lunes, 6 de julio de 2026

Los nombres antiguos de lugar. Paladín de Valdesamario (Omaña). Conferencia del P. Martino

Algunas obras del P. Martino

En agosto de 2013 el padre Eutimio Martino fue  invitado por el  Instituto de Estudios Omañeses (IEO) a dar una conferencia a Paladín para explicar varios topónimos, entre ellos Omaña y  Paladín.

Este es el resumen de su conferencia, que tuvo  bien entregarme, y que hoy publico como homenaje in memoriam a este sabio y hombre bueno fallecido  el 5 de julio de 2026, a la edad de 101 años.

 

Conferencia del padre Eutimio Martino: 



L O S   N O M B R E S    A N T I G U O S   D E   L U G A R :    

 

                         P A L A D Í N    D E   V A L D E S A M A R I O    (OMAÑA)

 

 

En varias ocasiones hemos presentado nuestra teoría sobre un origen frecuente de los nombres de lugar,  por ejemplo en Paladín, que responde precisamente al tema. 


Todo nombre propio, también los de lugar, encierran un concepto común, el correspondiente a cierto elemento de la realidad nombrada.


Pero en un lugar determinado pueden concurrir muchos elementos, físicos o históricos, evidentemente no inventariados, acaso desconocidos. La primera fase del estudio, lógicamente hablando, ha de responder a esta cuestión: ¿Cuál de los posibles elementos, antaño incluidos en el lugar, ha sido captado y expresado en el nombre del lugar?


No se puede negar que la cuestión resulta en extremo tenebrosa. Porque en todo lugar concreto cabe distinguir el perfil de la tierra, su composición, la flora, fauna, quizás elementos desaparecidos, algún hecho de ocupación humana. Situándonos en un plano sobriamente realista, la empresa parece desesperada, sobre todo si tenemos en cuenta que tratamos de una ciencia y de la certeza que la caracteriza.


La segunda fase de la tarea no se presenta menos problemática: ¿En qué idioma de los protohistóricos, tan imperfectamente conocidos por nosotros, halló expresión aquel elemento de suyo problemático? 


Todavía se añade una tercera fase de problemas que se han de resolver: ¿Qué tipo  de transformaciones ha sufrido el vocablo inicial a través de los hablantes posteriores hasta llegar a nosotros?


Bastará un minimum de realismo científico para sugerirnos que se trata de una empresa utópica,  semejante a la de buscar en la estancia oscura el gato negro que no está allí, como alguien dijo a propósito de la metafísica.


Y, sin embargo, tras una larga  porfía con estas materias, apostaríamos  a que ha surgido como un rayo de luz, que nos apresuramos a compartir. Porque, a través del conocimiento de muchos factores, desde los geográficos y físicos, a los históricos y lingüísticos, en el marco de una región que titulamos  “En torno a los Picos de Europa”, nos atrevemos a presentar una vía singular.


Acogemos por lema universal orientador el de que la historia del vocabulario coincide con la historia de las actividades humanas. Nos parece haber llevado esta sentencia a la confirmación acaso más extraordinaria que pueda imaginarse, porque no se trata de reconstruir una cierta actividad humana del pasado a base del vocabulario correspondiente sino de vislumbrar un dato esencial de la vida del hombre primitivo a través de los nombres antiguos de lugar.


Una comparación al respecto: así como de la  fotografía de un objeto deducimos la perspectiva  que se ha tomado, así, de modo semejante, de los conceptos implicados en los  nombres de lugar, deducimos el punto de vista que adoptó el hablante con respecto a la misma naturaleza.


Y, recurriendo nuevamente a la comparación, fue por la conjunción de dos polos por lo que surgió la chispa de la intuición inicial. El uno consiste en el conocimiento inmediato por nuestra parte de la preeminencia del agua en un valle de alta montaña, el otro en la frecuencia del empleo de léxico relativo al agua que observamos en los nombres antiguos de lugar. Así fue como se nos manifestó la posible preeminencia del agua en la vida del hombre primitivo, pastor y cazador, apenas agricultor.


Siquiera como hipótesis directiva,  pensamos en esa preeminencia del agua en una vida inmersa en el seno de la naturaleza, que acaso haya quedado reflejada en los nombres  de lugar. Valga como hipótesis fundamental de toda la investigación.


Se trata de un principio material-conceptual, que, sin caer en exclusivismo, podría despejar de golpe la primera y más problemática fase de nuestra indagación: la de cuál de los elementos de la realidad habría sido elegido por el hablante para dar nombre al lugar.


Aun la segunda fase, la de qué idioma suministró los nombres en cuestión,  resulta sustancialmente aligerada. Porque ya no se trata de enfrentarse al cúmulo de los vocablos posibles, inabarcable como tal e indeterminado, aunque se trate solamente de los idiomas protohistóricos de la región, sino de atender específicamente al vocabulario perteneciente al agua.

La tercera fase comprendida en la tarea, la de las mutaciones experimentadas por los nombres hasta llegar a nosotros, no presenta una dificultad insuperable. Además,  también se beneficia de la fase precedente. Porque la misma frecuencia de los nombres, en su variedad y riqueza, debe contribuir a iluminar su evolución lingüística.


En conclusión, nos concentramos en la segunda y tercera fase, la del análisis de los nombres antiguos de lugar y su posible relación con los nombres del agua, considerados en sí mismos y en su evolución histórico-lingüística. Tal es la perspectiva de la tarea. 


Tal ha sido la tarea durante muchos años hasta que surgió el hallazgo que, a su vez, habrá de funcionar en adelante como un eje principal y triple de la investigación:

 

  1. En el relevo de las hablas en un territorio, el nuevo hablante suele recurrir a  su  apelativo común de agua para interpretar el nombre propio recibido, que no comprende.

 

   2. La reiterada yuxtaposición de ambos términos puede cristalizar en un nombre compuesto, que dice “agua” por duplicado.

 

3. En todo nombre se ha de atender principalmente al “radical” estricto en cuanto  vehículo  esencial del significado, en este caso del concepto “agua”.

 

 

Con satisfacción anotamos aquí una observación que nos alienta en la dirección tomada, confirmándonos. El hecho de que el hablante segundo manifieste la tendencia de “traducir”, por decirlo así, el nombre propio recibido que le resulta opaco, y que de hecho expresa “agua”, demuestra que actúa bajo el impulso de la preeminencia del agua, por lo cual  “traduce” para saber de qué se trata.


Nosotros empleamos constantemente los nombres de lugar sin pensar ni saber lo que propiamente significan sino simplemente lo que designan. El hablante segundo primitivo no es que traduzca en todo rigor sino que su atención y observación vienen a converger con la del hablante precedente sobre la presencia vital del agua.


No negamos que acaso haya tenido el vislumbre de lo que significa el término heredado pero, en ese caso, no se contenta con ello sino que implanta su nombre de agua. En fin, la conducta del hablante segundo viene a confirmar la que suponíamos en el hablante precedente, más primitivo, la cual queda establecida y con mayor razón,  la que nosotros también podremos confirmar deductivamente. 

 

  

   GUADIANA, AGUASALIO, OSEJA,  OMAÑA.

 

Es bien conocido el proceso que llevó a la formación del compuesto Guadiana, nombre de río,  que se articula wad-i-ana. Al  primitivo Anas,  prerromano (MELA, 2, 6, 21, ed. Frick)  que originariamente no hubo de significar sino “agua, río”,  pero que resultaba opaco para el hablante árabe, se le antepone wad-i-, apelativo árabe de agua.


Al decir nosotros: “el río Guadiana”,  decimos “río” por triplicado pero no es fácil que llegue a formarse un compuesto así como “Roguadiana” porque nosotros contemplamos el Guadiana de una forma distante y por escrito.


Naturalmente no era forzoso que se formase un Guadiana, como no se formó compuesto con el latino fluvius, pues la cristalización del compuesto dependerá de factores varios en concurrencia.


En torno a los Picos de Europa (mal así llamados, porque son de Uropa y éste es un compuesto de los que vamos indagando) se registra una docena de veces Aguasalio como nombre de arroyos o de parajes, como Pico Aguasalio, en Crémenes. Evidentemente se trata de un compuesto del latín aqua y el hidrónimo  Salia,  que significa “agua corriente” y es río de la región,  tanto el Sella como el Saja,  por lo que Aguasalio dice “agua” por duplicado. 


No deja de ser sorprendente que, al par de Aguasalio, registremos Oseja como Aqua Selia, con profunda transformación  frente al conservado Aguasalio. Sin embargo se trata de fenómenos vecinos y paralelos, que se imponen como hechos a la espera de su explicación. Y acaso por la vía de los hechos podamos acercarnos a la luz.


Mientras que Aguasalio designa un simple arroyo de tantos en la montaña o el paraje regado por él,  realidades que muy pocas veces  habrían de aflorar en la conversación y aun dentro de un ámbito estrictamente reducido, el núcleo de población de Oseja  reviste una importancia capital en todos los ámbitos de la región. Es el nombre inesquivable para todo el valle de Sajambre desde su fundación romana, el más reiterado.


Ahora bien, admitido que la entidad fonética del vocablo, puede ser más o menos estable, parece que ha de ser la frecuencia del uso la fuerza transformadora que impulsa la evolución. La observación,  por su misma inmediatez al hablante, puede pasar inadvertida. Es la misma que dicta que los nombres más irregulares también son los más empleados,  porque la intensidad en el uso necesariamente conduce a la transformación del vocablo.


La transformación más importante, que observamos en  Aqua Selia >Oseja, es la de aqua>o, y es la misma que observamos en Omaña (*Aqua Mania). Omaña nos consta primeramente como nombre del río, lo cual responde perfectamente a nuestra concepción acerca del origen de los nombres de lugar a partir del nombre de la corriente, ya sea toda una región la denominada, como aquí, ya se trate de un topónimo menor y puntual.


Hacia el año 876 consta  el río con la forma Humania ( S. Gª. LARRAGUETA, Colección de documentos de la Catedral de Oviedo)  bien que se trate de la región, y en 993   Omania puede referirse tanto a la región como al río (J. A. FDZ. FLÓREZ – M. HERRERO, Colección de documentos de Otero de las Dueñas). La forma Humania, entre  “humanos y manes” desató las interpretaciones más pintorescas y solo de oído.


Para nosotros, la O- inicial proviene del latín aqua- mientras que –Mania  se reduce a Minia, femenino de Minio  (Miño) del cual es alternancia vocálica, puesto que existe Miña como nombre de arroyos, por ejemplo, en Liébana y en Cabuérniga (Cantabria). El mismo río Luna, que confluye con el Omaña nos ofrece un ejemplo inmediato porque su cabecera más alta Peña Ubiña  se documenta Obinna en el año 891 (LARRAGUETA)  que remitimos a un inicial Aqua Minia. En la margen del Luna el topónimo Mi-ñera se conforma con lo dicho. Hasta el mismo Sil ha sido llamado Miño.


Sobraría decir que en francés, una lengua también romance como la nuestra, el aqua latino termina en el fonema  o,  como en español ocurre con topónimos y con la ignorada Virgen de la O, que, mantenemos, deriva de la Virgen de illa aqua, sin duda alguna, un caso eminente de la cristianización del culto prerromano al agua.


Aquí hacemos una división marcada, que viene a corresponder a la  división fundamental de muestra historia  en  la era  prerromana y la era latina.


Los ejemplos aducidos  -Aguasalio, Oseja, Omaña-  pertenecen al relevo de lenguas prerromanas, que son interpretadas por el latín, es decir Salia  y *Mania prerromanos, por el latino aqua. Pero la misma dinámica del relevo, actuando en la esfera prerromana, pudo y debió producir semejantes compuestos reduplicativos a base de términos exclusivamente prerromanos en la medida en que sea válido el principio formulado anteriormente.


Valdesamario. En 1162  figura Samario  juntamente con Inicio, ambos como topónimos puntuales, y en 1257 como Valdesamario, también puntual, pero en 1262 aparece Sa-mario como territorio  (Colec. Otero de las Dueñas).


Para nosotros cuenta el arroyo Valdesamario con varias aldeas en su cuenca y el lugar Valdesamario hacia su confluencia con el Omaña. En el término Valdesamario aislamos dos radicales de agua:  val- y –sam-, que son familiares para nosotros, en particular el primero,  que propiamente sería bal-  como evolución del prerromano pal-. 


Éste interviene en Pal-antia, río en Sagunto, documentado en Tolomeo, que no ha de sonarnos lejano puesto que en el entorno de Mansilla de las Mulas existió una ciudad Palancia testimoniada por los Itinerarios romanos, que debería su nombre al Esla, como se lo debe Pal-anquinos,  por no hablar de la capital Palencia,  que sin duda lo tomó del Carrión, bajo nombre de Palancia. Por cierto que en Man-silla, reconocemos el man- de O-mania y el –Selia del citado O-seja.


La célebre Virgen Blanca de la Catedral de León no es blanca por la piedra sino por el agua (pal-anca) tal y como la Presa Blanca, tan próxima. En el emplazamiento de la Catedral, con ocasión de las termas romanas,  probablemente se desarrolló un culto al agua. En 1073 el obispo recoge que, según algunos, allí había existido un fanum, o templo, gentil. 


Acaso no sea exagerado escribir que el radical pal- con sus alternancias vocálicas –pel-pil-,  pol- es el que más nombres de agua y de lugar ha fundado en la península. Ello se comprenderá sin dificultad si asumimos que muchos de los val- no son del latino valle sino de bal-, antes  pal-, el  agua que configura el valle y es lo primordial. Y muchos pola, pol,  no son de populo, como no lo es Valdepolo, sino de pal-de-pol. Y muchos villa no corresponden al latino villa sino a un *pelia, el cual pudo pasar a villa y vieja, como en  el repetido Villa-vieja.


El segundo radical en Val-de-samario, es  decir, -sam-, es  también hidronímico, aunque no fácil de analizar. Pero existe el río Samo, afluente del Tambre (La Coruña) y los topónimos correspondientes como Sama, Samos, etc.  


Pero lo que no nos ha de sorprender es que en la misma confluencia en donde vemos a  Valdesamario vemos también a Pala-d-ín, el cual guarda en pal- la primitiva forma del radical después evolucionado a bal-. De pal- deriva el latino palus, paludis, “laguna”, de donde el español paludismo. Y el final –in, también radical, lo hallamos en Vegapujín y en Villabandín, fácilmente analizables en nuestro sistema.


Y lo hallamos en In-i-cio, en compuesto con el radical ki-kei-, de donde viene Cea, uno los radicales más difundidos en Hispania. Como si nos invitase a re-iniciar y proseguir.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Licencia Creative Commons
La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.