Mostrando entradas con la etiqueta sexismo lingüístico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sexismo lingüístico. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de enero de 2013


Sobre sexismo lingüístico

A VUELTAS CON EL GÉNERO Y EL SEXO (y III)

         En aras de la lucha contra el sexismo en la lengua y en la sociedad, hemos creado en el lenguaje sociopolítico términos que resultan llamativos y chocantes, y que nos llevan al desconcierto. Hablamos, por ejemplo, de discriminación positiva, para favorecer la presencia social de la mujer, cuando el término discriminación tiene un carácter negativo y va unido a un adjetivo con significado positivo, por lo que la relación  entre ambos  crea una paradoja. ¡Curiosa manera de eliminar  una discriminación con otra discriminación! 

         Hay que aprender a valorar a las personas por su valía personal y no porque formen parte de una “cuota” que marca la llamada discriminación positiva. Es seguir reconociendo, a través del propio idioma, que decimos que es sexista, que el sexismo es inevitable.

Lo mismo ocurre cuando oímos a mujeres que adoptan lo peor  del lenguaje de los hombres para tratar de situarse socialmente a su nivel. ¡Triste liberación  la de las mujeres que  piensan conseguirla adoptando expresiones malsonantes frecuentes en el lenguaje de los hombres como: “Estoy hasta los cojones o que te den por el culo” y otras similares! Sin embargo, no somos conscientes de que hay auténtico sexismo cuando para referirse o dirigirse a las mujeres se usan adjetivos relacionados con el aspecto físico como: ricura, gordi,  preciosa, muñeca… y para el hombre otros  que valoran su personalidad o su sexo: macho, jefe, tronco

Resalta como un hecho evidente al estudiar cualquier idioma  que en todas las lenguas hay características que están marcadas por los rasgos diferenciadores de la personalidad entre sexos. Así, en castellano,  el lenguaje de las mujeres usa más los diminutivos: solita, problemillas, gordita, faldita…, los acortamientos: gordi, peque, cari, ilu, porfa, pelu… y el prefijo moderno super: supersimpático, superdivertido… En cambio, los hombres utilizan el sufijo  –amen o –men que no usan las mujeres: tetamen, culamen, pelotamen… Hay adjetivos o expresiones frecuentes en el lenguaje femenino e inusuales en el masculino: bonito, mono, chuli…, es muy cuco, es un cielo…, no sé qué ponerme…  

En el lenguaje masculino son más frecuentes, en cambio, expresiones ligadas a la violencia: te parto la cara, te doy una hostia, dímelo a solas, si tienes cojones… Esto es consustancial a la diferencia de sexos y es difícil que pueda cambiarse.

Pero también es verdad que expresiones que oímos en la lengua coloquial siguen marcando la diferencia, no solo de personalidad, sino también social, entre hombres y mujeres. A la hora de referirnos a una relación sexual accidental las mujeres suelen decir: me he enrollado con… y los hombres: me he tirado a… El término quinceañera (chica que está en edad de merecer) no tiene equivalente en masculino. De un hombre que se queda soltero no se dice que se le ha pasado el arroz o que se queda para vestir santos, pero, eso sí, los hombres echan canitas al aire… En expresiones como estas se sigue constatando que la visión social de los dos sexos no es la misma.

Es también curioso observar cómo la palabra cojones  es muy utilizada por los hombres con connotaciones generalmente positivas, por eso se identifica con lo valioso (cojonudo), la valentía (tenía dos cojones, con un par de cojones, me sale de los cojones, te corto los cojones), el éxito (me salió de cojones)…, en definitiva, con cualidades que se atribuyen más a lo varonil.

Otro aspecto interesante del idioma es fijarse en la forma en que se insulta a los hombres y a las mujeres para darnos cuenta de la distinta valoración social de los unos y las otras. Se supone que un hombre debe ser valiente, por tanto, al poner en duda su valentía aparecen  insultos como: acojonado (a-cojonado: sin cojones), cagado, mierdecilla, jiñao, huevón, huevazos, pintamonas, rata, gallina, cagueta… 

También al hombre se le supone la inteligencia, por ello hay variedad de insultos relacionados con la carencia de esta cualidad: zote, adoquín, mendrugo, sandio, ciruelo, melón, atún, percebe, membrillo, cernícalo, primo, merluzo… Se da por supuesta también su virilidad, por eso, cuando  falta esta, le llamamos: impotente, marica, maricón, pitopáusico… 

Se asume que el hombre debe llevar los pantalones (autoridad) y, si no es así, es un calzonazos, huevazos, un donnadie… También se supone que el hombre debe gozar siempre de la fidelidad de su pareja, por ello, cuando esto no ocurre, se le ridiculiza con términos como: cornudo, cabestro, cornúpeta, cabrón… Puede observarse que estos insultos no se utilizan para las mujeres, pero sí se usa la referencia a la madre para insultar al varón: hijo de puta, de perra, de su madre…, como si la mujer, en su condición de madre, fuera la responsable de la actitud del hijo.

Hay insultos específicos para la mujer que denotan la distinta valoración social de los dos sexos. Tienen que ver con su comportamiento sexual, con su aspecto o con su carácter: puta, putón, pendejo, fulana, zorra, guarra,  pendón, loba, lagarta, cardo, sargento, feto, callo… Curiosamente, muchos de estos términos son masculinos.

Vivimos desgraciadamente una lacra vinculada a la violencia machista y hemos creado una ley contra la llamada  violencia de género y esta denominación de la ley tiene ya una andadura política y social que será imposible cambiar. Pero la violencia  a la que se refiere la ley no está ligada al género, que es un concepto puramente gramatical, está ligada al sexo, pues se ejerce la violencia sobre personas de sexo hembra o mujer, o sea, de hombres hacia mujeres. Al utilizar una expresión que es calco léxico del inglés gender violence y  aceptar la confusión que  ha generado  el feminismo entre sexo y género gramatical (pues le ha añadido  a este último  connotaciones socioculturales), hemos perdido una buena ocasión de llamar a las cosas por su nombre y nos hemos perdido en los vericuetos del idioma, confundiendo otra vez sexo y género gramatical.  Más ajustada,  y en consonancia con las lenguas románicas, habría sido la denominación Ley contra la violencia doméstica o por razón de sexo, que proponían los académicos, pero otra vez nos ha vencido el gusto por el anglicismo.


A veces en un deseo de abreviar el lenguaje del desdoble, ampuloso y falso, en la escritura se trata de simbolizar la presencia  de los dos sexos bajo el signo de la @, signo que no forma parte de nuestro alfabeto y que, por tanto, no podemos leer con un sentido neutro.  La arroba, que es una antigua unidad de peso,   da la sensación de dejar la a del femenino en su interior rodeada y supeditada de nuevo al signo de la o masculino.  ¡En poco se  valora a las mujeres si su presencia en los textos escritos queda marcada por una medida de peso! Más estrambótico resulta aún el uso de la x para referirse a los dos sexos.

En las últimas décadas la educación de la mujer ha ido produciendo, y no siempre para bien, como se decía al principio, una igualación de su lenguaje con el del hombre. Antes, las mujeres tendían más al uso de eufemismos que creaban un falso lenguaje “más fino”. Así se oían más palabras y expresiones como pompis (culo), hacer uso del matrimonio (coito), venir el tío de América, estar mala (tener la regla), venir la cigüeña (embarazo), hacer pis

Pero, aunque se haya igualado el uso en algunos aspectos, es una realidad que la lengua no se puede uniformar, porque el uso que hacen de un idioma las mujeres y los hombres es diferente y además es un hecho científico que la capacidad  lingüística es distinta en los dos sexos.  Las mujeres tienen mayor capacidad lingüística: mayor variedad de léxico y mayor complejidad sintáctica. No en vano llamamos a nuestra primera lengua, lengua materna, porque en la mayoría de los casos se aprende observando y oyendo a la madre.

Lo que sí es claro es que no se transforma la sociedad a través de la reforma del lenguaje. Mussolini trató de cambiar el tratamiento de cortesía italiano lei, que es un pronombre de 3ª persona femenino, y que es válido para ambos sexos, por voi, forma masculina para referirse al hombre. Pero sus intentos fueron fallidos, pues en Italia se sigue tratando de  usted con el pronombre lei, válido para los dos sexos. Algo parecido se hizo en la Alemania del Este cuando se trató de crear un alemán popular que les distinguiera del “alemán burgués” de la República Federal Alemana. El intento fracasó antes de desapareciera la propia República Democrática Alemana.

Así pues, si queremos que desaparezcan los rasgos sexistas de un idioma, debemos acabar antes con el sexismo social y cultural. En definitiva, cambiemos los  pensares, sentires y vivires y en la lengua, de manera natural,  irán cambiando los decires.

Otros aspectos del tema en estos artículos:


A vueltas con el género y el sexo I

A vueltas con el género y el sexo II

jueves, 27 de diciembre de 2012

Sobre sexismo lingüístico

        A VUELTAS CON EL GÉNERO Y EL SEXO (II) 
  
Es un hecho innegable que en nuestra lengua hay elementos sexistas  que reflejan la escasa consideración social que históricamente se ha dado a la mujer. Son expresiones que reflejan la historia vivida por un pueblo y que difícilmente desaparecerán por mucho que un lenguaje más o menos políticamente correcto  trate de evitar. Pero muchos de estos términos hoy están desprovistos de intención lingüística peyorativa, salvo que la persona que los utiliza se la dé conscientemente.

Se puede constatar también que en nuestro idioma hay aún muchos términos en que el desdoble de masculino y femenino añade connotaciones negativas, en el caso del femenino, que no las tiene en masculino o, incluso, en algunos casos, el femenino envilece y el masculino enaltece. Fijémonos en lo que ocurre con zorro (astuto, listo) y zorra (ramera); verdulero, que no tiene significación negativa,  frente a verdulera; hombre público (valoración positiva), frente a mujer pública (valoración negativa); ser algo cojonudo o acojonante, frente a ser un coñazo; conejo (dientes largos) / coneja (mujer que pare frecuentemente); golfo (poco trabajador) / golfa (prostituta); pendejo (tonto) / pendeja (prostituta); perdido (sentido moral) / perdida (sentido sexual). Lo mismo ocurre con fulano / fulana, guarro /  guarra, lagarto  / lagarta, lobo / loba, hombrezuelo / mujerzuela, cualquier / cualquiera... y tantas otras.  También presentan distinto matiz las expresiones: fue engañado / fue engañada (seducida), le va la marcha (persona divertida / mujer casquivana). Asimismo   perra,  suegra, solterona tienen unos matices peyorativos que no tienen sus correspondientes masculinos (otra vez el sexismo social). 

Aunque la palabra hombre en su acepción de ser humano o persona significa ser animado racional, hombre o mujer, hay muchas cualidades que asociamos a la palabra hombre  que denotan solamente la exaltación del varón. Son  expresiones relacionadas con la inteligencia: hombre de letras, hombre de ciencia; con la honestidad: hombre de palabra, de buen corazón, de ley, de una pieza, de provecho…; con el mundo de los negocios: hombre de estado, de mundo, público…; con la valentía: hombre de carácter, de pelo en pecho, de pelea, todo un hombre…, con la bondad o la equidad: hombre bueno, o expresiones como: ser muy hombre, hablar de hombre a hombre. 


       No existen en castellano apenas valores equivalentes en femenino aplicados a las mujeres, más bien ocurre lo contrario. Veamos: mujer del arte, mujer del partido, mujer mundana, mujer pública, mujer perdida son términos que equivalen a prostituta. Ser una mujer de su casa reduce a la mujer al ámbito doméstico y no tiene equivalente en masculino. Sí existen, en cambio,  muchos términos que reflejan la concepción de la mujer como un objeto decorativo, tanto elogiosos: bombón, mujer bandera, mujer diez, monumento, mujer fatal como ridiculizadores: cacatúa, arpía, cotilla, maruja, cotorra, pécora…


También es verdad que hay otros términos relacionados con los hombres  que presentan connotaciones  negativas: acojonado, huevazos, pijada,  pijotero, calzonazos…, aunque, en conjunto, la mujer sale lingüísticamente peor parada.

Pero la sociedad no cambia porque hagamos cambios artificiales en el lenguaje, la sociedad y la concepción de la mujer cambian desde la familia, desde la escuela y desde la legislación; y desde esos  ámbitos el cambio se extiende a toda la sociedad. 


El lenguaje es una invención social  y es la sociedad la que modifica las lenguas, y no al revés. Si el hombre era el cabeza de familia y el que dirigía la hacienda familiar es explicable que la expresión ser el que lleva los pantalones o bajarse los pantalones esté vinculada con lo masculino. Si embargo, ahora que los pantalones son de uso habitual en la mujer y que muchas mujeres son “la cabeza de familia”, seguramente poco a poco estas frases carezcan de sentido.


Perviven aún otros rasgos sexistas en los usos sociales como citar  a las mujeres en primer lugar: señoras y señores…, y que nada tienen que ver con sexismo lingüístico propiamente dicho, sino más bien con convenciones sociales. En cambio, cada vez menos la mujer pierde su apellido para ser denominada señora de… Sigue vigente, sin embargo, el desdoblamiento  del tratamiento señora / señorita, para denominar a una mujer casada o soltera, respectivamente. Pero, en el caso del hombre, no se utiliza el término señorito para el mismo estado social. Lo lógico, pues, sería que se utilizaran las palabras señora / señor para referirse a mujeres  o a hombres, independientemente del estado civil.

El género gramatical es algo lingüístico, que no siempre añade valores relacionados con el sexo, ni siempre se relaciona con el sexo biológico: soprano, periodista, testigo... son palabras de género común, pues se pueden aplicar a los dos sexos variando el artículo. Otras como:  iguana, leopardo, bebé, persona... son epicenos, y, por tanto, aunque tengan forma masculina o femenina, designan indistintamente a los dos sexos.


  El castellano ha asignado el masculino y el femenino a las palabras de forma arbitraria: día es masculino y noche femenino, sol es masculino y luna o nube femeninos… Y esto ocurre incluso en palabras que se refieren a conceptos similares: la palabra persona es de género femenino y ser (humano) masculino.


Una clave fundamental para cambiar estas formas de discriminación, como se decía más arriba, es la educación. Si al educar al conjunto de los hijos o  alumnos –hombres y mujeres-  queremos hacer de ellos hombres de provecho (en el sentido masculino del término), seguiremos educando en la discriminación. Si adoptamos comportamientos, en la familia o en  las aulas, a través de imágenes o con la palabra, en que asociamos a los hombres con unas actividades más dinámicas, intelectuales o de mayor rango social que las referidas a las mujeres, seguiremos educando en la discriminación. El idioma solo es un fiel reflejo de lo que somos.

Es frecuente oír críticas  a la Real Academia Española, porque en su diccionario  no aparezca tal o cual palabra o porque se recojan  acepciones hoy  mal vistas o no se hayan incorporado otras novedosas. El DRAE recopila solamente las palabras que van modificando los hablantes y no siempre a la velocidad que imponen los nuevos usos, puesto que la palabra debe antes consolidarse en el idioma, de forma que se constate  que existe un acuerdo tácito entre los hablantes. Tampoco puede suprimir un significado si la palabra se sigue utilizando con ese sentido, como ocurre con la palabra callo, por ejemplo, en la acepción de mujer fea. 


A veces no es la RAE la que da definiciones “discriminatorias”, sino que es la propia sociedad la que crea las diferencias de significado a pesar de que  la   definición del DRAE no sea sexista. Modista y modisto tienen una definición equivalente: hombre o mujer que tiene por oficio  hacer prendas de vestir, sin embargo, la sociedad relaciona la profesión de la mujer con una dedicación doméstica y la del hombre con el prestigio de la moda y el glamour.

La RAE termina siempre plegándose a  las novedades lingüísticas Cuando las mujeres se incorporaron masivamente a la carrera judicial, la RAE introdujo la juez, como femenino de juez, sin embargo, andando el tiempo incorporó también jueza, porque socialmente se había acuñado ese femenino. Lo mismo ha ocurrido con presidenta, como  ocurrió en su día con extrovertido, aunque sean formas anómalas de presidente y extravertido, pues los afijos deberían ser –ente y extra-, respectivamente. Y con otros muchos términos: ingeniera, médica, concejala, ministra, torera… Las mujeres se han incorporado de forma masiva a profesiones “masculinizadas” y, al cambiar la realidad social, de forma natural ha cambiado el idioma.

En otras profesiones, en cambio, aún no se ha generalizado el uso del femenino, aunque sea correcto y posible desde el punto de vista lingüístico, como ocurre con sargenta y otras similares del mundo militar. Esta palabra  no aparece definida en el DRAE con ese significado de grado militar y, en cambio, sí aparecen unas acepciones que deberían ser revisadas, pues nos presentan a la sargenta como una mujer  hombruna y de ruda condición o como mujer del sargento. A pesar de que el Diccionario Panhispánico de Dudas recomienda que  palabras de este tipo se usen como comunes en cuanto al género: el cabo / la cabo, el / la sargento…, en casos como este debería incorporarse la variante femenina de sargento, para mitigar en parte la carga negativa que posee sargento aplicado a la mujer.

Sí llama la atención algo curioso que no suele aparecer en las críticas  y es que el DRAE, que parece que sigue un riguroso orden alfabético, sin embargo, lo conculca de forma clamorosa al introducir  la palabra en masculino antes que la femenina, siempre que existe desdoblamiento de género en –o y en-a, cuando es evidente que la a debe ir antes que la o alfabéticamente. Desde la palabra aarónico, aarónica, la primera con desdoble de género, hasta la  última, zutano, zutana, habría que cambiar el orden de todos los diccionarios. Eso sería lo lógico. ¿Para cuándo ese cambio? No parece que lo contemple la edición vigésimo tercera del DRAE, que aparecerá próximamente.

Es cierto que no podemos adivinar el futuro, pero es seguro que los hablantes irán modificando el idioma, y que, más pronto o más tarde, la RAE será una fiel notaria de esa transformación, a pesar de que a veces tengamos la sensación de que esa transformación es demasiado lenta.



Completan este artículo otros dos más sobre el mismo tema:

A vueltas con el género y el sexo I

A vueltas con el género y el sexo III



viernes, 7 de diciembre de 2012

Sobre sexismo lingüístico


    A VUELTAS CON  EL GÉNERO Y EL SEXO (I)


Este es el primero de tres artículos en que analizaré  el posible sexismo lingüístico del idioma español. Es este uno de los temas que provoca desencuentros entre los lingüistas y algunos grupos  sociales, grupos que en muchos casos se han dedicado a elaborar guías para el uso no sexista del idioma. El hecho de que nuestro idioma utilice el masculino genérico es entendido por algunos como una muestra de que el idioma español es un idioma sexista.

¿Discrimina realmente el masculino genérico? Desde una perspectiva meramente lingüística no parece que eso sea así, salvo que la discriminación esté en la mente del hablante o del receptor.

Es verdad que vivimos en la sociedad de la información y, en esta sociedad de las nuevas tecnologías, las formas en que nos llegan los mensajes a los receptores son tan importantes a veces como el propio mensaje. Pero la lengua es un instrumento, no una ideología, aunque a veces las ideologías utilizan un determinado tipo de lenguaje  que ponen a su servicio. Se ha hecho en otras épocas y también se está haciendo ahora aunque, en el campo del llamado sexismo lingüístico, a veces adopte el signo contrario.

Si en la sociedad, durante siglos, ha tenido primacía el varón, es incuestionable que ese hecho  se refleja en el idioma, pero  sexo no es lo mismo que  género gramatical, por más que en la sociedad actual se utilice  con frecuencia la confusión entre ambos términos. Hay lenguas que no marcan el género morfológico, por lo tanto, en las que el sexismo lingüístico no existe y, sin embargo, se usan en  sociedades que marcan mucho el sexismo. Eso ocurre, por ejemplo, con el quechua. El género gramatical  tiene poco que ver  con el sexo. Somos los hablantes los que, llevados por prejuicios previos, damos sentido sexista a expresiones que en sí mismas no reflejan sexismo lingüístico.

Si oyéramos decir, por ejemplo, que los maestros de Primaria están en huelga es posible que nos imagináramos un conjunto de mujeres, siendo el término masculino,  pero si dijéramos  lo mismo de los catedráticos de universidad,  es probable que nos  imagináramos un conjunto de hombres. Las dos expresiones están en masculino, pero nuestra mente nos hace interpretar lo que es más común en nuestra realidad social. Luego, tenemos unos prejuicios sociales  que a priori nos hacen interpretar los mensajes. Por eso no es lo mismo sexismo social que sexismo lingüístico. Valga un ejemplo de sexismo social: ¡Mujer tenías que ser! Expresión no sexista en sí misma, pero de intención sexista, pues se ve a la mujer como el sexo débil. Un ejemplo de sexismo lingüístico: Saludaron al marido y a su mujer. En esta frase, la expresión  refleja una situación no sexista, pero la dicotomía marido / mujer (estado civil para el hombre frente  a sexo para la mujer) es  una expresión sexista.

El uso del masculino genérico no busca discriminar a la mujer, sino que es un producto  de la evolución caprichosa de las lenguas y, aunque en su origen fuera así por la primacía social del varón, hoy no se le puede dar una explicación discriminatoria. Además no siempre coinciden sexo biológico y género gramatical, ni en todas las lenguas una misma palabra tiene el mismo género.

Con la buena intención de evitar el sexismo  lingüístico, se ha creado un lenguaje falso que nada tiene que ver con el que usamos comúnmente los ciudadanos. Queremos  referirnos de manera especial al lenguaje que utilizan personas que nos representan en instituciones u organizaciones sociales (partidos, sindicatos, grupos feministas...), porque se empeñan en utilizar determinados usos lingüísticos que son políticamente correctos, pero social y lingüísticamente absurdos, cuando no  incorrectos (todos recordamos el término “miembra” usado por una ministra).

Hay una obsesión por el desdoble del género gramatical: ciudadanos y ciudadanas, trabajadores y trabajadoras…, o el uso de términos de tipo abstracto o colectivo nada  habituales en el sentido en que se utilizan:  la ciudadanía … 

Los ciudadanos tendemos más a sentirnos identificados con términos concretos, que  nos identifican como personas, que con términos abstractos, que, aun siendo correctos, nos parecen demasiado impersonales e ideológicos. Tal es el caso de ciudadanía, frente a ciudadanos; profesorado, frente a profesores; vecindario, frente a vecinos… Se da además la curiosa circunstancia de que los términos sustitutivos son masculinos: profesorado, alumnado, vecindario… En muchos casos, además, el término abstracto no se corresponde con el significado  del nombre concreto, es lo que ocurre con los niños / la infancia.

 La lengua siempre ha tendido a la economía lingüística y ese ha sido uno de los motores fundamentales de su evolución. Por tanto, es absurdo ese desdoble, porque va contra la lógica del propio idioma. Pensemos en lo extraño al uso común, por lo farragoso,  que sería decir en una información: “Los trabajadores y trabajadoras que han sido despedidos y despedidas  por los empresarios y empresarias…” Absurdo y tedioso.  O que en un libro de texto aparecieran párrafos así: “Los cristianos y cristianas, musulmanes y musulmanas, judíos y judías convivieron  durante siglos en la ciudad de Toledo”. 

Es curioso además que se desdoble el término trabajadores en trabajadores y trabajadoras en ámbitos políticos y sindicales, para supuestamente huir del sexismo y, sin embargo, no se haga, en general, en el caso de los empresarios. Es como si los empresarios, palabra de género masculino, solo se refiriera a empresarios varones, lo cual entra en contradicción con  la defensa de la importancia social de la mujer, que, en muchos casos también es empresaria. Con esta obsesión por el desdoble de género se está utilizando también el lenguaje como un arma social, que es justamente aquello que se pretende evitar.

 La mayoría de los hablantes distingue perfectamente cuándo un término masculino se usa en forma genérica en presencia de hombres y mujeres: “Chicos, escuchadme” (chicos y chicas), o cuándo se usa referido al género masculino: “Los chicos que salgan”. Las frases no se dicen en abstracto, siempre están situadas en un contexto y es este el que orienta sobre la interpretación adecuada del mensaje (eso es lo que estudia la Pragmática). Bastaría con citar ante un auditorio,  al comienzo de la comunicación y como signo de cortesía, un vocativo desdoblado del tipo: señores y señoras, amigos y amigas para entender que en el resto del discurso se incluyen ambos sexos en el masculino genérico.

Recientemente se podía leer en un periódico  una carta al director que escribía una asociación de padres (y madres) de alumnos (y alumnas) que empezaba en estos términos: “Nosotros y nosotras, madres y padres, que hemos escolarizado a nuestros hijos e hijas en esta escuela (…) porque la educación es tarea de todos y de todas”. En ese contexto es evidente que bastaba con un masculino genérico, pues se hablaba de progenitores (palabra que en plural se refiere a padre y madre), no de padres varones.  Hasta las asociaciones de padres de alumnos, llamadas durante décadas APAs, han pasado a llamarse AMPAs, palabra que si no se ve escrita no nos llega con buenas connotaciones.

Resulta chocante, por otra parte, que las personas que hacen  esos desdobles artificiosos del género gramatical, en la búsqueda de lo políticamente correcto, no los realizan cuando hablan de aspectos de la vida privada. Les oímos decir, por ejemplo: “Ayer cenamos con unos amigos”, aunque en el grupo predominasen  mujeres sobre hombres. Lo mismo harían si preguntaran por los hijos o los padres: “¿Qué tal los niños?”, aunque haya hijos e hijas, o “Mis padres son ya mayores”, y tantos otros ejemplos similares. Y es lógico que sea así, pues sería extraño que alguien para decir que carece de descendientes dijera: “No tengo hijos ni hijas”. No podemos ni imaginar que ante una urgencia médica  alguien gritara: ¡Necesito un médico o una médica!

En cambio, y como se decía más arriba, sí es discriminatoria en el idioma la falta de paralelismo que usamos al decir: mi marido /  mi mujer, pues uno habla de la condición social y otro del sexo. La equivalencia debería ser: marido /  esposa,  hombre / mujer, varón / hembra. Sin embargo, este uso de la palabra mujer,  que es habitual en España, no lo es con ese sentido  en Hispanoamérica, donde el término mujer en este contexto sería muy irrespetuoso, por lo que se prefieren los términos esposa, señora o señora esposa. Pues bien,  los mismos que hacen los desdobles innecesarios de género utilizan estas palabras sin percatarse de la discriminación.

En fin que, por mucho que se utilice un lenguaje políticamente correcto, la realidad es tozuda  y no conseguiremos una auténtica igualdad entre hombres y mujeres si no cambiamos el comportamiento social. Por mucho que pretendamos  acabar con las discriminaciones sociales al mencionar a   todos y a  todas, solo por esa vía nunca lo conseguiremos, pues la causa de estas discriminaciones no está en  el idioma, sino en los comportamientos,  y estos  se modifican desde las leyes y desde la educación.


Este artículo se complementa  con  otros dos:

A vueltas con el género y el sexo II 

A vueltas con el género y el sexo III
Licencia Creative Commons
La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.