miércoles, 24 de noviembre de 2021

Luz de mujer

 

En La Magdalena (León). Foto: MAR




Una mujer silenciosa

envuelta en  velos de sombra,

se acerca al umbral.

Sus pasos se tambalean.

Su rostro es reflejo    de la soledad

de tantas noches  

que    han robado resplandores  al alba.

Pero su dignidad  sale hoy  a la calle.

Atrás quedan días de soles hurtados,

de  lunas rotas

y  de nubes 

que han derretido esperanzas.

Porque ella es luz…

Y esa luz,  que se estrelló

en el silencio de paredes  oscuras

y se convirtió en un quejido,

hoy vuelve a aflorar a  su rostro.

Es una luz aún temblorosa,

que  van avivando  sus pasos…

La mujer camina…  Y camina…

Y la luz se convierte en fulgor…

Y el fulgor  en llama,

llama poderosa

que  enciende  miradas,

miradas  ansiosas  

que se funden  con  ella.

Y el grupo crece.

Ya resuenan sus voces.

Y  no es canto,  es clamor

que avanza hacia horizontes lejanos…

Hay mujeres, hay  hombres. 

Niños,  niñas.

Desde lejos nos llegan sus   ecos de  vida.

Y el universo se puebla 

de soles y lunas…

Ya no hay velos, no hay sombras...

Y rayos de luz iluminan el mundo.


M. Álvarez Rodríguez

 

25 de noviembre de 2021, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

martes, 9 de noviembre de 2021

Ser en la vida camino

 




En la vida cada uno de nosotros tiene un destino. A unos les toca ser labradores, a otros ministros o policías o mineros… O ser hombres o mujeres… O ricos o pobres. A mí me ha tocado en suerte ser camino. Sí, ser camino. Como a otros seres les ha tocado ser árbol, piedra, musgo,  manzana… Y es que en la naturaleza también hay destinos. Y yo estoy orgulloso de mi destino. Soy un camino, uno de tantos caminos  que cruzan la comarca de Omaña. 


Desde Los Bayos al norte

hasta llegar a La Utrera,

los caminos y senderos

recorren Omaña entera…

        De Canto a Omaña (M.A.R.)


Me tiendo y me extiendo bajo la luz omañesa. Veo el sol la mayoría de los días del año, en ese cielo tan azul de la montaña leonesa. Y cuando  llueve o nieva me quedo agazapado hasta que escampa, aunque a veces abro los ojos  para no perderme  la belleza de  algún  arco iris  o para ver los charcos que ha dejado la lluvia o el desnevio. 

Por ser camino me he sentido siempre  útil,  muy   útil y, además,  he podido unir el destino de  mi vida al   de miles de personas de muchas generaciones.  En general,  me gusta ser pacífico y vivir  una vida  tranquila, pero algunas veces tengo fricciones con la naturaleza que me rodea. Con ese árbol usurpador, cuyas frondosas ramas ocupan parte de mi espacio. Con esa zarza rastrera que poco a poco ha ido adueñándose de un lugar que no le pertenece, y  lo hace silenciosa, pero sus espinas  acechan  y atacan traicioneramente a cualquier pierna o brazo  despistados, y los marcan con un arañazo.  Con esa piedra que quizá rodando desde monte se ha colocado en mitad de mi lecho y provoca que las personas, animales o vehículos tropiecen en ella y la maldigan.  Tengo mejor relación, en cambio, con la hierba que, sobre todo en primavera, decide convertirme en un  prado más. Un prado largo y estrecho del color de la esperanza.

La hierba me transforma en un suave colchón vegetal que permite  caminar sobre mí  con suavidad. Y tal vez haga feliz a alguna vaca que siempre  estará dispuesta a llenar la andorga con ella.  Es verdad que esa hierba que me cubre tiene un inconveniente: se llena de urbayo (orvallo) por las noches y moja los pies del caminante. Pero, en general,  los que me han hollado durante siglos iban (algunos van aún) bien pertrechados de botas de goma, madreñas o chanclos   para protegerse los pies de ese rocío mañanero.

Paladín


Durante siglos los lugareños que precisaban de mis servicios, me cuidaban, me mimaban. Al repique de campana eran llamados a hacendera y los veía venir hacia mí para lavarme la cara y acicalarme.  Con hoces, fozorias, forcas… y ganas de hacer bien el trabajo, cortaban la zarzas invasoras y las ramas, me espedraban... Y me dejaban listo para cumplir mi cometido. Desde hace años han desaparecido las hacenderas, a la par que lo hacían las gentes y que se mecanizaba el trabajo rural.  Y eso nos ha hecho sufrir a todos los caminos, pues el destino de muchos hermanos ha sido desparecer sin apenas dejar rastro, salvo el que siga vivo en el recuerdo. En los últimos tiempos, sin embargo, obreros municipales se acuerdan de nosotros y acuden a rasurarnos las barbas que nos habían dejado las caras casi irreconocibles. Yo hasta me pongo contento cuando oigo cerca el ruido de una desbrozadora.

En realidad, tengo suerte, estoy cerca del pueblo. Y la mayoría de  los lugareños sigue recordando mi nombre.   Pero hay muchos que  no solo han perdido su fisonomía, porque la naturaleza salvaje los ha devorado, sino que  incluso han perdido su nombre. Y cuando algo no tiene nombre, pierde su existencia,  la física y la de la memoria. En unos casos porque conducían a términos que hoy  son adil pues las  tierras están de baco y ese camino ya no lleva a ninguna parte; en otros, porque su espacio ha sido ocupado por una carretera.


Paladín


Los caminos  hemos nacido para dar servicio.  Para  abrir  vías de comunicación  entre personas del mismo pueblo o de lugares diferentes. ¡Con cuánto esfuerzo físico y con cuánta generosidad tuvieron que ceder parte de sus fincas sus propietarios para que naciéramos nosotros, los caminos!  Y es que un camino siempre lleva a algún lugar. A esa linar donde se siembran los sementijos. A ese prado que hay que barrer y regar para que produzca hierba en primavera… A ese cueto de tierras centeneras.  A la escuela… A la ermita… Al cementerio… A ese otro pueblo, con el que se tienen buenas relaciones de vecindad, al que hay que ir a la feria a vender un animal, a comprar alimentos y ropa…  Al médico.  O quizá hayáis tenido que  caminar por un camino parecido al que os habla durante varios kilómetros o a lomos de un animal para llegar a ese pueblo más importante  donde  teníais que  coger el coche de línea que os  llevara a la ciudad.

Pero hay variedad de caminos,   lo mismo que  de  personas: unos somos llanos, otros, pindios; unos  tenemos el  piso en buen estado; otros, quedamos arroyados y llenos de carcavones después de las tormentas; algunos somos rectos, otros, sinuosos.  Unos surcamos los  valles y otros subimos  a  lombas y chanas.  Unos dejamos ver el panorama que nos circunda y otros  están  escondidos entre la vegetación, casi adivinados. Hasta los hay escoltados por muros de piedra, unos muros realizados con piedra seca (sin argamasa) que son unas obras admirables  y que marcan la geografía física de esta tierra.  Pero todos somos (o éramos) transitados, pues hemos nacido para eso.

Paladín


Los caminos hemos sido durante generaciones lugares de movimiento, de vida, de relación… Y símbolos del trabajo. Hemos visto a las vacas pasar –y pacer- cuando se dirigían a un prado, a un coto, a una  veiga. Parece que oigo aún la voz chillona  de un guaje  que  maldecía  a alguna vaca, armado con un palo mayor que él: ¡Galana, no seas lambriona…! O a un hombre o a una mujer que con una ijada en la mano les daba órdenes o las animaba: Vamos, Garbosatira, Pinta… Las he visto también bramar, reburdiar, moscar…  Y a veces, cuando  andaba alguna tora, se ponían a rebincar  y a correr y era difícil atoledarlas. También las he visto  pelearse con otras y escornarse.  En cualquier caso, siempre me ha prestado mucho  oír aquellos nombres tan guapos con que las llamaban: Triguera, Bardina, Silga, Torda… Estaba  claro para mí que eran parte de la familia que las cuidaba.

Los caminos hemos visto pasar  carros y carros… Un día pasaba  uno muy voluminoso que, entre sus pernillas y talanquera, llevaba una carrada de hierba e iba dejando un rastro a su paso, a pesar de haber sido bien peinado.  O un carro  de centeno. O de bálago, después de haber majado. Otro día era  un carro cargado de tueros   o leña de roble, palera, chopo...  O de  urces… Para atizar en el largo invierno omañés.  Y a veces hasta tenía que adivinar qué llevaba ese carro escondido dentro de sus cebatos o cañizos, porque  desde el lugar en que estoy recostado no podía ver qué contenía. ¿Manzanas, nueces? Ah, no, eran patatas.  ¡Cómo no me había dado cuenta! Había sido    la fiesta de la Pilarica y era la   época de  recogida de las patatas.   Entonces pasaban  muchos carros… Y es que estas tierras omañesas siempre han producido  buenas patatas. Especialmente famosas han sido siempre las del Valle Gordo. También he visto algunos accidentes de carros que se baltaban por llevar mal distribuido  el peso, por llevar demasiada carrada o   por el  mal estado en que yo me encontraba.  Pero la verdad es que de esos percances no me siento responsable. 

También he visto pasar  burros y caballos. Unas veces caminaban transportando  en los cuévanos trébol, alfalfa o cualquier otro producto para alimentar a los animales en casa. En otras ocasiones  llevaban en los serones o alforjas alimentos u otros útiles caseros. En la actualidad echo de menos aquel rechinar de las ruedas del carro y las órdenes que recibían las vacas que lo arrastraban. Ya hace años que no pasan carros, ahora veo y oigo el ruido de los tractores y siento el peso de sus grandes ruedas. La hierba se lleva empacada  y no deja rastro. Y apenas se siembran cultivos de huerta. Desde mi posición solo veo prados  y arboleda.

Paladín


Pero, sobre todo, he visto pasar a gente andando… Casi siempre llevaban algo al hombro, que variaba al compás de las estaciones… Un día los veía con una zada y un caldero. Iban a plantar berzas, tomates,  cebollín… Y había que echarles un poco de agua.  O  llevaban un azadín, porque  habían nacido las patatas o la remolacha  y tenían que escabarlos para quitar las malas hierbas. Tal vez la zada sirviera  también  para cavar unos tapines y atorcar el agua para regar.  Otro día día los veía con un gadaño, los cachapos colgados de la pretina y un rastro.  Había pasado san Juan y  la siega de la hierba estaba a punto de empezar.  En julio las gentes del lugar seguían los caminos que iban a las tierras altas con la hoz en la mano. Ya estaba llegando la fiesta de  santa Marina y había que segar el pan. El otoño era la época de las cestas y de  macheta

También he visto pasar a grupos de personas alegres. Se trataba de  la mocedá. Tal vez iban a la fiesta de algún pueblo de los alredores… Corpus, San Juan, Santa Marina, Santiago, san Lorenzo… La Virgen de agosto, san Juan Degollao. Regresaban de madrugada. Es posible que tropezaran  en alguna piedra, porque no la veían o porque habían pimplado más de la cuenta… Aun así, su vuelta a casa  era siempre bulliciosa. Había que disfrutar de los  pocos momentos de fiesta. Pero no siempre oía voces alegres. A veces las  voces parecían ansiosas, eran más bien lamentos… Por lo visto habían  oído tocar a fuego en el pueblo de al lado y corrían  a ayudar con  calderos o con jamascos… O caminaban silenciosos porque había muerto ese buen vecino que siempre habían  conocido y lo querían acompañar en su entierro.  

Siempre tengo los ojos muy abiertos y despierto el oído.  No quiero perderme nada de lo que ocurre a mi alrededor. Y la verdad es que tengo mucho que percibir, porque mi entorno cambia mucho de una estación a otra y se repite año tras año. En primavera me orlan las flores más diversas. Las urces con sus galanas pintan el paisaje de  colores rosáceos y blancos. Las escobas y árgomas me visten de amarillo. Y en mis bordes unas tímidas violetas exhalan un olor inconfundible que se acrecienta bajo una pisada. También veo variedad de flores amarillas. Y de vez en cuando  un rapá me da un pequeño susto al explotar sobre la mano un estallete o santibáñez,  esa flor que por otros lugares llaman dedalera. La cantadera de los pájaros me hace disfrutar de una sinfonía  a lo largo de todo el día que me presta mucho. De vez en cuando oigo cantar al cuco y a alguien que pasa diciendo: Cucú, cuquiello, rabiello, rabo de escoba, cuántos años faltan pa la mi boda… Y a continuación oigo contar: Uno, dos, tres… Y así hasta que el cuco deja de cantar. 

También en esos meses  vuelven a llegarme con más frecuencia las conversaciones de la gente. En algunas ocasiones hasta oigo a personas que hablan solas… Sus pasos y reflexiones. Una forma de aprovechar bien el tiempo. ¡Cuántas conversaciones he escuchado a lo largo de mi vida! Sí, escuchado, porque más de una vez he puesto el oído atento para enterarme de lo que ocurre por aquí. Y os podría contar muchos secretos...

Algunas de las flores que me acompañan se mantienen a lo largo de todo el brano.  En ese tiempo veraniego me hacen compañía y me sirven de parasol las ramas de los árboles…  En los últimos tiempos oigo las pisadas de mucha gente… No son los labradores que van a su trabajo. Son personas que disfrutan de sus vacaciones  o domingueros que se dirigen a una zona de baño. Poco a poco voy percibiendo que ganan en número a los que trabajan y viven en el pueblo. Ya no pasan por aquí aquellos rapaces que iban con las vacas. Pero en verano sí oigo con frecuencia risas y voces infantiles. Son niños que viven en la ciudad, pero que están aprendiendo a disfrutar de los pueblos. ¡Ojalá les enseñen a respetar esta naturaleza que me rodea! Y sobre todo me encantaría que me llamaran por   mi nombre.


Trascastro de Luna

Me alegro de que me transiten, pero a veces también me enfado. Y lo hago cuando vehículos a motor me pasan por encima sin necesidad y de forma impune, con su ruido y  sus humos, a pesar de que hay indicaciones para que no lo hagan… En cambio, las bicis no nos molestan a los caminos.  Y es que los caminos queremos seguir siendo lo  mismo que hemos sido durante siglos.


La Utrera (verano y otoño)


Me encanta el lugar donde me encuentro. A un lado tengo el monte, al otro la ribera del río Omaña. Si me asomo un poco veo el río cercano, que casi me lame los pies. Oigo el rumor del paso del agua, a pesar de la merma del final del verano. A mi alrededor se mantiene el verdor y el canto de los pájaros me sigue acompañando. El otoño es para mí una estación muy guapa: me viste de oro. Las hojas caídas de los árboles alfombran las pisadas. Ahora oigo un nuevo sonido, el crujido de las hojas bajo los pies, aunque hay días en que las hojas están húmedas y  me pueden pasar desapercibidas unas pisadas.  El viento empieza a arreciar y también crea su propia melodía, a veces desacompasada, en las ramas de los árboles.


Camino de otoño (Paladín)


En invierno me quedo  silencioso y a veces duermo un largo sueño tapado con   un cobertor blanco que en forma de pelona o de nevada oculta mis contornos… Pero si alguien se atreve a hollarme, dejará en mí la huella ostensible de su pisada. Algunos días veo huellas que no reconozco fácilmente, pero sí sé que no son humanas, ni de vacas, ovejas…  ¿Quién me ha visitado? ¿Lobos, raposas, jabalíes, corzos, nutrias? Es igual, en realidad a mí no me molestan, pero sí me preocupa que se sirvan de mí para llegar al pueblo… También oigo un sonido poderoso, en ocasiones tan  impresionante que no me deja dormir. Es el río, que con su gran crecida, corre furioso. A veces me inunda y desaparezco parcialmente bajo un pequeño mar. Dejo de ser camino… Algún invierno incluso me ha dado un zarpazo  del que manos generosas han sabido curarme. Y si algún caminante me  visita, siempre agradezco los pasos perdidos de quien no se olvida de mí.


Paladín

Y aquí sigo, viendo pasar el tiempo… No sé cuándo nací, pero debo de ser ya  viejo… Y espero seguir envejeciendo, pero con salud. Ya sé que  alguna vez he sido maldecido por no ser carretera… Pero yo no soy responsable de las decisiones ajenas. Soy pariente de los senderos, de los cordeles de merinas y de las carreteras, pero cada uno de nosotros tiene una vida propia, aunque convivamos amistosamente. Y  yo solo tengo una aspiración: seguir siendo camino: camino pisado, camino sentido, camino vivido. Cuidadme, por favor.

 

Paladín

Texto y fotografías:   Margarita Álvarez Rodríguez

Texto relacionado: Canto a Omaña


sábado, 23 de octubre de 2021

Pálpitos de luna nueva, de Alicia López Martínez


Poemario

Pie Ediciones, 2018


Coincidí  con Alicia López Martínez el pasado agosto, al participar ambas  en los Encuentros Literarios anuales que organiza el escritor Manuel Cuenya, en Noceda del Bierzo (León). Previamente también habíamos coincidido en el recital  Versos a la Peña de la Fortuna, en Omaña, en verano de 2019.   En los dos actos tuve la ocasión de descubrirla como escritora, especialmente en el de Noceda,  pues los textos que presentó allí, tanto de narrativa como de poesía, me fascinaron, por su fuerza  emotiva y su valor literario. Me alegro mucho, pues, de haberla conocido como escritora y como persona, pues con ella  he establecido, desde entonces, una relación muy cordial. Tuvo, además, la gentileza de regalarme un ejemplar de su primera  publicación poética, Pálpitos de luna nueva. La he leído con enorme placer…  Y después de leerla, y releerla con atención, me he propuesto escribir una reseña sobre las emociones que me ha  provocado su lectura.



La primera impresión que puede sentir un lector  ante  los  poemas  de Pálpitos de luna nueva es la de estar  ante un poemario un tanto  hermético en cuanto  a los sentimientos que nos quiere comunicar la autora. Sin embargo, a medida que nos adentramos en él, nos dejamos  arrastrar sin dificultad por sus versos y somos capaces  de sentir ese  pálpito; de vivir con  Alicia López Martínez ese camino un tanto misterioso que ella recorre, que no es otra cosa que la experiencia de vivir.  Y ello es así por la poderosa voz  con que expresa sus vivencias y por la belleza de las palabras con que lo hace. Así, poco a poco ese hermetismo inicial  se va abriendo a la luz, si no plenamente a la del entendimiento, sí a la de la emoción plena. 

La autora, en la mayoría de sus poemas, deja  un espacio a la metaliteratura. Unos breves versos de distintos poetas (Juaresti, Cernuda, Guillén, Ángel González, J. R. Jiménez, Mestre,  Neruda, Borges, Kavafis…), aparecen en el frontispicio de  sus poemas  y nos dan una pista sobre su contenido. La relación entre los versos seleccionados y los escritos por la autora a continuación es evidente. En algún caso la metaliteratura nos lleva por los derroteros cervantinos: Hoy me he despertado con Sancho cantando un estribillo…  

Desde los primeros poemas, somos capaces de sentir  que la poeta se mueve en la búsqueda  de algo nebuloso, escurridizo: Me tambaleo, tiemblo… Busca  algo errante, en pos de lo cual camina anhelante,  pero   esa   realidad  es difícil de apresar.  Avanzo, perdida, errante… Se siente peregrina tras esa  sombra que la abandona y  que se esconde.   Parece seguir unas huellas que se pierden, huellas físicas marcadas en la tierra o en la arena o huellas de algo innombrable, tal vez el sentido de la vida. Relacionadas con esa búsqueda  aparecen muchas imágenes de destrucción: muerte, soledad, cenizas  que se hielan, voces, esqueletos, silencios ahogados  El fracaso en esa búsqueda  le produce con frecuencia amargura y desolación. 

En relación con ese tema, llama la atención la frecuencia casi constante del mar que parece agitarse  entre sus versos.  Alicia es de origen gijonés y  las vivencias relacionadas con el mar están muy presentes en su vida y en sus versos, por este motivo,  los recuerdos  de infancia afloran con frecuencia a lo largo del poemario ante la contemplación del mar.  Ese mar la ancla a  los orígenes familiares y  geográficos. Las alusiones a lugares de costa están presentes en muchos poemas y abunda el  léxico que tiene que ver con ese campo semántico: arena, gaviotas, olas, marea, marejada, sal, playa, acantilados… En otros casos, contempla el mar en un instante detenido  y lo identifica con el sufrimiento del presente, con la soledad,  con las lágrimas... Es  frío mar de pesadumbres... Es ese lugar  en que se sumerge entre tus/mis/nuestras lágrimas.  En un verso  incluso llega a decir:   La mar se torna hosca a mis caricias y, a pesar de ello, la atrae hacia el abismo en esa búsqueda de aquel  sueño azul.   Sin embargo, en algunas ocasiones,  presenta una cara más amable y abre sus brazos al beso tierno de un acantilado. Y no solo el mar la atrae poderosamente, también las aguas de arroyos y ríos aparecen en sus versos. Y la naturaleza, en general, que, a veces, personifica. La contemplación de la naturaleza se convierte en un reclamo poético, en una fuente de inspiración. Ante el cauce de un río exclama: Cuánto ardor en tu lecho de poesía. La relación con la naturaleza le sirve para evadirse de un mundo hostil y deshumanizado,  un mundo de finado papel / un planeta sin ley, en el que difícilmente tiene cabida la poesía. 

Las luces y las sombras también recorren el poemario y adquieren un simbolismo especial, sobre todo, con la presencia del sol y la luna y de ese momento del día tan poético que es el ocaso, donde la luna y el sol se funden en átomos irreales. El título del poemario es precisamente Pálpitos de luna nueva,  esa luna que parece esconderse, pero que en realidad está siempre tras los sentimientos de la autora, es una luna que es pálpito, que es   presentimiento. Uno de los poemas se titula precisamente Luna soy. Es una luna  nueva que parece adormecerse  y desaparecer en la oscuridad, pero, a veces, es  luna que riela,  luna que contempla, que ilumina… Casi siempre  con una luz difusa. Crea poderosos contrastes entre la luz, generalmente del sol, pero también  de los rayos, de unas luciérnagas…  y las sombras de la noche, del luto… Pero no siempre luz y oscuridad son antagónicas, pues,  jugando con los contrastes,  hay claridad que desprende sombra y oscuridad que libera luz (Poema Tú y yo). Son las contradicciones de la vida. 

El paso  del tiempo  es otro de los grandes temas presentes en los poemas de Alicia. Un tiempo que transcurre de forma inexorable, pero ante el que ella desea quedarse quieta,  inmóvil en un presente permanente, para  apresar el tictac de un latido, para conseguir una inmortalidad instantánea.  

Pero el tiempo se escapa sin remisión, aunque parece que  se pudiera apresar a través de besos y versos (en un poema hace este juego  de palabras y grafías: V(b)e(r)sos). Es posible que  el amor, que aparece mencionado o sugerido frecuentemente con el simbolismo del beso, y la poesía sean la únicas formas de vencer ese paso del tiempo, de inmortalizar el instante. Todo fluye / todo / al compás / de mis latidos. Quizá  la búsqueda de la palabra, el verbum, en general, y la palabra poética, en particular, sea lo que puede contener algo de inmortalidad. Es tenaz el beso y  es tenaz el verso, dice en el poema Carpe Diem, pero es aún más tenaz    el paso del tiempo, su paradójica  inexistente existencia. Pero también el amor y la poesía pueden ser destruidos  y   quedarse  en un sueño que produce más amargura.  La vida es teatro, afirma Alicia. Pero eso sí, la poesía, hecha palabra, puede servir para expresar sentimientos y para denunciar injusticias: ¿Silencio? / Hoy, hoy /no /. Se inmoló en la garganta y en el tímpano / de un niño mendigo. Con ella critica la igualitaria desigualdad. 

A medida que va desgranando sus versos, los lectores vamos descubriendo que  el auténtico tema sobre el que gira la obra es la palabra poética: Aquí, en el verbum, te buscas / y te traduces y te escribes / y formas y reafirmas lo que ya es un hecho / El (Re)encuentro / de tus términos. Las alusiones al hecho poético están presentes en todo el poemario, unas veces de forma directa y otras de forma indirecta, al hablar de papel, de textos escritos, de palabras… Y la autora llega a hacer una proclamación explícita de su anhelo poético: Hasta ahora  y hasta siempre / serás mi guía /poesía. De algo tenemos una certeza absoluta. Alicia encuentra esa palabra poética  y consigue con ella que sus versos nos atrapen, nos emocionen, nos dejen absortos ante su belleza, porque sus palabras son poesía, son arte: Hoy, mujer, tengo la desfachatez de ser poesía, afirma  en el poema Tú y yo, donde el tú es la poesía misma. 

La autora consigue la belleza con el acertado ritmo  de los versos, la mayoría versos libres, mezclando el ritmo cadencioso de los versos largos y el más dinámico de los versos cortos. En  algunos poemas  usa también la métrica clásica, especialmente en los bellísimos sonetos que contiene el poemario. Y en algún caso   utiliza  también ese verso tan tradicional que es el  octosílabo. Muchos de sus versos parecen sugerir el ritmo del oleaje, a veces, intenso; a veces, más suave. El paralelismo sintáctico, abundante en los poemas, contribuye a acentuar al ritmo poético, así como algunos versos a modo de estribillo. También realiza originales juegos de palabras buscando una   fonética   de similar cadencia: se asombra de las sombras…  Hay veces / a veces… 

Los poemas de este libro presentan innovaciones formales que la autora convierte también en significativas. Juega con el tamaño de  tipografía,  con la puntuación y la disposición de los versos (similar en algunos aspectos a los poetas de las vanguardias), para marcar el ritmo o la intensidad de lo expresado.  Y, desde el punto de vista estilístico, presenta una enorme riqueza expresiva. Utiliza muchas imágenes, bellas y sugerentes, siempre muy plásticas, que nos hacen acercarnos de manera más viva a las sensaciones: el sol se hace añicos en la arena. Al lado de las metáforas aparece una gran riqueza y variedad de sinestesias, en las que mezcla sensaciones que captamos por distintos sentidos: acordes violáceos, fragancia de sal, ritmo azul   O sentimientos y sensaciones: dulce amargura, pletórico de cadencias, frío mar de pesadumbres… Y otro recurso expresivo, que busca el desconcierto del lector para conseguir una mayor fuerza poética, es el juego que realiza con la antítesis, que con frecuencia se convierte en paradoja. Yo soy mujer de paradojas, dice en el poema Átame, pero suéltame, título que  es en sí mismo otra paradoja. Mi cabeza es un hervidero / de contrarios sentimientos, afirma en otro poema. A veces mezcla  los dos recursos poéticos: Hasta que los ojos escuchen la armonía del silencio... También logra concentrar la  intensidad emotiva con  las enumeraciones bimembres de adjetivos o de otros tipos de palabras: mis labios, enmudecidos, sellados. 

En definitiva, la autora perece seguir el mismo camino  que la sinuosa línea del tiempo. Y acepta que su fin es ser destino (ya desde el inicio nos decía que se sentía peregrina).  He parado de parar en cada estrecho tramo, ¡qué gran logro poético contiene este verso!  Y ya, al final, en el poema Mar adentro, parece reconciliarse definitivamente con ese mar de incertidumbres, pues asegura que le gusta nadar mar adentro, sin temor a hundirse,  para  llegar a un lugar donde la luna riela sola. Parece así que esos  Pálpitos de luna nueva son, en realidad,  pálpitos de cuarto creciente.  El amor y la poesía no le han permitido apresar el tiempo, pero sí han conseguido que cree una obra de arte en este bellísimo poemario. Amor y arte / Amarte / Poesía, arte. Saber amar y saber componer versos para expresar  ese amor (sea a una persona  o a la naturaleza) son dos manifestaciones del arte que corren a la par. 

Muy bellos son también los dibujos que ilustran el poemario, realizados por Iván Álvarez López, hijo de la poeta (al que le dedica el bello poema Se curvaba mi vientre), y uno de ellos por Gemma García Blanco. 

Y no hay mejor forma de finalizar esta reseña que utilizando unos versos de la propia escritora para rogarle que  sus palabras se presten para entonar, en un silencio sonoro,

 nuevamente un poema

               de olas, de luna, de amor,

                              de lo que sea. 


Aquí estaremos, los amantes de la buena literatura,  ávidos de leer y escuchar, porque, como decía Miguel Hernández en la dedicatoria de Viento del pueblo, “el pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”.

Margarita Álvarez Rodríguez

Madrid, octubre de 2021



Nota: Varios de los versos que se recogen a modo de ejemplo no siguen la disposición con la que aparecen en el poemario, por motivos de extensión.


lunes, 18 de octubre de 2021

En voz de mujer

 DÍA DE LAS ESCRITORAS 2021

 

El  18 de octubre de 2021, se celebra el VI Día de las Escritoras, conmemoración  que creó la Biblioteca Nacional de España en el año 2016, en colaboración con   la Asociación Clásicas y Modernas y la  Federación  Española de Mujeres Directivas,  Ejecutivas, Profesionales y Empresarias.  Se eligió para esta celebración el lunes más próximo a la festividad de santa Teresa (15 de octubre). Se pretende contrarrestar con ello la discriminación  con que la historia ha tratado durante siglos a las literatas. 

 Rosalía de Castro, en la Carta a Eduarda (1865), decía:  “No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma  y repasar los calcetines de sus maridos.”

 Y en otro lugar del mismo texto: “Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo. Únicamente alguno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aún erradas preocupaciones,  pero… ¡ay de ti entonces! Ya nada de lo que escribes es tuyo… se acabó tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas”.

 



En voz de mujer


Voces de mujer diluidas en el silencio,

y extraviadas en las esquinas de la historia,

sentimientos ocultos bajo el velo del pudor…

¡Cuánto amor, dolor, ternura, sabiduría, rebelión…

quedaron aprisionados en vuestros labios!

La trompeta de la fama tronó nombres de varón

y ensombreció el eco de vuestra palabra.

Pero una luz divina  brilló en los  conventos.

Teresa, sor Juana, sor María,

allí buscabais a Dios entre los pucheros,

e hilvanabais   palabras en papel:

palabras  de amor,

de feminismo y rebeldía.

Mientras, en la  calle,

otras mujeres solo  enhebrabais  agujas

para colgar de un hilo frágil

palabras expropiadas…

Porque nombres de varón 

escondieron vuestra identidad,

Charlotte, Emily, Ana, Amantine, 

Louisa,  Mary, Cecilia…

Usurparon vuestra autoría,

Olivia, María, Colette…

O la sombra de un gigante

oscureció vuestra luz,  

María Teresa,  Concha, Zenobia, Vera…

Y tú, anónima Jane, 

que  hasta olvidaste tu  nombre…

Pero, por los cauces de la intrahistoria,

vuestra palabra luminosa,

se fue derramando, letra a letra,

y  se ha hecho sementera…

Y la Historia mayúscula

se ha cuajado de espigas doradas

preñadas de pan.

Pan de vida,

pan de arte,

pan de justicia,

pan de literatura…

Y, siempre,

en voz de mujer.


© M. Álvarez Rodríguez, 2021

 

Los nombres de mujer mencionados en el texto  corresponden a:

Santa Teresa de Jesús, monja carmelita,  reformadora de la orden del Carmelo, escritora mística, en verso y en prosa, que vivió en la segunda mitad del siglo XVI.

Sor Juana Inés de la Cruz, monja mexicana, vivió en la segunda mitad del siglo XVII, escribe   autos sacramentales, poesía, prosa, de carácter religioso y profano. Frecuentemente critica la doble moral de los hombres:  Hombres necios que acusáis / a la mujer, sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis…”.

Sor María de Jesús de Ágreda, monja de clausura concepcionista, escritora mística y consejera del rey Felipe IV. Se dice que tenía el don  milagroso de la bilocación y, como la “dama azul”, aparecía en varios países del Nuevo Mundo (sin salir del convento), donde contribuyó a la evangelización.

Las hermanas Brontë, famosas novelistas inglesas del siglo XIX,  tuvieron que publicar sus primeras obras con seudónimos masculinos. Las tres usaron  nombres que comenzaban por su letra inicial y el mismo apellido. Charlotte Brontë, autora de la famosa novela Jane Eyre, adoptó el nombre de  Currer Bell; Emily Brontë,  autora de  Cumbres borrascosas, el de  Ellis Bell,  y Anne Brontë,  autora de Agnes Grey, el de Acton Bell.

Amantine Aurore Dupin, escritora francesa, también del siglo XIX,  usó el nombre de George Sand. Su obra más famosa es Indiana.

Louisa May Alcott,  estadounidense, es  la autora de Mujercitas (1868). Usó el seudónimo masculino A. M. Barnard en sus primeras obras. En varias de ellas trataba  los temas del adulterio y del incesto.

Mary Anne Evans, escritora inglesa de finales del siglo XIX, usó el seudónimo literario de George Eliot. Escribió, sobre todo, novelas y poesía.

Cecilia Böhl de Faber, escritora española, de mediados del XIX, es la autora de la famosa novela  La gaviota. Usó el seudónimo de Fernán Caballero.

Olivia Sabuco, autora del tratado Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, es una escritora del Siglo de Oro. Su padre reclamó la autoría de su obra.  Murió en 1622, en un convento, y la Inquisición quemó sus obras.

María Lejárraga, novelista, dramaturga,  ensayista, traductora, feminista, diputada durante la Segunda República…  Escribió gran número de libros que se publicaron  firmados  por su marido Gregorio Martínez Sierra. Al final de su vida, por necesidad económica, decidió desvelar  en sus memorias, Gregorio y yo, el hecho y comenzó a firmar como María Martínez Sierra.

Sidonie Gabrielle Colette, escritora francesa de la primera mitad del siglo XX, tuvo que aceptar que su marido firmara sus obras.  Escribió la famosa serie de novelas Claudine, publicadas bajo el nombre de su marido. Cuando se divorció hizo pública la verdadera autoría.

María Teresa León,  una escritora de la Generación del 27,  vivió  y escribió siempre  a la sombra de su esposo Rafael Alberti. Es autora de  relatos, teatro, guiones cinematográficos… Memorias de la melancolía, obra biográfica, es probablemente su obra fundamental.

Concha Méndez, perteneciente al grupo de las Sinsombrero.  Poeta, dramaturga, novelista, editora, formó parte  de la Generación del 27, sin embargo, para muchos era “la mujer” de Manuel Altolaguirre. Gran defensora de los derechos de la mujer. 

Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón Jiménez, autora de relatos, poemas, traductora. A ella le debemos la traducción al español de la obra  del Nobel  R. Tagore.  Fue el apoyo literario y  psicológico de J. R. J.  y trabajó mucho para que obtuviera el Nobel.

Vera Navokov, escritora rusa, fallecida en 1991, fue oscurecida por la fama de su marido Vladimir Nabokov. Corregía todos sus escritos, incluso  llevaba siempre un revólver en el bolso para defenderlo de un posible atentado…

Jane Austen, escritora británica, que vivió a caballo entre el siglo XVIII y el XIX, publicó sus grandes novelas: Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio  de forma anónima. La autoría de sus obras se conoció póstumamente.

Y podríamos seguir y seguir, tanto en la literatura española como en la universal.

¿En cuántos manuales de Bachillerato se cita a  las grandes escritoras del Siglo de Oro al lado de los "príncipes de las letras" de nombre masculino? No están, parece que no hubieran existido  escritoras tan notables como Cristobalina Fernández de Alarcón, que escribió, sobre todo, sobre  temática religiosa. Ana Caro Mallén de Soto, que  se puede considerar la primera escritora profesional. María Zayas y Sotomayor, que escribió novelas cortesanas, y  que en algunas ocasiones plagió su marido. Marcela del Carpio (Sor Marcela de San Félix), hija de Lope de Vega,  de la que se conservan algunas de las obras que escribió, otras fueron quemadas por la Inquisición. Catalina de Erauso (La monja alférez) mujer que se hizo pasar por hombre para vivir más libremente. Juliana Morell, poeta y humanista.  Catalina Ramírez de Guzmán, gran poeta. Y Luisa Sigea, Cristobalina Fernández de Alarcón, María Luisa Padilla, Leonor de la Cueva Silva, Feliciana Enríquez de Guzmán (se vistió de hombre para ir a la universidad) … Y muchas más. Mujeres que hablaron del matrimonio, la violencia machista,  que lucharon contra la misoginia…   La mayoría usaron seudónimos.

También conviene recordar que  las escritoras decimonónicas Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán no pudieron entrar en la Real Academia Española.  Hubo que esperar   a 1979, para ver en un sillón académico a la primera mujer,  Carmen Conde. En los trescientos años de historia de la RAE solo once mujeres han sido académicas de número. Actualmente de los cuarenta y seis miembros, ocho son mujeres.  16 mujeres han ganado el Nobel de Literatura, que se concede desde 1901. Cinco mujeres han recibido el premio Cervantes, que se entrega desde 1976.

Nos hemos sorprendido en los últimos  días con el hecho de que los flamantes ganadores del Premio Planeta sean tres hombres, escondidos tras un seudónimo de mujer: Carmen Mola. Los autores afirman que no se esconden tras una mujer, sino tras un nombre de mujer. Este artificio tiene más de juego que de otra cosa. Nada tiene que ver con los motivos por los que las mujeres escritoras escondían su nombre…

¡Ojalá las mujeres artistas nunca tengan que esconder su nombre por el hecho de ser mujeres! Queremos oírlas hablar y escribir en voz de mujer.

 



"En la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer". Virginia Woolf.

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.