lunes, 13 de enero de 2020

¿Reyes que traen regalos o que los echan?







La lengua está en  un proceso de evolución permanente.  Los cambios van modificando los idiomas y creando variaciones que, a  la larga, derivan en dialectos o en otras lenguas. Un uso  que se generaliza en un momento determinado puede terminar convirtiéndose en algo permanente o  ser una moda pasajera que más tarde desaparece. Eso ocurrió hace años con el anglicismo blue jeans, para referirse  a los pantalones vaqueros. Incluso la RAE lo introdujo en el Diccionario en la forma jean. Cuando parecía que esa palabra se iba a incorporar al idioma de manera generalizada fue sustituida por el término pantalones vaqueros y, posteriormente, por el adjetivo nominalizado vaqueros, que ha sido, finalmente, la forma  que ganó la batalla.

Eso no significa que cuando estamos observando los primeros pasos de  algunos de esos cambios lingüísticos  las formas resultantes no nos resulten chocantes. Este hecho me lleva a comentar  aquí la sustitución de verbos que se está produciendo en  una expresión  que, desde hace mucho tiempo, tenía su forma consolidada en el idioma: traer(me) algo los Reyes. En el mundo urbano la expresión “me lo han traído los Reyes”, se sustituye. de forma cada vez más frecuente, por me lo han echado los Reyes. Y no tienen  el mismo significado denotativo ni connotativo uno y otro verbo.

Traer es conducir algo al lugar donde se habla. Echar es  despedir de sí algo,  hacer que algo vaya a parar a alguna parte dándole impulso. Los Reyes nos traían un regalo, porque venían con el presente hacia nosotros, haciendo un largo camino desde Oriente. Y desde el punto de vista subjetivo, el que alguien nos traiga algo, cuando va a un lugar, tiene un valor afectivo. Los Reyes  nos traen regalos porque son seres que piensan en nosotros y se esfuerzan por agradarnos. Por otro lado, si nosotros pedimos regalos parece la respuesta lógica a pedir es dar o traerAhora solo nos echan el regalo (¿en el zapato?). Nos lo  arrojan,  no sabemos si desde cerca o desde lejos, como si fuera un movimiento rápido y mecánico, como si fueran meros repartidores de paquetería.  Quizá como un comportamiento propio de una sociedad de consumo y de prisas. Tal vez sea porque estos  reyes modernos también compran en Amazon.

El verbo echar siempre ha tenido  amplio uso  en nuestro idioma: echar agua a una planta, echar gasolina al coche, echar sal en la comida, echar jabón en la lavadora, echar de comer a un animal, echar a un alumno de clase… Echar de comer aparte... Ya va bien servido,  no es necesario  que ampliemos más su significado.

Pero  parece que este verbo puede, efectivamente,  terminar echando al verbo traer, de esa costumbre tan arraigada en España de regalar algo por Reyes, pues en el mundo urbano y entre la juventud la preferencia por la forma moderna echar algo los Reyes es clara. A mí, personalmente, me gusta mucho más la idea de que alguien, (un familiar, un amigo, los Reyes…) me traiga algo de un lugar,  que me lo entregue  y que, a ser posible, lo deposite en mis manos…  Que le pueda dar las gracias. Me parece que tiene un componente más humano.

Una, que es tradicional, tiene sus preferencias… Y, en cualquier caso, para echar regalos primero hay que traerlos, ¿o no?


(La tarjeta que ilustra el artículo es diseño de mi antiguo alumno, hoy amigo, Raúl de Diego).

Un emperador, una mujer, una fe. Reseña



Un emperador, una mujer, una fe

Autora: María José Prieto
Editorial: Esstudio Ediciones
Madrid, 2019
Págs. 438




María José Prieto, leonesa, es doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación y catedrática de Lengua y Literatura. Autora de varios libros de poemas y relatos. La obra objeto de este comentario es su sexta novela.

Su nueva publicación presenta en  el título una enumeración: Un emperador, una mujer y una fe. El emperador es Nerón, la mujer Esther, una mujer judía que se ha convertido al cristianismo y una fe que es, sin lugar a dudas, la cristiana. 

La autora plantea en esta novela el tema  de la búsqueda del sentido de la vida y  trata de establecer una relación entre el bien y el mal que dominan el mundo,  una lucha que se repite cíclicamente en distintas épocas y civilizaciones y que, con frecuencia,  está ligada a las creencias religiosas.  La novela transcurre en dos épocas diferentes: el siglo I después de Cristo y el siglo XXI. Para ello establece un paralelismo entre la persecución e incomprensión que sufrió el cristianismo en el siglo I, durante el imperio de Nerón, y la persecución que sufre en el siglo XXI por la descristianización del mundo occidental y  la amenaza que suponen el islam y el comunismo para la cultura de raíces judeocristianas. 
En la acción de la novela que transcurre en el siglo I, se oponen el mundo de los dioses romanos  (y griegos) y  la religión ancestral de las provincias romanas (Britania), que tenían  unas creencias irracionales, unas prácticas crueles y una moral depravada, a la liberación que supuso la difusión del monoteísmo y la moral  del cristianismo, una religión basada en el amor.  Por otro lado, compara el Dios del temor y la intolerancia del judaísmo,  basado en  el Antiguo Testamento, con la visión tolerante del Dios del Nuevo Testamento que predica  el cristianismo. En la parte de la novela que se sitúa en el siglo XXI la contraposición del cristianismo la establece fundamentalmente con el islam. 
Según la autora, el cristianismo nos presenta a un dios compasivo y tolerante, frente al islam en que aparece  un Dios duro y exigente, o así parece que lo ven  los creyentes más fanatizados. Los cristianos no tienen miedo a morir por su fe cuando son perseguidos, los musulmanes extremistas, tampoco; pero, a diferencia de los primeros, ellos matan para morir. A estos extremistas les importa más someter y aterrorizar que los principios religiosos. 
Dos mujeres, Esther y Julia, serán los símbolos más notables del cristianismo en cada una de las épocas.  Esther es la  representante del mundo judeocristiano, una bella joven  que simboliza el bien, frente a la corrupción moral del mundo romano, que es en la novela  la encarnación del mal. Julia, en el mundo contemporáneo,  es una mujer  que tiene estudios teológicos  y que refleja la defensa del cristianismo frente al islam. Esta mujer se enamora de un chico musulmán con el que coincide en sus estudios en Roma, pero desde el primer momento aparece en ella y en su entorno un halo de desconfianza hacia él porque procede de un país islámico. 
A pesar de que la autora considera que  la auténtica verdad se encuentra en el interior de uno mismo, al margen de la religión que se profese, y de que rechaza el dogmatismo y el uso que algunos extremismos hacen de la religión para esconder  el deseo de poder y dinero, deja bien claro que la religión católica es la verdadera doctrina  y que “existirá hasta el final de los tiempos”.  Esto lleva a un cierto maniqueísmo, pues las referencias a las demás religiones e ideologías presentan, casi  siempre, connotaciones muy negativas, frente al cristianismo. Es verdad que en varias ocasiones insiste en que el mal no está en las religiones, sino en las personas que se dejan llevar por fanatismos o erradas interpretaciones de sus credos, cosa que ocurrió también en el cristianismo de otras épocas y en la jerarquía de la iglesia católica contemporánea,  pero la insistencia en lo negativo (quizá excesiva, por lo reiterada) provoca esa sensación en el lector. 
En cuanto a la  estructura, María José Prieto trata de que las dos épocas en que transcurre  la acción, la Roma y la Britania del siglo I y  la Roma del s. XXI, Riad y otros lugares, se desarrollen en paralelo, de manera  que el lector tenga la apreciación de que ambas acciones son contemporáneas a su lectura. Para ello utiliza una forma sencilla, pero al mismo tiempo clara y acertada, en la que va intercalando, de forma alternativa,  los capítulos que se refieren a cada uno de los siglos, indicando al inicio de cada uno de ellos la época cronológica a que corresponden. En cierta medida, recuerda la solución que adoptó Cervantes en El Quijote en los capítulos en que se separan Sancho y don Quijote durante el gobierno  de Sancho en  la ínsula Barataria. Parecería que las dos historias corren paralelas sin llegar a encontrarse, sin embargo, a lo largo de la narración, existen una serie de vasos comunicantes entre las dos épocas. Son como las traviesas que unen vías paralelas. El principal es el que tiene que ver con el tema central de la novela. Al final  confluyen las dos épocas en un  desenlace que las unifica. 
Hay dos personajes femeninos, Esther en el siglo I y Elena en el siglo XX que, además de encarnar el símbolo de la verdad cristiana,  están dotadas de una extraña facultad: tienen el don de la  videncia. La primera es capaz de anticipar hechos del futuro (desde el siglo I ve el XXI) y la segunda de recrear el pasado (desde el siglo XXI ve el siglo I).  Y justamente las épocas que pueden anticipar, en un caso, y evocar, en el otro, son los  tiempos en que transcurre la novela. Los nombres de estas mujeres tienen también una vinculación en su nombre, pues ambos nos sitúan en el mundo antiguo. Esther es un nombre bíblico (la autora también habla del origen del nombre en la novela). Es quizá la estrella sobre la que gira la novela, “revestida de un halo de espiritualidad” es “un ángel”.  Es la mujer a la que hace referencia el título. Elena es un nombre de origen griego que en su origen significa antorcha. Estrella y antorcha son, pues, las mujeres que ven lo que está fuera de su época. No sé si es mera casualidad o algo buscado por la autora con un significado más profundo. Las dos se funden al final de la novela, traspasando la distancia cronológica, en una luz misteriosa que emana de Jesús. Las dos viajan fuera de Roma, acompañadas de otra mujer,  para buscar a personas que han desaparecido. La primera lo hace a Britania, la segunda a Riad. Ambas lo hacen disfrazadas de  hombres para sortear las dificultades propias de  su sexo… 
La novela tiene un alto componente “didáctico” que ha requerido una documentación importante por parte de la autora.  Quizá en ello puede verse la formación  y  la dedicación de María José Prieto  el mundo de la docencia. El lector siente ese afán que tiene la autora por enseñar, por explicar asuntos que, en algunas ocasiones, que no son estrictamente necesarios para el avance de la acción principal. Este componente es más importante en lo referido a la época antigua. 
Usa la narración, y con frecuencia  los diálogos, para incluir auténticas disertaciones  sobre aspectos diversos del mundo antiguo.  Estos falsos diálogos son una novedad narrativa de la novela. A través de esta técnica conocemos cómo era la casa romana, la estructura social y familiar, los principios morales y, sobre todo, la mitología. Cualquier pretexto es bueno para introducir estas digresiones. En varias ocasiones, un paseo por un jardín y la presencia de alguna estatua da pie a un personaje para contarnos el significado del ser representado, generalmente, un  dios. En otros casos, se usan los diálogos para contar antecedentes de algún personaje, incluido el emperador. Con frecuencia los diálogos se convierten así en narraciones a través de largos relatos que realiza algún personaje. Es interesante esta información, pero en algunos casos ralentiza demasiado la acción principal. En lo concerniente al siglo XXI, las explicaciones tienen más que ver con cuestiones teológicas y diferencias culturales entre Oriente y Occidente. 
En cuanto  la técnica narrativa  en la novela tiene una importante presencia el diálogo, aunque, como decía más arriba, en algún caso se confunden diálogo y narración. En el tiempo en que la novela se desarrolla en la época clásica la  acción se desarrolla de manera más lenta, por la presencia  frecuente de ese diálogo descriptivo-narrativo, y en la época contemporánea la acción es  algo más rápida. Seguramente la autora lo ha hecho a propósito, pues todos conocemos las circunstancias del mundo  actual y no es necesaria tanta  explicación del contexto histórico. 
En cuanto al lenguaje, nos encontramos  con un léxico de contrastes. En la novela aparecen con mucha frecuencia expresiones coloquiales, no solo en el diálogo, sino también en la narración. Estas expresiones las combina,  a veces, con términos de un nivel léxico culto. Así conviven expresiones como “caer por los suelos”, “no las tengo todas conmigo”, por ejemplo, con otras del nivel culto, como “confinada a estos menesteres” o el adjetivo “argéntea”.  También hay presencia de latinismos que marca con letra cursiva para que no resulten palabras confusas para el lector (complivium, domus, etc). Hay, pues, una mezcla de niveles léxicos en la que no parece haber un criterio definido. 
No podríamos encuadrar la novela dentro del realismo, salvo que hablemos de un cierto realismo mágico, pues con hechos y lugares que podrían ser reales se mezclan otros que hay que calificar de sobrenaturales, como apariciones, visiones, sueños premonitorios y  conversiones milagrosas; pero, en líneas generales, salvo en  el final, la acción   es verosímil. 
La novela trata de decirnos que los enfrentamientos  y la intolerancia motivados por temas ideológicos se repiten a lo largo de la historia, que el bien y el mal en lucha permanente son ejes transversales de esa historia, que la maldad  es motivada muchas veces por el deseo de poder y riqueza, aunque se disfrace tras un  componente religioso, y que estamos condenados a repetir los errores del pasado que han generado destrucción de vidas  y sufrimiento para la humanidad. Una frase de la novela resume esta idea: “Aunque pasen los siglos y milenios los hombres básicamente seguirán igual”. Sin embargo, en el libro comentado,  de repente, como por arte de magia o milagro, el bien, en forma de luz y amor, encarnado en Jesús (cristianismo), se aparece a los malvados de las dos épocas y  se extiende por el mundo como un bálsamo curativo: islamistas, comunistas, ateos… todos reconocen el poder transformador de la religión católica. Incluso los hechos y  los personajes principales de las dos épocas van a confluir entre sí.  Aquello que era irreconciliable se convierte en un mundo de paz y tolerancia y de interés por la  ecología. Nos quedan sin respuesta algunas preguntas: ¿Hasta cuándo durará ese milagro? ¿Es necesaria una creencia religiosa para que el mundo sea más humano? ¿Podemos confiar en la humanidad? Pero ese es el final feliz de la novela, en la novela todo es posible y no podemos ir más allá. Quizá solamente pedir a la autora que continúe la historia. 

En fin, estamos ante  una obra (que peca tal vez de un poco extensa) que nos entretiene con la capacidad de fabulación de la autora, que nos permite conocer el mundo antiguo y su contexto y  que nos hace reflexionar sobre la intolerancia que lleva a la falta de libertad y, en muchos casos, a la violencia y  a la crueldad.

Margarita Álvarez Rodríguez
Filóloga y profesora de Lengua y Literatura

  




sábado, 4 de enero de 2020

Omaña escribe a los Reyes Magos

Foto: Paco Álvarez. Peña Cefera. Omaña-León



Queridos Reyes Magos:

Me llamo Omaña. Omaña Sueña. O si queréis ordenar las cartas por el apellido, Sueña Omaña. Soy ya anciana, pero los omañeses solemos ser fuertes y longevos, quizá porque vivimos en un lugar muy  sano, escondido en los montes del noroeste de León. Mi tierrina está en una comarca elevada, pero desde mi altura no puedo ver la capital del Viejo Reino. Tampoco  puedo ver el mar. No sé si es a causa de mi vista, ya cansada,  a la excesiva lejanía o a las montañas que me quitan la visión.

Habito en un mundo de magia y belleza, de historia y leyenda, que es un auténtico paraíso natural. Mi pelo tiene el color blanco e inmaculado de las cumbres que me rodean y mis ojos, el azul transparente del cielo.  Surcan mi piel, a modo de cicatrices, valles profundos y verdes por los que corren ríos bulliciosos  y  vallinas por las que danzan  cascadas cantarinas. Aunque estoy un poco sorda, todavía puedo oír la música del paisaje exuberante que me rodea: el canto de los pajarines, el rumor  de las ramas, el crepitar de la lumbre… 

Me acompañan plantas de muchas especies y animales variados que conviven armónicamente conmigo; a unos los siento tan cerca, tan cerca,  que incluso les pongo nombre, como a las vacas; otros se esconden  en lugares más apartados y a veces me producen cierta inquietud, porque se acercan demasiado a los pueblos. Quizá huyen de esos molinos que han colocado en los montes que los asustan con sus bufidos. Eso no les  ocurría con los molinos de agua. 

Siempre he vivido en este lugar que algunos llaman ahora Reserva Mundial  de la Biosfera. Siempre lo he querido, siempre lo he mimado, y nadie, en el pasado, me dijo nunca cómo debía hacerlo. Ahora me he enterado de que lo que yo hacía  lo llaman los modernos economía sostenible.

Soy laboriosa, agradecida, acogedora, leal… Pero un año, y otro, y otro, por estas fechas, sufro una decepción al comprobar que pongo mis zapatillas y mis madreñas en la ventana la noche de Reyes  y, como mucho,  encuentro en ellas por la mañana unas nueces o castañas, o, con suerte, algún polvorón o caramelo. Y no sé si lo  dejan  los Reyes Magos o es solo la muestra de la compasión de una persona o  de una naturaleza generosas. Yo no necesito comida, nunca se ha pasado hambre en mi casa. Siempre tuvimos unos gochines, unas gallinas, unas patatas, unos fréjoles... Además, ahora, el Estado me da una pensión que me permite vivir como siempre lo he hecho: digna y austeramente.

Tal vez los camellos de vuestras majestades, acostumbrados a andar por el desierto, no puedan subir a estas montañas ni caminar por estos escarpados parajes. Es verdad que podrían acercarse en burros o caballos… Estos sí conocen bien estos caminos, los han pateado durante siglos. Incluso podrían venir en coche, puesto que ya tenemos carreteras que llegan a todos los lugares, y con indicaciones claras, de manera que es difícil perderse.

Este año ya ni siquiera tengo madreñas para dejarlas en la ventana. Perdieron los cinchos y los herrajes y  su madera rajada terminó por romperse. Pero bien mirado, no las voy a necesitar, pues esta vez no os pido  que  lleguéis hasta aquí –ya soy consciente de que tenéis que atender a muchos niños en las ciudades- solamente quiero que intercedáis, y que,  con vuestra magia, me ayudéis a subir a esas otras cumbres que yo no puedo escalar. Esas cumbres  poderosas en que moran otros “reyes” que me resultan inaccesibles. Solo sueño con que les llevéis una carta en mi nombre. Sois compañeros y quizá a vosotros os escuchen. Escribidla en mi nombre, con letra grande y clara, que mi vista ya está cansada.

Necesito que sepan que vivo en un pueblo solitario, rodeada del silencio sonoro de la naturaleza, pero  que  querría volver a oír el jingrio de los niños por las calles. Que necesito oír cercano el sonido de los animales domésticos. Que necesito  tener vecinos para hablar, pues es muy triste andar por la calle y no encontrar a nadie. Echo de menos aquellos calechos de antes de cenar y los filandones o veladas invernales. Que necesito tener cerca un médico, porque mi edad es avanzada y los achaques que sufro cada vez son más numerosos. Que necesito salir del pueblo a comprar ropa, comida o, simplemente, a  ver escaparates. Sí, escaparates… O luces de Navidad. Aunque luego quiera estar pronto de regreso a mi lugar.  Que necesito que cuiden mi pueblo, porque algunas construcciones ya no pueden soportar el peso de la edad, que cuiden los montes para evitar las quemas, que limpien los ríos para que las aguas discurran por su  cauce, que  desbrocen esos caminos que unían pueblos con pueblos, casas con fincas… Esos caminos que eran signos de vida. Yo ya me encuentro sola y sin fuerza, y  no puedo convocar concejos ni facenderas. Hasta estoy perdiendo las palabras de ese chapurriau que los finos dicen que hablo.

He de confesar, sin embargo, que últimamente he recibido alguna alegría. Han pasado por mi pueblo caminantes que decían que iban a Compostela, que recorrían un Camino Olvidado. Salí a su paso, les sonreí y les ofrecí acogida. Me aseguraron  que por aquí discurría un viejo camino –Vexu Camín- que en otra época se utilizaba para llegar a Santiago. ¡Ahora me explico por qué existen en mi tierra iglesias y ermitas consagradas al santo! Me aseguraron que esta tierra les fascinaba, que caminar por ella era muy prestoso, que contarían  maravillas de su experiencia, que tal vez  un día volverían… Que vendrían otros... Que Omaña les parecía algo más  que un sueño… 

Pero vuelvo a mi carta, que  parece que se me va un poco la cabeza. Yo, como decía, soy  ya anciana, pero una anciana moderna. Veo la televisión (cuando se ve),   hablo por teléfono con mis hijos que se fueron a la capital (cuando hay cobertura) y  quiero aprender a usar eso que llaman internet (cuando llegue a mi pueblo) y que parece que se mide por un número y la letra G o  se fabrica con no sé qué fibras ópticas.  

A veces tengo que salir de casa, subir a un teso… para poder hablar  de teléfono, y ya me duelen demasiado las brias y  los remos.  Necesito que esas ondas y cables misteriosos traigan a mis valles la voz del mundo y que se lleven la mía, porque yo también tengo cosas  que contar y tesoros que repartir. Porque, bien mirado,  soy rica, rica en joyas, incluso, muy rica. Mis prados son esmeraldas; mis aguas, brillantes; mis cielos,  turquesas; mis nubes, perlas; mis primaveras, amatistas; mis otoños, oro; mis peñas, plata…  Y no necesito caja fuerte. Además, puedo compartir mi riqueza sin menoscabarla. Cuanto más doy más tengo, eso aprendí de mi madre. Necesito que el mundo lo sepa. Omaña Sueña con compartir.

Escribid todo esto, por favor, con letra clara, ponedlo en un sobre y luego echad la carta al correo en León, en Valladolid, en Madrid, en Bruselas… Poned como remitente:

Omaña Sueña

Camino Olvidado, s/n

24000,  Viejo Reino

España vaciada

A ver si llega la carta a esos “reyes”, que no son magos, pero que pueden hacer que mis sueños algún día se conviertan en realidad.

Pero, bien pensado, y por si acaso las vuelvo a necesitar,  no estaría de más que me regalarais unas madreñas, porque es el mejor calzado para estos fríos omañeses, y ya no existen madreñeros por aquí. Me han dicho  que ese Amazon es como una tienda de pueblo  que tiene de todo. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor un día necesito que los Reyes me vuelvan a dejar en ellas nueces y castañas… Y... Os confieso un secreto: me gustaría que las heredaran mis nietos.

Mi sincera gratitud,

Omaña Sueña


















Omaña es una comarca del noroeste de la provincia de León. Pertenece plenamente a eso que ahora se llama la España vaciada. Está  formada por unos 70 núcleos de población que forman parte de cuatro ayuntamientos: Murias de Paredes, Riello, Soto y Amío y Valdesamario. La mayoría de esos núcleos de población tienen actualmente menos de treinta habitantes. La población total de la comarca tenía unos 11000 habitantes a principios del siglo XX  y casi  se ha diezmado en un siglo. Desde 2005 ha sido reconocida como Reserva Mundial de la Biosfera, (dentro de la Reserva Mundial de la Biosfera de los valles de Omaña y Luna) por la riqueza de su flora y su fauna.

viernes, 3 de enero de 2020

La Brigada 22. Reseña



Título: La Brigada 22

Autor: Emilio Gancedo

Género: Narrativa

Editorial: Pepitas de calabaza, 2019

Págs. 271





La brigada 22 es la primera novela de Emilio Gancedo, periodista cultural y escritor. Es autor, entre otras publicaciones, de varios libros de relatos, una guía de viajes, obras de carácter etnográfico y un libro  mayor y un poco inclasificable, Palabras Mayores,  una obra en que el autor viaja por los caminos de España y por el interior de sus irrepetibles personajes, que  nos deleitan con  sus palabras mayores. Sobre esta obra escribí, en su día una reseña.  (Se puede leer aquí). Esperábamos con interés esta nueva publicación de Gancedo, y no nos ha decepcionado.

La brigada 22 cuenta una historia increíble, pero verosímil. Cuatro guerrilleros,  fieles a la defensa de la Segunda República,  permanecen emboscados y ajenos al mundo que los rodea,  en una sierra prácticamente inaccesible,  cuarenta años después de acabada la Guerra Civil.   Ya en la época de la Transición, y sin saber que ha muerto el dictador, siguen  aferrados a sus ideales y a su trozo  de tierra libre. El grito de “no pasarán” lo llevan a sus últimas consecuencias. Increíble es que un grupo de maquis  sobrevivan apartados del mundo durante cuarenta años,  en condiciones extremas, desconociendo la muerte del dictador y la llegada de la democracia, pero su historia se nos presenta de forma tan verosímil que el lector puede terminar  creyendo que la historia que se cuenta fue algo real. 

De manera inesperada,  Paquito Munera se encuentra con estos personajes y, después de vivir una aventura  un  tanto rocambolesca, conoce  su forma de vida y el engaño en que viven. Finalmente consigue que depongan su actitud y se  incorporen a realidad española de 1980, una realidad muy distinta de aquella que les obligó a separarse del mundo por su fidelidad  a la causa republicana.

Paquito es un oficinista que vive en una capital de provincia cualquiera.  Tiene una existencia anodina, constantemente coartada por la presencia de una madre que, con sus consejos y exigencias, lo empequeñece hasta anularlo. Este personaje cree ser capaz de salir de su nimiedad a partir de una carta que le publica un periódico local en la sección de Cartas al director. Eso le lleva a creerse un periodista en ciernes y a soñar con cambiar de vida y ser reconocido.  Para ello, a partir de una información que recibe de forma accidental, va a tratar  de elaborar un reportaje  sobre  unos supuestos buscadores de petróleo que trabajan en un lugar apartado y, en ese intento, adentrándose en la sierra, se topa de forma inesperada con los miembros de la Brigada 22, que inicialmente confunde con los personajes que buscaba.

Otro personaje clave, que comparte el mundo urbano con Paquito, es el teniente Aníbal Tosantos,   que sufre también  el ninguneo de sus compañeros, por ser huérfano y hospiciano  y por su personalidad responsable y perfeccionista. Es una persona que ha carecido de afecto y que   se ha hecho a sí misma. Por azar,   su vida se entrecruzará con la de Paquito y eso le llevará a tener conocimiento de la existencia de la brigada y su ubicación. En la acción de la novela tienen mucha  importancia algunas coincidencias y situaciones azarosas en las que están implicados Paquito, el teniente Tosantos y los guerrilleros, personajes que son los ejes centrales de la novela.

La novela tiene un comienzo impactante. Nos hace llegar las sensaciones y sentimientos de una persona que está siendo torturada. Una pregunta de los torturadores martillea sus oídos: ¿Quién fue?”.  Él se niega a hablar, aunque “no hablar sabía a sangre”. Este personaje es presentado como un guiñapo, que ya no domina ni el cuerpo ni el alma y que ha perdido la palabra. El autor, acertadamente, lo compara con una araña que trataba de buscar seguridad en una esquina de la pared. El torturado, al límite de su conciencia, se deja llevar por las vivencias nebulosas del recuerdo. Este guerrillero formaba parte de la Brigada 22, fue apresado al finalizar la guerra y torturado  para tratar de que delatara a sus compañeros. La tortura lo lleva a la muerte, pero la pregunta queda sin respuesta.

Se mezclan hábilmente en la novela hechos del pasado (la tortura tras la detención) y hechos del presente en que se sitúa la acción (1980) relacionados con los maquis emboscados  y el cruce entre las vidas y pesquisas de Paquito y del teniente.

En cuanto a la estructura narrativa, la novela avanza linealmente en lo referido a los hechos que ocurren en la época de la Transición y que llevan a la entrega de los maquis, pero usa el flashback para situarnos en el primer capítulo de la novela cuarenta años antes  y hacernos  sentir los procedimientos de tortura de la dictadura franquista. En realidad, se puede considerar un falso flashback, pues esos hechos lejanos  tienen su continuidad temporal en los documentos  guardados en archivos que hacían referencia a la persecución de esa brigada y en la investigación del teniente Tosantos para esclarecer cómo se produjo esa detención, la oscura muerte  del guerrillero y la suerte de sus compañeros. Por otra parte, aunque no se cuente cómo han vivido los guerrilleros durante esos cuarenta años, su vida se está contando indirectamente a través del presente, en que cada día es igual al anterior. Es un tiempo sin tiempo, un tiempo  atemporal del que perdieron conciencia a partir de 1969, año en que dispusieron del último calendario.

Siendo atractivo el tema y la forma de estructurar la novela, lo mejor de la misma está en la forma de transmitir al lector las vivencias de los personajes:  las ilusiones, las decepciones, el dolor, la rebeldía, el tesón… Incluso la excentricidad de todos ellos. Unos viven en un pasado ficticio y otros, en el presente real, pero no están muy distantes entre sí. Son personajes infravalorados, inseguros, desconfiados, faltos de afecto, personajes  que nos provocan ternura y compasión. Personajes  que corren “detrás de los sueños sin alcanzarlos jamás” y que se esconden “en lo más profundo de sus miedos”, al decir del autor.

Emilio Gancedo maneja con gran eficacia el idioma y  convierte la palabra en arte de la palabra: en excelente literatura. La comparación es abundante en el texto  y  es usada con gran soltura  y acierto literario. Usa símiles muy creativos tanto al hablar de la guerra y la situación de los maquis: “Esa guerra brutal alrededor de la cual revoloteaban como polillas alrededor de la lumbre”, como al hacer descripciones ambientales, rurales o urbanas: “Las grúas (…) parecían grandes aves zancudas posadas en mitad de una ciénaga de vigas antenas y tabiques”. Y también para describir los sentimientos de los personajes.

No  menos interesantes son las metáforas, que también se prodigan en la novela: “Dormir tapado con una manta de estrellas”, “con los ojos diminutos atrincherados tras unas gafas antiquísimas”, “empezaban a hormiguear coches y ciudadanos”. Con frecuencia las metáforas van unidas a una rica y plástica adjetivación: “reptiliana  impresión”,  para la descripción de personas, paisajes, sensaciones… También está  muy presente la personificación: “Los belfos metálicos de los autobuses”. Y la presencia de la sinestesia, que mezcla  distintas sensaciones o sensaciones y sentimientos, la encontramos por doquier: “El aire se aflautaba”, “sol desleído entre la bruma”. Hay, además, un recurso que maneja con gran pericia el autor: la enumeración.  Esas enumeraciones a veces  se traducen en adjetivación  bimembre. “Silencio denso y picante”. “Supremo y doloroso esfuerzo”. Se podrían citar  numerosos ejemplos.

Llama la atención la adecuación sintáctica al ritmo de la acción y al pensamiento o actitud de los personajes. Frases cortas o muy largas según las necesidades de la narración y las vivencias de los personajes.  Cuando el torturado está al límite de la conciencia, el autor nos presenta esos pensamientos brumosos con largos párrafos. Lo mismo ocurre cuando  habla la madre de Paquito o cuando conocemos las reflexiones de este. Eso provoca en el lector una cierta sensación de angustia.  

También nos sorprende  la forma de introducir los diálogos. En las conversaciones entre madre e hijo los diálogos se insertan en medio de la narración, sin guiones, como si los dos personajes estuvieran fusionados y la personalidad del hijo solo fuera una prolongación de la de la madre. En esos momentos las  preguntas y recriminaciones de la madre parecen auténticos monólogos,  con series de interrogaciones retóricas que no precisan respuesta. El lector logra sentir la sensación de agobio que sentiría Paquito nada más que entraba por la puerta de su casa. En cambio, cuando hablan otros personajes los diálogos se inician con  guiones de la forma ordinaria, marcando los distintos interlocutores.

La novela presenta muchos aspectos atractivos para el lector.  Uno de ellos es la personalidad de los guerrilleros: su vida extraña, la fidelidad a una lucha  trasnochada, su afán por vivir fuera de la realidad, su fortaleza y, al mismo tiempo, su debilidad y su indefensión. Han perdido sus nombres propios y se esconden tras nombres de guerra. Son hoscos y son tiernos a la vez, producen miedo y también compasión. Recuerdan un poco a don Quijote en su afán por cambiar el mundo. Persiguen ideales nobles y universales, pero es anacrónica su  forma de luchar para conseguirlos. Don Quijote luchaba contra unos furibundos gigantes inexistentes como  Cacho, Viseras, Marcao y Perdigones  siguen luchando contra Franco, cuando Franco lleva cinco años muerto.

Estamos  ante una obra narrativa escrita con un lenguaje claro y preciso  de una enorme plasticidad. Se recrean a la perfección las sensaciones, de manera que podemos  captar sensaciones físicas  al mismo tiempo que lo hacen los personajes. Y también los sentimientos. Podemos experimentar con ellos la desolación, la ilusión, la ternura, el  miedo…

La novela tiene componentes tragicómicos. Por un lado, refleja el desencuentro entre esas dos Españas que todavía no hemos superado, y que sigue produciendo desconfianza y dolor; por otro, y tal vez por lo insólito de la situación, nos presenta una visión cómica, un tanto esperpéntica, que hace sonreír en más de una ocasión. Es una historia  dura y tierna,  que provoca pena y también sonrisas, algo parecido a lo que ocurre con la obra cervantina.  

Estamos, en fin, ante una novela  amena, de una exquisita sensibilidad, en su forma y en su contenido. Pero estamos, sobre todo, ante un ejercicio de buena literatura que invita al disfrute   del lector.

Margarita Álvarez Rodríguez





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