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| Río Omaña, en Paladín (León) |
Como Violeta Parra, en la famosa
canción “Gracias a la vida, que me ha
dado tanto…”, cuando cumplo años siento
la necesidad de dar gracias a la vida. Y
a todas las personas que han dedicado
unos segundos a pensar en mí y a felicitarme. Decir felicidades a alguien es
desear a esa persona un estado de
grata satisfacción espiritual o psíquica. Por tanto felicitar es regalar: regalar
los mejores deseos.
Los años caen sobre la vida como las gotas de agua caen sobre la tierra.
Y los años van alumbrando la vida lo mismo que el agua fertiliza la tierra. Cumplir
años es un privilegio de la propia vida, porque en ese caminar por ella unos seguimos adelantando los pasos y otros se han quedado ya en los
recovecos del camino, como recientemente una persona querida. Por eso, siempre hay que dar las gracias por
cumplir años, esperar con ilusión que los días que tengamos por delante nos
propongan nuevos sueños, nos abran nuevas expectativas. Y no dejarlas pasar por delante y quedarnos quietos, sino ir
en pos de ellas.
Cuando dejamos la vida laboral activa
parece que nuestra vida entra en una desaceleración, en una sensación de que quien
se jubila ya ha hecho lo más importante y que ahora debe mirar más al pasado
que al futuro, porque el primero es más largo. Pero el reto está en saber equilibrar la
memoria del pasado y la esperanza de
futuro. El tiempo no se mide por su
duración cronológica, sino por la percepción psicológica. Cuando nos
hacemos mayores parece que los años corren
más y que nos dejan atrás, especialmente si nosotros no nos movemos. Por eso, hay que seguir volando con ellos, aunque quizá el vuelo sea más corto y más
pausado. No cabe la resignación.
Los que estamos en “la edad del júbilo” no
solemos dar gritos de alegría (aunque a eso aluda la palabra), pero sí somos
capaces de sentir la alegría serena de tener a nuestras espaldas un pasado fructífero
en el plano personal, familiar, profesional, social… Y además, en esa edad, podemos aprender a vivir
la alegría del silencio, de un silencio activo, creativo: “sonoro”. Silencio sonoro es contemplar la belleza de la naturaleza y del arte,
dedicar tiempo a la lectura y la escritura,
entablar una serena conversación,
pararse a reflexionar, caminar en soledad sintiendo que “para estar conmigo me basta mi
pensamiento”, observar cómo transcurre
la vida de los demás seres vivos, tender la mano a quien la necesita… Disfrutar del cariño familiar y del de los amigos… Esos silencios sonoros son regalos que nos
ofrece la vida y que nos pueden producir
grandes satisfacciones.
Necesitamos
serenidad para darnos cuenta de que en la vida no todo es blanco o negro, rojo o azul… Nuestra propia lengua, que responde a nuestras necesidades expresivas,
ha creado un montón de adjetivos para
expresar que los colores de la
existencia humana no siempre son nítidos, sino que con frecuencia son difuminados, indefinidos: azulado,
blanquecino, rojizo, negruzco, amarillento, grisáceo, verdoso… En esas gamas de color y de vivencias más difuminadas nos movemos la mayoría de las personas. Y, sin ser
relativistas en lo moral, pero
viendo lo que ocurre a nuestro alrededor, a
veces hay que darle la razón a Campoamor: “En este mundo traidor / nada
es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. O al menos ser más empáticos y
mirar también desde el punto de vista del otro.
Los
muchos años cumplidos nos hacen ver la
vida de una manera más serena, pero la serenidad
no está reñida con el entusiasmo. No me gusta esa frase: “¡A mí ya nada me
sorprende!”. El entusiasmo nos lleva a
la sorpresa. Y sorprenderse es uno de los grandes estímulos de la vida. Con la sorpresa llega la emoción,
la alegría… A veces la decepción… A
veces la rebeldía… A veces el conocimiento… La emoción que nos produce la sorpresa es con frecuencia
la causa de ese conocimiento que queda
fijado en nuestra memoria y que no
olvidaremos fácilmente. Ya decía Baltasar Gracián que “de nada vale que el entendimiento se
adelante si el corazón se queda”. ¡Qué
gran palabra y actitud esa del entusiasmo! El entusiasmo nos hace sentir dentro del ánimo una posesión divina (en-théos, etimológicamente) que nos ayuda a elevarnos, a perseguir sueños, para no ver la vida "de forma pedestre" o "rastrera".
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Hermosa felicitación de cumpleaños... Con arte, con mimo, con cariño... En su pizarrina. De Sol Gómez Arteaga. ¡Gracias! |
El año que dejo atrás ha sido para mí un
año de entusiasmo, pues, además del entusiasmo hacia las cosas sencillas y
cotidianas, ha habido entusiasmos y satisfacciones de mayor calado …
Con entusiasmo he podido concluir y llevar a la publicación mi libro Palabras hilvanadas. El lenguaje del
menosprecio, con el que ha culminado
un trabajo de varios años. Ha sido una
tarea ardua y ahora es una satisfacción saber que ya, en forma de
libro, esas Palabras… están en las librerías y
en manos de unos cuantos lectores…
Tal vez ellos puedan coserlas
con la aquiescencia, con una sonrisa, con unos momentos de entretenimiento o de
descubrimientos… Con que un solo
lector esté dispuesto a añadir una
puntada más de emoción a las que contempla hilvanadas ante sus ojos, ya produce
satisfacción en quien escribe. Sois
muchos los amigos que me habéis dado alas para iniciar ese vuelo. Gracias a todas las personas que me han acompañado en la presentación del libro y a las que han escrito sobre él, que ya empiezan a ser muchas. Gracias a la vida…
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| Palabras hilvanadas en presentaciones, en librerías y en manos de lectores... |
Con entusiasmo he leído y valorado
obras literarias de otras
personas. Algunas de ellas han confiado
en mi criterio y han permitido que yo
“metiera mi pluma” en sus publicaciones o que les acompañara con la palabra y la
presencia en las presentaciones de sus obras. Con entusiasmo he escrito artículos para diversas
publicaciones, reseñas, prólogos... Con entusiasmo sigo
hilvanando palabras todos los días. Gracias a todas esas personas. Gracias a la
vida…
Con entusiasmo emprendí la tarea, que me encomendó
una persona que confiaba en mí, de
escribir la letra para un Himno a Omaña,
la comarca leonesa de la que procedo.
“Yo no he escrito himnos, yo no
sé escribir himnos”, eso pensé y eso
dije. Pero una ilusión surgió dentro de mí que me dijo: “Tú puedes. Y tú
debes”. Y pensé que sí, que podría intentarlo y que debía hacerlo porque esa tierra de Omaña ha sido parte de
mi esencia y lo es de mi querencia, y porque Omaña, a través del Instituto de
Estudios Omañeses, me concedió el galardón
“Omañesa 2013”. Y, con mejor o peor fortuna, escribí el himno… Y saber
que lo que una hace puede emocionar a cuantas
personas y que, además, sirve
para hacer nuevos amigos es un
gran regalo. Gracias a la vida….
Himno a Omaña
Con entusiasmo asumí el encargo de elaborar el pregón para conmemorar los 75
años de vida de la institución en la que desarrollé mi larga vida docente… “Yo
no sé elaborar un pregón, nunca lo he
hecho”, pensé también… Pero debía corresponder a las expectativas de
alguien que creía en mí. Bien o mal, el pregón está elaborado y se pronunciará el día 21 de enero. Gracias
a la vida…
Con entusiasmo he asumido nuevos retos que me han propuesto para los próximos meses. Espero poder conseguirlos y, aunque desconozco qué me va a deparar el primer día
del resto de mi vida y los que puedan
seguirlo, intentaré compaginar la
serenidad (aunque alguna vez la azoten
vientos huracanados) con el entusiasmo, buscar
cada día un nuevo aliciente: una nueva imagen o hecho que me sorprenda… Puede
ser una palabra, una actitud… Algo, en definitiva, que me haga reflexionar, escribir una frase,
compartir la experiencia…
Por todo eso y por mucho más hay que dar las gracias… Y por ello la palabra
gracias es para
mí la
palabra favorita (…), una palabra que es un auténtico tesoro
y que procuro que sea siempre fiel compañera de las demás. Una
palabra multicolor, una palabra de vida. Esa palabra que solo tiene sentido si
es algo que damos, pues va unida necesariamente al verbo dar con el que ha
creado una unidad indisoluble: dar las
gracias. Si nadie diera las gracias, es como si esta palabra no existiera.
Su esencia está en el darse, en el
derramarse hacia los otros. Dar las gracias es algo que tiende puentes, que despierta sonrisas,
que halaga, que acaricia… Que hace sentir al otro que está ahí, que lo tenemos en cuenta… Es un regalo, una
emoción: una palabra mágica.
Gracias por tener una familia que me quiere y valora, gracias por tener
buena salud (sin entrar en detalles), gracias por haber tenido el privilegio de
ser docente, gracias por tener muchos y buenos amigos… Gracias por no tener enemigos. Y gracias por
tener el don de la palabra y por poder
seleccionar aquellas que me permite
expresar lo que siento…
Me atraen las palabras sinceras,
luminosas, que no contengan aristas, ni recovecos, ni amargura. Palabras que
acaricien, que curen… Palabras de optimismo, de utopía… Palabras que me sigan
haciendo creer en las personas, en su buen criterio, en su creatividad. Palabras
que me hagan rebelarme ante las injusticias, palabras que no levanten vallas,
sino que tiendan puentes entre un tú y un yo, y los conviertan en nosotros.
Palabras de colores: palabras de vida.
La capacidad del lenguaje es lo
que nos hace verdaderamente humanos. Deberíamos amar las palabras del idioma en
que nos comuniquemos. No olvidarlas, no
lastimarlas, no quitarles dignidad, no añadirles agresividad innecesaria, a
pesar de que expresen nuestro dolor, nuestra decepción o nuestro enfado. Necesitamos las palabras para pensar, para
hablar, para escribir: para ser… Esta es seguramente la palabra más grande del idioma: ser. Es más
que tener, es más que estar, es más que parecer… Y somos a través de las palabras.
Somos lo que pensamos, lo que decimos y lo que de nosotros dicen y piensan los
demás. Somos palabras…”.
Y cuando perdamos la palabra
comenzamos a morir. Por tanto, mientras la vida nos permita, caminemos y compartamos las
emociones y la sabiduría con palabras entusiastas. Tal
vez ellas sean la auténtica vida.
¡Gracias a la vida!
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Caminos de otoño para seguir caminando...
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Nota: Las líneas escritas en cursiva son fragmentos de las Palabras finales del libroPalabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio.
M. Álvarez Rodríguez, 16 de enero de 2022