PRÓLOGO de Margarita Álvarez Rodríguez
Victoria
Olaya, hojas poéticas
Conocí a Victoria Olaya Magadán en
la Casa de León en Madrid, adonde acudió para leer un poema con el que había
ganado un premio en el Certamen Nacional Mecenas Legionensis 2023.
Posteriormente, he coincidió con ella en ese mismo lugar, como participante en
el Ágora de la Poesía, y también en otros
foros poéticos. Victoria tuvo a bien
regalarme su tercer poemario, Los susurros
del jardín (2023), que leí con gusto y sobre el que escribí una reseña.
También acompañé a la autora en una de
las presentaciones de esa obra, precisamente en ese centro leonés. Ahora ha
puesto en mis manos su cuarto poemario, La
mirada de las hojas, para que yo lo prologue, y aquí estoy dispuesta a
hacerlo sumando a las suyas otras hojas
preliminares.
Los títulos de estos dos poemarios ya nos dicen mucho de su contenido y
de su autora. Victoria Olaya se define
como “la poeta jardinera”. Y, sí, es jardinera de profesión y es jardinera en el jardín poético de sus versos.
Desde el título, este poemario
nos habla de naturaleza, de una naturaleza personificada, que nos mira y que
interactúa con la poeta y con los lectores. Los poemas están agrupados en dos bloques,
alusivos ambos a las hojas: Haz y Envés.
En Haz se recogen los poemas
más coloristas y luminosos. En Envés
aparece la otra cara de la vida, la que produce en la
poeta inquietud y amargura, y la que es más frecuente en su poesía. Los dos
últimos versos del poemario son bien ilustrativos: Una vez tuve risas, / pero apenas las recuerdo.
La
mirada de las hojas gira alrededor de dos ejes temáticos fundamentales: la
interacción de la poeta con el entorno, tanto con el entorno natural, que es
una pasión para ella, como con el entorno urbano, y el amor eterno que siente Victoria por la madre ausente, pero siempre presente en sus evocaciones. Ya
en la dedicatoria hace una declaración
de amor a su madre y a su hijo: “Lo más amado”.
Y en varios poemas está presente la figura materna: la madre amada, la madre admirada,
la madre protectora, la madre compañera, la madre sabia… Solo las madres tienen el regazo caliente / para aliviar a sus hijos, dice
en uno de sus poemas. Su recuerdo es una
primavera perpetua. Otro de los
poemas concluye con un epifonema rotundo: SIEMPRE JUNTAS, SIEMPRE CONECTADAS:
escrito así, con mayúsculas.
El
otro tema esencial es la relación que
establece la poeta con la naturaleza. Victoria
Olaya habla de la naturaleza que la rodea, especialmente, de los
árboles, y habla con ella: la personifica. Así, entabla un diálogo lírico con el ginkgo biloba, en su amarillo otoñal,
para describirnos cómo es ese árbol potente
y sagrado. Lo mismo hace con el icónico olmo que trata de sobrevivir a los
males que lo aquejan. Y los manzanos, alisos
y cipreses también son protagonistas de sus poemas, porque en su
poemario los árboles hablan y las estaciones suenan, por
este motivo, sus árboles se enmarcan en
la primavera y en el otoño, con sus bellos colores estacionales. El poemario está
sembrado de léxico científico relacionado con la Botánica, que denota los
conocimientos de la autora por su profesión: cloroplastos, estomas, hifas, taxonomía, sámara…
Asturias, tierra de su madre, tiene
también presencia en algunos poemas, en su paisaje de mar y de montaña y en
su paisanaje, que se refleja en los
guiños léxicos al asturleonés: oveyas,
fame, güelo, raposa, garatín… También hace un hueco para loar la belleza de
la geografía urbana de ciudades como Alcalá de Henares o Atenas.
En sus poemas está presente una denuncia y un compromiso expreso con la
naturaleza. Hay que escuchar el aullido
de la tierra, asegura Victoria, y
ella nos permite escucharlo en
sus versos haciendo referencia a los
incendios que fueron extremadamente
devastadores en el verano de
2025. En el poema Nuestra ofrenda: la palabra se lamenta amargamente de que la armonía duró el suspiro que tarda en
hincharse la egolatría. ¿Acaso ya nadie ama a su prójimo?, se pregunta en otro lugar. Esta falta de
armonía lleva también a las masacres bélicas, ante las que expresa su impotencia de poeta: Ojalá pudiera arreglar todo / con remiendos
de versos. Adopta también una
postura comprometida en defensa de mujeres, como María Moliner, cuya valía no
le fue reconocida en vida, o las Trece
Rosas, cuya vida les fue arrebatada por persecución política.
Además de estos dos grandes temas,
otro elemento sustancial en la poesía de la autora, como ya ocurría en el
poemario anterior, es la música. Dedica poemas a instrumentos musicales como la guitarra o la gaita asturiana, que gotea
morrina en ella, porque esos sonidos de mi tierra verde son el recuerdo de los ancestros. Referencias musicales aparecen en otros muchos
poemas: campanas, timbales, orquestas,
melodía, trompeta, tambores, tuna, zapateos, tarantos, música zen… Y,
además, tiene a bien proponernos escuchar una pieza musical determinada para leer cada uno de sus poemas. Poesía y
música: maravilloso encuentro.
No faltan en los versos de Victoria
Olaya las alusiones al desamor; la decepción por el amor que fue y dejó de ser,
pero cuyo recuerdo sigue presente en su
vida en amaneceres rotos o en bodas de luto. También incluye poemas de corte más
metafísico en los que se inquieta ante
el tempus fugit y se pregunta sobre el sentido de la vida. Refleja,
con frecuencia, una pérdida de fe en sí misma y en la humanidad: Casada estoy con la pena negra; / mis
poemas son aciagos y oscuros, / las
palabras de mis versos me delatan. En general, su visión es pesimista y amarga: llantos zurcidos traigo, asegura.
En los poemas de Envés el
léxico elegido va en consonancia con los
sentimientos expresados: lucha, dolor,
desilusión, miedo, incertidumbre, hiel, cicatrices, barro, cuerpo tullido…
En algún poema, incluso, parece desear la muerte: Pido la barca de Caronte…
La poesía de Victoria Olaya se
transmite en un estilo claro que la acerca a cualquier lector. Es una persona
sensible que capta la poesía de las pequeñas cosas y que posa la mirada de forma pausada sobre lo
que la rodea, especialmente, el mundo natural.
Su poesía es muy plástica y seduce nuestros sentidos. El olfato está lleno de fragancias: Huelo a romero y a eucalipto… El tacto aparece recreado constantemente. Uno de sus
poemas, por ejemplo, se titula La
brisa interior. Aparecen también muchas referencias a los colores: en los poemas de Haz, colores de primavera y otoño; en
los de Envés, colores grisáceos y oscuros.
En conjunto, aparece en su poesía toda
la gama cromática: naranjas, rojos,
amarillos, morados, dorados, verdes, esmeraldas, ocres, plomizos… La poeta crea, además, bellas sinestesias que mezclan
varias sensaciones o sensaciones y sentimientos: melodías dulces, huelo a lágrimas,
mares de mieles… Llega a decirnos, incluso, que anda buscando sinestesias de azahar y limón.
Llama la atención el uso frecuente
de la interrogación retórica, que le
sirve para ahondar en las reflexiones o en los sentimientos y para
apelar también al lector. De vez en cuando, nos sorprende con potentes paradojas: silencios sonoros, hacer del infierno cielo, mudos mis latidos, fósil viviente…
Y, con frecuencia, usa el apóstrofe para dialogar con elementos de su entorno, a los que personifica, por lo
que abundan los vocativos
y los pronombres personales y determinantes
posesivos de segunda persona.
Es un poemario escrito en versos
libres, con algunas rimas asonantadas. La autora consigue mantener el ritmo
fundamentalmente con el uso de abundantes paralelismos sintácticos y con palabras onomatopéyicas y aliteraciones de
sonidos: crujiendo, borbotear, susurros, repiquetea… Hace un uso frecuente de la adjetivación, a veces, en enumeraciones de tres o más términos: esbelto, flaco, cenceño, dice del
ciprés. Varios poemas
se cierran con epifonemas muy acertados,
como este, con quiasmo: negro luto, luto
negro.
En resumen, estamos ante los versos
de una mujer que es poeta y que, además, escribe poesía, porque Victoria,
primero, es y, después, escribe. Y lo
hace con sensibilidad, con verdad, con
garra. Los paisajes exteriores están el servicio del paisaje interior, del de su alma: Hablo de interiores, de travesías personales. Es esa “poesía de los
poetas” de la que decía Bécquer que “es
un acorde que se arranca de un arpa y que se quedan las cuerdas vibrando con un
sonido armonioso”.
Estas
hojas, a modo de prólogo, son una
aproximación a la poesía de Victoria Olaya, pero nadie mejor que ella para definirla: El cuenco de mis palmas es más bien pequeño, / pero (que) es grande lo que contiene mi corazón.
Su corazón es grande y deja a su alrededor un “sonido armonioso”. Desde aquí
invito a los lectores a descubrir toda la
grandeza que contiene ese corazón, que se plasma en los versos de este poemario,
y que, a pesar de los sinsabores vitales,
pretende quemar los harapos del camino / y florecer cual libre mariposa.
Margarita
Álvarez Rodríguez, filóloga y escritora


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