Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de octubre de 2020

Ser docente es conducir

 DÍA MUNDIAL DEL DOCENTE, 5 de octubre

Foto: MAR. Parque del Oeste. Madrid


Ser docente es conducir
por los caminos del sueño
hacia metas invisibles
que se marcan en el cielo.

En cielo de sol y nubes
se siembran nuestros afectos
dejando estelas de luz
que la escuela graba a fuego.

Un fuego que agita almas
con las llamas del anhelo
y aviva las mentes jóvenes
para iniciar otros vuelos.

Vuelos que emprende el discípulo
con las alas del recuerdo
de la enseñanza y las huellas
de los pasos del maestro.


© Margarita Álvarez






sábado, 18 de enero de 2020

Retazos de la vida, semblanza del vivir

     
     El río de la vida



Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar.

Gran cantar.   Antonio Machado

Parafraseando a Jorge Manrique, Antonio Machado identifica la vida con un río,  Me gusta la idea de que la vida se parezca a un río. De los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire, yo siempre me identifiqué con el agua, con el agua en movimiento. Agua que es transparente como la verdad, que acaricia como un abrazo, que suena cadenciosa como la música, que tiene afán de eternidad… 

Nos parece que es siempre igual, como los días de la vida y, sin embargo, es siempre distinta. Nunca vemos pasar dos veces la misma agua, como nunca volvemos a ver pasar los minutos de nuestra existencia. El agua de fuentes, arroyos y ríos es un espejo de vida. Es espejo, porque en él se refleja el paisaje que lo rodea, y es vida, porque da vida.

Siempre me gustó contemplar cómo manaba una fuente, naciera el agua mansamente o a borbotones. De pequeña me parecía que las fuentes reían y los ríos cantaban cuando corrían serenos o gritaban cuando su caudal se desbordaba. Siempre me gustó contemplar desde un puente  o desde el borde de un prado o camino cómo pasaba el agua. Sigo teniendo la sensación de que el agua, al pasar, habla, canta, hace compañía, da paz.

Los ríos son, pues, para mí, la mejor metáfora del sentido de  la vida humana. Todos los seres humanos nos parecemos a un río en el nacer y en el morir. Los ríos más poderosos suelen nacer de una humilde fuente y al llegar al mar son todos iguales. Pero el sentido de la vida humana no está solo en el nacer y en el morir, ni siquiera en ir viendo pasar la vida,  está,  sobre todo,  en cómo se vive; no en vivir, sino en el  vivir. 

Cada vez que cumplimos años, nos suelen venir a la mente vivencias del pasado y sueños  e incertidumbre sobre lo que está por venir. Buen momento para pararse y hacer una pequeña reflexión. Y eso es lo que voy a hacer en las siguientes palabras. Para ello habré de desnudar un poco mi alma y contar algunas experiencias que he vivido para, a partir de ellas,  poder expresar cómo ha sido mi vivir.

Espejo de vida.
El cielo y el paisaje reflejado en las aguas del río Omaña (León)

Cumpliendo años...

PRIMERA EDAD:  Mi infancia

Nací en un pueblín recóndito (Paladín) del noroeste de León, en la década de los 50 del siglo pasado. Un lugar hermoso, pero apartado de la civilización. La carretera asfaltada más cercana estaba a unos 10 km, había una luz eléctrica escasa y limitada a dos bombillas en toda la casa. Las calles no estaban iluminadas y se llenaban de charcos y  de barro en invierno. No llegaban periódicos ni  había aparatos de radio. A mi casa llegó la radio cuando tenía siete años y  fue una ventana mágica que nos abrió al mundo.

Mi pueblo
Mis sonidos de infancia fueron los sonidos de la naturaleza: el canto de los pájaros y de los gallos, el mugido de las vacas, el rumor de las ramas de los árboles… Aprendí a oír el silencio sonoro de ese mundo que me rodeaba. Mis sabores, los de las cerezas silvestres, las moras, el pan recién amasado, la leche recién ordeñada… Mi piel sentía las caricias de la brisa, la suavidad de la hierba verde de los prados… Y las agresiones del  viento gélido o del picor de la lana natural de mis jerséis y calcetines. Mis olores, los de la hierba seca, las rosas  en la ventana, la flor de saúco,  el aroma de las  manzanas, la leña quemada… Mis colores, los verdes de los prados y la arboleda, los blancos y rosados de los montes, los rojos del ocaso, el blanco de la nieve... Me fascinaban los trajes estacionales  con que se vestía la naturaleza. La alfombra de flores del brezo (urces)  de los montes y  los estampados sonrosados y blancos de los frutales en primavera,  los lunares rojos de las cerezas y guindas que asomaban  entre las hojas del verdor veraniego, la maravilla de los trajes multicolores de tonos ocres y rojizos del otoño y hasta la elegancia de su desnudez invernal.



Mi infancia fue también un río: el río Omaña.  Y ha seguido siendo el río de mis años, el río de mi vida. Un río que  daba vida al paisaje y que envolvía los sentidos. Mis ojos contemplaban a diario sus aguas  cristalinas sobre las que hacían acrobacias las truchas para atrapar  mosquitos, unas aguas frescas y relajantes,  con su  rumor plácido de  verano y su sonido furioso  de invierno. Un río que  también se paseaba   por presas y regueros y  que iba sembrando a su alrededor vida y belleza. Ese es, en pocos trazos, mi paisaje.  Allí aprendí a respetar, a querer y a mimar la naturaleza.



Y  mi paisanaje fueron  unas gentes sencillas que vivían apegadas a la tierra y al compás de las estaciones. Al ritmo de esas estaciones realizaban los trabajos agrícolas, al ritmo de las estaciones se adaptaba la  alimentación y  se convivía con los vecinos. De esas gentes aprendí unas cualidades esenciales que han marcado mi vida. Aprendí el espíritu de colaboración, la  austeridad, el ser personas “de buen conforme”, el sentido de la gratitud, el espíritu de sacrificio, la fe en la providencia, la humildad…  Y también la cultura del sentido común, que no es tan común como sería deseable.Un buen ejemplo de vida estoica. Conocí también, con la experiencia, la dureza del trabajo del campo y  las decepciones que a veces producía. No sabía entonces que muchos años después yo iba a hacer algo por mi patria chica y esta me lo iba a recompensar con creces.

Galardón Omañesa del Año 2013. Instituto de Estudios Omañeses

Y valoré mucho   la escuela. Era una apertura al mundo. Allí, en aquellos mapas, oscurecidos por el humo de una estufa de leña, estaban señalados lugares tan exóticos para mí como Pernambuco.  Por allí cerca estaba Argentina, lugar al que había emigrado mi abuelo paterno en 1911,  y de la que hablaba tantas maravillas. ¡Para mí aquello de viajar a un lugar tan lejano cruzando el océano era una auténtica proeza! En mi sencilla escuela, una escuela unitaria de muy pocos niños,   sentí la cercanía y el cariño de mi única maestra, Felipa y aprendí a leer, escribir, las cuatro reglas y lo que contenían aquellas famosas enciclopedias  Álvarez.  Y también empecé a valorar  el deseo de mis padres de que aprendiera (nunca se lo agradeceré lo suficiente). Siempre he llevado conmigo ese bagaje.

El pupitre de mi escuela y mis enciclopedias

Mi adolescencia

A los diez años el párroco del pueblo informó a mis padres de que había unas becas para estudiar Bachiller. Mis padres querían que sus hijas  fuésemos “más que ellos” y, aunque teniendo que prescindir de mi ayuda doméstica (en aquella economía de subsistencia todas las manos eran pocas), decidieron que me presentara a los exámenes necesarios para conseguir la beca.  La conseguí y comencé el Bachiller.

Y así, aquella niña de pueblo, se trasladó  a vivir  en una residencia de monjas de la capital, un colegio menor con disciplina bastante férrea,  que no permitía volver a casa nada más que en periodo de vacaciones. Me fui adaptando poco a poco al mundo urbano: al ruido de los coches, a las luces, a los escaparates… Me adapté también a la convivencia con muchas chicas de otros pueblos, de otras familias, aunque, la verdad es que las diferencias culturales entre nosotras no eran muy significativas. Eso sí, sus pueblos eran más “importantes” que el mío.  Los cursos en el instituto Juan del Enzina  de León pasaban bastante iguales a sí mismos y en mi mente persistía  una preocupación fundamental: tenía que estudiar para no decepcionar a mis padres y, sobre todo,  para conservar mi beca (entonces había que sacar un mínimo de 7 de media para poder renovarla). Así,  sin suspensos, curso tras curso, llegué al Preuniversitario, el llamado Preu.


León. Lugar donde residí los siete años de Bachiller. (Colegio menor las "italianas")

Superé una carrera de obstáculos que me dejó a las puertas de la universidad: el examen de beca y el de ingreso a los diez años, la Reválida de Grado Elemental, a los catorce; la de Grado Superior a los dieciséis, la Prueba de Madurez de acceso a la Universidad  a los diecisiete… Y, a pesar de tantas trabas académicas para los estudiantes de aquella generación, ¡sobrevivimos! Y no nos quedaron traumas, más bien al contrario, todos aquellos retos nos obligaban a madurar. 

He recordado este proceso muchas veces cuando ha surgido tanta polémica en época reciente sobre la reválida de Bachillerato. Conservo hermosos recuerdos de algunos profesores: don Leoncio, la señorita Manoja…  Su  ejemplar ejercicio de la docencia me sirvió de ejemplo para dedicarme a esa profesión en el futuro. En esa época también se forjaron buenas amistades. Y en  algún momento del Bachiller me topé con una frase del poeta R. Tagore (entonces no sabía quién era) que anoté, entre otras muchas, en una libreta de pastas negras que aún conservo: “No llores la marcha del sol, porque las lágrimas pueden impedirte ver las estrellas”. Sin saberlo entonces, esa  frase me marcó  en los años sucesivos y me ha servido de lema toda la vida.


Instituto Juan del Enzina (León), donde cursé todo el Bachillerato.


Mi juventud

Inicié mi juventud trasladándome a Oviedo, durante el curso, para poder cursar estudios universitarios. Aún no existía en León esa posibilidad. Conseguí una beca-salario (parte de la beca la cobraba el alumno y otra parte era una  ayuda para los padres). Era una beca generosa en su cuantía, que me permitió  un periodo universitario sin sobresaltos económicos. He de decir, porque es de justicia,  que aquella dictadura franquista que fue tan  nefasta  para  España, en esos años sí daba opción a que los  hijos de familias humildes del mundo rural pudiéramos ir a la universidad. Yo no tenía más “mérito” especial que   haber nacido en una familia así  y mi rendimiento académico. Y como yo, otras personas con las que conviví en esos años. Estábamos en los últimos años de la dictadura. En Asturias la lucha obrera era importante. Allí  habían nacido las  CC.OO. en los años 60  y esa lucha se vivía también con fuerza en la universidad en los  primeros años 70.

Fueron años de nuevos retos y experiencias. Fueron tiempos agridulces. Vivía entre la contradicción de querer participar en aquellas  luchas universitarias y el miedo a perder el curso por las huelgas, y con ello mi beca. Fueron también años convulsos en lo personal, pues corrieron paralelos a la enfermedad y muerte de mi madre (¡con 43 años!), hecho que provocó ausencias a  las clases en algunos periodos y un fuerte desgarro personal. Me dolía también que aquella madre,  ilusionada por  conseguir que  sus hijas fueran independientes de adultas, no pudiera ver que su hija mayor concluía estudios universitarios. 

En Oviedo, 43 años después, al lado del  P.  Feijoo y ante la que fue mi facultad

Todos aquellos sinsabores   fortalecieron mi personalidad, pues  aprendí  a vivir en libertad y con sentido crítico, a asumir responsabilidades,   a ser persona seria.  A  ser directora de mí misma. En esos años universitarios comprendí que no era lo mismo ser personas de buen conforme (cosa que se elogiaba en Omaña) que personas conformistas. Ser de buen conforme implicaba no ser egoísta, no obsesionarse por ser  o tener más que los demás, ser austero… Pero no había que  ser conformista, había que esforzarse por crecer en lo personal y en lo social, había que comprometerse para luchar por  la justicia y  la libertad. En definitiva que ser de buen conforme era una virtud, pero ser conformista era defecto. 
         

Forjé buenas amistades en aquellos años. Algunas de ellas pasaron por momentos de silencio por los avatares de la vida y muchos años después recobraron voz y  presencia cercana.
Mis estudios (Filología Románica) me pusieron en contacto con profesores de notable prestigio, aunque entonces quizá no los valorara en toda su dimensión. Fui alumna del lingüista Emilio Alarcos Llorach, un referente en estudios gramaticales, del filósofo Gustavo Bueno y de otros profesores notables.  Aprendí mucho de su valía académica, no siempre de aspectos humanos. Aquellos profesores , en general, estaban  distantes del alumno,  no conocían nuestros nombres ni nuestras inquietudes.  Yo aspiraba  a ser una buena docente, pero ellos no eran mi modelo. Iba a tener que aprender mucho cuando iniciara mi trabajo en el mundo educativo.

Mi orla universitaria


SEGUNDA EDAD: mi vida profesional

Y con mi título académico de licenciada aterricé en Madrid y empezó mi carrera docente, en el mes de noviembre de 1975. Franco estaba a punto de fallecer. Pude vivir en la capital de España todos los hechos relacionados con la transición. Y también en el centro escolar en que trabajaba, que tuvo que adaptarse a aquella nueva España que nacía. Y esa larga carrera se prolongó durante cuarenta y un largos y anchos años. 

Una hermosa y dura  profesión de la que he disfrutado mucho. Una profesión en que se trabaja con personas, a las que se conduce (duco=conducir). Una profesión en que se puede forjar el alma de adolescentes, con las lecciones, con el trato, con el ejemplo  vida. Una profesión en la que el profesor cumple años, pero el alumno no. ¡Bendito engaño! Todos los años por las mismas fechas mis  alumnos tenían la misma edad, pero el río de mi vida seguía corriendo sin descanso.

Fueron pasando muchas generaciones de estudiantes, que se convirtieron en profesionales. Algunos de ellos hoy son grandes amigos, incluso en dos generaciones: padres  e hijos.
Siempre recibí reconocimiento y  gratitud del alumnado... 

Nunca tuve “enemigos”. Siempre  mantuve una relación cordial con mis compañeros y siempre recibí un gran apoyo  de todos.


Pabellón de aulas de  ESO y Bachillerato. Colegio Salesiano Santo Domingo Savio. Madrid

Decía  Pitágoras que  el discípulo debe situarse respecto a sus superiores como cerca del fuego, ni tan cerca que se queme ni tan lejos que se hiele. ¡Qué gran verdad! El equilibrio entre cercanía y autoridad, la exigencia, la sinceridad, la alegría (que no es igual que la juerga), el respeto y la mucha dedicación fueron mis armas educativas. Y, sobre todo, el amar lo que se hace, porque "educar es cosa del corazón", decía san Juan  Bosco. Su lema fue mi lema.

Y realmente funcionaron. Un día una alumna me dijo en clase el mejor piropo para un docente: “Margarita, eres capaz de mantener la atención  porque te crees lo que explicas”.


2015. Con alumnos y profesores en el recital Doscientos Años de Sueños, en Santo Domingo Savio

¡Qué gran regalo es que te reconozca alguien en cualquier lugar y  que te salude con cariño! Educar desde la  alegría y enseñar alguno de los  secretos de la felicidad, desde tres máximas que me han recordado, porque yo se las repetía,  los antiguos alumnos,  una y otra vez: “Si no puedes hacer lo que quieres, al menos aprende a querer lo que haces”,  “no se trata de ser el  mejor del mundo, sino el mejor de uno mismo” y "la auténtica sabiduría consiste en saber qué hacer con lo que se sabe".  Y mientras enseñaba Lengua y Literatura y me rodeaba  la gran familia de un centro educativo, conocí a mi esposo, formé mi propia familia y eduqué a  mis hijos…  Y  también con ellos compartí los mismos valores.  Y la vida siguió: se fueron amores (mi padre), llegaron  amores  (mis nietos).


Durante mi vida profesional siempre mantuve los principios que había aprendido en mi infancia.  La fortaleza de ánimo, que nos hace resistir los embates de la vida, la humildad,  el esfuerzo, la austeridad, la solidaridad, el compromiso… ¡Cuántas depresiones de adolescentes, anorexias, bulimias y otros desarreglos emocionales tienen que ver con la falta de fortaleza de ánimo, con el no saber aceptar las frustraciones!

Y... TERCERA EDAD: la jubilación

Y  así, día a día, año a año, he  llegado a la atalaya de  la edad del “júbilo”. Y sí, es una atalaya, desde la que se ve lo que ocurre desde arriba, con perspectiva, abarcando todo el panorama, con mirada serena y análisis pausado.   Y he subido a la atalaya con mis alforjas casi  llenas, llenas del amor de mis seres queridos, del cariño y el aprecio de los amigos, de la gratitud de mis alumnos… Llenas también de vitalismo: de ganas de aprender, de ganas de conocer lugares  desconocidos, de sorprenderme…  Llenas de deseos de seguir conmoviéndome ante la belleza de un paisaje o de una actividad artística, con la escucha atenta de una conferencia, con la lectura de un libro, con una simple charla de amigos, con una caminata… Llenas de ganas de compartir un sentimiento, una reflexión, unas anécdotas, una mesa, unos versos… Llenas de ganas de compartir ilusiones y cariño con todas las generaciones de la familia. Llenas de ganas de escribir para dar cauce a mi pensamiento o a mis saberes y quereres. Llenas de ganas de tener un vivir vitalista.


Pero mis alforjas aún tienen cabida para recibir más. Ahí sigo,  buscando el pleno sentido de la vida. Ese que seguramente la mayoría de los seres  humanos no llegaremos a alcanzar.  Es la gran meta que perseguimos  y que a medida que avanzamos parece que se aleja más…  He aprendido  que en el camino hacia esa meta no está la injusticia, ni la intolerancia, ni el radicalismo, ni el engreimiento, ni la mentira, ni la ingratitud, ni  la desesperanza… Pero hay que seguir viviendo para encontrar todos  los  demás componentes. 


Recitando versos... (Madrid)
Aunque, quizá, en ese deseo de vivir  esté la auténtica ciencia y no haya más secreto. Por ello  siento  deseo de VIVIR.  De tener vida biológica y de tener vida interior. De escuchar otra vez los silencios sonoros de mi infancia.

Recuerdo   la  conocida frase de Fernando Birri (falsamente atribuida a Galeano) que decía: La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para  eso, sirve para caminar.

Pues eso, cumplir años sirve para seguir caminando en pos de esa utopía, de esa ciencia de la vida.

Cumplir años  permite  que nos regalen felicitaciones…  He recibido cientos en mi  reciente cumpleaños y eso me da pie para dar las gracias, gracias y más gracias, a todos los que habéis dedicado unos segundos  a escribirme un mensaje, a llamarme… A quererme. Y la palabra gracias es para mí  la palabra  más bella del idioma… Es como fundirse con el otro en un abrazo de estima, de reconocimiento. Las gracias (de gratitud) solo se tienen cuando se dan.

En la Garganta del Diablo. Iguazú, 2019

Decía Cervantes que la ingratitud es uno de los mayores pecados: Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque  algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento. El Quijote, II, 58.

Gracias,  familia,  amigos…  Con vosotros vale la pena seguir cumpliendo años.

“Gracias a la VIDA,
que me ha dado tanto,
me  ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro
madre, amigo, hermano…” Violeta Parra


Parece que ya he hecho las tres cosas que hay que hacer en la vida: tener un hijo, escribir un libro,  y  plantar un árbol... 

No sé si habrá cuarta edad, pero mientras la vida me lo va diciendo: ¡Gracias, VIDA!

M. Álvarez Rodríguez


Con los más pequeños de  la familia, en el Parque del Retiro. Madrid













Palabras que me dedicaron mis compañeros y mis alumnos en mi jubilación




jueves, 12 de enero de 2017

La mochila de los sueños


                                                                                             A todos los que han compartido conmigo la casa y el sueño de la educación. A todos los docentes de hoy y mañana...

De la sana educación de la juventud depende la felicidad de las naciones. Don Bosco


Nuestra historia comienza un día ya muy lejano,  cuando una mochila tímida, ligera y soñadora traspasó la puerta de la casa de la educación. Iba cargada de entusiasmo, pero pesaban más en ella la inexperiencia, el miedo y la incertidumbre. Entró despacito  y, de forma expectante y silenciosa, se buscó un hueco entre los  varios cientos de mochilas con las que iba a compartir su destino.

Las había pequeñas, cargadas  de libros y cuadernos, decoradas con los colores de las    travesuras, del juego, de la alegría y de la ilusión por  aprender. Había  otras un poco menos lustrosas y más pesadas, llenas de experiencia, de sensatez, de conocimientos...

La nueva mochila dudó dónde situarse. Muy pronto,  las mochilas más grandes y abultadas la invitaron a ponerse a su lado. En su compañía, entró en un  aula. Todas las mochilas pequeñas se mostraban ansiosas. Querían saber qué contenía aquella nueva compañera que estaba situada en lugar destacado. 

Con respeto y curiosidad empezaron a acercarse a ella, y comprobaron que, bajo la apariencia de seriedad, de su interior emanaban utopías. Sueños alados que  pedían ser compartidos. Y poco a poco decidieron participar en ese juego de compartir sueños. Pero el juego de los sueños también requería compromiso,  esfuerzo y alguna decepción.

Pronto esa mochila austera y soñadora empezó a sentir cómo aquellas otras más pequeñas tímidamente se iban colgando de sus cinchas y le iban añadiendo   el peso de la responsabilidad. También le pesaban los libros, los cuadernos, los exámenes, el estuche... En algunos momentos la carga llegaba a ser tan pesada que temía que el desengaño y el cansancio se apoderaran de ella y, meditabunda y solitaria, se quedaba acurrucada en un rincón. Su soledad no duraba mucho, porque pronto algunas de sus viejas compañeras o de aquellas recién estrenadas se le acercaban y le prestaban sus hombros o sus manos para aligerarla. Entonces, sintiendo el calor de ese apoyo, recuperaba sus ánimos y volvía a cargarse, pero ahora  con el peso liviano de la alegría y la ilusión. Así, pletórica,   seguía acudiendo  día tras día a la casa de la educación.

Sin sonrisa no es posible demostrar amistad. D. B.

Fueron pasando  los años. Al inicio de cada  otoño, siempre se repetía el mismo ritual. Mochilas nuevas y juguetonas inundaban de colorido la casa de los sueños. Allí las esperaba nuestra vieja mochila que se volvía añosa  y descolorida. Su aspecto deteriorado la llevó a quedar relegada y olvidada en un rincón. Como la cremallera estaba rota y pesaba poco, parecía que estaba vacía y abandonada, pero alguien, antes de desecharla, tuvo interés por ver qué contenía. Habían desaparecido los libros, los papeles, las tizas…, pero no todo su contenido. 

Al sacudirla, apareció   la tela que recubría el interior  que, sorprendentemente, mantenía intacto su colorido. Sobre ese forro, letras de formas y colores diferentes  conformaban varias  palabras. Dos destacaban sobre las demás: alegría y amor.  Alegría que invitaba a seguir persiguiendo sueños, amor  que enseñaba  a compartirlos.

Sin cariño, resulta estéril toda educación. D. B.
Pero si se observaba con más detenimiento se veía otra palabra repetida muchas veces, de manera que  parecía un auténtico dibujo sobre la tela: 
gratitud, gratitud,  gratitud...

En realidad, nadie se había dado cuenta de que  la vieja mochila era reversible. Y  no, no estaba muerta. 


Le quedaba una segunda vida. Se le dio la vuelta y volvió a ser colocada entre aquellas que llegaban cada curso recién estrenadas y aquellas otras que se iban reciclando año tras año. 

Manos anónimas fueron volviendo a introducir en ella todo lo que algún día  había albergado en su interior y le había dado vida: vocación, responsabilidad, humildad, respeto, equilibrio, paciencia, cercanía, compromiso... Una pizca de sabiduría… Y grandes dosis de ilusión. 

Pronto volvió a rebosar vida y a teñirse  de color. Seguía estando en un lugar  ilusionante y luminoso: la casa de la educación.

¿Dónde mejor que allí podría tener la vieja mochila una vida jubilosa? Aquel era su hogar, porque  era, sin duda, el hogar de los sueños...
                                              

Tristeza y melancolía fuera de la casa mía. D. B.

Patio, polideportivo y pabellón de Primaria. Colegio Salesiano Santo Domingo Savio. Madrid


La buena educación es el germen de muchas virtudes. D. B.

Aula de Bachillerato




El árbol de los sueños... (colaboré a plantarlo)

"Tenemos recuerdos mi árbol y yo". A . Cortez

Hasta siempre...








viernes, 19 de octubre de 2012

Hablando de educación


                             A pie de pupitre…  (y III)

¿Han contribuido las leyes educativas de las últimas décadas a fomentar la madurez intelectual y personal de nuestros adolescentes? 

Sorprende que décadas atrás estuviéramos deseando que un maestro nos enseñara a pensar, porque primaba  entonces una enseñanza memorística, y que hoy muchos alumnos prefieran recitar algo de  memoria a entender lo que realmente significa. Requiere más esfuerzo utilizar la inteligencia para analizar los conocimientos que la memoria. Aunque  es evidente que ejercitar la memoria también es importante en educación, pues, si  no tuviéramos nada en la memoria, no podríamos pensar. La clave es aprender a comprender y  a interrelacionar con la inteligencia los datos que almacenamos en la memoria.

Nadie duda de que nuestros adolescentes, que son  ya nativos digitales, conocen mejor el lenguaje de la imagen que el de la palabra. ¡Bienvenida a la educación esa competencia que es indispensable en el mundo actual! Se han popularizado las fuentes de conocimiento y se ha facilitado el trabajo de alumnos y profesores. Sin embargo, se nos ha repetido mucho que una imagen vale más que mil palabras, pero esto no es una verdad absoluta, pues hay palabras que no se pueden expresar con mil imágenes; sin ir más lejos, la palabra educación.

Pocas personas han analizado un problema que puede  incidir notablemente en el aprendizaje escolar y en la madurez y equilibrio afectivo de nuestros adolescentes. Si nos fijamos bien en el tipo del alumno que fracasa escolarmente, veremos que en muchos   casos las causas de ese fracaso no son   problemas de índole familiar ni social. Pero sí se detecta un problema que afecta al rendimiento escolar de muchos estudiantes: la baja competencia lingüística, hecho que genera problemas de aprendizaje. Y es que  para aprender, además de las imágenes, sigue siendo necesario el poder de la palabra. La palabra es cauce del aprendizaje. Y lo seguirá siendo durante mucho tiempo aunque cambien los soportes de la escritura y la lectura. Pensamos con y en  el idioma. El idioma no es solo el envoltorio o el vehículo del pensamiento, sino que es la sustancia misma de este. Se  podría decir de alguien: "Dime qué nivel idiomático tiene y te diré la complejidad de tu pensamiento".

En la última década, el lenguaje de los adolescentes se ha quedado tan reducido, tan raquítico, que es imposible que articulen con él un pensamiento medianamente complejo. Hay adolescentes que no manejan un vocabulario de más de 1000 palabras, cuando hace no muchos años conocían y usaban con soltura de  2500  a 3000 al acabar el Bachillerato.

Siempre se ha dicho que hay que leer para ampliar el vocabulario. Sigue siendo válido. Un buen lector es, en general, un buen estudiante. Pero hoy deberíamos añadir: hay que hablar para ampliar el vocabulario. Este déficit de dominio del idioma es más patente entre los chicos que entre las chicas, y este hecho coincide también con los datos numéricos: el porcentaje de chicas que fracasa o abandona los estudios es menor que el de los chicos. Las mujeres adquirimos antes el dominio del idioma y lo manejamos  con más soltura y de forma más expresiva. Hasta no hace mucho nuestros alumnos eran  una generación de imágenes, ahora son una generación “de pantallas”, sobre las que a  veces, más que mover la vista para mirar qué hay en la pantalla,  ven  esta solamente de pasada mientras mueven los dedos  con gran agilidad. En esa pugna entre desarrollo del dedo y de la mente, ¿cuál saldrá ganador?

Cada vez contemplamos   a  más  adolescentes aislados y abstraídos de lo que los rodea, con su  vista fija en una pantalla y sus oídos  ajenos al mundo. Y cuando se reúnen en grupo, el grupo es solo  una suma de individuos aislados, pues apenas hay comunicación: no utilizan casi la palabra, no se miran… Este hecho de estar pendientes constantemente de recibir alguna información genera en ellos tensión, nerviosismo. Bastaría contemplar la rapidez de movimientos de la vista y de los dedos por la pantalla de un móvil y el lenguaje gestual. Esta falta de comunicación personal también es más frecuente entre los chicos que entre las chicas. Hasta la propia creatividad del lenguaje juvenil, que a veces ha sido rico en matices y sugerente en la forma, se está viendo muy mermada. Y no hablo del acortamiento en la escritura, que es una pura simplificación gráfica, sino de la escasez de términos. Utilizan un idioma encorsetado, lleno de tópicos, de palabras huecas… Los sentimientos quedan reducidos a unos iconos con gestos diversos o a un jejeje. Cuando desean verbalizar un sentimiento tienen enormes dificultades para hacerlo. Y si se les pide que expliquen qué sentimiento quieren expresar con algunas de estas palabras comodín, tampoco les resulta fácil concretarlo.

            Es un hecho que conocen poco vocabulario culto los adolescentes, pero eso no sería problema si  manejaran con soltura, o al menos entendieran,  la lengua coloquial  con la que el pueblo llano siempre ha expresado penas y alegrías, aspiraciones y decepciones. Pero desconocen en igual medida la lengua coloquial: sus frases hechas, sus refranes, sus connotaciones. Si se les propone buscar sinónimos de contento, por ejemplo, no debe preocuparnos que no utilicen eufórico, pletórico…, pero quizá sí que les resulten “exóticas” las expresiones estar como unas pascuas o como unas castañuelas. Expresiones coloquiales que expresan,  con gran riqueza expresiva, y hasta literaria, un estado de ánimo. Se despachan con un supercontento y ahí quedó todo. ¿Cómo van a entender la complejidad de la filosofía de Kant, la redacción de un contrato  o el lenguaje político y publicitario?  Se constata también que los alumnos cada vez comprenden peor la formulación de los enunciados de las preguntas con las que se les evalúa académicamente. Lo mismo ocurre con el lenguaje de los libros de texto. Y la vida es una carrera en la que muchas veces se van a tener que “vender” con la palabra.


Mis alumnos de hoy con mis alumnos ayer Miguel Ángel Oliver y Juan Luis Fuentes. ¡Una maravillosa experiencia!


Inger Enkvit,  experta sueca en la investigación comparada de los sistemas educativos más avanzados del mundo y autora de múltiples obras sobre pedagogía, a la pregunta: "¿Qué puede hacer España para mejorar sus resultados?", contestaba: "Mejorar el nivel lingüístico de los profesores y modificar algunas leyes. No hay que pensar que cualquier conducta es admisible. Los alumnos tienen que proteger el derecho de sus compañeros a la educación; no puede ser que uno alborote y otro no pueda hacer nada. Lo importante no es invertir mucho dinero para dar a todos  educación, porque no todos la quieren recibir".

Llama la atención cuando se analiza el éxito del  modelo educativo finlandés que elijan cuidadosamente a quienes van a formar como profesores, en cuanto a vocación, y por su brillantez en el bachillerato  y su riqueza lingüística, aspecto que nunca se ha valorado entre nuestro profesorado. Si analizamos las notas de corte de los últimos años para el  acceso a la Facultad de Educación  constatamos que han sido   bajas en relación con otros estudios.  ¡Ahí queda para el análisis!

Otra merma que han sufrido los niños y adolescentes en las últimas décadas se manifiesta en la capacidad de la imaginación. Y esta facultad también es importante para aprender, pues facilita la formación de nuevas ideas y, por tanto, la enseñanza creativa. Dos causas están detrás de esto. Una, el hecho de que, en general, los niños leen cada vez menos. La lectura obliga a imaginar personajes, situaciones… Las imágenes, en cambio, nos dan ya acabada la historia. Todos hemos experimentado alguna vez que, cuando hemos leído una novela que nos ha gustado y luego la vemos llevada al cine, nos sentimos decepcionados. La imaginación siempre es más rica que la imagen y nos descubre algún camino mental por el que nos podemos escapar y transitar.

La otra causa que ha debilitado el poder de la imaginación es el tipo de juegos que tienen o han tenido estos chicos. Son juguetes sofisticados que  dejan poco espacio a la imaginación. Si observamos a los niños, vemos que la ilusión ante un juguete nuevo dura un rato o  unos pocos días, y pronto pasarán a jugar con cualquier otro utensilio doméstico. ¿No seremos los adultos los que sentimos más ilusión por comprarles juguetes que los propios niños? Si les dedicáramos un poco de tiempo, que es más barato, y jugáramos con ellos, compartiéramos vivencias con la palabra y les enseñáramos a imaginar, -porque también se enseña a imaginar-… les ayudaríamos notablemente en el proceso educativo. A los niños de hoy les sigue gustando que les cuenten historias…, pero cada vez  les llega menos la cultura de la palabra. Un juego basado en imágenes tampoco permite "imaginar"  mucho. Con solo mirar diez años hacia atrás nos daríamos cuenta de que el empobrecimiento del lenguaje y de la imaginación ha sido notable.

La falta de tolerancia a la frustración, el deseo de conseguir todo al instante, también inciden de forma negativa en la educación actual. El aprendizaje requiere tareas repetitivas, concentración, paciencia… silencio… Así aprendimos a andar, a hablar, ensayando el mismo gesto una y otra vez. Ahora, cuando los alumnos no ven el resultado positivo e inmediato a su esfuerzo puntual, renuncian fácilmente a volver a intentarlo. Y en realidad solo se fracasa cuando se intenta algo por última vez.

Se nos pide a los profesores que evitemos el aburrimiento.  Está bien recordar que el verbo aburrirse es pronominal. Nadie nos puede aburrir: es una vivencia que se da dentro de nosotros. No cabe el aburrimiento si el alumno entra en una dinámica heurística e indaga sobre el conocimiento. Se aburre cuando es un mero receptor y el acto educativo es una experiencia pasiva. Hay que educar en el esfuerzo, en los valores, en la fortaleza, en la creatividad…, y lo demás llegará por añadidura.

También la educación en el esfuerzo es una de las claves del éxito finlandés.  

Inger Enkvit  asegura que "el éxito del modelo educativo finlandés se basa en el esfuerzo del alumno". Así se afrontan las frustraciones y  la monotonía que siguen estando presentes en la escuela y en muchos puestos laborales.  La tarea del jefe no es divertir  a los empleados, sino dirigir y exigir la consecución de unos objetivos. Puede motivar, pero no sustituir el trabajo del empleado. Ese es el mundo que les espera fuera del aula.  No podemos educar para el país de jauja, aunque en ese lugar viven muchos  chicos de hoy sin saberlo…

¿Saben más nuestros adolescentes que los de la generación de sus padres? Si entendemos saber por tener información: sí. Si entendemos saber como madurez mental: no. Información no es lo mismo que conocimiento. La información es algo que se genera, que pasa de forma rápida, y que se olvida. El conocimiento requiere  elaboración intelectual y crea un poso que va quedando en  nuestro cerebro. ¿Son más felices porque tienen más artilugios de todo tipo? Rotundamente, no.  ¿Es menor el índice de fracaso escolar? Los datos no lo avalan. La UNESCO nos termina de aportar la información de que uno de cada tres estudiantes abandona la  Enseñanza Secundaria en España, frente a uno de cinco en los países de nuestro entorno.

Nuestros adolescentes se sienten solos, por eso la necesidad de estar siempre conectados, para tener la sensación de que  a alguien le importan en todo momento. Padres ausentes, amigos virtuales, profesores convertidos en quijotes que quieren luchar, en una lucha desigual, por proponer valores que el mundo exterior a la escuela convierte en contravalores. Hablamos de estudio, trabajo, esfuerzo, metas…  pero eso no motiva. Bastaría observar que en la mayor parte de la música que escuchan no están reflejados esos valores.

En este momento hay una doble brecha entre la sociedad y la escuela. Por una parte, la escuela no está a la altura de las demandas sociales en cuanto a preparación práctica. Por otra, la sociedad no apoya la formación integral de la persona que persigue la escuela. 



Seguramente la escuela actual debe modificar estructuras inmóviles desde hace décadas. Quizá tengamos que abandonar para siempre los libros de texto y sustituirlos por plataformas o mochilas digitales para llegar al alumno en su propio medio. Las TIC están abriendo la escuela al exterior y el uso de internet puede estimular el aprendizaje. Pronto nos  ayudarán asistentes virtuales. Quizá tengamos que sacar el aprendizaje  a la calle  al encuentro de la generación  u-learning  (un 38% de los españoles con más de 13 años poseen un smartphone y un 40% de los que tienen entre 8 y 18 años acceden a Internet desde su móvil), el aprendizaje basado en la tecnología y al que se tiene acceso desde cualquier lugar.  Quizá tengamos que dejar de estar para siempre a pie de pupitre y  tengamos que salir del aula al encuentro con los alumnos o meter su mundo dentro de esta. El profesorado está dispuesto a aceptar ese reto.

Pero, por otra parte,  es difícil saber si seremos capaces  de ayudarles a transformar la información en conocimiento y en una educación en valores. Porque también hay una brecha entre la sociedad y la escuela. La educación  no puede renunciar a una formación integral de la persona. La escuela debe transmitir valores: tolerancia, justicia, solidaridad, gratitud, humildad, esfuerzo…  Y la sociedad actual no contribuye a educar en valores, más bien presenta con frecuencia "modelos" que son contravalores. Quizá haya  que transformar algo más que el sistema educativo, quizá sea la sociedad en su conjunto la que necesita recuperar el valor del ser frente al dominio del tener. La escuela está al servicio de la sociedad, pero no debe ser su esclava.

Y para educar es necesaria estabilidad (que no es lo mismo que inmovilismo) en el sistema.    No se puede  "sufrir" una ley educativa nueva cada pocos años… Tiene que haber consenso en educación.  Debemos ponernos de acuerdo, buscando un equilibrio, sobre qué aspectos y directrices del  currículo escolar deben tener un marco global y sobre cuáles pueden  decidir  la autonomía de los centros u otras instituciones. Ni una enseñanza uniforme, ni una enseñanza atomizada. Bien está que conozcamos el nombre del río de nuestro pueblo, pero también debemos seguir  sabiendo que “el Pisuerga pasa por Valladolid”, como hecho y como dicho, porque, querámoslo o no, vivimos en la aldea global.

Sin embargo, a pesar de todo, y de todos, los docentes seguimos ahí,  con el ánimo intacto y con vocación de servicio. Por eso, a pie de pupitre, en aulas virtuales, en la calle… siempre habrá un gran grupo de educadores entregados, que cada día emprenden una tarea difícil, pero ilusionante, y  que no desfallecerán en su  intento,  porque seguirán convencidos de que participar en la educación de un país es un reto  de gran altura que vale la pena asumir.

                                

Completo con este artículo una serie de tres (A pie de pupitre I y   A pie de pupitre II) sobre los problemas de la educación actual en España. 







.
Licencia Creative Commons
La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.