lunes, 1 de marzo de 2021

Desde las entrañas, Manuel Cuenya

     Reseña  literaria


Desde la entrañas, de Manuel Cuenya

Los libros de la Nueva Crónica

León, 2021

214 págs.


Termina  de ser publicado este nuevo libro del escritor leonés Manuel Cuenya (se venderá a partir del 14 de marzo con La Nueva Crónica), con prólogo de Margarita Álvarez (la persona que escribe esta reseña) y epílogo de la  escritora y catedrática María José Prieto. Cuenya es profesor universitario, colaborador de prensa, editor de la revista cultural La Coruja, viajero  incansable, que exprime lo que ve  y nos  transmite sus emociones en los artículos de su blog (http://cuenya.blogspot.com/) y otras publicaciones,  y   autor de varios libros, el  penúltimo, Del agua y del tiempo (2019), es una bella publicación  que mezcla verso y prosa, pero que está surcada toda  ella por la poesía. 

La publicación que ahora nos ocupa, Desde las entrañas, es una obra que tiene forma de diario,  un diario  que refleja las  vivencias del primer estado de alarma decretado con motivo de la pandemia, pero, en realidad, es más que eso, pues es un libro múltiple. Un libro de vivencias íntimas y un libro de reflexiones morales, sociales, políticas, filosóficas, históricas… Y un mapa de los afectos del autor por ese Bierzo, siempre tan presente en esta y en otras suyas.  Así, algo que parece un diario por su forma, con las idas y venidas, y las reiteraciones propias del género, termina siendo un texto denso, erudito y, en cierta medida, enciclopédico. Podría ser también  una novela, al estilo de Cinco horas con  Mario, o un buen ensayo. 

La pandemia es el eje temático del texto, pero, sobre todo, es el pretexto para hablar de lo divino y lo humano, para reflexionar  y hacer crítica social y moral sobre el mundo en que vivimos. Manuel  Cuenya reflexiona  sobre los peligros de lo que llama la “sociedad líquida”, del capitalismo, de la injusticia social, de la globalización, del consumismo desmedido, del poder del mal… En algunos momentos impreca con pasión al virus y le echa en cara los estragos que está causando. También pasa su mirada por  hechos históricos  de la historia contemporánea tan trascendentales como el nazismo.

Sorprende la gran cantidad de referencias  a otros campos del saber y del arte   que aparecen en la obra. La intertextualidad es, pues,  otro de sus ejes. La filosofía, el cine, la literatura, la pintura y   otras artes están presentes en muchas de sus páginas.  Entre los escritores tienen presencia recurrente Camus, Saramago, Valle Inclán, Monterroso, Onetti, Cortázar, Borges, Ionesco, Kafka, Orvell, Poe… Y varios más. En relación con el cine (el autor es cofundador  de la Escuela de Cine de Ponferrada, Universidad de León) se introducen muchas referencias a películas de  Hitchock, Kubrick, Gibson, Buñuel… En general, es un cine de suspense, congoja, crueldad. También se analizan aspectos de   la pintura de Goya, de Friedrich… Y abundan las reflexiones sobre la filosofía de  Aristóteles, Platón, Sócrates, Kirkegaard y su admirado profesor Gustavo Bueno. No faltan referencias al humor de Gila, de Eugenio, de Tip y Coll… El autor hace una loa al valor terapéutico de la risa para superar situaciones de dolor y  desconcierto. 

¿Qué es lo esencial para superar psicológicamente los efectos de este mal que nos atenaza? Cuenya nos da una respuesta rotunda: cultivar los afectos, afectos a los demás y a nuestro lugar de origen, la matria. El autor viaje en esos afectos desde lo cercano, (un paseo por los pueblos de su querido Bierzo: por su paisaje y paisanaje)  a lo universal. 

A pesar de ser un libro complejo, invita al lector  a realizar una  lectura  fluida, porque tiene pasión, sale “desde las entrañas”.  Al estar escrito en forma de diario, está  dividido por fechas, y en muchos casos los distintos apartados  están concatenados  temáticamente para buscar la cohesión. La sintaxis de frase  breve, que predomina en la redacción, es un acierto, porque le da un estilo ágil, aunque sea un texto que gira reiteradamente sobre el mismo tema: el desconcierto en que nos ha sumido la pandemia. La presencia abundante de la interrogación retórica permite al autor profundizar en las reflexiones  e invitarnos a los lectores a participar de ellas. Sus preguntas son nuestras preguntas. Usa un lenguaje muy novedoso en el que están presentes con frecuencia expresivos neologismos y algunos  dialectalismos. 

En conclusión, es un libro que nos presente un tiempo, el del confinamiento domiciliario, vivido por todos, sentido por todos, temido por todos… Y el lector agradece que alguien ponga voz a los extraños sentimientos  colectivos vividos durante esos días,  y que aún nos acompañan, y que  utilice el diario como pretexto para explicar algunas claves de las   reacciones humanas y  de los problemas del mundo actual, a la luz de los hechos y vivencias del presente  y  a las experiencias  y sabiduría del pasado. Un texto poco extenso, pero intenso e inclasificable: es  diario, ensayo, crónica, novela, poema. Desde aquí invito a los posibles lectores  a introducirse en él para compartir la pasión que trasmite el autor desde la primera a la última línea, para hacer suyas las reflexiones,  para aprender, para sentir, para disfrutar.   Y, desde luego,  para disfrutar  la obra en plenitud hay que leerla como está escrita, o sea,  desde las entrañas.




En la reseña se reflejan las palabras escritas en el prólogo.


Margarita Álvarez Rodríguez, 2021

domingo, 21 de febrero de 2021

Arriésgate a soñar




En el Centro Cultural Francisco Ayala, Madrid

Arriésgate a soñar,

a componer utopías,

que es la música que salva

de los ruidos de la vida.


Ruidos que nos ensordecen

y nos roban energías,

nos sumen en des-concierto

y en esperanzas baldías.


Esperanzas  olvidadas,

que se tornan desvaídas

esperando sueños verdes

que les pongan melodía,


sueños que  regalen notas

y otros compases de dicha,

música llena de paz,

que restañe las heridas...


© M. Álvarez, 21/2/2021









domingo, 14 de febrero de 2021

Amor de hombre y amor de mujer


 Dicen que el 14 de febrero es el Día de los enamorados… Y todo porque en el año 270 d. C.  moría decapitado un santo que, desoyendo la prohibición  del emperador Claudio II que prohibía a sus soldados casarse, para que fueran más osados en la guerra, casaba a escondidas a las parejas de jóvenes.  En algunos países en tal fecha se celebra el Día del  Amor y la Amistad.




La rosa y el clavel  rojo son símbolos del amor apasionado.Foto gratuita: Pixabay. com


Sonetos de amor apasionado


El tema del amor es, sin duda, el que más versos ha inspirado en la literatura universal. El  amor ha sido abarcado en todos sus matices: pasión, desengaño, idealización, dolor, nostalgia… Muchos de esos poemas han usado como marco métrico el soneto. En esa estrofa expresaron sus vivencias amorosas nuestros grandes poetas clásicos, especialmente Garcilaso de la Vega, Lope de Vega y Quevedo.

Casi siempre, en literatura, el amor ha sido presentado por boca masculina, especialmente el  sentimiento del amor apasionado, que parece vedado para las mujeres. Desde nuestros clásicos de los siglos XVI y XVII, la literatura española ha creado bellísimos sonetos de amor para expresar la pasión amorosa.


En voz de hombre


En este día vamos a recordar un soneto de amor de cada uno de los tres poetas. Comenzamos por Garcilaso de la Vega


Soneto V


Escrito está en  el alma vuestro gesto,

Y cuanto yo escribir de vos deseo;

Vos sola lo escribisteis, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.


En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.


Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma yo os quiero.


Cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero.


...............................    

 

La pasión amorosa provoca los efectos más diversos y contradictorios… De ello habla el siguiente poema de Lope de Vega.


Varios efectos del amor


Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo, 

alentado, mortal, difunto, vivo, 

leal, traidor, cobarde, animoso,


no hallar, fuera del bien, centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso.


Huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño;


creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño:

esto es amor. Quien lo probó lo sabe.


 ................................


El amor era para Quevedo una pasión tan fuerte que crea y que destruye, que es paradójica porque hace vivir y morir al mismo tiempo, porque es fuego y es hielo, un fuego que, aunque destruye,  hace pervivir el amor en las cenizas: …serán ceniza, mas tendrán sentido/polvo serán, más polvo enamorado, decían los últimos versos de uno de sus más grandes poemas de amor.


Es hielo abrasador


Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.


Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.


 Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.


Este es el niño Amor, este es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

  

 

En la literatura contemporánea se han escrito maravillosos sonetos de amor.  Son muy conocidos    los textos  de García Lorca, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Borges…  Y tantos otros. Pero, casi siempre, el amor apasionado presentado  en voz masculina. 


La flor del almendro  se considera símbolo del amor que supera todo, incluso la muerte.
Existen muchas leyendas sobre esta flor, una  de ellas la relaciona con un milagro de san Valentín.
Foto: MAR


En voz  de mujer


Pero  ha habido mujeres  poetas, que han escrito también  hermosos y apasionados sonetos de amor. Vamos a recordar algunos de esos sonetos. Los dos primeros de dos poetas románticas del siglo XIX,  Carolina Coronado y  Gertrudis Gómez de Avellaneda. Y los otros dos de poetas del siglo XX.


¡Oh, cuál te adoro!

Carolina Coronado


¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del día

tu nombre invoco, apasionada y triste,

y cuando el cielo en sombras se reviste,

aún te llama exaltada el alma mía.


Tú eres el tiempo que mis horas guía,

tú eres la idea que a mi mente asiste,

porque en ti se encuentra cuanto existe,

mi pasión, mi esperanza, mi poesía.


No hay canto que igualar pueda a tu acento

cuando mi amor me cuentas y deliras

revelando la fe de tu contento;


tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,

y quisiera exhalar mi último aliento

abrasada en el aire que respiras.

 

...................................


Imitando una oda de Safo


Gertrudis Gómez de Avellaneda


¡Feliz quien junto a ti por ti suspira!

¡Quien oye el eco de tu voz sonora!

¡Quien el halago de tu risa adora

y el blando aroma de tu aliento aspira!


Ventura tanta –que envidioso admira

querubín que en el empíreo mora!

El alma turba, el corazón devora

y el torpe acento, al expresarla, espira.


Ante mis ojos desaparece el mundo,

y por mis venas circular ligero

el fuego siento del amor profundo.


Trémula, en vano resistirte quiero…

De ardiente llanto mi mejilla inundo

¡delirio, gozo, te bendigo y muero!


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 Un soneto en alejandrinos de la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou, que nos acerca la sensualidad  amorosa en relación con las sensaciones  de la primavera.


Amor


El amor es fragante como un ramo de rosas.

Amando, se poseen todas las primaveras.

Eros trae en su aljaba las flores olorosas

de todas las umbrías y todas las praderas.


Cuando viene a mi lecho trae aroma de esteros,

de salvajes corolas  y tréboles jugosos.

¡Efluvios ardorosos de nidos de jilgueros,

ocultos en los gajos de los ciebos frondosos!


¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia!

Perfume de floridas  y agrestes primaveras

queda en mi piel morena de ardiente transparencia


perfumes de retamas, de lirios y glacinias.

Amor llega a mi lecho cruzando largas eras

Y unge mi piel de frescas esencias campesinas.


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Y otro soneto de una poeta poco conocida, Lucrecia San Antonio Nieto (Madrid, 1911-2003), que no habla de la eternidad del amor pasional.


Soneto pasional


Entregarse al amor toda la vida

hacer de la amistad un culto honrado

esperar, y esperar lo inesperado,

como Norte, la Meta presentida.

Ver alejarse a la ilusión perdida

y si el sueño de amor, se vio truncado,

volver a amar de nuevo renovado

el dulce afán, sin freno ni medida.

Y si la muerte al fin llama a la puerta,

no llorar ni poner el gesto triste;

poder decir a Dios  ¡Señor me diste

un  corazón que sangra en llaga abierta!

Te lo vuelvo a traer. ¡No lo perdiste!

¡Déjame amar hasta después de muerta!


Poema tomado del libro Versos con faldas, editorial Torremozas.


El fuego es uno de los símbolos del amor apasionado que más usa la poesía.
Foto: Pixabay. com



martes, 2 de febrero de 2021

Naturalezas muertas. Haikus

  •  


Geometría

que rayos tenues de ocaso

siembran de luz.



La primavera

no encontrará la rama 

que albergue  el nido.


domingo, 31 de enero de 2021

Poemario "Cauces", de Antonia Álvarez Álvarez

 


Título: Cauces

Autora: Antonia Álvarez Álvarez

Editorial Eolas, colección Aura

Primera edición: León, 2020

Género: Lírica

Cauces es un  poemario que  ha sido galardonado con el Premio José Antonio Ochaíta 2019.

Leer los poemas que componen este poemario  es disfrutar de la poesía de una gran poeta, Antonia Álvarez, escritora que ya ha obtenido varios premios literarios, entre  otros, el XXX Premio Leonor de Poesía, y publicado una docena de libros.  Los poemas que componen esta  obra están divididos en dos apartados: Cauces de luz, formado por veinticuatro textos, que aparecen numerados y sin título, y Cauces de amor y dolor, formado por quince poemas, cada uno con su título respectivo. En el frontispicio de la obra aparecen recogidos algunos  versos de José Ángel Valente y de Claudio Rodríguez y, como introducción a algunos poemas, también se insertan versos de otros poetas.  

La imagen  del cauce de un  río nos adentra, ya desde de la cubierta, en esos otros cauces poéticos  por los que discurren   las sensaciones, los sentimientos, las palabras: la belleza de sus versos.

Los poemas de la primera parte, como sugiere su título,  están iluminados por una luz  primaveral que se derrama generosa  sobre ellos. Y no es una primavera cualquiera, es la primavera que tantas veces ha contemplado y sentido la autora, es la de su tierra: un auténtico mosaico de colores y  una  gran variedad de olores, que se mezclan, que se confunden, que embelesan al espectador y al lector. Es la primavera exultante de esos montes y esos cauces de agua cristalina  que ella  bien conoce por haberse criado en esos hermosos parajes de la montaña leonesa. Es una primavera del color de  las  urces, de los  zarzales y escobas en flor, de las campánulas, de las  margaritas; es la del  olor a violetas, a tomillo, a hierba; la del sonido del trino de los pájaros y de las aguas cantarinas...  En esa primavera, por cuyos cauces  se derrama la vida,  la belleza y la palabra (“alma verde del mundo”), se sitúa emocionalmente la autora ya desde el  poema que abre la obra. En ese lugar de “flores blancas perfumadas / por tantas primaveras / soy y estoy”. Ese paisaje es parte de su ser y por sus cauces siguen discurriendo sus vivencias, convertidas en estas páginas  en palabra poética. Y discurren sin pausa (sin títulos), un poema tras otro.

La primera parte es, pues, la celebración de  la vida: “Y cuando marzo anuncia / su voz   de celebrante en los senderos”. Contemplando esa realidad de forma atenta, estática (y extática), se puede  experimentar un  éxtasis  que nos acerca a la inmortalidad. Y esa sensación de eternidad se hace mayor si se comparte esa belleza con alguien, “con el cordón azul de una mirada”. La primavera es un tiempo pasajero, pero el milagro de la primavera se repite año a año,  siglo a  siglo. Se eterniza en cada instante. Eterna es también  la fuerza de la palabra.

En  la segunda  parte los versos transitan por los cauces del amor y del dolor. En esos poemas el amor parece imponerse al dolor, aunque la ausencia del primero pueda ser una  causa importante de sufrimiento.  El amor, que siempre es un milagro,   se refleja en los versos desde distintas vertientes.  Aparece el amor a la tierra y a la familia presentado con tintes de añoranza,  el primer amor,  el amor adulto… El beso se convierte en una manifestación  esencial del amor. El beso en la presencia  y el beso  en la añoranza del amor ausente. Un beso tierno,  que confunde dos almas, como dirían aquellos versos becquerianos, y que convierte esa manifestación amorosa  en belleza y en poesía. El beso es una manifestación del amor apasionado, de ese amor que  es simbolizado como fuego, como “sangre ardorosa” o “pétalos de sangre”,  pero que  al mismo tiempo no pierde su pureza, su delicadeza, su idealización.   Es "el fuego de la boca contra el frío”, una fuerza que vence a la muerte.

La naturaleza también tiene una fuerte presencia en la segunda parte, pero se amplía la visión. La  primavera sigue  ahí como telón de fondo, pero ahora está mezclada con  muchas  referencias al frío, a la nieve y al otoño: son cauces de amor y dolor en los que también está presente  la soledad de las ausencias. Algunos poemas  reflejan de forma clara  la añoranza de la comunión con esa naturaleza vivida  en  el pasado,  es como un deseo de volver a los paisajes de la mirada  y a los paisajes del alma, un deseo de  “volver y derrotar / a las furiosas huestes del olvido”.

Por los versos del  poemario navega  omnipresente el paso del tiempo: el tiempo exterior, que miden los relojes, y el tiempo interior, que miden las vivencias.  Un tiempo que huye (Tempus fugit, título de un poema)  y que solo podemos apresar en la contemplación de la belleza que lo eterniza, en  una visión próxima al platonismo. Un tiempo presente y un tiempo pasado, surcados ambos por sensaciones impresionistas.  En esta segunda parte, como decíamos, está más presente el dolor, las ausencias, la melancolía, pero, aun así, la poeta no deja de conducirnos por cauces de luz.

Una de las medidas   de  versos más utilizada en el poemario es la del heptasílabo que, sabiamente combinado con el endecasílabo, forma con frecuencia silvas,  que crean un ritmo ondulante,  acompasado y sereno, que acaricia nuestros oídos.  No sabemos si la autora ha usado este esquema de forma deliberada por la relación que tiene el origen de la palabra latina  silva (selva, floresta) con la temática de la obra o por su ritmo. También utiliza otras medidas y esquemas de metro y rima, adecuando siempre el ritmo al contenido de los versos. Uno de los poemas más hermosos es el soneto titulado Cauce de agua clara: “Acércate a mis labios lacerados /para calmar su ardicia salinera…”.  El uso del encabalgamiento de forma frecuente  contribuye a ese peculiar ritmo ondulante. Dentro del lenguaje claro que utiliza Antonia Álvarez, aparecen frecuentes y hermosas imágenes: “la enramada cierta de la luz”, “los abrevaderos del olvido”, “el zurrón de la memoria”. Algunas parecen recordar el mundo pastoril de las églogas renacentistas  Y, puesto que  por los cauces de los versos se derraman sensaciones y sentimientos,  el uso  de la sinestesia es muy frecuente en la mayoría de los  poemas. Unas veces aparece como mezcla de sensaciones que captamos por distintos sentidos y otras,   como fusión  de sensaciones y sentimientos: “gorjeo dulce”,  “pétalos de viento”, “dulce esperanza”. Para que la naturaleza cobre aún más vida nos encontramos  asimismo  con frecuentes personificaciones: “el árbol se desangra”, “regocijan los labios”. Son  versos limpios y llenos de luz por la  abundancia de léxico del campo semántico de la claridad: cristalina, purísima,  virginal,  azul, pura,  transparencia, blancura, aurora… Son sensaciones  de un instante, pero que encierran eternidad. 

El poemario  es un deleite para los  sentidos, una caricia para  el alma  y un espacio para la reflexión, pues la autora se eleva desde las sensaciones  y los sentimientos personales al ámbito de lo metafísico, por la importancia que cobra el tiempo  y el papel que desempeñan el amor, la palabra y la belleza en los cauces de la eternidad. Y es preciso buscar esa belleza hasta en el dolor: “En el duelo hay belleza y en las alas / del pajarillo herido / anida el sol”.  

Es una poesía armoniosa, serena, que penetra por los sentidos, que provoca regocijo en el espíritu y que nos seduce  sentimental e intelectualmente. Y, a pesar de estar  muy elaborada literariamente (conocemos la minuciosidad de la escritora),  fluye transparente  de las fuentes   en las que surgen sus vivencias y reflexiones, navega por cauces líricos y desemboca de forma conmovedora en el lector.    Esa es la gran literatura: la que crea belleza desde la claridad y  desde la emoción.

En definitiva, la lectura y relectura (porque son versos para releer con calma y con alma) de este poemario, de gran belleza literaria, nos llevará serenamente por cauces de  vida  hacia la luz, pues,  aunque en ocasiones  caigamos  en un recodo sombrío, será, con seguridad,  “un cauce de sombras / que conduce a la luz”, según dicen los versos que  abren y cierran la obra.  Un título muy acertado, una extraordinaria obra poética y un premio bien merecido.


Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura


Antonia Álvarez  (imagen tomada de la solapa) y contraportada de Cauces




domingo, 17 de enero de 2021

Un recorrido por la memoria

 

Paladín, un día de invierno. Foto: MAR

Nací en una tierra de  gentes austeras,

en un lugar  (Paladín)

con nombre de resonancias guerreras,

al pie de una vallina de agua fina 

 nombre  sonoro (Marcogolla),

en un día  de enero,

mientras se oían

las  huecas pisadas de las madreñas,

el ronco sonido del río,

el gemir de las ramas,

el mugir   de las vacas…

Crecí mirando a la tierra

y esperando las gracias del cielo.

Paisajes   de primavera gozosa

amamantaron mi alma,

veranos de hierba y centeno,

fortalecieron mi cuerpo,

otoños de parcas cosechas

doraron mi vista

e  inviernos de lumbre 

y  palabras aladas

poblaron  las nubes  de mi fantasía.

Mesas sobrias  saciaron mi hambre,

contados libros alumbraron mi mente,

deberes sin tregua 

forjaron mi espíritu.

Mi infancia fue  una canción

con estrofas de   diminutivos frugales:

un poquitín de azúcar,

un puñadín de arroz,

una gotina  de mimos, 

una perrina

Y un  estribillo que sabía 

a  pan  y manzanas.

Una enciclopedia, unos mapas, 

una maestra, un cura,  

una beca

me abrieron los ojos al mundo.


Mesa y sillón de la maestra y mapa antiguo. Escuela de Paladín (León)

Colores, olores, sabores, trabajo,

respeto y humildad

me trazaron  caminos de vida.

Los  años mozos me  robaron  los verdes

y pintaron de gris mi mirada…

Días   de esfuerzo y tesón

me llevaron  a  sueños cumplidos,

mientras   arrebataban vidas

y   desgarraban afectos.

En la madurez me vi  

conduciendo la vida de otros.

Años  de  vocación, de  ilusiones,

de entrega, de  compromiso, 

de lealtad: de amor.

Años de sementera.

Siembra de conocimientos. 

Siembra de afectos. 

Siembra de vida.

Y germinaron los días,

como los trozos de patata 

 los fréjoles

que veía enterrar de niña,

y crecieron, y se multiplicaron, 

y produjeron  excelente cosecha.

Y heme aquí, 

con un  largo camino a la espalda,

sintiendo 

que  sigo siendo de pueblo

y regresando 

a mis raíces  primeras:

a mi casa, a mi  río, a mis árboles, 

a mis verdores, a mi gente

 y a la expresividad  de mi lengua.

¡Un recorrido tan largo 

para volver al inicio!

Vuelvo, una y otra vez,  

a las vivencias de infancia. 

De aquella infancia, mi infancia,  

que, para una niña de pueblo,

casi  empezaba a inventarse.

Y ahora comprendo que  allí 

ha estado  mi  patria:

en el  lugar  de los miedos,

de los  descubrimientos,

de la inocencia,

de los sueños.

En el de la magia de  las palabras.

De aquellas palabras, sonoras, 

amorosas, relucientes,

con las que  poseía

y comprendía el mundo 

que me rodeaba:

ajagüeiro, jingrio, cabrallouca,

tortollo, tulipanda,  restrolucir, 

afalagar…


Álbum familiar. Foto: MAR

                            ***

¡Oh, sí! 

Por aquellas   sendas de infancia 

aprendí a sentir,

a aprender,  a respetar, 

a agradecer…

Y por  los caminos de la vida 

a  saber estar y  a ser.

Existir, sentir,  pensar, ser…

Caminar con empeño:

¡VIVIR!

Caminar con empeño... Foto: MAR


Desde lo alto de Marcogolla, mirando a mi valle. Foto: MAR. Paladín (León)




M. Álvarez

16 de enero de 2021



 

miércoles, 6 de enero de 2021

Calzando madreñas

  

Un relato navideño ambientado en las Navidades de los pueblos de Omaña (León), en los años 60 del siglo XX.


Pozo construido en esa época  (Paladín)

Aquel día Martina se sentía feliz. Había tachado el último día del trimestre de aquel calendario que había dibujado en la última hoja del cuaderno de Matemáticas, al llegar al colegio, en el mes de septiembre. ¡Qué largo se le había hecho! Era el último día de clase antes de comenzar las vacaciones de Navidad.

Tenía solo diez años y era una niña de pueblo.  Llevaba tres meses viviendo fuera de casa, en una ciudad que, en parte, seguía siendo un mundo hostil para ella. Antes solo la había visitado tres veces, dos de ellas, medio año antes, una para examinarse de ingreso para el Bachiller  y la otra, para “examinarse de beca”. Superados los exámenes, y con su beca concedida, había empezado ese camino que sus padres querían que anduviese. Era una niña tímida y responsable, y aquel “tienes que ser más que nosotros” resonaba en sus oídos como una obligación y como un reto que le iba a suponer mucho esfuerzo.

En el internado convivía con niñas becarias de otras zonas de León, la mayoría de tierras de llanura, que  no conocían nada de sus montañas omañesas. Al día siguiente de llegar, la monja responsable de su grupo les preguntó  cuál era el pueblo de cada una. Las distintas compañeras mencionaban el nombre de su pueblo y solían añadir: "Cerca de Sahagún, cerca de Valencia de Don Juan, cerca de Cistierna...". Cuando llegó su turno mencionó el nombre del pueblo y añadió: "Cerca de Riello". Esa población,  donde había adquirido todo el ajuar colegial y aquella maleta blanca que lo contenía,  también resultaba desconocida para las demás. Entonces puntualizó: “Del partido judicial de Murias de Paredes”. Aquello de los partidos judiciales les  sonaba a todas como una retahíla que se aprendía así: Murias de Paredes, Villafranca del Bierzo, Ponferrada… Pero, para ella, Murias era algo también lejano, pues nunca había estado allí, aunque tenía conciencia cierta de que existía, porque con frecuencia oía a los mayores, cuando se referían a  gestiones legales sobre herencias: “¡Está para Murias!”.

Sabía que su padre vendría a recogerla al día siguiente para volver al pueblo. Lo sabía, porque en aquel papelito doblado que encontraba cada lunes en el bolsillo del baby  que, metido en una bolsa, junto con el resto de la ropa limpia, le devolvían del pueblo, su madre le escribía unas líneas en un papel de cuaderno y en ellas le daba la noticia.

 En la ciudad ya había ambiente navideño: alumbrado especial, cintas de espumillón  de colores colgadas en interiores y exteriores y  juguetes expuestos en escaparates, que ya anunciaban la fecha de Reyes.    Eso de pedir cosas a los Reyes para ella era algo extraño, pues nunca les había pedido nada. Solo una vez le habían traído una   muñeca, sin pedirla, una muñeca de cartón en que todo era pintado, excepto el vestido. Fue para ella un gran tesoro, la  cuidó  con esmero algunos años y lloró su desaparición cuando pereció ahogada en un caldero de agua. Sus Reyes, en realidad,  tenían nombre de aguinaldo que contenía  castañas, nueces, unos higos, alguna galleta, caramelos y, tal vez, alguna perra gorda… Esta vez daría más valor a esas perras, pues  tendría oportunidad de gastarlas cuando volviera al colegio, en alguno de los paseos en grupo que daban los domingos por Papalaguinda,

Cuando se apeó con su padre del coche de punto que la devolvía al pueblo ya  era de noche, una gélida noche de invierno. Juntos  empezaron a andar el medio kilómetro que los separaba de casa. En ese trayecto, con un cierto miedo a la oscuridad, Martina  vivió sentimientos contradictorios. Por un lado, pensaba que la vida en la ciudad era más cómoda y más divertida, mientras su pueblo seguía allí, anclado en el pasado, escondido y mal comunicado, con sus calles oscuras y llenas de barro. Por otro,  el rumor de sus pasos sobre aquella pelona que estaba cayendo, el sonido impresionante de la crecida del río, los árboles desnudos que se intuían en la oscuridad y la nieve que se distinguía en el borde del camino la devolvían  a su tierra y  a sus paisajes invernales.  Aquellos árboles ateridos por el frío y bamboleados por el viento eran sus árboles de Navidad,  pues allí el paisaje navideño era real, no un mero decorado. 

Al entrar en casa sintió el calor de hogar: el calor de la lumbre y el calor de la familia. Allí la recibieron gozosas su madre, su hermana y sus zapatillas calientes, que fueron el mejor  regalo para sus pies helados.  Todo en aquella cocina seguía igual: la pota sobre la bilbaína, la leña preparada para atizar, la banqueta en la trébede, la alacena, el escaño, la luz temblorosa de la bombilla y la radio, que abría una ventana al mundo exterior.

Sabía que en su pueblo  las fiestas navideñas no cambiaban mucho lo que ocurría el resto de los días de invierno. Allí  no había llegado el espumillón ni  siquiera las  figuras del belén, pero sí las  distinguían aquellas patatas con el llosco elaborado en la matanza, que eran una delicia culinaria,   y algún postre extraordinario: polvorones, higos, un poco de turrón de yema (o  solo un pobre turrón  de cacahuetes, porque no se podía comprar el de almendra), y tal vez algún cuchiflito casero.

Tenía muchas ganas de volver a disfrutar en su casa  de aquellas veladas o filanderos a las que asistían otros vecinos. Las mujeres, en esas fechas navideñas, solían  incorporarse a la conversación general. Se cantaban villancicos, había que acertar cusillinas, se contaban sucedidos, se cantaban villancicos y romances, se realizaban juegos…  Era el poder de la palabra que transformaba aquellas veladas en una función mágica,  aquellas palabras leonesas que  a Martina  le acariciaban el alma.

Sabía que este año, como otros, su regalo de Reyes más preciado sería un  cofre repleto de sentimientos y sensaciones: el olor a leña y el  crepitar del fuego, el canto quejumbroso  de la coruja, que en su pueblo llamaban cabrallouca,   la bufina  que quemaba  la piel, la luminosidad del manto blanco de la nieve, los sonidos y el calor de los animales domésticos…  Sus compañeras quizá regresaran  al colegio con regalos más valiosos, pero ella lo haría  con aquel  cúmulo de sensaciones, que la envolvían y  que, a buen seguro,  le provocarían morriña hasta las siguientes vacaciones.

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Una subida notable del volumen de la televisión la sacó de su ensimismamiento. Había comenzado un bloque de anuncios y por su retina y su oído desfilaron rápidamente un perfume, acompañado  de una ridícula voz afrancesada, unos bombones de envoltura brillante y  un elfo risueño que felicitaba la Navidad desde unos grandes almacenes.

Entonces se dio cuenta de que seguía ante el ordenador  con la mano en el ratón, un ratón que se podía apresar, no como aquellos huidizos de su infancia que recorrían el desván por las noches y que tanto miedo le causaban. Martina, que  era ya abuela,  estaba tratando de elegir unas deportivas de una conocida marca para el regalo de Reyes de su nieto. Veía tantos modelos, con tanta variedad  de características, que, para ella, que había sido una niña de zapatillas y madreñas, le resultaba  complicado atinar con la elección correcta, pero tampoco le preocupaba mucho, pues sabía que las podría cambiar,  si no le gustaban. Así que seleccionó  un modelo, introdujo el número de la tarjeta y  clicó para pagar. E inmediatamente recibió un mensaje: “Fecha de envío: 5 de enero de 2021”.  

                                               

Y en ese momento, como si también hubiera clicado en su mente, recordó que en aquellas Navidades de su infancia sí había tenido un regalo: unas flamantes madreñas, de un negro brillante, que sustituían a las viejas que ya no le valían, y que aparecieron colocadas en la puerta, en fila, junto a las demás, preparadas con sus tacos de goma y su cincho de alambre. Los Reyes Magos sabían que, aunque se fuera por el mundo, volvería a casa  por  Navidad y que, a la puerta, sus madreñas la estarían esperando.


Madreñas   de los  años 60 conservadas en mi casa. MAR


Texto y  fotos: Margarita Álvarez Rodríguez

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.