sábado, 18 de enero de 2020

Retazos de la vida, semblanza del vivir

     
     El río de la vida



Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar.

Gran cantar.   Antonio Machado

Parafraseando a Jorge Manrique, Antonio Machado identifica la vida con un río,  Me gusta la idea de que la vida se parezca a un río. De los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire, yo siempre me identifiqué con el agua, con el agua en movimiento. Agua que es transparente como la verdad, que acaricia como un abrazo, que suena cadenciosa como la música, que tiene afán de eternidad… 

Nos parece que es siempre igual, como los días de la vida y, sin embargo, es siempre distinta. Nunca vemos pasar dos veces la misma agua, como nunca volvemos a ver pasar los minutos de nuestra existencia. El agua de fuentes, arroyos y ríos es un espejo de vida. Es espejo, porque en él se refleja el paisaje que lo rodea, y es vida, porque da vida.

Siempre me gustó contemplar cómo manaba una fuente, naciera el agua mansamente o a borbotones. De pequeña me parecía que las fuentes reían y los ríos cantaban cuando corrían serenos o gritaban cuando su caudal se desbordaba. Siempre me gustó contemplar desde un puente  o desde el borde de un prado o camino cómo pasaba el agua. Sigo teniendo la sensación de que el agua, al pasar, habla, canta, hace compañía, da paz.

Los ríos son, pues, para mí, la mejor metáfora del sentido de  la vida humana. Todos los seres humanos nos parecemos a un río en el nacer y en el morir. Los ríos más poderosos suelen nacer de una humilde fuente y al llegar al mar son todos iguales. Pero el sentido de la vida humana no está solo en el nacer y en el morir, ni siquiera en ir viendo pasar la vida,  está,  sobre todo,  en cómo se vive; no en vivir, sino en el  vivir. 

Cada vez que cumplimos años, nos suelen venir a la mente vivencias del pasado y sueños  e incertidumbre sobre lo que está por venir. Buen momento para pararse y hacer una pequeña reflexión. Y eso es lo que voy a hacer en las siguientes palabras. Para ello habré de desnudar un poco mi alma y contar algunas experiencias que he vivido para, a partir de ellas,  poder expresar cómo ha sido mi vivir.

Espejo de vida.
El cielo y el paisaje reflejado en las aguas del río Omaña (León)

Cumpliendo años...

PRIMERA EDAD:  Mi infancia

Nací en un pueblín recóndito (Paladín) del noroeste de León, en la década de los 50 del siglo pasado. Un lugar hermoso, pero apartado de la civilización. La carretera asfaltada más cercana estaba a unos 10 km, había una luz eléctrica escasa y limitada a dos bombillas en toda la casa. Las calles no estaban iluminadas y se llenaban de charcos y  de barro en invierno. No llegaban periódicos ni  había aparatos de radio. A mi casa llegó la radio cuando tenía siete años y  fue una ventana mágica que nos abrió al mundo.

Mi pueblo
Mis sonidos de infancia fueron los sonidos de la naturaleza: el canto de los pájaros y de los gallos, el mugido de las vacas, el rumor de las ramas de los árboles… Aprendí a oír el silencio sonoro de ese mundo que me rodeaba. Mis sabores, los de las cerezas silvestres, las moras, el pan recién amasado, la leche recién ordeñada… Mi piel sentía las caricias de la brisa, la suavidad de la hierba verde de los prados… Y las agresiones del  viento gélido o del picor de la lana natural de mis jerséis y calcetines. Mis olores, los de la hierba seca, las rosas  en la ventana, la flor de saúco,  el aroma de las  manzanas, la leña quemada… Mis colores, los verdes de los prados y la arboleda, los blancos y rosados de los montes, los rojos del ocaso, el blanco de la nieve... Me fascinaban los trajes estacionales  con que se vestía la naturaleza. La alfombra de flores del brezo (urces)  de los montes y  los estampados sonrosados y blancos de los frutales en primavera,  los lunares rojos de las cerezas y guindas que asomaban  entre las hojas del verdor veraniego, la maravilla de los trajes multicolores de tonos ocres y rojizos del otoño y hasta la elegancia de su desnudez invernal.



Mi infancia fue también un río: el río Omaña.  Y ha seguido siendo el río de mis años, el río de mi vida. Un río que  daba vida al paisaje y que envolvía los sentidos. Mis ojos contemplaban a diario sus aguas  cristalinas sobre las que hacían acrobacias las truchas para atrapar  mosquitos, unas aguas frescas y relajantes,  con su  rumor plácido de  verano y su sonido furioso  de invierno. Un río que  también se paseaba   por presas y regueros y  que iba sembrando a su alrededor vida y belleza. Ese es, en pocos trazos, mi paisaje.  Allí aprendí a respetar, a querer y a mimar la naturaleza.



Y  mi paisanaje fueron  unas gentes sencillas que vivían apegadas a la tierra y al compás de las estaciones. Al ritmo de esas estaciones realizaban los trabajos agrícolas, al ritmo de las estaciones se adaptaba la  alimentación y  se convivía con los vecinos. De esas gentes aprendí unas cualidades esenciales que han marcado mi vida. Aprendí el espíritu de colaboración, la  austeridad, el ser personas “de buen conforme”, el sentido de la gratitud, el espíritu de sacrificio, la fe en la providencia, la humildad…  Y también la cultura del sentido común, que no es tan común como sería deseable.Un buen ejemplo de vida estoica. Conocí también, con la experiencia, la dureza del trabajo del campo y  las decepciones que a veces producía. No sabía entonces que muchos años después yo iba a hacer algo por mi patria chica y esta me lo iba a recompensar con creces.

Galardón Omañesa del Año 2013. Instituto de Estudios Omañeses

Y valoré mucho   la escuela. Era una apertura al mundo. Allí, en aquellos mapas, oscurecidos por el humo de una estufa de leña, estaban señalados lugares tan exóticos para mí como Pernambuco.  Por allí cerca estaba Argentina, lugar al que había emigrado mi abuelo paterno en 1911,  y de la que hablaba tantas maravillas. ¡Para mí aquello de viajar a un lugar tan lejano cruzando el océano era una auténtica proeza! En mi sencilla escuela, una escuela unitaria de muy pocos niños,   sentí la cercanía y el cariño de mi única maestra, Felipa y aprendí a leer, escribir, las cuatro reglas y lo que contenían aquellas famosas enciclopedias  Álvarez.  Y también empecé a valorar  el deseo de mis padres de que aprendiera (nunca se lo agradeceré lo suficiente). Siempre he llevado conmigo ese bagaje.

El pupitre de mi escuela y mis enciclopedias

Mi adolescencia

A los diez años el párroco del pueblo informó a mis padres de que había unas becas para estudiar Bachiller. Mis padres querían que sus hijas  fuésemos “más que ellos” y, aunque teniendo que prescindir de mi ayuda doméstica (en aquella economía de subsistencia todas las manos eran pocas), decidieron que me presentara a los exámenes necesarios para conseguir la beca.  La conseguí y comencé el Bachiller.

Y así, aquella niña de pueblo, se trasladó  a vivir  en una residencia de monjas de la capital, un colegio menor con disciplina bastante férrea,  que no permitía volver a casa nada más que en periodo de vacaciones. Me fui adaptando poco a poco al mundo urbano: al ruido de los coches, a las luces, a los escaparates… Me adapté también a la convivencia con muchas chicas de otros pueblos, de otras familias, aunque, la verdad es que las diferencias culturales entre nosotras no eran muy significativas. Eso sí, sus pueblos eran más “importantes” que el mío.  Los cursos en el instituto Juan del Enzina  de León pasaban bastante iguales a sí mismos y en mi mente persistía  una preocupación fundamental: tenía que estudiar para no decepcionar a mis padres y, sobre todo,  para conservar mi beca (entonces había que sacar un mínimo de 7 de media para poder renovarla). Así,  sin suspensos, curso tras curso, llegué al Preuniversitario, el llamado Preu.


León. Lugar donde residí los siete años de Bachiller. (Colegio menor las "italianas")

Superé una carrera de obstáculos que me dejó a las puertas de la universidad: el examen de beca y el de ingreso a los diez años, la Reválida de Grado Elemental, a los catorce; la de Grado Superior a los dieciséis, la Prueba de Madurez de acceso a la Universidad  a los diecisiete… Y, a pesar de tantas trabas académicas para los estudiantes de aquella generación, ¡sobrevivimos! Y no nos quedaron traumas, más bien al contrario, todos aquellos retos nos obligaban a madurar. 

He recordado este proceso muchas veces cuando ha surgido tanta polémica en época reciente sobre la reválida de Bachillerato. Conservo hermosos recuerdos de algunos profesores: don Leoncio, la señorita Manoja…  Su  ejemplar ejercicio de la docencia me sirvió de ejemplo para dedicarme a esa profesión en el futuro. En esa época también se forjaron buenas amistades. Y en  algún momento del Bachiller me topé con una frase del poeta R. Tagore (entonces no sabía quién era) que anoté, entre otras muchas, en una libreta de pastas negras que aún conservo: “No llores la marcha del sol, porque las lágrimas pueden impedirte ver las estrellas”. Sin saberlo entonces, esa  frase me marcó  en los años sucesivos y me ha servido de lema toda la vida.


Instituto Juan del Enzina (León), donde cursé todo el Bachillerato.


Mi juventud

Inicié mi juventud trasladándome a Oviedo, durante el curso, para poder cursar estudios universitarios. Aún no existía en León esa posibilidad. Conseguí una beca-salario (parte de la beca la cobraba el alumno y otra parte era una  ayuda para los padres). Era una beca generosa en su cuantía, que me permitió  un periodo universitario sin sobresaltos económicos. He de decir, porque es de justicia,  que aquella dictadura franquista que fue tan  nefasta  para  España, en esos años sí daba opción a que los  hijos de familias humildes del mundo rural pudiéramos ir a la universidad. Yo no tenía más “mérito” especial que   haber nacido en una familia así  y mi rendimiento académico. Y como yo, otras personas con las que conviví en esos años. Estábamos en los últimos años de la dictadura. En Asturias la lucha obrera era importante. Allí  habían nacido las  CC.OO. en los años 60  y esa lucha se vivía también con fuerza en la universidad en los  primeros años 70.

Fueron años de nuevos retos y experiencias. Fueron tiempos agridulces. Vivía entre la contradicción de querer participar en aquellas  luchas universitarias y el miedo a perder el curso por las huelgas, y con ello mi beca. Fueron también años convulsos en lo personal, pues corrieron paralelos a la enfermedad y muerte de mi madre (¡con 43 años!), hecho que provocó ausencias a  las clases en algunos periodos y un fuerte desgarro personal. Me dolía también que aquella madre,  ilusionada por  conseguir que  sus hijas fueran independientes de adultas, no pudiera ver que su hija mayor concluía estudios universitarios. 

En Oviedo, 43 años después, al lado del  P.  Feijoo y ante la que fue mi facultad

Todos aquellos sinsabores   fortalecieron mi personalidad, pues  aprendí  a vivir en libertad y con sentido crítico, a asumir responsabilidades,   a ser persona seria.  A  ser directora de mí misma. En esos años universitarios comprendí que no era lo mismo ser personas de buen conforme (cosa que se elogiaba en Omaña) que personas conformistas. Ser de buen conforme implicaba no ser egoísta, no obsesionarse por ser  o tener más que los demás, ser austero… Pero no había que  ser conformista, había que esforzarse por crecer en lo personal y en lo social, había que comprometerse para luchar por  la justicia y  la libertad. En definitiva que ser de buen conforme era una virtud, pero ser conformista era defecto. 
         

Forjé buenas amistades en aquellos años. Algunas de ellas pasaron por momentos de silencio por los avatares de la vida y muchos años después recobraron voz y  presencia cercana.
Mis estudios (Filología Románica) me pusieron en contacto con profesores de notable prestigio, aunque entonces quizá no los valorara en toda su dimensión. Fui alumna del lingüista Emilio Alarcos Llorach, un referente en estudios gramaticales, del filósofo Gustavo Bueno y de otros profesores notables.  Aprendí mucho de su valía académica, no siempre de aspectos humanos. Aquellos profesores , en general, estaban  distantes del alumno,  no conocían nuestros nombres ni nuestras inquietudes.  Yo aspiraba  a ser una buena docente, pero ellos no eran mi modelo. Iba a tener que aprender mucho cuando iniciara mi trabajo en el mundo educativo.

Mi orla universitaria


SEGUNDA EDAD: mi vida profesional

Y con mi título académico de licenciada aterricé en Madrid y empezó mi carrera docente, en el mes de noviembre de 1975. Franco estaba a punto de fallecer. Pude vivir en la capital de España todos los hechos relacionados con la transición. Y también en el centro escolar en que trabajaba, que tuvo que adaptarse a aquella nueva España que nacía. Y esa larga carrera se prolongó durante cuarenta y un largos y anchos años. 

Una hermosa y dura  profesión de la que he disfrutado mucho. Una profesión en que se trabaja con personas, a las que se conduce (duco=conducir). Una profesión en que se puede forjar el alma de adolescentes, con las lecciones, con el trato, con el ejemplo  vida. Una profesión en la que el profesor cumple años, pero el alumno no. ¡Bendito engaño! Todos los años por las mismas fechas mis  alumnos tenían la misma edad, pero el río de mi vida seguía corriendo sin descanso.

Fueron pasando muchas generaciones de estudiantes, que se convirtieron en profesionales. Algunos de ellos hoy son grandes amigos, incluso en dos generaciones: padres  e hijos.
Siempre recibí reconocimiento y  gratitud del alumnado... 

Nunca tuve “enemigos”. Siempre  mantuve una relación cordial con mis compañeros y siempre recibí un gran apoyo  de todos.


Pabellón de aulas de  ESO y Bachillerato. Colegio Salesiano Santo Domingo Savio. Madrid

Decía  Pitágoras que  el discípulo debe situarse respecto a sus superiores como cerca del fuego, ni tan cerca que se queme ni tan lejos que se hiele. ¡Qué gran verdad! El equilibrio entre cercanía y autoridad, la exigencia, la sinceridad, la alegría (que no es igual que la juerga), el respeto y la mucha dedicación fueron mis armas educativas. Y, sobre todo, el amar lo que se hace, porque "educar es cosa del corazón", decía san Juan  Bosco. Su lema fue mi lema.

Y realmente funcionaron. Un día una alumna me dijo en clase el mejor piropo para un docente: “Margarita, eres capaz de mantener la atención  porque te crees lo que explicas”.


2015. Con alumnos y profesores en el recital Doscientos Años de Sueños, en Santo Domingo Savio

¡Qué gran regalo es que te reconozca alguien en cualquier lugar y  que te salude con cariño! Educar desde la  alegría y enseñar alguno de los  secretos de la felicidad, desde tres máximas que me han recordado, porque yo se las repetía,  los antiguos alumnos,  una y otra vez: “Si no puedes hacer lo que quieres, al menos aprende a querer lo que haces”,  “no se trata de ser el  mejor del mundo, sino el mejor de uno mismo” y "la auténtica sabiduría consiste en saber qué hacer con lo que se sabe".  Y mientras enseñaba Lengua y Literatura y me rodeaba  la gran familia de un centro educativo, conocí a mi esposo, formé mi propia familia y eduqué a  mis hijos…  Y  también con ellos compartí los mismos valores.  Y la vida siguió: se fueron amores (mi padre), llegaron  amores  (mis nietos).


Durante mi vida profesional siempre mantuve los principios que había aprendido en mi infancia.  La fortaleza de ánimo, que nos hace resistir los embates de la vida, la humildad,  el esfuerzo, la austeridad, la solidaridad, el compromiso… ¡Cuántas depresiones de adolescentes, anorexias, bulimias y otros desarreglos emocionales tienen que ver con la falta de fortaleza de ánimo, con el no saber aceptar las frustraciones!

Y... TERCERA EDAD: la jubilación

Y  así, día a día, año a año, he  llegado a la atalaya de  la edad del “júbilo”. Y sí, es una atalaya, desde la que se ve lo que ocurre desde arriba, con perspectiva, abarcando todo el panorama, con mirada serena y análisis pausado.   Y he subido a la atalaya con mis alforjas casi  llenas, llenas del amor de mis seres queridos, del cariño y el aprecio de los amigos, de la gratitud de mis alumnos… Llenas también de vitalismo: de ganas de aprender, de ganas de conocer lugares  desconocidos, de sorprenderme…  Llenas de deseos de seguir conmoviéndome ante la belleza de un paisaje o de una actividad artística, con la escucha atenta de una conferencia, con la lectura de un libro, con una simple charla de amigos, con una caminata… Llenas de ganas de compartir un sentimiento, una reflexión, unas anécdotas, una mesa, unos versos… Llenas de ganas de compartir ilusiones y cariño con todas las generaciones de la familia. Llenas de ganas de escribir para dar cauce a mi pensamiento o a mis saberes y quereres. Llenas de ganas de tener un vivir vitalista.


Pero mis alforjas aún tienen cabida para recibir más. Ahí sigo,  buscando el pleno sentido de la vida. Ese que seguramente la mayoría de los seres  humanos no llegaremos a alcanzar.  Es la gran meta que perseguimos  y que a medida que avanzamos parece que se aleja más…  He aprendido  que en el camino hacia esa meta no está la injusticia, ni la intolerancia, ni el radicalismo, ni el engreimiento, ni la mentira, ni la ingratitud, ni  la desesperanza… Pero hay que seguir viviendo para encontrar todos  los  demás componentes. 


Recitando versos... (Madrid)
Aunque, quizá, en ese deseo de vivir  esté la auténtica ciencia y no haya más secreto. Por ello  siento  deseo de VIVIR.  De tener vida biológica y de tener vida interior. De escuchar otra vez los silencios sonoros de mi infancia.

Recuerdo   la  conocida frase de Fernando Birri (falsamente atribuida a Galeano) que decía: La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para  eso, sirve para caminar.

Pues eso, cumplir años sirve para seguir caminando en pos de esa utopía, de esa ciencia de la vida.

Cumplir años  permite  que nos regalen felicitaciones…  He recibido cientos en mi  reciente cumpleaños y eso me da pie para dar las gracias, gracias y más gracias, a todos los que habéis dedicado unos segundos  a escribirme un mensaje, a llamarme… A quererme. Y la palabra gracias es para mí  la palabra  más bella del idioma… Es como fundirse con el otro en un abrazo de estima, de reconocimiento. Las gracias (de gratitud) solo se tienen cuando se dan.

En la Garganta del Diablo. Iguazú, 2019

Decía Cervantes que la ingratitud es uno de los mayores pecados: Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque  algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento. El Quijote, II, 58.

Gracias,  familia,  amigos…  Con vosotros vale la pena seguir cumpliendo años.

“Gracias a la VIDA,
que me ha dado tanto,
me  ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro
madre, amigo, hermano…” Violeta Parra


Parece que ya he hecho las tres cosas que hay que hacer en la vida: tener un hijo, escribir un libro,  y  plantar un árbol... 

No sé si habrá cuarta edad, pero mientras la vida me lo va diciendo: ¡Gracias, VIDA!

M. Álvarez Rodríguez


Con los más pequeños de  la familia, en el Parque del Retiro. Madrid













Palabras que me dedicaron mis compañeros y mis alumnos en mi jubilación




lunes, 13 de enero de 2020

¿Reyes que traen regalos o que los echan?



Pinceladas gramaticales



La lengua está en  un proceso de evolución permanente.  Los cambios van modificando los idiomas y creando variaciones que, a  la larga, derivan en dialectos o en otras lenguas. Un uso  que se generaliza en un momento determinado puede terminar convirtiéndose en algo permanente o  ser una moda pasajera que más tarde desaparece. Eso ocurrió hace años con el anglicismo blue jeans, para referirse  a los pantalones vaqueros. Incluso la RAE lo introdujo en el Diccionario en la forma jean. Cuando parecía que esa palabra se iba a incorporar al idioma de manera generalizada fue sustituida por el término pantalones vaqueros y, posteriormente, por el adjetivo nominalizado vaqueros, que ha sido, finalmente, la forma  que ganó la batalla.

Eso no significa que cuando estamos observando los primeros pasos de  algunos de esos cambios lingüísticos  las formas resultantes no nos resulten chocantes. Este hecho me lleva a comentar  aquí la sustitución de verbos que se está produciendo en  una expresión  que, desde hace mucho tiempo, tenía su forma consolidada en el idioma: traer(me) algo los Reyes. En el mundo urbano la expresión “me lo han traído los Reyes”, se sustituye. de forma cada vez más frecuente, por me lo han echado los Reyes. Y no tienen  el mismo significado denotativo ni connotativo uno y otro verbo.

Traer es conducir algo al lugar donde se habla. Echar es  despedir de sí algo,  hacer que algo vaya a parar a alguna parte dándole impulso. Los Reyes nos traían un regalo, porque venían con el presente hacia nosotros, haciendo un largo camino desde Oriente. Y desde el punto de vista subjetivo, el que alguien nos traiga algo, cuando va a un lugar, tiene un valor afectivo. Los Reyes  nos traen regalos porque son seres que piensan en nosotros y se esfuerzan por agradarnos. Por otro lado, si nosotros pedimos regalos parece la respuesta lógica a pedir es dar o traer. Ahora solo nos echan el regalo (¿en el zapato?). Nos lo  arrojan,  no sabemos si desde cerca o desde lejos, como si fuera un movimiento rápido y mecánico, como si fueran meros repartidores de paquetería.  Quizá como un comportamiento propio de una sociedad de consumo y de prisas. Tal vez sea porque estos  reyes modernos también compran en Amazon.

El verbo echar siempre ha tenido  amplio uso  en nuestro idioma: echar agua a una planta, echar gasolina al coche, echar sal en la comida, echar jabón en la lavadora, echar de comer a un animal, echar a un alumno de clase… Echar de comer aparte... Ya va bien servido,  no es necesario  que ampliemos más su significado.

Pero  parece que este verbo puede, efectivamente,  terminar echando al verbo traer, de esa costumbre tan arraigada en España de regalar algo por Reyes, pues en el mundo urbano y entre la juventud la preferencia por la forma moderna echar algo los Reyes es clara. A mí, personalmente, me gusta mucho más la idea de que alguien, (un familiar, un amigo, los Reyes…) me traiga algo de un lugar,  que me lo entregue  y que, a ser posible, lo deposite en mis manos…  Que le pueda dar las gracias. Me parece que tiene un componente más humano.

Una, que es tradicional, tiene sus preferencias… Y, en cualquier caso, para echar regalos primero hay que traerlos, ¿o no?


(La tarjeta que ilustra el artículo es diseño de mi antiguo alumno, hoy amigo, Raúl de Diego).

Un emperador, una mujer, una fe. Reseña



Un emperador, una mujer, una fe

Autora: María José Prieto
Editorial: Esstudio Ediciones
Madrid, 2019
Págs. 438




María José Prieto, leonesa, es doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación y catedrática de Lengua y Literatura. Autora de varios libros de poemas y relatos. La obra objeto de este comentario es su sexta novela.

Su nueva publicación presenta en  el título una enumeración: Un emperador, una mujer y una fe. El emperador es Nerón, la mujer Esther, una mujer judía que se ha convertido al cristianismo y una fe que es, sin lugar a dudas, la cristiana. 

La autora plantea en esta novela el tema  de la búsqueda del sentido de la vida y  trata de establecer una relación entre el bien y el mal que dominan el mundo,  una lucha que se repite cíclicamente en distintas épocas y civilizaciones y que, con frecuencia,  está ligada a las creencias religiosas.  La novela transcurre en dos épocas diferentes: el siglo I después de Cristo y el siglo XXI. Para ello establece un paralelismo entre la persecución e incomprensión que sufrió el cristianismo en el siglo I, durante el imperio de Nerón, y la persecución que sufre en el siglo XXI por la descristianización del mundo occidental y  la amenaza que suponen el islam y el comunismo para la cultura de raíces judeocristianas. 
En la acción de la novela que transcurre en el siglo I, se oponen el mundo de los dioses romanos  (y griegos) y  la religión ancestral de las provincias romanas (Britania), que tenían  unas creencias irracionales, unas prácticas crueles y una moral depravada, a la liberación que supuso la difusión del monoteísmo y la moral  del cristianismo, una religión basada en el amor.  Por otro lado, compara el Dios del temor y la intolerancia del judaísmo,  basado en  el Antiguo Testamento, con la visión tolerante del Dios del Nuevo Testamento que predica  el cristianismo. En la parte de la novela que se sitúa en el siglo XXI la contraposición del cristianismo la establece fundamentalmente con el islam. 
Según la autora, el cristianismo nos presenta a un dios compasivo y tolerante, frente al islam en que aparece  un Dios duro y exigente, o así parece que lo ven  los creyentes más fanatizados. Los cristianos no tienen miedo a morir por su fe cuando son perseguidos, los musulmanes extremistas, tampoco; pero, a diferencia de los primeros, ellos matan para morir. A estos extremistas les importa más someter y aterrorizar que los principios religiosos. 
Dos mujeres, Esther y Julia, serán los símbolos más notables del cristianismo en cada una de las épocas.  Esther es la  representante del mundo judeocristiano, una bella joven  que simboliza el bien, frente a la corrupción moral del mundo romano, que es en la novela  la encarnación del mal. Julia, en el mundo contemporáneo,  es una mujer  que tiene estudios teológicos  y que refleja la defensa del cristianismo frente al islam. Esta mujer se enamora de un chico musulmán con el que coincide en sus estudios en Roma, pero desde el primer momento aparece en ella y en su entorno un halo de desconfianza hacia él porque procede de un país islámico. 
A pesar de que la autora considera que  la auténtica verdad se encuentra en el interior de uno mismo, al margen de la religión que se profese, y de que rechaza el dogmatismo y el uso que algunos extremismos hacen de la religión para esconder  el deseo de poder y dinero, deja bien claro que la religión católica es la verdadera doctrina  y que “existirá hasta el final de los tiempos”.  Esto lleva a un cierto maniqueísmo, pues las referencias a las demás religiones e ideologías presentan, casi  siempre, connotaciones muy negativas, frente al cristianismo. Es verdad que en varias ocasiones insiste en que el mal no está en las religiones, sino en las personas que se dejan llevar por fanatismos o erradas interpretaciones de sus credos, cosa que ocurrió también en el cristianismo de otras épocas y en la jerarquía de la iglesia católica contemporánea,  pero la insistencia en lo negativo (quizá excesiva, por lo reiterada) provoca esa sensación en el lector. 
En cuanto a la  estructura, María José Prieto trata de que las dos épocas en que transcurre  la acción, la Roma y la Britania del siglo I y  la Roma del s. XXI, Riad y otros lugares, se desarrollen en paralelo, de manera  que el lector tenga la apreciación de que ambas acciones son contemporáneas a su lectura. Para ello utiliza una forma sencilla, pero al mismo tiempo clara y acertada, en la que va intercalando, de forma alternativa,  los capítulos que se refieren a cada uno de los siglos, indicando al inicio de cada uno de ellos la época cronológica a que corresponden. En cierta medida, recuerda la solución que adoptó Cervantes en El Quijote en los capítulos en que se separan Sancho y don Quijote durante el gobierno  de Sancho en  la ínsula Barataria. Parecería que las dos historias corren paralelas sin llegar a encontrarse, sin embargo, a lo largo de la narración, existen una serie de vasos comunicantes entre las dos épocas. Son como las traviesas que unen vías paralelas. El principal es el que tiene que ver con el tema central de la novela. Al final  confluyen las dos épocas en un  desenlace que las unifica. 
Hay dos personajes femeninos, Esther en el siglo I y Elena en el siglo XX que, además de encarnar el símbolo de la verdad cristiana,  están dotadas de una extraña facultad: tienen el don de la  videncia. La primera es capaz de anticipar hechos del futuro (desde el siglo I ve el XXI) y la segunda de recrear el pasado (desde el siglo XXI ve el siglo I).  Y justamente las épocas que pueden anticipar, en un caso, y evocar, en el otro, son los  tiempos en que transcurre la novela. Los nombres de estas mujeres tienen también una vinculación en su nombre, pues ambos nos sitúan en el mundo antiguo. Esther es un nombre bíblico (la autora también habla del origen del nombre en la novela). Es quizá la estrella sobre la que gira la novela, “revestida de un halo de espiritualidad” es “un ángel”.  Es la mujer a la que hace referencia el título. Elena es un nombre de origen griego que en su origen significa antorcha. Estrella y antorcha son, pues, las mujeres que ven lo que está fuera de su época. No sé si es mera casualidad o algo buscado por la autora con un significado más profundo. Las dos se funden al final de la novela, traspasando la distancia cronológica, en una luz misteriosa que emana de Jesús. Las dos viajan fuera de Roma, acompañadas de otra mujer,  para buscar a personas que han desaparecido. La primera lo hace a Britania, la segunda a Riad. Ambas lo hacen disfrazadas de  hombres para sortear las dificultades propias de  su sexo… 
La novela tiene un alto componente “didáctico” que ha requerido una documentación importante por parte de la autora.  Quizá en ello puede verse la formación  y  la dedicación de María José Prieto  el mundo de la docencia. El lector siente ese afán que tiene la autora por enseñar, por explicar asuntos que, en algunas ocasiones, que no son estrictamente necesarios para el avance de la acción principal. Este componente es más importante en lo referido a la época antigua. 
Usa la narración, y con frecuencia  los diálogos, para incluir auténticas disertaciones  sobre aspectos diversos del mundo antiguo.  Estos falsos diálogos son una novedad narrativa de la novela. A través de esta técnica conocemos cómo era la casa romana, la estructura social y familiar, los principios morales y, sobre todo, la mitología. Cualquier pretexto es bueno para introducir estas digresiones. En varias ocasiones, un paseo por un jardín y la presencia de alguna estatua da pie a un personaje para contarnos el significado del ser representado, generalmente, un  dios. En otros casos, se usan los diálogos para contar antecedentes de algún personaje, incluido el emperador. Con frecuencia los diálogos se convierten así en narraciones a través de largos relatos que realiza algún personaje. Es interesante esta información, pero en algunos casos ralentiza demasiado la acción principal. En lo concerniente al siglo XXI, las explicaciones tienen más que ver con cuestiones teológicas y diferencias culturales entre Oriente y Occidente. 
En cuanto  la técnica narrativa  en la novela tiene una importante presencia el diálogo, aunque, como decía más arriba, en algún caso se confunden diálogo y narración. En el tiempo en que la novela se desarrolla en la época clásica la  acción se desarrolla de manera más lenta, por la presencia  frecuente de ese diálogo descriptivo-narrativo, y en la época contemporánea la acción es  algo más rápida. Seguramente la autora lo ha hecho a propósito, pues todos conocemos las circunstancias del mundo  actual y no es necesaria tanta  explicación del contexto histórico. 
En cuanto al lenguaje, nos encontramos  con un léxico de contrastes. En la novela aparecen con mucha frecuencia expresiones coloquiales, no solo en el diálogo, sino también en la narración. Estas expresiones las combina,  a veces, con términos de un nivel léxico culto. Así conviven expresiones como “caer por los suelos”, “no las tengo todas conmigo”, por ejemplo, con otras del nivel culto, como “confinada a estos menesteres” o el adjetivo “argéntea”.  También hay presencia de latinismos que marca con letra cursiva para que no resulten palabras confusas para el lector (complivium, domus, etc). Hay, pues, una mezcla de niveles léxicos en la que no parece haber un criterio definido. 
No podríamos encuadrar la novela dentro del realismo, salvo que hablemos de un cierto realismo mágico, pues con hechos y lugares que podrían ser reales se mezclan otros que hay que calificar de sobrenaturales, como apariciones, visiones, sueños premonitorios y  conversiones milagrosas; pero, en líneas generales, salvo en  el final, la acción   es verosímil. 
La novela trata de decirnos que los enfrentamientos  y la intolerancia motivados por temas ideológicos se repiten a lo largo de la historia, que el bien y el mal en lucha permanente son ejes transversales de esa historia, que la maldad  es motivada muchas veces por el deseo de poder y riqueza, aunque se disfrace tras un  componente religioso, y que estamos condenados a repetir los errores del pasado que han generado destrucción de vidas  y sufrimiento para la humanidad. Una frase de la novela resume esta idea: “Aunque pasen los siglos y milenios los hombres básicamente seguirán igual”. Sin embargo, en el libro comentado,  de repente, como por arte de magia o milagro, el bien, en forma de luz y amor, encarnado en Jesús (cristianismo), se aparece a los malvados de las dos épocas y  se extiende por el mundo como un bálsamo curativo: islamistas, comunistas, ateos… todos reconocen el poder transformador de la religión católica. Incluso los hechos y  los personajes principales de las dos épocas van a confluir entre sí.  Aquello que era irreconciliable se convierte en un mundo de paz y tolerancia y de interés por la  ecología. Nos quedan sin respuesta algunas preguntas: ¿Hasta cuándo durará ese milagro? ¿Es necesaria una creencia religiosa para que el mundo sea más humano? ¿Podemos confiar en la humanidad? Pero ese es el final feliz de la novela, en la novela todo es posible y no podemos ir más allá. Quizá solamente pedir a la autora que continúe la historia. 

En fin, estamos ante  una obra (que peca tal vez de un poco extensa) que nos entretiene con la capacidad de fabulación de la autora, que nos permite conocer el mundo antiguo y su contexto y  que nos hace reflexionar sobre la intolerancia que lleva a la falta de libertad y, en muchos casos, a la violencia y  a la crueldad.

Margarita Álvarez Rodríguez
Filóloga y profesora de Lengua y Literatura

  




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La Recolusa de Mar por Margarita Alvarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.