jueves, 3 de diciembre de 2015

SANTA BÁRBARA BENDITA


Cuatro de diciembre: una evocación                                       
     
                                
Dedicado  a la memoria de Irineo, minero, cantero, labrador... 
                      
                                                             
Y a cuantos han entregado su esfuerzo y su vida  a la minería...


Santa Bárbara, virgen y mártir, nació  en Anatolia (actual Turquía) a comienzos del siglo III. Su padre, para preservar su hermosura de las miradas de la gente,  la encerró en una torre. Ella rechazó una proposición de matrimonio  que le hacía su padre, asegurando que estaba casada con Dios.  Aprovechando una ausencia de este, añadió una tercera ventana a las dos que daban luz a la torre, simbolizando con ello el número de personas de la Santísima Trinidad.


Con la espada con la que fue decapitada, la torre, el rayo,  el cáliz (conversión al catolicismo)


Todo ello irritó a su progenitor  que la delató al pretor. Bárbara fue apresada y enjuiciada, y al negarse a abandonar su fe   fue apaleada, torturada  cruelmente y, finalmente, decapitada con una espada por su propio  padre en lo alto de una montaña. Cuando este bajaba de  esa montaña fue fulminado por un rayo que cayó del cielo. Ocurrió en el año 235 d. C. Este hecho de la muerte del padre a causa de un rayo  ha generado que se la  considere patrona de todos aquellos que usan los explosivos; mineros, artilleros… y de otras variadas profesiones.

La primera referencia al culto a  santa Bárbara en España es de 1248, y se refiere a la conquista  del   castillo  de Alicante por  Alfonso X el Sabio, el día 4 de diciembre de dicho año. Por ese motivo, el castillo se llama así.  En su interior hay una capilla a la santa.

La celebración de la festividad  de  santa Bárbara me trae cada año  a la memoria vivencias muy emotivas. Y ello, por dos razones. 

La primera razón es el recuerdo muy vivo que tengo  de la invocación que se hacía a Santa Bárbara cuando venía la nube, que así se llamaba en Omaña (León)  a la tormenta. ¡Que vien la nube!, la frase corría de boca en boca. Los truenos, tronidos y estalletes, y aquellos relámpagos en forma de culebrinas que surcaban el cielo, como  auténticas  y destructivas culebras,    que parecían horadar la tierra y esconderse dentro,  asustaban a adultos y  aterrorizaban a los niños. Las casas no tenían instalaciones eléctricas  adecuadas y todos comprobamos alguna vez con estupefacción y pánico  cómo los rayos, llamados allí chispas, entraban por el cableado eléctrico, que destrozaban, o caían en algún árbol del contorno y lo abrían de cuajo, dejando  un tronco quemado y muerto.

Culebrinas o colubrinas



















El otro gran temor era que la tormenta trajera piedra y arruinara en pocos minutos la cosecha que tanto había costado que llegara a cuelmo. Por eso cuando se presentaba una tormenta  de verano, y especialmente  las del mes de septiembre (recuerdo que todo el mundo hablaba de la mítica tormenta del  día del Cristo, de muchos años atrás), la gente se protegía en las casas, lejos de enchufes y bombillas (tampoco había tantas), y de lugares donde hubiera corrientes.  Tampoco se podían meter las manos en el agua, ni tener puesta ropa húmeda, ni andar descalzo, ni utilizar utensilios o herramientas metálicos. Todas las prevenciones eran pocas, pues  en el lugar no existían pararrayos ni otros mecanismos de seguridad. Recuerdo que mi padre, de forma previsora, había colocado un enchufe en la entrada de la vivienda con el que se podía impedir que la corriente eléctrica entrara en la misma. Dicho enfuche se desconectaba nada más que se oía el primer trueno.

 Mientras teníamos a  la nube por compañera y por música de fondo,  lo más habitual era tumbarse en la cama, con las ventanas cerradas, porque se decía que los colchones de lana aislaban de la electricidad. Al mismo tiempo, en las casas, se encendía una vela a santa Bárbara, que había sido bendecida en la iglesia. Era la única que nos podía librar del enojo de aquellas amenazantes nubes.  

Cerca, en el pueblo de Irián, habían ocurrido accidentes y muertes por rayos  porque, según parece, pasaba por el lugar  un filón de algún mineral que atraía la electricidad,. El conocer de cerca a los afectados hacía que el miedo y las prevenciones fueran mayores.

Si la nube sorprendía a la gente fuera de casa,  había que cuidar de  no protegerse de las tormentas bajo árboles altos, como los chopos, porque atraían a las chispas. Sí podía hacerse  bajo las nogales  y otros árboles o arbustos que tuvieran la copa redondeada. Estuviera uno en la casa o en el campo, las chispas  y los tronidos de  nubes eran conjurados con retahílas como estas:

 Tente nube, tente, tú
que Dios sabe más que tú.
Tente nube, tente palo,
que Dios sabe más que el diablo.

A veces  se hacían sonar las campanas de la espadaña de la iglesia con un toque especial, que se creía que espantaba las nubes, y  se acompasaba la recitación  de ese conjuro con el  toque de las campanas. Y además, se rezaban jaculatorias a Santa Bárbara:

Santa Bárbara Bendita / que en el cielo estás escrita / con papel y agua bendita. Santa Bárbara doncella, / líbranos de aquella centella /  de aquel rayo malairado / Jesucristo sacramentado / en el ara de la cruz / Pater Noster, amén Jesús.

A continuación se rezaba el Padrenuestro.  Y a veces se repetía varias veces… Parecía que repetir el nombre de la Santa hacía más llevadera la espera hasta que pasara la tormenta.

La gente del campo, gran observadora de la naturaleza, podía predecir si la nube iba a ser mala, si iba a llover o iba a ser solo una tormenta eléctrica, por su color, por el sitio  por donde  aparecía  (en mi pueblo, Paladín, las nubes a las que se tenía mucho miedo eran  las que venían de Valdelamoza, porque pasaban por encima del pueblo) o por un ruido siniestro que precedía   y anunciaba  la descarga del  pedrisco. Se podría describir bien con los famosos versos de Zorrilla: “Del ruido con que rueda la ronca tempestad”, porque era eso: un ruido ronco que iba rodando hacia nosotros y parecía que nos iba a destruir.


Piedra o pedrisco

Mi padre sufrió  un serio   percance  que puedo tener consecuencias  fatales.  Iba en bicicleta y llevaba una hoz colgada del cinto en un lado de su cuerpo. La hoz atrajo hacia ella   un rayo, que no solo lo cegó, sino que su fuerza lo derribó también de la bicicleta. Seguramente las cubiertas de las ruedas actuaron de aislante y le permitieron salvar la vida. Por eso,  a día de hoy, siempre que empiezo a oír truenos, me vienen a la mente las plegarias a Santa Bárbara. Literalmente, me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena.


Vagoneta de homenaje a los mineros . Valdesamario

Hay una segunda razón por la que  esta santa tiene para mí una consideración especial: Santa Bárbara es patrona de los mineros.
 
Mi padre trabajó en la minería, como barrenista,  en los últimos años de su vida activa, en las minas de Joaquín Blanco del Valle de Samario (allí trabajaba ya su hermano Antonio, otro gran profesional de la minería). Aunque en esa época (años 70), los mineros volvían a casa casa aseados, aquellos monos de trabajo, absolutamente negros y grasientos, nos hacían entender cómo era de duro el trabajo dentro de la mina.
  En su labor de minero sufrió algún accidente, lo mismo que otros familiares que también trabajaron en las profundidades de la mina. Algunos  vecinos y conocidos murieron a causa de desprendimientos que los sepultaron. Por este motivo, siempre me ha impresionado y emocionado mucho el  himno a Santa Bárbara, y de forma muy  especial,  si es cantado por los propios mineros y sus familiares.


Aunque la profesión que más años ejerció mi padre, Irineo, junto con la de labrador, fue la de cantero. Y Santa Bárbara también es patrona de los canteros.

Durante muchos años trabajó  en las obras en cuadrilla, junto con Quico, Lucas, Ángel y algún barrero que les subía el barro a  los andamios,  que se sujetaban sobre burras. El barro se apurría con un cajón de madera, llamado la cabra (parece que el lenguaje de los canteros era “animalista y feminista”). Juntos trabajaron la piedra en  muchos pueblos de Omaña, especialmente, del  Valle de Samario y del Valle Gordo , construyendo  en ellos casas y pajares, con cubiertas de losa. "Hasta en Fasgar, he trabajado", decía mi padre, (Fasgar está de Paladín a 35 kilómetros de distancia, que se hacían a pie o, en el mejor de los casos, en bicicleta).

Los canteros cogían las piedras que se habían acarreado desde el río o el monte y tenían que escuadrarlas y cortarlas con unos pesados martillos, a fuerza de golpes. Luego había que colocarlas con maña y gusto, y unirlas con barro o con cal para que aquellas paredes, de más de 50 centímetros de anchura, fueran resistentes y pudieran cambiar de siglo más de una vez. 

Realmente, trabajar de cantero era también una profesión algo  artística. Con sus cuerdas, plomadas, martillos, piquetas, paletas…  tenían  que hacer mochetas, esconcios, poner cargaderos, hacer escalones,  intercalar formas y colores de las piedras para conseguir un equilibrio… Posteriormente, llegaron a trabajar con adobes, bloques, ladrillo, pero, siempre, fueron canteros.

Adolfo Díez Muñiz, en el libro Historias y vivencias de Carrizal de Luna, hablando del oficio de los canteros, menciona una solución arquitectónica que un grupo de canteros aplicó en la construcción de la casa de su padre para dar más amplitud en la entrada de las puertas carretales: “Se construyó la esquina en forma de ochava. 

Esta es la esquina mencionada (Carrizal de Luna)
La construyó Ricardo Álvarez y su hijo Irineo. Esto resultó una obra de arte de la cantería que llama la atención. Costó más dinero ya que se cobraba por metros y esta forma requería mucho tiempo y buenas piedras. Por este motivo Ricardo era el preferido en escoger las piedras adecuadas”.  

Familia de Ricardo Álvarez: Elicio, Antonio, Irineo, Ricardo, Manuela, Amparo, Adoración, Rolindes, Benigna. Hacia 1942

Ricardo  Álvarez era mi abuelo; Irineo, mi padre. Los canteros de la familia Álvarez, de Paladín y Carrizal, han sido siempre excelentes profesionales en el trabajo de la piedra.

Por esto, por formar parte de una familia que ha practicado la minería y la cantería, dos profesiones protegidas por Santa Bárbara, hoy, cuatro de diciembre, también es mi fiesta.


Para ello quiero crear mi propia “jaculatoria”,  para seguir rogando a la santa:

Santa Bárbara bendita,
de niña yo te rezaba,
cuando una nube muy negra
desde el cielo amenazaba.

Omañeses y omañesas,
como santa te aclamaban,
tú los librabas de chispas
y de piedras mal airadas.

También a ti hoy te cantan
los mineros del carbón,
sus cantos resuenan fuertes
desde Asturias a León.

Protege, santa querida,
del peligro de la mina
y de amenazas diversas
que vive la minería.

Los mineros hoy de nuevo,
con  sus voces  y emoción,
te recuerdan con cariño,
entonando tu canción.


En el día de Santa Bárbara del año 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

FRENTE A LA MUERTE: EL AMOR Y LA ALEGRÍA


                                               La presencia de los ausentes...                          


La muerte no se lleva nunca del todo a los seres queridos... El amor y la alegría que compartieron en vida los inmortaliza en el recuerdo.

Para esos seres queridos e inmortalizados, este poema de José Hierro.

               El muerto


 
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.




Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos, será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.


(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:             

yo quería poner primavera en sus manos.)




  
¡Será ya primavera allá arriba!

Pero yo, que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría,
no podré morir nunca.

Pero yo, que he tocado una vez
las agudas agujas del pino,
no podré morir nunca.

Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.


Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.



                        De "Alegría"
 


martes, 8 de septiembre de 2015

UN OCHO DE SEPTIEMBRE




          Y una evocación: Nuestra Señora de las Angustias (La Garandilla)


Y cada ocho de septiembre,
y también el día de Pascua,
cita es en La Garandilla, 
que es la catedral de Omaña. 
      
                            De Coplas a Omaña    de Margarita Álvarez 





Tal día como hoy, 8 de septiembre, el DÍA OCHO, cuando era una niña, acompañaba a mi madre, a mi padre y  mi hermana menor a la Romería de La Garandilla.  Acudíamos al santuario de la catedral de Omaña. Un bello edificio, de aspecto herreriano, de la primera mitad del siglo XVIII.

Mis ojos de niña se sorprendían ante tanta cantidad de gente que, atraída por la devoción a  Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen de La Garandilla,  llegaba de otros lugares de Omaña, de La Cepeda, de la Ribera, de Ordás, o de otros  lugares que a mí  me resultaban lejanos y desconocidos.


Santuario de Nuestra Señora de las Angustias, siglo XVIII. La Garandilla

 A la hora de la misa, asistida y  solemne, se llenaba el santuario, que había sido engalanado para la ocasión, y se palpaba claramente en su interior  la emoción y devoción de los asistentes. La predicación solemne era uno de los atractivos de la ceremonia y otro gran momento era aquel en que, una vez finalizada la misa, pasábamos por el camarín para besar el manto  de la Virgen y recibir el trozo de pan bendito, la pedaza.


Virgen de las Angustias




















Luego acompañábamos a la virgen en procesión por el pueblo, entre la devoción y la nota festiva que ponía en el ambiente la música de los redoblantes.  Cerca de la imagen, llevada por mujeres en unas andas que cubren la imagen con una especie de baldaquino rojo, azul y dorado,  algunas personas, generalmente también   mujeres, caminaban descalzas  u ofrecidas, vestidas con unos hábitos grises que llamaban mortajas, que se alquilaban en el propio santuario el día anterior. Estas  personas, así ataviadas,  acudían a la virgen para dar gracias por algún favor recibido, favor que unas veces era demandado por los propios  ofrecidos y en otras ocasiones   por otras personas. Hiciera quien hiciera el ofrecimiento, siempre la persona que había recibido la gracia tenía obligación moral de cumplir con la promesa en la fiesta del siguiente 8 de septiembre. 

Me resultaba muy impresionante  el aspecto que presentaban estos penitentes vestidos de esa manera, y más todavía cuando supe qué era una mortaja. Personas vivas con vestimenta propia de muertos me hacían imaginar una procesión de  muertos vivientes. También resultaban impactantes para  una mirada infantil  los exvotos de cera que colgaban de las paredes,  con la  forma de diversas partes del cuerpo.

Terminada la misa, se vivía plenamente la romería. Había  en torno a la iglesia artesanos y feriantes que vendían  herramientas, cacharros o  productos alimenticios. Un tenderete muy peculiar era el de las carameleras (recuerdo vívamente a la caramelera de Trascastro). Ese era el puesto preferido por los niños. En puestos como ese se compraban los perdones  para los asistentes  y para obsequiar a las personas que no habían podido acudir.

A la hora de la comida, en torno al mantel, se    reunían varios miembros de la familia, en los prados cercanos al río, para comer las viandas que se habían llevado preparadas de casa: tortillas, un buen pollo o conejo casero, embutidos y, ¡cómo no!, también se  incluían frisuelos y otros postres caseros. 

Por el pueblo  se veían carros y caballerías que habían transportado allí a los romeros y mucha gente que iba y venía del santuario a la cantina. Frente a la cabecera del santuario, estaba la típica  del Barrilero, con buen vino y sabrosas truchas que preparaba su esposa (mi tía) Rolindes. 

Margarita y Teresa (8/9/1960)
Ante la puerta de Petro.
Foto de José García


Por la tarde, baile y diversión, y  también nuevas visitas al santuario para rezar el rosario o despedirse hasta el año siguiente.

Y siempre, posibilidad de registrar la imagen  de la ocasión, vestidos de guapo, en un retrato realizado por el único fotógrafo conocido en la zona,    José García, de Inicio, que fue durante décadas la historia gráfica de Omaña. El día de Santa Marina, en La Utrera, o el 8 de septiembre, en La Garandilla, eran las ocasiones más propicias para que los omañeses de la baja Omaña fueran retratados. 


Ya sé que queda poco de aquellas romerías, quizá solo queden gratos recuerdos   en la mente de los que éramos niños hace 50 años, pero seguro que se mantiene plena la emoción  de las personas que se postran ante la imagen de Nuestra Señora, le cantan con emoción el himno compuesto por mi prima Ángeles García Álvarez (Geles) y la siguen sacando en procesión:  "Oh, Virgen de las Angustias /patrona de La Garandilla / acógenos bajo tu manto / oh, Madre querida / oh Madre de Dios".

Por circunstancias de la vida, hace cuarenta años que no asisto a  esa fiesta, pero siempre cuando llega el Día OCHO o Día de La Garandilla rememoro estas vivencias de infancia.  Espero algún día  volver a vivir en directo esa emoción  en la Catedral de Omaña.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

VERDE, ENCARNADO, NEGRO...



 
                 Lo que va de las galanas a los estaracos:

                                     
                                                         UNA QUEMA



Entre el asombro y la desolación, y contemplando los incendios que, en los meses de julio y agosto,  año tras año, asolan  la provincia de León y otras zonas de España, vienen a mi mente muchas palabras  y vivencias relacionadas con los montes y las quemas, que quemas o quemadas, no incendios, se llamaban por estas tierras.

Galanas cabriteñas

Una negra columna asoma sobre las montañas. Huele a humo. Desde varios kilómetros nos llegan las povisas desprendidas por la quema de los piornos, rebollos, robles, urces, argomas, carqueisas… y de la yerba agostada que arde como yesca.  Se ven llamaradas impresionantes. La humacera invade todo y en algunos lugares dificulta la respiración. El sol se esconde tras un impresionante velo negro. 



Se consuma el desastre. Frentes de fuego  de varios kilómetros. Muchas hectáreas quemadas. Vecinos que se mantienen temerosos y expectantes: otra quema más… Y van... ¿cuántas? ¿Cuándo será la próxima?


No vamos a negar que siempre ha habido incendios forestales. Incluso a veces se quemaba de  forma intencionada la maleza y las urces de alguna parte del monte para roturarlo con más facilidad o conseguir pasto. En algunas zonas se conserva en la toponimia la palabra bouza, que significa, precisamente, lugar quemado para obtener pasto. Otro topónimo, Las Quemadas, alude a lo mismo. 

Lo que ocurre es que, aunque hubiera incendios, aquella naturaleza era sostenible. Pero la cantidad  y  las proporciones de los incendios que en las últimas décadas queman los llanos y  los tesos de nuestros montes, valles y vallinas tienen unas consecuencias devastadoras. 

Cuando hace varias décadas  se  producían quemas en los pueblos o sus alrededores, lo primero que se hacía era tocar las campanas con un toque especial:  se llamaba tocar  a rebato, distinto del repicar para concejo o facendera o para llamar a misa. Los toques se oían de pueblo en pueblo, pues los habitantes de las poblaciones vecinas también tocaban las suyas para acudir en ayuda. Se vivía una situación de una solidaridad encomiable. Pronto se reunía toda la población para hacer una hila e ir pasándose los calderos de agua. Calderao a calderao, cuando no existían bocas de riego ni mangueras, solo agua apozada en alguna pequeña balsa, se intentaba acabar con la lumbre. 

Si el fuego estaba en una zona de monte, se cortaban  ramas de escobas o de otros arbustos llamadas jamascos, y así, a jamascazos, dando golpes sobre el fuego y con la ayuda de los calderos, se conseguía ir apagando la quema.

Quema en San Martín de la Falamosa

Cuando el fuego destruía alguna vivienda o pajar, la solidaridad también afloraba de forma espontánea. Se iba a pedir una ayuda  para los afectados a los pueblos vecinos (para casa quemada) con vistas a  remediar  la catástrofe que había producido la quema. Con yerba y cereales para los animales, aperos de labranza, dinero… se ayudaba a aquellos labradores que habían perdido casas y cosechas.

Hoy,  apenas hay aprovechamiento vecinal de nuestros montes, pues la población rural es escasa y ha abandonado las labores agrícolas, por edad u otros motivos, y eso hace que los montes estén llenos de fusca. Existen pocas  vacas, ovejas o cabras que  pasten los llamargos y vallinas. Por este motivo crece por cualquier lugar la yerba que en verano se seca y arde con facilidad.


Ya  no se escotan las urces para encender la candela, ni se sacan la raíces de estas, por la comarca de Omaña llamadas cepas, para atizar al fuego. No se podan los robles o rebollos para conseguir los fiacos o fuyacos con que se alimentaba a los animales estabulados en el invierno. Tampoco se cortan escobas ni codojos para usos domésticos o agrícolas. Muchas de las tierras centeneras que antes se cultivaban en las laderas de los montes, en las vallinas y en nuestras chanas y chanos se dejaron de baco  o de adil hace años y hoy están irreconocibles por estar totalmente tomadas por la vegetación. Las roderas, caminos y senderos están impracticables. La vegetación llega hasta las mismas casas… 

Además, se han hecho repoblaciones con  pinos, que es un tipo de árbol que arde de manera fácil y que no es autóctono de los lugares donde se ha plantado.  En fin, un peligro constante, ante cualquier accidente o la malvada intención de algún desaprensivo.

Las riberas de los ríos y sus cauces no se limpian, como sí hacían en otras épocas los lugareños, porque lo prohíben las confederaciones hidrográficas competentes u otros organismos, y eso impide a veces que los medios aéreos de extinción tengan el agua muy cerca y no la puedan utilizar por la imposibilidad de  acceso a los ríos, hecho que ha ocurrido en algunas de las quemas más recientes.



Medios aéreos de extinción de incendios

Es preciso hacer una llamada a las autoridades competentes, en todos los niveles de la Administración, para que trabajen  para evitar los incendios. Y los incendios se evitan en invierno, antes de que se produzcan.  Es necesario limpiar caminos (que son cortafuegos naturales), desbrozar las zonas peligrosas cercanas a las viviendas, no impedir o dificultar la labor de los vecinos en esa limpieza, permitir la tala de robles, urces…  Los ganados  deberían aprovechar libremente los pastos de los montes públicos.  Hay que limpiar las riberas y cauces de los ríos. Se deberían realizar cortafuegos en lugares en que hay mucha vegetación  y mantener limpios  los que se realizan cuando se produce un incendio, que en muchos casos quedan abandonados.

No se tiene una mayor conciencia  ecológica por impedir que se actúe sobre  los montes o los ríos. Lo que se necesita es una naturaleza sostenible, como lo fue durante siglos, cuando aprovechamiento y sostenibilidad tenían una importancia similar.

Cualquier inversión en estos trabajos  sería rentable, pues evitaría gastos mucho mayores en la extinción de incendios,  sufrimiento en las poblaciones más directamente  afectadas y desastres ecológicos. Y, por supuesto, además de lo dicho, hay que castigar de forma rotunda  a   los responsables de estos incendios, a esos que se “entretienen”  achismando  a nuestros montes o provocando quemadas  por negligencia.  

Mantigones que crecen bajo las argomas
No podemos permitir que la vegetación se reduzca a ceniza, que las ramas de las escobas y  de las urces -las más crecidas y las gándaras-  se conviertan en estaracos, que nos arañan y nos entisnan, si tratamos de andar por los montes tras una quema, ni que esos robles marfuellos, de madera apreciada, que tardan tantos años en crecer, queden convertidos en negros fincones clavados en montes y vallinas.


¿Cuántos años tardarán en crecer las urces y alfombrar con sus galanas albares y cabriteñas las laderas  de los montes en primavera? ¿Cuándo volveremos a recoger a principios del verano los sabrosos mantigones que crecen bajo las argomas? ¿Cuántas décadas serán necesarias para volver a ver matas de robles?


Tarda muchos años en regenerarse un monte, la erosión hace estragos, desparecen los manantiales y se contaminan las aguas, la fauna salvaje ve muy alterado su hábitat.  Basta ver con horror cómo los animales van saliendo a las carreteras cuando arden los montes  y cómo vagan desorientados…


Tras la quema: estaracos.  Quintana del Castillo (León)


Estos desastres ecológicos no solo afectan a la población rural que sufre el impacto de forma directa, nos afecta a todos, porque afecta a la Tierra, y nada de lo que afecte a nuestro planeta nos puede ser indiferente. Es nuestra vida y  la que dejaremos en herencia a las generaciones venideras.    

Queremos seguir viendo cubiertos nuestros montes de esos bellos mosaicos que forman las luminosas galanas albares, mezcladas con los tonos rosáceos las cabriteñas y el amarillo de las escobas que la  inoperancia de algunos y la negligencia o mala fe de otros quieren convertir en estaracos.


Galanas albares
Galanas: flor de la urce.
Estaracos: palo o rama seco o quemado  de urces y otros arbustos.

Vocabulario recogido en el libro: El habla tradicional de la Omaña Baja de Margarita Álvarez Rodríguez

sábado, 22 de agosto de 2015

DE OMAÑA A ORDÁS



                                                                 Entre la historia y la leyenda


                                Dedico estas copillas a Miguel Ángel Martínez, Omañés 2015, creador de la desaparecida asociación Ares de Omaña.

Torre de Ordás, s. XV

Torre oronda y elegante,
que exaltas tierras de Ordás,
allí Don Ares de Omaña
mala suerte fue a encontrar.

Su tío, el Adelantado,
que de Luna era señor,
con engaños y agasajos
lo conduce a su mansión.

Don Ares va receloso
pues teme final aciago,
por eso de muchos hombres
acude allí acompañado.

Sus hombres se quedan fuera,
Don Ares adentro va,
sin saber que para él
preparan sueño y puñal.

Y mientras confiado duerme,
se consuma la traición
cortándole la cabeza
aquel Quiñones felón.

Su cabeza es arrojada
por ventana al exterior
para que sus fieles cuenten
a su madre aquel horror.

Tragedias y señoríos
unen a Omaña y Ordás
aquel que muere en la torre
era el señor de Benal.


Castillo de Benal, El Castillo (Omaña)

Corren las aguas del Luna
ya muy tristes y encarnadas;
crecen las del río Omaña:
lágrimas de Doña Sancha.


Pero los ríos arrastran
toda ofensa y deshonor
y en un abrazo se funden:
Órbigo forman los dos.







                                                                                                     










Aguas que lavan agravios
de Omaña, Luna y Ordás,
aguas que corren tranquilas
vierten sus penas al mar. 


Estas tierras leonesas
han superado el rencor
ya fundidas para siempre
en las aguas del perdón.


      




                                        




                                                                                     

jueves, 28 de mayo de 2015

VIDAS, VIVENCIAS, PALABRAS MAYORES...

El objetivo de este blog es hablar de las palabras: de su forma, de su significado, de su uso... Y de cómo las palabras son la esencia y, al mismo tiempo, el cauce del pensamiento. De cómo se pueden manipular... 


Hace algunas semanas llegó a mis manos un libro titulado Palabras Mayores, del periodista y escritor leonés Emilio Gancedo (editorial Pepitas de Calabaza).  

Su título me atrajo  de forma especial y, conociendo al autor, suponía que la obra prometía un gran goce de palabras y vivencias. Y lo que prometía lo ha cumplido con creces. 



El autor recorrió durante meses todas las comunidades autónomas y, en cada una de ellas, entabló conversación con personas de larga vida, y de ricas y variadas experiencias. Y eso es la esencia del libro: una historia viva y vivida, expresada con palabras mayores.



A partir de mi lectura he escrito una valoración crítica, que incluyo a continuación:

El libro Palabras mayores es una perfecta fusión de paisaje y paisanaje, a la manera  de la  intrahistoria de Unamuno y Azorín… El narrador recuerda también a aquel forastero de La Alcarria de Cela. Un narrador que sabe escuchar y sirve de cauce para las palabras mayores.

La obra refleja la historia individual y colectiva de España contada por las personas que la han protagonizado, por esos españoles que no aparecen como protagonistas de la historia oficial; por esas personas que en los libros de historia apenas ocupan  unas líneas o que se esconden tras una alusión genérica. Pequeñas historias, gran historia.

Palabras mayores es un libro de viajes, de múltiples y variados viajes. Un viaje en el tiempo, un tiempo pasado que consigue hacerse presente. Un viaje en el espacio, que consigue acercarnos a esa España de vivencias comunes y al mismo tiempo diversas. Un viaje al interior de las personas que aparecen en la obra que dejan fluir al exterior la evocación de sus experiencias vitales a través de la narración y el diálogo. Y también un viaje al interior del lector actual desde el que surge el respeto, la admiración y el asombro.

Es un libro de palabras mayores, porque son de personas mayores y porque son palabras que nos transmiten verdad, sabiduría, vida. Son gentes que han vivido   en armonía con la naturaleza, aunque esta, con frecuencia, les haya presentado una cara poco amable. Gentes, con poca escolarización, pero con muchas ganas de aprender, que conocen los remedios a muchos males,   desde  la imaginación, la observación y el sentido común…

Muchos lugares distintos, muchas profesiones, muchos mundos diferentes, distintas lenguas y dialectos  y,  en cambio, ¡tantos aspectos similares: niños sin infancia, mucho esfuerzo, mucho miedo, muchas privaciones…! Y en esas palabras mayores, unas cuantas palabras menores características de cada lugar, de cada oficio… que le dan más verdad a la obra (un gran acierto). Al lado de ese realismo, a veces dramático, aparece otro realismo que envuelve a los protagonistas y al propio lector: el realismo mágico de la leyenda, de los miedos, de las supersticiones, de los sueños…, porque la realidad plena de cada persona también es eso: alguna dosis  de  irrealidad.

Entrañables los personajes. Imposible olvidar a esa Ángeles asturiana, o ese Quico hurdano, a ese Progreso… A todos esos hombres que hablan y esas mujeres, casi siempre silenciosas, pero de silencios elocuentes…

Me parece un gran acierto que en cada capítulo se presenten las  historias individuales, después de una ambientación general o después de una anécdota inicial que atrapa al lector. También creo que está muy trabajado desde el punto de vista literario, con una sintaxis compleja, léxico variado y abundancia  de imágenes muy creativas.

En resumen, es una relación de experiencias individuales, pero de historia colectiva; un libro que nos hace viajar de norte a sur y de este a oeste, por llanuras y montañas, por tierras interiores y tierra costera, que provoca una experiencia  triste  y, al mismo tiempo  gozosa para el lector... En fin, una lectura muy recomendable, pues son Palabras mayores.




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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.