miércoles, 17 de diciembre de 2014

DE AQUELLAS NAVIDADES A ESTA NAVIDAD

                                                          

                                                                                       

                                                                                                                 
         A mis nietos, Alejandra y Gonzalo 

         No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de la niñez.  Unamuno.                                                                                                                              
Cuando  en estos días pasea uno por las calles de nuestras ciudades y contempla tanta iluminación y adorno navideño, tantas calles atestadas de gente, tantas bolsas en las manos, tantas comidas de empresa, tantas reuniones familiares, tantas llamadas y mensajes… para felicitar las fiestas navideñas…, tantos niños viendo catálogos o anuncios de juguetes y seleccionando lo que van a pedir a Papa Noel, a los Reyes, a los tíos, abuelos… no puede uno menos que recordar lo que fue la infancia de aquellos que éramos niños hacia mediados del siglo pasado, en pueblos muy pequeños  y apartados de la montaña leonesa.

Las fuertes heladas, los carámbanos o chupiteles en los tejados, las  nevadas que hacían difícil salir a la calle aun con madreñas,  la necesidad de calentar la cama con un ladrillo macizo, que previamente se había calentado en el horno, o  con cualquier otro invento casero para no estar arrecidos... anunciaban a lo largo del mes de diciembre que se iba acercando el invierno.Y con él, llegaban para los niños otros entretenimientos. Todavía no existía la televisión para pasar el tiempo ante una pantalla. 


Aparato de radio que llegó a casa en 1960
A la tardecina, antes de cenar, la familia se reunía ante ese aparato mágico, que era la radio, que terminaba de llegar a nuestras casas,  para oír el serial radiofónico "Matilde, Perico y Periquín", un programa de la cadena Ser que tuvo gran éxito en los 50 y 60, que estaba patrocinado por Cola Cao ("Yo soy aquel negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola Cao", un anuncio que hizo historia) y que describía las travesuras que día a día hacía Periquín (personaje al que ponía voz Matilde Vilariño). Era una sosegada reunión familiar alrededor de la magia de la palabra que llegaba por las ondas.

 Pero como las noches de invierno eran largas, después de la cena, se realizaban  otros juegos  en las cocinas de las casas, durante esos filandones invernales. Sentados en escaños, escañiles, o  la bancada de la cocina para estar más cerca del calor de la  bilbaína, y mientras las mujeres realizaban actividades relacionadas con la costura, el hilado, la cocina… , los hombres proponían entretenimientos infantiles, en los que a veces también participaban las mujeres. Se trataba de   juegos en que el poder de la palabra era fundamental. Los niños oíamos la voz de nuestros mayores y sus palabras nos atraían misteriosamente. Misterio y magia en las  palabra y en la forma de contar.  A través de esas palabras nos llegaban historias y leyendas variadas, con presencia de moras, de cuevas, de tesoros, de aparecidos… Las oíamos una y otra vez..., y siempre encontrábamos  en ellas algo novedoso.

 
La Piñona o Peñona (La Utrera)
Como las referidas  a La Piñona de La Utrera, en la que se decía que se escondían dos cofres, uno lleno de oro y otro de veneno. Quien descubriera el primero se haría rico y quien se topara con el segundo moriría. Leyendas como esta nos hicieron ver siempre con un cierto halo de temor y misterio la citada roca.

         No menos atractivas eran las historias que recogían los romances y que se nos presentaban en forma musical. Romances que contaban amores y desamores, historias de cautivos, guerras, actos de  mujeres intrépidas… Romances y leyendas nos acercaban mundos lejanos en espacio y tiempo a los que nosotros dábamos vida en nuestra imaginación. Recuerdo aún dos romances aprendidos en aquellas veladas invernales: el  la Doncella guerrera y el de A la verde, verde, / a la verde oliva...

        La atracción que sentíamos hacia estas historias era tan grande que despertaba en nosotros, los niños, de manera muy temprana, el interés por leer. Yo recuerdo que ansiaba aprender a leer, porque  creía que la lectura me podía llevar a ensanchar los caminos de la imaginación y que podría acceder a ellos por mí misma, sin la ayuda de otras personas. Y a los cuatro años ya leía. Siempre he dicho que yo aprendí a leer en los libros orales, en libros escritos en el viento. Aprendí pronto a amar las palabras. Y he dedicado mi vida a coleccionar palabras y a transmitir el amor por ellas.

 En aquellas veladas invernales también nos proponían acertijos o cusillinas. Y, aunque las aprendíamos de memoria, seguían manteniendo el encanto para nosotros. Podría contar muchas que aún recuerdo. Así se describía la zarza:

Llarga, llarga, como una soga,
tien unos dientes como una lloba.

También los mayores dirigían juegos en que los útiles para jugar  eran totalmente domésticos. Como el enduño, juego que consistía en calcular, alternativamente, entre dos personas cuántas habas o fréjoles se escondían en una mano cerrada. Si se acertaba, se ganaba; de lo contrario, se perdía la diferencia entre lo calculado y la realidad. Se acompañaba con estas palabras:
         -  Al enduño.
         - Abre el puño.
         - ¿Hasta cuántas?
         - Hasta tres...
A continuación quien tenía el puño cerrado lo abría y se comprobaba si el otro había acertado. Era un juego que se realizaba en las veladas de invierno mientras se aprovechaba para esbotar (sacar de su vaina) los fréjoles ya secos.

A estos juegos se sumaba el jugar  la baraja. Había juegos de cartas que los niños practicábamos mucho con los mayores: el burro, el repelús… Y cuando sabíamos más, ya empezábamos con la brisca, la escoba…

A veces, en aquellas veladas, también se cantaba. Unas veces, típicos villancicos navideños, como: Los peces en el río, Hacia Belén va una burra, La Virgen lava pañales… y otros varios, conocidos por todos. Otras veces, eran canciones tradicionales leonesas. Dos me prestaban de forma especial: Viva la montaña viva, /viva el pueblo montañés, / que si la montaña muere / España perdida es… o Ya se van los pastores a la Extremadura /ya se queda la sierra triste y oscura… Los caminos entre Extremadura y las montañas de Babia, Laciana y Omaña eran transitados dos veces al año por las merinas y nosotros éramos fieles testigos  de esa trashumancia, por eso canciones como esa tenían para nosotros un sentido especial.

En aquellas Navidades no había luces en las calles, ni navideñas, ni de las otras.  Y solo un par de bombillas en el interior de las casas: en los lugares de paso y en la cocina, lugar de la vida común. Los pueblos estaban sumidos durante largas horas en una total oscuridad. Con los faroles, que luego se fueron sustituyendo por  linternas, iban los vecinos de casa en casa  para la velada o filandón.


    
Una muñeca similar a esta
A aquellos pueblos raramente llegaban los    juguetes adquiridos en la ciudad. Yo solo tuve en toda mi infancia dos juguetes. A los seis años, me compraron una cocina de hojalata, muy elemental, pero que fue para mí un juguete muy preciado. Fue una recompensa ante una operación de anginas y mi primera visita a la ciudad.  

El otro fue una muñeca de aquellas de cartón piedra,  que tenían el pelo pintado y pegado a la cabeza. Todo en ellas era pintado, menos el vestido. La pobre feneció cuando alguien la metió en un caldero de agua. El tercer gran “regalo”, que no recuerdo cómo llegó a mis manos, fue una versión troquelada del cuento  “Piel de asno”, de Ch. Perrault.



 Fue para mí una joya, por su contenido, pues la historia de aquella  mujer desgraciada  me resultaba impactante: aquella huida de los deseos libidinosos de  su padre, que  yo no entendía muy bien; aquellas peticiones que le hacía para demorar la boda, como el vestido  del color de la luna; aquella piel que cubría su cuerpo entero… aquel príncipe que la redimirá del sufrimiento… También fue un tesoro por la forma de presentación del cuento, que tenía la forma del cuerpo de la protagonista cubierto por la piel de asno,  y por sus estampas. Fue el único cuento que tuve  en toda la infancia. Y mi deseo de leer era tal que leía los trozos de periódico que habían llegado a casa como envoltorio de algo.

Las Navidades no cambiaban mucho lo que ocurría el resto de los días de invierno. El día de Nochebuena, como único extraordinario, se cenaba el llosco con los huesos de cerdo  de  la matanza que se había realizado en sanmartín, adobados, embutidos y curados al humo. Aquellas patatas con el llosco eran una delicia culinaria. Si había suerte, se acompañaba con algún polvorón o un poco de turrón, que a veces ni siquiera era de almendra. Y, de vez en cuando, con algún cuchiflito casero.

En aquellas  pequeñas  aldeas omañesas no solía haber misa del Gallo, puesto que no había cura en todos los pueblos. El día de Navidad, sí íbamos todos a misa y, al final de la misma, a adorar al Niño. ¡Qué bien comprendíamos aquellos niños lo que era nacer en un pesebre! En todas nuestras casas había peselbes, cuadras, vacas, ovejas, burros...

      El acto más importante de las Navidades era la ceremonia del ramo (el ramu), que estaba enteramente en manos femeninas. Las mozas vestían (adornaban)  el ramo que era una estructura de madera circular, de tipo rastro o triangular (las dos primeras eran las propias de Omaña) que simbolizaba el ramo natural de una ofrenda de tradición ancestral. 

Ramo actual. Santuario de La Garandilla.
Las mozas lo ofrecían en la iglesia acompañando con canciones, lo que se llamaba “cantar el ramo”. Según Dolores Rodil, que es la persona que más sabe de cómo se desarrollaba esta tradición en Omaña, en algunos pueblos se cantaban tres ramos, uno por niñas, otro por las  adolescentes y otro por las mozas. Yo tengo un vago recuerdo de ver un ramo ya abandonado en la sacristía de mi pueblo, pero las mujeres mayores sí habían participado en la tradición y la estructura del ramo se conserva aún en muchas iglesias de la comarca.

El otro día importante de las Navidades era el día de  Reyes, cuando los niños íbamos a la casa de los padrinos y los abuelos a por el aguinaldo. Unos caramelos, nueces, castañas, higos… y, como mucho, alguna perra gorda  eran nuestro regalo de Reyes. 

Aquello nos prestaba mucho y volvíamos a nuestras casas contentos y mostrando lo que nos habían dado. No sé si éramos felices, pero desde luego no sentíamos grandes necesidades, por ello con cualquier cosa fuera de lo ordinario nos conformábamos. El mundo de las jugueterías nos quedaba muy lejano. Éramos pobres de bienes y pobres de espíritu.

Paladín (Omaña-León)
De aquella, no había árboles de navidad. Todos los árboles que nos rodeaban, pelados, sin hojas, a veces llenos de nieve o escarcha, que los teñían de blanco, eran nuestros árboles navideños. Eso sí, las castañas tostándose en el horno o sobre la chapa de la cocina de hierro y los varales llenos de  los productos de la matanza eran un rico adorno culinario.

De entonces acá, hemos progresado mucho. Muchos juguetes, ruido, luces, adornos… muchas ilusiones infantiles…, pero, ¿son más felices estos niños de hoy que sus abuelos de hace medio siglo? Entonces la ilusión perduraba en el tiempo. Hoy la ilusión solo dura hasta que se consigue el objeto y pronto ese objeto deja de tener interés y el niño vuelve a entrar en el bucle del consumismo… El deseo de poseer, la saturación… hacen que los objetos pierdan pronto su valor.

 En algo, sin embargo, abuelos y nietos nos parecemos. Cuando el niño hoy inventa juegos y los comparte con sus mayores, entonces sí que la ilusión regresa e inunda el  espíritu infantil. Vuelve el poder de la palabra que sirve para compartir, que sirve de puente para acercarnos a los demás.

Un anuncio que  en estos días circula por las redes sociales pide a unos niños que escriban una carta a los padres pidiéndoles algo. Lo que sorprende es que esos niños y niñas coinciden en pedir tiempo para jugar, tiempo para contar cuentos…, en definitiva, tiempo para compartir afectos e ilusiones. Quizá  en eso, y no tanto en reuniones familiares (a veces forzadas), comilonas, regalos…, esté la magia navideña.

Vivimos en la sociedad de la información y la comunicación, pero la soledad amenaza y atenaza más que nunca. Una palabra dicha a la cara, frente a frente, que sea el  cauce de los sentimientos; unos niños que hablen entre sí y con sus mayores y salgan de la individualidad  y soledad a las que a veces les condenan “las pantallas”  quizá sirvieran de antídoto frente a la soledad infantil, las depresiones de niños y adolescentes, la anorexia, la bulimia… (tristemente frecuentes en niños y adolescentes actuales y ausentes en nuestra infancia). 

De lo que sí andábamos sobrados aquellos niños era de miedos: miedo a la oscuridad; a los crujidos  nocturnos de las maderas de las casas; miedo el tío del unto, al tío del saco, al sacamantecas; miedo al lúgubre canto nocturno de la cabrallouca o coruja; miedo a los gamusinos... A veces eran los mayores los que provocaban esos miedos y otras, sin embargo, eran nuestro apoyo frente a ellos.


Nuestros niños actuales también  demandan cercanía, palabras de afecto y magia, y las palabras  son gratis, nos ayudan a aprender y a compartir, y también a mejorar la expresión para ampliar los límites del conocimiento.  A veces mil imágenes no tienen la fuerza poderosa de una palabra.Y las tenemos ahí, al alcance de la mano, ni siquiera  hay que buscarlas en un catálogo.

Aquellas Navidades…, esta Navidad… Y, entre ellas, cincuenta años “de progreso”.



Ramo navideño leonés







Léxico tomado del libro:"El habla tradicional de la Omaña Baja" 
de Margarita  Álvarez Rodríguez

Más léxico leonés: El habla de Omaña

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