domingo, 12 de noviembre de 2023

Reseña de TIEMPO DE VILANO, de Sol Gómez Arteaga

 

Tiempo de vilano, de Sol Gómez Arteaga

Editorial Marciano Sonoro

Poemario

115 págs.

 


Sol Gómez Arteaga es una escritora leonesa, autora de varios libros de relatos, el más reciente Trazos de sombra, que trata sobre los desórdenes de la mente, y una novela, El vuelo de Martín. Tiempo de vilano es su primera publicación poética.

Aunque  este es su primer poemario, es cierto que lleva tiempo escribiendo y publicando poemas en las redes sociales, en su blog  (Sol a  la tinaja) y en otras publicaciones, y también que su literatura narrativa posee una gran dosis de lirismo.

Leer este poemario de  Sol Gómez Arteaga es reconciliarse con la memoria, con la suya, que deja plasmada en los versos de sus poemas, y con la nuestra, pues indirectamente nos induce a traerla también al presente.  

El poemario está dividido en tres apartados: Tiempo de vilano, es la más extensa  y la  que da título al libro.   La palabra tiempo, en el título,  y  ese complemento añadido ya nos da una idea del contenido de los poemas: la del tiempo inestable, la del tiempo que huye  y se lleva con él parte de nuestro vivir,  como lo hacen  esos filamentos blancos, los vilanos, que protegen las semillas del diente de león y las esparcen por el aire.  Es en  ese apartado donde se desarrollan los temas nucleares de poemario y  donde se refleja mejor la forma  de ser  y de vivir de la autora.  Hay dos partes más tituladas Manuel de ausencias, cada una con un subtítulo: Escribo un prólogo de letras ciegas, la primera, y  Voy pasando las hojas y no apareces, la segunda. Desde la nostalgia que recorre todo el poemario, los versos giran   ahora  alrededor de  la ausencia  del padre que la autora evoca con amor y admiración. Y completa el poemario un apartado  final de textos en prosa poética titulado Nubes. Ahí aparecen las   nubes que podemos contemplar y  aquellas otras invisibles que pasan por nuestra mente y son instantes de vida, incluidas las nubes de palabras.

La  poesía  de  Sol Gómez Arteaga está muy próxima a lo que se llamó en los años 80  la “poesía de la experiencia”,  una poesía de lo cotidiano, de la que uno  de sus representantes más notables fue el poeta Luis García Montero.  Es una poesía en la que no hay que entender, sino sentir, y con la que cualquier lector sensible puede sentirse identificado. Una poesía  de lo cercano e inmediato que integra la memoria personal en la memoria colectiva. Poesía intimista que sabe ir  del yo al nosotros.

Si quisiéramos  compararla con alguna corriente pictórica,  creo que estaría próxima al Impresionismo. La autora trata  siempre de captar el instante, la vivencia: un sonido, un rayo de luz, una maceta, ropa tendida, una hoja perdida   de otoño, la contemplación de una nube, la lluvia… se convierten a través de su sensibilidad y su mirada poética en arte de la palabra y algo mágico que mueve el sentimiento de lector.  Ella misma asegura: Yo aprendí que la belleza está en lo simple. De esos instantes fugaces  dice en otro poema que son trocitos bien compactos de belleza.  La palabra instante la repite con frecuencia en el poemario: Un instante de abandono. En ocasiones necesito / de un instante así. Dentro de los instantes que capta, con más frecuencia,   en sus versos, están los que le sugieren refugio, inspiración, armonía…  Una especie de caricia física y afectiva.  Se podría decir también que su  poesía  es  contemplativa: la contemplación del instante.

A primera  vista podría parecer una tarea  fácil escribir como  lo hace Sol Gómez Arteaga, pero buscar la emoción y la belleza en lo  aparentemente intrascendente, suele resultar   difícil. Sentir gozo estético ante una catedral gótica es algo  fácil de percibir para  cualquiera, en cambio  no lo es tanto convertir en un instante poético, por ejemplo,  la inquietud que vive un paciente en la sala de espera de una consulta. Esta es “la poesía de los poetas”, que diría   Bécquer. Y Sol Gómez Arteaga no solo escribe poesía,  es poeta.

La poesía de Sol es deudora de las vivencias de infancia de una niña que se crio en el pueblo de Valderas (León), en contacto con la naturaleza y en el seno de una familia humilde que le enseñó el valor de lo auténtico, la dignidad, la sobriedad…  Hasta donde me llegan los recuerdos /    siempre fui / una niña ensimismada / en la luz, dice de sí misma. Fue una niña que sufrió el rechazo de otras niñas de su edad y supo lo que era la soledad. Aquella niña  de carácter retraído, imaginativo  y solitario  que actuaba en comedias sin público, / que ideaba club de fans sin fans… quizá estaba descubriendo su vocación literaria.  Seguramente ella veía una belleza a su alrededor que aquellas otras compañeras no veían. Ese tiempo de infancia está muy presente en el poemario, con sus vivencias, unas veces, amargas  y, otras, amables.  Y se sigue sintiendo esa niña que fue, aunque ya se encuentre en su madurez. La nostalgia la ha acompañado siempre, nostalgia del pasado y hasta de un tiempo no vivido.

La autora   procede  del mundo rural leonés. Y ese mundo rural  es parte importante de la esencia de su poesía. La nostalgia de infancia se funde con la de los paisajes y el paisanaje, la familia…  Vengo de un mundo de sonrisas quedas, / de palabra parcas, / de campos mutilados, /  de ofrecimientos sencillos… En sus versos  están  los campos y caminos de su pueblo: Vengo de un mundo de cebadas mecidas por el aire…  Son los  paisajes  de horizontes infinitos de las llanuras de  la Tierra de Campos leonesa. Son paisajes que le aportan serenidad, caminos diáfanos que  traen la luz a los intrincados laberintos en que nos perdemos. Esos campos, aparentemente  poco literarios, son transformados en  poesía por la autora: campos / tendidos al cielo como una plegaria / esperan misericordia.  

En su poesía aparecen paisajes exteriores y  paisajes interiores  y  se funden con mucha frecuencia: Busco en el paisaje  / una luz / que no está fuera / que es interior / propia. Y esos paisajes siempre han permanecido con ella: Me traje conmigo / a la ciudad inhóspita / todo el verde  / de las cebadas de mayo.  Esa fusión del yo con un  paisaje de escasa vegetación, que se eleva al rango literario,   nos recuerda  la  visión de Castilla que tenía la Generación  del 98. Unamuno decía del paisaje castellano que era “un mar petrificado y lleno de cielo”.  El de Sol es un mar de terrenales olas, un mar  de tierra y horizonte. Este mar de tierra árida  la lleva también  añorar  otro mar, el real, que también tiene una importante presencia en el poemario, porque  su paisaje natal es un paisaje de presencias, pero también de ausencias.  Y  me sigue recordando  a los noventayochistas. Decía Azorín: “No puede ver el mar  la solitaria y melancólica  Castilla. Está muy lejos el mar  de estas campiñas llanas, rasas, polvorientas…”.  Sol Gómez Arteaga necesita el mar, el mar eterno,  la contemplación de sus olas:   Y el mar /  siempre el mar / al fondo. Y  nos confiesa: Cuando quiero saber de mí le preguntó a las olas.

Otro elemento importante  de un paisaje  que la ayuda a conocerse, para caminar hacia el interior de ella misma, es el bosque. Dejemos que hablen  otra vez sus versos: También me dijo el bosque que aquel que ven mis ojos /  es idéntico a otro / más pequeñito / que llevo dentro. / Oscilante / lleno de terraplenes / subidas y bajadas / riachuelos/ sujeto a la intemperie / al paso del tiempo. Está clara la fusión del paisaje vital con el paisaje contemplado.

En ese mundo de añoranza también  tiene un papel fundamental la familia. Es el núcleo de los afectos y del cobijo. Es la cercanía primigenia de los míos.  Es importante la presencia  de las mujeres  a lo largo del poemario. Son mujeres que tienen la certeza / de resistir / sin pretensiones. Dedica un poema a su  hermana  mayor, que  significa para ella  complicidad, apoyo y protección  y seguirá protegiéndote  de las inclemencias de la vida… Creerá en ti con fe ciega.  Pero es la madre la que tiene una presencia más destacada, una madre  que tranquiliza, / sosiega, / espanta monstruos / y siempre está. Una madre que es prototipo de lo que ha sido la mujer  rural leonesa: esforzada, resignada, silenciosa, una de tantas penélopes domésticas en actitud permanente de esperas  y esperanzas. Todas son  mujeres que cultivan en calderos la paciencia.  Una madre que está en la presencia física y también   en las cosas que tienen relación con ella. Es como si el espacio afectivo de la madre  se proyectara al espacio externo en que se mueve. Un rincón del patio  es para  su hija Sol  cavidad uterina. Y llega a afirmar que  la poesía es el ritmo originado / en el latido primigenio  de la madre.

Pero  dentro de la familia es el padre desaparecido  el que ocupa un lugar preeminente en el recuerdo.  Se  alude a él en algunos versos del apartado Tiempo de vilano y, especialmente, en los dos titulados Manual de ausencias: Escribo un prólogo de letras ciegas y En voy pasando las hojas y no apareces.  El padre está presente en la evocación de diversos instantes vividos con él: los paseos por el campo, el color de su traje, las manos, una felicitación navideña… los balidos  las ovejas…   Y es que su  padre era un humilde pastor de ovejas / hijo de una mujer de negro y un padre fusilado. También evoca  sus enseñanzas: la dignidad, la fuerza, el tesón...  Es el homenaje de una hija hacia el padre desde los  afectos  y la nostalgia.

En el marco de las relaciones familiares aparece  también el tema de la Recuperación de  la Memoria Histórica de los represaliados por el franquismo.  Es sabida la implicación de la autora  en este asunto, que la afecta de forma familiar. El abuelo fusilado ha marcado  a su familia y no podía quedar fuera de su poesía. En sus versos están representados todos los que murieron en similares circunstancias. Evoca el dolor  de su familiares, que vivieron un duelo sin sepelio y sin flores, / sin plañideras / sin beso de despedida… que pudieran hacer la ausencia más llevadera, y el de los fusilados que murieron en soledad estricta. La   recuperación de sus restos reaviva el dolor, pero también genera consuelo, porque ahora son muertos con  nombre y, al fin,    mandíbulas sedientas / de luz y de Memoria descansan en paz.

En la poesía de Sol Gómez Arteaga también cobra gran presencia la casa, como morada que reconforta, como lugar de acogida, de silencio: la habito / me habita… Un lugar de encuentro consigo misma donde transitan las horas / los amaneceres / los sueños. Y que se convierte en su bastión de soledad  y el epicentro el mundo.

La soledad es  otro sentimiento que recorre todo el poemario. Unas veces aparece la soledad de la incomprensión, de aquella niña “no juntada” en la infancia o la soledad del ser humano ante sus miedos y problemas y otras, la soledad querida, la soledad sonora y creativa, esencial para los artistas. En cualquier caso la soledad va unida en sus versos siempre a la nostalgia.

Entre tantos sentires y quereres aparecen también los vivires de la autora: la concepción de la vida. La vida  es para ella la conjunción de pérdida y encuentro, como ocurre con ese vilano del diente de león del que habla el título. Se lo lleva el viento, pero en su vida etérea algunas de sus semillas de aire / fructifican / así es la vida. Para no  enfrentarnos al futuro incierto, que nos produce desazón,  llenamos nuestra vida de proyectos, de haceres y quehaceres. La clave, según la poeta, está en darnos cuenta de que lo esencial  no es llegar / sino el trayecto.  Y, aunque  en algunos momentos  aparece una visión desolada del vivir humano, sin embargo, en otros,  se alza sobre ese pesimismo y de repente surge la luz: Siempre que anochece en la ciudad / que habita en cada uno de nosotros / amanece / con luz propia.

Llama  la tención también la presencia constante de lluvia, una lluvia que lava,  una lluvia de luz, sanadora. Una lluvia con la que siente que se funde. De todo lo vivido / confieso  que me quedo con la lluvia / que además  de sanadora / es música celestial para mis oídos. La lluvia le permite aislarse a veces bajo un toldo o paraguas y sentirse isla. Otra vez la soledad. Y al lado de la lluvia las nubes, las reales y las metafóricas, de las que habla en algún poema y en varios de  los textos finales que están escritos en prosa. A ellas les dedica un texto bellísimo: ¿Con qué sueñan las nubes? Un texto lleno de interrogaciones retóricas dirigidas a  esas nubes que contempla. Entre esas preguntas aparecen estas: ¿a quién aman, si es que aman? ¿Tal vez al que les habla bajito al atardecer para que, soñolientas, dejen paso a la noche y a sus rivales, las estrellas?

La  autora escribe en versos libres, adaptados en el ritmo a la emoción que trata de transmitir en cada momento, con frecuentes paralelismos sintácticos que contribuyen a la musicalidad. El estilo está basando  en la búsqueda de la esencia de la palabra, sin demasiados adornos formales.  Las imágenes son claras, pero muy evocadoras. Como esta comparación: Ese silencio tan callado / como un pozo. O estas metáforas: Lágrimas de lluvia. Sueños de pedernal. Puede unir la imagen a otros recursos: Amapolas que tejen silencios.  También  utiliza la sinestesia que  nos hace percibir la mezcla de sensaciones: El aire huele a amarillo o  La memoria olfativa / pobló el aire / de resonancias. No faltan algunas notables antítesis: Letras ciegas.

Podríamos decir que la poesía de Sol Gómez Arteaga es íntima, transparente, tierna, inocente. Es la poesía del instante que se  eterniza en su mirada poética. Su poesía es la vida, porque la vida casi siempre es eso: una sucesión de instantes que nos hacen estar alerta,  sufrir… Pero también disfrutar de la belleza contenida en esos instantes y  de los afectos que los pueblan. Quizá el secreto del vivir (felices) sea mirar la vida con  limpia mirada infantil y  ojos de poeta. Verso a verso Sol se desnuda en este poemario con voz muy íntima y personal: Nadie impedirá que despoje, / unas veces de harapos,  / otras veces de tules, /  mi corazón. Y lo hace desde la mirada de una  niña corriendo con un vestido amarillo de soles y desde sus paisajes de infancia:  en las eras de mi infancia está contenido mi universo todo.

Cualquier persona que se adentre en el poemario Tiempo de vilano descubrirá que, detrás de cada uno de  sus poemas, está   siempre  el carácter contemplativo de la autora, el asombro y la sensibilidad de la niña  y  la poeta que lleva dentro. Y  dentro de   sus versos, de alguna forma, nos sentiremos acogidos  cada uno de los lectores, especialmente los que nos criamos en el mundo rural. Leer estos poemas de Sol Gómez Arteaga es una delicia para el espíritu, porque ella sabe hacernos   llegar  sus vivencias envueltas en nubes de palabras: en palabras emotivas, en  palabras sinceras, en palabras claras… En palabras  poéticas.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora





lunes, 6 de noviembre de 2023

Mentiras

 




Decía el escritor Enrique Jardiel Poncela que “la historia es la mentira encuadernada”. Actualmente, con la cantidad y variedad de medios que tenemos para difundir información, no hace falta encuadernar la mentira histórica, porque estamos viviendo las mentiras que hacen la Historia en directo.

Según la RAE, mentir es decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa. Las palabras mentira, mentir, mentiroso… y el resto de palabras de su campo semántico, como embuste, patraña, bola, trola, falsedad, engañifa, falsedad, trápala…, no están bien vistas en la vida política y social actual. Otra cosa ocurre con los actos a los que se refieren. Se miente mucho, pero  se procura evitar el uso de estos vocablos  en la vida pública, pues quienes dicen mentiras no lo reconocen y, además, se sienten agredidos si los rivales les acusan de tal cosa. Desde luego quien dice mentiras, por definición, es un mentiroso. Luego, podríamos analizar cuál es la causa y si cabe la mentira piadosa.

La hemeroteca y nuestra propia memoria  ponen cada día  en evidencia  mentiras pronunciadas por las personas que en este momento están haciendo la Historia (con mayúscula) de España. Pero nos quieren hacer creer que aquí  nadie miente, como mucho falta a la verdad,   cambia de opinión o dice inexactitudes de poca monta. Hay mentiras que lo son por definición y hay medias verdades que son lo mismo de censurables cuando se busca con ellas un beneficio personal o de partido político.

El verbo mentir viene del participio del verbo   latino mentri. De ahí proceden también mentira, mentiroso y fementido. Todas ellas aluden a urdir en la mente una falsedad. Parece que procede de la raíz indoeuropea men-, con las variantes mon- y mn-. En latín  tenemos esa raíz en mens, mentis, origen de las palabras mente, demente, mentecato, todos los adverbios acabados en mente por ejemplo, falsamente: con mente falsa y muchas palabras más.  El griego usó la raíz   -mn- en palabras como mimneskein (recordar) y a partir de ella han pasado del griego al español palabras  que tienen relación con la mente y la memoria, como amnesia, mnemotecnia… Está también en el nombre de la diosa de la memoria, Mnem  osine. Y, por supuesto, en amnistía, que, con el prefijo privativo a-/-an, significa etimológicamente "no memoria", o sea,  olvido.

Convivimos a diario con la falsedad en todas sus formas: en la actuación de las personas, en las noticias falsas o paparruchas (llamadas ahora fake news), en el culto a la  apariencia… Pero es en el lenguaje político donde se manifiesta de forma más preocupante, porque está en la forma de comunicación de la realidad y en  la actuación de las personas a las que hemos confiado el destino de nuestro país.     La manipulación del idioma en todas sus formas, tristemente, es consustancial al lenguaje político. Se  manipula  de tal manera que se distorsiona la gramática y se altera el significado de las palabras.

Cuando un expresidente del gobierno decía aquella frase sobre las acusaciones de corrupción: “Todo lo que se refiera  a mí y a mis compañeros de partido no es cierto, salvo alguna cosa” dejaba perplejo a cualquier ciudadano observador del idioma. En la frase hay ya una flagrante contradicción: todo  / salvo alguna cosa.  El todo no admite excepciones. Debería ser, en todo caso,  la mayor parte, salvo alguna cosa. Además se usa la lítote no es cierto, en lugar de   es falso, que es frase más contundente y más concisa. Y es que  ahora no se miente, se falta a la verdad  o  se dice que algo no es cierto, para decir que es falso. También se venden las mentiras como cambios de opinión a “los que todo el mundo tiene derecho”.

Es verdad que no es lo mismo mentir que cambiar de opinión, pero los cambios de opinión o de parecer,  en política, suelen querer encubrir  una mentira previa.  Los “cambios de opinión” suelen estar sustentados en unas razones  lógicas, éticas, de conocimiento de datos que se desconocían… y, si se habla de servidores públicos y atañen  al ejercicio de su función, se deben explicar con argumentos ciertos y convincentes.  Actualmente estamos oyendo hablar de cambios de opinión para justificar un cambio de criterio sustancial  en lo que dice y hace, que es contrario a lo que se decía  a los españoles para captar votos hace pocos meses, durante la  campaña de las elecciones generales.  Asegurar, por  ejemplo,  que lo que era ilegal antes, ahora es algo legal y bendecido sin cambio de ninguna ley de por medio─,   es más que un cambio de opinión. Legal e ilegal son en la lengua dos antónimos complementarios que no admiten términos medios.

Además, cambiar de opinión solo tendría una importancia relativa, porque las opiniones son algo subjetivo, el problema es que se habla de cambios de opinión, en lugar de hablar de cambios de criterio, que es realmente de lo que se cambia y que tiene una trascendencia mucho mayor. Porque a los ciudadanos lo que les interesa es el criterio y la rectitud de sus gobernantes y mucho menos sus opiniones. La palabra criterio  es definida en el DLE (Diccionario RAE) así: 1. Norma para conocer la verdad. 2. Juicio o discernimiento. Está claro que en la definición aparecen las palabras verdad y discernimiento. Y es que con discernimiento y verdad hay que abordar los cambios de criterio. Los cambios de opinión pueden ser algo intrascendente, pero  los cambios de criterio sí son algo sustancial y con implicaciones muy trascendentes. No es lo mismo, pues, el uso de un término u otro. Y sí,  un servidor público puede cambiar de criterio, siempre que lo haga con rectitud y verdad, porque de sabios es rectificar, pero sin maquiavelismos y buscando siempre  el bien común.

Con la palabra mentir construimos, en español, algunas expresiones como miente más que habla, una hipérbole que parece incluir en la censura hasta la intención de mentir, aunque esta no llegue a manifestarse oralmente. Tenemos también la palabra miento, como una fórmula para cambiar de opinión, sin que en realidad quiera decir que se  ha dicho previamente una mentira. Ser algo de mentira lo utilizábamos para calificar   productos o seres fantásticos o para referirnos a objetos que aparentan lo que no son, o sea, para aquello que es falso. En el momento actual podríamos hablar también de personas de mentira, que se reparten en distintos ámbitos sociopolíticos, porque la mentira es parte de su esencia. Y, desde luego, a muchos ciudadanos nos parece mentira  lo que está ocurriendo, porque lo vemos con asombro.

Usamos  también en español  un dicho popular que estos días hemos oído dentro de ese farragoso lenguaje político: Hay que hacer de la necesidad virtud. Una frase en la que también se manipula el sentido original. En su origen tenía un significado estoico: obtener beneficio moral  de las desgracias, pero ahora ha perdido ese significado, porque se contamina con el deseo de conseguir el poder que parece esconderse en la palabra virtud.

Ante todas estas subversiones del lenguaje, los ciudadanos nos sentimos como panolis. Seguro  que preferimos que nos traten como adultos  reflexivos y  nos digan la verdad, aunque  la verdad no nos guste o aunque duela.  La manipulación de las palabras se puede producir también por omisión, cuando no   se llega a pronunciar la palabra “maldita” o se sustituye por los circunloquios o eufemismos más variopintos, para evitar las connotaciones peyorativas de la palabra omitida, que no conviene   a los fines previstos. Y estas manipulaciones del lenguaje político no son patrimonio de ningún partido, pues podríamos aportar ejemplos de todos ellos. Como lingüista, solo pretendo hacer una reflexión  sobre esa  manipulación  del lenguaje político en su conjunto, sin entrar en juicios morales  ni políticos más profundos que dejo a los analistas políticos, a los jueces y, por supuesto,  a cada votante.

Si repasamos la literatura universal, conocemos a muchos personajes que son ejemplos del tipo de persona mentirosa, tanto en hombres como en mujeres. Voy a mencionar solo a tres que tienen en común que son niños.  Uno de los personajes más conocidos es   Pedro, de la fábula Pedro y el lobo, atribuida a Esopo.  Pedro es ese pastor que gritaba  y pedía ayuda anunciando que el lobo  atacaba a sus ovejas, para que acudieran los vecinos a ayudarle,  y cuando estos  llegaban al lugar   se reía de su credulidad.  Sus vecinos se cansaron de esta burla y cuando un día apareció realmente  el lobo, Pedro gritó, pero nadie acudió en su ayuda, y el lobo le mató muchas ovejas. Un  final  poco halagüeño el de este Pedro.

Otro personaje famoso fue Pinocho, protagonista de un cuento de Carlo Collodi. Pinocho era una marioneta de madera, cuya nariz crecía cuando mentía. Es un personaje que se ríe  hasta de Gepetto, el carpintero que lo ha creado, y que  se mete en muchos problemas. Al final sus amigos el Zorro y el Gato lo ahorcan en una encina. Un final muy trágico para Pinocho.

Y volviendo atrás en el tiempo, hasta el siglo XVI, recordamos también a Lázaro de Tormes. Lázaro miente  y usa tretas para sobrevivir lo que en principio no nos parece muy censurable, y lo hace ante amos que son símbolo de la codicia, de la hipocresía, la fatuidad… Con esos amos y sus defectos   aprende a ser pícaro y  a “medrar” socialmente  para llegar a la cumbre de su “buena fortuna”. Pero,  a medida que deja de pasar hambre y crece en años y  en rango social, va perdiendo su dignidad. Esa es otra gran palabra que ha desaparecido del lenguaje político y que es una actitud  que debe regir el comportamiento  del ser humano: actuar con dignidad.

La dignidad   es la  gravedad y decoro de las personas en la forma de comportarse. Antes se decía que la mentira tiene las patas muy cortas, porque la verdad termina saliendo a la luz, aunque a veces lo hace demasiado tarde. Sin embargo, cuando una mentira se tapa con otra y otra, la verdad se va quedando tan escondida que es difícil que salga a la superficie. Y es que ya lo dice un refrán: De la mentira comerás, con la verdad ayunarás,  y hay mucha gente en el ámbito político que coloca la mentira por encima de la dignidad, porque “ahí fuera hace mucho frío”.  Y por eso  una misma persona puede decir algo  y desdecirse poco después.  Donde dije digo, digo Diego… Y la vida sigue.

Lo cierto es que se está perdiendo el valor de la palabra dada, en la que antes confiábamos. No en vano hablábamos de personas de palabra, de la palabra de honor, de empeñar la palabra dada: Palabra dada, palabra sagrada, dice un conocido refrán.  Y otro: Exagerar y mentir por un mismo camino suelen ir.  Para enfatizar la verdad decíamos de algo que era  la pura verdad o una verdad como un templo… Ambas expresiones aluden a lo puro, a lo sagrado, además de al tamaño natural del templo, en  el caso de la segunda.

Para tratar  de conseguir que una mentira no lo parezca o tenga apariencia de verdad los políticos tiran de argumentario, palabra que conocen muy bien todos ellos, en cualquier partido. Curiosa palabra. No se dan argumentos  basados en la ética o en la razón a los que llegue una persona individual con su buen saber, entender y hacer, sino que se los dan “enlatados” y oímos a un montón de políticos del  mismo partido repetir como loros, durante varios días, el mismo argumentario. Y si surge un hecho relevante novedoso, ante el que tengan que pronunciarse, alguien, de forma rauda, con inteligencia natural o artificial, preparará rápidamente otro argumentario, palabra que según el diccionario académico es el  conjunto de los argumentos destinados principalmente a defender una opinión política determinada. Así, nuestros representantes políticos se alejan de la ciudadanía la llamada “desafección política”  pierden su identidad y, con frecuencia, su dignidad, y se convierten en una  mera correa de transmisión de un grupo político: su esencia es el argumentario. Y, si alguien discrepa es mirado de reojo o, si se trata de una persona de edad avanzada, se la llama despectivamente “la viaje guardia”. Es evidente que donde hay argumentos no son necesarios los argumentarios.

Quiero terminar volviendo a la literatura medieval, al siglo XIV, pues allí encontramos un maravilloso cuento de don Juan Manuel, en el Conde Lucanor: El árbol de la mentira.  Incluyo un  breve resumen, aunque vale la pena leerlo completo. Un día estaban juntas la verdad y la mentira y esta  le propuso a la verdad que plantaran un árbol y que cada una se quedara con una parte del mismo, de  la que, cuando el árbol creciera, obtendrían beneficios. La mentira engatusó a la verdad y la convenció de que se quedara con las raíces, pues era la parte más importante de un árbol  y era más seguro vivir bajo tierra. Ella se quedaría con las ramas, que podían sufrir muchos males, pues estaban más expuestas. El árbol creció y mucha gente se reunía  bajo  su copa, a la sombra, para escuchar los embustes disfrazados de verdad y de halagos que les contaba  la mentira. Pasaba el tiempo, y como la verdad no tenía qué comer, empezó a roer las raíces hasta que un día derribó el árbol y  este, con su caída, aplastó a todos los que estaban debajo de su copa en torno a la mentira. La verdad, tan menosprecia y oculta  tanto tiempo, había salido a la superficie.

Al final el ayo Patronio extrae del cuento una enseñanza moral sobre la mentira, que le transmite al conde Lucanor. Y, entre otras cosas, le dice: “Es mentira sencilla cuando uno dice a otro: don Fulano yo haré tal cosa por vos, sabiendo que es falso.  Mentira doble es cuando una persona hace solemnes promesas y juramentos, otorga garantías, autoriza a otros para  que negocien por él y, mientras va dando tales certezas, va pensando la manera de cometer su engaño. Mas la mentira triple, muy dañina, la del que miente y engaña diciendo la verdad”.

¡No es necesario añadir más!


©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga


miércoles, 1 de noviembre de 2023

Memento

 

A mis padres, que partieron a la morada de lo invisible en  dos  fríos  días de otoño...




El otoño se ensimisma

entre las frondas doradas

aunque lo sacuda el viento,

un ladrón de  hojas aladas.


Esas hojas danzarinas

simulan la vida humana,

una danza invisible

de edades  arrebatadas.


Mi vista se va con ellas

navegando en olas  mágicas

y  las ve cómo naufragan

delante de mis pisadas.


Los árboles se desnudan

y los cubre la nostalgia

con que  tamizan la luz

de  la estación sosegada.


¿Qué tienen estos otoños

que nos seducen y calman

y que  diluyen en ellos

las  amarillas miradas?


Tienen colores de oro

y surtidores de plata,

y su belleza encandila

lo más profundo del alma.


Son horas para el memento

de las personas amadas,

siempre ahí en nuestra memoria,

cual primaveras soñadas.


1 de noviembre de 2023

© Margarita Álvarez Rodríguez





Fotografías: MAR. Parque del Retiro (Madrid) y río Omaña en Paladín (León)

sábado, 21 de octubre de 2023

Reseña de "El verde aroma del Noroeste", de Manuel Cuenya


El verde aroma del Noroeste, de Manuel Cuenya

Los libros de la Nueva Crónica, 2023

Género: Libro de viajes

200 págs.

 


     Manuel Cuenya nació en Noceda del Bierzo (León), lugar  al  que llama su "matria". Es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación y, actualmente, se dedica a la escritura y a la enseñanza universitaria.  Además, es colaborador de varios medios y edita la revista cultural La curuja. Es autor de una decena de libros y coautor de alguno más, y  también figura en una antología de relatos. Fue cofundador y profesor de la Escuela de Cine de Ponferrada (ULE). Es un viajero impenitente que busca emociones y, luego,  las plasma en sus libros.

  Desde el título de esta obra, El verde aroma del NoroesteManuel Cuenya nos invita a adentrarnos, desde su mirada y vivencias, en ese Noroeste español del que  nos hace ver el verdor de su paisaje  y  oler el aroma de ese verdor. Una acertada sinestesia que despierta nuestros sentidos y nos pone en alerta para  aprestarnos a disfrutar después de cada una de sus páginas.

    El verde aroma del Noroeste es un libro de viajes, pero no una guía turística.  Es verdad que tras sus pies,  su mirada y   su pluma  vamos a recorrer  muchos lugares de León, Cantabria, Asturias y Galicia; es verdad que nos presenta  datos de interés que podrían aparecer en una guía turística; pero este libro es mucho más que la narración de un viaje por una geografía concreta, y lo es  por la profundidad de su contenido y también por la presentación que se hace de ese contenido. El Noroeste es el marco geográfico de esta aventura viajera y  vivencial, en la  que  la actitud del viajero es esencial  para conseguir sorprender y arrastrar al lector tras sus pasos y su mirada.

     El libro está estructurado en torno a cinco viajes. El primero parte de León hacia la montaña leonesa, desde allí se interna en Cantabria y después  viaja de la montaña al mar. De Potes, a Comillas y Santilla del mar, y  de allí, otra vez al interior.  Y vuelta a la montaña leonesa para realizar la ruta del Cares.  En el segundo viaje  parte de  la matria chica hacia los confines astures. Desde allí viaja por Cangas de Narcea, Teverga…  Vuelve a Babia y Luna, en  la provincia leonesa, para, después, regresar a Asturias y terminar en Oviedo, ciudad en la que realiza un recorrido muy emotivo, mientras evoca su vida  de estudiante universitario que fue para él “vida y dulzura, esperanza nuestra”. El Oviedo de La Regenta, el Oviedo de su admiración  por el profesor y filósofo Gustavo Bueno, que marcó su formación universitaria y que ha recordado ya en otras obras. 

   El tercer viaje se desarrolla por varias poblaciones asturianas de interior y también costeras: Cudillero, Gijón,  Tapia de Casariego… Para adentrarse más tarde en Galicia por la Mariña lucense…  El cuarto viaje está dedicado a Miña Terra: La “ciudad del faro”, Finisterre, Santiago… Pontevedra, Tuy, Portugal… Y el quinto se inicia en Ribadavia y continúa por  Ourense, Lugo, Ribeira Sacra, Monforte…. Sigue por los Oscos asturianos para desembocar en los Ancares lucenses y bercianos y llegar finalmente al punto de partida, “al puerto de los afectos: Noceda del Bierzo”.

    Si solo fuéramos siguiendo los pasos del viajero por los lugares que recorre sería un libro de viajes más, pero este libro de Cuenya, que  nos recuerda  otros libros suyos anteriores:  Mapas afectivos, Del agua y del tiempo y Desde las entrañas, a los dos últimos les he dedicado sendas reseñas: Del agua y del tiempo y Desde las entrañas─,  es mucho más que un libro de viajes. Según vamos siguiendo los pasos del viajero, conocemos múltiples datos geográficos  y la toponimia de muchos lugares: poblaciones, ríos, montañas… Nombres de lugar mayor y también de lugar menor: una senda, una peña, una fuente… A veces esos nombres de lugares le inducen a  alguna reflexión. Con él contemplamos  monumentos y edificios singulares,  estatuas levantadas a diversos personajes ilustres… Conocemos la geografía urbana de algunas ciudades: sus calles y callejuelas, sus plazas (Pontevedra), sus mercados, sus restaurantes típicos… 

  No faltan las referencias históricas, por ejemplo, para explicar el origen del apelativo “de  la Reina”,  en varios pueblos  de la montaña leonesa.  Pero el autor tiene siempre una especial habilidad, para, a través  de cualquier recuerdo o similitud entre dos lugares,  evocar  el que no está ante su mirada, pero sí está en su memoria. Y lo hace con lugares de España y con otros muchos que están fuera de ella: Europa, África, América… Sus evocaciones le acercan a veces al realismo mágico por lo que cuenta y   por la introducción de algunos personajes de la mitología norteña: trasgus, ñuberus, meigas, xanas o anjanas, meigas, meigallos, hadas, espíritus, voces…

    Pero no es solo eso. El libro está lleno de la erudición a que nos tiene acostumbrados Manuel Cuenya, pero no es una erudición vacía como aquella de los “eruditos a la violeta”, es una erudición rica y presentada con amenidad, cosa que agradece el lector, porque disfruta de los recorridos del viajero y también de su sabiduría.  Además, sabe insertar toda esa información en el texto de  tal manera que fluye de forma natural y nos parece que debe estar allí, porque aquel es su sitio natural. Parece taracearla  como en la mejor   técnica de marquetería. Cualquier experiencia en sus viajes es una puerta para llevarnos más allá del libro de viajes. Así introduce el cine el autor es un gran cinéfilo, al hacer referencia a películas que se rodaron en determinados  lugares, a actores o actrices que las protagonizaron, a sus directores…  Y lo hace de forma especial en su paso por Llanes, villa muy ligada al cine proyecto “Llanes de cine”─, en que llega a conocer a Gonzalo Suárez.

    Y, si el cine tiene notable presencia, la tiene aún mucho mayor la literatura.  Las referencias a lo metaliterario son constantes. Cualquier “excusa” es buena  para hacerlo.  Evoca a grandes autores  y obras de la literatura universal, con especial presencia de los gallegos: Rosalía de Castro, Valle Inclán, Cela, Cunqueiro,  Torrente Ballester, Celso Emilio Ferreiro…  Los evoca por su relación con los lugares visitados  o por asociación de lo contemplado  con ellos. Así, una estatua o la estancia del autor en el lugar le sirven para traer al presente  a Ángel González, relacionado con Páramo del Sil, a Poe, porque lo asocia a la experiencia  vivida al visitar un cementerio. En esa metaliteratura aparecen también Cesar Vallejo, al recordar a los mineros de Teverga, Cela y Rosalía de Castro en relación con Padrón… Y muchos más. Uno de los que tienen más presencia es Valle Inclán, pues el autor no disimula su admiración por él. También aparecen evocaciones  de  lugares literarios inventados como la Comala de Juan Rufo, el Macondo de García Márquez,  la Celama de Luis Mateo Díez,  la Vetusta de Clarín… Incluso reproduce algún fragmento de las obras  de los  autores evocados.  

     En esa recreación “real-maravillosa” llega a  establecer un diálogo literario entre dos escritores a través de  las estatuas de Rosalía de Castro y  Lorca, que parecen mirarse  y hablarse en Santiago de Compostela, a partir de los famosos versos que dedica Federico a Rosalía. Y no pueden faltar  referencias a escritores que también han escrito literatura de viajes como Julio Llamazares y Unamuno. Y tampoco queda fuera  El Quijote, un libro en que, según el autor, los personajes van descubriendo tierras, personas… al mismo tiempo que nos van descubriendo la condición humana.  Cervantes invitaba a viajar: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.  Y Manuel Cuenya es un gran viajero que disfruta y aprende mucho en sus viajes

     La música, el baile, la pintura… son otras manifestaciones artísticas que  tienen presencia en esos viajes. Nos hace oír/escuchar con él  la Asturias de Víctor Manuel, la Negra sombra de Luz Casal/Rosalía de Castro, un concierto de Leonard Cohen…. Y  hasta nos hace contemplar la pintura de Picasso en sus andanzas coruñesas.

   En sus viajes encontramos también una pequeña, pero selecta,  guía gastronómica: las  corbatas de Unquera,  los sobaos pasiegos, las anchoas de Santoña,  el queso de Cabrales… Los percebes,  mejillones, pulpo á feira  y  zamburiñas, en Galicia. No solo menciona delicias gastronómicas, sino que nos deja los olores y sabores de esa gastronomía. Dice, por ejemplo,  de los   nicanores de Boñar que son hojaldres  cuyo sabor “me traslada directamente al cielo”.  Además  mezcla, a través de la sinestesia, el aspecto con el sabor  y el resultado son  “aromas y colores de ensoñación”. No podía quedar fuera la bebida: el  orujo de Potes,  el ribeiro gallego,  la sidra asturiana, de la que afirma: “La sidra es una bebida divina que te hace entrar en contacto con otras dimensiones y tal vez con algunas divinidades  como les ocurre a los indígenas tahumara con el peyote”.

   Siempre los viajes  de Manuel, que refleja en libros y artículos, son un mapa de sus afectos: “La vida en estado puro te besa y te acaricia con afecto”. Y es que parece que va sembrando afectos por donde pasa. En cada lugar nos presenta a otros personajes con los que traba conversación, con los que comparte miradas o afectos. Gente ya  conocida o personas que encuentra casualmente. Paisanos y paisanas que forman parte de ese paisanaje del que hay que disfrutar cuando uno viaja.  Se presenta como ese buen amigo afable y reflexivo, que algunos ya tenemos en él y otros quisieran tener. Siempre muy apegado a su matria berciana, pero, al mismo tiempo,  ciudadano del mundo, pues, a fin de cuentas, “la tierra de uno está y puede estar donde están sus afectos”, proclama.

     El verde aroma del Noroeste, además de todo lo dicho,   y en cierta medida, es  una obra filosófica. Cualquier experiencia es buena  para incluir reflexiones sobre lo divino y lo humano que tienen algo de metafísico: “¿Acaso el viaje no es vuelo en libertad?”, se pregunta al contemplar extasiado la belleza que se alcanza a contemplar desde el puerto de San Glorio. Se siente feliz en las alturas porque puede ver a vista de pájaro,  otear. Confiesa que  desde pequeño ha soñado con ser pájaro, con volar en libertad.  A sus páginas  asoman los estoicos y epicúreos: la ataraxia. “La propia vida es un camino… quién sabe hacia dónde…”.  Nos ofrece varias reflexiones sobre la belleza como ocurre cuando visita Cudillero y nos dice: “La belleza es quizá aquello que emociona y seduce”, o referidas a la película Muerte en Venecia, cuya visualización define como “experiencia mística”. Y asegura: “En un simple gesto de belleza puede contenerse la eternidad, la eternidad y un día”. 

    Otro tema recurrente en la literatura de Manuel Cuenya es el tiempo: “El tiempo es nuestra sangre. Toda nuestra vida”. Un tiempo que escapa, pero que a la vez parece detenerse en momentos en que el autor  acaba  perdiendo la noción de él al dejarse empapar por ese verde que subyuga su mirada. Un asombro que atrapa al viajero de forma reiterada,  aunque haya realizado el mismo  recorrido varias veces...  Y otro tema importante es el agua. Siempre el agua: “Amo todo lo que fluye”, dice. El agua le resulta hipnótica. Disfruta contemplando el mar, “espacio hipnótico del que brotan los sueños y las sirenas”, un lago, un río…

    También los aspectos narrativos y estilísticos de la  obra llaman la atención del lector. Desde el punto de vista formal, la narración está hecha en primera persona, pero a veces parece que nos encontramos con un desdoblamiento del narrador. Además del narrador que cuenta su viaje después de “reposado”, desde el yo y  en presente histórico, tenemos otro narrador, el que se introduce de forma más patente en el texto, en el presente real, a través de un cuaderno en el que apunta la vivencia concreta, la sensación o reflexión instantánea... Esas pequeñas vivencias o reflexiones dan todavía más realismo  y plasticidad a lo que nos cuenta. Y además  aparece  ”este viajero” que, aunque sigue siendo parte de los yoes anteriores  con su visión subjetiva de la realidad, parece que en él, en ese viajero, estamos también los lectores, los que seguimos sus pasos y sus querencias. No somos Manuel, pero podemos ser viajeros  con y como él.

    El libro está escrito en un estilo claro, pero muy cuidado, hecho que  se refleja especialmente en  las descripciones,  con  adjetivación parca, pero precisa, y con frecuente  uso literario de la comparación: “La sed y el apetito se desbocan como potrancos por las praderas del valle”. Capítulo  aparte,  por su frecuencia y belleza, merecen  las sinestesias, con las que nos encontramos ya en el título, como decía más arriba, y lo largo de toda la obra: “Verde y húmedo aroma del musgo”, “olor verde de la humedad”, dice de Pontevedra. Manifiesta una gran maestría en la mezcla de sensaciones que captamos por distintos sentidos o de sentimientos y sensaciones, como esa  “luz comestible” que le gusta decir. El léxico expresa muy bien esa forma de   meterse  en el paisaje  y de  identificarse con el paisanaje. Y, sobre todo, esa forma intensa de disfrutar de lo que ve y de lo que siente que le provoca una especie de experiencia mística. Por eso abunda un léxico de la  mística, de la ensoñación, del asombro: “experiencia místico-religiosa”, “paraíso literario, edén musical”, “edén bíblico”, “hechizante”, “éxtasis”, “fascinación”, “hipnótico”, “alucinación”, “embelesamiento”, “sueños”… Un léxico que tiene que ver con la necesidad de sentirse pájaro que menciona en la obra. Habla de  olores que le hacen levitar, de torres   de la catedral de Santiago  que le cautivan. 

    Además  mezcla distintos niveles léxicos que van de la frase coloquial a la literaria, en una perfecta conjunción. Introduce también coloquialismos que le dan más veracidad a lo contado y algún neologismo, como   “sanfroilanear” fiesta de san Froilán, en Lugo y León. Y, a veces, un guiño o una pequeña broma pone una pincelada de humor  inteligente: “Caín, el pueblo que podía haberse llamado Abel”.

    En fin, que Manuel Cuenya no traza rutas para que vayamos a un lugar, nos introduce de lleno en él con la magia de las palabras y  la belleza  que habita en el  sentimiento que les añade.  Ve lo que captan los ojos y observa lo que ve el espíritu.  Este “rompesuelas y “ vagamundo”, como le gusta llamarse, ─quizá mejor, “vagamundos”─ nos arrastra tras sus pasos, sus vivencias, sus reflexiones, sus descubrimientos… Sus quereres y saberes. Camina, vive, disfruta, elabora literariamente y cuenta. Y lo hace con la misma plasticidad con que lo hicieran los maestros Azorín  y Unamuno, en su visón de la  Historia y de la  intrahistoria. Cuando doblamos la última página de  El verde aroma del Noroeste, podemos  asegurar que hemos disfrutado de buena literatura y  que somos más “viajados” y más sabios.  Además, hemos aprendido  a valorar más todo lo que nos rodea. ¡Gracias, Manuel, por este hermoso libro que has puesto en nuestras manos!




© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora

Octubre de 2023

 

 

viernes, 22 de septiembre de 2023

Llega don Otoño

 



Desde Paladín mirando a Andarraso y al valle de Samario


            Llega don Otoño

            con luz sosegada

            y acoge la vida

            entre su nostalgia.

            Los días se acortan,

            se serena el alma,

            natura nos  trae

            oro en las  miradas.

            Las hojas aladas

            en las ramas danzan

            y buscan amores

            envueltos en magia.

            Otoño  las viste

            de oro y escarlata,

            y sustenta su vuelo

            en sedosa capa.

            Las mira con mimo,

            las besa con calma

            y con el rocío

            les unge las caras.

            Las hojas se sienten

            por Otoño amadas

            y se van con él

            a buscar su patria.

            Emprenden  camino

            por sendas soñadas

            hasta su destino...

            ¡su querida Omaña!


©Margarita Álvarez Rodríguez

23 de septiembre de 2023

Río Omaña a su paso por Paladín

La Peñona de La Utrera


Carretera entre La Garandilla y La Utrera


Las fotos son de final de octubre de 2022



lunes, 18 de septiembre de 2023

Reseña del poemario "Imaginación y vida", de María José Prieto

 


María José Prieto es doctora  en Filosofía y Ciencias de la Educación y catedrática de Lengua  y Literatura de IES. Es autora de una nutrida obra narrativa (novelas y relatos),  de poesía y de obras de investigación.

Imaginación y vida  es  el título de este poemario de María José Prieto, un título que es un acierto,  porque cuando buceamos en sus páginas y versos nos encontramos justamente con eso: con el tratamiento de  los grandes temas que llenan de sentimiento y vivencias  nuestras vidas y también con un mundo de imaginación en que la autora se eleva sobre la realidad o más allá de ella y nos presenta mundos y personajes que forman parte del ámbito de la imaginación o de la fantasía.

Sus poemas van acompañados de un  prólogo, del periodista leonés, escritor y profesor Manuel Cuenya, y de las ilustraciones muy coloristas que son reproducciones de cuadros pintados por la propia autora, artista polivalente, que también maneja bien los pinceles.

En este poemario María José nos habla de las grandes preocupaciones que envuelven al ser humano y que tienen carácter universal, como bien lo señala en el poema Era el mismo que abre el poemario.  Son preocupaciones que superan las épocas, los grandes y pequeños personajes, porque el  humano es el mismo: Me volví / pero era el mismo / todos juntos en única esencia humana.

Uno de los temas más repetidos a lo largo del poemario es la nostalgia del pasado que se va entreverando con la preocupación por el paso del tiempo. La niñez y la adolescencia aparecen  en varios poemas, épocas presentadas como un “verano azul” al que le gustaría volver a la autora. Un tiempo que ya no está, lleno de añoranza de la vida feliz, de paraíso de ilusiones en el pueblo,  a la que quisiera volver: Por eso vuelvo a ese pueblo / donde todo me traslada /  a otros cielos más celestes /  y me siento transportada. / En su tercera edad la niña que fui / vuelve en el ocaso de la vida. Lo mismo añora su adolescencia época de ilusiones  de luces y de colores.

En el marco de esa nostalgia del pasado tiene gran presencia la familia desaparecida: la abuela (abuelita de oro / y dulzura de cuento), el padre (eterna sonrisa, eterna bondad / infinito aliento), la madre. A  la madre le  dedica varios poemas. En algunos la recuerda en su ancianidad marchita. En otros, en cambio, nos trae la imagen de una madre joven en un mundo natural de fantasía y, en contraste, vemos cómo se va ajando su figura y cambiando su carácter: Sus manos poco a poco / parecían huesos de cadáver / su risa se trocó en mueca malhumorada.  En algunos poemas la evoca en la vida celestial a la espera del reencuentro: Espéranos en la vida / que nunca, nunca acaba.

Unido a la añoranza del pasado aparece el tema del tempus fugit, el paso del tiempo que va cambiando todo. El tiempo es un caudal desatado, afirma. Bastaría fijarse en el título de muchos poemas: Declinar de la vida, Los veranos pasan,  Otro año, Recuerdos y vida, Busco tus recuerdosBusco tus recuerdos / de oro viejo / en el tiempo / que se va y deja su huella / en los rostros, las encinas / en el valle. El paso del tiempo lleva también a percibir la inconsistencia de la vida que refleja en el poema titulado La vida es un sueño: Parece que la vida ha sido un sueño, / un sueño de nostalgia y raudo aliento…

El otro gran tema del poemario es la temática religiosa, que suele estar presente en todas las obras de María José Prieto y nos presenta un mundo trascendente al que aspira a llegar. Aparecen poemas que por contenido y forma son auténticos villancicos navideños y dos bellos sonetos: Cristo en la cruz y Jesús, amor, que nos recuerdan un poco algunos sonetos religiosos de Lope de Vega por el sentimiento de arrepentimiento: Mírame, Señor, desde el duro trono / y mira con fulgor enardecido / al hermano que espera tu piedad…  Y versos  como estos, por su ritmo y temática, son hermosos villancicos: En la estatua inerme / de nuestro Belén / un niño suspira / de flores y miel…

Al lado de la añoranza  que produce el paso del tiempo y que es seguramente el tema nuclear de la obra, aparecen otros. Hay algunos poemas que reflejan temas sociales como la indigencia,  el machismo, las agresiones al medioambiente, evocaciones de personajes históricos, referencias a la mitología, alusiones a la pandemia. Y en su obra, dada la gran creatividad que tiene la autora, no podía faltar tampoco la alusión a la propia creatividad literaria. En los poemas  titulados Letras creadoras AEIOU y Libros y Libros II

El tratamiento de estos temas es la parte del poemario que acogería la palabra Vida del título. Pero, a las preocupaciones de la vida cotidiana y sentimientos que generan, la autora une la imaginación que sobrevuela muchos poemas. Muchos poemas están llenos de fantasía y nos presentan una Arcadia feliz que contrasta con las preocupaciones anteriores. Lugares llenos de colorido, de fragancias, de brisas agradables. Y especialmente personajes imaginarios, maravillosos, tomados de la mitología, de las leyendas. Así, las hadas, los gnomos, los duendes, los genios, las sirenas, los troles, las ondinas, las ninfas… asoman entre los versos de sus poemas y ponen la nota de color, de imaginación, de alegría y de vida: hadas con corona de plata y vara mágica (…) claro antídoto para los sueños lúgubres. Este mundo de fantasía, próximo a los cuentos tradicionales también tiene presencia en otras obras de María José Prieto, especialmente en los relatos de  su libro: Ráfagas de fantasía, historia  y misterio. En el soneto La nieve aparecen también las hadas para dulcificar una ambientación invernal. Estos personajes añaden una cierta ternura  y restan carácter sombrío a algunos de los temas tratados por la autora.

Los poemas de este poemario tienen ritmos muy variados que van de los endecasílabos de los sonetos (de tema religioso, a la catedral de León…) al verso octosílabo y hexasílabo y los versos libres.  Además, consigue el ritmo poético con rimas consonantes y asonantes, con cierta frecuencia de  agudas,  y con esquemas sintácticos repetitivos como el paralelismo. Utiliza también bellas metáforas y símbolos y otros procedimientos retóricos como la paradoja: el río platea con su líquido linfático, ciega claridad… El lector podrá captar la belleza del lenguaje poético cuando se adentre en los versos de este poemario.

Para concluir,  se puede decir que la autora pone en nuestras manos un poemario de vida, de alegría. No en vano, lo cierra con un soneto titulado así, Alegría, del que tomo el segundo terceto: Quisiera estar alegre todo el día, / lo mismo en invierno que en verano, / siempre con fantasías endulzadas. Y es que, aunque a veces los colores adopten tonos  oscuros, al final siempre predominan los colores de vida: Verde vida, siempre verde.  La imagen de un caballo blanco  que galopa (reproducción de una pintura de la propia autora),  que cierra el poemario, no podía ser mejor símbolo de vida y de belleza poética y pictórica.  Y también de vida.




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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.