jueves, 3 de diciembre de 2015

SANTA BÁRBARA BENDITA


Cuatro de diciembre: una evocación                                       
     
                                
Dedicado  a la memoria de Irineo, minero, cantero, labrador... 
                      
                                                             
Y a cuantos han entregado su esfuerzo y su vida  a la minería...


Santa Bárbara, virgen y mártir, nació  en Anatolia (actual Turquía) a comienzos del siglo III. Su padre, para preservar su hermosura de las miradas de la gente,  la encerró en una torre. Ella rechazó una proposición de matrimonio  que le hacía su padre, asegurando que estaba casada con Dios.  Aprovechando una ausencia de este, añadió una tercera ventana a las dos que daban luz a la torre, simbolizando con ello el número de personas de la Santísima Trinidad.


Con la espada con la que fue decapitada, la torre, el rayo,  el cáliz (conversión al catolicismo)


Todo ello irritó a su progenitor  que la delató al pretor. Bárbara fue apresada y enjuiciada, y al negarse a abandonar su fe   fue apaleada, torturada  cruelmente y, finalmente, decapitada con una espada por su propio  padre en lo alto de una montaña. Cuando este bajaba de  esa montaña fue fulminado por un rayo que cayó del cielo. Ocurrió en el año 235 d. C. Este hecho de la muerte del padre a causa de un rayo  ha generado que se la  considere patrona de todos aquellos que usan los explosivos; mineros, artilleros… y de otras variadas profesiones.

La primera referencia al culto a  Santa Bárbara en España es de 1248, y se refiere a la conquista  del   castillo  de Alicante por  Alfonso X el Sabio, el día 4 de diciembre de dicho año. Por ese motivo, el castillo se llama así.  En su interior hay una capilla a la santa.

La celebración de la festividad  de  Santa Bárbara me trae cada año  a la memoria vivencias muy emotivas. Y ello, por dos razones. 

La primera razón es el recuerdo muy vivo que tengo  de la invocación que se hacía a Santa Bárbara cuando venía la nube, que así se llamaba en Omaña (León)  a la tormenta. ¡Que vien la nube!, la frase corría de boca en boca. Los truenos, tronidos y estalletes, y aquellos relámpagos en forma de culebrinas que surcaban el cielo, como  auténticas  y destructivas culebras,    que parecían horadar la tierra y esconderse dentro,  asustaban a adultos y  aterrorizaban a los niños. Las casas no tenían instalaciones eléctricas  adecuadas y todos comprobamos alguna vez con estupefacción y pánico  cómo los rayos, llamados allí chispas, entraban por el cableado eléctrico, que destrozaban, o caían en algún árbol del contorno y lo abrían de cuajo, dejando  un tronco quemado y muerto.

Culebrinas o colubrinas






















El otro gran temor era que la tormenta trajera piedra y arruinara en pocos minutos la cosecha que tanto había costado que llegara a cuelmo. Por eso cuando se presentaba una tormenta  de verano, y especialmente  las del mes de septiembre (recuerdo que todo el mundo hablaba de la mítica tormenta del  día del Cristo, de muchos años atrás), la gente se protegía en las casas, lejos de enchufes y bombillas (tampoco había tantas), y de lugares donde hubiera corrientes.  Tampoco se podían meter las manos en el agua, ni tener puesta ropa húmeda, ni andar descalzo, ni utilizar utensilios o herramientas metálicos. Todas las prevenciones eran pocas, pues  en el lugar no existían pararrayos ni otros mecanismos de seguridad. Recuerdo que mi padre, de forma previsora, había colocado un enchufe en la entrada de la vivienda con el que se podía impedir que la corriente eléctrica entrara en la misma. Dicho enfuche se desconectaba nada más que se oía el primer trueno.

 Mientras teníamos a  la nube por compañera y por música de fondo,  lo más habitual era tumbarse en la cama, con las ventanas cerradas, porque se decía que los colchones de lana aislaban de la electricidad. Al mismo tiempo, en las casas, se encendía una vela a Santa Bárbara, que había sido bendecida en la iglesia. Era la única que nos podía librar del enojo de aquellas amenazantes nubes.  

Cerca, en el pueblo de Irián, habían ocurrido accidentes y muertes por rayos  porque, según parece, pasaba por el lugar  un filón de algún mineral que atraía la electricidad,. El conocer de cerca a los afectados hacía que el miedo y las prevenciones fueran mayores.

Si la nube sorprendía a la gente fuera de casa,  había que cuidar de  no protegerse de las tormentas bajo árboles altos, como los chopos, porque atraían a las chispas. Sí podía hacerse  bajo las nogales  y otros árboles o arbustos que tuvieran la copa redondeada. Estuviera uno en la casa o en el campo, las chispas  y los tronidos de  nubes eran conjurados con retahílas como estas:

 Tente nube, tente, tú
que Dios sabe más que tú.
Tente nube, tente palo,
que Dios sabe más que el diablo.

A veces  se hacían sonar las campanas de la espadaña de la iglesia con un toque especial, que se creía que espantaba las nubes, y  se acompasaba la recitación  de ese conjuro con el  toque de las campanas. Y además, se rezaban jaculatorias a Santa Bárbara:

Santa Bárbara Bendita / que en el cielo estás escrita / con papel y agua bendita. Santa Bárbara doncella, / líbranos de aquella centella /  de aquel rayo malairado / Jesucristo sacramentado / en el ara de la cruz / Pater Noster, amén Jesús.

A continuación se rezaba el Padrenuestro.  Y a veces se repetía varias veces… Parecía que repetir el nombre de la Santa hacía más llevadera la espera hasta que pasara la tormenta.

La gente del campo, gran observadora de la naturaleza, podía predecir si la nube iba a ser mala, si iba a llover o iba a ser solo una tormenta eléctrica, por su color, por el sitio  por donde  aparecía  (en mi pueblo, Paladín, las nubes a las que se tenía mucho miedo eran  las que venían de Valdelamoza, porque pasaban por encima del pueblo) o por un ruido siniestro que precedía   y anunciaba  la descarga del  pedrisco. Se podría describir bien con los famosos versos de Zorrilla: “Del ruido con que rueda la ronca tempestad”, porque era eso: un ruido ronco que iba rodando hacia nosotros y parecía que nos iba a destruir.


Piedra o pedrisco


Mi padre sufrió  un serio   percance  que puedo tener consecuencias  fatales.  Iba en bicicleta y llevaba una hoz colgada del cinto en un lado de su cuerpo. La hoz atrajo hacia ella   un rayo, que no solo lo cegó, sino que su fuerza lo derribo también de la bicicleta. Seguramente las cubiertas de las ruedas actuaron de aislante y le permitieron salvar la vida. Por eso,  a día de hoy, siempre que empiezo a oír truenos, me vienen a la mente las plegarias a Santa Bárbara. Literalmente, me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena.


Vagoneta de homenaje a los mineros . Valdesamario

Hay una segunda razón por la que  esta santa tiene para mí una consideración especial: Santa Bárbara es patrona de los mineros.
 
Mi padre trabajó en la minería, como barrenista,  en los últimos años de su vida activa, en las minas de Joaquín Blanco del Valle de Samario (allí trabajaba ya su hermano Antonio, otro gran profesional de la minería). Aunque en esa época (años 70), los mineros volvían a casa casa aseados, aquellos monos de trabajo, absolutamente negros y grasientos, nos hacían entender cómo era de duro el trabajo dentro de la mina.
  En su labor de minero sufrió algún accidente, lo mismo que otros familiares que también trabajaron en las profundidades de la mina. Algunos  vecinos y conocidos murieron a causa de desprendimientos que los sepultaron. Por este motivo, siempre me ha impresionado y emocionado mucho el  himno a Santa Bárbara, y de forma muy  especial,  si es cantado por los propios mineros y sus familiares.






Aunque la profesión que más años ejerció mi padre, Irineo, junto con la de labrador, fue la de cantero. Y Santa Bárbara también es patrona de los canteros.

Durante muchos años trabajó  en las obras en cuadrilla, junto con Quico, Lucas, Ángel y algún barrero que les subía el barro a  los andamios,  que se sujetaban sobre burras. El barro se apurría con un cajón de madera, llamado la cabra (parece que el lenguaje de los canteros era “animalista y feminista”). Juntos trabajaron la piedra en  muchos pueblos de Omaña, especialmente, del  Valle de Samario y del Valle Gordo , construyendo  en ellos casas y pajares, con cubiertas de losa"Hasta en Fasgar, he trabajado", decía mi padre. Fasgar está de Paladín a 35 kilómetros de distancia, que se hacían a pie o, en el mejor de los casos, en bicicleta.

Los canteros cogían las piedras que se habían acarreado desde el río o el monte y tenían que escuadrarlas y cortarlas con unos pesados martillos, a fuerza de golpes. Luego había que colocarlas con maña y gusto, y unirlas con barro o con cal para que aquellas paredes, de más de 50 centímetros de anchura, fueran resistentes y pudieran cambiar de siglo más de una vez. 

Realmente, trabajar de cantero era también una profesión algo  artística. Con sus cuerdas, plomadas, martillos, piquetas, paletas…  tenían  que hacer mochetas, esconcios, poner cargaderos, hacer escalones,  intercalar formas y colores de las piedras para conseguir un equilibrio… Posteriormente, llegaron a trabajar con adobes, bloques, ladrillo, pero, siempre, fueron canteros.

Adolfo Díez Muñiz, en el libro Historias y vivencias de Carrizal de Luna, hablando del oficio de los canteros, menciona una solución arquitectónica que un grupo de canteros aplicó en la construcción de la casa de su padre para dar más amplitud en la entrada de las puertas carretales: “Se construyó la esquina en forma de ochava. La construyó Ricardo Álvarez y su hijo Irineo. Esto resultó una obra de arte de la cantería que llama la atención. Costó más dinero ya que se cobraba por metros y esta forma requería mucho tiempo y buenas piedras. Por este motivo Ricardo era el preferido en escoger las piedras adecuadas”.  

Familia de Ricardo Álvarez: Elicio, Antonio, Irineo, Ricardo, Manuela, Amparo, Adoración, Rolindes, Benigna. Hacia 1942

Ricardo  Álvarez era mi abuelo; Irineo, mi padre. Los canteros de la familia Álvarez, de Paladín y Carrizal, han sido siempre excelentes profesionales en el trabajo de la piedra.

Por esto, por formar parte de una familia que ha practicado la minería y la cantería, dos profesiones protegidas por Santa Bárbara, hoy, cuatro de diciembre, también es mi fiesta.


Para ello quiero crear mi propia “jaculatoria”,  para seguir rogando a la santa:

Santa Bárbara bendita,
de niña yo te rezaba,
cuando una nube muy negra
desde el cielo amenazaba.

Omañeses y omañesas,
como santa te aclamaban,
tú los librabas de chispas
y de piedras malairadas.

También a ti hoy te cantan
los mineros del carbón,
sus cantos resuenan fuertes
desde Asturias a León.

Protege, santa querida,
del peligro de la mina
y de amenazas diversas
que vive la minería.

Los mineros hoy de nuevo,
con  sus voces  y emoción,
te recuerdan con cariño,
entonando tu canción.


En el día de Santa Bárbara del año 2015

5 comentarios:

  1. Muy buen relato acerca de la vida de la Santa, sentido y profundo homenaje al mundo de la minería en general y a la familia en particular y acertada poesía, felicitaciones

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  2. Muy bien, Margarita. Me has emocionado ...

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.