jueves, 30 de abril de 2020

¿Expirar o espirar?


Pinceladas ortográficas


Espirar y expirar son dos  palabras que en la práctica se pueden considerar homófonas (igual pronunciación, porque la x ante consonante se suele pronunciar como el fonema /s/), pero que tienen distinto significado y ortografía.

Expirar significa acabar algo, llegar a su final, por ese motivo, expirar significa concluir un plazo marcado  para algo y también  el plazo de la vida, es decir, morir. Es sinónimo, por tanto, de  acabar, fallecer, fenecer… Procede del latín: exspirāre.

Ha expirado el plazo para entregar la documentación. El abuelo acaba de expirar.

Espirar es  expeler el aire inspirado. Del latín spirāre. Es uno de los tiempos de la respiración: inspiración y espiración. Debes espirar todo el aire que has inspirado. También, de manera menos usada, significa exhalar un cuerpo buen o mal olor (DLE). El jardín espira (exhala) olor a rosas.

Si le decimos a alguien que inspire y espire le estamos dando unas indicaciones correctas sobre la respiración, pero si le decimos que inspire y *expire le estamos diciendo que después de inspirar se muera, porque cuando expiramos hemos dejado definitivamente de espirar. Una prueba simple que se practicaba antes para saber si una persona había dejado de respirar y era ya cadáver consistía en poner un espejo a poca distancia de su boca. Si el espejo se empañaba es que la persona seguía espirando y vivía, pero si no ocurría esto es que la persona había expirado.

Espiramos unas cuantas veces por minuto,  quizá mil millones   o más si tenemos larga vida... Pero solo expiramos una vez en toda la vida, el día que dejamos de espirar.

En conclusión, espiras para vivir,  expiras para morir.

domingo, 26 de abril de 2020

Ventanas luminosas


Estado de alarma. Día 43.


Avenida de la Aurora Boreal, Madrid. Foto: MAR

En tantas semanas de confinamiento nos hemos dado cuenta del valor de las ventanas. Esos huecos que han permitido estos días ver la luz del sol que nos va marcando las horas, ver los guiños de las nubes, ver y oír  la cara y el aplauso de esos vecinos que tenemos enfrente al otro lado de la calle… De esos vecinos de los que apenas teníamos conciencia… Esas ventanas que se abrían  apenas para ventilar las casas, pero raramente dejaban ver rostros… En estos días silenciosos  también  nos han permitido  ver a la poca gente que iba y venía, pensativa, huidiza…

Pero hoy, de repente, las ventanas se iluminaron. Desde primeras horas de la mañana empezaron a oírse voces infantiles, sonidos de patinetes… Hoy las ventanas nos han traído un halo de luz espacial. Hoy las ventanas nos han devuelto la vida…

Y  también nos han traído una nueva ilusión y una gran alegría. Allí, cinco pisos más abajo, en la calle, estaban nuestros seres queridos: venían a  saludarnos.  A pesar de que sus caras estaban semiocultas  tras mascarillas,  en sus ojos pudimos percibir la alegría de las sonrisas. La misma que experimentamos los abuelos desde esa ventana que nos traía de nuevo la ilusión  y  la vida. 





Reencuentro de miradas. MAR

¿Cuánto mide realmente un kilómetro?  ¿Mil metros?  No, la distancia que hay entre afectos encontrados.

Y un dulce regalo colgado del pomo de  la puerta. MAR

Para todos los niños que en esta situación especial se han dejado convencer   con sencillos razonamientos y complacer con pequeñas pruebas de afecto, va este poema de Federico García Lorca.

Canción tonta

Mamá.
Yo quiero ser de plata.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá.
Yo quiero ser de agua.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá.
Bórdame en tu almohada.
¡Eso sí!

¡Ahora mismo!

 26 de abril de 2020

¿Castellano o español?



Imagen: MAR

Una de las dudas que nos surge con frecuencia es si debemos llamar a nuestro idioma castellano o español. Para empezar hay que decir que para denominar la lengua que hablamos cerca de 500 millones de personas son válidas las palabras castellano y español, aunque según en qué contextos pueda ser  más adecuada una u otra.

Solemos tener la percepción equivocada de que los españoles somos los que más hablamos español y de que somos los “propietarios” del idioma. Pero no es así. Somos 47 millones de españoles  y algunos millones, aunque sean en la práctica bilingües, tienen como lengua materna otra lengua española. El país en que hay más hablantes de español es México (124 millones), le siguen  Colombia (50 millones) y, probablemente,  EE.UU, (41 millones y 12 más bilingües). España estaría en tercer o cuarto lugar.

Según el Anuario 2019 del  Instituto Cervantes, en el mundo hay  580 millones de hablantes de español, entre los que lo hablan como lengua materna (483 millones), los que lo hablan como segunda lengua y los que lo estudian (unos 22 millones de personas de  110 países). Es  la segunda  lengua materna más hablada del mundo, tras el chino mandarín y  la tercera lengua más hablada en el cómputo global de hablantes, tras el inglés. En 2060 EE. UU.  será el segundo país con  más hablantes  de español, tras México.

Para el conjunto de hablantes de nuestro idioma,  español es el término más adecuado para denominar a la lengua materna de todos esos  millones de   hispanohablantes, por ser el más inclusivo.  Es también el nombre con el  que se denomina internacionalmente: spanish, spagnolo, spanisch, espagnol, espanhol…  

¿Por qué español? Podemos aducir varias razones: 1. Se corresponde con el nombre del estado actual en que surgió el idioma, y solemos denominar así a los idiomas, por ser más práctico, aunque se hablen en muchos países fuera del país original: francés, alemán, inglés… 2. La institución que vela por el cuidado del idioma se llama Real Academia Española y su diccionario, Diccionario de la Lengua Española (DLE). Y ASALE  se llama la Asociación de Academias de la Lengua Española  de todo el ámbito del español. 3. Este idioma, nacido originalmente en Castilla,  se ha enriquecido a lo largo de la historia con aportaciones de otras lenguas peninsulares: gallego, catalán, vasco, portugués, leonés… Y con palabras que proceden de otros idiomas, es decir, ha salido del marco de Castilla.

Ya en 1611 Covarrubias  usaba la ambivalencia y titulaba su diccionario del español: Diccionario de la lengua castellana o española. Es el primer diccionario monolingüe de nuestra lengua. Es también el primero publicado en Europa para una lengua de las llamadas vulgares. 

No obstante, la Constitución española actual (1978) llama castellano a la lengua oficial del Estado. Pero, en este caso,  el criterio es más político  y social que lingüístico. Después de hilar muy fino para conseguir una Carta Magna de consenso, el artículo 3 quedó redactado así:

1. El castellano es la lengua española oficial del estado.  Todos los españoles tienen el     deber de conocerla y el derecho a usarla.
2. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus estatutos.
3. La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.

El  escritor Camilo José Cela, entonces senador, propuso una enmienda en el Senado: “El castellano o español es la lengua oficial del Estado  común de los españoles, quienes tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”. La justificaba Cela diciendo que los adjetivos castellano y español eran sinónimos. Y también argumentaba que “un catalán, un vasco y un gallego, por ejemplo, hablan entre sí en castellano, lengua que aceptan como común”. Sin embargo, aquella enmienda no triunfó.

Merece la pena fijarse un poco en la redacción del artículo 3. 1: El castellano es la lengua española… Estas palabras implican que el castellano es una lengua española, pero que también hay otras lenguas españolas que no son el castellano (lo que luego queda especificado en el punto 3.2.). Es decir, de entre varias lenguas españolas se ha optado por esta como lengua oficial. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla. Acota muy bien la diferencia entre deber  y derecho. El Estado se debe asegurar de que todos los españoles conozcan la lengua oficial, porque las leyes del Estado se redactan en esa lengua y todos los ciudadanos deben conocer sus derechos y deberes. En cambio,  tienen derecho a usarla, lo que implica que el uso no es un deber, el hablante puede elegir entre usar esta lengua u otras.

En la Constitución de 1931  también se hablaba de castellano: “El castellano es el idioma oficial de la República”. Durante las  dictaduras de  Primo de Rivera y de Franco se prefirió el término español, que se asoció a la indisolubilidad  de la Patria.

Es evidente que la Constitución opta políticamente por  el término castellano, porque  usar el término español parecería  discriminatorio para las demás lenguas que también son españolas. El adoptar el nombre de castellano para la lengua oficial lleva implícito que siempre que se hable de la lengua oficial debe usarse ese término. Por este motivo, por ejemplo, en el mundo educativo, la asignatura denominada siempre Lengua española pasó a denominarse Lengua castellana y Literatura. Se enseñaba lo mismo, por supuesto, pero había que adecuar el desarrollo de las leyes educativas al nombre de la lengua oficial.

Podría decirse, pues, que, de una manera general, es preferible el término español,  y de manera especial cuando se pone en relación con las lenguas extranjeras: español, francés, inglés, ruso… En cambio, es más adecuado hablar de castellano cuando se enumeran las lenguas españolas o se establece una relación entre ellas: castellano, gallego, euskera, catalán (incluso las  no oficiales: leonés, navarroaragonés…), para no establecer preeminencia entre ellas, porque, desde el punto de vista lingüístico, no hay  lenguas más importantes que otras (el número de hablantes, el valor social… no son criterios lingüísticos), ya que todas sirven para lo mismo: la comunicación. Además, desde el punto de vista de un hablante, su lengua es la más importante, la hablen mil personas o mil millones.


Biblioteca personal. MAR

Aunque en algunos países de Hispanoamérica se usa con frecuencia la denominación castellano para el idioma común, todas las Academias de Hispanoamérica, a través del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), recomiendan el término español, aunque asumen como válidos ambos nombres.

Si miramos las constituciones de los distintos países americanos vemos que en siete países, con unos 150 millones de habitantes, se denomina castellano en la Constitución: Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Paraguay, Perú y Venezuela. En cambio, en ocho países, con unos 60 millones de habitantes, se denomina español: Cuba, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana y Puerto Rico. En Argentina, Chile, México y Uruguay, con unos 180 millones de habitantes, no se menciona el nombre del idioma oficial.

Hay que decir que en la América Hispana tradicionalmente se ha preferido el término castellano a español, de manera especial en el siglo  XIX por razones históricas y políticas. Hay que recordar que entre 1810 y 1820 se produjo la independencia de la metrópoli de los distintos países, de manera no amistosa. Eso llevó a que lo español fuera mal visto y de manera general preferían usar el nombre castellano, que aludía al origen de la lengua, pero no incluía la referencia a España. En algunos países,  como Argentina, durante un tiempo, se llamó idioma nacional, y también trató de llamarse idioma argentino, pero ninguno de los nombres triunfó a largo plazo.

En el último Congreso Internacional de la Lengua Española (Córdoba, Argentina, 2019) escritores argentinos reivindicaron  el nombre de castellano, porque lo de español les sonaba a neocolonialismo.  Giardinelli aseguró que  no existe el español, sino “el castellano de América” y  Claudia Piñeiro propuso que el próximo congreso (Arequipa, Perú, 2022) se llame Congreso Internacional de la Lengua Hispanoamericana.

El Diccionario Panhispánico de Dudas, por acuerdo de las 23 academias de la lengua españolas, zanja la polémica: Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos  castellano o español. La polémica sobre cuál de estas denominaciones  resulta más apropiada está hoy superada. El término español resulta más recomendable por carecer de ambigüedad, ya que se refiere de modo unívoco a la lengua que hablan hoy más de cuatrocientos millones de personas. Asimismo es la denominación que se usa internacionalmente (spanish, espagnol, spanisch, spagnolo, etc…) Aun siendo también sinónimo de español, resulta preferible reservar el término castellano para referirse el dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, o al dialecto del español  que se habla actualmente en esta región. En España, se usa asimismo el nombre  castellano cuando se alude a la lengua común del Estado en relación con las otras lenguas cooficiales en sus respectivos territorios autónomos, como el catalán, el gallego o el vasco.

La conclusión es  que, aunque podemos usar indistintamente castellano y español, de forma general, es más recomendable el término español para que haya correspondencia con otros idiomas.

 
Imagen: Pixabay




viernes, 24 de abril de 2020

¿Sino o si no?




Vamos a explicar qué valor gramatical tienen estas palabras, que con frecuencia se confunden en la escritura, para determinar su ortografía.

Sino, en una  sola palabra, es una conjunción adversativa que se usa para  contraponer ideas, un concepto positivo a otro negativo que se ha expresado antes. No me gustan los zapatos de tacón, sino los zapatos planos. No iré en tren, sino en avión. A veces adopta el valor de excepto: No quiero a nadie, sino a ti. (Diccionario Panhispánico de Dudas).

Cuando se contraponen oraciones con verbos en forma personal (conjugados) aparece la variante sino que: No iré en tren, sino que viajaré en avión.

Sino  conjunción adversativa es una palabra átona que se apoya para pronunciarse en la palabra que viene a continuación: No es albañil, sino pintor, es como si pronunciáramos: [sinopintór].  Es decir en sino no recae ningún golpe de voz.

Sino también puede ser un sustantivo: el sino, que significa destino, fatalidad. Al ser un sustantivo lleva delante un determinante: Mi sino es quedarme soltera.

Si no, en cambio, es una secuencia de dos palabras, por eso se escriben separadas. Si es una conjunción condicional y no el adverbio de negación. La primera palabra es átona y la segunda tónica. Se pronunciaría así: [sinó]. El  adverbio si marca una condición: Si no obedeces, te castigarán. Si no hay fiesta, nos vamos.

Puede aparecer en una oración en que está omitido el verbo, porque se sobreentiende. Su forma de vestir es especial, si no (es), extravagante: es muy rara. Lo mismo ocurre en esta construcción de uso común: Mira si no lo que le ocurrió a su padre. Se mantiene el valor condicional porque hay algo sobreentendido: Mira, si no (lo entiendes), lo que le ocurrió a su padre. Al pronunciarla se percibe que en el adverbio no recae el golpe de voz.

Esta secuencia también se puede usar como interrogativa indirecta: No sé si no hará frío hoy. Por ser interrogativa se podría transformar en la directa correspondiente en que desaparecería si no: ¿Hará frío hoy? No lo sé.

Y si no, al tiempo es una frase hecha  que sirve para manifestar el convencimiento de que los sucesos futuros demostrarán la verdad de lo que se afirma (DLE). Ese chico va a terminar mal, y si no, al tiempo.

En general, se puede usar un truco para distinguirlos en la ortografía. Si entre el si y el no se puede introducir una palabra, es que se escriben separados. Si (tú) no haces lo que te mandanSi (ya) no hay fiesta, nos vamos. De lo contrario, se trataría de sino y se escribe en una palabra.  No me gustan los zapatos de tacón, si *(ya) no los planos.

Nada que ver estos sino o si no  con el  sí, no; sí, no; sí, no... de deshojar la margarita. En ese caso estamos hablando de  dos adverbios: los de afirmación y negación,  respectivamente. Ni tampoco con el sí pronombre personal: Lo cogió para (para él/ ella), no para su hermano.

Y para terminar,  a modo de resumen, una frase en que aparecen los tres valores gramaticales de estas palabras:

El sino de mi vida  ha sido no estudiar, sino  trabajar desde pequeña si no quería pasar hambre.

jueves, 23 de abril de 2020

El legado los libros (III): síndromes médicos


23 de abril de 2020. Día del Libro

Estado de alarma. Día 40



Este es el tercer artículo dedicado al legado de los libros, a todo eso que nos han regalado a los lectores  a lo largo de la historia de la humanidad, y se dedicará a los epónimos médicos relacionados con la literatura. (Al final de este artículo  se incluyen los enlaces a los artículos anteriores).

Un epónimo es un nombre referido a una persona o  a una cosa con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad o una enfermedad. En este artículo vamos a hablar de los epónimos médicos, pues la medicina no ha quedado al margen del uso de nombres  de síndromes tomados de la literatura.



Muchos nombres de síndromes o  problemas de personalidad llevan nombres de personajes literarios: Pollyanna  representa el optimismo enfermizo o idealización de la realidad y es un personaje de la obra de Elanor H. Porter; Dorian Grey, la obsesión por el envejecimiento. El síndrome de Alicia, personaje tomado de la obra de Lewis Carroll, define  a las personas que  ven las cosas más grandes o pequeñas de lo normal o tienen distorsionada la percepción del tiempo. El síndrome de Otelo o celotipia está tomado del famoso personaje shakesperiano.

También hablamos de síndrome de Sthendal, que produce emociones extremas ante la belleza de una pieza artística. El de arlequín, que lleva a  la sudoración y enrojecimiento que solo afecta a una parte del cuerpo. El síndrome de Pickwick, que procede de la obra de Dickens y que tiene que ver  con  el bajo nivel de oxígeno en personas obesas. El síndrome de Huckleberry Finn, procedente de la obra de Mark Twain, con que se califica la actitud de los que eluden responsabilidades como si fueran niños. El síndrome Munchausen, barón fabulador, parodiado en un libro por R. E.  Raspe,  se refiere  a personas que supuestamente han realizado muchos viajes y muy dramáticos.

Algunos síndromes están relacionados con personajes de cuento. El de Cenicienta, se aplica a  las personas que  se inventan malos tratos de los padres y procede del personaje de  Perrault. El enanismo de Walt Disney, lo sufren personas que presentan una apariencia muy envejecida, similar a  los siete enanitos que acompañaban a Blancanieves. Y en relación con la misma obra, la crisis compulsiva de Dopey, el séptimo enano (síndrome de Angelman). El síndrome de Peter Pan define una  apariencia de menor edad que la cronológica. Y el extraño síndrome de Rapunzel que lleva a comerse el cabello que se ha arrancado está basado en el cuento de los hermanos Grimm.

Hay dos síndromes que llevan nombre de mujeres protagonistas de novelas muy famosas: Síndrome de Madame Bovary o bovarismo, inspirado en el personaje de Flaubert, que define la insatisfacción crónica y el no distinguir fantasía y realidad. Y el síndrome de Anna Karenina con que se alude a las mujeres que aman tan ciegamente  que no ven más allá de sus sensaciones. El personaje procede de la obra homónima de Tolstoi.

En otros casos se habla de “complejo”. Complejo  de Casandra, que significa la marginación de lo femenino. El mito aparece en La Ilíada. El  complejo de Edipo, que refleja el amor patológico que siente un niño por su madre. El caso contrario sería el complejo de Electra, el enamoramiento del padre por parte de una hija. Ambos basados en las obras de Sófocles Edipo rey y  Electra, respectivamente.

El complejo de Narciso o narcisismo surge del mito del mismo nombre, es la admiración extrema por uno mismo. Las alucinaciones liliputienses son las que sufren aquellos que ven a  las personas reducidas de tamaño. El nombre se toma del lugar ficticio donde se desarrolla parte de la obra Los viajes de Gulliver. La medicina habla también del panglosismo, como el optimismo exagerado de Pangloss, el preceptor del Cándido de Voltaire.

En el mundo actual, presidido por la acción de las máquinas, también está presente el síndrome de Frankestein. Tiene relación con  el temor  a que   la inteligencia artificial se pueda volver en contra de sus creadores. 

Y no podemos olvidarnos del sadismo y del masoquismo. El término  sadismo procede del nombre del marqués de Sade y define a los que disfrutan produciendo dolor a las personas que poseen. El masoquismo habla de personas a las que les gusta ser dominadas y torturadas,  y ello les produce placer. Procede de la obra de L. van Sacher Masoch, escritor austriaco del siglo XIX, en que aparecen rasgos masoquistas.

Hay una enfermedad venérea, la sífilis, cuyo nombre procede de un personaje literario, Syphilis, que aparece en una obra italiana del siglo XVI, de G. Frascastoro. A este personaje lo castigan los dioses con ese mal. Y la palabra venérea surge a partir del nombre de Venus, la diosa del amor.


Botticceli: El nacimiento de Venus. Galería Los Ufizzi. Florencia

La Biblia también ha prestado epónimos relacionados con la medicina. Se habla síndrome de Job, caracterizado por infecciones cutáneas crónicas; síndrome de la mujer de Lot, el deseo de volver atrás; el síndrome del Mesías o de Jerusalén, relacionado a veces con la esquizofrenia y que  sufren los que se creen elegidos por Dios para convertirse en salvadores.

Los epónimos acercan los conocimientos médicos y la comprensión de determinadas enfermedades. Son un buen ejemplo de la relación que se establece entre disciplinas científicas y literatura. Al mismo tiempo estimulan la curiosidad de la gente para interesarse por el origen y rasgos de ese personaje literario.

Y todo lo expuesto es solo una presentación somera e incompleta de la gran deuda que tiene el lenguaje, el común y el especializado, con la literatura. Y es un tema abierto que seguirá incorporando epónimos de nombres de personajes que ahora mismo están solo en la mente del autor… Habrá que esperar a que tengan nombre y personalidad… Pero no tanto que nos veamos obligados a usar  aquella expresión del burlador de Sevilla: ¡Cuán larga me la fiáis!

¡Felices libros!


Sigamos abriendo ventanas y buscando la sonrisa de las nubes...



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El legado de los libros I: sentires y decires

El legado de los libros II: fantasías infantiles


martes, 21 de abril de 2020

¿Deber ser o deber de ser?





Dedicamos hoy  una pincelada gramatical a las perífrasis deber + infitivo y deber de + infinitivo. Debe ser una persona responsable. Debe de ser una persona responsable.

Una perífrasis es un conjunto de palabras entre las  que hay dos verbos: un verbo en forma personal, es decir, conjugado, y un verbo en forma no personal, es decir, en infinitivo gerundio o participio (cantar, cantando, cantado). Dos verbos con un único significado. El primer verbo (el conjugado) funciona como auxiliar  y el segundo (la forma no personal) es el que lleva el significado léxico. Una perífrasis, por tanto, es un rodeo, pues en lugar de decir: come, decimos: debes comer. Procede de la palabra latina periphrasis que significa explicar alrededor.

No es lo mismo perífrasis que locución verbal, aunque esta también sea un rodeo. Una locución es la unión de varias palabras entre las que una (solo una) es verbo y que equivalen en su significado  y en su funcionamiento a un verbo: echar de menos=extrañar, no pegar ojo=no dormir.

Dos perífrasis verbales de uso muy frecuente y que se confunden en español son deber+ infinitivo y deber de + infinitivo.

La comida se  debe servir aquí /  la comida se debe de servir aquí. La primera es una perífrasis de obligación, la segunda es una perífrasis de probabilidad. La comida se debe servir aquí significa que ese es el lugar donde hay obligación de servirla. La comida se debe de servir  aquí  significa que suponemos que ese es el lugar donde se va a servir, que hay probabilidad de que así sea.

En principio, si alguien  dice: El autobús debe parar  aquí, significa que tiene obligación de parar, porque esa es su parada.  En cambio, si dice: El autobús debe  de parar aquí significa que lo supone, pero no existe ni la obligación ni la certeza.

Por tanto, si queremos dar una orden, nos sobra la preposición de: debes estudiar más. Así mandamos estudiar. En cambio,  si estudias más deberías de aprobar, hablamos de que hay más probabilidad de aprobar.

Ambas son perífrasis modales, pero no son perífrasis equivalentes. La de obligación equivale a otras perífrasis de obligación como tienes que estudiar, has de estudiar, debes estudiar=estudia. Se corresponde con el modo imperativo. La de probabilidad: debe de costar mil euros,  viene a costar, puede costar… indican posibilidad o duda y equivalen al modo subjuntivo.

Es verdad que como la lengua sigue el principio de economía lingüística, en la lengua coloquial, suprimimos a veces la preposición de y usamos la perífrasis de obligación también con sentido de probabilidad. Conviven las formas: Debe de ser su hermana y debe ser su hermana. (Recordamos que en la lengua coloquial el emisor y el receptor están en el mismo contexto y eso facilita el que no hay confusión en el sentido). En cambio, en ningún caso, hay que decir  *debes de volver pronto, si tratamos de dar un orden.

Dependiendo, pues, de la intención del hablante debemos usar una u otra, pues no nos gustaría que alguien no obedeciera nuestras órdenes porque no sabemos dárselas.

Este año las empresas de alimentación  deberían de tener beneficios, porque han vendido mucho. Por eso deberían dar una paga extra a los trabajadores. A ver si la suposición se hace realidad y la obligación moral se convierte en formal.

domingo, 19 de abril de 2020

El lenguaje COVID-19: vocabulario

Estado de alarma. Día 39. 22 de abril de 2020





Todos sabemos ya que estamos afectados por una pandemia. Y una pandemia es una epidemia a lo grande. Pandemia ha sido la palabra más buscada en el Diccionario de la Lengua Española (RAE) en el último mes. Etimológicamente, pandemia procede del griego:  pan (todo) y demos (pueblo). Vendría a significar reunión de todo el pueblo. Desde el punto de vista sanitario se declara un estado de pandemia cuando se cumplen dos condiciones: que el brote afecte a más de un continente y que los casos de cada país se hayan provocado por transmisión comunitaria, es decir, que no sean importados. 

Hace unos meses oímos hablar por primera vez de un coronavirus que venía de China y nos hemos aprendido bien un topónimo: Wuhan. Sin saber mucho de virus,  más que el hecho  de que se trata de  agentes infecciosos, la palabra virus (de latín virus: veneno) formaba ya parte de nuestro lenguaje: el virus de la gripe, los virus intestinales… De este nos sorprendió el apellido: corona. ¿Cómo podía haber un virus coronado? ¿Es que era un virus de más categoría? A fuerza de ver imágenes de colorines, comprendimos visualmente por qué se le llamaba coronavirus. ¡Gastaba corona! Cuando ya habíamos aprendido este nombre, pasó a denominarse oficialmente la enfermedad COVID-19, acrónimo que debería escribirse con mayúscula, ya que se tata de una   sigla  de origen inglés que procede de  “coronavirus disease”: enfermedad del coronavirus. En español, de manera general, la pronunciación es aguda /Kovíd/, frente al inglés, en que es llana /Kóvid/.

Este nombre de la enfermedad parece un nombre amable  por su sonido, sin embargo, cuando conocemos los  efectos  graves y  trágicos que provoca, la i se convierte en algo punzante que parece lacerarnos. Esta es la denominación de la enfermedad, pero el virus concreto que la causa se llama científicamente SARS-CoV-2. Por ser COVID-19 el nombre de una enfermedad debería ser un nombre femenino y, así lo recomienda la RAE, no obstante, constata que se ha generalizado el nombre masculino por relacionarlo con la palabra virus y por influjo del género de otras enfermedades víricas como el ébola. 

Parece que este virus nos ha amenazado de tal manera que nos ha encontrado inermes, sin embargo, estamos luchando contra él como si lo hiciéramos en un auténtico campo de batalla. El lenguaje bélico en torno al virus se prodiga en bocas de nuestros gobernantes y en los medios de comunicación. El presidente de EE.UU. decía que la COVID era su Pearl Harbor, refiriéndose al ataque japonés contra la base naval de EE.UU. en  1941.

Sorprendentemente es el presidente del Gobierno el que más habla usando ese lenguaje bélico. “Nadie puede ganar solo esta guerra”, decía en una de sus últimas comparecencias en la que repitió varias veces la palabra guerra.  E incluso  pedía unión para  afrontar juntos la posguerra. Tanto a él como a otras personas, en los medios de comunicación, les hemos oído también hablar de frente, de combate, de  lucha, de campos de batalla, de librar  una guerra, de  vencer o derrotar al enemigo, del camino de la victoria, de los que están en primera línea de combate y de los que estamos en la retaguardia, de estrategia colectiva  Palabras y expresiones que nos suenan a léxico militar. También se habla de  movilización de la sociedad y de las armas colectivas. Y con nuestros ojos, y algunos con su cuerpo, hemos visto cómo se ponía en funcionamiento un hospital de campaña.

Ya sabemos que es un lenguaje metafórico, que enardece y que sirve para encauzar la expresión de sentimientos, pero esto no es una guerra, es una pandemia: una enfermedad. En las guerras hay soldados generalmente de otros países que actúan como enemigos. Aquí no hay soldados, hay profesionales sanitarios y de otros sectores que con su trabajo contribuyen a que nos curemos o no nos contagiemos. Hay científicos que investigan a contrarreloj para encontrar la medicina adecuada para curarla y la vacuna para prevenirla. Hay millones ciudadanos que cumplimos escrupulosamente el confinamiento para   no favorecer la difusión del virus. Pero sí es verdad que todos sentimos que nos enfrentamos a la enfermedad y que tenemos esperanza de vencerla. Esta batalla la vamos a ganar, nos decimos también los ciudadanos. Los mercados tocan tambores de guerra, se ha escrito en algún titular periodístico.

También, en relación con la pandemia, estamos  usando un lenguaje matemático.Todos los días sumamos cifras, unas esperanzadas, otras, fatídicamente, desgraciadas. Hablamos de tantos por ciento, de vector viral, de modelos matemáticos que hacen proyecciones   sobre el posible número de afectados actuales o futuros, o el número de muertos. Se busca al paciente cero. Cada día vemos gráficos de colores que nos explican cómo evoluciona la pandemia. Durante semanas nos han hablado del ansia  por llegar al pico, al  punto más alto de  la curva. Nunca habíamos oído hablar tanto de pico, salvo que aludiéramos al pico. compañero de la pala,  o al pico de una montaña. En ese caso, para un montañero, llegar al  ansiado pico es  un triunfo, porque, una vez en la cima, disfruta de su triunfo y contempla el panorama. En cambio, llegar al pico de la gráfica  es solo  la manifestación de nuestro deseo de bajar corriendo, porque el objetivo es doblegar la curva. Y es chocante, lingüísticamente, que se hable de pico en una curva, pues parecería que lo angular y lo redondeado de la curva fueran incompatibles. También se ha hablado de que después del pico la curva se aplanaría  y vendría la meseta. Ahora empieza a hablarse  de desescalada asimétrica. Falta por saber qué porcentaje de la población está inmunizada para llegar a saber cuál es el grado de la inmunidad colectiva, eso que muchos han llamado la inmunidad del rebaño. Nos vemos contados como si fuéramos ovejas.

Hemos aprendido también qué es una cuarentena, aunque esta  abarque   un tiempo inespecífico. Es una medida de prevención sanitaria que decide un aislamiento que evite la extensión  una enfermedad. El término procede  de  la palabra latina quadraginta, que era, en su origen, un periodo de cuarenta días. ¿Y por qué cuarenta? Ese número está muy ligado a la religión católica. Cuarenta son los días que duró el diluvio y cuarenta son los días de cuaresma, los días que estuvo  Moisés en el Monte Sinaí, los días que Jesús ayunó en el desierto… Pero cuarentena y aislamiento no significan lo mismo. La cuarentena trata de evitar una enfermedad, en cambio, el aislamiento se practica con alguien que ya está infectado.

Este procedimiento médico se difundió a partir de la peste negra (siglo XIV), la pandemia  más devastadora de la historia de la humanidad, que surgió en Asia y llegó a Europa, y afectó especialmente a Italia.  En el caso del COVID-19 se estima que la cuarentena aconsejada, si se ha estado en contacto con un contagiado, es de 14 días. Se usan varias expresiones: poner en cuarentena, estar en cuarentena o pasar la  cuarentena.

En la  Florencia de 1348 (ciudad en que solamente sobrevivió 1/5 de la población, después de la peste negra) está ambientado el Decamerón de Bocaccio (las historias que se cuentan 10 jóvenes que huyen de la peste. Cada miembro del grupo cuenta una historia cada tarde, durante diez días. Diez historias cada día, por  diez días, son las cien historias que forman la obra). Una buena ocasión para releer el Decamerón.

Ya en la Biblia se habla de cuarentenas para los leprosos. También hablamos de cuarentena para el puerperio o posparto, tiempo en que el aparato genital de la mujer vuelve al estado anterior a la gestación. En realidad, el origen del puerperio es también religioso. Aparece en el Levítico, 12:1-8.
“Si una mujer da  luz un varón, ella quedará impura por siete días, como cuando tiene su menstruación. Al octavo día se le hará al niño la circuncisión, y después la mujer debe permanecer treinta y tres días purificándose de su flujo de sangre. Ella no debe tocar nada consagrado ni entrar en el santuario hasta que se haya completado su período de purificación”. En el caso de dar a luz una niña el periodo  se multiplicaba por dos. La Virgen tardó cuarenta días en presentar a Jesús en el templo. (Recuerdo muy nítidamente esta ceremonia que presencié de niña en mi pueblo, y que me impresionó mucho. Una mujer volvía  a iglesia después de ser madre y no podía entrar sin recibir una bendición especial que se producía a la puerta de la iglesia, mientras ella la recibía de rodillas con una vela encendida. Tuve la sensación de que el sacerdote le tenía que perdonar algún grave pecado que  había cometido por ser madre y me indigné por el trato que se daba a la mujer. Menos mal que el Concilio Vaticano II acabó con estas prácticas).

Hay  verbos y  sustantivos, que, solos o acompañados, estamos usando en la situación actual con mucha frecuencia.  Por ejemplo, casa, quedarse y  salir¡Quédate en casa! ¡Hay que quedarse en casa! Saldremos de esta. Saldremos adelante. ¿Cuándo y cómo vamos a salir? Hemos conjugado hasta la saciedad el imperativo del verbo lavar seguido del complemento directo manos…

Algunos adjetivos también se prodigan. Se dice que los ancianos son la población más débil. Se habla de zonas sucias y limpias en los recintos sanitarios... Y han aparecido  tres palabras con un sufijo bastante desagradable (-miento) que  se han apoderado también de nuestro vocabulario  COVID: distanciamiento social, confinamiento domiciliario y aislamiento. La primera chirría un poco en nuestra cultura latina. Somos un pueblo de abrazos, de besos, de apretones de manos, de palmadas   cariñosas… Confinamiento, una palabra que nos ha encerrado en casa, que es posible que muchos no hubieran oído jamás, y aislamiento, la más dura, porque es como un confinamiento dentro de otro (re-confinamiento) y lleva implícita la idea de la soledad, de la peste.



Hemos reflexionado sobre nuestra mano no  dominante, que nos aconsejan utilizar para actividades que ahora pueden ser peligrosas: agarrar un picaporte, abrir un grifo…  Y oímos una y mil veces la palabra higiene y productos higienizantes o soluciones hidroalcohólicas, jabón... Y, por supuesto, alcohol y lejía que han desaparecido de farmacias y lineales. La lejía, ese producto de limpieza tan básico y poco  sofisticado, nos parece ahora la reina de la desinfección.

También hablamos mucho de las ansiadas mascarillas, esas que no eran necesarias y luego sí, pero  que  siempre han sido buscadas. Y hasta sabemos qué es una mascarilla quirúrgica y las que tienen mayor grado de protección: FFP2, FFP3… También hemos visto cómo las mascarillas se han ido convirtiendo por actuaciones desaprensivas en “más-carillas” y decididamente en “más-caras”. (Quizá tengamos que sacar del baúl las auténticas máscaras carnavalescas…). Y con ellas nos han llegado algunas palabras del español de América para denominar el producto: en Argentina y Bolivia, barbijos y  nasobucos, en Cuba. Y hasta entendemos qué son los EPIs (equipos de protección integral). Y, por supuesto, los imprescindibles respiradores. Otros términos médicos nos resultan ya también familiares, sobre todo, los que tienen que ver con los ansiados test: PCR,  de antígenos, de anticuerpos, serológicos; insuficiencia respiratoria, incubación, asintomático... Y también tenemos claro lo que es la OMS.

No falta el vocabulario relacionado con la economía. Sabemos qué son las actividades esenciales y no esenciales, oímos hablar de que se quieren negociar con Europa los coronabonos… También se habla de deudas mutualizadas. Y una palabra más relacionada con la medicina o la biología ha pasado a la economía: hibernación. Así han estado dos semanas las actividades no esenciales, hasta que se ha producido su deshibernación. Y no faltan cada día las referencias a la crisis económica, la emergencia económica y social, el endeudamiento, la deuda pública, el paro, los ERTEs…

También hay una serie de palabras relacionadas con la comida o la limpieza que se han puesto especialmente de moda, por corresponder a unos productos muy buscados. Al principio del confinamiento, la estrella fue el papel higiénico. Pareciera que se fueran a empapelar las casas. Luego fueron variando las palabras y los productos, para pasar por los aperitivos y la cerveza hasta llegar a la harina y la levadura que se han convertido en los más ansiados. Tal vez porque el confinamiento ha llevado al “confitamiento”: todos a hacer confites.  Y así vamos a acabar con un “cochinamiento”,  como unos cerdos  muy lustrosos. De repente, la vida casera ha convertido  a todos en cocinillas  de bizcochos, tartas… Y quizá por eso de la “pan-demia”,  algunas personas han llegado a  la conclusión de que el pueblo debía hacer pan.


Foto: MAR

Desgraciadamente, también hemos aprendido qué significa alarma cuando va unida a estado de (alarma).  Sabemos cuánto dura cada período, que hay que renovarlos y lo que implica para la ciudadanía y para nuestros gobernantes.

Y, desde luego,  todos vivimos la cuarentena como una auténtica cuarenpena, por el confinamiento de la población, y, sobre todo, por el dolor que nos producen las cifras  que cada día van aumentando en cientos de muertos y en miles  de contagiados, números que nos abruman, aunque tratemos de  alegrarnos por número de curados.

Un neologismo que está apareciendo en los medios de comunicación es la palabra infodemia. Se denomina con este neologismo a todo lo que tiene que ver con la difusión de bulos relacionados con el Covid-19 (tratamientos milagrosos para la enfermedad, origen artificial de la misma...). Y hablando del origen animal de la misma, el nombre de un animal se repite con asiduidad: el murciélago. Hemos aprendido que  una de cada cuatro especies de mamíferos es una especie murciélago y que pueden transmitir diversidad de virus. Previamente se habló del pangolín y nuestra curiosidad nos llevó a buscar información   sobre el animal.

Pero para el pueblo español  no puede faltar el lenguaje de la ironía y el humor. Así empieza a surgir también una  “coronajerga”. Ahí está el  covidiota (covidiot, en inglés) y su versión más palurda, el coronaburro,  que es el que se comporta de forma irresponsable y desaprensiva. Y los   balconazis, esos  que  acusan o juzgan desde las ventanas a la gente que está en la calle o que  dejan notas en las  viviendas de sus vecinos invitándoles a abandonarlas, porque tienen profesiones más expuestas al contagio. Muchos consumidores tienen la certeza o la sospecha de que en algunos productos relacionados con la salud o la alimentación han surgido los coviprecios. Y seguro que la creatividad de los españoles dejará en el idioma muchas otras palabras relacionadas con esta experiencia tan traumática.

Hemos oído y cantado la letra de la canción del Dúo Dinámico Resistiré, canción compuesta por Ramón de la Calva y con letra del periodista Carlos Toro Montero (tal vez la letra tenga algo que con la peripecia vital de su padre durante el franquismo). Soldado de Nápoles, fue una canción  de la zarzuela La canción del olvido, que se relacionó con la gripe de 1918, pues se extendieron ambas a la vez por Europa e incluso la gripe fue llamada también con el nombre de la canción. También la pandemia nos ha acercado otra canción que ya no nos resulta extraña, aunque su letra esté en italiano: Facciamo finta che,  tutto va bene… (Finjamos que todo va bien). Es la hermana de nuestra Resistiré.

 Ahora ya estamos todos pensando en  cómo  y cuándo se va a producir la desescalada, pues no parece que baste con haber llegado al pico y haber descendido ya un buen trecho. Y algún día llegará el descofinamiento, ansiado por todos.  Es curioso que algunos no saben manejarse muy bien con  la palabra desconfinamiento y hablar de "salir del desconfinamiento", lo que sería lo mismo que pasar de la calle otra vez a casa. Tal vez estén pensando ya en el síndrome de la cabaña, que parece ser que muchos vamos a sufrir cuando salgamos a la calle de forma habitual.

¿En qué quedamos, salimos de casa o entramos?  Foto: B. Muñoz

Pero una de las palabras más repetidas y más amargas, y que ahora recorre más el idioma es, sin duda, soledad: vivir en soledad, morir  en soledad y ser enterrado en soledad. Esa soledad que acentúa notablemente el sufrimiento.

Como sabemos, las palabras que llegan nuevas a una lengua se llaman neologismos. Las que dejan de usarse por falta de uso se convierten en  arcaísmos. Y la pandemia nos va a dejar también arcaísmos, porque se ha llevado con ella a muchos ancianos, y con ellos se está llevando también una forma de hablar: un vocabulario variado y preciso, que para sí quisieran muchos hablantes más jóvenes. Una generación que no supo de sueldos o salarios, sino de jornales, y de paga (o lo que me dan) más que de  pensión, que quizá no usaran nunca la palabra excelente, porque tenían la palabra pistonudo, una palabra  mucho más bella y más precisa que los “superadjetivos” que están ahora tan de moda: ellos  no estaban nunca supercontentos, pero sabían estar contentísimos, tan  alegres como unas pascuas o unas castañuelas… No estaban supertristes, simplemente no les llegaba la camisa al cuerpo, porque parecía que el sufrimiento empequeñecía. ¡Qué bellas y  acertadas imágenes!  ¡Cuántas palabras, frases hechas y refranes que expresaban todas las vivencias de la vida humana se van con ellos!

Gentes que sabían hablar a corazón abierto, que  aguantaban mecha, que tuvieron que ahorcar pronto los libros, que no se andaban con tapujos…. Por citar unas  cuantas expresiones que empiezan por A…. Y miles y miles de expresiones más, hasta llegar al final del diccionario: hasta la letra  Z. Con ellos se va, por ejemplo,  zurriburri, hermosa palabra, que usaban para calificar el lío y el barullo.

La lengua es como la vida: mueren unas palabras, y eso también es un mal, y nacen otras que recibimos ilusionados por la novedad. Ojalá las que llegan sean siempre hermosas palabras de vida.

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.