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sábado, 22 de agosto de 2026

"Los ayes de la memoria", de Versos a Oliegos 2026

Portada de la antología de este año, en la que se recoge este poema

 

Los ayes de la memoria                 

 

Vengo de una tierra de urces y escobas

que engalanan los montes con mantos de magia.

Vengo de una tierra de árboles recios

que arrastran tras ellos miradas de cielo.

Vengo de una tierra de verdes de luna

que pueblan las noches de vida y misterio.


Vengo de Omaña, cercana, amiga,

y llego a ti hoy, tierra cepedana,

para compartir contigo los ayes de la   memoria,

lo mismo que en Villameca compartimos las aguas.


¡Ay de aquellos sentires y decires

con los que nuestras gentes hilvanaban la vida!

¡Ay de aquellas vacas de nombres sonoros

que abrían los surcos con el sudor de los yugos!

¡Ay de aquellos hombres de manos curtidas

que apuñaron manadas de pan de centeno!

¡Ay de aquellas mujeres de aguja y de fuego

 que alumbraron festones y hogazas

 y cocieron   patatas que burlaban al hambre!

¡Ay de aquellas gentes que escuchaban los ayes

del cantar de las fuentes, del susurrar de las ramas

y del quejido nocturno de la cabrallouca!

¡Ay de aquellas veladas de filandones de huso,

y leyendas de moras al borde del agua!


¡Ay de nuestros silencios!

 ¡Ay de nuestras soledades!


Los de unas tierras holladas por pisadas serenas

que han arrastado la intrahistoria de siglos...

Y siempre esperando las gracias del cielo:

¡Será lo que Dios quiera!

Y lo que Dios quiso ha sido…

Nuestros pueblos son espejo de puertas trancadas

y de tejas, que muertas, se van a la nada…


Pero, ¡ay!, 

aún hablamos, 

aún nos quejamos…

¡Aún vivimos!

¡Y regamos nuestras tierras de agua y   poesía!


Y a ti, Oliegos, llegamos otra vez los poetas,

con cuartales de versos de luz y de vida.

 

© Margarita Álvarez Rodríguez

 

Monumento en el lugar donde están los restos de Oliegos. que quedaron bajo las aguas del pantano de Villameca en 1945. Foncastín (Valladolid) es el pueblo castellano adonde llevaron a la población.
 Foto: MAR, 2025

 

Sombreros que nos regalaron en el XXV aniversario del recital. 2025.

 

 

jueves, 25 de junio de 2026

Confesiones de un pardal

 


A cada una de las cosas y seres vivos que nos rodean les ha tocado ser algo en la vida. A mí me  ha tocado ser pájaro y volar por estos  pueblos de la montaña leonesa. Aunque, como me adapto bien, podría  vivir en cualquier  otro lugar.  Soy un pájaro muy reconocible, también humilde,  y que dentro del mundo “pajareril” paso un poco desapercibido, aunque  somos  muchos los de mi especie  y nos hacemos notar, pues  casi siempre   volamos en bandadas. Os confieso mi identidad: soy  solo  un pardal. Así me llaman en  el Viejo Reino de León, incluidas Asturias y Galicia. También en algunos lugares de Castilla y en  todo el ámbito del catalán. Pero en el castellano común prefieren llamarme gorrión. Parece nombre más fino, pero, con uno u otro nombre, sigo siendo el mismo. Y soy pardal porque soy de plumaje pardo.

 La primera vez que registraron mi nombre por escrito  fue en 1495, en el Diccionario español-latino, de un tal Antonio Nebrija. Tiempo después (1611), en el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, decían  esto de mí: “Páxaro conocido por otro nombre, gorrión”. Y  esa institución tan docta que es la RAE me registró por primera vez en el Diccionario de autoridades (s. XVIII), que decía así: “Lo mismo que gorrión, de lat. pardalus. Y por esto le llamaron en Castilla pardillo, como al gorrión, pardal”. Pero me dejo ya de erudiciones, que no son propias de mí.

Yo, como tantos otros pájaros, hago realidad aquel dicho tan popular por  estas tierras leonesas   que habla de nuestra llegada y comportamiento: Marzo, ñalarzo; abril gogeril; mayo, pajarayo; por san Juan volarán y por santa Marina se buscarán la vida. No os lo explico, porque por el Viejo Reino todos lo entendéis muy bien.

Yo creo que soy un pájaro agraciado, incluso guapo, pero sé que no soy bien visto. Quizá por eso, porque no me ven con buenos ojos, mi nombre se ha usado también para aplicárselo como mote o palabra definitoria a una persona demasiado astuta, que se aprovecha de los demás en   beneficio propio. Y en época más lejana llamaban así  a los aldeanos por vestir con ropas pardas.

Nosotros hemos sido fieles compañeros de las gentes de esta tierra. Nos hemos asomado a las ventanas, hemos entrado en los corrales y hasta en las cuadras,  gallineros y pajares y hemos colocado los nidos en los huecos de las paredes de las casas… Pero también es verdad que en el mundo rural   habremos sido los pájaros más espantados,  al tiempo que  recibíamos una sarta de maldiciones. Y es que, lo confieso, somos un poco aprovechados y atrevidos. No nos avergonzamos de habernos infiltrado muchas veces entre las gallinas y  de aprovecharnos de su comida. O en la pila de comida de los gochos… O en los pesebres de las vacas… Como dicen por esta tierra, somos un poco lambriones. 

 Siempre nos hemos burlado un poco de las personas que nos espantaban, pues, aunque nos movíamos del sitio, siempre quedábamos en un lugar próximo y al acecho, de forma un tanto chulesca. Así, cuando el mandil que había servido para espantarnos volvía a su lugar y la dueña del mismo se daba la vuelta, con vuelo presto nos volvíamos a situar en medio de las gallinas para arrebatarles la comida con todo descaro y tranquilidad, salvo que un gato inoportuno apareciera por el lugar. Y como somos capaces de reconocer rostros y recordar a las personas,  a veces nos burlamos más de quienes nos maldicen.

Los labradores nos temían mucho cuando allá por el final de la primavera entrábamos en los campos de trigo o centeno a robar el grano. Para evitarlo,  colocaban espantapájaros en las tierras de pan ─más bien “espantajos”, porque no se hacían con demasiado esmero─, pero  nosotros, que somos muy cucos, pronto nos dábamos cuenta de que aquello que se movía en medio de la finca no ofrecía mayor peligro. Y en los meses de julio y agosto, tiempo atrás,  merodeábamos por las eras.  Allí nos dábamos un festín durante unos días, porque comíamos directamente del muelo, aunque no siempre era posible, pues, para salvarlo de nuestras malas artes,   en ocasiones  lo encontrábamos tapado.

Aunque somos pájaros listos y hábiles para sortear las dificultades y peligros,   a veces, cuando apuraba el hambre y no existía tanta conciencia ecológica, también caíamos en trampas de todo tipo en las que terminábamos cazados  para ser destinados a la pota. Ir a pardales, con un tirachinas o una escopeta de perdigones, era un deporte mortífero para nosotros. Además, los niños, en ocasiones, nos  destruían los nidos o nos robaban los huevos,  solo por gracia o afán de molestar.

Como somos populares,  también hemos entrado en el refranero. Y la mayoría de los refranes no reflejan una buena consideración de nosotros. Aunque hay uno muy popular de  finalidad práctica, que parece que no nos presenta negativamente: Cada pardal a su espigal(r). Conmina  simplemente a que se disuelva una reunión y cada persona vuelva a sus quehaceres, aunque lo del espigal  ya sugiere  el lugar por el que solemos andar. Pero la mayoría de los refranes sobre nosotros nos presenta de forma negativa: Clérigos, frailes y pardales son malas aves. Este nos compara con los representantes de la Iglesia por ir “pidiendo” limosna. De alguna manera parece que  ellos y nosotros  nos aprovechamos de los demás. Tal para cual dijo el pardal es otro refrán que trata de destacar los defectos compartidos por dos personas que se juntan. Hay alguno que alude a que los pardales somos seres inmaduros: No me crié en un verano como los pardales. Desde luego no somos símbolos de  sabiduría entre las aves, como lo es la curuja, a la que llaman también cabrallouca, pero, entre los pájaros, suplimos todas las carencias con la astucia. También dicen que dos pardales en una espiga hacen mala miga. Y es verdad que no queremos compartir una misma espiga, ¿para qué la misma si hay muchas? Ya he dicho que somos un poco aprovechados, por eso decimos llámame pardal y échame trigo, que no somos tontos. Esta visión  del refranero  con frecuencia es injusta.  Hay hasta  un refrán que lo refleja: Todos los pájaros comen trigo, ¿y la culpa es de los pardales? Pues no, también lo hacen, por ejemplo, las golondrinas, que, como nosotros, viven cerca de los humanos, incluso hacen los nidos debajo de los tejados o en los aleros, sin embargo,  tienen una consideración social mucho más positiva.

Por eso, sentimos cierta envidia hacia ellas. Y no digo sana envidia, pues la envidia nunca es sana.  Nosotros somos parduscos, de ahí, pardales, ellas, con su pechera blanca y su traje negro,  son pájaros más elegantes. Llegan en la primavera, cuando nosotros, los pardales, que somos más sedentarios y solo nos movemos a lugares más cercanos, ya estamos instalados por aquí. Pero mientras nosotros somos perseguidos y  mal vistos, ellas son las reinas entre los pájaros. Por estos pueblos norteños siempre ha existido un respeto supersticioso o religioso hacia las golondrinas. Respetarlas es algo muy arraigado en la cultura rural. He oído que los ganaderos  temían que se les muriera una vaca si hacían daño a una golondrina. Teniendo en cuenta que una vaca era uno de los bienes más preciados que tenía un campesino, nadie osaba hacerles daño  por miedo a que se cumpliera el mal augurio.  Este respeto ancestral  y aureola religiosa tienen que ver con el hecho de que, según la leyenda, las golondrinas, quitaban con sus picos las espinas de la corona de Jesús. Y, si nos fijamos en el sufijo diminutivo que lleva su nombre, vemos que   denota también un sentido afectivo.

Además, las golondrinas han inspirado a los poetas: Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar… ¿A qué conocéis el poema y sabéis algo del autor? Esto de la poesía también me producía cierta envidia… Pero ya no, pues he hecho un gran descubrimiento. Yo buscaba poemas dedicados a los pardales y no encontraba ni un solo verso. Pero un día me dio por buscar poemas dedicados a los gorriones. Y entonces, ¡sorpresa! Los he encontrado. Hay textos  de poetas tan importantes como Claudio Rodríguez (zamorano): No se aleja / este granuja astuto / de nuestra vida  (…) ¿Qué busca / en nuestro oscuro / vivir? ¿Qué amor encuentra /  en nuestro pan tan duro? Aunque nos llame granujas, me gusta que escriba sobre nosotros. Lo mismo que el mexicano José Emilio Pacheco: Baja a las soledades del jardín /  y de pronto lo espanta tu mirada. / Y alza el vuelo sin fin,  / alza su libertad amenazada. Y buscando, buscando, también he encontrado un cuento titulado  El pardal que no volaba, de la escritora ibicenca Meritxell Rius, pero aún no sé por qué ese pardal, que vivía en una  tierra lejana,  no volaba…

 Según parece, en la antigüedad clásica los amantes les regalaban un gorrión a sus amadas y les dedicaban versos relacionados con este regalo,  como hace Catulo a su amada Lesbia. Y os podría citar más, pero no os quiero aburrir. A ver cuándo alguna “pluma” leonesa dedica un poema al pardal. Entonces, nos sentiríamos de verdad protagonistas.

Como os decía, nosotros siempre hemos vivido cerca de los seres humanos, en los pueblos y en las ciudades. Nuestros destinos, sin duda, están ligados. En las ciudades vamos a menos progresivamente por la contaminación. Y en esta España vaciada ya no hay trigales, ya no hay muelos en las eras, ya las cuadras están vacías, ya no hay pienso de gallinas al alcance… Ya apenas  hay  gente en los pueblos. Y,  poco a poco, nosotros, los pardales, seremos  también parte de esas ausencias….


©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora

 

martes, 2 de junio de 2026

Reseña de "Si algo todavía queda", de Marian Martínez

 



       Género: Novela

        Editorial: Marciano Sonoro

        Páginas: 197

      Marian Martínez, la autora de Si algo todavía queda, es madrileña, pero sus raíces están vinculadas a un pequeño pueblo de la comarca leonesa de Omaña. Trabaja en cooperación al desarrollo, aunque su formación  académica fue  técnica (ingeniería industrial).  Esta es su primera novela publicada, aunque ha publicado previamente algunos relatos sueltos.  Siempre ha sentido amor por la palabra escrita y se ha formado como escritora realizando el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores La novela Si algo todavía queda  se desarrolla en varios espacios diferentes: un lugar de Omaña (León), donde se crio su protagonista, Micaela. Un lugar innominado, pero que podría ser perfectamente el pueblo de Murias de Ponjos del que desciende la autora. También se mencionan  otros lugares de la comarca: un lugar inconcreto del valle Gordo, valle con el que linda el pueblo de la autora, Riello, lugar donde tenía lugar  una conocida feria de ganado, un pueblo del Bierzo Alto… Una geografía reconocible para las personas que conocemos aquella zona.

     Otro escenario  es la ciudad de León en la que Mica  regenta una tienda de aperos de labranza, que adquirió al morir la dueña (trabajaba en ella)  y en la que se desarrolla  su etapa de madurez. De esa ciudad de León  también refleja fielmente la geografía urbana. Seguimos los pasos de Micaela por  el barrio Húmedo, la calle Ancha, la calle de Ordoño II, la plaza Mayor…  Con menos detalles descriptivos aparecen otros lugares, como Astorga, ciudad a la que la autora viaja varias veces.

      Como lectora, lo que más me ha llamado la atención de la novela es el realismo con el que Marian  refleja aspectos de tipo social y antropológico del mundo y la época en que viven los personajes. Nos introduce de tal manera en el ambiente que parece que vivimos allí entre esos personajes.

    Aparecen en la narración  muchos  aspectos sociológicos; algunos,  de tipo general, eran comunes tanto en el mundo rural y como en  el urbano, pero, sobre todo, refleja,  como un perfecto espejo,  cómo se desarrolla la vida  en el mundo rural. A lo largo de las páginas de la novela,  la autora nos adentra plenamente en el pensar, el vivir y el sentir de las gentes que pululan por ella.  Es un acercamiento certero y emotivo a la intrahistoria de la España de la primera mitad del siglo XX.

   La novela refleja, por ejemplo,  los trabajos específicos que realizaban habitualmente las mujeres, además del cuidado de la casa y la familia: se ocupaban de  los animales domésticos, el “ganado menudo” (gallinas, conejos, ovejas, cerdos…) y ordeñaban las vacas y guardaban la nata para después mazarla  en los odres de hojalata,  y transformarla  en la manteca. En el momento de ordeñar, sentadas en un tajuelo,   nos daban a beber a los rapaces algún sorbo de  la leche templada recién ordeñada, leche templada y espumosa, desde la propia zapica. Hago referencia a la  primera  persona de plural,  porque yo misma degusté esa leche recién ordeñada en torno a  1960.   Las mujeres amasaban, pues el pan se elaboraba en casa,   para ello  realizaban todos lo preparativos relacionados con el proceso de amasado y  encendido del horno. Marian aprovecha para resucitar nombres de  instrumentos que tenían que ver con el amasado (cachaviello).

       Las mujeres llevaban el mayor peso del trabajo doméstico, incluidas las rapazas jóvenes y las mozas (no así los mozos), trabajos que requerían a veces un especial esfuerzo: lavar la ropa, en algún manantial o en el río, fregar los suelos de las viviendas, que eran generalmente de madera, poniéndose de rodillas y restregando con estropajo y arena… Y tantas labores más.

Además, las mujeres leonesas trabajaban en el campo  y hacían  un esfuerzo similar al de  los hombres. A mí me gusta decir que si los campesinos trabajaban de sol a  sol, las campesinas lo hacían “de luna a luna”.  Y eso se refleja claramente en esta novela.

Nos habla también de la forma de vestirse de esas mujeres: mujeres de negro, con pañuelos, refajos… La alusión a las madreñas también aparece de forma reiterativa. La propia protagonista las talla, para la venta, en la trastienda de su negocio.  Las madreñas tenían una utilidad concreta (preservar los pies de la humedad) y múltiples significados connotativos, según el  aspecto, el tamaño… Y unas madreñas simbólicas simbólicas aparecen en la  contraportada  del libro.  

          Se habla  también  de las distintas faenas que se realizaban en el mundo rural en distintas épocas, por ejemplo, la matanza del gocho, con todo el proceso que la matanza exigía. También aparecen elementos relacionados con la forma de vida y el equipamiento de las casas. Las viviendas solían estar en el piso de arriba y en el inferior estaba la corte  de los animales (cabras, ovejas..) o la cuadra (vacas y caballerías). Era la manera de que los animales aportaran calor natural. Vemos cómo no existía aún el agua corriente y el baño, que no llegaría a la zona hasta los años 60/70. Otras referencias a la cultura leonesa se reflejan en los  filandones  o veladas de invierno, que eran  un momento de esparcimiento: juegos, narración de leyendas…. pero también horas  para seguir trabajando, especialmente las mujeres: hilar, coser, exbotar los fréjoles secos…  

Con carácter más general, se refleja la emigración a América, especialmente a Argentina (mi abuelo se fue en 1911), el analfabetismo, especialmente de las mujeres,  cuyo papel social estaba muy acotado a lo doméstico.

Nos presenta asimismo la forma de ser  y de sentir de las gentes del mundo rural. Eran personas, trabajadoras, honradas, leales...  Bastaba dar la mano para que un trato no se rompiera. Describe bien el carácter contenido en la expresión de los afectos de los leoneses: el carácter leonés guarda los sentimientos muy dentro, tan profundo que no encuentran el camino para ser nombrados. Los padres de la protagonista son personas  muy austeras y trabajadoras,  pero son parcos en manifestaciones de afecto y a veces demasiado severos en la educación de los hijos, pues les infligían malos tratos físicos.

Sorprende la dureza con la que reacciona la familia ante un hijo concebido de soltera  por Mica, la protagonista, en una sociedad en que la mujer debía preservar la honra a toda costa.  Por ello  sufre incomprensión, anulación de su personalidad e incluso malos tratos. Tratan de casarla, en contra de su voluntad, para esconder la deshonra y cuando fracasa la boda, la obligan a abandonar a su hija, fruto del pecado. La consideran moralmente una descarriada. Las mujeres que pasaban por esa situación  son recluidas en una casa de maternidad para no ser vistas y limpiar así su honra. Allí pierden su identidad y se las despersonaliza, pues  se les asigna un número y son llamadas por ese número. Es un lugar cuya descripción  nos impresiona, pues se parece  mucho a una cárcel.

Si extendemos la mirada con la autora  al mundo urbano,  vemos   cómo refleja el espinoso tema de  los abusos sexuales que vivían las criadas que iban a la ciudad a servir y cómo el entorno callaba.  Se hace alusión al hambre de la posguerra,  más  presente  en las ciudades, la muerte por enfermedades víricas como el sarampión (no llegaría  la vacuna hasta lo años 60) y muchos más aspectos de la realidad de la época.

Y en toda esta intrahistoria que refleja la novela  se incorpora también  un vocabulario típicamente leonés, con palabras que nos identifican y con las que ponemos nombre al mundo que nos rodea, especialmente los leoneses de la montaña: tayuelo, manteca, trancar, guaje, jijas, jato, gocho, tanque, corte, dar una rabiscada… Y muchas más… Y esos diminutivos en -ín/-ina que nos acarician el alma: culebrina, añines, cerquina… Aquí he de decir que también yo estoy un poco presente en la novela, pues la propia autora me ha confesado que mi libro El habla tradicional de la Omaña  Baja (Lobo Sapiens, 2010) le sirvió, al menos en parte, de fuente lingüística.

La protagonista, como se ha dicho, se llama Micaela (Mica), una mujer que atrae la atención y mueve la simpatía del lector hacia ella, una mujer a la que los límites físicos y culturales del pueblo le quedan pequeños: se siente ahogada. Su madre, a la que la autora llama siempre  Madre (con mayúscula), es una mujer recia que no es capaz de manifestar el cariño hacia su hija (cosa que si hace después hacia su nieto). Mica, desde pequeña, se rebelaba contra el papel social  de la mujer rural. Deseaba salir de su sendero marcado y no encuentra otra forma que yéndose a servir a la ciudad. Es una persona decidida, soñadora, apasionada, entusiasta, rebelde, obstinada…  Y necesita volar. Por ello, se rebela contra su madre, persona que vive condicionada por el dolor de la muerte de una hija mayor y  es incapaz de  manifestar gestos de afecto. Mica siente que  Madre aplasta sus sueños.  

La vida  de Mica también está marcada por desgracias: por la pérdida de su hermana Ángela, con la que tenía mucha complicidad, que la deja en una orfandad fraterna;  por la pérdida de la hija que ha tenido que dejar en un orfanato de Astorga;  por la pérdida de su marido en la guerra, por la “pérdida” (lejanía) de su hijo que se va a estudiar a Madrid y no la comprende. A pesar de todo, ella lucha con tesón contra todos los obstáculos.

Otro personaje decisivo   en la vida  de Mica  es Camino Expósito, una muchacha   que un día aparece en su tienda y que le trae a la memoria a la hija perdida.  Su nombre también tiene tintes leoneses y su apellido nos habla de su origen hospiciano. En ella vuelca su afecto y de ella recibe   apoyo moral  en la búsqueda de la hija perdida, veintitrés años antes,  cuyo   recuerdo quedó escondido en el desván de la memoria.  Mica quiere redimirse moralmente de ese pasado, para ella tortuoso, aunque  no fuese responsable de lo sucedido.  Y al final lo consigue, aunque para ello tenga que volver a vivir una segunda pérdida de la hija, después de haberla encontrado y de plantearse un dilema moral. ¿Tiene derecho ella a inmiscuirse en la vida de esa hija que ha criado otra madre? La resolución de ese conflicto moral le permite también volver a visitar a su madre en el pueblo con Camino y su hijo.  Ese hecho le permite obtener la redención, porque se perdona a sí misma y a la madre.

En esta novela se hace un gran homenaje a las mujeres, a esas mujeres silenciadas y silenciosas del siglo pasado, que hacían la historia, pero apenas entraban en los libros de historia.  A esas mujeres sumisas que no pudieron o  no supieron levantar su voz  y  a las  que  tuvieron  que hacer un esfuerzo titánico por ser ellas mismas.  La autora consigue realizar una hábil introspección psicológica y una amplia y acertada descripción ambiental, y eso lleva a que los personajes, especialmente  los femeninos,  de esta novela rezumen verdad.

La historia se desarrolla en dos tiempos.  Comienza cuando  Mica tiene 43 años (1951) y está en la estación despidiendo a su hijo que se va a estudiar a Madrid. La otra parte está ligada al nacimiento de su hija, 23 años atrás (1928). La trama se inicia en el presente, pero a partir del segundo  capítulo la autora  usa la técnica del flash back y salta a la adolescencia de Mica. A partir de ahí, va intercalando capítulos que hablan del presente y del pasado, y ambos avanzan linealmente, con algunas miradas retrospectivas.  En el último capítulo incorpora  pasado y presente.  Avanzan, respectivamente, desde su adolescencia hasta que abandona el pueblo, y desde la despedida en la estación hasta el momento en que encuentra a su hija.

        Desde el punto de vista estilístico,  llama la atención el dominio de la palabra literaria, que sorprende muy gratamente, especialmente viniendo de una autora que se estrena en la novela. Hay abundancia de imágenes, sobre todo, símiles, muy literarios: las palabras subieron hasta su boca como   el  fuego por la garganta de un dragón. También manifiesta  habilidad narrativa a la hora de conjugar narración y descripción en un mismo párrafo  y en el manejo del monólogo interior  y el estilo libre indirecto: ¡No pueden obligarme!... Yo no quiero casarme, ¡no quiero! Piensa, tonta, piensa. ¿Cómo puedo evitarlo? ¿Y si huyo? (...)

       Estamos, pues, ante una novela muy hermosa y, sobre  todo, una novela, que es capaz de conmover a los lectores por  ofrecernos una narración realista que remueve nuestros sentimientos  al evocar un mundo que es parte de nuestro pasado colectivo, pasado al que se acerca  la autora con especial mimo.  A mí, como lectora,  me ha gustado e interesado de forma especial, porque lo que refleja es parte de mi propia memoria.  Y, como lingüista, he disfrutado con tantas palabras leonesas que cobran de nuevo vida en su contexto original y, en general, con la  forma de narrar de la autora,  que sabe convertir  en arte de la palabra.

        Una novela, en fin, que es presagio de un futuro literario prometedor para su autora, Marian Martínez.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora





viernes, 10 de abril de 2026

Reseña de "Espejo canalla", de Margarita Campos


 

Género: poesía / apotegmas

Editorial Notting Hill

Páginas: 151

Margarita Campos Sánchez (Mar Cam San) es una poeta madrileña de vocación tardía que se prodiga en muchos encuentros poéticos, entre ellos, el Ágora de la poesía de León, a la que envía de forma regular sus poemas para que los lea otra persona. Después de  Sendero de sentimientos y Las caras de la sal (sobre este poemario escribí en su día una reseña: Las caras de la sal), ahora nos sorprende con un poemario diferente: Espejo canalla. Toda su poesía nos refleja su forma de vivir y de encarar la realidad de una forma sincera. Es una poesía que tiene mucho de verdad.

He leído  con atención este libro que su autora generosamente puso hace tiempo  en mis manos. Lo primero que llama la atención del mismo es  su edición,  en tapa dura y muy cuidada. Pero este libro, que parece un poemario,  en realidad, es más que un poemario. Su título resulta atrayente, pues  parece hablarnos  de un espejo donde nos miramos y que  nos responde con una imagen de nosotros mismos que, con frecuencia, no nos gusta. Un espejo que tal vez se burla de nosotros, nos recrimina nuestra forma de ser o nuestro comportamiento. De algo de eso nos advierte la autora  en un breve texto introductorio en el que dice: "El espejo nos cuenta emociones. A veces como un canalla nos devuelve lo que no entregamos". O tal vez lo que entregamos, pero  cuyo reflejo nos sorprende.

Cuando nos adentramos en el libro nos vemos sorprendidos por las imágenes, por la disposición de los versos y los distintos tamaños de letra con los que juega la autora, por  el uso de la negrita y la cursiva…  Y por la introducción de textos manuscritos  que añaden una sensación de verdad y  de mayor cercanía con el lector y, también,  de pensamiento fugaz, escrito de forma apresurada, pero  no por ello menos profundo.

A primera vista tenemos la sensación de que estamos ante aquellos caligramas con los que nos sorprendía  el poeta francés Guillaume Apollinaire  y sus seguidores entre los poetas de  las vanguardias españolas, a principios del siglo XX. Visto superficialmente, podríamos pensar que lo más importante de esta obra está en lo formal, sin embargo, estaríamos equivocados, pues, en realidad, esos experimentos formales están al servicio del contenido, que es profundo desde el punto de vista de lo emocional y de lo racional. Se podría decir que estamos ante poemas que son más que eso:  son colecciones  de apotegmas, aforismos, axiomas, greguerías… El hecho de que no lleven título hace que el sentimiento o el pensamiento que brota de ese espejo  aparezca de manera límpida y con toda su potencia emocional  y  reflexiva.  

En los poemas que incluye  Espejo canalla  se nos habla de los grandes temas de la literatura universal:  del amor,  del sentido de la vida y  de la palabra como cauce esencial para hablar de los temas anteriores. Se podría decir que  son poemas interiorizados  que nos hablan  a (de)  nosotros mismos. El amor, o mejor la ausencia de amor,  es uno de los temas más importantes del poemario: Abre el amor  / los sentidos dormidos… Y es que el amor nos hace superar los sinsabores de la vida. Requiere fortaleza anímica, pues es un sentimiento que desgasta al ser humano. 

Pero el amor que anhela  Margarita Campos no es algo abstracto, exige una respuesta física, por eso, el beso y el abrazo son manifestaciones necesarias del deseo de fundirse con la persona amada. Este sentimiento  es una  necesidad de todo ser humano, aunque luego cada amante lo sienta de  forma diferente: , todo fuera / Yo, toda adentro. / Tú, todo risas / Yo, mis silencios El juego de contrastes entre los pronombres, remarcados por el uso de la mayúscula y la negrita acentúa esa diferente concepción del amor que confluye en una necesidad única al final del poema: iguales y diferentes / aun así / deseamos lo mismo: querer y que nos quieran.  Este sentimiento simbolizado y concentrado en el tú y el yo, recuerda aquello que decía  Pedro Salinas en La voz a ti debida: ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!   En todo el poemario aparece con frecuencia esa segunda persona, ese amante ausente al que apostrofa. Pero en ese intercambio amoroso parece más importante para la autora el deseo de querer que el de ser querida: Yo, regalo cariño, aunque la ausencia de respuesta amorosa también está muy presente y provoca desencanto.

El amor es parte esencial de la vida, pero la vida es más que amor. La vida es el proceso de encontrarnos a nosotros mismos, de ver nuestro exterior  e interior reflejados en ese  “espejo canalla”.  Tenemos que descubrir quiénes somos y aprender a querernos. La vida, para la autora, es el difícil equilibrio entre el sufrir y el gozar. En ese análisis vital, a veces,  nos presenta pensamientos desiderativos que nos hablan del hálito vital: querer ser amanecer o ser como fiebre,  o sea, aspirar a  una vida vivida con pasión, pero sin necesidad de perseguir el éxito, porque  el éxito / es un envenenador, / el fracaso, / un Maestro Paciente. Por tanto, la vida es un deambular constante  buscando el sentido de ese vivir, pero el sentirse, con frecuencia, con las manos vacías genera zozobra. Para mitigarla el ser humano necesita presencias alrededor. La vida debería ser simple, pero, desgraciadamente, la enredamos  de forma innecesaria.

No falta la alusión al tempus fugit, tema que tan  bien reflejaron nuestros poetas del Siglo de Oro. Aparece claramente la idea quevediana de que vivir es ir muriendo: Vivo sin sentir que muero, dice la autora. Otro tema universal que se plantea en el poemario es la relación vida-sueño, no tanto del sueño entendido como engaño, sino más bien como ilusión, como un  acicate vital. Sin sueño no se puede vivir y sin vivir no se puede soñar. Con ese retruécano nos presenta nuestra  paradoja vital. Lo ideal y difíciles buscar la verdad que esconden los sueños y soñar que lo que cada persona vive es su verdad.

El tercer gran tema es el valor de la palabra. Y, también,  el valor del silencio, o sea, la ausencia de palabras pronunciadas,   un silencio  que puede hablar sin palabras. De las palabras y de  la necesidad de comunicar  con ellas habla en varios textos, porque lo que no se trasmite no existe, aunque las palabras  no siempre  encuentran respuesta en el tú, más bien, en algunos momentos, solo encuentran la nada.   Muchas veces   son incapaces  de contener y expresar el sentimiento amoroso. Pero, contradiciendo al dicho popular, las palabras no se las lleva el viento, asegura Margarita Campos, sino que llevan vientos tras ellas: llevan quereres, saberes, sentires…  que en ocasiones no encuentran receptor adecuado y al caer   en el mar / ahogadas quedaron. En su “espejo canalla”, pues,  habitan palabras y silencios, pero sus silencios son sonoros, expresivos: son silencios elocuentes.

Algunos poemas son muy musicales, como uno  muy hermoso en que juega con los paralelismos sintácticos, las aliteraciones y onomatopeyas: Resuenan las paredes… /  Resuenan los tambores… / Resuenan…  El paralelismo, junto con otros tipos de repetición como la anáfora, el retruécano  o el uso de parónimos, como en pensares… pesares…  acentúan la musicalidad de muchos textos. La palabra poética se embellece también con imágenes muy acertadas: repican campanas de hielo, dejó sangrar el corazón… Con antítesis: ojos cerrados, corazón abierto. Otro recurso expresivo que usa para acentuar la expresión de un sentimiento es la interrogación retórica. Son interrogaciones que no buscan respuesta, sino  que nos hacen reflexionar y que, de alguna forma, llevan dentro la respuesta. La mayoría están relacionadas con lo metafísico, con  la búsqueda del sentido de la vida: ¿Es posible estar sin querer, / ser sin saber, / sentir sin tocar,  / o morir viviendo? Y en otro texto: ¿Quién no se encuentra alguna vez  con su propia sombra? /  ¿Quién no desearía  que el sol no naciera, para tener reposo de sí mismo?

A pesar de las sombras que el ser humano se encuentra en el camino y que se reflejan en los sentimientos y reflexiones de Margarita Campos, creo que estamos ante un poemario luminoso.  Logramos atisbar con la autora el secreto que esconde de nosotros ese Espejo canalla. Aprendemos a mirarnos en él, sin miedo. Y ese espejo  nos invita a hacer otra vez realidad aquella traducción latina del  aforismo griego repetido por Sócrates: Nosce te ipsum (conócete a ti mismo).

La poesía de este poemario es una poesía concentrada, esencial. Como  aquella que preconizaba León Felipe cuando aseguraba que, si después de quitar todos los adornos de un poema quedaba algo, eso era la poesía.  Es una poesía que funde el vanguardismo formal con la  temática  más profunda  de la poesía española y universal. Estamos ante versos  que sorprenden y atraen al lector.  La poeta  se acerca visualmente a los “ismos” de principios del siglo XX, pero bebe de los clásicos en cuanto a los temas y al uso de la palabra poética: de la metafísica quevediana, de la agudeza de la greguería…

En conclusión, estamos ante una poesía de la esencia: reflexiones breves  cargadas de  pensamientos metafísicos, éticos... Poesía que nos conmina a mirar hacia dentro: Mirar dentro de nosotros mismos es un reto. Cuando doblamos la última página los lectores  quedamos convencidos de que el “espejo canalla”, enmarcado en negro,  quizá no lo sea tanto y nos sentimos dispuestos  a darle las gracias y a encarar el mañana viviendo (y  viendo) de lleno el hoy: Mañana. /  Mañana es un / verbo que  / no  / sé  / conjugar… / Hoy vivo.


© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora




jueves, 26 de marzo de 2026

Reseña del poemario "Surcando el viento", de María Fernández Fernández

 Surcando el viento

Poemario

Editorial Granada Club Selección

87 págs.

María Fernández Fernández  es diplomada en Enfermería y licenciada en Antropología Social y Cultural y, en ambos ámbitos,  ha publicado trabajos profesionales. Ávida lectora de poesía, frecuenta los círculos literarios de Madrid y es socia del proyecto de  Cultura Granada Costa, donde comparte sus poemas mensualmente. Textos poéticos suyos aparecen publicados en varias antologías. Obtuvo el primer premio  con  el poema místico Camino en el Certamen de Poesía Mística que organiza Granada Costa. Este poema forma parte esencial del poemario A propósito de vida, su primer poemario publicado, al que, en su día dediqué otra reseña (Reseña de A propósito de vida) .

 Los dos poemarios de María Fernández  hablan de la vida, de la vida humana (A propósito de vida)  y nos la  presentan como camino (Surcando el viento: acción, rapidez), al modo como lo hacían los grandes clásicos como Jorge Manrique:  Este mundo  es el camino / para el otro que es morada / sin pesar (…) /Partimos cuando nacemos / andamos  mientras vivimos / y llegamos / al tiempo que fenecemos, / así que cuando morimos / descansamos.  Esta idea de vida y camino es una metáfora recurrente en la literatura española, en prosa (Baroja, Desde la última vuelta del camino; Delibes, El camino… ¿Y qué hace don Quijote?: caminar.).  Y de la poesía: los místicos concebían la vida como camino a través de las vías místicas… Así iniciaba el camino san Juan de la Cruz: En una noche oscura /con ansias en amores inflamada. Y esa concepción del camino de la vida aparece claramente en A Propósito de vida, donde el poema nuclear se titula Camino.

Y los poetas de todas las épocas se han sentido caminantes:  Vivir es caminar breve jornada, decía Quevedo; ser en la vida romero, decía León Felipe… Y Lorca y Hierro  y tantos otros. El que más A. Machado: Amargo caminar, porque el camino /pesa en el corazón… O los conocidos versos:  Caminante  no hay camino, /se hace camino al andar… Y un poemilla, en hexasílabos, menos conocido: Me dijo una tarde / de la primavera / si buscas caminos / en flor en la tierra / mata tus palabras / y oye tu alma vieja

Siguiendo esa estela, los poemarios de María nos presentan  el vivir  como un proceso en que con frecuencia está presente el deseo de trascendencia (sobre todo en el primero) y en el que aparecen diferentes vivencias humanas: el sentido de la vida, el deseo de justicia, el amor, el dolor, la fusión con la naturaleza,  la nostalgia, la memoria de los seres desaparecidos… La esperanza. Sobre todas ellas la poeta tiende su mirada atenta y sensible  y observa con atención el mundo que la rodea y lo transforma en palabra poética. Hace real aquello que dijera Lorca: “La poesía es algo que anda por las calles, que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio  y  la poesía es el misterio que tienen todas las cosas.  En A propósito de vida camina, en Surcando el viento, parece que se eleva sobre el camino terreste y vuela. Un acierto  ese título, por el uso del verbo surcar que nos lleva al aire, pero que al tiempo nos fija en la tierra (surcar: avanzar cortando aire o agua como si se hicieran surcos en la tierra) y  por ese gerundio del título que acentúa la acción y el movimiento,

Surcando el viento está dividido en seis partes, cada una de ellas, a modo de preludio, está introducida por una frase poética que podría servir también de título. La primera de esas frases: Y en el camino, siempre, amigos, allegados, que tocan con sus aladas nuestras almas. Camina y llegarás, dice uno de sus versos referidos a un personaje, y en otro poema:…lanza al viento tus alas / no te expongas al sol, por si las quemas / déjate acariciar por  la esperanza.

La  mayoría  de los poemas de esta primera parte están dedicados a personas concretas: su tío, Antonio, Nagore, A. Machado, a quien evoca a las orillas del Duero, a Ofelia, el personaje shakesperiano…  Son poemas que tienen un componente narrativo pues reflejan la vida de esas personas, si bien la mayoría de los textos tienen forma de diálogo lírico,  por lo que utiliza la segunda persona para  apostrofar a alguien. Por ejemplo, a  un músico callejero que canta en la plaza y espera el sonido de una moneda: ¿Qué sientes cuando salen de tu alma / esos versos en bella melodía? /¿Qué te indujo a adoptar aquella esquina  / para sembrar tu voz en las estrellas? (11). En muchos de ellos usa la interrogación retórica para realizar ese apóstrofe. En uno de los poemas aparece también el tema de la memoria histórica: la historia de un chico que se quedó en una cuneta y nunca apareció.

En la segunda parte los poemas hablan más de  los porqués de la vida.  Tiene mayor contenido ético, filosófico y social. Sus versos hablan del daño social y personal   que generan  la hipocresía y  la calumnia y  de la necesidad de  la búsqueda de la virtud, de  la importancia  de  saber borrar el odio (título de un poema) y  pedir perdón. La poeta quiere  encontrar los porqués, los cuándos y los cómos. Buscar un Qué, que dé sentido a la vida… y seguir caminando. Sin sosiego… y  persiguiendo la esperanza.  En la apertura nos dice: Escuchamos las voces que susurran  Tiene que confiar en la virtud del ser humano para que eso le sirva de estrella para seguir el camino, en medio de la una naturaleza amiga. Ese caminante se pregunta a veces por su propia esencia: ¿Qué hay en mí de verdadero? Es preciso conocerse y reconocerse, labor difícil. En ese camino  de incertidumbre siente  a veces la presencia espiritual de los seres que la han querido. No falta la referencia al paso del tiempo, que pasa y nos deja arrugas, pero que nos regala los días para que nosotros seamos los dueños de nuestro vivir, en ese camino que a veces se hace intransitable. En esta parte  están presentes todas las personas gramaticales.  Abundan  los paralelismos sintácticos, como elementos rítmicos…  Juega también con disposición especial de los versos, para destacar determinadas ideas.

La tercera parte nos llevará  al humor,  que tomará la palabra y nos  aliviará el camino… El juego con la disposición de los versos es aquí  muy llamativo y aparecen poemas con rimas a modo de ripio para conseguir ese tono de humor. Una forma de decirnos que no todo en la vida hay que tomarlo en serio: La vida es canuta… Disfruta, disfruta. Eso no significa que desaparezca la  crítica y compromiso en estos poemas. Habla de la relación con el mundo que la rodea, de su deseo de ayudar y la incomprensión que recibe, que la lleva a increpar a sus interlocutores. En estos poemas está presente la ironía, con la que se refleja también la decepción y los sobresaltos  que sufrimos en pos de nuestras aspiraciones. A pesar de ello María nos recomienda: sigamos nuestra senda.

La cuarta parte comienza con un lamento: Quién no lamenta algunas emociones, algunos hechos. Quién no cambiaría días y palabras, dice.   Aparece el compromiso social (“no a la guerra”) y se  nos advierte sobre el vivir y el comportamiento. A veces también se interroga a sí misma. En este apartado se incrementan las imágenes  y el ritmo de los poemas, con versos tan bellos como estos:  las ventanas cerraron sus pupilas… Resbalaba el dolor por el cristal  / como hielo fundido tras la noche… Aparece el sentimiento de tristeza, la monotonía de lo cotidiano que se refleja también en el paso de las estaciones. Hoy, como ayer, sangra mi pensamiento… Se hace preguntas sobre la vida, la postura del ser humano  que se esconde bajo el ala para no enfrentar la realidad. Pero, siempre, aunque el camino sea duro y provoque decepciones, hay que seguir caminando. El tiempo fluye y es corto.  No pares la esperanza con este muro frío / que rodea la belleza que no dejas entrar.  Hay que sobreponerse y seguir surcando el viento: Tendré que, hilando el viento /  con los husos de la melancolía /  tejer a vida nueva  con las hebras de hiedra / que verdean los sueños.

La quinta parte nos invita a lanzar  al viento votos de optimismo… En el poema Manifiesto asegura que el viaje es el camino, no el destino. Hay que aceptar lo que nos hiere: Cual penitente acepto mi destino / aspiro a libertad, y así camino… Y empaparnos de las sensaciones agradables que podemos sentir alrededor: sabores, aromas, sedas... para disfrutar de la belleza del entorno y  compartir a través de la palabra. Hay  que caminar juntos y juntos  captar la belleza de la naturaleza. Desde esa belleza del mundo sensorial se eleva el mundo espiritual, a la fe. Nos recuerda a la Oda a Francisco Salinas de Fray Luis de León.  María escribe: No quiero ser el pájaro que trina / ni tierna mariposa. / Me conformo si el alma que me anima / con la inmortalidad está adornada.  Es significativo el poema  Un consejo.

La sexta parte refleja, en palabras de la autora, el caminar atento y agradecido  por la naturaleza. Estos poemas están llenos de sensaciones: de la brisa, del susurro del viento, de cantos,  de la luz, del árbol amigo… De la presencia  repetida del mar, en cuyo   vientre acuna vidas y tesoros… La naturaleza acompaña  al mundo en su girar eterno. María se lamenta de las agresiones que sufre  la naturaleza. Con la referencia a las sensaciones aparecen las sinestesias: aroma de sal. Abunda el  léxico relacionado con las sensaciones lo mismo que en el apartado anterior: salado, amargo, aroma, susurro, caricia, estrellas, luna, luz, canto, quietud, grito, llanto…

La perfección de la naturaleza y su belleza  nos permiten disfrutar de ella y aligerar los pesares de la vida y al mismo tiempo esa naturaleza  despierta nuestra fe  y nos lleva a Dios (un cierto misticismo).

En lo que llama Posfacio nos invita a seguir la ruta y dejarnos llevar por los acontecimientos, aceptando la dicha y la desgracia y surcar el viento que nos lleva con voluntad de vida y esperanza.

María escribe en versos libres,  pero sus poemas  están llenos de ritmo poético, que consigue fundamentalmente con el uso del paralelismo y la selección del léxico.  Juega acertadamente con el uso de todas las personas gramaticales, presentando así un perspectivismo lírico: habla de ella, habla de los otros y con los otros y habla de ellos, ellas y  de ello, lo que la rodea. En varios poemas realiza una  disposición especial de los versos, para destacar determinadas ideas.

En conclusión, la poesía de María nos hace reflexionar sobre la vida y nos permite  caminar con ella por  bellas rutas poéticas, pero que no dejan al margen la función social de la poesía. María parece decirnos, como Gloria Fuertes: Me manifiesto en poesía / para tardar menos / en deciros más. Y nos dice que  la vida nos la dan  y, al mismo tiempo,  nos la van quitando, minuto a minuto y  sin pausa… Tempus fugit.  ¿Qué nos queda entonces a los seres  humanos? Decidir sobre nuestra forma de vivir… Eso es cosa nuestra. Hay que decidir si surcamos el viento o nos paramos y nos  dejamos abatir por él.  Y María nos orienta hacia el camino de la fe y la esperanza.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora


Presentación de los poemarios de  María Fernández en la Casa de León en Madrid, el 26/marzo /2026
La acompañan: Margarita Álvarez Rodríguez y Andrés Pinar Godoy

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.