viernes, 19 de mayo de 2017

Dichos relacionados con la lengua (V): hablar por hablar



Una vez más, seguimos trayendo a la memoria expresiones relacionadas con actos en que intervine la lengua y la comunicación. Los  verbos hablar y callar están incorporados a muchos dichos y refranes. Trataremos de hablar claro en este artículo usando algunas de esas expresiones populares.

Un elemento fundamental en la articulación de sonidos al hablar es la lengua como órgano físico. Y la alusión a ese órgano, como símbolo del propio idioma y de  sus muchos significados connotativos, está presente en muchos dichos populares. 


Cuando empezamos a hablar en nuestra niñez lo hacemos con lengua de trapo o de estropajo, que luego se va transformando en media lengua. Esa media lengua, a medida que crecemos, se va estirando... A veces termina siendo una lengua larga  o ligera, y se puede alargar tanto que   terminamos siendo nosotros largos de lengua. Si le ponemos, además, mala intención, la lengua puede alcanzar tal tamaño que  ya no nos cabe en la boca, necesitamos apoyarla  y terminamos poniendo la lengua en alguien.

Una vez que la tenemos  en pleno funcionamiento podemos darle tanto a la lengua que se nos caliente y tengamos que refrescarla  echando la lengua al aire. Hay personas que se van de la lengua y la convierten en mala lengua o en lengua viperina, e incitan a reñir a los demás buscando la lengua a alguien.

Pero no siempre echamos la lengua a pacer. En ocasiones, hablamos para hacernos lenguas de alguien, con exquisita lengua de plata. Con frecuencia, esas palabras laudatorias tienen por fin conseguir algo de esa persona.





Hay algunos que no usan mucho la lengua para comunicarse, parece que tienen algo en la punta de la lengua y no les sale, o que se les ha pegado la lengua al paladar. En estos casos  hay que destrabársela, por eso les tenemos que tirar de la lengua para comprobar que no se la haya comido el gato.

Muchas veces hay que morderse la lengua para no decir todo lo que sería menester o para no meter la pata, pues podemos ver cómo nos piden que  nos metamos la lengua en el culo, tarea especialmente difícil y desagradable. Si hablamos de  lenguas (en plural), lo peor sería que las malas lenguas nos hagan andar en lenguas de los demás.

Dice un refrán muy popular que a buen entendedor, pocas palabras bastan. La posición de lengua en la boca nos permite modular los sonidos para  hablar  y entendernos con los demás, pues hablando se entiende la gente, aunque a veces no haya mucho que decir y nos dediquemos a hablar por hablar.

Y ya, puestos a hablar de forma innecesaria o desmedida, podemos hablar hasta por los codos. Pero, si dejamos que los codos  sustituyan a nuestra mente y a nuestra voz, darán codazos, que es lo suyo, y no podremos esperar de ellos nada coherente, porque hablaremos a tontas y a locas. Hay otros que prefieren hablar por boca de ganso, y de los gansos solo se pueden esperar gansadas, por eso, tanto de codos como de gansos, podemos decir que el que mucho habla mucho yerra.

Casi siempre cada uno habla como quien es y habla de la feria según le va en ella. No siempre lo dicho se interpreta de forma adecuada por parte del oyente, por eso se dice  que no hay palabra mal dicha, si no hay mal entendedor. También hay oyentes que ponen el oído donde no deben y el que escucha lo que no debe oye lo que no quiere.



Puestos a hablar, no conviene ser indiscreto y hablarlo todo, mejor hablar antes con uno mismo y ser prudente, porque un poco hablar es oro; lo mucho, lodo. Sin embargo, sí es verdad que  es preciso  a veces hablar alto y claro para marcar la autoridad, aunque no es preciso  alzar la voz o hablar recio y, mucho menos, usar las bravatas del hablar gordo.

Pero como en boca cerrada no entran moscascallandito, porque al buen callar  llaman Sancho, también podemos hacernos entender, teniendo presente que una cosa es ser prudente al hablar y otra cosa es actuar a la chita callando.

Si lo que oímos nos impacta mucho, nos podemos quedar sin habla y, si el impacto lo vive otro, le podemos quitar el habla. En cambio, en algunas ocasiones, nos gustaría dar el habla hasta a seres inanimados. Así, para remarcar el realismo de una estatua, decimos que solo le falta hablar. Eso echaba de menos Miguel Ángel, en su Moisés, cuando, al acabar la estatua,  le exigió: ¡Habla!

El hablar sirve también para negar de forma rotunda: ¡Ni hablar! El callar, para mostrar malestar o extrañeza: Calla, calla... Y para cerrar un trato: ¡Calle! No se hable más. Así pues, con el verbo callar cerramos este artículo, pues sabio es quien poco habla y mucho calla.


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sábado, 22 de abril de 2017

Leer para ser libres... y seguir leyendo...






                               Día del Libro 2017

Discreto amigo es un libro (…) Blanda su condición, tanto que se deja buscar si agrada y con el mismo semblante se deja dejar si cansa. Calderón de la Barca.




Un conjunto de hojas encuadernadas que forman un volumen. Así podríamos definir un libro en su formato habitual. Un libro es un  objeto. Pero un objeto distinto a todos los que lo rodean: es un objeto mágico. Algo que está ahí  ofreciéndonos sus muchos secretos. Basta que lo cojamos entre las manos y lo abramos, para  que sus letras, sus palabras, sus frases comiencen a cobrar sentido y a hablarnos. Nos invitan a zambullirnos dentro,  a dejarnos acariciar por su contenido. ¡Qué pena de los libros que están muy ordenados en una estantería y nunca han sentido la caricia de una mirada! Manosear sus páginas,  señalarlas, anotarlas… convierten un libro en algo vivido, en una comunión entre libro y lector.

Es frecuente que nos preguntemos sobre cuál ha sido el hecho más relevante de nuestra vida. Una vez me hicieron esta pregunta y contesté de forma espontánea que quizá lo que más había marcado mi vida había sido aprender a leer.  Tanto es así que creo que soy, en una parte muy importante de mi persona, lo que he leído. Leyendo, me he reafirmado en  las actitudes y valores que me transmitieron en mi infancia y he aprendido a perseguir utopías.  La visión de la vida y del mundo que me rodea, la postura adoptada ante esa realidad, las relaciones con las demás personas, el proyecto de vida… La mente abierta siempre a nuevos aprendizajes… En todo ello soy deudora de mis lecturas.

Aprendí a leer en los libros “escritos en el viento”. Eran esos relatos orales, contados por personas mayores, en los filandones de las largas noches de invierno de la montaña leonesa. Cuentos, leyendas, romances, canciones tradicionales… que llegaban a mis oídos y encandilaban mis ojos. Un día me percaté de  que, si aprendía a leer, esas historias las podía encontrar  en los libros  y  podía acceder a ellas por mí misma. Y se produjo el milagro: aprendí a leer, con mínima ayuda, pero enorme interés,   a los cuatro años. Comprendí que aquellos signos desconocidos podían adquirir sentido unidos unos con otros. No sé qué día fue aquel, pero sí sé que fue un hecho fundamental en mi vida. 

Pero el gozo de comenzar a ser lectora se quedó  empañado  por una cierta frustración.  Sabía leer, pero no podía hacerlo, porque en mi casa no había ningún libro, si acaso algún folleto religioso. Mi afán por leer era tal que leía cualquier papel escrito, aunque fuesen  trozos de papeles de periódico que ya se habían usado como envoltorios, y de cuyo contenido no entendía gran cosa.


De los libros he aprendido casi todo lo que sé. El primer libro de “mi propiedad”,  que alguien me hizo llegar de segunda mano, fue Piel de asno, de Charles Perrault. Tendría unos siete años.

Fue uno de mis “tesoros” más preciados. Recuerdo perfectamente aquel libro troquelado que tenía la forma de la silueta de una mujer cubierta por una piel de asno. De él aprendí  el valor de la ternura,  de la dignidad,  de la humildad y, también,  el poder de la fantasía. Aquel maravilloso vestido del color del tiempo, del sol y la luna dejaba absorta  a cualquier mente infantil.

Entre los pocos libros que había en mi pequeña escuela unitaria estaba Corazón, de  Edmundo de Amicis, que incluía el famoso cuento De los Apeninos a los Andes... Allí encontré, en su máxima expresión, la exaltación del amor familiar, y el ahínco y la valentía de Marco en la búsqueda de su madre. En definitiva, el amor familiar.

También  recuerdo vívamente otro libro de mi escuela: Lecturas de Oro, de Ezequiel Solana. Algunas de sus lecturas me impactaron mucho y me hicieron reflexionar, especialmente aquella de la viña que, según el padre,  los hijos venderían  a su muerte y convertirían en "era" (esta viña “era” nuestra, se dirían luego al pasar por el lugar). Allí, además de otros valores morales, percibí el sentido equívoco de las palabras. Sin embargo, no tuve conciencia del carácter aleccionador del libro, en lo religioso y en la político, hasta que lo releí como persona adulta.



Cuando estudiaba bachillerato entré por primera vez en una biblioteca. Sus moradores parecían centinelas sigilosos que alineados custodiaban las paredes.  Libros a mi disposición de forma gratuita: ¡un lujo! Les tendí mis manos  y muchas hojas desplegadas me envolvieron en un abrazo. Aquellos centinelas estáticos estaban ansiosos por  cambiar de posición, estaban deseando encontrar amigos con quienes entablar una afable conversación. Y aquella conversación que inicié con ellos entonces  aún no ha concluido. 

Desde aquel momento supe que la cultura estaba también a disposición  de los menos pudientes. Podía leer, aunque no tuviera dinero para comprar libros. Se cumplía una de mis grandes aspiraciones. En esa biblioteca leí toda la colección de obras de teatro de Alejandro Casona.  Aquellos libritos de pequeño formato  y gran contenido… 




Dedicaba el recreo del comedor de mi internado  a la lectura de sus obras con auténtica fruición. Su teatro me sedujo de forma extraordinaria: misterio, problemas vitales, integridad de los personajes, fantasía… y mucho más.  Los árboles mueren de pie, La dama del alba, La sirena varada, Nuestra Natacha… me dejaban embelesada. 

Entre la adolescencia y la juventud leí los clásicos del siglo XIX, aquellas extensas e intensas novelas que entretenían y fascinaban. Así,viajé por el Madrid de Galdós, sin conocer Madrid; por el ambiente cerrado y agobiante de  los pazos gallegos de Emilia Pardo Bazán; por la Valencia de Blasco Ibáñez; por la Vetusta de Clarín, por el Londres de Dickens, por el San Petersburgo de Dostoievski, por la Francia de Balzac, Sthendal, Víctor Hugo…


Me impactó una de las más  grandes historias de venganza que he leído: El conde de Montecristo. Me sumergí en el interior de Raskolnikov, el protagonista  de Crimen y castigo, para sentir con él la intensidad de  la vivencia del remordimiento. Viví con emoción  las peripecias de Ana Karenina; las pasiones, penas y alegrías  de los personajes de las novelas de las hermanas Brontë; la infidelidad de Madame Bovary…

En la época universitaria me empapé de nuestra literatura del Siglo de Oro: Garcilaso, San Juan de la Cruz, Quevedo, Lope, Calderón…  Y, por supuesto, de Celestinas, Lazarillos, Quijotes y Tenorios… a los que he vuelto tantas veces por oficio y devoción. (Alguna de ellas hasta para estudiar la presencia de la química entre sus líneas en el Año Internacional de la Química, 2013). Y la pasión de la poesía y el teatro románticos... Con todos ellos comprendí que un clásico es un libro que nunca acaba de decir todo lo que tiene que decir. 

La relación de mis lecturas posteriores sería larguísima de enumerar. Me he empapado de la narrativa del siglo XX, sobre todo, de la española y la hispanoamericana.  He leído también muchos ensayos. ¡Y la poesía!, que ha ocupado en mis vivencias literarias  un hueco y una atención muy especiales. Me siento especialmente satisfecha por haber conseguido, en mi carrera docente, que muchos adolescentes volvieran su vista a la poesía con interés, incluso he logrado que se despertaran incipientes vocaciones poéticas. Y seguimos necesitando a los poetas, porque, como decía Miguel Hernández,  el pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas  al pie de cada siglo.

Sería difícil escoger “mis”   lecturas preferidas: libros tiernos, imaginativos,  dramáticos, de intriga o misterio, de divulgación científica… de reflexiones sobre el idioma. Muchos de ellos han seguido marcando mi personalidad. Ya decía Cervantes que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. 

La lectura es un acto creativo que despierta la imaginación, la creatividad. En eso supera a la imagen. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, sin embargo, hay palabras del idioma que no se pueden expresar ni con mil imágenes. 

La lectura es  una actividad que educa, que entretiene, que agiliza la inteligencia, que desarrolla la capacidad de análisis, que nos acerca a otras culturas.  Leyendo maduramos y aprendemos  a ser tolerantes y a conquistar pequeñas parcelas de libertad. A los tiranos no les gustan los pueblos instruidos, no les gusta la gente crítica.   Nos pueden apresar el cuerpo, pero nuestro espíritu seguirá siendo libre.

Cuando hablamos del Día del Libro, solemos pensar en libros creativos que cuentan historias, expresan sentimientos o ideas (poesía, teatro, narrativa, ensayo).  Esos en los que nos identificamos con el  sentir o pensar de los personajes y decidimos  luchar con ellos,   o bien, nos ponemos en el lado opuesto para censurarlos. 

Pero hay dos tipos de libros a los que quiero dedicar un recuerdo especial. En primer lugar,  los libros de texto. Esos que nos han acompañado a la mayoría durante nuestros años de formación. 



Lecciones de Lengua Castellana de G. M. Bruño. Curso elemental. 1898

Esos que nos han hecho sufrir… Nuestros compañeros de viaje y de fatigas. Libros manoseados, subrayados, anotados, desgastados. Es posible que,  una vez superado cada curso, nos hayamos desprendido de ellos en un acto de liberación porque  los libros se dejan  dejar si cansan.  No importa, ellos saben perdonar, han llegado al final de su trayectoria vital. Se han desangrado lentamente a medida que contribuían a  aumentar nuestros conocimientos y madurez. Esa era su misión. Seguro que guardamos en nuestra mente imágenes nítidas de varias de sus páginas, quizá acompañadas de alguna ilustración o anotación del tipo: “Esto cae en el examen”. Algunos de ellos, con esfuerzo, han contribuido a la educación de más de un escolar. Y muchos de nosotros, profesores, hemos sido los intermediarios entre los libros de texto y los alumnos. Y en el caso de los profesores de Literatura, tenemos, además, otra misión más importante: despertar el interés por la lectura.


Mis enciclopedias Álvarez, en el pupitre de mi escuela.
Algunos  de nosotros empezamos nuestra formación académica (plan del 53) bien acompañados por las enciclopedias Álvarez, un compendio sucinto de todo lo que un niño de Primaria debía conocer. Con  escaso  texto    y esquemáticas ilustraciones en blanco y negro (apenas unas líneas para representar a una persona, animal o paisaje) nos abrieron las mentes al conocimiento.  Fueron para nosotros una mina de conocimientos que despertaron nuestra curiosidad por aprender más. 

En segundo lugar, hay otro tipo de libros que merece para mí una consideración extraordinaria: los diccionarios. Bucear en un diccionario siempre me ha producido un placer especial. En ellos están los secretos, las sutilezas, la riqueza del idioma. Con ellos he aprendido palabras de hermoso significado como filantropía o dadivosidad, palabras curiosas como busilis o zurriburri, palabras eufónicas como libélula, birlibirloque o tiquismiquis;  palabras dulces como melífluo, palabras onomatopéyicas como sonsonete, palabras científicas como frenopatía o catalepsia,  palabras relacionadas con hechos o personajes históricos (epónimos) como filípica, cicerone… y tantas otras. 

Desde la a aarónico, primera palabra con significado léxico del DLE,  a la z de zuzón, un diccionario es un mundo de sorpresas. Un libro imprescindible para conocer el léxico del idioma, enriquecer el vocabulario  personal y  para articular nuestro pensamiento. Los límites de mi idioma son los límites de mi pensamiento. Esta frase de  Wittgenstein figura en el frontispicio de mi blog.  Porque no es lo mismo estar contento que divertido, encantado, gozoso, risueño, satisfecho, jovial, feliz, jubiloso, exultante, pletórico… Como unas pascuas, como unas castañuelas… Si existen distintas palabras es porque existen distintos matices.  Rastreando el diccionario, he recopilado más de doscientas palabras que  son sinónimos de tonto, recogidas en otro artículo, (Tontos de la a a la z),  y que van de ababol a zurumbático.

¿Y qué decir de otros diccionarios que nos abren la mente a otros idiomas  y a otros mundos? Nos llevan a otras lenguas y tienden puentes entre países y culturas diferentes.

Los nuevos soportes de los libros nos están privando de algunas singularidades del libro de papel. El poder experimentar la  textura y  el color del papel, el olor de algunos ejemplares, las anotaciones escritas a mano, el tener conciencia de la cantidad de hojas que nos quedan para llegar al final… no está presente en los libros digitales. Pero en cualquier soporte, el libro sigue siendo la fuente esencial del conocimiento.


Mi lectura actual: "Patria" de F. de Aramburu

Cuando alguien dice que busca algún conocimiento de cualquier tipo en internet, frecuentemente olvida que la mayor parte de esa información está sacada de libros. Sea a unos u otros, volver la vista a los libros es siempre una buena opción.

Hay que leer, pues, para seguir leyendo y para poder acceder a los secretos que se esconden tras las sendas  de tinta que se dibujan en las páginas de los libros. Porque,  viajando por los caminos de la fantasía, adentrándonos de vez en cuando en las sendas de la ciencia, llegaremos a la morada del conocimiento y, desde él, sentiremos que la auténtica patria, la que nos hace sentirnos ciudadanos del mundo es la patria de la sabiduría.



Leyendo, navegaremos por mares desconocidos  mecidos por   olas   de   letras, para desvelar misterios no resueltos y vivir aventuras extraordinarias.  Sentiremos en la piel el cosquilleo de las palabras. Se deslumbrarán nuestros ojos con la luz  del mundo de  la imaginación y la fantasía.  Vislumbraremos, y quizá atrapemos, el reino de los sueños. Gozaremos y sufriremos con nuestros compañeros de viaje. Oiremos la voz del autor y entablaremos un diálogo con él. Traspasaremos  la línea del tiempo. 

Al final de la travesía, arribaremos  al puerto de la libertad y la tolerancia, allí echaremos el ancha…  

Y, siempre, con un libro en las manos. 




                                
                                     
                       

                  ¡Felices libros!
        







martes, 28 de marzo de 2017

Arrímate a llorar conmigo... Homenaje a Miguel Hernández


A 75 años de su muerte (28/3/2017)



Retrato que le realizó Antonio Buero Vallejo mientras ambos compartían la cárcel de Torrijos, en la calle Conde de Peñalver, en Madrid.  M. H. tenía miedo de que su hijo olvidara su cara y le pidió a Buero que lo dibujara. "Ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz", le escribía a su esposa Josefina Manresa, en marzo de 1940.



      Para Miguel Hernández fue el término amistad algo más que lo que la propia palabra significa. En ella volcó todo su ser y su bondad, demostrando su apertura de corazón y espíritu a aquellos que consideraba sus amigos; Miguel no se detuvo ante nada cuando los necesitó para pedirles ayuda, de la misma forma que no escatimó esfuerzos ni sudor para ofrecerles ayuda cuando necesitaban algo de él.

Así daba testimonio  María Dolores Sijé:

Miguel, el cabrero rapado, de ojos grandes y risa franca, venía con frecuencia a la morada de los míos y los llamaba padres y hermanos. ¡Cuántas veces le veía ascender los peldaños que conducen a la "habitación de los libros"!
 Mi hermano admiraba a Miguel. Desde el contacto primero había vislumbrado a un gran poeta. Muchas veces, en la sobremesa familiar, elogiaba la manera de confeccionar versos del pastor cabrero de esparteñas…



Casa de Miguel Hernández. Orihuela


Años después, en Madrid, recibe la dolorosa noticia de la muerte inesperada de su amigo Ramón  Sijé, en diciembre de 1935, y el profundo dolor le dicta una de las más grandes y famosas elegías de la literatura española al amigo muerto. 

Pero hay otra paralela dedicada a la novia sin novio, Josefina Fenoll, novia de Ramón Sijé y  amor imposible de Miguel Hernández, que no es menos impresionante.


 
Josefina Fenoll

ELEGIA A LA NOVIA 

(En Orihuela, su pueblo y el mío se ha que- 
dado novia por casar la panadera de pan más 
trabajado y fino, que te han muerto la pareja 
del ya imposible esposo.) 


Tengo ya el alma ronca y tengo ronco 
el gemido de música traidora.... 
Arrímate a llorar conmigo a un tronco: 
 
retírate conmigo al campo y llora 
a la sangrienta sombra de un granado 
desgarrado de amor como tú ahora. 

Caen desde un cielo gris desconsolado, 
caen ángeles cernidos para el trigo 
sobre el invierno gris desocupado. 

Arrímate, retírate conmigo: 
vamos a celebrar nuestros dolores 
junto al árbol del campo que te digo. 
 
Panadera de espigas y de flores, 
panadera lilial de piel de era, 
panadera de panes y de amores. 

No tienes ya en el mundo quien te quiera, 
y ya tus desventuras y las mías 
no tienen compañera, compañera. 

Tórtola compañera de sus días, 
que le dabas tus dedos cereales 
y en su voz tu silencio entretenías. 
 
Buscando abejas va por los panales 
el silencio que ha muerto de repente 
en su lengua de abejas torrenciales. 
 
No espere ver tu párpado caliente 
ni tu cara dulcísima y morena 
bajo los dos solsticios de su frente. 
 
El moribundo rostro de tu pena 
se hiela y desendulza grado a grado 
sin su labor de sol y de colmena. 
 
Como una buena fiebre iba a tu lado, 
como un rayo dispuesto a ser herida, 
como un lirio de olor precipitado. 
 
Y solo queda ya de tanta vida 
un cadáver de cera desmayada 
y un silencio de abeja detenida. 
 
¿Dónde tienes en esto la mirada 
si no es descarriada por el suelo, 
si no es por la mejilla trastornada? 
 
Novia sin novio, novia sin consuelo, 
te advierto entre barrancos y huracanes 
tan extensa y tan sola como el cielo. 

Corazón de relámpagos y afanes, 
paginaba los libros de tus rosas, 
apacentaba el hato de tus panes. 
 
Ibas a ser la flor de las esposas, 
y a pasos de relámpago tu esposo 
se te va de las manos harinosas. 

Échale, harina, un toro clamoroso 
negro hasta cierto punto a tu menudo 
vellón de lana blanco y silencioso. 

A echar copos de harina yo te ayudo 
y a sufrir por lo bajo, compañera, 
viuda de cuerpo y de alma yo viudo. 
 
La inaplacable muerte nos espera 
como un agua incesante y malparida 
a la vuelta de cada vidriera. 
 
¡Cuántos amargos tragos es la vida! 
Bebió él la muerte y tú la saboreas 
y yo no saboreo otra bebida. 
 
Retírate conmigo hasta que veas 
con nuestro llanto dar las piedras grama, 
abandonando el pan que pastoreas. 

Levántate: te esperan tus zapatos 
junto a los suyos muertos en tu cama, 
y la lluviosa pena en sus retratos 
desde cuyos presidios te reclama.







Fragmento del recital Con tres heridas, realizado en el Colegio Santo Domingo Savio de Madrid, en 2010, con motivo del Centenario del Nacimiento de Miguel Hernández.

lunes, 20 de marzo de 2017

Yo te quiero, verso amigo


          21 de marzo, Día Mundial de la Poesía

                            
                              Los poetas hablan de la poesía...



   José Martí, poeta cubano (1853-1895)

Yo te quiero, verso amigo, 
porque cuando siento el pecho  
ya muy cargado y deshecho
parto la carga contigo.







2017 Centenario del nacimiento de Gloria Fuertes

La poesía no debe ser un arma,
debe ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.

La poesía debe ser
obligatoria.

Historia de Gloria, 1983. 






Federico García Lorca (1898-1936) dedicaba el siguiente poema, en 1918, a modo de introducción, A las poesías completas  de Antonio Machado.


Dejaría en el libro
este toda mi alma.
Este libro que ha visto
conmigo los paisajes
y vivido horas santas.

¡Qué pena de los libros
que nos llenan las manos
de rosas y de estrellas
que se esfuman y pasan!
¡Qué tristeza tan honda
Es mirar los retablos
de dolores y penas
que un corazón levanta!

Ver pasar los espectros
de vidas que se borran,
ver al hombre desnudo
en Pegaso sin alas,
ver la Vida y la Muerte,
la síntesis del mundo,
que en espacio profundo
se miran y se abrazan.

Un libro de poesías
es el Otoño muerto.
Los versos son las hojas
negras en tierras blancas,
y la voz que lo lee
es el soplo del viento
que hunde en los pechos
–entrañables distancias–.


El poeta es un árbol
con frutos de tristeza
y con hojas marchitas
de llorar lo que ama.
El poeta es el médium
de la Naturaleza
que explica su grandeza
por medio de palabras.

El poeta comprende
todo lo incomprensible
y a cosas que se odian
él hermanas las llama.
Sabe que los senderos
son todos imposibles
y por eso en lo oscuro
va por ellos con calma.

En los libros de versos,
entre rosas de sangre,
van desfilando tristes
y eternas caravanas
que hirieron al poeta
que lloraba en la tarde,
rodeado y ceñido
por sus propios fantasmas.


Poesía es Amargura,
miel celeste que mana
de un panal invisible
que fabrican las almas.
Poesía es lo imposible
hecho posible. Arpa

que tiene en vez de cuerdas
corazones y llamas.

Poesía es la vida
que cruzamos con ansia
esperando al que lleve
sin rumbo nuestra barca.

Libros dulces de versos
son los astros que pasan
por el silencio mudo
al reino de la Nada,
escribiendo en el cielo
sus estrofas de plata.

¡Oh, qué penas tan hondas
y  nunca remediadas,
las voces dolorosas
que los poetas cantan!
Como en el horizonte
descanso las miradas.
Dejaría en el libro
este, ¡toda mi alma!

 

Antonio Machado  iniciaba  Galerías con esta 

Introducción                                            


Leyendo un claro día 
mis bien amados versos, 
he visto en el profundo 
espejo de mis sueños 

que una verdad divina 
temblando está de miedo, 
y es una flor que quiere 
echar su aroma al viento. 

El alma del poeta 
se orienta hacia el misterio. 

Solo el poeta puede 
mirar lo que está lejos 
dentro del alma, en turbio 
y mago sol envuelto. (…)








Y Pablo Neruda cantaba así a la Poesía:


Y fue a esa edad... Llegó la poesía
a buscarme. No sé, no sé de dónde
salió, de invierno o río.

No sé cómo ni cuándo,
no, no eran voces, no eran
palabras, ni silencio,
pero desde una calle me llamaba,
desde las ramas de la noche,
de pronto entre los otros,
entre fuegos violentos
o regresando solo,
allí estaba sin rostro
y me tocaba. (...)




Que la poesía nos siga tocando las almas y nos haga sentir a todos poetas...


La poesía es única por su capacidad de hablar a través del tiempo, el espacio y la cultura, de llegar directamente a los corazones de las personas de todo el mundo. Es un manantial de diálogo y entendimiento y ha sido siempre una fuerza para desafiar a la injusticia y promover la libertad. 

Irina Bokova, Directora General de la Unesco. Día Mundial de la Poesía, 2017


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