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martes, 4 de julio de 2023

VOLVER

 



Volver al pueblo un año más

Una grieta más, una baldosa levantada, una pintura desconchada, una puerta que no abre o cierra bien, porque ha crecido con la humedad, unas hierbas que se han apoderado de un espacio que no era el suyo…  Es la vuelta al pueblo en periodo estival. Abrimos ventanas y entra una bocanada de aire con un aroma inconfundible. Por ellas sale humedad y entra naturaleza.

Llevamos preparando el  regreso un tiempo. Un regreso para  unos pocos días o semanas, porque las obligaciones familiares o el trabajo no permiten más, excepto para los que disfrutan  ya de la edad del júbilo que pueden “estirar” el tiempo.  

Mientras preparamos el viaje pensamos en todo lo que hay que llevar al pueblo, además de la ropa y otros útiles personales. Tal vez esa colcha o cortina  que hemos retirado de nuestra residencia habitual, porque hemos cambiado la decoración; esa silla que no sabemos dónde poner, un pequeño electrodoméstico que hemos  comprado para renovar o para incorporar por primera vez a  la casa del pueblo, un  jarrón para decorar un rincón… Tal vez nos hemos dado un paseo por unos grandes almacenes de bricolaje para comprar material  para esa chapucina u “obra de arte” que queremos hacer este verano. 

Es posible que haya que llevar algo de comida para el primer día, porque en el pueblo  no hay dónde comprar. Y ropa que no nos sirve por estar ya  muy usada, por tener unos kilos de más, porque  hemos renovado el fondo de armario o lo tenemos atestado... Todo eso que nos da pena tirar y ante lo que exclamamos: ¡Esto “pal” pueblo!  Y, sí, va a parar al pueblo. Y así los armarios del pueblo se van llenando de ropa que terminamos por no usar, pero que tampoco tiramos.

Hasta que un día, viendo que están también atestados los armarios del pueblo, decidimos liberar un poco de espacio,  pero he aquí  que  se nos ocurre la “feliz” idea de trasladar el contenido   de lugar y no tirarlo. Y así,   esos enseres  no van a parar a la basura, pues recordamos que  hay sitio en el pajar, en la cuadra, en la cocina vieja, en el cuarto bajo…  Allí tenemos un arca grande  o un ropero arrinconado fuera de su lugar y  podemos guardar lo retirado. Tal vez nos sirva  algún día para trapos o   quién sabe para qué, pensamos. De esa manera sentimos que seguirán estando con nosotros, aunque, en realidad, nosotros ya no estemos con ellos, pues  entran en el reino del olvido. En esos lugares hacen compañía a esa cama antigua que hemos arrinconado, a un escañil, a un caldero de zinc, a unas zapatillas viejas y  a  los variados utensilios de una antigua casa de labranza.

Cuando llegamos al pueblo para pasar una temporada, nos recibe nuestra  casa y todas las cosas que contiene (y las que vamos  añadiendo), que sentimos nuestras.   Tal vez nos espere también  ese rosal tan agradecido que pone color en nuestra mirada y aroma en el olfato. Un rosal que quizá ya contemplaron nuestros padres, un rosal del país, de color rosa, que exhala un penetrante  aroma.

Y nos espera el pueblo –el de cada cual con sus gentes, sus casas, sus animales… Allí está también ese sabugo tan oloroso, el tomillo a la vera de los caminos... Flores en las calles y en  las ventanas de algunas casas... 

Pero el pueblo también cambia de  un año a otro.  Tal vez se ha reformado alguna casa y otras han perdido alguna piedra, alguna teja o losa, como antes se perdieron los tejados de techo de paja. Nuestros pueblos se parecen en algo a las ciudades:  tienen carretera, están asfaltados,  tienen  alumbrado público, cubos de basura, bancos... Pero siguen manteniendo   un silencio apenas roto por los sonidos de la naturaleza.

Un banco nuevo (Paladín), con placa contra la violencia de género

Sin duda, son pueblos que  han progresado,  pero cada vez  son pueblos menos vividos, porque  han perdido a su gente.  Unas  personas  han emigrado a otros lugares, buscando una forma de ganarse la vida; otras, ancianas, tienen que irse fuera para vivir con  sus hijos o en una residencia, porque en estos pequeños núcleos de población  de la montaña leonesa, carentes de servicios, no pueden vivir solas, y, además, unos cuantas, cada año, han ido a la inmortal morada. Faltan niños, faltan jóvenes y también  personas de mediana edad.  Y vemos cómo  los que siguen viviendo en los  pueblos van envejeciendo año a año, lo mismo que nosotros, aunque necesitamos ver a los demás para percatarnos  de nuestro propio cambio.

La vegetación que rodea a nuestros pueblos  es cada vez  más frondosa.  Se han abandonado la mayoría de las tierras de labor, esas tierras o linares que permitieron la subsistencia  de nuestros antepasados durante siglos, y,  en su lugar, crece la hierba (tal vez solo las malas hierbas) o proliferan plantaciones de chopos. En otra época, muchas veces, al asomar al que es mi valle, me venía a la mente el título de la película ¡Qué verde era mi valle!, pues ahora,  se hace realidad con más razón, porque el verdor lo inunda todo. 

De forma ya poco frecuente, podemos encontrar  una huerta con sus sementijos: fréjoles, berzas, patatas…  Una huerta de las de toda la vida.  Pero, si observamos bien, también las huertas presentan cambios: unos tomates bajo plásticos,  unos fréjoles que ya no suben por los típicos palos, sino por redes o barras metálicas, el riego por goteo...  Y los productos de la huerta   ya no son la alimentación tradicional del mundo rural, junto con la matanza, como lo fueron en el pasado.

Si damos una vuelta por los caminos, si es que siguen siendo practicables, vemos que aquella chopera que llevaba muchos años plantada ha desaparecido. En su lugar quedan los restos de la tala y un buen montón de roldos.  Y sentimos cierta pena, porque es como un zarpazo en la piel y el verdor del paisaje. Otros árboles han sucumbido a algún vendaval, mientras su muerte era contemplada con resignación  por sus hermanos, que siguen en pie enhiestos y elegantes.  También han sucumbido ante pestes diversas y falta de cuidados  manzanales, perales, cerzales y muchas nogales que presentan  algunas ramas secas o se han secado totalmente. Los árboles que mueren son parcialmente  compensados con nuevas plantas de chopo que se ven recién plantadas  en algunos prados. 

Chopos abatidos por el viento...

Las tierras centeneras  de los montes han desaparecido bajo las urces, escobas, rebollas y otros arbustos   también muchos de los caminos por los que se accedía a ellas. En los prados  han desaparecido los gadaños y los carros que acareaban la hierba. En su lugar, contemplamos máquinas que la  siegan y la empacan. Pero aún no  viene  a la mente a muchos omañeses aquella tarea tan  penosa dey la recogida de la hierba.

Otras aspectos han cambiado poco. Si miramos al cielo sigue luciendo el mismo sol, en el mismo cielo azul,  y asomando  la misma luna en las noches frescas del verano.  Por la mañana seguimos encontrando el mismo urbayo en los prados… Y seguimos llevando  una chaquetina preparada  mañana y tarde  “por si acaso”  vien el fresquín (no en vano dicen que eso  es algo que nos identifica a los leoneses). Algunas cerzales y   otros frutales parecen ofrecernos sus frutos  a la mano, aunque este año las heladas tardías dañaron la flor y la fruta incipiente.

En muchos de nuestros pueblos podemos contemplar también un río, un arroyo, una fuente  (si es que la sequía pertinaz no los ha hecho desaparecer) que contemplaron también nuestros antepasados. Nosotros tal vez  llevemos su belleza en la retina y en la cámara de fotos y el rumor del agua en nuestros oídos. Ellos quizá no tenían tiempo para contemplar el paisaje, aunque vivieran inmersos en él  o veían en ese río simplemente el agua que regaba sus fincas o podía arruinarlas con una gran crecida.  Siempre el mismo río, pero con distinta agua, que diría el poeta.   Y, sobre todo, distinta mirada.

Río Omaña en Paladín

Y es que la vida es un fluir constante, la vida del mundo  que nos rodea y nuestra propia vida… Y  cuando pasamos un año sin contemplar un lugar los cambios se aprecian de forma más clara… Unos son cambios de vida, de mejor vida; otros son cambios de abandono y soledad. Pero no deja de ser una suerte  para cada uno de nosotros poder contemplarlos, pues eso indica que tenemos vida, que tenemos pueblo  y que hemos vuelto a él. Volver: inmensa palabra...

Nuestro  deseo es volver, porque en  estos pequeños pueblos leoneses, están nuestras raíces, esas que distribuyen la savia y nos hacen ser como somos. En este paisaje, cuyos montes parecer amurallar  valles  y vallinas,  sentimos cobijo y protección. Aquí el cielo no parece aplastar a la tierra en la línea  del horizonte, como lo hace en una llanura.  Nuestras montañas no nos oprimen, son más bien  pilares que sustentan  el firmamento y nos hacen sentir seguros.

A pesar de vivir en “las afueras de Omaña”, que diría un buen amigo omañés, llevamos en nuestra alma una querencia  y añoranza que nada puede borrar.  Y nos presta volver a  esgaya. Seguro que no hemos olvidado esa palabra tan leonesa… Ni tantas otras.

La tierra nos da la bienvenida, aunque puede haber alguien que no se sienta tan feliz con nuestra vuelta.  Hemos  vuelto a un lugar del que nadie nos puede echar, porque en él tenemos raíces... Porque es también nuestro.  

Y sí, al fin, llegó el verano a la montaña leonesa.  Tiempo de convivencia y de vida exterior. Y aunque sea en  las alturas de nuestros pueblos, ya podemos andar a la mazuela  y  quitarnos ropa, porque ya empieza a ofender el calor.

¡Feliz verano!

                Una huerta omañesa

Texto y fotos: Margarita Álvarez Rodríguez 





lunes, 4 de julio de 2022

Ser en la vida casa

 A Irineo y Ricardo, mi padre y mi abuelo, que fueron canteros.

 

"Ser en la vida casa", en Paladín, León

"¿Qué quieres ser en la vida?". De niños nos  han preguntado a la mayoría qué queríamos ser de mayores, pero yo no he tenido que responder a esa pregunta, porque  desde mi nacimiento siempre he sido lo mismo y lo que quería ser: casa. Sí, soy casa, una gran función de la que me siento muy orgullosa.

Me presento. Soy una casa asentada en un pueblo de la montaña leonesa, en la comarca de Omaña: una casa sólida, con gruesos muros de piedra. Soy ya mayor,  creo que nací antes de 1950. Con mi experiencia de vida os puedo contar muchas cosas que han sucedido en mi interior… Pero vamos a comenzar por el principio.

Un día, ya lejano, mis primeros propietarios y moradores decidieron que debían construirme. Y lo tuvieron que hacer de forma rápida, pues una quema en la casa de techo de cuelmo en que vivían los dejó sin vivienda. La solidaridad vecinal pronto se puso de manifiesto. Muchos vecinos prestaron su carro y su ayuda  para acarrear piedras del río y poder levantar mis muros. Las piedras del río  Omaña son el material fundamental de mis paredes, unos cantos rodados que tienen diversas formas y colores que me dan una belleza especial. Con las piedras también llegaron carros de barro. Pues  eso soy: piedras y barro. Con esos dos materiales esenciales hicieron este milagro los  canteros… Sin ellos yo no existiría. ¡Qué noble profesión la de los canteros! Con el plomo, la llana, la caldereta, la paleta, el pisón y, sobre todo, con sus potentes martillos para romper piedras para escuadrarlas. ¡Cómo sonaban los golpes de aquellos martillos con los que rompían las piedras de mis paredes!

Una vez preparadas con su mejor cara, las fueron colocando una sobre otra, a partir de los cimientos. Con los canteros trabajaba algún barrero  que preparaba el barro y en una cabra (un cajón de madera), espurriéndose lo necesario, se lo acercaba a los canteros, que, a medida que aumentaba la pared,  subían en andamios formados por unos tablones sobre las burras o sobre unas maderos sujetados en los michinales. Los más pudientes usaban para construir sus casas, en lugar del barro, la cal mezclada con arena, material más resistente que el barro, pero yo llevo en mis entrañas solo piedra y barro. ¡Y mucho arte! Basta mirar las esquinas.

Poco a poco, a lo largo de meses, mis muros fueron subiendo hasta que  llegaron al tejado. A mí me cubren tejas, pero si miro a mi alrededor veo tejados diversos. Cuando yo nací  la cubierta de las casas era de tres tipos. Las más antiguas estaban cubiertas de teito o techo de paja de cuelmo de centeno, convenientemente techada. Había profesionales, los techadores, que hacían bien ese trabajo.

Otras casas tenían la cubierta de losa, forma de llamar por aquí a la  pizarra. Estos tejados eran muy resistentes y resultaba más difícil que se produjeran goteras, pues, por ellos, escurre muy bien el agua y la nieve, pero son más fríos en invierno. Y otras, como yo, estamos cubiertas de teja, cubierta más confortables en cuanto a la temperatura por el relleno de barro  y paja que se colocaba entre las tablas y la teja.

Si recuerdo ahora cómo se llaman las piezas que forman el armante de mi tejado, a muchos omañeses les sonarán a palabras extrañas. Ese armante parte  de una viga larga de madera que va de  peña a peña, apoyada en los caballetes y que forma el cumbre.  Luego se colocaban las tercias, vigas horizontales paralelas al cumbre.  En vertical  se ponían los cabrios o cantiaos, apoyados por una parte en el cumbre y por otra en la pared.  Las maderas largas y finas se llamaban ripias o llatas.  A ellas se clavaban directamente las losas. Las casas por aquí solemos tener forma rectangular con   tejados a dos o tres aguas. Mi tejado es a  tres aguas, lo mismo que los tejados que veo a mi alrededor.

La fisonomía del caserío de los pueblos ha ido cambiando a medida que yo he ido cumpliendo años. Ya han desaparecido casi en su totalidad las casas de techo, porque se han caído o han sido sustituidas por otra cubierta, la mayoría, por uralita, un material que se consideró una gran innovación en su día,   pues parecía que iba a ser casi eterno, y que ahora hay que retirar con sumo cuidado por su carácter tóxico.  Se han construido casas y pajares de ladrillo y han aparecido nuevas construcciones, que no son viviendas, con techos de  chapa. Yo no tengo corredor de madera, pero veo enfrente a otra casa que sí lo tiene y era frecuente en las casas más antiguas. Los corredores, especialmente si estaban orientados a la solana, servían de lugar de convivencia o calecho en las tardes soleadas de invierno.

Mi aspecto exterior, con las piedras rejuntadas con cal,  se mantuvo de la misma forma durante muchos años. Pero en los 70 del siglo XX  mi cara de piedra parecía asociarse a algo pobre o falto de cuidado, por lo que a mí y a otras hermanas decidieron ponernos un vestido gris,  un revoque de cemento que luego se pintó. En mi caso me pintaron de blanco con bordes de  color granate en los  cercos  de  las ventanas.  El siglo XXI me ha traído otra  vez  un  aspecto más parecido al original, pues, después de haber picado los revoques de cemento, “me han sacado la piedra”, que sigue luciendo espléndida. Así, en este aspecto actual me siento feliz, porque he vuelto a lo que siempre fui. Es verdad que  han aparecido nuevos huecos  en mi fachada y las ventanas ya no son las mismas. Aquellas de madera, con sus contraventanas, sufrieron las inclemencias del tiempo y empezaron a cerrar con dificultad o se pudrieron. Ya he estrenado las terceras ventanas desde mi construcción. Ahora son  de aluminio marrón y con rotura de puente térmico -¿qué será eso?-,  así que no me quejo, porque aunque soy vieja estoy muy bien acicalada. Sufro al ver esas otras casas de mi generación que se encuentran en estado ruinoso o ya han desaparecido.

Distintas etapas de mi vida

En realidad cuando  digo que soy una casa soy varias casas en una, pues, además de la vivienda, hay otras construcciones a mi alrededor que conmigo forman la casa: cuadras, pajar, cuarto bajo, cocina de curar y de horno, cubil, etc.  Os voy a mostrar en primer lugar la vivienda. Os invito, pues, a entrar en  mi interior. Vamos directos a   la cocina. Una cocina austera: alguna alacena, una mesa rodeada de escaños o escañiles  alrededor y poco mobiliario más. Nunca tuve recibidores ni salones, aunque ahora los escaños conviven con algún sofá.

La cocina ha sido en Omaña  el centro de la vida doméstica, el  lugar de convivencia de la familia y a veces de los vecinos que acudían en las noches de invierno a la velada o filandón.  La cocina era el lugar en que se elaboraba la comida sobre una cocina bilbaína (yo no conocí ya la cocina llar, de las casas más antiguas), una cocina de hierro, con depósito para el agua caliente, que servía también para calentar la casa. El suelo original de mi cocina era de madera y exigía un gran esfuerzo de  las mujeres para fregarlo de rodillas restregando con arena para  que luciera limpio. Faltaban décadas para que llegara el gran invento español, la fregona, o fuera sustituido por otro tipo de suelo o  escondido bajo sintasol.

Yo ya no he tenido un único cuarto de dormitorio, como mis hermanas más antiguas, sino varias habitaciones,  amuebladas de forma sencilla. La cama era el mueble esencial,  con camas de madera o hierro  y con somieres metálicos y  colchones de lana que se rehacían cada cierto tiempo después de varear la lana y luego escarpenarla con las manos, para que no estuviera apelmazada. Luego se volvía a colocar  bien distribuida sobre la tela  y se metían las cintas con la aguja colchonera. Las cintas  se ataban con un lazo  para que la lana siguiera bien distribuida y no se moviera. Cuando la tela estaba vieja se cambiaba por una nueva, pero se aprovechaba  la lana. Pero ya hace muchas décadas que prescindí de los colchones de lana  y los somieres metálicos y los sustituí por otros más modernos. Los “colchoneros” que llegaban a los pueblos anunciaban que cambiaban colchones de lana por otros de goma o muelles. Evidentemente el precio del de lana que se entregaba suponía una porción mínima del coste del que lo  iba a sustituir.

En aquellos colchones de lana se protegían los que me habitaban cuando había nubes malas, pues se decía que eran aislantes. Sobre aquellos colchones de lana nacimos la mayoría de los omañeses de más edad. Encima de los colchones  se colocaban las sábanas de lienzo, con frecuencia lienzo negro que iba blanqueando con el tiempo, y  las mantas del Val (de san Lorenzo), famosas mantas de lana que se heredaban en las hijuelas, a veces con las iniciales del dueño tejidas en la propia manta. Para cubrir la cama una cocha de algodón o las conocidas  colchas morunas… Como mueble complementario, además de la mesita, solía haber un baúl. Décadas más tarde se generalizaron  los armarios, aquellos brillantes de chapa, acompañados de las camas niqueladas.  Todavía me acompañan algunos de aquellos baúles, arcas y armarios. Las camas han pasado a mejor -o peor- vida. En el pasillo había un hueco para el palancanero, algo esencial en aquella época en que no existía el lavabo. El mío era sencillo, una simple estructura metálica para sujetar la palancana de porcelana metálica y la toalla.

Manta "del Val"  heredada de mi abuelo 

Las otras construcciones levantadas alrededor del corral también forman parte de mí misma. Todas juntas somos  la casa de Celia y Cirilo (y aquí podemos poner el nombre de cualquier vecino o vecina del pueblo). Esas construcciones también son de piedra (en algunas más modernas aparece el ladrillo), a veces combinada con el adobe en la parte superior de la pared o en divisiones interiores, junto con   el cañizo o el ladrillo. Antiguamente algunas tenían   techo (de paja) que fue sustituido por otras cubiertas a medida que el centeno dejó de cultivarse y al desparecer los techadores de oficio y  también  por su peligro ante posibles incendios.  El pajar y la cuadra son las edificaciones fundamentales en una casa de pueblo de la montaña leonesa. En el pajar se guardaba la hierba  bien apisonada para que cupiese más, la paja desgranada, llamada bálago, y la paja trillada, llamada paja menuda.

Un antiguo techo de paja

En la cuadra se veían las vacas atadas con una cadena al peselbe, cuando no estaban pastando en los praos. Con ellas podía convivir también un burro o un caballo.  En otro apartancio se guardaban las ovejas. En mi caso, en el piso que está debajo de la vivienda, que ocupaba inicialmente solo el primer piso, estaba la corte de las ovejas y cabras. Esto de que debajo la vivienda se cobijaran los animales era una forma de conseguir calor natural y servía para preservarse del frío de los duros inviernos. En alguna otra casa se encontraba la cuadra de  las vacas bajo la vivienda, incluso en una casa amiga hay una trampilla por la que se podían arrojar restos, como barreduras, directamente a la cuadra. Estos animales daban color, pero también nos "regalaban" los efluvios de su olor y a veces pulgas u otros amigos “no gratos”. En ese piso bajo, cuando la vivienda estaba arriba (para evitar la humedad), estaba el cuarto bajo, lugar en que se guardaban  las patatas, la remolacha, las manzanas… o estaban las paneras o los tinos para el grano. También existía la corte de los gochos, con apartados para los grandes y para  las crías que se compraban antes de matar a los del año anterior. Y podía haber también otros apartancios para conejos y, por supuesto,   un gallinero.

Un tino

Tampoco faltaba en ninguna casa una cocina del horno, cocina vieja o cocina de curar.  Era ese lugar en que se hacía lumbre en el suelo o sobre el llar para poder ahumar la matanza que se colgaba en varales. Allí está  aún el horno de barro de amasar y todos lo útiles relacionados con el amasado: la masera, el cachabiello, la pala de horno… El horno lleva muchos años inactivo en cuanto al amasado, pero a veces ha tenido otro uso y se ha impregnado de olor a cordero asado destinado a comidas de confraternización entre los vecinos.

Todas las construcciones mencionadas estaban situadas en torno al corral. En Omaña, las personas y los animales domésticos éramos seres bien avenidos. En el corral solía estar también el montón de estiércol o abono que, cuando era grande, era  sacado a otro lugar o extendido en alguna linar. Era el  lugar preferido de las gallinas que se pasaban el tiempo escarbando en él. Ni que decir tiene que a veces lucían en sus patas los restos de ese fango. El abono o estiércol era fuente de mal olor y de insectos, pero formaba parte de la forma de ser casa en Omaña, hace décadas. Hoy la mayoría de los corrales lucen limpios, porque no hay animales domésticos o no están estabulados o la casa tiene otros usos, pues los propietarios no son agricultores.  El corral ha perdido su esencia y ha pasado a ser patio, en muchos casos engalanado con flores.



E
n ese corral también hay una parte cubierta que aquí se llama portal. En él están situadas las puertas carretales,  lugar de entrada común para personas y animales, tanto para   la vivienda y como para  el resto de dependencias. El portal era el lugar para dejar el carro y los distintos aperos y herramientas. Y la tenada se  usaba para recoger lo fiacos o fuyacos (ramas de hoja seca con las que se alimentaba a las cabras y ovejas en invierno). En la puerta de madera de entrada a la vivienda muchas de mis compañeras tenían un agujero circular en la parte de abajo para permitir que el gato saliera y entrara a su gusto. De ahí su nombre: gatera. Hoy ya soy una casa de vacación y recreo y tengo acceso desde la calle, pero lo habitual,  en las casas de mi pueblo y de los próximos, como os he dicho, es que se entrara a la vivienda y resto de dependencias por esas puertas carretales del corral.

Puertas carretales


El corral era un lugar en que transcurría parte de la vida de una casa de campo omañesa. Por él he visto muchas veces a hombres con una mañiza de hierba, un feje de paja, con una forca para limpiar las cuadras, con los caburnios (bigornia y martillo) picando el gadaño… Era frecuente ver también a  las mujeres, ocupadas en el cuidado del ganado menudo, o que pasaban con un caldero de leche recién ordeñada, con un lambido para los corderos, con un mandilao de huevos o unas rachas para atizar el fuego de la cocina. También era el lugar por  el que paseaban tranquilamente los gatos y las gallinas.

Tanto el  corral  como la vivienda han sido lugar de ecos, de ecos de tantas voces de animales que berraban o bramaban o iñaban, en el caso de las vacas; balaban, en el caso de las ovejas,  cacareaban las gallinas; maullaban los gatos… En las paredes de la vivienda siguen estando presentes tantas  palabras y conversaciones que he escuchado en esta larga vida.  Conversaciones que hablaban de la buena o mala cosecha, de cómo hacer pequeñas inversiones para seguir viviendo del campo, de los hijos, de los ancianos.  Del tiempo. ¡Cuánto he oído hablar del tiempo! Para unas gentes que estaban muy acostumbradas a mirar el cielo del que dependía su sustento y el de sus animales, la conversación sobre el tiempo era algo habitual. Y hablaban de que llovía demasiado o de que faltaba lluvia y todo se agostaba, de la tormenta amenazante, de las pelonas que arrecían mis muros en  invierno o de las de primavera o  verano que arruinaban la cosecha. He oído las voces de cinco generaciones de una misma familia, y he tenido mucha suerte, porque esta familia me ha conservado en su propiedad y no he cambiado de dueños. Hace años oía más conversaciones en invierno. Ahora ocurre lo contrario, en invierno estoy silenciosa. Solo oigo el crepitar de mis costillas de madera, pero cuando llega el verano aparecen las voces juveniles que son inconfundibles y que parecen darme vida.

Soy también lugar de olores, de olores  al pan recién  amasado,  a las manzanas almacenadas, a la matanza, a  las rosas de ese rosal  que quizá creciera en alguna esquina, un rosal del país con un potente aroma que contrarrestaba un poco los malos tufos del estiércol. Las personas que me han habitado estaban acostumbradas a esa amalgama de olores… También recuerdo con frecuencia los sabores: a patatas con bacalao, a berza, a sopas de ajo...

Como vivienda he tenido suerte porque me han curado los rotos  y cosido las heridas, y a pesar de los males propios de mi edad, sigo con vida y con una salud aceptable. También me han vestido de una manera más moderna, aunque a mí me gusta ponerme algunas veces ropajes heredados de los antepasados, esos que son antiguos pero que no desentonan en ninguna circunstancia. Esa esportilla o esa alforja que hoy están llenas de flores secas hacen presente el pasado y lo unen  al presente. Ese escaño que estaba abandonado y ha sido  recuperado, esa máquina de coser que tanto ayudó a la mujer omañesa a la hora de confeccionar ropa de cama y vestimenta, ese pote en que se cocinaba directamente en la lumbre del llar, esa marmita que nos recuerda tantas comidas que llegaron   a la siega o la era. Un pasado que se hace presente en la evocación.

Con ropajes heredados y cambiados de uso

He podido ver cómo lo que en una época era moderno, después estaba pasado de moda. Mis paredes interiores empezaron siendo de color blanco, encaladas. Luego llegó la moda de pintar de colorines y tuve habitaciones de color azul, amarillo… En los 60 llegó la moda de los papeles pintados y el sintasol, a pesar de ser una casa de pueblo, también seguí la moda. Después he vuelto a la pintura o incluso a ver cómo picaban las paredes interiores para dejar la piedra vista como en el exterior. Eso no se les hubiera ocurrido a los moradores originales  que las revocaron  con yeso o cal y pusieron techos de caña fina.  Pero hoy, muchas décadas después, aunque no tengo por dentro el mismo  aspecto  que tenía en los años 50, me sigo reconociendo en lo fundamental. Aunque es verdad que la vivienda se ha ampliado mucho, porque actualmente se puede prescindir del cuarto bajo  y de dependencias antes dedicadas a otros usos y se han modernizado elementos de  su interior.

Tuve la suerte de contar siempre con luz eléctrica. Me han hablado de cómo se alumbraba con aguzos, pero yo no lo he conocido. La primera luz, tenue y oscilante, era la que daban dos bombillas que estaban colocadas en pasillo y cocina. No había más y se pagaba de acuerdo a las bombillas que lucían en cada casa. Luego he ido viendo cómo mejoraban los tendidos eléctricos y las instalaciones hasta el momento actual en que es raro que me quede   sin suministro. A finales de los cincuenta llegó a mi cocina una radio. Y  desde entonces me sentí mucho más acompañada. Ese aparato que hablaba me hizo volar por el mundo y conocer a otras gentes y  lugares. A principios de los 70, además de voces, me llegaron las imágenes. En la cocina se hablaba menos, porque se veía y escuchaba a los que hablaban por  las ondas. Entonces entraron en mi cocina  el mar, los rascacielos, las tiendas… El mundo urbano dejó de serme ajeno.

También vi llegar el agua corriente. Fue para mí una de las mayores sorpresas y alegrías. A mi cocina llegó en el año 1966. Qué misterioso era aquel artilugio llamado grifo que traía el agua al fregadero. Con el grifo desaparecieron los calderos que estaban siempre llenos de agua para la cocina, el aseo y la limpieza, y que exigían un notable esfuerzo de transporte por parte de las mujeres, especialmente en las casas donde había que subir escaleras.  En algunas casas se contaba con pozo  en el corral, no fue  este mi caso. Con el agua llegó el cuarto de baño, que era solo un pequeño aseo. Hasta entonces, para hacer las necesidades ya estaba la cuadra y para lavarse, un balde o el río. Luego llegó al pueblo el teléfono y el alumbrado público que hacía que mi imagen se viera también por la noche.

Desde mis ventanas, que no han tenido rejas por estar la vivienda en el piso de arriba,   contemplo y dejo contemplar una naturaleza exuberante, por la arboleda y el verdor. Y si me fijo llego a ver el río y oigo su rumor.  Estoy muy orgullosa de ser casa. Una  casa es  un lugar de acogida, un lugar en que uno se siente seguro, cuidado, comprendido, querido… Una casa es un mundo de sensaciones y vivencias. El humo de mi chimenea, las persianas subidas, la puerta abierta o sin trancar –porque aquí la puerta sigue abierta- han sido un símbolo externo de que estoy aquí, de que hay gente, de que hay vida. Ojalá los que me cuidan lo sigan haciendo en las próximas generaciones. Yo no quiero dar trabajo, pero como anciana que soy, todos los años sufro algún achaque. Pero mis recios muros me mantienen aún erguida mientras han desaparecido ya dos generaciones de mis moradores.

Y termino mi plática, que ya es demasiado larga. Aquí sigo. Mi puerta está abierta, porque soy lugar de acogida. Protegiendo a mis moradores amorosamente de la intemperie, de la del cuerpo y de la del alma, soy  parte de las raíces que hacen que el ser humano se sienta arraigado, por eso me siento feliz. 

 ¡Gran destino el mío: ser casa!



Texto e imágenes: Margarita Álvarez Rodríguez


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miércoles, 7 de marzo de 2018

Mujeres campesinas: vidas silenciosas



A tantas  madres y abuelas  campesinas que han pasado por la historia de manera silenciada y silenciosa...


Sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa… Unamuno


Muy esforzadas mujeres
han vivido en nuestros pueblos,
pero su vida afanosa,
en la historia, es el silencio…

Madre y mujer campesina,
tenemos deuda contigo,
así que hablar hoy de ti,
no puede seguir “prohibido”.

Muy temprano de mañana
comienzas larga jornada,
cuando  no ha salido el sol
y la luna aún  acompaña.



Hora a hora, día a día,
cual abeja en el panal,
vas entregando esa vida
que en la historia nunca está.

Lavas la ropa, la zurces,
remiendas con profusión,
hilas, tiñes, haces punto,
y hasta bordas un festón.

Amasas  tu pan en casa,
también haces la matanza
y elaboras mantequilla
con la leche de  las vacas.

Si hay que trabajar el campo,
no encontramos distinción,
tu trabajo de mujer
se asemeja al  del varón.

Tus manos cogen azadas,
arado y forca, la hoz,
recogen hierba y centeno,
con esfuerzo y con sudor.



Con los fréjoles y berzas,
las habas y los garbanzos,
unos huesos y tocino,
llenas la pota y el papo.

Cocinas ricos  cachelos,
con  sebo y con  pimentón
que nos comemos conformes,
aunque falte la ración.

Educas a los rapaces
en la rectitud moral
y dedicas al anciano,
un cuidado maternal.

Tu jornada no se acaba,
aunque ya se vaya el sol,
sale de nuevo la luna
y te encuentra en filandón.


Con  rezos  y letanías
manifiestas devoción,
y con cantos y con bailes
transmites la tradición.

Gracias, mujer campesina,
sin tu trabajo y tu afán,
no habría llegado hasta hoy,
nuestra cultura rural.

Gratitud de hijos y nietos,
por tu amor y tus desvelos,
nadie te preguntó nunca
por tus problemas y  anhelos.

Hoy queremos que tu imagen,
salga ya de la intrahistoria
por eso hablamos de ti
contribuyendo a tu gloria.


© Margarita Álvarez Rodríguez

  
Días, Meses, Años, Siglos: ¡Vida de la Mujer Trabajadora!



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sábado, 31 de agosto de 2013

OMAÑESA 2013

                           
                                            ¡GRACIAS!            
                        
        Palabras pronunciadas por Margarita Álvarez Rodríguez en el acto de entrega del galardón "Omañesa 2013", concedido por el Instituto de Estudios Omañeses,

                                                             

"como reconocimiento a su labor investigadora y de estudio, y por sus publicaciones sobre la lengua en la comarca de Omaña".

                                      
             
 
Galardón de Omañesa del año 2013

De mi origen omañés
siempre, amigos, he hecho gala:
ser OMAÑESA DEL AÑO,
me obliga aún más con Omaña.


Queridos paisanos y amigos, omañeses y omañesas…

Hasta hoy tenía la suerte de ser omañesa por haber nacido en Omaña. Hoy   añado el honor de ser Omañesa del Año 2013. Y desde hoy, además, empiezo a tener la obligación moral de hacer algo por merecerlo.

Quiero dar las gracias al Instituto de Estudios Omañeses, por pensar en mí para este reconocimiento honorífico, que no creo que merezca. Cualquier omañés, por el hecho de serlo, pudiera gozar de esta distinción, especialmente los que no son omañeses de un año, sino omañeses de todos los días de cada año.

Recibo este homenaje muy  emocionada. Y más aún por recibirlo aquí, en Paladín,  en mi pueblo, cerca de la casa que me vio nacer y en estas calles en que jugaba de pequeña, al lado de la iglesia y la escuela, dos lugares que han marcado mi vida como la de tantos otros omañeses. Una escuela en que aprendí mis  primeras letras que después me llevarían a otras “segundas letras” fuera de aquí. Y una iglesia que ha marcado el paso del tiempo  de los omañeses  porque les permitía cada siete días dejar de trabajar y vestirse de domingo. 

Escuela de Paladín, donde aprendí mis primeras letras

Desde luego llevaré el título de Omañesa 2013 con dignidad y nunca dejaré de hablar bien de esta tierra que me vio nacer.

Porque sí, amigos, nací aquí entre vosotros, en una época en que aprendíamos en la escuela dónde estaban lugares tan lejanos y exóticos como Pernambuco y, en cambio, muchos de nuestros pueblines no estaban en ningún mapa, no tenían carreteras, ni teléfonos, ni teles…  León, Oviedo, Madrid… han ido marcando el periplo de mi vida posterior. Pero, cuando me fui de aquí, este pueblo, y con él Omaña, se fueron conmigo para siempre.  


Fusión de paisaje y paisanaje (Paladín)

Y aquí me ha prestado volver, año tras año, a descansar, a reconciliarme con la naturaleza, a llenarme de sana energía, a oír el silencio y la quietud del que andamos tan escasos en las grandes ciudades. Volver a esta  tierra de la que don Florentino Agustín Díez, en su hermoso libro Omaña, donde los montes suspiran, decía:

Es un paisaje introvertido, autoconcentrado, como ensimismado por una inefable serenidad (…) Todo en el panorama rezuma una mágica quietud, un palpitar apenas perceptible, dulce, puro y encalmado, una ternura infinita de la Madre Naturaleza vuelta sobre sí misma, amamantando querenciosa a sus criaturas.

Es una bellísima descripción de nuestro paisaje. Es verdad que los omañeses sentimos esta naturaleza que  rodea nuestros pueblos y que llega a las puertas y ventanas de nuestras casas como una madre protectora que acompaña silenciosa nuestra vida cotidiana. Y a nosotros nos gusta cobijarnos bajo su manto y sentirnos acompañados por ella.


Riberas del río Omaña en verano

           ¡Qué desprotegido se sentiría cualquier omañés si le quitaran la compañía del paisaje que lo rodea!

Para mí es un lujo haber nacido en un pequeño pueblo omañés, siempre me he enorgullecido de ello y nunca entendí que alguien pudiera avergonzarse de haber nacido en un sitio como este. Aquí están mis raíces y  aquí siempre he tenido  un lugar  entre mis paisanos.

Y ese es mi único mérito, si es que tengo alguno, querer a este lugar: a su paisaje y a su paisanaje. A esos  omañeses  que nos siguen cuidando esta tierra, esos que le dan vida en el día a día y también aquellos que los precedieron y nos dejaron su legado. Y ya que soy la primera mujer que recibe este galardón quiero que en mí tengan reconocimiento las polifacéticas y esforzadas mujeres omañesas que han trabajado siempre en la hacienda familiar lo mismo que los hombres y, además, cocinaban, cosían, hilaban, tejían, amasaban… Y transmitían la cultura tradicional.

Por todo eso todavía hoy puedo decir con orgullo que lo más trascendente de mi vida lo he aprendido aquí.

Aquí, al compás de las estaciones, aprendí a observar, a respetar, a querer y mimar a la naturaleza. He contemplado muchas veces las transparentes aguas del río que da nombre  a la comarca: las truchas que se cebaban en ellas, la belleza de sus riberas cubiertas de alisos y chopos,  sus riadas invernales con su impresionante sonido… También me han fascinado los distintos trajes estacionales con que se visten nuestros frutales: sus estampados blancos y sonrosados de las flores primaverales, los lunares escondidos de color cereza, guinda, manzana…  que aparecen entre las hojas del verdor veraniego, la maravilla de esos trajes multicolores de tonos ocres y rojizos  de la otoñada y hasta la elegancia de su desnudez invernal.

Río Omaña desbordado en invierno

Aquí he sabido lo que era la siega del pan  a hoz, la trilla y la maja, el arramar el abono, ir con las vacas, andar a la  hierba... y tantas otras faenas. Conozco los nombres y el uso de todos los  utensilios que había en las casas de labranza. Sé distinguir un garabito de un garabato, una forca de una forqueta, un escaño de un escañil, un pote de una pota, un llosco de una androya, un tentemozo de un "tentetieso"Uñir vacas colocando mullidas, yugo y cornales tampoco es algo extraño para mí.


Vacas uñidas (foto tomada en Rosales)

Aquí he comido  berzas llandias con la ración (tocino, costilla, chorizo sabadiego…) en  invierno,  fréjoles en verano, picas, cecina, mantigones, manteca, bollo rallón… He jugado a la maya, al enduño, a adivinar cusillinas

Aquí, observando  el comportamiento de las gentes,  he aprendido  el espíritu de sacrifico, la rectitud moral,  el deseo de acoger y ayudar a los demás, la austeridad, el ser de buen conforme, la fortaleza de ánimo. Y también  la cultura del sentido común de la que a veces carecen personas  de gran formación académica.


Aquí hice mía también una forma de hablar clara y expresiva, muy alejada del retorcimiento gratuito del lenguaje urbano. Y, a pesar de llevar viviendo en Madrid casi 40 años, aún hay muchas palabras leonesas  que se imponen en mi mente a cualquier otra. ¡Hermosas palabras como: junjurir, enjecoso,  espurrirse, esperriar, entafurriar, embarbalar, filandero, forroñoso, requiveque, esparaván, estaribel, telares...!
A ellas les he dedicado un libro.


Cualquiera de esos términos, conocidos por todos nosotros, sonarían muy extraños fuera de aquí donde no entienden que nuestro luego significa “pronto”, no “después”, y que prestar es “gustar”. Pero no son chapurriáu, son una forma de hablar nuestra, tan respetable como cualquier otra. 

Con palabras como esas  aprendí a hablar, a pensar y a ser quién soy. Aquí, en definitiva, empezó a forjarse mi personalidad. Y lo que en la niñez se aprende toda la vida dura. En fin,   Omaña es para mí  un montón de vivencias que nunca me han abandonado. Y ese amor por la tierra lo he transmitido a mi familia.

¡Ojalá los que tenéis la suerte de vivir aquí y los que volvéis como yo, consigáis también transmitir esa herencia…! ¡Omaña debe seguir viva! Asociaciones culturales como el IEO tratan de luchar por ello. Os invito a integraros en esta asociación.

Para   expresar todo lo que Omaña me ha aportado, hace un año escribí unas coplas que tratan de recoger algo de la geografía, de la cultura y de las vivencias de las gentes de esta tierra. Coplas que han tenido bastante difusión a través de mi blog y que hoy aprovecho esta ocasión para  dedicarlas a todos los omañeses. A los que vivís aquí y a los que ya se fueron para siempre, entre ellos, mis padres, que hoy habrían disfrutado mucho de este acto y a los que debo gran parte de lo que soy. 



Entrega del galardón de manos de Julio Álvarez Rubio (Omañés 2012) y en presencia de David Álvarez Cárcamo, presidente del IEO.



Gracias a todos por vuestra presencia y vuestro reconocimiento. 


Paladín, 10 de agosto de 2013, VI Omafolk

Ahí van las coplas.


http://larecolusademar.blogspot.com.es/2012/08/de-colorido-leones-coplas-omana-coplas.html

Otros documentos:

Entrevista en Diario de León:
Observación:  El titular entrecomillado es un tanto confuso y no se corresponde  con el contenido de la entrevista (son escasos fuera de Omaña los valores de los omañeses, eso debería decir)  ¡Resultaría un poco "chocante" en una Omañesa del Año...!).

http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/los-valores-de-los-omaneses-son-muy-escasos-hoy-en-dia-_818023.html 

Crónica del acto (actuación de Eliseo Parra y entrega del galardón) de David Gustavo López:

http://pielagsardongaranriellosamariopaladin.blogspot.com.es/2013/08/vi-omafolk-2013-concluye-con-exito.html

Sobre el libro: El habla tradicional de la Omaña Baja
Vídeo:
www.youtube.com/watch?v=2YJpUXj6u7E‎

Otras referencias en prensa:
http://www.lobosapiens.net/pages/details.asp?E=148


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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.