viernes, 8 de noviembre de 2019

Memoria de un pozo



Pozo del pueblo de Paladín en verano


Ahí estás aún, orondo, erguido, sintiendo pasar el tiempo,  vigilando, como un centinela, los días y las noches de una  calle solitaria.  Has visto pasar por delante el silencio, el jingrio,  el trabajo…  El ladrido de un perro,  la moñica de una vaca. Alegrías y penas.  La vida y la muerte.   

Abres los ojos al sol  de la mañana y acarician tu espalda  las rubianas de la tarde. Has resistido, impertérrito, al frío, al calor, al viento, al bastio Nadie como tú sabe mejor qué es estar albentestate


Al sol mañanero de un día de verano

Desde tu silencio ves pasar las estaciones.  El invierno esconde tu pelo bajo un gorro de lana  blanca, la primavera te adorna con una pamela florida, el verano te   hace crecer una espléndida melena   que cae sobre tu frente   y la otoñada te  cubre con  una boina afrutada.

Con su pamela florida, en primavera

Distingues los pasos de tu gente y los de las personas desconocidas, pero saludas a todos  los que te encuentran a su paso. Eres un símbolo de la relación de vecindad, de la convivencia.

Has sido espejo en que se han  reflejado las caras de varias generaciones, caras del color del sol y del viento, sobre todo de mujeres, que dejaban deslizar el caldero desde la polea, para que tú, generoso, se lo devolvieras lleno de agua. En tu entorno se ha desarrollado una parte importante de la dedicación a las labores de hogar de la mujer campesina, que ha acudido a ti para saciar la sed de la familia, para poder cocinar para ella,  para lavar el sudor de la fatiga… ¡Qué esfuerzo el de portar esos pesados calderos de cinc que se llevaban por pares y que siempre tenían que estar llenos!

Con su boina afrutada de inicios de otoño

Hoy tu ventana está cerrada y  tu polea silenciosa. Quizá los  rapaces ignoren lo que has significado para  sus abuelos. Saben que eres un pozo, pero nunca se han asomado a tu brocal. No saben que  fuiste cavado a mano, que tus paredes están revestidas de piedras, colocadas con  arte y con mimo,  o que, en un tiempo ya lejano, la vida cotidiana  tenía mucho que ver contigo. No saben que no siempre existieron los grifos. 

Te vas quedando solo. Otros pozos comunitarios o privados te acompañaban hace décadas, pero el tiempo los ha desmoronado  o los ha transformado en otros pozos de  formas nada tradicionales. También las fuentes compartían contigo sus  aguas salutíferas y generosas.  Fuentes naturales que brotaban con fuerza del suelo en cualquier rincón, que nos sorprendían  escondidas entre unas hierbas, protegidas por unas urces,  al borde de un camino o en lugares más apartados. Hoy ya no son reconocibles muchos de los  lugares en que manaban. Llegó el progreso y con él el calentamiento global, y se llevó muchos  regalos de la naturaleza. ¿Progreso? 

Mientras, han surgido otros pozos, tubos plantados en el suelo a golpes o con maquinaria, por dentro de los cuales sube el agua sacada con el motor, mientras baja, de forma preocupante, la capa freática.  Ganó la utilidad al encanto y a la ecología.

Hoy ya  no nos ofreces tu agua, pero ahí sigue, escondida a la mirada, quizá un poco nartinosa.  Es posible que esperes que alguien tire una piedra para  devolvernos el eco, para sentirte vivo y útil. Pero, aunque no nos lleguen ni la imagen ni el sonido,  nos conformamos con tu presencia, con tu compañía. Manos generosas te han ayudado a resistir, a dejarte en herencia. Manos futuras deben seguir curándote  las heridas y manteniéndote con vida. 


Con tu gorro de lana blanca, en invierno


Has sido fuente de vida… Hoy eres fuente de memoria…  ¿Mañana?

Mañana será otra historia.


Al final de la primavera


De centinela, en la calle solitaria


viernes, 1 de noviembre de 2019

Las flores del recuerdo


A la memoria de mis padres...




En el mudo camposanto,
hoy cobra voz el silencio.

Allí quedaron los cuerpos,
las almas de allí partieron,
para anidar en la mente
de aquellos que los quisieron.

San Pedro bendice el campo,
con las lágrimas del duelo,
gota  a gota convertidas,
en un río de recuerdos.

Agua sonora de vida,
que suena a rumor eterno.
A los pies de la vallina,
la memoria se hace eco.

Y el eco retumba y vuela
por los valles y los cerros,
y proclama esa memoria
más allá del cementerio...




El cementerio de Paladín (León), donde están enterrados mis padres, está situado al pie de la vallina de san Pedro.

viernes, 25 de octubre de 2019

Los miedos de nuestra infancia






El miedo es un sensación  muy humana  que todos hemos experimentado a lo largo de la vida. Pero hay una etapa en la que los miedos se hacen especialmente presentes: la infancia. Todos hemos sentido de niños algún tipo de miedo. Hay miedos comunes a todos los niños, de pueblo y de ciudad, de antes y de ahora. Por ejemplo, el miedo a la oscuridad.  Sin embargo, hay miedos más específicos que experimentan los niños de los pueblos. Cualquier espesa arboleda, cualquier curva de un camino, cualquier sombra no reconocida, cualquier sonido no identificable, cualquier persona desconocida, cualquier animal pueden despertar la sensación de   miedo. Omaña, comarca leonesa en que transcurrió mi infancia, es una zona de generosa naturaleza que también podía facilitar esos miedos…  También las leyendas de pozos, de cuevas,  de venenos, de moros... producían un especial desasosiego.

Pozo del Piélago (río Omaña), donde, según la leyenda, había un sumidero   que tragaba la paja menuda  que echaban
  e  iba a salir a una fuente en Villadangos del Páramo. (Foto MAR)

Voy a tratar de rememorar cómo eran los miedos de mi infancia, lo que me obligará a viajar a las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado.

Unos  cuantos personajes misteriosos parece que recorrían los caminos de Omaña, al menos en la imaginación de los niños, y que nos producían miedo.

Duérmete, niño,
que viene el coco
y  se lleva a los niños
que duermen poco.

En realidad estos versos eran parte de una nana que se usaba para dormir a los rapaces, aunque fueran bebés y no se enteraran del alcance de la amenaza. Pero, ¿quién era el coco? En nuestra tierra coco es el nombre que se da a bichos pequeños, generalmente insectos. Pero este coco con el que se asustaba parecía más bien un personaje. Los niños lo identificábamos con un ser real y malvado. Se asociaba a la noche, pues  se asustaba a los niños con él cuando íbamos a dormir, para que permaneciéramos quietos en la cama y no saliéramos de la habitación. No sabíamos dónde vivía ni cómo era, solo teníamos claro que podía salir de la oscuridad. Teniendo en cuenta  que cuando se asustaba con estos seres las casas tenían un deficiente alumbrado y las calles no lo tenían, procurábamos estar quietos en la cama por si acaso aparecía y teníamos ocasión de ver su imagen, cosa que queríamos evitar.

Asustar con el coco es una costumbre que trasciende la cultura leonesa y española. En Portugal y en muchos países de Hispanoamérica también  aparece este personaje. En el Lazarillo de Tormes, Lázaro tiene un hermano de la relación de su madre con un hombre negro.  Cuando Lázaro lo ve por primera vez se asusta, porque no ha visto nunca a alguien con piel de ese color, y dice a su madre: -¡Madre, coco! 

En aquellos valles y montes, pues, nos podía asustar el personaje indeterminado llamado el coco o también los cocos abundantes que viven en el mundo rural.

¿Y  qué niño de aquellos pueblos  y de aquel tiempo no se le ha asustado alguna vez con el tío del saco o el tío del unto?

El tío del saco sí éramos capaces de visualizarlo. Un hombre de mal aspecto que llevaba un saco a la espalda en el que metía a los niños para llevárselos  y degollarlos como el peor ogro. Por ello, cuando llegaba a cualquier pueblo un hombre desconocido generaba en nosotros desconfianza. A veces se trataba de los “pobres del palo”, que de vez en cuando pasaban por cada pueblo y que eran atendidos, siguiendo una velía, cada vez por un vecino (el que tenía el palo de los pobres que se iba pasando de casa en casa). Era un ejemplo notorio de solidaridad colectiva con los necesitados, pero a los niños nos ofrecía algún recelo. Aquel personaje al que se le había dado la cena y que después iba a dormir al pajar despertaba una alerta en las mentes infantiles, a pesar de que veíamos tranquilos a los mayores y eso nos inducía pensar que aquel no era el hombre del saco al que debíamos temer.

Algo similar ocurría con el tío del unto o sacamantecas. No sabemos si con saco o sin saco, este personaje se acercaba a los pueblos para raptar a los niños y sacarles el unto. En la montaña leonesa el unto o manteca era la grasa de los cerdos que se derretía  y conservaba en ollas para  sazonar la comida o para meter los chorizos en conserva. Se supone que con malas artes estos personajes extraían el unto del cuerpo de los niños para usarlo  con alguna finalidad cruel y misteriosa.

El tío Camuñas también era un personaje que infundía terror. Camuñas es en realidad   un pueblo de la provincia de Toledo y el nombre del pueblo ha sido el apodo que usó el personaje que ha dado origen a la leyenda. Porque el personaje  de los miedos existió realmente.

Francisco Sánchez  Fernández o Francisquete  nació en ese pueblo el 11 de septiembre de  1762. A partir  de la ejecución  de un hermano durante la invasión francesa, que fue colgado de las aspas de un molino,  juró que vengaría esa muerte. Así se convierte en guerrillero con un grupo de  secuaces,  luchó denodadamente durante años contra el ejército invasor y le causó graves daños, en distintos lugares de la Mancha. Por este motivo, Camuñas y sus guerrilleros  terminaron siendo temidos por el ejército francés. “Que viene el tío Camuñas”, parece que gritaban los franceses cuando el grupo de Camuñas podía causarles estragos. El 13 de diciembre de 1811 fue apresado por los franceses en Belmonte y ajusticiado. Su pueblo le ha rendido homenaje erigiendo una estatua en la plaza del pueblo que lleva su nombre.

En Camuñas, Toledo

En realidad, Camuñas fue héroe para su pueblo, pero  se asociaba también con el miedo que causaban sus acciones violentas. Así entró en la leyenda y terminó convirtiéndose en un personaje aparentemente ficticio y usado para asustar a los niños. En León, la alusión a Camunas tenía doble uso, pues se asustaba a los niños diciendo que venía Camuñas y también de personas desastradas se decía que se parecían el tío Camuñas.

Había también personas que en la imaginación infantil despertaban ciertos temores. Temor nos infundían los agentes de la Guardia Civil como representantes de la autoridad. Con sus grandes capas y sus tricornios, su figura se presentaba ante los ojos infantiles como la de alguien extraño y todopoderoso. Nuestra mente de niños nos los hacía ver como enemigos, porque pensábamos que nos podían detener y llevar a la cárcel. Un cierto miedo también existía entre los mayores. Eran entonces una mano ejecutora de la represión de la dictadura franquista. Se detenía a la gente por motivos ideológicos o se la multaba, por ejemplo, por trabajar los domingos o festivos…  Recuerdo cómo en una ocasión, en un festivo, mi padre estaba arreglando la fachada de la casa y un familiar fue a advertirle para que bajara rápido del andamio, porque andaba por allí la pareja de la  Guardia Civil.


Relacionado con lo anterior, existía otro miedo indefinido, pero cierto, que sentían nuestros mayores y que creaba una situación de alerta en los niños. Era el miedo a ser sospechoso, aunque yo no sabía muy bien de qué. Recuerdo cómo mi padre nos mandaba cerrar las contraventanas en las horas nocturnas cuando encendía la radio y, en onda corta, trataba de sintonizar, entre muchas interferencias, La Pirenaica. Yo solo sabía que allí nos podían contar cosas que otras emisoras no contaban. Aquello de “aquí Radio España Independiente, estación pirenaica” quedó grabado en mi recuerdo, junto con la sensación de clandestinidad. Tardaría en saber que era una emisora comunista y que emitía desde Bucarest. Y también los miedos que generaba la dictadura franquista.

El médico era otro personaje que imponía un respeto especial. Y no era tanto porque nos llevaran a su consulta, sino simplemente cuando lo veíamos por el pueblo, porque iba a visitar  a algún enfermo. Sabíamos que sus decisiones tenían que ver con la vida y la muerte de nuestros vecinos o con la nuestra propia y eso no era cualquier cosa. Si además nos prescribía inyecciones, el temor estaba más justificado.

Un grupo de personajes que despertaban temores eran los gitanos o quinquilleros que, al menos una vez al año, llegaban a los pueblos. Era un grupo de gentes que nos inspiraban cierto temor. Teníamos la sospecha de que podían robar, cosa de la que oíamos hablar a  nuestros mayores, y  veíamos  que, además, adoptaban la  medida de cerrar bien las puertas para poner todo a buen recaudo. La forma de vestir de los  hombres y mujeres de estos grupos, la forma de vida y  el mal aspecto era algo que impresionaba  las mentes de los rapaces. También el hecho de que fueran familias con niños, niños que vivían una vida muy extraña y miserable. Solían asentarse con todos sus achiperres en el portal de la iglesia y permanecían dos o tres días.

Las mujeres ejercían la venta ambulante y los hombres se dedicaban a actividades de hojalatería, eran estañadores.  Se les llevaban las sartenes, las potas y otros cacharros para que los compusieran. Eran capaces de estañar o lañar para arreglar un agujero, poner un asa… También transformaban una simple lata en otro recipiente: un tanque, una zapica para ordeñar, una aceitera, una mazadora… Porque en aquella sociedad nada se tiraba, todo se transformaba y adquiría nueva vida… También hacían tratos de compraventa con los burros y  las mulas en los que tenían fama de engañar.


Aceitera realizada por un hojalatero a partir de una lata del queso de la ayuda americana
que llegaba a las escuelas. (Foto MAR)

Un lugar que también era sinónimo de miedo  era el cementerio. Se contaban historias de que se veían luces por las noches, los famosos fuegos fatuos, luces blancos o verdes, que surgen de sustancias en descomposición como las que hay en zonas pantanosas o en cementerios. Los  huesos humanos contienen mucho fósforo y sales de calcio, por ello podían aparecer esos fenómenos cuando se enterraba en tierra y  los huesos de enterramientos anteriores quedaban al descubierto. No sé si alguien llegó a ver alguna vez tales fuegos, pero la leyenda los presentaba como cosa cierta.

Y con los cementerios, los muertos. Bien mirado, un muerto no nos podía causar ningún daño, pero la muerte representaba el mundo de lo desconocido y  todo lo desconocido nos inquieta, especialmente a un niño que aún no ha tenido contacto con la muerte. La idea de no volver a ver a una persona, o el temor a que se nos apareciera después de muerto nos producía mucho desasosiego. Seguramente todos superamos ese miedo cuando vimos por primera vez un muerto cercano.

Otra situación que creaba pánico en los niños e inquietud en los mayores eran las tormentas, llamadas por aquellos valles nubes. Oír la frase: ¡Que vien la nube!, nos producía una alarma especial. Las colubrinas y los fuertes tronidos nos daban mucho miedo. El miedo se agravaba al ver la preocupación de los mayores  por si la nube traía piedra y arruinaba la cosecha, o por los animales y personas que estuvieran en el campo… O por un rayo que podía quemar una casa o incluso matar a una persona. Eso acentuaba el miedo en los niños, especialmente, cuando veíamos que los mayores rezaban para que pasara la tormenta o se hacían sonar las campanas. Yo recuerdo que nos metíamos en una habitación que no tenía instalación eléctrica (para estar más seguros) y nos tumbábamos en la cama, que tenía un colchón de lana, porque, según se decía, la lana era aislante. Nos aterrorizaban las historias que oíamos sobre rayos que habían matado o lesionado a personas, los árboles que habían quedado abiertos en canal por la fuerza de un rayo, las instalaciones eléctricas quemadas, el que se fuera la luz… Mi padre fue derribado de la bicicleta por un rayo, porque atrajo la electricidad una hoz que llevaba colgada de la petrina. Todo ello acentuaba los miedos infantiles.

Colubrinas en una tormenta

Nos impresionaban las velas encendidas, las oraciones a santa Bárbara  y aquellas jaculatorias misteriosas con las que se conjuraba a la nube.


Tente nube;
tente, tú,
que Dios puede
más que tú.
Tente, nube;
tente, palo,
que Dios puede
más que el diablo.


El fuego era otro elemento que nos infundía temor. Alguna vez contemplamos un fuego que destruía casas o pajares o una quema en el monte. Impresionaba  oír tocar a la vez las campanas de varios pueblos para alertar sobre un incendio y pedir la colaboración de vecinos de todos los pueblos próximos. Era para mí un misterio que la gente distinguiera esa forma peculiar de toque de campañas de otros toques diferentes. Y también me impresionaba el ver a personas de otros lugares que habían perdido su casa o sus enseres pedir para casa quemada. Cada vecino colaboraba con lo que podía para ayudarles a reponerse de esa desgracia.

En un lugar en que en invierno y primavera había fuertes crecidas del río Omaña, resultaba impresionante el ruido que producía el río por la noche. También quedó marcada en mi mente de niña el saber que había vecinos que no dormían y vigilaban durante la noche la crecida para que el río no se les metiera en casa. El miedo se agudizó cuando, con solo seis años, tuve conocimiento de la catástrofe de la rotura del pantano de Ribadelago, que provocó la muerte a más de cien personas. Tengo un recuerdo angustioso del relato de aquellos hechos, que con máxima atención y pena escuchábamos en la radio. Años más tarde, mi pueblo estuvo a punto de quedar por debajo del muro del pantano que se quería construir en Omaña y tal vez inundado por el retén que se iba a construir río abajo, excepto dos casas, entre las que estaba la mía. Y el recuerdo de Ribadelago volvía a mi mente.

Aquel temor me llevaba a pensar  que si un día tenía que luchar contra los estragos del agua o del fuego  prefería  lidiar con el último, porque el fuego se podía apagar con agua  y la lucha contra el agua me parecía que era imposible. Pronto comprendí que tanto el uno como la otra producían daños difíciles de reparar.


Una de las crecidas del río Omaña (Foto MAR)


Algunos animales también eran generadores de miedo para nuestras mentes infantiles. A la cabeza de todos estaba el lobo. En nuestros pueblos de montaña el lobo  era una amenaza cierta para los rebaños y existía sobre él un temor colectivo que generaba también miedo a las personas. Se decía que se le distinguía en la noche por el brillar de sus ojos. Recuerdo vivamente las batidas al lobo con mucha gente en el monte para tratar de hacer un círculo y cercarlos en su madriguera. El grito   de “ahí va el lobo” resonaba con eco y se podía oír desde los pueblos. Dos imágenes siguen muy vívidas en mi retina. El ver a un cordero, oveja o cabra  desangrada con el cuello ajagayado, después de ser atacados por el lobo, y al pastor que llegaba desolado al pueblo diciendo que le había salido el lobo. En alguna ocasión, una manada. La otra imagen es la del lobo capturado después de una batida. Después de muerto, se le  desollaba y la piel se metía en un pequeño varal y colgado a los hombros de dos hombres se la llevaba por los pueblos de la contorna y se pedía para el lobo. Cada cual colaboraba con algo de dinero o viandas con las que  los cazadores se preparaban una merienda para celebrar el éxito de la batida.

También la raposa (zorra) imponía por ser un animal muy astuto que se introducía en los pueblos  y atacaba a las gallinas, lo mismo que hacía la garduña. Aunque no atacaban a las personas, el hecho de que atacaran a los animales domésticos también producía cierto miedo. El nombre de la garduña pasó a designar metafóricamente a la persona (mujer) que se aprovecha de lo ajeno.

Otro animal de mis miedos infantiles era la cabrallouca,  chotacabra o coruja (lechuza). Un animal nocturno y desconocido, que oíamos en las noches de otoño e invierno, pero que no veíamos, por lo que se acentuaba  más miedo. Con ese nombre, yo no tenía claro de niña que  el animal fuera un ave. ¿Cabra y loca? Lo de  cabra-loca imponía mucho más temor. Su canto impresionaba en las noches negras y frías, máxime cuando se nos asustaba con el canto del  ave  al decirnos que en su canto repetía: “Traémelo p´acá, traémelo p´acá”. Es evidente que todos temíamos que viniera a por nosotros.



Lechuza (Pixabay)

El milano  también era un ave que producía un poco de respeto. Los mirábamos con desconfianza pues sabíamos que eran aves de rapiña. Algunas retahílas populares, conocidas en muchos pueblos, contribuían a alentar ese miedo.

Pepe, repepe,
pastor de los pollos,
vino el milano,
comióselos todos.
Pepe lloraba,
el milano cantaba,
Pepe decía:
Así reventaras.

Si se comía a los pollos, podría intentarlo también con algún rapá. En algunos lugares el animal que se lo comía a los pollos era la raposa.

Peor impresión  aún nos producía  el cuervo. Cuando aparecía una bandada de estas aves se decía que sacaban carne, frase que aludía a que iba a morir alguien. Y nos preguntábamos en quién iban a hincar sus picos.

Había también animales  de los que temíamos las picaduras, lo mismo que puede ocurrir a los niños de hoy: avispas, abejas… ¿Y qué decir de las culebras y los sapos? Además de miedo a la picadura de las culebras, también se nos contaban historias sobre culebras  que se  habían enroscado en el cuello de alguna persona a la que habían ahogado. Los sapos más bien producían asco, pero también nos producían un poco de miedo, porque se nos decía que nos podían lanzar la orina a los ojos y dejarnos ciegos.

Aunque fueran animales que generalmente no veíamos, también teníamos un miedo especial a las salamanquesas y a los escorpiones. Un refrán que  se oía con cierta frecuencia alertaba de la peligrosidad mortal de la picadura de estos animales. Decía: Si te pica un escorpión, con la pala y el azadón; si te pica una salamanquesa, con la pala y la artesa (ataúd). Evidentemente el refrán aludía a  que las picaduras de ambos animales eran mortales. En cambio, ningún animal doméstico nos producía miedo. Sin embargo, la salamanquesa no es animal venenoso, pero el mito de su veneno letal está muy extendido. En ningún caso pueden picar, como máximo morder si se las atrapa, pero en general huyen de la gente.


Salamanquesa (Pixabay)

 Convivíamos amistosamente con las vacas, los burros, los las cabras, las  ovejas, las gallinas… Los gochos nos gustaban un poco menos.

Pero había un animal que era muy misterioso. Un animal que se cazaba por la noche, en todas las épocas del año, porque no le afectaban las restricciones a la caza. Habrá pocos omañeses de edad madura que no hayan oído hablar  de los gamusinos o hayan sido invitados a cazarlos. Era una broma a la que se sometía a personas que nunca habían oído hablar de esos seres. El “listo” simulaba que los cazaba y los iba metiendo en un saco con el que hacía cargar al más ingenuo, hasta que este descubría que lo que llevaba en el saco era un engaño. Nunca nadie pudo ver ni atrapar un gamusino, porque era solo un animal imaginario, pero a los guajes nos producía por lo menos intriga. Una vez que descubríamos qué eran  los gamusinos, perdíamos el miedo  y los propios chavales hacíamos referencia a ellos   para engañar o asustar a otros niños. La palabra está recogida en la mayoría de comarcas leonesas, según anota  J. Le Men en su diccionario Léxico del leonés actual.  También el Diccionario General de la Lengua Asturiana (DGLA) recoge la forma gamusín, y  en el DLE (RAE) aparece también gamusino con el mismo significado, lo que quiere decir que es una leyenda compartida con otros lugares de España.

Y aún existían otros miedos. Las vivencias religiosas que nos inculcaban cuando éramos niños también reflejaban más temores que amores. No era extraño que se reprendiera a  un niño diciéndole que lo iba a castigar Dios. Y en el ámbito de  la educación religiosa la insistencia en hablar de pecados llevaba también aparejada la idea de ir al infierno, un infierno de fuego eterno. En algunas ocasiones  podíamos sentir  muy cerca al demonio. En las noches muy desapacibles del otoño e invierno, con fuertes rachas de viento y lluvia, se decía que andaba el diablo suelto por la calle. Seguramente con mala intención, pensábamos. Hasta que entendíamos que eso solo era una metáfora, nuestra imaginación veía a esos diablos que habían tomado el espacio exterior a las casas y de los que nos teníamos que guardar.

No faltaban en algún caso los miedos a los castigos, aunque en general eran leves, pero cuando se hablaba de que nos iban a meter en algún cuarto oscuro (en la corte de los gochos) nos producía un temor especial. También cuando veíamos que podíamos recibir un castigo físico, en casa o en la escuela. Se decía que algunos maestros tenían la vara de avellano dispuesta para el uso. Yo no llegué a verla.  En la mayoría de los casos se trataba de amagar, pero sin dar, porque sabíamos que había que obedecer por imperativo moral. El sí señor y el mande usted teníamos claro lo que significaba. Ya, en otra ocasión, he escrito sobre los castigos físicos.

Cuando superábamos alguno de estos miedos empezábamos a sentirnos mayores y no era extraño que tratáramos de asustar a otros niños más pequeños. Muchas veces me  ha recordado mi hermana menor que yo la asustaba en (y con) la oscuridad y el gamusino que se acercaba sigilosamente desde el exterior de la casa hasta la cama, mientras recitábamos: ¡Ay, mamina mía, mía, quién será! Calla, hijina mía, mía que ya marchará...  Espero que ya me  lo haya perdonado. Pero es posible que viviéramos los miedos a medias, aunque yo quisiera presumir de lo contrario, porque la oscuridad de la casa, los sonidos de la noche (entre ellos el crujir de las maderas), el viento que soplaba, los ladridos de los perros y otras experiencias desagradables no dejaban  descansar  la imaginación de ningún niño.

Visto desde hoy, llama la atención el hecho de que nuestros padres nos encomendaran labores  que, además de generarnos miedos, podían suponer un riesgo para nosotros, niños de pocos años. Teníamos que ir a otros pueblos a hacer recados andando por  la carretera o por caminos solitarios, a llevar la comida a las tierras del monte a los segadores en época de recogida de pan, a guardar las vacas a prados apartados del pueblo… Es verdad que los peligros de entonces no eran tantos como los de ahora -o quizá no se veían-, o  bien había que hacer de la necesidad virtud. Recuerdo que tenía bastante miedo y desconfianza cuando en circunstancias como las descritas veía aparecer a algún hombre desconocido. Tengo varios recuerdos desagradables al respecto. Incluso me daban miedo los camiones que transportaban el camión de las minas, miedo por el vehículo en sí mismo y temor a que los conductores me secuestraran a bordo del camión. No sé si aquellos niños éramos más maduros que los actuales o simplemente la realidad que vivíamos nos hacía adaptarnos al medio.


A nuestra infancia no llegó Halloween (esa modernidad que hemos copiado de una cultura bien diferente), pues el miedo no era una fiesta ni una experiencia de un día. No necesitábamos telas de araña artificiales, (las veíamos cada día), ni pintarnos caras sanguinolentas, ni tratar de asemejarnos a Drácula, ni calabazas, ni calaveras… 


Foto de infancia, años 50

Aquellos miedos y otras situaciones difíciles a las que tuvimos que enfrentarnos en la infancia o la adolescencia nos dotaron de una gran  fortaleza moral que ha marcado nuestra vida de adultos.  Porque  los miedos, siempre que no sean traumáticos y limitadores, tienen un papel importante en la formación de nuestra personalidad.

En todo lo escrito antes me he limitado a expresar  las vivencias, el resto  lo dejo para la neurociencia y la psicología.

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jueves, 26 de septiembre de 2019

Contra la envidia, caridad






¿Qué tendrá la envidia que es capaz de vestirnos del color de la esperanza –verdes de envidia-,  pero es incapaz de presentarnos aseados, porque cuanto más verde es nuestra apariencia más presumimos de cochina envidia? En los casos más extremos se convierte en cainismo y se tiñe de rojo.

Parece que la palabra envidia llegó al español en el siglo XIII, de la mano de Gonzalo de Berceo. Procede del latín invidere, del verbo videre, con el prefijo in-, que significaba mirar con malos ojos. Del verbo surge el sustantivo invidia-ae, del que deriva envidia. A esta mirada que mata aludía ya Baltasar Gracián en el siglo XVII: Achaques de arpía son los de la Envidia, que todo lo inficiona y, a fuer de basilisco, su mirar es matar


Del DLE, RAE

Unamuno dijo que en nuestra tierra de envidia proverbial bien podría existir un precepto que rezase: Odia a tu prójimo como a ti mismo. En palabras de Antonio Machado, el envidioso guarda su presa y llora lo que el vecino alcanza. Ni pasa su infortunio ni goza su riqueza. La envidia es, pues, un sentimiento que va ligado a la percepción que tiene alguien de su inferioridad, aunque objetivamente quizá no sea inferior.

Ira, soberbia, envidia, pereza, gula, lujuria y avaricia. Enumeración de los siete pecados capitales. De estos pecados seguramente el que es más característico de España, aunque suene a tópico, es la envidia. Envidiar al que sabe más que nosotros, al que sobresale por su valía,  su éxito, su juventud, su belleza, su riqueza… es un deporte nacional. Estamos habituados a ver a los que sobresalen no como nuestros cooperadores, sino como nuestros competidores.


No podemos olvidarnos de que ya en la Biblia se muestra cómo Caín envidiaba la bondad de Abel. La envidia tiene una importante presencia también  en el Purgatorio de Dante, lugar en  que los envidiosos recibían por castigo  que se les cosieran los ojos para que no disfrutaran viendo la desgracia ajena. En el mundo de la música hubo  un gran representante de la envidia, el músico Salieri, en relación con Mozart. La envidia es también el eje de la novela (o nivola) Abel Sánchez de Unamuno.



El Diccionario de la Real Academia dice de la envidia que es "la tristeza o pesar del bien ajeno". Seguramente la definición se queda corta, pues a veces no solo estamos tristes por el bien ajeno, sino que nos alegraríamos de su  mal. La envidia es siempre causa de sufrimiento, porque el que envidia no es capaz de disfrutar de la admiración que puede ser una fuente de satisfacción.

Es, asimismo, uno de los pecados que condena Cervantes.  Don Quijote asegura: Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no tal, sino disgusto, rencores y rabias.



Lo curioso es que si repasamos la lista de los pecados capitales  casi todos presentan vicios que son formas de placer (gula, lujuria, pereza…), pero, en el caso de la envidia, quien sufre es el que la padece, no el envidiado.

Sin ninguna duda, es un defecto muy nuestro valorar lo de fuera y poner reparos a lo español o juzgar de forma muy dura los errores que cometemos. Lo vemos con respecto  al cine, a la tecnología, a la ciencia… Algunos de nuestros sabios o inventores vieron cómo les ponían cortapisas a sus trabajos, como le ocurrió  a  Isaac Peral…

Ocurre también  con el   cine español (incluso se ha acuñado el término “españolada”)  y otros productos españoles, que a veces  son menos valorados que otros similares que proceden de fuera de  España. Tal vez estos comportamientos tengan relación con la envidia que practicamos más de lo que reconocemos. A ello parece que alude el dicho de que si los envidiosos volaran, no veríamos la luz del sol.

 La lengua refleja, sin duda, la forma de ser de un pueblo. Reflexionar sobre  el léxico y las estructuras de un idioma es una buena forma de conocer al pueblo que lo habla. Y lo relacionado con la envidia tiene excesiva presencia en nuestro idioma, lo cual es muy significativo. Y este es el aspecto que se quiere abordar en este artículo.

Nadie es profeta en su tierra, decimos sin empacho.  ¿Y por qué no? Pero en España, si alguien triunfa, nos cuesta reconocer sus méritos. Rápidamente decimos que tiene un padrino o influencias o enchufes o agarres o que se arrima a buen árbol.


Partiendo de que la envidia es  considerada un pecado capital, lo primero que sorprende en nuestro idioma es que hemos desprovisto al adjetivo  envidiable  del significado de pecado capital y le damos un sentido positivo y carente de censura moral. Tiene una salud envidiable, un trabajo envidiable… Usamos frases de ese tipo con un sentido moralmente positivo que justifica la referencia a la envidia casi como si fuera una virtud.

Por otro lado, hasta nuestra sintaxis refleja nuestra condición envidiosa. Una de las estructuras sintácticas más frecuentes del español es la coordinación adversativa con pero. Teniendo en cuenta que la segunda proposición se opone en parte a la primera, nos viene bien esta estructura para restar méritos o aspectos positivos a alguien. De forma que proliferan en nuestro idioma frases como “es muy guapa, pero es tonta”; “tiene mucho dinero, pero no es feliz”. Es como si nosotros, que no podemos ganar a esa  persona en lo que resalta la primera proposición, lo hiciéramos, un tanto malévolamente, en la segunda. En algunas frases aparece una variante: el  sí, pero, que sirve para rectificar al interlocutor.  Es un sí, pero no. Una paradoja muy peculiar. ¿Cómo vamos a consentir que otra persona sea un ejemplo digno de admirar?  No es posible, por eso iniciamos  rápidamente el ejercicio sintáctico y moral de buscarle defectos.

Tanto nos gusta el pero que lo hemos convertido en un sustantivo y nos encanta utilizarlo. Y además, con frecuencia, lo hacemos en plural, pues ponemos peros a las personas y a las cosas. Es la envidia cochina. Las oraciones de tipo comparativo, en forma negativa, también son usadas con la misma intención. No es tan guapo como parece. No gana tanto como dicen. A veces  parece  que tratamos de conformarnos con lo que tenemos, aunque no llegue al nivel de lo deseado. Así sentenciamos: No tiene nada que envidiar.

Pero para los españoles, a pesar de que no sigue normas de higiene, porque es cochina,  la envidia tiene con frecuencia buena salud, no en vano, aseguramos muy frecuentemente  que sentimos sana envidia. ¿Cómo la envidia puede ser sana si produce sufrimiento?  El refranero no parece considerarla algo sano a juzgar  por sentencias como esta: Corazón envidioso, corazón ponzoñoso; la envidia es orín que corroe las entrañas del ruin. Se la condena con frecuencia y se la presenta como veneno, como algo corrosivo y destructor. El pesar por el bien ajeno, lo llaman envidia y es veneno. La envidia no consiente reposo, porque es un mal muy doloroso. El envidioso es un animal ponzoñoso. El envidioso, por verte ciego, se saltaría un ojo. La envidia acorta la vida. La lista sería larga.

Los dichos coloquiales dicen de la envidia que es tiña (si la envidia fuera tiña, ¡cuántos tiñosos habría!). Aun así hay muchos  que  parece que se esfuerzan por morir de envidia. Y quizá no lleguen a morirse, pero pueden   cambiar de color y ponerse verdes de envidia como si fueran una lechuga. En este caso el verde no es algo puramente figurado, pues parece que los envidiosos segregan mucha bilis y que esta tiñe la piel   de color amarillo verdoso.


Hay, no obstante, algún refrán  que, en cierta medida, valora la envidia de forma positiva: Es mejor ser envidiado que ser apiadado. Vale más ser envidiado que envidioso. Incluso alguno que quiere situarse en una equidistante  actitud moral: Envidia, ni tenerla ni temerla.

Está claro que tendemos a considerar que lo de  los demás es mejor que lo nuestro. El refranero lo recoge en varios refranes: Nada tan bueno como lo ajeno. El mejor racimo, el de la viña del vecino. La gallina que otro cría pone más huevos que la mía.

Con frecuencia, las personas que envidian suelen moverse cerca del envidiado. A ello aluden también algunos refranes: Es peor la envidia del amigo que el odio del enemigo. Acerrima  proximorun  odia, dijo ya Tácito. También resuenan en nuestra  mente los versos lorquianos  de la Muerte de Antoñito el Camborio, en el Romancero gitano. 

En conclusión,  mientras no nos comamos de envidia, que es pura y dura y, por tanto indigesta, siempre queda el consuelo de que muerto el burro, la cebada al rabo o muerto el perro, se acabó la rabia, y  podremos seguir viviendo  y fomentando la salud con esa  envidia sana que no tenemos empacho en decir que practicamos. Y si la contrarrestamos con la caridad, como nos mandaban los viejos catecismos, mejor que mejor.

No hay venganza más insigne que los méritos y cualidades que vencen y atormentan a la envidia [...] Este es el mayor castigo: hacer del éxito veneno", ¡Hasta la honradez y la bondad pueden usarse con el malévolo propósito de azuzar la envidia! 
 Baltasar Gracián, 1647.




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