lunes, 6 de abril de 2020

De la soledad y la alegría



 Estado de alarma. Día 23.  6 de abril de 2020


Cuántas historias se guardan entre las páginas de los libros de una  balda de mi biblioteca. Cuántas historias de vida, de muerte, de ilusiones, de desengaños, de alegría, de amor, de rabia, de miedo.  Cuántos personajes con los que me he identificado, a los que he amado o despreciado, están deseando volver a ponerse de pie….

Me he fijado hoy en los libros que tengo delante de Antonio Gala. He recordado sus obras de teatro que tuve ocasión de ver  en su día en los escenarios. He releído alguno de sus sonetos de amor y algunos artículos de aquellas columnas tan recordadas y que muchos leíamos con deleite: Charlas con Troylo, Dedicado a Tobías, Cuaderno de la dama de otoño… Y he recordado especialmente   una de aquellas series, la titulada  La soledad sonora, como la famosa obra de Juan Ramón Jiménez… Y ha vuelto también  a mi mente la belleza paradójica de los versos de  san Juan de la Cruz: “La música callada / la soledad sonora…”. Y me han hecho sentir así la soledad: una soledad silenciosa en el exterior y una soledad sonora en el interior.

He recordado que tengo varias de las obras de Antonio Gala dedicadas por el autor,  y sus dedicatorias, que ya tenía olvidadas, hablan de compañía y de alegría. “Para Margarita, mil alegrías compartidas…”. (El imposible olvido). “Para Margarita, con la esperanza en ella,  mi deseo de compartir la alegría...”. (Los papeles de agua).



De compañía y de  alegría andamos mendicantes en este momento.  Necesitamos sentirnos acompañados y alegres… Imposible contar con  la alegría exterior, porque las lágrimas se derraman con profusión por muchas caras.  Pero, en estos momentos convulsos, hay que buscar la  alegría interior, aunque lloren nuestros ojos, aunque nuestra vida se desgarre. Quizá haya que buscarla en la adopción de un sentido ascético de la vida que nos haga resistir al enemigo  feroz que nos golpea.

Creo que el texto más bello que he leído sobre la alegría está en la conmovedora novela Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro. Una novela para leer una y mil veces.

La felicidad es, respecto a la alegría, como una lámpara eléctrica respecto al sol. La felicidad tiene un objeto, somos felices por algo, es un sentimiento cuya existencia depende de lo exterior. La alegría, en cambio, no tiene objeto. Te posee sin ningún motivo aparente, en su esencia se parece al sol: arde gracias a la combustión de su propio corazón.

Quizá hoy podamos hacer nuestra soledad sonora con un rayo de sol, con unas palabras de ánimo, con esa pequeña mejoría que experimentemos,  restando días a esta condena, empezando a hacer un duelo… O quizá simplemente abriendo un  libro…



(…) La vida es desierto y oasis,
nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
tú puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el mayor de los errores:
el silencio. (…)

“La alegría de vivir”.
Walt Whitman



domingo, 5 de abril de 2020

A esas manos rugosas








Unas manos rugosas apoyadas en las rodillas, tal vez deformadas por la artrosis.  Manos de trabajo, manos de caricias, manos de gestos, manos de lealtades… 

Manos que han sabido formar un cuenco para beber, que han servido de unidades de medida (un puñadín de lentejas,  de arroz…), que han hecho sombras chinescas para entretener, que han acompañado al “cura, sana, culín de rana…” ante los ojos desconsolados de un niño… Manos que han secado lágrimas, que han limpiado  mocos; manos que han apretado las de sus hijos para darles seguridad y las de sus padres para evitar la soledad de la enfermedad o la muerte.  Manos entrechocadas como  símbolo inequívoco de un trato…  Manos que, desde lejos, han despedido a los hijos cuando se iban a la capital… 

Manos temblorosas,  surcadas por ríos azules de recuerdos, de generosidad,  de vida... Manos frágiles que hoy se apoyan en un bastón, en un andador, en un brazo… Esas manos que, en el pasado, fuertes y hábiles, empujaban  un arado, manejaban una herramienta, colocaban un ladrillo, ordeñaban, hacían un pespunte… Manos que han mimado la tierra que hoy las acoge. 



Son manos que nos hablan... Son manos que nos cuentan su historia: una historia silenciosa.

Son las manos de personas que hoy son octogenarias o nonagenarias. Esa generación que por primera vez en nuestra historia está pasando su vejez masivamente en residencias  de mayores. Son personas que vivieron la guerra siendo niños, que sobrevivieron a la dura  posguerra en familias numerosas (que se dejaban hijos por el camino), que compartían la  miseria de las cartillas de racionamiento y el miedo y la muerte que había a su alrededor. 

Cartilla de racionamiento de mi madre

Lograron mejorar su fortuna al final del franquismo o al inicio de la democracia, en algunos casos con un gran desgarro afectivo, pues  tuvieron que emigrar a  las ciudades o  a tierras extrañas, en las que ni siquiera entendían el idioma. Algunos, los menos, consiguieron seguir viviendo en su mundo rural, en ese lugar en el que se sentían seguros, pero siempre a costa de ver cómo se iban  sus hijos. Y en su vejez, la mayoría de  estos han tenido que salir también de su espacio vital para vivir en residencias de mayores.

Fueron una generación con una escolarización elemental, pero querían que sus hijos “fueran más que ellos”, y se esforzaron para que así fuera. Con ellos dimos un paso gigantesco en la liberación de la mujer, a través de sus hijas que logramos tener profesión e independencia económica. Consiguieron, en muchos casos, que sus hijos y sus hijas tuvieran estudios universitarios. Con ello asumían también que sus descendientes (especialmente las hijas, según mandaba la tradición) no los iban a cuidar cuando llegaran a la ancianidad.

Ellos han contribuido decisivamente al estado de bienestar del que ahora disfrutamos.  Ellos, con pensiones exiguas, fueron una pieza fundamental en el  soporte social de la crisis de 2008 y años siguientes. Y aceptaron, la mayoría de buen grado, compartir la ancianidad en residencias. Y allí estaban, tranquilos, sentados unos al lado de otros para sentir calor humano y facilitar su cuidado, cuando llegó el maldito Covid 19, que ha conseguido lo que no conseguía ninguna estadística:  bajar el número de pensionistas.

La muerte se ha cebado con el colectivo y ha planteado graves dilemas morales a los profesionales sanitarios a la hora de decidir si atender a una persona más joven o anciana, si no había posibilidad de atender a  ambas. En situaciones como esta, a pesar del dolor y la rabia que produce, entendemos racionalmente que pueda ocurrir eso por  imposibilidad de atención a todos o porque criterios médicos desaconsejen la aplicación de un respirador a una persona concreta. Pero ninguno quisiéramos vernos en la piel de un profesional médico o un responsable sanitario que debe decidir. 

Lo que no es de recibo es que algunos países como Holanda nos hayan señalado con el dedo  por  atender a mayores de 70 años con medios extraordinarios.  La sociedad española se basa en las relaciones familiares, para bien y para mal, lo mismo que la italiana. Estamos orgullosos de nuestros mayores. Y celebramos con alegría el ver imágenes de ancianos que salen de alta de los hospitales.

Por eso hoy nos duelen especialmente sus muertes a consecuencia del fatídico virus. Y nos duelen más, porque mueren solos, asustados, sin una palabra de consuelo, sin otra mano que apriete su mano  o acaricie su cara, sin un rostro familiar que puedan reconocer, porque la persona que ven va “disfrazada” de forma extraña, sin la presencia de un familiar que reciba ese encargo o consejo que seguramente su padre o su madre le hubieran dado en su lecho de muerte… Porque los padres y las madres siempre nos dan un último consejo.

La muerte forma parte de la vida, pero esta muerte es una muerte inhumana, porque  impide el acompañamiento al enfermo terminal y tampoco permite que los familiares compartan unos con otros de forma presencial el dolor, y hagan un homenaje a la memoria del fallecido.

Pero nada puede la muerte contra la inmortalidad del recuerdo. Seguirán vivos en  la memoria, en la individual y en la colectiva. Son mucho más que  un número dentro de  una cifra trágica. Para ellos estas palabras  de resistencia  y de homenaje. Para ellos muchas manos tendidas… Para ellos la rosa del recuerdo y la gratitud.



Imágenes gratuitas: Pixabay.com

© Texto: M. Álvarez Rodríguez

sábado, 4 de abril de 2020

El lenguaje COVID-19: gramática



Estado de emergencia. Día 21. 4 de abril de 2020


Estamos en un momento adecuado para hacer una reflexión sobre el asunto  del género y el sexo y sus implicaciones lingüísticas, al hilo de  la  actualidad COVID 19. Nada más que pongamos el oído atento a lo que se nos dice en los medios de comunicación, tanto hablados como escritos, percibimos dos hechos lingüísticos que llaman poderosamente la atención.

El primero tiene que ver  con la forma de denominar a los profesionales  que están trabajando estos días en primera o en segunda línea para luchar en esta guerra cruel en que estamos inmersos. En lo que se refiere al personal sanitario (los sanitarios),  se repiten de forma casi generalizada los términos enfermeras (en femenino)  para referirse al personal de enfermería y, en cambio, médicos  (en masculino) para referirse al personal médico. Es evidente que entre el primer grupo de profesionales hay hombres y mujeres y que en el segundo  también abundan las médicas. Lo mismo ocurre al hablar del personal de limpieza. Se oye con frecuencia  hablar de las  limpiadoras. Es verdad que  este personal está formado por    mujeres de forma abrumadora, pero tampoco de forma exclusiva.  También se repite  en femenino el término cajeras de supermercado, profesión que también ejercen hombres. Por el contrario, se habla de reponedores, en masculino, aunque veamos a mujeres que también ejercen esa labor en los supermercados.  Algo similar ocurre con el grupo de los celadores, que está formado por personal de  ambos sexos,  pero  lo asociamos a una profesión masculina. 

En los casos citados,  en que  usamos el femenino de forma preponderante,  no lo hacemos  para remarcar la importancia social de la mujer, como cuando algunas mujeres optan por hablar de Consejo de ministras, por ejemplo.  Las mujeres no estamos orgullosas de ese femenino, porque refleja la posición de segundo plano  que ha tenido la mujer en la sociedad. Seguro que, en este caso las mujeres agradeceríamos que nos incluyeran en un masculino genérico y los hombres preferirían no verse excluidos de ese colectivo que mencionamos en femenino. “Los 400 médicos y 400 enfermeras que empleará (el megahospital) saldrán de la sanidad pública”, titular del diario El País. Titulares como este se repiten uno y otro día en los medios de comunicación. Y lo mismo ocurre con las informaciones que dan  varios de los responsables sanitarios.

Ese uso del femenino para hablar de los colectivos de determinadas profesiones refleja claramente un sexismo, no lingüístico, pues nada hay de malo en el uso del femenino, pero sí social. Es la imagen mental  (y de ahí el femenino lingüístico) que tenemos los hablantes de esos profesionales, porque tradicionalmente han sido oficios desempeñados por mujeres. Y si observamos con detenimiento  a medida que avanzamos en la escala social hacia profesiones de “mayor” rango, tendemos a usar el masculino de forma genérica. Eso ocurre claramente en  enfermera   frente  a médico. En otros casos la diferencia se establece por otros parámetros, pero también corresponde a una concepción de sexismo social. Es lo que ocurre con reponedor y celador, frente a las profesiones “femeninas”.  Este último caso, tiene que ver con que esas profesiones se relacionan más con la fuerza física o la habilidad para mover cosas o conducir máquinas.

Lo ideal es que usemos el lenguaje inclusivo siempre que sea posible: el personal de limpieza, el profesorado, el personal sanitario, etc.  Pero no  siempre es posible hacerlo  sin que forcemos el idioma. No es lo mismo hablar de los niños que de la niñez o la infancia. A nadie se le ocurriría decir que la niñez está confinada en casa con sus padres. Los confinados son los niños que incluyen, claro está, a las niñas. No creo que nadie necesite  que en esta situación le establezcan esa distinción.

Cuando este lenguaje inclusivo no es posible,  no necesariamente se debe desdoblar el género gramatical, salvo puntualmente a modo de guiño ante un auditorio, y sin necesidad de repetirlo a lo largo de un discurso.  Ni mucho menos se debería usar  el femenino para englobar los dos géneros, porque caeríamos, en sentido contrario, en aquello que queremos evitar.  ¿Consejo de Ministras? ¿Y dónde dejamos a los ministros? Oía hace unos días a un representante del Sindicato de inquilinas e inquilinos, que, para  referirse a los inquilinos, en general, hablaba  siempre de inquilinas. ¿Qué se consigue con eso? Cada uno, por supuesto, puede hablar como quiera, pero, ¿se va a acabar así con la discriminación de la mujer?

Los lingüistas, desde una posición, en que nada tiene que ver la ideología de género, siempre hemos remarcado que el masculino es el género no marcado, que en sí mismo no discrimina,  por eso, como genérico,  sirve para ambos sexos, salvo que queramos violentar la gramática o luchar contra la evolución del idioma.  El masculino gramatical no refleja sexo, es una convención. Ante la pregunta: ¿Cuántos hijos tiene?, el receptor contesta incluyendo a hijos e hijas. En cambio, ante la pregunta, ¿cuántas hijas tiene?, el receptor incluiría solo a las hijas. Y eso lo hacemos todos los hablantes de forma inconsciente, porque la gramática no tiene sexo. Es algo arbitrario, una convención que se ha creado a lo largo de toda la historia de la  lengua.  

La adopción de esas fórmulas en femenino puede ser  un gesto social, pero, por sí mismo, no  cambia la realidad,  pues no modifica el sexismo social que subyace y que de vez en cuando se pone tristemente de actualidad. Desdoblar género gramatical al hablar es algo poco  práctico y  hace el discurso  largo y tedioso… Por otra parte, las lenguas en su evolución se rigen por el principio de economía lingüística. Así ha sido durante siglos y, por mucho que algunas personas se empeñen en cambiarlo de forma artificial, desde las alturas del poder, en la práctica  es difícil que sea  de otra manera.

Se  puede hablar  de Consejo de ministras o feminizar el nombre de un partido político o sustituir a los hombres por mujeres, porque así lo marca una cuota por la llamada discriminación positiva (¡expresión tristemente paradójica!),  pero la igualdad no está en eso, está fundamentalmente en valorar a las personas por su valía, independientemente del sexo, en no poner cortapisas a la mujer por el hecho de serlo   y en cambiar esos estereotipos que tenemos en la mente, que nos llevan a ver algunas profesiones en femenino o a usar palabras, que en su variante femenina,  tienen significado peyorativo (zorro/zorra). 

Tampoco  está el problema en exigir que se  supriman acepciones del diccionario, pues este es un mero notario de lo que ocurre en la realidad (eso no significa que no se puedan mejorar determinadas definiciones). El diccionario no cambia la lengua, porque en el dinamismo del habla coloquial nadie se pone a consultar en el diccionario una palabra antes de usarla.  Además el diccionario académico (DLE) debe  incluir esas acepciones, aunque esta afirmación parezca políticamente incorrecta,  porque tiene también la función de permitir entender los textos del pasado. Si, por ejemplo, desapareciera de los diccionarios la definición de hombre como ser humano (hombre o mujer), tendríamos que renunciar a entender los sistemas filosóficos que han marcado el devenir de la humanidad, salvo que reescribamos a Sócrates, a Platón, a Aristóteles… Y también al concepto de hombre como especie (homo sapiens sapiens).

La Real Academia Española no cambia ni el léxico ni las normas gramaticales. Con RAE o sin ella, ha evolucionado el idioma desde el siglo XVIII, en que se creó la institución, hasta hoy. Y lo sigue haciendo… Nada puede la RAE contra el yeísmo, laísmo… La lengua es un organismo vivo que va cambiando  de forma natural por su propio devenir histórico, por los usos sociales, por la educación, por la influencia de otros idiomas...  Ya hemos asumido como algo lógico los dobletes médico/médica, ingeniero/ingeniera, ministro/ministra… y otras muchas profesiones que pueden desdoblar el género de forma natural. Pero no tiene lógica, por ejemplo, la palabra “portavoza”, entre otras cosas porque es un compuesto con voz, que ya es palabra femenina. O no tendría sentido feminizar "bebé", que es una palabra epicena, válida para los dos sexos.

Tratar de que desaparezcan del uso las palabras o expresiones que tienen sentido peyorativo para la mujer no se conseguirá en una sola generación, pero no debemos cejar en la labor.  Será una labor larga y persistente en la que la educación tiene mucho que decir. Pero tratar de forzar la estructura gramatical de forma artificial  y desde una ideología de género  no lleva a ningún lugar. Hay lenguas que no tienen distinción de género, como el turco, el árabe y muchas lenguas amerindias y, sin embargo, se corresponden con sociedades patriarcales en que existe una fuerte discriminación hacia la mujer por razón de sexo. El finlandés tampoco tiene esa distinción y, en cambio, su sociedad tiene en buena consideración social  a la mujer. Lo cual quiere decir que el sexismo social y la estructura lingüística no siempre van unidos.

Y lo dicho antes tiene que ver con el segundo hecho lingüístico observado estos días en relación con los datos  y las consecuencias  de la  Covid 19. De repente, parece que hubieran desaparecido los desdoblamientos de género y los portavoces del gobierno y los medios hablan de número de contagiados  y de número de fallecidos. Y número de trabajadores afectados por los ERTEs. Y de los problemas de los autónomos. Y de las residencias de ancianos. ¿Es que los números no afectan a las mujeres? Pues claro que sí,  dentro de ellos estamos las mujeres, pero cuando los números son tan macabros no tienen género y  se ponen por encima de los “escrúpulos” lingüísticos. Casi nos parecería una broma de mal gusto que se  dijera contagiados y contagiadas, muertos y muertas… En circunstancias tan extraordinarias, poco importa la forma, pues solo nos vamos a fijar en el contenido. Y en ese contenido se fijan los MCS y los hablantes.  La lengua es inescrutable en su evolución, tiene  secretos que va descubriendo ella misma, cuando le parece bien. Hoy no se nos ocurriría hacer el desdoble hablante / hablanta* o cantante /cantanta*, sin embargo, sí lo hacemos de forma natural en infante / infanta. Son los hablantes los que marcan esa evolución, pero nunca una imposición lingüística y, menos aún, si esta no tiende a la simplificación.

¿Se entendería que cuando alguien necesita urgentemente un médico gritara que necesita un médico o una médica? Nadie haría esas distinciones llegada esa situación, pues se impondría la urgencia y el sentido común. En mi último viaje en avión se preguntó si había un médico entre el pasaje. Y no dudó  en  responder  y actuar una médica.

“Todos los trabajadores de actividades no esenciales deberán quedarse en casa”. Este fue el titular generalizado en  prensa escrita, radio y televisión, a pesar de que alguna ministra del gobierno trataba de desdoblar el género gramatical. Seguro que las trabajadoras también se dieron por aludidas cuando les llegó la noticia. Así pues, aunque el presidente del Gobierno y sus ministros y ministras traten de seguir desdoblando el género gramatical, la noticia y la realidad van por otro camino.

Este hecho desgraciado que estamos viviendo nos va a hacer reflexionar sobre muchas cosas, también sobre esto. Hay que poner el foco en lo verdaderamente importante, hay que seguir empeñados en transformar la sociedad, hay que educar en casa y en la escuela, y también en las relaciones sociales. Siempre se ha dicho que en la educación de un niño (o niña) debe participar toda la tribu.  Lo verdaderamente revolucionario, lo que puede cambiar las actuaciones sociales, es la educación. Y desde ella se transforma la sociedad y, por ende, el lenguaje.

Lo que sí es claro es que no se transforma la sociedad a través de una reforma artificial y artificiosa del lenguaje.  Sí, con cambios sociales que nos hagan tener otra perspectiva de la realidad de la mujer. A este respecto,  quizá algún dato histórico  pueda ser ilustrativo. Mussolini trató de cambiar el tratamiento de cortesía italiano lei, que es un pronombre de 3ª persona femenino, y que es válido para ambos sexos, por voi, forma masculina para referirse al hombre. Pero sus intentos fueron fallidos, pues en Italia se sigue tratando de  usted con el pronombre lei, válido para los dos sexos. Algo parecido se hizo en la Alemania del Este cuando se trató de crear un alemán popular que les distinguiera del “alemán burgués” de la República Federal Alemana. El intento fracasó antes de que desapareciera la propia República Democrática Alemana.

En fin,  a veces necesitamos que ocurran hechos extraordinarios para darnos cuenta de que tal vez ponemos la mirada en cuestiones que no son tan trascendentes y la dura realidad pone trágicamente las cosas en su sitio.

En ese “Resistiré erguido frente a todo”  entonado por todo tipo de voces, estamos todos, hombres y mujeres…

viernes, 3 de abril de 2020

Grandes héroes y héroes de pacotilla


Estado de alarma. Día 20. 3 de abril de 2020

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Hoy, Viernes de Dolores, es primer día de las vacaciones escolares. Unas extrañas vacaciones... Al fin los escolares podrán descansar un poco.  Porque nadie ha pensado en el estrés  al que están sometidos los niños, niños que además de tratar de adaptarse a esta  situación de miedo y confinamiento eran inundados cada día con tareas que les llegaban de los colegios. De unos profesores, también nerviosos por no estar a diario en sus aulas, y que querían suplir  su labor a distancia. Y, en medio, los padres, agobiados por su trabajo (o la falta de él) y por el propio  estrés de  sus hijos.

Y seguirán llegando tareas escolares después de las vacaciones… Quizá las autoridades educativas y los propios  docentes deberían darse cuenta de que en este momento lo más importante no es avanzar en el programa de Matemáticas, Sociales, Lengua… Lo más importante es que les llegue el cariño  y la comprensión de sus profesores y que ellos, alumnos, puedan encauzar sus sentimientos.  Especialmente  los niños de Primaria.

Para un niño, es imposible sustituir la educación presencial. La educación no es solo la transmisión de unos conceptos y procedimientos, es mucho más. El transcurso de una clase es un mundo de intercambios, de gestos variados: de sonrisas, de inflexiones de  voz, de humor, de momentos puntuales de frustración, de miradas que transmiten, de sorpresas… Una clase es algo creativo, siempre diferente, siempre única. Nada que ver con unos fríos ejercicios indicados para hacer en casa, sin explicación previa. Y las clases son también  espacios en que se despiertan vocaciones. 

En esta ocasión, más que nunca, los docentes y los padres,  deben aprovechar para que los niños  sepan captar quiénes son los auténticos héroes en la sociedad en que vivimos. Los auténticos héroes no llevan capa,  están mal pagados, no llenan estadios de aplausos y hacen un trabajo poco valorado  y silencioso. No tienen una sección fija de unos cuantos minutos en un noticiario, ni programas de horas, como los que tienen los “prohombres” del deporte u otros personajillos que pululan por la televisión. Frente a estos, de los que conocemos todo y que nos hacen   sentirnos abochornados por sus ingresos y por las noticias que pregonan sin pudor sobre su vida privada, de los otros apenas conocemos sus nombres, son el ejemplo máximo de la discreción, y  solo, muy de tarde en tarde, alguna de sus proezas se convierte en noticia. A veces solo pasan a primera plana y conocemos sus notables méritos, cuando  la muerte se los lleva para siempre.

Pero de su saber científico esperamos la panacea: el medicamento que cure el virus y la vacuna que lo prevenga. Y  saldrá de ahí, de unos ojos inclinados muchas horas sobre una lente. De muchos años con el estigma de “becario” a sus espaldas. Del saber técnico de otros depende el diseño  de respiradores para las UCIs… De los conocimientos  del personal sanitario depende el acierto en el manejo adecuado de los enfermos. Del saber educar de los docentes, la construcción de un mundo mejor. Y sin menospreciar ninguna profesión, porque todas hacen patria (y ahora lo estamos viendo más que nunca),  necesitamos dar reconocimiento social y trabajo  a los científicos, a los ingenieros, a los médicos… porque son una auténtica inversión para un país. No nos podemos permitir el lujo  de que  titulados muy bien formados en profesiones técnicocientíficas tengan que marcharse de España para buscar trabajo y entregar sus conocimientos a otros países. 

Esa es nuestra riqueza… No la dilapidemos. Necesitamos invertir en  I+D+I (Investigación, Desarrollo, Innovación). Es la mejor y mayor riqueza de un país. Tal vez eso no dé votos inmediatos, porque es una inversión a largo plazo (pensemos también en ello al coger una papeleta), pero da algo mejor… 
VIDA.

No, no podemos resignarnos a seguir  invocando aquella polémica frase de Unamuno: ¡Que inventen ellos! 

¡Inventemos nosotros!

martes, 31 de marzo de 2020

Cifras...






Cifras de dolor y duelo recorren nuestras mañanas,
cifras de rosas negras con pétalos que se desangran,
cifras como puñales que se clavan en las almas…

Cifras frías,  inhumanas.

Cifras que esconde el ocaso  en cabelleras  doradas,
y las  deja que reposen para levantarse al alba.

Cifras que ciegan los ojos al pasarles la mirada.
Cifras  de negras  ausencias  pintadas  en las pantallas.

Cifras como las balas disparadas a distancia,
que  nos cercan y aprisionan.... 

¡Y no queremos  sumarlas!

31 de marzo de 2020


© Margarita Álvarez Rodríguez



domingo, 22 de marzo de 2020

Manos que flores derramen...



Estado de alarma. Día 8

A todas esas manos que están cargadas de vida y esperanza... ¡Gracias!





La primavera ha quedado
prendida de los cristales,
los ojos la atrapan ávidos
por todos los ventanales.

Gente que busca esperanza
teñida de soledades,
gente que busca consuelo
en medio de tantos males.

Allí se viste de blanco
en las camas de hospitales;
allí se viste de negro,
sin besos ni funerales.

Silencios y miedos pueblan
esas salidas fugaces:
por las calles y avenidas
apenas camina  nadie.

¡Ah, sí!  Aún se ve la esperanza
que luz en sus manos trae,
manos de  trino  y aplauso,
que alumbran como fanales.

Manos que extiendan salud,
manos que ayuden y calmen,
manos que levanten sueños,
manos que flores derramen… 


Fotos gratuitas: Pixabay.com

 Una rosa para todas esas personas  que se están yendo sin  tener una flor...

viernes, 20 de marzo de 2020

Palabras sanadoras


A ti, persona desconocida, que estás aislada en un hospital...




Amigo, amiga...

No conozco tu nombre, no te pongo cara, pero eras una persona que me importas, porque sufres en este momento un quebranto de salud,  y lo haces en soledad, y eso es suficiente  para que yo quiera llegar a ti  y mandarte unas  palabras… Tienes familia, tienes amigos, pero, en este momento,  solo pueden ser  una presencia ausente.

Me llamo Margarita, tengo 67 años, estoy preocupada por la situación que estamos viviendo, y, sobre todo, por las personas que estáis hospitalizadas. Yo estoy confinada en casa, aislada de mis hijos y nietos, para colaborar con las autoridades y con todos los ciudadanos, por mi propio bien y el de todos.  

Me gustaría enviarte salud, salud a raudales, pero eso no está en mi mano, en cambio, sí puedo enviarte palabras: palabras de ánimo, palabras sonoras que te  saquen unos minutos de la soledad, para que esta no te genere un sufrimiento añadido. Las palabras  tienden un puente entre el tú y el yo: las palabras pueden sustituir  un  abrazo,  una mirada, una caricia…  Las palabras sanan el espíritu y nos liberan de nuestros miedos.

Te invito a que luches contra la soledad usando  la palabra…  
Y quizá me preguntes: ¿Cómo?  ¿Con quién?  

¿Sabes? Yo he sido docente más de cuarenta años, y cuando un alumno se encontraba mal de ánimo le invitaba a escribir sobre sus emociones, a reflejar en el papel todo lo negativo del presente, a escribir incluso un taco, si eso contribuía a liberar la tensión que lo atenazaba… Pero también le decía que reflexionara sobre lo positivo de la vida. Esas vivencias que están en nuestra memoria, pero que, a veces, no deja aflorar la angustia: ese abrazo que un día recibimos (y que ahora no debemos dar), esa sonrisa, esa felicitación, esas personas importantes en nuestra vida, ese paisaje que un día nos relajó el espíritu…

Seguramente no puedas escribir  (si quieres y puedes hacerlo, yo estoy aquí para escucharte), pero sí puedes contar tus vivencias a lo que tengas a tu alrededor. Sí, a las cosas.  Personifica los objetos, habla con ellos y trata de oírlos. Ellos también te acompañan.  Y la imaginación y la fantasía nos sirven de escudo contra las situaciones adversas.  Habla con esa nube o rayo de sol que se acerca a tu ventana; con esa pared inexpresiva que tienes delante; con esos cables que maltratan tu cuerpo; con ese pijama, quizá un poco descolorido, que es ahora tu traje predilecto; con esa puerta que de tarde en tarde se abre para dejar asomar a una persona. Sí, una persona, aunque  en este momento vaya un tanto disfrazada. (¡Quizá haya estado tan atareada que no sabe que han acabado los carnavales!). Cuéntales tus miedos, tus malestares, tus pequeñas mejorías, tus esperanzas… Y, si puedes, hazlo en voz alta.  Nuestra propia voz también nos sirve de compañía.

En fin, piensa que cuando se esconde el sol y llega la noche es para dejarnos ver las estrellas.  Confía en el personal sanitario y, sobre todo, confía en ti.  Hoy es un día más para seguir luchando. Somos muchos los que pensamos en las personas que estáis en los hospitales.  Pero, ahora, no quiero cansarte más.

Ojalá te hayan llegado  el ánimo y el afecto que van colgados de  estas palabras. 

Estáis solos, pero acompañados. Juntos resistiremos.

Margarita

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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.