jueves, 17 de diciembre de 2015

ENTRE PUCHEROS... NOS DEFINIMOS

       
       EXPRESIONES RELACIONADAS CON LA COCINA (I)           
          



Decía la santa de Ávila, de la que este año hemos conmemorado el V centenario de su nacimiento, que también entre pucheros anda el Señor. Aquí no vamos a buscar a Dios en la cocina. Vamos a “cocinar”  con un menaje y unos ingredientes que de tanto “saltearlos”  han saltado de la cocina  a la calle y se han convertido en una serie de expresiones relacionadas con la alimentación y lo culinario, que  adquieren significados figurados. Nos fijaremos fundamentalmente en las palabras  o expresiones que tienen un sentido peyorativo, los llamados disfemismos, tema  sobre el que ya he escrito en otras ocasiones.

En este primer artículo sobre lo culinario, empezaremos entrando en la cocina y preparando el menaje, la cubertería, la vajilla y, posteriormente, la mesa para comer.


En siguientes artículos elaboraremos variados  y suculentos “menús”.


Si somos unos cocinillas, mejores o peores, no unos muerdesartenes, y nos movemos entre fogones, oiremos la música y la palabra de todos los instrumentos que hacen posible que la comida llegue a la mesa. 

La técnica de    los fritos y los refritos tiene en nuestra cocina una presencia especial. Para freír hay que agarrar bien la sartén por el mango y no dejar que esta se crea superior y entable conversaciones engreídas con el cazo del tipo:  Apártate que me tiznas.

Algún día  nos sentiremos nerviosos porque estamos fritos por algo y otros nos quedaremos fritos de puro cansancio. Debemos entregarnos concienzudamente a nuestro trabajo de cocineros y no hacer refritos, que son indigestos,  ni dar la salsa a alguien,  porque el  hacerlo podría dejarlo frito y así lo mandaríamos al cementerio y le quitaríamos el hambre para siempre. Eso les ocurre a los que los fríen a tiros. Tampoco debemos acercarnos tanto a la cocina que nos asemos vivos de calor o que se nos queme la piel y parezcamos un cangrejo ni descuidar  el guiso para que no se nos pase el asado.

Aunque en el lenguaje actual hay cocinas en que el guiso no se quema ni los cocineros se asan, porque lo asado no es un sabroso cordero, sino  que los cocineros se dedican a algo tan poco culinario como cocinar encuestas, especialmente las políticas, en períodos electorales. Eso es una práctica frecuente y aceptada en los trabajos demoscópicos, lo que no es común ni aceptable en democracia es que haya un pucherazo en unas elecciones.

Los ciudadanos deberían rechazar sentarse a la mesa de quienes ponen el cazo o meten el cazo o se despachan con el cucharón, y apoyar la de aquellos que se comprometen y ponen la carne en el cazo o en el asador. Pero como la selección de quienes nos gobiernan es un coladero, siempre hay alguien que se cuela –y no de amor-, por lo que parece inevitable que en toda olla haya algún garbanzo negro.

Las cacerolas a veces salen también de la cocina y se reúnen en la calle en manos de  personas indignadas  que golpean recipiente con tapa, y el resultado es una atronadora cacerolada, acompañada  con frecuencia de caras irritadas que  parece  que hacen pucheros. Las tapas de esas cacerolas ayudan a que el guiso esté en su punto, pero  no pueden ser tapadera de nidos de corrupción. 

Nunca ha sido justa la ley del embudo ni puede ser aceptable. Por eso ante las injusticias nos hierve la sangre o la cólera, aunque por temperamento seamos unas almas de cántaro. A veces, cuando no está el horno  para bollos porque se ha calentado mucho, se nos ahuma el pescado. Entonces no tenemos ganas ni de de hablar y nos tienen que sacar las palabras con sacacorchos hasta que somos de nuevo conscientes de que nos están sacando el jugo y de que tenemos que luchar por el pan de nuestros hijos. En ese momento, con cocinas poco abastecidas, volvemos a tomar la palabra.

Este menú del insulto hay que guisarlo con mimo  para que no se nos vaya la olla. Lo queremos servido en platos que no sean de segunda mesa ni que se rompan, para no tener que pagar los platos rotos. Y con raciones generosas, que nadie quiere nada entre dos platos. Pero no debemos pasarnos de generosos y hacerle el plato a alguien para que coma la sopa boba. Y si comemos en el mismo plato será que compartimos mesa y mantel con buenos amigos y podremos estar al plato y  a las tajadas, pero sin ser demasiado  melosos, porque entonces en lugar de sopas nos haríamos unas gachas.

Ya tenemos el mantel y los platos, pongamos la mesa, pues. A la derecha  del plato, y no entre los dientes, un  pacífico cuchillo, pero,  ese cuchillo no servirá para pasar a cuchillo, ni para matar a alguien con cuchillo de palo, ni para que alguien sea cuchillo de otra persona, porque, como se dice,  en casa del herrero, cuchillo de palo.   

En esta mesa pondremos también  cuchara que nos sirva para que nos sintamos hartos de sopas, sobre todo si necesitamos algo caliente porque  estamos empapados como una sopa y agradecemos comer algo de cuchara.


Pero tenemos que ser educados al comer, pues comer sopas y sorber, no puede ser. Cuando calentemos el estómago, nos sentiremos tan reconfortados que  nos  quedaremos sopas.  La cuchara también sirve a veces para meter algo con cuchara en  la cabeza torpe de los sopazas, que, a buen seguro,  alguno se sentará a nuestra mesa.


Con la sopa y el caldo  hay que tener cuidado porque siempre nos pueden amargar el caldo,  por eso de si no quieres caldo, toma tres tazas. Tampoco conviene hacerle el caldo gordo a alguien, porque a veces las personas a las que hemos apoyado se dedican luego a revolver el caldo, generando disputas… Pero, en fin, ya que la cosa va de caldos, siempre nos quedará la posibilidad de poner  a caldo a quien se lo merezca.


También colocaremos  un aséptico tenedor, a la izquierda, para aquellos que son más de cuchillo y tenedor.

Y, por supuesto, los vasos y las copas. Un vaso no muy grande para que no nos podamos ahogar en él y una copa, no como la de un pino, para un buen vino que nos haga olvidar la copa del dolor. Después del banquete, si hemos comido algo flatulento, tenemos que tener cuidado para no irnos de copas…

Y de agasajo alguna chuchería, que dure más que un caramelo a la puerta de un colegio,  que se pueda chupar y que no sea  el espíritu de la golosina.  No nos gustaría nada que nos dijeran irónicamente lo que a Geroma: Toma, Geroma, pastillas de goma.



Que nadie proteste si no le gusta el menú, porque a gusto de los cocineros comen los frailes y siempre es más agradable estar de servilleta en el ojal, por ser convidados  en una comida, que doblar la servilleta porque nos morimos, y se acabó la tarea de comer para siempre.

Pero nos seamos muy glotones, porque el refranero nos anuncia y previene del peligro de la gula: de golosos y tragones están llenos los panteonesde grandes cenas están las sepulturas llenas.


Ya tenemos los utensilios de cocina,  mantel y servilleta, pero nos queda lo fundamental: contar con los ingredientes y cocinarlos. Pero eso será otro día…  

Y todos a colaborar, porque el que quiera peces, que se moje el culo, y si no haremos   como Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como.


(Se completará este tema con nuevos artículos).



jueves, 3 de diciembre de 2015

SANTA BÁRBARA BENDITA


Cuatro de diciembre: una evocación                                       
     
                                
Dedicado  a la memoria de Irineo, minero, cantero, labrador... 
                      
                                                             
Y a cuantos han entregado su esfuerzo y su vida  a la minería...


Santa Bárbara, virgen y mártir, nació  en Anatolia (actual Turquía) a comienzos del siglo III. Su padre, para preservar su hermosura de las miradas de la gente,  la encerró en una torre. Ella rechazó una proposición de matrimonio  que le hacía su padre, asegurando que estaba casada con Dios.  Aprovechando una ausencia de este, añadió una tercera ventana a las dos que daban luz a la torre, simbolizando con ello el número de personas de la Santísima Trinidad.


Con la espada con la que fue decapitada, la torre, el rayo,  el cáliz (conversión al catolicismo)


Todo ello irritó a su progenitor  que la delató al pretor. Bárbara fue apresada y enjuiciada, y al negarse a abandonar su fe   fue apaleada, torturada  cruelmente y, finalmente, decapitada con una espada por su propio  padre en lo alto de una montaña. Cuando este bajaba de  esa montaña fue fulminado por un rayo que cayó del cielo. Ocurrió en el año 235 d. C. Este hecho de la muerte del padre a causa de un rayo  ha generado que se la  considere patrona de todos aquellos que usan los explosivos; mineros, artilleros… y de otras variadas profesiones.

La primera referencia al culto a  Santa Bárbara en España es de 1248, y se refiere a la conquista  del   castillo  de Alicante por  Alfonso X el Sabio, el día 4 de diciembre de dicho año. Por ese motivo, el castillo se llama así.  En su interior hay una capilla a la santa.

La celebración de la festividad  de  Santa Bárbara me trae cada año  a la memoria vivencias muy emotivas. Y ello, por dos razones. 

La primera razón es el recuerdo muy vivo que tengo  de la invocación que se hacía a Santa Bárbara cuando venía la nube, que así se llamaba en Omaña (León)  a la tormenta. ¡Que vien la nube!, la frase corría de boca en boca. Los truenos, tronidos y estalletes, y aquellos relámpagos en forma de culebrinas que surcaban el cielo, como  auténticas  y destructivas culebras,    que parecían horadar la tierra y esconderse dentro,  asustaban a adultos y  aterrorizaban a los niños. Las casas no tenían instalaciones eléctricas  adecuadas y todos comprobamos alguna vez con estupefacción y pánico  cómo los rayos, llamados allí chispas, entraban por el cableado eléctrico, que destrozaban, o caían en algún árbol del contorno y lo abrían de cuajo, dejando  un tronco quemado y muerto.

Culebrinas o colubrinas






















El otro gran temor era que la tormenta trajera piedra y arruinara en pocos minutos la cosecha que tanto había costado que llegara a cuelmo. Por eso cuando se presentaba una tormenta  de verano, y especialmente  las del mes de septiembre (recuerdo que todo el mundo hablaba de la mítica tormenta del  día del Cristo, de muchos años atrás), la gente se protegía en las casas, lejos de enchufes y bombillas (tampoco había tantas), y de lugares donde hubiera corrientes.  Tampoco se podían meter las manos en el agua, ni tener puesta ropa húmeda, ni andar descalzo, ni utilizar utensilios o herramientas metálicos. Todas las prevenciones eran pocas, pues  en el lugar no existían pararrayos ni otros mecanismos de seguridad. Recuerdo que mi padre, de forma previsora, había colocado un enchufe en la entrada de la vivienda con el que se podía impedir que la corriente eléctrica entrara en la misma. Dicho enfuche se desconectaba nada más que se oía el primer trueno.

 Mientras teníamos a  la nube por compañera y por música de fondo,  lo más habitual era tumbarse en la cama, con las ventanas cerradas, porque se decía que los colchones de lana aislaban de la electricidad. Al mismo tiempo, en las casas, se encendía una vela a Santa Bárbara, que había sido bendecida en la iglesia. Era la única que nos podía librar del enojo de aquellas amenazantes nubes.  

Cerca, en el pueblo de Irián, habían ocurrido accidentes y muertes por rayos  porque, según parece, pasaba por el lugar  un filón de algún mineral que atraía la electricidad,. El conocer de cerca a los afectados hacía que el miedo y las prevenciones fueran mayores.

Si la nube sorprendía a la gente fuera de casa,  había que cuidar de  no protegerse de las tormentas bajo árboles altos, como los chopos, porque atraían a las chispas. Sí podía hacerse  bajo las nogales  y otros árboles o arbustos que tuvieran la copa redondeada. Estuviera uno en la casa o en el campo, las chispas  y los tronidos de  nubes eran conjurados con retahílas como estas:

 Tente nube, tente, tú
que Dios sabe más que tú.
Tente nube, tente palo,
que Dios sabe más que el diablo.

A veces  se hacían sonar las campanas de la espadaña de la iglesia con un toque especial, que se creía que espantaba las nubes, y  se acompasaba la recitación  de ese conjuro con el  toque de las campanas. Y además, se rezaban jaculatorias a Santa Bárbara:

Santa Bárbara Bendita / que en el cielo estás escrita / con papel y agua bendita. Santa Bárbara doncella, / líbranos de aquella centella /  de aquel rayo malairado / Jesucristo sacramentado / en el ara de la cruz / Pater Noster, amén Jesús.

A continuación se rezaba el Padrenuestro.  Y a veces se repetía varias veces… Parecía que repetir el nombre de la Santa hacía más llevadera la espera hasta que pasara la tormenta.

La gente del campo, gran observadora de la naturaleza, podía predecir si la nube iba a ser mala, si iba a llover o iba a ser solo una tormenta eléctrica, por su color, por el sitio  por donde  aparecía  (en mi pueblo, Paladín, las nubes a las que se tenía mucho miedo eran  las que venían de Valdelamoza, porque pasaban por encima del pueblo) o por un ruido siniestro que precedía   y anunciaba  la descarga del  pedrisco. Se podría describir bien con los famosos versos de Zorrilla: “Del ruido con que rueda la ronca tempestad”, porque era eso: un ruido ronco que iba rodando hacia nosotros y parecía que nos iba a destruir.


Piedra o pedrisco


Mi padre sufrió  un serio   percance  que puedo tener consecuencias  fatales.  Iba en bicicleta y llevaba una hoz colgada del cinto en un lado de su cuerpo. La hoz atrajo hacia ella   un rayo, que no solo lo cegó, sino que su fuerza lo derribo también de la bicicleta. Seguramente las cubiertas de las ruedas actuaron de aislante y le permitieron salvar la vida. Por eso,  a día de hoy, siempre que empiezo a oír truenos, me vienen a la mente las plegarias a Santa Bárbara. Literalmente, me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena.


Vagoneta de homenaje a los mineros . Valdesamario

Hay una segunda razón por la que  esta santa tiene para mí una consideración especial: Santa Bárbara es patrona de los mineros.
 
Mi padre trabajó en la minería, como barrenista,  en los últimos años de su vida activa, en las minas de Joaquín Blanco del Valle de Samario (allí trabajaba ya su hermano Antonio, otro gran profesional de la minería). Aunque en esa época (años 70), los mineros volvían a casa casa aseados, aquellos monos de trabajo, absolutamente negros y grasientos, nos hacían entender cómo era de duro el trabajo dentro de la mina.
  En su labor de minero sufrió algún accidente, lo mismo que otros familiares que también trabajaron en las profundidades de la mina. Algunos  vecinos y conocidos murieron a causa de desprendimientos que los sepultaron. Por este motivo, siempre me ha impresionado y emocionado mucho el  himno a Santa Bárbara, y de forma muy  especial,  si es cantado por los propios mineros y sus familiares.






Aunque la profesión que más años ejerció mi padre, Irineo, junto con la de labrador, fue la de cantero. Y Santa Bárbara también es patrona de los canteros.

Durante muchos años trabajó  en las obras en cuadrilla, junto con Quico, Lucas, Ángel y algún barrero que les subía el barro a  los andamios,  que se sujetaban sobre burras. El barro se apurría con un cajón de madera, llamado la cabra (parece que el lenguaje de los canteros era “animalista y feminista”). Juntos trabajaron la piedra en  muchos pueblos de Omaña, especialmente, del  Valle de Samario y del Valle Gordo , construyendo  en ellos casas y pajares, con cubiertas de losa"Hasta en Fasgar, he trabajado", decía mi padre. Fasgar está de Paladín a 35 kilómetros de distancia, que se hacían a pie o, en el mejor de los casos, en bicicleta.

Los canteros cogían las piedras que se habían acarreado desde el río o el monte y tenían que escuadrarlas y cortarlas con unos pesados martillos, a fuerza de golpes. Luego había que colocarlas con maña y gusto, y unirlas con barro o con cal para que aquellas paredes, de más de 50 centímetros de anchura, fueran resistentes y pudieran cambiar de siglo más de una vez. 

Realmente, trabajar de cantero era también una profesión algo  artística. Con sus cuerdas, plomadas, martillos, piquetas, paletas…  tenían  que hacer mochetas, esconcios, poner cargaderos, hacer escalones,  intercalar formas y colores de las piedras para conseguir un equilibrio… Posteriormente, llegaron a trabajar con adobes, bloques, ladrillo, pero, siempre, fueron canteros.

Adolfo Díez Muñiz, en el libro Historias y vivencias de Carrizal de Luna, hablando del oficio de los canteros, menciona una solución arquitectónica que un grupo de canteros aplicó en la construcción de la casa de su padre para dar más amplitud en la entrada de las puertas carretales: “Se construyó la esquina en forma de ochava. La construyó Ricardo Álvarez y su hijo Irineo. Esto resultó una obra de arte de la cantería que llama la atención. Costó más dinero ya que se cobraba por metros y esta forma requería mucho tiempo y buenas piedras. Por este motivo Ricardo era el preferido en escoger las piedras adecuadas”.  

Familia de Ricardo Álvarez: Elicio, Antonio, Irineo, Ricardo, Manuela, Amparo, Adoración, Rolindes, Benigna. Hacia 1942

Ricardo  Álvarez era mi abuelo; Irineo, mi padre. Los canteros de la familia Álvarez, de Paladín y Carrizal, han sido siempre excelentes profesionales en el trabajo de la piedra.

Por esto, por formar parte de una familia que ha practicado la minería y la cantería, dos profesiones protegidas por Santa Bárbara, hoy, cuatro de diciembre, también es mi fiesta.


Para ello quiero crear mi propia “jaculatoria”,  para seguir rogando a la santa:

Santa Bárbara bendita,
de niña yo te rezaba,
cuando una nube muy negra
desde el cielo amenazaba.

Omañeses y omañesas,
como santa te aclamaban,
tú los librabas de chispas
y de piedras malairadas.

También a ti hoy te cantan
los mineros del carbón,
sus cantos resuenan fuertes
desde Asturias a León.

Protege, santa querida,
del peligro de la mina
y de amenazas diversas
que vive la minería.

Los mineros hoy de nuevo,
con  sus voces  y emoción,
te recuerdan con cariño,
entonando tu canción.


En el día de Santa Bárbara del año 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

FRENTE A LA MUERTE: EL AMOR Y LA ALEGRÍA


                                               La presencia de los ausentes...                          


La muerte no se lleva nunca del todo a los seres queridos... El amor y la alegría que compartieron en vida los inmortaliza en el recuerdo.

Para esos seres queridos e inmortalizados, este poema de José Hierro.

               El muerto


 
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.




Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos, será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.


(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:             

yo quería poner primavera en sus manos.)




  
¡Será ya primavera allá arriba!

Pero yo, que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría,
no podré morir nunca.

Pero yo, que he tocado una vez
las agudas agujas del pino,
no podré morir nunca.

Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.


Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.



                        De "Alegría"
 


martes, 8 de septiembre de 2015

UN OCHO DE SEPTIEMBRE




          Y una evocación: Nuestra Señora de las Angustias (La Garandilla)


Y cada ocho de septiembre,
y también el día de Pascua,
cita es en La Garandilla, 
que es la catedral de Omaña. 
      
                            De Coplas a Omaña    de Margarita Álvarez 





Tal día como hoy, 8 de septiembre, el DÍA OCHO, cuando era una niña, acompañaba a mi madre, a mi padre y  mi hermana menor a la Romería de La Garandilla.  Acudíamos al santuario de la catedral de Omaña. Un bello edificio, de aspecto herreriano, de la primera mitad del siglo XVIII.

Mis ojos de niña se sorprendían ante tanta cantidad de gente que, atraída por la devoción a  Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen de La Garandilla,  llegaba de otros lugares de Omaña, de La Cepeda, de la Ribera, de Ordás, o de otros  lugares que a mí  me resultaban lejanos y desconocidos.


Santuario de Nuestra Señora de las Angustias, siglo XVIII. La Garandilla

 A la hora de la misa, asistida y  solemne, se llenaba el santuario, que había sido engalanado para la ocasión, y se palpaba claramente en su interior  la emoción y devoción de los asistentes. La predicación solemne era uno de los atractivos de la ceremonia y otro gran momento era aquel en que, una vez finalizada la misa, pasábamos por el camarín para besar el manto  de la Virgen y recibir el trozo de pan bendito, la pedaza.


Virgen de las Angustias




















Luego acompañábamos a la virgen en procesión por el pueblo, entre la devoción y la nota festiva que ponía en el ambiente la música de los redoblantes.  Cerca de la imagen, llevada por mujeres en unas andas que cubren la imagen con una especie de baldaquino rojo, azul y dorado,  algunas personas, generalmente también   mujeres, caminaban descalzas  u ofrecidas, vestidas con unos hábitos grises que llamaban mortajas, que se alquilaban en el propio santuario el día anterior. Estas  personas, así ataviadas,  acudían a la virgen para dar gracias por algún favor recibido, favor que unas veces era demandado por los propios  ofrecidos y en otras ocasiones   por otras personas. Hiciera quien hiciera el ofrecimiento, siempre la persona que había recibido la gracia tenía obligación moral de cumplir con la promesa en la fiesta del siguiente 8 de septiembre. 

Me resultaba muy impresionante  el aspecto que presentaban estos penitentes vestidos de esa manera, y más todavía cuando supe qué era una mortaja. Personas vivas con vestimenta propia de muertos me hacían imaginar una procesión de  muertos vivientes. También resultaban impactantes para  una mirada infantil  los exvotos de cera que colgaban de las paredes,  con la  forma de diversas partes del cuerpo.

Terminada la misa, se vivía plenamente la romería. Había  en torno a la iglesia artesanos y feriantes que vendían  herramientas, cacharros o  productos alimenticios. Un tenderete muy peculiar era el de las carameleras (recuerdo vívamente a la caramelera de Trascastro). Ese era el puesto preferido por los niños. En puestos como ese se compraban los perdones  para los asistentes  y para obsequiar a las personas que no habían podido acudir.

A la hora de la comida, en torno al mantel, se    reunían varios miembros de la familia, en los prados cercanos al río, para comer las viandas que se habían llevado preparadas de casa: tortillas, un buen pollo o conejo casero, embutidos y, ¡cómo no!, también se  incluían frisuelos y otros postres caseros. 

Por el pueblo  se veían carros y caballerías que habían transportado allí a los romeros y mucha gente que iba y venía del santuario a la cantina. Frente a la cabecera del santuario, estaba la típica  del Barrilero, con buen vino y sabrosas truchas que preparaba su esposa (mi tía) Rolindes. 

Margarita y Teresa (8/9/1960)
Ante la puerta de Petro.
Foto de José García


Por la tarde, baile y diversión, y  también nuevas visitas al santuario para rezar el rosario o despedirse hasta el año siguiente.

Y siempre, posibilidad de registrar la imagen  de la ocasión, vestidos de guapo, en un retrato realizado por el único fotógrafo conocido en la zona,    José García, de Inicio, que fue durante décadas la historia gráfica de Omaña. El día de Santa Marina, en La Utrera, o el 8 de septiembre, en La Garandilla, eran las ocasiones más propicias para que los omañeses de la baja Omaña fueran retratados. 


Ya sé que queda poco de aquellas romerías, quizá solo queden gratos recuerdos   en la mente de los que éramos niños hace 50 años, pero seguro que se mantiene plena la emoción  de las personas que se postran ante la imagen de Nuestra Señora, le cantan con emoción el himno compuesto por mi prima Ángeles García Álvarez (Geles) y la siguen sacando en procesión:  "Oh, Virgen de las Angustias /patrona de La Garandilla / acógenos bajo tu manto / oh, Madre querida / oh Madre de Dios".

Por circunstancias de la vida, hace cuarenta años que no asisto a  esa fiesta, pero siempre cuando llega el Día OCHO o Día de La Garandilla rememoro estas vivencias de infancia.  Espero algún día  volver a vivir en directo esa emoción  en la Catedral de Omaña.


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