martes, 6 de octubre de 2026

Poemario "La mirada de las hojas", de Victoria Olaya


 

PRÓLOGO de Margarita Álvarez Rodríguez


            Victoria Olaya, hojas poéticas

 

            Conocí a Victoria Olaya Magadán en la Casa de León en Madrid, adonde acudió para leer un poema con el que había ganado un premio en el Certamen Nacional Mecenas Legionensis 2023. Posteriormente, he coincidió con ella en ese mismo lugar, como participante en el Ágora de la Poesía, y  también en otros foros poéticos.  Victoria tuvo a bien regalarme su tercer poemario, Los susurros del jardín (2023), que leí con gusto y sobre el que escribí una reseña. También acompañé a la autora  en una de las presentaciones de esa obra, precisamente en ese centro leonés. Ahora ha puesto en mis manos su cuarto poemario, La mirada de las hojas, para que yo lo prologue, y aquí estoy dispuesta a hacerlo  sumando a las suyas otras hojas preliminares.

            Los títulos de estos dos poemarios ya nos dicen mucho de su contenido y de su autora.  Victoria Olaya se define como “la poeta jardinera”. Y, sí, es jardinera de  profesión y es jardinera  en el jardín poético de  sus  versos.  Desde el título,  este poemario nos habla de naturaleza, de una naturaleza personificada, que nos mira y que interactúa con la poeta y con los lectores.   Los poemas están agrupados en dos bloques, alusivos ambos a las hojas: Haz y Envés.  En Haz se recogen los poemas más coloristas y luminosos. En Envés aparece la otra cara de la vida, la que produce  en  la poeta inquietud y amargura, y la que es más frecuente en su poesía. Los dos últimos versos del poemario son bien ilustrativos: Una vez tuve risas, / pero apenas las recuerdo.

            La mirada de las hojas gira alrededor de  dos ejes temáticos fundamentales: la interacción de la poeta con el entorno, tanto con el entorno natural, que es una pasión para ella, como con el  entorno urbano, y  el amor  eterno que siente Victoria  por la madre ausente,  pero siempre presente en sus evocaciones. Ya en la dedicatoria hace  una declaración de amor a su madre y a su hijo: “Lo más amado”.  Y en varios poemas está presente la figura  materna: la madre amada, la madre admirada, la madre protectora, la madre compañera, la madre sabia… Solo las madres tienen el regazo caliente / para aliviar a sus hijos, dice en uno de sus poemas. Su recuerdo es  una primavera perpetua. Otro de los poemas concluye con un epifonema rotundo: SIEMPRE JUNTAS, SIEMPRE CONECTADAS: escrito  así, con mayúsculas.

            El otro tema esencial es  la relación que establece la poeta  con la naturaleza. Victoria Olaya habla  de la  naturaleza que la rodea, especialmente, de los árboles, y habla con ella: la personifica. Así, entabla un diálogo lírico  con el ginkgo biloba, en su amarillo otoñal, para  describirnos cómo es ese árbol potente y sagrado. Lo mismo hace con el icónico olmo que trata de sobrevivir a los males que lo aquejan. Y los manzanos, alisos  y  cipreses también  son   protagonistas de sus poemas, porque en su poemario los árboles  hablan y las estaciones suenan,  por este motivo,  sus árboles se enmarcan en la primavera y en el otoño, con sus  bellos colores estacionales. El poemario está sembrado de léxico científico  relacionado con la Botánica, que denota los conocimientos de la autora por su profesión: cloroplastos, estomas, hifas, taxonomía, sámara…

            Asturias, tierra de su madre, tiene también presencia en algunos poemas, en su paisaje de mar y de montaña y en su   paisanaje, que se refleja en los guiños léxicos al asturleonés: oveyas, fame, güelo, raposa, garatín… También hace un hueco para loar la belleza de la geografía urbana de ciudades como Alcalá de Henares o Atenas.

            En sus poemas está presente  una denuncia y un compromiso expreso con la naturaleza. Hay que escuchar el aullido de la tierra, asegura Victoria, y  ella  nos permite escucharlo en sus versos  haciendo referencia a los incendios que fueron extremadamente  devastadores en el  verano de 2025.  En el poema Nuestra ofrenda: la palabra se lamenta amargamente de que la armonía duró el suspiro que tarda en hincharse la egolatría. ¿Acaso ya nadie ama a su prójimo?,  se pregunta en otro lugar. Esta falta de armonía lleva también a las masacres bélicas, ante las que  expresa su impotencia de poeta: Ojalá pudiera arreglar todo / con remiendos de versos.  Adopta también una postura comprometida en defensa de mujeres, como María Moliner, cuya valía no le fue reconocida en vida,  o las Trece Rosas, cuya vida les fue arrebatada por persecución política. 

            Además de estos dos grandes temas, otro elemento sustancial en la poesía de la autora, como ya ocurría en el poemario anterior, es la música. Dedica poemas a instrumentos musicales como  la guitarra o  la gaita asturiana, que  gotea morrina en ella, porque esos  sonidos de mi tierra verde son el  recuerdo de los ancestros.  Referencias musicales aparecen en otros muchos poemas: campanas, timbales, orquestas, melodía, trompeta, tambores, tuna, zapateos, tarantos, música zen… Y, además, tiene a bien proponernos escuchar una pieza  musical determinada  para leer cada uno de sus poemas. Poesía y música: maravilloso encuentro.

            No faltan en los versos de Victoria Olaya las alusiones al desamor; la decepción por el amor que fue y dejó de ser, pero cuyo recuerdo  sigue presente en su vida en  amaneceres rotos o en  bodas de luto.   También incluye poemas de corte más metafísico en los que se  inquieta ante el tempus fugit  y se pregunta sobre el sentido de la vida. Refleja, con frecuencia, una pérdida de fe en sí misma y en la humanidad: Casada estoy con la pena negra;  / mis poemas son aciagos y oscuros, / las palabras de mis versos me delatan.  En general, su visión es pesimista y amarga: llantos zurcidos traigo,  asegura.  En los poemas de Envés el léxico  elegido va en consonancia con los sentimientos expresados: lucha, dolor, desilusión, miedo, incertidumbre, hiel, cicatrices, barro, cuerpo tullido… En algún poema, incluso, parece desear la muerte: Pido la barca de Caronte…

            La poesía de Victoria Olaya se transmite en un estilo claro que la acerca a cualquier lector. Es una persona sensible que capta la poesía de las pequeñas cosas y  que posa la mirada de forma pausada sobre lo que la rodea, especialmente, el mundo natural.  Su  poesía es  muy plástica y seduce nuestros  sentidos. El olfato está lleno de fragancias: Huelo a romero y a eucalipto…  El tacto  aparece recreado constantemente. Uno de sus poemas, por ejemplo, se titula La brisa  interior.  Aparecen también muchas referencias  a los colores: en los poemas de Haz, colores de primavera y otoño; en los de Envés, colores grisáceos y oscuros. En conjunto, aparece  en su poesía toda la gama cromática: naranjas, rojos, amarillos, morados, dorados, verdes, esmeraldas, ocres, plomizos… La poeta  crea, además, bellas sinestesias que mezclan varias sensaciones o sensaciones y sentimientos: melodías dulces, huelo a lágrimas, mares de mieles…  Llega a decirnos, incluso, que anda buscando sinestesias de azahar y limón.

            Llama la atención el uso frecuente de la interrogación retórica,  que le sirve para ahondar en las reflexiones o en los sentimientos  y para  apelar también al lector. De vez en cuando,  nos sorprende  con potentes paradojas: silencios sonoros, hacer del infierno cielo, mudos mis latidos, fósil viviente…  Y, con frecuencia, usa el apóstrofe para dialogar con elementos de  su entorno, a los que personifica, por lo que  abundan   los vocativos y los pronombres  personales y determinantes posesivos de segunda persona.

            Es un poemario escrito en versos libres, con algunas rimas asonantadas. La autora consigue mantener el ritmo fundamentalmente con el uso de abundantes paralelismos sintácticos y  con palabras onomatopéyicas y aliteraciones de sonidos: crujiendo,  borbotear, susurros, repiquetea…  Hace un uso frecuente de la adjetivación,  a veces, en enumeraciones de tres o más términos: esbelto, flaco, cenceño, dice del ciprés.  Varios poemas  se cierran con epifonemas  muy acertados, como este, con quiasmo: negro luto, luto negro.

            En resumen, estamos ante los versos de  una mujer que es poeta y  que, además, escribe poesía, porque Victoria, primero, es y,  después, escribe. Y lo hace  con sensibilidad, con verdad, con garra. Los paisajes exteriores están el servicio del  paisaje interior,  del de su alma: Hablo de interiores, de travesías personales. Es esa “poesía de los poetas” de la que decía Bécquer que  “es un acorde que se arranca de un arpa y que se quedan las cuerdas vibrando con un sonido armonioso”.

            Estas hojas, a modo de prólogo, son  una aproximación a la poesía de Victoria Olaya, pero  nadie mejor que ella para definirla: El cuenco de mis palmas  es más bien pequeño, / pero  (que) es grande lo que contiene mi corazón. Su corazón es grande y deja a su alrededor un “sonido armonioso”. Desde aquí invito a los lectores a descubrir  toda la grandeza que contiene ese corazón, que se plasma en los versos de este poemario, y que, a pesar de los sinsabores vitales,  pretende  quemar los harapos del camino / y florecer cual libre mariposa.

 

Margarita Álvarez Rodríguez, filóloga y escritora


 

 

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.