jueves, 12 de marzo de 2026

Reseña de "La jaula de oro (apotegmas)", de Carlos d´Ors



 

Poemario

Editorial: Cuadernos del Laberinto

Páginas: 120

Carlos d´Ors es doctor en Historia del Arte y profesor de la UNED. También es pintor y, además,  ha sido conservador de Dibujo del MNCARS. En el campo literario cultiva la narración  y la poesía, en  distintos  subgéneros. Tiene publicadas varias obras literarias.

Este  libro, de edición muy cuidada,   está formado por una extensa colección de apotegmas. Un apotegma es un dicho breve,  sentencioso y feliz, según   la definición del diccionario de la RAE. En una nota previa del autor este  nos habla de  que sus apotegmas son “breves sabidurías”. Asegura que no son aforismos porque “no  intentan ser normas de conducta (…) ni aspiran a tener un carácter ético”. Aunque bien mirado,  no siempre es fácil   distinguir entre apotegma,  aforismo, máxima, proverbio, sentencia…

El texto está prologado por el gran poeta leonés Juan Carlos Mestre quien, bajo el título Los bienaventurados de Carlos d´Ors, escribe  un prólogo que  ya  es en sí mismo un texto poético, como nos tiene acostumbrados este  escritor. En  él  elogia la categoría humana de Carlos con estas palabras: “Es un hombre que ha hecho del compañerismo en la palabra, de la camaradería poética,  una fidelidad intransable”  y asegura que en este libro hay “ética y apología de la honradez”.

En la portada de La jaula de oro aparece, efectivamente, una jaula  con una persona encerrada en su interior, mejor dicho, no una persona, sino una cabeza  femenina  aparentemente suspendida y encerrada en su interior. Quizá de esa cabeza, de ese cerebro, salgan los apotegmas que forman esta publicación. Precisamente, en uno de ellos, titulado Jaula, asegura: La libertad es pura farsa / en que aleteamos desesperadamente / dentro de la jaula. Creerse libre no es ser libre, viene a decirnos el autor, sino que  el ser humano está condenado a vivir “enjaulado”. En una jaula de oro, pero jaula, al fin y al cabo.

Los textos de La jaula de oro son muy breves, pues van de dos a once versos.  La disposición  de las líneas que forman estos apotegmas  nos habla, ciertamente, de versos  y, además, esos versos  están cuajados de emoción y de palabra poética. Y poeta es el autor  tanto en este libro como  en otras  publicaciones suyas,  en prosa y en verso, y los poetas somos magos de las palabras, asegura.   La palabra poética emana  claramente de todos los poemas contenidos en el libro.  Con las palabras y los recursos expresivos  utilizados Carlos d´Ors  convierte la palabra en   arte de la palabra. Con paralelismos sintácticos, aliteraciones de sonidos, polisíndeton con la repetición enumerativa de la conjunción y, juegos sintácticos, como los retruécanos… consigue algo fundamental  que es esencia de la poesía, además del arte de la palabra,  el ritmo: La rosa es / la rosa más rosa de todas las rosas: / es la rosa. O con simples  enumeraciones: nombres, nombres, nombres

Muestra además una gran  habilidad en el uso de una fina ironía   un acierto expresivo,  que, unida a la agudeza en la forma de expresar la idea que contiene el apotegma, da al conjunto de los textos gran belleza  y profundidad filosófica. En algunas ocasiones es capaz de partir de una frase hecha popular para, con ingenio, hacérsela ver al lector desde otra perspectiva y con un significado nuevo y más profundo. Así ocurre, por ejemplo, con la expresión “matar el tiempo” o “ahogarse en un vaso de agua”: Matas el tiempo  / y el tiempo te lo agradece… / El tiempo no quiere ser eterno…  A veces esa perspectiva nueva se basa en la paradoja con la que genera gran sorpresa en el lector.

Los poemas presentan ideas profundas, que son  pequeñas píldoras concentradas, expresadas de forma concisa y precisa. Este hecho se percibe ya en los títulos presentados en una sola palabra, casi en su totalidad, un sustantivo,  que inciden en lo esencial, en la sustancia: Niebla, Ojos, Poeta. Agua, Prisas, Reloj, Tristeza, Arterias, Belleza… Y así muchos más. Poesía desnuda, pues,  sin retórica superficial.  Esta forma nos recuerda un poco lo que quería León Felipe que fuera la poesía  y que definía en aquel conocido  poema titulado Deshaced este verso. La poesía, según él,  sería lo que queda después de quitar   todo lo decorativo y de aventar, incluso,  las propias palabras.

En La jaula de oro  el autor nos hace reflexionar sobre la vida con pequeñas píldoras de tipo filosófico o moral. Aparece la idea del tempus fugit,  la angustia que nos produce  ser esclavos del reloj, medidor  que no puede detener el tiempo ni inmortalizarlo. Lo vemos en  esa rosa de la que habla un apotegma, flor símbolo de color, aroma y belleza,  que es menos tiempo rosa que pétalos derramados por el suelo. Con el paso del tiempo, con la soledad, con el amor  se relaciona también la nostalgia que rezuman algunos poemas y que les da un tono romántico.  Y con el tiempo también aparece relacionado el  espacio, esos dos conceptos tan filosóficos y tan inaprensibles.

Los poemas nos hablan de la experiencia vital del ser humano.  De una vida en que   nos sentimos nadadores  que no llegamos nunca a la orilla, a pesar de nuestro ímprobo esfuerzo. En ese caminar (nadar) el precipicio de la muerte nos  amenaza siempre y   nos sorprende en cada recodo de ese camino  que nos conduce hacia  nuestro  destino: la muerte. Por él caminamos  rodeados de dolor y desencanto. Se repite en varios textos la idea de que  la vida es un camino, tópico literario presente en muchos poetas, de todas las épocas, desde Jorge Manrique a Antonio Machado. Pero la vida hay que vivirla, disfrutarla, por ello, nos invita al carpe diem, ya que  es la mejor    forma de sobreponernos a todas las nieblas  que oscurecen nuestro caminar, las que existen y las que nos inventamos. Hay que hacer el camino  llevando dentro del alma el dios del entusiasmo (etimológicamente, en theos: tener dentro un dios) y manteniendo siempre la capacidad de asombro, la conciencia de existir, que mitigará el miedo a la muerte.

 Sin embargo, creo que el tema central del libro es la poesía misma, no en vano en muchos poemas habla de  los poetas y de su visión de la realidad. En el camino de la vida el poeta tiene la función de dar cuenta de las injusticias y las penas que lo rodean. En algunos momentos puede ser considerado un ser “peligroso” que   encarna lo humano: cielos de humanidad son los poetas. Su destino es mejorar el mundo.  Dos temas inspiran de forma constante a los poetas: amor y muerte, ellos  son las arterias de la poesía. El poeta tiende a reflejar más  la desgracia que  la felicidad. Carlos d´Ors llega a decir que el poeta es masoquista. Y en otro apotegma: El poeta es como un faquir  / destinado a dormir sobre camas de pinchos.  

En esta colección de poemas-apotegmas aparecen muchos símbolos. Ahí está el ángel protector que nos invita a pararnos y a buscar caminos en medio de la niebla. Símbolos son también la idea del camino o la del reloj, que refleja el paso del tiempo. O esa muela que simboliza la vida: Vivir es muela sana / que mastica y mastica.  O el poeta presentado con la imagen del náufrago que nadie rescata. En el poema que abre el poemario aparece ya ese náufrago que se hundirá en el más profundo de los abismos.

Además de todas estas reflexiones, en algunos poemas sí  aparece una cierta exhortación o desiderátum similar a la de un aforismo. Por ejemplo, en algunos versos  nos previene contra  la soberbia.  Para ello utiliza  la clásica imagen de la torre que puede caer. También censura  el exceso de halago, porque ahoga.  Nos invita a amar: el amor es el camino. Nos exhorta a no tener miedo a la muerte: No tengamos miedo a la muerte. Nos recomienda cantar y bailar para disfrutar de la vida. Son consejos o pautas morales que nos pueden resultar de utilidad  para seguir nadando por el proceloso río de la vida. Y es que es difícil separar la reflexión filosófica de la valoración ética.

En conclusión, estamos ante una colección de apotegmas, pero estamos también ante un hermoso poemario. Un poemario que, en muchas de sus reflexiones, convierte en protagonistas a los poetas. Esos poetas que, como él mismo, buscan la inmortalidad  y mientras lo hacen adelantan su mortalidad (otra de las grandes paradojas). Pero los poetas son necesarios para  transmitir todas las incertidumbres, angustias, aspiraciones… del ser humano. Por ello, como decía Miguel Hernández, “el pueblo espera a los poetas con la oreja  y el alma tendidas al pie de cada siglo”.

 Y  es que los poetas son capaces de captar  y de  presentar en sus versos lo invisible, que es realmente lo esencial. Ya decía  El principito que “lo esencial es invisible a los ojos”.  Y  Carlos  d´Ors dice algo similar: El poeta es más consciente   / de lo invisible a los ojos / que de lo visible

 Los poetas  escriben desde su humanidad,  su deseo de justicia,   su sencillez, su espiritualidad.  La espiritualidad es   también un componente esencial de este poemario: Hay que tener alas para volar…  Y los poetas las tienen. De ellos dice Carlos d´Ors algo tan bello y tierno como esto: Los poetas se alimentan / de panecillos de luna llena. Que la luz de esa luna llena guíe a los poetas  y ellos vayan  derramando estrellas y  desprendiendo   luz,  estrellas como cada uno de los apotegmas de este libro tan  profundo y hermoso.


©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y escritora





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