sábado, 18 de enero de 2020

Retazos de la vida, semblanza del vivir

     
     El río de la vida



Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar.

Gran cantar.   Antonio Machado

Parafraseando a Jorge Manrique, Antonio Machado identifica la vida con un río,  Me gusta la idea de que la vida se parezca a un río. De los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire, yo siempre me identifiqué con el agua, con el agua en movimiento. Agua que es transparente como la verdad, que acaricia como un abrazo, que suena cadenciosa como la música, que tiene afán de eternidad… 

Nos parece que es siempre igual, como los días de la vida y, sin embargo, es siempre distinta. Nunca vemos pasar dos veces la misma agua, como nunca volvemos a ver pasar los minutos de nuestra existencia. El agua de fuentes, arroyos y ríos es un espejo de vida. Es espejo, porque en él se refleja el paisaje que lo rodea, y es vida, porque da vida.

Siempre me gustó contemplar cómo manaba una fuente, naciera el agua mansamente o a borbotones. De pequeña me parecía que las fuentes reían y los ríos cantaban cuando corrían serenos o gritaban cuando su caudal se desbordaba. Siempre me gustó contemplar desde un puente  o desde el borde de un prado o camino cómo pasaba el agua. Sigo teniendo la sensación de que el agua, al pasar, habla, canta, hace compañía, da paz.

Los ríos son, pues, para mí, la mejor metáfora del sentido de  la vida humana. Todos los seres humanos nos parecemos a un río en el nacer y en el morir. Los ríos más poderosos suelen nacer de una humilde fuente y al llegar al mar son todos iguales. Pero el sentido de la vida humana no está solo en el nacer y en el morir, ni siquiera en ir viendo pasar la vida,  está,  sobre todo,  en cómo se vive; no en vivir, sino en el  vivir. 

Cada vez que cumplimos años, nos suelen venir a la mente vivencias del pasado y sueños  e incertidumbre sobre lo que está por venir. Buen momento para pararse y hacer una pequeña reflexión. Y eso es lo que voy a hacer en las siguientes palabras. Para ello habré de desnudar un poco mi alma y contar algunas experiencias que he vivido para, a partir de ellas,  poder expresar cómo ha sido mi vivir.

Espejo de vida.
El cielo y el paisaje reflejado en las aguas del río Omaña (León)

Cumpliendo años...

PRIMERA EDAD:  Mi infancia

Nací en un pueblín recóndito (Paladín) del noroeste de León, en la década de los 50 del siglo pasado. Un lugar hermoso, pero apartado de la civilización. La carretera asfaltada más cercana estaba a unos 10 km, había una luz eléctrica escasa y limitada a dos bombillas en toda la casa. Las calles no estaban iluminadas y se llenaban de charcos y  de barro en invierno. No llegaban periódicos ni  había aparatos de radio. A mi casa llegó la radio cuando tenía siete años y  fue una ventana mágica que nos abrió al mundo.

Mi pueblo
Mis sonidos de infancia fueron los sonidos de la naturaleza: el canto de los pájaros y de los gallos, el mugido de las vacas, el rumor de las ramas de los árboles… Aprendí a oír el silencio sonoro de ese mundo que me rodeaba. Mis sabores, los de las cerezas silvestres, las moras, el pan recién amasado, la leche recién ordeñada… Mi piel sentía las caricias de la brisa, la suavidad de la hierba verde de los prados… Y las agresiones del  viento gélido o del picor de la lana natural de mis jerséis y calcetines. Mis olores, los de la hierba seca, las rosas  en la ventana, la flor de saúco,  el aroma de las  manzanas, la leña quemada… Mis colores, los verdes de los prados y la arboleda, los blancos y rosados de los montes, los rojos del ocaso, el blanco de la nieve... Me fascinaban los trajes estacionales  con que se vestía la naturaleza. La alfombra de flores del brezo (urces)  de los montes y  los estampados sonrosados y blancos de los frutales en primavera,  los lunares rojos de las cerezas y guindas que asomaban  entre las hojas del verdor veraniego, la maravilla de los trajes multicolores de tonos ocres y rojizos del otoño y hasta la elegancia de su desnudez invernal.



Mi infancia fue también un río: el río Omaña.  Y ha seguido siendo el río de mis años, el río de mi vida. Un río que  daba vida al paisaje y que envolvía los sentidos. Mis ojos contemplaban a diario sus aguas  cristalinas sobre las que hacían acrobacias las truchas para atrapar  mosquitos, unas aguas frescas y relajantes,  con su  rumor plácido de  verano y su sonido furioso  de invierno. Un río que  también se paseaba   por presas y regueros y  que iba sembrando a su alrededor vida y belleza. Ese es, en pocos trazos, mi paisaje.  Allí aprendí a respetar, a querer y a mimar la naturaleza.



Y  mi paisanaje fueron  unas gentes sencillas que vivían apegadas a la tierra y al compás de las estaciones. Al ritmo de esas estaciones realizaban los trabajos agrícolas, al ritmo de las estaciones se adaptaba la  alimentación y  se convivía con los vecinos. De esas gentes aprendí unas cualidades esenciales que han marcado mi vida. Aprendí el espíritu de colaboración, la  austeridad, el ser personas “de buen conforme”, el sentido de la gratitud, el espíritu de sacrificio, la fe en la providencia, la humildad…  Y también la cultura del sentido común, que no es tan común como sería deseable.Un ejemplo buen ejemplo de vida estoica. Conocí también, con la experiencia, la dureza del trabajo del campo y  las decepciones que a veces producía. No sabía entonces que muchos años después yo iba a hacer algo por mi patria chica y esta me lo iba a recompensar con creces.

Galardón Omañesa del Año 2013. Instituto de Estudios Omañeses

Y valoré mucho   la escuela. Era una apertura al mundo. Allí, en aquellos mapas, oscurecidos por el humo de una estufa de leña, estaban señalados lugares tan exóticos para mí como Pernambuco.  Por allí cerca estaba Argentina, lugar al que había emigrado mi abuelo paterno en 1911,  y de la que hablaba tantas maravillas. ¡Para mí aquello de viajar a un lugar tan lejano cruzando el océano era una auténtica proeza! En mi sencilla escuela, una escuela unitaria de muy pocos niños,   sentí la cercanía y el cariño de mi única maestra, Felipa y aprendí a leer, escribir, las cuatro reglas y lo que contenían aquellas famosas enciclopedias  Álvarez.  Y también empecé a valorar  el deseo de mis padres de que aprendiera (nunca se lo agradeceré lo suficiente). Siempre he llevado conmigo ese bagaje.

El pupitre de mi escuela y mis enciclopedias

Mi adolescencia

A los diez años el párroco del pueblo informó a mis padres de que había unas becas para estudiar Bachiller. Mis padres querían que sus hijas  fuésemos “más que ellos” y, aunque teniendo que prescindir de mi ayuda doméstica (en aquella economía de subsistencia todas las manos eran pocas), decidieron que me presentara a los exámenes necesarios para conseguir la beca.  La conseguí y comencé el Bachiller.

Y así, aquella niña de pueblo, se trasladó  a vivir  en una residencia de monjas de la capital, un colegio menor con disciplina bastante férrea,  que no permitía volver a casa nada más que en periodo de vacaciones. Me fui adaptando poco a poco al mundo urbano: al ruido de los coches, a las luces, a los escaparates… Me adapté también a la convivencia con muchas chicas de otros pueblos, de otras familias, aunque, la verdad es que las diferencias culturales entre nosotras no eran muy significativas. Eso sí, sus pueblos eran más “importantes” que el mío.  Los cursos en el instituto Juan del Enzina  de León pasaban bastante iguales a sí mismos y en mi mente persistía  una preocupación fundamental: tenía que estudiar para no decepcionar a mis padres y, sobre todo,  para conservar mi beca (entonces había que sacar un mínimo de 7 de media para poder renovarla). Así,  sin suspensos, curso tras curso, llegué al Preuniversitario, el llamado Preu.


León. Lugar donde residí los siete años de Bachiller. (Colegio menor las "italianas")

Superé una carrera de obstáculos que me dejó a las puertas de la universidad: el examen de beca y el de ingreso a los diez años, la Reválida de Grado Elemental, a los catorce; la de Grado Superior a los dieciséis, la Prueba de Madurez de acceso a la Universidad  a los diecisiete… Y, a pesar de tantas trabas académicas para los estudiantes de aquella generación, ¡sobrevivimos! Y no nos quedaron traumas, más bien al contrario, todos aquellos retos nos obligaban a madurar. 

He recordado este proceso muchas veces cuando ha surgido tanta polémica en época reciente sobre la reválida de Bachillerato. Conservo hermosos recuerdos de algunos profesores: don Leoncio, la señorita Manoja…  Su  ejemplar ejercicio de la docencia me sirvió de ejemplo para dedicarme a esa profesión en el futuro. En esa época también se forjaron buenas amistades. Y en  algún momento del Bachiller me topé con una frase del poeta R. Tagore (entonces no sabía quién era) que anoté, entre otras muchas, en una libreta de pastas negras que aún conservo: “No llores la marcha del sol, porque las lágrimas pueden impedirte ver las estrellas”. Sin saberlo entonces, esa  frase me marcó  en los años sucesivos y me ha servido de lema toda la vida.


Instituto Juan del Enzina (León), donde cursé todo el Bachillerato.


Mi juventud

Inicié mi juventud trasladándome a Oviedo, durante el curso, para poder cursar estudios universitarios. Aún no existía en León esa posibilidad. Conseguí una beca-salario (parte de la beca la cobraba el alumno y otra parte era una  ayuda para los padres). Era una beca generosa en su cuantía, que me permitió  un periodo universitario sin sobresaltos económicos. He de decir, porque es de justicia,  que aquella dictadura franquista que fue tan  nefasta  para  España, en esos años sí daba opción a que los  hijos de familias humildes del mundo rural pudiéramos ir a la universidad. Yo no tenía más “mérito” especial que   haber nacido en una familia así  y mi rendimiento académico. Y como yo, otras personas con las que conviví en esos años. Estábamos en los últimos años de la dictadura. En Asturias la lucha obrera era importante. Allí  habían nacido las  CC.OO. en los años 60  y esa lucha se vivía también con fuerza en la universidad en los  primeros años 70.

Fueron años de nuevos retos y experiencias. Fueron tiempos agridulces. Vivía entre la contradicción de querer participar en aquellas  luchas universitarias y el miedo a perder el curso por las huelgas, y con ello mi beca. Fueron también años convulsos en lo personal, pues corrieron paralelos a la enfermedad y muerte de mi madre (¡con 43 años!), hecho que provocó ausencias a  las clases en algunos periodos y un fuerte desgarro personal. Me dolía también que aquella madre  ilusionada por  conseguir que  sus hijas fueran independientes de adultas no pudiera ver que su hija mayor concluía estudios universitarios. 

En Oviedo, 43 años después, al lado del  P.  Feijoo y ante la que fue mi facultad

Todos aquellos sinsabores   fortalecieron mi personalidad, pues  aprendí  vivir en libertad y con sentido crítico, a asumir responsabilidades,   a ser persona seria.  A  ser directora de mí misma. En esos años universitarios comprendí que no era lo mismo ser personas de buen conforme que personas conformistas. Ser de buen conforme implicaba no ser egoísta, no obsesionarse por ser  o tener más que los demás, ser austero… Pero no había que  ser conformista, había que esforzarse por crecer en lo personal y en lo social, había que comprometerse para luchar por  la justicia y  la libertad. En definitiva que ser de buen conforme era una virtud, pero ser conformista era defecto. 
         

Forjé buenas amistades en aquellos años. Algunas de ellas pasaron por momentos de silencio por los avatares de la vida y muchos años después recobraron voz y  presencia cercana.
Mis estudios (Filología Románica) me pusieron en contacto con profesores de notable prestigio, aunque entonces quizá no los valorara en toda su dimensión. Fui alumna del lingüista Emilio Alarcos Llorach, un referente en estudios gramaticales, del filósofo Gustavo Bueno y de otros profesores notables.  Aprendí mucho de su valía académica, no siempre de aspectos humanos. Aquellos profesores , en general, estaban  distantes del alumno,  no conocían nuestros nombres ni nuestras inquietudes.  Yo aspiraba  a ser una buena docente, pero ellos no eran mi modelo. Iba a tener que aprender mucho cuando iniciara mi trabajo en el mundo educativo.

Mi orla universitaria


SEGUNDA EDAD: mi vida profesional

Y con mi título académico de licenciada aterricé en Madrid y empezó mi carrera docente, en el mes de noviembre de 1975. Franco estaba a punto de fallecer. Pude vivir en la capital de España todos los hechos relacionados con la transición. Y también en el centro escolar en que trabajaba, que tuvo que adaptarse a aquella nueva España que nacía. Y esa larga carrera se prolongó durante cuarenta y un largos y anchos años. 

Una hermosa y dura  profesión de la que he disfrutado mucho. Una profesión en que se trabaja con personas, a las que se conduce (duco=conducir). Una profesión en que se puede forjar el alma de adolescentes, con las lecciones, con el trato, con el ejemplo  vida. Una profesión en la que el profesor cumple años, pero el alumno no. ¡Bendito engaño! Todos los años por las mismas fechas mis  alumnos tenían la misma edad, pero el río de mi vida seguía corriendo sin descanso.

Fueron pasando muchas generaciones de estudiantes, que se convirtieron en profesionales. Algunos de ellos hoy son grandes amigos, incluso en dos generaciones: padres  e hijos.
Siempre recibí reconocimiento y  gratitud del alumnado... 

Nunca tuve “enemigos”. Siempre  mantuve una relación cordial con mis compañeros y siempre recibí un gran apoyo  de todos.


Pabellón de aulas de  ESO y Bachillerato. Colegio Salesiano Santo Domingo Savio. Madrid

Decía  Pitágoras que  el discípulo debe situarse respecto a sus superiores como cerca del fuego, ni tan cerca que se queme ni tan lejos que se hiele. ¡Qué gran verdad! El equilibrio entre cercanía y autoridad, la exigencia, la sinceridad, la alegría (que no es igual que la juerga), el respeto y la mucha dedicación fueron mis armas educativas. Y, sobre todo, el amar lo que se hace, porque "educar es cosa del corazón", decía san Juan  Bosco. Su lema fue mi lema.

Y realmente funcionaron. Un día una alumna me dijo en clase el mejor piropo para un docente: “Margarita, eres capaz de mantener la atención  porque te crees lo que explicas”.


2015. Con alumnos y profesores en el recital Doscientos Años de Sueños, en Santo Domingo Savio

¡Qué gran regalo es que te reconozca alguien en cualquier lugar y  que te salude con cariño! Educar desde la  alegría y enseñar alguno de los  secretos de la felicidad, desde tres máximas que me han recordado, porque yo se las repetía,  los antiguos alumnos,  una y otra vez: “Si no puedes hacer lo que quieres, al menos aprende a querer lo que haces”,  “no se trata de ser el  mejor del mundo, sino el mejor de uno mismo” y "la auténtica sabiduría consiste en saber qué hacer con lo que se sabe".  Y mientras enseñaba Lengua y Literatura y me rodeaba  la gran familia de un centro educativo, conocí a mi esposo, formé mi propia familia y eduqué a  mis hijos…  Y  también con ellos compartí los mismos valores.  Y la vida siguió: se fueron amores (mi padre), llegaron  amores  (mis nietos).


Durante mi vida profesional siempre mantuve los principios que había aprendido en mi infancia.  La fortaleza de ánimo, que nos hace resistir los embates de la vida, la humildad,  el esfuerzo, la austeridad, la solidaridad, el compromiso… ¡Cuántas depresiones de adolescentes, anorexias, bulimias y otros desarreglos emocionales tienen que ver con la falta de fortaleza de ánimo, con el no saber aceptar las frustraciones!

Y... TERCERA EDAD: la jubilación

Y  así, día a día, año a año, he  llegado a la atalaya de  la edad del “júbilo”. Y sí, es una atalaya, desde la que se ve lo que ocurre desde arriba, con perspectiva, abarcando todo el panorama, con mirada serena y análisis pausado.   Y he subido a la atalaya con mis alforjas casi  llenas, llenas del amor de mis seres queridos, del cariño y el aprecio de los amigos, de la gratitud de mis alumnos… Llenas también de vitalismo: de ganas de aprender, de ganas de conocer lugares  desconocidos, de sorprenderme…  Llenas de deseos de seguir conmoviéndome ante la belleza de un paisaje o de una actividad artística, con la escucha atenta de una conferencia, con la lectura de un libro, con una simple charla de amigos, con una caminata… Llenas de ganas de compartir un sentimiento, una reflexión, unas anécdotas, una mesa, unos versos… Llenas de ganas de compartir ilusiones y cariño con todas las generaciones de la familia. Llenas de ganas de escribir para dar cauce a mi pensamiento o a mis saberes y quereres. Llenas de ganas de tener un vivir vitalista.


Pero mis alforjas aún tienen cabida para recibir más. Ahí sigo,  buscando el pleno sentido de la vida. Ese que seguramente la mayoría de los seres  humanos no llegaremos a alcanzar.  Es la gran meta que perseguimos  y que a medida que avanzamos parece que se aleja más…  He aprendido  que en el camino hacia esa meta no está la injusticia, ni la intolerancia, ni el radicalismo, ni el engreimiento, ni la mentira, ni la ingratitud, ni  la desesperanza… Pero hay que seguir viviendo para encontrar todos  los  demás componentes. 


Recitando versos... (Madrid)
Aunque, quizá, en ese deseo de vivir  esté la auténtica ciencia y no haya más secreto. Por ello  siento  deseo de VIVIR.  De tener vida biológica y de tener vida interior. De escuchar otra vez los silencios sonoros de mi infancia.

Recuerdo   la  conocida frase de Fernando Birri (falsamente atribuida a Galeano) que decía: La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para  eso, sirve para caminar.

Pues eso, cumplir años sirve para seguir caminando en pos de esa utopía, de esa ciencia de la vida.

Cumplir años  permite  que nos regalen felicitaciones…  He recibido cientos en mi  reciente cumpleaños y eso me da pie para dar las gracias, gracias y más gracias, a todos los que habéis dedicado unos segundos  a escribirme un mensaje, a llamarme… A quererme. Y la palabra gracias es para mí  la palabra  más bella del idioma… Es como fundirse con el otro en un abrazo de estima, de reconocimiento. Las gracias (de gratitud) solo se tienen cuando se dan.

En la Garganta del Diablo. Iguazú, 2019

Decía Cervantes que la ingratitud es uno de los mayores pecados: Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque  algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento. El Quijote, II, 58.

Gracias,  familia,  amigos…  Con vosotros vale la pena seguir cumpliendo años.

“Gracias a la VIDA,
que me ha dado tanto,
me  ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro
madre, amigo, hermano…” Violeta Parra


Parece que ya he hecho las tres cosas que hay que hacer en la vida: tener un hijo, escribir un libro,  y  plantar un árbol... 

No sé si habrá cuarta edad, pero mientras la vida me lo va diciendo: ¡Gracias, VIDA!

M. Álvarez Rodríguez


Con los más pequeños de  la familia, en el Parque del Retiro. Madrid













Palabras que me dedicaron mis compañeros y mis alumnos en mi jubilación




10 comentarios:

  1. Enhorabuena Margarita. Tienes una vida copiosa y profunda y sigue así hasta el último aliento.
    Carlos junquera

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    1. Muchas gracias, Carlos. La naturaleza nos regala la vida y nosotros le ponemos el vivir.

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  2. Muy bonita la historia de tu vida gracias por compartirla.

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    1. Muchas gracias. Si quieres pon tu nombre al final del comentario para que no aparezca como anónimo.

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  3. Todos tus escritos me encantan, pero sin duda este es muy especial. Ha salido de buen dentro de tu corazón y has llegado al nuestro. ¡Gracias! Sin duda se hace camino al andar y la vida es darnos cuenta del momento y vivirla. Y qué bonito también mirar hacia atrás. ¡Que cumplas muchos muchos más! Abrazo fuerte :*

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  4. Muchas gracias. Mirar hacia atrás nos permite ser agradecidos, humildes... Y también reflexionar sobre nuestro vivir. Y eso ayuda a vivir el presente y a encarar el futuro... Y gracias a la vida... Un abrazo.

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  5. Mucha ilusión, mucho trabajo, muchos y grandes deseos, mucho cariño, muchos y buenos recuerdos, muchas ganas, muchísimas verdades...y muchísima vida. Ahora a vivir a tope esta nueva etapa. Muy bonito. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias,Fuencisla. Desde luego son palabras llenas de verdad, porque son palabras de vida: de mi vida. Y como digo en el texto tratando siempre de vivir: vivir para estar y vivir para ser... Y vivir para seguir viviendo, pero eso, a veces, no lo podemos controlar. Un abrazo.

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  6. Muchas gracias Margarita por comentar tu vida, que se asemeja a la mia y que suerte y grandeza es recordarla como la recuerdas y la felicidad que expresas. Me encanta

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.