miércoles, 21 de abril de 2021

Poemario "Un piano entre la nieve", de Isabel Marina

 

Un piano entre la nieve, de Isabel Marina

Editorial Bajamar

Género: Lírica

132 páginas

 


        “(…) y escuchemos ese piano

        que toca para nosotros

        rodeado de nieve”. (Illness, pág. 32).


         Este es el segundo poemario de la periodista y poeta asturiana Isabel Marina, tras Acero en los labios, publicado en 2016. Poemas suyos han sido publicados también en diversas revistas.

Un piano entre la nieve  nos seduce desde el propio título, pues, a medida que nos adentramos en su lectura, nos damos cuenta de que ese título  recoge en gran parte  la esencia poética del mismo. Es, pues, un título  hermoso y acertado.

Los poemas del libro se agrupan en cuatro apartados: Origen, En el camino, Revelaciones y  Resplandor.  La obra también incluye  una nota inicial, a modo de preámbulo, y  un breve epilogo. Y  un prólogo  de Marcos Tramón, que hace una detenida  interpretación de los versos de Isabel Marina.

El sentido último del poemario parece ser  la búsqueda del sentido de la vida, los pasos que da la escritora para encontrar ese camino que explique su ser y su existir: “Camino, / yo también solitaria / por la antigua calle / directa a mi interior”, dice en el poema Galería. En otros poemas habla también  directamente de la búsqueda de su  yo o de su imagen y hay otras  muchas referencias indirectas a esa búsqueda.

En la primera parte dirige su mirada directamente a la infancia, a los recuerdos, pero la evocación de la infancia (y en algunos poemas de la juventud)  está presente en todo el poemario: “Vuelve siempre la infancia / en sus sueños de cartón”. (Childhood). A lo largo de los versos cobran vida la amiga de la infancia, los juguetes, el día de Reyes, el columpio, el calor de hogar familiar… de esa etapa de la vida. Parece que la infancia es un refugio para no tener que encarar el futuro incierto del ser humano o, tal vez, un asidero en que agarrarse para librarse de la angustia del vivir.   El recuerdo inmortaliza a los seres queridos desaparecidos y  sirve para luchar contra  la propia mortalidad de los seres humanos, ya que nada puede la muerte contra la inmortalidad del recuerdo. “Tal vez llegues a anciano / pero nunca olvidarás tu infancia”. (Destino). La infancia es nostalgia y lugar de refugio, es abandono, pero también  es amor.  En muchos poemas evoca la infancia a través de objetos, de objetos que recuerda  o de objetos que presencia, como ese neceser de plástico que le trae a  la memoria a su padre (siempre tan presente), aunque no siempre es fácil encontrar las “llaves” de esa infancia.

Es un libro que oscila entre  el sueño,  la esperanza y la confianza (pues necesitamos saber que “el futuro será nuestro”), y la nostalgia, el  desasosiego y el dolor, que rezuman muchos de sus versos. De acuerdo con estas vivencias contradictorias  es usada  la palabra poética. Isabel Marina crea bellísimas imágenes para describir esos sentimientos contradictorios. Por un lado, está la presencia de la luz que ilumina muchos de sus  poemas y que se percibe en el léxico utilizado: sol, atardecer, resplandor, faro, transparencia, fulgor, luciérnagas, destello, estrellas… Por otro, aparecen muchas imágenes que tienen que ver con el desasosiego y la incertidumbre: hielo, frío, nubes, sombras, estantes polvorientos…  Y es que en esa incertidumbre nos movemos todos los seres humanos, pues, como, dice la autora, en otro poema, “no sabemos / de dónde hemos venido / ni en qué nos convertiremos”. (Esa extaña noche).

La  poeta mira al pasado desde el presente y esa mirada la lleva a intuir el futuro, por lo que otro tema esencial de la obra es la preocupación por el tempus fugit que es, a veces,  como “una lluvia tan constante / que emborrona los recuerdos”. La mirada hacia el pasado se hace desde   la naturaleza que contempla su mirada, en la que el mar cobra una presencia especial: sus sonidos, su movimiento, sus playas, su misterio… Ese mar exterior la lleva a adentrarse en “los océanos interiores”.  En muchos casos parecen fundirse el mar, unas veces furibundo y otras  silencioso, con  los recuerdos de la infancia. Es como si el oleaje se moviera   a la par  que sus vivencias y reflexiones, lo mismo que aquel mar de  Juan Ramón Jiménez (tus olas van, como mis pensamientos / y vienen, van y vienen…). Y no podemos olvidarnos de  la  fuerte presencia poética  de la nieve, la lluvia y otros elementos de la naturaleza.

A medida que nos adentramos en las otras secciones del poemario los versos se elevan más al plano de lo metafísico. La búsqueda del sentido de la vida es ahora tema primordial, sin que desaparezca la evocación de la infancia.  En algún poema es capaz de fundir el pasado, que se difumina en el recuerdo, con el futuro, mientras “un tranvía” incansable nos mueve por la vida  y nos conduce un poco más al abismo de la muerte en el que no queremos pensar. Esa angustia la mitiga, en cierta medida, la notable presencia del amor con que  recuerda a los seres queridos y  con el recuerdo del amor que ha recibido de  ellos. Tal vez sea este otra forma de agarrarse al presente, de vencer  el miedo al paso del tiempo y a enfrentarse con el  futuro incierto, futuro que siente la autora como un abismo: “Vivimos el presente / desde una galería melancólica”.  Un abismo  que nos precipitaría a  la muerte, si  los muertos  cercanos que nos precedieron  no nos permitieran seguir viviendo a través del recuerdo.  Otros muertos, como los del Holocausto,  que evoca en un hermoso poema, son también seres que han ganado la eternidad, porque se han convertido en estrellas que iluminan nuestra vida.  Frente a la frialdad de la muerte, el fuego del amor.

En el último apartado, que titula Resplandor, la luz parece imponerse a la niebla, ya que, a medida que avanzamos en su lectura, se acentúa la exaltación de la vida. El camino parece que nos va acercando poco a poco a la casa simbólica de la que se hablaba en el preámbulo inicial, que era en realidad  una declaración de intenciones: “Hay una casa / situada en lo alto / en lo nunca imaginado / y un arco iris que te espera / iluminando tu habitación”. Los títulos de los poemas son significativos: Carpe diem, Contra la muerte, Renacerás, Resistencia… Los símbolos de vida se suceden: “Hay una fuente que nos canta / en algún lugar del recuerdo / adonde llegaremos un día /siguiendo el camino / hacia nuestro interior”.

Es imposible detener el paso del tiempo, pero la poeta nos propone caminos para superar la angustia vital y para hacer de la vida algo hermoso. Para ello  es necesario ir por la vida percibiendo la belleza y derramándola. Tal vez la belleza resida en la propia fugacidad y en las huellas que va dejando en nuestro interior y a nuestro alrededor. Es preciso saber aprovechar cada momento para captar la magia de esa belleza: la de la luz del sol o de la nieve, la de una sonrisa o una mirada, la de un gesto de amor, la de unas ruinas, la del mar o la lluvia, la  del arte, la de la poesía…

Además de las imágenes bellísimas que aparecen en todos los poemas, y que nos pueden hacer “llorar de belleza" por la fuerza que tienen, la autora realiza también hermosos juegos poéticos con la antítesis: “puertas que se abren / puertas que se cierran”, “ese paraje frío / donde se alza la llama  / de tu corazón”. Algunas tienen presentan cierto hermetismo, pero nunca los versos pierden claridad en la expresión de la intensidad emotiva. También abundan las personificaciones que nos hacen confundirnos con esa naturaleza que nos rodea. Algunas son tan acertadas como esta: “...no hay palabras que expliquen / el temblor de la playa cuando la abraza el mar”.

Otro recurso retórico que usa con gran profusión y con mucha maestría es la sinestesia. Desde la belleza del título de Un piano entre la nieve, piano que desgrana sus notas (sensación auditiva) entre la nieve (sensación visual y táctil), hasta otras no menos creativas en que mezcla varias sensaciones o sensaciones y sentimientos: “aire abrasado de recuerdos, “luz gélida”, “arterias dulces”… La plasticidad es una de las características estilísticas del texto. Es una obra llena de sensaciones, sobre todo, visuales y táctiles, con frecuencia mezcladas: el fuego, la nieve… Y el verso libre crea distintos ritmos según el contenido del poema.

Es un poemario del yo lírico de la poeta, pero también del nosotros, pues  no usa la primera persona. La mayoría de los textos están escritos en primera persona de plural o en segunda persona de singular. Con ambas personas gramaticales implica más al lector en sus vivencias y reflexiones. Con la primera de plural parece que somos todos los que estamos detrás de los versos  y vivencias  y con la segunda persona de singular consigue implicar más  al lector., con ese tú, que es un yo y un nosotros.

Poesía, en fin,  para disfrutar de la belleza de la palabra, de la intensidad del sentimiento, de la necesaria reflexión.  Poesía de Isabel Marina que es sensibilidad  y belleza: arte. A eso nos suena la música de Un piano entre la nieve: nos suscita emoción, nos hace embelesarnos y nos hace sentir a la vez algún escalofrío. Uno tras otro ningún poema nos deja indiferentes. Una delicia para los que amamos la  poesía, que seguramente suscribimos también las palabras finales del epílogo de la obra, en las que dice la autora: “Amo la poesía  porque la poesía es belleza. Y también porque es libertad”. Así pues,  el contacto con el arte de la palabra de este poemario nos acercará a la belleza y a la libertad, y nos permitirá seguir cultivando los sueños.


Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora

Madrid, abril de 2021

 

 


viernes, 26 de marzo de 2021

Miradas interiores (a Julia)

 

   Julia es una estatua gigante de Jaume Plensa, situada en el pedestal que ocupaba hace años la estatua de Colón en los Jardines del Descubrimiento de Madrid.  Representa la cabeza de una niña y tiene  12 metros de altura.

    Quiere  poner "un poco de ternura" en el lugar, según palabras del autor.  Es una exposición temporal, que, de momento, durará hasta diciembre de 2021, después de haber sido prorrogada por dos veces. La escultura fue creada ex profeso para el lugar y cuando sea retirada pasará a la colección de María Cristina Masaveu Peterson (FMCMP).

Julia deja a su espalda los Jardines del Descubrimiento (Madrid)...



Con rostro de paz sorprendes

y humanizas el espacio

cual delicada sirena

o blanca quilla de barco.

 

Se vislumbra la armonía

tras esos ojos cerrados

que llevan dentro la vida

del presente y del pasado.

 

Desde tu   alma serena

has visto rostros airados,

y solitaria te has vuelto

hacia interiores alados.

 

Y una  ingrávida mirada

de párpados sosegados

sale del  mundo interior

y aletea a nuestro lado… 


 © Texto y fotos: Margarita Álvarez Rodríguez



Julia ocupa el espacio donde estuvo la estatua de Colón que ahora
se puede ver en la mediana del paseo   La Castellana.

jueves, 18 de marzo de 2021

El yantar de don Carnal y doña Cuaresma

   Gastronomía de la época de carnaval y de Cuaresma por tierras de León

Un romance que trata de recoger las tradiciones vinculadas a las fiestas y gastronomía leonesa del final del ciclo de invierno e inicio  de la primavera: del jueves lardero al Domingo de Pascua. Don Carnal, según nos decía el Arcipreste de Hita, es la época del año en que se puede comer carne y doña Cuaresma la época en que está prohibida.

Al final del texto en verso hay algunas aportaciones  sobre la tradición oral relacionada con las fiestas y la gastronomía que se mencionan en él.


El combate de don Carnal y doña Cuaresma. Brueghel el Viejo

  

De comida y tradiciones

aquí estamos para hablar,

que León es tierra rica

en eso del buen yantar.

Del carnaval a la Pascua,

con Cuaresma que sumar,

las fiestas que se celebran

tienen comida especial.

Comienza el jueves lardero:

el cuerpo hay que engrasar,

porque llega la Cuaresma

y  la carne prohibirán.


Cocido omañés. Restaurante Villamor de Riello

Las comadres luego vienen

imponiendo autoridad,

se reúnen y hacen fiesta

para juntas merendar.

El sábado frisolero

se degusta buen manjar,

un cuchifrito famoso

que en León es popular.


Frisuelos fritos en forma de espiral


Le sigue el domingo gordo,

con  un condumio especial:

las mujeres preparaban

un buen pollo de corral.

O el llosco (choscu) con las patatas,

que era delicia sin par,

y alguna androll(y)a añadida

rescatada del varal.

El antruejo se presenta

con fiesta muy general,

los zafarrones  y  guirrios

por las calles correrán,

con sus cencerros y toros,

para poder asustar,

pondrán vida y diversión

en días de carnaval.

Zafarrón del carnaval de Riello


Recogiendo los torreznos

y los huevos que les dan,

harán cena en compañía

entre fiesta y hermandad.

Y la fiesta se acompaña,

deleitando el  paladar,

con las orejas y flores

que se comen al final.

Días de carnestolendas

muy deprisa pasarán

y, con ceniza en la frente,

la Cuaresma aquí está  ya.

Así se acaban los bailes,

los santos se taparán

y el bacalao y los huevos

las cocinas tomarán.

Y el escabeche y las sopas,

que tienen un buen pasar,

acompañan a patatas

que esas nunca faltarán.

Y de lleno en la Cuaresma

un domingo llegará

de Lázaro o tortillero,

el nombre que guste más.

En torno a buenas tortillas

hay reunión familiar.

primera salida al campo

del tiempo primaveral.



Llega  el Viernes de Dolores,

de abstinencia general,

con potaje de garbanzos,

nos hemos de conformar.

Y pronto el día de Ramos,

otro domingo especial,

con ramos vamos a misa 

y con  prendas de  estrenar.

Comienza Semana Santa,

un tiempo para penar,

aunque  pequeñas dispensas

alegran al personal.

Un poco de limonada,

que es tradición singular,

que se mantiene en León

desde tiempo inmemorial.

Y así llegan las albricias

de la vigilia pascual,

y los mozos se reúnen

para Pascua celebrar.

En el portal de la iglesia

unos huevos cenarán,

mientras custodian campanas

para poderlas tocar.

Ya las  campanas pregonan

alegría y libertad,

el Ayuno y la Abstinencia,

cabizbajos marcharán,

pues don Carnal ha vencido,

Doña Cuaresma se irá

y las mesas de León

de gala se vestirán:

vuelve la carne al cocido

el buen chorizo con pan,

y el botillo y la cecina

reinarán en el  lugar.

Y aquí se acaba el romance,

sobre fiestas y yantar,

ahora a   llenar  la pota

y  a ponerse a cocinar.


Algunos comentarios sobre las  fiestas y comidas a las que alude el romance anterior


 Conviene fijarse un poco en las palabras que tienen relación con las fechas y la gastronomía de los días de carnaval y Cuaresma.

Jueves lardero. La palabra lardero viene del latín lardo, que significa grasiento. Tiene que ver, pues, con la comida que se hace en ese día basada en los productos de la matanza. Entre otros productos se comían con patatas el llosco  (Omaña) o choscu (Babia y Laciana) y  el botillo, botiello…  (Bierzo). Eran productos similares, elaborados con huesos y restos de carne, adobados, embutidos en tripa gorda y curados al humo. También se tomaba la androya (androlla, andolla, androcha…),  que estaba hecha con  menudos de cerdo, con trozos de piel, lengua… En general, no llevaba hueso, sino partes blandas. También se había conservado embutida en tripa gorda y curada al humo.

Sábado frisolero, fisolero, frisuelero… Alude a la costumbre de elaborar un típico cuchifrito leonés y de otras provincias próximas: el frisuelo. Es curioso que la palabra frisuelo es una de las que tiene mayor cantidad de varientes. J. le Men, en su diccionario “Léxico del leonés actual”, recoge muchas formas diferentes: frijuelo, freixolo, feixolo, frixolo, fisuelo, frisuelo, fillola… Y así hasta veintisiete variantes. La palabra procede del latín y está relacionada con  hoja.

En la provincia de León el frisuelo más común está elaborado con harina, leche y huevos, aunque hay variantes en los ingredientes y en la forma. Existe el frisuelo que se fríe en aceite muy caliente, con dos formas: una  tiene una forma similar al buñuelo y otra parece una celosía en forma de espiral. Hay otro manera de hacerlo en  forma de torta muy fina, como de hojuela, que no se fríe, solamente se pasa por una sartén untada de aceite para que cuaje. En la montaña es más frecuente la primera elaboración.

Existen dichos como este  que aluden al Domingo Gordo, el anterior al martes de carnaval.

El Domingo Gordo matamos un tordo, el Domingo de Ramos lo pelamos,  el Día de Pascuilla lo hacemos tortilla.

Carnaval es una palabra que procede del italiano carnevale. Su origen está en el latín carne+levare: quitar la carne. Se refiere al hecho de que esa fiesta anuncia que se va a prohibir la carne. En la provincia de León el  carnaval era el  antruejo (entroido, antroido, antruechu, intriodo…). Los tres días anteriores al martes de carnaval son las carnestolendas (quitar la carne). Aunque la etimología de antruejo es discutida es muy probable que aluda a la entrada de la Cuaresma (Corominas propone su origen en ĭntroĭtus).

La Cuaresma nos introduce en cuarenta días (de ahí el nombre) en los que hay que arrepentirse y hacer penitencia. La Cuaresma siempre ha sido una época del año que se ha hecho larga y dura, por eso todos conocemos el dicho: Es más largo que la Cuaresma. Otro de esos refranes que invita a disfrutar antes  de que comience: ¡Alegrías, antruejo, que mañana será ceniza!

Sobre la Cuaresma existen  dichos y cusillinas (acertijos) en la lengua coloquial. He aquí una de esas cusillinas, recogida en  el ayuntamiento de Valdesamario:

 Siete hermanas somos/, yo, la primera que nací / la que menos tiempo tengo/ ¿cómo puede ser así?  

Respecto al domingo de Lázaro, llamado también tortillero en León, existen también retahílas populares o refranes:

Domingo de Lázaro maté un pájaro, Domingo de Ramos lo pelamos,  el día de Pascuilla lo eché a la escudilla.

Entre marzo y abril medianero, viene tortillero.

Respecto a las semanas de Cuaresma existe una retahíla muy conocida:

Ana, Badana (Reana), Rebeca, Susana, Lázaro, Ramos y en Pascuas estamos.

Esta retahíla, a  modo de regla nemotécnica, se usaba para recordar el orden y el paso de los domingos de Cuaresma. Hoy se ha perdido la conciencia de su origen, pero en su tiempo se creó   en referencia a distintas oraciones o lecturas que se hacían esos domingos.

Ana procede de la deformación de la palabra latina annua, que iniciaba una lectura litúrgica de ese día: Annua cuadragesimale observatione…

Badana procede de  la deformación y contracción de la imprecación Vade retro, Satana (apártate, Satanás). Proviene de la frase pronunciada por Jesucristo Vade retro me Satana, que aparece en el evangelio de san Marcos (8,33). 

Rebeca alude a una oración en que se citaba a este personaje bíblico: In diebus illis dixit Rebeca… Rebeca era la esposa de Jacob. 

Susana puede estar relacionada con la historia de la casta Susana que se leía el sábado anterior. 

Lázaro alude a  la lectura de la resurrección de Lázaro. La monja berciana Egeria, en su Itinerarium loca sancta,  en el siglo IV, habla de cómo ya  se celebraba en Tierra Santa el Sábado de Lázaro. Los peregrinos llevaron esa celebración a su lugar de origen. En cuanto a ramos y Pascuas, está clara la referencia.

Es curioso que el lingüista Gonzalo Correas, en el siglo XVI, en su Vocabulario de refranes, recoja lo siguiente:

El primero escarba el diente, el segundo, hazte allá que larga es la Cuaresma, Rebeca armé la ballesta, Susana púseme tras la rama,  Ramos echéle un ajo, Pascua echéle en el ascua, fuime a misa, cuando vine, halléle hecho ceniza.

Lo más frecuente es que Pascua caiga en el mes de abril, pero, como es una fiesta variable, algunos años cae en marzo. La variación de la fecha de Pascua tiene que ver con el año lunar. El día de Pascua es el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera.

 Cuando la Pascua cae en marzo existe la creencia supersticiosa de que presagia mal año. Este hecho aparece reflejado con frecuencia en el refranero leonés:

Pascuas marciales, ano de fame e de males. Pascuas marciales hambres y mortandades.

Estas fiestas ligadas a la Pascua terminaban el Domingo de Pascuilla, que era el siguiente el Día de Pascua. Pero también se llamaba Pascuilla, en la lengua coloquial, al día siguiente de Pascua. Después de las vacaciones escolares, se suele volver al colegio al día siguiente de Pascuilla, por eso, en el ámbito escolar, se decía, como dicho gracioso: Domingo, Pascua; lunes, Pascuilla: martes, pa´escuela.

Ligada a la Semana Santa leonesa existe la tradición de beber limonada, que en la lengua coloquial se llama ir a matar judíos. Evidentemente esta expresión no tiene ninguna connotación racista ni religiosa en la actualidad, es algo puramente lúdico en la Semana Santa leonesa, pero es verdad que dicha esa expresión fuera de ese contexto suena a   algo políticamente incorrecto, que últimamente está siendo censurado en las redes sociales. 

Hace tiempo escribí un artículo sobre el origen de esa  expresión y otras ligadas al mundo judío que dejo aquí:

Expresiones relacionadas con el mundo judío


Margarita Álvarez Rodríguez


 Esta entrada del blog trata de recoger mi intervención (y algún aspecto de las de otros tertulianos) en las tertulias de los miércoles de la Casa de  León en Madrid, el  17 de  marzo de 2021. 

Programación de la actividad



lunes, 8 de marzo de 2021

Naciste mujer

A todas las mujeres  de España y del mundo que siguen luchando por su dignidad, a las que han muerto persiguiendo una utopía y, sobre todo, a las que ni siquiera han podido tomar la palabra...

Sumando caudales, sembrando primaveras... Foto: MAR
                                     

Naciste mujer,

una fuente de vida

que ha fluido por la intrahistoria  del mundo.

Entregada, silenciosa,

te has arrastrado por cauces estrechos y grises,

que han embarrado tus pies,

sepultado tu rostro,

borrado tus huellas,

apagado tu luz…

¡Que han aprisionado tus alas!

 

Secos ramajes  de muerte

se han interpuesto en tu curso,

pero tú, agua clara,

con energía y  con fe,

derramando semillas y afectos,

has seguido fluyendo.

Y tu   cauce  lo han ampliado  

ríos y arroyos,

que,  generosos,  

te  han entregado sus aguas, 

y  ese torrente  vigoroso

ha ido  chocando 

contra muros   de oprobio,

derribando  pedestales de estatuas

y  abriendo regueros en  áridos siglos de olvido.

Así,  tu caudal, abundante y fecundo,

ha  ido  regando  la faz de  la tierra,

sembrando los días de  soles y lunas,

lavando la historia con chorros de estrellas…

Y, hoy,  con   la brisa del alba,

te llega una  marea  de  voces,

marea que se iza en banderas de sueños

que toman colores del iris:

verdes de  esperanza,

rojos de  pasión,

morados de dignidad…

 

Y  ese   río,  cercano ya al mar, 

sigue fluyendo…


Y tú, mujer, te sientes en él  acompañada,

mezclada, arrastrada,  conducida,

fundida con esas voces  

que son corazones

que palpitan  y cantan.

Y así  confías, y creces,  y luchas,

y avanzas,

y te haces visible…

Y   nacen  primaveras   de vida,

primaveras de mujeres y hombres,

primaveras de igualdad y justicia.

 

Fuentes. Arroyos. Ríos.

Hombres. Mujeres.

Mares… Encuentros…  ¡Personas!


M. Álvarez, 8 de marzo de 2021

Día Internacional de la Mujer, 2021



 

sábado, 6 de marzo de 2021

Del pote a la pota


Del pote a la pota


Dedicado especialmente a nuestras madres y abuelas, aquellas mujeres silenciadas y silenciosas del mundo rural...

                                 

En este artículo vamos a echar una ojeada a  la cocina como estancia de la casa y a todos aquellos  útiles que   se usaban en ella relacionados con la comida. (Dejaré fuera la comida propiamente dicha que dará de sí para otro texto.  También quedará fuera lo relacionado con la lumbre y la cocina bilbaína que ha sido tratado en otro artículo ya publicado: Al amor de la lumbre). Para realizar las tareas domésticas, generalmente encomendadas a la mujer, se usaban unos cuantos  recipientes  destinados a cocinar  o a contener la comida, o enseres  relacionados  con otras labores como  la matanza, el ordeño, la elaboración del pan…

Si volviéramos la vista unas cuantas décadas atrás, veríamos en las cocinas  omañesas (y de otras zonas de León)    una serie de recipientes y utensilios  que eran necesarios para elaborar la comida. Es evidente que aquellas cocinas tradicionales no tenían tanta cantidad de  objetos como las actuales y carecían de electrodomésticos, pero todas contaban   con los achiperres  esenciales, y muchos de ellos eran denominados con palabras plenamente leonesas.

Comprobaríamos, por ejemplo, que el barro era el material fundamental de los cacharros  de cocina. De barro era la barrilla que, con su asa y dos agujeros, uno en forma de embudo y otro en forma de pitorro,  servía para conservar el agua fría y para beberla por ese pitorro, bien chupando, o bien dejando caer el chorro sobre la boca. En algunos pueblos de Omaña también se usaba  el nombre de barrila para designar a un objeto con boca central y una o dos asas a modo de ánfora que se usaba para el agua y para el vino. 

Objetos de barro. En primer término dos barrillas. Foto:MAR

En otros pueblos de la comarca se llamaba   barril a un recipiente similar,  de forma aplastada, y con un recubrimiento externo de esparto  o material similar. El barril  estaba destinado  a portar y beber el vino, y se utilizaba, sobre todo, en los trabajos de  la era.  Con él se convidaba  a aquellas personas que acudían a ayudar, sobre todo, en la maja. También podía verse en las casas el barreñón o barriñón, recipiente grande de barro, con dos asas, al que se le daban usos diversos.

De barro eran asimismo el cazuelo y la cazuela. El cazuelo era un recipiente pequeño, sin asas,  más alto que ancho, que   se iba ensanchando desde el pie, para luego cerrarse en la boca. Su forma estaba diseñada para que no se enfriara su contenido que, en general,  eran las sopas de ajo. 

Cazuela y cazuelo. Foto: MAR

La cazuela, en cambio, era más ancha que alta y se usaba, entre otras cosas,  para tomar la leche migada. Y de barro eran también  las ollas para meter en aceite o grasa  los chorizos y el lomo de la matanza, así  se conservaban largo tiempo en su punto  y  nos  sabían a gloria bendita en verano.  La natera  o ñatera era otro recipiente que estaba presente en  todas las casas en que había vacas de ordeño. Se trataba de una olla similar a las anteriores que tenía un pequeño agujero lateral llamado el velillo. Ese agujero se tapaba con un palo fino, convenientemente afilado, que se preparaba para ese fin, procurando  que  ajustara en el agujero. Por él se sacaba la leche  aceda (ácida). Dentro quedaba la nata que era más densa y que se aprovechaba después para mazar. 

Natera en que se aprecia el velillo.  Foto: MAR

En todas las casas había tarteras de barro, una cacerola más ancha que alta, que se usaba para guisar y  a veces hacía las veces de plato. Y tampoco podía faltar  la llamada  de  perigüela. Se trataba de  una tartera de barro, de color más oscuro que las anteriores, que tenía gran resistencia al calor y se usaba para cocinar, bien sobre el fuego, bien en el horno. En la mayoría de las casas había más de una de diferentes tamaños.  Su nombre, deformado, tiene que ver con su origen. Estas tarteras eran propias de la  cerámica  de la localidad zamorana de Pereruela. Y de Pereruela  pasó a llamarse de perigüela.  En mis recuerdos asocio estas tarteras al cordero que, como comida especial, se guisaba para celebrar la fiesta patronal del pueblo. En ellas se guisaba también el bacalao que se comía los viernes de Cuaresma y otros guisos.

Si seguimos con esas imágenes del pasado, al entrar en cualquiera de nuestras cocinas, una de las imágenes más recurrentes sería ver sobre las corras de la cocina económica alguna pota con la comida de mediodía o la cena  cociendo durante horas.  Estaríamos ahora ante los recipientes  de metal. La pota era originariamente la sustituta del pote, por lo que tenía una forma similar, más alta que ancha, con dos asas y tapadera. Luego, el término pota se fue extendiendo a cualquier cazuela metálica. En la mayoría de las casas se conservan aún aquellas potas de color granate que  estaban a vista en cualquier cocina.

Un tipo de pota especial era la marmita que tenía una sola asa superior como los calderos y servía para transportar la comida al campo. Recuerdo ir con la marmita a las tierras, monte arriba, en época de siega del centeno y,  posteriormente  a  la era, donde se comía en época de maja y de trilla, para aprovechar mejor  para ese trabajo las horas de máxima calor.   También recuerdo  haber tenido  algún percance con ella y que no llegaran todos los fréjoles a su destino. En épocas más antiguas, cuando se cocinaba en el llar, el recipiente para cocinar era el pote, recipiente de hierro, que se ponía directamente sobre el fuego, apoyado en sus patas, o se colgaba  de la cadena que pendía del techo llamada las pregancias (esta palabra adopta distintas variantes en el ámbito del leonés), en cuyo extremo estaba el preganceiro, un gancho  del que se colgaba el pote o los calderos grandes de hierro para cocer la comida de los gochos.  También existía un tipo de trípode de hierro, en el que se apoyaba la pota,  que se llamaba las estrébedes (trébede), que se colocaba  sobre las brasas del llar y sobre ella el recipiente en que se cocinaba. (Trébede era también una parte de la encimera o bancada de la cocina, a la que se podía subir una persona para calentarse).

Caldero que se colgaba de las pregancias para cocer
 comida para los gochos. Foto: MAR

De la pota la comida iba  directa a la mesa. A una mesa que siempre tenía un hule, con las indelebles huellas de algún cuchillo, que se renovaba cuando estaba ya muy atazado. Para sacar la comida de la pota se usaba la  caceta (garcilla  o garfilla, en otros lugares) o, si la comida no era muy caldosa, una cuchara grande llamada  el cucharón o una espumadera.  Según el tipo de comida, esta  se servía en el plato chapleto o pando, si no tenía caldo, o en  el hondo, que era el plato de más uso, pues servía para todo.  A los platos acompañaban las fuentes que eran circulares o cóncavas y los largueros que eran como platos  grandes alargados que se utilizaban para poner la comida, que luego se distribuía en los platos individuales. Los largueros también podían ser hondos  o pandos. Claro que lo de la fuente  y los largueros era propio de días festivos y de invitados, a diario la comida iba de la pota al plato e, incluso,  a veces,  se comía a rancho desde la tartera o pota  en que se hubiera cocinado.  En cuanto a los platos, convivían platos de dos tipos: los platos de porcelana, de un material similar al de las palancanas, y los de loza, de color blanco. Había unos para diario, de loza a veces  ya rajada, incluso grapada,  y otros para las fiestas. Hay que hacer notar que estos platos más finos cambiaban de casa con cierta frecuencia cuando alguien celebraba un acontecimiento y no tenía suficiente vajilla. Era frecuente que en las bodas que, entonces,  se celebraban en el pueblo y en las que ofrecían varias comidas a los invitados, se tuvieran que recoger platos prestados de las casas vecinas, por ello, en muchas casas esos platos estaban marcados con la inicial de la propietaria en la parte inferior para que pudieran ser devueltos una vez cumplida su función. En mi casa aún existen platos que llevan marcada  con pintura una P, inicial del nombre de mi madre. A los platos los acompañaban los pocillos de café. En muchas casas se conservan  juegos de café de loza decorada que hoy se valoran por su antigüedad y su belleza. A todos estos recipientes de loza se les llamaba genéricamente la loza.

Se usaban también otros platos metálicos, de metal esmaltado, que se llamaban platos de porcelana. Si sufrían golpes se les saltaba el baño esmaltado y podían terminar con algún agujero, lo mismo que ocurría con las potas.  Los platos de  loza y estos, de la llamada porcelana, se fueron sustituyendo poco a poco en la década de los 60 por los de duralex. Aquella marca comercial pasó a designar un tipo de platos de color ámbar o verde que  supusieron una revolución en la cacía  o cacida doméstica. Conservo vivo un recuerdo infantil de  uno de nuestros viajes a Riello, “la capital” del comercio de la comarca de Omaña,  para hacer compras. Después de comprar cosas diversas, uno de los comerciantes, “el Gallego”, nos presentó la novedad de ese vidrio templado casi irrompible   llamado Duralex. Y para demostrar que las piezas no se rompían arrojó al suelo una taza  de aparente cristal y  mis ojos asombrados de niña  y los de mi madre comprobaron  realmente que no se rompía (aunque tiempo después se puedo comprobar que también estas vajillas se rompían, aunque “de otra manera”). Pero es verdad  que eran unas vajillas de platos y tazas  muy resistentes y a un precio asequible. Hoy aquellas vajillas se han convertido en un producto que los amantes de lo “vintage”  valoran. El nombre comercial, que  nació en Francia en 1945,  jugaba con la conocida expresión latina dura lex,  sed lex (“dura es la ley, pero es ley”), y sus productos  se convirtieron en un icono de una época, pues llenaron las cocinas españolas en los años 70.

Con la comida en el plato, se cogía   la cuchar  para comerla. La cuchar era la pieza de la cubertería más usada, pues el puchero era más bien  una comida caldosa. Recuerdo cuchares (creo que de aluminio), desgastadas por alguno de sus bordes, hasta el punto que raspaban los labios, y seguían en uso. En caso necesario, para comer la carne, que era escasa, se cogía un   cubierto, nombre leonés del tenedor. Cuchariella o cucharina se llamaba a la cuchara pequeña.  El cuchillo de mesa generalmente no se usaba, con  un par de cuchillos de cocina solía haber suficiente para todos los comensales. En cambio, en todas las casas había navajas o chairas, que generalmente estaban en las manos o en los bolsos masculinos. La navaja servía para los fines más diversos fuera de casa (pocos hombres iban al campo sin ella),  pero también era habitual  que el hombre sacara la navaja del bolso y la llevara a la mesa para pelar una manzana, abrir una nuez, cortar jamón o chorizo, encetar una hogaza…  Y, por supuesto, había cuchillos grandes para las labores de la cocina y también los cuchillos de los matarifes de los gochos que se usaban en  la matanza. Esos evidentemente eran usados solo por los hombres. No podemos olvidarnos de las cucharas de madera para remover las papas, el chocolate… Y también imprescindibles para probar la comida. Y algún tipo de tabla, preparada para tal uso,  sobre la que se cortaba el chorizo.

 Después de comer se podía tomar (pero no a diario) un café de pote, colado con una manga y  servido en un pocillo. Y si se querían  elaborar postres, había que tener a mano una mazapanera o una flanera. Y también en muchas casas había un florero, un molde que permitía meter la masa en la sartén y allí el aceite caliente desprendía la flor, una especie de rosquilla con esa forma, que comíamos con deleite.   En las cocinas solía haber también un recipiente para hervir la leche, especialmente a partir de que empezó a diagnosticarse la tuberculosis en las vacas (antes se tomaba sin hervir), era este el cueceleches o hervidor. Se trataba de  una especie de pota alta con un asa y con una tapa que tenía un agujero central más elevado y otros alrededor más bajos para que cuando hirviera la leche saliera por el central y regresara por los otros al recipiente, evitando que se derramara al aumentar su volumen cuando hervía. Si había que comprar la leche en otra casa, se usaba para transportarla un recipiente de aluminio, más alto que ancho con tapa superior y con asa: la lechera.

Cuando empezó a llegar la modernidad apareció un aparato que nos permitía comer la leche en otras presentaciones, se trataba de la yogurteraInicialmente era  un bote grande  de cristal metido en recipiente   que lo calentaba alrededor con una resistencia eléctrica.  Posteriormente llegó otro más moderno que era una un especie de cazuela con compartimentos para varios vasines de cristal en los que se obtenían raciones individuales.

Además se contaba también con sartenes, nombre que se usaba en masculino, como rasgo habitual del leonés: el sartén. Eran aquellos sartenes de hierro negro que hemos visto en todas las casas. En las cocinas llar tenían un mango muy largo para poder cocinar mejor sobre el fuego bajo. Y un  recipiente que se usaba para transportar comida era la fiambrera, llamada con frecuencia friambrera. Se trataba de un recipiente  circular de aluminio con una tapa que se sujetaba mediante unos ganchos para que no se saliera la comida, podríamos decir que era el antecedente de los modernos táper.

Sartén de hierro de mango largo para llar. Regalo de Loli Rodil.
Foto: MAR
                

El mortero o morteiro servía para machacar el ajo y otros condimentos destinados a sazonar la comida. Existía también la coladera que entre otras cosas se utilizaba para colar la leche de vaca y liberarla de la tela que se formaba al calentarla o para “cazar”  algún pelo del animal  que hubiera caído en  la leche. Para colar el café se usaba un colador especial de tela, en forma de embudo,  la manga.

En nuestras cocinas también se usaban los recipientes de hojalata, que generalmente eran fabricados por los hojalateros que con cierta regularidad llegaban a los pueblos y se instalaban uno o dos días en el portal de la iglesia.  Bien fuera con la hojalata que ellos proporcionaban o a partir de un envase que aportaba el interesado, eran capaces, con su pericia, de elaborar cualquier recipiente doméstico, entre ellos los embudos.  Así, transformaban una  lata  a la que le añadían un asa en un tanque, antes de que llegaran los recipientes comerciales, de metal esmaltado, llamados así. Los tanques se usaban   para beber o para sacar líquidos de otra vasija mayor, sin olvidarnos de la utilidad que tuvieron en la escuela, pues cada niño llevaba el suyo para poder tomar aquella leche en polvo que se distribuía en los años 50, producto de la ayuda americana. También servía para sacar el agua caliente de la caldera de la cocina de hierro. Los hojalateros transformaban en aceiteras (con ellas se iba a comprar el aceite que vendían sin envasar) o en otros recipientes cualquier envase, que había tenido otro uso anterior. La zapica, que era el recipiente usado para recoger la leche que salía del ubre (masculino en leonés) de la vaca, oveja o cabra al ordeñar, era uno de estos recipientes, generalmente realizado de un bote de conserva al que se le había añadido un asa.  También hacían faroles, que eran pequeñas obras de arte.  Otro de los recipientes de hojalata que había en muchas casas era la mazadera, en la que se metía la nata y a fuerza de moverla se agitaba la leche para obtener la mantequilla, llamada en Omaña manteca. En mi pueblo (Paladín)  a este recipiente se le llamaba odre, seguramente por su similitud en la forma con los odres de piel.  Aquella sí que era la época del reciclaje, donde nada se tiraba, porque todo podía tener una segunda utilidad. En algunas  casas todavía se conservan  candiles metálicos de aceite y candeleros o candeleiros para poner las velas.

Aceitera elaborada por un hojalatero con una lata de queso del que llegaba a las escuelas

Los hojalateros eran también componedores de objetos que se habían roto, por ejemplo, paraguas. Otra de sus tareas frecuentes era arreglar potas que por los golpes se habían ido deteriorando hasta que tenían algún agujero. Con grapas, si se trataba de objetos de barro, o con lañas, si eran de cacharros metálicos, eran capaces de devolver al uso  cualquier utensilio. Todos estos recipientes metálicos se podían oxidar, en ese caso, se ponían nartinosos o forroñosos.

De cinc eran los calderos que se usaban para sacar agua de los pozos y llevarla a casa, antes de la existencia del agua corriente y de los calderos de plástico. Era una ardua labor la de transportar el agua, pues al peso de la misma (unos diez o doce  kilos) había que añadir el peso del propio caldero. El caldeiro  era  una especie de olla con agujeros para asar castañas. En algunos pueblos se llamaba también así a un vaso grande, el campano, para beber vino. Los baldes, que se usaban para el lavado de la ropa y otros menesteres como la higiene personal, también eran de cinc. Las calderas, en cambio, eran recipientes de cobre, más anchas que los calderos, y se usaban, entre  otros cometidos, para elaborar las morcillas. En cambio las palancanas (forma leonesa de palangana), eran de porcelana esmaltada  blanca y se colocaban en los palancaneros, que solían estar en el pasillo y  que también eran metálicos. En las casas más finas y pudientes existían muebles de madera para tal uso.

Además de los utensilios de la cacía, había en las casas otros utensilios relacionados también con la alimentación  y el trabajo femenino. Eso ocurría con la elaboración de los productos de la matanza, la elaboración del pan… Existía la artesa, cajón de madera, más ancho por la parte superior, y estaba destinada a echar en ella los chichos adobados o los lomos que luego se embutirían en tripa para curarlos. En algunas zonas de Omaña existía una artesa de madera, pequeña y redonda, llamada duerno.  Relacionado con la matanza, en las casas solía haber una máquina de hacer chorizos, con  distintos artilugios, como cuchillas para cortar la carne o un embudo para poder embutir el picadillo o adobo en las tripas.  En esa cocina del horno o forno también había una artesa grande de madera,  con tapa, que tenía patas para colocarla a la altura adecuada para amasar las hogazas o huguazas. Instrumentos imprescindibles para este oficio eran también la pala de madera para meter y sacar las hogazas del horno, y el cachaviello, que servía para remover las hogazas o las brasas.  En todas las casas había también una jabonera,  un molde alargado de madera para hacer jabón. Otra de las múltiples tareas encomendadas a la mujer.

En las cocinas también se veían las cestas de mimbre, elaboradas de forma más fina que las cestas que se utilizaban para las labores del campo. Estaban realizadas con ramas de mimbre peladas, por eso eran de color blanco. Algunas tenían una elaboración  bastante artística, pues parecía que tuvieran encajes. Las había redondas  y alargadas  En general estas no se elaboraban en casa (no había mimbre en la mayoría de los pueblos), sino que se compraban, a veces a gitanos que eran expertos en elaborarlas, los canasteros, y llegaban a los pueblos de vez en cuando. Estas cestas tenían usos muy diversos. El azafate era una cestilla de poco fondo que se usaba para recoger los útiles de costura, para guardar la cubertería, para poner el pan cortado en rebojas… Existían otras cestas más grandes y cerradas que se usaban para transportar la comida preparada al campo. Estas tenían tapa que se sujetaba con un enganche lateral y se podían agarrar por un asa superior. Era como el antecedente de la bolsa nevera, pero sin hielo. También se usaba el esportillo o esportilla que era una cesta de esparto con dos asas para llevar la comida o para ir a comprar.

Azafate y cesta para transportar comida

Y no hay que olvidarse de los  recipientes que tenían que ver con el vino y que eran más bien usados por hombres. Además de las cubas y los odres, que existían en las casas, sobre todo,  cuando había cosecha propia de vino, cuando se compraba  en las cantinas u otros lugares, se solía hacer por  garrafones o por cantaras.  Para llevarlo del garrafón a la boca se usaba el barril, que, como decía más arriba, se llevaba a la era, la bota, que también se podía llevar a cualquier lugar, y el porrón, para llevarlo a  la mesa o al banco de la puerta poder compartirlo en un calecho. Era bastante frecuente encontrar en las casas la famosa botella de un cuartillo, que curiosamente no equivalía a un cuarto de litro, sino  a medio litro.  Cuando se extendió la compra de la gaseosa  La Casera para mezclarla con el vino, las conocidas botellas de litro de cristal, que se cerraban herméticamente con un tapón que llevaba goma y se ajustaba con un gancho, sirvieron también para contener vino, agua, leche…  

La cocina ha sido siempre en la montaña leonesa la estancia de la reunión familiar. En ella se hacía la vida, se cocinaba, se hacían las veladas, filanderos o filandones, se rezaba el rosario, se oía la radio con atención o se veía la televisión, a partir de  los años 60 y 70 del siglo pasado. Además de la mesa grande y alguna silla o banqueta, en todas las cocinas había  escaños o escañiles, en que se sentaba la familia alrededor de la mesa. Eran bancos de madera con respaldo. El escañil era un escaño un poco más estrecho.  Las holmadas, cojines coloristas  de calceta o ganchillo, les ponían  un punto de color. Otro mueble presente en las cocinas era la alacena, el mueble donde se guardaban los platos. A veces la acompañaban algunos vasales o ganchos que se aprovechaban también para colocar parte de la cacía o platos más decorativos.

Escaño con los típicos cojines de calceta o ganchillo. Foto: MAR

En la barra de la cocina bilbaína se solían colocar las rodillas, rodillos o rodeas, los paños de cocina de otras épocas.  En la mayor parte de los casos  eran de elaboración casera. Cualquier prenda desechada, de tela que no fuera muy basta, podía  servir para ser transformada en una  rodilla. Mis faldas del uniforme del colegio terminaron reconvertidas en eso. ¡Aquello sí que era reciclar! En algún lugar de la cocina, generalmente colgados detrás de la puerta, estaban los mandiles, aunque es verdad que no estaban mucho tiempo allí colgados, ya que, con frecuencia, eran una prenda que la mujer llevaba también en la calle y en casa su uso era permanente. Y es que el mandil era una prenda muy especial, pues tenía usos muy diversos. Además de  evitar las manchas en la ropa,  servía también  agarrar el asa de una pota cuando quemaba, para secarse las manos, para limpiarse el sudor, para limpiar de forma rápida una superficie, para limpiar los mocos o las foceras de un guaje, para esconderlo debajo, para limpiar y ocultar una lágrima de una cebolla abierta o de una ilusión cerrada, para transportar huevos  desde el ñal o cualquier verdura desde la huerta… Era una prenda que la mujer tenía siempre lista para cualquier menester. Era tan importante que  incluso  se usaba como   “unidad genérica” de medida. Todos los que hemos conocido ese mandil especial de las madres o abuelas  tenemos una idea aproximada de lo que era un mandilao: de fréjoles, de brunos, de manzanas Y en algún lugar de la cocina seguro que habría también una bolsa de tela colgada, elaborada de forma casera, que algún día albergó  un gorgoto de lana,  unos mantigones o  el pan  de pajarines  traídos del monte, un cantero de pan y chorizo para ir con las vacas… También en muchas cocinas había unas cuerdas sobre la  bilbaína  destinadas a colgar la ropa en el invierno para que se secara. Y en el fregadero, el estropajo, las bayetas o trapos para fregar, el jabón elaborado en casa (más tarde llegó el lagarto) y la arena y la piedra con la que se limpiaba, a fuerza de restregar, el suelo de madera o la chapa de la cocina.

Y en cualquiera de aquellas cocinas no podían faltar las planchas de hierro. Era frecuente verlas sobre la chapa para que se calentara la suela. Para  no perder tiempo cuando la plancha se enfriaba, solían tener dos para que una estuviera simpre caliente.

Las planchas de mi madre.  En la mesa se observa  una quemadura de la suela  de la plancha
Foto:MAR

Algunos objetos más se quedan por el camino, bien porque me he ceñido fundamentalmente a los que tienen nombres leoneses, bien  por olvido, o porque no eran de uso habitual en aquella cocina en la que me crié.

¡Ay si  aquellas cocinas hablaran! Nos dejarían oír las voces de personas de las distintas generaciones que formaban parte del núcleo familiar. Y en ellas, su sabiduría. Curiosamente, aquella cocina, lugar pequeño y recoleto, por el que pasaron tantas penas (más) y alegrías (menos), donde se alimentó a la familia, tanto en lo físico como lo espiritual, donde se trasmitió la cultura de las generaciones anteriores… fue también la primera ventana abierta al mundo exterior en muchos pueblos leoneses,  a través de la radio y la televisión. Aquella cocina parecía un sitio un tanto mágico, pues cambiaba de aspecto si se la veía a la luz del día, que hacía entrar los rayos de luz y con ellos las imágenes de la naturaleza, o si se la miraba a la luz mortecina de una bombilla en las horas nocturnas. Con el cambio de luz,  también cambiaban los olores  a lo largo del día y cambiaba la forma de estar en ella y las actividades que se realizaban (en otros artículos me he referido a ellas).  En todas ellas un reloj marcaba las horas de los distintos quehaceres.

Este reloj marcó las horas de la cocina de mi casa. Foto: MAR

Pero, cuando la forma de estar en la cocina cambió de forma definitiva para la mujer, fue con la llegada del agua corriente a los pueblos y, posteriormente,  de los electrodomésticos, y con la llegada  de  la era de  los recipientes de plástico que se llevaron por delante, los baldes y calderos metálicos, los recipientes de barro… Pero, sobre todo, cambió cuando las mujeres dejaron de ponerse de rodillas para lavar, porque había llegado la lavadora, y de fregar suelos arrodilladas, porque había llegado un instrumento maravilloso que las liberó para siempre de esa postración: la fregona. A partir de entonces aquellas mujeres empezaron a mirar de pie  y de frente el mundo que las rodeaba. Y ese mundo poco a poco comenzó a ser consciente  de los siglos de  trabajo y de entrega de esas mujeres, en “su” cocina, en “su” corral  y en campo en que trabajaban como el resto de la familia, pero que en este caso “no era suyo”, pues figuraba legalmente al nombre del marido, como la cuenta en el banco y varias cosas más.  Pero, con su pequeña revolución, y quizá sin saberlo, estaban preparando el camino para que eso no ocurriera en la generación de sus hijas. ¡Gracias por tanto!

 

Desde mi casa, unas flores para ellas en la cesta que tanto transportaron. Foto: MAR



Nueva vida para un pote. Foto: MAR


Nueva vida para una natera. Foto: MAR

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.