lunes, 6 de febrero de 2023

"¡Mujeres que cuentan!", de Margarita Cueto Veiga y Nuria Sánchez Villadangos

 

Ilustradora: Marta Ponce

Platero Editorial, 2022

Páginas 114




Margarita Cueto Veiga y Nuria Sánchez Villadangos tienen en común que son filólogas, la primera, licenciada en Filología Hispánica;  la segunda, doctora en la misma especialidad.  Ambas son profesoras de Lengua castellana y Literatura de Educación Secundaria. Ambas han recibido premios por sus respectivos trabajos de investigación. Ambas son creadoras de un  blog de contenido literario latintaentretusdedos.com y escriben una colaboración semanal en  el diario  digital Leonoticias, consistente en una reseña de una obra literaria, acompañada de una entrevista a su autor o autora (hace un año tuvieron la gentileza de dedicar un espacio  a mí libro Palabras hilvanadas. El lenguaje del menosprecio). Y ambas fueron galardonadas en 2021, con el Premio Nacional, otorgado por el Ministerio de Defensa, en la categoría de docencia no universitaria, por   su proyecto La lectura de valores y el valor de la lectura.

Este libro, ¡Mujeres que cuentan!, nace del entusiasmo que las dos sienten por la literatura,  por la docencia y por su compromiso social como mujeres. Entusiasta y entusiasmo proceden de  “en-theos”, persona poseída por  un dios. De ese “dios” del entusiasmo nace el bellísimo libro que tengo entre las manos. Bello por la temática y por su forma de presentarla  y también por las hermosas ilustraciones de Marta Ponce. Las autoras  nos dejan en el libro su entusiasmo como hicieron en vida todas y cada una de las mujeres que se  retratan en él. “Dejo a las mujeres de España mi entusiasmo por la vida. Nada  más. Es todo lo que tengo”, dice María Teresa León en esta frase que incluyen en la obra.

Después de leer el prólogo de Nuria Capdevilla Argüelles, catedrática de la Universidad de Exeter (Reino Unido), y  la introducción de las autoras, los lectores tenemos constancia de que la finalidad de este libro es didáctica y de que va  dirigido esencialmente a alumnos  y alumnas de ESO y Bachillerato, aunque no de forma exclusiva, pues es un libro con cuya lectura puede gozar cualquier tipo de  lector.

Las autoras seleccionan veinte "mujeres que cuentan", cuya vida transcurrió esencialmente en el siglo XX. Se fijan, sobre todo,  en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Las mujeres de las que hablan en el libro son escritoras, pintoras, científicas, filósofas…  Son mujeres  “prolíficas, incansables, pioneras, exiliadas” y  unidas por relaciones de amistad, por su defensa del feminismo  o  por vinculaciones de  tipo cultural o sociopolítico. Todas ellas fueron poco o nada reconocidas en la época en que les tocó vivir, especialmente  si las comparamos con sus contemporáneos varones de méritos similares,  y que, a diferencia de ellas, gozaron de gran reconocimiento social e intelectual.  

Pocas de las  mujeres  que aparecen  en ¡Mujeres que cuentan! tuvieron el reconocimiento que merecieron en su juventud y madurez. Quizá la más valorada fuera  Concha Espina, que fue tres veces propuesta para el Nobel. Algunas tuvieron que esperar décadas para que su valía fuera plenamente reconocida, tal es el caso de la filósofa María Zambrano o de la escritora Carmen Conde, que terminó siendo  la primera mujer académica  de la Real Academia Española. Entre las veinte seleccionadas, además de escritoras y periodistas, aparecen también pintoras, como Maruja Mallo y Delhy Tejero, escultoras, como Marga Gil Roësset o científicas, como María Cegarra.

Las  escritoras de las que hablan  han estado durante décadas ausentes de los libros de texto de literatura española. Los profesores de la materia de las últimas décadas del siglo XX, veíamos curso a curso cómo, después de las escritoras románticas (Rosalía de Castro, Coronado y Avellaneda) y la realista Pardo Bazán, los nombres de mujer volvían a desaparecer de los manuales  de literatura de Enseñanza Secundaria. Pero  ahí estaban ellas, aunque silenciadas,  y tímidamente empezaban a  ser mencionadas en actos, exposiciones, conferencias  y en la voz del profesorado más informado y comprometido, que subsanaba esos silencios.

En el libro de las profesoras Margarita Cueto y Nuria Sánchez tienen  un hueco ese grupo de  escritoras esposas, que estaban a la altura de sus maridos, pero que quedaban ocultadas  tras la sombra de estos. Casos como el de Zenobia Camprubí, con Juan Ramón Jiménez, o  escritoras del 27 como Concha Méndez, esposa de Manuel Altologuirre,   María Teresa León, esposa de Rafael Alberti o Ernestina de Champourcín, esposa de José Domenchina. Y  el caso más sangrante  fue el de María de la O Lejárraga, que escribió más de cien obras y las ocultó bajo el nombre de su marido, el escritor Gregorio Martínez Sierra. Es la autora más silenciada, la que califican de “autora invisible”.  También nos produce emoción encontrarnos  entre las “mujeres que cuentan” con Pilar Valderrama, esa Guiomar que fue famosa en la voz (masculina) de Antonio Machado y menos por sus propios méritos literarios, que fueron muchos. También nos impresionan mucho las vidas de  Margarita Ferreras, recluida en un psiquiátrico,  o la de la escultora Marga Gil Roësset, que se quita la vida en plena juventud.  Cuando repasamos las biografías de estas mujeres sentimos una viva emoción y una profunda sensación de injusticia.

Por eso esta obra era, y es,  necesaria. Lo es para llevarla a las aulas, con el fin de darle una vuelta a la enseñanza de la literatura española, y lo es también fuera de ellas. Las autoras nos acercan a estas mujeres  silenciadas en su época y tratan de situarlas en el pedestal que les debió corresponder, cuando en su juventud mostraban su rebeldía y  su espíritu reivindicativo, tanto  en lo intelectual como en    lo social. Y especialmente  en su feminismo. Y nos las acercan de una forma muy plástica y muy emotiva, haciendo brillar  el  espíritu de estas mujeres, que no se rindieron en su lucha por la dignidad. A cada una de las veinte mujeres seleccionadas le dedican un capítulo y todos tienen el mismo formato, sin que  percibamos   diferencia de pluma entre las dos autoras.

Después de presentarnos el nombre de la mujer a la que se dedica cada apartado, incluyen una breve frase de cada una de ellas. Sigue   una explicación muy sucinta (un párrafo) que las sitúa en el tiempo y en el lugar de nacimiento. María Zambrano: “Nací en la ciudad de Vélez-Málaga, el  22 de abril de 1904…”. Alfonsa de la Torre: “Nací en Cuéllar, Segovia, el 4 de abril de 1915…”. Y a continuación mencionan, casi siempre, a modo de pincelada rápida,  un hecho que ocurre en torno a ese año. Un hecho  literario, social, deportivo, científico… “1903, año en que la británica Dorothy Levitt fue la primera mujer que compitió en una carrera de automóviles”, referido a  María Teresa León. Esa ráfaga cronológica sirve para destacar  algún  hito que  se estaba produciendo cuando  esa mujer venía al mundo, protagonizado unas veces por hombres y otras por mujeres. En algún caso, sin embargo, relacionan su nacimiento con un hecho futuro: “Cien años después de nacer Maruja Mallo la escritora Gioconda Belli recibe el Premio Internacional de Poesía Generación del 27”. La mención de este hecho literario parece que fuera un homenaje a aquellas escritoras del 27 que en su día no fueron reconocidas: Concha Méndez, Pilar Valderrama, Rocío Sánchez, Rosa Chacel, Margarita Ferreras, María Teresa León, María Zambrano y otras más del grupo de Las  Sinsombrero que ahora se vuelven a reunir y a estrechar lazos  en este  libro.

A continuación de esa sucinta presentación inicial, aparece un apartado con título triple: Piensa, Recuerda, Atrévete. En Piensa nos dan algún dato esencial para recordar y valorar a la persona de cada “mujer que cuenta”.  En Recuerda nos suelen presentar algún pensamiento de la mujer de la que se trate (a veces en verso), reproducido con palabras la propia autora.  Y en Atrévete invitan a llevar a nuestra vida algunos de los valores que representó esa mujer y su actitud ante la vida. En este último apartado el componente educativo cobra especial interés. Atrévete: “A guiar tu vida asumiendo la ética de tus acciones”, “A ser tú para que siga viva la llama roja de tu corazón”, “A ser de Ciencias y de Letras”… El uso de los imperativos en segunda persona deja claro que apostrofan al lector.

Tras  pedir la implicación del lector  en el apartado anterior, nos presentan un texto más largo (un par de páginas) en que se nos cuentan aspectos significativos de la vida y personalidad de la mujer retratada. Esta parte, lo mismo que la  breve presentación biográfica inicial, suele estar escrita en primera persona, de forma que parezca que es  la propia protagonista,  la que nos presenta aspectos de su vida y de su pensamiento.  También  incluyen textos escritos por la protagonista. El uso de la primera persona en la parte narrada por las autoras y en la que cuenta la protagonista le da uniformidad narrativa y  estilística.   Además,  es un acierto, porque el personaje se presenta con más verdad y con más cercanía y la evocación resulta mucho más emotiva para el lector, especialmente, para el lector adolescente. El que las autoras se metan en la piel  de  estas mujeres y las  hagan hablar  a través de su pluma   es otro de los aciertos del libro.

Una vez presentadas todas estas mujeres “que cuentan”, incluyen dos apartados finales, bajo el título genérico Caminando junto a ellas, que tienen corte claramente didáctico: Educar para la igualdad. Formar para transformar y Educar para pensar. Crear para recordar. En ellos presentan  muchas  y variadas actividades en las que complementan el trabajo   para llevar al aula. En algunas de ellas proponen ir más allá y buscar otros materiales para ampliar lo leído: documentales, manifiestos, datos nuevos  sobre  los personajes y la época, información sobre organizaciones con las que estuvieron vinculadas, exilio, movimientos literarios…  También proponen realizar ejercicios creativos de diversos tipos: escritura literaria, grabaciones, representaciones, debates… Estas propuestas son muy interesantes y tienen un gran valor educativo pues van orientadas a educar en la igualdad, en el respeto, en la tolerancia, en la no violencia… Y también pueden suscitar en el lector adulto la curiosidad por saber más sobre este tema.

Este libro presenta muchos valores, pues, aparte de sacar de la sombra a estas mujeres y valorarlas como se merecen y de ser una obra muy bella desde el punto de vista formal, es claramente una obra didáctica. Las autoras enseñan la materia  Lengua y Literatura, pero además quieren enseñar a madurar a su alumnado, a  pensar: a vivir. Aspiran a  transformar la sociedad a través de la educación, gran reto siempre pendiente de  conseguir. Y lo hacen con un lenguaje cuidado, incluso literario, pero sin perder nunca la claridad estilística. Así,   además de ilustrarnos, consiguen emocionarnos y hacernos seguidores de su causa. Por todo ello,   merecen mi enhorabuena por este trabajo. 

Estamos ante una edición muy clara y visual, por la tipografía,  las ilustraciones y la disposición del contenido, con textos escuetos, que hacen la  lectura fácil para los adolescentes que viven inmersos en la cultura de la imagen. Se nota que las autoras son docentes, por tanto, maestras en saber enseñar  sin cansar.     Y también está de enhorabuena todo el profesorado que pueda llevar este libro al aula  para trabajar con él en las clases de Lengua castellana  y Literatura, para educar en valores y  para transmitir a los adolescentes el entusiasmo de Margarita Cueto  Veiga y Nuria Sánchez Villadangos por reivindicar el papel de la mujer en la historia y en la sociedad actual y por seguir educando. Su obra se suma a otras iniciativas recientes,  como la  excelente exposición sobre Las Sinsombrero, en el Centro Cultural Fernán Gómez, y  la dedicada.  meses atrás, a Clara Campoamor, en la BNE. Ambas en Madrid. 

Todavía sigue siendo necesario  poner luz en la oscuridad en la que la historia de nuestro país  ha escondido a muchas mujeres notables que lucharon por mejorar la vida de todas nosotras. Y quizá algún día las autoras de ¡Mujeres que cuentan! (del siglo XX) puedan completar este trabajo  y sacar a la luz a otras tantas  mujeres de siglos anteriores que también necesitan que alguien les preste la voz, porque su legado sigue vigente  y “hoy es un deber inexcusable reconocerlas como referentes de la Cultura”.


©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura




sábado, 28 de enero de 2023

Los vericuetos del lenguaje político

 

El lenguaje  a menudo no es inocente, pues trata de orientar nuestra mirada en una dirección determinada. Y donde la inocencia lingüística brilla por su ausencia es, precisamente, en el lenguaje político, seguido de forma mimética, con mucha frecuencia,  por el lenguaje periodístico.  A ambos  hay que reconocerles la creatividad,  pero esa creatividad se presenta  casi siempre con algún grado de retorcimiento, que parece llevarnos por vericuetos por los que es difícil transitar. A través de eufemismos, metáforas, circunloquios, hipérboles, alargamientos de vocablos y otros varios recursos (que dejaremos para otra ocasión),  se distorsiona el uso estándar que hacemos los ciudadanos corrientes del idioma y en algunos momentos este  se nos hace casi ininteligible. 

Este lenguaje, en boca de la clase política, es un claro signo de demagogia, pero sería de agradecer  que los periodistas sacaran a la luz esa demagogia e  hicieran gala de la claridad y la concisión propias de su profesión para acercar a los ciudadanos aquello que en el lenguaje de la política se vuelve muchas veces sorprendente y  cercano a lo esotérico. 

En los últimos tiempos,  los políticos, en lugar de dedicarse solo a su tarea,  y hacerla bien (y ya tendrían suficiente con ello), parece que desean invadir, a través del lenguaje, otros campos profesionales que van de la filosofía al mundo del juego, pasando por otras actividades. No sabemos si se sienten parte de ellas o pretenden que nosotros las conozcamos, porque usan con asiduidad  expresiones que  no siempre se entienden, si no es con el concurso de especialistas en distintos campos profesionales.

Hagamos un pequeño repaso en este artículo de algunas expresiones  que conciernen a  distintas profesiones y pululan por el lenguaje político. Últimamente, se ha puesto de moda, por ejemplo, el verbo sustanciar,  que, fuera del marco jurídico, significa llevar a cabo un proyecto. Resulta que  ahora se sustancia cualquier cosa, porque los complementos directos son de lo más insospechado. Uno de ellos tiene que ver con las responsabilidades que ahora  no se  asumen, sino que  se sustancian. Pareciera que quisieran resucitar una profesión, real o creada por la pluma de Julio Camba,  la del sustanciero de la posguerra que iba por las casas alquilando un hueso de jamón para que diera sustancia  al puchero, y al que se le pagaba de acuerdo al tiempo que dejaba cocer el hueso en cada casa. Fuera real o no la profesión, lo cierto es que en muchas casas sí existía el hueso llamado sustanciero que se usaba y reusaba en varias ocasiones.

Otro verbo que se ha puesto de moda es trasladar.  Ahora los políticos, no dicen, no contestan, no hablan, no comunican, si bien no están mudos, sino  que trasladan lo que, en realidad, dicen. El verbo decir nos habla de un acto propio del ser humano,  es un verbo de entendimiento, en cambio, trasladar parece que deshumaniza la acción política, como si se trasladara un mueble o un objeto cualquiera. Así oímos en boca de cualquier político: Me han trasladado, le hemos trasladado Y no nos sorprende que así ocurra, porque ahora  tienen que trasladar los paquetes de medidas o de ayudas aprobadas por el Gobierno. Cuando eran un simple conjunto bastaba con que las explicaran y los medios de comunicación recogieran la noticia.  Eso sí,  de esta manera, a fuerza de trasladar, los políticos  no pueden ser acusados de no bajar a la calle. Y hasta hacen gala de ello y de ser receptivos a las peticiones de los ciudadanos. Me piden por la calle, aseguran algunos. Cosa que también sirve para justificar determinadas decisiones.

Si elevamos el listón, hay muchos  que  aspiran a convertirse en filósofos, porque  para negar la falsedad de un argumento se niega la mayor. Con ello se alude a la premisa mayor de un silogismo clásico. Es verdad que si la premisa mayor es falsa, es falso todo el razonamiento, pero más de un español se quedará sorprendido al oír esa expresión. ¿Qué es la mayor?  ¿Es la mayor… mentira, verdad, bellaquería,  tontería? ¡Ah, no! Hay que darse una vuelta por la lógica aristotélica para comprender esa expresión.  Tal vez el  busilis de la cuestión  esté en que no la entendemos, porque no nos la explican, sino que nos la trasladan, o porque no se ajusta a la verdad  (está proscrito decir que algo es mentira).

Otra profesión en la cual parece que se encarnan con frecuencia es en  la de maestro.  Les gusta  bajar a la escuela  y acusar a los alumnos más díscolos y vagos de no hacer los deberes o de hacerlos mal. A veces le dicen al rival de turno que no sabe la lección y, por si no la ha entendido,   ridiculizan al agraviado de  forma engreída y despectiva  con frases del tipo: Se lo volveré a explicar… Pero no es extraño que no la sepan, porque los mismos que acusan de vago al contrario  son capaces de asumir que  no lo han hecho bien al afirmar abiertamente:  No hemos sabido explicarlo. Incluso añaden: Tenemos que hacer pedagogía… Pasar por una facultad de Pedagogía siempre está bien, pero esto no parece cuestión de pedagogía, sino más bien de respeto al contrincante  que es posible que posea parte del patrimonio de la verdad.

Tampoco les importa convertirse en meteorólogos, pues por su lenguaje aparecen tormentas políticas, huracanes… Y hasta ciclogénesis. Pero, como no son tan expertos como los especialistas mencionados, no saben distinguir bien los fenómenos meteorológicos y deciden usar una expresión tópica que sirve tanto para  aguaceros como para nevadas o tormentas de cualquier signo. Todo se queda reducido a  la expresión con la que está cayendo

Pero,  cuando llegan esas situaciones tormentosas, se muestran preparados para velar por nuestra seguridad y siempre dispuestos a intervenir, como si fueran soldados, bomberos, policías… Por si saltan todas las alarmas. Si realmente saltaran todas a la vez  y fueran físicas, dejaríamos de oírlas muy pronto, porque el ruido sería  tan ensordecedor que nos rompería los tímpanos.  Y, aun refiriéndose a las metafóricas,  estamos tan acostumbrados a “oírlas” que ya no les hacemos caso. Por otro lado, ¿son “todas” las alarmas   de España? ¿”Todas” las del mundo?  No hay que preocuparse, porque se trata de alarmas que, por uno u otro motivo, están siempre saltadas, pues solemos estar inmersos en permanentes  guerras, sobre todo, guerras de cifras.

No faltan los que se sienten  guías de turismo, pues se pasan el tiempo haciendo hojas de ruta. ¿Adónde van esas rutas? Eso es un misterio. Parece que en la política actual  están sustituyendo a los proyectos... Los proyectos sabemos que  son el pensamiento de ejecutar algo,  pero las hojas de ruta no sabemos si son  hojas volanderas, hojas sueltas u hojas que se convierten en papel mojado. Los que trazan la ruta no siempre  se responsabilizan de guiarla bien, quizá porque hoy ya la gente no se responsabiliza  de casi nada, solo se   realizan ejercicios de responsabilidad, cuyo resultado desconocemos,  y en ese alambicar las expresiones se queda toda la energía.

 Tampoco son ajenos   el mundo de la farándula, tan denostado en otras épocas, pues  otra de las expresiones que abundan en el lenguaje político  es eso de no contemplar ese  escenario. De repente parece que estas personas no se dedican a hacer política, sino a contemplar escenarios, como si estuvieran asistiendo permanentemente a un espectáculo.  Y da la sensación de que los espectáculos son variados, por eso de que al no contemplar “ese” escenario (uno concreto por el valor del demostrativo),  sí parece que  pueden contemplar otros. Se pueden valorar posibilidades, pero escenarios es un tanto difícil. Aunque, está claro que el verbo valorar es otro de los desterrados del idioma, pues ahora la moda no nos lleva a valorar  las cosas, sino a  ponerlas  en valor, siempre y cuando haya  alguien que  entre  a valorarlas. ¿Estaremos, tal vez, hablando de que se sienten de  tasadores?  

Alguna vez hemos oído a algún político acusar a otro de ser  un tahúr  en el sentido de mentiroso o jugador fullero. Según la RAE, tahúr también significa  jugador que  practica el juego con mucha habilidad.  Desde luego jugadores se sienten,  porque barajan posibilidades, y hábiles, también, pues son capaces de barajar “una”  posibilidad. Es imposible barajar una carta, como lo es barajar una  posibilidad.  Barajar, en sentido figurado,  es considerar varias posibilidades, como barajar cartas es mezclar varias. Pero en este mundo nada hay imposible, por lo que parecen ser, aparte de jugadores, auténticos prestidigitadores.

Los ciudadanos somos conscientes de  que  conviene  cuidar  el buen ánimo de los gobernantes, pues   algunas decisiones dependen de si están o no en el ánimo del Gobierno. ¿Y qué pasa si el ánimo no es el apropiado? ¿O si algo está en su ánimo, pero no en su pensamiento? El ánimo pertenece  el mundo de los sentimientos, los proyectos son tareas de la mente. ¿No vendría bien la ayuda de un  psicólogo?  Desde luego  parece que,  con frecuencia, las mentes están confusas, por eso plantean dilemas, cuando en realidad lo que plantean son varias opciones y la palabra dilema se refiere  solo a dos.  A veces van más allá y pasan de lo psicológico a lo físico  y aseguran que  determinados proyectos están en su ADN. De repente nos quedamos estupefactos, pues  hemos pasado de la necesidad de pasar por un  gabinete de  terapia psicológica a  la de analizar  el ADN  de los partidos políticos con la ayuda de bioquímicos. Y nos seguimos sorprendiendo con frases como esta en boca de un ministro: El detenido nunca ha estado en el radar por radicalización. De los bioquímicos hemos pasado a los físicos para que nos expliquen qué es  estar en el radar.

No hace mucho tiempo, en el Congreso,  oímos a un diputado, sin ningún empacho, llamar a una parlamentaria bruja. Mal vamos si hay brujas en el Parlamento y, aún peor, si existen perseguidores de brujas. Necesitamos varios siglos para acabar con  Inquisición, pero parece que no hemos acabado todavía con  la caza de brujas.

Si seguimos poniendo el oído atento en algún momento  también podemos pensar que los políticos necesitan la ayuda de un melonero, porque por sí mismos no se atreven a abrir el melón, el de la Constitución o cualquier otro. Y es que, según parece, hay muchos melones que abrir y pocas manos que atinen y quieran hacerlo.

Algunos días hay que elevarse a niveles superiores y buscar el apoyo de teólogos y moralistas para entender lo que quiere decir un político cuando acusa  a otros de ser los profetas del Apocalipsis (parece que nos obligan a conocer el Antiguo Testamento) o cuando queremos entender la diferencia que hay entre gente honrada y gente honesta. Tradicionalmente en nuestro idioma había una diferencia clara entre los significados de honesto, que significaba decente o pudoroso, y que se aplicaba más bien en la moral sexual, y honrado, que significaba probo, o sea,  persona que actúa con rectitud.  A los ciudadanos debería interesarnos más  que  el político sea honrado que el que sea honesto. Ahora  como se han confundido ambas palabras ya no tenemos tan claro qué tipo de moral, si la privada o la pública, nos interesa del político en cuestión.

En fin, que, fijándonos en el lenguaje de los políticos y de los periodistas podemos encontrarnos  referencias frecuentes a otros campos profesionales, pero, curiosamente, faltan las referencias a los lingüistas… Vamos, pues,  a cerrar  este artículo con una pequeña pincelada lingüística: la diferencia entre oír y escuchar. Si te escucho y no te oigo, la culpa no es mía, pues hay otra causa que lo impide, pero, si alguien dice a la persona a la que no oye que no la escucha,  lo lógico es que no la oiga,  precisamente por no escucharla y,  además, mostraría su  mala educación. Escuchar es poner atención, oír es solo captar por el oído.  Quizá estemos  solo ante una muestra de evolución del idioma, aunque  los idiomas, en su evolución, se  suelen regir  por el “principio de economía lingüística” y es más simple (menos sílabas) decir oír que escuchar, que es ahora la tendencia frecuente en el habla  urbana. Pero el futuro  de un idioma es impredecible y seguramente otras personas lo explicarán en su día.


© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga

Imagen: Pixabay.com


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Lenguaje político y eufemismo

Politiqueando

¿Oír o escuchar?


lunes, 16 de enero de 2023

Tengo los años necesarios

 



Caen los ocasos sobre los horizontes de la vida.

Los miramos de frente.

Ahí están nuestras huellas:

afanes, ilusiones, quereres, saberes…

Han dejado una señal indeleble.

Pero las suelas de nuestros zapatos

nos invitan a seguir caminando:

a despertar albas,

a cultivar afectos,

a acunar sueños…

A seguir viviendo con pasión,

porque llevamos dentro en-theos,

el dios del entusiasmo.

 

Cumplir años, cuando ya se han vivido  unas cuantas décadas  y, sobre todo, cuando la cifra que refleja la edad cambia el  número  de las  decenas, produce siempre un poco de vértigo. Yo trato de contrarrestar ese vértigo haciendo  míos los versos de Saramago, que, de haber vivido hoy, tendría cien redondos años:

¿Qué cuántos años tengo?

¡Eso!... ¿A quién le importa?

Tengo los años necesarios

para perder ya el miedo

y hacer lo que quiero y siento.

Sí, ciertamente, como el autor, son años en los que ya he perdido el miedo y puedo decir lo que quiero y siento. Esa es una gran ventaja de  la edad provecta.

Cumplir años siempre es un lujo, puesto que es un tiempo vivido y al que sumamos un día o un año más.  Y aunque  nos gustaría que los minutos avanzaran mucho más despacio, como no podemos detener el tempus fugit, el  mejor remedio para evitar la angustia existencial  es aprovechar al máximo cada día cumpliendo la máxima del carpe diem. Una buena actitud para ello es procurar sentir una nueva emoción, hacer algún pequeño descubrimiento, aprender algo nuevo: sorprendernos. Conviene preguntarse al final del día: ¿Qué me ha sorprendido hoy? ¿Qué he aprendido hoy? 

No debemos ser sujetos pacientes de la vida, sino sujetos agentes; no hay que dejar que la vida pase por nosotros, debemos pasar nosotros por ella y dejar alguna huella en el ámbito en el que nos movemos. Quizá simplemente un trabajo bien hecho, una mirada cordial, una lágrima de emoción… Algo que quede en la memoria de quienes nos conocieron.  Ese es el secreto de la inmortalidad.  Para ello no solo hay  que vivir, sino ser conscientes del vivir. Y evitar la rutina, porque la rutina va devorando poco a poco los minutos del vivir.

Al llegar a la edad del júbilo,  conviene  prepararse para vivir esa etapa de una manera sosegada, pero “sonora”. El primer paso para sentirnos jubilosos es  vivir en paz, con nosotros mismos  y con los demás.  Y para conseguirlo hay que rodearse de personas de luz y apartar de nuestra vida a las personas tóxicas: a las  egoístas, rencorosas, pesimistas, intolerantes, pesadas… A esas personas que nos desgastan, que  nos  roban  energía vital.

Una vez pacificado nuestro entorno, nos podemos dedicar a  disfrutar  plenamente de una afición, a ofrecer nuestro  tiempo a ayudar otros, a observar lo que nos rodea para  disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, al dolce far niente A mí, además de otros haceres y quehaceres que llenan mis días, me entusiasma  disfrutar de la belleza  que nos brinda la naturaleza y de la que nos ofrece cualquier manifestación artística.

Mi infancia de pueblo me enseñó a contemplar, a   sorprenderme y a emocionarme ante el vuelo  y belleza de una mariposa,  ante una gota de lluvia suspendida en una  hoja de una planta o un pétalo de una flor. A escuchar el canto de los grillos en una noche de verano, el canto de los pájaros al final de la primavera. A observar cómo avanza el paso de las estaciones, cómo de un día a otro las ramas empiezan a verdear con la primavera o amarillear y caer en el otoño. A quedarme  extasiada viendo correr el agua de un río, oyendo su murmullo, que es como  un canto y una danza. A mirar cómo se mueven las nubes en un cielo azul del verano. A ensimismarme ante los colores del ocaso… En fin, criarse en un pueblo me ha enseñado a observar y a admirar.

Y eso lo he trasladado al paisaje urbano, que también me hace sorprenderme y aprender. Me pregunto qué o quién  se esconde tras el nombre de una calle o plaza, me maravilla descubrir un día  la belleza de un edificio que me había pasado desapercibida, me paro ante  las estatuas: me fijo en su belleza, en lo que representan, las veo con distinta mirada según las estaciones. Y a veces hasta entablo con ellas un diálogo silencioso. Me  encanta asistir a actos culturales  y ver exposiciones  que nos subyugan con la belleza artística o que nos hacen aprender. Y siempre que se puede hago fotografías. Me gusta volver a ver de forma reposada esa imagen que me llamó la atención…  Y también  me gusta compartir esa belleza o sorpresa con las personas que no han podido disfrutar de ello en directo para que puedan hacerlo desde la lejanía.  

He disfrutado mucho de los viajes  a sitios cercanos y lejanos,  que me han permitido conocer lugares y culturas diferentes. He podido viajar por casi toda España, por la mayoría de los países europeos y  por  otros países más lejanos. Tristemente  se quedó Ucrania en proyecto. 

He disfrutado   mucho de la lectura a lo largo de mi vida: de vivir las vidas de otros, de conocer los lugares de otros, de entender el pensamiento de otros. La lectura es el mejor complemento del viaje para conocer al ser humano y el mejor remedio contra la intolerancia. Más libros, más libres, decía un lema hace décadas.  El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho, decía Cervantes. La lectura pone alas a la imaginación. También decía el autor del Quijote que la pluma es la lengua del alma. He leído mucho y he aprendido mucho leyendo. Antes  llegaba siempre al final de los libros (¡bueno, hubo uno que no, y de un escritor muy importante!), ahora me permito el lujo de no hacerlo. Si un libro no me dice nada en las primeras 50 páginas (me doy de plazo hasta las 100, si es extenso) lo puedo dejar sin remordimiento. ¡Hay tanto que leer! Las ventajas de hacer lo que quiero y siento.

Disfruto también con la escritura. Con la escritura más concienzuda del artículo o ensayo que requiere trabajo de documentación y con la escritura  simple de una coplilla que felicita un cumpleaños o sirve de pie a una fotografía. Y también con escritura de poemas más  sentidos y pensados.  Escribir para mí, en este momento, es una manera de ser y de estar en el mundo.  

Pero también puedo disfrutar de lo más sencillo, por ejemplo, de  una conversación. De una conversación pausada en que se pueden compartir saberes, quereres, sentires. Y una conversación puede tener interés, independientemente de la formación cultural o el estatus social de los conversadores. Me pueden sorprender personas poco letradas  por su profunda sabiduría y sentido común, tanto como personas de rango intelectual reconocido. Y me puede dejar pasmada el agudo y lógico   razonamiento de un niño. Y, de forma especial, los abuelos disfrutamos de los nietos, de lo que nos miman,  de lo que nos dicen, de lo que nos preguntan. De ver cómo maduran y se hacen mayores.

Y disfruto de tener conciencia de  que amanece y de  que tengo delante un nuevo día para levantarme y ponerme a caminar por la vida… Para plantearme retos y desplegar las alas del entusiasmo para pescar los peces de la aurora, de los que hablaba Pablo Neruda, en la Oda a la edad:

¡Tiempo, te enrollo,

te deposito

en mi caja silvestre

y me voy a pescar

con tu  hilo largo

los peces de la aurora!



Me voy a pescar...  los peces de la aurora


16 de enero de 2023

Margarita Álvarez Rodríguez




jueves, 12 de enero de 2023

Reseña: "Camino de San Trago", de Iván Pablo López

 


Uno editorial

Género: Narrativa

468 págs.




Es para mí un gran placer realizar la reseña de esta novela, cuyo autor fue en su día alumno mío en Bachillerato. Entonces, alumno, y, ahora, maestro, del que he aprendido mucho, tanto fuera de esta novela como dentro de ella.

Iván Pablo López es doctor en Historia y experto conocedor de la geografía urbana  y artística de la ciudad de Madrid y de otros muchos lugares de España. Durante años se ha dedicado a  organizar rutas y viajes culturales por España, como la ruta del Cid. De varias de ellas he podido disfrutar personalmente. Es buen conocedor del Camino de Santiago, que ha realizado como romero y como guía de peregrinos y, sin duda, eso se nota tan pronto el lector se adentra en la novela Camino de San  Trago.

Cuando leemos el título de este libro parece que nuestra mente trata de engañar a nuestra mirada. Santiago, San Tragodos parónimos  que tienen una similitud fonética evidente. Pero al mismo tiempo que el título  nos resulta chocante,  tenemos la certeza de que este camino peculiar también nos llevará  a Santiago, pues eso nos indica la flecha amarilla que aparece en la portada y en la contraportada. Para saber cómo vamos a hacer ese camino hay que traspasar la portada y ponerse a leer. La palabra trago es un palabra polisémica en español, alude a la acción y efecto de tragar y, más específicamente, a la ingestión de bebidas alcohólicas. Pero trago también significa desgracia, infortunio. ¿A qué tragos se refiere el autor?  Tal vez tuvo presente aquella invectiva que  lanzaba Góngora contra Quevedo en que sugería que este también era aficionado a la bebida como él mismo: A San Trago camina, donde llega: / que tanto anda el cojo como el sano. Todo ello parece decirnos: Pasen y  vean (lean). 

La novela es la crónica de lo que les ocurre haciendo el camino a dos grupos de personas que lo van realizando en paralelo y coincidiendo en los mismos lugares. Se trata de un grupo de mujeres que forman  parte de una asociación peculiar, Partenopea, y de un grupo de estudiantes de una universidad norteamericana. Dos perfiles muy distintos de peregrinos. El autor nos describe el funcionamiento de la asociación Partenopea que tiene un cierto cariz esperpéntico, como lo tiene también la actuación de las asociadas. 

La organización se rige por  una cierta estructura militar bajo el mando de la lideresa, Purificación Abad.  Existe, además, una tetrarquía de cuatro coronelas y, bajo ellas, capitanas, sargentas y reclutas. El autor las llama en una ocasión falange de hoplitas. El grupo de peregrinas va capitaneado por Rafaela, que es una persona desenvuelta y que sabe sacar provecho y cobrar comisión por oír la explicación de su guía o por vender dulces de los conventos.

El otro grupo  está dirigido por un viejo profesor jubilado, que conoce bien el camino, pero no tan bien  al grupo que dirige. Peter T. de la Bramante, ayudado por Macarena, enlace español para el grupo, y por Rebeca, la guía, tratan de realizar un viaje cultural con los estudiantes que va encontrando diversas dificultades, en especial los problemas graves con el alcohol de una de las estudiantes, Meggie, que tiene que ser repatriada.

Ambos realizan el camino en octubre de 2022, repetición del Año Santo motivada por la pandemia, para concluir en Santiago de Compostela el día 1 de noviembre. Los dos grupos usan un autobús de apoyo y una parte del camino lo hacen en ese autobús, especialmente el grupo de mujeres que realiza caminatas cortas. A lo largo del camino van surgiendo una serie de dificultades con la que se enfrentan los guías y los peregrinos que tienen que ir solucionando sobre la marcha, una de ellas quedarse sin dinero. Aparecen y desaparecen personajes con los que se encuentran, a veces pintorescos,  que crean situaciones exóticas, como Cristóbal, el de la calesa y otros grupos o romeros individuales.  Aparecen peregrinos fingidos, problemas como los robos…

Los personajes, especialmente los del grupo de jubiladas, están tratados con cierto matiz caricaturesco  que nos recuerda a los  personajes valleinclanescos. Bastaría con que nos fijáramos en los nombres tanto del grupo, Partenopea, que nos suena a Partenón, como los de las socias: Angustias Catalina, Socorro, Dolores, Milagros, Magdalena, Visitación, Inmaculada, Auxiliadora… Más la propia Purificación Abad, la lideresa, a la que llama con el disfemismo la teleñeca y a la que compara con una abadesa medieval. Es como si el ejército y el clero se fundieran en su persona. Son nombres que tienen una cierta connotación religiosa… 

Pero su religión es tan sui géneris como el camino de Santiago que realizan, donde lo que menos hacen es caminar, pues es un microbús el que las desplaza  la mayor parte del trayecto de Roncesvalles a Santiago. No tienen, pues, el perfil del auténtico peregrino. No se alimentan de bocadillos, se alojan en hoteles, a veces de lujo, compran de forma compulsiva… El autor capta muy bien la singularidad de cada viajera y las manías variopintas que tienen. Nos parece también caricaturesco el nombre del guía, el doctor Carlitos Greco, a pesar de ser una persona muy impuesta en historia y arte.

Iván Pablo López parece crear un contraste caricaturesco entre el título académico, el diminutivo del nombre  y el apellido de este personaje,  que nos suena  a cultura clásica, tal vez en consonancia con Partenopea, el nombre del grupo. Para incidir en el carácter esperpéntico de los personajes  en muchos casos parece que el autor las deshumaniza al animalizarlas: alimañas, lagartas, urracas, avestruces son nombres con las que las designa. También las llama aquelarre. 

Además del aspecto cómico que reflejan muchas situaciones, y que le dan aspecto de sainete,   la novela tiene el contrapunto serio que es la parte  en la que se nos explican elementos artísticos y culturales  de distintos lugares del camino. Las explicaciones las pone en boca de los guías respectivos de los dos grupos: el doctor Carlitos Greco,  de Partenopea, y Rebeca, del grupo de chicos estadounidenses. 

En las explicaciones se pone de manifiesto de forma evidente la sabiduría artística del autor,  Iván Pablo López. Así, conocemos la Real Colegiata de Roncesvalles, el románico de Santa María de Eunate, San Martín de Frómista… Y muchos monumentos más. Pero no contiene solo explicaciones de monumentos, realizadas siempre de forma muy plástica, sino que se insertan también explicaciones históricas como  la relación entre Alfonso el Batallador  y doña Urraca, la batalla de Clavijo y el tributo de las cien doncellas… Religiosas, como la historia de Santiago Apóstol, la vida de san Millán de la Cogolla, referencias a papas y a la papisa Juana… Hay referencias etimológicas, como el origen del nombre Sahagún (de Campos). Científicas,  como el valor fertilizante de la colombina… No faltan tampoco alusiones mitológicas.

La novela usa la técnica del flash back, pues comienza cuando han llegado a Santiago y están tratando de conseguir la Carta  Compostelana. Luego da un salto hacia atrás para presentarnos los preparativos del viaje de ambos grupos. La estructura no llega a cerrarse de forma circular, pues en el último capítulo avanzan algo los hechos al contarnos cómo finalmente consiguen una Compostela falsa, pues por delación de una partenopea, la dispensación oficial de las mismas no se las entrega por no cumplir con los requisitos. 

En la última secuencia nos sorprende con un salto espectacular en el tiempo anticipando el futuro (flashforward) situando la acción el mismo día del año 2088, en que uno de aquellos peregrinos universitarios, ya octogenario, vuelve con su esposa a Santiago acompañado del bastón que el profesor de la Bramante le ha dejado en herencia. Reproduce algunos comportamientos de su maestro como dejar flores en algunos lugares a personas y desaparecidas. 

Dado que en la novela aparecen otros muchos saltos atrás para recrear hechos históricos, este ir hacia adelante nos da la sensación de que quiere universalizar el  Camino en el tiempo. Llovía cuando llegaron los peregrinos de 2022 que protagonizan la novela y llueve en el año 2088 y  también ha llovido en tiempos anteriores: Les comenzó a llover agua de distintos tiempos, aguas de distintos nombres y espacios. En esos peregrinos parece que está representado pasado, presente y futuro de ese peregrinaje (…) La lluvia caía sobre siglos de granito y milenios de esperanza (…) sobre vivos, sobre muertos…

La narración base se realiza en tercera persona,  pero esta obra es más que una narración omnisciente que avanza en el tiempo, pues  reproduce de una forma original  y plástica lo que está  sucediendo ante los ojos del narrador.  En realidad, parece que oímos y vemos lo que sucede. Para ello  el autor va introduciendo  en la narración muchas frases en estilo directo  de pensamientos o   conversaciones entrecortadas, como ráfagas y sin marca de diálogo, que reproducen lo que dicen o lo que piensan los personajes. Usa la cursiva para  hacer notar que eso no está puesto en boca  del narrador principal.  Por eso parece que estamos ante una narración coral. 

Un elemento importante que contribuye a esa plasticidad auditiva es el uso muy frecuente de exclamaciones u onomatopeyas que expresan   los sentimientos o la actividad que realizan  los personajes.   “Oímos”, por ejemplo, el clic de las fotos, y muchas otras onomatopeyas: snif, plas, cloc…, las conversaciones fragmentadas de gente que habla por   teléfono, “vemos” el enviar de los mensajes de whatsapp. Tenemos  la sensación de que hay espectadores de lo que está ocurriendo desde la distantica, pues les llegan en el momento fotos o mensajes. Hasta los movimientos del autobús: frena, gira, intermitentes… aparecen entreverados en medio de la narración.

Estamos ante una narración compleja. Dentro  de la  narración que realiza el  narrador principal  se introducen otros niveles de narración con narradores secundarios como  los guías, cuando dan explicaciones de tipo cultural, y los jefes de los grupos, cuando dan instrucciones a los peregrinos,  además de otros personajes secundarios que van valorando lo que sucede. Las explicaciones de tipo histórico tienen también un gran poder evocador, pues  no solo se cuentan fríos hechos, sino que   el lector se convierte en espectador de  los mismos en el momento  en que sucedieron.  Por ello estamos ante una narración compleja. Aparece también la metaliteratura con la introducción de versos sueltos de distintos autores: Borges, Garcilaso, Lorca… A veces son también letras de canciones que hacen referencia a lo que se oye. 

El estilo se corresponde con ese mundo esperpéntico que refleja. Abundan  las metáforas  o comparaciones con un matiz caricaturesco: la  mesnada (grupo de peregrinas), la compara con un aquelarre. El estilo tiene relación con esa  visión  esperpéntica de los hechos y de los personajes, por ello, están presentes recursos que tienen con que ver con la deformación  y la caricatura. La comparación hiperbólica le lleva, por ejemplo, a comparar una disputa entre las peregrinas de Partenopea con la batalla de Salamina, en la que sitúa a las distintas contendientes en el grupo de las  atenienses o de las persas. Hiperboliza también cuando dice de alguien que tenía más años que el sol.  Son frecuentes las comparaciones y metáforas denigratorias: Franco es definido como  un pigmeo dictador reptiliano. Para dar sensación de incultura  de las  partenopeas  nos presenta cómo deforman el nombre del  profesor Peter T. de la Bramante, experto en Garcilaso, para convertirlo en  Peter de la Bocelli, experto en La vida es sueño

El léxico también contribuye a dar la sensación de confusión y  el ambiente de película de Berlanga. Aparece con frecuencia el léxico coloquial, lleno de apelativos en el trato personal que dan sensación de hipocresía: tesoro, alhaja, cielo… Aparece el léxico desenfadado: jodienda… Se mezclan en el texto expresiones en inglés y otras en  español deficiente para reproducir el lenguaje de los estudiante estadounidenses. Y como el camino es cosmopolita, aparecen también otros idiomas: italiano, francés… 

El autor deforma la visión de las cosas y de los personajes a través del lenguaje. Además  de las comparaciones con animales, ya citadas, aparece la mezcla del lenguaje culto, incluso técnico (gablete) con el coloquial (brear a palos)  y  los contrastes como la mezcla de arcaísmos lingüísticos o morfológicos: de esta guisa, por ende, por mor de … con neologismos como influencer o llamar CEOs (“chief executive officer”)  a los que tienen un cargo de responsabilidad, aunque vivieran en épocas pasadas. No faltan tampoco los latinismos cuando nos recuerda, por ejemplo, que la expresión buen camino, que se intercambian los peregrinos que se encuentran,  es la expresión moderna que sustituye a ¡ultreia! (más lejos) et suseia (más alto). No faltan los galleguismos, entre otros: zarzallo, orballeira, lapiñeira  para llamar a la lluvia fina o el famoso conjuro de la queimada. 

Deforma también con el uso de disfemismos,  como cuando opta por llamar  pelleja a una bota de vino omnipresente en la vida diaria de las partenopeas (San Trago) o el microbús en que viajan  queda convertido en camioneta o en camión. Lo mismo ocurre con el abuso  del galicismo epatante, que parece el lema del grupo, y  que, a fuerza de repetirlo los personajes, resulta ridículo y vacío de contenido. A ese afán por la caricatura contribuyen a veces los calificativos y ciertas rimas o paronomasias: Purificación Abad se levantaba a horas tétricas, vampíricas, muy inquietantes, pretéritas. La adjetivación, en general,  presenta  matices hiperbólicos, pues con frecuencia se realiza con una enumeración de adjetivos: huraño, elitista, acomplejado y menesteroso;  palique políglota, plurilingüe, ecuménico y mundial; seráfico, deífico y arcangélico silencio. Se podrían aportar muchos más ejemplos. 

Estamos, pues, ante una novela que nos hace conocer el Camino en el aspecto cultural, pero, sobre todo, nos hace conocerlo en el día a día de todos esos personajes variopintos que caminan o circulan por él. Es como un diario que se escribiera  a partir de la grabación de un micrófono  que fuera reproduciendo  todo lo que allí se oye. Porque esta novela de Iván Pablo López es una novela que se lee, pero, sobre todo, es una novela que se oye y que se ve. 

Nos aporta muchos datos para conocer la historia del Camino, nos habla de las curiosidades, de  las dificultades, de los tipos humanos que transitan por él, que el autor  disecciona en la novela. Dados sus conocimientos históricos, que expone a través de los guías, aprendemos mucho siguiendo a estos peculiares peregrinos, pero la novela nos sorprende, sobre todo, por su habilidad literaria para presentarnos el Camino de Santiago de  otra manera, en que se  mezcla lo serio con lo satírico, la realidad con la ficción. 

Es una novela que  ha exigido al autor documentación y observación, pero, sobre todo, es una obra apasionada: una explosión de vivencias. Un Camino de San Trago, en las dos acepciones que se apuntaban al inicio,  porque demasiados tragos pasan por la boca de los personajes: vino, orujo, licor verde…, con resultados a veces imprevisibles y no deseados, y también porque está lleno de pequeños y grandes inconvenientes. En fin, esta novela,  con que nos deleita Iván Pablo López, nos permite hacer   con sus personajes el  Camino de Santiago y el de San Trago, a la vez,    y   es, además,  el inicio de su camino literario, ante el que solo podemos desearle:  ¡Buen camino!

 

©Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y profesora de Lengua y Literatura



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