viernes, 18 de septiembre de 2020

¡Ay, si las piedras hablaran!

 

Nos hablarían de su presencia discreta en la memoria olvidada,

estáticas en su lugar 

o por hados arrastradas.





Nos hablarían de rayos de sol  ardiente

 y    fríos de madrugada,

de siglos de lunas llenas 

y reflejos llenos de magia,

del viento que envuelve su piel 

y sin pausa las desgasta,

de ocasos arrebolados 

que las tiñen de escarlata

y  de luces temblorosas

que las despiertan al alba…




Nos hablarían de líquenes y musgos 

que las ornan de esmeraldas

y de lluvias que las lavan con esmero, 

pero nunca las empapan.


¡Ay, si las piedras hablaran!


Nos hablarían de rumores cercanos,  

de silenciosas pisadas,

de lagartijas al sol

dormitando en sus   espaldas,

de mosaicos de color

 y sinfonías aladas, 

y de paisajes misteriosos 

en que asientan su morada…




Nos hablarían  de otras  gentes 

que vieron su pétrea estampa

y de aquellos que nunca 

les  regalaron miradas.

Nos hablarían de sus carencias.

Carencias  de vida y  muerte,

pero larga  historia  de  presencia inanimada.



Desde sus  entrañas duras,

inmutables en su ser, 

testigos mudos sin alma,

hablarían de ese fluir del tiempo

que con su esencia  no acaba,

pues viven un presente  eterno, 

frente a la inconsistencia humana.




¡Ay, si las piedras hablaran!



 

Piedra sustentadora de vida.


© Texto y fotos: Margarita Álvarez Rodríguez (MAR).

Paladín (Omaña-León), septiembre de 2020


miércoles, 2 de septiembre de 2020

Brotes de vida

 


Como un manantial de vida

brotan  las hojas del tronco,

entre  plateados líquenes

nacen con fuerza retoños.

 

El agua nutre raíces,

desde el río generoso,

aunque cortezas ajadas

muestren grietas en su rostro.

 

El verde del nuevo brote

brilla con color gozoso

y triunfa sobre la muerte

en los  alisos añosos.

 

En los árboles cercanos

también asoman sus ojos

otros brotes que  decoran

el paisaje del entorno.

 

¡Alisos de la ribera,

vuestras hojas hacen coro

y abanican al Omaña

con movimientos sonoros!



© M. Álvarez, verano de 2020


Riberas del río Omaña. Foto:MAR


 

lunes, 24 de agosto de 2020

Al pino centinela del río Omaña


Un pino solitario, que sobre el río Omaña, en Paladín,  contempla el puente colgante y el pozo Lloncín.




¿Quién te subió a ese risco

y te colgó del barranco,

si no hay pinos por aquí

y tú creces solitario?


En primavera perenne

nos muestras siempre tu estado,

tienes púas y no hojas:

eres un árbol extraño.


Pones verdor en invierno

a los barrancos nevados

y pintas tonos de vida

a los peñascos grisáceos.


Y el otoño ahí te encuentra

de esperanza disfrazado,

entre hojas danzarinas

revestidas de dorados.


El paisaje se desnuda,

tú sigues bien arropado,

y, encaramado en el teso,

sus cambios vas observando.


Con frecuencia te preguntas,

dónde estarán tus hermanos,

pues ninguno hay a la vista

en lugar tan arbolado.


Desde elevada atalaya

pasas el día mirando,

el río que pasa al hondo

y los chopos espigados.


Paleros, fresnos y alisos

te contemplan  desde abajo

y las urces  te hacen corro

desde lugares más altos.


¡Sigue ahí  firme y señero

en lugar privilegiado,

que no te arranquen turbiones

ni vientos huracanados!


© M. Álvarez

Paladín (León), agosto de 2020


El pino ante nuestra mirada veraniega...






Panorámica que contempla el pino:












 

sábado, 18 de julio de 2020

Río Omaña: un manantial de vivencias


Semblanza del río Omaña (León)

A todas las personas que alguna vez han sentido que les habla el agua de los ríos...




De forma recurrente vuelvo a  mi río, vuelvo a mis raíces… A ese río que a lo largo de los siglos ha generado vivencias asgaya (a esgaya) a todas las personas que han vivido en su entorno.

Vuelvo  a sentir cerca ese  río que  ha marcado mi vida: su sonido, su transparencia, sus reflejos, su movimiento… Su belleza. 


Río Omaña.  Foto:MAR

Enjoyado cada día
de oro, plata y esmeraldas
asistes al espectáculo 
que natura te depara...

No puedo imaginar otro lugar de nacimiento que no sea un pueblo con río… Quienes han nacido cerca de un río, un arroyo, el mar  lo entenderán perfectamente. Muchas veces, a lo largo de la vida, cuando he contemplado  el verdor  de la vegetación que cubre el  valle que riega el río Omaña, me ha venido a la mente el título de la famosa película “¡Qué verde era mi valle!”,   de  J. Ford, que llegó  al cine antes de que mis  ojos  asomaran a  la vida:  río y valle, verde y río… ¡Qué verde es mi valle! 

Vista del valle del Omaña y del Valle de Samario.
Al fondo  La Garandilla. Desde La Chana de Paladín. Foto: MAR

Los ríos siempre han tenido un gran simbolismo en literatura. Su nacimiento es similar  al nacimiento del ser humano; su discurrir, a la vida y al paso del tiempo, y su desembocadura, a la muerte.

Tú, río Omaña, eres mi río. Has sido siempre  para mí un signo de vida, un remanso de paz, un espejo de belleza. Tus aguas acariciaban  mis pies infantiles,  que se estremecían, por miedo a ser arrastrados por la corriente y por la sensación de frialdad.  Porque eres un río de montaña: un río de aguas rápidas y frías.  Un río de aguas  finas que  han lavado mi ropa y aseado mi cuerpo.   Un río hermoso en cuya  belleza se ha regodeado mi espíritu.


Foto: MAR
Y es que un río es algo más que unas aguas que corren, que pasan, que  huyen… Un río es la historia de la vida  de muchas generaciones que se han movido  en torno a él. Un río es la imagen del paso del tiempo, pero no tiene tiempo, porque lleva en sí un germen de eternidad, de eternidad mudable, aunque la expresión sea paradójica. Siempre igual y siempre diferente. El mismo río con distinta agua, que diría el poeta Gerardo Diego, a lo largo de todo tu caminar.

Río Omaña, río Omaña,
nombre que el agua te da,
a los pies del Tambarón 
inicias tu caminar. (MAR)


Hacia las fuentes  del río Omaña en Montrondo. Foto: MAR
A ti, río Omaña, dirigían sus ojos los pueblos astures y   el pueblo romano con  una mirada similar a la nuestra. A ti te han mirado nobles y siervos, ancianos y niños, agricultores y pastores, hombres y mujeres… Eres un símbolo de vida  y unidad para todo el valle  y la comarca que lleva tu nombre.  Y eres, además, unos cuantos sentires... Sentir de oír y sentir de sentimientos. Algún día quizá te llamaste “aqua mania”, pero a fuerza de repetir tu nombre, a lo largo de los siglos, los lugareños fueron transformándolo hasta dejarte con el nombre actual.

Para todos los omañeses, en nuestras  vivencias de la tierrina,  nunca has necesitado nombre: eras y eres  “el río”: “voy al río, vengo del río, cómo ha crecido o mermado  el río, tengo que pasar el río…”. No un río,  sino el río. El río conocido, el río sentido, el río vivido, el río querido. Aunque he de decir  que, en los largos años que he vivido lejos de ti, he repetido mucho tu nombre. Muchas personas saben de tu existencia, porque han oído de mis labios o leído en mis escritos cientos de veces tu nombre: Omaña.



Carretera Astorga-Pandorado. Otoño. Foto: MAR


Puente en la carretera Astorga-Pandorado. Verano. Foto: MAR

Eres un río especial, porque no mueres en una desembocadura y pierdes tu identidad, como lo hacen tus semejantes, sino  que confluyes y te hermanas con el río Luna a 52 km. de tu nacimiento  y,  juntos, y con aguas mezcladas (aguasmestas) ,  formáis el río Órbigo, ese antiguo Urbicum (nombre alusivo a agua), que ha servido también  para denominarte a ti, en mapas y documentos  del pasado, desde las fuentes de tu nacimiento. Por eso, eres Omaña y eres  Órbigo. Riegas la montaña y riegas la ribera.

Además, eres un río generoso. En tu fluir, por el “valle grande”,  desde los pies del Tambarón hasta los  límites de la comarca, vas acogiendo otros ríos y arroyos menos caudalosos que afluyen desde valles y vallinas transversales: ríos Gordo, Negro, Valdesamario, por tu derecha, y otros varios por tu izquierda: Sabugo, Santibáñez, Ariego, Ceide, Velilla… Los recoges y los abrazas  en tu seno de manera amorosa, como si fueran tus hijos.

Río  Omaña en la desembocadura  del río Valdesamario. Primavera incipiente. Foto: MAR. 
En tu camino hasta ser Órbigo, de vez en cuando, algunos puertos interrumpen tu cauce y desvían tus aguas fuera de  él. Entonces te quedas más escuálido y notamos la merma de tu caudal (aunque es verdad que en muchos casos las aguas te son devueltas por escurrederos, después de realizada su labor de regadío). Son puertos de los  que   salen presas de riego o que llevan el agua a algún molino, cuyas piedras has hecho girar  durante siglos, o puertos de los que, en otra época, salían presas que llevaban a pequeños saltos de agua que producían electricidad… Esos puertos, han usado tradicionalmente materiales ecológicos de  los que abundan por tus alrededores o en tu propio cauce: piedras, ramas, tapines…  El llamado progreso ha ido cambiando esas construcciones tradicionales y han llegado a ti, para sacar el agua con más facilidad máquinas, lonas y plásticos que, de alguna forma,  han agredido tu esencia natural y tu entorno. 

 Había, sin embargo, un puerto, la presa del Cepedano, en El  Escobio (Trascastro de Luna), que estaba construida en cemento. El embalse producía una hermosa tablada que llegaba a la peña de la Fortuna y  el agua que pasaba por encima del muro formaba una pequeña cascada. El agua de esa presa iba destinada a producir electricidad en una fábrica que había en La Garandilla y que mandaba esa energía a pueblos de La Cepeda, además de  a algunos barrios de Valdesamario.


Restos de  la presa  del Cepedano. Foto: MAR

Otro de esos puertos que conducen tus aguas fuera del cauce,  el más emblemático de la Omaña Baja,  ha sido siempre  el Puerto de la Vega de Paladín, que embalsa las aguas en el  pozo del Piélago, conocido  y pintoresco lugar de baño, antes de que la carretera lo cruzara y lo dejara debajo del puente, sito  sobre el pozo. De ese puerto existe Comunidad de Regantes legalmente constituida desde los años 60 del siglo pasado. Hasta hace unas décadas el trabajo de  hacer el puerto se subastaba  cada año y al (a los que) le quedaba se le pagaba la cantidad establecida en la subasta. Cada regante pagaba una cuota de acuerdo con la superficie regada, que en esta Omaña nuestra, no pasaba nunca de áreas y centiáreas. Había también un encargado de elaborar las listas para  reparto del coste de los gastos que había que  cobrar. Esa persona fue mi padre durante muchos años. Y él, con frecuencia,  nos encargaba a mi hermana o a mí ese cometido. Así aprendimos  los nombres de muchas personas de los pueblos próximos: La Utrera, La Garandilla y los pueblos del Campo (Camposalinas, Irián, Carrizal, Santovenia). 


Una página del borrador de la distribución de costes del Puerto de la Vega, de hace unos 50 años
Por encima de ese puerto existían varios más, río arriba, y entre ese y La Utrera había otros puertos de riego, entre los que destaco dos: uno por su hermoso nombre, Los Jardines, que regaba una parte pequeña de las fincas de Paladín,  y otro, propiedad de Juan Ramos   ("Juanón"), de Paladín, del que salía una presa muy grande, que conducía  el agua  a una fábrica de electricidad y a un molino de su propiedad, y la sobrante era aprovechada para otro molino situado medio kilómetro más abajo. En los pueblos a los que llegaba la electricidad de esta fábrica (Paladín, La Utrera, Valdesamario, Carrizal, Irián...)   se llamaba “juan” a aquella luz escasa y temblorosa que nos alumbraba  en los años 50 y 60 del siglo XX


Rueda de uno de los molinos de Paladín 
A partir de esos puertos,  por presas amplias, que se limpian todos los años para que la vegetación de los riberos no las ciegue, tus aguas  salen   del río y se van diseminando por las fincas en un entramado de pequeños canales que se convierten en una especie de sistema circulatorio, con sus arterias, venas y  capilares  que  llevan el agua hasta los lugares más recónditos. Las presas se van dividiendo en otras más pequeñas a las que se encamina el agua con comportas  o compuertas, generalmente de madera, (pequeñas puertas de madera que cambian el curso del agua) de las que salen regueros… Y los regueros terminan convirtiéndose en estrechas conducciones, los liviaos, que se van cavando según las necesidades de riego, para que llegue el agua al último testero. 

Comporta de madera que usa como complemento plásticos en lugar de tapines,
con el peligro de contaminación que supone. Foto:MAR
Una vez que llegas a la finca, que te espera ansiosa, eres encaminado  suco a suco  o simplemente te dejas llevar y terminas regando a manta, hasta el punto de enllarar la tierra cuando el agua que llevas hasta allí resulta excesiva y se queda embalsada. Tus aguas hacen crecer una hierba fuerte y abundante en primavera, que se recoge segada y seca a principios de verano,  para alimentar a los animales en invierno.  Es la hierba crecida en primavera  que llamamos pelo, frente a la hierba verde y menos consistente de la otoñada: el otoño. ¡Seguramente no recuerdes cuántas veces los lugareños tuvieron que usar tus aguas para quitarse de encima el picor del polvo tan molesto de la recogida de la hierba!


Presa de riego. en una chopera. Foto: MAR
Regar era una de las ocupaciones del trabajo del campo que más nos gustaba a  los guajes. Encaminar el agua suco a suco o ponernos al final del patatal o frejolar para decir que el agua había llegado hasta allí no nos parecía que fuera mucho esfuerzo. Pero fastidiaba mucho que alguien se pusiera a regar  en otra finca  y nos quitara el agua. Cuando empezaba a venir la merma había que ir presa arriba a buscar al desaprensivo que nos había hecho esa faena. En algunas ocasiones se generaban agrias disputas por ese motivo; en otras, los regantes eran más cívicos y pedían el agua al que estaba regando para regar  a continuación cuando  el agua quedara libre.

¡Cuánto me gustaba andar chapuzando descalza por esas presas en las que el agua estaba mucho más templada que en el río! En  algunas ocasiones, en verano, las presas también se usaban para lavar la ropa. Y alrededor de ellas se ponía  unas horas  al verde la ropa enjabonada para conseguir aquella blancura de la colada en la que rivalizaban las mujeres, pues el sol, sin duda, era la mejor lejía. En esos casos, no solo regábamos el prado o los cultivos, sino también el propio tendal, salpicándole agua por encima, para que  mantuviera la humedad mientras estaba al sol.

Se ha mantenido la norma consuetudinaria de  no “robarte” el  agua, río Omaña,  hasta  terminar con la recogida de  la hierba. Una vez recogida, los puertos se acondicionan (hacer el puerto) para que puedas llegar a todas  las linares y huertas para dar vicio a  los sementijos. No puedes permitir que se pongan mustios, se agosten,  ni tampoco, que se mareen. Así, luce la Omaña veraniega en todo su esplendor. Y así nos permites comer sabrosas patatas, lechugas, fréjoles, berzas…



Huerta y casa centenaria construida con piedras del río Omaña. Paladín. Foto: MAR
¡Cuántas veces nos hemos asomado a tus riberas llenas de vegetación! Hemos contemplado en tu espejo la figura de los alisos, los chopos, las paleras(os) y los  salgueros, los fresnos, los bidules, los avellanos y tantos árboles y   plantas que pueblan tus riberas…


Vegetación de la ribera del Omaña en Paladín. Foto: MAR

Los árboles se reflejan
y te cubren son sus mantos,
su cara en tu espejo dejan
y se llevan tus encantos. (MAR)

Y en algunas ocasiones observamos la sombra oscura  de alguna   roca que te vigila cual centinela pétrea y pone  misterio insondable en  tus aguas. 

La peña, cual centinela,
vigila el agua profunda
y se mira el rostro en ella,
mientras la contempla muda.

Agua que esconde secretos,
de conexiones oscuras,
de un Piélago misterioso
que traga paja menuda... (MAR)


Pozo del Piélago en primavera. Foto:MAR
(Se cuenta que en alguna ocasión, sin precisar el tiempo,  se echó en este pozo paja trillada,  que, tragada en el lugar, fue a salir a 35 kilómetros de distancia, en una fuente de Villadangos del Páramo. El hecho curioso  se cuenta allí y en Omaña   de la misma manera).

Pero tú eres más de brillos que de  oscuridad. A diario vemos reflejarse en tu piel acuosa  el tímido  sol del amanecer y también ese sol del ocaso que te da  bellísimos reflejos dorados. Sabes atraer los rayos solares durante todo  el día y te dejas seducir  por los reflejos de la luna,  que luce espléndida sobre ti, especialmente en las noches de luna llena. No se  estorban Lorenzo y Catalina para mirarse en tu espejo, pues reparten bien sus tiempos, quizá porque algún día muy lejano  decidieron elegir  el día y la noche, respectivamente,  para acompañarte o porque quieren  jugar a la maya y a esconderse el uno de la otra o porque, simplemente,  se enfadaron  y no quieren verse más. A ello alude esta coplilla popular omañesa, recogida en Paladín:

El sol y la luna riñeron,
perdieron las amistades,
el sol por andar de día
y la luna por las tardes.

Amaneces con aguas  plateadas, que se van convirtiendo en diamantinas a lo largo del día, y a la caída de la tarde las piedras de tu cauce lucen como lingotes de oro. 



Puedo contemplarte con los ojos de  un pintor impresionista,  pues cada vez que te miro me regalas  una sensación momentánea única e  inesperada. Un cuadro que varía de trecho en trecho y de minuto a minuto.  Mis ojos se han quedado muchas veces  embelesados ante el movimiento de  tus aguas cristalinas. Las perlas que saltan de tus corrientes y  cascadas decoran mi mirada y  el arrullo de tu sonido hace volar mi espíritu al jardín de los sueños.

Y tú, en tu discurrir  eterno,  infinitas veces habrás  dirigido la vista hacia el cielo siguiendo la dirección que te marcan las guías de los árboles. Cielo y agua, tan lejos y tan cerca.  Tu mirada seduce a las nubes que  se funden contigo  y se quedan prendidas de  tus aguas cristalinas.  En otras ocasiones, a buen seguro, tenderás la vista hacia las laderas de los montes que te rodean. Unos montes con exuberantes bosques de bidules o de robles en tu tramo alto que parecen custodiarte y que te fecundan con  el agua de las fuentes que manan a sus pies. Y a medida que desciendes puedes contemplar de forma más calmada los bosques de ribera  que pueblan  tus orillas y que  beben  tus aguas.  

El cielo en el agua.  Río Omaña en El Escobio. Foto: MAR
Desde la Omaña más alta caminas hasta  la más baja entonando distintas canciones y bailando  danzas que siguen  ritmos que van acompasados con  la  geografía omañesa. En los primeros pasos de tu carrera, en Montrondo, avanzas de manera vigorosa, entre saltos y cantos de fiesta. Allí apenas se puede ver tu curso, escondido en profundos barrancos, pero, en cambio,  sí sentimos la voz alegre   de tus aguas, mientras  se divierten saltando por bellas  cascadas o deslizándose por sinuosos toboganes.  

Las aguas que  saltan
buscando el destino
entonan canciones
que acunan oídos.

Danzando sin pausa
con un fuerte ritmo
arrojan sus perlas
al pie del camino

y enjoyan los ojos
que son seducidos
al ver la belleza
del río nacido.

¡Oh aguas furiosas,
que corréis con brío,
llevad nuestros sueños
al mar infinito! (MAR).

Avanzados algunos kilómetros, en tu curso medio y bajo, de vez en cuando, te detienes en una tablada para descansar y para contemplar el verdor que te rodea. Pero pronto vuelves a recuperar el paso garboso, para ir, poco a poco, sosegando  de nuevo tu discurrir  en el último trayecto.  Es como si pasaras de los pasos más airosos de la jota a los más sosegados del baile del país o baile chano.

En época de estiaje. Foto: MAR
A tu danza y música se suman también una orquesta y un coro  de voces multicolores, los de las aves que te hacen compañía a lo largo del recorrido y a las que sirves de alimento. Sobrevolando tu cauce, o escondidos entre  los árboles de la ribera, van añadiendo sus cantaridos polifónicos al rumor del agua  muchas aves, que varían de especie de acuerdo a la vegetación de cada lugar. En tu curso alto te llegan los cantos del mosquitero común y del musical, del reyezuelo listado, del pardillo común, del pico picapinos, del mochuelo europeo… Y, seguramente, más de una vez, habrás  oído el  peculiar canto del urogallo. En el curso bajo ponen música el mirlo acuático, la lavandera, el ruiseñor bastardo, el verderón común, el gavilán…  Y hasta la garza real.  Y en ocasiones, también forman parte del coro ornitológico aves singulares como el martín pescador y  el alcotán.    Todas  van adaptando sus trinos y la estancia en tus riberas al compás de las estaciones. Y en invierno no te dejan solo, pues los jilgueros lúganos colonizan  los alisos  y  se alimentan de sus semillas.

El Omaña cerca de su nacimiento, en el puente de Montrondo. Foto: MAR
Las estaciones  del año también cambian tu fisonomía. En invierno  y primavera, con frecuencia, tu crecida o llena es incontenible, sale del cauce e inunda los pagos próximos. Alguna vez, incluso, te has acercado de forma peligrosa a los pueblos o te has llevado por delante  (“comido”) parte de fincas, árboles… Y cuando llega la merma vemos los destrozos  provocados y te vemos a ti caminar por otro lugar , formando regachos  y rodeado de cascajales. Tú no tienes la culpa, simplemente recoges las aguas del desnevio de la tangada de nieve que ha caído en las alturas, porque   nuestras montañas son pródigas en nieve… Es parte de nuestra riqueza y belleza. 

Una llena. Foto: MAR
En primavera, desde tu lecho,  puedes contemplar la belleza de los montes que te rodean teñidos de los tonos rosados de las galanas de las urces y  los amarillos de las escobas,  y de las flores que crecen  al borde mismo del agua. En verano, sientes la  brisa verde   que desprenden  los abanicos de las ramas  de los árboles de tus riberas.  En  la otoñada, las hojas amarillas  se mecen sobre la superficie  del agua y te visten de  brillantes dorados. Y  desde las laderas te añaden  pinceladas  amarillas y rojizas los bidules  o las  cerzales.  Y  en invierno, un cobertor blanco cubre tus orillas y  la cabeza de alguna piedra solitaria.


Colores otoñales. Foto: MAR
El sonido del agua de tus llenas acunaba mis sueños infantiles en invierno y también despertaba mis miedos. Desde las ventanas de mi casa  oía, en mi infancia, el sonido de tu discurrir furioso y bravío y veía también cómo las aguas anegaban las  fincas colindantes al pueblo. Y el miedo crecía en  los que éramos niños a medida que  veíamos aumentar la preocupación de nuestros mayores, que ponían marcas  o  testigos que iban vigilando con frecuencia, día y noche, para ver  si subías de nivel. Los lugareños construían también  con ramas y piedras defensas en el río, llamadas en la Omaña Baja, gorriones  (gaviones). En algunas ocasiones se preparaban varios muy próximas para contener   tu furia y defenderse de ella.

 Al  paso de tus llenas has ido  dejando  árboles arrancados, caminos destrozados, pontones deshechos y arrastrados… Ese "botín"  se convertía luego en leña (previa subasta) que serviría para atizar las cocinas económicas o bilbaínas y librar a los omañeses de los fríos de las pelonas del   invierno siguiente. Era como una compensación al daño causado. 

Es fama que tus aguas tenían el poder de cicatrizar de forma rápida las heridas, por eso cuando de niños nos hacíamos cualquier mancadura que llevara consigo herida abierta nos mandaban a lavar la herida con agua de río. También nos devuelves un pelo sedoso cuando lo lavamos en tus aguas.



De color  primaveral. Foto: MAR
De tu cauce y tus cascajales fueron sacadas las piedras y la arena que, mezcladas con cal o simplemente con barro,  sirvieron para construir muchas casas omañesas en la parte más baja de la cuenca. ¡Cuántos carros y carros de piedras fueron a parar a las paredes de más de medio metro de grosor de mi casa  y de otras muchas viviendas! Cantos rodados que mezclan distintos colores y que nuestros canteros eran capaces de colocar de forma conveniente e incluso artística. Esas piedras que tantas veces nos han hecho resbalar o han mancado nuestros pies y que, cuando era posible, nos llevaban a protegerlos  con botas, en invierno, o con alparagatas viejas o  sandalias cangrejeras, en verano.  Esas piedras,  junto a las raíces han sido cobijo de las truchas. 

Casa de la escuela de Paladín, 
en cuyas paredes se ven los distintos colores de las piedras del río. Foto: MAR
Y es que tú, río Omaña, has sido famoso por tus codiciadas truchas.  Truchas  decoradas con lunares rojos  y de carne fina y sonrosada que han hecho las delicias de nuestro paladar: fritas con jamón o guisadas y acompañadas de su inseparable sopa  de pan. Aún hoy las  seguimos viendo   saltar sobre el agua de forma vertical, cual  ágiles acróbatas, para cebarse. En su caída describen círculos concéntricos  de agua bulliciosa.

Por tus orillas deambulan muchos pescadores que, pertrechados con botas altas, cesta y caña, durante el día o al sereno,  tratan de que piquen las truchas para poder llevárselas a la cesta.  Pero también has conocido a  otros pescadores especialmente habilidosos (como mi padre) que introduciendo su cuerpo en el agua, pescaban  las truchas a mano buscándolas  entre las raíces o las piedras. Esta práctica, hoy no permitida, es cada vez menos frecuente, pues escasean ya esos pescadores, aunque, bien mirado el asunto, usaban una técnica absolutamente natural, que formaba parte de una economía sostenible. En mi infancia esas truchas eran el poco pescado que podíamos comer en muchos pueblos omañeses. Luego, las truchas de río  se fueron convirtiendo en un artículo casi de lujo. También los omañeses pescaban en otro tiempo   con la ñasa   (nasa, naso) y con el trasmallo. Este último provocaba también daño, pues se cogían muchas truchas de una vez, sin distinguir tamaños.


Ñasa (nasa, naso). Casona de Murias de Paredes. Foto: MAR

Y tú, río  Omaña,  tampoco te has librado de   atentados ecológicos para tu  fauna,  absolutamente condenables, como arrojar al agua lejía en gran cantidad para que las truchas de un lugar de agua serena muriesen todas sin distinción de tamaño y flotaran en la superficie. Hoy, por fortuna, hay más conciencia medioambiental, más vigilancia y más penalización para que hechos así no ocurran y diversos espacios señalados como cotos de pesca (El Castillo, La Omañuela…).  Además de las truchas, hay también otros animales que se mueven en tu entorno: la lucida nutria, para nosotros lundre, que nos  servía para comparar con ella a los niños muy rollizos. También dicen que  tienes buena amistad con  el  desmán de los Pirineos, pero yo nunca he visto ninguno.  

Sin duda, los animales de tierra que más has visto a lo largo de tu vida cronológica y de tu carrera omañesa han sido las vacas. En ti  han saciado su sed y  en tus riberas y riberos han pastado plácidamente, y muchas veces han atrevesado   tus aguas para pacer "al otro lado" o lo han hecho  tirando de un carro... Seguranmente has oído sus nombres y  sus cencerros. 


Vacas paciendo al lado del río.  En primer plano restos de las riadas. Foto: MAR 
Desde lejos, también has podido oír las esquilas de cabras y ovejas, el aullido del lobo... Tal vez el oso... Sin embargo, en los últimas décadas estás contando con unos visitantes especiales, que durante siglos no habías conocido: los corzos. Hacen viajes nocturnos para beber agua y a primera hora de la mañana salen corriendo de tus riberas y, cruzando a la carrera caminos y carreteras con saltos espectaculares, huyen  monte arriba.

A tu vera discurren caminos que han transitado sin pausa los omañeses, durante siglos.  Con una zada al hombro,  una forca, una macheta, una fozoria, un gadaño  Tal vez se encaminaban a desbrozar una presa para que corriera bien el agua, a segar un prao, a recoger un feje de hierba, a coger unas varas para hacer esa  cesta que después  se llenaría con patatas, con leña… Son caminos que llevan a términos cercanos y conocidos. 


Caminos que llevan al trabajo. Foto: MAR
Pero a tu vera pasan  también  otros caminos que han conducido a los omañeses  fuera  de su tierra, como  la Cañada Real de la Vizana, por el bello paraje de El Escobio,  que avanza entre el río y las peñas,  y que ha sido durante siglos el camino de Cangas Narcea a Madrid y el de las merinas de la trashumancia. Allí se esconde la Peña de la Fortuna, a la que lanzaban la piedra los caminantes  para pedir su protección. Tal vez alguna de ellas rebotara en la roca y quedara atrapada en tu cauce y, con ella, las lágrimas de su frustración. 



Cañada Real de la Vizana (posible antigua calzada romana), a su paso por El Escobio. Foto: MAR
Tus aguas, a lo largo de toda Omaña, son abrazadas por muchos puentes. Desde bellos y antiguos puentes  de piedra, hasta puentes de madera o de hormigón. Puentes firmes y sólidos, puentes hechos con ramas y tierra  y  puentes colgantes.  Has visto también a  muchos omañeses, usando de su pericia, cruzarte con zancas. (En otra ocasión ya escribí largamente sobre puentes, pontones,  zancas y pasaderas).



Puente viejo de La Garandilla. Foto: MAR
Tus aguas también sirven  de  fuente de esparcimiento. A tu lado han surgido pequeñas playas, como la del pozo Lloncín, bajo la protección del conocido puente colgante (entre Paladín y La Utrera),    hermoso lugar  para  solaz de los lugareños y de los visitantes. Aguas frescas, aguas finas, aguas relajantes…


De solaz en el pozo Lloncín. Foto: MAR

Aún tienes un don más especial que te hace casi  único No solo eres un río dorado, sino un río de oro, pues   en tus aguas también se han buscado pepitas  oro de forma recurrente, como ya en su época hicieron los  romanos, además de en minas a cielo abierto o  minas subterráneas (Valle Gordo, Valle de Samario, Las Omañas…). Alguna empresa extranjera, hace ya unos treinta años, ha puesto también  los ojos sobre tu supuesto oro y ha intentado volver a explotarlo sin éxito.  Aún en la actualidad algunos  siguen realizando bateo para hallar el tesoro que esconde  tu cauce. Eres el único río de la cuenca del Duero que todavía hoy goza de este privilegio.

En fin, eres el pasado y eres el presente de los omañeses que ahora te contemplamos. Has visto transcurrir nuestra vida, has contemplado nuestro trabajo, has recogido nuestras lágrimas, has sentido nuestros pies descalzos o calzados con botas. Tal vez has sonreído cuando un resbalón inoportuno nos ha precipitado a tus aguas de forma involuntaria e inesperada.  Has atrapado nuestras miradas y sugestionado nuestros oídos, has refrescado nuestras caras… Has repartido agua… Has repartido vida y salud… Eres río Omaña, aqua mania o aqua magna, agua grande… Eres tú con todos tus afluentes, con tus regachos, con tus presas, con tus regueros...  Te hemos sentido, te sentimos... 




De verde y azul... Foto: MAR 
Habrá ríos más largos, más caudalosos, más conocidos… Pero tú eres mi río. Nuestro río.


Desde  tus frescas riberas
se inclinan sobre tu faz
abanicos de verdores
que soplan sobre un cristal. (MAR)


Abanicos de verdores. Foto: MAR
Y cristal reluciente. Foto: MAR

Al compás de las estaciones 

Imágenes tomadas en el mismo lugar en distintos momentos del año. Puente colgante entre Paladín y La Utrera.



Acceso al puente colgante por Paladín en primavera. Foto: MAR


Puente colgante en verano por la cara norte. 


Puente colgante en otoño. Foto: MAR

Siempre el mismo río con distinta agua... Foto: MAR
A modo de epílogo:

No deja de ser curioso que mi nombre comience por la letra M, grafía que  se corresponde con la correspondiente del alfabeto latino y que proviene de una letra fenicia que significaba movimiento del agua, seguramente procedente, a su vez,  del jerogífico egipcio de forma ondulada que se usaba para representar el agua. 

Además, la primera sílaba de mi nombre comienza por Mar- y, curiosamente coincide con las iniciales de mi nombre y mis apellidos: MAR.  Mis "comienzos" son, pues, agua... Aunque sea una mera coincidencia.

© Margarita Álvarez Rodríguez

Julio de 2020



Licencia Creative Commons
La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.