martes, 24 de noviembre de 2020

Un día soñaba...

 

Un día soñaba   que el mundo era rosa…

 


Un jardín florido cuidé con esmero,

sus flores me daban besos y  tequieros,

su aroma vestía mi desnudo cuerpo,

y así, acicalado, lanzaba reflejos

que ornaban la vida  con colores nuevos:

amarillos, verdes y rojos de ensueño.

Primavera plena de irisados pétalos.

Un día soñaba   que el mundo era rosa…


 El verano llegó, con  luz encarnada,

entró en el jardín y abrazó las plantas,

les dio su energía, pero, faltas de agua,

el calor del estío hirió  sus entrañas,

secó las corolas saciadas de llama:

una gran desdicha  rondaba mi casa.

Un día soñaba  que el mundo era rosa…

 

Desperté del sueño  en atroz pesadilla,

zarpazos violentos herían mi vida,

pisaban  mis flores,  con  saña   y con ira.

Lloraban   las  rosas y las margaritas.

También sollozaban  violetas y lilas,

flores olorosas, para el mundo nimias,

y  unas hojas secas por allí esparcidas

presagio de  otoños de  mañanas frías…

Un día soñaba   que el mundo era rosa…

 

De aquel sueño hermoso quebraron  las alas,

del jardín florido ya no queda nada,

solo  los recuerdos envueltos en lágrimas

y muchos silencios de vidas truncadas

y  soledades negras  de inviernos del alma.

Aquel jardín se heló,  su luz fue olvidada.

El rosa se  quedó en los cuentos de hadas…

Un día soñaba  que el mundo era rosa…

 

Transcurrido el tiempo,  resurgió una planta,

muy tupida y  verde, color esperanza…

Creció con vigor  y extendió sus ramas,

buscando el abrazo de plantas hermanas

y  juntas tejieron redes solidarias

que poblaron jardines lucientes al alba…

Un día soñaba que el mundo era rosa…

 

Muy tupida y verde, color esperanza. Foto: MAR

Las flores sutiles  izaron sus alas.

Cruzaron las calles, saltaron las vallas.

Las vio Primavera fuertes y  enredadas,

en  redes de sueños que entretejen almas,

sueños de mujeres de dignas miradas

que van por el mundo con cabeza alta

colgando jardines en sus atalayas,

jardines de rosas verdes y moradas…


¡Florecía  el mundo   que un día soñaba!

 



© Margarita Álvarez Rodríguez

Fotos gratuitas: Pixabay.com


25 de noviembre, Día Internacional 

para la Erradicación de la Violencia contra la Mujer


domingo, 8 de noviembre de 2020

Al amor de la lumbre

 


En estos días en que la lumbre está presente en muchos hogares para combatir el frío del otoño leonés, me  vienen a la mente unas cuantas actividades relacionadas con la lumbre y las palabras que nos servían para hablar de ella.

Leñero en el pueblo de Paladín
Dice un conocido refrán que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. En los pueblos de la montaña leonesa podríamos seguir con el sayo puesto hasta el “sesenta” de mayo o más. Eso significa que los leoneses sabemos mucho de eso que se llama prender lumbre y atizar. ¡Cuántas toneladas de leña se han quemado  durante siglos  en nuestras cocinas!  ¡Cuántas volutas de humo  han adornado las chimeneas de las casas de los pueblos leoneses! Hasta no hace muchos años  los leñeros formaban parte de la imagen fija de los pueblos. En la zona de Omaña la leña se apilaba en el suelo, en cambio, en la montaña oriental leonesa los leñeros se colocaban en vertical apoyados en una pared o sobre un llatón. En huertos próximos a casas, en la calle, en el interior de corrales, los leñeros eran parte importante  del equipamiento de las viviendas. Y aunque ya algunas  tienen nuevos sistemas de calefacción o se compra carbón  o leña preparada para calentarlas, seguimos contrando algún leñero a la vista en todos los pueblos.

La recogida de la leña era, tradicionalmente, una operación a la que había que dedicar bastante tiempo y esfuerzo para poder pasar el invierno sin arrecerse. Y el otoño… Y parte de la primavera. Y para poder cocinar.  Era otra actividad más  en la agenda (más bien Calendario Zaragozano) del mundo rural que tenía marcado un tiempo apropiado para este menester. Esta actividad formaba parte también de esa economía sostenible que practicaban los vecinos del mundo rural. 

En el mes de septiembre se recogían   los fiacos, fuyacos o follacos que eran ramas de árboles cortadas con hoja, que se guardaban en las tenadas para alimentar al ganado menudo (ovejas y cabras) durante el invierno.  Una vez roída la hoja por los animales, los palos que quedaban servían de leña menuda para  prender o para  hacer que la lumbre fuera tomando fuerza  después de encenderse. ¡Con qué maestría trepaban por los chopos, rama a rama, los hombres, que subían hasta la picorota con su macheta colgada de la trabilla del pantalón, para ir descendiendo después a medida que iban cortando las ramas de arriba a abajo! Los niños admirábamos esa proeza, pero también teníamos el alma en vilo hasta que no veíamos a nuestros padres estar cortando las ramas más bajas. Los chopos quedaban desnudos y lucían muy esbeltos después de la poda. Cuando habían caído todas las ramas, se dejaban unos días esparcidas para que secaran y después se ataban en fejes y se acarreaban.  Ya  en casa, se colocaban en las tenadas, de donde se iban tomando  a lo largo del invierno para alimentar al ganado. Una vez limpias de hoja las ramas, se guardaban los palos más rectos con vistas a ser usados para empalar los fréjoles. El resto iba destinado al fuego, después de ser picado. Por tanto, los fiacos tenían en el mundo rural una doble utilidad: alimento y leña. 

En los pueblos de Omaña  se recogía, además de la  leña de chopo, leña de palera, salguero,  roble, aliso, abedul… Las paleras y los salgueros crecían en los cierros de los prados y sus ramas se cortaban cuando tenían el grosor suficiente para que las hiciera adecuadas para atizar y mantener la lumbre. La leña de  paleras y salgueros  y, sobre todo, la de roble son más duras que la de chopo y no se queman con tanta rapidez. Una forma de equiparse de leña para el invierno era realizar cortas  en espacios comunales, en los llamados quiñones. Cada vecino recibía un lote de ese espacio, generalmente de monte,  por sorteo, y podía aprovechar la leña que había en el mismo. En algunos pueblos de Omaña se mantiene esta tradición.  En ocasiones los restos de una corta de madera vendida o algún árbol seco también servían para atizar. En las zonas donde había  algún maderista que tenía sierra, también se compraban costeros, que eran los listones  de los troncos de los que se sacaban los tablones. Esto hacía que no hubiera que recoger tanta leña por los cierros de los prados o por el monte. 

En los pueblos próximos al cauce de algún río importante también se contaba con la opción de comprar la leña que las llenas dejaban a su paso,  cuando bajaba el caudal, en término de cada pueblo.  Esa leña se subastaba y se adjudicaba al mejor postor. Hoy todo lo que está en el cauce de la mayoría de los ríos leoneses y sus orillas es propiedad de la Confederación Hidrográfica del Duero y solamente cuando esta considera que  debe limpiar el cauce se puede contar con leña extraída de los ríos o cortada  de sus riberas.

Leña procedente de la limpieza realizada por la CHD
 en el río Omaña (2020)

Para completar el leñero también  se recogían urces del monte. El acto de cortar las ramas  de las urces se llamaba escotar. Además de cortar las ramas, que se dejaban secar antes de llevarlas en fejes a la tenada, se arrancaban también las cepas de algunas de ellas, con el azadón. Estas cepas tenían gran poder calorífico y eran el carbón de la época. Las ramas más finas eran muy adecuadas para prender. Otra labor importante que desempeñaron, en otra época, las ramas de las urces fue la del alumbrado. Eran los llamados aguzos  o gabuzos que consistían en varas secas colgadas verticalmente y encendidas por el extremo inferior.  La llama que daban servía para el  alumbrado doméstico, en la primera mitad del siglo XX,  cuando la luz eléctrica no había llegado a todos los pueblos.


Al lado de la estufa  una "escultura" de cepa y rama de urz

Este proceso de preparar la leña ocupaba parte del mes de septiembre, aunque no era exclusivo de ese mes.  El machao o hacho y el tronzón o tronzador eran instrumentos apropiados  para la recogida de la leña, cuando no existía la motosierra. Tenía su encanto y maestría aquello de agarrar el tronzón, entre dos personas,  cada una por  un lado e irlo moviendo sobre la pieza a medida que se serraba.

En los pueblos de Omaña la leña era el combustible habitual, salvo contadas excepciones. En el valle de Samario, los mineros tenían derecho a unos vales de carbón de hulla (creo que eran cuatro sacos al mes) que usaban también como combustible. Bien con leña o con carbón, se conseguía que la estancia de la  cocina  tuviera una temperatura alta y que se templara mínimamente el resto de la casa.  Pero, en general, el contraste entre la cocina y el resto de estancias era muy notable y en días de muy baja temperatura se sentía un frío congelador en el resto de las habitaciones. Ese  contraste  acentuaba más la sensación de frío. A veces, en la cama, nos íbamos encogiendo sin poder  entrar en calor, a pesar de los cálidos cobertores del Val (de san Lorenzo), de los calcetines de lana  y otras prendas, y terminábamos con las rodillas en los codos, como si fuéramos un gorgoto de lana. A pesar de ello, la cama estaba más caliente que el exterior y daba mucha pereza -y tembluras- levantarse por la mañana cuando en el exterior de las casas había una fuerte pelona y pocos grados en el interior. Había que hacer malabarismos para vestirnos debajo de las mantas sin perder el calor corporal. En la zona de La Lombra (Omaña), recogía el P. César Morán la  palabra  ¡cháchate!, que se les decía  a los niños cuando tardaban en acostarse para que se taparan rápidamente con la ropa de la cama y no cogieran frío. 

Generalmente, las mujeres, que solían levantarse las primeras, eran tan precavidas que dejaban en la cocina el día anterior leña menuda preparada para prender antes de tener que salir al corral para iniciar el ordeño y el cuidado de los animales, hecho que celebrábamos los menos madrugadores. 

Para poder mantener la lumbre, una de las tareas domésticas diarias era la de picar la leña y meterla en casa. Había  gente más precavida que la iba picando antes de  necesitarla y apilándola bajo techo. En todas las casas había un tuero  o tronco grueso, el picadero,  para apoyar sobre él  los palos que se picaban.  Así no había que inclinarse tanto y evitaba que la macheta se mellara al no golpear contra el suelo. Con la macheta, que era más ligera,  se cortaba la leña fina y, si era más gorda, con el machao.  Las cocinas solían tener un armario bajo  la bancada que servía para guardar la leña del consumo diario. Como por la portezuela de la cocina de hierro no cabían tochos de leña muy grandes  había que abrir los palos más gordos  y hacer rachas de ellos.  Y ese procedimiento también tenía su técnica. Primero se cortaba el palo en horizontal y cuando se tenía un trozo de medida adecuada para que cupiese en la hornilla de la  cocina se ponía el tronco de pie sobre el picadero y se abría en rachas dándole varios golpes desde arriba. A veces  también se hacía con los tueros de los árboles cortados y con las cepas de las urces.


La macheta y el machao o hacho

Desde mediados del siglo XX,  la forma habitual de “calefacción” en las casas era el calor que desprendía la cocina de hierro llamada también  económica o bilbaína. Se imponía su presencia, de color negro o pintada de color aluminio (que durante un tiempo se consideró más estética), en todas las cocinas de los pueblos. Se usaba para cocinar y para calentar la estancia, que era donde se hacía la vida doméstica.

La cocina bilbaína tenía una portezuela en el frente  por donde se metía la leña a la hornilla, brasero u hogar y, bajo esta, otra pequeña que daba acceso al hueco con forma de cajón donde caía la cernada. A esta última se la  llamaba la fornigüela  o fornichuela.  En su portezuela  había algún agujero para que entrara el aire y conseguir tiro. En caso necesario,  también se abría esa portezuela. Por la fornigüela también se podía afurrascar o esfurriacar  con un gancho por entre las barras  de la hornilla para avivar las brasas. En la parte frontal, debajo del horno, también existía otra pequeña portezuela llamada registro. Este registro estaba conectado con la parte baja de la chimenea y  había que limpiarlo de vez en cuando.  En algunos casos, si la cocina no tiraba bien, se metía por allí un papel encendido para que hiciera tiro. En la parte superior, en la chapa,  había tres arandelas, las corras,  para poder ajustar a la medida adecuada el fondo de la pota o sartén,  y también permitían un acceso superior, en caso de que hubiese necesidad de ello, para meter rachas más grandes o carbón.  Y en la pared posterior,  y un poco más elevada, había también otra portezuela de hierro para acceder a la chimenea en caso de tener que limpiarla.  Sobre ella estaba el tiro, que se abría más o menos para conseguir mayor o menor fuerza de la lumbre.


Frontal de la cocina que había en mi casa.

Cuando la cocina no tiraba bien y volvía el humo al interior provocando humacera, era un indicio de que había de deshollinar. De no hacerlo, podía arder el sarro y prenderse la chimenea, cosa peligrosa pues podían llegar al exterior las llamas  y provocar un incendio en el armante del  tejado que era de madera. Para limpiar la chimenea se metía por ella un saco enrollado o algo similar,  atado en mitad de   una soga. Se metía por la chimenea hasta que salía un extremo de la soga por el registro  del tiro y, una vez allí, una persona tiraba por el exterior, desde el tejado,  y otra por debajo, desde el interior,  de forma alternativa. Así se conseguía que el saco rozara el interior de la chimenea  y que se desprendiera el sarro y cayera hasta el registro inferior, por donde se sacaba. Recuerdo ver llenar un cubo o más con el sarro que se sacaba de la chimenea después de limpiarla. En general, al encender, las cocinas tiraban bien cuando el día estaba ventoso, pero no era así cuando estaba calmado,  hacía mucho tiempo que no se encendía la lumbre o estaba tomada por el sarro la chimenea. Si salía el humo al interior había que abrir las ventanas para que no nos lloraran los ojos por la zorrera que se producía.

Las cocinas de hierro proporcionaban también el agua caliente que se necesitaba, cuando aún los cuartos de baño no estaban generalizados.  Tenían en la parte superior derecha un depósito o caldera con tapa que estaba en contacto con la hornilla y calentaba el agua. Había que sacarla con un recipiente de asa para no quemarse y rellenar a medida que disminuía. También podían tener un grifo por la parte frontal para sacar el agua de la caldera. Cuando la cocina estaba muy caliente, el agua   podía llegar a hervir. En algunas casas se hizo una transición al calentador, cuando ya existía el agua corriente, sustituyendo la caldera abierta por un calderín cerrado en el interior de la cocina y conectado a la tubería  del agua caliente. Aunque no tenían muchos litros, bien administrada, permitía ducharse con agua caliente, y aquel adelanto ya fue una pequeña revolución.

Las corras de la cocina

La chapa y el horno daban mucho juego en la cocina. El horno se usaba para asar castañas, para asar manzanas (¡aquel olor de las manzanas reinetas que  nos llegaba por todos los sentidos!), para hacer el mazapán y el brazo de gitano para la fiesta del patrón,  y para algún guiso, pero, sobre todo, para calentarse los pies en invierno. Delante del horno era frecuente ver una silla en la que se sentaba una persona que tenía los pies metidos dentro de él, con sus zapatillas de paño recién salidas de las madreñas que las habían protegido en el exterior. Escondidos en el horno solían estar uno o dos ladrillos de barro macizo que se mantenían calientes y dispuestos para  ser llevados a la cama como cálidos acompañantes. Con uno de ellos, envuelto en un trapo,  se restregaba la sábana antes de meter el cuerpo para quitar el frío gélido de la ropa de cama. Luego ya se colocaba  a los pies donde quedaba toda la noche. Para esta misma función también se usaron botellas de agua caliente. Cuando llegaron las bolsas de goma, aquellas que tenían una funda  a cuadros, decayó la costumbre de llevar el ladrillo a la cama. Así pues, las madreñas, durante el día, y el ladrillo, por la noche, eran buenas formas de combatir el frío de los pies en aquellos inviernos tan duros.

Sobre la chapa se colocaban las potas y marmitas en las que se hacía el pote que contenía berzas, garbanzos, habas (con su ración)…, según el compás de las estaciones.  Pero si había una presencia permanente era la de las patatas, que a veces se comían para desayunar, comer y cenar. Patatas a lo pobre, sazonadas con grasa, sebo o aceite de soja que concentraban en la cocina un olor espeso, no siempre agradable. Otra imagen frecuente sobre la chapa era la de una pota que hervía con el caldo con el que se harían las sopas de ajo. O, tal vez,  una tartera de perigüela (tartera de barro de la localidad zamorana de Pereruela), que nos hacía disfrutar de sabrosos guisos. Hablamos de una época en que no existía la olla exprés y  los alimentos se cocían durante horas. Si se quería cocinar algo lentamente se  colocaba la pota en un lugar un poco más retirado de las corras, en cambio,  si se quería acelerar la cocción o el fuego era escaso, se quitaba alguna corra y se colocaba  el recipiente directamente sobre el fuego. Sobre aquella chapa de hierro se tostaban o asaban también alimentos diversos, desde unas magras del cerdo en los días de matanza a   la harina de trigo que luego  se transformaba en la papa (papilla) que se daba a los bebés. Y allí estaba preparado también, al amor de la lumbre. el vino caliente con azúcar, que  se consideraba una buena medicina para los catarros.

Por la parte delantera de la cocina había una barra dorada que embellecía el frontal y que protegía de las quemaduras, para no aburarnos. De la barra colgaba el gancho y las rodillas o rodeas de cocina, que siempre recordaban la prenda de la que se había aprovechado la tela y se había realizado el reciclaje. Por ello, allí, colgadas de la barra de nuestra cocina, estuvieron durante años rodillas hechas con la que había sido la falda de mi uniforme colegial.  En el suelo, frente a la portezuela por donde se atizaba o, en su caso, ocupando todo el frente de la cocina, se colocaba una chapa metálica en el suelo para que si caían las brasas no se quemara la madera del piso, pues en la mayoría de las casas el suelo era de madera, especialmente, si lo que se habitaba era un piso alto.

Cuando llegaba la persona engurriada,  engorrinada o enganida (encogida) del exterior, porque estaba arrecido de frío, también podía optar por subirse a la bancada de la cocina o trébede,  en la que había un lugar amplio en que se podía poner un banco para sentarse y colocar los pies próximos a la chapa. Era buen sitio aquel para esfurrilarse, allí acurrucados al amor de la lumbre. En estos acercamientos a la cocina, si el mostruello estaba demasiado cerca, podía saltar alguna chispa y hacerle una raposa en la ropa o esturarla con una quemadura más superficial. El excesivo calor del fuego, tan próximo, también podía provocar manchas o bojas en las piernas que se llamaban cabras o  cabrillas. La cocina económica también servía para secar la ropa en invierno, pues sobre toda la bancada de la cocina, de lado a lado de la pared, se colocaban unas cuerdas para tender la ropa y  ese era el lugar en que se secaba en los días de mucho frío o humedad. Seguramente la ropa llevaría bien impregnado el olor a humo y el de  las grasas de la comida que se cocinaba.

Si quedaba algún palo sin quemarse del todo, se convertía en un tizón, que se usaba para la lumbre del día siguiente. La tarea de andar con la lumbre llevaba a entisnarse muchas veces la cara, las manos y la ropa.  En algunos casos, cuando había un buen remuerto en la cocina, se sacaban las brasas con un recogedor metálico, para colocarlas en un brasero,  que, colocado debajo de una mesa, servía también para calentar los pies. En algunos lugares de Omaña, como el Valle Gordo,(según apunta Celia Rabanal Rubio) de la lumbre de la cocina se tomaba la llama para encender los faroles y candiles.  El objeto transmisor no eran las cerillas, sino las garametas,  los troncos porosos  de los gamones que quedaban después de perder las flores.

Además de la cocina en que se cocinaba y se hacía la vida, en las casas rurales solía haber otra cocina: la cocina  de horno (forno) o cocina de curar.  Cuando el pan de panadero no llegaba aún  a los pueblos, en todas las casas se amasaba pan para el consumo de la familia. Se solía hacer para unos quince días. Muchas casas tenían su propio horno y  en la mayoría de los pueblos  existía, además, un horno colectivo en que podían ir a amasar las personas que no lo tenían  en su casa. Recientemente se han recuperado  algunos, como ha ocurrido con la acertada restauración del horno comunal que se ha realizado en Murias de Ponjos (Ayuntamiento  de Valdesamario).

Casa Forno de Murias de Ponjos. Foto gentileza de Roberto Melcón

Para poder cocer el pan, previamente había que prender y calentar el horno.  Para ello se metían palos o unos fejes de urces secas y se atizaba  hasta que el techo arrojase, o sea,  se pusiera de color rojizo y las piedras de la boca adquirieran un color blanquecino. Ese era el momento en que  había cogido el calor suficiente  para poder meter la hornada (fornada)hogazas de pan, la pica, el bollo rallón, la torta dulce… La tarea se llevaba a cabo con la pala de madera, después de haber barrido las brasas hacia los lados del horno para que mantuvieran el calor mientras se cocía el pan.  Había un instrumento, formado por un palo largo terminado en forma de cruz, que servía  para  remover brasas y hogazas en el horno llamado el cachaviello.  Unas horas después, podíamos disfrutar de las exquisiteces que allí se habían cocido. 


El forno de Murias de Ponjos preparado para hacer pan  el día de la inauguración.
 Y el resultado del amasado. Foto: Roberto Melcón.

Antiguamente, antes de la existencia de la bilbaína,  la lumbre en el hogar se colocaba en un lugar bajo, el llar, y alrededor de él, sobre la trébede, se realizaba  la convivencia  familiar.  La leña se colocaba sobre dos caballetes metálicos, los morillos o murillos. Ese fuego se usaba también para curar la matanza. ¡Qué prestoso debía de ser tener por encima de las cabezas unos cuantos varales de los que colgaban docenas de corras de chorizo (de los de carne y de los de callo o sabadiegos), de morcillas, algunos lomos, tocino y jamones! La matanza se ahumaba durante varias semanas. Y así llegaban al  paladar esos famosos embutidos leoneses con sabor a humo…

Cuando dejaron de usarse esas  cocinas de llar de las casas antiguas para cocinar, se aprovecharon para seguir curando la matanza o se construyeron otras “cocinas viejas” de forma específica para ello. En estas cocinas había una cadena que colgaba del techo provista de un gancho donde se podían colgar las marmitas en que se cocinaba: las pregancias.  La pota también se podía colocar sobre las estrebedes (variante de la palabra trébede con otro significado), un aro con tres patas que se ponía sobre el fuego.  Se podía optar, además, por usar el pote, recipiente de hierro que tenía tres patas que se colocaban directamente sobre el fuego. Con frecuencia la cocina de curar estaba en la misma estancia en que se ubicaba el horno, por lo que se la llamaba la cocina del horno. La lumbre que se hacía para curar la matanza también se aprovechaba  para cocer comida para los gochos: patatas, nabos… Se colgaban grandes calderos de hierro de las pregancias y en ellos “se cocinaba” para los gochos.  ¡Eran animales con suerte que comían comida cocida y caliente! En  mi casa la reina de la cocina de curar era  mi tía-abuela Celia. Ella cocía la comida de los gochos y cuidaba la matanza casera y la  de otras personas que también curaban allí. Y ella me deslizaba un cachín de chorizo, a espaldas de mis padres, cuando apenas había comido, porque no me gustaban las berzas.


Caldero en el que se cocía la comida de los cerdos

Las señales de la lumbre quedaban marcadas en las paredes de las cocinas por el humo que se escapaba, sobre todo si la cocina tiraba mal, así se iban poniendo ennegrecidas poco a poco y había que blanquearlas con cal una vez al año. Aunque esto no se hacía regularmente en todas las casas y algunas lucían en paredes y techos colores que se parecían más al negro que al blanco. Si se trataba de la cocina de curar, las vigas y tablas del techo eran siempre del color de la noche, pero una noche con un encanto especial. Todavía hoy se puede contemplar cocinas de curar que tienen décadas de humo acumulado en sus maderas.

Otro lugar en que había que prender lumbre y atizar para conseguir calor era la escuela. En mi pueblo, en los años 50-60 del siglo pasado. cada día o semana  encendía la estufa de la escuela una familia. Íbamos a con nuestro padre o madre y  un brazao de urces y leña menuda para encender la estufa de hierro fundido que se colocaba en medio del aula  y  conseguía calentar el local. Los niños y la maestra nos encargábamos de atizar para mantener la candela.  

También prendíamos lumbre para calentarnos en otros lugares más inverosímiles. Recuerdo ir a la parada de los coches de punto (de Amaro y Amable, de Valdesamario), que nos llevaban a León, y años después a la del  coche de línea  con otro brazao de leña para hacer lumbre mientras esperáramos a que llegaran a nuestra parada (nunca puntuales), a primeras horas de la mañana y con fuertes pelonas de varios grados bajo cero. Así nos calentábamos algo las  manos y  los pies, helados porque no estaban acostumbrados a llevar zapatos, mientras soportábamos la tediosa espera. Cuando íbamos con las vacas, en días fríos de otoño, también hacíamos lumbre (a veces buenas fogaratas) para calentarnos. Y si había cerca algún patatal, aprovechábamos para meter unas patatas entre las brasas para comerlas asadas después. Nos parecían una delicia  y  su calor nos reconfortaba el cuerpo por dentro. 

En el campo, nos estaba permitido a los niños remover la lumbre con algún palo, en presencia  de algún adulto, no así en casa. La prohibición tenía forma  de amenaza y de predicción: "Si andas con lumbre, te meas en  la cama"  Y nadie quería vivir esa situación comprometida y deshonrosa.

Durante siglos, y aún ahora, si al llegar a un pueblo tiraban las chimeneas ese era el mejor signo de que las casas estaban habitadas. Desde las casas más altas se podía contemplar, como un espectáculo un tanto mágico, cómo se iban encendiendo las cocinas en invierno. Con ello, comunicaban también que la gente se había levantado y recobrado la actividad. Hoy, a las cocinas tradicionales, se han sumado las chimeneas francesas y las estufas que también aportan las volutas de humo de sus chimeneas al paisaje invernal.


Horno de la casa familiar.
En la boca, los cazuelos de las sopas de ajo y las tarteras de perigüela

La lumbre es, pues, algo doméstico, familiar, reconfortante y  cercano, que nos  trae consigo muchos recuerdos y vivencias. ¡Cuántos filandones, filanderos o veladas se han celebrado alrededor de un llar o al amor de la cocina de hierro en las largas noches de invierno! Veladas quizá interrumpidas por una voz que decía de vez en cuando: ¡Mete una racha! Y metida la racha, se reanudaba la conversación. En torno a la lumbre ha girado gran parte de la rica cultura  oral de la montaña leonesa, cultura de leyendas, de romances, de juegos… Y también parte del trabajo femenino: escarpenar los vellones, hilar, hacer cadejos, tejer, mazar... eran faenas realizadas, generalmente, en invierno,  en la cocina,  y al lado de una cocina de lumbre.

Prender lumbre, sin embargo, no es lo mismo que prender fuego. La lumbre tiene ese componente interior, amoroso, reconfortante, que está lleno de vivencias.   La lumbre es el calor que nos protege del frío, es el combustible para cocinar, es el olor a hogar, es el color del amor… La lumbre acaricia nuestros sentidos. Es un recuerdo vivo de olores, sabores, colores, sensaciones táctiles, sonidos... Y a veces hasta nos acuna y nos hace dormir.

Prender fuego tiene, en  cambio, connotaciones negativas. En algunas ocasiones se convierte en imprecación cuando alguien expresa su enojo con frases del tipo: ¡Voy a prender fuego a la casa y me olvido de todo! Prender fuego o achismar es algo que hacen individuos desaprensivos que queman los montes y nos los dejan llenos de estaracos (sobre este tema escribí en su día un artículo: "Rojo, rojo, negro: lo que va de las galanas a los estaracos”.). Estas quemas producen un daño medioambiental irreparable, además del daño emocional que supone el ver cómo el fuego se lleva por delante la vegetación que ha crecido durante muchos años –o siglos- en los montes. Esas quemas, que una vez iniciadas avanzan con ferocidad, nos producen  impotencia y miedo.

Una quema, hace unos años, en San Martín de la Falamosa

El fuego también ha dejado desolación cuando se ha llevado en ocasiones construcciones y dejado sin vivienda o sin pajares a  algunos vecinos. Sin embargo, es gratificante poder destacar las acciones solidarias que se producían en ese caso entre el vecindario del pueblo y de otros próximos, tanto para tratar de apagar el fuego, pues acudían al oír el toque a fuego de las campanas,  como para ayudar a los afectados a sobrevivir económicamente. Aquel pedir (y dar) para “casa quemada” era un hermoso gesto de solidaridad.

No queremos, pues, que haya personas que achismen, pero sí personas que sigan prendiendo la lumbre en sus casas, pues mientras las chimeneas echen humo habrá alguien detrás atizando  y diciéndonos que su casa sigue abierta y su pueblo también.

Que sigamos disfrutando al amor de la lumbre de la lumbre del amor.


Observando chimeneas desde mi casa, en  Paladín-Omaña


© Texto y fotos: M. Álvarez, noviembre de 2020


Artículo relacionado: Verde, rojo, negro: Lo que va de las galanas a los estaracos

sábado, 31 de octubre de 2020

El lenguaje de la muerte

 Para el último viaje no es menester equipaje.


Cementerio nuevo de Paladín (León). Foto: MAR

En estos días,  1 de noviembre, Día de Todos los Santos  y   2, Día de los Fieles Difuntos, viene a nuestra mente  el recuerdo de muchas personas queridas que duermen para siempre el sueño de los justos, y las recordamos haciendo visitas a los cementerios  y ofreciéndoles flores, oraciones, homenajes... En las últimas décadas, siguiendo costumbres anglosajonas,  la muerte se ha convertido también en un espectáculo y en una diversión colectiva a través de la fiesta de Halloween. El miedo y esa cierta veneración ancestral a la muerte de la cultura cristiana parece perderse en la actualidad  y se sustituye por una parafernalia  de esqueletos, disfraces de color negro, telarañas, sangre…

Cuando hablamos de la muerte,  todo lo que concierne a la desaparición física se convierte en tabú y, con frecuencia, tratamos de referirnos a ella sin mencionarla directamente. De esta forma, utilizamos en nuestra lengua muchos sinónimos (la mayoría cultos) para el hecho de morir que, en algunos casos, no parecen tener un sentido tan negativo como el propio verbo morir: fallecer, perecer, fenecer, finar, finalizar, expirar, sucumbir, irse (al más allá), desaparecer, consumirse, apagarse, caer, yacer… Y también  unas cuantas  expresiones usadas como eufemismos. Algunas hacen referencia al sentido cristiano de la trascendencia: entregar el alma al Señor, descansar en la paz del Señor Dios, llamar Dios a su seno,  dormir el sueño eterno, subir al cielo, irse al otro mundo, pasar a mejor vida, llamar Dios a juicio, volar al cielo,  gozar de Dios… Todas estas expresiones aluden a un lugar de descanso posterior a la muerte. Es curioso que todas se refieran al gozo que puede experimentar un difunto que haya muerto en gracia de Dios. ¿Y qué ocurre con los malvados que, según la creencia cristiana, merecen el infierno? ¿Todos se han arrepentido en el momento de la muerte?  Tal vez la explicación esté en que  los bichos malos  nunca mueren, porque el deseo de hacer daño los hace inmortales.

 Hay otros dichos que tienen relación con la experiencia física de la muerte. Es lo que ocurre con  exhalar el último suspiro, que parece presentarnos la pena o ansia de la agonía previa a la muert o con cerrar los ojos que también alude a algo físico, aunque es una expresión curiosa, pues es bien sabido que la mayoría de las personas mueren con los ojos abiertos y se les cierran para que el difunto parezca dormido o por distintas supersticiones como la que dice que, si no se le cierran los ojos al difunto piadosamente, morirá una de las personas que presenció su muerte. Y también con la expresión desagradable dar de comer a los gusanos, que evita la palabra tabú y  predice lo que ocurrirá después de la muerte.

Además,   contamos con gran variedad de  palabras y expresiones coloquiales o vulgares, como tener los días contados, caerse redondo, quedarse en el sitio, quedarse como un pajarito, diñarla, palmarla, espicharla, cascar, estirar la pata, irse al otro barrio, estar ya criando malvas, quedar tieso, salir de casa con los pies por delante… De alguien que muere de repente también oímos decir que se quedó en el sitio o se cayó redondo. Quedarse en el sitio en estos casos es lo normal, pues nadie se mueve después de muerto, pero caerse redondo es más chocante, ya que  parece que el muerto hace ejercicios de contorsionismo mientras muere. También otras  muy originales y humorísticas, como decir que a alguien le quedan dos telediarios, pero no sabemos si se refiere a un día completo, telediario de tarde  y de noche, o una hora que es aproximadamente lo que duran los dos informativos. Del que está a punto de morir también se dice que no llega a las uvas está liando el petate para descansar definitivamente en una mortaja de esparto.  Y más original aún es la expresión  ponerle a alguien  el pijama de madera, con el que, a buen seguro, no se sentirá muy cómodo para dormir en la cama, pero tal vez sí para iniciar el sueño eterno.

Cuando la muerte afecta a muchas personas y se produce una masacre, unos animales domésticos, poco simpáticos, nos proporcionan la comparación caer como moscas o chinches y, cuando la muerte afecta a todos los que representan la tragedia de la vida, no queda nadie en el gran teatro del mundo, pues muere hasta el apuntador.

¿Pero, morimos o nos morimos? En general usamos la forma intransitiva (murió) y la pronominal (se murió) de forma indistinta. Pero no es posible el uso pronominal si la muerte es violenta (una señora mayor  ha muerto a causa de un atropello).

Existe un lenguaje en torno a  la muerte y a  los muertos, que  está formado  por  una serie de frases tópicas que pronunciamos cuando la muerte ha hecho acto de presencia entre nosotros. En la mayoría de ellas se esconde la palabra muerte, aunque no se mencione expresamente, y sorprende el hecho de que, en ese trance, pronunciemos más la palabra vida que la palabra muerte. Así ocurre en estas expresiones: es ley de vida, la vida es así, se ha ido cuando mejor vivía o en lo mejor de la vida… Ante la lamentable pérdida  tratamos de consolar a sus personas queridas con frases que hacen referencia a la primera persona de plural  y que parece que nos acercan a su sufrimiento: no somos nadie, a todos nos llega la hora… Tratamos de consolar también con  otras frases estereotipadas, como te acompaño  en el sentimiento, mi más sentido pésame, ha sido un duro golpe,  es una pérdida irreparable, cuánto lo vamos a recordar, mis condolencias, descanse en paz… Me faltan las palabras…Y sentenciamos con ¡por fin ha dejado de sufrir!

Otras expresiones tratan de ponderar al finado para halagar, quizá no tanto al muerto, sino a la familia: siempre se van los mejores, era genio y figura, se puso el mundo por montera, supo disfrutar,  era muy vital,  era un ser irrepetible, le debemos mucho, era un persona muy querida, era único, era muy divertido

Todos sabemos que  existen distintos tipo de muerte física: natural, violenta, súbita, senil (morirse de viejo)… Pero de la muerte, en la lengua familiar y coloquial,  se habla con frecuencia de forma figurada, y las palabras relacionadas con ella han dado lugar en español a una gran variedad de frases hechas. (Y también de muchos refranes que, en general, excluimos de este artículo). En la vida cotidiana usamos muchas de esas expresiones que tienen relación con la muerte y  los muertos. Decimos  que muere un ordenador o un teléfono cuando dejan de funcionar, una fiesta que ha dejado de celebrarse, la alegría de una casa…

En el lenguaje literario se han usado de forma reiterada imágenes para representar a la muerte. La más recurrente es la imagen del mar, que es el descanso del río de la vida. Esta metáfora se inmortalizó con los versos manriqueños: "Nuestras vidas son los ríos   / que van a dar en la mar / que es el morir". La noche, la oscuridad, el negro, la sangre (en el caso de la muerte violenta), la guadaña, el polvo, el ciprés, el cuervo y el buitre,  la  calavera, el esqueleto son también imagenes frecuentes de la muerte. Y podríamos incluir unas cuantas más.

En el lenguaje de la vida diaria, tenemos que cargar con el muerto más veces de lo que quisiéramos, y como la carga es muy pesada, nos resulta difícil quitarnos  el muerto de encima. Hay personas, sin embargo, que  no quieren cargar con el muerto y  esconden el cadáver  en el armario, aunque no sea fácil convivir con él, porque todo tipo de cadáveres suelen ser delatados por el mal olor.

La vida nos obliga también  a luchar a muerte para conseguir un objetivo, pero, en ocasiones, una vez conseguido, resulta ser solo algo de mala muerte. En casos así solo nos queda recurrir al dicho ¡tanto nadar para morir en la orilla! Con “muertos” muy diversos nos encontramos también a nuestro alrededor. En punto muerto puede estar  un automóvil o nos puede faltar  visibilidad para conducir bien por existir  un ángulo muerto  y, en vía muerta, la resolución de un asunto, especialmente si hemos  firmado un documento con letra muerta. Y seguimos sumando muertos, que afectan tanto al espacio como al tiempo: espacio muerto, tiempo muerto, horas muertas… 


Las horas de mis antepasados. Foto: MAR
Tal vez seamos capaces de perder el tiempo tratando de hablar lenguas muertas o de visitar paisajes imposibles en  una naturaleza muerta. Sin embargo, hay unos muertos que están muy vivos y que son molestos: las  mosquitas muertas. Y en la historia, también se han producido muertes sonadas. Una de las más   trascendentes fue la muerte o caída del Impero Romano.

En cuanto a las formas de morir, también hay diversidad. Hay gente  que decide (por iniciativa propia o ajena) cavarse su propia tumba  y enterrarse en vida. Otros  prefieren morir con las botas puestas, no sabemos si desnudos o vestidos, pero sí calzados. En cambio, algunos  mueren vestidos, porque mueren violentamente; incluso los hay que mueren como perros, porque lo hacen abandonados, (aunque hoy la mayoría de los perros mueren en mejores condiciones que personas que supuestamente mueren como ellos). Lo más triste es que algunos  ni siquiera pueden morir, porque no tienen donde caerse muertos. También podemos morir por partes, en una muerte reversible. Es lo que nos ocurre cuando experimentamos la sensación de falta de sensibilidad en  una mano y decimos que tenemos la mano muerta, que, en realidad, no está tan muerta, porque podría defenderse sin dificultad.

Las causas por las que nos morimos de forma figurada son variadas. Nos podemos morir de ganas  por  conseguir algo  que está de muerte. El miedo o el hambre también parece que pueden matarnos: nos morimos de miedo, de frío,  de un susto, de hambre, cosa creíble porque el miedo, el frío  o la inanición nos pueden matar.  Aunque también es verdad que con las ganas de comer podemos pelear y salir ganadores, siempre que  tengamos algún alimento para matar el hambre. Más agradable parece, en cambio, morirse de risa  o estar muerto de amor. De risa puede llegar a morirse una persona de forma real a causa de un síncope, y también de amor a causa de la pena que produce la pérdida de un ser querido, pero, en general, usamos estas  expresiones de forma figurada. Y nos morimos de pena por cualquier cosa que nos conmueva y nos produzca dolor. Parece que hay individuos  que hasta pueden morir de éxito.  Pero hay, además,  una causa muy desagradable de morirse: morirse de asco, porque uno ya está rodeado de podredumbre en vida, sin necesidad de que su cuerpo se descomponga. No muy lejos queda lo de morirse de envidia, por eso de la envidia cochina…

Todos nos hemos hecho el muerto cuando nadamos y algunos, en caso de peligro o por mero juego. Pero a ninguno nos gusta que nos llamen muertos de hambre, tanto si se corresponde con un hecho real y tenemos cara cadavérica, como si la expresión es utilizado como un insulto.  Cuando algo nos impresiona mucho nos deja  más muertos que vivos, pero, como no se puede estar ni medio vivo ni medio muerto, aunque hablemos de muertos vivientes,  al final seguimos   vivitos y coleando.

Si no morimos por causas naturales,  podemos morir por accidente (por ejemplo, si no ejecutamos correctamente un salto mortal), o porque nos maten. Cuando se produce un ataque violento del que se derivan muertos, se usa de forma curiosa el verbo matar. El delincuente mata o asesina, en cambio, las fuerzas de seguridad abaten al asesino, que no es solo echarlo por tierra, en este caso, sino que es también un sinónimo  de matar, aunque los motivos sean evidentemente diferentes. Pero el verbo matar se usa con frecuencia y de forma directa  en las expresiones populares. Existen personas que tienen disputas con otras  y   se llevan a matar,  porque se odian a muerte, y otras, en cambio, que parecen más pacíficas, las matan callando.  Nos podemos sentir mataos por haber realizado un trabajo matador o ser unos mataos para los que nos desprecian por pobres o desgraciados. En estos casos se ve claramente la diferencia de matiz que  existe en español entre los verbos ser y estar. Estar  indica algo momentáneo, que no presenta el componente  de desprecio que tiene el verbo ser. Así pues, en este caso, mejor estar matao, que es algo pasajero, que   ser un matao que  implica menosprecio.

Cuando no nos gusta recibir malas noticias, siempre nos queda la opción de matar  al mensajero, como ocurría en la antigüedad para que  los malos augurios no nos lleven a nosotros al matadero. En algunas situaciones históricas de tipo revolucionario los sublevados han deseado fervientemente acabar con  (matar) algún régimen autoritario  o manifestar la aversión hacia las personas que lo representa bajo el grito: ¡Muera!

De morir y matar también participan los objetos, como el matafuego, que sirve para apagar el fuego o el matacandelas, instrumento más específico para apagar las velas; los fenómenos atmosféricos, como el  matacabras o viento del norte; sustancias, como el matacán  o estricnina que, como su nombre indica, se usa para matar perros; plantas,  como el matagallos; acciones, como ir a matacaballo…


Cementerio viejo de Paladín. Foto;MAR

Los muertos se entierran en los cementerios, lo mismo que en la vida se entierran algunos asuntos o desacuerdos. Los que no viven esos conflictos  y tienen gustos en común se ofrecen para ser enterrados con otra persona diciendo: ¡Contigo me entierren! La palabra cementerio procede de la palabra latina coemeterĭum y esta del griego koimterium (lugar donde se duerme). Pero no parece que mencionar la palabra cementerio sea hablar siempre de lugar de descanso, pues aludiendo a los entierros, llamamos la atención de algún entrometido con preguntas como  ¿quién te ha dado vela en este entierro? O ¿dónde entierra usted?, preguntamos de forma irónica a los fanfarrones para ridiculizarlos. De los muy tacaños decimos que van a ser los más ricos del cementerio; de los hipócritas, que son sepulcros blanqueados y  de los osados,  que son suicidas, porque se lanzan a tumba abierta. Y todos conocemos a personas tan calladas que son tumbas en vida, porque  saben guardar un silencio sepulcral para mantener un secreto. En los cementerios  podemos encontrar alguna calavera, ya que es su lugar natural, y   en la vida real algún calavera, y aquí la diferencia de género indica una clara diferencia de significado. Sin embargo, decir de alguien que es mortal, en sentido figurado, se convierte en un elogio para destacar el ingenio y el sentido del humor de esa persona. Si además es divertida, es probable que le guste  mover  el esqueleto.

 Ante situaciones que generan ambientes de tristeza o de enfado decimos que estamos  en un velatorio, entierro o funeral, especialmente si  nos están echando un responso en forma de regañina.  Si además  estamos en un lugar que tiene una luz mortecina,   todo resulta  tan triste como un entierro de tercera.  Pero este ambiente fúnebre contrasta con entierros bulliciosos y divertidos  como el de la sardina.

Los entierros están relacionados con los cementerios, pero los cementerios están  dentro y fuera de los camposantos, pues, además de los que están llenos de sepulturas, hay, por ejemplo,  cementerios de coches y otros que también  nos generan cierta inquietud, como los cementerios nucleares. Y en el lenguaje actual, sobre todo político, también se ha puesto de moda  hablar de los cementerios de elefantes,  instituciones donde terminan siendo colocadas las personalidades que resultan incómodas, porque  han dejado de interesar por su trabajo, edad, pensamiento… La Eurocámara es considerada por muchos uno de esos cementerios. Según algunas leyendas africanas, los elefantes, cuando sienten próxima su muerte, se separan de la manada y  se dirigen al lugar donde  sus antepasados han muerto.

De los cementerios no salen los muertos, a pesar de lo que digan las leyendas  o la fiesta de Halloween, aunque algunos se empeñan en desenterrar a los muertos con la maledicencia, sacando a relucir los defectos de los fallecidos. Desenterrar así podría ser  profanar una sepultura, pero hay otras formas más espontáneas  de resucitar a un muerto a través, por ejemplo, de una comida apetitosa, como la de  arroz y gallo muerto. Siempre es mejor resucitar a un muerto de esta manera que desenterrar el hacha de guerra, que suena a enfrentamiento y que no alimenta. 

También tenemos presentes a los muertos para enfatizar nuestro mensaje. Ni muerto  (lo permitiré) o  tendréis que pasar por encima de mi cadáver decimos para intensificar una negación; que me muera aquí mismo o que me maten,  para certificar la verdad de lo que decimos; ni vivo ni muerto, para enfatizar que alguien que es buscado no ha aparecido. Y  manifestamos nuestra contrariedad o enfado  con frases curiosas y reiterativas como  ¡qué muerto ni qué niño muerto! Y nos enfadamos  y resignamos con la frase clave: ¡a morir por Dios!, que  es todo lo que ha quedado de aquel deseo de otra época de  morir por Dios, la Patria y el Rey. 

La muerte es algo de lo que todos tenemos certeza absoluta, pues, además de para vivir, también hemos nacido para morir. Sin embargo, parece que algunos tratan de zafarse de ese final de la vida, porque son llamados o se llaman a  sí mismos inmortales. Ha ocurrido en el mundo de la música y el cine.  Y ocurre también con los académicos de la Real Academia Española: los inmortales. Este término procede de la  denominación que se daba a los académicos de la lengua francesa,  pues la española fue creada por   Fernández Pacheco, en 1713, a imagen de la del país vecino.  Se debe al lema  A la inmortalidad que figuraba en el emblema de la institución francesa y que se refería a la obligación que tenían los académicos de velar por la unidad de la lengua, por tanto, la que pretendía ser inmortal era la lengua. Cada académico se comprometía a luchar por la inmortalidad de la lengua, de la palabra.  

Entre todos la mataron y ella sola se murió es un dicho muy usado para calificar la situación en que nadie se responsabiliza de un mal. No sabemos quién se murió, quién es  ella y por qué ese femenino. Si se refiriera a las palabras, es real que a las palabras las podemos agredir e incluso matar. A lo largo de la historia de un idioma vemos cómo unas palabras han ido naciendo y otras muriendo, como en la historia de la vida humana. Pero la lengua, las lenguas, aspiran a ser inmortales. ¿Cuántas lo conseguirán? La historia lo dirá.

Desde luego, entre las muertes reales, que afectan a todos los mortales, y las figuradas, que afectan  a mucha gente, que también anda  como muerta por la vida personal y laboral,  no es  de extrañar que se diga  de los que están disponibles de forma permanente que  funcionan las veinticuatro horas, como la funeraria.

Y como ya  se ha hablado de forma prolija del lenguaje mortuorio, si has llegado leyendo hasta aquí, amigo lector, es que no te has muerto de aburrimiento.


El muerto al hoyo y el vivo al bollo, como hemos oído tantas veces.   ¡Carpe diem!



© Texto  y fotografías: MAR   

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