sábado, 4 de enero de 2020

Omaña escribe a los Reyes Magos

Foto: Paco Álvarez. Peña Cefera. Omaña-León



Queridos Reyes Magos:

Me llamo Omaña. Omaña Sueña. O si queréis ordenar las cartas por el apellido, Sueña Omaña. Soy ya anciana, pero los omañeses solemos ser fuertes y longevos, quizá porque vivimos en un lugar muy  sano, escondido en los montes del noroeste de León. Mi tierrina forma parte de eso que ahora llaman "la España vaciada", aunque, en realidad, lleva largo tiempo  vaciándose. Hace más  de un siglo mis gentes emigraban a América y, décadas después,  a Europa y a otras ciudades españolas.
 
Estoy situada en una comarca elevada, pero desde mi altura no puedo ver la capital del Viejo Reino. Tampoco  puedo ver el mar. No sé si es a causa de mi vista, ya cansada,  a la excesiva lejanía o a las montañas que me impiden la visión.

Habito en un mundo de magia y belleza, de historia y leyenda, que es un auténtico paraíso natural. Mi pelo tiene el color blanco e inmaculado de las cumbres que me rodean y mis ojos, el azul transparente del cielo.  Surcan mi piel, a modo de cicatrices, valles profundos y verdes por los que corren ríos bulliciosos  y  vallinas por las que danzan cascadas cantarinas. Aunque estoy un poco sorda, todavía puedo oír la música del paisaje exuberante que me rodea: el canto de los pajarines, el rumor  de las ramas, el crepitar de la lumbre… 

Me acompañan plantas de muchas especies y animales variados que conviven armónicamente conmigo; a unos los siento tan cerca, tan cerca,  que incluso les pongo nombre, como a las vacas; otros se esconden  en lugares más apartados y a veces me producen cierta inquietud, porque se acercan demasiado a los pueblos y producen mucho daño. El lobo, el oso, la garduña, la raposa... nos traen a maltraer. Quizá huyan de esos molinos que han colocado en los montes que los asustan con sus bufidos. Eso no les  ocurría con los molinos de agua.  Especialmente me producen dolor y rabia los ataques despiadados del lobo, que producen mucho daño, y, sobre todo, que no se proteja y se compense adecuadamente a los ganaderos. Ya no está permitido, como en mi infancia, ir a correr el lobo (y a cazarlo), pero algo habrá que hacer para evitar los daños que provoca.  

Siempre he vivido en este lugar que algunos llaman ahora Reserva Mundial  de la Biosfera. Siempre lo he querido, siempre lo he mimado, y nadie, en el pasado, me dijo nunca cómo debía hacerlo. Ahora me he enterado de que lo que yo hacía  lo llaman los modernos economía sostenible.

Soy laboriosa, agradecida, acogedora, leal… Pero un año, y otro, y otro, por estas fechas, sufro una decepción al comprobar que pongo mis zapatillas y mis madreñas en la ventana la noche de Reyes  y, como mucho,  encuentro en ellas por la mañana unas nueces o castañas, o, con suerte, algún polvorón o caramelo. Y no sé si lo  dejan  los Reyes Magos o es solo la muestra de la compasión de una persona o  de una naturaleza generosa. Yo no necesito comida, nunca se ha pasado hambre en mi casa. Siempre tuvimos unos gochines, unas gallinas, unas patatas, unos fréjoles... Además, ahora, el Estado me da una pensión que me permite vivir como siempre lo he hecho: digna y austeramente.

Tal vez los camellos de vuestras majestades, acostumbrados a andar por el desierto, no puedan subir a estas montañas ni caminar por estos escarpados parajes. Es verdad que podrían acercarse en burros o caballos… Estos sí conocen bien estos caminos, los han pateado durante siglos. Incluso podrían venir en coche, puesto que ya tenemos carreteras que llegan a todos los lugares, y con indicaciones claras, de manera que es difícil perderse.

Este año ya ni siquiera tengo madreñas para dejarlas en la ventana. Perdieron los cinchos y los tacos y  su madera rajada terminó por romperse. Pero bien mirado, no las voy a necesitar, pues esta vez no os pido  que  lleguéis hasta aquí –ya soy consciente de que tenéis que atender a muchos niños en otros lugares- solamente quiero que intercedáis, y que, con vuestra magia, me ayudéis a subir a esas otras cumbres que yo no puedo escalar. Esas cumbres  poderosas en que moran otros “reyes” que me resultan inaccesibles. Solo sueño con que les llevéis una carta en mi nombre. Sois compañeros y quizá a vosotros os escuchen. Escribidla en mi nombre, con letra grande y clara, que mi vista ya está cansada.

Necesito que sepan que vivo en un pueblo solitario, rodeada del silencio sonoro de la naturaleza, pero  que  querría volver a oír el jingrio de los niños por las calles. Que necesito oír cercano el sonido de los animales domésticos. Que necesito  tener vecinos para hablar, pues es muy triste andar por la calle y no encontrar a nadie. Que echo de menos aquellos calechos de antes de cenar y los filandones o veladas invernales. Que necesito tener cerca un médico y una farmacia, porque mi edad es avanzada y los achaques que sufro cada vez son más numerosos. Que necesito tener cerca una oficina bancaria, porque no sé qué es eso de usar una "aplicación". Que necesito salir del pueblo a comprar ropa, comida o, simplemente, a  ver escaparates. Sí, escaparates… O luces de Navidad. Aunque luego quiera estar pronto de regreso en mi lugar.  Que necesito que cuiden mi pueblo, porque algunas construcciones ya no pueden soportar el peso de la edad, que cuiden los montes para evitar las quemas, que limpien los ríos para que las aguas discurran por su  cauce, que  desbrocen esos caminos que unían pueblos con pueblos, casas con fincas… Esos caminos que eran signos de vida. Yo ya me encuentro sola y sin fuerza, y no puedo convocar concejos ni facenderas. Hasta estoy perdiendo las palabras de ese chapurriau que los "finos" dicen que hablo. 

He de confesar, sin embargo, que últimamente he recibido alguna alegría. Han pasado por mi pueblo caminantes que decían que iban a Compostela, que recorrían un Camino Olvidado. Salí a su paso, les sonreí y les ofrecí acogida. Me aseguraron  que por aquí discurría un viejo camino –Vexu Camín- que en otra época se utilizaba para llegar a Santiago. ¡Ahora me explico por qué existen en mi tierra iglesias y ermitas consagradas al santo! Me aseguraron que esta tierra les fascinaba, que caminar por ella era muy prestoso, que contarían  maravillas de su experiencia, que tal vez  un día volverían… Que vendrían otros... Que Omaña les parecía algo más  que un sueño… 

Pero  también estoy preocupada por ese virus que anda por ahí y que  ha llegado a los pueblos. Yo creía que estos montes y valles eran lugares sanos y que aquí no llegaban los males de las ciudades, pero estaba equivocada. Mis nietos me han explicado que eso es consecuencia de la globalización. No sé si he dicho bien la palabra. Parece que si un chino se pone a esperriar el andancio nos puede llegar hasta aquí. Eso me dijeron.

Pero vuelvo a mi carta, que  parece que se me va un poco la cabeza. Yo, como decía, soy  ya anciana, pero una anciana informada y  moderna. Veo la televisión (cuando se ve),   hablo por teléfono con mis hijos que se fueron a la capital (cuando hay cobertura) y  quiero aprender a usar eso que llaman internet (cuando llegue bien a mi pueblo) y que parece que se mide por un número y la letra G o  se fabrica con no sé qué fibras ópticas.  

A veces tengo que salir de casa, subir a un teso… para poder hablar  de teléfono, y ya me duelen demasiado las brias y  los remos.  Necesito que esas ondas y cables misteriosos traigan a mis valles la voz del mundo y que se lleven la mía, porque yo también tengo cosas  que contar y tesoros que repartir. Porque, bien mirado,  soy rica: rica en joyas, incluso, muy rica. Mis prados son esmeraldas; mis aguas, brillantes; mis cielos,  turquesas; mis nubes, perlas; mis primaveras, amatistas; mis otoños, oro; mis peñas, plata…  Y no necesito caja fuerte. Además, puedo compartir mi riqueza sin menoscabarla. Cuanto más doy más tengo, eso aprendí de mi madre. Necesito que el mundo lo sepa. Omaña Sueña con compartir.

Escribid todo esto, por favor, con letra clara, ponedlo en un sobre y luego echad la carta al correo en León, en Valladolid, en Madrid, en Bruselas… Poned como remitente:

Omaña Sueña

Camino Olvidado, s/n

24000,  Viejo Reino

España vaciada

A ver si llega la carta a esos “reyes”, que no son magos, pero que pueden hacer que mis sueños algún día se conviertan en realidad.

Pero, bien pensado, y por si acaso las vuelvo a necesitar,  no estaría de más que me regalarais unas madreñas, porque es el mejor calzado para estos fríos omañeses, y ya no existen madreñeros por aquí. Me han dicho  que ese Amazon es como una tienda de pueblo  que tiene de todo. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor un día necesito que los Reyes me vuelvan a dejar en ellas nueces y castañas… Y también... Os confieso un secreto: me gustaría que las heredaran mis nietos.

Mi sincera gratitud,

Omaña Sueña


















Omaña es una comarca del noroeste de la provincia de León. Pertenece plenamente a eso que ahora se llama la España vaciada. Está  formada por unos 70 núcleos de población que forman parte de cuatro ayuntamientos: Murias de Paredes, Riello, Soto y Amío y Valdesamario. La mayoría de esos núcleos de población tienen actualmente menos de treinta habitantes. La población total de la comarca tenía unos 11000 habitantes a principios del siglo XX  y casi  se ha diezmado en un siglo. Desde 2005 ha sido reconocida como Reserva Mundial de la Biosfera, (dentro de la Reserva Mundial de la Biosfera de los valles de Omaña y Luna) por la riqueza de su flora y su fauna.

viernes, 3 de enero de 2020

La Brigada 22. Reseña



Título: La Brigada 22

Autor: Emilio Gancedo

Género: Narrativa

Editorial: Pepitas de calabaza, 2019

Págs. 271





La brigada 22 es la primera novela de Emilio Gancedo, periodista cultural y escritor. Es autor, entre otras publicaciones, de varios libros de relatos, una guía de viajes, obras de carácter etnográfico y un libro  mayor y un poco inclasificable, Palabras Mayores,  una obra en que el autor viaja por los caminos de España y por el interior de sus irrepetibles personajes, que  nos deleitan con  sus palabras mayores. Sobre esta obra escribí, en su día una reseña.  (Se puede leer aquí). Esperábamos con interés esta nueva publicación de Gancedo, y no nos ha decepcionado.

La brigada 22 cuenta una historia increíble, pero verosímil. Cuatro guerrilleros,  fieles a la defensa de la Segunda República,  permanecen emboscados y ajenos al mundo que los rodea,  en una sierra prácticamente inaccesible,  cuarenta años después de acabada la Guerra Civil.   Ya en la época de la Transición, y sin saber que ha muerto el dictador, siguen  aferrados a sus ideales y a su trozo  de tierra libre. El grito de “no pasarán” lo llevan a sus últimas consecuencias. Increíble es que un grupo de maquis  sobrevivan apartados del mundo durante cuarenta años,  en condiciones extremas, desconociendo la muerte del dictador y la llegada de la democracia, pero su historia se nos presenta de forma tan verosímil que el lector puede terminar  creyendo que la historia que se cuenta fue algo real. 

De manera inesperada,  Paquito Munera se encuentra con estos personajes y, después de vivir una aventura  un  tanto rocambolesca, conoce  su forma de vida y el engaño en que viven. Finalmente consigue que depongan su actitud y se  incorporen a realidad española de 1980, una realidad muy distinta de aquella que les obligó a separarse del mundo por su fidelidad  a la causa republicana.

Paquito es un oficinista que vive en una capital de provincia cualquiera.  Tiene una existencia anodina, constantemente coartada por la presencia de una madre que, con sus consejos y exigencias, lo empequeñece hasta anularlo. Este personaje cree ser capaz de salir de su nimiedad a partir de una carta que le publica un periódico local en la sección de Cartas al director. Eso le lleva a creerse un periodista en ciernes y a soñar con cambiar de vida y ser reconocido.  Para ello, a partir de una información que recibe de forma accidental, va a tratar  de elaborar un reportaje  sobre  unos supuestos buscadores de petróleo que trabajan en un lugar apartado y, en ese intento, adentrándose en la sierra, se topa de forma inesperada con los miembros de la Brigada 22, que inicialmente confunde con los personajes que buscaba.

Otro personaje clave, que comparte el mundo urbano con Paquito, es el teniente Aníbal Tosantos,   que sufre también  el ninguneo de sus compañeros, por ser huérfano y hospiciano  y por su personalidad responsable y perfeccionista. Es una persona que ha carecido de afecto y que   se ha hecho a sí misma. Por azar,   su vida se entrecruzará con la de Paquito y eso le llevará a tener conocimiento de la existencia de la brigada y su ubicación. En la acción de la novela tienen mucha  importancia algunas coincidencias y situaciones azarosas en las que están implicados Paquito, el teniente Tosantos y los guerrilleros, personajes que son los ejes centrales de la novela.

La novela tiene un comienzo impactante. Nos hace llegar las sensaciones y sentimientos de una persona que está siendo torturada. Una pregunta de los torturadores martillea sus oídos: ¿Quién fue?”.  Él se niega a hablar, aunque “no hablar sabía a sangre”. Este personaje es presentado como un guiñapo, que ya no domina ni el cuerpo ni el alma y que ha perdido la palabra. El autor, acertadamente, lo compara con una araña que trataba de buscar seguridad en una esquina de la pared. El torturado, al límite de su conciencia, se deja llevar por las vivencias nebulosas del recuerdo. Este guerrillero formaba parte de la Brigada 22, fue apresado al finalizar la guerra y torturado  para tratar de que delatara a sus compañeros. La tortura lo lleva a la muerte, pero la pregunta queda sin respuesta.

Se mezclan hábilmente en la novela hechos del pasado (la tortura tras la detención) y hechos del presente en que se sitúa la acción (1980) relacionados con los maquis emboscados  y el cruce entre las vidas y pesquisas de Paquito y del teniente.

En cuanto a la estructura narrativa, la novela avanza linealmente en lo referido a los hechos que ocurren en la época de la Transición y que llevan a la entrega de los maquis, pero usa el flashback para situarnos en el primer capítulo de la novela cuarenta años antes  y hacernos  sentir los procedimientos de tortura de la dictadura franquista. En realidad, se puede considerar un falso flashback, pues esos hechos lejanos  tienen su continuidad temporal en los documentos  guardados en archivos que hacían referencia a la persecución de esa brigada y en la investigación del teniente Tosantos para esclarecer cómo se produjo esa detención, la oscura muerte  del guerrillero y la suerte de sus compañeros. Por otra parte, aunque no se cuente cómo han vivido los guerrilleros durante esos cuarenta años, su vida se está contando indirectamente a través del presente, en que cada día es igual al anterior. Es un tiempo sin tiempo, un tiempo  atemporal del que perdieron conciencia a partir de 1969, año en que dispusieron del último calendario.

Siendo atractivo el tema y la forma de estructurar la novela, lo mejor de la misma está en la forma de transmitir al lector las vivencias de los personajes:  las ilusiones, las decepciones, el dolor, la rebeldía, el tesón… Incluso la excentricidad de todos ellos. Unos viven en un pasado ficticio y otros, en el presente real, pero no están muy distantes entre sí. Son personajes infravalorados, inseguros, desconfiados, faltos de afecto, personajes  que nos provocan ternura y compasión. Personajes  que corren “detrás de los sueños sin alcanzarlos jamás” y que se esconden “en lo más profundo de sus miedos”, al decir del autor.

Emilio Gancedo maneja con gran eficacia el idioma y  convierte la palabra en arte de la palabra: en excelente literatura. La comparación es abundante en el texto  y  es usada con gran soltura  y acierto literario. Usa símiles muy creativos tanto al hablar de la guerra y la situación de los maquis: “Esa guerra brutal alrededor de la cual revoloteaban como polillas alrededor de la lumbre”, como al hacer descripciones ambientales, rurales o urbanas: “Las grúas (…) parecían grandes aves zancudas posadas en mitad de una ciénaga de vigas antenas y tabiques”. Y también para describir los sentimientos de los personajes.

No  menos interesantes son las metáforas, que también se prodigan en la novela: “Dormir tapado con una manta de estrellas”, “con los ojos diminutos atrincherados tras unas gafas antiquísimas”, “empezaban a hormiguear coches y ciudadanos”. Con frecuencia las metáforas van unidas a una rica y plástica adjetivación: “reptiliana  impresión”,  para la descripción de personas, paisajes, sensaciones… También está  muy presente la personificación: “Los belfos metálicos de los autobuses”. Y la presencia de la sinestesia, que mezcla  distintas sensaciones o sensaciones y sentimientos, la encontramos por doquier: “El aire se aflautaba”, “sol desleído entre la bruma”. Hay, además, un recurso que maneja con gran pericia el autor: la enumeración.  Esas enumeraciones a veces  se traducen en adjetivación  bimembre. “Silencio denso y picante”. “Supremo y doloroso esfuerzo”. Se podrían citar  numerosos ejemplos.

Llama la atención la adecuación sintáctica al ritmo de la acción y al pensamiento o actitud de los personajes. Frases cortas o muy largas según las necesidades de la narración y las vivencias de los personajes.  Cuando el torturado está al límite de la conciencia, el autor nos presenta esos pensamientos brumosos con largos párrafos. Lo mismo ocurre cuando  habla la madre de Paquito o cuando conocemos las reflexiones de este. Eso provoca en el lector una cierta sensación de angustia.  

También nos sorprende  la forma de introducir los diálogos. En las conversaciones entre madre e hijo los diálogos se insertan en medio de la narración, sin guiones, como si los dos personajes estuvieran fusionados y la personalidad del hijo solo fuera una prolongación de la de la madre. En esos momentos las  preguntas y recriminaciones de la madre parecen auténticos monólogos,  con series de interrogaciones retóricas que no precisan respuesta. El lector logra sentir la sensación de agobio que sentiría Paquito nada más que entraba por la puerta de su casa. En cambio, cuando hablan otros personajes los diálogos se inician con  guiones de la forma ordinaria, marcando los distintos interlocutores.

La novela presenta muchos aspectos atractivos para el lector.  Uno de ellos es la personalidad de los guerrilleros: su vida extraña, la fidelidad a una lucha  trasnochada, su afán por vivir fuera de la realidad, su fortaleza y, al mismo tiempo, su debilidad y su indefensión. Han perdido sus nombres propios y se esconden tras nombres de guerra. Son hoscos y son tiernos a la vez, producen miedo y también compasión. Recuerdan un poco a don Quijote en su afán por cambiar el mundo. Persiguen ideales nobles y universales, pero es anacrónica su  forma de luchar para conseguirlos. Don Quijote luchaba contra unos furibundos gigantes inexistentes como  Cacho, Viseras, Marcao y Perdigones  siguen luchando contra Franco, cuando Franco lleva cinco años muerto.

Estamos  ante una obra narrativa escrita con un lenguaje claro y preciso  de una enorme plasticidad. Se recrean a la perfección las sensaciones, de manera que podemos  captar sensaciones físicas  al mismo tiempo que lo hacen los personajes. Y también los sentimientos. Podemos experimentar con ellos la desolación, la ilusión, la ternura, el  miedo…

La novela tiene componentes tragicómicos. Por un lado, refleja el desencuentro entre esas dos Españas que todavía no hemos superado, y que sigue produciendo desconfianza y dolor; por otro, y tal vez por lo insólito de la situación, nos presenta una visión cómica, un tanto esperpéntica, que hace sonreír en más de una ocasión. Es una historia  dura y tierna,  que provoca pena y también sonrisas, algo parecido a lo que ocurre con la obra cervantina.  

Estamos, en fin, ante una novela  amena, de una exquisita sensibilidad, en su forma y en su contenido. Pero estamos, sobre todo, ante un ejercicio de buena literatura que invita al disfrute   del lector.

Margarita Álvarez Rodríguez





miércoles, 11 de diciembre de 2019

¡Mucha mierda! Con perdón…


  Expresiones relacionadas con lo escatológico



  

     Este artículo  se va a mover entre lo escatológico y lo coprófilo. Aclaramos, pues, desde el comienzo, el significado de los sustantivos de los que proceden estos términos. La escatología es uso de expresiones soeces relacionadas con los excrementos. La coprofilia es la atracción fetichista por los excrementos.

    Caca, culo, pedo, pis.  A los niños pequeños les hacen gracia estas palabras  relacionadas con la coprofilia  y las usan, a modo de retahíla, para provocar la atención de los  adultos, especialmente cuando ven que estos se encuentran incómodos al oírles  repetirlas  en público. 

       Pero no solo  a los niños. A los hablantes adultos también nos gusta movernos en lo mundo de lo escatológico. De lo contrario,  no se entendería  por qué la palabra mierda, y lo que tiene que ver con ella, está tan presente en el habla coloquial española.

  Como una forma de mostrar nuestro disgusto o  contrariedad (aunque a veces también estas expresiones solo reflejan  afectividad), usamos muchas veces la expresión “me cago en”, que suele  quedar convertida en me cagüen…  Y nos cagamos en las cosas más diversas.

      Con frecuencia recurrimos a la madre o al padre: cagüen tu madre, tu padre. A la madre, dudando de su moralidad sexual, se le añade a veces, sin miramientos, un epíteto: tu puta madre. Pero no solo  nos cagamos en los padres de los demás, a veces también  en los nuestros. Y lo curioso es que cuando un hijo consigue enojar a sus padres pueden ser estos los que digan cagüen tu madre o padre, como si los aludidos por el insulto no fueran ellos, sino otras personas.

       Y poco importa si están vivos o muertos, o si los muertos son recientes o no, pues también tenemos la variante me cagüen tus muertos. Y en ese cagarnos en las cosas más diversas, aparece también la referencia a nuestros primeros meses de vida, a la cuna, a la leche: cagüen la cuna que te arrulló  o la leche (que mamaste). Uno de los más frecuentes es, sin duda, cagüen la puta, que se puede convertir  en la puta madre o simplemente en el naipe de la puta  de oros o de bastos. No es menos frecuente la alusión a la mar salada. Y algunos se remontan a tiempos y  personajes muy lejanos y traen a Diógenes a la actualidad. Otros disfemismos  menos bastos sirven para suavizar la expresión anterior, tal es el caso de mecachis.

      Tampoco nos sentimos extrañados cuando oímos decir que alguien se caga en diez (Diez). No parece que haga referencia al número, ni al apellido Díez, que es frecuente en la provincia de León, tal vez sea una suavización de la palabra Dios. No falta quien considera que es una etimología popular que procede del apellido de un general francés (D´Huez) que los españoles del sureste de España recordaban con odio por su crueldad.

     Los elementos religiosos no quedan fuera de la escatología. Se oyen con frecuencia expresiones blasfemas como me cagüen Dios (o san Dios),   la hostia o la hostia puta,  el copón,  la Virgen,  los clavos de Cristo, todos los santos… En algunos casos, con ligeras modificaciones  que alteran la referencia a  Dios, no nos importa crear otra divinidad y aparece la forma: me cagüen diosla. También se puede aludir al demonio con nuestros “cagamentos”: me cagüen el demonio. Y no faltan las tres Marías que en este contexto son: la caca, la mierda y la porquería.

  Aunque estas expresiones pueden ser consideradas blasfemias y, en cualquier caso, son expresiones irrespetuosas,  en muchos ocasiones no tienen componente injurioso, porque se han desposeído del sentido religioso y  son usadas  de la misma forma por personas que creen en Dios  y  por otras  que no creen. Y no solo hay expresiones relacionadas con la divinidad para el Dios cristiano, pues Buda también aparece con frecuencia en expresiones de este tipo. Y hasta nos podemos inventar algún santo original: cagüen san pito pato.

    Hay otras expresiones ligadas a partes  o aspectos de nuestro cuerpo. Se puede alguien cagar en nuestras muelas –de momento los dientes están a salvo-  o  elegir el cuerpo entero y cagarse en  nuestra (mi) estampa o en algo más etéreo como nuestra sombra. Y cuando no se encuentra el lugar o la persona oportuna para regalarle nuestros excrementos lingüísticos o queremos mostrar un desagrado genérico la frase se transforma en me cago en todo (lo que se menea). Personas, animales y plantas serían los objetivos de esta lindeza. Si se mueven, claro está. Y hay unos extraños animales que parecen especialmente inquietos, son los ratones colora(d)os, a los que convertimos en receptores preferidos de nuestros excrementos.

   El hecho de defecar no se queda en las expresiones anteriores. Con frecuencia, cuando cometemos un error difícil de enmendar, nos sale espontánea la expresión: ¡La he cagado!  En ocasiones, cuando son otros los responsables de la metedura de pata, les dedicamos la expresión la cagaste Burt Lancaster (pronunciado aproximadamente: Bur Lancáste). ¿Y qué tiene que ver el actor estadounidense con este asunto? Parece que nada que vaya más allá de la  gracia o la musicalidad de la propia frase que dio título  a un disco muy popular, del grupo Hombres G,  publicado en 1986. En cualquier caso, seamos nosotros los responsables de la cagada o él,  la mancha puede ser indeleble.



Si salimos precipitadamente de un lugar, lo hacemos cagando leches. Como parecía que lo hacían los animales que transportaban la leche en tinajas, cuando este reparto se hacía a domicilio y la precipitación iba dejando pequeños regueros de leche donde se había repartido.

Algo de resultado muy insatisfactorio es una cagada, quizá porque la persona que lo ha hecho lo ha realizado atropelladamente. Está claro: no conviene ser un cagaprisas. 

A los que actúan de forma cobarde o pusilánime les llamamos caguetas,  cagados, cagones… Y sin ser especialmente cobardes todos hemos sentido alguna vez el   cague, ese miedo intenso que paraliza.  Es bien conocido el hecho de que ante una situación de miedo extremo es difícil controlar los esfínteres. Dejó buen testimonio de ello Cervantes en El  Quijote, cuando, en la  famosa aventura  de los batanes, Sancho siente un miedo extremo ante unos misteriosos sonidos nocturnos, y este miedo  le impide controlar lo que ocurre en su cuerpo, por lo que don Quijote lo reprende:

̶ Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

̶ Sí tengo –respondió Sancho ̶ , mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?

 ̶ En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar –respondió don Quijote. (Capítulo 20, I).

"El Quijote" (20, I),  edición  de  Martín de Riquer
con ilustraciones de Mingote


      El mismo fragmento del Quijote traducido al macedonio,  en la edición del "Quijote universal del siglo XXI"

Algunos vocablos  que designan  a las personas aluden a su poca categoría laboral, como el cagatintas (chupatintas), un oficinista de poca categoría, o el cagarrache, operario de una almazara que depende del maestro. Y la palabra caganidos que, con el mismo sentido que el último pájaro de una pollada, se aplica al último hijo de una familia. Y con el significado de desecho se usa la palabra cagafierro para la escoria del hierro. Algunos nombres de  animales también derivan del verbo cagar: cagaaceites se llama al pájaro zorzal. El cagachín o cagarropa es un tipo de mosquito.

En el lenguaje juvenil actual encontramos, sin embargo, una expresión que llama poderosamente la atención, porque trata de destacar algo de forma positiva. Así, oímos decir ¡huele que te cagas! para un perfume u otra cosa que huele bien. Expresión curiosa y contradictoria, pues hay que evitar hacer lo que sugiere, de lo contrario, el olor sería bien diferente. 


     ¡Y una mierda! 


    Con lo de cagar y cagada viene en consonancia la palabra mierda que también adorna el lenguaje coloquial. 

    Para mostrar el enojo y despachar de un lugar a la persona que nos resulta inoportuna podemos optar por enviarla a distintos lugares, algunos bastantes escatológicos: a cagar, a cagar al vía, a buscar la cagada  de un lagarto, al guano  (excrementos de aves marinas) o, llana y simplemente, le decimos: ¡Vete a la mierda! Cuando la sensación se hace ya insoportable actuamos contra nuestro abanico: ¡A la mierda, abanico, que se acabó el verano! O simplemente elevamos el tono, lo acompañamos del movimiento de algún dedo de la mano y lanzamos una expresión con componente cuantitativo: ¡Y una mierda!

    ¡Mierda o a  la mierda!, es la interjección que usamos más frecuentemente para indicar contrariedad: ¡Mierda, no me di cuenta!  A veces lo comunicamos con cierta calma: lo mando todo a la mierda  y, otras, mostramos nuestra rabia con una expresión de mayor  intensidad: ¡a la puta mierda! O repetimos la palabra haciendo un dúo o trío: ¡Mierda, mierda, mierda!  Y  si somos políglotas podemos sustituirla por la conocida palabra francesa  y  gritar:  ¡Merde!

    Como sustantivo, la palabra mierda sirve para calificar algo malo o muy malo: un trabajo de mierda,  una vida de mierda…  O sirve para calificar la poca valía de una persona: es un mierda, es un jefe de mierda… A veces adquiere valor pronominal y equivale a nada: me importa una mierda o ¿a mí qué mierda me importa?  Pero la mierda puede ser un poco más visible si la convertimos en una especie de estandarte,  en una mierda pinchada en un palo y salimos con ella a pasear o desfilar. Podremos hacerlo si antes no nos hemos cogido una mierda (castaña, cogorza, pedo…), porque en caso contrario perderíamos nuestro estandarte en el paseo.

    En ocasiones, adopta un  significado más claramente metafórico. Eso ocurre en expresiones como revolver la mierda, que aluden al hecho de  buscar más problemas donde ya los hay, o  estar de mierda hasta el cuello, para describir a alguien al que se le puede criticar por su actitud moral o social, o me tocó comerme la mierda, cuando alguien debe responsabilizarse de los errores ajenos. Lo que huele a mierda, sin serlo, es algo reprochable dentro de una actuación poco clara. Y si no levantamos las alfombras con frecuencia, es posible que estemos ocultando la mierda desde épocas lejanas.

      Una de las expresiones más conocidas para desear éxito de público dentro del mundo del espectáculo  es la famosa  ¡mucha mierda! Parece que viene de siglos atrás cuando la gente elegante acudía al teatro en coches de caballos.  Los animales dejaban sus excrementos camino del teatro, por tanto,  a mayor cantidad  de excrementos,  más público, y más éxito de la representación.
    
     Hay muchos refranes populares que  recogen la palabra mierda  y le dan un  sentido figurado. Vayan unos pocos ejemplos: A quien con mierda trasiega, algún olor se le queda; gaviota hacia tierra, marinero a la mierda; la mierda cuanto más se revuelve, más huele; ni mierda sin pedo, ni boda sin tamborilero… Y todos hemos oído alguna versión de este  microcuento: Este era el cuento de María Sarmiento que fue a cagar y cagó en el asiento.

   En la lengua catalana hay muchos dichos populares y refranes que usan este lenguaje escatológico  sin ningún reparo: Pluja a la muntanya, merda al pla (los problemas de los de arriba afectan más a los de abajo). Las gallinas de arriba cagan a las de abajo, se dice en castellano.  Són cul i merda (son culo y mierda), para hablar de personas que son inseparables. Hay que recordar también la presencia en los belenes  de un personaje  que está defecando y que es típicamente catalán, el caganer.  Esta figura está  aceptada por la iglesia y  puede representar a cualquier personaje famoso de la actualidad, aunque en su origen representaba a un campesino catalán.

    Y al lado de la mierda la caca, que es una forma más  familiar y personal, y que a veces adquiere un tono afectivo, por lo que parece que podemos hablar de ella de  una forma menos malsonante. La  expresión hacer caca (parece que es algo que depende de nuestra propia decisión) es la preferida para niños y adultos. Y para los más modernos la palabra se ha quedado en dos escuálidas letras: KK (caca).

     También el habla cotidiana usa expresiones relacionadas con el verbo mear: al que mea (o escupe) para arriba le cae encima, es una frase que critica la jactancia. Cuando queremos mostrar máxima extrañeza ante un hecho decimos que es para mear y no echar gota. Y cuando alguien tiene una actuación inadecuada o inoportuna, que mea fuera de tiesto. De la  niebla que desprende mucha humedad se dice que es una niebla meona y de la lluvia que es solo un calabobos,  lluvia meona. Y meón  o meona se llama también a los niños  recién nacidos.  Sin olvidarnos de esos beatos santurrones que llamamos meapilas.

     El español también es original a la hora de referirse a ir a orinar o a defecar. El número de expresiones es ingente. Unas finas, como ir al baño, al inodoro, al excusado, a hacer aguas mayores…, y otras menos finas, pero más originales. Ahí van unas pocas: a hacer popó, a plantar un pino, a sentarse en el trono, a descomer, a poner un mojón, al confesionario, a quitarse un peso de encima, a visitar al señor Roca, a ver chi cago, a rescindir el contrato a KK, a hacer lo que nadie puede hacer por mí, a soltar lastre… Y tantas más que se oyen, sobre todo, en el lenguaje juvenil.

     Los excrementos  han  tenido en ocasiones usos prácticos que les han dado un valor social reconocido. Parece que algunos pueblos prerromanos de la península Ibérica, de forma profiláctica,  se enjuagaban la boca con orina. También es conocido que  algunas damas romanas se embadurnaban el rostro con las heces para conseguir mayor tersura. En algunas culturas se han usado también con fines médicos para curar heridas.

    Hoy casi todos  reconocemos   la caca sonriente del WhatsApp, uno de los emoticonos más conocidos del mundo. Una evolución del señor Mojón de la serie South Park,   que apareció en diciembre de 1997.



        Y  no hay que olvidarse  del culo.  Aunque esta palabra, es más aceptable en el lenguaje formal que las anteriores, siempre que nos refiramos únicamente al conjunto de las nalgas.  A pesar de ello, con frecuencia, en la lengua más finolis, esta palabra se evita con otros términos  como trasero, pompis, culete…  Sin embargo, hay  muchas expresiones malsonantes y vulgares, seguramente por sus connotaciones sexuales, como la dirigida a quien se le manda ¡a  tomar por el culo! o a quien le deseamos  ¡que te den por el culo!, expresión de rechazo hacia alguien. También podemos dar por el culo a los demás, cuando nos empeñamos en molestar.

   Otras expresiones sirven para expresar defectos o situaciones. Tenemos  el culo apretado, si somos personas presuntuosas;  apretamos el culo contra el taburete,  si tratamos de afrontar un peligro; nos  caemos de culo, cuando  nos quedamos atónitos ante una situación sorprendente; nos quedamos con el culo al aire, cuando nos encontramos en una situación comprometida; perdemos el culo, cuando nos damos mucha prisa, o vamos de culo cuando algo nos va muy mal.

   Para intensificar algo podemos añadir también esta palabra, bien para definir a alguien, como en es tonto del culo,  o para quejarnos: estoy hasta el culo de todos, especialmente de los los lameculos del jefe.  Y cuando queremos rechazar contundentemente algo que antes se había pedido,  le decimos a la persona que nos lo proporciona  que se lo meta por el culo, (si tiene el tamaño adecuado, claro está).

     Si queremos que  alguien se comprometa,  le exigimos que se moje el culo y que no se equivoque y  confunda el culo con las témporas. Otras expresiones con la palabra culo nos presentan también aspectos peyorativos como la excesiva lejanía de algo que está en el culo del mundo, la deficiencia visual de la persona que lleva gafas de culo de vaso o la excesiva inquietud del que es un culo inquieto o culo de mal asiento. Quizá de tanto moverse  termine desgastando el pantalón y dejando sus posaderas a culo pajarero. Pero siempre es mejor que el desgaste se produzca por ese motivo que  por el hecho de que le hayan dado una patada en el culo. Y esto de dar patadas en semejante lugar está demasiado de moda en algunos ámbitos, especialmente en el laboral, aunque hay personas que tienen siempre buena suerte, porque nacen con una flor en el culo.


   Hay un culo, sin embargo, que tiene connotaciones positivas. Es el culo de rana. Todos hemos oído o reproducido aquello de sana (cura), sana, culito (rabito) de rana, que si no sanas hoy, sanarás mañana. Parece que estas palabras se convierten en un bálsamo curativo para conseguir que un niño se calme cuando ha sufrido un daño físico.

     Y concluimos con el  pedo, que ha dado origen a muchos refranes, alusivos a su significado real, con frecuencia relacionados con la alimentación o los buenos modales o con sentido más figurado: Ni en parte pública ni en secreta hagas del culo trompeta.  También se ha incorporado al idioma la expresión metafórica cogerse un pedo, para hablar de la situación de ebriedad.

      La literatura no ha sido reacia a incorporar en sus textos algunas referencias a lo escatológico. El escritor clásico que tiene mayor obsesión por  lo relacionado con la  coprofilia es Quevedo. Aparentemente trata el tema de forma humorística, pero en muchos casos, tras el humor y la burla, se esconde un componente simbólico o   moral. 

     Uno de sus famosos sonetos comienza: La vida empieza en lágrimas y caca… Y para defenderse de las críticas de su  enemigo Góngora le escribe estos  versos: (…que nunca que yo sepa  / se le cayó la mierda de la boca. Escribe también la ingeniosa y humorística obra breve, en prosa,  Gracias y desgracias del ojo del culo. Y en muchos otros textos también está presente esta temática.

      Recogemos un fragmento de su famoso Poema al pedo:

(…) El pedo es como la nube que va volando

y por donde pasa va fumigando,

el pedo es vida, el pedo es muerte,

y tiene algo que nos divierte:

el pedo gime, el pedo llora,

el pedo es aire, el pedo es ruido

y a veces sale por un descuido,

el pedo es fuerte, es imponente,

pues se los tira toda la gente. (…)

Quevedo decía que el pedo es cosa alegre, porque dondequiera que se suelta anda la risa y la chacota. 

Pues así,  poniendo una sonrisa en el lector, cerramos este artículo tan merdoso. Y si te has asombrado de que este tema dé tanto de sí, solo te queda decir: ¡Cágate, lorito!

Manneken pis, famosa estatua de Bruselas
Jeanneke pis,  Bruselas



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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.