domingo, 8 de noviembre de 2020

Al amor de la lumbre

 


En estos días en que la lumbre está presente en muchos hogares para combatir el frío del otoño leonés, me  vienen a la mente unas cuantas actividades relacionadas con la lumbre y las palabras que nos servían para hablar de ella.

Leñero en el pueblo de Paladín
Dice un conocido refrán que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. En los pueblos de la montaña leonesa podríamos seguir con el sayo puesto hasta el “sesenta” de mayo o más. Eso significa que los leoneses sabemos mucho de eso que se llama prender lumbre y atizar. ¡Cuántas toneladas de leña se han quemado  durante siglos  en nuestras cocinas!  ¡Cuántas volutas de humo  han adornado las chimeneas de las casas de los pueblos leoneses! Hasta no hace muchos años  los leñeros formaban parte de la imagen fija de los pueblos. En la zona de Omaña la leña se apilaba en el suelo, en cambio, en la montaña oriental leonesa los leñeros se colocaban en vertical apoyados en una pared o sobre un llatón. En huertos próximos a casas, en la calle, en el interior de corrales, los leñeros eran parte importante  del equipamiento de las viviendas. Y aunque ya algunas  tienen nuevos sistemas de calefacción o se compra carbón  o leña preparada para calentarlas, seguimos contrando algún leñero a la vista en todos los pueblos.

La recogida de la leña era, tradicionalmente, una operación a la que había que dedicar bastante tiempo y esfuerzo para poder pasar el invierno sin arrecerse. Y el otoño… Y parte de la primavera. Y para poder cocinar.  Era otra actividad más  en la agenda (más bien Calendario Zaragozano) del mundo rural que tenía marcado un tiempo apropiado para este menester. Esta actividad formaba parte también de esa economía sostenible que practicaban los vecinos del mundo rural. 

En el mes de septiembre se recogían   los fiacos, fuyacos o follacos que eran ramas de árboles cortadas con hoja, que se guardaban en las tenadas para alimentar al ganado menudo (ovejas y cabras) durante el invierno.  Una vez roída la hoja por los animales, los palos que quedaban servían de leña menuda para  prender o para  hacer que la lumbre fuera tomando fuerza  después de encenderse. ¡Con qué maestría trepaban por los chopos, rama a rama, los hombres, que subían hasta la picorota con su macheta colgada de la trabilla del pantalón, para ir descendiendo después a medida que iban cortando las ramas de arriba a abajo! Los niños admirábamos esa proeza, pero también teníamos el alma en vilo hasta que no veíamos a nuestros padres estar cortando las ramas más bajas. Los chopos quedaban desnudos y lucían muy esbeltos después de la poda. Cuando habían caído todas las ramas, se dejaban unos días esparcidas para que secaran y después se ataban en fejes y se acarreaban.  Ya  en casa, se colocaban en las tenadas, de donde se iban tomando  a lo largo del invierno para alimentar al ganado. Una vez limpias de hoja las ramas, se guardaban los palos más rectos con vistas a ser usados para empalar los fréjoles. El resto iba destinado al fuego, después de ser picado. Por tanto, los fiacos tenían en el mundo rural una doble utilidad: alimento y leña. 

En los pueblos de Omaña  se recogía, además de la  leña de chopo, leña de palera, salguero,  roble, aliso, abedul… Las paleras y los salgueros crecían en los cierros de los prados y sus ramas se cortaban cuando tenían el grosor suficiente para que las hiciera adecuadas para atizar y mantener la lumbre. La leña de  paleras y salgueros  y, sobre todo, la de roble son más duras que la de chopo y no se queman con tanta rapidez. Una forma de equiparse de leña para el invierno era realizar cortas  en espacios comunales, en los llamados quiñones. Cada vecino recibía un lote de ese espacio, generalmente de monte,  por sorteo, y podía aprovechar la leña que había en el mismo. En algunos pueblos de Omaña se mantiene esta tradición.  En ocasiones los restos de una corta de madera vendida o algún árbol seco también servían para atizar. En las zonas donde había  algún maderista que tenía sierra, también se compraban costeros, que eran los listones  de los troncos de los que se sacaban los tablones. Esto hacía que no hubiera que recoger tanta leña por los cierros de los prados o por el monte. 

En los pueblos próximos al cauce de algún río importante también se contaba con la opción de comprar la leña que las llenas dejaban a su paso,  cuando bajaba el caudal, en término de cada pueblo.  Esa leña se subastaba y se adjudicaba al mejor postor. Hoy todo lo que está en el cauce de la mayoría de los ríos leoneses y sus orillas es propiedad de la Confederación Hidrográfica del Duero y solamente cuando esta considera que  debe limpiar el cauce se puede contar con leña extraída de los ríos o cortada  de sus riberas.

Leña procedente de la limpieza realizada por la CHD
 en el río Omaña (2020)

Para completar el leñero también  se recogían urces del monte. El acto de cortar las ramas  de las urces se llamaba escotar. Además de cortar las ramas, que se dejaban secar antes de llevarlas en fejes a la tenada, se arrancaban también las cepas de algunas de ellas, con el azadón. Estas cepas tenían gran poder calorífico y eran el carbón de la época. Las ramas más finas eran muy adecuadas para prender. Otra labor importante que desempeñaron, en otra época, las ramas de las urces fue la del alumbrado. Eran los llamados aguzos  o gabuzos que consistían en varas secas colgadas verticalmente y encendidas por el extremo inferior.  La llama que daban servía para el  alumbrado doméstico, en la primera mitad del siglo XX,  cuando la luz eléctrica no había llegado a todos los pueblos.


Al lado de la estufa  una "escultura" de cepa y rama de urz

Este proceso de preparar la leña ocupaba parte del mes de septiembre, aunque no era exclusivo de ese mes.  El machao o hacho y el tronzón o tronzador eran instrumentos apropiados  para la recogida de la leña, cuando no existía la motosierra. Tenía su encanto y maestría aquello de agarrar el tronzón, entre dos personas,  cada una por  un lado e irlo moviendo sobre la pieza a medida que se serraba.

En los pueblos de Omaña la leña era el combustible habitual, salvo contadas excepciones. En el valle de Samario, los mineros tenían derecho a unos vales de carbón de hulla (creo que eran cuatro sacos al mes) que usaban también como combustible. Bien con leña o con carbón, se conseguía que la estancia de la  cocina  tuviera una temperatura alta y que se templara mínimamente el resto de la casa.  Pero, en general, el contraste entre la cocina y el resto de estancias era muy notable y en días de muy baja temperatura se sentía un frío congelador en el resto de las habitaciones. Ese  contraste  acentuaba más la sensación de frío. A veces, en la cama, nos íbamos encogiendo sin poder  entrar en calor, a pesar de los cálidos cobertores del Val (de san Lorenzo), de los calcetines de lana  y otras prendas, y terminábamos con las rodillas en los codos, como si fuéramos un gorgoto de lana. A pesar de ello, la cama estaba más caliente que el exterior y daba mucha pereza -y tembluras- levantarse por la mañana cuando en el exterior de las casas había una fuerte pelona y pocos grados en el interior. Había que hacer malabarismos para vestirnos debajo de las mantas sin perder el calor corporal. En la zona de La Lombra (Omaña), recogía el P. César Morán la  palabra  ¡cháchate!, que se les decía  a los niños cuando tardaban en acostarse para que se taparan rápidamente con la ropa de la cama y no cogieran frío. 

Generalmente, las mujeres, que solían levantarse las primeras, eran tan precavidas que dejaban en la cocina el día anterior leña menuda preparada para prender antes de tener que salir al corral para iniciar el ordeño y el cuidado de los animales, hecho que celebrábamos los menos madrugadores. 

Para poder mantener la lumbre, una de las tareas domésticas diarias era la de picar la leña y meterla en casa. Había  gente más precavida que la iba picando antes de  necesitarla y apilándola bajo techo. En todas las casas había un tuero  o tronco grueso, el picadero,  para apoyar sobre él  los palos que se picaban.  Así no había que inclinarse tanto y evitaba que la macheta se mellara al no golpear contra el suelo. Con la macheta, que era más ligera,  se cortaba la leña fina y, si era más gorda, con el machao.  Las cocinas solían tener un armario bajo  la bancada que servía para guardar la leña del consumo diario. Como por la portezuela de la cocina de hierro no cabían tochos de leña muy grandes  había que abrir los palos más gordos  y hacer rachas de ellos.  Y ese procedimiento también tenía su técnica. Primero se cortaba el palo en horizontal y cuando se tenía un trozo de medida adecuada para que cupiese en la hornilla de la  cocina se ponía el tronco de pie sobre el picadero y se abría en rachas dándole varios golpes desde arriba. A veces  también se hacía con los tueros de los árboles cortados y con las cepas de las urces.


La macheta y el machao o hacho

Desde mediados del siglo XX,  la forma habitual de “calefacción” en las casas era el calor que desprendía la cocina de hierro llamada también  económica o bilbaína. Se imponía su presencia, de color negro o pintada de color aluminio (que durante un tiempo se consideró más estética), en todas las cocinas de los pueblos. Se usaba para cocinar y para calentar la estancia, que era donde se hacía la vida doméstica.

La cocina bilbaína tenía una portezuela en el frente  por donde se metía la leña a la hornilla, brasero u hogar y, bajo esta, otra pequeña que daba acceso al hueco con forma de cajón donde caía la cernada. A esta última se la  llamaba la fornigüela  o fornichuela.  En su portezuela  había algún agujero para que entrara el aire y conseguir tiro. En caso necesario,  también se abría esa portezuela. Por la fornigüela también se podía afurrascar o esfurriacar  con un gancho por entre las barras  de la hornilla para avivar las brasas. En la parte frontal, debajo del horno, también existía otra pequeña portezuela llamada registro. Este registro estaba conectado con la parte baja de la chimenea y  había que limpiarlo de vez en cuando.  En algunos casos, si la cocina no tiraba bien, se metía por allí un papel encendido para que hiciera tiro. En la parte superior, en la chapa,  había tres arandelas, las corras,  para poder ajustar a la medida adecuada el fondo de la pota o sartén,  y también permitían un acceso superior, en caso de que hubiese necesidad de ello, para meter rachas más grandes o carbón.  Y en la pared posterior,  y un poco más elevada, había también otra portezuela de hierro para acceder a la chimenea en caso de tener que limpiarla.  Sobre ella estaba el tiro, que se abría más o menos para conseguir mayor o menor fuerza de la lumbre.


Frontal de la cocina que había en mi casa.

Cuando la cocina no tiraba bien y volvía el humo al interior provocando humacera, era un indicio de que había de deshollinar. De no hacerlo, podía arder el sarro y prenderse la chimenea, cosa peligrosa pues podían llegar al exterior las llamas  y provocar un incendio en el armante del  tejado que era de madera. Para limpiar la chimenea se metía por ella un saco enrollado o algo similar,  atado en mitad de   una soga. Se metía por la chimenea hasta que salía un extremo de la soga por el registro  del tiro y, una vez allí, una persona tiraba por el exterior, desde el tejado,  y otra por debajo, desde el interior,  de forma alternativa. Así se conseguía que el saco rozara el interior de la chimenea  y que se desprendiera el sarro y cayera hasta el registro inferior, por donde se sacaba. Recuerdo ver llenar un cubo o más con el sarro que se sacaba de la chimenea después de limpiarla. En general, al encender, las cocinas tiraban bien cuando el día estaba ventoso, pero no era así cuando estaba calmado,  hacía mucho tiempo que no se encendía la lumbre o estaba tomada por el sarro la chimenea. Si salía el humo al interior había que abrir las ventanas para que no nos lloraran los ojos por la zorrera que se producía.

Las cocinas de hierro proporcionaban también el agua caliente que se necesitaba, cuando aún los cuartos de baño no estaban generalizados.  Tenían en la parte superior derecha un depósito o caldera con tapa que estaba en contacto con la hornilla y calentaba el agua. Había que sacarla con un recipiente de asa para no quemarse y rellenar a medida que disminuía. También podían tener un grifo por la parte frontal para sacar el agua de la caldera. Cuando la cocina estaba muy caliente, el agua   podía llegar a hervir. En algunas casas se hizo una transición al calentador, cuando ya existía el agua corriente, sustituyendo la caldera abierta por un calderín cerrado en el interior de la cocina y conectado a la tubería  del agua caliente. Aunque no tenían muchos litros, bien administrada, permitía ducharse con agua caliente, y aquel adelanto ya fue una pequeña revolución.

Las corras de la cocina

La chapa y el horno daban mucho juego en la cocina. El horno se usaba para asar castañas, para asar manzanas (¡aquel olor de las manzanas reinetas que  nos llegaba por todos los sentidos!), para hacer el mazapán y el brazo de gitano para la fiesta del patrón,  y para algún guiso, pero, sobre todo, para calentarse los pies en invierno. Delante del horno era frecuente ver una silla en la que se sentaba una persona que tenía los pies metidos dentro de él, con sus zapatillas de paño recién salidas de las madreñas que las habían protegido en el exterior. Escondidos en el horno solían estar uno o dos ladrillos de barro macizo que se mantenían calientes y dispuestos para  ser llevados a la cama como cálidos acompañantes. Con uno de ellos, envuelto en un trapo,  se restregaba la sábana antes de meter el cuerpo para quitar el frío gélido de la ropa de cama. Luego ya se colocaba  a los pies donde quedaba toda la noche. Para esta misma función también se usaron botellas de agua caliente. Cuando llegaron las bolsas de goma, aquellas que tenían una funda  a cuadros, decayó la costumbre de llevar el ladrillo a la cama. Así pues, las madreñas, durante el día, y el ladrillo, por la noche, eran buenas formas de combatir el frío de los pies en aquellos inviernos tan duros.

Sobre la chapa se colocaban las potas y marmitas en las que se hacía el pote que contenía berzas, garbanzos, habas (con su ración)…, según el compás de las estaciones.  Pero si había una presencia permanente era la de las patatas, que a veces se comían para desayunar, comer y cenar. Patatas a lo pobre, sazonadas con grasa, sebo o aceite de soja que concentraban en la cocina un olor espeso, no siempre agradable. Otra imagen frecuente sobre la chapa era la de una pota que hervía con el caldo con el que se harían las sopas de ajo. O, tal vez,  una tartera de perigüela (tartera de barro de la localidad zamorana de Pereruela), que nos hacía disfrutar de sabrosos guisos. Hablamos de una época en que no existía la olla exprés y  los alimentos se cocían durante horas. Si se quería cocinar algo lentamente se  colocaba la pota en un lugar un poco más retirado de las corras, en cambio,  si se quería acelerar la cocción o el fuego era escaso, se quitaba alguna corra y se colocaba  el recipiente directamente sobre el fuego. Sobre aquella chapa de hierro se tostaban o asaban también alimentos diversos, desde unas magras del cerdo en los días de matanza a   la harina de trigo que luego  se transformaba en la papa (papilla) que se daba a los bebés. Y allí estaba preparado también, al amor de la lumbre. el vino caliente con azúcar, que  se consideraba una buena medicina para los catarros.

Por la parte delantera de la cocina había una barra dorada que embellecía el frontal y que protegía de las quemaduras, para no aburarnos. De la barra colgaba el gancho y las rodillas o rodeas de cocina, que siempre recordaban la prenda de la que se había aprovechado la tela y se había realizado el reciclaje. Por ello, allí, colgadas de la barra de nuestra cocina, estuvieron durante años rodillas hechas con la que había sido la falda de mi uniforme colegial.  En el suelo, frente a la portezuela por donde se atizaba o, en su caso, ocupando todo el frente de la cocina, se colocaba una chapa metálica en el suelo para que si caían las brasas no se quemara la madera del piso, pues en la mayoría de las casas el suelo era de madera, especialmente, si lo que se habitaba era un piso alto.

Cuando llegaba la persona engurriada,  engorrinada o enganida (encogida) del exterior, porque estaba arrecido de frío, también podía optar por subirse a la bancada de la cocina o trébede,  en la que había un lugar amplio en que se podía poner un banco para sentarse y colocar los pies próximos a la chapa. Era buen sitio aquel para esfurrilarse, allí acurrucados al amor de la lumbre. En estos acercamientos a la cocina, si el mostruello estaba demasiado cerca, podía saltar alguna chispa y hacerle una raposa en la ropa o esturarla con una quemadura más superficial. El excesivo calor del fuego, tan próximo, también podía provocar manchas o bojas en las piernas que se llamaban cabras o  cabrillas. La cocina económica también servía para secar la ropa en invierno, pues sobre toda la bancada de la cocina, de lado a lado de la pared, se colocaban unas cuerdas para tender la ropa y  ese era el lugar en que se secaba en los días de mucho frío o humedad. Seguramente la ropa llevaría bien impregnado el olor a humo y el de  las grasas de la comida que se cocinaba.

Si quedaba algún palo sin quemarse del todo, se convertía en un tizón, que se usaba para la lumbre del día siguiente. La tarea de andar con la lumbre llevaba a entisnarse muchas veces la cara, las manos y la ropa.  En algunos casos, cuando había un buen remuerto en la cocina, se sacaban las brasas con un recogedor metálico, para colocarlas en un brasero,  que, colocado debajo de una mesa, servía también para calentar los pies. En algunos lugares de Omaña, como el Valle Gordo,(según apunta Celia Rabanal Rubio) de la lumbre de la cocina se tomaba la llama para encender los faroles y candiles.  El objeto transmisor no eran las cerillas, sino las garametas,  los troncos porosos  de los gamones que quedaban después de perder las flores.

Además de la cocina en que se cocinaba y se hacía la vida, en las casas rurales solía haber otra cocina: la cocina  de horno (forno) o cocina de curar.  Cuando el pan de panadero no llegaba aún  a los pueblos, en todas las casas se amasaba pan para el consumo de la familia. Se solía hacer para unos quince días. Muchas casas tenían su propio horno y  en la mayoría de los pueblos  existía, además, un horno colectivo en que podían ir a amasar las personas que no lo tenían  en su casa. Recientemente se han recuperado  algunos, como ha ocurrido con la acertada restauración del horno comunal que se ha realizado en Murias de Ponjos (Ayuntamiento  de Valdesamario).

Casa Forno de Murias de Ponjos. Foto gentileza de Roberto Melcón

Para poder cocer el pan, previamente había que prender y calentar el horno.  Para ello se metían palos o unos fejes de urces secas y se atizaba  hasta que el techo arrojase, o sea,  se pusiera de color rojizo y las piedras de la boca adquirieran un color blanquecino. Ese era el momento en que  había cogido el calor suficiente  para poder meter la hornada (fornada)hogazas de pan, la pica, el bollo rallón, la torta dulce… La tarea se llevaba a cabo con la pala de madera, después de haber barrido las brasas hacia los lados del horno para que mantuvieran el calor mientras se cocía el pan.  Había un instrumento, formado por un palo largo terminado en forma de cruz, que servía  para  remover brasas y hogazas en el horno llamado el cachaviello.  Unas horas después, podíamos disfrutar de las exquisiteces que allí se habían cocido. 


El forno de Murias de Ponjos preparado para hacer pan  el día de la inauguración.
 Y el resultado del amasado. Foto: Roberto Melcón.

Antiguamente, antes de la existencia de la bilbaína,  la lumbre en el hogar se colocaba en un lugar bajo, el llar, y alrededor de él, sobre la trébede, se realizaba  la convivencia  familiar.  La leña se colocaba sobre dos caballetes metálicos, los morillos o murillos. Ese fuego se usaba también para curar la matanza. ¡Qué prestoso debía de ser tener por encima de las cabezas unos cuantos varales de los que colgaban docenas de corras de chorizo (de los de carne y de los de callo o sabadiegos), de morcillas, algunos lomos, tocino y jamones! La matanza se ahumaba durante varias semanas. Y así llegaban al  paladar esos famosos embutidos leoneses con sabor a humo…

Cuando dejaron de usarse esas  cocinas de llar de las casas antiguas para cocinar, se aprovecharon para seguir curando la matanza o se construyeron otras “cocinas viejas” de forma específica para ello. En estas cocinas había una cadena que colgaba del techo provista de un gancho donde se podían colgar las marmitas en que se cocinaba: las pregancias.  La pota también se podía colocar sobre las estrebedes (variante de la palabra trébede con otro significado), un aro con tres patas que se ponía sobre el fuego.  Se podía optar, además, por usar el pote, recipiente de hierro que tenía tres patas que se colocaban directamente sobre el fuego. Con frecuencia la cocina de curar estaba en la misma estancia en que se ubicaba el horno, por lo que se la llamaba la cocina del horno. La lumbre que se hacía para curar la matanza también se aprovechaba  para cocer comida para los gochos: patatas, nabos… Se colgaban grandes calderos de hierro de las pregancias y en ellos “se cocinaba” para los gochos.  ¡Eran animales con suerte que comían comida cocida y caliente! En  mi casa la reina de la cocina de curar era  mi tía-abuela Celia. Ella cocía la comida de los gochos y cuidaba la matanza casera y la  de otras personas que también curaban allí. Y ella me deslizaba un cachín de chorizo, a espaldas de mis padres, cuando apenas había comido, porque no me gustaban las berzas.


Caldero en el que se cocía la comida de los cerdos

Las señales de la lumbre quedaban marcadas en las paredes de las cocinas por el humo que se escapaba, sobre todo si la cocina tiraba mal, así se iban poniendo ennegrecidas poco a poco y había que blanquearlas con cal una vez al año. Aunque esto no se hacía regularmente en todas las casas y algunas lucían en paredes y techos colores que se parecían más al negro que al blanco. Si se trataba de la cocina de curar, las vigas y tablas del techo eran siempre del color de la noche, pero una noche con un encanto especial. Todavía hoy se puede contemplar cocinas de curar que tienen décadas de humo acumulado en sus maderas.

Otro lugar en que había que prender lumbre y atizar para conseguir calor era la escuela. En mi pueblo, en los años 50-60 del siglo pasado. cada día o semana  encendía la estufa de la escuela una familia. Íbamos a con nuestro padre o madre y  un brazao de urces y leña menuda para encender la estufa de hierro fundido que se colocaba en medio del aula  y  conseguía calentar el local. Los niños y la maestra nos encargábamos de atizar para mantener la candela.  

También prendíamos lumbre para calentarnos en otros lugares más inverosímiles. Recuerdo ir a la parada de los coches de punto (de Amaro y Amable, de Valdesamario), que nos llevaban a León, y años después a la del  coche de línea  con otro brazao de leña para hacer lumbre mientras esperáramos a que llegaran a nuestra parada (nunca puntuales), a primeras horas de la mañana y con fuertes pelonas de varios grados bajo cero. Así nos calentábamos algo las  manos y  los pies, helados porque no estaban acostumbrados a llevar zapatos, mientras soportábamos la tediosa espera. Cuando íbamos con las vacas, en días fríos de otoño, también hacíamos lumbre (a veces buenas fogaratas) para calentarnos. Y si había cerca algún patatal, aprovechábamos para meter unas patatas entre las brasas para comerlas asadas después. Nos parecían una delicia  y  su calor nos reconfortaba el cuerpo por dentro. 

En el campo, nos estaba permitido a los niños remover la lumbre con algún palo, en presencia  de algún adulto, no así en casa. La prohibición tenía forma  de amenaza y de predicción: "Si andas con lumbre, te meas en  la cama"  Y nadie quería vivir esa situación comprometida y deshonrosa.

Durante siglos, y aún ahora, si al llegar a un pueblo tiraban las chimeneas ese era el mejor signo de que las casas estaban habitadas. Desde las casas más altas se podía contemplar, como un espectáculo un tanto mágico, cómo se iban encendiendo las cocinas en invierno. Con ello, comunicaban también que la gente se había levantado y recobrado la actividad. Hoy, a las cocinas tradicionales, se han sumado las chimeneas francesas y las estufas que también aportan las volutas de humo de sus chimeneas al paisaje invernal.


Horno de la casa familiar.
En la boca, los cazuelos de las sopas de ajo y las tarteras de perigüela

La lumbre es, pues, algo doméstico, familiar, reconfortante y  cercano, que nos  trae consigo muchos recuerdos y vivencias. ¡Cuántos filandones, filanderos o veladas se han celebrado alrededor de un llar o al amor de la cocina de hierro en las largas noches de invierno! Veladas quizá interrumpidas por una voz que decía de vez en cuando: ¡Mete una racha! Y metida la racha, se reanudaba la conversación. En torno a la lumbre ha girado gran parte de la rica cultura  oral de la montaña leonesa, cultura de leyendas, de romances, de juegos… Y también parte del trabajo femenino: escarpenar los vellones, hilar, hacer cadejos, tejer, mazar... eran faenas realizadas, generalmente, en invierno,  en la cocina,  y al lado de una cocina de lumbre.

Prender lumbre, sin embargo, no es lo mismo que prender fuego. La lumbre tiene ese componente interior, amoroso, reconfortante, que está lleno de vivencias.   La lumbre es el calor que nos protege del frío, es el combustible para cocinar, es el olor a hogar, es el color del amor… La lumbre acaricia nuestros sentidos. Es un recuerdo vivo de olores, sabores, colores, sensaciones táctiles, sonidos... Y a veces hasta nos acuna y nos hace dormir.

Prender fuego tiene, en  cambio, connotaciones negativas. En algunas ocasiones se convierte en imprecación cuando alguien expresa su enojo con frases del tipo: ¡Voy a prender fuego a la casa y me olvido de todo! Prender fuego o achismar es algo que hacen individuos desaprensivos que queman los montes y nos los dejan llenos de estaracos (sobre este tema escribí en su día un artículo: "Rojo, rojo, negro: lo que va de las galanas a los estaracos”.). Estas quemas producen un daño medioambiental irreparable, además del daño emocional que supone el ver cómo el fuego se lleva por delante la vegetación que ha crecido durante muchos años –o siglos- en los montes. Esas quemas, que una vez iniciadas avanzan con ferocidad, nos producen  impotencia y miedo.

Una quema, hace unos años, en San Martín de la Falamosa

El fuego también ha dejado desolación cuando se ha llevado en ocasiones construcciones y dejado sin vivienda o sin pajares a  algunos vecinos. Sin embargo, es gratificante poder destacar las acciones solidarias que se producían en ese caso entre el vecindario del pueblo y de otros próximos, tanto para tratar de apagar el fuego, pues acudían al oír el toque a fuego de las campanas,  como para ayudar a los afectados a sobrevivir económicamente. Aquel pedir (y dar) para “casa quemada” era un hermoso gesto de solidaridad.

No queremos, pues, que haya personas que achismen, pero sí personas que sigan prendiendo la lumbre en sus casas, pues mientras las chimeneas echen humo habrá alguien detrás atizando  y diciéndonos que su casa sigue abierta y su pueblo también.

Que sigamos disfrutando al amor de la lumbre de la lumbre del amor.


Observando chimeneas desde mi casa, en  Paladín-Omaña


© Texto y fotos: M. Álvarez, noviembre de 2020


Artículo relacionado: Verde, rojo, negro: Lo que va de las galanas a los estaracos

22 comentarios:

  1. Gracias, Margarita.
    Me has traído a mi memoria muchos recuerdos de la infancia en mi pueblo: Antoñán Del Valle.
    Algunos vocablos varían. Pero las costumbres y trabajos similares

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    1. Muchas gracias por leerlo y por dejar tu comentario en el blog. Las vivencias en torno al fuego son en León toda una cultura. Hay variantes en las palabras, pero coinciden los sentimientos y sensaciones.

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  2. Completo e interesante artículo Margarita, nosotros seguimos calentándonos y cocinando en la cocina de leña o económica, Muchas familias en Omaña lo siguen haciendo, alterándola con otros medios mas modernos y ninguno aporta tanto "amor a la lumbre" como ella. Para alimentarla se corta leña en los montes como en otros tiempos, trabajo duro y no apto para las personas de edad avanzada, por ese motivo quedan en desuso, no por falta de ganas. Gracias por tantas y hermosas palabras empleadas en tu trabajo.

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    1. Gracias, Paco. ¡Cuántas historias habrán oído esas cocinas, cuántas patatas habrán cocido, cuando frío han quitado! La cocina como estancia y la cocina cono llar o como aparato han sido esenciales en nuestra cultura. Me alegro de que sigas disfrutando al amor de la lumbre.

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  3. Margarita, muy y muy de nuestra tierra. Estoy fuera y acabo de leerlo. Enhorabuena

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    1. Gracias, Carlos. La lumbre y todo lo que la rodea es otro símbolo de lo leonés como la cecina.

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  4. Margarita, me ha encantado el artículo. Que recuerdos me ha traido! Lo comentaba el otro dia con una tia solo dos años mayor que yo y recordamos los tiempos en torno a la cocina de casa de mi abuela .Tenia una construccion muy especial .Y el calor de la cocina de chapa pasaba por debajo de lo que era la zona de comer una mesa grande llenaba toda la especie de tarima que estaba siempre calentita..era como kna especie de hilo radiante. Y el ladrillo caliente envuelto para subir al cuarto.Las mantas de val....cobertores pesados...muchos recuerdos. Gracias.

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    1. Estar al amor de la lumbre, como dice su nombre, es sentirse envuelto por un halo especial. Esa casa vuestra parece que anunciaba la modernidad. Me alegro de despertar agradables recuerdos. Gracias por dejar tu opinión y por tu aportación.

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  5. !Qué bonito artículo!
    Y qué de recuerdos me ha traído,sobre todo lo de meter el ladrillo en la cama por la noche y lo de meter los pies en el horno para calentarlos. Aún me acuerdo los días de grandes nevadas que los niños íbamos al monte a resbarlarnos con los sacos o con las ruedaspor la nieve.. cuando llegábamos a casa siempre había un vino caliente con azúcar para calentarse ..y por supuesto meter los pies en el horno y ponerte los calcetines que tu madre o tu abuela habían puesto a calentar en la barra de la cocina.
    Y la cocina del horno! En mi casa aún existe,con los ganchos colgados para la matanza..y con el horno a un lado.
    Qué boniyos recuerdos Margarita.
    Muchísimas gracias!

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    1. Me agrada mucho compartir estas vivencias con gente que las siente tan cercanas. Yo también conservo la cocina del horno y las huellas indelebles de humo de la lumbre de curar. Otro día habrá que escribir del horno y el arte de amasar... Gracias por tu comentario en el blog. No puedo dirigirme a ti por el nombre porque no aparece.

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    2. Soy Ana y vivo en Madrid...pero mi pueblo es Canales y voy todos los fines de semana que puedo.

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  6. Margarita comparto tus mismas vivencias y gratos recuerdos, solo cambian algunas palabras típicas de cada lugar. Aquí te pongo algunas reseñas típicas de mi tierra que complementan a la tuya.
    La recogida de la leña era una dura tarea y no exenta de peligro, tanto al cortarla por el riego de que te caiga encima, como al trasportarla. Generalmente el acarreo de leña hacia el carro situado en el camino se hacía por los trecheros, que eran pequeñas veredas en el fondo de las vallejas por donde solía correr el agua de las fuentes o de la propia lluvia, que al estar húmedo el terreno los troncos deslizaban con más facilidad por la pendiente, había que tener cuidado ya que si la pendiente era grande o estaba el trechero embarrado los troncos podían coger velocidad y arrollar al que los trasportaba, generalmente un hombre o si se trataba de trecheros amplios, la pareja de vacas. Otro peligro era el abrir los troncos gruesos de roble después de serrarlos con el tronzador(veo que en Omaña lo llamáis tronzón), primero se trataba de abrirlos con un hacha grande y por la pequeña grieta abierta en la madera se metía una pina bien de madera o de hierro que se golpeaba con una maza, pues bien había veces que la madera escupía la pina y esta salía con una fuerza tremenda que como te pillara por medio te podía herir gravemente.
    Lo que vosotros llamáis fayucos en la montaña oriental lo llamamos coloños, que como bien dices se hacían de chopo, pero también de roble y de haya. Como echo de menos esos chopos podados con esa copa ondeando al viento, era un signo de nuestros pueblos. Los coloños los guardábamos en la pajareta una especie de balconada del pajar que daba a la portalada que la cubría de la intemperie.
    La leña estrella era el roble seguido del haya, todavía me acuerdo de lo pesados que eran los troncos de haya. Los troncos medianos de roble se usaban como trambos en la lumbre y en cuanto a las rachas se guardaban especialmente las de haya para que secaran bien de un año para otro y eran utilizadas para el horno por su poder calorífico y por que daban muy poco humo.
    La trébede! Hay la trébede, ese refugio amoroso y jardín de mí infancia y de tantos otros, es para mí junto con la lumbre el alma de la casa montañesa, cuantos buenos rato pase en ella, escuchando las historias de los mayores en los largos filandones o hilas del crudo invierno, o los pausados rezos del rosario en los atardeceres con sus largas letanías en latín, que eran mano de santo para caer rendidos. Aún recuerdo aquella música repetitiva y machacona del Kyrie eléison, Christe eléison, Christe áudi nos, Christe exáudi nos, o simplemente las cálidas siestas arropado con la toquilla de mi madre, también había que tener la cierta precaución de poner una manta debajo y no atizar en exceso, pues con el calor que desprendían las baldosas te podías quemar o se podía aburar la ropa. También tengo un trauma que no borra mi grato recuerdo de ella, pues ahí estaba yo en mi cunita mientras mi padre la movía y me arrullaba para que me durmiera, cuando súbitamente cayó desplomado de un infarto para siempre.
    Hablando de prender, una expresión muy de la montaña es “prender fuego al gamonal”. En el pueblo cada vecino tenía su terreno en el monte donde se recogían los gamones, que tras secarlos en el desván se utilizaban en el invierno cocidos con patatas gocheras(las más pequeñas) para dar de comer al gocho, que engordado con gamones y ortigas tenía un sabor distinto de otros. Pues bien esos terrenos se solían prender fuego al finalizar la recogida ya que al año siguiente los gamones salían con más fuerza, era una labor controlada y que no suponía hacer nada ilegal por aquel entonces claro.

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    1. Muchísimas gracias por aportarme tanta información y por compartir vivencias. Yo no conocí ese tipo de acarreo de leña del monte porque soy de ribera y la leña se obtenía, sobre todo, de los prados ribereños y de alguna mata de robles de acceso fácil. Me encanta conocer las palabras de tu zona y todas esas vivencias que cuentas. Por mi pueblo no había gamones, por la Omaña alta sí (termino de hacer una referencia a ellos por sugerencia de una lectora. También compartimos lso del rosario. En mi casa se rezaba, en castellano, en las noches de otoño e invierno y solía ser yo la encargada de rezarlo. También se cocían las patatas para los gochos y los nabos...En fin, al amor de la lumbre salen a la luz nuestros recuerdos de infancia. Muchos de nuestros jóvenes ya no saben lo que es atizar... Te reitero mi agradecimiento. Saludos leoneses.

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  7. Buenas tardes, Margarita. Es un placer enorme leer tu blog, hay muchísimas palabras que desconozco pero que me acercan a mis padres y abuelos. A pesar de que dejaron su tierra a principios del siglo pasado, han trasladado a Argentina las costumbres leonesas, que yo trato de aprehender leyendo tus textos. Aquí hablamos de "fuegos" y mira qué diferencia hace decir "lumbre"...ya no se hacen matanzas en el campo argentino, pero de eso sí conozco sus sabores y afanes, lo mismo que llevar a la cama un ladrillo caliente envuelto en un paño de lana para aliviar esos fríos ancestrales. Siempre pienso que mi padre, nacido en Portilla de Luna antes de que terminara diciembre, trajo aquí, en sus huesos, el frío leonés. Un abrazo. Nieves

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    1. Nieves, es una alegría enorme ver que mis textos son leídos por personas que viven Argentina y cuyos antepasados llegaron de tierras leonesas. Mi abuelo paterno también fue emigrante en Argentina durante seis años y siemre hablaba de ese país, La Argentina, para él. Ahí estuvo también un tío agustino ccasi 30 años. Y en 2019 tuve el placer de visitar ese país que siemre sentí cercano. La forma de hablar y la cultura de Omaña y Luna eran muy similares. Es una pena que tantas palabras hermosas relacionadas con actividades que están desapareciendo se pierdan para siempre. Yo trato de recordarlas de vez en cuando. Me presta que te preste (con nuestro significado leonés). Muchas gracias por tu comentario y un abrazo transoceánico.

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    2. Me encanta,Margarita A., tu trabajo de recuperación/exposición de nuestra lengua leonesa- mi primera lengua materna-
      ya que mi madre hablaba con ese vocabulario

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  8. Gracias, Margarita A., me encanta tu trabajo sobre la recuperación/exposición de nuestra lengua leonesa-para mi primera lengua materna- y que conservo desde hace más de 70 años. Ábate, rapaz, me decía mi madre, o apañarás un mosquilón. Tu

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  9. Artículo me parece un gran trabajo socioantropológico que seguiré con mucho agrado (tend4á continuación?). Y es que este vocabulario leonés- con no menos de 2000 acepciones- recientemente ha sido recogido en un libro titulado BARRIENTOS HABLA
    (ese es mi pueblo) en el Blog Chopo8 . Espero seguirte leyendo. santiago combarros

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.