Mostrando entradas con la etiqueta España vaciada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta España vaciada. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de agosto de 2025

¿Sigue alguien ahí?



El murmullo del río acaricia mi cara,

de su fluir me llegan sonoras palabras,

las siento muy cerca, quisiera apresarlas,

pero son huidizas y se escapan raudas.

Las llamo… Y las llamo…

¡Las silencia el agua!

Me arropa el entorno y me diluyo en su calma,

en una belleza apenas hollada.

Las ramas se mueven en armónica danza,

me llegan arpegios de música alada

y en la alfombra verde, que hechiza miradas,

musitan las flores, susurran las plantas.

¿Qué intentan decirme?

¿Qué secretos guardan?

¿Hablarán de ellas?

Yo  escucho… Y escucho…

¡No entiendo su charla!

¿Hablarán del pueblo de casas calladas

y de su memoria envuelta en nostalgia?

¡Sí, sí! De eso me hablan:

de corrales que añoran mugidos de vacas,

de   aperos dormidos que sueñan alboradas,

de cocinas en que no se oyen ecos de pregancias,

de los viejos hornos sin olor a hogazas…

 


Se oxidaron  los cerrojos  que trancaron casas,

en cuyos umbrales almas desterradas

derramaron lágrimas con frío de escarcha.

Yo busco a esas gentes…

¿Sigue alguien ahí?

El silencio es terco, ahoga  mis palabras…

 

Pero pronto  siento  el río, sus suspiros no callan:

su agua es eterna,

y fluye,

          y pasa…

                        llevando consigo dolor y esperanza.

 

Se fueron las gentes a tierras extrañas

buscando sus  mares como hacen las aguas.

Anidaron silencios en calles olvidadas.

¿Sigue alguien ahí?

Nadie me responde.

Y la pregunta se extingue en la nada.

Silencio de ausencias…

Tierra sin personas…

¡España vaciada!

Un sosiego de olvido que todavía nos habla.

 

Casas silenciosas, abrid las ventanas,

ansiosas de sol y lunas plateadas;

no estáis vacías, no estáis  vaciadas;

os habita el eterno  murmullo del agua:

murmullo de vida, inyección de  savia.

¡La voz de Natura siempre esperanzada!


© Texto: M. Álvarez Rodríguez 

© Fotos MAR, río Omaña, en la Omaña Baja

 




 

sábado, 4 de enero de 2020

Omaña escribe a los Reyes Magos

Foto: Paco Álvarez. Peña Cefera. Omaña-León



Queridos Reyes Magos:

Me llamo Omaña. Omaña Sueña. O si queréis ordenar las cartas por el apellido, Sueña Omaña. Soy ya anciana, pero los omañeses solemos ser fuertes y longevos, quizá porque vivimos en un lugar muy  sano, escondido en los montes del noroeste de León. Mi tierrina forma parte de eso que ahora llaman "la España vaciada", aunque, en realidad, lleva largo tiempo  vaciándose. Hace más  de un siglo mis gentes emigraban a América y, décadas después,  a Europa y a otras ciudades españolas.
 
Estoy situada en una comarca elevada, pero desde mi altura no puedo ver la capital del Viejo Reino. Tampoco  puedo ver el mar. No sé si es a causa de mi vista, ya cansada,  a la excesiva lejanía o a las montañas que me impiden la visión.

Habito en un mundo de magia y belleza, de historia y leyenda, que es un auténtico paraíso natural. Mi pelo tiene el color blanco e inmaculado de las cumbres que me rodean y mis ojos, el azul transparente del cielo.  Surcan mi piel, a modo de cicatrices, valles profundos y verdes por los que corren ríos bulliciosos  y  vallinas por las que danzan cascadas cantarinas. Aunque estoy un poco sorda, todavía puedo oír la música del paisaje exuberante que me rodea: el canto de los pajarines, el rumor  de las ramas, el crepitar de la lumbre… 

Me acompañan plantas de muchas especies y animales variados que conviven armónicamente conmigo; a unos los siento tan cerca, tan cerca,  que incluso les pongo nombre, como a las vacas; otros se esconden  en lugares más apartados y a veces me producen cierta inquietud, porque se acercan demasiado a los pueblos y producen mucho daño. El lobo, el oso, la garduña, la raposa... nos traen a maltraer. Quizá huyan de esos molinos que han colocado en los montes que los asustan con sus bufidos. Eso no les  ocurría con los molinos de agua.  Especialmente me producen dolor y rabia los ataques despiadados del lobo, que producen mucho daño, y, sobre todo, que no se proteja y se compense adecuadamente a los ganaderos. Ya no está permitido, como en mi infancia, ir a correr el lobo (y a cazarlo), pero algo habrá que hacer para evitar los daños que provoca.  

Siempre he vivido en este lugar que algunos llaman ahora Reserva Mundial  de la Biosfera. Siempre lo he querido, siempre lo he mimado, y nadie, en el pasado, me dijo nunca cómo debía hacerlo. Ahora me he enterado de que lo que yo hacía  lo llaman los modernos economía sostenible.

Soy laboriosa, agradecida, acogedora, leal… Pero un año, y otro, y otro, por estas fechas, sufro una decepción al comprobar que pongo mis zapatillas y mis madreñas en la ventana la noche de Reyes  y, como mucho,  encuentro en ellas por la mañana unas nueces o castañas, o, con suerte, algún polvorón o caramelo. Y no sé si lo  dejan  los Reyes Magos o es solo la muestra de la compasión de una persona o  de una naturaleza generosa. Yo no necesito comida, nunca se ha pasado hambre en mi casa. Siempre tuvimos unos gochines, unas gallinas, unas patatas, unos fréjoles... Además, ahora, el Estado me da una pensión que me permite vivir como siempre lo he hecho: digna y austeramente.

Tal vez los camellos de vuestras majestades, acostumbrados a andar por el desierto, no puedan subir a estas montañas ni caminar por estos escarpados parajes. Es verdad que podrían acercarse en burros o caballos… Estos sí conocen bien estos caminos, los han pateado durante siglos. Incluso podrían venir en coche, puesto que ya tenemos carreteras que llegan a todos los lugares, y con indicaciones claras, de manera que es difícil perderse.

Este año ya ni siquiera tengo madreñas para dejarlas en la ventana. Perdieron los cinchos y los tacos y  su madera rajada terminó por romperse. Pero bien mirado, no las voy a necesitar, pues esta vez no os pido  que  lleguéis hasta aquí –ya soy consciente de que tenéis que atender a muchos niños en otros lugares- solamente quiero que intercedáis, y que, con vuestra magia, me ayudéis a subir a esas otras cumbres que yo no puedo escalar. Esas cumbres  poderosas en que moran otros “reyes” que me resultan inaccesibles. Solo sueño con que les llevéis una carta en mi nombre. Sois compañeros y quizá a vosotros os escuchen. Escribidla en mi nombre, con letra grande y clara, que mi vista ya está cansada.

Necesito que sepan que vivo en un pueblo solitario, rodeada del silencio sonoro de la naturaleza, pero  que  querría volver a oír el jingrio de los niños por las calles. Que necesito oír cercano el sonido de los animales domésticos. Que necesito  tener vecinos para hablar, pues es muy triste andar por la calle y no encontrar a nadie. Que echo de menos aquellos calechos de antes de cenar y los filandones o veladas invernales. Que necesito tener cerca un médico y una farmacia, porque mi edad es avanzada y los achaques que sufro cada vez son más numerosos. Que necesito tener cerca una oficina bancaria, porque no sé qué es eso de usar una "aplicación". Que necesito salir del pueblo a comprar ropa, comida o, simplemente, a  ver escaparates. Sí, escaparates… O luces de Navidad. Aunque luego quiera estar pronto de regreso en mi lugar.  Que necesito que cuiden mi pueblo, porque algunas construcciones ya no pueden soportar el peso de la edad, que cuiden los montes para evitar las quemas, que limpien los ríos para que las aguas discurran por su  cauce, que  desbrocen esos caminos que unían pueblos con pueblos, casas con fincas… Esos caminos que eran signos de vida. Yo ya me encuentro sola y sin fuerza, y no puedo convocar concejos ni facenderas. Hasta estoy perdiendo las palabras de ese chapurriau que los "finos" dicen que hablo. 

He de confesar, sin embargo, que últimamente he recibido alguna alegría. Han pasado por mi pueblo caminantes que decían que iban a Compostela, que recorrían un Camino Olvidado. Salí a su paso, les sonreí y les ofrecí acogida. Me aseguraron  que por aquí discurría un viejo camino –Vexu Camín- que en otra época se utilizaba para llegar a Santiago. ¡Ahora me explico por qué existen en mi tierra iglesias y ermitas consagradas al santo! Me aseguraron que esta tierra les fascinaba, que caminar por ella era muy prestoso, que contarían  maravillas de su experiencia, que tal vez  un día volverían… Que vendrían otros... Que Omaña les parecía algo más  que un sueño… 

Pero  también estoy preocupada por ese virus que anda por ahí y que  ha llegado a los pueblos. Yo creía que estos montes y valles eran lugares sanos y que aquí no llegaban los males de las ciudades, pero estaba equivocada. Mis nietos me han explicado que eso es consecuencia de la globalización. No sé si he dicho bien la palabra. Parece que si un chino se pone a esperriar el andancio nos puede llegar hasta aquí. Eso me dijeron.

Pero vuelvo a mi carta, que  parece que se me va un poco la cabeza. Yo, como decía, soy  ya anciana, pero una anciana informada y  moderna. Veo la televisión (cuando se ve),   hablo por teléfono con mis hijos que se fueron a la capital (cuando hay cobertura) y  quiero aprender a usar eso que llaman internet (cuando llegue bien a mi pueblo) y que parece que se mide por un número y la letra G o  se fabrica con no sé qué fibras ópticas.  

A veces tengo que salir de casa, subir a un teso… para poder hablar  de teléfono, y ya me duelen demasiado las brias y  los remos.  Necesito que esas ondas y cables misteriosos traigan a mis valles la voz del mundo y que se lleven la mía, porque yo también tengo cosas  que contar y tesoros que repartir. Porque, bien mirado,  soy rica: rica en joyas, incluso, muy rica. Mis prados son esmeraldas; mis aguas, brillantes; mis cielos,  turquesas; mis nubes, perlas; mis primaveras, amatistas; mis otoños, oro; mis peñas, plata…  Y no necesito caja fuerte. Además, puedo compartir mi riqueza sin menoscabarla. Cuanto más doy más tengo, eso aprendí de mi madre. Necesito que el mundo lo sepa. Omaña Sueña con compartir.

Escribid todo esto, por favor, con letra clara, ponedlo en un sobre y luego echad la carta al correo en León, en Valladolid, en Madrid, en Bruselas… Poned como remitente:

Omaña Sueña

Camino Olvidado, s/n

24000,  Viejo Reino

España vaciada

A ver si llega la carta a esos “reyes”, que no son magos, pero que pueden hacer que mis sueños algún día se conviertan en realidad.

Pero, bien pensado, y por si acaso las vuelvo a necesitar,  no estaría de más que me regalarais unas madreñas, porque es el mejor calzado para estos fríos omañeses, y ya no existen madreñeros por aquí. Me han dicho  que ese Amazon es como una tienda de pueblo  que tiene de todo. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor un día necesito que los Reyes me vuelvan a dejar en ellas nueces y castañas… Y también... Os confieso un secreto: me gustaría que las heredaran mis nietos.

Mi sincera gratitud,

Omaña Sueña


















Omaña es una comarca del noroeste de la provincia de León. Pertenece plenamente a eso que ahora se llama la España vaciada. Está  formada por unos 70 núcleos de población que forman parte de cuatro ayuntamientos: Murias de Paredes, Riello, Soto y Amío y Valdesamario. La mayoría de esos núcleos de población tienen actualmente menos de treinta habitantes. La población total de la comarca tenía unos 11000 habitantes a principios del siglo XX  y casi  se ha diezmado en un siglo. Desde 2005 ha sido reconocida como Reserva Mundial de la Biosfera, (dentro de la Reserva Mundial de la Biosfera de los valles de Omaña y Luna) por la riqueza de su flora y su fauna.

Licencia Creative Commons
La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.