domingo, 27 de febrero de 2022

La sinfonía de la PAZ

 



Mientras el cielo se teñía de color anaranjado y las nubes grises inundaban el paisaje desolado de su alma, aquella mujer buscaba un camino de esperanza y vida. Por eso, a pesar del miedo, cantaba.  Cantaba para que el niño que arrastraba de su mano no percibiera el estremecimiento de la guerra. Cantaba...

Cantaba y cantaba, porque el sonido de su canto combatía el estruendo y el terror que le producían las  bombas. Al oírla, las demás madres, desde la hilera de la huida y la soledad, se fueron uniendo a su canto. Y así, un eco unánime, del que se desprendían, y, como si fueran níveas palomas, las notas musicales, se fue extendiendo por el mundo y tiñéndolo de blanco. 

Era la sinfonía de la paz.

martes, 22 de febrero de 2022

De patos y monjas, 22-02-2022

Foto de uso gratuito de Pixabay.com

         


La fecha de hoy es curiosa, pues repite seis veces el número dos y dos veces el número cero: 22-02-2022. Brillan, pues, en ella,  como nunca, "los dos patitos", repetidos en dos parejas, cruzando el estanque de este mes de febrero, o esas seis monjas   arrodilladas, que  no en vano estamos en el mes expiatorio o de la purificación, nombre derivado de februārǐus mensis, mes (mensis) relacionado con (–arius)  februa o fiestas de la expiación.

 


El dos, tanto  número cardinal como ordinal, está presente en algunos dichos de la lengua coloquial. El dos  tiene  suerte  porque no está tan solo como la una, pero puede ser peligroso, si se refiere a una casa con dos puertas, que siempre es difícil de guardar, o desagradable, si se trata de nadar entre dos aguas, especialmente si los interlocutores tienen segundas intenciones. Pero en ese caso también podemos optar por tomar el dos y dejar a los interlocutores con uno o varios palmos de narices. Este ordinal también nos hace ser reticentes ante las cosas de segunda mano.


Cada dos por tres este número opta por presentarse en pareja, de dos en dos, por partida doble o haciendo doblete, como Pili y Mili  o la parejita que los padres desean siempre tener. Pero, tan real  como dos y dos son cuatro,  no siempre todas las  parejas nos son propicias, especialmente la pareja de la Guardia Civil,  si  cometemos una infracción de tráfico.


Sin embargo, hay personas que no encuentran fácilmente pareja y siempre  se quedan a dos velas. Y las dos velas pueden ser peligrosas si nos colocamos entre ambas, pues, a la primera de cambio, caen sobre nosotros y podemos quedar entre dos fuegos, que   son como  dos caras de la misma moneda. Pero, aunque velas y fuegos se parezcan como  dos gotas de agua, no debemos preocuparnos, porque el agua apaga el fuego. Y si no es así, siempre quedará echarle a la cosa dos cojones, pues parece que en ellos reside la fuerza y la valentía necesarias para vencer cualquier situación arriesgada.


En cualquier caso,  no nos  gusta ser  platos de segunda mesa, porque nunca  segundas partes fueron buenas. También tenemos  que evitar las armas de doble filo y procurar salir airosos de las situaciones comprometidas, para no tropezar dos veces en la misma piedra.  Y si la piedra es alguien que nos molesta porque no tiene dos dedos de frente, ¡que le den dos duros! La clave está en solucionar los problemas que se nos presenten en un dos por tres y, luego, ¡a vivir que son dos días!, según recomendaba el carpe diem latino.


El dos tiene a veces resonancias artísticas, porque los dúos han proliferado en el mundo del espectáculo y en la literatura: dúos-personaje y dúos-persona. Muchos nos vienen a la memoria en distintas manifestaciones artísticas: en el mundo del cómic, Mortadelo y Filemón; en el del cine, imposible olvidar, por ejemplo, al Gordo y al Flaco; en el de la música, Amistades Peligrosas.  ¡Y nuestro dúo literario preferido: don Quijote y Sancho! A veces también oímos duetos, con voces en vivo o, de manera más esotérica, acoplando la  voz de un vivo  a la voz de un muerto. ¡Qué cosas tiene la técnica moderna! 


El dos, como ordinal,  sirve para marcar  grados de parentesco. Hablamos de tíos segundos, primos segundos, segundo grado de consanguinidad. Y también marca  cortas distancias, ya que cuando algo está cerca siempre se encuentra a dos pasos y, además, podemos llegar en dos patadas. Claro que ¡a saber cómo se miden los pasos! Pero a dos pasos o más, ya   que vamos al lugar,  aprovechamos y matamos dos pájaros de un tiro. Y siempre hay que tener cuidado con los que actúan con segundas (intenciones).


Dentro del mundo del boxeo, en la expresión segundos fuera, el ordinal no señala el tiempo, sino que   los ayudantes (segundos) de los boxeadores deben abandonar el cuadrilátero, porque va a comenzar el combate.


Pero no hay dos sin tres, así que en pocos días vendrá marzo y unos meses después, 2023, y con él los  “dos patitos” tendrán que nadar por separado, pero algunas "monjas" seguirán arrodilladas. Siempre habrá algo que expiar...



El contenido de este artículo está tomado de mi libr

Palabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio. 

Editorial Lobo Sapiens, 2021 

 

 

lunes, 14 de febrero de 2022

Reseña: "Te lo dedico a ti", de Raúl Portugués Matilla

 


Autor de los textos:  Raúl Portugués Matilla

Ilustradora: Laura Calvo

Poemario

Madrid, 2022

Me produce una alegría especial escribir una reseña de este segundo  poemario que termina de publicar Raúl Portugués Matilla, una persona a la que yo contribuí a orientar por  los caminos de la poesía con mis clases de literatura y, especialmente, con sus repetidas participaciones en los recitales poéticos que yo organizaba cada curso.    En ellos Raúl recitaba poemas de otros autores, sin embargo, en esta ocasión he sido yo quien he recitado sus versos en la presentación del libro  Te lo dedico a ti,  el día 12 de febrero. También ha sido emotivo para mí  el hecho de que la presentación se haya realizado  en el mismo escenario   que yo pisé  tantas veces, rodeada de chicas y chicos,  que ponían voz e lusión para captar la emoción del hecho poético.  

El libro está ilustrado por Laura Calvo, con unas ilustraciones originales y sugerentes, en blanco y negro y en color, que mezclan imágenes y palabras.  Además adoptan formas y grafismos singulares,  que le añaden intensidad emotiva y plasticidad. Sin duda, es un acierto la mezcla de la imagen con la palabra. Laura es también la diseñadora de esa bella portada centrada en unos corazones que emergen desde la negrura, rojos de pasión y de sangre,  que se buscan y se estiran para acercarse, pero sin llegar nunca  a tocarse. Son corazones ansiosos de amor y de vida que, de vez en cuando, dejan escapar una lágrima de sufrimiento lo mismo que algunos poemas:  Siempre cerca pero nunca sentido.

Este libro de poemas tiene con título sugerente: Dedicado a ti. ¿A quién? ¿Al lector, a ese ser del que se habla en femenino  en la mayoría de los poemas o al auténtico amor aún por llegar? Quizá el autor quiera jugar con esa variedad de interpretaciones. El libro contiene  cerca de ochenta poemas. Y  son poemas en versos libres, mezclados con textos en prosa poética (Conversación y  otros más) en los que  Raúl juega a veces  con la forma de los textos como hacían los poetas de las Vanguardias, pues coloca los versos de forma significativa, junta palabras  o las rompe para  formar una nueva significación, juega con el tamaño de la letra o con otras formas de remarcar las palabras, mediante el cambio de tipografía o el color de esta.  Incluso hay poemas en que la ilustración se mezcla con la palabra. Podríamos hablar de  poemas dibujados, escritos por Raúl y  reescritos, a través de los dibujos, por Laura.  

El autor consigue el  ritmo poético de los versos de este poemario  con los esquemas sintácticos repetitivos, que en muchos casos se convierten en estribillos que se van repitiendo a lo largo de un poema. No faltan rimas en algunos casos, aunque no tengan un esquema definido.  A veces juega también con el uso de la frase breve que coincide con el verso, lo que da intensidad al sentimiento expresado, como ocurre en el poema Adverbios.

Dedicado a ti  es un arca de emociones con las que trata de atrapar también al lector. Uno de los últimos  poemas se titula, precisamente,  Emoción. A él pertenecen estos versos: Siempre estás ahí cuando algo percibo. (…) Provocas la lágrima junto con la mejor sonrisa y la lágrima tras la peor mueca. Pero ¿qué emociones despiertan la  visión poética de Raúl? Evidentemente   el tema del amor es el sentimiento prioritario. La mayor parte de los poemas giran en torno a ese tema. A un amor inaprensible  hacia alguien que se le escapa constantemente de las manos y de la cercanía afectiva, pero que  atrapa interiormente y  encarcela a quien lo siente, hecho que   produce  sentimientos de  abandono y  de dolor.  Bastaría fijarse en los  títulos de varios poemas: Domesticado, Decepción, Frustración, Hastío, Miedo, Soledad, Pena, Disparo… Y unos cuantos más que tienen títulos más largos, pero que sugieren los mismos sentimientos. La impotencia, el desengaño y el desconcierto están presentes, pues, de una u otra forma en la mayoría de los poemas.

En esa  búsqueda del amor el poeta se siente derrotado, un perdedor, a pesar de ello   el sentimiento del amor  le produce vértigo, lo arrastra a una vorágine de la que le resulta difícil huir. En el poema  Vértigo expresa la necesidad que tiene de liberarse  de él: Necesito una nueva coordenada /  que rompa con todo y me libere / de este vértigo.  

En otro  poema, Aroma, dice ser un inocente preso en la cárcel de amor. Parece que la persona amada exhala un aroma que lo atrae irremisiblemente,  pero que termina evaporándose  y convirtiéndose  en decepción para el amante, porque la persona amada no le corresponde   de la misma manera. Eso provoca  a veces celos y, siempre, frustración. Además genera  sentimientos contradictorios, como el sí y el no al deshojar la margarita. En el poema  Contigo o sin ti  asegura: No puedo vivir contigo / pero sin ti me falta la vida. Mi gran duda es el título de otro poema. Esa duda también genera  confusión y sufrimiento. Lo he dejado todo por ti y en ti / todo lo he dejado. / Ya no me queda nada. Llega incluso a sentirse  perdido, en medio de un mundo  interior caótico: En el caos reside mi olvido. En el poema Marea, presenta esa contradicción  como la subida y bajada de una marea: Subes y la ola empujas, / bajas y la marea atraes.

En ocasiones, cuando trata de seguir a la amada, esta  parece que va muy deprisa y no la puede seguir: Querer correr para llegar a ti. A pesar de  su carrera, la amada no espera, no responde…  Se desvanece. Y solo queda el recuerdo de lo que ha sido el amor, como expresa en el poema Mi voz. Pero, aunque trata de olvidar para buscar otros amores, esa amada sigue ahí, su recuerdo es imborrable, porque el poeta la necesita: Cuando la luna se pone / y el silencio me atrapa / comprendo que a ti es a quien necesito.  Parece como si la amada ejerciera la atracción de una diosa, a pesar de que   el amante trate de huir del recuerdo como ese pirata que surca los mares o se refugia en la bebida. 

Sin embargo,    a pesar de todos los sinsabores, vale la pena jugar al juego del amor: Partida acabada. Mereció la pena / perder la miel por tu mirada. ¿Qué sería de  la poesía si ese sentimiento no inspirara a los poetas de todas las épocas? Hay un poema, de hecho,  en que el autor habla de la concepción del amor a lo largo de los distintos movimientos literarios. Con ninguna de ellas se identifica  plenamente, quizá porque el amor debe tener algo de la idealización renacentista,  de la pasión romántica, algo de realismo…

¿Realmente este poemario  habla del amor hacia una persona concreta de carne y hueso o lo hace de una mujer ideal? Nos queda la duda. En el poema titulado Musa dice: Musa en mi cabeza y en el papel / porque fuera de aquí no existes.  Y en el poema  t = 0 asegura: Así es mi amor por ti. No tiene presente. / Solo vive del pasado, / de lo que imagino para el futuro.  Pero, a pesar de  toda la frustración, el poeta  no renuncia al amor y está dispuesto a buscar a otra persona amada que le enseñe el nuevo significado del amor. A ella le dedica un poema. ¿O tal vez todo el libro en ese “ti”?

También aparecen otras facetas del amor: amor  a la familia, expresado a través de la gratitud, y   amor a los  seres queridos desaparecidos,  que simboliza con esa escalera que desea que le pongan en un ciprés, para subir por ella y estar más cerca de esas personas. Unos pocos poemas hablan del amor la naturaleza. Están presentes el campo y  un pueblo en  las cercanías del Tajo. Refleja el deseo de fundirse con esa naturaleza  en un encuentro puro  y silencioso, lejos de la gran ciudad y  con visión ecologista: naturaleza cansada, de esta gran amenaza. No falta algún poema en que critica el odio que engendra violencia, el materialismo y la ingratitud (El cerdo y el granjero). En fin, un poemario lleno de imágenes y emociones que nos presenta los inicios de la trayectoria poética de Raúl  al que esperamos seguir encontrando por los caminos  del Parnaso siguiendo la luz del arte de la palabra. Que la palabra  no sea una simple onda  que se pierda por  el aire, sino unas letras en tinta que se recojan por los lectores…

Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura

12 de febrero de 2022



 

12/02/2022. Un momento de  la presentación en Colegio Santo Domingo Savio. Madrid


viernes, 11 de febrero de 2022

Ser en la vida árbol

Omaña es tierra de árboles: de ribera y de montaña.

A esos árboles, que nos miran desde arriba, va dedicado este artículo.


Es verdad que la vida nos tiene señalados destinos de los que no podemos apartarnos. A otros les ha tocado ser casa, camino, carro… A mí me ha tocado ser árbol. Los árboles somos unos seres especiales. Estamos llamados a ver la vida desde arriba. Dicen que somos imprescindibles, porque generamos oxígeno, reducimos la erosión del suelo, producimos madera para los usos más diversos: nos convertimos en vigas, en cajas,  en muebles, en puentes… Calentamos las casas…  Somos seres importantes.

Servimos de cobijo para las personas. Para esa  que busca una sombra en un día de verano de gran calorina o  para esa otra que ha sido sorprendida sin tapadura y se resguarda de la lluvia… Servimos de  casa para los pájaros, pues  en nuestras ramas cuelgan los  nidos en  que habitan de marzo a julio.  En ellos ponen los huevos y los guaran,  en ellos cuidan a  sus hijos… Ya lo dice la retahíla: Marzo ñalarzo; abril, gogueril; mayo, pajarayo; en san Juan volarán y en santa Marina se buscarán la vida. Los árboles  somos altavoces de un maravilloso coro cuyas voces son   el piar y los cantaridos de  lavanderas, forines, pardales, pegas, aviones… Solo  hay uno que desentona porque elige la noche y su canto es desagradable: la cabrallouca. Y a veces  el protagonista de  una música no tan agradable  es  el bufido  del viento que mueve nuestras ramas y las hace también danzar  a su paso.   

El Escobio, Trascastro de Luna. Foto: MAR

Yo soy no un árbol cualquiera. Mi destino me ha hecho  ser chopo. Por serlo soy un árbol espigado, y eso ha sido una suerte, pues puedo sobresalir por encima de los demás y ver cómo se desarrolla su vida. Solamente pueden ver por encima de mí los que están situados en las laderas. Esos juegan con ventaja: son pinos, robles, abedules… Pero pocos son más altos  que  yo. Yo  crezco en el valle, soy de ribera, aunque también podría hacerlo en otro lugar que no fuera excesivamente seco.

Soy un chopo del país, por eso ya empiezo a ser viejo. No sé con certeza los años que tengo, pero ya he superado con creces el medio siglo. He tenido la fortuna de no ser cortado para madera. Mi suerte ha estado ligada al hecho de que los dueños de la finca donde vivo hace años que se ausentaron del lugar y creo que ni siquiera saben de mi existencia. Y también a mi aspecto. Hace mucho, mucho tiempo que fui plantado aquí, cuando era un chopo pequeño y delgado, una simple planta (de chopo), pues  así llamaban en el lugar  a los chopos nuevos destinados a ser plantados.

Durante años una mano amiga me fue podando para que creciera fuerte y robusto. Cuando ya me hice grande, cada dos o tres años, contemplaba cómo un hombre muy ágil trepaba por mi tronco de rama en rama, con la agilidad de una ardilla, hasta que llegaba a lo más alto. Entonces se agarraba con una sola mano y con la otra empuñaba una macheta que había subido  consigo colgada de las hebillas del pantalón, y empezaba a cortar mis ramas de arriba abajo. Este trabajo se hacía en otoño para conseguir  los llamados fuyacos o fiacos. Con  las ramas llenas de hojas que me arrebataban,  alimentaban a las ovejas y cabras cuando, en invierno, no podían salir al monte. Tanta poda continuada me ha hecho más fuerte, pero ha dejado cicatrices  en mi piel, que son  los nudos que se ven en mi tronco. Dicen  los hermanos que son como yo  que nosotros somos muy resistentes, más que esos otros chopos adoptivos  que veo cerca  y que llaman canadienses. Esos crecen muy rápidos y tienen mejor aspecto, pero su madera es poco consistente. Tienen buena fachada, pero hechos  engañosos… En los últimos años los vientos huracanados de otoño e invierno han arrancado varios  y he sufrido mucho al verlos con sus hojas llorosas pegadas al suelo y con sus raíces impúdicamente al descubierto. Es verdad que algunos de  mi generación  también han sido derribados, pero esos lo han sido porque la vejez les ha ido quitando fortaleza y a veces, la vida.

Chopos de  tipo canadiense arrancados por un vendaval. Foto:MAR 

A vista de chopo, veo todo lo que me rodea y cómo ha ido cambiando el paisaje a lo largo de los años. Antes los chopos formábamos parte de los cierros (sebes)  o de los riberos que había a las orillas de una presa, de un arroyo o del río. Éramos más solitarios y teníamos más personalidad. No solíamos formar parte de  choperas, como las actuales,  donde están colocados todos en filas  rectas y a una distancia determinada. ¡Parece que han perdido su personalidad!  En el pasado, los labradores de nuestra tierra necesitaban cultivar las linares y huertas.  En ellas sembraban patatas, remolacha y otros sementijos para autoabastecimiento  y venta.  También  cuidaban los prados para que produjeran hierba para alimentar  el ganado. Por estos motivos  raramente  se hacían plantaciones de chopos en las tierras y praderíos. Había  vecinos que, para  conseguir tener algunos  chopos de su propiedad, los plantaban  en los comunales y los  marcaban en el tronco con sus iniciales.  Ahora, en cambio, tengo muchísimos hermanos, a algunos les puedo dar la mano, incluso abrazarlos con las ramas cuando el viento nos bambolea. A medida  que los pueblos se han quedado solitarios y silenciosos nosotros hemos aumentado en número. Formamos bosques de ribera que en ocasiones ocultamos casi los pueblos.  Y la regla es inversamente proporcional: más población vegetal, menos población humana. Donde antes había fértiles bagos  sembrados con distintos frutos ahora la tierra se ha convertido en improductiva bajo nuestra sombra y sobre nuestras raíces. 

He oído que ya no hay gente que cultive las tierras, que los que viven en estos pueblos  están jubilados o se dedican a la ganadería y tanto estos como los que se han ido han creído que los chopos somos el mejor "cultivo". Pero nos plantan para cortarnos y hacernos madera, por eso, cualquier día podemos ver con desolación cómo una sierra y un camión se acercan a una de nuestras plantaciones y derriban a muchos hermanos. En su lugar quedarán  los tueros, que tratarán  de revivir en la primavera  siguiente. En otros casos vemos levantarse nuevas plantaciones y nos alegramos, y hasta  queremos proteger a esos recién nacidos, sin darnos cuenta de que nuestra sombra protectora los perjudica…

Paladín. Foto: MAR

Los chopos hemos sido un elemento fundamental en la construcción de muchas casas omañesas. Nuestra longitud ha permitido que nos convirtamos en vigas que atraviesan las casas de una pared a otra, en estructuras de pisos y armantes. Y en forma de tablas hemos sustentado las tejas…  Pero ahora dicen que nuestra madera es poco valorada y  el principal destino es  transformarnos en aglomerado o pasta de papel. 

Nuestra familia es muy extensa. Compartimos espacio en las riberas del río con otros muchos árboles. Si me agacho un poco veo la copa de los alisos. Algunos son altos, pero no logran superarme. Son árboles muy abundantes en Omaña. Su madera, de color oscuro, es poco apreciada. Sus hojas son parecidas a las mías, de un verde más intenso. Yo he visto cómo hace muchas décadas se cortaban cortezas de su tronco que usaban las mujeres para teñir la ropa de negro. Pero, de vez en cuando un machao, tronzador o  sierra asesina también deciden convertirlos en leña.

Aliso sobre el río Omaña. La Omañuela. Foto: MAR

A los chopos, lo mismo que a los alisos,  nos gusta reflejarnos en las aguas del río, especialmente  en otoño, a la caída de la tarde. Entonces trasladamos al agua el color amarillo de nuestras hojas y la teñimos de oro.   Cuando alguien se para a observar ese reflejo notamos que su mirada absorta queda prendida en la belleza que contempla. Según la estación del año modificamos el cuadro impresionista, pero el resultado es siempre guapo. En verano, mis ramas verdes abanican el agua y en invierno esta me devuelve la imagen de mis ramas desnudas y ansiosas de  primavera.  Y siempre el espejo del agua nos multiplica: árboles que miramos al agua y árboles que nos miran desde el agua.


Tristemente cuando se producen grandes llenas alguno de nosotros ve cómo el río foza en nuestras raíces y consigue arrancarnos y arrastrarnos. Entonces, de  forma inesperada y violenta, nos convertimos en leña. (Hace décadas, acabadas las riadas, las Juntas Vecinales  subastaban la leña que había quedado en término del pueblo. Ahora es la Confederación Hidrográfica del Duero  la que realiza la limpieza del río).

Cerca también puedo ver cómo  asoma la cabeza algún  fresno, con sus hojas más finas que la nuestras. ¡Cuántas veces he observado que los labradores acudían a él para coger una vara que les sirviera para hacer una ijada o simplemente para apoyarse para caminar por el campo! 

Allí, no muy lejos sé que viven algunas cerezales. Hay tres momentos del año en que su visión no se me puede despistar. En primavera, mientras nosotros echamos la hoja que va cubriendo nuestras ramas de verde, ellas se llenan de flores y desde aquí arriba contemplo las estampas de pequeños jardines que van formando en los prados. En julio, entre sus hojas verdes, aparecen sus arracadas rojas. Son cerezas silvestres, pero que siempre han sido muy golosas. He oído pasar a gente que decía: Vamos a cerezas. Y más tarde los veía volver con unas cuantas ramas en que se apreciaban esos lunares rojos o negros  entre la hoja. Ya saben que en julio sufren estas pequeñas mutilaciones, pero se sienten felices de poner un poco del dulzor (a veces más bien amargor) de su fruta en el paladar de los labradores que están en pleno proceso de recogida de la hierba. Más cerca del pueblo hay algunas cerezales cultivadas. Esas dan productos de mejor calidad, cerezas de alforja o rojas, y están más cuidadas. Otro momento en que las cerezales brillan de forma especial es el otoño. El color rojo de sus hojas parece que las convierte en llamas en medio del paisaje otoñal.

Cerezales en otoño y en primavera. Foto: MAR

Si tiendo la vista hacia los prados que me rodean  veo los cierros  en que abundan las paleras y los salgueros.  Muchos fueron en su origen solo fincones en que se ataban ramas con bilortos  para hacer las sebes vegetales. En otra época he visto a gente andar a varas y llevarlas a brazaos. Entretejiéndolas,  los hombres elaboraban las cestas que en una casa de campo eran útiles para transportar cualquier cosa: patatas, nabos, leña… Pero su destino fundamental es convertirlos en leña para atizar, por eso son podados con frecuencia y su aspecto es más bien rechoncho, aunque sus hojas sean estrechas y largas.

Si dirijo la vista hacia el pueblo veo  nogales y otros árboles frutales. Las nogales (femenino en leonés, como la mayoría de los frutales) llaman la atención por sus copas redondeadas. He oído decir que son los árboles  perfectos para dar sombra en verano. Son  muy estimados por su valiosa madera y por sus frutos: las nueces de Omaña, que  tienen un sabor y una calidad especial. El mes de octubre era el  mes de la recolección, se vareaban y, una vez quitado el conjo que manchaba las manos de color negro, se asoleban varios días antes de recogerlas. Y hablo en pasado porque desde hace años las nogales dan pocas nueces. Las fuertes pelonas las dañan con frecuencia, además, como apenas hay gente que pueda realizar el vareo, los lugareños se conforman con recoger las que caen al suelo.

Nogales  vestidas de otoño en La Utrera. Foto MAR

Cerca de los pueblos, en las huertas hay también árboles  frutales: las perales, los manzales, las brunales… En el mes de abril brillan las flores blancas de las perales y las sonrosadas de los manzanales… A lo largo del verano vemos cómo crece la fruta, salvo que esté  cocosa o dañada  y se caiga antes de madurar. A principios de otoño la vemos brillar con su color amarillento o encarnado… Hasta me llega el aroma inconfundible de las manzanas… Es verdad que los frutales han ido disminuyendo por falta de cuidados, de fumigaciones y podas o por enfermedades como el fuego bacteriano que obligó a arrancar muchas perales. Hace años también vimos desaparecer a los negrillos, esos árboles, llamados olmos en otros lugares,  de madera muy dura, pero  que terminaron sucumbiendo a la grafiosis. Han renacido algunos, pero hoy apenas puedo localizarlos en el paisaje.

Manzanal que hace de sombrero sobre este pozo de Paladín

También  soy capaz localizar a los sabugos, especialmente cuando están floridos a principios del verano. En algunos momentos parece que me llega su intenso olor. Sé que algunos lugareños recogían esas flores para darles diversos  usos medicinales. En Omaña ha dado lugar al nombre de un pueblo  y hay omañeses que lo llevan como apellido.  No lejos de los pueblos también puedo ver  algún avellano y castañal, aunque en esta tierra no son abundantes. En eso no podemos competir nuestros vecinos de  La Cepeda.

Si miro a las laderas  y testeros intercambio miradas con los robles, los rebollos, los bidules y con arbustos como las urces y las escobas que alfombran el paisaje  en primavera con sus  colores amarillos y rosáceos. Algunos robledales han estado allí desde siempre, formando amplios bosques, especialmente en la Omaña Alta.  Otros han ido colonizando las tierras centeneras, lo mismo que las urces y escobas, tierras que ocupan las chanas y las laderas y que fueron quedando de vaco  y hoy están irreconocibles.

Bosque de robles, acebos y salgueros. La Urz. Foto: Paco Álvarez

Los robles son árboles duros y resistentes, muy estimados para madera…  Los niños se dedicaban a recoger sus gallarones, que por aquí llamaban bolajos y bolajas, para  jugar con ellos como pequeñas pelotas. Antes se recogían sus bellotas en otoño para alimentar al ganado menudo. Desde mi posición veo brillar los troncos blanquecinos de los bidules que se agrupan en amplios bosques  y que con su colorido nos regalan un otoño espectacular. Por el monte también puedo ver  algún capudo o capudre, que en otros lugares llaman serbal de los cazadores. Sus frutos en baya, de color anaranjado, ponen bellas gotas de color en los montes. He oído decir que esas serbas tienen muchas propiedades medicinales.

Capudo (serbal) y bidules (abedules). Vivero. Foto: Paco Álvarez

Por los montes de Omaña también puedo ver el acebo, que destaca de los demás árboles, sobre todo en invierno, porque tiene hoja perenne.  Es el árbol al que nadie se puede abrazar porque sus hojas llenas de pinchos seguro que rechazarían el abrazo. Sin embargo, los árboles femeninos, en invierno, nos dejan bellos puntos rojos en el paisaje  que son  sus frutos rojos y brillantes.  He podido ver cómo por Semana Santa algunas personas toman ramos de los acebos para llevarlos a la iglesia el Domingo de Ramos. Sus hojas rígidas  destacan por un color verde brillante por el haz y por un  tono más amarillento por el envés. Son árboles que con frecuencia pasan de centenarios. La infusión de  sus hojas cocidas parece que tiene propiedades diuréticas y laxantes.

Hasta no  hace  muchas décadas, los acebos  eran los árboles de hoja perenne por excelencia de Omaña. Ahora ya veo que les ha salido  un competidor: el pino. Cuando llegaron los primeros los miré con recelo. Mientras yo me desnudaba en el otoño, ellos seguían allí con su insultante color verde, manteniendo su orgullo y dignidad.  Me sorprendían sus hojas tan extrañas que nada tenían que ver con nosotros, los árboles omañeses. Tenían tronco, tenían ramas, pero sus hojas no eran hojas, ¡eran agujas! Y sus frutos, me resultaban también extraños. Pero poco a poco me he acostumbrado a  su presencia y convivimos cordialmente. ¡Los árboles somos muy tolerantes!

Pino y urces engalanadas. Paladín. Foto: MA


Los pinos me sorprendieron, pero pronto los reconocí como árboles, sin embargo, no he podido  reconocer a otros “árboles” muy extraños que veo en lo más alto de los montes. Deben de ser altísimos, o así me parecen, aunque los veo a lo lejos. Estos sí que son raros: son de color gris, tienen ramas solamente en la parte superior y no cambian de aspecto en todo el año.  Sus ramas se mueven cuando hace viento, pero no como las nuestras, esas giran  como si fueran grandes palas y producen un sonido que es capaz de asustar a los animales  y que  nada tiene que ver con el nuestro.  Ellos no sirven de casa a los pájaros… Los asustan... los matan. No son símbolos de vida… Por la noche emiten unas luces extrañas que hasta a mí, que he visto de todo, me asustan. ¿Serán así los árboles modernos? Espero que no, porque entonces para mí, se acabaron los abrazos y las conversaciones. Soy viejo   y mi mundo esté muriendo conmigo,   por eso me cuesta aceptarlos como parte de mi familia.  

Molinos eólicos. La Lomba. Foto Paco Álvarez

Por ahora, aquí sigo, viendo pasar la vida a mi alrededor… Cuando desaparezca, espero que alguien me tome el relevo y pueda  seguir dándoos noticias de lo que hacen mis hermanos. Si puedo elegir, le pasaré el testigo a un roble…  Él, desde arriba, podrá vigilar mejor a los intrusos… Tengo confianza en su fortaleza, aunque no estoy tan seguro de que cualquier máquina inmisericorde   o una mano asesina   que  achisme el monte y provoque  una quema no  puedan acabar también con su vida. O tal vez esos "árboles" extraños.  Dicen que los omañeses han sido siempre duros como robles. Espero que ellos sabrán cuidar a ese árbol que es  símbolo de su tierra y de su propia vida.

Un roble centinela en La Chana de Paladín. Foto: MAR

Y ya he hablado demasiado, dejo  la palabra a otros… Que me perdonen los árboles que no he citado. Mis ojos están cansados y ya me cuesta distinguir unos árboles de otros…

Robles que vigilan, desde Paladín,  el bosque de chopos de la ribera del Omaña
y los molinos eólicos del Valle de Samario y Andarraso. Foto: MAR

Omaña está dentro de la Reserva Mundial de la Biosfera de los Valles de Omaña y Luna. 

 Autora del texto: Margarita Álvarez Rodríguez

domingo, 6 de febrero de 2022

The end. El fin de la minería del carbón... Cecilia Orueta

 The end. El fin de la minería del carbón en León y Palencia

Cecilia Orueta. Flores abandonadas la mina Salgueiro de Torre del Bierzo (León)

Exposición de fotografía y libro que recoge las imágenes y las acompaña con testimonios de  retratados y textos literarios relacionados con la minería.

Autora: Cecilia Orueta

En la presentación que  tuvo lugar en la Casa de León en Madrid, el 3 de febrero de 2022, acompañaron a la autora: Julio Llamazares, escritor; Mar Astiárraga, autora del diario del viaje por las cuencas y José María Hidalgo y Margarita Álvarez, en representación de la Casa de León en Madrid.

  

Portada del libro. Cine Emilia, en Ciñera (León)


El jueves 3 de febrero tuve la ocasión de presentar en la Casa de León en Madrid la inauguración  de  la exposición fotográfica de Cecilia Orueta titulada  The end y el libro de fotografías que la acompaña, sobre el fin de la minería del carbón en León y Palencia. Y a mí, que he tenido relación con el mundo de la minería, me produjo una emoción especial. En las líneas siguientes pretendo hablar del gran trabajo fotográfico de Orueta, pero no puedo hacerlo sin pasar antes por la memoria de mi padre y de los demás mineros que he conocido.

Mi padre, Irineo, fue minero  en el año 1952, en  Carbones Mauricio, de  La Magdalena,  y en los años 70 en las minas de Valdesamario, dos localidades leonesas. Inició su vida  laboral en la minería como picador, cuando era un mozo,  y la retomó  muchos años más tarde,  como barrenista, dos categorías especializadas en el mundo de la mina. Trabajó como minero   hasta que tuvo que jubilarse por enfermedad (unos diez años en total),  aunque no fue la minería su profesión habitual, pues fundamentalmente fue  labrador y cantero. Recuerdo el miedo que sentí cuando tomó la decisión de volver a la mina. Un vecino nuestro se había matado (así se decía: “se mató en la mina”) cuando iniciaba la juventud y también otro conocido. La necesidad de contar con un trabajo que llevara aparejado el seguro médico de la Seguridad Social, por necesidad familiar,  fue la causa de  su vuelta  a la mina (“tuvo que ir a la mina”) y el hecho de tener un hermano Antonio, minero profesional, que lo animó a ello y le “buscó” trabajo en la empresa Minas de Valdesamario S.L., propiedad de Joaquín Blanco.  Siempre respetó ese trabajo, lo mismo que los otros que había tenido,   y nunca se quejó de su suerte. 


Gratificación de Navidad, año 1952

Cuando mi padre  llegaba a casa ya se había duchado en la mina (en los aseos construidos a principios de los 70)  y pocas veces lo vimos con la cara tiznada de carbón, pero,  a pesar de ducharse,  le quedaba con frecuencia un cerco oscuro en torno a los ojos, como si se tratara de un maquillaje involuntario e indeleble, que a mí me producía inquietud.

En su trabajo en la mina, como la mayoría de los mineros, sufrió pequeños accidentes y uno más serio en que se rompió una pierna. En los años transcurridos entre los dos periodos de trabajo  en la mina, algunas cosas habían cambiado, por ejemplo, se había pasado de tener que  de ir muchos kilómetros en bici a ir en autocar de  empresa,  pero la sensación  de incertidumbre al entrar por la bocamina, al bajar por las ramplas o en las jaulas  a cientos de metros bajo tierra para  estar unas cuantas horas  rodeados de negrura y  humedad    robando el carbón a las entrañas de la tierra   seguía siendo la misma...  Allí dentro el pan del bocadillo y el que había que ganarse cada día a golpe de martillo o estallido de dinamita olían a mina, sabían a mina… Y tenían el color de la mina.

Los mineros que trabajaban en las minas de Valdesamario  respondían a  dos tipos: los había que  habían trabajado  siempre en la minería, era su única profesión y a veces se desplazaban desde lugares alejados; en cambio, había otros, de los pueblos próximos,  que pasaron de trabajar en el campo a bajar a la mina, pero  sin despegarse totalmente del cultivo de la tierra. Los que tenían esta segunda condición se seguían rigiendo por la concepción austera de la vida de las gentes del campo. Este  mundo compartido  entre agricultura y minería, en pueblos muy pequeños,  hacía que la vida discurriera de forma serena y que el ambiente no fuera el tradicional de las cuencas mineras, aunque sí se notara esta actividad en la vitalidad económica de una zona que tradicionalmente había vivido de una economía de subsistencia. Allí  no florecieron grandes empresas que marcaran  una  vida "monocultivo", como ocurrió en otras poblaciones mineras.  La mina citada, creada al comienzo de la década de los 50 del siglo pasado y cerrada en 1991, llegó a tener como mucho unos 80 trabajadores. En el mismo valle también hubo explotaciones a cielo abierto  de la  MSP. Unas y otras  dejaron tras sí la contaminación de   un río  y la notable modificación de  un paisaje que no había vuelto a ser hollado desde la época romana.

Nunca llegué a ver la mina en que trabajaba mi padre, pero con solo ver los monos de trabajo tan negros  y a veces grasientos que lavábamos en casa, me podía hacer una idea de las condiciones en que se trabajaba muchos metros debajo de la tierra… Ahora, al contemplar las hermosas y dramáticas fotografías de Cecilia Orueta se removieron en mí todos esos recuerdos.

Con frecuencia se oía decir que los mineros del carbón  ganaban mucho dinero.  Y sí, es verdad que, comparado su salario con los escasos beneficios que  hace años producía el campo, los  ingresos  de los mineros eran altos. Pero es una verdad a medias. Habría que comparar el valor de la hora trabajada en cómputo anual, la peligrosidad, tanto en lo relativo a accidentes como a enfermedades, la dureza del trabajo y también lo que escondía una nómina. Los que más ganaban lo hacían a costa de un esfuerzo extra-ordinario, porque trabajaban a destajo. Tantos metros cúbicos de carbón sacaban… tanto cobraban…  Ese era el incentivo. Quien ganaba mucho, era porque trabajaba  más de lo ordinario y daba más ganancia a la empresa.  Aquellos que no podían trabajar a destajo o que tenían una categoría inferior percibían unos salarios mucho más corrientes.

La  minería del carbón  era una profesión dura, que hacía fuertes moralmente a quienes la practicaban.  Una profesión muy concienciada  social y laboralmente, una profesión reivindicativa  y solidaria… Unos trabajadores que siempre sabían enarbolar  la bandera de  la dignidad y, tal vez por eso,    han  suscitado simpatías en el resto de la sociedad. Miles y miles de mineros  que trabajaron  en unas explotaciones que duraron siglo y medio,  en las cuencas de León, Asturias y Palencia vieron cómo en el año    2018 se  echaba el cierre definitivo a   la  última mina. Y con ese cierre, agonizaba también   aquel mundo  "colonizado"  y organizado por las empresas de forma paternalista (como explicaba el escritor Julio Llamazares en la presentación de la obra de Cecilia Orueta) que cubría las necesidades del minero y su familia: vivienda, economato, cantina, cine… Todo aquello se derrumba al cerrar las minas. Y de las ruinas,  a la desolación.

Cecilia Orueta. Mina Cerredo (Asturias)

Y esa desolación la reflejan a la perfección las fotografías de Cecilia Orueta que, durante un año, recorrió distintas cuencas mineras de León y Palencia, acompañada por  Mar Astiárraga que escribía el diario de la planificación del viaje  y recogía  las experiencias cotidianas de esa experiencia. El trabajo de la fotógrafa   dejará viva, para la posteridad, en sus imágenes, la memoria del carbón.   Nacida en Madrid, ha  tenido contacto  con ese mundo, desconocido para alguien de origen urbano, a través de las vivencias de su esposo, el escritor Julio Llamazares, que se crió en la cuenca minera de Sabero.  No haber nacido en ese ambiente minero  tiene una ventaja para el objetivo  de la fotógrafa, pues  permite  que su mirada expectante ante cualquier  imagen no familiar  se fije pausadamente en detalles que pueden pasar  inadvertidos  para la persona que ve a diario esa misma imagen, ya que  la tiene tan adherida a su retina y a su paisaje anímico que le pasa desapercibida.

El carbón es negro negro, no en vano hemos incorporado a la lengua familiar la expresión “ser tan negro como el carbón”. Negro por su color natural y negro por la muerte que encierra.  Y en la obra de Cecilia están plasmados todos los matices del negro. El color negro del carbón que aparece en la cara de esos mineros que salen del pozo y aún  llevan las huellas  de la mina marcadas en su piel. El negro de esos túneles iluminados solamente  con  la luz de los cascos…  El polvo negro sobre los azulejos de unos baños  que un día fueron blancos,  pero sobre los que se podría escribir con el dedo The end para ponerlo de fondo   a  unos cuerpos desnudos que tratan de recobrar el color  genuino de su piel  Las lágrimas negras que se vertieron con demasiada frecuencia ante la lápida de un cementerio  bajo la que reposa  un minero muerto en accidente laboral.  El color negro de la piel de tantos trabajadores caboverdianos que llegaron a las montañas leonesas para trabajar en la minería.  Y otro negro más: el negro figurado de “vérselas negras” para conseguir sus reivindicaciones salariales y de seguridad, esas  que la fotógrafa recoge en pintadas  rotundas y  expresivas.

En las fotografías, el negro es iluminado con una luz  tenue, a veces amarillenta, que nos sugiere un mundo de nostalgia que conmueve al espectador y crea un bello contraste poético. Impresionan esos ojos perdidos de los tres mineros que vuelven a casa en el autobús de la empresa, después de un trabajo extenuante y ante la inminencia del cierre. Esos ojos  que, apagada la lámpara del casco, se convierten en  pequeñas lámparas  interrogantes que brillan con la luz de las lágrimas.

 Cecilia Orueta. En la mina La Escondida, en Caboalles de Arriba (León)

Y junto al color negro, la sensación de soledad. Soledad, que nos habla de silicosis, en la cara de ese minero que camina con unos cables de oxígeno;  soledad, en esa mujer que se cubre la cara llena de arrugas para esconder el dolor de su memoria; soledad,  en esa oveja enferma que se ha refugiado para morir en una construcción abandonada; soledad, en unas duchas habitadas solamente por los olvidados envases  de gel .  Soledad de   picos, palas,  martillos y otras herramientas que   con su presencia amontonada también nos hablan de un fin. Soledad de un ramo de flores abandonadas, cuyo color rojo, ensombrecido por el polvo del carbón y la grisura del fondo, produce en el espectador una sensación de inquietud y dramatismo.  Soledad y silencio  de bares  y negocios cerrados… De un cine llamado Ideal, como si el nombre fuera  un símbolo  y una burla cruel a  su situación de abandono. Soledad de unos documentos abandonados a su suerte en los que se desnuda la intimidad de una persona.  Soledad de  Máximo Álvarez, el último vecino del poblado minero de Casetas, doblemente solo, pues solo se quedó cuando en un fatal accidente perdió a catorce compañeros. Soledad de esos taberneros que están detrás del mostrador con una cámara delante, pero sin parroquianos. 

Por las fotos de Orueta pululan muchas instalaciones abandonadas: centros médicos, vestuarios, lavaderos de carbón, bocaminas… Solo alguna  presenta un resquicio a la luz de la esperanza, como son las batas rosas de  esas mujeres de Olleros de Sabero  fotografiadas mientras trabajan  en una cooperativa textil.

Cecilia Orueta. Pozo Casares, en Tremor de Arriba (León)

En muchas de las fotografías Celicia Orueta enfoque su objetivo hacia paisajes nevados. La nieve añade una  penalidad especial a la minería. Muchos mineros tuvieron que desplazarse durante años  varios kilómetros a pie para llegar a la mina. Y esos kilómetros se hacían especialmente penosos cuando tenían que caminar sobre la nieve y, más aún, cuando por ese motivo llegaban tarde y no se les permitía entrar. Por eso una vagoneta abandonada en un paisaje nevado hace especialmente plástica  la toma de conciencia de la dureza de esta profesión.

En una de sus fotografías  la soledad parece  atenuada en la piel del  pecho de un minero  que lleva tatuada  la imagen de santa Bárbara (patrona también de los canteros). ¡Cuántas veces hemos visto a los mineros unirse en una sola voz para cantar a su patrona esa canción que, una y otra vez,  nos encoge a todos el corazón! Quizá muchos no tengan creencias  religiosas, pero venerar o, al menos, respetar a santa Bárbara es otra cosa, porque santa Bárbara es el mundo del carbón. Como dice el minero  Maikel Carro, en uno de los textos que acompaña a las fotos del libro de Cecilia: La mina no sé qué tiene que se lleva en el corazón. Aparte de casualidad, parece un simbolismo amargo   el hecho  de que la última mina  en cerrar,  en 2018, situada en Caboalles de Arriba  (León), se llamara La Escondida, como si  el  lugar le diera el triste privilegio de haberse salvado hasta el final.

Es  muy sugerente la  portada del  hermoso  libro   The end que acompaña a la exposición, publicado por  Eolasfoto.  Un antiguo cine con sus butacas vacías al que se acerca el objetivo de la cámara para captar la soledad de ese vacío y  la negrura que  lo envuelve. La negrura del carbón enmarca la pasión de los mineros por su profesión y por la defensa de la misma y tal vez la sangre  que durante más de un siglo se ha derramado en la mina. Esa negrura no nos deja ver la pantalla, que  ya  no  está iluminada por  ninguna proyección, y que además ha colonizado  parte del patio de butacas.  Se acabaron las películas del oeste que tantas veces se proyectaron en ese cine y que terminaban  con esas palabras  que fueron para los españoles el primer contacto con el inglés.  Según explica Orueta, la vida de los mineros y su entorno  tenía un cierto parecido  con la escenografía de esas películas del Oeste, a cuyas proyecciones con frecuencia asistían,  pues llenaban su tiempo de ocio y su necesidad de evasión. Ya  Julio Llamazares había establecido un cierto paralelismo  entre el cine y la minería en su novela Escenas de cine mudo, de la que Cecilia es también deudora.  Lo hace notar en las palaras introductorias: Este trabajo fotográfico emana de ese aroma cinematográfico, de derrota de una ensoñación, que el fin de la minería ha dejado en los pueblos mineros y en las personas que los habitaron  o que continúan viviendo en ellos.

La “película” de esta exposición, llena  la belleza dramática,  no es en realidad  el The end  de esas consabidas películas de vaqueros,  sino  que  nos devuelve más bien  al inicio del cine: a aquellas películas mudas en blanco y negro, que tal vez (solo tal vez), algún día  vuelvan  a  tener voz y color.

La exposición fotográfica  permanente  de este trabajo de Cecilia Orueta tiene su sede en el Museo de la  Siderurgia y la  Minería de Castilla y León, situado en Sabero (León).  Una muestra de la misma está expuesta actualmente  en la Casa de León en Madrid (calle del Pez, 6, 1ª planta) , hasta en 28 de febrero, en horario de tarde.

 

Presentación de The end  en la Casa de León en Madrid

Cecilia Orueta es fotógrafa y  diplomada en restauración de pintura. Como tal ha realizado muchos trabajos en España, Francia y Alemania.  Empezó a utilizar la fotografía  como herramienta de trabajo, pero poco a poco la fotografía se convierte en una pasión y en una profesión.  Desde el año 2007 ha realizado varias exposiciones en: Madrid, Gijón, León, Burgos, la Coruña, Barcelona…  Y publicado tres libros  de fotografía. The end es su tercer libro. Los anteriores: Eloxio da distancia (2008), convertido en documental por Julio Llamazares y Felipe Vega, y Los paisajes españoles de Picasso (2018). Ha realizado audiovisuales y reportajes para diversos medios y un cortometraje:  Paris claro-oscuro, con Felipe Vega. 


                                        Un momento de la intervención de Julio Llamazares en la Casa de León 
                                        en Madrid haciendo     una evocación del mundo de la minería que reflejan 
                                        las imágenes de Cecilia Orueta.  Grabación de Beatriz Arias.

 © Margarita Álvarez Rodríguez

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