lunes, 12 de febrero de 2018

La sal de la vida


Expresiones relacionadas con la cocina IX:  hierbas, especias y condimentos 



Siguiendo con la serie de artículos relacionados con lo culinario, y para concluir el ciclo, ha llegado al momento de hablar de esos ingredientes que ocupan un  lugar secundario en la  elaboración de los platos,  pero que añaden un toque mágico para que lo cocinado esté de rechupete.

Los condimentos y las especias, a pesar de que dice el refrán que a buen hambre no hace falta condimento, también dan juego para que nuestros guisos estén en su salsa, aunque no sepamos ni patata de cocina. Es verdad que la misa y el pimiento son de poco alimento, pero desaboridos quedarían nuestros guisos si no añadiéramos condimentos a la hora de cocinar.

Si nuestros comensales tienen poca sal o poco salero (sin sal todo sale mal), son sosos, sosainas o cortos de entendederas, decimos que tienen poca sal en la mollera. Pero siempre pueden compartir mesa  con otros más despiertos que estén hechos de sal -por tanto, serán salados-,  que tengan su sal y su pimienta o que sean como una pimienta.

Los condimentos también sirven para definir  aspectos de nuestra personalidad. De los que se enojan fácilmente se dice que comen sal y pimienta. Los entrometidos son perejil de todas las salsas. A los testarudos hay que dejarlos que se frían en su aceite. Pero no es conveniente ser aceite de todas las salsas para no atosigar a los que tenemos alrededor como aceite rancio. Los que tienen mal carácter están avinagrados, porque son unos vinagres (quizá podrían ser buenos candidatos  al Premio Limón). Y sal quiere el huevo, dicen los que buscan alabanza.

En el aspecto físico, los condimentos de huerta también  nos ponen calificativos. Se dice de una  barba rala que es perejil mal sembrado. Apio se aplica  a los hombres de aspecto afeminado. Nos parecemos a una cebolla cuando nos vestimos con muchas capas de ropa. Y, aunque  andemos más tiesos que un ajo, si   llevamos adornos de mal gusto, nos convertimos en un perifollo. 



Hay condimentos y verduras que son imprescindibles en nuestra cocina para cocinar otros platos: ajo, sal y pimiento, y lo demás es cuento; la cebolla, pues la olla sin cebolla es boda  sin tamboril, y la pimienta, que es chica y pica. Pero hay que buscar la medida exacta, pues muchos ajos en un mortero, mal los maja el majadero. Terminará  muy impregnado de su olor y podrá ser llamado, con razón, harto de ajos, especialmente si se pica. Tal vez el bochorno que va a sentir le haga ponerse  como un tomate, aunque no haya usado su salsa.



Con medida y todo, siempre hay alguno que piensa que todo el monte es orégano o que se puede conseguir algo sin  esfuerzo, y se duerme en los laureles. Se se duerme, aunque sea en ese árbol, no va a alcanzar nunca los laureles del triunfo. Ni siquiera llegará a ser coronado con el Bachillerato (del latín, bacca laureatus: coronado de laurel).

¡Bueno anda el ajo! En las cosas importantes, para que alcance la sal al agua, hay que estar en el ajo y cuidar lo que traemos entre manos para evitar que se vuelva sal y agua. ¡Orégano sea!, se oye a veces para expresar el temor de que algo pueda salir mal. Nunca es bueno revolver el ajo ni hacer que otros lo muerdan por someterlos a mortificaciones para que parezca que comen pimienta.

Desde luego, mejor será estar a partir un piñón con los que convivimos o llevarse como el pan y el aceite que ser como el aceite y el vinagre o pasarse el tiempo echando aceite al fuego. Pero, aunque la relación sea cordial como una balsa de aceite, siempre aparecerá algún abuelo cebolleta, que nos aliñe la ensalada con pesadez y salsa vinagreta.

Sin duda, el aceite y el vinagre son esenciales en la cocina: la mejor cocinera, la aceitera. Deben ser de calidad, pues con mal vinagre y peor aceite, mal gazpacho puede hacerse, pero no por ello  debe tener mucha pimienta o ser caro como el aceite de Aparicio


Si hay que elegir entre vino y aceite, la elección es clara: el vino calienta, el aceite, alimenta. Y si añadimos un poco de romero, aceite y romero frito, bálsamo bendito. El aceite es, pues, un condimento de gran valor, debe de ser por eso por lo que algunas personas no entienden por qué otras pierden aceite. 

El vino, especialmente el blanco, también es un buen condimento en nuestra cocina, siempre que no añadamos al guiso nuestro  mal   vino  y  el vino  no esté bautizado. Pero no debemos tomarlo mientras cocinamos, no vaya a ser que luego tengamos que  dormirlo. Y siempre hay que elegir bien al vendedor, porque hay algunos que  tienen buenas palabras y malas obras, o sea, que pregonan vino y venden vinagre.

Los que tratan de engañar siempre llevarán las de perder, porque la verdad, como el aceite, queda siempre por encima. Si quieren salir airosos de situaciones complejas, nada como el aceite sobre el agua y, por supuesto, echar aceite a la lámpara para recuperar fuerzas. Si alguien nos da un puñetazo en la nariz  nos hace la mostaza, pues provocará el sangrado. En esa situación, nuestro enfado hará que  nos suba la mostaza a las narices. Si no podemos defendernos por nosotros mismos, siempre tendremos la opción de pedir ayuda a unos guindillas como aquellos que escoltaban a Max Estrella en la famosa obra valleinclanesca. 




Mientras damos su tiempo para que la comida esté en su punto y echamos un poco de harina que no sea de otro costal para ligar la salsa, si tenemos compañía, podemos jugar a la perejila o entretenernos oyendo machacar el ajo a la cigüeña. Todo menos hablar de desgracias, porque ajos y cebollas no vienen solos, sino por ristras y ya cada quien busca su cebolla para llorar, aunque siempre hay alguno que no sufre, porque todo le importa un comino. Otros eligen un pimiento para mostrar su arte del desprecio, pero esa elección puede ser peligrosa, sobre todo,  si son ellos los  que no valen un pimiento. Pero esto no va de lloros, ni queremos hacer el canelo, así que los llantos serán olvidados cuando comamos un postre dulce que sea canela en rama, canela fina o azúcar y canela.

Con el sabor y olor de estos condimentos y especias, cierro esta serie de artículos sobre dichos culinarios, en que me he ceñido  de forma esencial a las frases hechas que tienen sentido metafórico  y peyorativo (disfemismos) y en  que  he dejado fuera  el refranero (salvo alguna excepción) que daría para escribir mucho más.

Espero que este convite haya sido del agrado del lector aunque  haya llegado a los anises, que la  cocinera haya sido buena harina y que todo haya salido a pedir de boca. 

Solamente  me queda  decir, como Alí Babá: ¡Ciérrate, sésamo!




domingo, 21 de enero de 2018

De mancaduras y encaños...



¿Mancástete? Te ponemos un encaño.

Entre las palabras que identifican al leonés, hay una inconfundible: mancarse. Porque los leoneses no nos hacemos daño o nos lastimamos, eso sería demasiado largo o fino, nosotros nos mancamos. Tampoco nos ponemos vendas o tiritas: nos encañamos. Las mancaduras leonesas son diversas y nos permiten tener un vocabulario muy rico y expresivo.




 Con frecuencia los  jostrazos, jostradas o jostrapadas son golpes que nos hacen medir el suelo con metros que quedan fuera de las matemáticas.  Parece que quisiéramos coger una liebre, que se esconde tras una panguada, arrastrándonos por el suelo. Unas veces caemos en tierra de forma accidental y otras, porque alguien con mala intención nos da un emburrión.

Las técnicas para medir el suelo pueden ser muy variadas. Con  tripadas, culadas, llombadas o lomadas, costaladas, ñalgadas, tumbonazos… Es fácil adivinar el tipo de cinta métrica que usaríamos en cada caso.  Podemos también medirlo  a morrazos o, cual elefantes o  sapos, a trompazos, sapadas.

Y si el suelo no está limpio el resultado será un guarrazo. Pero siempre es  mejor darse un guarrazo, aunque quedemos poco presentables,  que  partirse la crisma, escalabrarse o esnucarse. Si preferimos medir paredes, postes… entonces es preferible el cotazo o trancazo. Después de todo este ejercicio  gimnástico, posiblemente quedemos un tanto escogorciados.



En algunas ocasiones quedamos en equilibrio inestable, no llegamos al suelo, y la mancadura se convierte en  torcedura. Los pies también sufren sus propias penas.  Tras una larga caminata o un calzado inapropiado se quejan por sentirse aspeados o  por  presentar bojas, producto de las mancaduras.

Las piedras,  y las manos que las lanzan, pueden ser también nuestras enemigas.  Quizá  alguien decide acantiarnos y un buen  cantazo o pedrada seguro que nos produce  un renegral en la piel. Un morrillo que ruede sin control puede convertirse en  enemigo de nuestros pies que recibirán el morrillazo en un ay  y de no muy buena gana. Y las piedras también están presentes si alguien nos achuquina o nos estimpana contra una pared.

Las plantas  se convierten en algunas ocasiones en amenaza para nuestra integridad física. Si pasamos por entre vardascas, ramascos o jamascos, conoceremos bien lo que son vardascazos, ramascazos o jamascazos en nuestras piernas y brazos.  Y después de una quema en nuestros montes,  los garranchos y estaracos también pueden dejar señal visible en nuestra piel. Algunos, además, probaron  cuando eran niños las famosas  varas de mimbre  (brimbias) o de avellano, o recibieron un fuchacazo, con vara de roble, en sus espaldas o posaderas.

Los animales adquieren protagonismo en algunas de nuestras mancaduras: un gato que nos arresguña y nos produce un arañón,  un perro que nos da una mordilada,  un    un fínife o ganga  que, con sus picotazos,  nos adorna la piel con unos decorativos tortollos,  una abeja que nos deja de regalo su aguijón,  una avispa que nos deja su mordida,  las vacas acornionas que nos pueden clavar un cuerno o amenazarnos con una turriada, un gallo que, cual piqueta, cava  en nuestras piernas… Y la peor mancadura  de animales en la montaña leonesa sería ser alobanados o alobadados,  si, literalmente, nos metemos en la boca del lobo, aunque los lobos suelen preferir el rebaño al pastor.



El trabajo nos deja a veces sus  marcas. Por hacer un esfuerzo físico no ordinario nos podemos ganar en pago unas  burras en las manos,  burras que  las decoran con sus bojas transparentes.  En algunas ocasiones, con el añadido de las muñecas espalmadas o abiertas. El trabajar con ferrunchos, con frecuencia, puede provocar heridas, que son especialmente peligrosas porque suelen estar forroñosos. Y una madera que se astilla puede clavarnos una bresna en las manos.

La piel también puede ser agredida por el  fuego demasiado cercano, que nos abura y nos  provoca quemaduras; por el frío intenso,  que nos arfía y nos provoca empiñas,  por el roce, en el caso de las personas encamadas a las que se les forman encetaduras. Las escoceduras también pueden ser nuestras   acompañantes no deseadas. Las ortigas suelen ser inmisericordes con nuestra piel, si nos atrevemos a hacerles una caricia. Nos ortigan y nos agranotan la piel con un sarpollo y una  picadera muy desagradables.



Por despiste nuestro o ajeno, nos podemos encontrar con algún dedo entallado o entratallado por una puerta o por algo que nos cae encima.  Tanto si es dedo como si es deda, el dolor suele ser conocido por todos y también  la experiencia posterior de la uña renegrida y la caída de la misma.

¿Y qué decir si la mancadura es producto de un castigo o agresión? Nos pueden amenazar con soplarnos los mocos… ¡Bienvenida sea esa amenaza, porque nos evita usar moquero! Nos pueden agasajar con darnos algunos regalos frutales: unas guindas, un níspero, una castaña o un castañazo. O nos dan una panadera, que nos traerá  una galleta, una torta o un tortazo, si hacemos más méritoscon hule incluido. Y todo ello para tomarlo con una leche o para acompañar a la chuleta, a la carrillada o las sardinas de cinco rabos... Y también nos pueden proteger del frío con una guantada, un guantazo, una somanta...

 ¡A que cobras!, tampoco nos suena mal, aunque casi siempre sea una falsa promesa, que amenaza y no da. Zurrar la badana o la pandereta nos vuelven la piel más fina y, además, con acompañamiento  musical. Otras amenazas o actuaciones suenan peor: dar un sopapo, cachete, tunda, paliza, mosquilón, lamprazo, somanta, mandangas, ñalgadas, palestrina, tralla, tulipanda, torniscón, sornavirón tortazo, zurra, zurriagazo…  Y si nos andan con el culo, nos lo pueden redecorar  y ponerlo como un tomate  o calentarlo, si nos arrean candela. Y ya que nos han dado  candela, nos pueden después brear.



Peor sería aún si nos dan una camada o una tunda de palos y, dándonos tralla, nos parten los morros. O que nos estrellen contra el suelo o una pared. O que nos cojan por las gorjas, nos apescuecen, y estén a punto de añuesgarnos. Y lo más cruento de todo sería que nos comieran los hígados, el normal y el de repuesto. O que nos saltaran la tapa de los sesos. En esos casos, ya llegaríamos tarde con los  encaños

Después de haber sufrido cualquiera de las “averías” anteriores, nos podemos quedar espatarrados, espanzurrados, estingarrados, escalabrados, esmorrados, esgañados, esnucados, escadrilados… Esperemos que nos queden fuerzas todavía para   dar agraídos. Y si la cosa no es tan grave, nos podemos encontrar con  algún huevo o cuerno, producto de un coscorrón, con renegrales en el cuerpo o con heridas que necesiten un encaño.  Tendremos que vigilar para ver si la herida tiene buena encarnadura hasta que se forme la postilla. Si no hay herida, pero sí algún hueso o tendón que no está en su sitio, siempre podremos acudir  a un componedor o que nos pongan una bizma.

Pero si la matadura es  seria, el médico será nuestro mejor aliado, no vaya a ser que se nos salga por ella el alma piquiñina...


Artículo relacionado:

De cómo nos leían la cartilla y nos daban un torniscón

miércoles, 17 de enero de 2018

Poner la guinda en el pastel


Expresiones relacionadas con la cocina VIII: postres



Después de haber preparado los utensilios para cocinar y haber elaborado jugosos primeros y segundos platos en artículos anteriores (al final aparecen los enlaces),  ahora vamos a hablar  del   postre:  a poner la guinda, para que la comida resulte más sabrosa y mejor presentada.



En una comida festiva es mejor no  pedir peras para postre, por si se las pedimos  al olmo, ni poner la manzana prohibida. Conviene  servir un pastel,  porque a nadie le amarga un dulce, aunque no sea la flor y nata del mejor postre. 

Para elaborar con mimo los dulces tenemos que dedicar el tiempo suficiente (¿no son buñuelos?), y no ahorrar en el coste de los ingredientes, porque el ahorro sería  como el chocolate del loro y el resultado podría convertirse en  un churro. De esta forma, terminaríamos pareciendo  el tonto de los pasteles dedicándonos a   vender miel al colmenero, mientras vemos  cómo otros se reparten el pastel sin contar con nosotros.



Si hay que  descubrir el pastel, hay que hacerlo con sumo cuidado, para que no sea una mala noticia que nos  den disfrazada  con azúcar o con queso, y nos deje cuajados. Es preferible hablar claro y llamar al pan, pan,  y al vino, vino, porque siempre se dijo que  las cosas debían ser  claras, y el chocolate espeso.  Además, nunca es  recomendable ser más dulce de lo que conviene y hacerse de miel, pues si somos excesivamente melosos parece que estamos haciendo unas gachas y, si hay que enfrentarse a un problema, con azúcar está peor. 

Para cocinar buenos  postres conviene evitar los momentos en que no está el horno para bollos, porque nos podemos armar un  bollo en la cabeza, especialmente si nos tomamos de postre  otro chocolate no comestible. Siempre es preciso seleccionar la masa, porque, si el pastel  es de  mala masa, un bollo basta

Pero, si el esfuerzo resulta excesivo, hay que perdonar el bollo por el coscorrón, salvo que nos apropiemos del esfuerzo ajeno y actuemos como ese que hace bollos que no se han cocido en su horno.



Es imprescindible  cocinar con tino y tranquilidad y estar a punto de caramelo, pues si estamos nerviosos como un flan, es posible que nos pasemos de rosca y el resultado sea un pestiño, aunque nos cueste la torta un pan. ¡Y ay de nosotros si encima nos lo pagan con una torta o una galleta!

Si los bollos no nos salen bien, porque estamos con la torrija, siempre podemos hacer la rosca de forma interesada. Quizá consigamos  turrón, porque lo que sí está claro es que no nos comeremos la rosca que estábamos preparando. Desde luego, cualquier postre dulce: pasteles, miel (sobre todo si es miel sobre hojuelas), bollos, roscas, pestiños…  nos lo vamos a comer como  rosquillas.

Si no somos melindrosos, como la dama de la almendra, podemos olvidarnos de los dulces y poner en la mesa unos frutos secos. Si se trata de nueces,  debemos cascarlas nosotros mismos, porque a nuestro pelo no le agradaría nada que le cascaran las nueces de otra persona. Comer  castañas también es una buena elección: asadas,  cocidas…  Y, sobre todo, las exquisitas marrón glacé.


En cambio, si no se comen, no nos gusta que algo resulte una castaña, ni que nos den para castañas, ni tener que sacar las castañas del fuego a alguien… Es un fruto sabroso, que no cansa, siempre que no pase de castaño oscuro o que las castañas o nueces vuelvan al cántaro sin apretarle a nadie la nuez. En definitiva, siempre que no haya que decir: ¡Vaya castaña!

Los postres no siempre van acompañados de  dulces palabras, salvo que estemos hablando de una luna de mielBrava mermelada se llama a un despropósito que, aunque sea una afrenta, nunca debe terminar con jarabe de palo. Es mejor que cualquier desencuentro acabe con jarabe de pico, a pesar de que las promesas no se vayan a cumplir, especialmente si el que se embarca en ello lo hace con poco bizcocho. 
 
Las frutas también pueden acompañar, como postre, a los pasteles. El que quiera fruta tendrá que subir al árbol y, si es fruta prohibida, la más apetecida, pero que el trepador no sea un soplaguindas porque, si sopla, la fruta se cae y se estropea. 

Cogida la fruta, hay que prepararse   para mondarla, pero en plan serio, porque si nos mondamos de risa nos podemos cortar.  Y si nos decidimos por las  naranjas, que sean las nuestras, y enteras, que no queremos medias naranjas ni naranjas de la China.


Si elegimos la pera, que sea una perita en dulce, pues no parece apropiado que al convidado  le demos para peras. Pero si elegimos peras al vino, quizá alguno termine hecho una uva, por eso es mejor catar el melón antes y comprobar la capacidad de resistencia de cada uno. Y si elegimos manzana, que no sea la manzana podrida o la de la discordia.

También podemos comernos unos  higos, una de las frutas más dulces, y   la que más connotaciones tiene en el ámbito del disfemismo. Pero, ¡no caerá esa breva! El que está en la higuera (quizá haya subido por eso de que el que quiera fruta tendrá que subir al árbol) está  ajeno a la realidad circundante, por eso no la estima en un higo, ni da un higo por ella. Es posible  que lo que  tenga alrededor no valga un higo, pero, si no baja  a tiempo del árbol, se va a quedar  tan arrugado como los  higos que le hacen compañía. 


Si aspiramos a tener una piel de melocotón, esa es la  fruta que debemos tomar, aunque a veces nos tenemos que conformar con la poco lustrosa piel de naranja. Y si elegimos las uvas, no seamos unos camuesos y   estemos  de mala uva mientras las comemos. 

A veces, se alarga tanto la sobremesa que   nos pueden dar las uvas de la medinoche, y no, precisamente, de segundo postre.  En una comida larga también se pueden generar discusiones, sobre todo, si se mezclan uvas con agraces o alguien está a por uvas o se dedica a mondar nísperos. Al final, todo suele terminar  en mucho ruido y pocas nueces.

Desde luego, hay que desembarazarse de los posibles melones que haya a nuestro lado en  la mesa que no sean comestibles, porque la conversación con ellos sería insustancial. Y mejor prescindir de  la cereza, porque son como los males, detrás de una vienen cincuenta.  También hay que  estar atentos para que no nos hagan   una pera, porque esta fruta se daña y,  dañada una pera, dañadas las compañeras, y  no comer  los nísperos, porque el que nísperos come y besa a una vieja, ni come ni besa. 

Y para postre, lo peor sería tener que compartir mesa aguantando  a algún maestro Ciruelo. Siempre suele aparecer alguno que se las da de café con leche y consigue darnos el té. Aunque no se sabe si es mejor aguantar al presumido, al inexperto yogurín o al pastelero que se acomoda a todo y pone la guinda en el pastel. También se puede cortar de cuajo la armonía de una comida, porque alguien, a los postres,  descubra algún pastel no comestible o porque quiera dárnoslo con queso.

Después de haber  servido la comida en bandeja y de haber comido como es menester, porque quien come mal, a la cara le sal(e),  nos retiramos a descansar con mucho cuajo, porque ya nadie va a pasar la bandeja.  Y, ya se sabe: comida  sin siesta, campana sin badajo. 

Otro día seguiremos, pues, aunque esta no se coma, no hemos colgado la galleta.




Artículos relacionados: 





domingo, 10 de diciembre de 2017

Echar de comer aparte

EXPRESIONES RELACIONADAS CON LA COCINA (VII): El mal carácter y la estupidez


Continuando con la serie de artículos en los que abordo los disfemismos (insultos) relacionados con lo culinario, hoy en nuestra cocina van a entrar productos y utensilios que tienen relación con el mal carácter o la ignorancia.

A veces  no hace falta comprar los ingredientes para elaborar  nuestro menú, porque los cultivamos y llevamos con nosotros mismos. Uno de esos ingredientes es  el  mal carácter que  provoca  que, en algunas ocasiones, nos tengan que poner de comer aparte, sobre todo,  si somos  como limones, agrios amargos, o  nos convertimos en unos auténticos callos, porque ya se sabe que callos y caracoles no es comida de señores. En lugar de  los anteriores, podemos preferir ser setas  o cardos borriqueros, pero tampoco estos   son, precisamente, la alegría de la huerta.



  
Si nos aprovechamos de los demás, somos más frescos que una lechuga. Y seremos de esos que encuentran la lechuga fácilmente entre col y col. Pero, como no se pueden pedir peras al olmo    y camarón que se duerme se lo lleva la corriente   nos pondrán las peras al cuarto o nos  mandarán realizar trabajos tan diversos como  ir a  freír espárragos buñuelos,  o a hacer churros, o a escardar cebollinos… Así, al menos, nos tendrán entretenidos un buen rato y nos quitarán las malas intenciones. 

Sin duda, nada da tanto de sí en el arte de insultar como referirse a  la condición de la persona necia e ignorante. Para descalificarla,  nos sirven por igual nombres de  alimentos de origen  vegetal y animal, así que podríamos elaborar un menú jugoso y  bien completo sobre la necedad.

Los ignorantes, horteras o no, van a la huerta  y se meten en un berenjenal, y como no saben distinguir entre troncos y berzas, se hermanan con todos los productos  que habitan allí: berzas, berzotas, membrillos, melones, calabacines, calabazas, cebollas, cebollos, papafrías, patatas, moscateles, mastuerzos, pipas, mandarinas, ciruelos, boniatos, perejil, moscatel...
  
En algunos casos, se remarca aún más el cariz de tonto, repitiendo la palabra y relacionándola con algunos productos hortícolas:  tonto del nabo, tontolhigo, tontolhaba.  Como se ve, tienen mucho donde escoger para disimular su  necedad. 

Si son capaces de salir de la huerta, aún les queda otra opción: se les puede mandar a buscar berros a cualquier arroyo. Y si la huerta se les queda pequeña, pueden salir al  campo, y se sentirán en su salsa entre algarrobos,  bellotos, castañas... Pero como no todo el monte es orégano,  a veces el peor cerdo se come la mejor bellota. 

También pueden navegar  por el mar y hacer buena compañía a atunesbesugos, calamares,  percebes, boquerones, gambas... y pescaítos, en general.

Si se meten en la cocina, no esperemos nada bueno de sus tareas culinarias, porque  son mendrugos o no saben ni torta, si acaso ponerse como gorro de cocinero una empanada mental. Menos mal que con ellos es siempre fácil olerse la tostada. A veces, simplemente, lo que les falta es un hervor, por lo que se equivocan con frecuencia  y tienen que oír más de lo que desearan el te has colao bacalao.  

Quien  no sabe ni patata, meterá la gamba y sus argumentos serán  como la pescadilla que se muerde la cola. A veces se apropian de ideas ajenas, como la lechuga que no es de este huerto. Así que a los necios van  a tener que dárnoslos con patatas  para que sean más digestivos, ya que no es fácil sustanciar responsabilidades sobre la causa de su estupidez.

También los que son unos sinsustancia encuentran elementos culinarios variados para poder ser definidos: aplatanao, empanao, huevazos, huevón, insulso, lameplatos. lloramigas, mamacallos, muerdesartenes, pagafantas, papahuevos, papanatas, sopazas, sorbesopas, torrijas... Desde luego, no pasarán hambre, aunque morder sartenes pueda ser indigesto y lamer platos no parece que sea muy nutritivo.

Estos individuos suelen ser personas que ni chicha ni limoná. Tienen tal cacao mental que tropiezan en un garbanzo, y hay que sacarles las castañas del fuego para que no se den una torta. Aunque, respecto a estas personas, siempre es mejor pecar por defecto y no aprovecharse de ellos sacando tajada. Claro  que siempre es mejor ser torpe, soso o miedica que convertirse en un chorizo y ser perseguido por los policías que, en el año de la pera, eran llamados guindillas.

Hay otros que  tienen comportamientos censurables. Agarrarse un niño a una persona adulta como una lapa por miedo al tío del unto o al sacamantecas, o por necesidad de apoyo moral, es comprensible, sin embargo, hacerlo una persona adulta a otra persona, como un pulpo, merece reprobación social.

Pero, aunque los compañeros de mesa no sean personas especialmente interesantes, dejemos ya la lectura y acudamos a la mesa, sin dormirnos en los laureles, porque corremos el riesgo de llegar a los anises y ya se sabe que el que llega tarde ni oye misa ni come carne. Y se agradece un buen menú, pues la barriga llena no siente pena.



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