miércoles, 18 de abril de 2012

De guajes, rapaces y mozos… de épocas pasadas

            Desde que nuestras madres y abuelas se quedaron en estao,  como seguían trabajando en las tareas domésticas y en el trabajo agrícola, nosotros, desde su matriz, empezamos a vislumbrar cómo era aquella vida exterior llena de esfuerzo. Nuestras madres omañesas  no tuvieron ningún reconocimiento médico durante el parto, tampoco conocían el sexo de sus futuros hijos, pero echando mano de la sabiduría popular preveían, observando la forma del vientre, si iba a nacer un meón o una meona: si el vientre era redondeado, nacería una guaja, y si tenía forma  picuda, nacería un guaje. El parto tenía lugar en casa, asistido por alguna mujer experimentada en el oficio que hacía las veces de partera.  

Aquellos niños omañeses comenzábamos a saber de privaciones y falta de libertad tan pronto como nacíamos y nos envolvían, de cintura para abajo, en  unos pañales de lienzo, cubiertos por una mantilla y  que se sujetaban atados alrededor de las piernas con el orillo. Faltaba mucho aún para que aparecieran los picos, las gasas y, posteriormente, los dodotis. A pesar de que estábamos varios meses cual  momia egipcia y que esa forma de tener nuestras piernas durante tanto tiempo rígidas impedía cualquier movimiento, comenzábamos a andar pronto, frecuentemente antes del año, y lo hacíamos erguidos como rejiletes.

Nuestra forma infantil  de comunicación y protesta, el llanto, a veces   lo usábamos de forma excesiva y  nos convertíamos en guajes berrones. Cuando  no hacíamos tanta ostentación de mal genio, manifestábamos nuestro malestar estando enjecosos. Si sentíamos hambre o dolor,  nos esberrizábamos y para calmarnos nos acuchaban en el regazo o nos cogían arrujas. A veces, si teníamos suerte, hasta nos paseaban en el  carretón.

En aquella época de  nuestros abuelos y padres no habían llegado aún los biberones de pelargón   y cuando la leche de la madre no era suficiente para alimentarnos,   nos añadían  una papa,  que se hacía con harina, que se tostaba sobre la chapa, y agua.  A veces se recurría a leche de burra, no fácil de conseguir, porque, según decían, era la más parecida a la leche materna. 

Y así, con teta y papas, y si no estábamos alombrizaos, terminábamos engordando,  nos salían crecederas y nos poníamos como una lundre. Pero, bien porque la alimentación no fuera  adecuada o porque  fueran unos mirrias para comer, algunos rapaces se criaban esmirriados y ruinizos.  Unos y otros, al ir cumpliendo años, terminábamos finalmente medrando. Unos como buenos  mozos, navarros y  jabatos; otros, con menos chichas, como bilortos, jeijas o tanganiellos.

Si sufríamos algún defecto físico, crecíamos y vivíamos con él. No íbamos mucho  a dentistas, oculistas ni  sabíamos qué era un logopeda, por eso, si el niño era zarabeto, ñisgo  o biluso  seguiría siéndolo de adulto.

Las mujeres iniciábamos la pubertad convertidas en  rapazas o rapazucas,  y de mocinas adolescentes, pasábamos a mozucas, hasta convertirnos en mozonas.
Para los rapaces  los términos  rapazón y rapazaco tenían connotaciones peyorativas y describían a un chico indolente, por eso no se utilizaban esas palabras para remarcar su crecimiento rápido en la adolescencia, sino que  se decía que había estirao o medrao mucho o que era como un varal. Y así de guajes se pasaba a rapaces y a mozos, se abandonaba la adolescencia y se entraba en la mocedá.

Margarita Álvarez Rodríguez

 “El habla tradicional de la Omaña Baja”, editorial Lobo Sapiens, 2010.

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