miércoles, 17 de diciembre de 2014

Otra Navidad

                                                          
         De aquellas Navidades a esta Navidad                                                                        

                                                                                                                 
             A mis nietos, Alejandra y Gonzalo 

         No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de la niñez.  Unamuno.     

                                                                                                                         
   Cuando  en estos días pasea uno por las calles de nuestras ciudades y contempla tanta iluminación y adorno navideño, tantas calles atestadas de gente, tantas bolsas en las manos, tantas comidas de empresa, tantas reuniones familiares, tantas llamadas y mensajes para felicitar las fiestas navideñas…, tantos niños viendo catálogos o anuncios de juguetes y seleccionando lo que van a pedir a Papa Noel, a los Reyes, a los tíos, a los abuelos… no puede uno menos que recordar lo que fue la infancia de aquellos que éramos niños hacia mediados del siglo pasado, en pueblos muy pequeños  y apartados de la montaña leonesa.

    Las fuertes heladas (pelonas), los carámbanos o chupiteles en los tejados, las  nevadas que hacían difícil salir a la calle, aun con madreñas,  la necesidad de calentar la cama con un ladrillo macizo, que previamente se había calentado en el horno, o  con cualquier otro invento casero para no estar arrecidos... anunciaban a lo largo del mes de diciembre que se iba acercando el invierno.Y con él, llegaban para los niños otros entretenimientos. Todavía no existía la televisión ni otras pantallas para pasar el tiempo ante ellas. 


Aparato de radio que llegó a casa en 1960
A la tardecina, antes de cenar, la familia se reunía ante ese aparato mágico, que era la radio, que terminaba de llegar a nuestras casas,  para oír el serial radiofónico "Matilde, Perico y Periquín", un programa de la cadena Ser que tuvo gran éxito en los 50 y 60, que estaba patrocinado por Cola Cao ("Yo soy aquel negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola Cao", un anuncio que hizo historia) y que describía las travesuras que día a día hacía Periquín (personaje al que ponía voz Matilde Vilariño). Era una sosegada reunión familiar, que empezaba a sustituir al tradicional calecho, alrededor de la magia de la palabra que llegaba por las ondas.

 Pero como las noches de invierno eran largas, después de la cena, se realizaban  otros juegos  en las cocinas de las casas, durante los filandones  o veladas invernales. Sentados en escaños, escañiles, o  la bancada de la cocina para estar más cerca del calor de la  bilbaína, y mientras las mujeres realizaban actividades relacionadas con la costura, el hilado, la cocina… , los hombres proponían entretenimientos infantiles, en los que a veces también participaban las mujeres. Se trataba de   juegos en que el poder de la palabra era fundamental. Los niños oíamos la voz de nuestros mayores y sus palabras nos atraían misteriosamente. Misterio y magia en las  palabra y en la forma de contar.  A través de esas palabras nos llegaban historias y leyendas variadas, con presencia de moras, de cuevas, de tesoros, de aparecidos… Las oíamos una y otra vez..., y siempre encontrábamos  en ellas algo novedoso.

 
La Piñona o Peñona (La Utrera)
Como las referidas  a La Piñona de La Utrera, en la que se decía que se escondían dos cofres, uno lleno de oro y otro de veneno. Quien descubriera el primero se haría rico y quien se topara con el segundo moriría.  A veces aparecía otra leyenda similar, allí y en otros lugares,  que hablaba de monedas de oro envueltas en el pellejo de un buey pinto. Leyendas como estas nos hicieron ver siempre con un cierto halo de temor y misterio la citada roca.

         No menos atractivas eran las historias que recogían los romances y que se nos presentaban en forma musical. Romances que contaban amores y desamores, historias de cautivos, guerras, actos de  mujeres intrépidas… Romances y leyendas nos acercaban mundos lejanos en espacio y tiempo a los que nosotros dábamos vida en nuestra imaginación. Recuerdo aún dos romances aprendidos en aquellas veladas invernales: el  la Doncella guerrera y el de A la verde, verde, / a la verde oliva...

        La atracción que sentíamos hacia estas historias era tan grande que despertaba en nosotros, los niños, de manera muy temprana, el interés por leer. Yo recuerdo que ansiaba aprender a leer, porque  creía que la lectura me podía llevar a ensanchar los caminos de la imaginación y que podría acceder a ellos por mí misma, sin la ayuda de otras personas. Y a los cuatro años ya leía. Siempre he dicho que yo aprendí a leer en los libros orales, en libros escritos en el viento. Aprendí pronto a amar las palabras. Y he dedicado mi vida a coleccionar palabras y a transmitir el amor por ellas.

 En aquellas veladas invernales también nos proponían acertijos o cusillinas. Y, aunque las aprendíamos de memoria, seguían manteniendo el encanto para nosotros. Podría contar muchas que aún recuerdo. Así se describía la zarza:

Llarga, llarga, como una soga,
tien unos dientes como una lloba.

También los mayores dirigían juegos en que los útiles para jugar  eran totalmente domésticos. Como el enduño, juego que consistía en calcular, alternativamente, entre dos personas cuántas habas o fréjoles se escondían en una mano cerrada. Si se acertaba, se ganaba; de lo contrario, se perdía la diferencia entre lo calculado y la realidad. Se acompañaba con estas palabras:
         -  Al enduño.
         - Abre el puño.
         - ¿Hasta cuántas?
         - Hasta tres...
A continuación quien tenía el puño cerrado lo abría y se comprobaba si el otro había acertado. Era un juego que se realizaba en las veladas de invierno mientras se aprovechaba para esbotar (sacar de su vaina) los fréjoles ya secos.

A estos juegos se sumaba el jugar a la baraja. Había juegos de cartas que los niños practicábamos mucho con los mayores: el burro, el repelús… Y cuando sabíamos más, ya empezábamos con la brisca, la escoba…

A veces, en aquellas veladas, también se cantaba. En algunas ocasiones, típicos villancicos navideños, como: Los peces en el río, Hacia Belén va una burra, La Virgen lava pañales… y otros varios, conocidos por todos. En otras ocasiones, eran canciones tradicionales leonesas. Dos me prestaban de forma especial: Viva la montaña viva, /viva el pueblo montañés, / que si la montaña muere / España perdida es… o Ya se van los pastores a la Extremadura /ya se queda la sierra triste y oscura… Los caminos entre Extremadura y las montañas de Babia, Laciana y Omaña eran transitados dos veces al año por las merinas y nosotros éramos fieles testigos  de esa trashumancia, por eso canciones como esa tenían para nosotros un sentido especial.

En aquellas Navidades no había luces en las calles, ni navideñas, ni de las otras.  Y solo un par de bombillas en el interior de las casas: en los lugares de paso y en la cocina, lugar de la vida común. Los pueblos estaban sumidos durante largas horas en una total oscuridad. Con los faroles, que luego se fueron sustituyendo por  linternas, iban los vecinos de casa en casa  para la velada o filandón.

A aquellos pueblos raramente llegaban los    juguetes adquiridos en la ciudad. Yo solo tuve en toda mi infancia dos juguetes. A los seis años, me compraron una cocina de hojalata, muy elemental, pero que fue para mí un juguete muy preciado. Fue una recompensa ante una operación de anginas y mi primera visita a la ciudad.  El otro fue una muñeca de aquellas de cartón piedra,  que tenían el pelo pintado y pegado a la cabeza. Todo en ellas era pintado, menos el vestido. La pobre feneció cuando mi hermana la metió en un caldero de agua. 

Una muñeca similar a esta

El tercer gran “regalo”, de segunda mano, que no recuerdo cómo llegó a mí , fue una versión troquelada del cuento  “Piel de asno”, de Ch. Perrault.  Fue para mí una joya, por su contenido, pues la historia de aquella  mujer desgraciada  me resultaba impactante: aquella huida de los deseos libidinosos de  su padre, que  yo no entendía muy bien; aquellas peticiones que le hacía para demorar la boda, como el vestido  del color de la luna; aquella piel que cubría su cuerpo entero… aquel príncipe que la redimirá del sufrimiento… También fue un tesoro por la forma de presentación del cuento, que tenía la forma del cuerpo de la protagonista cubierto por la piel de asno,  y por sus estampas. 



    Fue el único cuento que tuve  en toda la infancia. Y mi deseo de leer era tal que leía los trozos de periódico que habían llegado a casa como envoltorio de algo. 

    Las Navidades no cambiaban mucho lo que ocurría el resto de los días de invierno. El día de Nochebuena, como único extraordinario, se cenaba el llosco con los huesos de cerdo  de  la matanza que se había realizado en sanmartín, adobados, embutidos y curados al humo. Aquellas patatas con el llosco eran una delicia culinaria. Si había suerte, se acompañaba con algún polvorón o un poco de turrón, que a veces ni siquiera era de almendra. Y, de vez en cuando, con algún cuchiflito casero.

En aquellas  pequeñas  aldeas omañesas no solía haber misa del Gallo, puesto que no había cura en todos los pueblos. El día de Navidad, sí íbamos todos a misa y, al final de la misma, a adorar al Niño. ¡Qué bien comprendíamos aquellos niños lo que era nacer en un pesebre! En todas nuestras casas había peselbes, cuadras, vacas, ovejas, burros...

      El acto más importante de las Navidades era la ceremonia del ramo (el ramu), que estaba enteramente en manos femeninas. Las mozas vestían (adornaban)  el ramo que era una estructura de madera circular, de tipo rastro o triangular (las dos primeras eran las propias de Omaña) que simbolizaba el ramo natural de una ofrenda de tradición ancestral. 

Ramo actual. Santuario de La Garandilla.
Las mozas lo ofrecían en la iglesia acompañando con canciones, lo que se llamaba “cantar el ramo”. Según Dolores Rodil, que es la persona que más sabe de cómo se desarrollaba esta tradición en Omaña, en algunos pueblos se cantaban tres ramos, uno por niñas, otro por las  adolescentes y otro por las mozas. Yo tengo un vago recuerdo de ver un ramo ya abandonado en la sacristía de mi pueblo, pero las mujeres mayores sí habían participado en la tradición y la estructura del ramo se conserva aún en muchas iglesias de la comarca.

El otro día importante de las Navidades era el día de  Reyes, cuando los niños íbamos a la casa de los padrinos y los abuelos a por el aguinaldo. Unos caramelos, nueces, castañas, higos… y, como mucho, alguna perra gorda  eran nuestro regalo de Reyes. 

    Aquello nos prestaba mucho y volvíamos a nuestras casas contentos y mostrando lo que nos habían dado. No sé si éramos felices, pero desde luego no sentíamos grandes necesidades, por ello con cualquier cosa fuera de lo ordinario nos conformábamos. El mundo de las jugueterías nos quedaba muy lejano. Éramos pobres de bienes y pobres de espíritu.

Paladín (Omaña-León)
De aquella, no había árboles de navidad. Todos los árboles que nos rodeaban, pelados, sin hojas, a veces llenos de nieve o escarcha, que los teñían de blanco, eran nuestros árboles navideños. Eso sí, las castañas tostándose en el horno o sobre la chapa de la cocina de hierro y los varales llenos de  los productos de la matanza eran un rico adorno culinario.

De entonces acá, hemos progresado mucho. Muchos juguetes, ruido, luces, adornos… muchas ilusiones infantiles…, pero, ¿son más felices estos niños de hoy que sus abuelos de hace medio siglo? Entonces la ilusión perduraba en el tiempo. Hoy la ilusión solo dura hasta que se consigue el objeto y pronto ese objeto deja de tener interés y el niño vuelve a entrar en el bucle del consumismo… El deseo de poseer, la saturación… hacen que los objetos pierdan pronto su valor.

En algo, sin embargo, abuelos y nietos nos parecemos. Cuando el niño hoy inventa juegos y los comparte con sus mayores, entonces sí que la ilusión regresa e inunda el  espíritu infantil. Vuelve el poder de la palabra que sirve para compartir, que sirve de puente para acercarnos a los demás.

    Hoy los niños están rodeados de pantallas y de diversos artilugios electrónicos. Incluso, siendo aún bebés, se ve a niños en diversos lugres a los que los padres les entregan la pantalla de su móvil para que el niño se entretenga  y  no moleste. En ese momento el niño navega por una realidad virtual y no observa lo que ocurre a su alrededor, una fuente importante de aprendizaje en el proceso de maduración.  Juegan en las pantallas, con jugadores  online, con los que no hablan, más bien gritan, a veces con lenguaje agresivo, y parece que carecen de tiempo para   jugar presencialmente con otros niños. Para hablar con ellos, para correr con ellos, para desarrollar la imaginación en común.  También faltan momentos para hablar o jugar con los padres, para leer u oír cuentos...   En definitiva, tiempo para compartir afectos e ilusiones. Quizá  en eso, y no tanto en reuniones familiares (a veces forzadas), comilonas, regalos…, esté la magia navideña.

    Vivimos en la sociedad de la información y la comunicación, pero la soledad amenaza y atenaza más que nunca. Una palabra dicha a la cara, frente a frente, que sea el  cauce de los sentimientos; unos niños que hablen entre sí y con sus mayores y salgan de la individualidad  y soledad a las que a veces les condenan las pantallas  quizá sirvieran de antídoto frente a la soledad infantil, las depresiones de niños y adolescentes, el sobrepeso, la anorexia, la bulimia… (tristemente frecuentes en niños y adolescentes actuales y ausentes en nuestra infancia). 

  De lo que sí andábamos sobrados aquellos niños era de miedos: miedo a la oscuridad; a los crujidos  nocturnos de las maderas de las casas; miedo el tío del unto, al tío del saco, al sacamantecas; miedo al lúgubre canto nocturno de la cabrallouca o coruja; miedo a los gamusinos... A veces eran los mayores los que provocaban esos miedos y otras, sin embargo, eran nuestro apoyo frente a ellos.


  Nuestros niños actuales siguen demandando cercanía, palabras de afecto y magia, y las palabras  son gratis, nos ayudan a aprender y a compartir, y también a mejorar la expresión para ampliar los límites del conocimiento.  A veces mil imágenes no tienen la fuerza poderosa de una palabra. Y las tenemos ahí, al alcance de la mano, ni siquiera  hay que buscarlas en un catálogo.

    Aquellas Navidades… Esta Navidad… Y, entre ellas, al menos seis décadas   “de progreso”.




Texto: Margarita Álvarez Rodríguez


Léxico tomado del libro: "El habla tradicional de la Omaña Baja" 
de Margarita  Álvarez Rodríguez

Más léxico leonés: El habla de Omaña

miércoles, 19 de noviembre de 2014

HOMENAJE A LA MUJER CAMPESINA

                             De luna a luna


A Patro,  Beatriz,  Adoración, Iluminada… y a tantas y tantas mujeres, silenciadas y silenciosas, de los pueblos de la montaña leonesa.





Siempre he admirado de forma profunda la vida de las mujeres de los pueblos de la montaña leonesa, pues creo que nunca ha sido suficientemente valorada. Por ello, cuando recibí el galardón  “Omañesa 2013”, me alegré mucho por mí, pero también porque sentí que no debía dejar pasar la ocasión de ofrecerles esa distinción a las mujeres de la generación de mi madre que vivieron una guerra en su niñez,  una dura posguerra  en la adolescencia, y muchas décadas de olvido. Se suele decir que el trabajo de los labradores de los pueblos de montaña llegaba de sol a sol, pero el de las mujeres empezaba a veces antes de amanecer, en una madrugada que  estaba todavía bajo la vigilancia de la luna,  y terminaba a la hora de dormir, ya bien entrada la noche. Un trabajo "de  luna a luna".

El trabajo  mañanero femenino comenzaba limpiando la cernada  de la  cocina económica o bilbaína y poniendo lumbre, que era la única forma de calentar la casa y de poder comenzar con las labores de  cocina.  Con unas urces, paja, unas rachas… se encendía la candela. Se atizaba quitando las corras para meter las cepas  y tueros o metiendo la leña por la fornigüela.  

Sobre la chapa de hierro se preparaba el almuerzo (desayuno). Cuando se disponía de leche casera, se echaba en una cazuela de barro  y se migaba en ella el pan. Cuando no había  leche había que ingeniárselas para dar la primera postura a la familia. Solían ser patatas cocidas, siempre viudas, sazonadas con grasa o con sebo que se había conservado de la matanza. Como cosa extraordinaria, y pensada para los guajes, un poco de chocolate hecho con agua. Cuando la familia empezaba a almorzar, ya la mujer había dedicado algunas a las labores domésticas.

Pronto la mujer era reclamada por los animales domésticos: sacar a las gallinas del pollero y echarles de comer, recoger los huevos de los ñales, muñir (ordeñar) las vacas sentada en un tajuelo, tirando del teto  de la vaca  con una mano  y sosteniendo en la otra la zapica.  Le leche se echaba en las nateras y se ponía en lugar fresco. Cada día se desnataba quitando la nata que subía a la superficie, la cual  se echaba  en otra olla.  Una vez recogida suficiente cantidad, se mazaba para hacer la manteca (mantequilla) y separar la leche aceda. Más tarde llegaron las zafras que recogían las empresas lecheras.
Romana, natera, cazuela, cazuelo y  odre o mazadera

A lo largo de la mañana continuaban los quehaceres de la mujer. Tenía que recoger  los telares de la  casa y limpiarla, hacer las camas, a veces limpiar también las cuadras de las vacas, la corte de las ovejas…  


Y llegaba la hora de preparar la  comida –el cocido o pote- que  se elaboraba con los productos de temporada que se habían cultivado en las huertas familiares: fréjoles, en verano; berzas, habas y  garbanzos, en invierno, y las patatas, que siempre estaban disponibles. Se añadía la ración, que había que repartir bien entre  toda la familia: tocino, espinazo, llosco o androya, chorizo sabadiego, morcilla… En días especiales las mujeres  hacían cuchiflitos o cuchifritos: frisuelos, pastas, mazapán, flan, manzanas fritas, rosquillas, flores…

Para los gochos también se cocinaba. En grandes calderos de hierro, colgados de las pregancias, se cocían patatas, nabos… que luego se aderezaban con algo de harina.

En el ámbito doméstico había muchos más cometidos que eran propios de la mujer: elaboraba  los embutidos de la matanza y también el pan que, junto a las patatas, era alimento esencial en la comida familiar. Para ello debía  calentar el horno hasta arrojarlo, mover las brasas con el cachaviello, amasar el pan, hacer las hogazas  y cocerlas en el horno. Con las hogazas también se  elaboraban  exquisiteces como la pica, una rica empanada rellena con  chorizo y tocino. Y luego se encargaban de  custodiar el hurmiento, un poco de masa que se guardaba de cada amasado y que actuaba como una  levadura casera, que las mujeres se iban prestando para elaborar el pan.

También era dura la tarea de lavar. En verano se solía lavar en algún río o arroyo. En época de invierno se buscaban las fuentes en las que parecía  que el agua estaba menos “fría”. Con el cajón para arrodillarse, la taja y el jabón elaborado  en casa (que también era tarea femenina), y un buen balde de ropa, comenzaba una dura tarea, especialmente en época invernal. Había que ablandar, enjabonar, tender al verde, aclarar, tender para secar y, finalmente, planchar duros lienzos con aquellas pesadas planchas de hierro que se ponían sobre el fuego para que estuvieran siempre calientes y dispuestas para el uso.

Planchas de hierro que conservo

En las épocas en que las labores del campo eran menos intensas, las tardes las dedicaban a otras labores femeninas como remendar las ropas rotas o repasarlas (zurcir). Transformar ropa, dándole la vuelta a una prenda para aprovechar al máximo su uso, reconvertir una camisa u otra prenda en rodillas o rodeas, hacer ropa nueva… eran tareas que inclinaban los cuerpos y los ojos de las mujeres  sobre las telas en las que cosían. Había también un enorme interés en hacer sábanas: unas, simplemente cosidas con esmeradas costuras, y otras, con algún bordado o realce especial en el embozo. 

Nada se compraba hecho, por eso las mujeres que vivían en pueblos pequeños y aislados querían tener en sus baúles un buen número de juegos de cama dispuestos para caso de necesidad. Probablemente, cada mujer rivalizaba un poco con sus vecinas en el primor de sus festones y bodoques en pequeñas reuniones vespertinas, a modo de calecho mujeril. ¡Cuántas horas dedicaron nuestras madres a coser o bordar sobre el lienzo docenas de sábanas que todavía hoy siguen llenando baúles o armarios y a las que sus hijos no dan utilidad!

Por la noche, una vez que la mujer había servido la cena y fregado los platos, se iniciaba la velada, llamada también filandón o filandero. Y, mientras los hombres participaban en esa reunión nocturna de una forma lúdica: charlando, contando sucedidos, formulando cusillinas a los niños…, las mujeres seguían atareadas en escarpenar la lana de los vellones, hilarla con el fuso y la rueca, torcerla, teñirla… Haciendo de la necesidad virtud, ¡qué útiles eran las cortezas de aliso para cocerlas y conseguir un colorante natural! Y cuando la  lana ya estaba envuelta en gorgotos,  se empezaban a tejer los escarpines, sin costuras, utilizando con sumo arte las cinco subinas. A veces atendían también a alguna pota  que hervía  sobre la cocina.  Otra labor destinada a las manos de las mujeres en las noches de invierno era esbotar los fréjoles secos o limpiar otras legumbres.


Angelina, Patro y Fernando, disfrazados de carnaval, en Paladín (h. 1950)


Pocos momentos de diversión tenían aquellas mujeres, aunque cuando se presentaba la oportunidad participaban en las romerías, bailaban la jota o el baile chano, se disfrazaban de carnaval, cantaban coplas o canciones populares que acababan en  el ijujú...

También la mujer tenía otros cometidos familiares, pues era la responsable  de los  ancianos y la que cuidaba de  la salud general  de la familia. Y, por supuesto, de ella dependía la educación cívica y religiosa de los rapaces. En muchas casas, además de controlar si los hijos sabían la doctrina, las mujeres dirigían el rezo del rosario en familia o las flores en la iglesia durante el mes de mayo. 

La mujer trabajaba en el campo con la misma dedicación y esfuerzo que hombre. No era la suya una mera ayuda: araba, escavaba patatas, remolacha, berzas… Derramaba en las tierras el abono natural que producían los animales domésticos: moñicas, caganillas, caballunas... Y participaba en todas las labores de la recolección. Lo mismo recogía hierba o segaba pan a hoz en la época de cosecha, que recogía patatas, nueces, fiacos para las ovejas…  La forca, la hoz,  la fozoria, la macheta… eran manejadas por las mujeres con la misma habilidad que la aguja fina, la de coser lana  o la colchonera. Solo el gadaño era una herramienta  más reservada a los hombres.

Al lado de unos campesinos que trabajaban de sol a sol, estas mujeres lo hacían de luna a luna, sin quejarse de su suerte, de manera esforzada y  silenciosa. 

Esas mujeres nos educaron en el sentido de la responsabilidad, en la austeridad, en la paciencia… y, aunque ellas vivían de forma resignada, educaron a sus hijas en   la “no resignación”. Eso explica que, a pesar de que vivían en un mundo en que tenía preeminencia el varón, trataran de inculcar en   sus hijas el deseo de ser libres y encontrar su lugar en la sociedad.   Por eso querían que ellas tuvieran las mismas posibilidades de formación que sus hijos varones. Y así, esas mujeres (con el apoyo también de sus maridos) que tenían una formación escolar muy elemental, consiguieron que en la generación siguiente sus hijas llegaran a ser universitarias. Un salto gigantesco.


La vida va a cambiar notablemente para esas mujeres cuando llega a las casas el agua corriente y pueden dejar el balde y el caldero y, sobre todo, cuando la radio y, posteriormente, la televisión, entran en su pequeño mundo doméstico y les abren una ventana a nuevos horizontes.  Hacia ellos dirigen entonces  sus miradas esperanzadas. 

La mayoría de esas mujeres no pudieron llegar a esas metas, perdidas para ellas en una nebulosa. Pero a esos nuevos horizontes sí  hemos llegado las hijas de esas mujeres y, desde aquí, miramos ahora hacia atrás y les mostramos nuestra gratitud, porque fueron ellas las que nos pusieron –de sol a sol y de luna a luna- en una senda luminosa  e imbuyeron en nuestro espíritu    la fortaleza necesaria para seguir caminando hacia horizontes más utópicos. 


Léxico tomado del libro: "El habla tradicional de la Omaña Baja" de Margarita Álvarez Rodríguez, Editorial Lobo Sapiens, 2010.

Más léxico leonés: Vídeo sobre el habla de Omaña



miércoles, 1 de octubre de 2014

LA OTOÑADA OMAÑESA

             
                  

                         Preparando las madreñas...

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza!

                     Octavio Paz


Río Omaña: 
"En tus tabladas serenas / el silencio te acompaña, / pero cuando coges bríos / tus aguas cantan y bailan."



 Durante el mes de septiembre, Omaña se prepara parsimoniosamente para la otoñada. Es una  hermosa estación que cambia de forma progresiva el colorido de nuestros praos y montes. Las hojas de los árboles empiezan a  marearse y van adquiriendo tonalidades ocres y encarnadas. El viento de la otoñada va arrastrando esas hojas hasta dejar  los árboles desnudos. Las vacas  y caballos apuran la yerba de la otoñada.

      Cuando llega el otoño el tiempo  en Omaña se va poniendo  invernizao, llovisnia   o llueve con todas las ganas, hace aire, airón, airín, bufa, viene una bufina o una  bufanada, está el día gafo, hace un aire que corta la cara, vien un aire muy fino o, si el viento es muy racheado y huracanado,  parece que  anda el diablo suelto por la calle.

            Entre septiembre y octubre se iniciaba la sementera, empezando por las tierras del abesedo: por San Cipriano, cambia de mano, el abesedo por el solano. En octubre, (echa pan y cubre), la sementera debía estar terminada: por Todos los Santos, sembrados los campos. Hoy la mayoría de las tierras están de baco, muchas invadidas por los peornos, urces y argomas de forma que son difícilmente reconocibles. En otra época se cultivaban en años alternos, mediando  un año  de barbecho, para que la tierra se recuperara.

Manzanas en época de recolección

             Octubre es  también mes de  recolección: se sacan  las patatas, se recoge  la  fruta, y se varean  las nueces y las  castañas…  Hace  algún tiempo también  se recogían los fiacos  o fuyacos, ramas con hoja que tenían una doble finalidad: la hoja servía de  comida para las ovejas y las ramas se usaban como leña pa la lumbre.  Para cortar los fiacos, los hombres más expertos subían a lo más alto de los chopos o  los robles para ir cortando las ramas de arriba hacia abajo.

         Con las machetas y los machaos se preparaba la leña para el invierno: cepas, urces, tueros… Había que prepararse para combatir la friura de la larga invernía. Octubre servía también para intuir cómo serían los  meses siguientes, pues la luna de octubre siete lunas cubre. Los días se van acortando, el frío obliga a atizar las cocinas metiendo leña por la fornigüela.

Foto de J. M. Hidalgo
            El mes de noviembre ya se puede considerar invierno, aunque no lo señale así el calendario: por los Santos, nieve en los altos; por san Andrés, nieve en los pies. Hay que preparar las madreñas, las botas de goma, los chanclos

          Noviembre es también el mes del sanmartino, en alusión a san Martín, el 11 de ese mes. En torno a ese día se realizaba la mata los gochos que se habían cebado durante más de un año con patatas y nabos cocidos, con batudos y con  caballunas, a los que se añadía harina. Era una labor  entretenida en que participaba toda la familia y algún vecino diestro que hacía de matarife y al que se le invitaba a la parva mañanera (orujo y galletas). Preparar el banco y el cuchillo, matar, chamuscar, abrir en canal, estazar, preparar las tripas, picar la carne, hacer el adobo y el mondongo, rellenar las tripas, achorizar,  preparar  y adobar los huesos que servirían para llenar el llosco,  y  la lengua y otras partes blandas para hacer la androya (o androlla), salar los jamones y las piezas de tocino… eran tareas complejas que ocupaban parte de ese mes en la vida de los omañeses. También se hacía la matanza de cabras y de una vaca, a veces compartida con un vecino, para elaborar la exquisita cecina.  Luego quedaba la tarea de colgar la matanza en los varales y poner lumbre en el suelo durante varias semanas para que se curara por la humacera que se formaba en las cocinas de curar.

 Por San Martino también se sembraban los ajos: por Santo Martino, el ajo fino.

            En general, noviembre era un mes que tenía buena aceptación. Así lo presenta el refranero: dichoso el  mes que comienza por los Santos y acaba por san Andrés. Y mientras llega la época de la recogida de los nabos, cada cosa por su tiempo y los nabos por Adviento, el ivierno hace acto de presencia: por  San Andrés, nevaditas, tres.

La recogida de los nabos   anunciaba la Navidad y dejaba a Omaña a las puertas del invierno meteorológico, aunque, en realidad,  el ivierno ya hacía semanas que había entrado de lleno  en la vida de los omañeses.

Parte del pueblo de Paladín

Muchas cosas han cambiado en la forma de vivir el otoño en el mundo rural. Pero, el paisaje sigue ahí ofreciéndonos  calma para nuestro espíritu y un cromatismo espectacular para nuestra vista. En cualquier época del año, pero especialmente en otoño y en primavera, solo tenemos que dejarnos empapar por plácidas sensaciones… y disfrutar de esa belleza que la naturaleza  generosamente nos ofrece.




Parte del texto está extraído de "El habla tradicional de la Omaña Baja", de Margarita Álvarez Rodríguez, Editorial Lobo Sapiens, León, 2010

viernes, 16 de mayo de 2014

Ecos de despedida

                                                                   
  Un abrazo de libertad      


     A mis sesenta y siete alumnos de 2° de Bachillerato, una cita y sesenta y siete palabras
                         

Grabado de Doré


   


La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

El Quijote, II, 58       


Libertad  compartía  morada con  Ignorancia, Apatía y Resignación. Era un lugar triste que la hacía infeliz.

Un día entró en la casa de Sofía. Los moradores  eran centinelas sigilosos que alineados custodiaban las paredes.

Tímidamente Libertad extendió sus manos hacia ellos. Se sintió envuelta en un abrazo de papel. Letras juguetonas le hacían  carantoñas e iban componiendo nuevas palabras: Gratitud, Tolerancia, Justicia, Utopía… 

                                                             
                             Y la llamaban Libertad.





                                                Margarita    
                                                                  Álvarez  Rodríguez                                                                           
    
                                                           A mis alumnos de 2º de bachillerato 
                                               del Colegio Salesiano Santo Domingo Savio. Madrid
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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.