lunes, 17 de febrero de 2020

¿Oír o escuchar?


             Sobre el  bien decir...

Escuchamos... Imagen: Pixabay. com

Son dos verbos que en español tienen que ver con el sentido del oído y  que nos pueden parecer sinónimos, pero que reflejan matices diferentes  en su significado. 

Escuchar es  poner atención o aplicar el oído para oír algo o a alguien. La acción de escuchar es voluntaria e implica atención por parte de la persona que realiza la acción: Escuché con atención las explicaciones del profesor. Escuchar es prestar atención  y dar sentido a lo que se oye.

Oír,   en cambio, es percibir por el oído algo sin una atención o intención expresa, de una forma pasiva: A lo lejos oí un petardo. En el uso del español los hablantes teníamos claro, hasta no hace mucho tiempo, la diferencia de uso entre ambos verbos. Pero  en  uso actual del idioma se está dando una tendencia cada vez más generalizada al uso de escuchaen lugar de oír, y no solo entre los hablantes de la calle, sino  también en los medios de comunicación.

Resulta chocante este cambio, porque las lenguas siempre han evolucionado de acuerdo con un “principio de economía lingüística” y es raro que una palabra más larga sustituya a una más breve, salvo en los casos en que se busca  ampulosidad en el  idioma. Pero  quizá esté ocurriendo con escuchar lo mismo que con climatología (clima), analítica (análisis), argumentar (argüir)  y tantas otras palabras  con la que se busca utilizar un idioma menos natural. 

Se sorprende uno cuando oye o ve, en un programa de radio o televisión,  cómo, al tratar de conectar con un informador exterior y existir dificultades de conexión, el que  está en el estudio dice cosas como esta: No te escucho bien. Si escuchar, como hemos dicho, es algo que requiere atención, parecería que la persona  no “escuchada” debería decir: ¡Cómo me vas a oír si no me escuchas! Y el que no escucha, cuando alguien le habla, parece un  maleducado, ¿no? Pero resulta que no es un problema de mala educación lo que se da en esa situación, sino el del uso de un verbo inadecuado.  

En algunos casos podrían producirse confusiones en la interpretación al decir unas frases como estas: Por la ventana oí la discusión de los vecinos. El significado parece claro: se entiende  que  mi oído estaba cerca de la ventana y oí sin querer. En cambio, si dijéramos  escuché discutir por la ventana no sabemos si estábamos  espiando por esa ventana o si oímos por casualidad.  De no ser  espías los oyentes,  resultaría más claro lo que queremos decir con el uso de oír.

En realidad,  entre oír y escuchar hay la misma relación semántica que entre ver y mirar. El verbo mirar y sus derivados a veces se usan con sentido figurado, en el sentido de  ver con el entendimiento: Mira a ver siAndarse con miramientos… El primero nos habla solo de la acción de captar con la vista y en el caso de mirar presupone ver con atención. Vi que se había producido un accidente y me paré a mirar. Lo primero es involuntario; lo segundo, no.

Volviendo al oír/escuchar, son posibles dos situaciones en la comunicación: Te oigo, pero no te escucho, es decir, oigo, como quien  oye llover, un sonido monótono y ajeno a mí. También sería posible te escucho, pero no te oigo, es decir, pongo mi interés en oírte,  pero hay un obstáculo que lo impide.

Según el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), como oír tiene un significado más general que escuchar, podría utilizarse en lugar de escuchar, como ya se hacía en español clásico: Óyeme ahora, por Dios te lo ruego. (Égloga, J. del Enzina).

En los dichos populares en que aparece el verbo oír, corroborando lo que dice el DPD,  se puede percibir que en muchos casos el significado está más próximo al de escuchar. A los que oyen y escuchan  una emisora de radio les llamamos oyentes, aunque no falta algún locutor que, buscando un guiño a los  oyentes,  los  llama escuchantes.

Cuando nos envían o nos entregan algo que no podemos escuchar en el momento, solemos decir: Luego lo oigo, o sea,  lo escucho, porque lo voy a hacer con intención. Aquí ambos verbos se usan de forma intercambiable y se ve cómo oír tiene un significado más amplio.  Cuando al oyente  le contamos algo que le sorprende lo solemos avalar con las expresiones: ¡Lo que oye! ¡Lo que le cuento! Para manifestar enojo, amenazamos con que me van a oír, quizá, más bien, a escuchar por “imperativo legal” y, si se aburren,  al menos nos van a oír largo rato, porque la perorata va a ser larga.

Los imperativos oye y oiga pierden su valor verbal  y  funcionan como  vocativos para llamar la atención, cuando desconocemos el nombre de la  persona advertida o no lo queremos decir, o para mostrar extrañeza. En este caso estamos reclamando que nos escuchen para comunicar algo de interés. En situaciones como esta está claro que las expresiones verbales se  nominalizan, y sustituyen a nombres de persona. Recuerdo el chiste que contaba  el caso de aquel que, al ser preguntado  sobre cómo llamaba a su suegra, si por el nombre propio  o por su condición de suegra, respondió que la llamaba Oiga. En la repetida expresión oír, ver  y callar, parece que está más presente el significado de oír, puesto que hemos oído algo accidentalmente y nos debemos hacer los sordos.

Menos justificable es el uso de escuchar en lugar de oír, para referirse a la acción de percibir un sonido  a través del oído sin intencionalidad…  Eso dice el DPD. Y este es el uso que  no se entiende bien, desde el punto de vista semántico, como venimos diciendo. Sin embargo, añade  que fue usado por algunos autores clásicos, y actualmente por   algunos contemporáneos, sobre todo hispanoamericanos.

Gramaticalmente ambos usos son posibles e intercambiables, porque no afectan a la construcción de la frase, pero, aunque los dos verbos los  podemos considerar sinónimos, eso no significa que los sinónimos tengan idéntico  significado. Por tanto,  si dejamos oír para el oído y escuchar para la atención y el entendimiento, seguramente nos entenderemos mejor y no pecaremos de  aparente descortesía con esos no te escucho bien, porque, si queremos  oírnos,  antes debemos escucharnos. En caso contrario,  es muy difícil la comunicación. Por eso, con escuchar en su sitio y oír en el suyo, todo es mucho más claro y cortés.

Imagen: Freeimages. com 



© Margarita Álvarez Rodríguez

lunes, 10 de febrero de 2020

¿Por qué me llamo Omaña?




Confluencia  del río Valdesamario con  el Omaña. MAR




Sobre el origen del nombre Omaña (comarca de la provincia de León)

  

Tradicionalmente se ha buscado  la etimología de Omaña en las palabras humus manium: tierra de dioses (los manes eran los dioses de cada familia) o en homus manium: hombres dioses (manes o dioses infernales). Dos etimologías que se relacionaban con la supuesta fuerte resistencia que opusieron a los romanos los pobladores de la zona. La explicación está bien como un mito curioso que refuerza el orgullo omañés, pero parece más bien   una leyenda que tiene que ver poco con la realidad.

Otra teoría busca el origen de la palabra Omaña con  la voz latina humania, relacionada con el hecho de que existía una población muy diseminada y  que, desde antiguo, ha ocupado muchos núcleos de población y muy dispersos. Desde los castros prerromanos, de los cuales aún se conservan varios vestigios en distintos  pueblos  de la comarca (incluso hay  núcleos de población con el nombre de El Castro –Valdesamario-, Castro de la Lomba y Trascastro de Luna), hasta la configuración actual, los pueblos de Omaña han sido siempre pequeñas aldeas dispersas, asentadas en valles y o en pequeñas lomas. Con ser esta una explicación más lógica que la anterior, hay una tercera explicación que parece la  más acertada.

Esa tercera explicación estaría basada en el hecho de que Omaña es tierra de agua y posiblemente primero existió el nombre del río y después el nombre de su cuenca, que, a su vez, da nombre a la comarca. Teniendo esto en cuenta, comparto la tesis de otros autores que relacionan su origen etimológico con el agua.

Lo más probable  es que Omaña surgiera  a partir de las palabras latinas aqua mania (o tal vez aqua magna: agua grande), la primera palabra relacionada con agua y la segunda, con río. De ahí, se pasaría por evolución fonética a omano/humano y, ya  en romance, a Omania. De esta palabra procedería el nombre actual. Avala también esta explicación el hecho de que hay más palabras relacionadas con el río y el agua que llevan  el mismo lexema. Es el caso de los pueblos llamados Omañón, por nombre de río o de fuente, y La Omañuela. Y otro argumento, no menos significativo,  lo aporta también el nombre del pueblo de Las Omañas. Suele considerarse que está fuera de la comarca de Omaña (aunque no por todos los geógrafos), pero es un pueblo de la misma cuenca. Las Omañas usa un plural que puede estar relacionado con el hecho de que aguas abajo de este pueblo se juntan dos ríos –dos omañas- el río Luna y el río Omaña, para formar el Órbigo.

Puente sobre río Omaña en carretera Astorga-Pandorado. MAR

El río Omaña en distintos documentos y  mapas  aparece, a veces, con el nombre de Órbigo, y es probable que también este nombre esté relacionado con agua, pues procedería, según el lingüista Bascuas, de un lexema hidronímico paleoeuropeo, derivado de la raíz indoeuropea er-, moverse. Otros lingüistas lo relacionan con una voz ibérica vasca que significaría “dos ríos”. En cualquier caso sería el nombre de  otro  río relacionado con el agua, aunque con etimología no latina.  Y es muy frecuente que elementos de la toponimia tengan su origen en el agua, según la tesis del P. Martino, por lo que buscarle a Omaña un origen hidronímico parece lo más sensato, mientras no se pueda aportar una teoría más creíble.



(Parte de lo escrito está recogido en mi libro El habla tradicional de la Omaña Baja, editorial Lobo Sapiens) .

Al hilo de lo expuesto van las cuartetas de romance que siguen:


Pozo del Piélago, río Omaña, en Trascastro de Luna. MAR


Me llamo Omaña, me llamo agua

Porque aguas abundantes
me regalaron los cielos
no entiendo bien la  manía
de bajarme a los infiernos.

Dejad en paz a los manes
y a los hombres endiosados
que no hay origen más bello
que del agua haber manado.

De agua procede mi nombre,
de  agua que forma ríos
y tiñe verdes de vida
los valles y el caserío.

De aguas muy cristalinas
que  bien reflejan el cielo
y acogen verdes y azules,
abrazados  en   su seno.

Por mi tierra corren ríos
por valles y por vallinas
que entonan bellas canciones
con sus aguas saltarinas.

Otros pueblos me recuerdan,
pues en ellos soy nombrada:
Omañón y La Omañuela,
que también se llaman agua.

Y por si quedaba duda,
al iniciar la ribera,
las  Omañas  también hablan
de unos ríos que se mezclan.

Y orgullosa yo me siento
de   aguas tan  frescas y finas,
ellas  son mi fiel espejo
y la razón de mi vida.

Por eso Omaña me llamo,
aqua mania  fui parida,
y de las aguas del río
nací  fresca y tan guapina.

Omañeses, presumid
de  los ríos   que me riegan
y  llevan vuestros sentires
hasta el confín de la tierra.

Os abraza
Omaña

Río Omaña, en Paladín. MAR


©  M. Álvarez Rodríguez











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