lunes, 6 de julio de 2026

Los nombres antiguos de lugar. Paladín de Valdesamario (Omaña). Conferencia del P. Martino

Algunas obras del P. Martino

En agosto de 2013 el padre Eutimio Martino fue  invitado por el  Instituto de Estudios Omañeses (IEO) a dar una conferencia a Paladín para explicar varios topónimos, entre ellos Omaña y  Paladín.

Este es el resumen de su conferencia, que tuvo  bien entregarme, y que hoy publico como homenaje in memoriam a este sabio y hombre bueno fallecido  el 5 de julio de 2026, a la edad de 101 años.

 

Conferencia del padre Eutimio Martino: 



L O S   N O M B R E S    A N T I G U O S   D E   L U G A R :    

 

                         P A L A D Í N    D E   V A L D E S A M A R I O    (OMAÑA)

 

 

En varias ocasiones hemos presentado nuestra teoría sobre un origen frecuente de los nombres de lugar,  por ejemplo en Paladín, que responde precisamente al tema. 


Todo nombre propio, también los de lugar, encierran un concepto común, el correspondiente a cierto elemento de la realidad nombrada.


Pero en un lugar determinado pueden concurrir muchos elementos, físicos o históricos, evidentemente no inventariados, acaso desconocidos. La primera fase del estudio, lógicamente hablando, ha de responder a esta cuestión: ¿Cuál de los posibles elementos, antaño incluidos en el lugar, ha sido captado y expresado en el nombre del lugar?


No se puede negar que la cuestión resulta en extremo tenebrosa. Porque en todo lugar concreto cabe distinguir el perfil de la tierra, su composición, la flora, fauna, quizás elementos desaparecidos, algún hecho de ocupación humana. Situándonos en un plano sobriamente realista, la empresa parece desesperada, sobre todo si tenemos en cuenta que tratamos de una ciencia y de la certeza que la caracteriza.


La segunda fase de la tarea no se presenta menos problemática: ¿En qué idioma de los protohistóricos, tan imperfectamente conocidos por nosotros, halló expresión aquel elemento de suyo problemático? 


Todavía se añade una tercera fase de problemas que se han de resolver: ¿Qué tipo  de transformaciones ha sufrido el vocablo inicial a través de los hablantes posteriores hasta llegar a nosotros?


Bastará un minimum de realismo científico para sugerirnos que se trata de una empresa utópica,  semejante a la de buscar en la estancia oscura el gato negro que no está allí, como alguien dijo a propósito de la metafísica.


Y, sin embargo, tras una larga  porfía con estas materias, apostaríamos  a que ha surgido como un rayo de luz, que nos apresuramos a compartir. Porque, a través del conocimiento de muchos factores, desde los geográficos y físicos, a los históricos y lingüísticos, en el marco de una región que titulamos  “En torno a los Picos de Europa”, nos atrevemos a presentar una vía singular.


Acogemos por lema universal orientador el de que la historia del vocabulario coincide con la historia de las actividades humanas. Nos parece haber llevado esta sentencia a la confirmación acaso más extraordinaria que pueda imaginarse, porque no se trata de reconstruir una cierta actividad humana del pasado a base del vocabulario correspondiente sino de vislumbrar un dato esencial de la vida del hombre primitivo a través de los nombres antiguos de lugar.


Una comparación al respecto: así como de la  fotografía de un objeto deducimos la perspectiva  que se ha tomado, así, de modo semejante, de los conceptos implicados en los  nombres de lugar, deducimos el punto de vista que adoptó el hablante con respecto a la misma naturaleza.


Y, recurriendo nuevamente a la comparación, fue por la conjunción de dos polos por lo que surgió la chispa de la intuición inicial. El uno consiste en el conocimiento inmediato por nuestra parte de la preeminencia del agua en un valle de alta montaña, el otro en la frecuencia del empleo de léxico relativo al agua que observamos en los nombres antiguos de lugar. Así fue como se nos manifestó la posible preeminencia del agua en la vida del hombre primitivo, pastor y cazador, apenas agricultor.


Siquiera como hipótesis directiva,  pensamos en esa preeminencia del agua en una vida inmersa en el seno de la naturaleza, que acaso haya quedado reflejada en los nombres  de lugar. Valga como hipótesis fundamental de toda la investigación.


Se trata de un principio material-conceptual, que, sin caer en exclusivismo, podría despejar de golpe la primera y más problemática fase de nuestra indagación: la de cuál de los elementos de la realidad habría sido elegido por el hablante para dar nombre al lugar.


Aun la segunda fase, la de qué idioma suministró los nombres en cuestión,  resulta sustancialmente aligerada. Porque ya no se trata de enfrentarse al cúmulo de los vocablos posibles, inabarcable como tal e indeterminado, aunque se trate solamente de los idiomas protohistóricos de la región, sino de atender específicamente al vocabulario perteneciente al agua.

La tercera fase comprendida en la tarea, la de las mutaciones experimentadas por los nombres hasta llegar a nosotros, no presenta una dificultad insuperable. Además,  también se beneficia de la fase precedente. Porque la misma frecuencia de los nombres, en su variedad y riqueza, debe contribuir a iluminar su evolución lingüística.


En conclusión, nos concentramos en la segunda y tercera fase, la del análisis de los nombres antiguos de lugar y su posible relación con los nombres del agua, considerados en sí mismos y en su evolución histórico-lingüística. Tal es la perspectiva de la tarea. 


Tal ha sido la tarea durante muchos años hasta que surgió el hallazgo que, a su vez, habrá de funcionar en adelante como un eje principal y triple de la investigación:

 

  1. En el relevo de las hablas en un territorio, el nuevo hablante suele recurrir a  su  apelativo común de agua para interpretar el nombre propio recibido, que no comprende.

 

   2. La reiterada yuxtaposición de ambos términos puede cristalizar en un nombre compuesto, que dice “agua” por duplicado.

 

3. En todo nombre se ha de atender principalmente al “radical” estricto en cuanto  vehículo  esencial del significado, en este caso del concepto “agua”.

 

 

Con satisfacción anotamos aquí una observación que nos alienta en la dirección tomada, confirmándonos. El hecho de que el hablante segundo manifieste la tendencia de “traducir”, por decirlo así, el nombre propio recibido que le resulta opaco, y que de hecho expresa “agua”, demuestra que actúa bajo el impulso de la preeminencia del agua, por lo cual  “traduce” para saber de qué se trata.


Nosotros empleamos constantemente los nombres de lugar sin pensar ni saber lo que propiamente significan sino simplemente lo que designan. El hablante segundo primitivo no es que traduzca en todo rigor sino que su atención y observación vienen a converger con la del hablante precedente sobre la presencia vital del agua.


No negamos que acaso haya tenido el vislumbre de lo que significa el término heredado pero, en ese caso, no se contenta con ello sino que implanta su nombre de agua. En fin, la conducta del hablante segundo viene a confirmar la que suponíamos en el hablante precedente, más primitivo, la cual queda establecida y con mayor razón,  la que nosotros también podremos confirmar deductivamente. 

 

  

   GUADIANA, AGUASALIO, OSEJA,  OMAÑA.

 

Es bien conocido el proceso que llevó a la formación del compuesto Guadiana, nombre de río,  que se articula wad-i-ana. Al  primitivo Anas,  prerromano (MELA, 2, 6, 21, ed. Frick)  que originariamente no hubo de significar sino “agua, río”,  pero que resultaba opaco para el hablante árabe, se le antepone wad-i-, apelativo árabe de agua.


Al decir nosotros: “el río Guadiana”,  decimos “río” por triplicado pero no es fácil que llegue a formarse un compuesto así como “Roguadiana” porque nosotros contemplamos el Guadiana de una forma distante y por escrito.


Naturalmente no era forzoso que se formase un Guadiana, como no se formó compuesto con el latino fluvius, pues la cristalización del compuesto dependerá de factores varios en concurrencia.


En torno a los Picos de Europa (mal así llamados, porque son de Uropa y éste es un compuesto de los que vamos indagando) se registra una docena de veces Aguasalio como nombre de arroyos o de parajes, como Pico Aguasalio, en Crémenes. Evidentemente se trata de un compuesto del latín aqua y el hidrónimo  Salia,  que significa “agua corriente” y es río de la región,  tanto el Sella como el Saja,  por lo que Aguasalio dice “agua” por duplicado. 


No deja de ser sorprendente que, al par de Aguasalio, registremos Oseja como Aqua Selia, con profunda transformación  frente al conservado Aguasalio. Sin embargo se trata de fenómenos vecinos y paralelos, que se imponen como hechos a la espera de su explicación. Y acaso por la vía de los hechos podamos acercarnos a la luz.


Mientras que Aguasalio designa un simple arroyo de tantos en la montaña o el paraje regado por él,  realidades que muy pocas veces  habrían de aflorar en la conversación y aun dentro de un ámbito estrictamente reducido, el núcleo de población de Oseja  reviste una importancia capital en todos los ámbitos de la región. Es el nombre inesquivable para todo el valle de Sajambre desde su fundación romana, el más reiterado.


Ahora bien, admitido que la entidad fonética del vocablo, puede ser más o menos estable, parece que ha de ser la frecuencia del uso la fuerza transformadora que impulsa la evolución. La observación,  por su misma inmediatez al hablante, puede pasar inadvertida. Es la misma que dicta que los nombres más irregulares también son los más empleados,  porque la intensidad en el uso necesariamente conduce a la transformación del vocablo.


La transformación más importante, que observamos en  Aqua Selia >Oseja, es la de aqua>o, y es la misma que observamos en Omaña (*Aqua Mania). Omaña nos consta primeramente como nombre del río, lo cual responde perfectamente a nuestra concepción acerca del origen de los nombres de lugar a partir del nombre de la corriente, ya sea toda una región la denominada, como aquí, ya se trate de un topónimo menor y puntual.


Hacia el año 876 consta  el río con la forma Humania ( S. Gª. LARRAGUETA, Colección de documentos de la Catedral de Oviedo)  bien que se trate de la región, y en 993   Omania puede referirse tanto a la región como al río (J. A. FDZ. FLÓREZ – M. HERRERO, Colección de documentos de Otero de las Dueñas). La forma Humania, entre  “humanos y manes” desató las interpretaciones más pintorescas y solo de oído.


Para nosotros, la O- inicial proviene del latín aqua- mientras que –Mania  se reduce a Minia, femenino de Minio  (Miño) del cual es alternancia vocálica, puesto que existe Miña como nombre de arroyos, por ejemplo, en Liébana y en Cabuérniga (Cantabria). El mismo río Luna, que confluye con el Omaña nos ofrece un ejemplo inmediato porque su cabecera más alta Peña Ubiña  se documenta Obinna en el año 891 (LARRAGUETA)  que remitimos a un inicial Aqua Minia. En la margen del Luna el topónimo Mi-ñera se conforma con lo dicho. Hasta el mismo Sil ha sido llamado Miño.


Sobraría decir que en francés, una lengua también romance como la nuestra, el aqua latino termina en el fonema  o,  como en español ocurre con topónimos y con la ignorada Virgen de la O, que, mantenemos, deriva de la Virgen de illa aqua, sin duda alguna, un caso eminente de la cristianización del culto prerromano al agua.


Aquí hacemos una división marcada, que viene a corresponder a la  división fundamental de muestra historia  en  la era  prerromana y la era latina.


Los ejemplos aducidos  -Aguasalio, Oseja, Omaña-  pertenecen al relevo de lenguas prerromanas, que son interpretadas por el latín, es decir Salia  y *Mania prerromanos, por el latino aqua. Pero la misma dinámica del relevo, actuando en la esfera prerromana, pudo y debió producir semejantes compuestos reduplicativos a base de términos exclusivamente prerromanos en la medida en que sea válido el principio formulado anteriormente.


Valdesamario. En 1162  figura Samario  juntamente con Inicio, ambos como topónimos puntuales, y en 1257 como Valdesamario, también puntual, pero en 1262 aparece Sa-mario como territorio  (Colec. Otero de las Dueñas).


Para nosotros cuenta el arroyo Valdesamario con varias aldeas en su cuenca y el lugar Valdesamario hacia su confluencia con el Omaña. En el término Valdesamario aislamos dos radicales de agua:  val- y –sam-, que son familiares para nosotros, en particular el primero,  que propiamente sería bal-  como evolución del prerromano pal-. 


Éste interviene en Pal-antia, río en Sagunto, documentado en Tolomeo, que no ha de sonarnos lejano puesto que en el entorno de Mansilla de las Mulas existió una ciudad Palancia testimoniada por los Itinerarios romanos, que debería su nombre al Esla, como se lo debe Pal-anquinos,  por no hablar de la capital Palencia,  que sin duda lo tomó del Carrión, bajo nombre de Palancia. Por cierto que en Man-silla, reconocemos el man- de O-mania y el –Selia del citado O-seja.


La célebre Virgen Blanca de la Catedral de León no es blanca por la piedra sino por el agua (pal-anca) tal y como la Presa Blanca, tan próxima. En el emplazamiento de la Catedral, con ocasión de las termas romanas,  probablemente se desarrolló un culto al agua. En 1073 el obispo recoge que, según algunos, allí había existido un fanum, o templo, gentil. 


Acaso no sea exagerado escribir que el radical pal- con sus alternancias vocálicas –pel-pil-,  pol- es el que más nombres de agua y de lugar ha fundado en la península. Ello se comprenderá sin dificultad si asumimos que muchos de los val- no son del latino valle sino de bal-, antes  pal-, el  agua que configura el valle y es lo primordial. Y muchos pola, pol,  no son de populo, como no lo es Valdepolo, sino de pal-de-pol. Y muchos villa no corresponden al latino villa sino a un *pelia, el cual pudo pasar a villa y vieja, como en  el repetido Villa-vieja.


El segundo radical en Val-de-samario, es  decir, -sam-, es  también hidronímico, aunque no fácil de analizar. Pero existe el río Samo, afluente del Tambre (La Coruña) y los topónimos correspondientes como Sama, Samos, etc.  


Pero lo que no nos ha de sorprender es que en la misma confluencia en donde vemos a  Valdesamario vemos también a Pala-d-ín, el cual guarda en pal- la primitiva forma del radical después evolucionado a bal-. De pal- deriva el latino palus, paludis, “laguna”, de donde el español paludismo. Y el final –in, también radical, lo hallamos en Vegapujín y en Villabandín, fácilmente analizables en nuestro sistema.


Y lo hallamos en In-i-cio, en compuesto con el radical ki-kei-, de donde viene Cea, uno los radicales más difundidos en Hispania. Como si nos invitase a re-iniciar y proseguir.


jueves, 25 de junio de 2026

Confesiones de un pardal

 


A cada una de las cosas y seres vivos que nos rodean les ha tocado ser algo en la vida. A mí me  ha tocado ser pájaro y volar por estos  pueblos de la montaña leonesa. Aunque, como me adapto bien, podría  vivir en cualquier  otro lugar.  Soy un pájaro muy reconocible, también humilde,  y que dentro del mundo “pajareril” paso un poco desapercibido, aunque  somos  muchos los de mi especie  y nos hacemos notar, pues  casi siempre   volamos en bandadas. Os confieso mi identidad: soy  solo  un pardal. Así me llaman en  el Viejo Reino de León, incluidas Asturias y Galicia. También en algunos lugares de Castilla y en  todo el ámbito del catalán. Pero en el castellano común prefieren llamarme gorrión. Parece nombre más fino, pero, con uno u otro nombre, sigo siendo el mismo. Y soy pardal porque soy de plumaje pardo.

 La primera vez que registraron mi nombre por escrito  fue en 1495, en el Diccionario español-latino, de un tal Antonio Nebrija. Tiempo después (1611), en el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, decían  esto de mí: “Páxaro conocido por otro nombre, gorrión”. Y  esa institución tan docta que es la RAE me registró por primera vez en el Diccionario de autoridades (s. XVIII), que decía así: “Lo mismo que gorrión, de lat. pardalus. Y por esto le llamaron en Castilla pardillo, como al gorrión, pardal”. Pero me dejo ya de erudiciones, que no son propias de mí.

Yo, como tantos otros pájaros, hago realidad aquel dicho tan popular por  estas tierras leonesas   que habla de nuestra llegada y comportamiento: Marzo, ñalarzo; abril gogeril; mayo, pajarayo; por san Juan volarán y por santa Marina se buscarán la vida. No os lo explico, porque por el Viejo Reino todos lo entendéis muy bien.

Yo creo que soy un pájaro agraciado, incluso guapo, pero sé que no soy bien visto. Quizá por eso, porque no me ven con buenos ojos, mi nombre se ha usado también para aplicárselo como mote o palabra definitoria a una persona demasiado astuta, que se aprovecha de los demás en   beneficio propio. Y en época más lejana llamaban así  a los aldeanos por vestir con ropas pardas.

Nosotros hemos sido fieles compañeros de las gentes de esta tierra. Nos hemos asomado a las ventanas, hemos entrado en los corrales y hasta en las cuadras,  gallineros y pajares y hemos colocado los nidos en los huecos de las paredes de las casas… Pero también es verdad que en el mundo rural   habremos sido los pájaros más espantados,  al tiempo que  recibíamos una sarta de maldiciones. Y es que, lo confieso, somos un poco aprovechados y atrevidos. No nos avergonzamos de habernos infiltrado muchas veces entre las gallinas y  de aprovecharnos de su comida. O en la pila de comida de los gochos… O en los pesebres de las vacas… Como dicen por esta tierra, somos un poco lambriones. 

 Siempre nos hemos burlado un poco de las personas que nos espantaban, pues, aunque nos movíamos del sitio, siempre quedábamos en un lugar próximo y al acecho, de forma un tanto chulesca. Así, cuando el mandil que había servido para espantarnos volvía a su lugar y la dueña del mismo se daba la vuelta, con vuelo presto nos volvíamos a situar en medio de las gallinas para arrebatarles la comida con todo descaro y tranquilidad, salvo que un gato inoportuno apareciera por el lugar. Y como somos capaces de reconocer rostros y recordar a las personas,  a veces nos burlamos más de quienes nos maldicen.

Los labradores nos temían mucho cuando allá por el final de la primavera entrábamos en los campos de trigo o centeno a robar el grano. Para evitarlo,  colocaban espantapájaros en las tierras de pan ─más bien “espantajos”, porque no se hacían con demasiado esmero─, pero  nosotros, que somos muy cucos, pronto nos dábamos cuenta de que aquello que se movía en medio de la finca no ofrecía mayor peligro. Y en los meses de julio y agosto, tiempo atrás,  merodeábamos por las eras.  Allí nos dábamos un festín durante unos días, porque comíamos directamente del muelo, aunque no siempre era posible, pues, para salvarlo de nuestras malas artes,   en ocasiones  lo encontrábamos tapado.

Aunque somos pájaros listos y hábiles para sortear las dificultades y peligros,   a veces, cuando apuraba el hambre y no existía tanta conciencia ecológica, también caíamos en trampas de todo tipo en las que terminábamos cazados  para ser destinados a la pota. Ir a pardales, con un tirachinas o una escopeta de perdigones, era un deporte mortífero para nosotros. Además, los niños, en ocasiones, nos  destruían los nidos o nos robaban los huevos,  solo por gracia o afán de molestar.

Como somos populares,  también hemos entrado en el refranero. Y la mayoría de los refranes no reflejan una buena consideración de nosotros. Aunque hay uno muy popular de  finalidad práctica, que parece que no nos presenta negativamente: Cada pardal a su espigal(r). Conmina  simplemente a que se disuelva una reunión y cada persona vuelva a sus quehaceres, aunque lo del espigal  ya sugiere  el lugar por el que solemos andar. Pero la mayoría de los refranes sobre nosotros nos presenta de forma negativa: Clérigos, frailes y pardales son malas aves. Este nos compara con los representantes de la Iglesia por ir “pidiendo” limosna. De alguna manera parece que  ellos y nosotros  nos aprovechamos de los demás. Tal para cual dijo el pardal es otro refrán que trata de destacar los defectos compartidos por dos personas que se juntan. Hay alguno que alude a que los pardales somos seres inmaduros: No me crié en un verano como los pardales. Desde luego no somos símbolos de  sabiduría entre las aves, como lo es la curuja, a la que llaman también cabrallouca, pero, entre los pájaros, suplimos todas las carencias con la astucia. También dicen que dos pardales en una espiga hacen mala miga. Y es verdad que no queremos compartir una misma espiga, ¿para qué la misma si hay muchas? Ya he dicho que somos un poco aprovechados, por eso decimos llámame pardal y échame trigo, que no somos tontos. Esta visión  del refranero  con frecuencia es injusta.  Hay hasta  un refrán que lo refleja: Todos los pájaros comen trigo, ¿y la culpa es de los pardales? Pues no, también lo hacen, por ejemplo, las golondrinas, que, como nosotros, viven cerca de los humanos, incluso hacen los nidos debajo de los tejados o en los aleros, sin embargo,  tienen una consideración social mucho más positiva.

Por eso, sentimos cierta envidia hacia ellas. Y no digo sana envidia, pues la envidia nunca es sana.  Nosotros somos parduscos, de ahí, pardales, ellas, con su pechera blanca y su traje negro,  son pájaros más elegantes. Llegan en la primavera, cuando nosotros, los pardales, que somos más sedentarios y solo nos movemos a lugares más cercanos, ya estamos instalados por aquí. Pero mientras nosotros somos perseguidos y  mal vistos, ellas son las reinas entre los pájaros. Por estos pueblos norteños siempre ha existido un respeto supersticioso o religioso hacia las golondrinas. Respetarlas es algo muy arraigado en la cultura rural. He oído que los ganaderos  temían que se les muriera una vaca si hacían daño a una golondrina. Teniendo en cuenta que una vaca era uno de los bienes más preciados que tenía un campesino, nadie osaba hacerles daño  por miedo a que se cumpliera el mal augurio.  Este respeto ancestral  y aureola religiosa tienen que ver con el hecho de que, según la leyenda, las golondrinas, quitaban con sus picos las espinas de la corona de Jesús. Y, si nos fijamos en el sufijo diminutivo que lleva su nombre, vemos que   denota también un sentido afectivo.

Además, las golondrinas han inspirado a los poetas: Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar… ¿A qué conocéis el poema y sabéis algo del autor? Esto de la poesía también me producía cierta envidia… Pero ya no, pues he hecho un gran descubrimiento. Yo buscaba poemas dedicados a los pardales y no encontraba ni un solo verso. Pero un día me dio por buscar poemas dedicados a los gorriones. Y entonces, ¡sorpresa! Los he encontrado. Hay textos  de poetas tan importantes como Claudio Rodríguez (zamorano): No se aleja / este granuja astuto / de nuestra vida  (…) ¿Qué busca / en nuestro oscuro / vivir? ¿Qué amor encuentra /  en nuestro pan tan duro? Aunque nos llame granujas, me gusta que escriba sobre nosotros. Lo mismo que el mexicano José Emilio Pacheco: Baja a las soledades del jardín /  y de pronto lo espanta tu mirada. / Y alza el vuelo sin fin,  / alza su libertad amenazada. Y buscando, buscando, también he encontrado un cuento titulado  El pardal que no volaba, de la escritora ibicenca Meritxell Rius, pero aún no sé por qué ese pardal, que vivía en una  tierra lejana,  no volaba…

 Según parece, en la antigüedad clásica los amantes les regalaban un gorrión a sus amadas y les dedicaban versos relacionados con este regalo,  como hace Catulo a su amada Lesbia. Y os podría citar más, pero no os quiero aburrir. A ver cuándo alguna “pluma” leonesa dedica un poema al pardal. Entonces, nos sentiríamos de verdad protagonistas.

Como os decía, nosotros siempre hemos vivido cerca de los seres humanos, en los pueblos y en las ciudades. Nuestros destinos, sin duda, están ligados. En las ciudades vamos a menos progresivamente por la contaminación. Y en esta España vaciada ya no hay trigales, ya no hay muelos en las eras, ya las cuadras están vacías, ya no hay pienso de gallinas al alcance… Ya apenas  hay  gente en los pueblos. Y,  poco a poco, nosotros, los pardales, seremos  también parte de esas ausencias….


©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora

 

martes, 2 de junio de 2026

Reseña de "Si algo todavía queda", de Marian Martínez

 



       Género: Novela

        Editorial: Marciano Sonoro

        Páginas: 197

      Marian Martínez, la autora de Si algo todavía queda, es madrileña, pero sus raíces están vinculadas a un pequeño pueblo de la comarca leonesa de Omaña. Trabaja en cooperación al desarrollo, aunque su formación  académica fue  técnica (ingeniería industrial).  Esta es su primera novela publicada, aunque ha publicado previamente algunos relatos sueltos.  Siempre ha sentido amor por la palabra escrita y se ha formado como escritora realizando el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores La novela Si algo todavía queda  se desarrolla en varios espacios diferentes: un lugar de Omaña (León), donde se crio su protagonista, Micaela. Un lugar innominado, pero que podría ser perfectamente el pueblo de Murias de Ponjos del que desciende la autora. También se mencionan  otros lugares de la comarca: un lugar inconcreto del valle Gordo, valle con el que linda el pueblo de la autora, Riello, lugar donde tenía lugar  una conocida feria de ganado, un pueblo del Bierzo Alto… Una geografía reconocible para las personas que conocemos aquella zona.

     Otro escenario  es la ciudad de León en la que Mica  regenta una tienda de aperos de labranza, que adquirió al morir la dueña (trabajaba en ella)  y en la que se desarrolla  su etapa de madurez. De esa ciudad de León  también refleja fielmente la geografía urbana. Seguimos los pasos de Micaela por  el barrio Húmedo, la calle Ancha, la calle de Ordoño II, la plaza Mayor…  Con menos detalles descriptivos aparecen otros lugares, como Astorga, ciudad a la que la autora viaja varias veces.

      Como lectora, lo que más me ha llamado la atención de la novela es el realismo con el que Marian  refleja aspectos de tipo social y antropológico del mundo y la época en que viven los personajes. Nos introduce de tal manera en el ambiente que parece que vivimos allí entre esos personajes.

    Aparecen en la narración  muchos  aspectos sociológicos, algunos,  de tipo general, eran comunes tanto al mundo rural y como al urbano, pero, sobre todo, refleja,  como un perfecto espejo,  cómo se desarrolla la vida  en el mundo rural. A lo largo de las páginas de la novela,  la autora nos adentra plenamente en el pensar, el vivir y el sentir de las gentes que pululan por ella.  Es un acercamiento certero y emotivo a la intrahistoria de la España de la primera mitad del siglo XX.

   La novela refleja, por ejemplo,  los trabajos específicos que realizaban habitualmente las mujeres, además del cuidado de la casa y la familia: se ocupaban de  los animales domésticos, el “ganado menudo” (gallinas, conejos, ovejas, cerdos…) y ordeñaban las vacas y guardaban la nata para después mazarla  en los odres de hojalata,  y conseguir la manteca. En el momento de ordeñar, sentadas en un tajuelo,   nos daban a beber a los rapaces algún sorbo de  la leche  templada recién ordeñada, leche templada y espumosa, desde la propia zapica. Hago referencia a la  primera  persona de plural,  porque yo misma degusté esa leche recién ordeñada en torno a  1960.   Las mujeres amasaban, pues el pan se hacía en casa,   para ello  realizaban todos lo preparativos relacionados con el proceso de amasado y  encendido del horno. Marian aprovecha para resucitar  nombres de  instrumentos que tenían que ver con el amasado (cachaviello).

       Las mujeres llevaban el mayor peso del trabajo doméstico, incluidas las rapazas jóvenes y las mozas (no así los mozos), trabajos que requerían a veces un especial esfuerzo: lavar la ropa, en algún manantial o en el río, fregar los suelos de las viviendas, que eran generalmente de madera, poniéndose de rodillas y restregando con estropajo y arena… Y tantas labores más.

Además, las mujeres leonesas trabajaban en el campo  y hacían  un esfuerzo  similar al de  los hombres. A mí me gusta decir que si los campesinos trabajaban de sol a  sol, las campesinas lo hacían “de luna a luna”.  Y eso se refleja claramente en esta novela.

Nos habla también de la forma de vestirse de esas mujeres: mujeres de negro, con pañuelos, refajos… La alusión a las madreñas también aparece de forma reiterativa. La propia protagonista las talla, para la venta, en la trastienda de su negocio.  Las madreñas tenían una utilidad concreta (preservar los pies de la humedad) y múltiples significados connotativos, según el  aspecto, el tamaño… Y unas madreñas simbólicas simbólicas aparecen en la  contraportada  del libro.  

          Aparecen también las distintas faenas que se realizaban en el mundo rural en distintas épocas, por ejemplo, la matanza del gocho, con todo el proceso que la matanza exigía. También aparecen elementos relacionados con la forma de vida y el equipamiento de las casas. Las viviendas solían estar en el piso de arriba y en el inferior estaba la corte  de los animales (cabras, ovejas..) o la cuadra (vacas y caballerías). Era la manera de que los animales aportaran calor natural. Vemos cómo no existía aún el agua corriente y el baño, que no llegaría a la zona hasta los  años 60/70. Otras referencias a la cultura leonesa aparecen en los  filandones  o veladas de invierno, que eran  un momento de esparcimiento: juegos, narración de leyendas…. pero también horas  para seguir trabajando, especialmente las mujeres: hilar, coser, exbotar los fréjoles secos…  

Con carácter más general, se refleja la emigración a América, especialmente a  Argentina (mi abuelo se fue en 1911), el analfabetismo, especialmente de las mujeres,  cuyo papel social estaba muy acotado a lo doméstico.

Nos presenta también la forma de ser  y de sentir de las gentes del mundo rural. Eran personas, trabajadoras, honradas, leales...  Bastaba dar la mano para que un trato no se rompiera. Describe bien el carácter contenido en la expresión de los afectos de los leoneses: el carácter leonés guarda los sentimientos muy dentro, tan profundo que no encuentran el camino para ser nombrados. Los padres de la protagonista son personas  muy austeras y trabajadoras,  pero son parcos en manifestaciones de afecto y a veces demasiado severos en la educación de los hijos, pues les infligían malos tratos físicos.

Sorprende la dureza con la que reacciona la familia ante un hijo concebido de soltera  por Mica, la protagonista, en una sociedad en que la mujer debía preservar la honra a toda costa.  Por ello,  sufre incomprensión, anulación de su personalidad e incluso malos tratos. Tratan de casarla, en contra de su voluntad, para esconder la deshonra y cuando fracasa la boda, la obligan a abandonar a su hija, fruto del pecado. La consideran moralmente una descarriada. Las mujeres que pasaban por esa situación  son recluidas en una casa de maternidad para no ser vistas y limpiar su honra. Allí pierden su identidad y se las despersonaliza, pues  se les asigna un  número y son llamadas por ese número. Es un lugar cuya descripción  nos impresiona, pues se parece  mucho a una cárcel.

Si extendemos la mirada con la autora  al mundo urbano,  vemos   cómo refleja el espinoso tema de  los abusos sexuales que vivían las criadas que iban a la ciudad a servir y cómo el entorno callaba.  Se refleja el hambre de la posguerra,  más  presente  en las ciudades, la muerte por enfermedades víricas como el sarampión (no llegaría  la vacuna hasta lo años 60) y muchos más aspectos de la realidad de la época.

Y toda esta intrahistoria que refleja la novela  incorpora también  un vocabulario típicamente leonés, con palabras que nos identifican y con las que ponemos nombre al mundo que nos rodea, especialmente los leoneses de la montaña: tayuelo, manteca, trancar, guaje, jijas, jato, gocho, tanque, corte, dar una rabiscada… Y muchas más… Y esos diminutivos en -ín/-ina que nos acarician el alma: culebrina, añines, cerquina… Aquí he de decir que también yo estoy un poco presente en la novela, pues la propia autora que ha confesado que mi libro El habla tradicional de la Omaña  Baja (Lobo Sapiens, 2010) le sirvió, al menos en parte, de fuente lingüística.

La protagonista, como se ha dicho, se llama Micaela (Mica), una mujer que atrae la atención y mueve la simpatía del lector hacia ella, una mujer a la que los límites físicos y culturales del pueblo le quedan pequeños: se siente ahogada. Su madre, a la que la autora llama siempre  Madre (con mayúscula), es una mujer recia que no es capaz de manifestar el cariño hacia su hija (cosa que si hace después hacia su nieto). Mica, desde pequeña, se rebelaba contra el papel social  de la mujer rural.  Deseaba salir de su sendero marcado y no encuentra otra forma que yéndose a servir a la ciudad. Es una persona decidida, soñadora, apasionada , entusiasta, rebelde, obstinada…  Y necesita volar. Por ello se rebela contra su madre, persona que vive condicionada por el dolor de la muerte de una hija mayor y  es incapaz de  manifestar gestos de afecto. Mica siente que  Madre aplasta sus sueños.  

La vida  de Mica también está marcada por desgracias: por la pérdida de su hermana Ángela, con la que tenía mucha complicidad, que la deja en una orfandad  fraterna;  por la pérdida de la hija que ha tenido que dejar en un orfanato de Astorga;  por la pérdida de su marido en la guerra, por la “pérdida” (lejanía) de su hijo que se va a estudiar a Madrid y no la comprende. A pesar de todo, ella lucha con tesón contra todos los obstáculos.

Otro personaje decisivo   en la vida  de Mica  es Camino Expósito, una muchacha   que un día aparece en su tienda y que le trae a la memoria a la hija perdida.  Su nombre también tiene tintes leoneses y su apellido nos habla de su origen hospiciano. En ella vuelca su afecto y de ella recibe   apoyo moral  en la búsqueda de la hija perdida, veintitrés años antes,  cuyo   recuerdo quedó escondido en el desván de la memoria.  Mica quiere redimirse moralmente de ese pasado, para ella tortuoso, aunque  no fuese responsable de lo sucedido.  Y al final lo consigue, aunque para ello tenga que volver a vivir una segunda pérdida de la hija, después de haberla encontrado y de plantearse un dilema moral. ¿Tiene derecho ella a inmiscuirse en vida de esa hija que ha criado otra madre? La resolución de ese conflicto moral le permite también volver a visitar a su madre en el pueblo con Camino y su hijo.  Ese hecho le permite obtener la redención, porque se perdona a sí misma y a la madre.

En esta novela se hace un gran homenaje a las mujeres, a esas mujeres silenciadas y silenciosas del siglo pasado, que hacían la historia, pero apenas entraban en los libros de historia.  A esas mujeres sumisas que no pudieron o  no supieron levantar su voz  y  a las  que  tuvieron  que hacer un esfuerzo titánico por ser ellas mismas.  La autora consigue realizar una hábil introspección psicológica y una amplia y acertada descripción ambiental, y eso lleva a que los personajes, especialmente  los femeninos,  de esta novela rezumen verdad.

La historia se desarrolla en dos tiempos.  Comienza cuando  Mica tiene 43 años (1951) y está en la estación despidiendo a su hijo que se va a estudiar a Madrid. La otra parte está ligada al nacimiento de su hija, 23 años atrás (1928). La trama se inicia en el presente, pero a partir del segundo  capítulo la autora  usa la técnica del flash back y salta a la adolescencia de Mica. A partir de ahí, va intercalando capítulos que hablan del presente y del pasado, y ambos avanzan linealmente, con algunas miradas retrospectivas.  En el último capítulo incorpora  pasado y presente.  Avanzan, respectivamente, desde su adolescencia hasta que abandona el pueblo, y desde la despedida en la estación hasta el momento en que encuentra a su hija.

        Desde el punto de vista estilístico,  llama la atención el dominio de la palabra literaria, que sorprende muy gratamente, especialmente viniendo de una autora que se estrena en la novela. Hay abundancia de imágenes, sobre todo, símiles, muy literarios: las palabras subieron hasta su boca como   el  fuego por la garganta de un dragón. También manifiesta  habilidad narrativa a la hora de conjugar narración y descripción en un mismo párrafo  y en el manejo del monólogo interior  y el estilo libre indirecto: ¡No pueden obligarme!... Yo no quiero casarme, ¡no quiero! Piensa, tonta, piensa. ¿Cómo puedo evitarlo? ¿Y si huyo? (...)

       Estamos, pues, ante una novela muy hermosa y, sobre  todo, una novela, que es capaz de conmover a los lectores por  ofrecernos una narración realista que remueve nuestros sentimientos  al evocar un mundo que es parte de nuestro pasado colectivo, pasado al que se acerca  la autora con especial mimo.  A mí, como lectora,  me ha gustado e interesado de forma especial, porque lo que refleja es parte de mi propia memoria.  Y, como lingüista, he disfrutado con tantas palabras leonesas que cobran de nuevo vida en su contexto original y, en general, con la  forma de narrar de la autora,  que convierte   en arte de la palabra.

        Una novela, en fin, que es presagio de un futuro literario prometedor para su autora, Marian Martínez.

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga, profesora y escritora





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