domingo, 1 de marzo de 2015

EXPRESIONES RELACIONADAS CON LA MÚSICA

                                                       

                  La lengua, al compás de la música


                   Para todos los amantes de la música, el canto, el baile… y la palabra.


 La música, como otras actividades humanas, ha incorporado a la lengua coloquial unas cuantas expresiones, que utilizamos con frecuencia, sin ser conscientes de su origen. Con muchas de esas expresiones vamos a orquestar este artículo, sin lastimar a nadie y con la intención de que el resultado no sea algo sin ton ni son.

Los españoles, con frecuencia, estamos para músicas, fiestas..., y hasta  para tirar cohetes, aunque no queramos vivir en un país de charanga  y  pandereta.

Compás de espera... Silencio. Comienza la actuación. Salen  a la palestra los instrumentos de una orquesta muy especial. ¡Música, maestro! Como nuestro concierto es hoy peculiar, siempre hay alguien que quiere dar la nota o le gusta  ser un notas, alguno incluso está como unas maracas (no sabemos si las de Machín). Seguramente hay despistados que  no saben qué cuerda, qué tecla, qué palillo hay que tocar. Pero, en caso de duda, es mejor tocar todas las cuerdas que  tocar una sola. 

El pito y la flauta, cobran especial protagonismo, aunque no hay que dar por el pito más de lo que el pito vale, ni por la flauta, pues tañe flauta quien no puede arpa. Parece que juntos forman una pareja bien avenida. Pero hay gente en esta orquesta que  no toca ni un pito, cosa que siempre es mejor que perder el tiempo  entre pitos y flautas,  o encontrarse con lo que no se espera, como decía el poema gongorino: cuando pitos, flautas; cuando flautas, pitos, porque entonces  todo saldría al revés, por pitos o por flautas, salvo que sonara la flauta por casualidad

¡Pobre flauta, tan modosa ella,
y en boca de todos por su amistad con el pito!

Tampoco nos gustaría que nos tomaran por el pito del sereno, máxime en una época en que ya no existen los serenos, salvo que ese menosprecio de los demás nos importe un (tres) pito (s) y sigamos dedicándonos a nuestros devaneos o pitos flautos.

Pero parece que en ese matrimonio entre pitos y flautas, estas van tomando cada vez mayor protagonismo, aunque no siempre el protagonismo sea visto de forma positiva.  Quizá porque en el momento actual proliferan los que  pretenden solucionar los problemas de forma mágica y rápida como el flautista de Hamelín.  

Desgraciadamente, la magia de aquel flautista no se llevó  todos los males,  por lo que aparecen  en nuestras   calles otros flautistas más modernos, los  perroflautas y los yayoflautas, estos  últimos, ancianos   que  han hecho sonar en las calles, sus pitos -los que pitan de verdad-  para defender el futuro de aquellos que en un  pasado no lejano se ilusionaron con el cuento de los hermanos Grimm. Y las pitadas se han convertido en la nueva sinfonía urbana. Incluso algunos han optado por el desnudo y han salido a la calle enseñando el pito, o chillando con  voz de pito, descansando a veces para echarse un pito.

Pero, como hay gente para todo,  hay  algunos  que son alegres como cascabeles,  están tan contentos como unas castañuelas  y van por la vida  como Mateo con su guitarra, siempre que  tengan uña para esa guitarra. Si su comportamiento es atinado, diremos que  están en solfa  pero, en cambio, se  pondría en solfa ser como  una guitarra en un entierro, por estar fuera de lugar,  o tocar la solfa a alguien, porque estaríamos golpeando a esa persona o haciéndola objeto de bromas.

que  tendría bemoles, en cambio, que el que lleva la batuta perdiera el compás o el diapasón. Si la actuación no tiene ni orden ni concierto, siempre queda la posibilidad de buscar como excusa una mentira como un piano o   que  nos dediquen una pitada y  nos echen con cajas destempladas. Pero si estamos patituertos,  dirían de nosotros que estamos corneta, y no podríamos salir pitando

Cuando se trata de tener trompa sin   ser músico, ni insecto o elefante,  queda bien para Falopio y Eustaquio, pero  es algo mal visto  para quien  está trompa  por beber sin orden, o sea,   a trompa y talega.

Si  a un toque de trompeta –tururú trompeta- nos ponemos  tararí, nos pueden tomar por locos y decir que estamos como cencerros; decir que tocamos el violín, para acusarnos de no hacer nada de provecho,  o decir que somos copleros o verbeneros, por poco serios o bulliciosos. 

Cualquier cosa es aceptable, menos que nos consideren despreciables y nos llamen trompetas, que nos critiquen porque molestamos o decimos mentiras por cantar jácaras, o que  sugieran que nos apropiamos de lo ajeno asegurando que tocamos el piano y, además, que lo hacemos sigilosamente,  a cencerros tapados.


Uno de los instrumentos musicales más presentes en  esta peculiar orquesta lingüística es el  bombo. Se puede convertir en  el vientre de la mujer embarazada, que tiene mucho bombo o a la que  alguien le ha hecho un bombo. Otros se dan  bombo para presumir,  aunque no se sabe muy bien de qué  presumen, por lo que terminan siendo ellos mismos unos bombos, por su comportamiento atolondrado.

 El pandero  parece sentir envidia del bombo, y se suma a la orquesta, pues quien tiene dineros, compra panderos, pero cuando lo oímos sonar  no siempre es un instrumento musical, puede referirse a  un orondo trasero  o a una forma de calificar al majadero. Así que, cuando entre necios anda el juego,  bombo y pandero, forman un buen dueto. Pero, ¡misterios del idioma!, si queremos dar unos azotes en el pandero, preferimos  la expresión zurrar la pandereta.  

A veces lo de zurrar  a alguien  adquiere unas dimensiones más graves y universales, y suenan tambores de guerra. Pero como la música amansa a las fieras,   conviene que alejemos esos tambores con bombos que silencien las bombas, porque, ¡zambomba!, queremos que nuestro concierto suene a bombo y platillo, pero  que acabe  de forma pacífica y  triunfal, o sea,  con tambor batiente o como tamboril en boda y, si en esa boda nos sirven un suculento timbal, nos entrarán ganas de tirar cohetes.

No siempre es lo mismo usar tamboril por gaita. Solo podemos alargar la gaita o sacar la gaita, para que, estirando el pescuezo, veamos mejor lo que hay a nuestro alrededor.


¡Estas gaitas no queremos que nos dejen!

 Pero a veces es una gaita tener que hacer algo que nos desagrada, lo que  nos lleva a exclamar: ¡déjame de gaitas!, o  a mostrar inferencia ante algo que no nos interesa diciendo: ándese la gaita por el lugar. Cuando estemos de gaitas, porque nos sentimos muy alegres, nuestra actitud  no debe molestar a nadie, por eso es necesario con frecuencia templar gaitas para no contrariar a los demás.


       El  arpa tampoco queda fuera de nuestra orquesta. Es un instrumento considerado fino, pues, como decíamos,  quien no puede tocar el arpa, toca la flauta, pero, siempre debe ser nueva, porque el concierto puede acabar de forma “des-concertada” si  lo oímos tronar  como vieja arpa. Sus cuerdas estarán silenciosas para la mujer carente de amores, porque una mujer sin amor, arpa sin cuerdas.

A la música se incorpora, con frecuencia, el canto, porque hay alguien que da el do de pecho, pero no nos gustaría  que diera el cante. Se puede cantar a pleno pulmón,  llevar la voz cantante, pero estaría feo dar una cantada. Tampoco sería apropiado cantar mientras se come, pues quien come y canta algún sentido le falta.

 Todo debe estar en sintonía, para ser algo sonado, que no es lo mismo que estar sonado. Todo va bien hasta que alguien no comience a dar la matraca, la murga, la monserga, la lata, la barrila, la tabarra o la serenata. Todo junto  podría ser la traca. 

       Y ya  puestos a cantar, se puede hacer un canto a algo para exaltarlo, pero también se pueden cantar el gorigori, el trágala, las cuarenta, la gallina, pero ningún canto es tan malo como el canto del cisne, sobre todo, si va seguido de  cantar el kyrie eleisón.  Si queremos que sea otro cantar,  -a nueva canción, nuevo contrapunto-, tendremos que tomar algo a chirigota  o entonar el alirón, que   es canto de triunfo, porque todo ha sido para el equipo coser y cantar

 Pero ¡ojo a los cantos de sirena!,  que no nos  vengan con canciones, pues  quien la copla te canta, ese te la planta, sobre todo, si anda el dinero por medio, que, por dinero, canta el ciego y baila el perro. Y también por la comida, pues donde tengo yo mi yantar, allí me oirán cantar Además, volver siempre con la misma canción   no suele conducir  a cantar victoria. Si hay que explicar algo,  es más creíble  siempre si se explica  con canto llano.  

     Cuando se habla con otros, hay  que evitar ponernos flamencos para que no nos manden a contárselo a Rita la cantaora. Pero si pedimos algo a coro, o  nos escuchan, o nos podemos convertir  en la voz que clama en el desierto y hasta nos acusarán de aburrir dando el motete. Es bueno quedarse con la copla y no salir por peteneras para que nuestro canto no suene a chino ni nos convirtamos en la voz de su amo

Después de tanto cantar, debemos cuidar nuestra ropa, para que no cante mucho por inadecuada, y también la higiene, para que no nos canten los sobacos  o los pies.  Pero si lo que hacemos  es cantar línea o bingo,  eso es otro cantar, porque nos podemos llevar mucho dinero contante y sonante, tanto que cante (tiemble) el misterio. Y no podremos evitar la fama, será un secreto a voces, porque quien lo difunda  habrá echado el cascabel.

Hay algunas formas de cantar tienen fatales consecuencias. ¡Que se lo digan a los delincuentes la poca gracia que  tiene el cantar ante la policía! No entendía don Quijote por qué uno de los galeotes iba a la cárcel por músico y cantor (había cantado en el potro de tortura), le había pasado lo mismo que al cuco: cantó el cuclillo y descubrió su nido.

Si no sabemos tocar, cantar… y solo somos unos cantamañanas, para no aguar la fiesta, siempre podemos dedicarnos a oír campanas, aunque no sepamos dónde. Aunque por el sonido las podamos encontrar, porque por el son se conoce la campana y el hombre por la palabra. Sin embargo, no faltará alguien que dé la campanada, y será más sonada que la campana de Huesca. Eso sí, habrá que elegir, ya que no se puede repicar y estar en la procesión.

Las campanas de una espadaña...
Y si esas campanas no nos gustan, las podemos cambiar por otras más pequeñas, 
por el virtuosismo de alguien de campanillas, -no de cascabel gordo-,    que sea capaz de  poner el cascabel al gato  y que no le eche el cascabel a otra persona, especialmente si es una mujer viuda, porque viudita sin majo, campana sin badajo.

Algunos instrumentos tienen poco reconocimiento en esta orquesta,  si queremos usar la música para cazar, pues  no se cazan liebres tocando almireces y tañendo cencerros no se cogen liebres ni conejos.

El baile es con frecuencia  acompañante de la música y el canto.  Pero para bailar bien conviene entonar el estómago, porque la danza sale de la panza Cada uno baila al son que le tocan, pero  a veces hay que bailarle el agua a alguien. A algunos les toca bailar con la más fea pero, ¡que les quiten lo bailao! Lo que no queremos  es el baile de cifras o de letras, o los bailes de fronteras. Tampoco nos gusta que, por ser muy nerviosos, digan que tenemos el baile de san Vito o que somos unos danzantes por ser entrometidos y cizañar a otros metiendo los perros en danza, cosa que a veces deriva en  bailes. Pero no queremos tener esos bailes conflictivos, sino participar en bailes acompasados y, según dicen,  el mejor bailaor, sin castañuelas. 

A veces los animales se unen a la fiesta. Nunca falta un sapo para que baile una rana y cuando el gato va a sus devociones, bailan los ratones y es que la música amansa a las fieras. 

Tampoco faltan bailes que degradan a la mujer, pues a la mujer bailar y al asno rebuznar, el diablo se lo ha de mostrar, o al propio bailarín: hombre chiquitín, embustero o bailarín. 

Pero como dicen que el mundo  es un fandango, y hay que bailarlo (pues aunque no nos guste, ¡jódete y baila!), si no se nos da bien  el fandango,  toca la jota y vámonos, porque seguimos con este  baile de palabras, pero un baile más moderno, no del año de la polca.

Si los instrumentos de nuestra orquesta  y el canto suenan desafinados, podemos optar por  oír un disco, siempre que no suene como un disco rayado y nos veamos obligados a cambiar de disco, para que no nos manden con la música a otra parte.

Para volver a estar en armonía y que esto no sea solamente un zumba-zumba, antes de  hacer mutis, reservamos para los bises   una música especial, la música celestial, que escuchamos con especial deleite, para al final llegar a la conclusión de que es más grata cualquier música orquestal que la mejor música celestial.


Y  llegados al final de  este jacarandoso artículo, lo que diría un argentino con  andá a cantarle a Gardel, para nosotros es meter violín en bolsa e  irnos, definitivamente, con la música a otra parte y poner sordina porque, de lo contrario,  si subimos el tono, confirmaríamos de forma definitiva que sí somos un país de charanga y pandereta.





10 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena Margarita por esta aportación!. Un saludo. Héctor Luis Suárez

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    1. Como ya he dicho, dedicada a los que aman la música y la palabra. Ahí estamos los filólogos y estáis los músicos, por tanto, considérate, Héctor, dentro de la dedicatoria. Gracias.

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  2. Hola, simpático articulo, pero se te olvido el “que gaitas andas haciendo” que más de una vez me dijo mi abuelo. Y hablando de gaitas, me pareció curioso descubrir un día que por allí le llaman gaitas a las flautas. O tal vez por aquí le llamamos flautas a las gaitas. Bueno quién sabe!
    Hasta pronto Margarita.

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    1. Trataré de incluir también lo que te decía tu abuelo,Pedro Luis, que ahora me viene a mí también a la mente. En cuanto a las gaitas y las flautas, creo que, lo mismo que en Castilla, a lo que se llama gaita es a la dulzaina, no tanto a la flauta.
      Gracias por tu comentario y tu aportación.

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  3. Enhorabuena Margarita! he disfrutado al compás de la música con la que nos has hecho recorrer mil y un vericuetos musicales. Gracias, Cristina

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  4. Muchas gracias por este post. Estoy haciendo una traducción en la que debo usar expresiones relacionadas con la música y tu artículo me ha venido de maravilla para hacer algunas adaptaciones. De verdad, millones de gracias.

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    1. Muchas gracias, Elena, por tu valoración. Me alegro de que pueda servir a otras personas. Aunque en tono de broma, es una aportación seria y novedosa a un tema del que no he encontrado una recopilación similar. Un saludo.

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.