A cada una de las cosas y seres vivos que
nos rodean les ha tocado ser algo en la vida. A mí me ha tocado ser pájaro y volar por estos pueblos de la montaña leonesa. Aunque, como me
adapto bien, podría vivir en cualquier otro lugar. Soy un pájaro muy reconocible, también
humilde, y que dentro del mundo “pajareril”
paso un poco desapercibido, aunque somos muchos los de mi especie y nos hacemos notar, pues casi siempre
volamos en bandadas. Os confieso
mi identidad: soy solo un pardal.
Así me llaman en el Viejo Reino de León,
incluidas Asturias y Galicia. También en algunos lugares de Castilla y en todo el ámbito del catalán. Pero en el
castellano común prefieren llamarme gorrión. Parece nombre más fino, pero, con
uno u otro nombre, sigo siendo el mismo. Y soy pardal porque soy de plumaje pardo.
La
primera vez que registraron mi nombre por escrito fue en 1495, en el Diccionario español-latino, de un tal Antonio Nebrija. Tiempo
después (1611), en el Tesoro de la lengua
castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, decían esto de mí: “Páxaro conocido por otro nombre,
gorrión”. Y esa institución tan docta
que es la RAE me registró por primera vez en el Diccionario de autoridades (s. XVIII), que decía así: “Lo mismo que gorrión, de lat. pardalus. Y por esto le llamaron en
Castilla pardillo, como al gorrión, pardal”. Pero me dejo ya de erudiciones,
que no son propias de mí.
Yo, como tantos otros pájaros, hago
realidad aquel dicho tan popular por estas tierras leonesas que
habla de nuestra llegada y comportamiento: Marzo,
ñalarzo; abril gogeril; mayo, pajarayo; por san Juan volarán y por santa Marina
se buscarán la vida. No os lo explico, porque por el Viejo Reino todos lo
entendéis muy bien.
Yo creo que soy un pájaro agraciado,
incluso guapo, pero sé que no soy bien visto. Quizá por eso, porque no me ven
con buenos ojos, mi nombre se ha usado también para aplicárselo como mote o palabra
definitoria a una persona demasiado astuta, que se aprovecha de los demás en beneficio propio. Y en época más lejana
llamaban así a los aldeanos por vestir
con ropas pardas.
Nosotros hemos sido fieles compañeros de
las gentes de esta tierra. Nos hemos asomado a las ventanas, hemos entrado en
los corrales y hasta en las cuadras,
gallineros y pajares y hemos colocado los nidos en los huecos de las
paredes de las casas… Pero también es verdad que en el mundo rural habremos
sido los pájaros más espantados, al
tiempo que recibíamos una sarta de
maldiciones. Y es que, lo confieso, somos un poco aprovechados y atrevidos. No
nos avergonzamos de habernos infiltrado muchas veces entre las gallinas y de aprovecharnos de su comida. O en la pila de
comida de los gochos… O en los
pesebres de las vacas… Como dicen por esta tierra, somos un poco lambriones.
Siempre
nos hemos burlado un poco de las personas que nos espantaban, pues, aunque nos
movíamos del sitio, siempre quedábamos en un lugar próximo y al acecho, de
forma un tanto chulesca. Así, cuando el mandil que había servido para espantarnos
volvía a su lugar y la dueña del mismo se daba la vuelta, con vuelo presto nos
volvíamos a situar en medio de las gallinas para arrebatarles la comida con
todo descaro y tranquilidad, salvo que un gato inoportuno apareciera por el
lugar. Y como somos capaces de reconocer rostros y recordar a las
personas, a veces nos burlamos más de
quienes nos maldicen.
Los labradores nos temían mucho cuando
allá por el final de la primavera entrábamos en los campos de trigo o centeno a
robar el grano. Para evitarlo, colocaban
espantapájaros en las tierras de pan
─más bien “espantajos”, porque no se hacían con demasiado esmero─, pero nosotros, que somos muy cucos, pronto nos
dábamos cuenta de que aquello que se movía en medio de la finca no ofrecía
mayor peligro. Y en los meses de julio y agosto, tiempo atrás, merodeábamos por las eras. Allí nos dábamos un festín durante unos días,
porque comíamos directamente del muelo,
aunque no siempre era posible, pues, para salvarlo de nuestras malas artes, en
ocasiones lo encontrábamos tapado.
Aunque somos pájaros listos y hábiles para
sortear las dificultades y peligros, a
veces, cuando apuraba el hambre y no existía tanta conciencia ecológica,
también caíamos en trampas de todo tipo en las que terminábamos cazados para ser destinados a la pota. Ir a pardales, con
un tirachinas o una escopeta de perdigones, era un deporte mortífero para
nosotros. Además, los niños, en ocasiones, nos
destruían los nidos o nos robaban los huevos, solo por gracia o afán de molestar.
Como somos populares, también hemos entrado en el refranero. Y la
mayoría de los refranes no reflejan una buena consideración de nosotros. Aunque
hay uno muy popular de finalidad
práctica, que parece que no nos presenta negativamente: Cada pardal a su espigal(r). Conmina simplemente a que se disuelva una reunión y
cada persona vuelva a sus quehaceres, aunque lo del espigal ya sugiere el lugar por el que solemos andar. Pero la
mayoría de los refranes sobre nosotros nos presenta de forma negativa: Clérigos, frailes y pardales son malas aves.
Este nos compara con los representantes de la Iglesia por ir “pidiendo”
limosna. De alguna manera parece que ellos
y nosotros nos aprovechamos de los
demás. Tal para cual dijo el pardal es
otro refrán que trata de destacar los defectos compartidos por dos personas que
se juntan. Hay alguno que alude a que los pardales somos seres inmaduros: No me crié en un verano como los pardales.
Desde luego no somos símbolos de sabiduría entre las aves, como lo es la curuja, a la que llaman también cabrallouca, pero, entre los pájaros, suplimos
todas las carencias con la astucia. También dicen que dos pardales en una espiga hacen mala miga. Y es verdad que no
queremos compartir una misma espiga, ¿para qué la misma si hay muchas? Ya he
dicho que somos un poco aprovechados, por eso decimos llámame pardal y échame trigo, que no somos tontos. Esta
visión del refranero con frecuencia es injusta. Hay hasta un refrán que lo refleja: Todos los pájaros comen trigo, ¿y la culpa es de los pardales? Pues
no, también lo hacen, por ejemplo, las golondrinas, que, como nosotros, viven
cerca de los humanos, incluso hacen los nidos debajo de los tejados o en los
aleros, sin embargo, tienen una
consideración social mucho más positiva.
Por eso, sentimos cierta envidia hacia
ellas. Y no digo sana envidia, pues la envidia nunca es sana. Nosotros somos parduscos, de ahí, pardales, ellas, con su pechera blanca y
su traje negro, son pájaros más
elegantes. Llegan en la primavera, cuando nosotros, los pardales, que somos más
sedentarios y solo nos movemos a lugares más cercanos, ya estamos instalados
por aquí. Pero mientras nosotros somos perseguidos y mal vistos, ellas son las reinas entre los
pájaros. Por estos pueblos norteños siempre ha existido un respeto
supersticioso o religioso hacia las golondrinas. Respetarlas es algo muy
arraigado en la cultura rural. He oído que los ganaderos temían que se les muriera una vaca si hacían
daño a una golondrina. Teniendo en cuenta que una vaca era uno de los bienes más
preciados que tenía un campesino, nadie osaba hacerles daño por miedo a que se cumpliera el mal augurio. Este respeto ancestral y aureola religiosa tienen que ver con el
hecho de que, según la leyenda, las golondrinas, quitaban con sus picos las
espinas de la corona de Jesús. Y, si nos fijamos en el sufijo diminutivo que
lleva su nombre, vemos que denota también un sentido afectivo.
Además, las golondrinas han inspirado a
los poetas: Volverán las oscuras
golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar… ¿A qué conocéis el poema y
sabéis algo del autor? Esto de la poesía también me producía cierta envidia…
Pero ya no, pues he hecho un gran descubrimiento. Yo buscaba poemas dedicados a
los pardales y no encontraba ni un solo verso. Pero un día me dio por buscar
poemas dedicados a los gorriones. Y entonces, ¡sorpresa! Los he encontrado. Hay
textos de poetas tan importantes como
Claudio Rodríguez (zamorano): No se aleja
/ este granuja astuto / de nuestra vida
(…) ¿Qué busca / en nuestro oscuro / vivir? ¿Qué amor encuentra / en nuestro pan tan duro? Aunque nos llame
granujas, me gusta que escriba sobre nosotros. Lo mismo que el mexicano José Emilio Pacheco: Baja a las soledades del
jardín / y de pronto lo espanta tu
mirada. / Y alza el vuelo sin fin, /
alza su libertad amenazada. Y buscando,
buscando, también he encontrado un cuento titulado El pardal que no volaba, de la escritora ibicenca
Meritxell Rius, pero aún no sé por qué ese pardal, que vivía en una tierra lejana, no volaba…
Según parece, en la
antigüedad clásica los amantes les regalaban un gorrión a sus amadas y les
dedicaban versos relacionados con este regalo, como hace Catulo a su amada Lesbia. Y os podría citar
más, pero no os quiero aburrir. A ver cuándo una “pluma” leonesa dedica un
poema al pardal. Entonces, nos sentiríamos de verdad protagonistas.
Como os decía, nosotros siempre hemos
vivido cerca de los seres humanos, en los pueblos y en las ciudades. Nuestros
destinos, sin duda, están ligados. En las ciudades vamos a menos progresivamente por la contaminación. Y en
esta España vaciada ya no hay trigales, ya no hay muelos en las eras, ya las
cuadras están vacías, ya no hay pienso de gallinas al alcance… Ya apenas hay gente
en los pueblos. Y, poco a poco,
nosotros, los pardales, seremos también parte de esas ausencias…
©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga,
profesora y escritora


"miren, miren qué primor, un ladrón trabajador", escribió y cantó María Elena Walsh. En Argentina les llamamos gorriones, no sé si por hacernos los finos 😉 . Bonito texto, como siempre, Margarita.
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