domingo, 17 de enero de 2021

Un recorrido por la memoria

 

Paladín, un día de invierno. Foto: MAR

Nací en una tierra de  gentes austeras,

en un lugar  (Paladín)

con nombre de resonancias guerreras,

al pie de una vallina de agua fina 

 nombre  sonoro (Marcogolla),

en un día  de enero,

mientras se oían

las  huecas pisadas de las madreñas,

el ronco sonido del río,

el gemir de las ramas,

el mugir   de las vacas…

Crecí mirando a la tierra

y esperando las gracias del cielo.

Paisajes   de primavera gozosa

amamantaron mi alma,

veranos de hierba y centeno,

fortalecieron mi cuerpo,

otoños de parcas cosechas

doraron mi vista

e  inviernos de lumbre 

y  palabras aladas

poblaron  las nubes  de mi fantasía.

Mesas sobrias  saciaron mi hambre,

contados libros alumbraron mi mente,

deberes sin tregua 

forjaron mi espíritu.

Mi infancia fue  una canción

con estrofas de   diminutivos frugales:

un poquitín de azúcar,

un puñadín de arroz,

una gotina  de mimos, 

una perrina

Y un  estribillo que sabía 

a  pan  y manzanas.

Una enciclopedia, unos mapas, 

una maestra, un cura,  

una beca

me abrieron los ojos al mundo.


Mesa y sillón de la maestra y mapa antiguo. Escuela de Paladín (León)

Colores, olores, sabores, trabajo,

respeto y humildad

me trazaron  caminos de vida.

Los  años mozos me  robaron  los verdes

y pintaron de gris mi mirada…

Días   de esfuerzo y tesón

me llevaron  a  sueños cumplidos,

mientras   arrebataban vidas

y   desgarraban afectos.

En la madurez me vi  

conduciendo la vida de otros.

Años  de  vocación, de  ilusiones,

de entrega, de  compromiso, 

de lealtad: de amor.

Años de sementera.

Siembra de conocimientos. 

Siembra de afectos. 

Siembra de vida.

Y germinaron los días,

como los trozos de patata 

 los fréjoles

que veía enterrar de niña,

y crecieron, y se multiplicaron, 

y produjeron  excelente cosecha.

Y heme aquí, 

con un  largo camino a la espalda,

sintiendo 

que  sigo siendo de pueblo

y regresando 

a mis raíces  primeras:

a mi casa, a mi  río, a mis árboles, 

a mis verdores, a mi gente

 y a la expresividad  de mi lengua.

¡Un recorrido tan largo 

para volver al inicio!

Vuelvo, una y otra vez,  

a las vivencias de infancia. 

De aquella infancia, mi infancia,  

que, para una niña de pueblo,

casi  empezaba a inventarse.

Y ahora comprendo que  allí 

ha estado  mi  patria:

en el  lugar  de los miedos,

de los  descubrimientos,

de la inocencia,

de los sueños.

En el de la magia de  las palabras.

De aquellas palabras, sonoras, 

amorosas, relucientes,

con las que  poseía

y comprendía el mundo 

que me rodeaba:

ajagüeiro, jingrio, cabrallouca,

tortollo, tulipanda,  restrolucir, 

afalagar…


Álbum familiar. Foto: MAR

                            ***

¡Oh, sí! 

Por aquellas   sendas de infancia 

aprendí a sentir,

a aprender,  a respetar, 

a agradecer…

Y por  los caminos de la vida 

a  saber estar y  a ser.

Existir, sentir,  pensar, ser…

Caminar con empeño:

¡VIVIR!

Caminar con empeño... Foto: MAR


Desde lo alto de Marcogolla, mirando a mi valle. Foto: MAR. Paladín (León)




M. Álvarez

16 de enero de 2021



 

miércoles, 6 de enero de 2021

Calzando madreñas

  

Un relato navideño ambientado en las Navidades de los pueblos de Omaña (León), en los años 60 del siglo XX.


Pozo construido en esa época  (Paladín)

Aquel día Martina se sentía feliz. Había tachado el último día del trimestre de aquel calendario que había dibujado en la última hoja del cuaderno de Matemáticas, al llegar al colegio, en el mes de septiembre. ¡Qué largo se le había hecho! Era el último día de clase antes de comenzar las vacaciones de Navidad.

Tenía solo diez años y era una niña de pueblo.  Llevaba tres meses viviendo fuera de casa, en una ciudad que, en parte, seguía siendo un mundo hostil para ella. Antes solo la había visitado tres veces, dos de ellas, medio año antes, una para examinarse de ingreso para el Bachiller  y la otra, para “examinarse de beca”. Superados los exámenes, y con su beca concedida, había empezado ese camino que sus padres querían que anduviese. Era una niña tímida y responsable, y aquel “tienes que ser más que nosotros” resonaba en sus oídos como una obligación y como un reto que le iba a suponer mucho esfuerzo.

En el internado convivía con niñas becarias de otras zonas de León, la mayoría de tierras de llanura, que  no conocían nada de sus montañas omañesas. Al día siguiente de llegar, la monja responsable de su grupo les preguntó  cuál era el pueblo de cada una. Las distintas compañeras mencionaban el nombre de su pueblo y solían añadir: "Cerca de Sahagún, cerca de Valencia de Don Juan, cerca de Cistierna...". Cuando llegó su turno mencionó el nombre del pueblo y añadió: "Cerca de Riello". Esa población,  donde había adquirido todo el ajuar colegial y aquella maleta blanca que lo contenía,  también resultaba desconocida para las demás. Entonces puntualizó: “Del partido judicial de Murias de Paredes”. Aquello de los partidos judiciales les  sonaba a todas como una retahíla que se aprendía así: Murias de Paredes, Villafranca del Bierzo, Ponferrada… Pero, para ella, Murias era algo también lejano, pues nunca había estado allí, aunque tenía conciencia cierta de que existía, porque con frecuencia oía a los mayores, cuando se referían a  gestiones legales sobre herencias: “¡Está para Murias!”.

Sabía que su padre vendría a recogerla al día siguiente para volver al pueblo. Lo sabía, porque en aquel papelito doblado que encontraba cada lunes en el bolsillo del baby  que, metido en una bolsa, junto con el resto de la ropa limpia, le devolvían del pueblo, su madre le escribía unas líneas en un papel de cuaderno y en ellas le daba la noticia.

 En la ciudad ya había ambiente navideño: alumbrado especial, cintas de espumillón  de colores colgadas en interiores y exteriores y  juguetes expuestos en escaparates, que ya anunciaban la fecha de Reyes.    Eso de pedir cosas a los Reyes para ella era algo extraño, pues nunca les había pedido nada. Solo una vez le habían traído una   muñeca, sin pedirla, una muñeca de cartón en que todo era pintado, excepto el vestido. Fue para ella un gran tesoro, la  cuidó  con esmero algunos años y lloró su desaparición cuando pereció ahogada en un caldero de agua. Sus Reyes, en realidad,  tenían nombre de aguinaldo que contenía  castañas, nueces, unos higos, alguna galleta, caramelos y, tal vez, alguna perra gorda… Esta vez daría más valor a esas perras, pues  tendría oportunidad de gastarlas cuando volviera al colegio, en alguno de los paseos en grupo que daban los domingos por Papalaguinda,

Cuando se apeó con su padre del coche de punto que la devolvía al pueblo ya  era de noche, una gélida noche de invierno. Juntos  empezaron a andar el medio kilómetro que los separaba de casa. En ese trayecto, con un cierto miedo a la oscuridad, Martina  vivió sentimientos contradictorios. Por un lado, pensaba que la vida en la ciudad era más cómoda y más divertida, mientras su pueblo seguía allí, anclado en el pasado, escondido y mal comunicado, con sus calles oscuras y llenas de barro. Por otro,  el rumor de sus pasos sobre aquella pelona que estaba cayendo, el sonido impresionante de la crecida del río, los árboles desnudos que se intuían en la oscuridad y la nieve que se distinguía en el borde del camino la devolvían  a su tierra y  a sus paisajes invernales.  Aquellos árboles ateridos por el frío y bamboleados por el viento eran sus árboles de Navidad,  pues allí el paisaje navideño era real, no un mero decorado. 

Al entrar en casa sintió el calor de hogar: el calor de la lumbre y el calor de la familia. Allí la recibieron gozosas su madre, su hermana y sus zapatillas calientes, que fueron el mejor  regalo para sus pies helados.  Todo en aquella cocina seguía igual: la pota sobre la bilbaína, la leña preparada para atizar, la banqueta en la trébede, la alacena, el escaño, la luz temblorosa de la bombilla y la radio, que abría una ventana al mundo exterior.

Sabía que en su pueblo  las fiestas navideñas no cambiaban mucho lo que ocurría el resto de los días de invierno. Allí  no había llegado el espumillón ni  siquiera las  figuras del belén, pero sí las  distinguían aquellas patatas con el llosco elaborado en la matanza, que eran una delicia culinaria,   y algún postre extraordinario: polvorones, higos, un poco de turrón de yema (o  solo un pobre turrón  de cacahuetes, porque no se podía comprar el de almendra), y tal vez algún cuchiflito casero.

Tenía muchas ganas de volver a disfrutar en su casa  de aquellas veladas o filanderos a las que asistían otros vecinos. Las mujeres, en esas fechas navideñas, solían  incorporarse a la conversación general. Se cantaban villancicos, había que acertar cusillinas, se contaban sucedidos, se cantaban villancicos y romances, se realizaban juegos…  Era el poder de la palabra que transformaba aquellas veladas en una función mágica,  aquellas palabras leonesas que  a Martina  le acariciaban el alma.

Sabía que este año, como otros, su regalo de Reyes más preciado sería un  cofre repleto de sentimientos y sensaciones: el olor a leña y el  crepitar del fuego, el canto quejumbroso  de la coruja, que en su pueblo llamaban cabrallouca,   la bufina  que quemaba  la piel, la luminosidad del manto blanco de la nieve, los sonidos y el calor de los animales domésticos…  Sus compañeras quizá regresaran  al colegio con regalos más valiosos, pero ella lo haría  con aquel  cúmulo de sensaciones, que la envolvían y  que, a buen seguro,  le provocarían morriña hasta las siguientes vacaciones.

                                                                   ..........................           

Una subida notable del volumen de la televisión la sacó de su ensimismamiento. Había comenzado un bloque de anuncios y por su retina y su oído desfilaron rápidamente un perfume, acompañado  de una ridícula voz afrancesada, unos bombones de envoltura brillante y  un elfo risueño que felicitaba la Navidad desde unos grandes almacenes.

Entonces se dio cuenta de que seguía ante el ordenador  con la mano en el ratón, un ratón que se podía apresar, no como aquellos huidizos de su infancia que recorrían el desván por las noches y que tanto miedo le causaban. Martina, que  era ya abuela,  estaba tratando de elegir unas deportivas de una conocida marca para el regalo de Reyes de su nieto. Veía tantos modelos, con tanta variedad  de características, que, para ella, que había sido una niña de zapatillas y madreñas, le resultaba  complicado atinar con la elección correcta, pero tampoco le preocupaba mucho, pues sabía que las podría cambiar,  si no le gustaban. Así que seleccionó  un modelo, introdujo el número de la tarjeta y  clicó para pagar. E inmediatamente recibió un mensaje: “Fecha de envío: 5 de enero de 2021”.  

                                               

Y en ese momento, como si también hubiera clicado en su mente, recordó que en aquellas Navidades de su infancia sí había tenido un regalo: unas flamantes madreñas, de un negro brillante, que sustituían a las viejas que ya no le valían, y que aparecieron colocadas en la puerta, en fila, junto a las demás, preparadas con sus tacos de goma y su cincho de alambre. Los Reyes Magos sabían que, aunque se fuera por el mundo, volvería a casa  por  Navidad y que, a la puerta, sus madreñas la estarían esperando.


Madreñas   de los  años 60 conservadas en mi casa. MAR


Texto y  fotos: Margarita Álvarez Rodríguez

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.