sábado, 23 de octubre de 2021

Pálpitos de luna nueva, de Alicia López Martínez


Poemario

Pie Ediciones, 2018


Coincidí  con Alicia López Martínez el pasado agosto, al participar ambas  en los Encuentros Literarios anuales que organiza el escritor Manuel Cuenya, en Noceda del Bierzo (León). Previamente también habíamos coincidido en el recital  Versos a la Peña de la Fortuna, en Omaña, en verano de 2019.   En los dos actos tuve la ocasión de descubrirla como escritora, especialmente en el de Noceda,  pues los textos que presentó allí, tanto de narrativa como de poesía, me fascinaron, por su fuerza  emotiva y su valor literario. Me alegro mucho, pues, de haberla conocido como escritora y como persona, pues con ella  he establecido, desde entonces, una relación muy cordial. Tuvo, además, la gentileza de regalarme un ejemplar de su primera  publicación poética, Pálpitos de luna nueva. La he leído con enorme placer…  Y después de leerla, y releerla con atención, me he propuesto escribir una reseña sobre las emociones que me ha  provocado su lectura.



La primera impresión que puede sentir un lector  ante  los  poemas  de Pálpitos de luna nueva es la de estar  ante un poemario un tanto  hermético en cuanto  a los sentimientos que nos quiere comunicar la autora. Sin embargo, a medida que nos adentramos en él, nos dejamos  arrastrar sin dificultad por sus versos y somos capaces  de sentir ese  pálpito; de vivir con  Alicia López Martínez ese camino un tanto misterioso que ella recorre, que no es otra cosa que la experiencia de vivir.  Y ello es así por la poderosa voz  con que expresa sus vivencias y por la belleza de las palabras con que lo hace. Así, poco a poco ese hermetismo inicial  se va abriendo a la luz, si no plenamente a la del entendimiento, sí a la de la emoción plena. 

La autora, en la mayoría de sus poemas, deja  un espacio a la metaliteratura. Unos breves versos de distintos poetas (Juaresti, Cernuda, Guillén, Ángel González, J. R. Jiménez, Mestre,  Neruda, Borges, Kavafis…), aparecen en el frontispicio de  sus poemas  y nos dan una pista sobre su contenido. La relación entre los versos seleccionados y los escritos por la autora a continuación es evidente. En algún caso la metaliteratura nos lleva por los derroteros cervantinos: Hoy me he despertado con Sancho cantando un estribillo…  

Desde los primeros poemas, somos capaces de sentir  que la poeta se mueve en la búsqueda  de algo nebuloso, escurridizo: Me tambaleo, tiemblo… Busca  algo errante, en pos de lo cual camina anhelante,  pero   esa   realidad  es difícil de apresar.  Avanzo, perdida, errante… Se siente peregrina tras esa  sombra que la abandona y  que se esconde.   Parece seguir unas huellas que se pierden, huellas físicas marcadas en la tierra o en la arena o huellas de algo innombrable, tal vez el sentido de la vida. Relacionadas con esa búsqueda  aparecen muchas imágenes de destrucción: muerte, soledad, cenizas  que se hielan, voces, esqueletos, silencios ahogados  El fracaso en esa búsqueda  le produce con frecuencia amargura y desolación. 

En relación con ese tema, llama la atención la frecuencia casi constante del mar que parece agitarse  entre sus versos.  Alicia es de origen gijonés y  las vivencias relacionadas con el mar están muy presentes en su vida y en sus versos, por este motivo,  los recuerdos  de infancia afloran con frecuencia a lo largo del poemario ante la contemplación del mar.  Ese mar la ancla a  los orígenes familiares y  geográficos. Las alusiones a lugares de costa están presentes en muchos poemas y abunda el  léxico que tiene que ver con ese campo semántico: arena, gaviotas, olas, marea, marejada, sal, playa, acantilados… En otros casos, contempla el mar en un instante detenido  y lo identifica con el sufrimiento del presente, con la soledad,  con las lágrimas... Es  frío mar de pesadumbres... Es ese lugar  en que se sumerge entre tus/mis/nuestras lágrimas.  En un verso  incluso llega a decir:   La mar se torna hosca a mis caricias y, a pesar de ello, la atrae hacia el abismo en esa búsqueda de aquel  sueño azul.   Sin embargo, en algunas ocasiones,  presenta una cara más amable y abre sus brazos al beso tierno de un acantilado. Y no solo el mar la atrae poderosamente, también las aguas de arroyos y ríos aparecen en sus versos. Y la naturaleza, en general, que, a veces, personifica. La contemplación de la naturaleza se convierte en un reclamo poético, en una fuente de inspiración. Ante el cauce de un río exclama: Cuánto ardor en tu lecho de poesía. La relación con la naturaleza le sirve para evadirse de un mundo hostil y deshumanizado,  un mundo de finado papel / un planeta sin ley, en el que difícilmente tiene cabida la poesía. 

Las luces y las sombras también recorren el poemario y adquieren un simbolismo especial, sobre todo, con la presencia del sol y la luna y de ese momento del día tan poético que es el ocaso, donde la luna y el sol se funden en átomos irreales. El título del poemario es precisamente Pálpitos de luna nueva,  esa luna que parece esconderse, pero que en realidad está siempre tras los sentimientos de la autora, es una luna que es pálpito, que es   presentimiento. Uno de los poemas se titula precisamente Luna soy. Es una luna  nueva que parece adormecerse  y desaparecer en la oscuridad, pero, a veces, es  luna que riela,  luna que contempla, que ilumina… Casi siempre  con una luz difusa. Crea poderosos contrastes entre la luz, generalmente del sol, pero también  de los rayos, de unas luciérnagas…  y las sombras de la noche, del luto… Pero no siempre luz y oscuridad son antagónicas, pues,  jugando con los contrastes,  hay claridad que desprende sombra y oscuridad que libera luz (Poema Tú y yo). Son las contradicciones de la vida. 

El paso  del tiempo  es otro de los grandes temas presentes en los poemas de Alicia. Un tiempo que transcurre de forma inexorable, pero ante el que ella desea quedarse quieta,  inmóvil en un presente permanente, para  apresar el tictac de un latido, para conseguir una inmortalidad instantánea.  

Pero el tiempo se escapa sin remisión, aunque parece que  se pudiera apresar a través de besos y versos (en un poema hace este juego  de palabras y grafías: V(b)e(r)sos). Es posible que  el amor, que aparece mencionado o sugerido frecuentemente con el simbolismo del beso, y la poesía sean la únicas formas de vencer ese paso del tiempo, de inmortalizar el instante. Todo fluye / todo / al compás / de mis latidos. Quizá  la búsqueda de la palabra, el verbum, en general, y la palabra poética, en particular, sea lo que puede contener algo de inmortalidad. Es tenaz el beso y  es tenaz el verso, dice en el poema Carpe Diem, pero es aún más tenaz    el paso del tiempo, su paradójica  inexistente existencia. Pero también el amor y la poesía pueden ser destruidos  y   quedarse  en un sueño que produce más amargura.  La vida es teatro, afirma Alicia. Pero eso sí, la poesía, hecha palabra, puede servir para expresar sentimientos y para denunciar injusticias: ¿Silencio? / Hoy, hoy /no /. Se inmoló en la garganta y en el tímpano / de un niño mendigo. Con ella critica la igualitaria desigualdad. 

A medida que va desgranando sus versos, los lectores vamos descubriendo que  el auténtico tema sobre el que gira la obra es la palabra poética: Aquí, en el verbum, te buscas / y te traduces y te escribes / y formas y reafirmas lo que ya es un hecho / El (Re)encuentro / de tus términos. Las alusiones al hecho poético están presentes en todo el poemario, unas veces de forma directa y otras de forma indirecta, al hablar de papel, de textos escritos, de palabras… Y la autora llega a hacer una proclamación explícita de su anhelo poético: Hasta ahora  y hasta siempre / serás mi guía /poesía. De algo tenemos una certeza absoluta. Alicia encuentra esa palabra poética  y consigue con ella que sus versos nos atrapen, nos emocionen, nos dejen absortos ante su belleza, porque sus palabras son poesía, son arte: Hoy, mujer, tengo la desfachatez de ser poesía, afirma  en el poema Tú y yo, donde el tú es la poesía misma. 

La autora consigue la belleza con el acertado ritmo  de los versos, la mayoría versos libres, mezclando el ritmo cadencioso de los versos largos y el más dinámico de los versos cortos. En  algunos poemas  usa también la métrica clásica, especialmente en los bellísimos sonetos que contiene el poemario. Y en algún caso   utiliza  también ese verso tan tradicional que es el  octosílabo. Muchos de sus versos parecen sugerir el ritmo del oleaje, a veces, intenso; a veces, más suave. El paralelismo sintáctico, abundante en los poemas, contribuye a acentuar al ritmo poético, así como algunos versos a modo de estribillo. También realiza originales juegos de palabras buscando una   fonética   de similar cadencia: se asombra de las sombras…  Hay veces / a veces… 

Los poemas de este libro presentan innovaciones formales que la autora convierte también en significativas. Juega con el tamaño de  tipografía,  con la puntuación y la disposición de los versos (similar en algunos aspectos a los poetas de las vanguardias), para marcar el ritmo o la intensidad de lo expresado.  Y, desde el punto de vista estilístico, presenta una enorme riqueza expresiva. Utiliza muchas imágenes, bellas y sugerentes, siempre muy plásticas, que nos hacen acercarnos de manera más viva a las sensaciones: el sol se hace añicos en la arena. Al lado de las metáforas aparece una gran riqueza y variedad de sinestesias, en las que mezcla sensaciones que captamos por distintos sentidos: acordes violáceos, fragancia de sal, ritmo azul   O sentimientos y sensaciones: dulce amargura, pletórico de cadencias, frío mar de pesadumbres… Y otro recurso expresivo, que busca el desconcierto del lector para conseguir una mayor fuerza poética, es el juego que realiza con la antítesis, que con frecuencia se convierte en paradoja. Yo soy mujer de paradojas, dice en el poema Átame, pero suéltame, título que  es en sí mismo otra paradoja. Mi cabeza es un hervidero / de contrarios sentimientos, afirma en otro poema. A veces mezcla  los dos recursos poéticos: Hasta que los ojos escuchen la armonía del silencio... También logra concentrar la  intensidad emotiva con  las enumeraciones bimembres de adjetivos o de otros tipos de palabras: mis labios, enmudecidos, sellados. 

En definitiva, la autora perece seguir el mismo camino  que la sinuosa línea del tiempo. Y acepta que su fin es ser destino (ya desde el inicio nos decía que se sentía peregrina).  He parado de parar en cada estrecho tramo, ¡qué gran logro poético contiene este verso!  Y ya, al final, en el poema Mar adentro, parece reconciliarse definitivamente con ese mar de incertidumbres, pues asegura que le gusta navegar mar adentro, sin temor a hundirse,  para  llegar a un lugar donde la luna riela sola. Parece así que esos  Pálpitos de luna nueva son, en realidad,  pálpitos de cuarto creciente.  El amor y la poesía no le han permitido apresar el tiempo, pero sí han conseguido que cree una obra de arte en este bellísimo poemario. Amor y arte / Amarte / Poesía, arte. Saber amar y saber componer versos para expresar  ese amor (sea a una persona  o a la naturaleza) son dos manifestaciones del arte que corren a la par. 

Muy bellos son también los dibujos que ilustran el poemario, realizados por Iván Álvarez López, hijo de la poeta (al que le dedica el bello poema Se curvaba mi vientre), y uno de ellos por Gemma García Blanco. 

Y no hay mejor forma de finalizar esta reseña que utilizando unos versos de la propia escritora para rogarle que  sus palabras se presten para entonar, en un silencio sonoro,

 nuevamente un poema

               de olas, de luna, de amor,

                              de lo que sea. 


Aquí estaremos, los amantes de la buena literatura,  ávidos de leer y escuchar, porque, como decía Miguel Hernández en la dedicatoria de Viento del pueblo, “el pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”.

Margarita Álvarez Rodríguez

Madrid, octubre de 2021



Nota: Varios de los versos que se recogen a modo de ejemplo no siguen la disposición con la que aparecen en el poemario, por motivos de extensión.


lunes, 18 de octubre de 2021

En voz de mujer

 DÍA DE LAS ESCRITORAS 2021

 

El  18 de octubre de 2021, se celebra el VI Día de las Escritoras, conmemoración  que creó la Biblioteca Nacional de España en el año 2016, en colaboración con   la Asociación Clásicas y Modernas y la  Federación  Española de Mujeres Directivas,  Ejecutivas, Profesionales y Empresarias.  Se eligió para esta celebración el lunes más próximo a la festividad de santa Teresa (15 de octubre). Se pretende contrarrestar con ello la discriminación  con que la historia ha tratado durante siglos a las literatas. 

 Rosalía de Castro, en la Carta a Eduarda (1865), decía:  “No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma  y repasar los calcetines de sus maridos.”

 Y en otro lugar del mismo texto: “Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo. Únicamente alguno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aún erradas preocupaciones,  pero… ¡ay de ti entonces! Ya nada de lo que escribes es tuyo… se acabó tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas”.

 



En voz de mujer


Voces de mujer diluidas en el silencio,

y extraviadas en las esquinas de la historia,

sentimientos ocultos bajo el velo del pudor…

¡Cuánto amor, dolor, ternura, sabiduría, rebelión…

quedaron aprisionados en vuestros labios!

La trompeta de la fama tronó nombres de varón

y ensombreció el eco de vuestra palabra.

Pero una luz divina  brilló en los  conventos.

Teresa, sor Juana, sor María,

allí buscabais a Dios entre los pucheros,

e hilvanabais   palabras en papel:

palabras  de amor,

de feminismo y rebeldía.

Mientras, en la  calle,

otras mujeres solo  enhebrabais  agujas

para colgar de un hilo frágil

palabras expropiadas…

Porque nombres de varón 

escondieron vuestra identidad,

Charlotte, Emily, Ana, Amantine, 

Louisa,  Mary, Cecilia…

Usurparon vuestra autoría,

Olivia, María, Colette…

O la sombra de un gigante

oscureció vuestra luz,  

María Teresa,  Concha, Zenobia, Vera…

Y tú, anónima Jane, 

que  hasta olvidaste tu  nombre…

Pero, por los cauces de la intrahistoria,

vuestra palabra luminosa,

se fue derramando, letra a letra,

y  se ha hecho sementera…

Y la Historia mayúscula

se ha cuajado de espigas doradas

preñadas de pan.

Pan de vida,

pan de arte,

pan de justicia,

pan de literatura…

Y, siempre,

en voz de mujer.


© M. Álvarez Rodríguez, 2021

 

Los nombres de mujer mencionados en el texto  corresponden a:

Santa Teresa de Jesús, monja carmelita,  reformadora de la orden del Carmelo, escritora mística, en verso y en prosa, que vivió en la segunda mitad del siglo XVI.

Sor Juana Inés de la Cruz, monja mexicana, vivió en la segunda mitad del siglo XVII, escribe   autos sacramentales, poesía, prosa, de carácter religioso y profano. Frecuentemente critica la doble moral de los hombres:  Hombres necios que acusáis / a la mujer, sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis…”.

Sor María de Jesús de Ágreda, monja de clausura concepcionista, escritora mística y consejera del rey Felipe IV. Se dice que tenía el don  milagroso de la bilocación y, como la “dama azul”, aparecía en varios países del Nuevo Mundo (sin salir del convento), donde contribuyó a la evangelización.

Las hermanas Brontë, famosas novelistas inglesas del siglo XIX,  tuvieron que publicar sus primeras obras con seudónimos masculinos. Las tres usaron  nombres que comenzaban por su letra inicial y el mismo apellido. Charlotte Brontë, autora de la famosa novela Jane Eyre, adoptó el nombre de  Currer Bell; Emily Brontë,  autora de  Cumbres borrascosas, el de  Ellis Bell,  y Anne Brontë,  autora de Agnes Grey, el de Acton Bell.

Amantine Aurore Dupin, escritora francesa, también del siglo XIX,  usó el nombre de George Sand. Su obra más famosa es Indiana.

Louisa May Alcott,  estadounidense, es  la autora de Mujercitas (1868). Usó el seudónimo masculino A. M. Barnard en sus primeras obras. En varias de ellas trataba  los temas del adulterio y del incesto.

Mary Anne Evans, escritora inglesa de finales del siglo XIX, usó el seudónimo literario de George Eliot. Escribió, sobre todo, novelas y poesía.

Cecilia Böhl de Faber, escritora española, de mediados del XIX, es la autora de la famosa novela  La gaviota. Usó el seudónimo de Fernán Caballero.

Olivia Sabuco, autora del tratado Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, es una escritora del Siglo de Oro. Su padre reclamó la autoría de su obra.  Murió en 1622, en un convento, y la Inquisición quemó sus obras.

María Lejárraga, novelista, dramaturga,  ensayista, traductora, feminista, diputada durante la Segunda República…  Escribió gran número de libros que se publicaron  firmados  por su marido Gregorio Martínez Sierra. Al final de su vida, por necesidad económica, decidió desvelar  en sus memorias, Gregorio y yo, el hecho y comenzó a firmar como María Martínez Sierra.

Sidonie Gabrielle Colette, escritora francesa de la primera mitad del siglo XX, tuvo que aceptar que su marido firmara sus obras.  Escribió la famosa serie de novelas Claudine, publicadas bajo el nombre de su marido. Cuando se divorció hizo pública la verdadera autoría.

María Teresa León,  una escritora de la Generación del 27,  vivió  y escribió siempre  a la sombra de su esposo Rafael Alberti. Es autora de  relatos, teatro, guiones cinematográficos… Memorias de la melancolía, obra biográfica, es probablemente su obra fundamental.

Concha Méndez, perteneciente al grupo de las Sinsombrero.  Poeta, dramaturga, novelista, editora, formó parte  de la Generación del 27, sin embargo, para muchos era “la mujer” de Manuel Altolaguirre. Gran defensora de los derechos de la mujer. 

Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón Jiménez, autora de relatos, poemas, traductora. A ella le debemos la traducción al español de la obra  del Nobel  R. Tagore.  Fue el apoyo literario y  psicológico de J. R. J.  y trabajó mucho para que obtuviera el Nobel.

Vera Navokov, escritora rusa, fallecida en 1991, fue oscurecida por la fama de su marido Vladimir Nabokov. Corregía todos sus escritos, incluso  llevaba siempre un revólver en el bolso para defenderlo de un posible atentado…

Jane Austen, escritora británica, que vivió a caballo entre el siglo XVIII y el XIX, publicó sus grandes novelas: Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio  de forma anónima. La autoría de sus obras se conoció póstumamente.

Y podríamos seguir y seguir, tanto en la literatura española como en la universal.

¿En cuántos manuales de Bachillerato se cita a  las grandes escritoras del Siglo de Oro al lado de los "príncipes de las letras" de nombre masculino? No están, parece que no hubieran existido  escritoras tan notables como Cristobalina Fernández de Alarcón, que escribió, sobre todo, sobre  temática religiosa. Ana Caro Mallén de Soto, que  se puede considerar la primera escritora profesional. María Zayas y Sotomayor, que escribió novelas cortesanas, y  que en algunas ocasiones plagió su marido. Marcela del Carpio (Sor Marcela de San Félix), hija de Lope de Vega,  de la que se conservan algunas de las obras que escribió, otras fueron quemadas por la Inquisición. Catalina de Erauso (La monja alférez) mujer que se hizo pasar por hombre para vivir más libremente. Juliana Morell, poeta y humanista.  Catalina Ramírez de Guzmán, gran poeta. Y Luisa Sigea, Cristobalina Fernández de Alarcón, María Luisa Padilla, Leonor de la Cueva Silva, Feliciana Enríquez de Guzmán (se vistió de hombre para ir a la universidad) … Y muchas más. Mujeres que hablaron del matrimonio, la violencia machista,  que lucharon contra la misoginia…   La mayoría usaron seudónimos.

También conviene recordar que  las escritoras decimonónicas Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán no pudieron entrar en la Real Academia Española.  Hubo que esperar   a 1979, para ver en un sillón académico a la primera mujer,  Carmen Conde. En los trescientos años de historia de la RAE solo once mujeres han sido académicas de número. Actualmente de los cuarenta y seis miembros, ocho son mujeres.  16 mujeres han ganado el Nobel de Literatura, que se concede desde 1901. Cinco mujeres han recibido el premio Cervantes, que se entrega desde 1976.

Nos hemos sorprendido en los últimos  días con el hecho de que los flamantes ganadores del Premio Planeta sean tres hombres, escondidos tras un seudónimo de mujer: Carmen Mola. Los autores afirman que no se esconden tras una mujer, sino tras un nombre de mujer. Este artificio tiene más de juego que de otra cosa. Nada tiene que ver con los motivos por los que las mujeres escritoras escondían su nombre…

¡Ojalá las mujeres artistas nunca tengan que esconder su nombre por el hecho de ser mujeres! Queremos oírlas hablar y escribir en voz de mujer.

 



"En la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer". Virginia Woolf.

domingo, 17 de octubre de 2021

Himno a Omaña

 



Vídeo del Himno a Omaña  realizado por Francisco Jesús Álvarez (Paco Álvarez) con imágenes de la comarca. Interpretado por Carlos Rubio  (voz y guitarra) y Javier Beltrán (acordeón y voz).

Letra: Margarita Álvarez Rodríguez            


 Himno a Omaña


Omaña nos habla de  agua

que salta desde las peñas,

de agua clara y cantarina

que riega llamas y vegas.

De pueblos de valle y  lomba

de  muy bello caserío,

donde lucen espadañas

y piedras de señorío.


Estribillo:

Viva Omaña, viva Omaña,

con  la voz del corazón,

cantamos a nuestra tierra

vergel  de  agua y de color,

tierra de gentes leales,

de trabajo y acordeón,

tierra de antes y de ahora,

que es recuerdo y es canción.


Tierra de historia y leyenda,

romería  y filandón,

de cultivos y ganados,

y minas de oro   y carbón.

Omañeses y omañesas

hoy cantamos en tu honor,

para exaltar tu  belleza,

que es de España la mayor.

 

Estribillo:

Viva Omaña, viva Omaña…

 

Te  llevamos por el mundo

con orgullo  y  devoción

los que somos de concejo,

de hacendera y de pendón.

Adoramos  tus paisajes,

el habla   y  la tradición,

y cantamos con   palabras

que nos fluyen con amor.


Estribillo:

Viva Omaña, viva Omaña,

con  la voz del corazón,

cantamos a nuestra tierra

vergel  de  agua y de color,

tierra de gentes leales,

de trabajo y acordeón,

tierra de antes y de ahora,

que es recuerdo y es canción.

¡Viva Omaña, viva Omaña!

 

Partitura: Carlos Rubio Fernández




Promotor del himno: Francisco Jesús Álvarez Álvarez


Fue presentado por primera vez en Riello, el día 6 de septiembre de 2021, con motivo de la inauguración del nuevo ayuntamiento.

jueves, 26 de agosto de 2021

Ocasos de agua





Mis ventanas  se abren 

a tus aguas claras,

que beben ocasos 

del sol que se apaga.


Mis ventanas...


Espejo que atrapas

vergeles de magia

y creas estampas 

de verde esmeralda,




amoroso, meces 

en cunas de plata

aguas diamantinas

en tardes doradas.




Tu luz nos seduce,

tus aguas nos cantan,

tu curso transporta

sonrisas y lágrimas.




Y las  truchas  saltan 

bailando su danza,

y los  zapateros

pasean con calma,




mientras tú te vas,

y sigues tu marcha, 

portando suspiros

de toda tu Omaña.




© Texto y fotos: M. Álvarez, agosto de 2021

Todas las fotos están tomadas en el río Omaña (León), a su paso por Paladín y La Utrera. 


Ocasos de agua 

(texto seguido)


Mis ventanas  se abren 

a tus aguas claras,

que beben ocasos 

del sol que se apaga.


Espejo que atrapas

vergeles de magia

y creas estampas 

de verde esmeralda,


amoroso, meces 

en cunas de plata

aguas diamantinas

en tardes doradas.


Tu luz nos seduce,

tus aguas nos cantan.

tu curso transporta

sonrisas y lágrimas.


Y las  truchas  saltan 

bailando su danza,

y los  zapateros

pasean con calma,


mientras tú te vas,

y sigues tu marcha, 

portando suspiros

de toda tu Omaña.





lunes, 16 de agosto de 2021

La comida tradicional omañesa (y IV)

 

Los cuchiflitos y las frutas



Después de haber hablado en tres artículos anteriores de  distintos aspectos de la alimentación de los omañeses en la segunda mitad del siglo XX, cierro este tema con un artículo que versará sobre lo que hoy llamaríamos los postres, o sea, dulces y frutas. 



Frisuelo omañés

    

Otro  aspecto interesante de la comida omañesa  tenía que ver con la elaboración de los dulces: eran los llamados  cuchiflitos o cuchifritos. ¡Qué hermosa manera de denominarlos! En la época de otoño e invierno se hacían frecuentemente los frisuelos o fisuelos, a base de leche, huevo y harina, como ingredientes fundamentales. Se batían los ingredientes con un batidor hasta formar una masa más bien líquida o rala. Se echaba la masa con una cuchar con forma aleatoria sobre aceite muy caliente y se freía durante un minuto aproximadamente. Una vez frito parecía una celosía, que se espolvoreaba con azúcar.  También se les podía dar  forma redondeada como si fueran buñuelos.  Algunas personas actualmente los elaboran en forma de tortas finas, similares a las crêpes, y los acompañan de mermelada, chocolate...  Las flores fritas también han sido un dulce habitual de Omaña.  Se hacían con un molde de hierro especial que les daba esa forma, el cual se sumergía en la masa e, impregnado de ella, se introducía en la sartén en aceite muy caliente.  El efecto del calor desprende la masa del molde y aparece la flor, que se fríe en  unos segundos. También se hacían rosquillas o roscas  fritas, que estaban muy sabrosas. Y en el horno, galletas. Felizmente, la costumbre de hacer frisuelos, roscas y flores sigue viva en nuestra cultura gastronómica.


Molde para hacer flores fritas. El mango largo permitía meter la masa   en el aceite  caliente,
sin quemarse. Foto: MAR

 Si se trataba de preparar postre para una fiesta, entonces lo más característico era el mazapán, un tipo de bizcocho al horno que se hacía en un molde redondo, la mazapanera, que tenía una forma que permitía que quedara un hueco en medio del dulce. El molde lo había hecho un hojalatero o estañador, a partir de una lata grande. El otro dulce fundamental era el brazo de gitano. Se preparaba un bizcocho en varias capas finas y rectangulares y luego se envolvían en redondo con un relleno dentro que se hacía con chocolate o con crema pastelera. El nombre de este dulce es un tanto curioso y existen varias teorías sobre su origen. Una de ellas achaca su nombre a un monje viajero  berciano de la Edad Media que lo llamó “brazo egipciano”, nombre que se transformaría en el actual. Otros simplemente lo explican por su forma parecida a un brazo o por el color oscuro de su relleno similar al color de la piel de esa etnia. La víspera de la fiesta patronal de cada pueblo el olor a mazapán salía de los hornos de muchas cocinas. en algunos casos se reunían varias mujeres en una casa para hacer los dulces de forma colectiva.


Batidor que ha batido la masa de muchos mazapanes. Foto: MAR


 También se elaboraban una especie de empanadillas dulces que en mi casa les llamábamos crestas, por su forma. Y no faltaba el flan y las natillas. Originariamente se elaboraban con huevos y leche y se cocían al baño maría. Luego llegaron los sobres  de  Flanín y de otras marcas para elaborar un flan, que no llevaba huevo, y empezamos a hablar de flan de sobre, menos  natural, pero de elaboración más sencilla. Cuando se comenzaron a difundir recetas que llegaban de otros lugares, el menú de los postres dulces se fue ampliando. Para las bodas se preparaba una rosca dulce, que solía ser regalada por la madrina.  Era especial por su tamaño y  tenía por finalidad ser disputada en una carrera, que era parte de la celebración, y que se llamaba correr la rosca.  Se celebraba en las eras o en algún campo cercano  a los pueblos y competían los mozos del pueblo con  otros llegados de pueblos próximos. A medida que la comida se fue “modernizando” se introdujeron otros postres.

 

Mazapanera. Foto: Paco Álvarez. En la foto se puede apreciar
cómo  fue elaborada por un hojalatero a partir de una lata.


En las Navidades llegaban a las casas algunos dulces especiales, como el  turrón. No existían tantas variedades  de turrón  como hay en la actualidad; solamente, turrón duro, blando y de yema. Pero aquellos turrones a veces eran meros sucedáneos del turrón de almendra, pues estas eran sustituidas por cacahuetes, materia prima mucho más barata. El turrón solía ir acompañado de los higos, un producto que en Navidad llegaba a  nuestras mesas y quizá algún polvorón. Los higos formaban parte también del aguinaldo que recibíamos de nuestros padrinos y abuelos. En las casas más pudientes quizá se añadieran más dulces navideños.


 La fruta, que hoy tomamos de postre,  no era un alimento esencial, ni había costumbre de comerla después de comer. Se comía si los árboles frutales: manzanales, perales… que poseyera cada propietario daban producción. Y no siempre llegaba la producción a cogüelmo por las inclemencias del tiempo, especialmente por las pelonas que caían cuando la flor estaba en su apogeo. Los pueblos situados en lugares elevados suelen salvarla mejor de las heladas, porque la brisa mañanera sacude la escarcha antes de que dé el sol. En los pueblos situados en los valles es más difícil que la flor de los frutales se libre de las heladas. Eso es así hasta hoy.


 En los pueblos omañeses se recogían, fundamentalmente,   peras, manzanas, ciruelas, guindas, creizas o cerezas, tanto las silvestres y  como las de alforja (una variedad sonrosada), arándanos y nisos o brunos. Estos últimos los metíamos unos días en la panera, en medio de los cereales para que maduraran. Las cerzales silvestres (hay que recordar que la mayoría de los nombres de árboles frutales son femeninos en leonés) abundaban por los pueblos que estaban en las riberas de los  ríos, pues solían crecer en los cierros o sebes. Aunque estas cerezas son de pequeño tamaño y con frecuencia amargas,  por santamarina (julio), se comían con gusto  cogiéndolas directamente de los árboles esgarrando o esgamotando los caños. Eran una fruta golosa y bienvenida, porque no abundaban otros tipos de fruta temprana.  Se decía que no convenía comer cerezas y beber agua, pues podían provocar cagalera. Las cerezas que quedaban en los árboles se secaban al final del verano y las recogíamos del suelo, para comerlas como cerezas pasas. Eran los llamados cuscuritos, una palabra que siempre me pareció bellísima. Aunque eran poco más que piel, resultaban sabrosas y más dulces que cuando estaban en su punto. 


Una fruta parecida a las cerezas, pero más amarga, era la guinda. A veces las comíamos, aunque nos hicieran ñisgar el ojo, pero lo más frecuente es que se usaran para meterlas en  orujo y crear el famoso orujo de guindas, bebida de alta graduación, pero muy estimada para beber una copina después de la comida. También se usaban los arándanos con la misma finalidad. Se justificaba, además, diciendo que es una bebida digestiva. Y tal vez lo sea.


 Las manzanas se comían con frecuencia asadas en la cocina económica y también fritas y con azúcar espolvoreada por encima. Se convertían así también en  cuchifritos. En invierno, se agradecía comer estas presentaciones calientes de la manzana.  Predominaban las clases reineta y camuesa. Luego se fueron introduciendo otras variedades: verde doncella, golden… Había también manzanales silvestres que producían las manzanas montesinas. Las peras se comían asadas o cocidas en vino. Y se comían a pesar de que  tuvieran apariencia de estar pasadas o podridas.  Eran las peras morgas. En torno a esto existía una retahíla que decía: Me llamaste pera morga, yo a ti manzana podrida, la pera morga se come y la manzana se tira. Parece que la pera sacaba su orgullo a relucir frente a la manzana. Estas frutas se recogían en octubre en las cestas elaboradas con varas de palera, salvo alguna variedad que fuera más temprana. Una vez en casa se solían  extender en el suelo para controlar mejor si alguna se pudría y poder retirarla. Se conservaban durante meses y, aun arrugadas, seguían conservando su olor  y buen sabor. Pero como los niños omañeses teníamos gulisma de comer fruta, con frecuencia las comíamos royas, hecho que nos provocaba dentera o, peor,  molestias digestivas, porque los gases nos hacían sentirnos entelados, como les ocurría a las vacas cuando comían mucha hierba verde. Los años en que había mucha producción y no se vendía toda la fruta se aprovechaban también para hacer mermelada. 


Recuerdo que al lado de la escuela había unas huertas con frutales y aprovechábamos el recreo para darnos una vuelta por ellas para conseguir alguna pera o manzana, que seguramente habían quedado  sin recoger en las ramas más altas de los árboles y luego iban cayendo en el otoño. Aquellas manzanas  y  peras "robadas" (más bien encontradas) nos sabían a gloria, especialmente si no teníamos cosecha de fruta en casa.  Conservo muy  vivo el recuerdo de mi niñez de cómo la señora Elvira, que  pasaba por una calle que había por detrás de nuestra casa para ir a buscar manzanas a un cuarto  alejado de su casa, si nos oía,  a la vuelta, desde su mandil, hacía volar alguna manzana para que cayera en nuestro corral y pudiéramos comerla mi hermana y yo, pues entonces nuestra familia  no disponía de árboles frutales. Quizá las manzanas rompieran alguna teja si impactaban contra el tejado, pero se disculpaba, porque  era un  detalle muy generoso por su parte compartir lo que tenía.  ¡Y qué ilusión nos hacía ver cómo aterrizaban las manzanas a nuestros pies! Algunos vecinos tenían viñas o parras  y de vez en cuando nos daban  algún racimo, que  también agradecíamos.


 En muchos  pueblos omañeses abundan las nogales. Uno de los pueblos  más nogaleros de Omaña es La Utrera. Cuando la producción era alta, se vareaban las nueces en otoño, se les quitaba el conjo, que teñía las manos de un color oscuro difícil de quitar, y se asoleaban unos días para luego venderlas o guardarlas. Se comían, sobre todo, en invierno. Estas nueces "del país" siempre han sido especialmente sabrosas. En algunos pueblos también se recogían castañas, aunque lo más frecuente es que se compraran en La Cepeda, donde son muy abundantes. Se asaban en el horno  o se cocían  y luego se ponían un ratín al horno para poder pelarlas mejor. En algunos pueblos  se recogían avellanas, pero no eran tan frecuentes. Algunos vecinos tenían dos o tres  colmenas para disponer de miel  para el consumo. La miel omañesa es una miel densa y oscura, de notable calidad, que se tomaba de muchas formas. Una de ellas era  untándola sobre una reboja de pan con manteca. El resultado era un sabor delicioso.


También los frutos silvestres eran valorados. Los niños agradecían que los pastores les trajeran del monte los mantigones o mantecones que crecían en el suelo semienterrados   debajo de las que llamábamos argomas (árgomas). De color amarillo, tienen varios tetos (así les llamábamos)  rellenos de una crema lechosa y dulce que sale de ellos al estrujarlos. Hace años me explicó José Luis Fernández Alonso, doctor en Botánica, del CSIC, que los mantigones son parásitos de un tipo de jarilla (la planta que creemos  árgoma, pero que no lo es) y que  su nombre científico es   cytinus hypocistis. Por los pueblos en que los había solo conocíamos su nombre vulgar, pero  ¡con qué expectación esperábamos, al comienzo del verano,  a las mujeres que habían estado en el monte de pastoras con la vecera de cabras y ovejas para ver si en la bolsa de tela en que habían llevado la merienda traían a la vuelta mantigones para los niños! Era nuestro mejor pan de pajarines.


Mantigones, en Paladín. Foto: MAR

También por los riberos de los praos se buscaban los morondones o miruéndanos, una especie de fresa silvestre pequeña, pero muy sabrosa. Mediado el  verano, las moras de zarzamora hacían las delicias de todos, enteras o estrujadas para beber su zumo. Las brunales nos permitían degustar los brunos, abrunos o prunos, especie de   ciruela silvestre de color verde oscuro.  Del majuelo comíamos las ramas tiernas, una vez quitada la piel. Cualquier producto comestible del campo era bienvenido en aquella economía de subsistencia  y en aquel vivir pegados a la naturaleza.


Y para cerrar la comida, el café, el famoso café de puchero. Se echaba el contenido de una cucharada de café molido por cada pocillo de agua. Se cocía brevemente  luego se colaba con el colador de tela llamado la manga. Pero el café solía estar reservado para las fiestas. A diario, lo que se tomaba con leche o agua era la malta  o malte y  la achicoria, mucho más baratas.


Cafetera  y pocillos de al menos 60 años de antigüedad. Foto: MAR 


En cuanto a la bebida, el agua de montaña, fresca y saludable, ha sido siempre la bebida fundamental. Ya decía Estrabón en la época romana que “todos los habitantes de estas montañas son sobrios, no beben sino agua”. Para los bebedores, también había en las casas el vino y el aguardiente u orujo. Este se bebía a gotines o nozadas. El aguardiente solía tomarse en ayunas y los que tenían arraigada la costumbre de tomarse una copina solían tener larga vida, por eso, decían por esta tierra que “el orujo conserva”.  El vino se servía por chatos a cualquier hora del día, con frecuencia mezclado con gaseosa. Se compraba por cántaras. En algunos pueblos  existían viñas, y sus propietarios elaboraban el vino en casa, aunque su presencia no era muy significativa. Anís de la Asturiana o Castellana (en la famosa botella de cristal labrado que se convertía luego en instrumento musical), aguardiente de guindas, coñac… eran las bebidas alcohólicas que podía haber en casa de los omañeses. Y los niños teníamos el “privilegio” de beber vino cuando estábamos acatarrados, pues  nos lo daban caliente con azúcar. Y si no, infusión de oriégano. ¡Y mano de santo! También recuerdo que se recogía la manzanilla silvestre y otras hierbas para infusiones. La comida y la bebida se convertían así también en medicamentos. 


Para concluir, hay   que decir que la comida puede ser que  resultara repetitiva y no demasiado abundante, pero, en Omaña, se pasó necesidad de muchas cosas, pero no se pasó hambre (salvo raras excepciones) en la segunda mitad del siglo XX. Quien más quien menos cultivaba patatas y otros productos de huerta, tenía gallinas, cebaba algún gocho y otros animales y, en muchos casos, se disponía de  leche casera. Y la gente menos pudiente también contaba con la ayuda de la vecindad, tanto para comer como para otros menesteres. Esta gran solidaridad entre las gentes de la montaña   se ha  ido perdiendo a medida que hemos ido pasando de nuestras aldeas rurales a la aldea global en la que todos estamos inmersos en la actualidad. Conocemos lo que ocurre a miles de kilómetros de nuestros pueblos y tal vez desconocemos los problemas del vecino. Desgraciadamente, es el signo de los tiempos.



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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.