sábado, 10 de diciembre de 2016

Dichos relacionados con la lengua castellana (II): palabras, palabras, palabras

                             
                                                                           

   La palabra pregunta y se contesta
   tiene alas o se mete en los túneles...

                                                  M. Benedetti






En una palabra, en dos palabras, en pocas palabras… Las expresiones relacionadas con palabra abundan en nuestra lengua. Podemos definir sin dificultad la mayoría de las palabras del idioma, sin embargo, definir qué es una palabra resulta difícil. Esa definición que nos dice que es una unidad  lingüística que se separa de las demás por pausas o espacios en blanco en la escritura nos deja insatisfechos y perplejos, porque parece que la pausa o el espacio  son tan importantes como la propia palabra. 

El idioma está hecho de palabras y la palabra no solo es el vehículo del pensamiento, es la propia sustancia del mismo. La relación entre la palabra y el pensamiento es precisamente la esencia de los artículos de este blog. Es la creación del lenguaje articulado  lo que de verdad nos diferencia de los animales. 

Los dichos que giran en torno  al término palabra son muy abundantes en español y tendremos que recogerlos necesariamente con palabras.

Como palabra y piedra suelta no tienen vuelta, además de decir y escribir palabras, conviene reflexionar sobre ellas, porque a veces son palabras preñadas, dispuestas a alumbrar sorpresas. Aquí estamos, pues,  para descubrirlas, de la primera a la última palabra.

Palabras, palabras, palabras… A veces, decimos que no tenemos palabras suficientes para  expresar lo que sentimos. Otras veces, cargamos sobre la  palabra la responsabilidad de un compromiso personal. Prometemos con palabras de honor o palabras de rey, decimos que somos hombres de palabra,  damos nuestra  palabra  y hacemos verdad que más apaga buena  palabra que caldera de agua. Con promesas o sin ellas, es un lujo poder confiar en la palabra de alguien

Pero la santa palabra a veces se convierte en mala palabraHay personas que no tienen palabra o no tienen más que palabras o  faltan a su palabra o solo tienen buenas palabras (pero malas obras); otros que saben torcerlas o trocarlas y las convierten en ininteligibles palabras de oráculo, o  en palabras ociosas, palabras pesadas, palabras mayores, palabras gruesas, palabras afiladas, palabras vanas… Personas que no solo  venden palabras, sino que con ellas tratan mal de palabra a otros.



No faltan los que simplemente lanzan palabras al aire que, por ser palabras vacías,  son tan ligeras que se las lleva el viento. En estos casos, lo mejor es hacer oídos sordos a las palabras necias. Pero siempre quedará alguien que nos hará llegar palabras emotivas, sentidas, amables, educadas…, palabras de buena crianza de personas que tienen una sola palabra.

En algunas ocasiones  parece que percibimos que las palabras toman entidad  física y se pueden tocar, gustar, y hasta manosear…  Sentimos que nos vuelven las palabras al cuerpo. Por eso podemos  coger la palabra, comernos las palabras, dejar a alguien con la palabra en la boca, beber las palabras  a alguien o estar colgado de ellas, remojar las palabras, saborear las palabras… Pueden ser  dulces o finas, pero también: picantes, ásperas, agrias, destempladas, duras…  No es extraño, por tanto, que después de saborearlas en nuestra  boca  luego se queden en ella y las tengamos en la punta de la lengua. 

Nos pueden proporcionar entretenimiento si nos dedicamos a buscar las palabras cruzadas de los crucigramas. Incluso nos pueden sacar de algún apuro ya que podemos empeñar nuestra palabra, como si la dejáramos en prenda para conseguir algo.

También parece que las podemos cuantificar. Por eso, medimos las palabras  para no gastarlas en balde, con el fin de que no nos falten. A veces, por ahorrar, o porque nos falta facilidad de palabra o somos de pocas palabras, optamos por no decir ni media, por si no encontramos la otra media  y nos quedamos con la boca abierta. 

A pesar de ello, le damos tanta importancia  a la comunicación que pedimos la palabra y, si no nos la dan, robamos la palabra, y  hasta dejamos a alguno con la palabra en la boca  cuando está en el uso de la misma. Y siempre habrá alguien que coge la palabra y no la suelta, porque, aunque no tenga más que palabras, se esfuerza al máximo para decir siempre la última palabra.

Con la palabra exigimos a veces a otros  guardar silencio, especialmente cuando les contamos un secreto. De esto ni media palabra, ni palabrano digas ni palabra…   Así que nos vamos, sin decir palabra… Es como si estuviéramos castigados al silencio eterno. Pero no todos, siempre habrá alguno que se vaya de la lengua y pregone el secreto palabra por palabra.

Si la palabra es un cauce de comunicación, sin necesidad de hacer juegos de palabras, sería una pena no dirigir  la palabra a alguien o no cruzar palabra con esa persona por haber tenido unas palabras desafortunadas con ella.

En otra época se daba palabra de matrimonio yposteriormente, al celebrar los esponsales, se daba palabra y mano. Entonces, los contrayentes, acompañados de las damas con sus escotes palabra de honor, se dirigían palabras de presente, con la lectura de textos religiosos que siempre son  palabra de Dios.

Ese hiperónimo, palabra,   parece el vientre de una madre que  ha parido muchos miles de hijas con otro nombre específico. La mayoría son claras y educadas… 


Las hay, sin embargo, extrañas como las palabrejas que ahora nos ha dado por llamar palabros.  Y también las hijas más díscolas, las palabrotas, que, cuando están bien traídas a la situación, pueden expresar una emoción positiva o negativa de una manera más expresiva que toda una disertación, pero cuando su uso se convierte en hábito indica la poca competencia lingüística o la zafiedad del hablante, aunque este se disculpe alguna vez diciendo que  se le escapó la palabra, como si fuera un guardián poco diligente.

Las palabras, viejas y nuevas, bonitas y feas, comunes  y raras...,  son propiedad de los hablantes y son ellos los que las aman o las detestan, los que las inventan o  las olvidan y los que las convierten en lugares de encuentro o desencuentro. 

De la primera  hasta la última palabra del credo, todas son importantes,  todas nos sirven para pensar y para ser… El poder de la palabra es algo incuestionable.   

Mientras buscamos la palabra mágica que nos abra la puerta de algún secreto, cerramos este artículo, que ya está bien de palabrear, porque a buen entendedor, pocas palabras bastanOs doy mi palabra.


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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.