miércoles, 11 de mayo de 2022

¿Destituir o sustituir?

 


Ya no es la primera vez que escribo sobre el “arte” de subvertir o alambicar el lenguaje por parte de los políticos. En las últimas horas hemos visto cómo, para justificar la renovación de un cargo político, en la persona de la antigua directora del CNI,  han querido alterar los significados de los verbos sustituir y destituir. Los responsables de la destitución se han esforzado en los medios de comunicación en justificar el cambio asegurando que la persona citada no había sido destituida, sino, “sustituida”. Dos verbos que tienen en común parte de su forma gramatical, pero que no tienen el mismo significado,  por lo que no es baladí la sustitución de uno por otro buscando la   justificación política de un hecho.


Se sustituye, por ejemplo, una bisagra por otra, porque se ha estropeado,  o una bombilla,  que se ha fundido, pero se destituye a una persona que ostenta un  cargo público. Según la RAE, destituir es  “separar a alguien del cargo que ejerce”, mientras sustituir es  “poner a alguien  o algo en lugar de otra cosa” u “ocupar el lugar de otra persona”, que ya no ocupa ese lugar. La presidenta anterior del CNI ha sido, pues, destituida y, una vez que se ha realizado esa acción, ha sido sustituida por la directora actual. Nadie puede sustituir en un cargo  a otra persona si quien lo ostentaba antes no ha sido destituido o ha dimitido o cesado a petición propia.


Está claro que ese “baile” entre los dos verbos y el interés en que no aparezca la palabra destitución, unida a  esa noticia tiene claramente una motivación política. Destituir, por el prefijo des- con que comienza la palabra, indica privación y tiene connotaciones peyorativas. Y, por otro lado,  sería contrario al sentido común de la mayoría de los ciudadanos destituir a alguien si, según quien la destituye, ha realizado su trabajo de forma correcta. Es evidente que la insistencia en el uso de la palabra sustituir que usaron varias personas del Gobierno para justificar el cambio  tiene otra intención, pero  no me atrevo a aventurar  cuál es la motivación última ni tampoco  es el cometido de este artículo que  pretende ser una mera reflexión  lingüística.


Lo que  es  un hecho cierto es que en el BOE del día 11 de mayo de 2022 (RD 351/2022)  en lo referido al Ministerio de Defensa, apartado de ceses, se dice lo siguiente: “A propuesta de la ministra de Defensa (…) vengo a disponer el cese de doña Paz Esteban…” Y el cese está firmado por  el Rey (Felipe R.) y la propia  ministra de Defensa. Ministra que, veinticuatro horas antes, realizaba malabarismos lingüísticos para defender que no era una destitución, sino una sustitución.


El verbo cesar se viene usando, como verbo transitivo, sinónimo del verbo destituir, en el lenguaje político y periodístico, en el sentido de expulsar a alguien de su cargo.  En su origen era un verbo intransitivo y su significado original era sinónimo de “dimitir” (véase el Diccionario Panhispánico de dudas), o sea,  dejar de desempeñar un cargo por iniciativa   propia o por imperativo legal, pero no porque a la persona “la cesen”, significado que ha adquirido en el lenguaje político actual.  Algunos ejemplos del uso intransitivo que se consideraba recomendable en la lengua culta: Cesó la directora y nombraron a otra. A menudo se usa seguido de la preposición en: Cesaré en mi cargo, a final de año. O  de como: Cesaré como directora, a final de año. Sin embargo, dado que se ha generalizado el uso transitivo como sinónimo de destituir, la RAE recoge en su 4ª acepción el significado de “destituir o deponer a alguien del cargo que ejerce”.


Como en el caso aludido sabemos  que la persona afectada por la destitución/sustitución no cesó o dimitió voluntariamente, es palmario que fue destituida o cesada (sinónimo, en este caso, de destituida o depuesta) contra su voluntad, tal y como recoge el BOE.


Me irrita sobremanera que  la lengua se use  a menudo para tratar de disfrazar la realidad y, lo que es peor, para tratar de  embaucar a los ciudadanos.  Y, más aún, que se persista en esa actitud cuando  el político o política de turno (de cualquier formación política, pues en ello no hay diferencia) es afeado por el uso torticero que hace del idioma. La lengua es, sin duda, una de las armas más potentes de la demagogia (de demos,  pueblo  y agein (ago), conducir).


¿Qué culpa tendrá el idioma de que lo maltraten tanto en la rēs pūblica para tratar de obtener  alguna rentabilidad non sancta, hecho que va claramente en contra  del respeto que merece  la ciudadanía y de la claridad de la que, paradójicamente, alardean nuestros políticos?


Es mera interrogación retórica… El idioma no es culpable de nada, es una víctima de la manipulación.

domingo, 1 de mayo de 2022

A lo grande (en abundancia y excelencia)


       



El siguiente artículo aparece publicado en el número 89, del mes de mayo de 2022, de la revista universitaria Nueva Etapa, fundada en 1898, del Real Colegio Universitario María Cristina (UCM).

¿Somos exagerados los españoles? Tal vez lo seamos, dada la gran cantidad  de expresiones que existen en nuestra lengua común  para referirnos a la abundancia, tanto en lo relativo a la cantidad como a la excelencia. Es evidente que contamos con palabras y expresiones para parar un tren, aunque sería difícil verlas juntas como un obstáculo en las vías. Quizá tengamos un carácter hiperbólico, y eso se lo hayamos trasladado al idioma. Y no solo en la lengua se refleja este hecho, sino también en otras manifestaciones culturales como los chistes.  

Una de las formas más simples de indicar una cualidad en un nivel  elevado es mediante el uso del grado superlativo aplicado al adjetivo y a algunos adverbios o con el uso de sufijos aumentativos.    Todas las lenguas tienen formas diversas de formar el superlativo para indicar la cualidad de grande. El español ha usado tradicionalmente el   sufijo -ísimo, en adjetivos y adverbios: grandísimo, tardísimo. También los adverbios de cantidad muy (superlativo absoluto) y más (precedido de artículo, en el superlativo relativo) antepuestos al adjetivo: muy grande o   el más grande de la clase.  Incluso podemos usar un adverbio  antepuesto a un adjetivo: tremendamente listo, increíblemente tonta. El tamaño  grande lo podemos marcar  con los sufijos aumentativos   -ón, -ote, en adjetivos y sustantivos: sosón, librote. También nos sirven para aumentar los  sufijos  ado/ada o –azo/aza: bolsada, sueldazo, que conviven con otros más largos y modernos: casoplón.

Nuestra lengua también cuenta con una serie de prefijos que indican la idea de grande: re-, requete-, archi-, extra-: relimpio, requetebueno, archimillonario, extrafino. En los últimos años un prefijo (para añadir al adjetivo o al adverbio) ha ido sustituyendo de forma muy generalizada a los prefijos y sufijos citados.  Comenzó siendo algo propio del lenguaje juvenil y ha conseguido ir extendiéndose al resto de los hablantes. Se trata del prefijo super-. Así, la variedad de formas con las que se podía expresar la cualidad superlativa  se elimina, pues todo lo grande va precedido de un  super: superlimpio, superbueno, supermillonario, superfino Y ya comienza a ser  supertarde para cambiar esa moda lingüística. Otro sufijo actual para indicar la idea de grande,   muy activo en el lenguaje juvenil, es –aco, -aca: fiestaca.  Y la palabra mazo a modo de prefijo, aunque formalmente no lo sea: es mazo listo. Los jóvenes también usan con frecuencia el prefijo mega-. En algunas ocasiones unen unos cuantos prefijos para llevar la exageración al infinito: hipersupermegalisto. No cabe ya mayor exageración. A mazo se ha añadido, en el argot juvenil y como intensificador, puto, que puede acompañar a adjetivos, sustantivos o verbos: me da puto yuyu, me puto fastidia…

En español  existen adjetivos que expresan de forma precisa el concepto de grande. De lo grande y lo bueno podemos decir que es grandioso, colosal, formidable, imponente, morrocotudo, macanudo, pistonudo cojonudo, extraordinario… También óptimo, superior, máximo y supremo.

La época de la “modernidad líquida” ha puesto de moda  algunos adjetivos que sorprenden por el cambio semántico que están adquiriendo. Son palabras que tienen relación con la violencia. Ahora se habla tranquilamente de que alguien  tiene un optimismo bestial o un  encanto brutal.  Bien mirado no debería ser esa una persona con la que quisiéramos entablar amistad por su optimismo o por su encanto. Tampoco con esa que sabe una  burrada, pues parece que su sabiduría fuera asnal.




A mogollón (y con preposición)

Además de las formas de creación de superlativos y aumentativos, atesoramos en el idioma expresiones a rodo a porrillo   para ponderar    cualquier cosa a lo grande. Muchas de ellas   comienzan por la  preposición a. Lo vemos, por ejemplo, en lo referido al elemento esencial de la vida, el agua, que, cuando es generosa,   mana a borbotones, sale a chorros  y corre a raudales, con fuerza y rapidez. Para  la idea de confusión y  de abundancia usamos la expresión a barullo.  Del mundo del trabajo  hemos introducido  en el idioma   las  expresiones a destajo y también a punta pala. Del comercio nos han llegado al por mayor y  a granel. Relacionada con lo militar existe la expresión ir  (o entrar) a degüello, que habla de hacer gran daño en lo físico (degollar) o en lo moral. De ese ámbito procede también  a mansalva (a mano salva, sin daño), que hoy se usa más con el significado de  abundancia. Además, usamos dos expresiones curiosas por su  sonoridad. Una es la francesa a gogó, que indica la falta de límite, y otra,  a tutiplén.  Esta expresión puede derivar de las palabras latinas totus  plenus o, tal vez, y siguiendo a Corominas, de la deformación de la expresión catalana tot  ple.

En el lenguaje de lo extraordinario también  proliferan las expresiones que comienzan por la preposición de. Podemos elegir el mundo de la fantasía  para decir de algo que  es de cine, de película, de ensueño, de fábula. O el  mundo de la elegancia para calificar  algo como  de lujo o de postín.  En este ambiente  hay personas que presumen   de lo lindo. Si hablamos de la excelencia de una persona en lo físico y psicológico, decimos que es alguien de bandera, de pro o de lo más.  Y lo que debería producirnos inquietud, como el miedo o la muerte, precedidos de la preposición de, se convierten, curiosamente, en algo apetecible: estar de miedo, estar de muerte. Incluso, para exagerar en grado notable, tampoco nos olvidamos del demonio: hace un frío del demonio, tiene una cantidad de dinero del demonio…  Los bigotes y las narices también sirven para indicar el tamaño generoso de algo que es de bigotes o de narices. Además, determinadas medidas de peso nos pueden  resultar útiles para ponderar cosas o hechos que son de a kilo o de los que entran pocos en un quintal.

Algunos de los modismos que se inician  con la  preposición de pueden estar relacionados con el deporte y con el juego: de primera, de campeonato, de primer orden, de órdago, de los que hacen época… Sin olvidarnos del partido o la boda  del siglo. Y quien triunfa por ser magnífico en algo es un as. Y seguimos ponderando con expresiones como de la leche, del copón,  de aquí te espero, de aúpa, de caballo, de coña… Sin olvidar el debuten o dabuten que  en el lenguaje juvenil adoptan la forma dabuti. No aparece en los diccionarios usuales, pero sí aparece en el Diccionario de la Lengua Española (RAE) buten, que procede del caló “buten” y que significa  excelente, de gran calidad. 

A diestro y siniestro

Si miramos a nuestro alrededor vemos que los utensilios domésticos también tienen  su hueco en las expresiones hiperbólicas.  Así contamos con un porrón de, porrón que sirve  para casi todo menos para beber, porque la “bebida” contenida en él sería, a veces, poco digerible: un porrón de gente, un porrón de dinero… También la ropa de casa está presente en el lenguaje de lo grande, pues podemos decir de alguien que tiene dinero a manta, un cuyo caso parece que esa manta monetaria lo protege, pero puede no salir  tan bien parado  si llueve a manta, pues en esa situación la manta de lluvia, en lugar de proteger, puede aumentar la mojadura a más no poder.

Las partes del cuerpo, asimismo, sirven para describir lo grande. Si tenemos algo a puñados, lo tenemos en abundancia y, si los puñados  nos quedan escasos, preparamos también el pie y   los sustituimos por  a patadas. La generosidad también se mide a manos llenas. Incluso las partes pudendas, ¡cómo no!, aparecen en el vocabulario de la abundancia. Ahí están los cojones preparados para casi  todo lo  grande o lo grandioso: hace un frío de (tres pares de) cojones, es listo de cojones… El pene, para hablar de lo muy bueno, que resulta ser la polla o la polla con cebolla. Además, hay cosas que nos han costado un ojo de la cara, un riñón o un cojón;  ansias que llevan a comer hasta reventar o corazones generosos tan grandes que no caben en el pecho.  Tampoco puede estar ausente esa expresión escatológica, no muy agradable, pero que sirve para exaltar lo más diverso: que te cagas... Hace un calor que te cagas. Y no sabemos  si es porque nos produce envidia la abundancia ajena, calificamos lo grande con la expresión a rabiar, expresión que sirve también para calificar la  impaciencia o el enojo en grado sumo.  

Si se trata de comer nos podemos comer un bocadillo que no se lo salta un gitano. Esta expresión curiosa, referida a la etnia gitana y que hoy puede parecer racista, quizá esté  relacionada  en su origen con el intento de los terratenientes andaluces de construir muros altos en sus fincas para que no pudieran saltarlos los gitanos que tenían intención de robar. Y, si se trata de beber algo, lo mejor, la leche: es la leche, la releche, la hostia. Aunque de los que están demasiado presentes decimos que están  hasta en la sopa.  Grande es también la pusilanimidad de los que se ahogan en un vaso de agua.

Para hiperbolizar nos gustan también las comparaciones. Podemos empezar por decir que algo es tan grande como una casa, pero, si la casa no es suficientemente vistosa, optamos por decir   que es como una catedral. Si se trata de una gran mentira es una mentira como un piano. Y eso se lo podemos aplicar incluso a una mentira. Si se trata de adornos excesivos, vamos como burro en cabalgata. Y si algo prolifera mucho nos acordamos de la micología, pues crece  como hongos o setas. Claro que mejor que crezcan setas que no que montemos un circo y nos  crezcan  los enanos. Esta expresión sigue muy viva en español, a pesar de que podría considerarse políticamente incorrecta, si bien no sabemos si habla de  demasiada abundancia de enanos artistas o de que, al aumentar  de  talla,  no podrían seguir actuando en un espectáculo creado para ellos.  En cualquier  caso,  la expresión nos habla de abundancia de penalidades. Exceso refleja también la expresión como un descosido. Si es aplicada a un  trabajador que trabaja en  exceso, se entiende que lleve la ropa  de esa guisa, pero si le aplicamos el calificativo porque habla como un descosido, tal  vez  los descosidos sean los que dejen escapar las palabras sin control. Cuando  nos referimos a la gran velocidad podemos usar también comparaciones relacionadas con lo bélico: como una bala, como una flecha, como un tiro...

Existen otras expresiones comparativas de superioridad, de carácter hiperbólico, que usamos con profusión en español. Para la rapidez, somos  más rápidos que un rayo; para la lentitud, caminamos   más lentos que una tortuga; para la pesadez, somos más pesados que una vaca en brazos; para la rareza, más raros que un perro verde; para la torpeza, más cortos que las mangas de un chaleco. Y se podrían añadir una buena retahíla de expresiones similares.

Si hablamos de un lugar atestado de gente, decimos que está  repleto, pues no cabe ni un alfiler,  o sea, está   hasta los topes, porque ha acudido hasta el rey o porque ha asistido todo Dios. Pero, en caso de asistir, aunque los dioses del Olimpo sean muchos, aún sería   peor, si asistiera todo bicho viviente. Desde luego en esa cantidad indeterminada caben dioses, hombres, animales, plantas…Pero tal vez ese lugar esté mordor,  lo vean muy lejano y decidan no  acudir.  

Foto: Gentileza de M. Á. Oliver

Por todo lo alto

Sin duda, la palabra que más  se repite en frases hechas que sirven para hablar de grandes cantidades es todo. Y lo repetimos mucho como todo quisque. Todo el mundo lo sabe, decimos cuando queremos destacar que algo es muy conocido. Sin embargo, no somos conscientes de que todo el mundo sería toda la población del mundo, o sea, miles de millones de personas. ¡Demasiadas tal vez!  De igual manera podemos recriminar a alguien diciéndole que lleva todo el día o todo el tiempo haciendo lo mismo. Ese todo, además de gran exageración, es  una magnitud difícil de cuantificar. Es muy difícil estar un día entero haciendo lo mismo   y, ya imposible, utilizar todo el tiempo (del mundo), pues, ¿cómo se mide ese tiempo? Estaríamos hablando de la eternidad.

Y a todo trance y sin reparar en riesgos, exageramos la velocidad de quien escapa y lo hacemos usando expresiones como a todo correr  o a todo meter, a todo gas, a toda máquina, a toda mecha, a todo trapo… Y es que todo nos sirve  para celebrar fiestas por todo lo alto o para llevar una vida a todo pasto o a todo tren (tren de vida), tres expresiones que comparten el indefinido  todo y el significado, aunque parezca que carecen de relación lógica la altura, el pasto y el tren.  Prestamos la máxima atención siendo todo oídos y  nos mostramos optimistas con todo se andará. La palabra todo se puede anteponer a un adjetivo de cualidad para exagerar, con un valor superlativo, como en  estaba todo preocupado,  o anteponerse a un sustantivo abstracto para acentuar su cualidad: es todo maldad.

Si lo que queremos destacar es la sabiduría o las ganas de aprender de una persona, nos sirven expresiones como ser todo un sabio o ser todo un experto. Aunque, para ponderar  la sabiduría,  podemos usar también  ser el libro gordo de Petete  o ser un libro abierto. La última nos habla de una obviedad, pues un libro  cerrado no aporta ninguna información. Del que estudia mucho, decimos que es un empollón y del muy inteligente, que es un pitagorín. Pero también están los torpes que no saben ni jota  ni torta ni hacer la o con un canuto, porque son del género tonto o más tontos que  ni hechos de encargo, como le pasó a Abundio. Y para ponderar algo podemos llegar a decir que es lo mejor del mundo. Ese nivel ya no se puede superar.

Otras expresiones que sirven para hiperbolizar son las que se forman con artículo + sustantivo + la preposición de. Y para construir la expresión  usamos  los sustantivos más variopintos: la tira de, la pila deUn montón de… Y hasta el mar, pues en el mundo hay la mar de estúpidos o, lo que es igual, una infinidad, por eso llegan   al infinito y más allá, la conocida expresión de Buzz. Esperamos que   no superen nunca  al mogollón de gente sensata.

Otros modismos relacionados con la exageración se construyen con artículo + sustantivo + que: ¡la cara que tiene tu amigo! O con la variante artículo + preposición + sustantivo + que: ¡la de  dinero que tiene! Y también nos sirven  para  exagerar expresiones que comienzan directamente por la conjunción que: ¡que no veas!, ¡que tiembla el misterio (de la Sta. Trinidad!, que te cagas, que te mueres… Tal vez las tres últimas sean consecuencia lógica unas de otras. Incluso  podemos morirnos de miedo, de cansancio, de risa Hasta podemos empeñar nuestra palabra en tan gran medida que nos comprometemos  con   expresiones como ¡ni que me maten!, ¡que me muera aquí  mismo!

Otras palabras que nos gusta utilizar para exagerar son los numerales. Empezamos por el número siete para reconvenir a alguien con un  ¡te he dicho siete veces que te calles!, hasta llegar a  mil y o  un millón, sobre todo cuando se trata de repetir algo, pues decimos que lo hemos repetido miles  o un millón de veces. Sean las que fueren, seguramente son una burrada.

Cerramos el artículo, después de haber intentado con creces, y escribiendo lo que no estaba escrito, reflejar cantidad de fórmulas que sirven para exagerar en el idioma español, aunque es posible que se hayan quedado muchas en el tintero, porque, existen a cascoporro. Pero de algo estamos seguros, de que  el  afán de exagerar de los españoles  es de padre y muy señor mío. Nos gusta lo grande, porque el burro grande,  ande o no ande. 



Portada de la publicación

Reproducción de una página de la revista



Autora: Margarita Álvarez Rodríguez 





 


martes, 26 de abril de 2022

Florinas de luz

     Dedicado a Lucía, en su cumpleaños



Hierba de sotierra, parásita de la raíz de los alisos, solo aflora cuando florece

Florinas de los  caminos

que sorprendéis las miradas,

acompañáis el destino

que siguen nuestras pisadas.

 

Sabéis pintar de colores

primaveras anheladas,

que  se llenan de fulgores

y de brisas aromadas.

 

Oh violetas perfumadas

con un color cuaresmal,

con cabezas inclinadas

en un gesto de humildad.

 

Oh discretas margaritas,

las flores del sí y el no,

sois aladas chiribitas

que predecís el amor.

 

Oh narcisos orgullosos

que adornáis los campos de oro,

los cielos algodonosos

os protegen cual tesoro.

  

Y los dientes de león

que perdéis toda fiereza,

pues en vuestra floración

derramáis  suma belleza.

 

Vosotras flores pequeñas,

lucientes e inmaculadas,

con vuestras caras risueñas

ponéis  luz en las miradas.

 

En estos campos floridos,

de arcoíris luminosos,

se suspenden los sentidos,

como éxtasis gozosos.

 

Gran paleta de colores

nos regala Primavera

con aleteo de amores

por la florida pradera.


 Paladín, 20/4/2022

 Comarca de Omaña (León), Reserva Mundial de la Biosfera

 

Campo alfombrado de flores de diente de león, en Paladín

 

Violetas al borde de un camino




"Las flores del sí y el no"




 


 Texto y fotos (tomadas en Paladín-León): Margarita Álvarez Rodríguez

viernes, 1 de abril de 2022

El lenguaje de la guerra


Si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra)  famosa máxima latina tomada de Vegecio.  La fábrica alemana de armas registró con ese nombre la pistola Parabellum en 1898, para los españoles de infausto recuerdo por asociarla al terrorismo. También se llamó así al cartucho diseñado para esa pistola. Y a algunas  películas y bandas musicales. 


En los días tan convulsos  que estamos viviendo, en los  que hemos pasado de oír tambores de guerra a ver a personas peleando en campos de batalla, viene a cuento hacer una reflexión lingüística sobre aquellas palabras o expresiones que están relacionadas con la guerra y la milicia.  Sin percatarnos  de ello, usamos con frecuencia expresiones de tipo bélico, tanto de la guerra realizada  con armas militares como la que usa   las  armas verbales. Paz es el antónimo de  guerra y ambos  conceptos son complementarios, pero llama la atención el hecho de que apenas haya expresiones en nuestro idioma que hablen de la paz (algunas incluso implican una guerra previa como fumarse la pipa de la paz) y, sin embargo, son muy abundantes las que se refieren a la guerra.  Si estudiando un idioma se puede conocer en gran parte la historia del pueblo que está detrás, está claro que España ha tenido, en su historia, gran relación con la guerra y la milicia.

 Vamos a repasar, pues, unas cuantas palabras y expresiones relacionadas con la violencia que  están presentes en   el lenguaje coloquial.

Tanto en el habla como en la escritura, nos podemos encontrar  con frecuencia con la guerra “a secas” o el sustantivo guerra acompañado de un adjetivo que nos indica una forma de hacerla, según los medios: convencional, nuclear o atómica,  biológica, química… Si  aludimos a la estrategia bélica no podemos olvidarnos  de la guerra de guerrillas  y tampoco  de unos personajes que hacen la guerra por su cuenta, combatiendo con armas a las fuerzas oficiales, los guerrilleros (curiosamente la   palabra guerrilla se la ha prestado el idioma español a otros).

Pero también hay otras guerras que lo son sin convertirse en  conflictos armados. Las hay que parece que afectan a nuestros sentidos: las guerras sordas y  las guerras frías. Y las hay sucias, abiertas y hasta santas, como si existieran guerras limpias o alguna guerra se pudiera santificar… En la historia de España del siglo XX  vivimos una guerra civil (cruzada, para algunos), que generó muchas víctimas, personas que fueron fusiladas sin juicio previo  o juzgadas por un simulacro de tribunal llamado  consejo de guerra. A causa de aquella contienda muchos niños se convirtieron en refugiados  y fueron sacados de España para ponerlos a salvo. Todavía hoy, en su ancianidad, son  llamados  los niños de la guerra.  Aquella guerra también provocó que otras personas, que  se tuvieron que mover en la clandestinidad durante décadas, usaran nombres de guerra. También los terroristas  u otros delincuentes usan  esos apodos.  Esa guerra fratricida marcó nuestro tiempo histórico  y  la percepción personal del mismo, por eso, de algo lejano decimos que es de antes de la guerra.

Como la guerra siempre ha tenido connotaciones negativas, hay dueños de la guerra que la disfrazan, a través de eufemismos, con las expresiones  más diversas: guerra preventiva,  operación militar, conflicto armado, ofensiva, operación quirúrgica u otras lindezas por el estilo. En la invasión de Ucrania, que estamos viviendo en directo, el responsable de esa sinrazón, W. Putin,  ha prohibido a los medios de comunicación de su país usar la palabra guerra. La consigna es que debe hablarse de operación militar especial. Además, esas guerras disfrazadas  parece que no producen daños y destrucción, solo bajas y efectos colaterales. Y en todos los enfrentamientos  militares (y ahora más que nunca) existen las guerras de la información.

Cuando al hablar de guerra no hablamos  de un enfrentamiento armado, usamos la palabra  en sentido figurado. Así, por ejemplo, hay “guerras” que tienen que ver con el estado de nuestra psique. Ahí estarían las guerras psicológicas  que provocan guerras de nervios… También hay peleas, que en buena o mala lid,   se libran dentro de las personas como una guerra interior.

Por  el mundo económico y político campan las guerras  comerciales, las tecnológicas, las  guerras de cifras y la colisión de intereses que pueden provocar una   escalada de tensión que genere  hostilidades comerciales como  ocurrió  hace meses entre EE.UU. y China  o esas otras ofensivas comerciales llamadas  OPAS,  porque en el lenguaje referido a la economía también hemos oído tambores de guerra.

Siguiendo con las guerras figuradas, al establecer una pugna (de pugnus=puño) con alguien, podemos simplemente dar guerra, porque somos personas guerreras (sin provocar grandes daños), buscar guerra  o  sacar el  hacha de guerra  y declararle una   guerra abierta  a alguien. Si la ira llega más lejos, desencadenamos  un duelo  o una guerra a muerte que puede dejar al contrincante fuera de combate, si no se llega pronto a un alto el fuego. Pero podemos darnos cuenta  a tiempo de que esa no es nuestra guerra y optar por enterrar el hacha de guerra, para no terminar en una guerra perdida, de esas que se pierden de antemano.  Si nos vemos obligados a  guerrear jurídicamente, nuestra guerra se librará en los tribunales y tal vez consigamos impugnar algo.  Indisolublemente unidas a todo tipo de guerras, están las armas. En las guerras de verdad también podemos ver con horror cómo, con las armas en la mano, se pasa a alguien por las armas, mientras los responsables máximos, con las armas al hombro, se desentienden. Y a los vencidos solo les queda entregarlas con armas y bagajes. Pero es curioso que, por mor del eufemismo, aparece poco la palabra armas en el lenguaje político (será por eso de que las armas las carga el diablo), pues, como hemos visto,  hasta en boca del Gobierno de España, se convierten en simple material ofensivo.



¡A las armas!

En cambio, lo referido a las armas aparece  con  mucha frecuencia en  la lengua coloquial con un significado figurado. Todos  queremos  aprender a usar todas  nuestras armas personales y eso  en sí mismo no produce  daño a nadie, excepto si  hablamos de armas de doble filo o de armas arrojadizas, y más si vienen de personas que son de armas tomar. Este tipo de armas no son tan peligrosas, lo son más las de los que  se arman hasta  los dientes y llegan a las armas.  Desgraciadamente han desaparecido  aquellos caballeros  quijotescos que velaban las armas y prometían  usarlas con honor para defender a  “menesterosos y menesterosas”, después de que el rey o un señor les diera el espaldarazo (golpe dado con la espada en el hombro). Aquellos caballeros llevaban una armadura compuesta de distintas piezas, llamada  panoplia. Hoy no se usan esas panoplias militares, pero sí de otra índole, cuando hablamos de un conjunto de elementos del mismo carácter, como la panoplia de expresiones bélicas que aparecen en este texto. Y aquellos escudos de los caballeros no se parecen mucho en material de fabricación  a los modernos de las fuerzas de seguridad y menos aún  a los, tristemente  llamados, escudos humanos. 

Relacionada con las armas tenemos la palabra arsenal y esta palabra se puede referir  tanto a las armas de fuego como a las armas personales. En estos días de guerra, incluso   se ha pulsado el botón nuclear financiero para activar  las armas económicas. Estas expresiones se han usado para aludir a  las sanciones a las que la comunidad internacional está sometiendo a Rusia por la invasión de Ucrania. 

Es curioso que aparecen  en nuestro idioma una gran variedad de expresiones que están formadas sobre el verbo armarse en su forma pronominal y que implican un cierto enfrentamiento entre personas:  armarse una jera, una pelotera, un zafarrancho, un zipizape, una pirula, una tángana… Algunas tienen que ver con personas: armarse  la de Dios es Cristo, la de Mazagatos, la marimorena, un Tiberio… Relacionadas con guerras: la de san Quintín, la gorda,  la mundial…  Y también puede armarse una tremolina, un belén, un cipote, un cirio, un cisco, un expolio, un pitote, un pollo, un rifirrafe, un tinglado, un trepe, un zafarrancho, una zalagarda, una zambra… es posible que,  después de tanto armarse el personal, termine  por  arder Troya.  (En mi libro Palabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio.  Editorial Lobo Sapiens, León, 2021) explico el significado y origen de estas expresiones).

Decía  en un poema Rafael Alberti: Balas. Balas. Siento esta noche heridas de muerte las palabras… Las  balas y tiros también  forman parte del  lenguaje bélico y se usan con frecuencia en la lengua coloquial de forma figurada.

Calificamos la actitud de la persona poco fiable diciendo  que es un bala perdida que puede hacer daño, aunque no atine bien con el objetivo.  De los que buscan hacer daño  actuando con mala intención   decimos que tiran con bala, pues tienen mucha munición y posiblemente se guarden otra bala en la recámara. Cuando alguien se mueve muy deprisa va  como un tiro, como una bala, como una flecha, escopetado, aunque no se dirija a ningún enemigo, y la prisa le hará entrar en calor y desprenderse de esa cantidad de ropa en la que no entraban ni las balas. 

Un tiro es un disparo de arma de fuego. En la lengua española  conviven los tiros reales con los tiros figurados, todos están a tiro. Cuando  hablamos de tiros de los que matan de forma alevosa, porque no son tiros al aire, quien dispara  a alguien  puede optar por pegarle cuatro tiros o por freírlo a tiros, que serán muchos más de cuatro. Incluso se puede   rematar a esa persona con un tiro de gracia (¡una gracia bien desgraciada!). Decimos a veces que matamos a dos pájaros de un tiro, sino  erramos ese tiro, pero la verdad es que esos pájaros solo mueren de forma metafórica. Podemos ir por la vida a tiro hecho, porque creemos  que la consecución de algo está a tiro de piedra, pero nos puede salir el tiro por la culata si no van por ahí los tiros. En ese caso, ni a tiros conseguiremos nuestro objetivo, pues, seguramente,  erraremos el tiro  y hasta podemos terminar dándonos un tiro en un pie por una actitud equivocada que nos sienta como un tiro.   En esa situación hasta podemos llegar  a pegarnos un tiro, aunque casi siempre suele ser de forma figurada. 

Para disparar necesitamos armas de fuego. Y ahí nuestra lengua prefiere la escopeta: aquí te quiero ver escopeta, aunque esa escopeta falle más que una escopeta de feria. En el mundo intelectual también parece que está presente el fusil, pues nos podemos topar con algún desaprensivo que se dedique, mediante plagio, a fusilar el trabajo de otros. Y algunos no tienen inconveniente en  usar el cañón, aunque solo sea para matar moscas a cañonazos.

Si no hay escopetas ni tiros ni balas podemos echar mano de las lanzas,  las espadas y las flechas,  aunque nos llevarían a una guerra de otra época. Las lanzas han quedado ya fosilizadas en el idioma con significados figurados. Hay lanzas que implican riñas y peleas, incluso cañas que se tornan lanzas. Eso ocurre con quebrar lanzas o hincar la lanza hasta el regatón, si se discute, o   no quedar lanza enhiesta, si se causa mucho daño.  En cambio,  no rompen lanzas con nadie  los que son enemigos de riñas. También se puede estar con la lanza en ristre, dispuestos  siempre a poner una pica en Flandes. Pero, a veces, sea acomete una empresa de forma desacertada porque se echan lanzas al mar, como si se cogiera agua en un cesto. Si alguien defiende una postura avanzada ante algo es  punta de lanza y estará dispuesto a romper lanzas  para quitar estorbos o a romper una lanza en favor de alguien. Mejor consideración tienen las flechas, especialmente si son las flechas del amor, pues sus flechazos son motivos de alegría.

Hoy ya nadie se ciñe la espada ni se entra espada en mano en un lugar ni  se pasa a espada al enemigo, como en épocas pasadas,  pero las espadas sí están presentes en el idioma. En alto tenemos las espadas cuando nos enfrentamos a alguien, pende sobre nosotros la espada de Damocles cuando un peligro nos amenaza o, con  poca fortuna,  empuñamos la espada de Bernardo que ni pincha ni corta. Y en la historia de España  se ha oído  con demasiada frecuencia el ruido de sables y  a la mayoría de los  españoles nos han dado alguna vez un sablazo que ha afectado  a nuestro peculio. 

Las guerras  se pierden o se ganan en batallas, en batallas reales o figuradas. Batallas campales las hay en los conflictos bélicos y en la vida cotidiana. Hay personas que están  curtidas en mil batallas, aunque nunca haya participado en una guerra, otras que cuentan batallitas personales y muchas más que saben qué significa dar la batalla o presentar batalla o enfrentarse a un caballo de batalla u ofrecer una resistencia numantina.  Se puede  ganar o perder  la batalla. En ocasiones la victoria es sinónimo de proeza, pero en otras se queda en victoria pírrica.  Y, en nuestro mundo cotidiano,   todos sabemos qué son  cosas de  batalla.

Si hay un ámbito en que el lenguaje figurado de origen bélico está presente de una forma muy llamativa, ese es en el  deporte  del fútbol, pues este deporte ha adoptado el lenguaje bélico como una forma natural de expresión. Si revisamos cualquier crónica deportiva referida a este deporte, encontraremos docenas de expresiones que tienen un significado violento. Relacionadas con armas o quienes las portan: cañonazo, obús, disparo, mandoble, misiles, baterías, morteros, metrallazo, bomba, puntería, latigazo, ariete, arquero, verdugo, punta… Con la estrategia: capitán, escuadra, legiones, retaguardia, guerra de equipos, contragolpe, defensa, muralla defensiva,  remate, zona de ataque, incursiones, acción aislada, choque, embestida suicida, duelo a muerte, resistencia numantina, epopeya, cercar, parapetarse arrasar, fusilar (al portero) catapultar… Con las consecuencias: masacre. A veces el propio lenguaje bélico es sustituido  por otros sinónimos que no pierden el significado violento: estacazo (derrota), palizón (victoria por goleada) trallazo, latigazo a la red (tiros), arrasar (ganar).

Durante la pandemia de covid-19 que estamos viviendo también se ha usado con profusión el lenguaje bélico: esta guerra la vamos a ganar,  se repetía en 2020. Se ha hablado también de frente, combate, lucha, de  estrategia colectiva para  llegar al camino de la victoria, de personal sanitario en primera línea de combate y de hospital de campaña,  de vanguardia y retaguardia… (También sobre este tema he escrito con más detenimiento).

¡Fuego! Esta una palabra, convertida en orden,  que nos lleva al mundo de la milicia y la guerra. Pero, en las batallas de la vida,  el fuego también  está presente y es peligroso. Se puede jugar con fuego, sin percatarse de las consecuencias, o echar leña al fuego, avivando disensiones. Y podemos atacar a otros con el fuego enemigo, el de a hierro y fuego o a sangre y fuego,  o con el fuego amigo, auténtica emboscada, que no quema físicamente, pero que destruye al rival, aunque este trate de  atrincherarse.


De soldados y cuarteles

Existen expresiones que están relacionadas con las personas que hacen la guerra: los soldados y los cuarteles. La expresión echar  a alguien de un lugar con cajas destempladas  tiene su origen en hacer una música estridente (con cajas destempladas) para humillar al soldado que se dirigía al lugar de castigo.  Lo mismo ocurre con vete a la porra que alude al bastón que el tamborilero mayor clavaba en un lugar apartado  al que enviaban a los castigados. Leer la cartilla se refiere a la cartilla que se entregaba a los soldados que contenía las normas que debían cumplir con disciplina cuartelaria. A los soldados se refiere también la expresión pasarlas canutas, pues la canuta era un documento que se les entregaba cuando se licenciaban. Con la palabra chusma se designaba a  los soldados condenados a remar en galeras. Entre los soldados se movía  el pífano o pito, que era un chico   que tocaba este instrumento en el ejército y que tenía una paga muy baja. De ahí la expresión importarnos un pito para hablar de aquello que no nos importa nada. Y del pito al cuadro de mando.  Cuando solo quedaban los mandos militares porque  habían muerto  muchos soldados en combate  se decía que estaban en cuadro. Y en cuadro está cualquier grupo  que queda reducido a un escaso número de miembros.  Todos nos hemos referido alguna vez  a personas nacidas en el mismo año diciendo  que son de la misma quinta. Esta es otra  expresión tomada  del mundo militar.

Con los soldados y el mundo militar está relacionada la orden religiosa de la  Compañía de Jesús (nombre de origen militar), los jesuitas.  Querían ser la fuerza de combate para defender a la Iglesia católica:   “Militar para Dios bajo la bandera de la cruz…”, por lo que podríamos llamarlos los  “soldados de Cristo”.

Es frecuente en el habla el uso de la expresión lucha sin cuartel, generalmente para hablar de guerras figuradas. Alude a una zona de exclusión, llamada cuartel, que negociaban dos ejércitos antes de entrar en guerra. Los soldados que se rendían se situaban en esa zona al grito de ¡cuartel! Al final eran apresados por el ganador. De cuarteles hablamos en la expresión retirarse a los cuarteles de invierno  cuando se produce  un abandono temporal de la actividad habitual, como lo hacía el ejército  cuando el mal tiempo obligaba a suspender  las operaciones militares. Y en el ámbito empresarial se habla de cuartel general  para aludir a  cualquier reunión de dirigentes.

De la guerras del pasado a las actuales

También tiene que ver con un lugar  el dicho asentar los reales, no relacionado con la palabra rey,  aunque este estuviera presente allí, sino  con una palabra árabe rahal, que se refería a un punto de acampada.  Además del árabe  procede    hacer alarde de algo, de la palabra  ard, relacionada con la revista que se pasaba a la tropa. Alardear tenía que ver con el desfile majestuoso de la tropa. Y seguro que alardeaban de su triunfo los soldados que eran coronados de laurel  por sus proezas, pero cuando dejaban de esforzarse en la defensa de  su patria  se dormían en los laureles.

Relacionadas con el desarrollo o consecuencia histórica de una guerra han quedado  huellas en la lengua coloquial que nos pueden pasar desapercibidas. Es ocurre cuando decimos que algo es una bicoca, sin saber que  bicoca hace alusión a una  batalla libraba por los españoles,  contra el ejército franco-helvético,  en la ciudad italiana de Biccoca, en que apenas tuvieron bajas.    La frase hecha se te ve el plumero procede de las guerras  del siglo XIX entre absolutistas y liberales. Estos últimos llevaban unos penachos que llamaban la atención y se veían con facilidad.  Ir de punta en blanco hace referencia  a los caballeros medievales,  que se ponían sus mejores galas militares para ir a la guerra, y, entre ellas,  llevaban armas de acero pulido que brillaban al sol (punta en blanco). Dejar a alguien en la estacada tiene su origen en cómo la infantería impedía avanzar a la caballería con unas estacas clavadas en el suelo. Meterse en camisa de once varas  alude a  la camisa,  que era el  lienzo de la muralla situado entre dos torres, y las once varas se referían a una altura demasiado alta (unos diez metros). Por ello, era un lugar del  que era difícil salir con éxito. A mansalva hoy lo relacionamos con la abundancia, pero en su origen tenía que ver con lo militar: disparar a mano salva. Alarma proviene de la expresión all´arme (a las armas) que gritaban  los soldados italianos en el siglo XVI, cuando eran atacados.   Llamamos peseteros (o lo hacíamos en tiempos de la peseta) a los que valoran demasiado el dinero.  Peseteros eran los soldados  liberales que defendieron a Isabel II en la primera Guerra Carlista a los que se  pagó con unas monedas cuyo valor era una peseta. Con la historia de las guerras españolas están relacionadas las expresiones no hay moros en la costa y al enemigo que huye, puente de plata,  expresión que se atribuye  al Gran capitán.

En el siglo XXI,  han surgido guerras nuevas, como las espaciales  guerras de las galaxias, que se sitúan en una galaxia ficticia y en un tiempo lejano , y  las que  en el presente se libran en el ciberespacio. Estos  ciberataques ya no tienen fronteras  y  sus  ejércitos,  formados por troyanos (guerras antiguas y modernas están presentes en ese término) y seres de su jaez,  son muy difíciles de detectar.  La incorporación de la tecnología, la guerra de la información,  la economía de guerra y otros procedimientos nos hacen hablar hoy de guerras híbridas.

También salen del tintero de la guerra  otras muchas palabras: aliado, asedio, barricada, batalla, coalición, contingente, despliegue, deserción, emboscada, escuadrón (escuadrones de la muerte), incursión, maniobra, mercenario, munición, recluta, repliegue, vanguardia, retaguardia, trinchera, zafarrancho… Y unas cuantas más.

Es evidente, pues, que el lenguaje bélico forma parte sustancial de nuestra lengua coloquial. Tanto en las guerras reales como en las figuradas los contrincantes desean llegar  al final  cantando victoria y sin tener que rendirse sin condiciones. Y en todas, antes de entregar las armas o firmar el arsmisticio, se intenta quemar el último cartucho, a veces después de  cometer horrendos crímenes de guerra, por no respetar las leyes de la guerra del Derecho Internacional.  Aunque lo de crímenes de guerra, mirado desde el punto de vista meramente lingüístico, parece una redundancia, porque la guerra ya es un crimen en sí misma....

Y como este artículo sobre el  lenguaje bélico  es ya demasiado largo, vamos a tomarnos una tregua, a dejar en paz al lector y  a despedirnos  a la paz de Dios  ¡Y aquí paz y después gloria!  

¡No a la invasión de Ucrania! ¡No a   la guerra!


 ©Texto: Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga.
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