Poemario
Editorial: Cuadernos del Laberinto
Páginas: 120
Carlos d´Ors es doctor en Historia
del Arte y profesor de la UNED. También es pintor y ha sido conservador de Dibujo del
MNCARS. Es crítico literario y, como escritor, cultiva la narración y la poesía, en distintos subgéneros. Tiene publicadas varias obras literarias.
Este libro, de edición muy cuidada, está formado por una extensa colección de apotegmas. Un apotegma es un dicho breve, sentencioso y feliz, según la definición del diccionario de la RAE. En una nota previa del autor este nos habla de que sus apotegmas son “breves sabidurías”. Asegura que no son aforismos porque “no intentan ser normas de conducta (…) ni aspiran a tener un carácter ético”. Aunque bien mirado, no siempre es fácil distinguir entre apotegma, aforismo, máxima, proverbio, sentencia…
El texto está prologado por el gran
poeta leonés Juan Carlos Mestre quien, bajo el título Los bienaventurados de Carlos d´Ors, escribe un prólogo que ya es
en sí mismo un texto poético, como nos tiene acostumbrados este escritor. En
él elogia la categoría humana de
Carlos con estas palabras: “Es un hombre que ha hecho del compañerismo en la
palabra, de la camaradería poética, una
fidelidad intransable” y asegura que en
este libro hay “ética y apología de la honradez”.
En la portada de La jaula de oro aparece, efectivamente, una
jaula con una persona encerrada en su
interior, mejor dicho, no una persona, sino una cabeza femenina
aparentemente suspendida y encerrada en su interior. Quizá de esa cabeza,
de ese cerebro, salgan los apotegmas que forman esta publicación. Precisamente,
en uno de ellos, titulado Jaula,
asegura: La libertad es pura farsa / en
que aleteamos desesperadamente / dentro de la jaula. Creerse libre no es
ser libre, viene a decirnos el autor, sino que el ser humano está condenado a vivir
“enjaulado”. En una jaula de oro, pero jaula, al fin y al cabo.
Los textos de La jaula de oro son muy breves, pues van de dos a once versos. La disposición de las líneas que forman estos apotegmas nos habla, ciertamente, de versos y, además, esos versos están cuajados de emoción y de palabra
poética. Y poeta es el autor tanto en
este libro como en otras publicaciones suyas, en prosa y en verso, y los poetas somos magos de las palabras, asegura. La palabra poética emana claramente de todos los poemas contenidos en
el libro. Con las palabras y los recursos
expresivos utilizados Carlos d´Ors convierte la palabra en arte de
la palabra. Con paralelismos sintácticos, aliteraciones de sonidos,
polisíndeton con la repetición enumerativa de la conjunción y, juegos sintácticos, como los
retruécanos… consigue algo fundamental
que es esencia de la poesía, además del arte de la palabra, el ritmo: La
rosa es / la rosa más rosa de todas las rosas: / es la rosa. O con
simples enumeraciones: nombres, nombres, nombres…
Muestra además una gran habilidad en el uso de una fina ironía ─un acierto expresivo
, que, unida a la
agudeza en la forma de expresar la idea que contiene el apotegma, da al
conjunto de los textos gran belleza y
profundidad filosófica. En algunas ocasiones es capaz de partir de una frase
hecha popular para, con ingenio, hacérsela ver al lector desde otra perspectiva
y con un significado nuevo y más profundo. Así ocurre, por ejemplo, con la
expresión “matar el tiempo” o “ahogarse en un vaso de agua”: Matas el tiempo / y el tiempo te lo agradece… / El tiempo no
quiere ser eterno… A veces esa perspectiva
nueva se basa en la paradoja con la que genera gran sorpresa en el lector.
Los poemas presentan ideas profundas,
que son pequeñas píldoras concentradas,
expresadas de forma concisa y precisa. Este hecho se percibe ya en los títulos
presentados en una sola palabra, casi en su totalidad, un sustantivo, que inciden en lo esencial, en la sustancia: Niebla, Ojos, Poeta. Agua, Prisas, Reloj,
Tristeza, Arterias, Belleza… Y así muchos más. Poesía desnuda, pues, sin retórica superficial. Esta forma nos recuerda un poco lo que quería León
Felipe que fuera la poesía y que definía
en aquel conocido poema titulado Deshaced este verso. La poesía, según
él, sería lo que queda después de
quitar todo lo decorativo y de aventar,
incluso, las propias palabras.
En La jaula de oro el autor nos
hace reflexionar sobre la vida con pequeñas píldoras de tipo filosófico o
moral. Aparece la idea del tempus fugit,
la angustia que nos produce ser esclavos del reloj, medidor que no puede detener el tiempo ni
inmortalizarlo. Lo vemos en esa rosa de
la que habla un apotegma, flor símbolo de color, aroma y belleza, que es menos tiempo rosa que pétalos
derramados por el suelo. Con el paso del tiempo, con la soledad, con el
amor se relaciona también la nostalgia
que rezuman algunos poemas y que les da un tono romántico. Y con el tiempo también aparece relacionado
el espacio, esos dos conceptos tan
filosóficos y tan inaprensibles.
Los poemas nos hablan de la experiencia
vital del ser humano. De una vida en que nos sentimos nadadores que no llegamos
nunca a la orilla, a pesar de nuestro ímprobo esfuerzo. En ese caminar (nadar)
el precipicio de la muerte nos amenaza
siempre y nos sorprende en cada recodo
de ese camino que nos conduce hacia nuestro destino: la muerte. Por él caminamos rodeados de dolor y desencanto. Se repite en varios
textos la idea de que la vida es un
camino, tópico literario presente en muchos poetas, de todas las épocas, desde
Jorge Manrique a Antonio Machado. Pero la vida hay que vivirla, disfrutarla,
por ello, nos invita al carpe diem,
ya que es la mejor forma
de sobreponernos a todas las nieblas que
oscurecen nuestro caminar, las que existen y las que nos inventamos. Hay que
hacer el camino llevando dentro del alma
el dios del entusiasmo (etimológicamente, en
theos: tener dentro un dios) y manteniendo siempre la capacidad de asombro, la conciencia de existir, que mitigará
el miedo a la muerte.
Sin embargo, creo que el tema central del
libro es la poesía misma, no en vano en muchos poemas habla de los poetas y de su visión de la realidad. En el
camino de la vida el poeta tiene la función de dar cuenta de las injusticias y
las penas que lo rodean. En algunos momentos puede ser considerado un ser
“peligroso” que encarna lo humano: cielos de humanidad son los poetas. Su
destino es mejorar el mundo. Dos temas
inspiran de forma constante a los poetas: amor y muerte, ellos son las arterias
de la poesía. El poeta tiende a reflejar más la desgracia que la felicidad. Carlos d´Ors llega a decir que
el poeta es masoquista. Y en otro
apotegma: El poeta es como un faquir / destinado a dormir sobre camas de pinchos.
En esta colección de poemas-apotegmas
aparecen muchos símbolos. Ahí está el ángel protector que nos invita a pararnos
y a buscar caminos en medio de la niebla. Símbolos son también la idea del camino o la del reloj, que refleja el paso del tiempo. O esa muela que simboliza la
vida: Vivir es muela sana / que mastica y
mastica. O el poeta presentado con
la imagen del náufrago que nadie
rescata. En el poema que abre el poemario aparece ya ese náufrago que se
hundirá en el más profundo de los abismos.
Además de todas estas reflexiones, en
algunos poemas sí aparece una cierta
exhortación o desiderátum similar a
la de un aforismo. Por ejemplo, en algunos versos nos previene contra la soberbia. Para ello utiliza la clásica imagen de la torre que puede caer.
También censura el exceso de halago, porque
ahoga. Nos invita a amar: el amor es el camino. Nos exhorta a no
tener miedo a la muerte: No tengamos
miedo a la muerte. Nos recomienda cantar
y bailar para disfrutar de la vida. Son consejos o pautas morales que nos
pueden resultar de utilidad para seguir
nadando por el proceloso río de la vida. Y es que es difícil separar la
reflexión filosófica de la valoración ética.
En conclusión, estamos ante una
colección de apotegmas, pero estamos también ante un hermoso poemario. Un
poemario que, en muchas de sus reflexiones, convierte en protagonistas a los
poetas. Esos poetas que, como él mismo, buscan la inmortalidad y mientras lo hacen adelantan su mortalidad
(otra de las grandes paradojas). Pero los poetas son necesarios para transmitir todas las incertidumbres,
angustias, aspiraciones… del ser humano. Por ello, como decía Miguel Hernández,
“el pueblo espera a los poetas con la oreja
y el alma tendidas al pie de cada siglo”.
Y es
que los poetas son capaces de captar y
de presentar en sus versos lo invisible,
que es realmente lo esencial. Ya decía El principito que “lo esencial es
invisible a los ojos”. Y Carlos
d´Ors dice algo similar: El poeta
es más consciente / de lo invisible a
los ojos / que de lo visible…
Los poetas
escriben desde su humanidad, su deseo
de justicia, su sencillez, su espiritualidad. La espiritualidad es también un componente esencial de este
poemario: Hay que tener alas para volar…
Y los poetas las tienen. De ellos dice
Carlos d´Ors algo tan bello y tierno como esto: Los poetas se alimentan / de panecillos de luna llena. Que la
luz de esa luna llena guíe a los poetas y ellos vayan
derramando estrellas y
desprendiendo luz, estrellas como cada uno de los apotegmas de
este libro tan profundo y hermoso.
©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y escritora



No hay comentarios:
Publicar un comentario