domingo, 10 de junio de 2018

Cervantes y Cataluña



La intolerancia se cura con la lectura...


El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho. El Quijote, II, 25. 

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida. El Quijote, II, 58

Cervantes es uno de los escritores que más elogios ha dedicado a Cataluña y  a los catalanes.

Ilustración de Mingote en la edición de Martín de Riquer. El Quijote


La única ciudad que visitan Don Quijote y Sancho es Barcelona.

Varias de las últimas aventuras de su tercera salida ocurren en Barcelona, episodios que ocupan seis capítulos de la segunda parte. En Barcelona les honra Roque Guinart, personaje inspirado en un bandolero   catalán, Perot Roca Guinarda;  allí ocurre la aventura de la cabeza encantada;  allí visitan la imprenta  donde se están corrigiendo las pruebas de la 2ª parte del Quijote falso (el de Avellaneda). En esta ciudad se relaciona con gente noble, entre ellos, el virrey.


A Barcelona le dedica este hermoso elogio:

Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevó sin ella solo por haberla conocido.  (El Quijote, II, 72)

En Barcelona es acogido con un gran recibimiento. Es allí donde amo y escudero ven por primera vez un amanecer sobre  el mar y disfrutan de la madrugada del día de San Juan.  En el puerto de Barcelona Don Quijote visita las galeras donde es recibido con salvas y otros honores.   En ese lugar vive también el episodio de Ana Félix y su padre,  con una aventura sobre el mar en que  persigue un bergantín de corsarios de argelinos.

Y, finalmente, en la playa de Barcelona es vencido por el caballero de la Blanca Luna, lo que le obliga a volver a su aldea y renunciar a la aventura caballeresca.

Ilustración de Mingote en la edición de Martín de Riquer

Dice Cervantes de su impresión al ver el mar: 

Parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto. El Quijote, II, 61.

Estos capítulos barceloneses podrían constituir por sí mismos  una pequeña novela quijotesca. Pero Cervantes no solo habla de Cataluña y los catalanes en El Quijote.

En una de las Novelas Ejemplares,  las Dos doncellas, novela que tiene como fondo a Barcelona, incluye estas palabras: 

Admiróles el hermoso sitio de la ciudad y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo , honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa y rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.

En el parque de Cervantes, Barcelona


Y en  su obra póstuma, el Persiles, se lee:

Los corteses catalanes, gente enojada, terible, y pacífica, suave; gente que con facilidad dan la vida por la honra y por defenderlas entrambas se adelantan a sí mismos, que es como  adelantarse a todas las naciones del mundo.

En fin, que si Don Quijote pudiera conocer los hechos recientes (8/6/2018) en los que, en un ámbito universitario, unos intolerantes, agrediendo con palabras y hechos, han impedido realizar un acto sobre Cervantes y tachado de fascistas a los asistentes,  volvería a Barcelona para desfacer entuertos  y presentar batalla contra este conjunto de malandrines que  de esta manera tan ignominiosa  desprecian a su creador. Y desearía que resonaran en sus oídos estas palabras:


De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. El Quijote, I, 22.




Capítulo traducido al catalán dentro de la obra:
El Quijote universal siglo XXI


martes, 5 de junio de 2018

Aquellos guajes que fuimos...


Y que tomamos en la escuela el queso y la leche de la ayuda americana.




Sucedió hace unas cuantas décadas en muchos pueblos pequeños de la montaña leonesa...

Desde que nuestras madres y abuelas se quedaban en estao, como seguían trabajando en las tareas domésticas y en el trabajo agrícola, nosotros, desde su matriz, empezábamos a vislumbrar cómo era aquella vida exterior llena de esfuerzo.

Lata de queso de la ayuda americana, reconvertida en aceitera


Las madres de los que ahora transitamos ya por la tercera edad, en general,   tuvieron pocos o  ningún reconocimiento médico durante el parto. Tampoco conocían el sexo de sus futuros hijos, pero echando mano de la sabiduría popular preveían, observando la forma del vientre, si iba a nacer un meón o una meona: si el vientre era redondeado, nacería una rapaza, y si tenía forma  picuda, nacería un rapá.

El parto, habitualmente, tenía lugar en casa, asistido por alguna mujer experimentada en el oficio, que hacía las veces de partera.  A veces, en el propio momento del alumbramiento, llegaba el asombro al comprobar que  no venía  uno solo, sino que era un parto de mielgos. Solo en los pueblos más grandes las parturientas podían contar con la asistencia de un médico o practicante.

Aquellos niños que vimos transcurrir nuestra  niñez  en las primeras décadas de posguerra comenzábamos a saber de privaciones y falta de libertad tan pronto como nacíamos y nos envolvían, de cintura para abajo, en  unos pañales de lienzo, cubiertos por una mantilla,  y  que se sujetaban atados alrededor de las piernas con el orillo. Faltaba mucho aún para que aparecieran los picos, las gasas y, posteriormente, los dodotis. Pero,  a pesar de que estábamos varios meses cual  momia egipcia, y que esa forma de tener nuestras piernas rígidas durante tanto tiempo impedía cualquier movimiento, comenzábamos a andar pronto, frecuentemente antes del año, y lo hacíamos erguidos como rejiletes.  

Niña omañesa, 1953


Nuestra forma infantil  de comunicación y protesta, el llanto, a veces   lo usábamos de forma excesiva y  nos convertíamos en guajes berrones. Cuando el llanto era más contenido se quedaba solo en junjurir. Otras veces,  no hacíamos tanta ostentación de mal genio y manifestábamos nuestro malestar estando enjecosos o candorrios. Si sentíamos hambre o dolor,  nos esberrizábamos, y para calmarnos nos acuchaban en el regazo o contra el pecho o nos cogían arrujas. Lo mismo ocurría si éramos niños extrañones  y nos  poníamos  a  llorar o  a hacer pucheros al ver alguna cara desconocida. 

Difícilmente podían darnos un paseo en un coche de bebé para que nos calmáramos o nos durmiéramos, porque para las familias corrientes esos artilugios eran algo desconocido. Nos transportaban de un brazao o a la espalda envueltos en una manta u otro farrapo. Así acompañábamos el trabajo de nuestras madres en el campo. Allí nos dejaban sobre la manta y más de uno, mientras nuestras madres trabajaban, nos revolcábamos  entre la tierra y probamos su sabor. 

Si teníamos más suerte quizá pudiéramos movernos  en un carretón que nos habría hecho algún padre mañoso o algún carpintero. El taca taca llegaría en la generación posterior. 

En la década de los  40 Nestlé crea  una leche en polvo y una  harina lacteada, el pelargón (nombre de marca tomada del griego, pelargós, cigüeña), que ayudó a criar a muchos niños de los años cincuenta. Pero a la mayoría de pueblos pequeños de la montaña leonesa no llegó ese producto, de forma que, cuando la leche de la madre no era suficiente se contaba, si ello era posible, con la generosidad de alguna vecina que pudiera amamantar, para alimentarnos. Y tan pronto como era posible, aunque fuéramos muy pequirriñines,  nos añadían  una papa.  Se hacía con harina de trigo, que se tostaba sobre la chapa de la cocina bilbaína, y agua.  A veces se recurría a leche de burra, no fácil de conseguir, porque, según decían, era la más parecida a la leche materna. Y, si no había otra cosa, leche de vaca  o de cabra“rebajada” con agua.



Como la mortalidad infantil era, desgraciadamente, muy frecuente y en todas las familias numerosas alguno  de los hijos moría siendo bebé, las madres que perdían a ese hijo, para conseguir unos ingresos extras y no desperdiciar la leche, sacaban del hospicio a algún niño y lo amamantaban en su casa.  La institución pagaba un tanto a la madre por criar durante un tiempo a estos niños  hospicianos hasta  que podían ser destetados y volver a la institución. Se les trataba como a un hijo más y se creaban con ellos lazos afectivos que en, muchos casos, se mantenían de por vida. Eran los llamados hermanos de leche, denominación que se usaba también para los niños que habían sido amamantados por la misma madre, aunque no procedieran de la inclusa. Mi abuela materna fue una de esas madres nodriza, que crió a un hospiciano. Una de sus hijas, muchos años después, pudo restablecer la relación con ese hermano de leche, relación afectiva que se mantuvo hasta su muerte.



Así, con teta y papas, y si no estábamos alombrizaos, terminábamos engordando,  nos salían crecederas y nos poníamos como una lundre o como un trullo.  Pero, bien porque la alimentación no fuera  adecuada o porque  fueran unos mirrias para comer, algunos rapaces se criaban esmirriados y ruinizos, como el espíritu de la golosina. Era lo que se llamaba estar entrequedente. No era infrecuente que  se diera vino caliente para curar un catarrro o simplemente para reanimar a los más débiles.


Los que nacimos en los años 50 en el mundo rural, en general, ya no pasamos hambre, pero la alimentación era deficiente y poco variada. A mediodía comíamos los productos de temporada que producía el campo: habas, garbanzos, fréjoles, berzas… huevos, algo de matanza (con más hueso que carne) y muchas patatas.  Eran las patatas el producto básico de la alimentación: se desayunaban cuando no había leche y se cenaban  a diario. Se sazonaban con sebo, que tenía un olor muy desagradable  al freírlo y que les daba una consistencia pastosa y poco agradable. Los rapaces teníamos el privilegio de tener merienda: un trozo de chorizo con pan y más raramente de lomo o de cecina. Mi merienda preferida era   una rebanada de pan untada con manteca (mantequilla) casera  sobre la que poníamos azúcar o miel.  Si a la hora de  tomar las diez andábamos cerca de la pota podía llegarnos un trozo de pan  untado con tocino cocido y caliente que se sacaba directamente del puchero. Aquel tocino que se conseguía en la tienda por el trueque de los jamones caseros era blanco y muy blando, y para nosotros una exquisitez. ¡Era un tocino "fino" que venía de la ciudad! Y la gente estaba contenta porque a cambio de un kilo de jamón le daban varios de tocino.

Para evitar las consecuencias de una alimentación deficiente, desde que nos incorporábamos a la escuela como parvulines, recibíamos el suplemento alimenticio de la ayuda americana: el queso y una leche en polvo que en la escuela transformábamos en algo bebible, por decir algo, disolviéndola en agua que calentábamos sobre la chapa superior de la estufa. Cada uno de nosotros se llevaba de casa su tanque para poder beber la leche en la hora del recreo. Aquello de la leche en polvo era algo exótico para los niños que crecíamos en la montaña leonesa. ¿Cómo podía pasar la leche líquida a polvo y luego reconvertirse en leche? Nosotros solo entendíamos que la leche salía de las ubres de vacas y cabras que eran muñidas en casa.

La leche en polvo tenía un sabor muy raro y en nada se parecía a la leche tibia y espumosa que bebíamos desde la zapica  en que se recogía al ordeñar,  en la época en que todavía se podía tomar sin hervir. Cuando hubo que hervirla antes del consumo para evitar la tuberculosis, desapareció para siempre ese pequeño placer infantil. La ayuda americana fue consecuencia del Pacto de Madrid que se firmó en 1953.  Entre 1954 y 1968 llegaron a España más de 300000 toneladas de leche en polvo. 
  
Todos  nosotros, al ir cumpliendo años, terminábamos finalmente medrando. A media que crecíamos las palabras guajes y guajas o rapaces y rapazas iban dejando paso  a chaval, chavalina, chavala… Todos juntos, con unos u otros nombres, formábamos la rapacería. Y, a pesar de que en  muchos pueblos  los guajes  éramos pocos, sí los suficientes para hacer jingrio por las calles.

Familia  Álvarez Díez, Paladín (León), hacia 1941
Ya llegados a la adolescencia, unos crecían como buenos mozos: bigardos, navarros y  jabatos; otros, con menos chichas, como bilortos, jeijas, varales, jibletos, talayones o tanganiellos. Las mujeres iniciábamos la pubertad convertidas en rapazas o rapazucas,  y  pronto de mocinas adolescentes, pasábamos a mozucas, mozas (curiosas), hasta convertirnos en mozonas.

Para los rapaces  los términos  rapazón y rapazaco  tenían connotaciones peyorativas y describían a un chico indolente, por eso no se utilizaban esas palabras para remarcar su crecimiento rápido en la adolescencia, sino que se decía que había estirao o medrao mucho o que era como un varal.  Y así, de guajes se pasaba a rapaces y a mozos, se abandonaba la adolescencia y ya  se entraba  en  la mocedá.


La mocedá de Paladín disfrazada de carnaval, hacia 1948



Desde que llegábamos al uso de razón (7 años) empezábamos a incorporarnos al trabajo familiar, especialmente en verano. A los niños nos correspondía guardar las vacas, subirnos en los carros en la recogida de la hierba, pisar esta en el pajar, recoger los excrementos de las vacas mientras se trillaba, llevar la comida a los que trabajaban en el campo, meter la leña picada… Y cuando llegábamos a la adolescencia nos incorporábamos ya de lleno al trabajo de los adultos:  quitar las hierbas de  los sementijos (escavar), segar el pan a hoz o a gadaño o cualquier otra actividad. Cuando la necesidad  de la economía familiar lo requería,  las mocinas podían ir a servir a la capital y los chicos a servir a un amo en trabajos de campo, con frecuencia como pastores. 

Aquellos niños que hoy ya somos abuelos teníamos muchos miedos: miedo a los muertos y miedo a los vivos. Pasar por delante del cementerio del que nos decían que salían luces por la noche, ver un entierro,  oír tocar a muerto… era algo que imponía  mucho respeto, y estábamos, con frecuencia, en contacto con la muerte, porque la gente moría en casa. Lo mismo nos ocurría con los ruidos  extraños que  se producían por  el simple crujir de las maderas de una casa o cualquier otra causa. La oscuridad de las casas, en que había simplemente una bombilla, o de las calles, que no tenían alumbrado, también nos sugerían todo tipo de  incertidumbres. Y por si eso era poco, además, nos hablaban del tío del unto o sacamantecas que se apoderaba de nuestra grasa corporal o del tío del saco que nos podía raptar. Como una forma de vencer nuestros propios miedos, a veces metíamos miedo a niños o hermanos más pequeños.

Tampoco nos inspiraban confianza los guardias civiles cuando aparecían por el pueblo (tampoco lo hacían a los mayores), ni el médico, ni otras personas desconocidas que llegaran al lugar. Lo mismo nos ocurría con los vehículos, especialmente aquellos camiones que pasaban cerca del pueblo hacia las minas de Valdesamario.


También teníamos mucho miedo a que la maestra  o maestro dijera algo malo de nosotros a nuestros padres. Sabíamos que, para ellos, el maestro siempre tenía razón y las mandangas podían estar aseguradas.

Teníamos confianza en los animales domésticos, pero había otros animales que nos inquietaban: los sapos, de los que nos decían que nos meaban en los ojos; las culebras, que silbaban en las noches de verano; los (a)lisos, lagartos, escorpiones… Y, por supuesto, la garduña, la raposa y el lobo. Con frecuencia veíamos a los pastores que venían  con corderos al hombro que había ajagayado el lobo, nos hablaban de su feroz mirada, de cómo se revolvían los perros contra él… Vivíamos con expectación las batidas que se hacían para apresarlo, que solían terminar con su piel colgada de un palo que los mozos llevaban "en procesión" de casa en casa y de pueblo en pueblo, pidiendo para reunir unas  viandas o monedas que permitieran luego celebrar la fiesta del apresamiento del lobo. ¡Y oíamos tantas y tantas leyendas! 



Otro animal por el que algunos sentíamos un miedo especial era la cabra llouca o coruja, que emitía su canto   en las oscuras noches de otoño e invierno. “Traémelo p´acá”, así nos traducían los mayores el canto misterioso de esa ave, que nunca veíamos. 

Un capítulo especial era el miedo a las tormentas. Vivíamos con intensidad el miedo y la inquietud que nos transmitían nuestros padres. Y ese miedo se acentuaba si la nube cogía a algún miembro de la familia trabajando en el campo o cuando producía tremendos estalletes. Oímos rezar jaculatorias a Santa Bárbara: Santa Bárbara bendita / que en el cielo estás escrita / con papel y agua bendita. / Santa Bárbara doncella / líbramos de aquella centella / de aquel rayo mal airado / Jesucristo sacramentado /  en el ara de la cruz / Pater Noster, amén Jesús. Se rezaba una y otra vez el Padre Nuestro. Y nos metían en la cama, en una habitación donde no hubiera instalación eléctrica, porque la lana de los colchones era aislante de los rayos. A veces, para espantar la nuberepicaban las campanas con un toque especial, el tentenube, y, mientras se oía el repique, repetíamos: Tente nube / tente tú / que Dios puede / más que tú. / Tente nube / tente palo / que Dios puede / más que el diablo. Que nos hablaran del diablo en casa, en la escuela o en la iglesia era, precisamente, otro de nuestros miedos… Y del fuego del infierno… Y de… De una religión  vivida con temor.




En el pueblo donde me crié, Paladín (Omaña-León),  hay río, el río Omaña, que corre cerca del pueblo. En invierno y primavera el río podía venir muy crecido y se oía el ruido de su fuerza desde el interior de casa. Ese sonido impresionaba mucho de noche. Y también de día cuando, desde algún teso, contemplábamos la extensión y los arrastres  de la riada. De vez en cuando, algunos vecinos tenían que pasar la noche en vela para vigilar que el agua no se metiera en sus casas. Teníamos presente el desastre de Ribadelago, ocurrido en 1959, que había impresionado extraordinariamente a nuestras mentes infantiles. Las noches  otoñales de aire huracanado, en que se decía que andaba el diablo suelto por la calle también nos generaban mucho miedo.

Si sufríamos algún defecto físico, generalmente crecíamos y vivíamos con él. No íbamos mucho  a dentistas, oculistas ni  sabíamos qué era un logopeda. Y las  hablas leonesas  tenían sus palabras para hablar de esos "defectos" físicos. Si teníamos la mirada estrábica  éramos ñisgos o miracielos; si no veíamos bien, bilusos; si tartamudeábamos, zarabetosCuando nos acompañaban excesivamente las legañas nos llamaban pitañosos. Y si éramos zurdos, zocatos… En este último caso, trataban de lograr por imposición que usáramos la mano derecha, porque la izquierda era la del diablo.

En cuanto al carácter, lo mismo que ahora, algunos guajes y guajas, eran muy medrosos o tímidos. Se decía que eran cagones o cobardes. Otros eran simplemente inocentones. En cambio, los abiertos de carácter, a los que no les había comido la lengua el gato, eran unos parleros.  Y siempre estaban aquellos a los que les gustaba tirar la piedra y esconder  la mano, eran los picoteros.  Cuando se quería calificar a una niña que era avispada o pispa se la llamaba perejila. Al niño corto de entendederas se le llamaba borriquín, y si además era muy parao se le adjudicaban los términos pasmarote, sansirolé, panguato…

Nuestro comportamiento también era rico en calificativos.  Si se correspondía con el de un niño inquieto se le llamaba farragús, lebrel o rebisco¡El demonio el rapá! Si el comportamiento era especialmente nervioso, se decía que el guaje  tenía azogue, no tenía jacia, tenía el diablo en el cuerpo o el baile de san vito… Cuando un niño era muy juguetón era enredador o,  si además generaba conflictos, enredabailes.  Pillabán y alipende era llamado aquel rapá que se comportaba como una  persona pícara.  Si además el carácter  era malévolo, se le llamaba malandrín y si ya era un chico mayor  de comportamiento perverso era un jarote.  Si los jarotes se reunían y formaban pandillas de mozos o personas de mal vivir aparecía la jarca o el zurriburri.

Los rapaces poco cuidadosos en la forma de actuar eran tarolos; los que rompían  la ropa o el calzado con facilidad, unos estrozones; los que perdían cosas con frecuencia, perdularios y aquellos que dejaban caer las cosas de las manos con facilidad tenían manos de queiso y si, además, eran torpes en sus movimientos, se decía que eran unos trompos.

También había rapaces que estaban mal enseñaos, que eran folgacianes o mandrianes, que nunca estaban preparados para hacer el trabajo encomendado y para ello se andaban con angulemas tratando de buscar disculpas, y siempre tenían más cuento que Calleja. 


  
Y no faltaban los rumiacones o regañones, que, además de no hacer, protestaban a veces con una larga rezungadera y se hacían acreedores de un buen torniscón (de los castigos he hablado  en otro artículo).

Y, por supuesto,   había  rapaces entojadizos, siempre preparados para pedir algo o para tratar de conseguirlo haciendo gayolas o jerigoncias dirigidas a la persona de la que se podía conseguir algo. La verdad es que existía muy poco espacio para antojos, pues sabíamos que  poco o nada podíamos conseguir.

Nuestro aguinaldo de Año Nuevo o Reyes  eran unas nueces, castañas, algún caramelo y  poco más. Esperábamos expectantes a que nuestros mayores salieran del pueblo a la ciudad o, con más frecuencia, a alguna feria o fiesta, para que, a su vuelta, nos trajeran los perdones, que eran caramelos o algún dulce comprados a las carameleras ambulantes. Las propinas que recibíamos eran muy escasas, quizá una perra chica o una perra gorda, muy de tarde en tarde. Recuerdo con cariño a una tía abuela, Celia, que de vez en cuando me daba una propina especial: un huevo, pero no un huevo de chocolate que esconde sorpresas: ¡no, no!,  un auténtico huevo de gallina, cogido exprofeso del ñal. Con ese huevo iba a la pequeña tienda del pueblo y compraba caramelos por el valor del huevo que me recogía la tendera. ¡Dulce trueque! Tampoco podía comprar otra cosa, porque allí no se vendía.



También  había calificativos para el aspecto externo: la limpieza y la vestimenta. Los guajes podíamos ser limpios o puercos. De las foceras que dejaba la comida alrededor de la boca todos fuimos portadores en alguna ocasión. En nuestra ropa, cuando estaba muy encacinada,  aparecía la petera. Si nos manchábamos con barro, andábamos embarrados.  Y si era con ceniza, entisnaos. O podíamos estar, simplemente,  enfarruscaos. Y, desde luego, las velas y cascarrias de nuestros mocos adornaban  nuestra cara cuando había andancio.

En general, éramos rapaces agradecidos. Cualquier cosa que nos daban la recibíamos como el mejor  regalo: fruta, caramelos, un papel que se pudiera leer Y para los chicos tener una navaja propia era su mejor tesoro, con ella podían cortar y forgar varas como los adultos. Incluso era una satisfacción recibir la ropa heredada de otros hermanos o vecinos más mayores. Aunque la ropa quedaba casi siempre desgastada y en muchos casos no se podía heredar, a pesar de la habilidad que tenían las madres para darle la vuelta al paño, para zurcir, enanchar o estrechar… En algunos casos (años 60) nos llegaba la ropa de otros países donde estaban trabajando parientes que traían a España lo que sus señores desechaban. Así, de segunda mano, llegó a mí el único cuento que tuve en mi infancia, Piel de asno, de Ch. Perrault, que fue leído y releído muchas veces.

Los juguetes eran muy escasos por lo que teníamos que aguzar el ingenio para crear nuestros propios juguetes o nuestros juegos. Mientras estábamos en los praos con las vacas, jugábamos con palos, que eran las vacas del juego, a las que construíamos cuadras con piedras. Era lo que veíamos. Cuando coincidíamos varios niños con las vacas en los prados comunales también  aprovechábamos para jugar a la calva. En tiempo de verano, nos quedaba algún rato a la puesta de sol para jugar a la maya (uno de los juegos preferidos), correr por las eras entre las feginas y por las huertas… También jugábamos al  manro, al castro, al gua... Y poco más. Leer no era una actividad de entretenimiento, pues solo teníamos acceso a los pocos libros de lectura que había en la escuela.




Como juguetes comprados, yo solo tuve en mi infancia una cocina, como las bilbaínas, (regalo de consolación por la operación de anginas) y una muñeca de cartón. Por otra parte, tampoco  había mucho tiempo para jugar porque los rapaces  teníamos nuestras responsabilidades, que siempre fueron mayores de lo que se podría exigir a un niño.  Con frecuencia teníamos que llevar a la rabila a nuestros hermanos pequeños, de los que éramos responsables, eso nos impedía jugar libremente con los demás en los momentos en que podíamos hacerlo.

Pero, a pesar de una  infancia sacrificada, por el trabajo y las responsabilidades, la alimentación poco variada y a veces escasa, la mayoría recordamos esa etapa infantil con gratitud, porque a fin de cuentas, nuestros padres nos daban lo que tenían, quitándoselo a veces de su propia boca, y siempre quisieron que sus hijos fueran más que ellos, aunque eso supusiera un sacrificio para la economía doméstica y un cierto desgarro afectivo. Por eso, aquellos padres que solo tenían una escolarización elemental, buscando un mejor futuro para nosotros, sus hijos,  nos mandaron a estudiar a la ciudad. Y somos esos hijos los que ahora podemos contar esas vivencias. Esa actitud de nuestros progenitores merece, por nuestra parte,  una enorme gratitud. La gratitud  es uno de los sentimientos más nobles. Probablemente la palabra más bella del idioma, algo que solo se tiene cuando se da, por eso, una vez más, les damos las gracias. Porque de gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. 

El Quijote, I, 22





jueves, 17 de mayo de 2018

Tras las huellas del Cid: crónica de un viaje



Dedico este texto el cicerone del viaje, Iván López: antes, mi  discípulo; ahora, mi maestro.



Primeros versos del manuscrito original del Poema del Cid. Biblioteca Nacional

Crónica de un viaje que sigue los pasos del Cid por la taifa de Zaragoza y la conquista de Valencia, contada a la manera de los versos y tiradas de un cantar de gesta.



Crónica de un viaje cidiano

¡Dios, qué buen vasallo,   si tuviese buen señor. (verso 20)
Ayrólo rey Alfonso,  de tierra echado lo ha.  (v. 629)


¡Qué hermoso el sol apuntaba    de mayo aquella mañana,
cuando dejamos Madrid          para iniciar cabalgada!

De Castilla la gentil hemos venido acá. (v. 672)

Muy ansiosos de aventura,         como las huestes cidianas,
para recordar sus  gestas          por taifa zaragozana.
Un buen paladín nos guía         y nos recrea la hazaña
que vivió por esas tierras             el de la vellida barba.


Entraron a Medina,     servíalos    Minaya, (v.  1534)
todos fueron alegres       del servicio que tomaran (v. 1535)


Parada en Medinaceli,          aquí comienza la marcha.
Situada  en una   colina,          que  Ocilis era llamada,
una ciudad importante,        lugar de culturas varias,
conquistada por un cónsul,    por  dos  reyes fue ganada.
También tumba de Almanzor,    el caudillo de gran fama.
Monumentos señalados:      palacio ducal y plaza,
imponente arco romano,     con castillo y colegiata. 



Arco romano que contemplaría el Cid. Siglo I


Pasó a Bubierca y a Teca que está  delante (v. 552)
y sobre Alcocer mío Cid iba a posar. (v. 553)


Siguiendo pasos del Cid,       Ateca nos esperaba,
con mudéjar imponente,        que deslumbra la mirada.
Iglesia de Santa María,      de belleza muy notada,
un retablo muy hermoso:         figuras policromadas.
Subimos al campanario,      por escalera empinada
y vimos la maravilla                de esta torre y atalaya.


Iglesia-fortaleza de la Asunción de Santa  María. Ateca


Por  Bubierca  y  Terrer            el Cid empuñó su espada,
y así consiguió riqueza        y fue corriendo su  fama.

Vino posar sobre Alcocer en un tan fuerte logar. (v. 630)

Y las ruinas de Alcocer     nos recuerdan gran batalla
que allí ganó mío Cid    seguido de su mesnada.

Mío Cid con esta ganancia en Alcocer está (v. 623)
Mucho pesa a los de Teca y a los Terrer no place (v. 625)
y a los Catatayud, sabed, pesando va. (v. 626)

Con un botín muy granado,   el que en buena hora ciñó espada 
arriba a  Calatayud,       la ciudad bilbilitana.
Puerta de Terrer. Calatayud

 A nuestra llegada vemos        una hermosa colegiata
y una torre muy esbelta         que dibuja bella estampa.


Colegiata de Santa María. Calatayud

Y San Pedro de los Francos,     con una  torre inclinada,
una iglesia peculiar,      bellamente decorada.

A Zaragoza sus nuevas llegaban (v. 905)
non place a los moros firmemente les pesaba. (v. 906)




Grandeza nos encontramos        en la ciudad augustana
ciudad que atraviesa el Ebro,     muros que miran sus aguas,
ciudad de dos catedrales     que comparten importancia:
son la Seo y el Pilar       que enmarcan hermosa plaza.

La Seo es catedral antigua,       que guarda bellezas tantas:
es románica y mudéjar          y  barroca y neoclásica.


Ábside de la Seo

Majestuosa en la plaza          una basílica fue alzada
un pilar le ha dado nombre,      a la advocación mariana.


Basílica del Pilar
En el Ebro se reflejan         torres y cúpulas altas,
el río sirve de espejo        para que miren su cara.

La Aljafería nos lleva        a época más lejana,
residencia de hudíes       y esplendor del reino taifa.


Aljafería

Al Muqtadir la construye,      rey que al Cid contratara,
para servir en su reino, cuando Castilla dejara.
Patios hermosos esconde       que recuerdan a la Alhambra,
decoración y jardines,       a la moda musulmana.



Saraqusta    guarda  restos      de la muralla romana
que nos marcan  el contorno     de la época cidiana.


Restos de muralla y torre de la Zuda


Allende Teruel don Rodrigo pasaba. (v. 911)

Y llegamos a Teruel     esa  ciudad olvidada
patrimonio universal,     por la UNESCO  señalada,
por bello arte mudéjar,     cerámica verde y blanca,
ladrillos y artesonados       de un arte propio de España.


Torre de San Pedro y Mausoleo de los amantes

De leyendas medievales      sus calles están pobladas,
de amantes que mueren juntos,    con manos entrelazadas.
Dos torres nacen parejas,     por amores levantadas
Salvador y San Martín,    por su  parecido  hermanas.
Una,   espigada y recta,    y la segunda, inclinada.
Un torico  en su columna,   con estrella incorporada,
es símbolo  de Teruel     en el centro de su plaza.


Catedral

Capilla Sixtina dicen     que  su catedral guarda
un artesonado único        con  decoración  pintada.

Desde Teruel a Valencia      seguimos ruta  cidiana
recordando los lugares       donde vivió sus hazañas.

Acerca de Murviedro      tornan tiendas a hincar. (v. 1101)
Se marchó para Valencia  y sobre ella se va a echar (v. 1203)

Cerca de Murviedro         el Cid las tiendas plantó
Y una vez tomado el sitio       a Valencia asedió.

Grandes son los gozos      que van por ese lugar (v. 1211)
cuando mío Cid ganó Valencia    y entró en la ciudad. (v. 1212)

En la batalla del Cuarte,      entre Cuart y Mislata,
contra tropas almorávides,      allí ganó la batalla.


Torres del Quart



Yo estaré en Valencia, que mucho costado me ha.  (v. 1470)

Y fue señor de Valencia,    en alcázar asentó,
reunido con la  familia      que de Castilla llegó.

Sin embargo, la ciudad       ha borrado lo cidiano
como si solo el rey Jaime     la hubiera reconquistado.
Visitamos la ciudad,       las huellas de su pasado,
torres, iglesias y lonja…    nos quedan como legado.

Salidos son todos armados    por las torres de Quarto (v. 1711)
Torres del Quart por la parte interior.


Las torres del Quart recuerdan     castillo napolitano,
ellas son un buen ejemplo            del gótico valenciano.
Y también es muy grandiosa     la Puerta de los Serranos,
torres  de aspecto recio      con gran arco dovelado.


Torre de Serranos

También visitamos lonja,     edificio señalado,
inspirada en la de Palma       y con similar trazado.
Un edificio señero,       Siglo de Oro valenciano,
que nos habla de Valencia     como lugar de mercado.



Lonja
El Marqués de Dos Aguas    es conocido palacio,
ricamente decorado  con adornos  de alabastro.

Puerta del Palacio del Marqués Dos Aguas

Y de allí a la catedral,      crisol de estilos varios,
izada sobre mezquita      donde hubo  templo romano
y se adorna con pinturas     del Cuattrocento italiano.

Por la plaza de la Virgen        se encaminan nuestros pasos
en el día de su fiesta,      Madre de Desamparados,
Valencia muestra  con gozo         balcones engalanados…




Paseamos por sus calles,  de su ambiente disfrutamos,
y volveremos algún día  a recordar nuestros pasos.


Y dejamos la ciudad         de la que el Cid fue señor
recordando que la muerte    en Valencia le llegó,
en el mil noventa y nueve,        cincuenta y cuatro vivió.

Dejado ha este siglo     mío Cid de Valencia señor (v. 3726)
el día de quincuagésima.     ¡De Cristo haya perdón! (v.3727)

En la seo de la ciudad     su cuerpo se inhumó.
Su esposa doña Jimena,     señora se proclamó,
durante tres años más       la ciudad defendió,
pero  en el mil ciento dos,       a Castilla regresó,
llevándose a sus gentes     y  el cadáver del señor.



Sofía Loren, de Jimena, en la película  El Cid


Y Valencia al día siguiente         a ser árabe volvió,
mas solo tierra quemada       el almorávide halló.

Al fin el Cid  ya descansa       en   tierra que nacer lo vio,
tierra donde es muy  honrado,      el que en buena hora nació.


En San Pedro de Cardeña, sus restos se colocaron
hasta  que tropas  francesas   esta tumba profanaron,
de allí llevaron sus huesos                 en azarosos  traslados
hasta que en catedral de Burgos     han sido depositados




Sepulcro del Cid. Catedral de Valencia


El rey Alfonso VI,      le sobrevivió diez años,
después de muerto el Cid        en Uclés fue derrotado.

En la ciudad castellana       de rascacielos colgados
nuestro periplo cidiano    las jornadas ha agotado.


Casas colgadas. Cuenca


Y vayamos al presente,    que el Cid no  ha sido olvidado,
desde aquel cantar de gesta,    siempre muy  presente ha estado,
también  el séptimo arte              en el Cid se ha inspirado
Charlton Heston y la Loren,      sus caras han encarnado,
del castillo de Belmonte,    la imagen nos ha quedado.

Charlton Heston, El Cid

Los tiempos no se detienen,      pero la historia aún habla.
Gracias, Cícero Madrid,      por esta gran cabalgada.

M. Álvarez

Mayo 2018




Nota: Los versos en cursiva están tomados  de la versión modernizada  del Cantar de Mío Cid realizada por Gutiérrez Aja, María del Carmen y Riaño Rodríguez, Timoteo, recogida en la Biblioteca Virtual Cervantes  










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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.