jueves, 25 de junio de 2026

Confesiones de un pardal

 


A cada una de las cosas y seres vivos que nos rodean les ha tocado ser algo en la vida. A mí me  ha tocado ser pájaro y volar por estos  pueblos de la montaña leonesa. Aunque, como me adapto bien, podría  vivir en cualquier  otro lugar.  Soy un pájaro muy reconocible, también humilde,  y que dentro del mundo “pajareril” paso un poco desapercibido, aunque  somos  muchos los de mi especie  y nos hacemos notar, pues  casi siempre   volamos en bandadas. Os confieso mi identidad: soy  solo  un pardal. Así me llaman en  el Viejo Reino de León, incluidas Asturias y Galicia. También en algunos lugares de Castilla y en  todo el ámbito del catalán. Pero en el castellano común prefieren llamarme gorrión. Parece nombre más fino, pero, con uno u otro nombre, sigo siendo el mismo. Y soy pardal porque soy de plumaje pardo.

 La primera vez que registraron mi nombre por escrito  fue en 1495, en el Diccionario español-latino, de un tal Antonio Nebrija. Tiempo después (1611), en el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, decían  esto de mí: “Páxaro conocido por otro nombre, gorrión”. Y  esa institución tan docta que es la RAE me registró por primera vez en el Diccionario de autoridades (s. XVIII), que decía así: “Lo mismo que gorrión, de lat. pardalus. Y por esto le llamaron en Castilla pardillo, como al gorrión, pardal”. Pero me dejo ya de erudiciones, que no son propias de mí.

Yo, como tantos otros pájaros, hago realidad aquel dicho tan popular por  estas tierras leonesas   que habla de nuestra llegada y comportamiento: Marzo, ñalarzo; abril gogeril; mayo, pajarayo; por san Juan volarán y por santa Marina se buscarán la vida. No os lo explico, porque por el Viejo Reino todos lo entendéis muy bien.

Yo creo que soy un pájaro agraciado, incluso guapo, pero sé que no soy bien visto. Quizá por eso, porque no me ven con buenos ojos, mi nombre se ha usado también para aplicárselo como mote o palabra definitoria a una persona demasiado astuta, que se aprovecha de los demás en   beneficio propio. Y en época más lejana llamaban así  a los aldeanos por vestir con ropas pardas.

Nosotros hemos sido fieles compañeros de las gentes de esta tierra. Nos hemos asomado a las ventanas, hemos entrado en los corrales y hasta en las cuadras,  gallineros y pajares y hemos colocado los nidos en los huecos de las paredes de las casas… Pero también es verdad que en el mundo rural   habremos sido los pájaros más espantados,  al tiempo que  recibíamos una sarta de maldiciones. Y es que, lo confieso, somos un poco aprovechados y atrevidos. No nos avergonzamos de habernos infiltrado muchas veces entre las gallinas y  de aprovecharnos de su comida. O en la pila de comida de los gochos… O en los pesebres de las vacas… Como dicen por esta tierra, somos un poco lambriones. 

 Siempre nos hemos burlado un poco de las personas que nos espantaban, pues, aunque nos movíamos del sitio, siempre quedábamos en un lugar próximo y al acecho, de forma un tanto chulesca. Así, cuando el mandil que había servido para espantarnos volvía a su lugar y la dueña del mismo se daba la vuelta, con vuelo presto nos volvíamos a situar en medio de las gallinas para arrebatarles la comida con todo descaro y tranquilidad, salvo que un gato inoportuno apareciera por el lugar. Y como somos capaces de reconocer rostros y recordar a las personas,  a veces nos burlamos más de quienes nos maldicen.

Los labradores nos temían mucho cuando allá por el final de la primavera entrábamos en los campos de trigo o centeno a robar el grano. Para evitarlo,  colocaban espantapájaros en las tierras de pan ─más bien “espantajos”, porque no se hacían con demasiado esmero─, pero  nosotros, que somos muy cucos, pronto nos dábamos cuenta de que aquello que se movía en medio de la finca no ofrecía mayor peligro. Y en los meses de julio y agosto, tiempo atrás,  merodeábamos por las eras.  Allí nos dábamos un festín durante unos días, porque comíamos directamente del muelo, aunque no siempre era posible, pues, para salvarlo de nuestras malas artes,   en ocasiones  lo encontrábamos tapado.

Aunque somos pájaros listos y hábiles para sortear las dificultades y peligros,   a veces, cuando apuraba el hambre y no existía tanta conciencia ecológica, también caíamos en trampas de todo tipo en las que terminábamos cazados  para ser destinados a la pota. Ir a pardales, con un tirachinas o una escopeta de perdigones, era un deporte mortífero para nosotros. Además, los niños, en ocasiones, nos  destruían los nidos o nos robaban los huevos,  solo por gracia o afán de molestar.

Como somos populares,  también hemos entrado en el refranero. Y la mayoría de los refranes no reflejan una buena consideración de nosotros. Aunque hay uno muy popular de  finalidad práctica, que parece que no nos presenta negativamente: Cada pardal a su espigal(r). Conmina  simplemente a que se disuelva una reunión y cada persona vuelva a sus quehaceres, aunque lo del espigal  ya sugiere  el lugar por el que solemos andar. Pero la mayoría de los refranes sobre nosotros nos presenta de forma negativa: Clérigos, frailes y pardales son malas aves. Este nos compara con los representantes de la Iglesia por ir “pidiendo” limosna. De alguna manera parece que  ellos y nosotros  nos aprovechamos de los demás. Tal para cual dijo el pardal es otro refrán que trata de destacar los defectos compartidos por dos personas que se juntan. Hay alguno que alude a que los pardales somos seres inmaduros: No me crié en un verano como los pardales. Desde luego no somos símbolos de  sabiduría entre las aves, como lo es la curuja, a la que llaman también cabrallouca, pero, entre los pájaros, suplimos todas las carencias con la astucia. También dicen que dos pardales en una espiga hacen mala miga. Y es verdad que no queremos compartir una misma espiga, ¿para qué la misma si hay muchas? Ya he dicho que somos un poco aprovechados, por eso decimos llámame pardal y échame trigo, que no somos tontos. Esta visión  del refranero  con frecuencia es injusta.  Hay hasta  un refrán que lo refleja: Todos los pájaros comen trigo, ¿y la culpa es de los pardales? Pues no, también lo hacen, por ejemplo, las golondrinas, que, como nosotros, viven cerca de los humanos, incluso hacen los nidos debajo de los tejados o en los aleros, sin embargo,  tienen una consideración social mucho más positiva.

Por eso, sentimos cierta envidia hacia ellas. Y no digo sana envidia, pues la envidia nunca es sana.  Nosotros somos parduscos, de ahí, pardales, ellas, con su pechera blanca y su traje negro,  son pájaros más elegantes. Llegan en la primavera, cuando nosotros, los pardales, que somos más sedentarios y solo nos movemos a lugares más cercanos, ya estamos instalados por aquí. Pero mientras nosotros somos perseguidos y  mal vistos, ellas son las reinas entre los pájaros. Por estos pueblos norteños siempre ha existido un respeto supersticioso o religioso hacia las golondrinas. Respetarlas es algo muy arraigado en la cultura rural. He oído que los ganaderos  temían que se les muriera una vaca si hacían daño a una golondrina. Teniendo en cuenta que una vaca era uno de los bienes más preciados que tenía un campesino, nadie osaba hacerles daño  por miedo a que se cumpliera el mal augurio.  Este respeto ancestral  y aureola religiosa tienen que ver con el hecho de que, según la leyenda, las golondrinas, quitaban con sus picos las espinas de la corona de Jesús. Y, si nos fijamos en el sufijo diminutivo que lleva su nombre, vemos que   denota también un sentido afectivo.

Además, las golondrinas han inspirado a los poetas: Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar… ¿A qué conocéis el poema y sabéis algo del autor? Esto de la poesía también me producía cierta envidia… Pero ya no, pues he hecho un gran descubrimiento. Yo buscaba poemas dedicados a los pardales y no encontraba ni un solo verso. Pero un día me dio por buscar poemas dedicados a los gorriones. Y entonces, ¡sorpresa! Los he encontrado. Hay textos  de poetas tan importantes como Claudio Rodríguez (zamorano): No se aleja / este granuja astuto / de nuestra vida  (…) ¿Qué busca / en nuestro oscuro / vivir? ¿Qué amor encuentra /  en nuestro pan tan duro? Aunque nos llame granujas, me gusta que escriba sobre nosotros. Lo mismo que el mexicano José Emilio Pacheco: Baja a las soledades del jardín /  y de pronto lo espanta tu mirada. / Y alza el vuelo sin fin,  / alza su libertad amenazada. Y buscando, buscando, también he encontrado un cuento titulado  El pardal que no volaba, de la escritora ibicenca Meritxell Rius, pero aún no sé por qué ese pardal, que vivía en una  tierra lejana,  no volaba…

 Según parece, en la antigüedad clásica los amantes les regalaban un gorrión a sus amadas y les dedicaban versos relacionados con este regalo,  como hace  Catulo a su amada Lesbia. Y os podría citar más, pero no os quiero aburrir. A ver cuándo una “pluma” leonesa dedica un poema al pardal. Entonces, nos sentiríamos de verdad protagonistas.

Como os decía, nosotros siempre hemos vivido cerca de los seres humanos, en los pueblos y en las ciudades. Nuestros destinos, sin duda, están ligados. En las ciudades vamos a menos  progresivamente por la contaminación. Y en esta España vaciada ya no hay trigales, ya no hay muelos en las eras, ya las cuadras están vacías, ya no hay pienso de gallinas al alcance… Ya apenas  hay  gente en los pueblos. Y,  poco a poco, nosotros, los pardales, seremos  también parte de esas ausencias…

 

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora

 

1 comentario:

  1. "miren, miren qué primor, un ladrón trabajador", escribió y cantó María Elena Walsh. En Argentina les llamamos gorriones, no sé si por hacernos los finos 😉 . Bonito texto, como siempre, Margarita.

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