jueves, 22 de septiembre de 2022

Sabor a nostalgia

             Llega la otoñada

Camino otoñal. En Paladín



Una calma lenta se va adueñando de los caminos. Se respira silencio y soledad. Mientras caminamos por ellos una luz amarillenta tiñe nuestras retinas, que se convierten en espejos de oro.  Un trino otoñal   se oye aún en la arboleda. Es como un eco que ha quedado prendido en el paisaje veraniego y que se resiste a enmudecer.  El viento se cuelga de las ramas, que, transformadas en liras,  comienzan el esperado  concierto de otoño. En este concierto la música  va acompañada de danza, pues  las hojas desprendidas de los árboles  se convierten en  frágiles y etéreas bailarinas, que, en danza armoniosa,  nos producen embeleso. Vestidas de amarillo, juguetean ante nosotros  y nos ungen  el rostro  con lágrimas de melancolía.

A los ríos y arroyos los ha dejado el verano tan escuálidos que pasan casi sigilosos,  porque el agua es apenas un susurro de sed. La sequía nos descubre las intimidades de las piedras y las rocas   asoman sus caras resecas por encima de la superficie entre dorados reflejos. El paisaje parece que se ensimisma, que se esconde tras velos  de melancolía, mientras se despoja poco a poco de sus ropajes, dispuesto a emprender el sueño de invierno.

Río Omaña, a principios de septiembre

Es tiempo de frutos.  Sensaciones voluptuosas nos rodean por doquier. Las patatas se   desnudan ante  nuestros ojos, el olor a nueces envuelve nuestro olfato, el sabor  a manzanas seduce nuestro gusto… Manzanas verdes, amarillas, rojas… Un mundo de tersura y de color. Ramas llenas de fruta  que cabecean hasta el suelo como queriendo postrarse a nuestros pies.  Ante esa naturaleza exuberante  nos sentimos  atrapados  por un mundo mágico que presagió la primavera y anunció el  verano. Aquellos frutos que eran una esperanza primaveral y que se sazonaron con el calor veraniego ahora están entre nuestras manos como el mejor regalo del otoño.

Un nogal con ramas que llegan al suelo. En Paladín

Sabor a hogar, a tardes tranquilas,  a voces apagadas.  La luna y el  sol se hacen carantoñas entre las rubianas  del ocaso teñidas de amorosos colores rojizos. Pronto las chimeneas serán el mejor símbolo de vida y de acogida. Ellas nos indicarán qué casa está abierta.  En la calle, soledad, solo alterada por el ladrido de algún perro. Puertas cerradas, persianas bajadas… De los rosales  cuelgan restos de rosas secas   y, aunque echan de menos esa mano amiga que los retire, siguen aportando  notas de color y de vida. 

Las nubes  blancas  y vaporosas se acercan a nuestras casas  y juegan con nuestra mirada, que las sigue —y las persigue—queriendo seguir su estela por los mundos siderales en busca de  otras primaveras soñadas. Algunos días adoptan tonos grises o negruzcos  y deciden quedarse sobre nuestras cabezas   e impregnarnos con sus lágrimas.

El otoño es  serena belleza, sensaciones de oro. El otoño es sabor a  nostalgia.

Río Omaña, con cara preotoñal

Los días se acortan, las mañanas nos enfrían el rostro, nos protegemos del  frío  y del viento y agradecemos el calor de hogar.  Pero seguimos buscando  esa ventana que nos permita seguir mirando —y admirando— el espléndido paisaje  rural que nos rodea. Ese paisaje de mi pueblo (Paladín, León) y de tantos otros pueblos parecidos de la montaña leonesa o del mundo rural, en general. 

Algunas de esas personas tendrán que ver  ese paisaje otoñal  desde la lejanía. Son somos  aquellas  que  ya han  regresado a su  domicilio habitual de “las afueras” de  su pueblo, afueras extensas  que llegan a León, a Bilbao, a Madrid, a Barcelona… Tal vez a otros países.  Pero, cuando  nuestra ventana física no  refleje esa belleza anhelada, abramos  de par en par  las ventanas del alma… Esas que nos permiten siempre  soñar  y contemplar  lo que está atrapado en los recuerdos y quizá en algunas de estas palabras…

¡Feliz otoñada!



Sabor, color, olor, tersura... de las manzanas

Texto y fotos: Margarita Álvarez Rodríguez

Omaña es una comarca del noroeste de León, enclavada en la Resera Mundial de la Biosfera de los Valles de Omaña y Luna

jueves, 1 de septiembre de 2022

Metamorfosis (microrrelato)

 

Microrrelato finalista del Concurso Internacional  Microatardeceres convocado por Diversidad Literaria (seleccionado entre los diez primeros de  más de 500 presentados). Los microrrelatos no debían superar las cinco líneas y debían incluir la palabra atardecer.




Atardecer prendía sus dedos de arreboles de fuego en el pico de una montaña, pero las garras de la noche lo desprendieron y lo encarcelaron en el Reino de la Oscuridad. Nostalgia, con sus lágrimas, y Luna, con sus rayos, rompieron los barrotes de su celda y le señalaron el camino del Este. 

Y por allí reapareció, horas después, confundido con Alba y llevando en brazos  a Día. 

Volvía al Reino de la Luz.


© Texto: Margarita Álvarez Rodríguez, 2022

Fotografía: Celia de Frutos Álvarez (atardecer desde Paladín, mirando a La Garandilla, en León).



lunes, 11 de julio de 2022

La última misión Apolo, de Ruy Vega

 

Género: Ciencia ficción

Editorial: Más Madera

Págs. 379

 


He de reconocer que es la primera reseña literaria que realizo de una novela de ciencia ficción. Aunque he leído varias obras  de autores importantes del género  (Asimov, Orwell, Huxley y, por supuesto, Verne y  algunos más), no suelo leer novelas  de esta temática. Pero  he de confesar que esta novela de Ruy Vega la he leído complacida.

Ruy  Vega es natural de Ponferrada (León)  y, antes de La última misión Apolo ha realizado ya varias incursiones en la novela de ciencia ficción, la última, Herederos del universo (2019). Es colaborador habitual de diversos medios de comunicación, entre ellos, el canal de televisión La 8 del Bierzo y  el Diario La Nueva Crónica de León, en los que realiza  críticas de cine y escribe artículos y reseñas literarias.

El autor sitúa la acción en  un futuro cercano (años 2029-30). El punto de partida es el hecho extraño de que aparezca orbitando alrededor de la Tierra el Apolo XX, desaparecido en los años 70 del siglo pasado, cuando realizaba una misión especial en la cara oculta de la Luna.  A bordo de la nave sigue aún  viva la comandante en jefe, Elena Patinson.  Esta astronauta es localizada sola y  en la misma situación física (38 años)  en que se encontraba cuando comandaba esa misión especial de la NASA. El resto de los integrantes de la misión han desaparecido misteriosamente y ella no es capaz de explicar lo sucedido.

En la trama de esta novela se trata de desentrañar, pues, el misterio de la desaparición durante décadas  del Apolo XX  y resolver la incógnita de lo ocurrido en todos esos años  en que  el tiempo ha estado parado para la astronauta y no la ha hecho envejecer y, al mismo tiempo, descubrir lo que portaba una misteriosa caja que la acompaña en su viaje de vuelta a la tierra.  En la investigación participan la NASA, el gobierno de los Estados Unidos, el ejército,  diversos especialistas y  un magnate, que costeará otro viaje para resolver el misterio. Esos son los ejes esenciales del argumento de la novela.

Hay que recordar que fue el Apolo XI el que llegó, por primera vez,  a la Luna en 1969 y que la última misión Apolo fue la XVII, por lo que Ruy Vega nos coloca ante una situación de ciencia ficción, pues el Apolo XX solo ha existido en la imaginación del autor y en el argumento de la novela. Siguiendo la narración novelesca,   La última misión Apolo tenía por objeto investigar algo secreto en  la cara oculta de la Luna, lugar en el que se le perdió la pista.

La acción gira en torno a dos personajes femeninos: la astronauta que dirigía la misión, que inicialmente no recuerda lo sucedido, y una famosa física, Shanaya Landázuri, que es una eminencia en la materia y  que va a tratar de resolver  el misterio de forma científica. Parecería a primera vista que la protagonista es Elena  Patinson, sin embargo, las dos rivalizan en el protagonismo. Elena es recluida inicialmente en la Base Edwards, para preservar el secreto que la envuelve hasta que se resuelva el misterio. El autor nos la presenta  como  una persona que vive atormentada por no  recordar lo ocurrido,  que solo  aparece en forma de retazos en los sueños que tiene. Se siente tratada como un objeto de investigación,  que carece de libertad para moverse y para expresar abiertamente sus sentimientos. Su antagonista, Shayana,  es una persona  engreída, que se considera  la mejor física de EE. UU. En torno a ellas, aparecen otros personajes que forman parte del proceso de investigación. Son personajes menos perfilados, pues conocemos más qué hacen que qué sienten o piensan, aunque en algunos casos  afloren someramente sus sentimientos. Con uno de ellos, Mark,  trabajador de la NASA,  la astronauta establece una relación afectiva especial. Es la cara más humana de todas las que pululan alrededor de la astronauta.

La novela nos plantea unos temas intrincados que van más allá de la pura narración novelesca. Uno es la posibilidad de viajar en el tiempo, además de en el espacio, tratando de sustentar la teoría en explicaciones  científicas, y otro, la aparición de   formas de  evolución del ser humano desconocidas hasta ahora.  Nos presenta, pues,  otros modos de evolución de la especie  que superarían las teorías darwinianas,  y en los que intervendrían  seres extraterrestres, seres a los que el autor llama “ellos” y que podrían  ayudar a los seres humanos a dar un impulso evolutivo que supondría  un salto de gigante en la evolución de la humanidad para conseguir crear seres más fuertes y resistentes a la enfermedad y al envejecimiento. Con estos seres contactan los astronautas del  supuesto Apolo XX y “ellos” provocan todo lo que ocurrió con esa misión y sus tripulantes. Se presentan en la novela como seres mucho más evolucionados que los humanos y  que tienen capacidad para decidir el futuro de la humanidad. Además, pueden darnos pistas para conocer mejor  ese mundo sideral del que apenas conocemos algo los terrícolas.

También se plantea el tema de la deshumanización  al que nos puede abocar la ciencia,  que puede modificar hasta el ADN de los seres humanos y transformarnos en algo diferente. Esta deshumanización también se refleja en cómo es tratada la comandante en jefe, Elena, que es utilizada como mero objeto de investigación y privada de libertad, en la base en que está recluida.

Como estamos ante una novela de ciencia ficción, además de lo ficticio, incluye, como es de rigor, elementos relacionados con la ciencia y la técnica que se explican de forma sucinta en la narración. Además de todo lo tecnológico que lleva aparejada una misión espacial, aparecen referencias a   teorías científicas (físicas) que un lector medio desconoce. Sin embargo, Ruy Vega muestra una gran habilidad narrativa para que esas referencias estén enlazadas con la ficción de tal manera que nos parezcan a los lectores explicaciones necesarias en la trama, explicaciones  que tratamos de comprender. El autor consigue que no nos sorprendan en ese contexto narrativo, aunque, en sí mismas, sí sean sorprendentes. A modo de epílogo, y para apoyar esas explicaciones con un argumento de autoridad  que dé más  “realismo”  a lo que se cuenta en la obra,  incluye unas afirmaciones de Stephen Hawking en las que el notable físico hablaba de incluir el ADN, además de la información trasmitida externamente, en el nuevo concepto de evolución humana.

Al hojear la novela tenemos la impresión de que está escrita en forma de diario, pues todos los capítulos están encabezados por el nombre del lugar en que se desarrolla cada secuencia de la trama,  y la fecha concreta y la hora exacta en que se inicia lo que ocurre en cada capítulo. Pero no es un diario al uso en que se cuentan hechos ya pasados, pues la narración utiliza siempre el presente, eso genera  que el lector tenga la sensación de que es un espectador de los hechos y que los va viviendo a medida que transcurren. Parece que nos encontramos   en ese despacho, habitación o laboratorio, entre los personajes que dialogan y deseosos de intervenir también con ellos para descubrir las claves del misterio. Se consigue tal plasticidad que es como si oyéramos los diálogos cuando se están produciendo. Eso le da al texto un gran realismo a la hora de contar todo lo que tiene que ver con el proceso de investigación. La precisión en el horario que marca la hora  y los minutos exactos nos sugiere también ese ambiente tan tecnificado en el que los registros exactos de actividad son esenciales. Es como si varias cámaras fueran dejando constancia exacta de los acontecimientos en el lugar y tiempo en que ocurren. Es una novela muy cinematográfica, fácil de convertir en un guion de cine.

Nos llama la atención la  economía lingüística que caracteriza el estilo de la novela, que, sin duda,  va en consonancia con el género de ciencia ficción, relacionado con  la ciencia y la tecnología que usan lenguajes preciosos y faltos de adornos literarios. Por ese mismo motivo la descripción es muy escasa, apenas unas breves pinceladas con algunos adjetivos o símiles. La técnica más presente en la novela es, pues, el diálogo. Ello contribuye  a dar dinamismo, a que la lectura sea muy ágil y a que se acentúe la plasticidad que se mencionaba más arriba al sumar al  presente de la narración el del diálogo. Los capítulos son muy breves, algunos no llegan a una página y ello, unido a que las frases son muy cortas, contribuye también al dinamismo mencionado.  El autor tiene la habilidad de anticiparnos hechos, cerrar el capítulo correspondiente, y hacernos esperar  a capítulos posteriores para conocer el detalle de los mismos. Este hecho aumenta la intriga, que está presente en toda la narración y que Ruy Vega maneja con arte. La narración sigue un orden lineal, aunque en algún momento se use la técnica retrospectiva para volvernos, a través de los sueños de Elena,  a los hechos previos  a la desaparición del Apolo XX.

A pesar de ser una novela que nos habla de misiones espaciales –o quizá por serlo-, es una novela de interiores, pues en interiores se desarrolla todo el proceso de investigación, se mueven los personajes y se entablan los diálogos.  La acción se desarrolla, fundamentalmente  entre Nevada  y un lugar de la Guayana Francesa, aunque aparezcan también otros lugares. Este desarrollo en interiores crea el marco adecuado para un proceso de investigación y le da esa aureola científica de laboratorio.   Es uno de los aciertos de la novela de Ruy Vega. En ocasiones aparecen incluso las habitaciones de los personajes, que se convierten en prolongación de despachos y laboratorios, aunque  en las conversaciones que se producen en esos lugares, aparece también la faceta más humana y las inquietudes de los personajes, especialmente de Elena Patinson.

La acción se sitúa en un fututo próximo, entre el año 2029 y 2030, y, aun siendo años cercanos, no podemos saber lo que puede ocurrir desde este momento hasta esa fecha. Por ello, lo que hoy nos parece increíble puede no serlo en pocos años. El último capítulo lo sitúa en 2035. Ese capítulo cierra la investigación que ha sido el eje de la trama de la novela, pero introduce al lector en otra incógnita, aunque en este caso se nos han dado las claves necesarias para poder interpretarla.

En conclusión,  La última misión Apolo es una novela que consigue  una intriga que no decae en el transcurso de la narración y  hace que el lector avance por ella sin respiro hasta el desenlace. Una novela amena, dinámica, que entretiene y que nos hace reflexionar, que puede ser leída por los amantes del género y por cualquier tipo de lector,  y que consagra a Ruy Vega como un autor importante dentro del mundo de la ciencia ficción. Y a mí, en particular, me va a servir también para interesarme más por este tipo de novelas. Gracias, Ruy Vega, por regalarme un ejemplar que me ha permitido  disfrutar de su lectura.


© Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga,  profesora y escritora

 


lunes, 4 de julio de 2022

Ser en la vida casa

 A Irineo y Ricardo, mi padre y mi abuelo, que fueron canteros.

 

"Ser en la vida casa", en Paladín, León

"¿Qué quieres ser en la vida?". De niños nos  han preguntado a la mayoría qué queríamos ser de mayores, pero yo no he tenido que responder a esa pregunta, porque  desde mi nacimiento siempre he sido lo mismo y lo que quería ser: casa. Sí, soy casa, una gran función de la que me siento muy orgullosa.

Me presento. Soy una casa asentada en un pueblo de la montaña leonesa, en la comarca de Omaña: una casa sólida, con gruesos muros de piedra. Soy ya mayor,  creo que nací antes de 1950. Con mi experiencia de vida os puedo contar muchas cosas que han sucedido en mi interior… Pero vamos a comenzar por el principio.

Un día, ya lejano, mis primeros propietarios y moradores decidieron que debían construirme. Y lo tuvieron que hacer de forma rápida, pues una quema en la casa de techo de cuelmo en que vivían los dejó sin vivienda. La solidaridad vecinal pronto se puso de manifiesto. Muchos vecinos prestaron su carro y su ayuda  para acarrear piedras del río y poder levantar mis muros. Las piedras del río  Omaña son el material fundamental de mis paredes, unos cantos rodados que tienen diversas formas y colores que me dan una belleza especial. Con las piedras también llegaron carros de barro. Pues  eso soy: piedras y barro. Con esos dos materiales esenciales hicieron este milagro los  canteros… Sin ellos yo no existiría. ¡Qué noble profesión la de los canteros! Con el plomo, la llana, la caldereta, la paleta, el pisón y, sobre todo, con sus potentes martillos para romper piedras para escuadrarlas. ¡Cómo sonaban los golpes de aquellos martillos con los que rompían las piedras de mis paredes!

Una vez preparadas con su mejor cara, las fueron colocando una sobre otra, a partir de los cimientos. Con los canteros trabajaba algún barrero  que preparaba el barro y en una cabra (un cajón de madera), espurriéndose lo necesario, se lo acercaba a los canteros, que, a medida que aumentaba la pared,  subían en andamios formados por unos tablones sobre las burras o sobre unas maderos sujetados en los michinales. Los más pudientes usaban para construir sus casas, en lugar del barro, la cal mezclada con arena, material más resistente que el barro, pero yo llevo en mis entrañas solo piedra y barro. ¡Y mucho arte! Basta mirar las esquinas.

Poco a poco, a lo largo de meses, mis muros fueron subiendo hasta que  llegaron al tejado. A mí me cubren tejas, pero si miro a mi alrededor veo tejados diversos. Cuando yo nací  la cubierta de las casas era de tres tipos. Las más antiguas estaban cubiertas de teito o techo de paja de cuelmo de centeno, convenientemente techada. Había profesionales, los techadores, que hacían bien ese trabajo.

Otras casas tenían la cubierta de losa, forma de llamar por aquí a la  pizarra. Estos tejados eran muy resistentes y resultaba más difícil que se produjeran goteras, pues, por ellos, escurre muy bien el agua y la nieve, pero son más fríos en invierno. Y otras, como yo, estamos cubiertas de teja, cubierta más confortables en cuanto a la temperatura por el relleno de barro  y paja que se colocaba entre las tablas y la teja.

Si recuerdo ahora cómo se llaman las piezas que forman el armante de mi tejado, a muchos omañeses les sonarán a palabras extrañas. Ese armante parte  de una viga larga de madera que va de  peña a peña, apoyada en los caballetes y que forma el cumbre.  Luego se colocaban las tercias, vigas horizontales paralelas al cumbre.  En vertical  se ponían los cabrios o cantiaos, apoyados por una parte en el cumbre y por otra en la pared.  Las maderas largas y finas se llamaban ripias o llatas.  A ellas se clavaban directamente las losas. Las casas por aquí solemos tener forma rectangular con   tejados a dos o tres aguas. Mi tejado es a  tres aguas, lo mismo que los tejados que veo a mi alrededor.

La fisonomía del caserío de los pueblos ha ido cambiando a medida que yo he ido cumpliendo años. Ya han desaparecido casi en su totalidad las casas de techo, porque se han caído o han sido sustituidas por otra cubierta, la mayoría, por uralita, un material que se consideró una gran innovación en su día,   pues parecía que iba a ser casi eterno, y que ahora hay que retirar con sumo cuidado por su carácter tóxico.  Se han construido casas y pajares de ladrillo y han aparecido nuevas construcciones, que no son viviendas, con techos de  chapa. Yo no tengo corredor de madera, pero veo enfrente a otra casa que sí lo tiene y era frecuente en las casas más antiguas. Los corredores, especialmente si estaban orientados a la solana, servían de lugar de convivencia o calecho en las tardes soleadas de invierno.

Mi aspecto exterior, con las piedras rejuntadas con cal,  se mantuvo de la misma forma durante muchos años. Pero en los 70 del siglo XX  mi cara de piedra parecía asociarse a algo pobre o falto de cuidado, por lo que a mí y a otras hermanas decidieron ponernos un vestido gris,  un revoque de cemento que luego se pintó. En mi caso me pintaron de blanco con bordes de  color granate en los  cercos  de  las ventanas.  El siglo XXI me ha traído otra  vez  un  aspecto más parecido al original, pues, después de haber picado los revoques de cemento, “me han sacado la piedra”, que sigue luciendo espléndida. Así, en este aspecto actual me siento feliz, porque he vuelto a lo que siempre fui. Es verdad que  han aparecido nuevos huecos  en mi fachada y las ventanas ya no son las mismas. Aquellas de madera, con sus contraventanas, sufrieron las inclemencias del tiempo y empezaron a cerrar con dificultad o se pudrieron. Ya he estrenado las terceras ventanas desde mi construcción. Ahora son  de aluminio marrón y con rotura de puente térmico -¿qué será eso?-,  así que no me quejo, porque aunque soy vieja estoy muy bien acicalada. Sufro al ver esas otras casas de mi generación que se encuentran en estado ruinoso o ya han desaparecido.

Distintas etapas de mi vida

En realidad cuando  digo que soy una casa soy varias casas en una, pues, además de la vivienda, hay otras construcciones a mi alrededor que conmigo forman la casa: cuadras, pajar, cuarto bajo, cocina de curar y de horno, cubil, etc.  Os voy a mostrar en primer lugar la vivienda. Os invito, pues, a entrar en  mi interior. Vamos directos a   la cocina. Una cocina austera: alguna alacena, una mesa rodeada de escaños o escañiles  alrededor y poco mobiliario más. Nunca tuve recibidores ni salones, aunque ahora los escaños conviven con algún sofá.

La cocina ha sido en Omaña  el centro de la vida doméstica, el  lugar de convivencia de la familia y a veces de los vecinos que acudían en las noches de invierno a la velada o filandón.  La cocina era el lugar en que se elaboraba la comida sobre una cocina bilbaína (yo no conocí ya la cocina llar, de las casas más antiguas), una cocina de hierro, con depósito para el agua caliente, que servía también para calentar la casa. El suelo original de mi cocina era de madera y exigía un gran esfuerzo de  las mujeres para fregarlo de rodillas restregando con arena para  que luciera limpio. Faltaban décadas para que llegara el gran invento español, la fregona, o fuera sustituido por otro tipo de suelo o  escondido bajo sintasol.

Yo ya no he tenido un único cuarto de dormitorio, como mis hermanas más antiguas, sino varias habitaciones,  amuebladas de forma sencilla. La cama era el mueble esencial,  con camas de madera o hierro  y con somieres metálicos y  colchones de lana que se rehacían cada cierto tiempo después de varear la lana y luego escarpenarla con las manos, para que no estuviera apelmazada. Luego se volvía a colocar  bien distribuida sobre la tela  y se metían las cintas con la aguja colchonera. Las cintas  se ataban con un lazo  para que la lana siguiera bien distribuida y no se moviera. Cuando la tela estaba vieja se cambiaba por una nueva, pero se aprovechaba  la lana. Pero ya hace muchas décadas que prescindí de los colchones de lana  y los somieres metálicos y los sustituí por otros más modernos. Los “colchoneros” que llegaban a los pueblos anunciaban que cambiaban colchones de lana por otros de goma o muelles. Evidentemente el precio del de lana que se entregaba suponía una porción mínima del coste del que lo  iba a sustituir.

En aquellos colchones de lana se protegían los que me habitaban cuando había nubes malas, pues se decía que eran aislantes. Sobre aquellos colchones de lana nacimos la mayoría de los omañeses de más edad. Encima de los colchones  se colocaban las sábanas de lienzo, con frecuencia lienzo negro que iba blanqueando con el tiempo, y  las mantas del Val (de san Lorenzo), famosas mantas de lana que se heredaban en las hijuelas, a veces con las iniciales del dueño tejidas en la propia manta. Para cubrir la cama una cocha de algodón o las conocidas  colchas morunas… Como mueble complementario, además de la mesita, solía haber un baúl. Décadas más tarde se generalizaron  los armarios, aquellos brillantes de chapa, acompañados de las camas niqueladas.  Todavía me acompañan algunos de aquellos baúles, arcas y armarios. Las camas han pasado a mejor -o peor- vida. En el pasillo había un hueco para el palancanero, algo esencial en aquella época en que no existía el lavabo. El mío era sencillo, una simple estructura metálica para sujetar la palancana de porcelana metálica y la toalla.

Manta "del Val"  heredada de mi abuelo 

Las otras construcciones levantadas alrededor del corral también forman parte de mí misma. Todas juntas somos  la casa de Celia y Cirilo (y aquí podemos poner el nombre de cualquier vecino o vecina del pueblo). Esas construcciones también son de piedra (en algunas más modernas aparece el ladrillo), a veces combinada con el adobe en la parte superior de la pared o en divisiones interiores, junto con   el cañizo o el ladrillo. Antiguamente algunas tenían   techo (de paja) que fue sustituido por otras cubiertas a medida que el centeno dejó de cultivarse y al desparecer los techadores de oficio y  también  por su peligro ante posibles incendios.  El pajar y la cuadra son las edificaciones fundamentales en una casa de pueblo de la montaña leonesa. En el pajar se guardaba la hierba  bien apisonada para que cupiese más, la paja desgranada, llamada bálago, y la paja trillada, llamada paja menuda.

Un antiguo techo de paja

En la cuadra se veían las vacas atadas con una cadena al peselbe, cuando no estaban pastando en los praos. Con ellas podía convivir también un burro o un caballo.  En otro apartancio se guardaban las ovejas. En mi caso, en el piso que está debajo de la vivienda, que ocupaba inicialmente solo el primer piso, estaba la corte de las ovejas y cabras. Esto de que debajo la vivienda se cobijaran los animales era una forma de conseguir calor natural y servía para preservarse del frío de los duros inviernos. En alguna otra casa se encontraba la cuadra de  las vacas bajo la vivienda, incluso en una casa amiga hay una trampilla por la que se podían arrojar restos, como barreduras, directamente a la cuadra. Estos animales daban color, pero también nos "regalaban" los efluvios de su olor y a veces pulgas u otros amigos “no gratos”. En ese piso bajo, cuando la vivienda estaba arriba (para evitar la humedad), estaba el cuarto bajo, lugar en que se guardaban  las patatas, la remolacha, las manzanas… o estaban las paneras o los tinos para el grano. También existía la corte de los gochos, con apartados para los grandes y para  las crías que se compraban antes de matar a los del año anterior. Y podía haber también otros apartancios para conejos y, por supuesto,   un gallinero.

Un tino

Tampoco faltaba en ninguna casa una cocina del horno, cocina vieja o cocina de curar.  Era ese lugar en que se hacía lumbre en el suelo o sobre el llar para poder ahumar la matanza que se colgaba en varales. Allí está  aún el horno de barro de amasar y todos lo útiles relacionados con el amasado: la masera, el cachabiello, la pala de horno… El horno lleva muchos años inactivo en cuanto al amasado, pero a veces ha tenido otro uso y se ha impregnado de olor a cordero asado destinado a comidas de confraternización entre los vecinos.

Todas las construcciones mencionadas estaban situadas en torno al corral. En Omaña, las personas y los animales domésticos éramos seres bien avenidos. En el corral solía estar también el montón de estiércol o abono que, cuando era grande, era  sacado a otro lugar o extendido en alguna linar. Era el  lugar preferido de las gallinas que se pasaban el tiempo escarbando en él. Ni que decir tiene que a veces lucían en sus patas los restos de ese fango. El abono o estiércol era fuente de mal olor y de insectos, pero formaba parte de la forma de ser casa en Omaña, hace décadas. Hoy la mayoría de los corrales lucen limpios, porque no hay animales domésticos o no están estabulados o la casa tiene otros usos, pues los propietarios no son agricultores.  El corral ha perdido su esencia y ha pasado a ser patio, en muchos casos engalanado con flores.



E
n ese corral también hay una parte cubierta que aquí se llama portal. En él están situadas las puertas carretales,  lugar de entrada común para personas y animales, tanto para   la vivienda y como para  el resto de dependencias. El portal era el lugar para dejar el carro y los distintos aperos y herramientas. Y la tenada se  usaba para recoger lo fiacos o fuyacos (ramas de hoja seca con las que se alimentaba a las cabras y ovejas en invierno). En la puerta de madera de entrada a la vivienda muchas de mis compañeras tenían un agujero circular en la parte de abajo para permitir que el gato saliera y entrara a su gusto. De ahí su nombre: gatera. Hoy ya soy una casa de vacación y recreo y tengo acceso desde la calle, pero lo habitual,  en las casas de mi pueblo y de los próximos, como os he dicho, es que se entrara a la vivienda y resto de dependencias por esas puertas carretales del corral.

Puertas carretales


El corral era un lugar en que transcurría parte de la vida de una casa de campo omañesa. Por él he visto muchas veces a hombres con una mañiza de hierba, un feje de paja, con una forca para limpiar las cuadras, con los caburnios (bigornia y martillo) picando el gadaño… Era frecuente ver también a  las mujeres, ocupadas en el cuidado del ganado menudo, o que pasaban con un caldero de leche recién ordeñada, con un lambido para los corderos, con un mandilao de huevos o unas rachas para atizar el fuego de la cocina. También era el lugar por  el que paseaban tranquilamente los gatos y las gallinas.

Tanto el  corral  como la vivienda han sido lugar de ecos, de ecos de tantas voces de animales que berraban o bramaban o iñaban, en el caso de las vacas; balaban, en el caso de las ovejas,  cacareaban las gallinas; maullaban los gatos… En las paredes de la vivienda siguen estando presentes tantas  palabras y conversaciones que he escuchado en esta larga vida.  Conversaciones que hablaban de la buena o mala cosecha, de cómo hacer pequeñas inversiones para seguir viviendo del campo, de los hijos, de los ancianos.  Del tiempo. ¡Cuánto he oído hablar del tiempo! Para unas gentes que estaban muy acostumbradas a mirar el cielo del que dependía su sustento y el de sus animales, la conversación sobre el tiempo era algo habitual. Y hablaban de que llovía demasiado o de que faltaba lluvia y todo se agostaba, de la tormenta amenazante, de las pelonas que arrecían mis muros en  invierno o de las de primavera o  verano que arruinaban la cosecha. He oído las voces de cinco generaciones de una misma familia, y he tenido mucha suerte, porque esta familia me ha conservado en su propiedad y no he cambiado de dueños. Hace años oía más conversaciones en invierno. Ahora ocurre lo contrario, en invierno estoy silenciosa. Solo oigo el crepitar de mis costillas de madera, pero cuando llega el verano aparecen las voces juveniles que son inconfundibles y que parecen darme vida.

Soy también lugar de olores, de olores  al pan recién  amasado,  a las manzanas almacenadas, a la matanza, a  las rosas de ese rosal  que quizá creciera en alguna esquina, un rosal del país con un potente aroma que contrarrestaba un poco los malos tufos del estiércol. Las personas que me han habitado estaban acostumbradas a esa amalgama de olores… También recuerdo con frecuencia los sabores: a patatas con bacalao, a berza, a sopas de ajo...

Como vivienda he tenido suerte porque me han curado los rotos  y cosido las heridas, y a pesar de los males propios de mi edad, sigo con vida y con una salud aceptable. También me han vestido de una manera más moderna, aunque a mí me gusta ponerme algunas veces ropajes heredados de los antepasados, esos que son antiguos pero que no desentonan en ninguna circunstancia. Esa esportilla o esa alforja que hoy están llenas de flores secas hacen presente el pasado y lo unen  al presente. Ese escaño que estaba abandonado y ha sido  recuperado, esa máquina de coser que tanto ayudó a la mujer omañesa a la hora de confeccionar ropa de cama y vestimenta, ese pote en que se cocinaba directamente en la lumbre del llar, esa marmita que nos recuerda tantas comidas que llegaron   a la siega o la era. Un pasado que se hace presente en la evocación.

Con ropajes heredados y cambiados de uso

He podido ver cómo lo que en una época era moderno, después estaba pasado de moda. Mis paredes interiores empezaron siendo de color blanco, encaladas. Luego llegó la moda de pintar de colorines y tuve habitaciones de color azul, amarillo… En los 60 llegó la moda de los papeles pintados y el sintasol, a pesar de ser una casa de pueblo, también seguí la moda. Después he vuelto a la pintura o incluso a ver cómo picaban las paredes interiores para dejar la piedra vista como en el exterior. Eso no se les hubiera ocurrido a los moradores originales  que las revocaron  con yeso o cal y pusieron techos de caña fina.  Pero hoy, muchas décadas después, aunque no tengo por dentro el mismo  aspecto  que tenía en los años 50, me sigo reconociendo en lo fundamental. Aunque es verdad que la vivienda se ha ampliado mucho, porque actualmente se puede prescindir del cuarto bajo  y de dependencias antes dedicadas a otros usos y se han modernizado elementos de  su interior.

Tuve la suerte de contar siempre con luz eléctrica. Me han hablado de cómo se alumbraba con aguzos, pero yo no lo he conocido. La primera luz, tenue y oscilante, era la que daban dos bombillas que estaban colocadas en pasillo y cocina. No había más y se pagaba de acuerdo a las bombillas que lucían en cada casa. Luego he ido viendo cómo mejoraban los tendidos eléctricos y las instalaciones hasta el momento actual en que es raro que me quede   sin suministro. A finales de los cincuenta llegó a mi cocina una radio. Y  desde entonces me sentí mucho más acompañada. Ese aparato que hablaba me hizo volar por el mundo y conocer a otras gentes y  lugares. A principios de los 70, además de voces, me llegaron las imágenes. En la cocina se hablaba menos, porque se veía y escuchaba a los que hablaban por  las ondas. Entonces entraron en mi cocina  el mar, los rascacielos, las tiendas… El mundo urbano dejó de serme ajeno.

También vi llegar el agua corriente. Fue para mí una de las mayores sorpresas y alegrías. A mi cocina llegó en el año 1966. Qué misterioso era aquel artilugio llamado grifo que traía el agua al fregadero. Con el grifo desaparecieron los calderos que estaban siempre llenos de agua para la cocina, el aseo y la limpieza, y que exigían un notable esfuerzo de transporte por parte de las mujeres, especialmente en las casas donde había que subir escaleras.  En algunas casas se contaba con pozo  en el corral, no fue  este mi caso. Con el agua llegó el cuarto de baño, que era solo un pequeño aseo. Hasta entonces, para hacer las necesidades ya estaba la cuadra y para lavarse, un balde o el río. Luego llegó al pueblo el teléfono y el alumbrado público que hacía que mi imagen se viera también por la noche.

Desde mis ventanas, que no han tenido rejas por estar la vivienda en el piso de arriba,   contemplo y dejo contemplar una naturaleza exuberante, por la arboleda y el verdor. Y si me fijo llego a ver el río y oigo su rumor.  Estoy muy orgullosa de ser casa. Una  casa es  un lugar de acogida, un lugar en que uno se siente seguro, cuidado, comprendido, querido… Una casa es un mundo de sensaciones y vivencias. El humo de mi chimenea, las persianas subidas, la puerta abierta o sin trancar –porque aquí la puerta sigue abierta- han sido un símbolo externo de que estoy aquí, de que hay gente, de que hay vida. Ojalá los que me cuidan lo sigan haciendo en las próximas generaciones. Yo no quiero dar trabajo, pero como anciana que soy, todos los años sufro algún achaque. Pero mis recios muros me mantienen aún erguida mientras han desaparecido ya dos generaciones de mis moradores.

Y termino mi plática, que ya es demasiado larga. Aquí sigo. Mi puerta está abierta, porque soy lugar de acogida. Protegiendo a mis moradores amorosamente de la intemperie, de la del cuerpo y de la del alma, soy  parte de las raíces que hacen que el ser humano se sienta arraigado, por eso me siento feliz. 

 ¡Gran destino el mío: ser casa!



Texto e imágenes: Margarita Álvarez Rodríguez


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miércoles, 22 de junio de 2022

"Tréboles refulgentes" de Ana Ortega Romanillos

 

Género: Poesía

Editorial: Esstudio Ediciones

118 págs.




Ana Ortega Romanillos nació en  Alcolea de las Peñas (Guadalajara). Es funcionaria del ámbito sanitario, de profesión, y poeta, de vocación. La poesía forma parte para ella de la esencia del vivir. Es una autora prolífica, pues tiene en su haber once poemarios,  y una persona con muchas inquietudes culturales relacionadas con  la poesía. Organiza  y participa en recitales poéticos y pertenece a varias asociaciones culturales de España y Portugal. Parte de su obra ha sido traducida al portugués. Entre sus últimas publicaciones están Perfiles del agua, Alba desnuda, un libro de poesía mística, y la publicación que es objeto de esta reseña, Tréboles refulgentes.

Su poesía, de temas variados, es siempre una poesía de la vida: Explico las cosas de la vida,/ sus luces y sombras en mis versos.

Acercarse a este poemario de Ana Ortega es acercarse al mundo de la naturaleza y de la luz. El título, Tréboles refulgentes, ya nos sugiere de forma acertada lo que vamos a encontrar en sus versos. No sabemos si son tréboles de tres o cuatro hojas, pero sí sabemos que  su verdor refulgente, pleno de vida, arrastra nuestra mirada y nuestras emociones.  Entre esos tréboles se desnuda el alma de Ana Ortega y  se viste la nuestra  con el halo de su poesía. Ella misma lo dice: Entre tréboles refulgentes/ se desnuda la luna/ se desnuda mi alma.

Cualquier elemento que la rodea despierta su vena poética: elementos del paisaje, momentos del día, recuerdos, la luz… Y hasta otras manifestaciones artísticas como la música y la poesía. Entre los poemas hay uno dedicado a una pintora y una Oda a los pintores.

Aunque la poeta expresa  vivencias y sensaciones de la vida que se mueven entre la luz y la sombra, como las que experimentamos todos los seres humanos, lo que siente el lector de estos versos es que está ante un poemario de luz, porque la luz parece ser el eje central del mismo. Una luz que va de lo tenue a lo refulgente, pero con predominio de lo segundo, reflejado en la luz del alba, en  la luz del crepúsculo... Luz del sol, de las estrellas, pero, sobre todo, luz de la luna. La luna es uno de los ejes del poemario. Su presencia está muy repetida en sus versos.

Las noches que describe son amables y la luna  es fuente de poesía: acompaña, protege, marca el camino... Y con frecuencia aparece la luna llena: La luna llena deja su estela / de luz fugaz y transparente. Esa luna guía: Esta noche me rige la luna.  Nunca es siniestra  como tantas veces ha aparecido en la literatura, es, más bien, el contrapunto de la noche: acuna, alumbra y hasta  canta sobre los trigos o el mar.   A veces se presenta con cara melancólica. La luna alumbra por encima/ de dudas y enigmas. Y es que la luna no es solo el satélite de la Tierra, sino que en este poemario tiene un valor simbólico: La luna tiene un simbolismo / que le otorga las claves / para anunciar loas de aurora. Incluso hay  un poema que se titula Imagen de la luna,  una imagen que la seduce con  su estela, en sinfonía y sueño / de eternidad. La luna, pues, es capaz de crear  tanta belleza que parece que hace detenerse el tiempo cuando se refleja en  los manantiales y acentúa el brillo del agua.

A lado de la luna, el sol y las estrellas; el sol anaranjado de los ocasos y el dorado de  los otoños:  Vuelvo a mi huerto de sol y agua/ a la hora del sol naranja. Y hasta la escarcha es luz de cristal.  La luz se impone a la oscuridad incluso en poemas que hablan de  la muerte o de algo que lleva en su esencia ser lugar oscuro como una cueva. Allí, en su boca, también está la luz.  El alma de la poeta se funde constantemente con esa luz. La obra, en su conjunto, es como un manantial de luces, que brillan en cualquier lugar de la naturaleza, que la siembran de verdores  y la hacen más refulgente. Y es que la naturaleza es otro elemento esencial. Sol, agua viento, luna, estrellas/ traen frutos y rosas, escribe Ana Ortega. Dentro de ella tiene una presencia especial el agua. El agua del río a la que se asoma de forma solitaria para sentir el silencio, para escuchar el rumor del agua. Uno de sus poemas se titula, precisamente, Habla el agua.   

También el mar: La luz del mar acrecienta mi verso, está presente en muchos versos y con él las mareas que cobran un valor simbólico, pues parecen  marcar el movimiento de la vida humana. Desde el fondo del mar  le llegan los poemas:  El mar es un lienzo,/ en medio de todos/ los latidos del tiempo. La contemplación del mar y de la luz generan momentos de tranquilidad y belleza, y quizá de una cierta espiritualidad. Pero no es solo el agua de los  ríos o del mar, hay en sus versos agua de  fuentes, de estanques, de lagos, de arroyos, de lluvia… Siempre es  agua clara que añade pinceladas de luz.   La montaña es asimismo un lugar de luz. Y hasta el monte, desde el que la autora presta su voz a la palabra poética.

Como estamos ante una naturaleza viva, luminosa y colorista, no faltan las referencias a  las flores, flores que la seducen  y  que tienen para ella el color del alma: Siento la llamada flamígera de las flores… En sus poemas aparecen también el arcoíris, los pájaros (gaviotas, cigüeñas, rabilargos…): Viejo árbol, viejo río / vieja estirpe del pájaro. Es una naturaleza  llena de colores y sonidos, naturaleza personificada que canta, que danza y que toma a veces la imagen del campo castellano, con sus trigales,  encinares,  zarzales… Una naturaleza que habla y ante la que solo hay que poner el oído para captar su poesía. Eso hace Ana Ortega Romanillos, poema a poema.

El amor es  acompañante necesario para la percepción de las sensaciones que emanan de la naturaleza. La poeta lo espera apostrofándolo: Sentada al borde del muelle/ te espero. O le comunica lo que siente: Avivas las brasas de mi estío. Se dirige siempre a él en segunda persona rogando su presencia. Con frecuencia ese amor o la persona amada se funden de tal manera con los elementos naturales que hacen que el amor se convierte en algo cósmico que nos recuerda los poemas amorosos de Pablo Neruda o aquella famosa rima X de Bécquer: “Los invisibles átomos del aire / en derredor palpitan y  se inflaman… ¡Es el amor que pasa!”.  Como Bécquer,  la poeta habla a veces de átomos… El amor es calor,  fuego. Precisamente un poema de amor titulado Contigo cierra el poemario: Contigo tomaron vida/ los besos de mi boca/ contigo he sentido/ el crisol de la pasión/ y desnudé mi corazón…

En ese mundo natural  hay muchas referencias a las estaciones. La estación más evocada es  del otoño, estación en la que nació la autora,  con su dorada nostalgia.  Es tiempo de sueños: soñando otoños, y además su otoño es época de dones (referencia a la vendimia), que infunde fuerza, que trae virtudes. Pero también aparecen las demás estaciones: Crepitan veranos, crujen inviernos. Hay un poema específico dedicado a las Cuatro estaciones, en que usa estas imágenes:  En otoño lloran los árbolesCon la nieve sollozan los crepúsculos en inviernoEn la primavera la luz empuja evasionesEn verano una sed de mar acelera/ el calendario… 

Podemos sentir también distintos momentos del día, especialmente, el alba y el ocaso, con su luz peculiar. En esa naturaleza refulgente la autora busca el  sosiego y la palabra poética: Vuelvo donde crecen los tréboles refulgentes./ A mi ribera, a escuchar la sinfonía esencial de agua,/ a la cima indescifrable del tiempo. Y esa cima puede ser, por ejemplo,  su huerto de sol y agua: En mi huerto habita el silencio,/ el tiempo, un  clamor vegetal.

Otro tema nuclear del poemario, aunque va intrínsecamente unido a la luz y a la naturaleza, es el tema de los sueños, que, en realidad, es una forma de evocar el pasado.  Son sueños ancestrales: Siento un resplandor antiguo/ donde nacen los ríos/ que me convoca al pasado. Las experiencias vividas en su pasado rural aparecen una y otra vez en las casas antiguas de los pueblos, que algunos ya no recuerdan,  en los trabajos rurales de otra época, en las personas que ya se han ido…

Hay recuerdos de infancia fundidos con paisajes del pueblo que la vio nacer: He subido al monte/ trenzando recuerdos/ por los espacios verdes… Aparecen  sensaciones vividas en ese pasado con la persona amada, situadas con frecuencia al borde del mar y mecidas por las olas. Evoca a los antepasados muertos  a la sombra del ciprés. Entre esas personas  ausentes está su madre a la que dedica un bellísimo poema del que recojo la primera estrofa: Pariste, madre, con luces de luna./ Bebiste agua de manantial/ te saciaste de desamparos,/ creciste entre sombras /limando espacios. Asimismo evoca la figura de su padre. Y los paisajes o lugares significativos de los caminos antiguos que permanecen en la memoria de la autora sugieren la intrahistoria de ese paisaje, la presencia de esos seres que no entran en los libros de historia, pero que la hacen con su vivir,  como decía Unamuno. Intrahistoria se refleja, por ejemplo, en el molino de aquel  río que siente suyo, en unas manos que hilaban y  tejían en la noche del tiempo o  en esos  caminos nebulosos por los que se mueve la autora a los acordes de la luna. Caminos por los que pasa la vida, la muerte, la gente.

La voz de la memoria, que Ana Ortega escucha con oído atento,  se entrevera  con frecuencia en los versos de este poemario. Además de su pueblo natal, Alcolea de las Peñas, del que conocemos las peñas, los trigales, los encinares, las noches estrelladas, la miel… en los poemas se evocan otros lugares:   Lisboa, pueblos interiores y costeros de España y Portugal, países lejanos como Madagascar,  tierra de pujanza y de pasión. Lugares mayores y lugares menores, todos quedan traspasados por la palabra poética.

Desde el punto de vista formal, llama la atención la gran maestría que muestra la poeta para captar las sensaciones, para mezclarlas unas con otras o para fundir las sensaciones  con los sentimientos. Es lo que, en términos de estilo, llamamos la sinestesia. Esta figura retórica es muy usada por la autora. Constantemente mezcla sensaciones que captamos por distintos sentidos: Bebes la noche, escucho las olas/ desde las sábanas frías.  El sol alcanza tibieza.  Voz melosa. Suave olor.  Se nutren de aromas y cantos. La lava de tus labios. Horizonte de silencios. La música de las flores. En este último caso se mezclan  sensaciones auditivas, olfativas y visuales. Son solo algunos ejemplos de los muchos que aparecen en los poemas.

Sus versos son un auténtico  mosaico de sensaciones que nos acarician los  sentidos.  La vista: los tréboles refulgentes… El tacto: las manos hilanderas… Los sonidos: la sangre ante la muerte brama… El olfato: vagan aromas… (uno de los poemas se titula, precisamente, Fragancias). El gusto: la evocación de la vendimia o  la recogida de moras.  La plasticidad conseguida es  muy llamativa: Entre hilos azules desgrana una tormenta/ cantos de luz y truenos.

Es frecuente también el uso de la personificación de los elementos del paisaje con los que a veces entabla una especie de diálogo: Duerme el ciprés. Canta la luna en la noche. Colores otoñales danzaban en la casa hecha himno. Hay, además, una  gran riqueza de imágenes,  especialmente,  metáforas y símbolos: Silencios de barro. Perfilas el coral de las bocas. Entre los símbolos, el más significativo es la luna, al que hay que añadir los caminos, las mareas, los sueños, las manos que trazan rumbos / de altos sueños. Y también juega un papel poético importante la paradoja.

En cuanto a la estructura métrica, la autora utiliza los versos libres, con poca presencia de rimas. Para conseguir el ritmo poético mezcla distintas medidas y usa con frecuencia  paralelismos sintácticos. Reproduzco el poema Después del incendio donde se ve la presencia del paralelismo, la rima asonante en pares, la recreación de sensaciones (el canto… es ceniciento), el dolor de la naturaleza y de la gente…

Después del incendio quedan pavesas

en los campos y silencio negro.

Después del incendio sucumbe la vida,

el canto de la naturaleza es ceniciento.

Después del incendio solo quedan pesares,

carencias y duelo.

En conclusión, la contemplación  de su entorno, en el presente o en el pasado,  (La génesis de mi poesía está/ en el pasado y  en mi melancolía)  hace elevarse a la autora a mundos de ensueños,  a un mundo poético en el que consigue atrapar al lector. Consigue emocionar y, en ocasiones elevarnos  a reflexiones metafísicas, siempre desde la belleza poética. Es la vida humana lo que está presente en  sus versos, una vida de sentimientos, sensaciones y reflexiones,  una vida de encuentros, de huidas, de sueños, de desengaños… Y aunque alguna vez se siente como un arrecife lleno de aristas,  incluso, en ese arrecife, Ana Ortega Romanillos pone luz, pues en la noche de la vida que refleja no deja de alumbrar la luna.

Estamos, pues, ante versos de vida, versos de colores, versos de luz. Un poemario que no nos deja indiferentes y que tiene un título especialmente adecuado, pues  sus versos esconden muchos Tréboles refulgentes.

Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga,  profesora y escritora




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