su extrañeza, los ciudadanos  han entendido bien su sentido.

En el pasado noviembre, vimos cómo lo que quiso ser en Cataluña un referéndum, ni siquiera fue una consulta, una encuesta o un sondeo, quedó convertida, por obra del eufemismo, en un proceso participativo. Ahora que se acercan períodos electorales, los posibles pactos pactos electorales estarán marcados por la geometría parlamentaria.

La rueda del eufemismo político seguirá girando y todo continuará siendo un suma y sigue... Pero lingüistas y ciudadanos, por salud democrática, debemos seguir denunciándolo, porque en este país hace mucho que no se dicen mentiras, solamente se falta a la verdad.

                         Los peligros del eufemismo
               
Es evidente que a través del lenguaje se difunden visiones ideológicas de la realidad, a veces a través de  este lenguaje desnaturalizado que no pretende solamente suavizar lo que se dice (que era el sentido inicial del eufemismo), sino, en algunos casos, manipular la lengua con fines políticos, hecho peligroso cuando el lenguaje disfraza la mentira de una aparente realidad. Ya Orwel, en su novela 1984,  hablaba de una “neolengua” y  nos llamaba la atención  sobre cómo la lengua puede controlar el pensamiento y, a través de él, el poder. 

 Se ve claramente cómo el eufemismo se intensifica en épocas de crisis para cambiar la realidad y el abuso de él  no solo puede convertirse en algo grotesco, sino, con frecuencia, inmoral.


 Lo novedoso de este momento, pues,  es que esos eufemismos ligados a los ámbitos político y económico no solo disfrazan la realidad a través de la manipulación lingüística, sino que tal vez estén  tratando de conformar el pensamiento. Deshacerse de estos malos hábitos lingüísticos quizá sea también un paso importante para la regeneración política  y democrática. Por eso, de vez en cuando, es necesario reflexionar críticamente sobre qué nos dicen y cómo nos lo presentan para seguir teniendo conciencia de que al menos nos queda la libertad de pensamiento, que expresamos con la palabra. Porque la palabra es cauce del pensamiento, pero nunca debería ser  su  carcelera. 

                                                                                 Artículo: Sobre tabúes y eufemismos en español


domingo, 5 de abril de 2015

Buscando la sonrisa de las nubes...

                             
                                                                               Un cuento para Alejandra,
para que busque siempre la sonrisa de las nubes...


Buscando la sonrisa de las nubes...




Alejandra era una niña muy curiosa y  soñadora. Le gustaba mirar al cielo. Un  día, mientras paseaba con su abuela y contemplaban un atardecer, su abuela le recitó unos versos populares que ella había aprendido de niña: 


Al sol le llaman Lorenzo 

y a la Luna Catalina, 

cuando se acuesta Lorenzo, 

 se levanta Catalina.

Alejandra se percató  rápidamente de que en el cielo también  había  nubes y preguntó:

-¿Y  cómo se llama la nube, abuela?

Su abuela no supo responder. La lógica infantil la dejó boquiabierta. Nunca había pensado que las nubes necesitaran un nombre. 

A partir de ese día, todas las tardes, Alejandra observaba el cielo. Le parecía que las nubes estaban tristes. Seguramente sufrían porque no tenían nombre o, tal vez, porque no eran luminosas como el sol, las estrellas o la luna.  A hurtadillas, las observaba y veía cómo se movían constantemente, como si estuvieran preocupadas. 

Unos días, parecían blancas y esponjosas como el algodón. Entonces, Alejandra creía que estaban contentas. 

Otros días, en cambio,    se ponían tristes, su inquietud aumentaba y se volvían negruzcas. Al moverse deprisa, chocaban unas contra otras y entonces sí  que desprendían rayos de luz acompañados de rotundos quejidos, que  se oían desde la tierra. A veces, se quedaban silenciosas y pensativas, mientras su color blanco se iba convirtiendo en grisáceo. En ese momento, su pena se transformaba en llanto   y sus lágrimas pausadas, en forma de gotas de lluvia,  se deslizaban hasta la tierra. Y cuando hacía mucho frío, y se daban cuenta de que  la tierra se sentía aterida,  esas lágrimas la tapaban con un manto blanquecino o la vestían con un luminoso vestido.

Una tarde, el sol estaba a punto de esconderse por el horizonte, rodeado de todo su esplendor de colores rojizos.   Una  nube algodonosa que se movía con lentitud, iba situándose ante el sol como un velo  que, traspasado por sus rayos,  se  convertía en un bellísimo tornasol.

Bellísimo tornasol

  ¡Qué hermosura! –decía la gente-, volviendo su rostro hacia ella. Mientras, la luna aparecía tímidamente tras las montañas. Y sintió envidia de la belleza del sol. Ella también quería ese velo de tul.   Fue entonces, cuando otra  nube que estaba al acecho, no quiso que la luna sufriera y se colocó ante ella.

Una cortina para la luna
Y todas las miradas ahora se giraron hacia la luna que lucía resplandeciente tras aquella cortina. 

¿Cómo era posible que esas nubes, que  sabían embellecer al sol y a la luna no tuvieran nombre? Era una injusticia. Las nubes deberían tener un nombre propio, un  nombre poético, mucho más hermoso que Lorenzo o Catalina.  

Bella, hermosa, guapa, linda, bonita, blanca, plateada… Todas esas palabras se agolparon en la mente de Alejandra durante varios días.

Ya lo tengo -pensó.

Miró al cielo. Dos nubes vagaban solitarias.


Os llamaréis Nubelinda y Blancanube...


Alejandra las miró y les dijo: 

- Ya no estaréis discriminadas. Yo os voy a poner nombre. Os llamaréis Nubelinda y Blancanube. Y buscaré otros nombres para vuestras amigas. 

Ya no podéis estar tristes. Ya no nos podéis asustar más con vuestros enfados tormentosos. Seréis mis amigas.

Sintió que las nubes la miraban y le hacían un guiño de complicidad. Desde ese momento supo  que, cuando las nubes volvieran a llorar, lo harían de alegría. Y, al hacerlo, sus lágrimas blancas o transparentes harían sonreír también al aire, a la tierra, a las fuentes, a los bosques, a las flores…

Y así, Alejandra, cuando nevaba o  llovía, se sentía también feliz.  Les decía a sus amigos que conocía a  unos duendes silenciosos que  vagaban por el cielo y  que  de forma mágica creaban la  nieve  y  lluvia…  Que tenían nombres hermosos… Que siempre estaban felices… Que le hacían guiños… Que le hacían caricias…

Los amigos, intrigados, preguntaban y preguntaban…, pero ella nunca les reveló su secreto, pues solo ella había conseguido que las nubes sonrieran.



Y ella sentía que las nubes le sonreían...

Nubes que esconden sonrisas,
tras sus copos de algodón,
amargas lágrimas vierten
para expresar su dolor.

Si tú comprendes sus penas,
recobrarán la ilusión
y con caras sonrientes
te besarán con amor.

Tus nubes ya tienen nombre,
como la luna y el sol,
Nubelinda y Blancanube,
solo lloran de emoción.
                              

Edición, noviembre de 2016
                        
                                                                                                        


  Este cuento está inspirado en una anécdota real ocurrida cuando Alejandra tenía tres años.
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