Género: novela
Editorial: Letrame
Páginas: 254
En fecha reciente recibí un grato regalo: la novela que ahora voy a comentar. Conocí al autor, Daniel Gómez Ibáñez, cuando él transitaba por la adolescencia y cursaba Bachillerato. Yo entonces era su profesora de Lengua y Literatura. Unos veinte años separaban nuestras edades. Yo trataba de despertar en mis alumnos el interés por adquirir unos mínimos conocimientos de historia de la literatura y, sobre todo, por el disfrute del arte de la palabra. Parece que aquella semilla no solo no cayó en mala tierra, sino que, en algunos casos, fructificó de forma extraordinaria. Hoy es para mí una alegría tener constancia de que unos cuantos de aquellos alumnos míos cultivan el arte literario en distintos géneros. Uno de ellos es Daniel, el autor de la novela El banco del instituto. Las redes sociales han hecho que se hayan vuelto a cruzar nuestros caminos vitales y que nos hayamos reencontrado en torno a la palabra, precisamente, en la presentación de un libro mío.
Daniel Gómez Ibáñez, de formación
técnica en lo académico, fue precoz en el ámbito de las letras, en las que es autor de relatos breves y de novelas. Su última novela es esta que termino de leer
con mucha atención: El banco del instituto. No sé si ese instituto tiene
que ver algo con aquel centro educativo en el que coincidimos, próximo al barrio madrileño de san
Blas, que se reconoce en el marco geográfico de la novela, pero se parece mucho.
El título de la novela es ya de
por sí muy atractivo y también lo son las cubiertas del libro: la anterior con
un personaje que refleja a un indigente meditabundo, sentado en un banco, sobre
fondo oscuro, y la posterior, en la que, sobre fondo negro, refulge el vestido
azul de una mujer joven y hermosa. La anterior tiene que ver con el presente de
la trama, la posterior, con un pasado que en realidad es un presente continuo y
luminoso en la memoria del protagonista. A lo largo de la novela iremos
descubriendo el secreto de ese simbolismo.
El libro se abre con una presentación
del propio autor. En ella afirma: Todos tuvimos un banco del instituto. Curiosamente una frase similar aparece,
también en su boca, al final la novela: Todo instituto necesita un banco.
Ese banco, ligado a sus recuerdos de época estudiantil es, pues, un símbolo de
vida, porque la vida ha dejado un poso sobre él, ha dejado los
ardores y sueños de juventud. Un banco
puede ser lugar de compañía y de soledad. Es lugar de espera, de confidencias,
de encuentros y desencuentros, de reflexiones, de descanso, de morada… Es una
bella introducción en la que el autor apostrofa al lector y lo invita a viajar
al pasado ‒recordar es viajar en el tiempo, dice‒ y a bucear en sus propios recuerdos,
apoyándose en la vida de los personajes de la novela. Para él, también es una
manera de reconocer sus propios fantasmas, los cuales menciona en la
dedicatoria.
La novela está protagonizada por tres
personajes fundamentales, amigos entre sí. Tres personas para las que aquel
banco fue algo más que un lugar para sentarse: Javi, Patri y Silvia. Javi es el
personaje esencial de la trama, un cincuentón que trabaja en una empresa
informática y que hace del trabajo el eje de su vida, porque en el presente no
encuentra mayores alicientes. Es un ser
solitario, un tanto egocéntrico, que en realidad vive anclado a los fantasmas
del pasado y pasa más tiempo evocando ese pasado que siendo consciente de los
alicientes del presente.
Desde su adolescencia está enamorado
de Patri, pero su indecisión, cobardía y miedo a poder perderla han impedido
poder disfrutar de ese amor a lo largo de su vida. Patri, a su vez, está enamorada de Javi, con el
que ha compartido muchos momentos felices, pero existe una incomunicación entre
ambos que hace que su relación sea solo la de un “amor amistoso”. Tiene que ocurrir un hecho dramático en la
vida de Patri para que Javi despierte de su indolencia y se apresure a
manifestar ese sentimiento, que siempre ha sentido por Patri y siempre ha
querido silenciar.
Silvia, persona superdotada y experta
en inteligencia artificial, comparte trabajo con Javi. Son propietarios con
otras personas de la empresa informática en la que trabajan en el campo de los ordenadores
cuánticos y la IA. Es buena amiga de
ambos, pero tiene una visión más realista y práctica de la vida y es la persona
que espolea a Javi para que cambie de actitud respecto a su actitud
ante Patri.
Javi es un personaje excesivamente
anclado en el pasado, en el que se regodea, hecho que le sirve para huir de un
presente que no quiere asumir. Está convencido de poseer una facilidad
excepcional para evocar ese pasado (hipermnesia), aunque en realidad esa
constante evocación puede manifestar un signo de depresión y no aceptación de
su propia realidad. Vive en el mismo
barrio donde se crio, trabaja en el mismo barrio y hace el mismo recorrido que
hacía décadas atrás para ir al instituto. Un cambio en su vida
laboral, por la venta “obligada” de la empresa al ejército, lleva a
que muchos de sus compañeros decidan
jubilarse y disfrutar de la vida, cosa que él no sabe hacer y esto lo lleva a sentirse aún más solo.
En la novela, de trama aparentemente
desenfadada, se plantean, sin embargo, varios temas profundos. Uno de ellos es
ese tema universal de la percepción del paso del tiempo, que inquieta al ser
humano. Somos conscientes de que no podemos detener el tempus fugit,
pero debemos enfrentarnos al reto de aprender a disfrutar al máximo de ese breve
tiempo del que disponemos. No es buena
idea vivir anclados al pasado y no percibir lo que de bueno nos ofrece el
presente. El pasado ha dejado huella en nuestra mente, pero ya no existe, por
tanto, no debe inmovilizarnos. Eso le ocurre al protagonista. Esa
sensación del tempus fugit se acentúa cuando nos hacemos mayores, pero
también devora a la juventud, que a veces realiza acciones que son huidas
temporales del presente que está viviendo.
Hay algo que produce desesperanza e, incluso, desolación en la trama de la novela es la no consecución del amor soñado, del amor sentido entre Javi y Patri, pero no verbalizado: nunca declarado abiertamente. Y así estos personajes se van consumiendo en la soledad de esa espera, porque el amor ideal, al que aspira Javi, imposibilita vivir el amor real que siente Patri.
Un día, al tener noticia de que Patri
está enferma, Javi decide dar un paso al frente y entregarse en cuerpo y alma a
acompañarla y a cuidarla para resarcirse de la mala conciencia que ha
arrastrado toda su vida. Este amor, que cobra
presencia cierta en una situación
dramática y que el autor nos presenta con mucha emotividad y delicadeza ‒y hasta con belleza‒, pone de manifiesto la simbiosis entre la manifestación de ese sentimiento, siempre a la espera, y el
paso del tiempo. La vida ha ido engullendo una relación amorosa que pudo ser hermosa, pero que solo logra florecer ante una situación dramática. El
tiempo nos ha engullido a los dos, dice Patri. Esto nos hace reflexionar
sobre el hecho de que hay que aprovechar el tiempo presente y disfrutar de los
afectos y de todo lo placentero que la vida nos ofrece. Se hace realidad otro
tópico literario que se repite en la literatura universal: carpe diem. Javi, en sus fantasmas mentales del quiero y no hago lo posible por poder, se ha pasado toda
su vida queriendo ver a Patricia como amiga, mientras se engañaba a sí mismo. En
definitiva, el mensaje que nos deja el autor ‒y la vida‒ es que hay que arriesgar para ser feliz, porque, de lo
contrario, nos sentiremos culpables y no
hay nada peor que no saber perdonarse a uno mismo. Por idealizar algo en
demasía y no querer perderlo, no arriesgamos, y así no lo perderemos, pero
tampoco seremos felices. Además, como dice Daniel Gómez, los
recuerdos tienen la capacidad de poder ver como tú quieras cualquier cosa
que tuvieras recogida en la memoria.
Así, Javi, ante la muerte inesperada
de Patri, se siente culpable por no haber sabido dirigir su vida y entra en un
proceso de degradación personal y social que le lleva a la pérdida de la cordura,
porque vuelve, una vez más, a cometer el error de convertirse en yonqui de los
recuerdos. Y, deteriorado física y psíquicamente, convierte el banco del instituto
en su morada ‒imagen de la portada‒, un lugar en que el pasado es fuente que brota de forma permanente. Desde allí contempla los fantasmas que vagan a
su alrededor, que son, en realidad, los que él lleva dentro. Un tema
relacionado con este fracaso amoroso del protagonista ‒persona inteligente y profesional de éxito‒ y el sufrimiento que ello produce es cómo se puede degradar
la vida de una persona después de sufrir un trauma, hasta llegar al
borde de la locura, porque, según Silvia,
la línea entre la excelencia mental
y la locura es más fina de lo que creemos.
Se nos presentan de una forma muy
hermosa esos momentos en que el amor entre Javi y Patri, finalmente, florece a
través de la ternura y la delicadeza de los gestos y que el autor nos transmite con
las palabras. Con la palabra literaria logra convertir el momento dramático en
algo hermoso. Y los lectores conseguimos ver a los amantes sentados eternamente
en el “banco” del instituto. Aparece también un canto a la amistad, sentimiento que convierte a los auténticos amigos en personas de nuestra propia familia.
Otro de los temas importantes que
aborda la novela es la reflexión sobre los límites de la IA, en lo tecnológico
y en lo moral. En la novela se plantea en un mundo distópico en este momento,
pero perfectamente posible. Se plantea la posibilidad de que se pueda entrar en el cerebro de una persona
mientras esta duerme y modificar sus recuerdos. La IA podría recrear una vida distinta en nuestro cerebro y dar realidad a lo deseado o soñado, si le proporcionamos
datos. Bastaría implantar un nanobot para
controlarlo. En la novela se debate ese tema entre los propietarios de la empresa, especialmente
cuando esta es comprada por el ejército para hacer experimentos. En ese contexto, la IA podría
convertirse en un arma muy potente. Silvia es partidaria de usarla en todo su
potencial, pues considera que el avance científico no debe estar lastrado por
los límites éticos: La moralidad llega hasta donde uno no la necesita o
puede pagarla; hay momentos en la vida más importantes que una moralidad, asegura.
Además, piensa que la moralidad depende del momento de la vida.
Es un hecho cierto que nadie duda de los usos muy beneficiosos que puede tener la
IA, en algunos campos, por ejemplo, en medicina, pero su poder nos resulta inquietante. Cuando escribo esto termina de
presentarse la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV. Su subtítulo dice: Sobre la custodia de la
persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El papa nos advierte de
sus peligros y asegura que “quien controla la IA impondrá su propia visión
moral”.
En la empresa en que trabajan Javi y Silvia se
plantean realizar el experimento de introducir un nanobot en la mente de
una persona para modificar sus recuerdos. ¿Nos podrá la IA controlar hasta ese
límite? ¿Hay que avanzar cueste lo que cueste? El protagonista se opone a ello,
frente a su compañera, pero, curiosamente, en un giro inesperado y muy hábil de
la narración, será el propio Javi el que será usado como conejillo de indias para modificar su cerebro y evitarle el sufrimiento
que ha deteriorado su vida en lo físico y en lo mental, después de perder a
Patricia. De la reflexión que nos plantea la novela nos surgen otros interrogantes: ¿Puede ser bendecida la IA moralmente por contribuir a evitar el
dolor psicológico de un ser humano? ¿Es ético utilizar cualquier procedimiento
científico o tecnológico para que alguien
sea feliz, aunque haya que modificar lo que se almacena en su cerebro? ¿Puede
una persona decidir sobre la felicidad de otra? ¿Sigue siendo la misma persona
aquella a la que le han alterado los recuerdos? Hoy no tenemos una respuesta
general, aunque cada cual pueda tener la suya. Seguramente el futuro cercano nos
contestará.
Relacionado con esto, está la
reflexión colateral que plantea el autor sobre la realidad y la ficción. La
persona cuyo cerebro se manipula creerá al despertar que las sensaciones
experimentadas han sido un sueño. Nos recuerda el debate filosófico planteado en La vida es sueño, de Calderón de la
Barca, cuando
Segismundo duda sobre si lo real es lo vivido mientras es llevado a palacio
narcotizado o lo que se encuentra al ser devuelto a su prisión: “¿Qué es la
vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión / una sombra, una ficción…”. El
autor, en ese hábil giro narrativo del final de la novela, consigue hacer dudar
al lector si todo el drama vivido al lado de Patricia ha sido solo el sueño de
una mente modificada y si esa ha sido la cruda realidad y, en cambio, es un
sueño la tranquilidad inducida al borrar los malos recuerdos de ese drama en
espera de su propia muerte. Nos deja
otra pregunta: ¿Cuáles son los límites de la realidad?
Desde el punto de vista de la técnica
narrativa, la novela está narrada en primera persona por el personaje
fundamental, Javi, aunque de manera muy puntual Patri y Silvia comparten el
papel de narradoras. El uso de la
técnica autobiográfica contribuye a dar más veracidad. La novela sigue una
estructura interna lineal, pues avanza en el tiempo, pero este avance se mezcla
con constantes flash back para, a través de la evocación, dar saltos
constantes al pasado para situarnos especialmente en el periodo de su
adolescencia y juventud. Y lo hace de forma muy acertada, mezclando presente y
pasado sin solución de continuidad. Con ello reproduce mejor la confusión mental en que se debate el personaje. La narración es
muy viva y dinámica, a ello contribuye el diálogo abundante. En medio de la narración y el diálogo se cuela
con frecuencia la técnica del monólogo interior que nos hace sentir la zozobra
permanente en que vive el personaje. Los monólogos se realizan con frecuencia
en segunda persona. En ellos el autor se apostrofa a sí mismo, lo cual supone
un desdoblamiento de su personalidad, aunque, a veces, podría dar la sensación
de que el interpelado es el lector: Vámonos para el trabajo, Javiercito.
Es un buen ejercicio de introspección psicológica por parte del autor. Patri
y Silvia son más bien personajes de acción, los conocemos por lo que hacen y
dicen o por lo que se dice de ellas.
A la viveza de la narración contribuye
el lenguaje coloquial utilizado por los personajes, especialmente en los
diálogos que nos presentan situaciones
de la vida cotidiana: sintaxis de frase breve
y frases hechas propias de la lengua coloquial, como calentar la cabeza, no
tienes huevos, ni tan mal, manda narices… También aparecen muchas interrogaciones
que buscan respuesta y otras muchas retóricas, diminutivos, tacos variados,
apócopes de vocablos… A veces introduce juegos de palabras usando el calambur: Midas ‒talleres de coches‒ y “medas” ‒me das, petición de dinero en casa‒. No falta la presencia de lenguaje técnico: interfaz,
ordenadores cuánticos, algoritmo, nanobot…
La novela finaliza con un epílogo en
que el narrador-personaje (Javier Martí), quiere hacerse notar como auténtico
protagonista y despedirse de lector antes de iniciar ese sueño inducido que le
llevará a la felicidad junto a su amada. También toma la palabra el autor-narrador,
o sea, Daniel Gómez Ibáñez, para confesarnos las dificultades que encontró para
contar esta historia, especialmente para reproducir los sentimientos
adolescentes de Patri y para expresar
el dolor de Javi y su proceso hacia la locura. También confiesa su gusto
por las historias románticas y dramáticas. Parece que Daniel Gómez también tuvo
su banco del instituto y tal vez ese Javi no sea solo un personaje literario
para él.
Desde luego, los lectores no
apreciamos esas dificultades, pues parece que toda la narración fluye de forma natural
y que no hay forma más adecuada y emotiva de narrarla. Ese es uno de los
grandes méritos de la novela. Si la leemos desde la presentación al epílogo,
dos textos en que el autor se hace presente, la novela tendría una estructura
circular. Comenzaba interpelando al lector y a él se dirige también en el
epílogo final para advertirnos sobre el peligro de que los recuerdos no nos
dejen ver el presente.
Siguiendo paso a paso la historia de
sus personajes, ha conseguido que vibremos con ellos, que reflexionemos sobre
el papel de los recuerdos, sobre los grandes temas filosóficos y morales que se
ha planteado siempre la humanidad y sobre los problemas morales que, en el presente, presentan las nuevas tecnologías. Y también
consigue que reflexionemos sobre la importancia de los recuerdos y sobre el
papel equilibrado que tienen que representar en nuestra vida. Y es que en la vida todos hemos tenido
nuestro “banco”, un lugar que ha acogido esas vivencias vitales en las que nos
refugiamos. Un banco que ha podido desaparecer en lo físico, pero que será
inmortal para cada lector que se adentre en las páginas de esta novela.
© Margarita Álvarez Rodríguez,
filóloga, profesora de Lengua y Literatura y escritora


