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| Algunas obras del P. Martino |
Conferencia del padre Eutimio Martino:
L
O S N O M B R E S A N T I G U O S D
E L U G A R :
P A L A D Í N D E V A L D E S A M A R I
O (OMAÑA)
En varias ocasiones hemos presentado nuestra teoría
sobre un origen frecuente de los nombres de lugar, por ejemplo en Paladín,
que responde precisamente al tema.
Todo nombre propio, también los de lugar, encierran un
concepto común, el correspondiente a cierto elemento de la realidad nombrada.
Pero en un lugar determinado pueden concurrir muchos
elementos, físicos o históricos, evidentemente no inventariados, acaso
desconocidos. La primera fase del estudio, lógicamente hablando, ha de
responder a esta cuestión: ¿Cuál de los posibles elementos, antaño incluidos en
el lugar, ha sido captado y expresado en el nombre del lugar?
No se puede negar que la cuestión resulta en extremo
tenebrosa. Porque en todo lugar concreto cabe distinguir el perfil de la
tierra, su composición, la flora, fauna, quizás elementos desaparecidos, algún
hecho de ocupación humana. Situándonos en un plano sobriamente realista, la
empresa parece desesperada, sobre todo si tenemos en cuenta que tratamos de una
ciencia y de la certeza que la caracteriza.
La segunda fase de la tarea no se presenta menos
problemática: ¿En qué idioma de los protohistóricos, tan imperfectamente
conocidos por nosotros, halló expresión aquel elemento de suyo
problemático?
Todavía se añade una tercera fase de problemas que se
han de resolver: ¿Qué tipo de transformaciones ha sufrido el vocablo
inicial a través de los hablantes posteriores hasta llegar a nosotros?
Bastará un minimum de realismo científico para
sugerirnos que se trata de una empresa utópica, semejante a la de buscar
en la estancia oscura el gato negro que no está allí, como alguien dijo a
propósito de la metafísica.
Y, sin embargo, tras una larga porfía con estas
materias, apostaríamos a que ha surgido como un rayo de luz, que nos
apresuramos a compartir. Porque, a través del conocimiento de muchos factores,
desde los geográficos y físicos, a los históricos y lingüísticos, en el marco
de una región que titulamos “En torno a los Picos de Europa”, nos
atrevemos a presentar una vía singular.
Acogemos por lema universal orientador el de que la
historia del vocabulario coincide con la historia de las actividades humanas.
Nos parece haber llevado esta sentencia a la confirmación acaso más
extraordinaria que pueda imaginarse, porque no se trata de reconstruir una
cierta actividad humana del pasado a base del vocabulario correspondiente sino
de vislumbrar un dato esencial de la vida del hombre primitivo a través de los
nombres antiguos de lugar.
Una comparación al respecto: así como de la
fotografía de un objeto deducimos la perspectiva que se ha tomado,
así, de modo semejante, de los conceptos implicados en los nombres de
lugar, deducimos el punto de vista que adoptó el hablante con respecto a la
misma naturaleza.
Y, recurriendo nuevamente a la comparación, fue por la
conjunción de dos polos por lo que surgió la chispa de la intuición inicial. El
uno consiste en el conocimiento inmediato por nuestra parte de la preeminencia
del agua en un valle de alta montaña, el otro en la frecuencia del empleo de
léxico relativo al agua que observamos en los nombres antiguos de lugar. Así
fue como se nos manifestó la posible preeminencia del agua en la vida del
hombre primitivo, pastor y cazador, apenas agricultor.
Siquiera como hipótesis directiva, pensamos en
esa preeminencia del agua en una vida inmersa en el seno de la naturaleza, que
acaso haya quedado reflejada en los nombres de lugar. Valga como
hipótesis fundamental de toda la investigación.
Se trata de un principio material-conceptual, que, sin
caer en exclusivismo, podría despejar de golpe la primera y más problemática
fase de nuestra indagación: la de cuál de los elementos de la realidad habría
sido elegido por el hablante para dar nombre al lugar.
Aun la segunda fase, la de qué idioma suministró los
nombres en cuestión, resulta sustancialmente aligerada. Porque ya no se
trata de enfrentarse al cúmulo de los vocablos posibles, inabarcable como tal e
indeterminado, aunque se trate solamente de los idiomas protohistóricos de la
región, sino de atender específicamente al vocabulario perteneciente al agua.
La tercera fase comprendida en la tarea, la de las
mutaciones experimentadas por los nombres hasta llegar a nosotros, no presenta
una dificultad insuperable. Además, también se beneficia de la fase
precedente. Porque la misma frecuencia de los nombres, en su variedad y
riqueza, debe contribuir a iluminar su evolución lingüística.
En conclusión, nos concentramos en la segunda y
tercera fase, la del análisis de los nombres antiguos de lugar y su posible
relación con los nombres del agua, considerados en sí mismos y en su evolución
histórico-lingüística. Tal es la perspectiva de la tarea.
Tal ha sido la tarea durante muchos años hasta que
surgió el hallazgo que, a su vez, habrá de funcionar en adelante como un eje
principal y triple de la investigación:
1.
En el relevo de las hablas en un territorio, el nuevo hablante suele
recurrir a su apelativo común de agua para interpretar el nombre
propio recibido, que no comprende.
2. La reiterada yuxtaposición de ambos términos puede cristalizar en
un nombre compuesto, que dice “agua” por duplicado.
3. En todo nombre se ha de atender principalmente al “radical”
estricto en cuanto vehículo esencial del significado, en este caso
del concepto “agua”.
Con satisfacción anotamos aquí una observación que nos
alienta en la dirección tomada, confirmándonos. El hecho de que el hablante
segundo manifieste la tendencia de “traducir”, por decirlo así, el nombre
propio recibido que le resulta opaco, y que de hecho expresa “agua”, demuestra
que actúa bajo el impulso de la preeminencia del agua, por lo cual
“traduce” para saber de qué se trata.
Nosotros empleamos constantemente los nombres de lugar
sin pensar ni saber lo que propiamente significan sino simplemente lo que
designan. El hablante segundo primitivo no es que traduzca en todo rigor sino
que su atención y observación vienen a converger con la del hablante precedente
sobre la presencia vital del agua.
No negamos que acaso haya tenido el vislumbre de lo
que significa el término heredado pero, en ese caso, no se contenta con ello
sino que implanta su nombre de agua. En fin, la conducta del hablante segundo
viene a confirmar la que suponíamos en el hablante precedente, más primitivo,
la cual queda establecida y con mayor razón, la que nosotros también
podremos confirmar deductivamente.
GUADIANA, AGUASALIO, OSEJA, OMAÑA.
Es bien conocido el proceso que llevó a la formación
del compuesto Guadiana, nombre de río, que se articula wad-i-ana.
Al primitivo Anas, prerromano (MELA, 2, 6, 21, ed. Frick)
que originariamente no hubo de significar sino “agua, río”, pero
que resultaba opaco para el hablante árabe, se le antepone wad-i-,
apelativo árabe de agua.
Al decir nosotros: “el río Guadiana”, decimos
“río” por triplicado pero no es fácil que llegue a formarse un compuesto así
como “Roguadiana” porque nosotros contemplamos el Guadiana de una forma
distante y por escrito.
Naturalmente no era forzoso que se formase un Guadiana,
como no se formó compuesto con el latino fluvius, pues la cristalización
del compuesto dependerá de factores varios en concurrencia.
En torno a los Picos de Europa (mal así llamados,
porque son de Uropa y éste es un compuesto de los que vamos
indagando) se registra una docena de veces Aguasalio como nombre de
arroyos o de parajes, como Pico Aguasalio, en Crémenes. Evidentemente se trata
de un compuesto del latín aqua y el hidrónimo Salia,
que significa “agua corriente” y es río de la región, tanto el Sella como
el Saja, por lo que Aguasalio dice “agua” por duplicado.
No deja de ser sorprendente que, al par de Aguasalio,
registremos Oseja como Aqua Selia, con profunda transformación
frente al conservado Aguasalio. Sin embargo se trata de fenómenos
vecinos y paralelos, que se imponen como hechos a la espera de su explicación.
Y acaso por la vía de los hechos podamos acercarnos a la luz.
Mientras que Aguasalio designa un simple arroyo
de tantos en la montaña o el paraje regado por él, realidades que muy
pocas veces habrían de aflorar en la conversación y aun dentro de un
ámbito estrictamente reducido, el núcleo de población de Oseja reviste
una importancia capital en todos los ámbitos de la región. Es el nombre
inesquivable para todo el valle de Sajambre desde su fundación romana, el más
reiterado.
Ahora bien, admitido que la entidad fonética del vocablo,
puede ser más o menos estable, parece que ha de ser la frecuencia del uso la
fuerza transformadora que impulsa la evolución. La observación, por su
misma inmediatez al hablante, puede pasar inadvertida. Es la misma que dicta
que los nombres más irregulares también son los más empleados, porque la
intensidad en el uso necesariamente conduce a la transformación del vocablo.
La transformación más importante, que observamos
en Aqua Selia >Oseja, es la de aqua>o, y es la misma
que observamos en Omaña (*Aqua Mania). Omaña nos consta primeramente
como nombre del río, lo cual responde perfectamente a nuestra concepción acerca
del origen de los nombres de lugar a partir del nombre de la corriente, ya sea
toda una región la denominada, como aquí, ya se trate de un topónimo menor y
puntual.
Hacia el año 876 consta el río con la forma Humania
( S. Gª. LARRAGUETA, Colección de documentos de la Catedral de Oviedo)
bien que se trate de la región, y en 993 Omania puede
referirse tanto a la región como al río (J. A. FDZ. FLÓREZ – M. HERRERO, Colección
de documentos de Otero de las Dueñas). La forma Humania, entre
“humanos y manes” desató las interpretaciones más pintorescas y solo de oído.
Para nosotros, la O- inicial proviene del latín
aqua- mientras que –Mania se reduce a Minia, femenino
de Minio (Miño) del cual es alternancia vocálica, puesto
que existe Miña como nombre de arroyos, por ejemplo, en Liébana y en
Cabuérniga (Cantabria). El mismo río Luna, que confluye con el Omaña nos ofrece
un ejemplo inmediato porque su cabecera más alta Peña Ubiña se
documenta Obinna en el año 891 (LARRAGUETA) que remitimos a un
inicial Aqua Minia. En la margen del Luna el topónimo Mi-ñera se
conforma con lo dicho. Hasta el mismo Sil ha sido llamado Miño.
Sobraría decir que en francés, una lengua también
romance como la nuestra, el aqua latino termina en el fonema o,
como en español ocurre con topónimos y con la ignorada Virgen de la O,
que, mantenemos, deriva de la Virgen de illa aqua, sin duda alguna, un
caso eminente de la cristianización del culto prerromano al agua.
Aquí hacemos una división marcada, que viene a corresponder
a la división fundamental de muestra historia en la era
prerromana y la era latina.
Los ejemplos aducidos -Aguasalio, Oseja,
Omaña- pertenecen al relevo de lenguas prerromanas, que son interpretadas
por el latín, es decir Salia y *Mania prerromanos, por el
latino aqua. Pero la misma dinámica del relevo, actuando en la esfera
prerromana, pudo y debió producir semejantes compuestos reduplicativos a base
de términos exclusivamente prerromanos en la medida en que sea válido el
principio formulado anteriormente.
Valdesamario. En 1162 figura Samario
juntamente con Inicio, ambos como topónimos puntuales, y en 1257
como Valdesamario, también puntual, pero en 1262 aparece Sa-mario
como territorio (Colec. Otero de las Dueñas).
Para nosotros cuenta el arroyo Valdesamario con varias
aldeas en su cuenca y el lugar Valdesamario hacia su confluencia con el Omaña.
En el término Valdesamario aislamos dos radicales de agua: val-
y –sam-, que son familiares para nosotros, en particular el
primero, que propiamente sería bal- como evolución del
prerromano pal-.
Éste interviene en Pal-antia, río en Sagunto,
documentado en Tolomeo, que no ha de sonarnos lejano puesto que en el entorno
de Mansilla de las Mulas existió una ciudad Palancia testimoniada por
los Itinerarios romanos, que debería su nombre al Esla, como se lo debe Pal-anquinos,
por no hablar de la capital Palencia, que sin duda lo
tomó del Carrión, bajo nombre de Palancia. Por cierto que en Man-silla,
reconocemos el man- de O-mania y el –Selia del citado O-seja.
La célebre Virgen Blanca de la Catedral de León
no es blanca por la piedra sino por el agua (pal-anca) tal y como
la Presa Blanca, tan próxima. En el emplazamiento de la Catedral, con
ocasión de las termas romanas, probablemente se desarrolló un culto al agua.
En 1073 el obispo recoge que, según algunos, allí había existido un fanum, o
templo, gentil.
Acaso no sea exagerado escribir que el radical pal-
con sus alternancias vocálicas –pel-, pil-, pol-
es el que más nombres de agua y de lugar ha fundado en la península. Ello se
comprenderá sin dificultad si asumimos que muchos de los val- no son del
latino valle sino de bal-, antes pal-,
el agua que configura el valle y es lo primordial. Y muchos pola, pol,
no son de populo, como no lo es Valdepolo, sino de pal-de-pol.
Y muchos villa no corresponden al latino villa sino a un *pelia,
el cual pudo pasar a villa y vieja, como en el repetido Villa-vieja.
El segundo radical en Val-de-samario, es
decir, -sam-, es también hidronímico, aunque no fácil de analizar.
Pero existe el río Samo, afluente del Tambre (La Coruña) y los topónimos
correspondientes como Sama, Samos, etc.
Pero lo que no nos ha de sorprender es que en la misma
confluencia en donde vemos a Valdesamario vemos también a Pala-d-ín,
el cual guarda en pal- la primitiva forma del radical después
evolucionado a bal-. De pal- deriva el latino palus, paludis,
“laguna”, de donde el español paludismo. Y el final –in, también
radical, lo hallamos en Vegapujín y en Villabandín, fácilmente
analizables en nuestro sistema.
Y lo hallamos en In-i-cio, en compuesto con el
radical ki-kei-, de donde viene Cea, uno los radicales más
difundidos en Hispania. Como si nos invitase a re-iniciar y proseguir.


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