martes, 21 de enero de 2020

El vuelo de Martín. Reseña


Título: El vuelo de Martín
Autora: Sol Gómez Arteaga
Marciano Sonoro Ediciones
San Román de la Vega (León), 2019



El vuelo de Martín es una novela breve de la escritora leonesa Sol Gómez Arteaga. Autora de dos libros de relatos, poeta y articulista,  esta es su primera novela.

La acción de la obra   se desarrolla en Madrid,  en el inicio de los años 90. Se nos cuenta la historia de una madre y un hijo preadolescente que, huyendo del corralito argentino, inician un viaje a España para buscarse la vida.  Martín ha vivido una vida plácida hasta los nueve años. No conoce a su padre, pero la madre y la abuela compensan el cariño del padre ausente.  Su niñez comienza definitivamente a quedar  atrás, de forma brusca, porque la venida a España le hace superar una serie de duras  pruebas que lo obligan a madurar.

La novela refleja las dificultades de inserción a las que se enfrentan los inmigrantes, dificultades que se entreveran  con  el camino hacia la adolescencia de Martín. El protagonista, por diversas circunstancias adversas, tendrá que madurar de forma rápida para enfrentarse a una serie de hechos que alterarán  la relación  con su madre y su propia estabilidad emocional. Ese es el tema fundamental de la novela y Martín, el protagonista absoluto. Pero, relacionados en ese tema fundamental, la novela, a pesar de su brevedad, plantea otros temas de interés. 

Nos presenta el desarraigo que se produce en las personas que, por cualquier motivo, tienen que emigrar de su tierra y dejar atrás una vida anterior en que la persona se sentía arropada y segura.  Ese desarraigo está un poco mitigado por ese mundo solidario que se tiende entre los inmigrantes para ayudar a integrarlos en la llegada. Sin embargo, suelen ocultar a sus familiares del país de origen  las dificultades por las que pasen, esforzándose incluso por enviarles dinero, que no es fácil   de conseguir.

La madre de Martín logra ascender  de clase social por compartir vida con un hombre aparentemente rico,   un tipo oscuro que pasa mucho tiempo fuera del hogar y no da explicaciones sobre su vida.  Este ascenso es dramático, porque, al mismo tiempo, se produce progresivamente la degradación física y moral de la  madre de Martín y la ruptura del puente afectivo  que mantenía con su hijo.

La novela, como decíamos,  gira en torno a Martín, que es el que narra,  y refleja  sus problemas afectivos y de inserción social. Ha tenido que dejar lejos  a su abuela, a sus amigos. En sus primeros días en España, mientras su madre trabaja, él deambula solitario por la calle y se refugia en su imaginación para mitigar su soledad.

En el viaje a España Martín no solo pierde  sus raíces, pierde también su ingenuidad, la seguridad de la infancia y  la confianza y amor de su madre (así lo vive).   No acepta tener que compartir ese cariño con el novio de la madre,  Ray, seguramente porque siente celos. Este hecho,  unido a que la madre se ocupa cada vez menos de él y a algunas humillaciones que recibe por parte de Ray,  hacen que termine acumulando un odio que al final de la novela estalla dramáticamente. A pesar de la incomunicación progresiva entre madre e hijo, Martín nunca deja de preocuparse por su madre y se convierte para ella en una especie de ángel protector, con  reacciones propias de un adulto. El novio de la madre trafica con las drogas y envuelve a esta en problemas relacionados con ese  mundo. La inseguridad que le produce el vivir con un hombre de vida poco clara la lleva al alcoholismo, al uso desmedido de ansiolíticos  y a la bulimia.  El mundo de la drogas es, por tanto, un trasfondo de la acción principal. 

Otro tema que se plantea en la novela es el del acoso escolar. Nos sentimos conmovidos por el daño que sufre Martín por el rechazo y la agresión de algunos compañeros.  La autora apunta a que este problema  se vincula a la necesidad que tienen los acosadores  de destacar para mitigar su insignificancia y al hecho de que ellos mismos son víctimas de algún tipo  violencia en su entorno.    Martín se siente humillado también ante el novio de su madre, con el que convive.

En la novela aparece   el  tema de la violencia de género. Nos muestra la situación de una mujer sufridora que no denuncia, como ocurre en muchos casos de mujeres como ella. Una mujer que busca desesperadamente el amor de una persona que no la quiere. Incluso niega a los suyos que esa violencia se haya producido,  hasta que la situación se hace insostenible. Y lo peor, se la niega a sí misma. Su fracaso  amoroso  la lleva a la destrucción psicológica y a  un intento de suicidio.

También aparece una  referencia  a la persecución ideológica de la dictadura franquista, pues  dos personajes han estado en la cárcel por sus ideas anarquistas. Los sintecho   tienen, asimismo, un pequeño hueco en la novela. Conocemos su marginación, cómo se las ingenian para sobrevivir desde el punto de vista físico y emocional: “No solo no te dejan morir como quieras, sino que tampoco te dejan vivir. Por eso elegir la locura no me parece la peor opción”, dice uno de ellos.

Martín  descubre el sexo,  en la relación entre su madre  y Ray. Y lo vive con rechazo, hasta el punto de que busca subterfugios para estar entretenido mientras esas relaciones se producen. Siente necesidad de hacerse mayor para ser  libre  y  para gestionar sus afectos: “Yo de mayor  lo  que quería ser  era justo eso: mayor”. 

La novela está contada por  Martín,  en primera persona y en pasado, y sigue una  estructura interna lineal. De vuelo a vuelo. Del vuelo que lo trae a España y del vuelo desconocido que pretende realizar al final. Solo en algunas ocasiones da pequeños saltos atrás para rememorar algunas vivencias de infancia, suyas o de otros  personajes, anteriores al tiempo  de la narración principal. Parece que la estructura es simple, pero no lo es tanto. La novela no está  escrita  a modo de diario. Martín cuenta los hechos, desde un momento indeterminado, cuando ya los ha vivido,  ya que al principio de la narración  anticipa  sucesos que viviría más tarde con su madre en España. 

Los hechos  están contados de manera realista, como  podía contar  su vida diaria un preadolescente, tanto desde el punto de vista lingüístico, como desde el emocional. La autora utiliza un lenguaje claro y preciso, sin muchas concesiones a las expresiones de tipo familiar o coloquial, aunque aparecen algunas, como súperprofe, follar...  Es un lenguaje realista, pero elaborado literariamente. En algunas ocasiones, para denotar el origen lingüístico del protagonista, inserta  americanismos: laburo, plata, video, boludo…  Con un uso moderado y acertado de algunos recursos literarios, como la enumeración y especialmente la comparación: “Esa risa que parecía el tintinear de un cascabel”  logra conseguir la belleza más difícil:   la  de la sencillez. 

Sabe acomodar el  ritmo  de la acción al uso de las formas verbales, con un juego entre el pretérito perfecto simple (dinamismo) y el  imperfecto (ritmo más pausado  y más descriptivo). La frase suele ser breve y eso, ya  por sí mismo,  da dinamismo a la narración. Aunque las descripciones no son abundantes, con pocas pinceladas,  es capaz de hacer descripciones bastante precisas. El diálogo tiene bastante presencia y  hace variados usos literarios del mismo.

Se  puede decir que estamos ante una novela realista.  Es realista en el lenguaje,  pero lo es, sobre todo, en los temas que trata, temas relacionados con la realidad de la época y, especialmente, en la geografía urbana que refleja. Sitúa a los personajes en los barrios y calles de Madrid, en un Madrid perfectamente reconocible.  En ciertos aspectos recuerda a algunas novelas de Galdós, por ejemplo, a ese Luisito de Miau que recorría las calles llevando recados de su abuelo.

Martín, en su vuelo, va creciendo y  desprendiéndose de la inocencia y la ternura de la niñez. Se decepciona, se ve desvalido.  Rechaza la injusticia que se ha producido en su vida y  se rebela contra ella. Esa rebelión  y la pérdida de la protección de su madre hacen que surge en él un sentimiento del odio que se refleja  en las actitudes violentas ante las burlas de sus compañeros y ante Ray. 

Como todo adolescente, necesita reafirmar el yo y conseguir su espacio de libertad,  y lo va consiguiendo a lo largo de la novela.  En muchos momentos parece más maduro que su propia madre. Incluso, hace reflexiones que, además de ser propias de un adulto, son muy inteligentes.

Es una novela que  plantea algunos simbolismos. El primero, el título.  Se puede decir que estamos ante una novela de vuelos. El vuelo inicial que lo trae de Buenos Aires a España para buscar un futuro mejor y el vuelo final, la vuelta a su país,  pues manifiesta su deseo de emprender el regreso en la última línea de la novela. Pero, en medio de esos  vuelos aéreos, hay otro "vuelo interior", el vuelo que realiza un niño en ese viaje iniciático hacia la madurez. Y en algún momento ese deseo de vuelo interior le lleva a plantearse la huida de casa, porque se siente insignificante, como el título de un espectáculo titulado “Me siento pulga”  que ve anunciado en un cartel (título también simbólico). La   salida de Argentina se produce entre malos presagios, al oscurecer y con lluvia, y sin casi poder despedirse de la abuela, que siente vértigos.

También hay gente buena y generosa  en el “vuelo” de Martín: Mina, esa amiga que los acoge a la llegada; Tadeo, ese vecino,  que es como la figura del padre que no tuvo y Javier, el maestro,  que se interesa por su persona y sus problemas, incluso cuando ya no es alumno  suyo. Y la abuela, siempre cercana, en lo afectivo; aunque lejana, en lo físico.

Hay que hacer notar que las ilustraciones  de Carla Lozano son también un elemento artístico y expresivo de la novela. Tienen un cierto cariz expresionista que ilustra momentos importantes de la novela: desde las maletas iniciales, la despedida del país, el pez… hasta llegar al cuchillo y al nudo que se deshace o cuerda que se rompe. Son imágenes que refuerzan las palabras. Bellísimo también el prólogo de Isabel Revilla (ISAMIL9), que  relaciona los vuelos vitales de la autora y su compromiso familiar y social con el vuelo de Martín. Suyas son estas palabras: “Sol y Carla han dado a luz a Martín. Martín, si le dejan, le dará luz a cada uno de ustedes”.

En conclusión, estamos ante una novela que no nos deja indiferentes. Nos cuenta un drama de forma luminosa, por su claridad estilística y su finura. Es el drama de dos desarraigos y de dos soledades: la de Martín y la de la madre. Dos personas que tratan de huir de la realidad. Los dos buscan afectos, sin saber que cada uno de ellos es realmente lo que  el otro busca y necesita.  Al fin, Martín  va a volar definitivamente, aunque tal vez hubiera preferido no hacerlo. 

Una novela hermosa, también en su edición,  que  entretiene y, sobre todo, que conmueve.



M. Álvarez Rodríguez
Enero de 2020


La autora, al final de la novela,   invita al lector a continuarla… (Me atrevo, con su permiso,   a añadir un párrafo):

“En aquel momento  me sentí  mayor y libre para  emprender mi vuelo. Sería un vuelo hacia el futuro. Volaría  como un martín pescador de azulado  plumaje y  sobrevolaría el océano con un pez de goma colgado de las alas. E intentaría pescar otros peces  para que le hicieran compañía o, tal vez,  para que algún día pudieran sustituir a ese pez de la aleta rota…”


M. A. R.


sábado, 18 de enero de 2020

Retazos de la vida, semblanza del vivir

     
     El río de la vida



Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar.

Gran cantar.   Antonio Machado

Parafraseando a Jorge Manrique, Antonio Machado identifica la vida con un río,  Me gusta la idea de que la vida se parezca a un río. De los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire, yo siempre me identifiqué con el agua, con el agua en movimiento. Agua que es transparente como la verdad, que acaricia como un abrazo, que suena cadenciosa como la música, que tiene afán de eternidad… 

Nos parece que es siempre igual, como los días de la vida y, sin embargo, es siempre distinta. Nunca vemos pasar dos veces la misma agua, como nunca volvemos a ver pasar los minutos de nuestra existencia. El agua de fuentes, arroyos y ríos es un espejo de vida. Es espejo, porque en él se refleja el paisaje que lo rodea, y es vida, porque da vida.

Siempre me gustó contemplar cómo manaba una fuente, naciera el agua mansamente o a borbotones. De pequeña me parecía que las fuentes reían y los ríos cantaban cuando corrían serenos o gritaban cuando su caudal se desbordaba. Siempre me gustó contemplar desde un puente  o desde el borde de un prado o camino cómo pasaba el agua. Sigo teniendo la sensación de que el agua, al pasar, habla, canta, hace compañía, da paz.

Los ríos son, pues, para mí, la mejor metáfora del sentido de  la vida humana. Todos los seres humanos nos parecemos a un río en el nacer y en el morir. Los ríos más poderosos suelen nacer de una humilde fuente y al llegar al mar son todos iguales. Pero el sentido de la vida humana no está solo en el nacer y en el morir, ni siquiera en ir viendo pasar la vida,  está,  sobre todo,  en cómo se vive; no en vivir, sino en el  vivir. 

Cada vez que cumplimos años, nos suelen venir a la mente vivencias del pasado y sueños  e incertidumbre sobre lo que está por venir. Buen momento para pararse y hacer una pequeña reflexión. Y eso es lo que voy a hacer en las siguientes palabras. Para ello habré de desnudar un poco mi alma y contar algunas experiencias que he vivido para, a partir de ellas,  poder expresar cómo ha sido mi vivir.

Espejo de vida.
El cielo y el paisaje reflejado en las aguas del río Omaña (León)

Cumpliendo años...

PRIMERA EDAD:  Mi infancia

Nací en un pueblín recóndito (Paladín) del noroeste de León, en la década de los 50 del siglo pasado. Un lugar hermoso, pero apartado de la civilización. La carretera asfaltada más cercana estaba a unos 10 km, había una luz eléctrica escasa y limitada a dos bombillas en toda la casa. Las calles no estaban iluminadas y se llenaban de charcos y  de barro en invierno. No llegaban periódicos ni  había aparatos de radio. A mi casa llegó la radio cuando tenía siete años y  fue una ventana mágica que nos abrió al mundo.

Mi pueblo
Mis sonidos de infancia fueron los sonidos de la naturaleza: el canto de los pájaros y de los gallos, el mugido de las vacas, el rumor de las ramas de los árboles… Aprendí a oír el silencio sonoro de ese mundo que me rodeaba. Mis sabores, los de las cerezas silvestres, las moras, el pan recién amasado, la leche recién ordeñada… Mi piel sentía las caricias de la brisa, la suavidad de la hierba verde de los prados… Y las agresiones del  viento gélido o del picor de la lana natural de mis jerséis y calcetines. Mis olores, los de la hierba seca, las rosas  en la ventana, la flor de saúco,  el aroma de las  manzanas, la leña quemada… Mis colores, los verdes de los prados y la arboleda, los blancos y rosados de los montes, los rojos del ocaso, el blanco de la nieve... Me fascinaban los trajes estacionales  con que se vestía la naturaleza. La alfombra de flores del brezo (urces)  de los montes y  los estampados sonrosados y blancos de los frutales en primavera,  los lunares rojos de las cerezas y guindas que asomaban  entre las hojas del verdor veraniego, la maravilla de los trajes multicolores de tonos ocres y rojizos del otoño y hasta la elegancia de su desnudez invernal.



Mi infancia fue también un río: el río Omaña.  Y ha seguido siendo el río de mis años, el río de mi vida. Un río que  daba vida al paisaje y que envolvía los sentidos. Mis ojos contemplaban a diario sus aguas  cristalinas sobre las que hacían acrobacias las truchas para atrapar  mosquitos, unas aguas frescas y relajantes,  con su  rumor plácido de  verano y su sonido furioso  de invierno. Un río que  también se paseaba   por presas y regueros y  que iba sembrando a su alrededor vida y belleza. Ese es, en pocos trazos, mi paisaje.  Allí aprendí a respetar, a querer y a mimar la naturaleza.



Y  mi paisanaje fueron  unas gentes sencillas que vivían apegadas a la tierra y al compás de las estaciones. Al ritmo de esas estaciones realizaban los trabajos agrícolas, al ritmo de las estaciones se adaptaba la  alimentación y  se convivía con los vecinos. De esas gentes aprendí unas cualidades esenciales que han marcado mi vida. Aprendí el espíritu de colaboración, la  austeridad, el ser personas “de buen conforme”, el sentido de la gratitud, el espíritu de sacrificio, la fe en la providencia, la humildad…  Y también la cultura del sentido común, que no es tan común como sería deseable.Un ejemplo buen ejemplo de vida estoica. Conocí también, con la experiencia, la dureza del trabajo del campo y  las decepciones que a veces producía. No sabía entonces que muchos años después yo iba a hacer algo por mi patria chica y esta me lo iba a recompensar con creces.

Galardón Omañesa del Año 2013. Instituto de Estudios Omañeses

Y valoré mucho   la escuela. Era una apertura al mundo. Allí, en aquellos mapas, oscurecidos por el humo de una estufa de leña, estaban señalados lugares tan exóticos para mí como Pernambuco.  Por allí cerca estaba Argentina, lugar al que había emigrado mi abuelo paterno en 1911,  y de la que hablaba tantas maravillas. ¡Para mí aquello de viajar a un lugar tan lejano cruzando el océano era una auténtica proeza! En mi sencilla escuela, una escuela unitaria de muy pocos niños,   sentí la cercanía y el cariño de mi única maestra, Felipa y aprendí a leer, escribir, las cuatro reglas y lo que contenían aquellas famosas enciclopedias  Álvarez.  Y también empecé a valorar  el deseo de mis padres de que aprendiera (nunca se lo agradeceré lo suficiente). Siempre he llevado conmigo ese bagaje.

El pupitre de mi escuela y mis enciclopedias

Mi adolescencia

A los diez años el párroco del pueblo informó a mis padres de que había unas becas para estudiar Bachiller. Mis padres querían que sus hijas  fuésemos “más que ellos” y, aunque teniendo que prescindir de mi ayuda doméstica (en aquella economía de subsistencia todas las manos eran pocas), decidieron que me presentara a los exámenes necesarios para conseguir la beca.  La conseguí y comencé el Bachiller.

Y así, aquella niña de pueblo, se trasladó  a vivir  en una residencia de monjas de la capital, un colegio menor con disciplina bastante férrea,  que no permitía volver a casa nada más que en periodo de vacaciones. Me fui adaptando poco a poco al mundo urbano: al ruido de los coches, a las luces, a los escaparates… Me adapté también a la convivencia con muchas chicas de otros pueblos, de otras familias, aunque, la verdad es que las diferencias culturales entre nosotras no eran muy significativas. Eso sí, sus pueblos eran más “importantes” que el mío.  Los cursos en el instituto Juan del Enzina  de León pasaban bastante iguales a sí mismos y en mi mente persistía  una preocupación fundamental: tenía que estudiar para no decepcionar a mis padres y, sobre todo,  para conservar mi beca (entonces había que sacar un mínimo de 7 de media para poder renovarla). Así,  sin suspensos, curso tras curso, llegué al Preuniversitario, el llamado Preu.


León. Lugar donde residí los siete años de Bachiller. (Colegio menor las "italianas")

Superé una carrera de obstáculos que me dejó a las puertas de la universidad: el examen de beca y el de ingreso a los diez años, la Reválida de Grado Elemental, a los catorce; la de Grado Superior a los dieciséis, la Prueba de Madurez de acceso a la Universidad  a los diecisiete… Y, a pesar de tantas trabas académicas para los estudiantes de aquella generación, ¡sobrevivimos! Y no nos quedaron traumas, más bien al contrario, todos aquellos retos nos obligaban a madurar.  He recordado este proceso muchas veces cuando  surgido tanta polémica en época reciente sobre la reválida de Bachillerato. Conservo hermosos recuerdos de algunos profesores: don Leoncio, la señorita Manoja…  Su  ejemplar ejercicio de la docencia me sirvió de ejemplo para dedicarme a esa profesión en el futuro. En esa época también se forjaron buenas amistades. Y en  algún momento del Bachiller me topé con una frase del poeta R. Tagore (entonces nos sabía quién era) que anoté, entre otras muchas, en una libreta de pastas negras que aún conservo: “No llores la marcha del sol, porque las lágrimas pueden impedirte ver las estrellas”. Sin saberlo entonces, esa  frase me marcó  en los años sucesivos y me ha servido de lema toda la vida.


Instituto Juan del Enzina (León), donde cursé todo el Bachillerato.


Mi juventud

Inicié mi juventud trasladándome a Oviedo, durante el curso, para poder cursar estudios universitarios. Aún no existía en León esa posibilidad. Conseguí una beca-salario (parte de la beca la cobraba el alumno y otra parte era una  ayuda para los padres). Era una beca generosa en su cuantía, que me permitió  un periodo universitario sin sobresaltos económicos. He de decir, porque es de justicia,  que aquella dictadura franquista que fue tan  nefasta  para  España, en esos años sí daba opción a que los  hijos de familias humildes del mundo rural pudiéramos ir a la universidad. Yo no tenía más “mérito” especial que   haber nacido en una familia así  y mi rendimiento académico. Y como yo, otras personas con las que conviví en esos años. Estábamos en los últimos años de la dictadura. En Asturias la lucha obrera era importante. Allí  habían nacido las  CCOO en los años 60  y esa lucha se vivía también con fuerza en la universidad en los  primeros años 70.

Fueron años de nuevos retos y experiencias. Fueron tiempos agridulces. Vivía entre la contradicción de querer participar en aquellas  luchas universitarias y el miedo a perder el curso por las huelgas, y con ello mi beca. Fueron también años convulsos en lo personal, pues corrieron paralelos a la enfermedad y muerte de mi madre (¡con 43 años!), hecho que provocó ausencias a  las clases en algunos periodos y un fuerte desgarro personal. Me dolía también que aquella madre  ilusionada por  conseguir que  sus hijas fueran independientes de adultas no pudiera ver que su hija mayor concluía estudios universitarios. 

En Oviedo, 43 años después, al lado del  P.  Feijoo y ante la que fue mi facultad

Todos aquellos sinsabores   fortalecieron mi personalidad, pues  aprendí  vivir en libertad y con sentido crítico, a asumir responsabilidades,   a ser persona seria.  A  ser directora de mí misma. En esos años universitarios comprendí que no era lo mismo ser personas de buen conforme que personas conformistas. Ser de buen conforme implicaba no ser egoísta, no obsesionarse por ser  o tener más que los demás, ser austero… Pero no había que  ser conformista, había que esforzarse por crecer en lo personal y en lo social, había que comprometerse para luchar por  la justicia y  la libertad. En definitiva que ser de buen conforme era una virtud, pero ser conformista era defecto.          

Forjé buenas amistades en aquellos años. Algunas de ellas pasaron por momentos de silencio por los avatares de la vida y muchos años después recobraron voz y  presencia cercana.
Mis estudios (Filología Románica) me pusieron en contacto con profesores de notable prestigio, aunque entonces quizá no los valorara en toda su dimensión. Fui alumna del lingüista Emilio Alarcos Llorach, un referente en estudios gramaticales, del filósofo Gustavo Bueno y de otros profesores notables.  Aprendí mucho de su valía académica, no tanto de aspectos humanos. Aquellos profesores estaban  distantes del alumno,  no conocían nuestros nombres ni nuestras inquietudes.  Yo aspiraba  a ser una buena docente, pero ellos no eran mi modelo. Iba a tener que aprender mucho cuando iniciara mi trabajo en el mundo educativo.

Mi orla universitaria


SEGUNDA EDAD: mi vida profesional

Y con mi título académico de licenciada aterricé en Madrid y empezó mi carrera docente, en el mes de noviembre de 1975. Franco estaba a punto de fallecer. Pude vivir en la capital de España todos los hechos relacionados con la transición. Y también en el centro escolar en que trabajaba, que tuvo que adaptarse a aquella nueva España que nacía. Y esa larga carrera se prolongó durante cuarenta y un largos y anchos años. Una hermosa y dura  profesión de la que he disfrutado mucho. Una profesión en que se trabaja con personas, a las que se conduce (duco=conducir). Una profesión en que se puede forjar el alma de adolescentes, con las lecciones, con el trato, con el ejemplo  vida. Una profesión en la que el profesor cumple años, pero el alumno no. ¡Bendito engaño! Todos los años por las mismas fechas mis  alumnos tenían la misma edad, pero el río de mi vida seguía corriendo sin descanso.

Fueron pasando muchas generaciones de estudiantes, que se convirtieron en profesionales. Algunos de ellos hoy son grandes amigos, incluso en dos generaciones: padres  e hijos.
Siempre recibí reconocimiento y  gratitud del alumnado... 

Nunca tuve “enemigos”. Siempre  mantuve una relación cordial con mis compañeros y siempre recibí un gran apoyo  de todos.


Pabellón de aulas de  ESO y Bachillerato. Colegio Salesiano Santo Domingo Savio. Madrid

Decía  Pitágoras que  el discípulo debe situarse respecto a sus superiores como cerca del fuego, ni tan cerca que se queme ni tan lejos que se hiele. ¡Qué gran verdad! El equilibrio entre cercanía y autoridad, la exigencia, la sinceridad, la alegría (que no es igual que la juerga), el respeto y la mucha dedicación fueron mis armas educativas. Y, sobre todo, el amar lo que se hace, porque "educar es cosa del corazón", decía san Juan  Bosco. Su lema fue mi lema.

Y realmente funcionaron. Un día una alumna me dijo en clase el mejor piropo para un docente: “Margarita, eres capaz de mantener la atención  porque te crees lo que explicas”.


2015. Con alumnos y profesores en el recital Doscientos Años de Sueños, en Santo Domingo Savio

¡Qué gran regalo es que te reconozca alguien en cualquier lugar y  que te salude con cariño! Educar desde la  alegría y enseñar alguno de los  secretos de la felicidad, desde tres máximas que me han recordado, porque yo se las repetía,  los antiguos alumnos,  una y otra vez: “Si no puedes hacer lo que quieres, al menos aprende a querer lo que haces”,  “no se trata de ser el  mejor del mundo, sino el mejor de uno mismo” y "la auténtica sabiduría consiste en saber qué hacer con lo que se sabe".  Y mientras enseñaba Lengua y Literatura y me rodeaba  la gran familia de un centro educativo, conocí a mi esposo, formé mi propia familia y eduqué a  mis hijos…  Y  también con ellos compartí los mismos valores.  Y la vida siguió: se fueron amores (mi padre), llegaron  amores  (mis nietos).

Durante mi vida profesional siempre mantuve los principios que había aprendido en mi infancia.  La fortaleza de ánimo, que nos hace resistir los embates de la vida, la humildad,  el esfuerzo, la austeridad, la solidaridad, el compromiso… ¡Cuántas depresiones de adolescentes, anorexias, bulimias y otros desarreglos emocionales tienen que ver con la falta de fortaleza de ánimo, con el no saber aceptar las frustraciones!

Y... TERCERA EDAD: la jubilación

Y  así, día a día, año a año, he  llegado a la atalaya de  la edad del “júbilo”. Y sí, es una atalaya, desde la que se ve lo que ocurre desde arriba, con perspectiva, abarcando todo el panorama, con mirada serena y análisis pausado.   Y he subido a la atalaya con mis alforjas casi  llenas, llenas del amor de mis seres queridos, del cariño y el aprecio de los amigos, de la gratitud de mis alumnos… Llenas también de vitalismo: de ganas de aprender, de ganas de conocer lugares  desconocidos, de sorprenderme…  Llenas de deseos de seguir conmoviéndome ante la belleza de un paisaje o de una actividad artística, con la escucha atenta de una conferencia, con la lectura de un libro, con una simple charla de amigos, con una caminata… Llenas de ganas de compartir un sentimiento, una reflexión, unas anécdotas, una mesa, unos versos… Llenas de ganas de compartir ilusiones y cariño con todas las generaciones de la familia. Llenas de ganas de escribir para dar cauce a mi pensamiento o a mis saberes y quereres. Llenas de ganas de tener un vivir vitalista.


Pero mis alforjas aún tienen cabida para recibir más. Ahí sigo,  buscando el pleno sentido de la vida. Ese que seguramente la mayoría de los seres  humanos no llegaremos a alcanzar.  Es la gran meta que perseguimos  y que a medida que avanzamos parece que se aleja más…  He aprendido  que en el camino hacia esa meta no está la injusticia, ni la intolerancia, ni el radicalismo, ni el engreimiento, ni la mentira, ni la ingratitud, ni  la desesperanza… Pero hay que seguir viviendo para encontrar todos  los  demás componentes. 


Recitando versos... (Madrid)
Aunque, quizá, en ese deseo de vivir  esté la auténtica ciencia y no haya más secreto. Por ello  siento  deseo de VIVIR.  De tener vida biológica y de tener vida interior. De escuchar otra vez los silencios sonoros de mi infancia.

Recuerdo   la  conocida frase de Fernando Birri (falsamente atribuida a Galeano) que decía: La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para  eso, sirve para caminar.

Pues eso, cumplir años sirve para seguir caminando en pos de esa utopía, de esa ciencia de la vida.

Cumplir años  permite  que nos regalen felicitaciones…  He recibido cientos en mi  reciente cumpleaños y eso me da pie para dar las gracias, gracias y más gracias, a todos los que habéis dedicado unos segundos  a escribirme un mensaje, a llamarme… A quererme. Y la palabra gracias es para mí  la palabra  más bella del idioma… Es como fundirse con el otro en un abrazo de estima, de reconocimiento. Las gracias (de gratitud) solo se tienen cuando se dan.

En la Garganta del Diablo. Iguazú, 2019

Decía Cervantes que la ingratitud es uno de los mayores pecados: Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque  algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento. El Quijote, II, 58.

Gracias,  familia,  amigos…  Con vosotros vale la pena seguir cumpliendo años.

“Gracias a la VIDA,
que me ha dado tanto,
me  ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro
madre, amigo, hermano…” Violeta Parra


Parece que ya he hecho las tres cosas que hay que hacer en la vida: tener un hijo, escribir un libro,  y  plantar un árbol... 

No sé si habrá cuarta edad, pero mientras la vida me lo va diciendo: ¡Gracias, VIDA!

M. Álvarez Rodríguez


Con los más pequeños de  la familia, en el Parque del Retiro. Madrid













Palabras que me dedicaron mis compañeros y mis alumnos en mi jubilación




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