domingo, 24 de marzo de 2019

De flor en flor

     Las flores que nos definen...





El refranero español es generoso a la hora de incluir a las flores dentro del mundo de los refranes. No son todos ruiseñores  los que cantan entre las flores. No vamos a   tratar de recoger esos refranes, aunque hagamos referencia  a alguno. Trataremos  de ceñirnos a las frases hechas que hablan de las flores y su mundo, que también son abundantes.

Las flores  sirven para describir los defectos de los seres humanos. Por eso, en este artículo, nos vamos  a meter en ese jardín. 

        Tendremos que tener cuidado para disfrutar del él sin ir de flor en flor ni ser unos picaflores (el picaflor es un pájaro que va de flor en flor buscando alimento y contribuye a la polinización), porque  la vida no es un camino de rosas, sino que   es más bien un camino de incertidumbres,  y nos pasamos parte del tiempo deshojando la margarita.

A veces nuestro jardín es abierto porque  somos más de campo que las amapolas. Y, por eso, podemos  actuar como unos  lilas o lilailas, por fatuos o por insulsos. Otros se las dan de listos, pero tienen solo la sabiduría a flor de piel y son unos auténticos eruditos a la violeta (la frase se corresponde con el título de un libro publicado por José Cadalso en 1772, en el que satirizaba la erudición excesiva y superficial). Conviene dejarlos en evidencia para que se queden tranquilos como malvas y no se vayan de rositas. 

      Es evidente que no se pueden echar margaritas a los cerdos,  porque los cerdos no sueñan con rosas (o margaritas),  sino con bellotas. Y,  a buen seguro, nos responderán con un gruñido. Tampoco  rosas a los burros, porque nos pagarán con un rebuzno.  (En realidad la palabra margarita procede del griego “margaron”  y no significa margarita, sino perla, por eso se usa también la variante: echar perlas a los cerdos). 

Aunque siempre  hay  algunos que andan a la flor del berro y  la vida es para ellos pura  diversión,  pero algún día se darán cuenta de que no hay rosas sin espinas. Porque eso es la vida: rosas y espinas, sonrisas y lágrimas. Ya nos lo recuerda el refranero: Bien oliera la rosa, si no fuera espinosa  o junto a la rosa acecha escondida la espina alevosa.


Desde luego las rosas son las flores preferidas de nuestro jardín, por eso la rosa es imagen literaria  e imagen popular.  Lo importante es saber separarlas, pues  quien a su pro bien atina, sabe coger la rosa y dejar la espina y si recibe algún pinchazo debe asumirlo con una sonrisa, porque  quien quiere la rosa, aunque le punce, no se enoja. También nos recuerdan cuál es el destino de la vida humana: Como la rosa es la dicha humana: luce hoy, muere mañana. Pompa vana: hoy hojas marchitas lo que ayer rosa galana. Góngora   y otros poetas del siglo de Oro utilizan, con frecuencia, la imagen de la rosa para recordarnos que la vida es engañosa. 

Las flores siempre se han asociado más a lo femenino y se han usado para hablar de amores: Doncella sin amores, jardín sin flores. Y  para hablar de la honra de la mujer y de su virginidad: Doncella manoseada, flor ajada. Rosa que muchos huelen, su fragancia pierde.  El refranero considera que el amar las flores es un valioso atributo femenino: De mujer que no ame las flores no te enamores. 

Hay que ser buen jardinero y cuidar adecuadamente el jardín,  porque quien siembra espinas no espere recoger clavelinas, pero quien rosales plantó, en buenos olores la renta cobró.

Este jardín está abierto a todos, pero no podemos permitir que se vayan de rositas los jugadores tramposos que son descubiertos cuando otros descuernan la flor. Los hay  que se andan en flores o con florituras y rehúsan entrar en lo esencial de un asunto, los que tienen por flor hacer gala o costumbre de un defecto y los que dan excesiva importancia a cosas que son como la flor del cantueso. Además están los floreros que hacen gala de usar palabras chistosas  o lisonjeras.  Y las mujeres florero consideradas por muchos un puro elemento decorativo en su función social.



Las flores  sirven, por tanto, para describir los defectos humanos. Hay muchas personas que tienen por flor algún hábito negativo. Cuando entendemos la intención de alguien decimos que  le entendemos la flor y quizá lleguemos a la conclusión de que esa persona es  un capullo  y, al mencionar  esa rosa incipiente, no estamos precisamente echándole una  flor. Y  si se trata de alguien que difiere la contestación a algo de forma intencionada,  decimos que  se anda en flores, salvo que sea un indeciso  y se pase el tiempo dilucidando si son flores o no son flores.

Con las flores también se relaciona la salud, pues pueden definir el buen aspecto. Estar como una rosa, estar como mil flores es mostrar nuestro mejor aspecto que será aún mejor si se está en la flor de la juventud. Y el buen aspecto no es flor de un día. Si esta ha quedado maltrecha, seremos como la flor de la maravilla, como una flor ajada o flores de un solo día. O peor:   un jardín sin flores.

Las flores también nos hablan del aspecto físico. Nos gustaría estar siempre hechos una rosa y, sin llegar a ser  narcisos, el que nos echen flores siempre resulta muy agradable. El que  no está en flores por necesidad,  sino que está bien comido y satisfecho,  se siente como mil flores, especialmente si su flor  es algún buen hábito. 

Pero, desgraciadamente, también se relacionan con la muerte. Estar  criando malvas, sobre todo, si alguien  las empieza a criar  en la flor de la vida,  no es síntoma de haber tenido buena salud.  Y, lo peor, es que no podemos contemplar las malvas de ese jardín ni aunque seamos enterrados a  flor de tierra.



En este mundo florido también aparecen los simbolismos sociales que pueden describir un buen estatus social. Todos preferiríamos estar entre la flor y nata de la sociedad y ser como la flor de la canela o canela en rama que oír que digan de nosotros que  somos tan pobres que parece  que hemos nacido entre malvas.

Si además se tiene una buena situación económica nos lo pasaremos en flores, descansaremos placenteramente  en un lecho de rosas y llevaremos una vida de campanillas. Pero la palabra flor adquiere significado despectivo cuando hablamos de un adorno floral  exagerado o de mal gusto. En ese caso las flores se convierten en floripondios.

Las pobres flores están adquiriendo en la lengua actual simbolismos que antes no tuvieron, como ese afán de negar invocándolas: ¡Ni flores! Y algunos añaden “de colores”, como si pudiera haber flores sin color. ¡Qué “moderneces” nos depara el idioma!

La rosa se ha convertido también en símbolo de un partido político, el del puño y la rosa.  El clavel ha dado nombre a un hecho histórico: la Revolución de los Claveles que se produjo en Portugal el 25 de abril de 1974. Y hay  un adjetivo que define un tipo de arte: gótico florido



Aunque el tema tratado en este artículo es  como el rosal de  pitiminí por su poca importancia o por tratar solo mínimamente el tema que nos ocupa,  puede verse que las flores contribuyen a crear una gran riqueza expresiva y literaria, por lo que merece la pena andarse en florituras o de floreo, aunque alguien piense que estamos como una regadera o que meamos  o salimos fuera del tiesto.

En cualquier caso, lo dicho antes será incompleto, pero es algo verdadero, por lo que nadie lo puede tachar   de falta de verdad y calificarlo de floraina. 

       Y cerramos el artículo para dejar la mano libre por si tuviéramos que deshojar la margarita...











domingo, 10 de marzo de 2019

Palabras y rosas para la paz



      En memoria de las víctimas del 11 M

        
          ...Pido  la paz y la palabra.

               Blas de Otero




      11 de marzo de 2004


Raíles de la mañana
corrían esperanzados,
pero sombras de la noche
en muerte los transformaron.

La ciudad sobrecogida,
y sus corazones yertos,
lágrimas formando ríos
de rabia y de desconsuelo.

El sol se tiñó de rojo,
la luna se sintió herida,
sirenas rompen el aire
pidiendo a gritos la vida.



11 de marzo de 2019

Hoy la luz se hace presente,
la sangre se ha hecho llama,
vela que va por el mundo
pidiendo  paz y palabra.

Que una paz  resplandeciente
venza a  la   sombra maldita
y  la sepulte  entre   rosas
que exhalen  aroma y vida.


M. Álvarez



Fragmento del poema Arenga a las rosas de Ramón de Garciasol.


(...) Trabajad
de espaldas al temor.
Abrid los ojos,
rosas, hombres, al bien y a la belleza,
¡Creced! ¡Cantad!
La vida es nuestra.
La tierra es nuestra,
y nuestro es el futuro. (...)

¡Ahoguemos a los bárbaros en luces!
¡Avanzad, rosas, hombres!
¡Ocupad el mundo!

El día después... 

Texto de mi autoría,  leído ante todo el alumnado de mi  centro educativo (Santo Domingo Savio, Madrid), reunido en el patio, al inicio de la jornada del 12 de marzo de 2004, para condenar el terrorismo, homenajear a las víctimas... Y para EDUCAR.








jueves, 7 de marzo de 2019

Una sombra luminosa


    
"Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres". Rosa Luxemburgo




Caminaba unos pasos por detrás y la sombra de quien iba delante la envolvía  en una nebulosa. Una nebulosa grisácea y fría que escondía su cuerpo y hería su alma. 

Necesitaba ver la luz. Necesitaba sentir calor. Por eso,  un día, decidió estirar el cuello y dirigir su mirada a la lejanía. Y en el horizonte lo  vio... Un rutilante rayo de sol, que  iluminó su cara,  la atrajo con fuerza hacia sí. 


Se sacudió el traje de  sombra y  comenzó a andar… A medida que caminaba, sus pies, ahora ágiles, pisaban un suelo cada vez más firme y seguro. Y pronto  se dio cuenta de que otra sombra caminaba a la  par de ella. Pero no era la que antes la escondía. ¡Era su propia sombra!, la sombra que proyectaba su cuerpo luminoso  y que  seguía su caminar. 


Y lo seguiría siempre, porque quería ser testigo de su luz: la luz de la dignidad.




      8 de marzo de 2019: caminos de luz


Manifestación 8 de marzo de 2018. Madrid


lunes, 25 de febrero de 2019

Tetas: la fuente de la vida


Reseña literaria


Título: Tetas: la fuente de la vida. 563 págs.
Autor: Antonio García Orejana
Uno Editorial, 2018
Género: Narrativa






Tetas: la fuente de la vida es la tercera novela del escritor segoviano Antonio García Orejana. De vocación tardía, está manifestando en los últimos años una gran capacidad creativa. Autor de artículos, en general relacionados con la enseñanza  o con cuestiones sociales, y de tres novelas.

La creatividad de Antonio G. Orejana ha explorado dentro de la novela diversas fórmulas literarias. Su primera obra, Cartas del Sáhara,  adoptaba la forma epistolar. Una serie de cartas de ida y vuelta en que se desdoblaba en varias voces: la voz del protagonista principal (el autor, mientras hacía la mili en África), y de otros personajes que contestaban a esas cartas. Su segunda novela, Nosotros, incluía otras novedades literarias. Ambas han sido trasladadas también a guiones cinematográficos.

Este tercer trabajo narrativo, Tetas: la fuente de la vida, adopta  ya una gran complejidad estructural. El estilo  se ha hecho también más complejo en el uso de la adjetivación y de las imágenes. En este caso, imágenes que sugieren sensaciones corporales. Introduce también la narración en segunda persona en combinación con la primera persona para expresar mejor los momentos de duda o de reflexión de los personajes. Aparecen dos niveles léxicos diferenciados: uno más literario, que se corresponde con la narración o la descripción, y otro coloquial, que da más realismo a los personajes, en los diálogos.

El texto no está dividido propiamente en capítulos, sino más bien en núcleos argumentales relacionados con hechos o con personajes.

La novela es una suma de varias historias que tienen como hilo conductor el papel del narrador  y de un personaje, la Musa, que parece que comienza siendo un personaje irreal, pero luego se convierte en alguien real y potente dentro de la historia. Ella misma va a ser una historia más, que a la vez vertebra y da unidad a las otras historias. Esta musa es la mujer sin nombre. La mujer que inspira, en lo literario y la mujer que enamora, en lo personal. Mujer simbólica y mujer real. Al mismo tiempo la Musa es un trasunto de la personalidad del autor. Es el yo más activo del escritor. Juntos son como ese Quijote-Sancho que funden sus personalidades. Incluso al final ya no es alguien externo al escritor, porque vive en el interior de su personalidad.

El narrador desdobla su presencia en dos personalidades; la del escritor-narrador que se limita a contar y la del escritor-personaje que está presente como un personaje más, con sus inquietudes, sus quereres, sus sufrimientos…

En general, sigue un avance lineal, pero en algunas ocasiones da saltos al pasado, el flashback,  para presentarnos de manera viva algo que ya solo existe en la memoria de un personaje. Esta técnica,  con la que consigue ir cerrando pequeños círculos narrativos, está usada con maestría en la novela. En alguna ocasión también nos anticipa el presente. Con ello consigue variedad narrativa y despertar el interés del lector al mantener su atención.

Tetas es una novela protagonizada por mujeres. Por mujeres luchadoras y que se mueven en el mundo de los perdedores. Mujeres que se viven en la guerra civil, en la posguerra, en la transición democrática y en una época más actual. En ellas se ve cómo el autor,  Antonio G. Orejana, es una persona  preocupada por la justicia social y por la defensa de la igualdad de la mujer. Y también por ese hecho dramático de la violencia de género. Por eso, La Flory, la Tocha, Alba, la Musa… se convierten en personajes-símbolo, desde su realidad de carne y hueso.

La novela tiene algo de cervantina y algo de unamuniana, aunque en el fondo es lo mismo porque Unamuno bebió de Cervantes. El escritor busca a los personajes y nos introduce a los lectores en el proceso de esa búsqueda. Nos recuerda a Cervantes haciendo pesquisas en el mismo sentido. Y cuando los encuentra nos relata las dificultades para aprehenderlos, para conocerlos, para “dominarlos”. El autor no se presenta como el narrador omnisciente que desde el principio sabe todo de los personajes. Es una novela, por tanto, que nos presenta  un plano metaliterario: la literatura dentro de la literatura, pues nos hace reflexionar sobre las dificultades del proceso creativo y de los afectos y desafectos entre el autor y los personajes. Y de la relación del creador y su entorno mientras está inmiscuido en ese proceso narrativo.

La novela es también un buen ejemplo del concepto de la intrahistoria unamuniano. La vida sencilla de las personas que han hecho la historia y no aparecen reflejadas en los libros de historia. Y si hay un colectivo que ha sido silenciado por la historia ese es el  colectivo de las mujeres, que han sufrido como esposas, amantes, hijas… Y, sobre todo, como madres. Y también como trabajadoras. Barcelona, Madrid, un pequeño pueblo de Segovia, León,  los Ancares leoneses… son los lugares en que ocurren los hechos que se cuentan en la novela.

Es una novela que nos hace reflexionar, identificarnos con los personajes, vivir con ellos sus penurias, sus esperanzas, sus amores… Una novela, en fin, que presenta una estructura novedosa, unas historias que nos emocionan y que remueven nuestra conciencia… Una lectura amena y recomendable.

Tetas: la fuente de la vida se presentará en Madrid el día 5 de marzo.

La generosidad del autor la pone a nuestra disposición también en formato digital a través de su web




La novela se puede adquirir al precio de 15 €, en la siguiente dirección de correo:  bardera.sc@gmail.com  

También en algunas librerías de Segovia y Madrid.

Y además, la generosidad del autor nos permite  acceder a la versión digital de la novela a través de su web.




miércoles, 6 de febrero de 2019

El lenguaje de la vestimenta y el calzado en Omaña (León)


En invierno, en madreñas; en verano, a la mazuela.


En este artículo voy a tratar de desempolvar y airear  algunas prendas que formaban parte de la indumentaria de la montaña leonesa, y especialmente de la comarca de Omaña, a lo largo del siglo XX. Al irlas aireando, saldrán también de ese baúl olvidado los nombres que servían para denominarlas, esas palabras con las que los montañeses de otra época configuraban la realidad que los rodeaba y su pensamiento. 

Parte de esas prendas quizá permanezcan aún hoy guardadas en algunas casas, tal vez en algún museo etnográfico. En el último caso, la palabra acompañará a la prenda, al menos  expuesta en una cartela; en el primero, en cambio,  es posible que tengamos todavía a  mano la prenda y no sepamos ya cómo se llama. (Marcaré en letra cursiva esas palabras).

Madreñas (o galochas) herradas. Foto gentileza de María Dolores Rodil

No soy una experta en historia de la vestimenta, por ello lo que viene a continuación no es un artículo etnográfico, es solo una somera memoria del pasado que me sirve para rescatar algunas de las palabras relacionadas con la vestimenta que formaron parte, hace décadas, de la fala omañesa.

En una época en que la escasez y la sobriedad presidían todas las parcelas de la vida, la vestimenta no era una excepción.  Escasez y sobriedad que se manifestaban en la poca cantidad de ropa de la que se disponía y en  el colorido de la misma, pues en la vestimenta de diario predominaba el  color negro o pardo.

A pesar de la escasez de piezas con que contaba la indumentaria, había variación en la vestimenta que se usaba en el invierno con respecto a  la del verano. En el invierno, era preciso abrigarse bien, pues muchos de nuestros pueblos superan los 1000 metros de altitud y la invernía  en ellos es larga y dura.

Hagamos, pues, un repaso de cómo se vestían las mujeres en invierno. En la primera mitad del siglo  XX  las mujeres no gastaban pantalones (y tardarían mucho en incorporarlos las mujeres del mundo rural), así que tenían que usar ropa adecuada para protegerse del frío. El justillo  ceñía el torso de la mujer. Iba abierto por delante, llevaba ojales y se ajustaba con cordones.  Las niñas solían llevarlo bajo la camisa y  las mujeres se lo ponían sobre esta.  Hacía también las veces de sostén, prenda que, cuando empezó a generalizarse, era llamada ajustador. Las mujeres dejaron de utilizarlo antes, las niñas lo usaron hasta el inicio de la segunda mitad del siglo XX.

Justillo. Foto gentileza de María Dolores Rodil

Las bragas inicialmente solían ser de lienzo y tenían forma de pantalón corto. A mediados de siglo, las mujeres y  empezaron a usar las bragas de algodón. Otra prenda  interior que con que se vestían las  mujeres eran las enaguas,  una especie de falda interior, o la combinación, prenda que se ponía bajo el vestido y que estaba confeccionada con tela de lienzo, tenía tirantes y cubría todo el cuerpo. Sobre las enaguas o combinación iba el refajo (también se podía usar sin enaguas), que era  una especie de falda o vestido  interior de paño fuerte  y grueso o de lana, rematado con una puntilla de punto.

Sobre el refajo, se colocaban los rodaos (manteos), tipo de falda, generalmente de lana basta y de color pardo,  para el trabajo del campo, y de colores más vivos, para la fiesta. En la parte superior del cuerpo, sobre la camisa, se ponía el justillo y después el dengue, de paño negro o de color, que cubría por detrás hasta la mitad de la espalda y por delante iba cruzado sobre el pecho. El rodao sería sustituido después por las sayas, que eran faldas largas, generalmente de color negro, aunque las había también de otros colores. Este tipo de prendas fueron desapareciendo en las primeras décadas del siglo XX. 

Vestimenta de la mujer omañesa. Foto gentileza de José María Hidalgo.
Incluida en el libro de Concha Casado, Indumentaria tradicional de las comarcas leonesas.


Las sayas, ya casi mediado el siglo, se fueron sustituyendo por faldas  un poco más cortas,   y por  batas y vestidos, siempre por debajo de la rodilla.

Si se quería que las faldas de niñas y mozas tuvieran más volumen, se colocaba debajo un cancán, que se almidonaba convenientemente para que quedara más rígido y mantuviera su forma abombada.


Niña omañesa con cancán,
h. 1957. MAR. Álbum familiar

Las fibras más usuales para elaborar los tejidos, tanto para la ropa de mujer como de hombre, eran la estameña, la lana, el lino, la seda, el sedón… Con ellas  se  elaboraban las  prendas en los tejedores  de la zona. La textura era muy áspera. Con tela de lienzo  preparaban los paños higiénicos que usaban durante la menstruación y que, una vez lavados, servían para ser reutilizados en sucesivas ocasiones. En la década de los 60 se sustituyeron por paños “de compra”, que ya no eran de fibras naturales, hasta que la llegada de las compresas los desterró como parte de la indumentaria femenina.

La chambra era una especie de chaqueta con que se cubría el pecho.  Las chaquetas tejidas en casa, de lana de oveja, de manga ranglán o pegada,  fueron dejando atrás  a la chambra. También se usaba una  especie de capa, que podía llegar hasta el trasero o la rodilla, llamada  el mantillín. Servía para taparse y para echárselo sobre la cabeza cuando había que entrar en la iglesia.  Otra prenda de abrigo era la  peregoina, una  toquilla redonda y sin flecos. Esta prenda estaba siempre a mano para echársela sobre los hombros en el invierno y en las noches frescas de verano. Y en el escaño, nunca estaba de más la manta de lana o de ganchillo llamada yeitero.

Las mujeres, hasta la década de los 60, se arropaban en invierno, para salir a la calle, con el mantón, especie de manta pequeña y alargada de lana, de color negro, rematada con cerras en sus bordes. Con el mantón  se envolvían el cuerpo y la cabeza. Recuerdo muy bien esa imagen de la mujer,  vestida de negro, que, cual fantasma o ser misterioso,  salía o entraba de las casas en las noches de invierno para ir a velar a casa de algún vecino y participar en el filandón o filandero.

Mantón de hacia 1930. Foto gentileza de María Dolores Rodil.

Las piernas se abrigaban con medias  negras y  calcetines de lana. Tanto las chaquetas como los jerséis  eran tejidos con esmero por las mujeres en esas noches largas de las veladas invernales.

Los hombres se protegían del  frío con canzoncillos  largos de franela o de felpa, abocinados en los tobillos, sobre los que se ponían pantalones de pana. El tronco lo abrigaban con camisetas, camisas de franela y con chaquetas de pana o jerséis. Sobre el pantalón y la camisa se colocaba la faja. Era una especie de bufanda larga que  rodeaba la cintura  con varias vueltas y servía para proteger la espalda  del frío y de los esfuerzos del trabajo del campo. Para salir a la calle se tapaban con una pequeña manta alargada, de lana, y generalmente de cuadros, con la que se envolvía el  pecho y la cara. Era el  tapabocas. En ocasiones el tapabocas se parecía más a un poncho, pues tenía una abertura en el centro para la cabeza y se cerraba por los costados.

En los pueblos de Omaña seguramente todos sabían lo que era llevar a alguien tapadura. Se trataba de proporcionar a   la persona que   estaba en el campo sin prendas de abrigo la vestimenta adecuada o el paraguas, especialmente cuando amenazaba lluvia de tormenta.

Otra prenda que acompañaba siempre a los hombres era la boina  redonda, sin vuelo. Era de lana y de color negro. En la parte superior sobresalía una especie de pequeño pezón o rabillo que servía de remate de las piezas que le daban forma. Cuando se rompía por vejez de la prenda o de forma accidental se decía que la boina estaba capada  o era una boina capona. Este tipo de gorra ha pervivido más tiempo, e incluso traspasado el umbral del siglo XXI. 

Había también una prenda con la que se protegía la cabeza era el pasamontañas o verdugo, tejido también por las madres o abuelas. Los que lo usaban con mayor asiduidad eran los niños. Cuando el frío era intenso los hombres usaban la zamarra, prenda rústica de piel ovina, o el tabardo. Los más pudientes usaban un capote de paño, hecho con tejido   de lino o lana.

El abrigo, la cazadora, el chaquetón, la gabardina el impermeable…, para hombres y mujeres, tardaron mucho en llegar a la indumentaria rural, y solo se usaban en ocasiones especiales. Lo mismo ocurrió con el pijama, pues lo ordinario era dormir con la ropa interior puesta. Como la ropa interior no se cambiaba a diario, era también una forma indirecta de protegerse del frío, pues no debían desnudarse totalmente para volver a vestirse a la mañana siguiente. Algunas mujeres usaban un camisón de lienzo para dormir.

En verano había que desprenderse de parte de la ropa de abrigo. Se guardaban en el baúl los refajos y se usaba solo la combinación de lienzo. Poco a poco, las mujeres se fueron mercando unas combinaciones más finas, de fibras artificiales, que a veces tenían encajes, y que para ellas eran todo un lujo y una íntima satisfacción, a pesar de no tener  el significado erótico  que actualmente se da  a la lencería.

Las combinaciones servían también para que aquellas mujeres más osadas pudieran bañarse en el río, en una época en que el bañador no había llegado a los pueblos. Recuerdo haber visto nadar a mi propia madre con la combinación mojada y pegada al cuerpo. Parecía una    Gracia  de La Primavera de Boticcelli, que permanece retratada en  mi retina con la misma imagen de la técnica del paño mojado, pero mucho más recatada.  

Con las combinaciones empezaron a llegar también las medias de nailon y de cristal que surgieron en EEUU, en los años 40. Se llamaron medias porque cubrían la mitad que las calzas. Aunque a los pueblos omañeses llegarían mucho más tarde, pues no estaban al alcance de todas las mujeres por su precio ni tenían las mujeres campesinas muchas ocasiones de lucir esas medias. 

Más uso tuvieron las medias de espuma, negras y de “color media”, que se sujetaban con ligas por encima de la rodilla.  Unas ligas de goma, sin ninguna sofisticación ni  erotismo, que se preparaban en casa cosiendo un trozo de goma para darle la forma de  un aro que pudiera sujetar la media para que esta  no se deslizara por la pierna. Estas medias nos sitúan ya a mediados del siglo XX. Cuando llegaba el calor, al final de la primavera, las mujeres jóvenes que no estuvieran de luto (el luto implicaba ir con medias negras, incluso en verano) también se quitaban las medias y  comenzaban a  ir a la mazuela.

Los hombres también dejaban en el baúl los calzoncillos  afelpados y los sustituían por unos calzones cortos de lienzo. La camiseta de media manga, la sustituían por la camiseta de tirantes o camiseta de imperio. En el mismo baúl quedaba aparcado el pantalón de pana que era sustituido por el de mahón azul, sujetado en la cintura por un cinto ancho: la pretina. Este cinturón a veces cambiaba de cometido y se usaba para poner rojo el culo de  algún niño mal mandao. Las camisas eran de manga larga y se solían llevar arremangadas por el codo. En muchos casos sobre la camisa se llevaba un chaleco sin abotonar.

En alguna percha quedaba la boina colgada durante unos meses y se usaba el sombrero de paja para trabajar en el campo. No era raro que  se improvisara una gorra  que  cubriera la cabeza de la fuerza del sol, cuando se estaba trabajando y no se disponía de sombrero. Para ello se usaba el moquero, aquel moquero blanco o de cuadros blancos y azules, que estaba siempre presente en los bolsillos, al que se le hacía un nudo en cada una de sus cuatro esquinas para que se sujetara en la cabeza a modo de visera cuadrada. No era raro ver a hombres por el campo con ese original “tocado”.

Las mujeres cubrían la cabeza con un pañuelo que ataban bajo la barbilla y que cubría parte de la cara. En la vestimenta más antigua se llevaban pañuelos de seda, de sedón o de lana merina, que se fueron sustituyendo por  pañuelos de otros tejidos, cuando se dejó de usar el rodao.  

Pañuelo de sedón, para traje de fiesta. Mediados del siglo XX.
Foto gentileza de María Dolores Rodil

Si la mujer era mayor o se había quedado viuda, el pañuelo era siempre negro y se llevaba de forma permanente.  Si la mujer enviudaba ya en su madurez, el negro iba a ser el color que la acompañara el resto de la vida. Las mujeres jóvenes se ponían una pañoleta de colores vivos. Unas veces la ataban debajo de la barbilla y otras, en la nuca, generalmente en épocas de calor. O la usaban como racilla, atándola en la parte superior de la cabeza, así les servía para sujetar el pelo a modo de diadema.

Pañuelo de lanilla, procedente de La Omañuela. Primeras décadas del siglo XX.
Foto gentileza de María Dolores Rodil

Otros complementos eran la faltriquera y el zurrón, la fardela o el morral. La faltriquera era un bolsillo de tela que se ataba en la cintura y se llevaba colgando por el interior de la ropa o debajo del mandil. Resultaba un lugar seguro para guardar el dinero. Por eso, quien tenía muchos posibles tenía buena faltriquera. Y rascarse la faltriquera era dar dinero de mala gana.  El zurrón era una bolsa de tela fuerte, que usaban los hombres, sobre todo, los pastores, para llevar al campo la comida y demás utensilios que necesitaran en su labor de pastoreo.

Para proteger la ropa, en el trabajo del campo, se usaban también los zajones (zahones), calzones de cuero y paño atados a la cintura a modo de mandil, con perneras abiertas por detrás que se ataban a la pierna. Cuando, entrados en la segunda mitad del siglo XX, apareció el mono de mahón,   vestimenta de cuerpo entero, cerrada por una cremallera larga que abarca todo el tronco,  los hombres dejaron de utilizar otro tipo de  ropa protectora y se convirtió  en la prenda más habitual de trabajo para los labradores,  los mineros y otras profesiones.

Un elemento fundamental en la vestimenta de nuestras mujeres ha sido siempre  el mandil. Inicialmente era de merino fino, de algodón… y se usaba también en la ropa de fiesta. Pero, sobre todo, adquiría  una importancia especial en el quehacer diario. Fue cambiando de tipo de tela y de función con el tiempo La mujer omañesa usó está prenda como un elemento más de la indumentaria habitual. La utilidad de esta prenda es clara en la cocina, pues preserva la ropa de la suciedad, pero también tenía gran utilidad fuera de casa, en la huerta o en el corral, pues servía como recipiente improvisado para transportar cualquier cosa. Casi se puede decir que un mandilao se ha convertido en Omaña en una medida de capacidad. Todo el mundo se hacía una idea aproximada de lo que era un mandilao: de fréjoles, de manzanas, de patatas, de castañas… Iba sirviendo de continente para trasladar productos diversos a medida que avanzaban las estaciones.  A veces eran los huevos del ñal los que llegaban a la cocina en un mandil, con sumo tiento y muy amodín para no hacer tortilla antes de tiempo.


Foto gratuita Pixabay

El mandil era una prenda muy versátil. Servía para secarse las manos, para limpiar las caras y   los mocos de los guajes que andaban alrededor. El mandil sustituía a los guantes o chaquetas para envolverse los brazos y protegerse del frío. Servía para hacer una limpieza rápida de una mesa o un mueble que las visitas inesperadas no debían ver sucio. Y por, supuesto, servía para agarrar el asa de la pota o el mango de la sartén. También los bolsillos del mismo eran de mucha utilidad para guardar el moquero y otros “tesoros”.

El mandil era insustituible. Es importante no confundirlo con el mandilón, que era lo que luego se llamó el babi escolar. Además  esta palabra tenía en Omaña otro  significado peyorativo, pues se llamaba mandilones a los hombres poco resolutivos.

Todas las mujeres tenían también un velo negro para cubrirse la cabeza en la iglesia cuando asistían a las ceremonias litúrgicas. La mayoría tenían uno simple, muy usado, y otro más fino que se ponían en las ocasiones especiales. Las más pudientes tenían también mantillas. El  velo dejó de usarse paulatinamente en la iglesia a partir de las novedades que introdujo en la liturgia el Concilio Vaticano II.

Otras vestimentas femeninas ligadas al hecho religioso eran los hábitos que por ofrecimiento, y como signo de agradecimiento, podían llevar las mujeres durante períodos más o menos largos, a veces, de por vida. Iban dedicados a distintas advocaciones de la virgen o santos, relacionados con aquello que había que agradecer o pedir. En el santuario de Nuestra Señora de las Angustias, en La Garandilla, existía un  tipo de hábito peculiar, que  llevaban de manera puntual para asistir a misa  el día 8 de septiembre los penitentes que estaban ofrecidos. En su mayoría solían ser mujeres. Este tipo de hábitos los proporcionaba el santuario, a cambio de un módico alquiler,  y se llamaban mortajas. Era frecuente que las mujeres llevaran algún escapulario devocional. Eran dos pedazos pequeños de tela, unidos por cintas largas para colgarlo del cuello y que caían  sobre los hombros (por eso se llamaba escapulario, del latín scapula). En la tela  estaba bordada la imagen del motivo de la devoción: la Virgen del Carmen (marrón), la Dolorosa (negro), la Inmaculada (azul), san José… Se creía que se obtenían beneficios espirituales llevando el escapulario. En algunos casos se usaban abalorios a modo de  collares decorativos que incluían pequeños relicarios.

Collar con relicarios. Riello. Foto gentileza de José María Hidalgo

Los hombres no tenían en sus vestimentas condicionamientos religiosos,  excepto el hecho de  que debían descubrirse la cabeza en la iglesia en señal de respeto.

Hacía mediados del siglo XX, en los pueblos omañeses, las mujeres se casaban con un traje negro. Iban vestidas de manera muy sobria y se permitían pocos adornos: unos botones dorados, algún broche, unas perlas…

En traje de boda, Ireneo y Patro. Paladín, 1952.
Foto: MAR. Álbum familiar

El negro era también el color del luto, como en el resto de España. Y el luto solía ser muy largo. Si la mujer viuda era joven, andando el tiempo, volvía a vestirse de color, pero si tenía edad madura, lo más frecuente era que el luto fuera muy largo o permanente. Cuando se abandonaba el negro del luto se pasaba por una situación intermedia en que las mujeres vestían ropa jaspiada que mezclaba el  negro y  el blanco. Era lo que se llamaba vestimenta de alivio. Cuando los niños se quedaban huérfanos también se les vestía de negro. Así ocurrió a la muerte de mi abuela, pues se vistió de negro hasta a la más pequeña de sus hijas que tenía solo dos años. Una vecina y amiga le hizo un vestido para la ocasión con las mangas de un vestido viejo de mujer.

Luto por la muerte de la madre. De izda a dcha: Patro, Beatriz, Iluminada, Pepín, José (con gorra) y  Maruja
Camposalinas, 1941. Foto: MAR. Álbum familiar


Los bebés omañeses también tenían su peculiar vestimenta en los primeros meses de vida.  De cintura para abajo se les envolvía en pañales de lienzo, sobre los que se colocaba  la mantilla (una especie de pequeña manta fina), y sujetados ambos alrededor de las piernas por el orillo. A todo ese envoltorio se le llamaba bruyo o brucho. Evidentemente, cada vez que se cambiaba un pañal había que lavarlo para poder volver a utilizarlo. Aunque, alguna vez vi que  había mujeres que, cuando el pañal solo estaba manchado de orina, lo secaban y lo volvían a utilizar.  Faltaba mucho, en las décadas centrales  del siglo XX, para que llegaran las gasas, los picos y, posteriormente, los dodotis. A pesar de que tenían aprisionadas las piernas en los primeros meses de vida, aquellos niños solían andar antes del año. Y andaban como rejiletes.

En cuanto al calzado,   nuestros bisabuelos  calzaban albarcas en verano, que las ataban a la pierna con los corbales. Inicialmente eran de pellejo de vaca. Después empezaron a elaborarse con la goma de la llanta de los coches.  En el invierno, para ir calientes, se calzaban carpines  (escarpines) o zapatillas  y madreñas, aunque algunos prescindían de las zapatillas  o los carpines y metían el pie  solo con el calcetín, o sin él, en la madreña, lo que se llamaba andar a la chancleta. Los carpines estaban hechos con paño de color pardo, cubrían el tobillo y se abotonaban por el lado externo. Para preservar del frío y la humedad, también se usaban las polainas, piezas de piel de oveja que se ponían sobre las pantorrillas y se sujetaban con cuerdas o hebillas. Los zapatos eran calzado de lujo. Como mucho se poseía un par para las fiestas y las ceremonias. En algunos casos los zapatos y el traje de boda servían para todas las fiestas de la vida de la persona, incluso para su mortaja.

Las madreñas eran en Omaña casi una seña de identidad. En realidad fue un calzado utilizado en todo el norte de la Península (en otros lugares llamadas almadreñas o galochas), pero no se concibe la imagen invernal de un omañés sin unas madreñas en sus pies  Era la mejor manera de llevar los pies calientes en invierno y de sortear la humedad o el barro que abundaba en nuestros pueblos. Unas cuantas   madreñas, perfectamente pareadas, se veían a la entrada de las casas o de la iglesia. Todos los miembros de la familia tenían sus madreñas, por tanto, las había de todos los tamaños, perfectamente cinchadas, para que no se abrieran, y calzadas con  tacos de goma o con  clavos de hierro (herradas) en los poyos o pies, para evitar el desgaste. 

Madreñas cinchadas y con tacos de goma. MAR

Los madreñeros del Valle Gordo fueron famosos en Omaña. Tallaban las madreñas en madera de abedul, árbol frecuente en la zona, por su resistencia y su facilidad para ser trabajada. (En el Boletín de la Asociación Cultural Omaña, nº 11, de mayo de 1994, aparece un  magnífico artículo  de José María Hidalgo, -Los últimos madreñeros de Omaña-, en el que habla del proceso de elaboración  de la madreña y de los madreñeros omañeses más famosos).


Amaro Calzada. Fasgar. Foto: José María Hidalgo

Las madreñas artesanas eran pequeñas obras de arte por los dibujos que se labraban sobre la pechuga, más finos y elaborados en las usadas por las mujeres. 


Ilustración publicada en  el artículo  citado supra

Las gentes de Omaña las adquirían generalmente en las ferias del Castillo y de Riello, y fueron durante muchas décadas la protección perfecta para los pies de los omañeses.

Durante un tiempo las madreñas convivieron con  los chanclos (invento posterior), un calzado de goma que permitía introducir la zapatilla en el interior para tener los pies calientes,  y con  las botas de goma. Poco a poco, se fueron arrinconando las  madreñas en algún lugar del corral o de la cuadra, aunque nunca se ha olvidado su uso del todo.  Había que tener una cierta maña y estar acostumbrados a usarlas para andar  con ellas con soltura. Cuando llegaba el verano ya  todos podían calzar  alparagatas.

La ropa que tenía cada persona era escasa. Una muda de quita y pon para diario y un traje de vestir para cuando era necesario ponerse pincho.

Como se vestía frecuentemente de negro, especialmente las mujeres, las prendas perdían color, se esmaltaban, y se volvían rajonas. A veces presentaban también  quemaduras superficiales, que podían inutilizar una prenda, porque se habían esturado al lado del fuego. En algunas ocasiones saltaban chispas al abrir la fornigüela de la cocina económica o bilbaína para atizar  y hacían pequeñas quemaduras en la ropa que se llamaban raposas.

Mantón de abrigo que está esmaltado  y se ha quedado rajón por una cara.
Procede del Ariego de Arriba. Foto gentileza de María Dolores  Rodil.
Como no había dinero para cambiar de ropa, con frecuencia esta se arremendaba, donde se había producido el esgarrón  o se arreglaba de una manera más artística, añadiéndole más piezas de una forma simétrica. Este tipo de arreglo se llamaba remontar la prenda. 

No era infrecuente que  se le diera la vuelta para utilizar el tejido por el lado del revés, porque se mantenía más nuevo. El mucho uso desgastaba tanto las prendas que  terminaban estando muy   rasinas y a punto de atazarse o romperse. En esos casos, o cuando se producía un esgarrón y aparecía un  siete (o “cualquier otro número”), se repasaba o zurcía hasta que esa operación era  ya imposible. Quedaba solo la solución de ponerle un remiendo con otra tela lo más parecida posible. Esta operación se hacía también con la ropa de cama. Resultaba desagradable dormir encima de una sábana bajera que tenía una costura por la mitad, porque se habían unido dos piezas de lienzo estrecho o porque tenía un remiendo. Aunque, eso sí, la costura era perfecta, porque las mujeres sabían hacer buenos repulgos (así se llamaba también a los piropos).

Cuando la prenda quedaba estrecha  y arratigaba el cuerpo se trataba de enanchar utilizando la tela de las costuras.  En otras ocasiones,  sobre todo,  cuando era ropa “regalada”,  había que estrecharla, si nos resultaba grande, porque dentro de ella parecíamos sacos o falmegos. Había que revisar bien la prenda para que no nos  pingara de algún lado y para que armara bien.  Así  que a  las mujeres se las veía frecuentemente enfilando la auja. Y siempre quedaba la posibilidad de  teñirla para darle un aspecto diferente. El agua de las hojas de aliso cocidas se utilizaba para teñir, antes de que llegasen los tintes industriales. Y como nada se tiraba, cuando una camisa o prenda similar ya no servía o estaba deteriorada, se utilizaban las partes que se conservaban en mejor estado para hacer mandiles, rodillas o rodeas. Recuerdo que  las faldas de nuestros uniformes del colegio de León terminaron usadas en la cocina para ese menester.

Era frecuente que la ropa se heredara, bien de hermanos o de otros familiares mayores, en el caso de los niños, o bien de otras personas fallecidas o que tenían más posibles, en el caso de los mayores. A nuestra casa llegaba, en alguna ocasión, la ropa que una persona cercana traía del extranjero, procedente de personas en cuyas casas servía, y que repartía entre la familia. ¡Y la recibíamos como el mejor regalo!

Parte de la ropa de abrigo se hacía con  lana de oveja, que antes de tejerla se había escarpenado (carmenado), luego la rucada (cantidad de lana que se ponía de una vez en la rueca para hilar) se había colocado en la rueca y, posteriormente, se había filado, torcido, hecho  un cadejo (madeja) y después un gorgoto (ovillo). Y así, preparada para tejer, se iba convirtiendo en chaquetas, calcetines, bufandas… Estas prendas, tejidas con amor, eran poco amorosas, pues tenían un tacto desagradable y picaban en la piel, por ello, celebrábamos tener una prenda de carácter industrial que nos resultara de tacto más agradable.

Los calcitos y medias se tejían utilizando cinco agujas llamadas subinas. Con ellas se podía tejer la prenda en redondo, de forma que no tuviera costuras. Con cuatro  subinas se mantenía la forma redonda –más bien cuadrada- y con la quinta se tejía haciendo par con alguna de las otras cuatro. Con las agujas largas de hacer calceta se tricotaban las chaquetas y jerséis.

En la mayoría de las casas omañesas había una máquina de coser: una Singer, una Alfa… Las más sencillas se movían a manivela y las más cómodas, con los pies. 


Máquina de coser de manievela.
Foto: Freeimages

La mayoría de las mujeres eran capaces de confeccionar prendas sencillas,   ropa de cama y de poner remiendos. Cuando se quería una prenda de confección más compleja se recurría a una modista, que conocía el arte del  corte y confección. Algunas de ellas enseñaban los secretos del oficio a las mozas para que  prepararan bien su futuro oficio de amas de casa.

Había que cuidar la ropa para que durara limpia toda la semana, pues, en general, la gente se mudaba los domingos. Por eso se reñía mucho a los niños cuando nos  pingábamos y nos caía un lamparón de grasa en una prenda o nos manchábamos de otra forma. No era infrecuente que termináramos entisnaos (entiznados) o encisnaos,  si andábamos alrededor de la lumbre. Si la suciedad era de otra procedencia, decían que andábamos encacinaos o teníamos cotra y nos dedicaban  los calificativos de  puercos o gochos. Y, si estropeábamos mucho la ropa o el calzado, entonces éramos unos estrozones.

Había  también entre los adultos algún adán que no cuidaba mucho el aspecto físico. Para este tipo de persona los calificativos eran numerosos: balandrán o malandrán, farocho,  madejón, malandrina, mandrángolas... Si además la persona era poco cuidadosa en el vestir y en el hablar, se la llamaba tambarón.   Si llevaban la camisa sin abotonar, se decía que andaban desapichalaus.  Si  iban mal vestidos, en el aspecto general, se les llamaba esllandráus. La ropa arrugada tenía grullas o se decía que estaba arregrullada.

Los que iban con vestimenta en mal estado se se decía que se vestían   con  farrapos, zarandajos o zamarrazos, por lo que eran unos  esfarrapaus o farrapudos y parecían unos falampernos. Eran pura zarriería. Si a los harapos se añadía el desaseo o el desaliño,  las palabras zarrapastroso,  esfaragachao o zafarrón  aparecían también como calificativos en la fala omañesa (zafarrón designa también en Omaña a los hombres disfrazados del carnaval tradicional).

Pero también había personas muy pinchas, relambidas o de pitiminí que se empingorotaban cuando tenían la posibilidad de hacerlo. Y si se  adornaban en exceso para parecer de ringondangos (ringorrango) se decía que se emperejilaban. Por eso,  la palabra perejila designaba a mujeres y niñas que se acicalaban con excesivo esmero. La verdad es que las mujeres de los pueblos no tenían muchas posibilidades de ser perejilas. Un poco de colorete en las mejillas, unas arracadas (o arrecadas) en las orejas, quizá un collar de perlas y poco más. Los hombres podían llevar un reloj de bolsillo, algunos con cadena y, los más, sin ella.

La labor de lavar la ropa requería mucho tiempo y esfuerzo. Todo se lavaba  a mano hasta que a finales de los 60 y principio  de los 70 empezó a llegar el agua corriente a las casas y con ella las lavadoras automáticas. Hasta entonces,  armadas de  taja o tabla de lavar, de su cajón o bugadeiro para ponerse de rodillas y  no mojarse, y un balde lleno de ropa, las mujeres se encaminaban al lugar donde hacían la colada. 

En el verano se lavaba en el río o en alguna presa de riego o regacho. En el invierno, se buscaba algún pozo con agua de manantial que estaba más templada. Aun así, la tarea era especialmente dura, pues no había guantes de goma y en las manos quedaban marcados los estragos del frío. Los pueblos que no tenían río  o arroyos contaban  con lavaderos o pozos donde se realizaba esta labor.

Como la ropa solía estar bastante sucia, se ablandaba, poniéndola algún tiempo a remojo, después se le daba la primera jabonadura y se tendía al verde para que le diera el sol. Se dejaba varias horas, durante las cuales había que regarla varias veces, especialmente en verano, para devolverle la humedad, y, posteriormente, se daba la segunda jabonadura. Ese día, o al día siguiente,   se aclaraba y se torcía bien para que secara antes. Era el centrifugado de la época.  

Como la ropa de cama y la ropa interior eran blancas, para devolverles su blancura original, se les añadía azulete en el último aclarado. A veces había que dejar que las prendas pesadas escurrieran encima de alguna pared antes de echarlas al balde de cinc  que las llevaría al tendal. Las mujeres rivalizaban en el arte de saber lavar bien  y en la blancura de su ropa. Era curioso ver cómo las sábanas de lienzo moreno, que se confeccionaban en casa, , a fuerza de lavaduras, iban perdiendo su color oscuro y restrolucían de blancas. En cambio, el lienzo blanco parece que daba peor resultado.


Tendal.
Foto  Pixabay
El jabón se elaboraba en casa con ingredientes naturales: tocino, sebo, grasa o aceite usadas… que se mezclaban con  sosa caústica y agua. Se le añadían también unos polvos que llamaban jaboncillo para que diera más espuma.  Se mezclaban todos los componentes en un cubo grande. Se revolvía  incesantemente con un palo o tabla durante algunas horas hasta que la sosa disolviera la grasa. Una vez transformado todo en una masa uniforme, se vertía en un molde alargado de madera llamado jabonera.  Se dejaba unos días y cuando estaba ya muy sólida se cortaba en panales. Con estos panales se lavaba hasta que ya estaban tan desgastados que solo quedaba una cala.


Panal de jabón casero. Foto: MAR

Un arca y algún baúl servían para guardar toda la ropa de los miembros de una familia. Hoy, en cambio, necesitamos poner contenedores en la calle para dejar en ellos la ropa que desechamos en buen estado. Hemos pasado del auténtico reciclaje doméstico, en que todo tenía utilidad, al reciclaje industrial, o simplemente al hábito de usar y tirar.

En los años 60, fueron llegando a las casas los roperos de color oscuro y de chapa brillante.  Para colgar en ellos las prendas se hacían las perchas de forma artesanal. Por el contrario, nos fueron dejando  la lana doméstica, el lienzo, el lino,  la lona, la pana… y llegaron el poliéster, el   nailon, los tejidos acrílicos... Y todos aprendimos una palabra extraña: tergal.  Palabra que parece que procede de  la última sílaba de la palabra polyester   y las primeras letras de galo, porque la empresa que lo comercializó era francesa.  Al menos las planchas de hierro podían reposar un poco. 

El tergal acabó con las sábanas de lienzo llenas de festones y bodoques que, con tanto primor, habían bordado nuestras madres y abuelas, y se encerraron para siempre en un baúl olvidado. El tergal nos trajo también las faldas plisadas de los años 60. Y  el entorno doméstico nos obligó también a aprender otras palabras novedosas: prexiglás, duralex… Eran los signos de un tiempo imparable que incorporaba la vida silenciosa y apartada de los pueblos de montaña a los modos de la vida urbana y a la “civilización”.

En ese baúl de los recuerdos amarillos ha quedado parte de nuestro pasado, pero, de vez en cuando, conviene abrirlo y sacarlo a  la luz para  que su contenido no se apolille y se pierda para siempre.

Cirilo y Celia en traje de domingo. Paladín, 1954.
Foto: MAR. Älbum familiar




Nota: Mi agradecimiento a María Dolores Rodil Osorio y a José María Hidalgo Guerrero por la información y las fotografías que me han aportado.





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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.