martes, 29 de noviembre de 2022

¿Eran otros tiempos? La misoginia en la música


        

        El  tema de la mujer y el lenguaje del menosprecio hay  que enfocarlo desde varios    puntos de vista, pero, aunque con matices diferentes, casi todos confluyen en el hecho de que el lenguaje  peyorativo  en relación con la mujer  refleja una concepción machista de la realidad.  Vamos a reflexionar brevemente   sobre  el lenguaje machista e incluso violento  que refleja la música española de las últimas décadas del siglo XX.


        Hay una frase que ha entrado en la lengua coloquial para indicar que una persona puede hacer lo que quiera con aquello que es de su propiedad: La maté porque era mía.  Si ya en sentido figurado su uso resulta un  poco sorprendente, porque implica un afán posesivo y destructor, en su sentido real, y  aplicada a la mujer,  la expresión nos resulta estremecedora. Lo sorprendente es que esta frase o sus variantes que  justifican la posesión  y el dominio de la mujer por parte del hombre ha circulado por la música española de las últimas décadas del siglo XX sin que haya producido mayor rechazo por parte de las personas que escuchaban y cantaban  esas letras sin ninguna conciencia crítica.


            Vamos a recordar algunas canciones que son parte de la banda sinfónica de la vida de las personas que esperábamos expectantes en nuestra juventud la llegada de la democracia.  La mayoría de ellas responden al concepto que se tenía de los malos tratos (e incluso la muerte) que recibían las mujeres por parte de sus parejas hombres. Aquellos crímenes “se tapaban” para que no salieran del seno de la familia y  quedaban oscurecidos  o eran justificados y disculpados al envolverlos en el llamado crimen pasional y en la concepción de que las mujeres debían aguantar todos los sinsabores del matrimonio.


            Repasemos  brevemente algunas de aquellas canciones:

           Se ha tratado de buscar el origen de la expresión la maté porque era mía  en la letra de un tango.  No parece que la expresión sea título de un tango  concreto ni que forme parte de forma textual de la letra de ninguno de ellos. Tal vez proceda del título de la película Tango que se tradujo al español con el título La maté porque era mía  y ese hecho haya producido un cierto confusionismo, porque, desde luego,  es  verosímil  que pudiera estar en alguna de esas canciones, ya que   la idea de matar “por amor” y por celos  aparece con frecuencia en ese género musical.


            Una  copla  popular andaluza  sí ponía estas palabras en boca de un hombre: La maté porque era mía / y si volviera a nacer / otra vez la mataría.


        Las actitudes machistas  en la música llegaban a los años de la Transición con canciones aparentemente inocentes, pensadas para niños y cantadas en  programas infantiles. Estas canciones   transmitían en sus letras una visión totalmente machista de la mujer y contribuían a afianzarla socialmente.   No podemos dejar de citar aquí la archiconocida canción  Los días de la semana  que popularizaron los Payasos de la Tele, allá  por  los albores de la democracia. Así cantaban nuestros hijos y nosotros con ellos:  Lunes antes de almorzar  / una niña fue a jugar, / pero no pudo jugar,  / porque tenía que planchar. Así planchaba, así, así…  Y el resto de los días de la semana tenía que coser, barrer… En fin, era niña y podía y tenía  que trabajar, pero no tenía tiempo para jugar.


        Una década antes (1964), el  Dúo Dinámico cantaba aquello de  Quince años tiene mi amor: Si le doy mi mano, ella la acariciará. / Si le doy un beso,  ya sabrá lo que es soñar… Esta canción ha sido repetida hasta la saciedad  en décadas posteriores en fiestas y karaokes. La canción  está en boca de un hombre adulto que presume de tener un amor de 15 años, o sea, una chica menor de edad (en aquella época, además,  la mayoría de edad estaba en 21 años). Hoy, si reflexionamos sobre ello, no puede menos que no sorprendernos la letra.


        Pero quizá nos sorprendan más dos canciones emblemáticas de la canción protesta, que eran en su época signo de progresía  y  libertad. Estamos hablando del  Preso número 9 y de Libertad sin ira.  En cuanto al Preso número 9, fue compuesta por el mexicano Roberto  Cantoral y luego  cantada  por voces como   Joan Báez, Chavela Vargas, Nati Mistral,  María Dolores Pradera… Todas ellas  fueron cantantes muy reivindicativas, sobre todo, las dos primeras… Esta canción fue muy popular en los años 60 y 70 del siglo pasado y pasó por ser un icono de la  canción protesta,  hecho que hoy nos deja perplejos,  pues   difunde un mensaje totalmente machista y justifica el asesinato de  la mujer.   Una forma patente de hacer realidad  lo de la maté porque era mía. La letra decía cosas como esta: Al preso número 9 ya lo van a confesar, / está rezando en la celda con el cura del penal. /  Porque antes de amanecer, / la vida le han de quitar, / porque mató a su mujer / y a un amigo desleal. /  Dice así... al confesor... / Los maté, sí señor, / y si vuelvo a nacer, / yo los vuelvo a matar. Luego se asegura que el preso número  9  / era un hombre muy cabal, hasta que lo cegó la pasión. Una  vez ajusticiado,  irá a la eternidad a buscarlos  y  allí el Dios supremo nos juzgará El llamado crimen pasional parece que justifica moralmente el asesinato.  ¿Qué veíamos en esta canción en aquellos años? Probablemente la injusticia  de la condena a muerte, pero no veíamos la justificación de la violencia machista en forma de asesinato. Ahora, al reflexionar sobre esa letra, nos sorprendemos por no haber entendido todo el contenido de la canción.


        También, desde una óptica actual,  nos sorprenden algunos  versos de  Libertad sin ira, del grupo Jarcha,  la canción más simbólica del paso de la dictadura a la democracia (1976). Gente que solo desea / Su pan, su hembra y la fiesta en paz. Está claro que esa “gente” que reivindica libertad tiene sexo masculino, busca sustento y a su “hembra”. Esta palabra animaliza en parte a la mujer, no es equivalente por simetría a hombre, aquí ni siquiera a varón, sino más bien al “macho”, que tiene un peso social más importante y que, en el ámbito doméstico, necesita los servicios sexuales de la mujer y su papel reproductivo. Pero entonces ansiábamos la libertad y no percibíamos esos matices.


        La canción Tómame o déjame (1974) que cantaba Mocedades decía: Tú me miras porque callo y miro al cielo / porque no me ves llorar… Ahí estaba la mujer silenciosa y resignada ante las infidelidades matrimoniales.


        En 1982, Siniestro Total cantaba la canción Hoy voy a asesinarte. La canción repetía este estribillo: Hoy voy a asesinarte, nena, /  te quiero, pero no aguanto más, /  hoy voy a asesinarte, nena, / no me volverás a engañar.


        Los Ronaldos, en 1981, cantaban la canción Sí, sí, sí. A ella pertenecen estos versos:  Tendría que besarte, desnudarte, pegarte y luego violarte. Esta canción  fue censurada a partir de 2005.


        Y  Loquillo, en 1987, nos sorprendía con la canción  La mataré, cuyo final dice: Que no la encuentré jamás / o sé que la mataré. / Por favor / solo quiero matarla / a punta de navaja / besándola una vez. La violencia parece mezclarse con la pasión amorosa.  Esta canción elevó al estrellato a Loquillo y parece que en su origen pretendía ser una denuncia de los malos  tratos, pero años después se vio en ella una apología de la violencia de género. Y es una canción proscrita para interpretarla en público.


        En 1989, el grupo Un pingüino en mi  ascensor cantaba  la canción Atrapados en el ascensor en que se hablaba de una violación: Deja de llamar  a la portera / contigo no hay manera /  yo que puse toda mi ilusión / en esta violación…


        De Corazón de tiza (1990), de Radio Futura, es lo que sigue: Why si te vuelvo a ver pintar / un corazón de tiza en la pared  / te voy a dar una paliza por haber escrito mi nombre dentro.


        Platero y tú, en  1991,  cantaba una canción titulada La maté porque era mía: Ella era una prostituta, / ya no usará la cama, / ahora duerme en una tumba. (…). La maté, porque la amaba, la maté porque era mía.  Y el que perpetra el asesinato asegura después: Yo era un chico muy decente… y protesta porque la prensa le saca fotografías.


        El cantante Luis Miguel popularizó la canción titulada  La media vuelta, en  1994: Te vas, porque yo quiero que te vayas / a la hora que yo quiero te detengo… porque quieras o no yo soy tu dueño… Es posible que hayamos cantado la canción muchas veces y ese yo soy tu dueño nos haya pasado también desapercibido, pero asegurar que un hombre es dueño de una mujer, aunque se hiciera desde un punto de vista metafórico, desde la concepción actual del  machismo, no tiene justificación. 


        Esto es solo una pequeña aproximación a algunas canciones significativas de las  últimas tres décadas del siglo XX, en lo relativo al reflejo del machismo. Pero podríamos dar un repaso también a algunas letras de Joaquín Sabina... Y se podrían añadir unas cuantas más de otros autores. Desde el pop al reguetón, pasando por la copla,  ningún género musical se libró en esos años de los tintes machistas.


        El cambio sustancial en cuanto a la toma de conciencia social de la violencia machista se produjo  con el caso Ana Orantes, en  1997, una mujer que fue quemada viva con gasolina por su exmarido pocos días después de contar públicamente en un programa de televisión las torturas que llevaba sufriendo desde hacía mucho tiempo. Este aldabonazo  fue un antes y un después para que surgiera la conciencia de que había que luchar contra los malos tratos hacia la mujer.


        Es evidente que cada hecho hay que juzgarlo en su contexto, pero  aquello que entonces no nos parecía mal  ni social ni moralmente, hoy, desde la reflexión,  nos parece algo rechazable en las letras de las canciones y condenable en lo que representaban. Por tanto, es indudable   que  hemos avanzado mucho en este tema del siglo XX al XXI, pero el camino es largo y   queda mucho por recorrer.  Y en cualquier momento nos pueden sorprender con una actitud o expresión  machista hasta en los templos  de la palabra (parlamento) y de la sabiduría (universidad).


        Pero no pensemos en 2022 que se ha desterrado el machismo en las letras de las canciones, como no lo ha hecho  en otros muchos campos.  Nos encontramos con  canciones muy actuales en que siguen perviviendo los roles de género e incluso que incitan a la violencia.  Y nadie duda de que la música contribuye a la educación de adolescentes y jóvenes, pues  la escuchan en la soledad de sus cascos o la bailan en grupo. Aunque dejo el tema de la música actual para personas que tengan un mayor conocimiento, a modo de ejemplo, hay letras de canciones recientes, como la de Pam, que no nos pueden dejar indiferentes, máxime cuando  se está dando un repunte de la violencia machista entre los jóvenes: Cuando la azoto suena pam, pam, pam, pam, pam / Y las pistolas suenan pam, pam, pam, pam, pam… Azotes y pistolas… No parecen buenas compañeras para luchar contra la violencia de género desde la música.


Este artículo es una  parte de la conferencia  "La mujer y el lenguaje del menosprecio", pronunciada por Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga. Algunos de los  apartados de la conferencia han sido tomados del libro "Palabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio", de la misma autora.

Conferencia en Madrid, el 25/11/2022

Conferencia en León, 2/11/2022


viernes, 18 de noviembre de 2022

Cachuelas de sangre y muerte en el Amazonas, de Carlos Junquera Rubio

 


Narrativa

Editorial Lacre

Págs.  327

El autor de esta novela, Carlos Junquera Rubio, es  catedrático de Etnología de la Universidad Complutense de Madrid.   Es autor de más de 50 libros y  ha publicado más de 600 trabajos en revistas científicas españolas e internacionales, entre ellos, recopilaciones  de vocabularios de lenguas amazónicas y norteafricanas. Ha estudiado distintas etnias en el Ártico y  minorías étnicas rusas. Ha sido conferenciante y profesor invitado en varias universidades extranjeras. Cachuelas de sangre y muerte en el Amazonas es su primera novela.

En esta obra se cuenta cómo son asesinados dos misioneros dominicos de origen español, Pío Aza y Manuel Álvarez Fox,  después de pasar algún tiempo en la selva amazónica con la pretensión de ayudar y evangelizar  a los nativos, los mashcos, que habían sido maltratados y explotados por los caucheros.  Les quitan la vida cuando, después sentir que su proyecto ha fracasado por las graves dificultades encontradas, se disponían a abandonar el lugar. Tiempo después del asesinato, y  para investigarlo, se envían al lugar unos oficiales de la Guardia republicana, que logran dar con los  dos asesinos de origen indígena  y los conducen a Cuzco para ser juzgados. Una vez allí, se nos cuenta todo el proceso del juicio y se explica  la sentencia y sus consecuencias, todo ello enmarcado en un problema de fuerte choque cultural.

Los personajes principales son los dos frailes, sus asesinos y las personas que los apresan y los juzgan. En toda la novela se mezclan realidad y ficción. Los misioneros protagonistas existieron realmente y, aunque en su vida real no fueron asesinados, pudieron haberlo sido, como les ocurrió a otros. Uno de ellos, Pío Aza,  fue un gran estudioso de las tribus indias. En la narración están tan bien trabadas la realidad y la ficción verosímil que  es difícil distinguirlas.

La  obra se estructura en cuatro  partes: una introducción, una primera parte, una segunda y un epílogo.

En la introducción el autor nos sitúa a principios del siglo XX,  en los bosques tropicales de  la selva amazónica, lugar en que faltan de fronteras y abundan los ríos que ofrecen muchas dificultades  para navegar por ellos,  especialmente en sus peligrosas cachuelas (pequeñas cataratas),   durante algunas épocas del año. Son lso años que se corresponden  con el fin de la explotación de los caucheros, que se llevaron los recursos de la selva y  trataron cruelmente  a los nativos.  Cuando llegan los dominicos se encuentran    grandes dificultades para  entender el idioma de los aborígenes y para explicar las parábolas bíblicas en las que aparecían objetos que los indígenas no conocían, como, por ejemplo, la manzana de Eva.  Carlos Junquera nos presenta también las dificultades que encuentran  allí para alimentarse, pues en el territorio de los  mashcos no crecía nada  comestible, por eso   solo se alimentaban de carne y pescado, o sea,  con una dieta a base de grasas y proteínas. Era preciso saber cazar y moverse de un lugar a otro, según las estaciones,  para subsistir.  El hecho de que los mashcos fueran una sociedad nómada también hacía más difícil su evangelización. Por eso motivo, cuando son asesinas estaban tratando de volver a Puerto Maldonado, el lugar del que habían partido para su realizar su proyecto.

Ya en la introducción nos presenta un final parcial de la novela, pues conocemos los asesinatos  de los misioneros y la fecha en que se produjeron: noviembre de 1904. Lo que ocurre entre su llegada  a la selva y su muerte es en realidad lo que luego nos contará con detalle en la primera parte de la novela. Esto ya lo había anticipado en la introducción, por lo que podemos decir que en esta primera parte, aunque en apariencia se cuenten los hechos de forma lineal, en realidad,  la  estructura interna es circular.

En la segunda parte de  la novela la narración  avanza    de forma  lineal, aunque en ocasiones el autor recurre a la técnica del flash back, para retomar hechos del pasado, como los detalles de los asesinatos. En general, en estos capítulos de la segunda parte, nos  cuenta todos los esfuerzos llevados a cabo por la Guardia Republicana para descubrir, detener a los culpables, llevarlos a Cuzco y juzgarlos. Se detiene de forma especial en cómo transcurren las sesiones del juicio y en el análisis de las dos sentencias contradictorias que se dictan  en cada uno de los juicios. El autor hace notar de forma clara  el asombro que se produce por partida doble: el los ciudadanos y los medios de comunicación, al ver de cerca en la ciudad a esos seres prehistóricos,  y el de los propios mashcos, que no era  menor, al encontrarse en el mundo civilizado que desconocían de forma absoluta.

A lo largo de la novela  “el relator”  quiere presentar  al lector los  rasgos etnográficos  ancestrales de la vida y la cultura del pueblo mashco. Se nos presenta una sociedad fatalista, que practica  creencias muy primitivas, aunque no puede hablarse propiamente de una religión.  Creen en espíritus protectores  como Atenta (enano). Realizan rituales para apaciguar  al clima  o a los animales, que  consideraban más sabios  que las personas. Hay presencia de chamanes que podían realizar hechos extraordinarios: volar, tragar  fuego… No comprenden bien la religión de los misioneros que quieren evangelizarlos. Consideran que el Dios de  los misioneros es un espíritu nuevo: Cristoko. La religión de los masacos era una creencia de vida y la de los misioneros era lo mismo, pero de muerte, según palabras del autor. Practican también un cierto canibalismo, pues se comían las vísceras de los muertos para que no volvieran a la vida.

En la novela se percibe con frecuencia  la condición de etnógrafo del autor y  el hecho de haber conocido   in situ aquello que nos relata. Nos describe con detalle aspectos geográficos del lugar y su clima, que son especialmente difíciles de soportar para los blancos que se adentran en la selva: un lugar en que los ojos pueden ser dañados por el verde intenso de la vegetación y sufrir un tipo de ceguera parcial por el resplandor impactante que adquieren los árboles  en el otoño selvático.   También se para en detalles relacionados con la alimentación de los nativos, con la caza,  con las creencias… Sabe realizar evocaciones muy plásticas de los paisajes que despiertan nuestros sentidos y  los ponen en alerta para percibir todo tipo de sensaciones.

El autor siembra por la obra unas cuantas docenas de palabras de la lengua de  los mashcos. Algunas designan cosas, plantas o animales que  son propias del lugar: antas (animal parecido al elefante), huangana (animal que es el principal alimento de los nativos) y muchas más. Otras son vocablos diferentes para llamar a realidades que existen en el español con otro nombre: guaguitos (bebés), huamandokeari (curandero)…  Aparecen también algunos arcaísmos del español antiguo, como  fierro. El autor incluye un glosario al final de la obra para explicarlas. El uso del vocabulario de las lenguas vernáculas contribuye a dar más realismo a la novela.

También la  obra  presenta  un  importante componente ensayístico. Los lectores encontramos en ella referencias frecuentes a los estudios antropológicos de otros autores sobre este grupo étnico.  Reproduce textualmente   datos proporcionados por  investigadores estadounidenses, alemanes y suecos que se introdujeron antes en ese bosque tropical para estudiar a sus habitantes.   Estos datos  completan las descripciones del autor y  añaden un carácter más erudito a la novela. Tanto estos científicos como algunos otros personajes,   se convierten, a veces, en narradores secundarios, como ocurre con el padre Aza, a  través de sus diarios, o el inspector Vallina, a través de sus informes. Lo mismo ocurre con el fiscal, el presidente del tribunal y el abogado defensor durante el juicio.  Por ello podemos hablar, en cierta medida,  de una novela caleidoscópica, pues mezcla distintos puntos de vista e, incluso, parece interpelar al lector para que defina el suyo.

El  autor  cuenta los hechos en tercera persona,  pero no adopta  la postura  rígida del autor omnisciente y objetivo, sino que  de manera consciente, desliza algunas  valoraciones  o sutiles comentarios sobre  los hechos que cuenta, a veces, con una pizca de ironía: Prometió escribir un libro (…) y aún estamos esperando por él. En varias ocasiones, se llama a sí mismo relator de los hechos que cuenta, con lo cual se está introduciendo en el texto  y sentimos su presencia.

Además de presentarnos toda la riqueza de datos etnográficos que se incluyen en la novela, Carlos Junquera Rubio trata con mayor profundidad lo que es el núcleo fundamental de la misma: el choque de culturas que se pone de manifiesto, sobre todo, durante  el juicio por los asesinatos. Vemos cómo   unos asesinos que se han regido “por la ley de la selva”, de repente, son trasladados a una ciudad en la que  todo los sorprende: los edificios, la cantidad de gente, la vestimenta, el idioma… En ella van a ser juzgados por unos jueces de cultura  occidental,   que van a aplicar leyes emanadas del derecho romano, a unas personas que pertenecen a una sociedad prehistórica.  El autor quiere que el lector reflexione con él sobre el impacto que produce este choque cultural, para ello  refleja con detalles  la sensacionalista  expectación mediática  en torno a  unos hombres que no tienen nada,  ni siquiera nacionalidad. 

El mundo urbano es la civilización y lo que representan los asesinos, el salvajismo. Los aborígenes no tenían autoridades judiciales, para ellos el asesinato era un error privado, mientras en las culturas europeas se considera un crimen contra el estado. No entienden el sentido de la jerarquía, pues se organizan de forma comunitaria. Y así, con culturas tan diversas, con unos acusados que no entienden el idioma y con todos los ojos puestos en ellos, comienza un juicio que  los  lectores sentimos como algo que es injusto desde su inicio. Nos presenta, con pormenores, los alegatos del fiscal, del presidente del tribunal y del abogado defensor para que vaya surgiendo en nosotros una cierta sensación   de injusticia  por lo que “vemos” que está ocurriendo en la sala del juicio. La única evidencia del delito es la propia declaración de los culpables.  En ese ambiente consigue sorprender al lector cuando nos da a conocer la primera sentencia de un jurado popular que considera al asesino del padre Aza no culpable. Pero pronto nos va preparando narrativamente para que intuyamos que el segundo juicio por la muerte del otro misionero  va a seguir ya  la “lógica” de la civilización: los asesinos ya van vestidos a la manera occidental, comen con los mismos modales que nosotros, el juicio se desarrolla en otra ciudad... Luego…, van a ser castigado como nosotros. 

Según la lógica de la justicia civilizada, es necesario que  sean declarados culpables  para que eso sirva de escarmiento y ejemplaridad para su grupo étnico. Al mismo tiempo nuestra sociedad se puede  permitir  la “grandeza” moral,  de ser generosa. Serán condenados a muerte, pero se los va a indultar de la pena capital.  El juez  podría ser duro y perdonar al mismo tiempo. La sentencia será disuasoria, pues, si otros de su grupo étnico hacen lo mismo, la sentencia será pena de muerte: ya no habrá indulto.  Son condenados por unas leyes que no entienden, en una lengua que no entienden y desde una ética que no entienden (para ellos era peor mentir que matar). Surge, pues, una ambigüedad  moral.  El mundo blanco considera a los mashcos criminales, pero el autor  nos hace ver que las muertes pueden estar ligadas simplemente a las durísimas condiciones de la vida en la selva. Es llamativo que cuando el tribunal popular  declara no culpable a Arasa, el asesino del padre Aza, (primer juicio) el absuelto  no lo entiende, ni siquiera se alegra, porque sigue insistiendo en que él fue el asesino.

En el epílogo nos habla de lo sucedido en años posteriores, después de cumplida la condena de dos años, y  una vez devueltos  los  juzgados a su lugar. No ha servido el escarmiento, pues uno de ellos vuelve a matar. También nos habla de cómo, una década después de los asesinatos, la selva se convierte en laboratorio de experimentación y ello va destruyendo, de manera irremisible,  la civilización de unas gentes ligadas desde “siempre” a la tierra, cuando llegan allí enfermedades propias de la civilización, el  alcoholismo,  las mafias dirigidas a conseguir riquezas, la  contaminación del petróleo… Así desaparece  una forma de vida  en que no había líderes, que se organizaba en torno a  una economía comunitaria, donde  el paisaje requería comprensión, no control. El mundo  occidental se regía por códigos de conducta, el mundo de los aborígenes se movía por el intento de sobrevivir.  El  etnólogo que hay dentro del autor nos deja para que reflexionemos una pregunta no formulada explícitamente: ¿cuál de esas culturas era superior? 

En conclusión, estamos  ante una novela de contenido denso,  y que  es más que una novela, pues el autor también nos proporciona a los lectores una amplia información de tipo antropológico sobre estos pueblos de la selva amazónica, desconocidos para la mayoría, y  nos invita a reflexionar con él  sobre una serie de cuestiones morales y jurídicas que se plantean al hilo de los hechos que se cuentan en la novela.   Por tanto,  estamos ante un libro que entretiene, que informa y que forma, ¿qué más se puede pedir a un libro?  Desde el punto de vista literario, se puede afirmar que Carlos Junquera Rubio  ha salido muy  airoso de  esta incursión en el mundo de la novela.  Conocíamos su capacidad de trabajo  en sus muchas publicaciones  de investigación, ahora, hay que alabar, además, su creatividad,  no solo por la invención, sino por su facilidad para redactar el texto, pues asegura haber escrito  esta novela en solo tres semanas. Una auténtica pluma lopesca.


Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura





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