miércoles, 17 de enero de 2018

Poner la guinda en el pastel


Expresiones relacionadas con la cocina VIII: postres



Después de haber preparado los utensilios para cocinar y haber elaborado jugosos primeros y segundos platos en artículos anteriores (al final aparecen los enlaces),  ahora vamos a hablar  del   postre:  a poner la guinda, para que la comida resulte más sabrosa y mejor presentada.



En una comida festiva es mejor no  pedir peras para postre, por si se las pedimos  al olmo, ni poner la manzana prohibida. Conviene  servir un pastel,  porque a nadie le amarga un dulce, aunque no sea la flor y nata del mejor postre. 

Para elaborar con mimo los dulces tenemos que dedicar el tiempo suficiente (¿no son buñuelos?), y no ahorrar en el coste de los ingredientes, porque el ahorro sería  como el chocolate del loro y el resultado podría convertirse en  un churro. De esta forma, terminaríamos pareciendo  el tonto de los pasteles dedicándonos a   vender miel al colmenero, mientras vemos  cómo otros se reparten el pastel sin contar con nosotros.



Si hay que  descubrir el pastel, hay que hacerlo con sumo cuidado, para que no sea una mala noticia que nos  den disfrazada  con azúcar o con queso, y nos deje cuajados. Es preferible hablar claro y llamar al pan, pan,  y al vino, vino, porque siempre se dijo que  las cosas debían ser  claras, y el chocolate espeso.  Además, nunca es  recomendable ser más dulce de lo que conviene y hacerse de miel, pues si somos excesivamente melosos parece que estamos haciendo unas gachas y, si hay que enfrentarse a un problema, con azúcar está peor. 

Para cocinar buenos  postres conviene evitar los momentos en que no está el horno para bollos, porque nos podemos armar un  bollo en la cabeza, especialmente si nos tomamos de postre  otro chocolate no comestible. Siempre es preciso seleccionar la masa, porque, si el pastel  es de  mala masa, un bollo basta

Pero, si el esfuerzo resulta excesivo, hay que perdonar el bollo por el coscorrón, salvo que nos apropiemos del esfuerzo ajeno y actuemos como ese que hace bollos que no se han cocido en su horno.



Es imprescindible  cocinar con tino y tranquilidad y estar a punto de caramelo, pues si estamos nerviosos como un flan, es posible que nos pasemos de rosca y el resultado sea un pestiño, aunque nos cueste la torta un pan. ¡Y ay de nosotros si encima nos lo pagan con una torta o una galleta!

Si los bollos no nos salen bien, porque estamos con la torrija, siempre podemos hacer la rosca de forma interesada. Quizá consigamos  turrón, porque lo que sí está claro es que no nos comeremos la rosca que estábamos preparando. Desde luego, cualquier postre dulce: pasteles, miel (sobre todo si es miel sobre hojuelas), bollos, roscas, pestiños…  nos lo vamos a comer como  rosquillas.

Si no somos melindrosos, como la dama de la almendra, podemos olvidarnos de los dulces y poner en la mesa unos frutos secos. Si se trata de nueces,  debemos cascarlas nosotros mismos, porque a nuestro pelo no le agradaría nada que le cascaran las nueces de otra persona. Comer  castañas también es una buena elección: asadas,  cocidas…  Y, sobre todo, las exquisitas marrón glacé.


En cambio, si no se comen, no nos gusta que algo resulte una castaña, ni que nos den para castañas, ni tener que sacar las castañas del fuego a alguien… Es un fruto sabroso, que no cansa, siempre que no pase de castaño oscuro o que las castañas o nueces vuelvan al cántaro sin apretarle a nadie la nuez. En definitiva, siempre que no haya que decir: ¡Vaya castaña!

Los postres no siempre van acompañados de  dulces palabras, salvo que estemos hablando de una luna de mielBrava mermelada se llama a un despropósito que, aunque sea una afrenta, nunca debe terminar con jarabe de palo. Es mejor que cualquier desencuentro acabe con jarabe de pico, a pesar de que las promesas no se vayan a cumplir, especialmente si el que se embarca en ello lo hace con poco bizcocho. 
 
Las frutas también pueden acompañar, como postre, a los pasteles. El que quiera fruta tendrá que subir al árbol y, si es fruta prohibida, la más apetecida, pero que el trepador no sea un soplaguindas porque, si sopla, la fruta se cae y se estropea. 

Cogida la fruta, hay que prepararse   para mondarla, pero en plan serio, porque si nos mondamos de risa nos podemos cortar.  Y si nos decidimos por las  naranjas, que sean las nuestras, y enteras, que no queremos medias naranjas ni naranjas de la China.


Si elegimos la pera, que sea una perita en dulce, pues no parece apropiado que al convidado  le demos para peras. Pero si elegimos peras al vino, quizá alguno termine hecho una uva, por eso es mejor catar el melón antes y comprobar la capacidad de resistencia de cada uno. Y si elegimos manzana, que no sea la manzana podrida o la de la discordia.

También podemos comernos unos  higos, una de las frutas más dulces, y   la que más connotaciones tiene en el ámbito del disfemismo. Pero, ¡no caerá esa breva! El que está en la higuera (quizá haya subido por eso de que el que quiera fruta tendrá que subir al árbol) está  ajeno a la realidad circundante, por eso no la estima en un higo, ni da un higo por ella. Es posible  que lo que  tenga alrededor no valga un higo, pero, si no baja  a tiempo del árbol, se va a quedar  tan arrugado como los  higos que le hacen compañía. 


Si aspiramos a tener una piel de melocotón, esa es la  fruta que debemos tomar, aunque a veces nos tenemos que conformar con la poco lustrosa piel de naranja. Y si elegimos las uvas, no seamos unos camuesos y   estemos  de mala uva mientras las comemos. 

A veces, se alarga tanto la sobremesa que   nos pueden dar las uvas de la medinoche, y no, precisamente, de segundo postre.  En una comida larga también se pueden generar discusiones, sobre todo, si se mezclan uvas con agraces o alguien está a por uvas o se dedica a mondar nísperos. Al final, todo suele terminar  en mucho ruido y pocas nueces.

Desde luego, hay que desembarazarse de los posibles melones que haya a nuestro lado en  la mesa que no sean comestibles, porque la conversación con ellos sería insustancial. Y mejor prescindir de  la cereza, porque son como los males, detrás de una vienen cincuenta.  También hay que  estar atentos para que no nos hagan   una pera, porque esta fruta se daña y,  dañada una pera, dañadas las compañeras, y  no comer  los nísperos, porque el que nísperos come y besa a una vieja, ni come ni besa. 

Y para postre, lo peor sería tener que compartir mesa aguantando  a algún maestro Ciruelo. Siempre suele aparecer alguno que se las da de café con leche y consigue darnos el té. Aunque no se sabe si es mejor aguantar al presumido, al inexperto yogurín o al pastelero que se acomoda a todo y pone la guinda en el pastel. También se puede cortar de cuajo la armonía de una comida, porque alguien, a los postres,  descubra algún pastel no comestible o porque quiera dárnoslo con queso.

Después de haber  servido la comida en bandeja y de haber comido como es menester, porque quien come mal, a la cara le sal(e),  nos retiramos a descansar con mucho cuajo, porque ya nadie va a pasar la bandeja.  Y, ya se sabe: comida  sin siesta, campana sin badajo. 

Otro día seguiremos, pues, aunque esta no se coma, no hemos colgado la galleta.




Artículos relacionados: 





domingo, 10 de diciembre de 2017

Echar de comer aparte

EXPRESIONES RELACIONADAS CON LA COCINA (VII): El mal carácter y la estupidez


Continuando con la serie de artículos en los que abordo los disfemismos (insultos) relacionados con lo culinario, hoy en nuestra cocina van a entrar productos y utensilios que tienen relación con el mal carácter o la ignorancia.

A veces  no hace falta comprar los ingredientes para elaborar  nuestro menú, porque los cultivamos y llevamos con nosotros mismos. Uno de esos ingredientes es  el  mal carácter que  provoca  que, en algunas ocasiones, nos tengan que poner de comer aparte, sobre todo,  si somos  como limones, agrios amargos, o  nos convertimos en unos auténticos callos, porque ya se sabe que callos y caracoles no es comida de señores. En lugar de  los anteriores, podemos preferir ser setas  o cardos borriqueros, pero tampoco estos   son, precisamente, la alegría de la huerta.



  
Si nos aprovechamos de los demás, somos más frescos que una lechuga. Y seremos de esos que encuentran la lechuga fácilmente entre col y col. Pero, como no se pueden pedir peras al olmo    y camarón que se duerme se lo lleva la corriente   nos pondrán las peras al cuarto o nos  mandarán realizar trabajos tan diversos como  ir a  freír espárragos buñuelos,  o a hacer churros, o a escardar cebollinos… Así, al menos, nos tendrán entretenidos un buen rato y nos quitarán las malas intenciones. 

Sin duda, nada da tanto de sí en el arte de insultar como referirse a  la condición de la persona necia e ignorante. Para descalificarla,  nos sirven por igual nombres de  alimentos de origen  vegetal y animal, así que podríamos elaborar un menú jugoso y  bien completo sobre la necedad.

Los ignorantes, horteras o no, van a la huerta  y se meten en un berenjenal, y como no saben distinguir entre troncos y berzas, se hermanan con todos los productos  que habitan allí: berzas, berzotas, membrillos, melones, calabacines, calabazas, cebollas, cebollos, papafrías, patatas, moscateles, mastuerzos, pipas, mandarinas, ciruelos, boniatos, perejil, moscatel...
  
En algunos casos, se remarca aún más el cariz de tonto, repitiendo la palabra y relacionándola con algunos productos hortícolas:  tonto del nabo, tontolhigo, tontolhaba.  Como se ve, tienen mucho donde escoger para disimular su  necedad. 

Si son capaces de salir de la huerta, aún les queda otra opción: se les puede mandar a buscar berros a cualquier arroyo. Y si la huerta se les queda pequeña, pueden salir al  campo, y se sentirán en su salsa entre algarrobos,  bellotos, castañas... Pero como no todo el monte es orégano,  a veces el peor cerdo se come la mejor bellota. 

También pueden navegar  por el mar y hacer buena compañía a atunesbesugos, calamares,  percebes, boquerones, gambas... y pescaítos, en general.

Si se meten en la cocina, no esperemos nada bueno de sus tareas culinarias, porque  son mendrugos o no saben ni torta, si acaso ponerse como gorro de cocinero una empanada mental. Menos mal que con ellos es siempre fácil olerse la tostada. A veces, simplemente, lo que les falta es un hervor, por lo que se equivocan con frecuencia  y tienen que oír más de lo que desearan el te has colao bacalao.  

Quien  no sabe ni patata, meterá la gamba y sus argumentos serán  como la pescadilla que se muerde la cola. A veces se apropian de ideas ajenas, como la lechuga que no es de este huerto. Así que a los necios van  a tener que dárnoslos con patatas  para que sean más digestivos, ya que no es fácil sustanciar responsabilidades sobre la causa de su estupidez.

También los que son unos sinsustancia encuentran elementos culinarios variados para poder ser definidos: aplatanao, empanao, huevazos, huevón, insulso, lameplatos. lloramigas, mamacallos, muerdesartenes, pagafantas, papahuevos, papanatas, sopazas, sorbesopas, torrijas... Desde luego, no pasarán hambre, aunque morder sartenes pueda ser indigesto y lamer platos no parece que sea muy nutritivo.

Estos individuos suelen ser personas que ni chicha ni limoná. Tienen tal cacao mental que tropiezan en un garbanzo, y hay que sacarles las castañas del fuego para que no se den una torta. Aunque, respecto a estas personas, siempre es mejor pecar por defecto y no aprovecharse de ellos sacando tajada. Claro  que siempre es mejor ser torpe, soso o miedica que convertirse en un chorizo y ser perseguido por los policías que, en el año de la pera, eran llamados guindillas.

Hay otros que  tienen comportamientos censurables. Agarrarse un niño a una persona adulta como una lapa por miedo al tío del unto o al sacamantecas, o por necesidad de apoyo moral, es comprensible, sin embargo, hacerlo una persona adulta a otra persona, como un pulpo, merece reprobación social.

Pero, aunque los compañeros de mesa no sean personas especialmente interesantes, dejemos ya la lectura y acudamos a la mesa, sin dormirnos en los laureles, porque corremos el riesgo de llegar a los anises y ya se sabe que el que llega tarde ni oye misa ni come carne. Y se agradece un buen menú, pues la barriga llena no siente pena.



viernes, 10 de noviembre de 2017

Sueño amarillo



A mis padres,  que se fueron en un sueño otoñal








Sueño amarillo de otoño...

Suaves hojas multicolores acariciaban su cara. Sabores frutales inundaban su boca. Un arrullo sonoro mecía sus oídos y apenas dejaba oír el latido de su corazón. ¡Silencio! 

Sueño blanco de invierno. Camino frío y nebuloso… Vida y muerte. 

¡Quién sabe si despertó!





Este cuento ha sido escrito para un concurso de microrrelatos  sobre el otoño (máximo 5 líneas).





martes, 7 de noviembre de 2017

Cae la lluvia...



                             Milagro otoñal





Lágrimas de ángeles  bienhechores que se esconden tras una nube,


trajes transparentes que visten de fiesta a las hojas,


cuentas de perlas que engalanan los pétalos de una rosa,


pendientes luminosos que brillan suspendidos de una rama,


sortijas diamantinas que enjoyan la insignificancia de una hierba,


murmullo cadencioso que resuena tras los cristales,


cortina brillante y sonora que pende de los aleros,


besos tiernos y húmedos que acarician la faz de la tierra,


sorbo de los arroyos sedientos que tiene sabor a abundancia,


gotas que, sobre los espejos del suelo, danzan sin pausa,


pisadas mullidas que respetan el silencio de los caminos,


paisaje sereno que contempla, ensimismado, el milagro:


sementera,


                    esperanza,
                                          vida.



Llueve...     Lluvia amarilla de otoño.




Una hierba enjoyada...


Espino con pendientes luminosos 


Tras la lluvia: pisadas mullidas y silenciosas


Fotos tomadas en Paladín (Omaña-León), el 4 de noviembre de 2017
                       
                        
                            Margarita Álvarez

viernes, 20 de octubre de 2017

Canto a Omaña (León)


Omaña: allá por tierras leonesas... 

Sus paisajes, sus gentes, su cultura...





Un río...

Río Omaña, río Omaña,
discurres por esta tierra,
y riegan  tus aguas claras
los valles y las riberas. 

Río Omaña, río Omaña,
mientras te veo  pasar
tú vas sembrando la tierra
de vida primaveral.


Árboles, campos y flores
se reflejan en tu faz
y tú sonríes contento
y te dejas contemplar.

Tú recoges a tus hijos,
los otros ríos y arroyos,
y los meces en tu seno,
con un arrullo sonoro.


Desembocadura del río Valdesamario en el río Omaña

E irisado de reflejos,
feliz sigues tu camino,
con tu  honor muy satisfecho 
de ser río  cristalino.

Grandes peñas plateadas
se levantan a tu paso,
pero tú sigues tranquilo
y las miras de soslayo.

Pozo del Piélago
Desde el alto Tambarón
en torrentes y cascadas
bajas raudo y saleroso
hasta  la Omaña más baja.

En tus tabladas serenas
el silencio te acompaña,
pero, cuando coges bríos,
tus aguas cantan y bailan.




Tú recorres nuestros pagos
por presas y por regueros,
fértil haces nuestra tierra:
nuestras veigas, nuestros huertos.

Puentes tienden sobre ti
que como armazones son,
pero tú sigues sereno:
los prestas de mirador.


Puente colgante entre Paladín y La Utrera

Puentes antiguos, modernos,
de madera o de hormigón,
permiten pasar enjutos
disfrutando tu frescor.

Por debajo  pasa el agua
con su tonada jovial,
los que se acercan a ti
la pueden oír cantar.

Puente viejo de Murias de Paredes. Foto: Paco Álvarez

Canta penas y alegrías
de las gentes del lugar
y con ritmo cadencioso
tú la alejas hacia el mar.

Tus puentes unen los pueblos,
pues  las gentes al cruzar,
intercambian las vivencias, 
la cultura y el hablar.

Una comarca...

Das nombre a una comarca,
como tú, Omaña se llama.
Muchos valles, muchos altos,
muchos pueblos la reclaman.


Los altos: Irián, Camposalinas...

Son casi setenta nombres
que habría que mencionar:
todos los valles y lombas
y tierras de pan llevar.

Desde Los Bayos, al norte,
hasta llegar a La Utrera,
los caminos y senderos
recorren  Omaña entera.

El Escobio. Cañada de la Vizana sobre calzada romana,

Por cordeles de merinas
o por calzadas romanas,
ha caminado su historia
por pueblos y por montañas.

Con Laciana, Babia y Luna,
con Las Omañas y Ordás,
Cepeda, Bierzo y el Sil,
la comarca va a lindar.

Rosales, que marca el centro,
es una buena atalaya
para ver desde su Cueto
todo el paisaje de Omaña.

Cueto de Rosales

Las montañas bien la guardan
a modo de centinelas,
miremos donde miremos
nos encontramos con ellas.

El Alto de la Cañada,
Nevadín y Tambarón,
la Sierra de la Filera,
Arcos de Agua y  Suspirón...


Valle Gordo desde Marzán. Foto: Paco Álvarez

Y los valles a sus pies,
las miran con devoción
y reciben sus arroyos
a modo de bendición.


Su fauna...


Omaña es tierra de vida,
por su flora, por su fauna,
rica en variedad de plantas
y de animales poblada.


Valle de Urdiales. Fasgar. Foto: Paco Álvarez

Desde la lundre del río,
hasta el corzo saltarín,
nos sorprende el oso pardo,
y también  el jabalí.

Hoy ya no se corre el lobo,
aunque sigue apareciendo,
y la raposa pasea 
tranquilamente los pueblos.

Desde los tesos más altos,
el urogallo vigila,
los  acebos y abedules
comparten su compañía.


Urogallo

Los cantos de los pájaros,
nos despiertan al albor,
son cantaridos sinfónicos ,
de armonía y de color.
Las truchas en nuestros ríos
pasean entre las piedras,
pero presas del anzuelo, 
terminan en una mesa.

Sus vacas...

Y en el paisaje, las vacas
contemplamos al mirar,
que para los omañeses
eran  más que un animal.



Tenían hermosos nombres
y una presencia especial,
ellas eran el sustento 
de la vida familiar.

Con las cornales y el yugo
se uñían para tirar,
o del carro o del arado,
dispuestas a trabajar.

Vacas uñidas. Rosales

Mantequera leonesa,
era  raza singular.
con su leche rica en nata,
que era delicia sin par.


Su paisanaje... 

Omaña muestra sus picos,
sus vallinas, sus arroyos,
también guarda buena gente
que es, sin duda, su tesoro.

Murias de Paredes. Foto: Paco Álvarez

Las personas que aquí viven,
son gentes de buen gerol,
trabajadoras y honradas,
y de buena condición.

Sus costumbres, sus cantares,
sus jotas y  baile chano
han resonado en sus pueblos
y quieren seguir sonando.


Ramo de La Garandilla


Nuestras mozas  omañesas
los ramos engalanaban
y en las fiestas señaladas
sus coplillas les cantaban.

La rica fala omañesa,
es una delicia oír,
con ella los omañeses
han contado su vivir.

¡Gracias, Omaña!

Sus palacios, sus iglesias...

Los escudos nobiliarios
y los techados de paja,
conviven en nuestros pueblos
con las torres de espadaña.


Casa con escudo en Lazado

Espadañas omañesas
que vigilan nuestros pueblos,
con campanas silenciosas
y tan cargadas de sueños.



Espadaña de La Velilla de Riello. Foto: Tere Álvarez


Campanas que en el pasado
llamaban a la oración, 
expresando con tañidos
de Omaña la devoción.

Tañían tocando a fuego,
a concejo y facendera
y de nubes peligrosas
espantaban las centellas.


Iglesia de Barrio de la Puente

Sonaban a vida  y muerte,
a alegría y a tristeza,
ellas marcaban la vida
de las gentes omañesas. 

Y todas siguen colgadas,
luciendo al aire melenas,
que ni bastio ni turbión
han acabado con ellas.




Las estaciones...

Por su flora y por su fauna,
por el respeto a la tierra,
Omaña ha sido nombrada
Reserva de la Biosfera.




Foto: Paco Álvarez
Su primavera es olorosa,
sonora  y multicolor,
sus galanas y sus piornos,
tiñen los montes de flor.


La Omaña Baja, desde La Chana de Paladín


Narcisos y margaritas
asoman entre la yerba,
por entre ellos se pasea,
majestuosa, la cigüeña.

El río corre abundante,
los prados están viciosos,
por  las vallinas descienden
los arroyos caudalosos.

Mantigones
La primavera se va
regalando mantigones
que generosas argomas
bajo su vestido esconden.

Y el verano  nos sorprende
de una manera gozosa
por el “sesentademayo”
empieza a ofender la ropa.


Prados viciosos, con cancillón en primer plano

Los gadaños ya se pican
y se siegan las praderas,
los huertos están sembrados,
allí el agua   feraz llega.


Hierba segada


Y entonces ya las cerzales
se cuelgan sus arracadas,
compiten con las guindales
con sus guindas encarnadas.



Guindas
Robles, abedules, urces,
pintan el monte de verde
y en las riberas del río
verde el chopo se mantiene.


Manzanales y nogales
también muestran sus trofeos,
caños cargados de fruta,
que en otoño recogemos.



El tomillo y el oriégano
perfuman riscos y peñas;
arándanos azulados
colorean las laderas.

Y cuando llega la otoñada
y se pierde el verdor,
el paisaje se convierte
en alfombra de color.

Paisaje otoñal de capudos o serbales. Foto: Paco Álvarez
Del amarillo del chopo
al rojo de las cerzales,
todos los colores lucen
en las hojas de los árboles.

Se recogen las patatas,
los fréjoles y las berzas
nueces, castañas, manzanas,
y leña pa la candela.



El invierno llega a Omaña
de manera sigilosa,
los días se hacen cortos,
y la vida más ociosa.

 Los omañeses se equipan,
-la invernía  ya es un hecho-,
atizan  mucho la lumbre
y comienzan  el calecho.

Cuando llega la nevada,
pronto en ella abrirán buelgas
para poder caminar
y salir con las  madreñas.

Paladín

La tierra se tapa y duerme
bajo un cobertor muy  blanco,
el río observa su sueño
y lo mece con su canto.

La tierra medita y sueña
con historias de grandeza:
un pasado, una memoria,
le vienen a la cabeza.

Pozo Lloncín.

Su historia...

Desde la época antigua,
Omaña tiene su historia,
muchos siglos han pasado,
que el paisaje rememora.

Sabemos que antiguos bosques
aquí yacen sepultados
por fósiles encontrados
en el valle de Samario.

También del megalitismo
Omaña muestra sus huellas,
en tierras de Carrizal
el Canto Fincao queda.





Los celtas dejaron castros
y los romanos sus minas,
vestigios de sus culturas
por sus montes se adivinan.

Se ven fosos, se ven miédolas,
carraliegos  para el oro,
cuevas en nuestras montañas,
donde buscaban tesoros.

Pozas de excavaciones romanas. Los Cáscaros, Paladín

Leyendas de moras lindas,
leyendas de pan dorado,
lagos que tragan doncellas
y otras tales se han contado.

Otras historias pasadas
podemos aún recordar:
la leyenda de don Ares
y el castillo de Benal.




El recuerdo de don Tello,
en Trascastro aún se ve,
ruinas quedan del castillo
que derribó Pedro el Cruel.

Nuestro  pícaro omañés
también conoce  la fama,
David Rubio lo creó:
es Peralvillo de Omaña.


Autor. David Rubio (Rubyn de la Calzada)

Y don Florentino dice,
por su  paisaje con vida,
que "La Omaña" es el lugar
"donde los montes suspiran”.


Foto: Paco Álvarez

Su religiosidad...

Aunque antaño se adoraba
al ídolo de Rodicol,
tierra es de santos y vírgenes,
romería y religión.

Un camino de Santiago
el rey Ramiro trazaba
y de ello quedan ermitas
a Santiago levantadas.


Retablo ermita de la Seita. Foto: Paco Álvarez

Apariciones marianas
se prodigan por doquier:
de la Seita, de la Casa,
de Las Angustias también.


Y cada quince de agosto
Pandorado nos reclama,
y lucimos los pendones
allí y en  Peñafurada.

Romería de Pandorado

Y cada ocho de septiembre,
y también el día de Pascua,
cita es  en La Garandilla,
en la catedral de Omaña.

Santuario de la Garandilla


Omaña acoge...

Mantenemos las costumbres
y ondeamos el pendón,
que pendones y concejos
son las señas de León.


Valadesamario. Día de Pascua

Nuestros pueblos omañeses
en invierno se despueblan,
pero cuando llega el verano,
ya su vida se renueva.

Sus senderos y caminos,
sus lugares y sus pueblos,
reciben al forastero
con deseos de acogerlo.

Y, si pasas por aquí,
no te vayas sin probar
el chorizo y la cecina,
que mucho te prestarán.



Y no rechaces tampoco
el llosco con los cachelos,
ni un buen cocido omañés,
y de postre, los frisuelos.





Aquí terminan las coplas
que no pueden describir
las bellezas de esta tierra
que aquí puedes descubrir.


Tierra de montaña y valle
y pintada de verdor,
pero  a lo largo del año
va mudando su color.


Foto: Paco Álvarez
Si no conoces Omaña,
dedícale tu atención,
omañeses y omañesas 
te esperan con ilusión.

Para conocer su encanto,
encontrarás ocasión...
Piérdete por estos lares,
ven a Omaña, que es León.


La Piñona. La Utrera



Paladín, Omaña-León, 2017

Margarita Álvarez Rodríguez

Mi agradecimiento a Paco Álvarez que me ha cedido algunas fotografías.
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